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La torre del gusano.

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La torre del gusano.

Mensaje por Trosk el Lun Abr 18, 2016 8:52 pm

Trosk no tenía exactamente idea de cuantos días habían pasado durante su largo camino por el desierto, que comenzaba a ser arrasado por una gran tormenta de arena. Sus ojos no se veían afectados por la irritación de la arena que tenía a su alrededor, pero aún así, su vista no se veía bonificada por la tormenta que deparaba para él con cada paso que daba, incrementando su fuerza cada vez más al compás del viento a su alrededor.  Atrapado en la tormenta sin ser tocado siquiera por la ardiente luz del sol como era usual en la vida en el desierto, el insectoide estaba destinado a continuar con su cruzada si quería escapar de ahí lo antes posible.

Un poco ingenuo, el insectoide vio hacia ambos lados en busca de algún sendero viable con el cual poder salir libre de ahí, pero por más que buscase a su alrededor, no podría escapar completamente de aquel manto de arena. Perderse en el desierto no era peor idea que perderse y encima quedarse atrapado en medio de una tormenta de arena sin rumbo fijo.

Aferro las garras de sus patas sobre la arena con cada paso, mientras que a su vez cubría con un brazo sus ojos de la fuerza de la tormenta. Entre sus manos, tenía bajo su control a su tridente de piedra que apretaba desde su asta, ante el temor de que no sólo él llegará a perderse del todo, si no también la mejor de sus armas que traía para defenderse de los peligros de la superficie. Al principio, el insectoide comenzaba a dudar de que aquello era obra de algún espíritu del desierto, pero todo parecía concordar con que las supersticiones no eran las causantes de aquella tormenta.

En su camino, había tocado accidentalmente una figura misteriosa con la mitad de su cuerpo hundido sobre la arena junto a otros más. Unas cuantas piezas de madera decoraban aquel páramo desértico junto aquella rueda a medio paso de ser tragada por la arena, pero pese a ello, eran más que simples objetos varando en medio de la arena. Algo le decía al mirmidon que podrían tratarse de aquellos vehículos impulsados por bestias que movían tal cosa redonda en la arena que eran llamadas ruedas por los nativos de la superficie. Si bien aquello no era el mejor hallazgo en su camino, lo bueno era que la tormenta comenzaba a reducir su intensidad, pero aún así, el desierto continuaba jugando con la visibilidad del insecto que erraba en aquellas tierras.

Tal vez era un mero espejismo del desierto o una señal de que habría encontrado un refugio que resultaba inusual a simple vista. Alejado de todo, una torre se alzaba delante de Trosk con tal magnificencia que se hacía más visible que todas las demás cosas entre la tormenta. La curiosidad del insectoide lo sedujo a ir hacia aquella misteriosa edificación desde lejos, probablemente con la confianza en sí mismo de que encontraría un buen refugio y suministros por los cuales tomar de alguna u otra forma para abastecer sus energías...

Y así fue. Sin tapujos, el insectoide había alcanzado a sobreponerse ante las dificultades de la tormenta de arena, pero con la mera idea de que en la torre encontraría lo que buscaba. Un gran portón de hierro entreabierto se le oponía por delante, levemente abierto pero además, con un candado entre el medio de ambas puertas para impedir el paso. Las puertas tenían abolladuras, lo que alimentaba las dudas de Trosk con hipótesis de que probablemente la torre había servido como la base de algún grupo de guerreros o que pobres desgraciados trataron de derrumbar la puerta desde afuera.

Trosk golpeó con su tridente el candado unas cuantas veces y, con suerte, llegó a quitar a quitar las cadenas que colgaban en medio de la puerta bajo el intento de retener la pequeña entrada que se formaba en aquel gran portón. Cuando entró, un gran pasillo repleto de antorchas entre cada pared parecía haberle llamado más la atención; unas cuantas gotas de agua que caían desde el techo apagaban de vez en cuanto el silencio que arremetía tras la llegada del insecto al interior de la torre que, temeroso de cruzar desde algún lado por el temor de cruzar aquella fila de llamas, prefirió ir en recto hacia el oscuro y misterioso final del pasillo.

Tal vez no solamente era el fuego que podría asustarle, si no que probablemente alguien más moraba en el lugar o tal vez, otros habían llegado antes que él.



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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Zeena Samaha el Miér Abr 20, 2016 12:06 pm

Algunas veces no sabes bien por qué haces las cosas, pero aun así las haces, como si algo o alguien te mandara hacerlas con tesón e insistencia. Como si alguien se metiera en tu cabeza y te controlara cual titiritero persistente.

Y aun sabiendo todo eso, aquí me hallaba. Vagando por un desierto inmundo, con un calor inmenso y con una sed atroz que me atenazaba la garganta.

Llevaba el parche puesto de nuevo sobre mi ojo violáceo, pero aunque me lo quitara, no habría humedad suficiente para sacar agua de ninguna parte.

Normalmente no estaría tan desesperada por conseguir algo de agua

Para colmo, tenía que llevar ropa hasta taparme casi los ojos, o de lo contrario, podría quemarme cual trozo de pergamino en el fuego de una chimenea. El sol me hacía mucho daño en la piel, y no podía permitirme sufrirlo en momentos como éste, en el que su luz era inclemente y abrasadora.


Así que con mi sombrero daba sombra a mi cuero cabelludo, y a mi rostro, cubierto también por un pañuelo de seda carmesí. Tampoco podía quitarme mi chaqueta, que era lo que más me hacía querer quitarme todo lo puesto y tirarme a la mar salada para refrescarme.

Lamentablemente, aquí no hay mar sobre el que navegar o nadar. Ni siquiera para lanzar a nadie a los tiburones


Tenía que haber preparado mejor este viaje, pero cuando tus viajes son inesperados, no se puede hacer más. Había tomado la decisión de escapar de aquel barco, estuviera donde estuviese. Y en este caso fue en las costas de La Tierra muerta, un lugar donde la furia de los elementos no perdonaba a los débiles ni a los incautos.


Seguramente nadie me buscaría, asumiendo que estar aquí podría conducir a una muerte segura. Eso sería una ventaja para mi, para mal de ellos.

Mi hilo de pensamientos se vio interrumpido por un traspiés que tuve con un trozo de madera semienterrada en la arena, que me obligó a caer de bruces sobre la ardiente, pero suave, arena.

Me levanté despacio, mirando detrás de mi el objeto culpable de mi caída. Dos radios estaban conectados a un arco de madera, y dichos radios se hundían en la arena. Probablemente formarían parte de una rueda, qué se yo.

La cosa es ¿Quién llevaría un carro aquí, al desierto? Era demencial querer hacerlo, pues como no tengas ruedas más anchas, sería insufrible arrastrarlo, y evitar que se hunda en las arenas.

Me erguí completamente, sacudiendo mis ropas para quitarme los restos de arena, y tras tomar un respiro, proseguí adelante hacia los confines del desierto.

Subía una duna alta, cuando, entonces, pude ver en la lejanía una torre construida en piedra, resaltando sobre lo que rodeaba a la misma. Parecía como si estuviera fuera de lugar, como si la hubieran puesto allí deliberadamente, en contra de todo pronóstico.

Descendi la duna de arena, procurando no caerme de nuevo con la gran pendiente que tenía bajo mis botas de cuero, y me acerqué con un paso tranquilo hacia allí, pensando en qué puede ser que hubiera dentro.

Había un portalón de hierro interponiéndose entre la torre y yo, pero ésta estaba entreabierta, y sobre la arena había un candado roto con una cadena enredada alrededor


No parece que sea la primera en acercarme por aquí. Y si está tan a la vista.... Es que hace poco que fue forzado


¿Qué te diría la lógica acerca de un edificio cuyo medio de entrada ha sido forzado recientemente, en medio de un páramo lejos de toda civilización y grupo de seres vivos, y en soledad?


Seguramente te diga que ni se te ocurra entrar, que podría ser peligroso y que podrían explotarte por dentro y por fuera.


Sin embargo, yo no soy de las chicas prudentes, no al menos en lo que a esto se refiere. Y quién sabe lo que podría haber dentro.



Pasé entre las dos hojas del portón, y me vi sumida en una semioscuridad, sólo suavizada por el tenue brill de las llamas de las antorchas que cubría el pasillo a ambos lados, a todo lo largo. El silencio era palpable, a excepción de un sonido de goteras que de cuando en cuando rompía el continuo crepitar de las llamas, como si uno diera paso al otro para hacer notar su presencia. Como las lunas y el sol.

Quité las correas que eran el seguro de las pistolas, para que las pudiera tomar del cinturón en el momento en el que me hicieran falta, y avancé con paso firme, provocando que los talones de mis botas repiquetearan con cada paso, dando un retumbo sordo y grave que resonaba por el pasillo.

Pero a medida que me acercaba, empezaba a vislumbrar una figura ensombrecida recortada contra la luz del fondo del pasillo, y me detuve en seco, desenfundando una de mis pistolas en mi brazo dominante.


Así que, efectivamente, había alguien más aquí dentro. Portaba ropajes rotos, rasgados y aparentemente viejos, pero eso no era lo que me dejó patidifusa. Sino sus pies., y su cogote. ¿Qué rayos era eso que tenía ante mis ojos? ¿Se trataba de algún monstruo de alguna clase?¿Sabría hablar, o quizás solo rugía?


Procuré acercarme despacio, esperando que mientras iba, no se diera la vuelta, mientras llevaba la pistola por delante, sólo por si acaso era necesario hacer uso de ella.


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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Miér Abr 20, 2016 10:37 pm

La luz del sol acariciaba la fachada frontal del Castillo de Quel’Thalas, sus pocos habitantes se estremecían con la cálida bendición que caía desde los altos cielos. Había sido un periodo bastante lluvioso para la zona donde se encontraba el palacio dentro de del Bosque de Silvide, sin embargo ese día el sol nos brindaba su presencia con bastante intensidad y gracias a ello las calles se secaban, las personas podía salir de sus hogares y volver a la vida que llevaban… Al menos ese día.

Me encontraba meditando en la biblioteca del palacio, en extrema tranquilidad… Los episodios de supuesta locura que sentían habían cesado hacía mucho. Tomaba entre mis manos un libro sobre conocimientos acerca de la magia de fuego, mi gran pasión luego del castillo. Aunque mi entrenamiento estaba listo, ya era un mago completo desde hacía bastante, siempre me encontraba en búsqueda de conocimiento y superación y tal vez eso me llevara a vivir muchas experiencias diferentes.

Mis ojos se agudizaron al leer un pequeño trozo de un párrafo donde se deslumbraba la existencia de un pergamino que enseñaba un poderoso hechizo que fue abandonado por algún antiguo habitante de Quel’Thalas que había dejado ese libro en la biblioteca. Los proveedores principales de conocimientos del castillo, viajeros y residentes que olvidaban o dejaban a propósito libros y escritos.


“Sí. Antes de acabar en este lugar, en mis viajes por la desértica Woestyn Ölüm, olvidé mi pergamino sobre aquel hechizo que desde pequeño quería aprender. Tampoco me interesé mucho en recuperarlo porque creo que las artes mágicas no son mi fuerte. Es bastante bueno, quizás algún día lo recupere.

Como nota personal, si algún día lo fuera a buscar, las coordenadas son…”



Ummh… Interesante… -Dije al tiempo que leía las coordenadas de donde supuestamente estaba el pergamino.

¿Pasa algo príncipe? –Dijo Rommath, que estaba sentado unos metros atrás de mí ocupado en sus asuntos.

Rommath… ¿Desde cuando no hago un viaje en solitario? –Dije levantándome y colocándome frente a él.

No lo sé. Desde hace mucho, supongo. Ah pasado más tiempo en el castillo del que recuerdo.

Es tiempo de salir. Dime, ¿qué coordenadas son estas? –Dije mostrándole el libro.

¿Ya se le olvidó cómo orientarse por medio de coordenadas? –Dijo tomando el libro- Es en la llamada Tierra Muerta, al oeste.

Bien, hacia allá me dirijo.

¿Cuándo saldrá? ¿No llevará compañía?

¿Crees que necesitaré compañía para buscar un simple pedazo de papel?

¿Entonces por qué no manda a alguno de los Rangers o los Forestales?

Ellos tienen su función acá. Iré yo.

Como desee, príncipe. –Dijo con un tanto de desaprobación en el tono de la voz.

Me retiré a mi habitación, debía utilizar mis guardarropas secundarios porque era bien sabido que esa ruta la usaban los mercaderes de esclavos, bandidos, piratas y demás. No quería mezclarme con ellos y llevarme mi ropaje blanco con rojo con el mínimo de adornos me parecía lo más correcto en aquel momento.

Me vestí entonces con aquella camisa bastante abultada en tela, los pantalones de cuero blancos y las botas bien sujetadas, encima coloqué la armadura de cuero que esta llevaba y la banda de tela roja que me distinguía como parte de Quel’Thalas. Tomé mi fiel espada Felo’melorn que poco me servía en combates cuerpo a cuerpo, sin embargo era lo suficientemente imponente en algunas situaciones que requerían algo de intimidación, la ajusté a mi cinturón en su vaina, me percaté que no estuviera suelta. Tomé el libro y lo guardé en el bolso que llevaba ajustado en la cintura también y lo guardé. Me coloqué mi capa que me cubría la cabeza y parte de la cara hasta los pies, de color blanca y roja y luego de sujetar mi bastón, salí de la habitación.

Bajé por las escaleras en dirección a la oficina central donde debía estar Lor’themar Theron.

Lor’themar. –Dije entrando a la oficina.

Príncipe, ¿qué hace vestido así? –Dijo levantándose de la silla.

Saldré del castillo, iré a Woestyn Ölüm.

¿Cuándo vuelve? ¿Irá solo? ¿Qué va a hacer?

Ja, mi padre falleció hace mucho, ¿sabes? –Dije levemente sonriendo.

Oh, mil perdones, señor.

No te preocupes, Lor’themar. Iré solo y trataré de buscar un pergamino bastante poderoso, volveré en unos días, supongo… Y no soy señor.

Como siempre, te quedas encargado del castillo, mi valioso regente.

Muy bien, príncipe. Suerte. An Karanir Thanagor.

An Karanir Thanagor, Lor’themar –Dije abandonando la habitación.

Caminé entonces por el salón principal hasta llegar a las puertas interiores que daban acceso a los caminos y pasos elevados que finalmente llegaban a los establos.

Saludos, cuidador.

Saludos, príncipe. ¿En qué le puedo ayudar?

¿Por favor podría preparar el carruaje?

De inmediato, príncipe.

Caminé unos pocos minutos hasta llegar al distrito residencial y localizar la taberna del castillo, entrar y observar a los conductores del carruaje que a menudo me llevaban a las aventuras más locas posibles.

Caballeros, vamos saliendo. Prepárense.

Claro, príncipe.

Se fueron y en cuestión de minutos aparecieron frente a mi con el carruaje y todo preparado para salir. Mientras esto sucedía, Halduron caminaba en dirección a mí luego de haberme avistado entrando en la taberna.

Halduron, saldré unos días.

¿Hacia donde? ¿Va solo? ¿Cuándo vuelve?

A la Tierra Muerta. Por esta vez no necesito a mi guardia personal, cuídense. Vuelvo en unos días.


An Karanir Thanagor.

An Karanir Thanagor. Adios. –Dije montándome en el carruaje.

Luego de unos segundos cabalgando, pude escuchar el distintivo sonido de engranajes girando y pesado metal ascendiendo.

-La puerta- Pensé.

Luego de atravesar la puerta un gran sonido se escuchó como signo de que la puerta nuevamente había sido cerrada.

Comenzó entonces la travesía de largos días hasta llegar a la Tierra Muerta. Duramos dos o tres días, acampando por la noche y hospedándonos en algunas tabernas. El camino era largo y tedioso, pero valdría el esfuerzo. Durante la jornada me di cuenta de algo, el carruaje me llevaría hasta el lugar acordado, luego continuaría solo… Sin caballos, sin carruaje, sin nada… Creo que mi plan no estaba tan bien pensado, eso sacaba de salir apresurado sin planear a fondos los detalles.

Al fin llegamos a la tierra muerta y el calor que despedía el astro rey, no se hacía esperar. Hice unos toques en la parte interior del carruaje para hacerle saber a los conductores que hasta aquí llegaba su labor, debía continuar solo.

Me bajé entonces del carruaje y éste se devolvió hacia su lugar de origen. El momento de la verdad había llegado, estaba sólo, mi bastón y mi espada además de mi magia era mi protección. Sólo había tomado una cantimplora de los suministros de la carreta. El sol inclemente golpeaba la arena con sus rayos y ésta molesta le devolvía vapor, era una lucha en la que los organismos que cruzaran por allí eran los que recibían el peor trato.

Luego de caminar por algunas horas bajo la incesante estela del calor, con sólo mi capucha protegiendo mis ojos de la polvareda y mi cabeza del abrasador sol, mi camisa manga larga protegiendo mis brazos de quemaduras y mis guantes protegiendo mis manos, llevé la cantimplora a mis labios para absorber el último bocado de agua que quedaba en ella, colocándola ajustada a mi cinturón. Seguí caminando.

Abrí el libro una vez más de infinitas veces que lo había hecho durante aquel viaje para ver las coordenadas. Las nociones que me había dado Rommath no me servían de mucho, tal vez debí prestarle más atención a él y lo que decía, que a la ventana y sus vibrantes colores.

Al tiempo de haber caminado lo suficiente pude divisar a lo lejos una construcción, sin embargo no era la que estaba buscando, ésta era más vertical asemejando a una torre que a una casa, las coordenadas no coincidían, sin embargo, pude observar algo al nivel del suelo, bastante curioso… Una figura borrosa se movía y parecía decidida a entrar en la torre.

-Quizás sea un asentamiento, o algo donde poder rellenar mi cantimplora- Pensé.

Caminé observando como la figura que había divisado antes ya no estaba, o se había adentrado en la torre o simplemente era un espejismo. Caminé un poco más hasta llegar a la base de la torre. Efectivamente era una torre construida en piedra, pero, algo no andaba bien… Su construcción en medio del desierto parecía ilógica, algo no me parecía, sin embargo ya por más curiosidad que necesidad caminé hasta llegar a la puerta.

El portón estaba entre abierto y en el piso había varias huellas y junto a ellas un candado con una cadena. Las huellas parecían frescas y con el viento se empezaban a borrar… No había sido un espejismo, de verdad alguien había entrado, pero, junto a lo que parecían huellas humanas había algo que definitivamente no era humano, la forma de la figura en la arena asemejaba un triángulo con tres puntos de apoyo… Quizás algo en lo que no debía entrometerme estaba pasando.

Volví a abrir el libro, nuevamente observé las coordenadas y con ayuda del cielo, así como el viento y la orientación pude intuir que afirmativamente no era el lugar que estaba buscando y por un momento estuve a punto de irme, sin embargo volví a considerar que no sabía cuánto debía caminar más y tal vez dentro había agua y eso si me interesaba. Sin más me adentré en la torre.

Luego de pasar el portón inicial me encontré con un pasillo lo suficientemente amplio como para mi permanencia prolongada, me gustaba. La corriente de aire que se sentía era fuerte, así que al menos por miedo no iba a morir allí. Por miedo no.

Caminé en los extensos pasillos hasta llegar a un punto donde pude divisar  una figura un tanto… Baja de estatura, sosteniendo algo contra el frente, no podía visualizar bien, así que caminé en silencio y con cautela un poco más hasta poder ver mejor.
Claramente la silueta era la de un humano, aunque muy esbelta para ser hombre, sin embargo no le di mucha importancia y visualicé un poco mejor hasta el fondo, a qué le estaba sosteniendo aquellas pistolas que apenas veía, el porte de la primera figura era estilizado, con chaqueta y sombrero, pero más allá se podía ver algo… Algo que se podía apreciar desde cientos de metros que no era humano.

No divisaba bien lo que estaba por delante, pero su cabeza era algo más ovoide de lo normal, con los pies extrañamente deformes.

Tomé mi bastón con prudencia y me percaté que Felo’melorn estuviera disponible rápidamente, si ninguno de los dos era amistoso, la cuestión se pondría feo. Serené mi mente como prevención.


Selama Ashal'anore


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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Strindgaard el Jue Abr 21, 2016 12:01 am

La Tierra Muerta, pero qué gran mentira. El demonio había viajado desde Loc-Lac a Süld-Dunes a través del desierto, recorriendo los kilómetros junto a más de tres caravanas que viajaban juntas para sobreponerse de los peligros del sol y la arena. Sobre los implacables dromedarios, realizó una travesía que pensó acabaría pronto, recorriendo una tierra inhóspita a primera vista, pero rica en secretos. Las noches frías se hacían cortas junto a una hoguera, el té de fuego, un exótico brebaje hecho con algún tipo de alcohol oscuro y hojas de los arbustos escuálidos del desierto que preparaban las naharí y la música de los extraños instrumentos de aquel paraje de Noreth, laúdes de largos cuellos con exceso de cuerdas. Pero los días se volvieron semanas, y en Süld-Dunes tampoco tuvo mejor suerte con su búsqueda, lo que para bien o para mal, lo llevó del Reino de Akhar a La Tierra Muerta.

Y allí estaba, recibiendo con sus seis sentidos cada pulsación de vida que podía ofrecer aquel desierto que parecía infinito. El viento giraba, golpeaba y reía. Era un mar de almas galopantes procedentes del norte que traían sobre sus lomos demonios de arena. Strindgaard, sobre su dromedario arrendado en las casas de posta en Süld-Dunes, mantenía su paso lento y constante, bajando una empinada duna hacia lo que parecía un buen lugar para capear la tormenta desde lejos. Su capa restallaba a su espalda y telas de seda y tul cubrían su cuerpo para ahuyentar el calor y el polvo. Había visto el contorno de aquella torre a más de cinco kilómetros desde donde estaba, pero una vez cayó sobre él la rugiente tormenta todo se volvió oscuro y rojo. El polvo le dificultaba enormemente la vista, pero estaba seguro de que el camello lo llevaría a la torre, el animal estaba bien entrenado y no torció nunca el camino, como si dentro de él  habitara una férrea intención de resguardo, siguió andando, recibiendo el abrazo fraterno del desierto.

No había sido buena idea ir solo, pero no estaba en condiciones de comprar el veneno de serpiente blanca, y menos robarlo, ya que era un elemento utilizado en la alquimia muy preciado y bien resguardado. Y muy escaso, ya que la serpiente era tan venenosa que diezmaron su población hacia mucho tiempo, y solo se podía hallar en medio del desierto, con su figura fantasmal siseando por las dunas.

La arena mordía su cuerpo, el sol apenas visible parecía alumbrar a través de algodon. El andar de su mansa montura era inexorable, ya faltaba menos.
La tormenta cesó al fin, y los últimos jirones de arena desaparecieron para cuando estuvo a unos pocos cientos de metros de la torre. En la lejanía pudo ver a una persona adentrarse en ella, vestimenta roja, cabello largo y rubio, casi parecía un espejismo, un reflejo de la arena roja y el calor.
Cuando su camello estuvo a unos pocos pasos ya no había nadie en la entrada. Alzó la vista, una estructura roída por el tiempo y la arena, con sus ladrillos secos y lisos, estaba plantada allí, en medio de la nada, como caída del cielo, o puesta estratégicamente por alguna civilización olvidada y enterrada.  Su dromedario parecía sentirse aliviado y se adentró más allá de la reja abierta sin que se lo ordenaran.
Strind bajó y se acercó a las cadenas y notó que el candado estaba roto, el portón estaba abierto hacia dentro así que supuso que fuera lo que hubiera roto el candado lo hizo para entrar. La cadena era un metro de buen acero que seguro serviría de algo. Abrió su morral para guardarla y sacó su gorda bota llena de agua para darle unos pequeños sorbos, debía asegurarse cuidar el agua, quizá buscar un pozo. Si la torre existía en ese lugar para resguardar, posiblemente hubiera uno en algún rincón.

Amarró su montura dentro de la torre. Las antorchas encendidas lo preocupaban, no estaba en condiciones de luchar contra los afamados ladrones del desierto, esos asalta caravanas y buscadores de tesoros. Guardó su bota y comenzó a caminar lentamente por la estructura para asegurarse de encontrase solo.
Dentro estaba mucho más fresco, las antorchas ardían indiferentes y del techo goteaba una disonante gotera. Y estaba habitado. Frente a él encontró a otras tres personas de espaldas a la entrada, la más cercana a él se apoyaba en un bastón aunque su espalda no lo necesitaba y su vestimenta roja, hombreras y capa le hacían recordar a los hechiceros de Narendra, eso y que su esencia hacía vibrar el aire a su alrededor, un mago. La segunda persona, varios metros más allá, tenía una bonita espalda, su cabello suelto y blanco caía como una daga y un sombrero de tres puntas coronaba su pequeña cabeza. Aferraba en su mano uno de aquellos armamentos famosos y dañinos que Strind leyó hacía tiempo en la biblioteca de su padre, un arma de fuego. Y por como apuntaba y movía sus estilizadas piernas, quería sorprender al tercer individuo, que por la lejanía no alcanzaba a distinguir más que su extraña silueta.

Antes de hacer nada cambió de apariencia, después de todo, los humanos son un poco menos amenazantes que los demonios. Cuando su ilusión estuvo lista, y aferrado a la idea de que estaría mejor dentro de la torre que fuera, se acercó hasta tras uno de los pilares de la torre para protegerse de cualquier disparo y espero a que la tensión entre los otros tres se disipara.





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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Trosk el Mar Abr 26, 2016 12:44 am

Cual tonto y poco precavido que era el insectoide, continuó su camino sin previo conocimiento de lo que le esperaba en ese negro abismo que solamente traía misterio e incógnitas para el mirmidon, que no tardó poco en chocar accidentalmente con aquella profundidad que no era nada más que un portón de ébano en el camino, cuya ennegrecida y aparentemente vieja madera se había confundido con la oscuridad de ese largo pasillo del que las antorchas no hacían mucho. Probablemente llevaban tiempo encendidas y poco relevantes para su dueño, si es que aún permanecía allí o habría tenido. La torre parecía una aberración en el desierto, más que aquella tormenta y las extrañas criaturas que para el recién llegado a la superficie les parecían una maravilla. Ni siquiera los más grandes arquitectos de su tribu podrían haber hecho aquel titan en el que ahora se había adentrado, tan solo pura arena aglomerada para formar edificaciones simples y básicas.

Sea quien sea que había hecho la torre, parecía no haber sido un lugar cualquiera como para permitir entrar a los visitantes así de simple. Ahora tenía un portón por delante una vez más, pero esta vez de un menor tamaño y de madera, a lo que pronto comenzó a examinar a oscuras pese a que la visibilidad de su sub-raza no era mucha como para elogiarse, a diferencia de su olfato. Pasó una mano sobre la corteza de la puerta y llegó a encontrar una cerradura. No era una suerte para el insectoide, porque probablemente la tormenta de la que había huido pronto le cerraría el camino, aglomerando la arena en el portón del que había entrado para asegurarse un refugio.  A su vez, el portón tenía en esa gran puerta dos aldabas en forma de león, tan negros como una noche sin estrellas. Trosk admiraba la arquitectura de la torre, había sido un constructor en el pasado junto con unos cuantos, pero nunca había creído que la superficie tuviese un dominio tan genuino.

Dio media vuelta y agarró en la fila de la izquierda una de las muchas antorchas, con la que alcanzó a notar a base de su iluminación la presencia de un individuo a sus espaldas. Trosk era nuevo en la superficie, pero no era ningún tonto. No le era difícil con el poco tiempo que tenía diferenciar a los hombres de las mujeres de la superficie, que portaban un dimorfismo sexual mucho más marcado que los de su sub-raza. Portaba un artefacto extraño con el que parecía que, sin haberse dado cuenta, lo había tenido contra él durante todo el tiempo a sus espaldas. Trosk se acercó, sin saber siquiera de lo que aquella cosa se trataba.

Puso un ojo hacia el hueco del cañón de aquella cosa sin miedo alguno, o más bien sin conocimiento sobre el peligro de ese extraño y complejo artefacto. Subió su vista hacia la figura de la que su antorcha había iluminado, pero que aún así continuaba embargando misterio para el joven insectoide. Llevaba un sombrero bastante elegante, a diferencia de los turbantes que las personas solían traer consigo para el calor del desierto.

— ¿Eso acaso ser una especie de brújula? —Preguntó el insectoide hacia la extraña que tenía por delante sobre aquella cosa con la que le apuntaba. — ¿O ser un juguete? Ser interesante para Trosk. —Comentó, a lo que pronto decidió acercarse con el mero interés por curiosear el extraño objeto que portaba. Inconscientemente, el insectoide alcanzó a iluminar con su antorcha a una figura mucho más alta y de una vestimenta extravagante y lujosa para Trosk, que llevaba meros harapos. Sin embargo, aquel segundo individuo que alcanzó a notar llevaba también un bastón y una espada. El mirmidon no era tan ingenuo como para no darse cuenta de que se trataba de un arma, a diferencia del artefacto de la primera persona que había encontrado por el pasillo.

Pese a que estaba armado, sus vestimentas no le decían que fuese algún bandido o asaltante cualquiera como los otros que se había topado, que usualmente eran derrotados o dejaban pasar a Trosk por su aspecto, que había llegado a tal punto de resultar repugnantes para algunos. Aún así, en momentos como ese armar un alboroto no le haría bien.

— ¿Por qué haber estado tan callados a espaldas de Trosk? —Preguntó, para poco después decir unas cuantas cosas para los que aparentemente eran recién llegados. — ¿Ocultados también del desierto y el sol? ser un completo averno, pero lamento decirles que hay que necesitar llave para puerta delante. —Prosiguió bajo una última pregunta, confiado de que con el tiempo del que había sido detectado por la extraña con su juguete no llegasen a concebir un conflicto. — ¿Haber alguien más junto con ustedes dos?


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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Zeena Samaha el Mar Abr 26, 2016 3:00 am

Observé cómo el ser que tenía delante de mí tomaba, ni corto ni perezoso, una antorcha que había en la pared, y entonces, se giró hacia mí, cuando me vio por el rabillo del ojo. Me quedé petrificada por unos segundos

Pude observar de qué se trataba. Era algo así como una especie de insecto, pero gigante. No sabía identificar qué insecto era, ni qué clase de mirada tenía, pero desde luego, jamás pensé que me asustaría de un insecto. Quizás sería porque fuera macho, porque con Tarisa no me ocurrió nada así.

Mantuve la pistola en ristre, pero más por la parálisis corporal que tenía en aquel momento que por otra cosa.

Pero el inconsciente, lejos de querer poner su vida más a salvo, acercó su ojo al cañón, quizás observando con curiosidad lo que era esto que llevaba en la mano. Si hubiera querido, su cabeza hubiera volado en pedazos, pero… No parecía maligno. Sólo me había asustado por su apariencia.

Tragué saliva en cuanto me empezó a hablar en común, de una forma un tanto tosca, aunque entendible. Quizás no era su lengua materna, probablemente.

- Ehm… No, no es una brújula, ni tampoco un juguete…

Añadí, extrañada de que alguien tratara una pistola con tanta inocencia, mientras bajaba la mano hasta dejarla colgando junto a mi costado.

– Es una pistola, un arma de fuego… EN fin, supongo que no importa. Pareces inofensivo… Aunque me dé unos extraños picores verte…
Bajé el tono de voz en cuanto vi que dejaba de mirarme a mí, o eso pensaba, y me di la vuelta, observando a quien teníamos detrás. Sin lugar a dudas, era de mi especie. Su cabello brillante, su piel clara, y las orejas, y el inhumano color de ojos, le delataban. Y su elegante forma de vestir lo empeoraba.

Sin embargo, a diferencia de mí, éste era enorme. Podría decirse que mi altura es la adecuada para según qué trabajos. Y no pude evitar sonreír al darme cuenta de lo que acababa de pasar por mi cabeza.

- Así que éstos efectos ocasiona el ser fornicada tantas veces..


Me volví de nuevo hacia mi extraño compañero, y asentí.

- El calor fuera es infernal. No está de más poder descansar a la sombra de un buen edificio de piedra… Aunque éste esté en un lugar extraño

Luego me volví hacia el recién llegado elfo, y avancé dos pasos, cruzándome de brazos.

- Sin embargo… Tú vas demasiado bien vestido, y no estropeado ¿Qué haces aquí?


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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Mar Abr 26, 2016 5:22 am

Continuaba en aquel pasillo amplio con antorchas en ambos lados que daban poca iluminación dejando con visibilidad limitada a las tres personas que seguíamos en aquel momento en el mismo lugar. Mi bastón estaba erguido a un lado de mi y por momentos pensaba en activar el cristal de iluminación en su centro, al menos para tener un poco más de visión de mi campo de acción.

Sin embargo por ahora no podía realizar ninguna acción, mi mente estaba preparada para afrontar y muy posiblemente determinar el destino de aquel momento de tensión que se había formado entre el humano que ya empezaba a sospechar que fuera mujer y aquel extraño ser que se encontraba más delante de mí.

Un pequeño sonido muy vago, un chasquido cada tanto me interrumpía en mi concentración. Muy diferente a aquella gota que caía en algún lugar del pasillo que ocasionaba un eco tremendo para mis oídos, aquel sonido parecía más bien como si aplastaran algo contra la superficie de otro algo, de un momento a otro dejó de sonar. Una pequeña y ligera brisa me tomó desprevenido desde atrás, dejándome con una inmensa duda si voltear a mirar que habían captado mis oídos y arriesgarme a perder la concentración y dejarme expuesto a un posible ataque por parte de aquellos dos seres o continuar observando hacia adelante y confiar en que lo que había sentido fuese sólo el viento o algo mucho más inofensivo. No me contuve. Volteé.

Mi vista empezó a enfocar lo que pobremente dejaba ver la luz de las antorchas y mirando al infinito no pude captar nada, sin embargo algo estaba allí, lo presentía. Quizás algún alma me estaba jugando una treta para desconcentrarme y que muriera en aquel momento a manos de mis dos “compañeros” en el pasillo o de verdad había algo allí, de cualquier modo volteé de nuevo hacia adelante.

-Locura, no empieces ahora- Pensé y sonreí.

Mi sonrisa desapareció al ver que la segunda figura y la más lejana se acercaba a una de las antorchas con la intención de tomarla, el momento de la verdad había llegado. Amigos o enemigos se decidiría ahora y estaba preparado para ello, aunque algo desconcentrado. Mi vista se enfocó en su cara para ver si podía distinguir al menos su especie. Cuando estuvo totalmente de frente al humano que aún sostenía las pistolas frente a él y comenzó a acercarse pude distinguir su ser. Su enorme y extraño cráneo no lo había visto nunca, sus ojos saltones y grandes no se me asemejaban a nada que hubiera imaginado jamás. Me asusté.

¡Pero qué mierd…! –Susurré y me interrumpí al mismo tiempo.

¡Adiós concentración! Estaba totalmente expuesto, el pequeño susto y la gran impresión que me había dado no tenían precedentes, de verdad me había tomado por sorpresa y no sabía como reaccionar, así que me calmé y pensé en frío. Ah decir verdad, creo que había leído sobre algunos hombres-insecto que habitaban en Noreth en la biblioteca de Quel’Thalas, pero jamás había visto uno.

Mientras yo continuaba en mi disputa mental, aquel extraño ser se acercó al individuo que al parecer lo amenazaba de muerte con aquellas pistolas. Se acercó al punto de colocar un ojo directo en el cañón del arma y visualizándolo. Por sus características, no sabía si estaba molesto, impresionado o confuso, sin embargo al no reaccionar agresivamente intuía que tenía una mezcla de las últimas dos.

Me preparaba de nuevo a actuar ante aquella extraña situación cuando su voz tosca, ronca y algo arcaica comenzó a preguntar a aquel hombre sobre sus pistolas.

-¿Brújulas? ¿Juguetes? ¡Qué clase de persona no sabría qué son pistolas! Oh… Espera…- Pensé.

Mi pronta reacción había sido un tanto fuerte y mi conclusión bastante errada. Tal vez si no conocía un arma de fuego, no estaba acostumbradas a ellas y a juzgar por la incoherencia comprensible de sus palabras en común, quizás  no provenía de nuestro mundo plagado de luchas y guerras. Juzgué mal.

Había mencionado a un tal “Trosk” tal vez era alguna frase de su idioma que se le había escapado o simplemente y a juzgar por el contexto en que lo dijo podría ser su nombre.

Una voz más hermosa le había contestado lo obvio acerca de sus armas. Su tono de voz, aunque duro y seco, dejaba escapar características interesantes en él. La melodiosa voz que se colaba al final de cada palabra se asemejaba a las voces que a menudo escuchaba en Quel’Thalas.

-¿Un elfo?... ¿Una elfa? ¡Qué casualidad! –Pensé.

Ya era mucha casualidad que en la inmensidad del desierto, en una torre que parecía colocada allí por arte de magia, en un pasillo en el cuál con suerte encontrarías soledad y arena, se encontraran tres personas y más aún que una de ellas fuera una elfa o al menos eso intuía por su ruda pero hermosa voz.

-Sí. Una elfa. ¡Viene muy bien en este momento! –Pensé sin poder evitar sonreír.

El área ahora iluminada dejaba ver su blanquecino y largo cabello, que ocultaba su esbelta figura, pero… Espera. El área estaba iluminada y yo estaba lo suficientemente cerca como para que la luz me dejase ver. Efectivamente, era visible y el hombre-insecto también lo sabía puesto que sus ojos extraños se enfocaron en mí. Primero en mis ropajes elegantes y luego en mis armas, Felo’melorn y el bastón.

El hombre-insecto, que ahora se me asemejaba más a una hormiga por la forma de sus brazos, piernas y cabeza, preguntó el por qué del silencio en la sala, esta vez con un poco más de cohesión entre las palabras. Acto seguido la dama, ya con las pistolas abajo, se volteó para ver a qué le estaba hablando el extraño ser.

Se dejó ver su pequeña estatura y su notable intriga acerca de mi estadía allí detrás. Mis conjeturas eran correctas, era una elfa con un tono de piel bastante blanco, con el cabello poblado y blanco, de una cara bastante atractiva. Quizás por mi estatura o por algo más, pero siempre me habían atraído las de baja altura. Una sonrisa un tanto pícara se pudo divisar dibujándose entre sus labios. Como muestra de cortesía y amistad, le devolví la misma sonrisa.

Trosk, el hombre-insecto-hormiga, intentaba indagar más acerca de nuestro paradero allí, aventurando una hipótesis bastante simple y para nada alejada de la verdad, además de mencionar la existencia de un segundo portón y una llave. La pequeña elfa se volteó y le respondió afirmando lo que el hombre del tridente había supuesto. Decidí ocultar mis verdaderas intenciones por motivos de seguridad y me limité a responder sólo una parte de la verdad

Sí, afuera el calor es abrumador. Acá ya no tanto. –Dije en tono serio.

Nuevamente la pequeña elfa se volteó y esta vez decidida, dio algunos pasos en dirección a mí, deteniéndose bastante cerca y cruzándose de brazos. Preguntó nuevamente sobre mi presencia allí, alegando que iba bien vestido.

Gracias… Estaba buscando algo, pero mi agua se acabó y pensé que acá podría encontrar. –Dije observando la simpática mujer.

¿Qué es esto? –Dije al aire refiriéndome a la torre.

El gorgoteo de aquella gotera nuevamente se dejó escuchar y por instinto volteé hacia atrás y por instantes, creí ver algo moviéndose en la oscuridad.

Creo que no estamos solos.

Tomé mi bastón en las dos manos, me di la vuelta para quedar en dirección de donde veníamos todos y levanté el bastón en el aire, lo bajé suavemente dando un pequeño golpe en la parte posterior del bastón, activando la gema central del principio del bastón, entre las hojas gemelas. Una pequeña luz comenzó a manar de la gema, no era tan intensa como para iluminar el pasillo completo, sin embargo era lo suficientemente fuerte para dejar ver todo en un radio de cinco metros, dejando al descubierto parte de las paredes del pasillo y poco más.


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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Strindgaard el Mar Abr 26, 2016 10:18 pm

El demonio, envuelto en su capa negra para ocultarse en las sombras y con su espalda pegada a un pilar, pudo oír unas voces romper el silencio que se había producido segundos atrás. En primera instancia dudó de que se tratase de alguien hablando, aquella cacofonía era tan tosca como un derrumbe de piedras, una voz seca, como si a su dueño le faltara la lengua, su acento producía un eco extraño que obligó a Strind asomar la cabeza para curiosear. Al mirar notó que la última figura había cogido una antorcha y ponía su cara al frente del arma de la dueña de la segunda voz, una muy femenina, en una señal inequívoca de temeridad, como obligando a la ¿niña? del sombrero tricorne a disparar, si tenía las agallas.

Al quedar los dos mejor iluminados notó con asombro que el hablante era un extraño espécimen, con forma humana pero con apéndices en el torso que asimilaban un segundo par de brazos atrofiados, de menor tamaño que los primeros, Tenía el pecho y brazos fuertes, y unas piernas que debían llevarlo muy rápido si se lo proponía, Strindgaard no dudó ningún segundo, aquella bestia era luchadora, su tridente no mentía. Su cabeza parecía tener la forma de una mosca, con grandes ojos, pero con mandíbula de escorpión, quizá fuera una extraña mezcla de ambos. Pero lo que más le llamó la atención fue su exoesqueleto, que al igual que a él, protegía todo su cuerpo.
Strind concluyó enseguida de qué se trataba, aquella bestia debía ser un demonio, un demonio de los desiertos, un seguidor de Rhaggorath, por su complexión luchadora, su capacidad mental y su bravura y temeridad. «¡Un guardián de la torre, claro está!»

La segunda persona habría caído en la clasificación de niña, claro, si no hubiera cargado con un arma, estuviera vestida como una exótica emulación de capitán bucanero y no estuviera metida en una torre milenaria en medio de La Tierra Muerta, entre demonios y magos.
Strind, que gustaba mucho de clasificar, la apartó en un sitio de su mente entre las extrañas incertezas de Noreth.

La muchacha quitó el arma de su cara y el demonio del desierto se alzó sobre ella, el fuego había revelado ante él al tercer individuo, el mago, quien no parecía muy impresionado por la visión del demonio y lejos de atacar o defenderse, se quedó allí plantado mirando a la pareja. Entonces el guardián volvió a hablar con aquella voz produciendo un eco sobre las paredes.
¿Por qué haber estado tan callados a espaldas de Trosk? —dijo. «Así que se llama Trosk.» pensó Strind—. ¿Ocultados también del desierto y el sol? ser un completo averno, pero lamento decirles que hay que necesitar llave para puerta delante. —Aquello le causó extrañeza al demonio, «¿Ha perdido la llave o los reta a conseguirla?» Los demás al oír aquello coincidieron en lo feo del clima—. ¿Haber alguien más junto con ustedes dos?
Strindgaard se quedó muy quieto, ¿acaso aquel demonio del desierto, con aquellos enormes ojos, podía ver en la oscuridad?

El mago y la muchacha cruzaron un par de palabras que no alcanzaron a llegar a los oídos del demonio en su lejanía, «¿de qué hablan esos dos tontos?, ¿serán amigos, novios o padre e hija?» El guardián se quedó en su sitio, quizá esperando la llave, «¿tendrá la intención de matarlos pronto?» pensó Strind, que ya tenía ganas de echar mano en el bastón mágico del mago y analizar las armas de fuego de la muchacha. «Quizá mi compañero sepa algo que yo no. Quizá estos dos no son lo que parecen.» Strind descartó también el ataque. De momento. Al igual que el guardián, él tendría que mostrarse amistoso. Dio un paso para salir de la oscuridad, ya era momento de presentarse.

El mago fue el primero en notarlo.
Creo que no estamos solos —dijo, y golpeó con ese maravilloso bastón el suelo y una luz blanca más poderosa que la de las antorchas brilló, iluminando al cuarto personaje dentro de la torre.
Muy perspicaz, mi Señor —dijo sumiso el demonio escondido en su imagen humana. Lo mejor sería jugar al muchacho perdido—. No tenía intención de entrometerme en sus asuntos, pero me ha traído la tormenta y la promesa de un refugio. —Salió de su escondite levantando las manos vacías, con un rostro que denotaba algo de miedo y un gesto corporal que denotaba humildad—. Mi nombre es Strind Gaard, ¿y el de ustedes? —preguntó retorciendo sus manos, como todo un pobre humano.

¿Qué los ha traído hasta aquí? —hizo una pregunta sencilla para crear un poco de empatía—. Yo he venido de muy lejos para salvar a mi hija enferma —comentó con congoja, necesitaba una buena coartada para andar paseando por el desierto, y las mejores mentiras siempre tienen algo de verdad. Si tenía suerte hasta podría usar a aquellas personas para su beneficio—, debo buscar a una serpiente blanca de dos cabezas que vive por estas zonas. Es muy venenosa, pero con su veneno se puede crear un antídoto para salvarla de su extraña enfermedad. ¿La han visto? —dijo con tristeza.





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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Trosk el Jue Abr 28, 2016 12:53 am

Aquel par curioso de humanos, si ello podía considerar el insectoide al segundo que avistó en la penumbra del pasillo, cuyas orejas le hacía suponer al mirmidon de que podría ser alguna clase de sub-raza entre los humanos o tal vez un ser con una malformación. Algo que sobretodo intrigó a Trosk fue la curiosa clasificación que dio la dama a aquello con que hace unos momentos le había estado apuntado: un arma de fuego. Aquello causo interés más aún en el mirmidon sobre el extraño artefacto, del que ahora sabía que era un arma, de aquella pequeña chica revestida con un elegante sombrero.

— ¿Cómo fuego entrar en algo tan pequeño? —Preguntó Trosk, extrañado bajo la idea de que una cosa que no era siquiera más grande que una espada fuese capaz de algo así. Mientras tanto, otras dudas iban a la cabeza del insectoide tan pronto vio las extrañas orejas de ambos individuos, de los que nunca había visto en los demás humanos de la superficie con los que se había topado. Una pregunta más vino disparada por Trosk tan pronto como se sintió atraído por ello al respecto. — Perdonad a Trosk, ¿pero también haber humanos con orejas puntiagudas?

Probablemente aquello podría ser ofensivo o algo de lo que los humanos de su clase despreciasen que se les fuese recalcado, a lo que Trosk trató de dejar a un lado sus curiosidades que abarcaban el motivo por el cual todos habían parado a la misteriosa torre en la que se encontraban. Tras notar la incógnita que pronunciaba el gran hombre del bastón, el insectoide decidió responder a ella como si de alguna manera tuviese idea sobre donde habían llegado. Pero primero, echó una mirada por los rincones cuya luz y su pobre vista podían alcanzar alrededor del pasillo. Unas cuantas fisuras y grietas, de las cuales una de ellas, desde el techo, provocaba la tan irritante gotera.

— Trosk creer que saber que ser esto no ser importante. Desierto tragarnos hasta la muerte si quedarnos afuera, más el segundo portón bloquear camino. —Respondió al hombre del bastón, hasta que pronto, unas desconfiadas palabras vinieron de su parte. Paranoia o no, el insectoide no parecía ver mal la idea del larguirucho acerca de que tal vez no estarían solos allí dentro. Tal como le había pasado, dos personas más habían entrado al recinto sin que siquiera él lo notase, y todo era gracias a que había estado ocupado vagando en el pasillo de forma muy confiada...

Y la sorpresa no se hizo esperar. Era un hombre encapuchado, lo ideal para protegerse del ardiente sol del desierto y no era de extrañarse que alguien lo portase. Sin embargo, la pinta que llevaba tal misterioso sujeto le hacia recordar a Trosk a los nómadas y bandidos que encontraba vagando en los desiertos de vez en cuando. El hombre se había presentado como Strind Gaard, a lo que Trosk trató de presentarse tan cortés como aquel extraño. Más la cohesión de sus palabras no era mucho que desear. — Yo ser Trosk, Strind Gaard. —Respondió, prosiguiendo con la próxima pregunta. — Y concordar con usted, señor. Trosk refugiarse de aquella tormenta de arena. Pero Trosk temer que no haber visto serpiente de dos cabezas por aquí.—Comentó por último.

Tras lo que dijo aquel hombre de tan noble corazón, Trosk decidió que lo mejor sería investigar si la tormenta de arena había cesado o no. Ella lo había llevado a parar allí, a aquella encarnación del misterio y escalofríos que podría encontrar en medio del desierto, en una tierra baldía e inhóspita, de la que, por mera maravilla, había encontrado uno de sus muchos tesoros. O eso quería pensar el joven y optimista aventurero, porque tan pronto como se acercó a la puerta que hace rato había forzado su cerradura para entrar, se dio cuenta de lo que parecía haber sido una obra de alguna fuerza conspirando contra ellos como para tal infortunio de mala suerte.

Si bien le había resultado inesperado, la arena había llegado a cubrir la puerta hasta el punto de que había llegado a bloquearla y entrar, en cierta parte, unos cuantos granos de arena al pasillo del torreón. Trosk pudiese excavar en la pared de arena, pero aún así, no tenía en cuenta si la tormenta de arena que lo había llevado a parar aquí aún seguía o no. Probablemente una de las muchas dunas del desierto, aparentemente estáticas, habían caído sobre la torre por la fuerza del viento que había apreciado en su camino hacia la torre, puesto a que todo era posible en una tierra desamparada por la mano de los dioses. Pese a que era cuestión de tiempo, lo que el mirmidon había temido a que pasase finalmente había sucedido en el peor de los momentos.

— Chicos. —Dijo el mirmidon, mirando a sus espaldas desde el rabillo del ojo. — Entrada haber sido bloqueada por grandes cantidades de arena. —Hizo una pausa breve, a lo que dijo sin tapujos el peligro en el que se habían metido él y sus acompañantes. — No haber escape ahora de torre, necesitar buscar llave de segundo portón. Necesitar buscar salida. —Dio la vuelta con la antorcha en sus manos, tratando de guiar con la ardiente flama a sus acompañantes hacia la puerta de ébano.

Agarró con una de sus pequeñas manos de sus brazos inferiores un aro que colgaba de la boca de una de las aldabas con forma de leones cobrizos, a lo que la golpeó contra la madera. Hizo eco en el pasillo, más no hubo respuesta. Trató de empujar con ambos pequeños brazos y no tuvo tampoco éxito, a lo que dio media vuelta para solicitar una mano a los acompañantes en aquella grave circunstancia. — No parece haber nadie y no parece haber llave. ¿Qué poder hacer?

————

Los gemelos eran los guardaespaldas personales del ermitaño y senil anciano, pero sobretodo, su única fuerza con la que pudiera contar. Ya hacía años su vejez había debilitado sus piernas hasta el punto de dejarlo postrado para siempre en una silla, porque de ser así, ir por el desierto sin sus hombres sería un acto suicida. Ello le había costado estar desamparado de cualquier vínculo con alguna sociedad, mientras que a su vez, era cuidado por aquel par de extraños gemelos, que juntos eran un solo ser vivo. Quizás era por mutación, o por alguna malformación, pero los gemelos no eran del todo normales y más que ser los cuidadores del anciano, eran su más preciado guardián.

Dos cabezas en un cuerpo no eran la gran cosa cuando se trataban de un alto y fuerte hombre chacal portando una contundente alabarda entre sus brazos, pero con una vaga defensa dada por la armadura que portaba. Aquel par de hermanos siameses se acopló entre el laboratorio de su amo, del que su material alquímico estaba revestido por telas para así ocultar su oficio dentro de la torre, a casi tan cerca de la puerta de ébano de no ser por los escalones. Desde que los demás se fueron y el agua que emanaba de la torre dejó de ser sana, las cosas comenzaron empeorar para la cordura de su señor, y, tras haber estado vigilando, su oído sobrehumano le hacía un gran guardián, lo suficiente como para saber de que tenían visitas inesperadas tocando a la puerta.

— Tocan a la puerta, ¿qué crees? ¿mercenarios o cazadores de tesoros? —Dijo una de las cabezas de chacal de un pelaje negro y ojos rojos como la sangre.

— Incrédulos, seguramente. —Respondió la segunda a su congénere.
— ¿Deberíamos avisarle al amo? —Preguntó la primera cabeza.

— Sabes que no le gusta que le molesten cuando duerme, está muy viejo. —Le dijo a su hermano, mientra que continuaba con su vigilancia en el laboratorio. — Pero nuestro amo le gustan las visitas inesperadas, aún cuando no han sido planeadas.



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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Zeena Samaha el Vie Abr 29, 2016 2:38 am

Me sorprendí de que después de que por mi pervertida mente cruzara dicho pensamiento, el caballero que tenía frente a mí me devolvió una sonrisa igual, si no más, de pícara, lo cual no hizo sino dejarme en la duda. ¿Acaso había pensado algo parecido a lo que yo había pensado?¿Tal vez estaba quedándose conmigo?¿O era una forma de responderme y yo estaba imaginando de más? Muchas preguntas se acumulaban una con la otra, y no sentía que solucionara ninguna, así que era mejor omitirlas por ahora, y centrarme en lo que tenía frente a mí.

Por un lado, Trosk se preguntaba cómo el fuego cabía dentro del arma. Me gustaría enseñarle cómo funciona, pero no quería malgastar un disparo así como así.

– Es más lo dicho que lo que puedas ver. Cuando veas cómo dispara, te darás cuenta

Me volví entonces hacia el elfo, cuando le pregunté aquello. Su voz sonaba adulta, y por su acento y vocabulario, parecía efectivamente una persona refinada, y de buena cuna. Su apariencia no podía ser menos.

Alegaba que estaba buscando agua en esta torre. ¿Sería verdad? Yo más que agua, buscaba sombra, hasta que cayera la noche, y se detuviera la tormenta. Muy raro me parecía que esperar encontrar aquí una fuente de agua.

Sin embargo, aunque pudiera sonar a mentira, me observaba con atención, mientras señalaba al techo de este lugar.
Después de hablar con él un momento, Trosk volvió a preguntar, con inocencia, acerca de nuestras orejas, y antes de ir a responder al elfo, me volví hacia él, con una expresión seria.

Tomé el sombrero con una mano, y lo aparté de mi cogote, dejándolo reposar bajo mi brazo, junto a mi costado, revelando mi cabellera blanca, y mi rostro de piel lechosa. Podía observar entonces mis orejas puntiagudas, y el intenso rojo de mi ojo descubierto, aunque no podría ver el que estaba tras el parche.

- Creo que los humanos no tenemos estas características ¿no? Somos bastante distintos… Concretamente, nuestra raza pertenece a los elfos…

Repuse, con una dramática pausa poco antes de volverme a poner el sombrero sobre mi cabellera del color de las canas.

Entonces el elfo dijo que no estábamos solos, y me volví hacia el otro lado, justo en el momento en que una luz algo fuerte se encendía en el bastón que portaba.

En cierto modo, agradecía no haberme quitado el parche, porque casi me hubiera cegado el ojo, hasta que me acostumbrase a esa luz.

Entonces al fondo, pudimos observar a un hombre con capa de un color oscuro, cuyo rostro estaba cubierto por más tela oscura también. Tenía la mirada oscura también, como el resto de su ropaje, y por lo demás, era totalmente misterioso su aspecto. Era como si quisiera que nadie supiera cómo es.



Entre él y Trosk estuvieron intercambiando frases cortas, presentaciones, y posibles excusas para llegar hasta aquí.

Un antídoto ¿eh?



Mientras éstos hablaban, me acerqué a examinar la cerradura de la puerta, despacio, y me agaché para poder observar por el ojo de la cerradura, a ver si veía algo extraño. La cerradura estaba tapada, así que no veía nada al otro lado, pero no pensaba que fuera una cerradura complicada de romper. Quizás…

Me quitó la atención oír la voz de Trosk, el hombre insecto, decir que nos habíamos quedado encerrados.


El pánico había venido para intentar quedarse. Pero en mí desde luego no iba a cundir.

Me alejé dos pasos de la puerta, y me volví hacia nuestro variopinto grupo.

- Así que estamos encerrados, aparentemente ¿Eh? No sé qué contiene esta torre. Pero sí sé algo. No me pienso quedar quieta aquí.

Levanté la pistola de nuevo desde mi costado, y volviéndome hacia la puerta, apunté al cerrojo, y descargué un balazo que impactó con un sonido grave y profundo contra el metal de la cerradura, levantando un suave humo gris, y un olor a pólvora quemada que inundaba mis fosas nasales.

Esperaba ansiosa saber el resultado de mi disparo.


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