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La bruja y el manco.

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La bruja y el manco.

Mensaje por Margaret Orgaafia el Lun Abr 04, 2016 9:46 pm

El carromato no había sido uno de los viajes más cómodos que había hecho y de eso estaba segura. No sabía si era por la falta de experiencia del conductor, las malas ruedas que hacían que un bache se notasen como un desfiladero o el hecho de que esos cojines de carne que llamaba trasero estuvieran empeorando con la edad, pero sin duda reconocía que no era de los mejores viajes que había hecho. Sin embargo, a pesar de tal incomodidad, Margaret seguía sentada en el carromato, con su maleta al borde. Estaba observando el pueblo con curiosidad.

Era un pueblo bonito y pequeño, en los que todos, seguramente, se conocerían entre si. De esos sitios en los que las puertas de atrás siempre están abiertas y las mujeres reciben a sus maridos con comida y vino. En el que los niños salen jugando los días de primavera de las casas corriendo y los portales recibían las reuniones de ancianas. Margaret lo clasifico como uno de esos lugares que le ponían los pelos de punta. No por nada malo, si no por la calma y tranquilidad que se respiraba. Para ella era algo insoportable, no podía aguantar el transcurso tan lento e inocuo de los días, esperando por la repetición ociosa de una rutina agradable. Ella necesitaba acción y cosas nuevas. Necesitaba notar el latir de su viejo corazón contra sus costillas, tronando como si fuese a salirse por su garganta, y sentir el susurro de los secretos y la magia en esos lugares donde ocurrían cosas. Por ello, Margaret decidió que ese lugar no sería más que una parada momentánea en su viaje y nada más.

-¡EY! -dijo con una voz resonante, una copia exacta de la voz de un troll de montaña que conoció hace un par de años. Los transeúntes saltaron asustados y se giraron ante tal voz, temerosos de encontrarse a una criatura. Un joven se encontró con su destino al observar la sonrisa descarada y sin dientes de Margaret.- ¿Le importaría ayudarme a bajar mi maleta? Como ve... no puedo con tanto peso...La edad no perdona a nadie...-dijo, colocando su mejor voz y expresión de lástima, aunque esta acaba resultando siempre en una parodia de si misma. El joven miro a los lados, buscando a otra víctima, pero se vio, misteriosamente, abandonado por todos los transeúntes. Obligado por una norma moral, el joven descargó la maleta. Margarett lo siguió de un salto, golpeando la suave tierra con sus valiosas botas. El chico la miró, aterrorizado, por la leve visión que su falda volteada por la caída había revelado, y asombrado por la agilidad de la vieja.

- Gracias...-dijo la anciana con una enorme sonrisa y un brillo en los ojos dignos de una veinteañera. Con lentitud, se puso a buscar al joven que llevaba el carromato, para instarle a continuar el camino – pues siendo una anciana se puede pedir cualquier cosa- y a criticar su manejo de los caballos, deseando que le dejaran llevar las riendas a ella, cuando el cochero dijera, con esa acritud masculina, "inténtelo usted". En medio día los tendría en las murallas de la ciudad más próxima.

El pueblo era muy pequeño, casi como un círculo de casas alrededor de una plaza sin adecentar. Las carreteras eran de tierra y los edificios de piedra, por lo que la anciana silbó. Era extraño que un pueblo tan pequeño se pudiera permitir tal lujo. Finalmente, arrastrando su maleta y con su gato en los hombros, como si fuera una bufanda, se empezó a mover, en busca del lugar de bebercio más cercano. Seguro que allí encontraba al joven.

El camino era bastante dificultoso con una maleta, pero la paciencia de la señora era indudable. Sin embargo, los retumbantes pasos de la mujer se pararon al ver algo. Era un hombre tumbado y con expresión concentrada, con todas sus arrugas moviéndose con sus cejas para mantener la expresión. Margaret había visto muchos hombres tumbados, normalmente con expresiones parecidas al intentar quitarle sus prendas intimas, pero nunca había visto uno en la calle. Se acercó con lentitud y lo observo con curiosidad, pudiendo apreciar que el hombre había perdido ambos brazos. El rostro de la mujer se suavizó levemente, pues había visto a ancianos y jóvenes en las mismas condiciones a causa de las batallas o de un viaje al que se había ido menos abrigado de lo que se debía. La mujer suspiró y se sentó al lado del hombre, manchando su falda en el proceso del polvo del camino.

-¿Que le pasa a usted? - Preguntó, casi al aire, mirando al anciano. No era una demanda, ni una crítica ni una pregunta ausente que se le hacía a los ancianos que ya no entendían la realidad. Era algo que se hacía con respeto,de igual a igual.

El hombre no contesto, solamente gruño, hastiado. Margaret sabía reconocer ese suspiro. Era el de un hombre demasiado terco como para pedir ayuda cuando la necesitaba. Sin preocuparse de las caras que la miraban extrañados, se arrodillo y se arremango, ayudando al hombre a levantarse. Sin mediar palabra, el hombre dio un golpe en el suelo y soltó un furioso susurro de entre sus labios. Al momento, las llamas inundaron el pueblo, empezando por los techos de las casas. Ipso facto, la gente salió de sus casas y negocios, algunos intentando apagar el fuego y otros sacando a sus familiares y pertenencias de las llamas. El viejo miraba, con pasión y furia incandescentes, como las llamas, el espectáculo.

Margaret no era un héroe. No tenía ganas de empezar a ser uno a sus años y la peor de las maldiciones se lo impedía, el pragmatismo. Si, Margaret era una pragmática hasta los huesos. Cualquier otro se habría puesto a lanzar hechizos o mandobles contra el hombre, iniciando una pelea legendaria en la que el pueblo sería arrasado y que sería repetida por los supervivientes. Margaret sabía que si hacía eso, habría menos supervivientes y nada se salvaría.

-Para.-dijo Margaret, con una voz seria e intimidante, resonando la palabra con toda la fuerza que disponía. Su voz resonaba a la izquierda del hombre, justo en el punto en el que Margaret había creado una ilusión de ella misma, observándole directamente a los ojos. El clon estaba contrario al pueblo, impidiendo al ser ver su obra.- No se lo que te habrán hecho estas personas, no se si merecen o no ser castigadas, pero debes parar...-Continuó, mientras movía su pesado cuerpo a una buena velocidad en dirección de los habitantes del lugar. El lenguaje de señas era comprensible en cualquier lugar, sobretodo el signo de "¡Escapad! ¡Hay un lunático suelto!¡Coge a la adorable anciana y corre!".

- Y te preguntarás el porque...-Los ojos de la ilusión se cerraron, desafiantes, manteniéndose fija a la del anciano.- Y el por que... soy yo...- Respondió, mientras se recolocaba su sombrero puntiagudo.- Dioses, no se si soy lo suficientemente fuerte para plantarte frente, pero si se una cosa...Si no lo soy escapare y en eso...-El clon mostró una media sonrisa, llena de confianza y arrogancia, divertida, mientras Margaret continuaba rescatando gente. La proyección de voz era dura, pero el momento lo merecía.- Soy muy buena...Pero ¿sabes que? Soy mejor recordando...-El clon dio un paso al frente y continuó con su discurso, con un rostro fiero y los ojos brillantes.- Y recordare y recordare hasta que me tengas en tu trasero con un ejercito y un par de hechizos desagradable bajo la manga...-Termina, colocándose de brazos cruzados en frente del ser.- Así que...¿Qué será?

Antes de que pudiera decir o hacer nada, el sonido de unos relinchos resonó por el pueblo y luego el de unas herraduras machacando la tierra.  El ser se giró, encontrándose un pueblo vacío y un carromato lleno que salia corriendo en dirección contraria. Margaret le devolvió la mirada desde el asiento trasero, con seriedad. La gente había escapado con vida, aunque herida. La mayoría había escapado al bosque, corriendo con sus familias del desastre, mientras los viajeros se habían montado al carromato con rapidez. Hoy había conseguido salvar el día por muy poco...así que, de nuevo, tendría que recordar. Este pueblo había dejado de ser una sola parada.
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Margaret Orgaafia

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Re: La bruja y el manco.

Mensaje por Señorita X el Mar Abr 05, 2016 10:23 am

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