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Una muerte en la familia.

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Una muerte en la familia.

Mensaje por Trosk el Dom Abr 17, 2016 2:26 am

El tiempo se hacía largo para la perspectiva del mirmidon en comparación con los humanos. El joven exiliado había visto bajo sus propios ojos la verdadera cara del desierto: deshonrada, desinteresada y traicionera ante aquellos que lidiasen con él. No sólo era el ardiente calor del desierto que arremetía contra su paso, si no también la cortina de arena que lo embargaba en aquella cruzada por supervivencia. Más allá de la aventura, aquello era una ardua travesía por la cual sobrevivir por sí solo, sin el apoyo de algún otro miembro de la tribu que lo abandonó por buenas razones.

Cada paso en el desierto significaba para el mirmidon que no tendría alguna oportunidad de más para regresar a su pasado junto con sus compañeros y los cazadores que había llegado a conocer durante su tiempo en la superficie. Su vida era relativamente corta ante los seres de la superficie, pero ya había visto más que otros durante la apasionada búsqueda de un refugio entre las cálidas arenas. Sin embargo, hacía tiempo que el desierto había caído en una época de sequía y Trosk, tratando de mantenerse completamente sano y salvo, había decidido que lo mejor que hubiese hecho sería encontrar un oasis a lo largo del desierto y que, pese a poseer una cantimplora al lado, no le serviría de mucho luego de un tiempo de sedentarismo en una tierra muerta...

Pero el desierto no parecía haberlo traicionado del todo. El sol había permanecido estático durante las últimas horas sin arremeter contra él su ardiente luz, que era usual en cada uno de sus días en ese páramo árido y olvidado. No era lo de menos, las nubes que alguna vez habían dejado al sol entre el vasto cielo azul del desierto ahora lo encubrían, ennegrecidas, lo cual no era más que una señal de esperanza para él; así como su aparición había resultado inesperada, fue así tal cual en la que emergió una llovizna de la tierra a cual impregnaron de humedad.

— Trabaja duro y tendrás tu recompensa. —Pensó en voz baja ante la situación; abrió y bebió un poco de su calabaza, mientras que su cuerpo era bañado por la refrescante agua de la lluvia. Su cantimplora quedó a medio litro, luego de haber llenado aquella sed insaciable.

Cerró la calabaza con el corcho que recientemente había quitado y continuó su camino, que se le había facilitado gracias a la llovizna. Según tenía en cuenta la hormiga, carente de algún mapa o brújula y nada más que la experiencia de su antiguo oficio, no tardaría poco en que pudiese encontrar un cuerpo de agua para su favor. Pero pronto, haces de luz emergieron del ahora nublado cielo embargado en gris: eran truenos. Una serie de estos fueron suficientes como para hacer captar al mirmidon que, poco acostumbrado a tales estruendos, que debía de buscar refugio lo más pronto posible; se subió a una pequeña colina de arena aglomerada en el suelo y miró hacia el horizonte para verificar cual era el camino más viable entre tantos por escoger en la tormenta, de entre los cuales, un humo negro ascendía hacia el cielo y había sido suficiente como para atraer al curioso insectoide a ir hacia aquella zona.

Bajó de la colina de arena e inició una expedición hacia la particular zona que recién había visto. Al principio pensó que tal vez se trataba de un incendio, cosa que le hizo temblar por el escalofrío que recorrió sus rodillas con tan solo pensarlo. Se retractó, inseguro de que hubiese uno en plena llovizna, y continuó con su cruzada dispuesta a averiguar donde provenía el humo. Tras haber llegado hacia aquel lugar en particular, pasó cerca de una curiosa y gigantesca efigie de piedra negra cual grafito, cuya composición estaba tan definida que se asemejaba a una voluptuosa figura femenina encubierta por una túnica y una capucha de igual composición. Sus cuencas, sin embargo, habían sido recubiertas por dos rubíes de un rojo carmesí intenso.

Con apenas un breve tiempo de haber echado el ojo y pasar frente a la magnífica y gran efigie, un escalofrío recorrió su espalda y lo rellenó su pecho con un sentimiento de ansiedad sin alguna razón en particular. Vio como si el rostro de la efigie hubiese estado acosando cada uno de sus movimientos con aquel rojo intenso en las gemas que llenaban sus cuencas vacías y, con cierto desinterés por curiosear con aquellos males encontrados, prefirió retomar su expedición a por el lugar de donde provenía el humo, de lo que no tardó mucho ahora que estaba cerca.

Una pequeña fogata improvisada fue lo que encontró bajo la entrada hacia una caverna que, a su lado, se encontraba un hombre encapuchado y unos ojos que miraban sin motivo a las llamas de la fogata. Aquel extraño había estado asando un pincho repleto de escorpiones al fuego de su improvisada fogata, como único recurso para alimentarse y refugiarse de aquella tormenta en medio del desierto. Tras olfatear el increíble olor de los escorpiones siendo asados por el fuego, curioso, decidió acercarse hacia la fogata junto con el extraño.

— Alto ahí. —Dijo en un tono relajado, pero el frenético desenvaine de su espada para poco después apuntar hacia el cuerpo de Trosk decía lo contrario. Dirigía con desprecio una mirada con el ceño fruncido hacia el mirmidon. — No te tengo miedo, aberración del desierto. Da un paso más y dibujaré con mi espada una sonrisa roja en esa horrorosa cara que tienes.

— ¿Por qué amenazarme tú a mi? —Respondió con aquel extraño tono con un acento pronunciado gracias a su estructura bucal, mientras que trató de ir por la forma más diplomática posible. En el desierto, era mejor tratar de vincularse con aquel humano para conseguir recursos o suministros por lo menos en una tormenta como la que los asediaba. — No querer problemas, humano. Simplemente buscar refugio, nada más. Aunque comida tal vez, pues ello que hace huele bien. —Añadió un comentario de más, que denotaba cierta jocosidad pese a su forma de hablar.

— ¿Cómo fue qué ella te dejo pasar? —Comentó tras un tiempo en silencio el humano de tez trigueña; bajó la espada al suelo y con ambas manos quitó la capucha que lo cubría. Con una calva cabeza, el hombre mostraba una horrorosa cicatriz en el rostro que se había llevado toda su oreja y desfigurado el lado derecho del desdichado humano. — Soy Aidan, ¿y tú qué demonios eres?

— ¿Quién ser ella? —Preguntó, a lo que continuó con preguntas de mera curiosidad. — ¿Por qué tener cicatriz y estar en estos lares, Aidan? —Con algo de curiosidad, se acercó hacia el desfigurado hombre en la fogata y, un poco inconforme con las llamas, decidió alejarse un poco de la fogata. Se sentó en la arena, recostando su espalda a un lado de la entrada hacia la cueva. — Yo ser Trosk, lo único que debe saber.

— Cuando digo ella, me refiero a la efigie.—Apuntó con el dedo hacia la gigantesca figura femenina cercana a ambos, pero no del todo. — Se llamaba Tyrenna, es lo que queda de mi difunta esposa. —Añadió, a lo que poco después ignoró el atrevimiento del mirmidon ante sus heridas y decidió responder sin preámbulo para saciar la curiosidad del insectoide. — Esto que ves en mi rostro es la marca de la vergüenza que me dejó mi enemigo... mi mayor enemigo. —Miró las llamas de la fogata quemar con pasión a los escorpiones, tratando de olvidar la ira que comenzaba a devorarlo por dentro.

El sonido de los escorpiones ser carcomidos por las llamas era lo único que llenaba el vacío de la conversación. Trosk había estado moviendo frenéticamente sus antenas ante el asombro de lo que le había contestado Aidan, pero aún con las ganas de seguir relacionándose, Trosk parecía no querer buscar arremeter con su hiperactividad a la melancolía del viudo.

— No estoy aquí por mera casualidad. —Dijo Aidan, ante el silencio incómodo de la conversación que mantenía con el insectoide. — En esta cueva esta mi tan preciado enemigo y ahora que esta tormenta nos asedia, no tendrá ninguna escapatoria una vez que salga de su cueva. Ese cobarde siempre ha estado ahí, confiado de que es un dios dentro de ella... esa esfinge va a tener que morir por las buenas o no.

— ¿Qué es una esfinge? —Preguntó Trosk, atento a los relatos de Aidan.

— ¿Qué importa? al final sólo es otro monstruo más que juega con los hombres. —Añadió, para poco después relatar al insectoide el porque de su incansable búsqueda de venganza hacia la esfinge que moraba en la cueva—. Alguna vez fui como tú. Mi esposa y yo teníamos una granja cercana a un oasis que fue arrasado por esa cosa, luego de que decidiese abandonar mi trabajo como escultor.  Pero no me fue del todo bien con esa cosa robando nuestras pertenencias con mi esposa en pleno embarazo y le hice esa estatua, efigie o como demonios quieras llamarlo para que nos dejase en paz. Se asombro mucho, pero era tan tonto que temía de que si volaba para alcanzar los rubíes entre las cuencas de la efigie pudiese destrozarla... así que vino hacia mi, enojado, y trató de hacer un intercambio conmigo por esos rubíes. Mi respuesta fue no, obviamente, no haría tratos con un monstruo como ese. Pero cuando vio que le había destrozado su orgullo, lo único con lo que pudo responder fue en desgarrar el vientre de mi esposa y extraerle su bebé con sus fauces... vi como se marchó y disipó las tripas y la sangre de mi mujer en el suelo, como si la fortuna le hubiese dado una soberbia tal como para olvidarse de los valores humanos por mera avaricia.... ella no murió del todo como mi hijo. Sigue en la efigie, atormentándome cada uno de mis días por mi descaro, pero aquí estoy para acabar con esto. Unos mercenarios me han enseñado a usarla, muerto o no, podré estar en paz por fin si acabo con esa monstruosidad que mató a mi esposa y a mi hijo. Desgarró mi cara con su cornamenta y no se compadeció, la arañó hasta que me dejó moribundo y cometió un grave error de no matarme y quedarse con lo más preciado que tenía en su asquerosa guarida.

De entre los frecuentes estruendos que la tormenta liberaba cada momento en que Trosk y Aidan pasaban el tiempo en la fogata, pudieron escuchar los llantos de una mujer por alguna extraña razón de la que Trosk, poco familiarizado al respecto, comenzó a sentir escalofríos. Pronto entendió lo que se trataba: la efigie. Aquella estatua era el recipiente de lo que quedaba de la esposa de Aidan, que parecía tener ganas de iniciar a atormentar a su amado desde la tumba.

— Esta sufriendo una vez más. —Afirmó el humano, guardando su cimitarra de vuelta a su cinturón y parándose en medio de la fogata; echó una mirada desde el rabillo del ojo al insectoide y dio media vuelta para encaminarse hacia el interior de la caverna en busca de su venganza. — Este es el momento que he estado esperando, Trosk. No creo que entiendas lo que es tener que soportar el tormento de tu amada arremeter contra ti día y noche...

— ¡Esperad, Trosk querer ir! —Vociferó, parándose de la arena y sacando al poco tiempo su tridente de piedra. Lo empuño con fuerza mientras miró a Aidan, tratando de acompañarlo por el bien de éste. — Yo ser tu compañero en el combate contra monstruo. Trosk quiere ayudar a Aidan, debe permitirlo.

— Esto no te incumbe, Trosk. ¿Para qué pelear una pelea que no te conviene? no dudo de que tengas madera para esto, chico. Pero esto es personal. —Respondió de una manera frívola ante el entusiasmo del insectoide, que, pese a que era mucho más alto y robusto que él, el engreimiento del viudo era mayor al ánimo del mirmidon por enfrentarse a la esfinge.

— La batalla de un camarada ser batalla de Trosk. —Respondió, alzando su pecho con coraje. En realidad, Trosk estaba inseguro de que horror podría ser aquella cosa que dejó la cara del humano como tal, pero no se sentía bien dejar morir a Aidan ante la monstruosidad que le habló.

— Bien... —Suspiró, ante la insistencia del joven insectoide.— Si así es lo que quieres, entonces ven. —Añadió, antes de que se adentrase a la cueva.

Con algo de valentía, Trosk decidió seguir a su compañero al interior de la cueva. Tras haber entrado, notó como yacían desparramados en el suelo un centenar de joyas y baratijas que juntas hacían de la caverna el tesoro de cualquier ladrón. Trosk trató de centrarse en el objetivo como Aidan, pero no podía dejar de ver a cada lado la fortuna que había recaudado la esfinge además de aquella efigie. Llegaron a un punto donde entre las reliquias, un gran hueco por encima del techo hacía emerger la lluvia al interior de la caverna y bañaba consigo a una figura extraña bajo el hueco; Aidan se cubrió con una colina de monedas y Trosk siguió los pasos de su compañero.

— Es él. —Susurró a Trosk, mientras que miró bajo la seguridad que el sigilo le prometía, a su vez el muro de monedas en el que yacía escondido junto con el insectoide. — El bastardo no sabrá que lo golpeó cuando descargue la hoja de mi cimitarra contra él.

— Como diga. —Trosk miró a aquella figura gigantesca bañarse y juguetear con sus tesoros a su alrededor de una forma que le hacía cuestionarse de la egolatría de la criatura. — ¿Ahora qué deber hacer nosotros dos, Aidan? ¿esperar o... —Dejo incompleta la pregunta al ver como el humano abandonaba el refugio e iba contra la esfinge, seguro de que la mataría pronto. — ¡Esperad, Aidan! ¡No ir tan deprisa! —Salió del escondite con el tridente en mano, dispuesto a ayudar a su compañero de cometer alguna estupidez.

De manera repentina, la cabeza de la esfinge salió disparada junto con su cuerpo en una embestida atroz hacia Aidan; fue lanzado gracias a la cornamenta de la esfinge hacia una de las colinas de los tesoros que guardaba la esfinge y pronto esta saltó con todo y garras hacia el desdichado hombre en medio de su venganza. Trosk fue ayudar hacia su compañero, atacando por la espalda a la esfinge a partir de su tridente directo a la espalda de la fiera, pero no sin antes lanzarse hacia ella y subirse por encima de ella con la seguridad de que tendría todo bajo control.

Clavó los tres colmillos del tridente contra la carne de la esfinge, que se retorcía del dolor inflingido a través de su espalda mientras que mantenía sus garras cortando la garganta de Aidan, que, con pocas fuerzas, desgarró el cuello de la esfinge con su cimitarra.

El cuerpo de la criatura se desplomó sobre el humano, mientras que el insectoide sacó el tridente del cuerpo de la esfinge y aterrizaba en una de las muchas pilas de monedas de oro en la caverna, Aidan había escapado a un costado del gran peso de la criatura muerta. Se desangraba lentamente, mientras se arrastraba entre las reliquias hacia su compañero por ayuda.

— ¡Compañero! —Vociferó el insectoide, sorprendido ante el estado moribundo de este.

— Da igual ya, chico. —Dijo el humano, las heridas que le habían infligido las garras de la esfinge no le iban a dejar mucho tiempo con vida. — Ve al pequeño cofre en medio del tragaluz, por favor. —Suplicó mientras se aferraba a un talón del insectoide, a su vez, una de sus manos trataba de contener la gran pérdida de sangre que le caía de la garganta.

El insectoide recostó el tridente sobre su espalda y se encargó de ir hacia el lugar donde alguna vez reposaba la criatura y tomó del suelo el cofre que había solicitado su compañero; lo abrió y notó el pequeño esqueleto de un humanoide extraño, a lo que lo cerró para pronto dirigirse hacia su compañero en medio del oro y las joyas del suelo. — ¿Qué ser esto? —Preguntó, atónito.

— Es mi hijo... o lo que queda de él. —Comentaba, mientras que su garganta hacía un charco de su propia sangre. Era una muerte anunciada para el pobre Aidan. — Cuando lo arrancó del vientre de mi esposa apenas tenía unos meses, y lo tomó como una pieza más de su colección... verás, no todo es el oro y las joyas, esa tonta criatura lo tuvo como un premio ante toda esta colección de cosas robadas u obsequiadas por los transeúntes que iban ante él... déjalo sobre la efigie, por favor.

— Pero morirás. —Respondió el insectoide.— ¿Qué hacer Trosk luego de que su amigo muera?

— Este es el último capítulo de mi vida. —Comentó, esta vez mucho más débil que antes. — Tienes una actitud que no parece de alguien viniendo con esa apariencia, pero eres un buen chico. Yo, en cambio, no lo soy. Continúa tu camino... pero... sólo te pido que por favor acabes con el tormento de mi esposa. Esa... es la culpa que me aflige.

El cuerpo de su compañero había permanecido inerte tras aquellas palabras, mientras que un gran charco de sangre se hacía ante los pies de Trosk. El insectoide marchó sin mirar atrás, yendo hacia la salida tan solo para saldar los pecados de aquel pobre hombre. Sintió el escalofrío de antes recorrer su espalda tras acercarse a la efigie, de la que puso bajo sus pies al cofre; lo abrió y dejó ante ella el cadáver del no-nacido como una ofrenda de parte de su esposo...

No escuchó un llanto venir de ella, pero sintió temblor en sus manos justo después de dejarlo ante ella. Aquel sentimiento acosador que sentía cada vez que estaba cerca de ella se esfumó y, en aquella tormenta que había nublado el cielo, la lluvia y los truenos abandonaron el lugar.



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Re: Una muerte en la familia.

Mensaje por Mister Orange el Dom Abr 17, 2016 4:42 pm

Buen hijra, nada que decir, procedo a entregar color y recompensas.
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