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La torre del gusano.

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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Trosk el Dom Mayo 15, 2016 11:33 pm

Las mesas emanaban cierto olor extraño que el olfato desarrollado del insectoide le resultaba interesante, pero no por ello repugnante. Mientras que sus acompañantes estaban completamente interesados por las explicaciones que ofrecía el anciano y otros por la inusual fisionomía de su guardián, el mirmidon estaba curioseando como un niño entre las mesas con montañas de objetos encubiertos por mantas empolvadas y con unos cuantos años por encima. Paso su cabeza a lo largo de la mesa mientras echaba una olfateada a cada ingrediente encubierto entre aquellas sábanas, a su vez, se llevaba una buena bocanada de polvo a sus fosas por su exhaustiva investigación y con ello, uno que otro estornudo era causado inconscientemente como resultado.

El guardián lo miraba, firme en cuanto a su carácter estoico y cordial para los invitados, pero no por ello aceptaba que el insectoide husmeará entre las cosas de su amo sobre la mesa. Cuando Trosk notó que el guardián lo había estado observando durante cierto tiempo, sintió un leve escalofrío entre sus brazos inferiores y miró desde el rabillo del ojo hacia un lado, en el que el anciano conversaba con sus acompañantes, cada uno con motivos distintos.

La chica, de la que recientemente Trosk se había enterado que pertenecía a la raza de los elfos, había reprochado la hospitalidad del anciano. No parecía ser una persona que le gustaba participar con otros para llegar a un fin en particular, si no más bien una persona solitaria de la que solamente buscaba ir a por su propio bien: salir de la torre. Pero nadie aseguraba que el anciano sabría cuanto tiempo duraría o no la tormenta de arena arremetiendo contra la torre.

— Supongo que dentro de unas horas o un día. —Confirmó el anciano, tras un breve período de silencio. — Usualmente es así por aquí, pero mi guardián suele emprender largas caminatas en busca de algún oasis o mercaderes para garantizarme suministros. Hacía tiempo me era más fácil conseguir suministros para mi torre, puesto a que tenía sirvientes dispuestos incluso a morir por mi. —Tosió un poco, mientras que se coloco una de sus pálidas y enclenques manos por delante de su boca—. Pero eso no importa ya. No tiene de que preocuparse, el edificio cuenta con doce pisos. Podrá descansar a solas hasta que mi guardián se encargue de sacar la arena de la entrada. —Esbozó una leve sonrisa, en la que mostró en cierta parte sus dientes amarillentos.

El anciano hizo una seña con su mano e indicó al guardián alguna orden en particular, que, probablemente por el comentario del alto elfo, iba a traer un poco de agua. A Trosk se le alzaron las antenas al momento de escucharlo, puesto a que empezaba a ganar algo de confianza ante las ofertas del hospitalario Altras ante los cuatro. Cuando trajo la bandeja junto con aquella jarra de agua, espero a que el elfo terminase de servirse y de una forma algo brusca tomó de la bandeja aquella jarra de agua y sacó con uno de sus brazos inferiores su calabaza. Destapó la calabaza y poco después dejó venir el agua en una pequeña cascada que bajaba hacia lo profundo de su cantimplora, la cual pronto quedó lo suficientemente llena. Dejó la jarra en la bandeja y cerró de vuelta la calabaza de peregrino que llevaba consigo como una cantimplora.

— ¡Gracias, señor y guerrero de dos cabezas! —Dijo con entusiasmo el insectoide, mientras que a su vez daba un amistoso y pequeño codazo en uno de los corpulentos brazos del guardián. — Trosk aceptará con gusto regocijarse con suministros si no molestar.

Pronto, el alto elfo había dado una pregunta hacia el anciano que giraba entorno a las mesas y sobre la torre,  tanto como el humano, salvo que la curiosidad de este parecía solamente haber girado entorno a las mesas encubiertas. Trosk recordó el intrigante olor de los ingredientes de la mesa y mientras que el anciano tosía antes de responder al elfo, de manera imprudente, el mirmidon sacó una de las mantas de las mesas. Lo que contenía era sorprendente.

— Pues acerca de la serpiente, joven, usualmente las víboras en el desierto suelen estar escondidas bajo grandes dunas o ruinas, quizás como dices que es puede encontrarse en algún oasis, pero probablemente ha sido ya tomada por comerciantes de animales exóti... —El anciano quedó completamente interrumpido tras la sorpresa que lo embargó, al haber notado con una lenta reacción el momento en el que Trosk quitó una de las sabanas de una de las mesas de su laboratorio de alquimia.

Habían varios tubos de ensayo suspendidos en un ordenado pero un tanto pequeño laboratorio de alquimia, del que no sólo contenía estos, si no también matraces de destilación y aforados con sustancias químicas, unas envueltas de diferentes gamas de colores y otras incluso incoloras. Emanaban cierto olor extraño, algunas similares al amoniaco, pero todo bajo la mera perspectiva del olfato desarrollado del hombre hormiga. Mientras, entre otras de las cosas habían diferentes frascos que contenían ingredientes y una que otra pócima entre la mesa.

Unos cuantos libros de una buena cantidad de páginas estaban alrededor de la mesa que estaban empolvados y cuyas páginas mantenían una coloración amarillenta por su antigüedad. Entre los muchos frascos, habían unas cuantas cosas que se movían en el interior de algunos. Se trataban de sanguijuelas y larvas de alguna clase de insecto, así como también había una serie de pequeños frascos abiertos que contenían una especie de crema pastosa con un color rojizo.

Altras sólo apretó los costados de la silla con sus escuálidos y enclenques dedos tras la tonta e imprudente acción de uno de sus invitados. Estaba molesto, muy molesto. En cambio, el guardián había dejado con algo de prisa la bandeja sobre una de las mesas y fue a representar a su amo, con tal de poner orden tras lo que armó el insectoide. Tan pronto como Altras notó la mano de Trosk ir a por la crema pastosa que contenía en su mesa, el anciano alzó su mano y vociferó con desespero.

— ¡No, espera! —Dijo, oponiendo algo de su fuerza a su voz y con menos cortesía—. ¡Cuidado con esos ungüentos, idiota! son de uso médico, si los dañas tendré que laborar horas para fabricar al menos uno de ellos. —Miró al resto de sus visitantes, a lo que trató de regresar a su educada faceta como anfitrión. — Lo siento... lo siento. Practico algunas recetas de alquimia y, bueno, un hombre tan viejo como yo necesita algo que restablezca su cuerpo de vez en cuando. —Cambió de tema tan pronto como dio las explicaciones, respondiendo a la pregunta anterior del alto elfo para ello. — Sobre lo que decías de la torre, muchacho. Verás, era de una adinerada familia de mercaderes, teníamos nuestros propios esclavos. Cuando mi padre murió, decidí construir esta torre para cuidar de los viajeros. Pero decaí en una crisis económica que acabó con lo que mi padre me otorgo.     Tosió un poco, mientras que proseguía con algo de nostalgia su explicación. — Estoy muy viejo para marcharme de este gran llano de arena y además, ¿para qué? no tengo ni una moneda conmigo.

— Trosk lamentar lo que hizo, Altras. —Comentó, tratando de disculparse de lo que hizo—. El olor llamar la atención de Trosk, han de haber sido las larvas. —Dijo, mientras que disimuló como le echaba un ojo a el frasco repleto de ellas. Sea como fuese, el insectoide quería hincarle un diente a alguna de ellas. — ¿Alguna cosa que Trosk poder hacer por usted?

— No es nada. —Respondió el anciano—. Lo mejor que podría hacer yo por ustedes es facilitarles su salida luego de que la tormenta de arena pase y, también, mi hospitalidad. No me debes nada, Trosk. ¿Quieren saber algo más antes de llevarlos hacia el tercer piso? podríamos hacer un banquete ante vuestra llegada, tengo en una de las paredes un gran retrato mío junto con mi padre, tal vez eso podría fascinarles un poco luego de sus travesías con esa tormenta.


Última edición por Trosk el Lun Mayo 16, 2016 5:51 pm, editado 1 vez



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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Zeena Samaha el Lun Mayo 16, 2016 11:43 am

Parece que yo era la única que no quería aceptar su agua. ¿Quizás era yo la desconfiada?¿O eran ellos los inocentes que no tendrían en cuenta que podría estar perfectamente envenenada?
Simplemente, no confiaba en los habitantes de esta torre, y el miedo no lo mejoraba.

Era simplemente demencial pensar que una persona, a la que le acababan de reventar una puerta, fuera a ser hospitalaria y hacernos regalos, ofreciéndonos su casa y sus escasos recursos.

Por un lado, el elfo sí que aceptó el agua, y no contento con ello, se daba el lujo de ser curioso con lo que el anciano Altras poseía en esa habitación. Esperaba que como respuesta, fuera a mandar a arrancarle la cabeza por parte de su guardián, o algo parecido.

El humano desde luego no lo mejoraba, pues también parecía curioso, y no tenía reparos en preguntar al anciano lo que pasaba por su pequeña mente. Humanos…. Eran tan ingenuos… Y a la vez, tan bárbaros. Los humanos eran quienes me causaron los problemas que tengo. Y aunque no niego que todos sean bárbaros… Da la casualidad de que di con una gran cantidad de ellos.

En cualquier caso, el humano se tomaba muchas licencias por su curiosidad, pues iba hacia la mesa, y sin pudor, tocaba la sábana que la tapaba.

Yo por mi parte, me aparté hasta una pared, y llevé una de mis manos a mi boca, donde me mordía el dedo pulgar, nerviosa . No quería estar ahora mismo con ellos. Y no quería ser objeto de la caza de ningún bicho enorme de dos cabezas.

El anciano, para mi sorpresa, respondió con un tono tranquilo y casi afable, dándonos a conocer que normalmente, las tormentas se alargaban por varias horas.

Eso no entraba en mis planes…

Trosk también aceptó el agua, pero sin lugar a dudas, su razón para aceptarla distaba mucho de la del humano. Era muy inocente, no sabría probablemente lo que era un veneno, y tampoco sabía lo que era un arma de fuego. Esperaba que el pobre animal no tuviera problemas con su desconocimiento. Parecía afable, y sería una pena observar su muerte.

Pero aquel insecto gigante no se contentaba con ello. Todos estaban desatando su curiosidad en esta torre. ¿Acaso era yo la única que estaba en sus cabales, o lo suficientemente asustada como para no entrometerse en nada?

Se hizo el silencio en el momento en el que Trosk levantó las sábanas, también, de la mesa, y acto seguido, se sucedió un grito de Altras, ordenándole que se detuviera.

Mis sospechas se confirmaron. Altras era pobre, y sólo tenía lo que veíamos. Eso era peligroso.

¿Estaría siendo paranoica?

No podría huir hacia abajo, y tampoco veía por dónde poder escapar con seguridad.
Este lugar se me hacía pequeño, y asfixiante. No tenía claro qué podía hacer. Traté de intentar hablar, tragando saliva, mientras notaba un sudor frío resbalar por mi sien, con un pavor que se apoderaba de mí desde lo más profundo de mis entrañas.

-D-disculpe, señor Altras… No me presenté antes… Me llamo Zeena y…Siento… siento haber destrozado su puerta….

Mis nervios no se apagaban. No sabía qué hacer, e hice lo único que se me ocurrió en aquel momento, aunque fuera simplemente un movimiento desesperado, inconsciente, y sobre todo, inútil e inservible.

Salí corriendo hacia las escaleras, que subían al piso de arriba. Pasé una planta, subiendo a paso ligero, nervioso, pero sobretodo, asustada. ¿Qué podría hacer realmente, subiendo unas cuantas plantas?

Mis pasos apresurados siguieron subiendo sin que me diera cuenta, hasta que llegué al sexto piso, y corriendo, busqué algún lugar donde esconderme, en alguna esquina recóndita, donde no me encontraran fácilmente.

Notaba mis manos frías, temblar sin control, y cómo se me agolpaban las lágrimas en el fondo de mis globos oculares, junto a mi garganta atenazada.

¿A qué le estaba teniendo miedo? No lo sabía. Pero lo tenía. Y no sabía cómo controlarlo. Sólo quería hacerme un ovillo, lejos de todos y de todo, y meterme en mis pensamientos mientras llorara. Jamás había hecho esto, nunca. Y no entendía qué me estaba pasando.


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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Miér Mayo 18, 2016 7:35 am

El insignificante humano se movía por la habitación lentamente hasta quedar entre el chacal y yo. Una mueca malévola se le dibujó en la cara, como si estaba planeando algo de lo cual le causaba una gracia siniestra, fuese lo que fuese, ahora estaba entre el fornido guardián y yo. El humano me seguía mirando, con mi mano derecha pasé muy lentamente la mano sobre Felo’melorn para comprobar que no tuviera ningún contratiempo para sacarla.

Trosk también se movía con paso decidido sobre el arenoso suelo de piedra de la habitación, en dirección hacia el guardián y su jarra llena de agua. La mirada del humano se desvió de mí y mi mano regresó a su posición, ahora estaba mirando a Trosk coger el agua en lo que parecía una pequeña cantimplora rudimentaria.

Me descolgué un momento de la realidad pensando en que mi  verdadero motivo de estar allí. El pergamino del hombre al que había pertenecido el diario que estaba en mi bolsa, ¿de verdad habría de estar allí? Luego de ver la inmensidad del desierto y de su hostil ambiente, dudo mucho que el hombre hubiera dejado algo en algún sitio. De hecho pensaba seriamente en que cuando terminara la tormenta, agradecer y despedirme para marcharme en dirección a mi castillo, allí buscaría en las bibliotecas más indicios de poderes perdidos. Una voz odiosa me sacó de mis pensamientos y me devolvió a la realidad, el humano había preguntado algo al anciano.

Altras, agradezco enormemente su hospitalidad, aceptaré una cama mientras pasa la tormenta, y también el agua. Además, quería saber. ¿Usted lleva mucho tiempo viviendo aquí? Yo he venido desde muy lejos buscando un antídoto para mi hija gravemente enferma, parte del antídoto se hace con veneno de serpiente blanca de dos cabezas, un extraño espécimen de este desierto. Supongo que no ha salido de su torre hace algún tiempo, pero, ¿Sabe si existe por aquí ese tipo de serpientes?
-¿Qué si sabe si existe? ¿Haz venido acá sin tener la certeza de si existe o no? Espera… Yo también eh venido aquí impulsado por un libro que pudiese o no ser verdadero. No eh pensado nada –Pensé mientras veía al anciano que parecía ordenar sus ideas para responder.

El humano no paraba de ver hacia los lados, desorientado por la cantidad de mesas y más por lo que habría debajo de ellas, así que preguntó sobre las mesas, repitiendo casi lo que yo había preguntado primero al anciano, sin embargo agregó otras características dignas de apreciar.

¿Se dedica usted a realizar algún tipo de pasatiempo?

El humano entrometido se dirigió con paso decidido hacia las mesas, con la firme intención de revelar el contenido oculto de aquellas mesas. Algo que probablemente a Altras no le gustaría. Antes de levantar la manta blanca que cubría el inusual relieve de la mesa, se contuvo y se regocijó sobre su pasatiempo.

. Sabe, yo soy muy bueno con los relojes, los sé armar y desarmar. Si tiene usted un reloj malo yo lo podría arreglar sin ningún problema. Al parecer tenemos tiempo, es más, no le cobraría ni un kull…

-Qué persona más pedante. , además de ciega… Es obvio que debajo no hay reloj alguno, la superficie que se dibuja bajo la blanca tela revela a kilómetros de distancia que no son piezas de reloj ni por asomo. –Hice una pausa en mis pensamientos- Más bien parecen como si se tratase de maquetas, los altos picos podrían ser edificios. O Puede que la torre fuera lo último que quedaba de una ciudad en las arenas y ese es el modelo. De cualquier  manera hay que aplaudir al humano, encontró una forma muy sutil de quitar las sábanas sin levantar sospecha. Felicidades –Pensé sonriendo.

Giré la vista hacia la pequeña elfa que ahora se le veía un poco ansiosa, con un tono de nerviosismo o desesperación en el rostro, no parecía muy a gusto en ese lugar. Quizás era la presencia del guardián de dos cabezas, la extraña indiferencia del anciano ante la rotura de su cerradura o el estar en un ambiente extraño y desconocido. Comencé a ordenar ideas dentro de mi cabeza para dedicarle alguna frase para que se liberase de la ansiedad que denotaba, sin embargo por el rabillo del ojo pude observar cómo Trosk, se había movido de su lugar luego de tomar el agua y comenzó también a caminar en dirección a las mesas.

-Sus imprudencias harán que nos maten- Pensé frunciendo el seño como resultado de esto.

El hombre-insecto iba decidido hacia la mesa, moviendo la esfera ovoide que tenía sobre los hombros, su cabeza, como si estuviera olfateando algo o alguien. De pronto el silencio se rompió con la respuesta del anciano dueño del lugar al humano. Tal vez la vejez le había afectado más de lo que había pensado, se había olvidado de mi pregunta.

Supongo que dentro de unas horas o un día. –Dijo refiriéndose a la tormenta, contestando la pregunta anterior de la elfa y la del humano. -Usualmente es así por aquí, pero mi guardián suele emprender largas caminatas en busca de algún oasis o mercaderes para garantizarme suministros. Hacía tiempo me era más fácil conseguir suministros para mi torre, puesto a que tenía sirvientes dispuestos incluso a morir por mi. Pero eso no importa ya. No tiene de que preocuparse, el edificio cuenta con doce pisos. Podrá descansar a solas hasta que mi guardián se encargue de sacar la arena de la entrada.

-Horas o días… Supongo que los planes de regresar en pocos días al Palacio de Quel’Thalas se demorarán. De todas formas no imagino cómo un poderoso ser como el guardián sea el sirviente y la mascota de un anciano que está a medias con la muerte. Lealtad, supongo.- Pensé.

Nuevamente enfoqué mi vista en la callada elfa para darle la frase de aliento que antes le iba a ofrecer, sin embargo nuevamente mi vista se desvió involuntariamente con un sonido parecido al de cuando alguien se quita una capa rápidamente. El sonido de la tela oponiéndose al viento llegó como un rayo a mis oídos, me volteé y allí estaba Trosk con la sábana en una de sus manos… O brazos. Su vista se clavó en un frasco sobre la mesa ahora descubierta, con algo que se movía dentro de él.

La mesa que hacía unos segundos estaba cubierta ahora estaba desnuda y se dejaba ver y apreciar todo lo que en ella había. Lo primero que noté fue la calidad de la madera, vieja y seca, signos de años de uso y maltrato, después me fijé en los tubos de ensayos y frascos, así como recipientes que había sobre la tabla. También habían matraces con sistema de destilado, goteando sustancias que expedían un olor acre que inundaba poco a poco mis fosas nasales, sin embargo resaltaba de entre todo un recipiente mediano que contenía una sustancia pastosa roja como la sangre, del cual también salía un olor distintivo. Mas allá, cerca del borde descansaban varios tomos de libros, unos abiertos y otros cerrados, que contenían un fina capa de polvo que los cubría como signo de que no habían sido siquiera vistos en muchos años, las páginas habían tomado un tono amarillento por la exposición al tiempo, humedad y tal vez las sustancias químicas.

Me quedé suspendido, sin habla y con un nudo en el estómago, mis pulmones habían dejado de respirar como consecuencia involuntaria del acre olor, solté una bocanada de aire y aspire hacia el lado contrario, pudiendo absorber algo de aire no contaminado, volviendo a la normalidad un poco agitado.

-Un alquimista –Volteé a ver a Altras que ahora se veía irritado- ¿De verdad ese hombre que aparenta no poder sostenerse sobre sus propias piernas es alquimista? –Volteé a ver el guardián que había dejado la bandeja con el agua sobre una repisa cerca y comenzaba a caminar en dirección a Trosk.

-Mierda. El insecto nos ah condenado a todos- Pensé mientras apreté el bastón con mi mano derecha.

Casi podía escuchar en mi mente los huesos crujir de las manos del anciano, que ahora las apretaba a los lados de su silla de ruedas. El anciano vociferó con dificultad un grito.

— ¡No, espera!¡Cuidado con esos ungüentos, idiota! son de uso médico, si los dañas tendré que laborar horas para fabricar al menos uno de ellos.

Las palabras en su comienzo salieron con algo de dificultad, sin embargo al momento de finalizar sonaban bastante sueltas y con un tanto de ira en su tono de voz -¿Uso médico? Ummh –Pensé

El anciano se recostó de la silla, recobrando la compostura que había logrado desde que habíamos llegado, acto seguido aflojé un poco la mano que ya la sentía acalambrada en el bastón mientras el anciano continuó -— Lo siento... lo siento. Practico algunas recetas de alquimia y, bueno, un hombre tan viejo como yo necesita algo que restablezca su cuerpo de vez en cuando.

El ambiente se colocó algo tenso, volteé de nuevo a ver a la elfa y su cara ahora se volvía más expresiva, denotando preocupación en sus ojos. Volteé hacia el humano y su cara era más bien de asombro. Volví a ver al anciano que observándome respondió mi pregunta como anclaje para cambiar de tema.

Sobre lo que decías de la torre, muchacho. Verás, era de una adinerada familia de mercaderes, teníamos nuestros propios esclavos. Cuando mi padre murió, decidí construir esta torre para cuidar de los viajeros. Pero decaí en una crisis económica que acabó con lo que mi padre me otorgo. Estoy muy viejo para marcharme de este gran llano de arena y además, ¿para qué? no tengo ni una moneda conmigo.

Oh, ya veo. Gracias. –Dije sin más.

-Que triste es no saber administrarse. En situaciones como estas, aprecio tener a Lor’themar y mis hermanos cuidando del castillo –Pensé.

Trosk ofreció disculpas por las acciones que había cometido sin permiso –La verdad, el anciano está siendo demasiado complaciente, demasiado sereno. Yo no reaccionaría así si alguien rompiera la cerradura de mi puerta para entrar a la fuerza y luego me irrespetaran tocando mis pertenencias sin mi consentimiento. Vaya, o el anciano nos está tendiendo una trampa o mis doscientos años no son lo suficiente para otorgarme paciencia- pensé y sonreí.

La elfa interrumpió el pequeño espacio de silencio que se había formado en la habitación, para disculparse por la puerta que había dejado como colador.

-D-disculpe, señor Altras… No me presenté antes… Me llamo Zeena y…Siento… siento haber destrozado su puerta….

-Zeena… Bonito nombre –Pensé

Mis ojos se clavaron en nuestra fémina compañera, observándola que ahora estaba más nerviosa y ansiosa que nunca, de hecho se corrió un poco hacia atrás y se llevó una mano a su boca. De inmediato di un paso hacia ella y me encorvé para hablarle, me recordaba a los pequeños niños del distrito residencial que se colaban al castillo, mis ojos denotaban comprensión. Comencé a gesticular cuando las palabras de Altras me interrumpieron.

-¡Maldita sea!...-Pensé frunciendo el seño y volteando hacia Altras mientras me volvía a erguir.

No es nada. –Dijo el anciano refiriéndose a las disculpas de ambos.Lo mejor que podría hacer yo por ustedes es facilitarles su salida luego de que la tormenta de arena pase y, también, mi hospitalidad. No me debes nada, Trosk. ¿Quieren saber algo….

Mis sentidos se apartaron de la cháchara que hablaba el anciano para ver a la elfa corriendo hacia las escaleras y comenzando a subir, con paso apresurado y bastante nerviosa.

Volteé de nuevo la mirada a todos mientras estaban con cara de sorprendidos -¿Qué pasó? ¿Habrá notado algo que yo no? ¿Habrá visto algo malo en los presentes? –Pausé mis pensamientos observando la cara de incrédulos de los presentes- Es una elfa y yo también, debía brindarle apoyo así apenas la conociera. Es mi raza y no creo que nadie acá lo entienda- Pensé.

Lo que estaba a punto de hacer jamás lo habría pensado como posible final a la conversación que teníamos con Altras, sin embargo había pasado… Es lo interesante del destino, nunca sabes qué te deparará.

Lancé una mirada vacía a todos los presentes, a continuación hice una pequeña reverencia sólo con la cabeza ante Altras y tomando con fuerza el bastón emprendí carrera detrás de la muchacha a través de las escaleras. Sus pasos apresurados habían ya subido cuando comencé la escalera, sin embargo mis largas piernas me ayudaron a subir dos o tres escalones a la vez, hasta que comencé a ver el celaje de sus ropajes.

¡Espera! ¡Zeena… Espera! ¡Oye! ¿Qué pasa? ¡Zeena! –Grité por las escaleras esperando que me oyera.

El paso apresurado que había tomado no había sido el más adecuado ya que al subir dos plantas, mis piernas comenzaban a flaquear y bajé el ritmo, perdiendo por completo la visión de la pequeña elfa. No sabía donde estaba, sin embargo intuí que se había detenido en un piso amplio. Así pues llegué al quinto piso que se hallaba desértico.

Me adentré unos pasos en el piso que había llegado. Mi respiración se había agitado y respiraba a bocanadas, mientras veía y observaba el contenido de aquella planta y buscaba a la elfa.

¡Zeena! –Hice una pausa mientras me adentraba más en la planta- ¡Zeena, no estás en peligro, Zeena.! –Grité.

Aquel piso era bastante curioso. Una gran mesa rectangular se extendía en la habitación, haciendo buena distribución en ella. Unas vieja sillas cuyo cuero que algún día estuvo en ellas , ahora era inexistente en algunas, estaban tiradas y regadas por toda la habitación, algunas continuaban intactas en su posición cerca de la mesa, sin embargo el caos reinaba en la habitación, parecía que un huracán hubiera arrasado con todo… No estaba destruido el piso, sólo algo descuidado. Una fina capa de polvo cubría la mesa que albergaba todo tipo de cubiertos y candelabros en ella, haciendo que el lugar se volviera más tétrico de lo que era. La luz que se filtraba por las pequeñas ventanas a un costado de la habitación iluminaba pobremente el ambiente.

¡Zeena! ¿Dónde estás? –Dije adentrándome más aún en la habitación.

De pronto se materializó como por arte de magia un gran cuadro colgado en una pared. Cercana a la mesa. El polvo cubría la mayoría del cuadro, sin embargo aún era visible. Estaba muy cerca como para apreciarlo así que retrocedí un poco, tropezando con una de las sillas que estaba regada en el suelo.

Rayos -Susurré.

Volví a mirar el cuadro desde una perspectiva más lejana y el decorado del borde era extraordinario, se notaba que en su momento fueron ricos. Los adornos en algún metal brillante parecido al oro recorrían todo el borde del cuadro y el óleo que sostenía la pintura estaba bastante conservado a pesar del polvo… Sólo un detalle se encontraba en toda la pintura, en la esquina superior derecha, un desgarro en la pintura a causa del tiempo, sin embargo no impedía observar la maravillosa obra.

Zeena... –Susurré antes de comenzar a apreciar y distinguir el cuadro.

En el cuadro se distinguían dos figuras, una más joven que la otra, recostados en lo que parecía una cama, la primera figura y más joven tenía una cara con rasgos bien delineados, casi parecía la cara de un elfo. Tenía una larga cabellera dorada, un poco más fuerte que la mía y sus ojos azules centellantes reflejaban todo el poder que caería en sus manos, sin los rasgos distintivos de hombre, casi se diría que era una mujer. Sin duda un hombre bastante simpático con algún rasgo conocido que me hacía pensar que lo había visto en algún otro lado. La otra figura a diferencia de la primera tenía los rasgos primarios de su compañera, sin embargo la cara estaba más demacrada y con arrugas, las líneas de expresión se dibujaban alrededor de su rostro y éste denotaba sufrimiento, como si supiera que esa era su último retrato. Cerca, en una esquina de una cama reposaba una lámpara que resaltaba en color co un tomo que sostenía la figura de más edad en sus manos, un viejo tomo marrón con detalles que el tiempo había borrado. El polvo no dejaba ver si tenía algún nombre. Una verdadera obra maestra.

-Ese… ¿Ese será Altras? Su cara me parece familiar, pero no estoy seguro… De cualquier manera… -Pensé

¡Zeena! ¿Estás acá? ¡Zeena! –Grité- Parece que aquí no está, tendré que seguir subiendo o… -Susurré.


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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Strindgaard el Sáb Mayo 21, 2016 7:16 am

«Al parecer Altras no resultó ser un viejito indefenso después de todo. —Aquel senil hombre casi pareció saltar de su silla con ruedas cuando Trosk actuó de manera tan ingenua y descubrió que había bajo las sábanas sucias: una larga y sucia mesa de trabajo llena de sucias pertenencias—. Tiene un buen par de pulmones para su edad, y un vozarrón y actitud como de chulo de puerto cuando le tocan a las mozas.»

Sólo que sus muchachas eran potes de extraños mejunjes, líquidos de colores, bichos encerrados y polvos. Parecía un laboratorio químico, o bien alquímico, de esos que usan para fabricar piedras filosofales. Pero Altras era pobre como una rata así que lo más posible fuera que nunca hubiera llegado a adquirir tal conocimiento, lo cual era una pena. «Pobre anciano —pensó el demonio, como resignado, le dio un poco de pena aquel demonio o humano, o lo que fuera, anclado a esa silla sin más compañía que esos dos metros de pelo y músculo con feos ojos inyectados de sangre—, quizá luego me arrepienta de haberle robado aquellos frascos... pero ya lo hice, y no los puedo devolver. Bueno, si puedo, pero no lo haré...»

Se preguntó si el viejo tendría por ahí el veneno de la serpiente, pero con el precio de ese ingrediente puede que lo hubiera vendido hace tiempo para poder comprar alimento y agua. «Agua, es cierto. Quizá cuánto le ha costado a este hombre comprar sus provisiones, y ahora nos la ofrece sin pedir nada a cambio.» Strind le iba a agradecer por las provisiones, y no halló mejor manera que compartiendo el vino que traía en su macuto.
Con una sonrisa revisó sus cosas y metió los frascos que robó mientras le daba la espalda a sus anfitriones , sacó el pellejo gordo de cuero y lo destapó, y aquel sonido fue como oír cantar a un ángel.
Mi señor Altras, ha sido muy gentil con nosotros. No quisiera abusar de su gentilidad por lo que voy a pagarle por la comida y el agua, es lo mínimo que puedo hacer por ofrecerme cobijo bajo la tormenta —le tendió el pellejo con su mejor rostro de humano humilde—. Y también quisiera ofrecerle este vino, es de Loc-Lac, una buena cosecha de uvas de fuego.
El viejo miró a Strind con algo de reticencia, pero sonrió y se acarició la barba larga y blanca. Estiró su mano y le hizo una seña a su perro para que se acercara.
Te lo agradezco enormemente —le contestó feliz. Había dejado de toser y la garganta le sonaba algo rasposa. Le hizo una seña a los Gemelos y el can tendió un par de vasos algunos granos de arena en su interior.
Strind llenó ambos y en vez de tomar uno de ellos le ofreció el otro a los chacales.
Este es para ustedes —Las dos cabezas miraron el vaso y lo sostuvieron, el demonio debió haber servido dos, uno para cada cabeza, pero qué le iba a hacer—. Tendrán que compartirlo.
Él le dio un sorbo al pellejo, y luego otro. Era un vino fuerte y algo picante por culpa de las uvas de la tierra desértica, sabía parecido a moscatel, con toques de roble y sangre. Le tendió el pellejo a su compañero demonio, definitivamente era una hormiga.
Perdón la intromisión Trosk, pero no tengo ni idea de qué demonios eres —Le dio un codazo amigable—, tienes pinta de escorpión, o mosca, ¿tal vez hormiga o mantis?
»En fin, prueba el vino, dale un buen trago.

Una vez hecho su acto de nobleza, decidió que sería bueno subir también para descansar. No iba a subir corriendo como un crió que lo echan a su cuarto por haberse portado mal, cual par de elfos irrespetuosos, no, él le avisó a Altras que usaría una de sus habitaciones amablemente y luego ascendió.
Los escalones estaban igual de gastados que el resto de la piedra vieja de la torre, a medida que subía pudo oír a los elfos, al menos al hombre hablar. No quiso entrometerse con ellos, bien sabía que las parejas necesitan intimidad. «Supongo que se lo merecen.» Siguió hacia arriba por varios pisos, no tenía deseos de oírlos tener sexo. «Esa pequeña debe follar muy bien. Tiene una cara tan inocente que podría partirte el corazón. Esas son las peores.» Alejó esos pensamientos subiendo aún más. «De seguro que el elfo, con esa cara tallada en granito gime como una niña.»
Jajaja —Su risa fue dando tumbos por la torre, siguió subiendo tratando de no pensar en sexo. Vistió a la elfa en su mente, sacó el pellejo de vino y le sacó unos buenos sorbos. No se dio ni cuenta cuando llegó hasta el último piso.

Que belleza —El último sitio de la torre tenia cuatro ventanas, una mirando a cada punto cardinal. No tenía muebles, sólo una mesa, una silla y un telescopio de bronce muy viejo en una esquina. El techo estaba bien mantenido, era una cúpula de piedra blanca muy hermosa, apoyada en los cuatro pilares de las esquinas de las paredes, Strind acercó su mano a uno de los pilares, tenían unos tallados hechos a mano, hojas, ramas y soles y estrellas. Era un buen lugar, y estaba terriblemente alto. Desde las ventanas se podía ver cientos de kilómetros a la redonda. La arena también había llegado hasta allí, pero por la altura era muy poca.
Strind se acercó al borde de la ventana y para su sorpresa y regocijo la tormenta había terminado. Celebró dando un sorbo al vino.

Debo avisarle a los demás. Pero primero descansaré. Fue una subida jodida.
Se sentó en la silla y bebió un poquito más. Luego se tomó un par de minutos para mirar por las ventanas y disfrutar de la infinita vista, y luego comenzó un lento descender.





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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Trosk el Jue Mayo 26, 2016 11:33 pm

Los elfos habían marchado por extraña razón hacia el tercer piso tras el anciano haberse alterado un poco tras la intromisión de Trosk en asuntos de los cuales no le incumbía. El insectoide quiso pensar que la ida de los elfos podría significar algo de vergüenza por lo que él hizo o, algún deseo por recluirse del grupo por disgusto de alguno de los presentes. Lo segundo podría ser lo más coherente, puesto a que posiblemente Zeena, la pequeña elfa, hubiese querido alejarse del alto elfo o tener privacidad con él. Al mirmidon se le revolvieron las antenas como si fuesen un nudo, mutuamente, tan sólo con haber pensado algo como eso fuese realidad tras apenas conocerse.

— ¿Ya es temporada de apareamiento para los elfos? —Pensó para sí mismo, un poco inocente en cuanto al porque de las acciones de sus acompañantes elfos.

El humano, que había permanecido en una cortesía y educación que se preservaban en él a toda costa mientras siguiese siendo visitante de Altras, parecía que se había encariñado un poco con el anfitrión que moraba en su inhóspita torre en medio del desierto. Pareciese que se había olvidado por completo de la serpiente y su pequeña hija, como para tener tal ánimo de querer proveer al bonachón anciano de suministros, pero eso no le pareció ningún problema a ninguno de ellos; el anciano sonrió y, el humano, tan humilde y cortés como siempre, les había brindado un vino de una tierra la cual Trosk nunca había escuchado hablar tras su corta estancia sobre la superficie.

Los chacales se sirvieron del vino, el cual bebían con cierta pausa y discreción, con tal de que su breve descanso para servir a su señor y vigilar a sus invitados no se viese interferido por algo que le hiciese perder la noción principal de su labor. Un vaso no era suficiente para ellos, pero no parecían estar muy conformes con beber vino en medio de su trabajo. Aún así, un vaso más había quedado allí para ser tomado, y este parecía estar tan lleno como el de los chacales. Se dio cuenta de un pequeño golpe contra uno de sus brazos inferiores; Altras había mostrado su temblorosa mano cargando aquel vaso con vino, tendiéndoselo hacia él para que bebiese junto con ellos.

— ¿Lo quieres para ti? creo que estoy muy viejo como para disfrutar de esto. —Dijo, mostrando una afable sonrisa en su rostro cuando Trosk la agarró con su brazo inferior y este lo tendió sobre otro.

Estuvo por beber del vino que le habían ofrecido, hasta que notó el pellejo de vino siendo tendido hacia él por parte del humano de una forma amistosa. El demonio lanzó un comentario con menos educación con la que tenía con el anciano, probablemente porque no necesitaba ser tan precavido a la hora de conversar con él a diferencia del anciano o su guardián, mientras que él era alguien que probablemente no volvería a ver.

— Ser un hombre hormiga —Respondió, mientras que ignoró el pellejo de vino que tendía el humano para beber del vaso que el anciano le había dado; un sabor picante y ardiente le cayó en la garganta, y para el insectoide no era para nada dulce; sus antenas se entrelazaron para aguantar el extraño y fuerte sabor del vino. — ¿No tener algo más... dulce? azúcar, tal vez. —Preguntó, mientras que hizo un ademán con su mano para indicarle que no deseaba más del vino que tenía en el vaso.

Mientras que su áspera lengua se retorcía dentro de su boca tras haber pasado aquel vino sobre su boca, notó como su acompañante y el anciano tuvieron una corta solicitud de humano por subir a los escalones, no como habían hecho los elfos. A pesar de ser probablemente un simple pobretón del desierto, tenía recursos y ahora parecía tranquilo cuando en primer lugar se había mostrado como un padre desesperado. Trosk, tratando de no pensar que pudo haber sido un engaño, quiso creer que el humano había seguido su consejo de que los hijos no eran muy importantes.

— Oye, muchacho —Se le acercó Altras, sacándolo de los pensamientos que lo dejaban absorto de su realidad momentáneamente. Su rostro arrugado le daba algo de lástima cuando este dio una pequeña petición a este a pesar de lo que Trosk había hecho—.
¿Podrías ir a por esos elfos? quisiera mostrarles algo que probablemente les encantaría. Digo, tal vez pueda compensaros.

— ¿Compensar? ¿por qué? —Preguntó el insectoide.

— Por destruir estos años de soledad que mi guardián y yo hemos tenido, muchacho —Respondió aquel senil anciano, tan pronto como Trosk lanzó la pregunta. Se dio media vuelta al portón de hierro blindado en el salón y se encaminó lentamente en la silla de ruedas allí—. Mi guardián y yo volveremos ahora, tenemos que conversar algo entre nosotros. ¿No te molesta que te deje solo?

— Para nada, señor Altras. —Replicó, seguro de sí mismo tras el anciano haberle dado semejante confianza. Por un momento había tomado mal al anciano, pero al final era un buen hombre. Les había dado refugio y sustento, era lo mejor que podía hacer por ellos.

Trosk dejó en una de las mesas su tridente sobre una de las mesas y subió hacia las escaleras  en forma de caracol que lo guiarán al tercer piso, lugar donde probablemente habrían ido los elfos tras las indicaciones que había dado Altras de que podrían invitarlos a un banquete, cosa que lastimosamente no sucedió por la falta de cortesía en ellos. Pero mientras el insectoide subía las escaleras, el anciano y su guardián ya cerraban la puerta de hierro y se adentraban en aquel inhóspito y recóndito pasillo a oscuras, con unas cuantas antorchas que apenas iluminaban algo de aquella siniestra habitación.

— Me estaban dando ganas de destrozarle el rostro a ese elfo, no paraba de vernos cuando tan sólo hacíamos nuestro trabajo. —Dijo una de las cabezas, que había permanecido muy callada durante el tiempo en el que habían actuado de sirvientes.

— Dímelo a mi —Comentó la otra cabeza, mientras que ambos caminaban despacio a espaldas de su viejo y parapléjico amo, que permanecía callado mientras avanzaban—. ¿Y qué crees de esa pequeña zorra? se veía confiada y termino marchándose con ese larguirucho. Tal vez podríamos tomar un descanso con ella tras haber acabado con esto, ¿no crees? la cucaracha es lo bastante ingenua como para traernos a esos dos en bandeja de plata.

— Cierren la boca y prepárense —El anciano inquirió con un tono serio y frívolo una breve orden para sus chacales, mientras que pasaba sus manos entre pequeñas celdas que reposaban en el salón al que habían llegado—. Levántense, inmundas criaturas. Hoy tienen una oportunidad para ser libres. Si no, no dudaré en un instante por embellecerlos más de lo que están. Recuerden, las caravanas de esclavistas suelen tener alto estima conmigo porque saben que engendros como ustedes estarán subyugados a sus deseos, y creo que ninguno de ustedes preferirá eso antes que su libertad.

Un hombre con la cara despellejada y una mandíbula dislocada se alzaba sobre una de las rejas que tocaba el anciano, aferrando con fuerza sus largos y afilados dedos de sus manos mientras gritaba con una voz gutural y con una pronunciación casi incomprensible. Una gran protuberancia le salía a un costado de la cara, tan grande como la cabeza de un bebé.

— Quítate del medio, imbécil. —Abofeteó el horrible rostro de su esclavo y este retrocedió por temor a la figura del anciano hacia lo más recóndito de su pequeña celda, colocándose en posición fetal como la criatura lamentable y sumisa que era—. Bien, escuchen con atención, mis queridos engendros. Otros más van a ser tan embellecidos como ustedes y tal vez llegué el día en que los comercie con nuestros contactos y ganemos más kulls y suministros para esta hermosa torre. Si de casualidad llegan a tocarme a mi o a mi guardián, moriréis despedazados por sus congéneres; quiero que los acorralen y, ya que no tengo tiempo para formar unos cuantos mutágenos y torturarles como a ustedes, quiero que se encarguen de desfigurar sus rostros por mi.

Los mutantes comenzaron a vociferar guturales sonidos mientras agitaban las rejas de sus celdas, algunos estaban más dementes que otros. Habían sido convertidos de aventureros nómadas de las arenas con algún motivo en particular en la vida, con amigos y familia, en horrorosas criaturas que ahora enloquecían continuamente tras las desagradables torturas y mutaciones que se les había provocado en la torre, para que luego fuesen vendidos como peculiares esclavos para que el anciano pudiese vivir de aquellos siniestros negocios en el remoto corazón del desierto. No era un lugar para abastecer a los viajeros tal como les solía contar a sus visitantes, todo lo que era no era más que una simple prisión para retener a futuros esclavos y víctimas de la morbosidad de sus anfitriones.

El anciano sacó a un costado de su silla de ruedas una llave labrada con símbolos extraños y de un color cobrizo, que había quedado un tanto oxidado con el paso de los años. Fue abriendo con tranquilidad cada una de las rejas de sus desdichadas víctimas y mientras, el guardián preparaba en una pequeña mesa el arsenal que usaría para dar caza a los visitantes; colocó sobre la mesa una ballesta de repetición y a su vez, su fiel alabarda que acopló sobre su espalda; el guardián agarró la ballesta recién cargada y pateó la puerta de hierro, saliendo con el grupo de torturados con un sinfín de mutaciones y deformidades causadas por largos años de tortura y sufrimiento.

Altras se quedó en un rincón de la habitación, a oscuras, mientras que movía sus escabrosos dedos entre sí, con una sonrisa amarilla en su rostro. Todo estaba planeado y, aún cuando pudiesen escapar de sus esclavos y su fornido guardián, nunca llegarían a encontrar la salida entre los doce pisos de la torre. Uno que otro engendro entre sus filas colocaba su nariz contra el suelo, olfateando algún indicio que lo guiase hacia los objetivos de su amo.


Última edición por Trosk el Sáb Mayo 28, 2016 3:53 am, editado 1 vez



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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Zeena Samaha el Vie Mayo 27, 2016 6:32 pm

Mientras subía podía oír unos gritos a mis espaldas, pero yo no quise escucharlos, pues algo más grande me superaba y me obligaba a hacer esta soberbia estupidez.

El cuarto donde había penetrado era un dormitorio cubierto por una puerta de madera ajada e hinchada por la humedad, que estaba entreabierta, con un tirador de metal en forma de anilla.

En el interior se encontraba un camastro cubierto por una andrajosa sábana deslucida, de un color amarillento pálido, azotado por el transcurrir del tiempo. A un lado había una pequeña mesita de madera, sin una silla delante, cuyas patas estaban algo hinchadas por la humedad del lugar, y en cuya superficie descansaba una espesa capa de polvo que hacía parecer que tuviera un color grisáceo pálido.

Una luz tenue penetraba por un mugriento cristal de vidrio amarillento, que daba a caer sobre mi sombrero.

Y yo, estaba escondida tras el camastro, en el hueco que quedaba entre los pies de la cama y la pared, encogida en un ovillo, con la cabeza sumida entre mis piernas.

-¿Por qué he corrido así de allí abajo, y me he comportado como una estúpida? Soy imbécil…
Oía la voz del elfo llamándome por mi nombre, subiendo de volumen poco a poco. No quería salir, me sentía como una idiota. Una persona como yo no debía correr y huir y esconderse como una niña pequeña y malcriada.

Pero aquí estaba, en una visión patética de mí misma.

Pero no podía derramar lágrimas por siempre.

Mi voz se alzó entre mis brazos, llamando al elfo con una voz sumida en casi el ahogo. Mi alrededor se estaba volviendo con un aire pesado, cargado, y algo húmedo.

- Estoy aquí arriba….

Repuse con algo de dejadez, casi como si no quisiera que me escuchara. Pero ya lo estaba haciendo.

Me levanté lentamente de mi postura, y me dejé caer en el camastro, echándome hacia delante, cargando mi peso sobre mis brazos y mis piernas, tratando de quitarme las lágrimas de mis húmedas mejillas.

Hice un gran esfuerzo por levantarme de la cama, pero no podía. Estaba apelmazada. Me estaba enfadando conmigo misma, tenía que levantarme, mostrarme impertérrita. No se me ocurrió nada mejor que propinarme un fuerte tortazo en la mejilla, que me dejó la mano marcada abierta en suave tono rosado, y no podía evitar agitar la cabeza para obligarme a levantarme.

Me levanté de un salto, y me encaminé fuera de aquella sala, en busca del elfo, bajando despacio por las escaleras, mientras sorbía por la nariz.

Fui al origen de la voz, y me detuve en el marco de la puerta, bajando la mirada a la punta de mis botas.

- Ya estoy aquí… Dis-disculpa mi arrebato. No sé qué me ha pasado. Me siento estúpida. No quería preocuparte


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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Lun Mayo 30, 2016 6:30 am

Admiraba las esculturales paredes de la habitación, al parecer comedor, donde me encontraba. Mis ojos se posaron sobre un pequeño cubierto en el suelo, azotado por el tiempo y el polvo. Me agaché soportándome en mi bastón y tomé el pequeño cubierto reluciente del suelo. Una capa de polvo hacía opaca su brillante metal, haciendo un pequeño movimiento de mi dedo índice retiré la capa de polvo que cubría al pequeño metal.

¿Plata? –Susurré observando el reluciente color plateado del metal, sin detalles de óxido o cualquier otro residuo sobre la superficie.

¿El viejo no es pobre? –Dije mientras alcé la vista para comprobar que la elfa no se encontrara en aquella habitación- Algo anda mal.

Me levanté del suelo y dejé el cubierto sobre la mesa polvorienta que se encontraba central en la habitación.

¿Zeena? –Volví a preguntar al aire.

Mis ojos se agudizaron al escuchar la arena y las escaleras crujir tras el paso de un pie sobre ellos. Volteé hacia al frente en dirección a la puerta que daba acceso a las escaleras y cada vez sonaba más cerca la bota chocando contra la superficie de los escalones.

¿Eres tú, Zeena? –Susurré inútilmente esperando una respuesta.

Avancé muy lentamente tratando de hacer le menor ruido posible, para lo que fuera que estuviera subiendo no se percatara mi presencia en aquel quinto piso. Mis botas chocaron con algo sólido, volteé hacia el suelo y había pisado uno de los travesaños de una silla de la cuál sólo quedaban astillas y virutas de madera regadas alrededor del banco.

-¿Qué pudo romper una silla de esta manera? Estoy seguro que no fue obra del Alcohol –Pensé mientras seguía avanzando cuidadosa y lentamente hacia la puerta.

-De hecho, si observo la habitación con otros ojos, casi se podría decir que hubo algún ataque en este lugar –Continué pensando mientras avanzaba.

Mi vista se desvió por algunos instantes de la puerta para observar una vez más la habitación con otros ojos. Las sillas en el suelo, la rasgadura en aquella pintura, las piedras de la paredes bastante gastadas, platos y cubiertos por todo el lugar desparramados como se hubiera librado una batalla con los implementos de comer.

Pareciera que Halduron, Lor’themar y Rommath hubieran tenido su “pequeña” reunión semanal acá –Susurré sonriendo.

Mis ojos se clavaron en la puerta, el sonido de la bota ahora se hacía más constante y preocupantemente cerca. De inmediato pude ver cómo una capa negra, perteneciente al humano, pasó sin ver la habitación subiendo las escaleras con algo de prisa. Mi corazón que ahora latía a un ritmo acelerado, bajó sus pulsaciones al reconocer al humano que buscaba el “antídoto” para su hija.

Pff… Maldito humano. Casi me da un ataque… Pensé que se trataba del guardián de del decrépito anciano –Susurré a mi mismo.

Volví al lugar donde estaba con paso decidido, no había que temer. Observé de pronto la pared y me fijé en las ventanas que se erguían en lo alto de las paredes, por donde una amarillenta luz se colaba sin discreción. Me acerqué a los nichos huecos para que el sol me diera de lleno en la cara, hacía mucho que había descubierto mi empatía por el astro rey y aún no podía esconderla. Debido a mi altura pude alcanzar la ventana, de inmediato sentí el calor rozar contra la piel de mi rostro, lo que hizo que cerrara los ojos instintivamente. De pronto abrí los ojos y pude observar que la tormenta que nos había adentrado en aquella tétrica y antigua torre, había amainado dejando sólo kilómetros y kilómetros de amarillenta arena.

¡Qué bien! Debo encontrar a Zeena para marcharnos de aquí –Hice una pausa- O Al menos hacerlo de su conocimiento, si decide quedarse no puedo hacer más, sin embargo debo avisarle.

¡Zeena! –Grité un poco más fuerte, para que me escuchara de una vez por todas- Subiré, tal vez esté en el piso siguiente.

Mientras caminaba por la mitad de la habitación pude escuchar la reconocible pero alejada y casi inaudible voz de la pequeña elfa que daba a conocer su posición, sin embargo debido a que la voz se hacía inaudible, pude escuchar solamente parte del mensaje que revelaba su presencia sin más.

¿En donde? –Dije volviéndome y revisando las esquinas y rincones a los cuales la luz no llegaba.

Mis avanzados ojos de elfo no podían distinguir nada entre las sombras, sin embargo tenía algo seguro, no estaba en aquel piso vacío y desordenado. Me volví nuevamente y comencé a caminar con paso apresurado hacia la puerta, sin embargo la presencia de la pequeña elfa me hizo detener bruscamente. Sus ojos parecía sollozar y su mirada, arrepentida o quizás de vergüenza miraba hacia al suelo.

¿Zeena? ¿Estás bien?

- Ya estoy aquí… Dis-disculpa mi arrebato. No sé qué me ha pasado. Me siento estúpida. No quería preocuparte

No te preocupes, Zeena. Me preocupé, pero ya estás aquí. Es lo importante. –Dije con una sonrisa de ternura en la boca.

Mi nombre es Kael’Thas Caminante Del Sol –Hice una pausa- Puedes llamarme Kael.

No tenía la certeza de que fuera totalmente adecuado revelar mi nombre completo, si ella conocía el castillo y su enorme riqueza, estaría en problemas… Sin embargo decidí dar ese voto de confianza para que supiera que estaba dispuesto a ayudarla en lo que necesitara.

Zeena –Hice una pequeña pausa mientras con mi mano libre del bastón tocaba suavemente su rostro para subir su cara y verla a los ojos. Al ojo. –No importa que te llame así ¿Verdad?. La tormenta acabó, deberíamos…

Marcharnos –Susurré.

Mis oídos habían captado de nuevo el sonido de una bota estrellándose contra el duro y arenoso suelo de  los escalones. De pronto, más rápido de lo que hubiera siquiera imaginado, apareció Trosk por la puerta, detrás de Zeena.

Estar aquí –Dijo con algo de jadeo- Altras querer compensarlos

¿Compersarnos? –Dije mirando a Trosk y volviendo la vista a Zeena- Tal vez sea un poco desconfiado, pero ¿Compensar qué? ¿Su puerta rota?.

Por romper la soledad de guardián y él

No me conven…

Me interrumpí yo mismo al tener un deja vu. Nuevamente escuchaba el sonido de las botas estrellarse contra los escalones, sin embargo, esta vez eran muchos sonidos, casi parecía un batallón de soldados.

Alguien viene –Dije pasando entre la pequeña elfa y el hombre hormiga.

Mis ojos pudieron divisar entre los barrotes de la escalera en forma de caracol al chacal que probablemente  vendría a buscarnos. Mis labios empezaron a moverse para gesticular mi pensamientos, sin embargo mis ojos divisaron una cara de un gesto distinto en el chacal, anteriormente parecía demostrar gentileza obligado, sin embargo ahora sus dos caras denotaban rabia y placer. Mi corazón comenzó a latir un poco más rápido al ver detrás de el una horda de deformidades que subían a su paso las escaleras.

Viene el perro gigante con unas especies de mutantes. ¿Qué clase de recompensa se refería el anciano, Trosk? –Dije observando la falta de su tridente- ¿Y tu arma?

El chacal con su horda de deformidades se aproximaban alrededor de dos pisos abajo, el perro ahora cargaba con una ballesta y su alargada alabarda en su espalda, mientras que alrededor de siete u ocho mutantes se movían como dementes por las escaleras olfateando y posando su nariz –O falta de ella- sobre los escalones.

No creo que nos vengan a escoltar para tomar el té –Dije observando las escaleras que se extendían hacia arriba y de nuevo la recámara de la que habíamos salido- Sugiero que busquemos un lugar más amplio para librar una inminente batalla. Luego conseguiremos tu tridente, Trosk. –Dije esperando que entendieran que estábamos en una posición desventajosa para pelear.

Comencé a subir con un paso bastante apresurado pero lo bastante seguro para no cansarme como lo había hecho antes. Mis pies se movían armónicamente con mis manos que sujetaban con fuerza el bastón y a su vez se aseguraban de que Felo’melorn estuviera disponible.

¿Dónde estará el humano? Esperemos que no sea parte de esto. –Dije mientras continuaba subiendo.


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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Strindgaard el Mar Mayo 31, 2016 9:11 pm

El vino de fuego de los mulatos de la Tierra Muerta había embotado mis sentidos lo suficiente para caminar algo ladeado, su sabor amargo y picante siempre ofrecía un cobijo para las penas y me abría a la perspectiva de una siesta. Pero yo no estaba para dormir, ya sin tormenta mi viaje estaba presto a continuar, esa maldita serpiente estaba en algún sitio del desierto, ahí abajo. Estiré los músculos, debía bajar, comer algo y reanudar mi tortuosa búsqueda.

Luego del primer o segundo piso comencé a lamentarme, qué idiota fui en haber subido tanto, estaba cansado, bajé lentamente apoyando una mano en la pared y farfullando en contra del arquitecto. Me senté en un escalón, faltaba mucho para llegar donde Altras y su can, traté de pensar cuantos pisos, pero el vino me había nublado la mente. «Mierda, me emborracharé luego, ahora a terminar con esto.» Saqué el pellejo de agua, y le di un largo sorbo esperando a que ayudase en algo, lo devolví a mi macuto y descubrí los tres potes que le había birlado de la mesa. Los saqué y les di algunas vueltas en mis manos, uno era plano y redondo como un posavasos, dentro un polvo blanco como harina de trigo se movía según la posición en que lo sostuviera. El segundo era un frasco del tamaño de un vaso de whisky, estaba muy bien tapado con un tapón de corcho y el vidrio permanecía recubierto con una lámina de plomo u otro metal opaco, no quise abrirlo para ver su interior, no estaba tan loco como para querer matarme. El último frasco era un cilindro exagonal con una tapa metálica que se enroscaba al vidrio. Dentro había un liquido amarillo acuoso, parecía jugo de manzana, o... «Acabo de robarme el meado del viejo.» Lo agité y la superficie se llenó de espuma. Pensé en abrirlo pero le tenía suficiente respeto a la alquimia para no cometer una estupidez.

Miré el sol que entraba por la pequeña ventana en lo alto de la pared, su luz caía en diagonal un poco más larga que en el doceavo piso por lo que calculé rápidamente que habían pasado unos cinco minutos. Reanudé mi eterno descender, mi cabeza estaba un poquito más despejada.
Al llegar al siguiente descanso oí algunas voces rasposas, quizá la de mis compañeros. «Pobre elfa —pensé mientras acortaba distancia—. Ya quedó ronca de tanto gemir. Estos elfos no tienen ningún respeto por…» luego oí la voz crispada del elfo preguntando por mí, y supe que algo sucedía. Bajé rápido los pisos que me separaban de ellos, cuando atisbé los ropajes rojos, el exoesqueleto y el sombrero tricornio me calmé, pero duró una fracción de segundo hasta que de pronto vi más abajo de ellos aquel corro dantesco subir.

Los elfos no estaban para nada felices, Trosk siempre ingenuo, parecía calmo, yo apenas y entendía lo que sucedía. Había visto una que otra vez a mi maestro animar a los muertos así que no estaba muy desligado a la experiencia de ver andar a humanos desgarrados y mutilados, feos u obtusos, pero aquellos no parecían ser muertos, estaban demasiado húmedos, poco blancos y no olían a podrido. Simplemente eran unas pobres gentes que no tenía mucha pinta de alimentarse bien, y para nuestro bien, tampoco traían armas. Lo que me preocupaba era el chacal, que se erguía como una esfinge con su ballesta y su alabarda, sus ojos rojos nunca me gustaron.
¡Hey, Gemelos, ¿qué se supone que hacen?! ¡Están asustando a sus invitados! —grité para mantener las apariencias. Miré a mis compañeros y les dije con toda la confianza que pude imprimir en mi voz—. Debemos permanecer juntos, no sé que mierda se supone que sucede aquí. Pero debemos unir fuerzas.

Si lograba mantener delante de mí al elfo podría librarme de una flecha en el vientre. Y si la pequeña mantenía esa puntería que tuvo con la puerta podría quitarle de los hombros al chacal sus dos cabezas a la vez. La hormiga serviría para lanzarlo por las escaleras y dar algo de tiempo. El vino me mantuvo sereno, vi las cosas con claridad:
Dejadles subir —fui hasta la escalera que llevaba arriba—. Vamos, hay que ir hasta el ultimo piso, esos pobres diablos apenas y tendrán fuerza para poner un pie delante de otro cuando estemos en la punta de la torre, allá hay suficiente espacio para tenderles una emboscada. Pequeña, ¿me prestaría una de tus armas?





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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Trosk el Vie Jun 10, 2016 3:54 am

Tras haber subido, el tiempo que pasó admirando el gran retrato que colgaba entre las paredes fue corto. Actuaba cual niño de los recados, solamente iría y volvería tan pronto como hubiese terminado el cumplido, y así sería mientras siguiese en la torre hasta que la tormenta cediese, tal como había esperado todo este tiempo junto a sus acompañantes, a los cuales tal vez nunca volvería a ver luego de que la tormenta hubiese pasado. Quizás de ahí podría aprovechar para pasar un buen tiempo con los elfos en la superficie, luego de que el humano se hubiese marchado con el vino que le había dado en la ocasión anterior en la que brindaba de su exótico vino a los demás.

Se alegro de haber encontrado fácilmente al alto elfo, y trató de explicarle el porque de su intromisión en sus asuntos, que el alto elfo no consideraba coherente tras haberle roto la puerta. Trosk en cambio hubiese tratado de explicarle que todo era una mera obra de humildad del viejo hombre, que nunca podría salir del desierto de lo viejo y enclenque que era. Pero un nauseabundo olor se despedía cada vez más cerca, cuyo agudo olfato lo detectaba mejor que el de sus compañeros. Era un olor similar al azufre, que era condecorado con otros olores menores que demarcaban más aún el asco que provocaba.

El sinfín de pasos entre las escaleras lo despertó enseguida con una tremenda sorpresa, a tiempo que el alto elfo le informaba acerca de la aparición del guardián junto con una especie de mutantes, una palabra que nunca había escuchado y hacía eco en su cabeza, dudosa de lo que sería a continuación aquello que traía el guardián ante ellos. Sea lo que sea, el alto elfo no parecía muy contento con lo que era. Habría sido manipulado para guiar al guardián a los elfos, o tal vez lo que temía: había sido traicionado en esa morada de mentiras y farsas que el anciano creo para beneficiarse de tenerlos cautivos. Acorralo a todos en un solo lugar, exceptuando al humano, el cual tal vez ya había sido alcanzado. Era su culpa no haber vigilado las intenciones del anciano precavidamente y ahora ello comenzaba a castigarle, condenándole a una masacre segura en aquel piso.

— Creo que ya saber porque enviarme —Dijo, bajando su rostro con algo de pena—. Querer acorralarnos aquí, tal vez incluso humano ser alcanzado... ¡¿El arma?! —Levantó la cabeza y miró por los lados, tras percatarse del gran fallo que dio por haberse confiado en subir las escaleras sin su más preciado tesoro de su tribu.  

A diferencia de su compañero, éste solamente estaba interesado en buscar la salida del lugar lo más antes posible, pero no era algo que Trosk estaba de acuerdo.

Siempre era cooperar, ayudar o esforzarse para el bien común de un grupo. Había vivido con eso toda su vida pero, no era del todo tonto como para saber que no volverían a la torre luego de que hubiesen escapado del lugar tal como el alto elfo quería. Esta vez, correspondía a su necesidad de retomar su preciado tesoro, sea de manera suicida o no, incluso para él era una deshonra abandonar su tridente en un lugar como ese. Si podía desorientar la trayectoria del guardián y su escolta, podría hacerles un buen favor, pero tan pronto como recuperase su tridente tomaría como su objetivo la idea del alto elfo.

— No poder hacer eso, señor elfo —El insectoide permaneció quieto, esperando a que aquella escolta rompiese de una vez por todas la puerta y entrase de una buena vez—. Seguir ustedes, pero Trosk irá por lo que le pertenece.

Y la puerta acabó abriéndose, dejando entrever al humano sano y salvo que apenas había captado la tensa situación en la que se envolvía junto con ellos. Serviría de una buena moraleja el no beber vino cuando estás con anfitriones misteriosos, y el que nunca te diesen lástima. Tan pronto como había venido el humano, ahora buscaba una manera en la que todos pudiesen cooperar entre sí al momento de notar que su labia no había funcionado con el supuesto bonachón anfitrión de la torre, que era más un escurridizo asesino serial que alguna otra cosa relacionada a la hospitalidad.

De forma tan repentina como la aparición del cuarto miembro del grupo, una patada del guardián abrió la puerta y soltó a su escolta de mutantes, demacrados y horrendos de un sinnúmero de formas, dirigidos hacia Trosk y sus compañeros como si fuesen perros de caza. En cambio, el guardián inclinó su ballesta contra el grupo y lanzó una serie de siete disparos, buscando la cabeza de cada uno de una forma sencilla. Trosk se agachó y busco bajo una mesa el poder escapar del interés de los mutantes, solamente para buscar el momento idóneo para ejercer su valiente y heroica hazaña, o más bien, su tonta y suicida hazaña: pasar entre los mutantes y el guardián para alcanzar la escalera que lo conduciría al piso inferior donde había dejado su preciada arma de asta.

Corrió entre los cuerpos de los mutantes, algunos erguidos o a cuatro patas, otros que incluso se arrastraban, y luego prosiguió a por el guardián, que parecía mucho más ocupado en liderar a sus lacayos y apuntar contra la cabeza de alguno de los presentes, confiado en que sus patéticas víctimas harían el resto. Pateó la cara de un pobre diablo que se arrastraba contra sus pies y evadió el cuerpo del guardián, producto de su elaborada huida de la que no prometía otra cosa que recuperar su arma para enfrentarse a aquellos peligros por si lo requería, y que obviamente tendría que hacerlo. El pacifismo solamente le funcionaría para ser un hombre muerto.

— Ustedes encárguense de los otros —Ordeno el fiero chacal a sus miserables víctimas, que solamente tenían el perseguirlos como única meta en sus deplorables vidas—. Vigilaré que la cucaracha no intente hacer alguna travesura con el anciano —Cargó el arma tan pronto como lo mencionó y comenzó su regreso al piso inferior.

Mientras que el guardián se procuraba bajar ante el desconocimiento de Trosk, que ahora se confiaba de haber recuperado de vuelta su tridente entre las mesas que anteriormente se habían encontrado con filas de mejunjes y excéntricos ingredientes, ahora eran mesas corrientes y vacías, solamente con el polvo llenando su superficie.  Perdió su tiempo verificando unas cuantas cosas en el piso antes de subir junto con sus acompañantes, notando por encima de todo el oscuro camino que se enmarcaba en la puerta forzada y blindada que había sido abierta, aquella que por su propio bien el anciano les había dicho, o más bien ordenado, que siquiera intentarán abrirla. Tal vez fue la simple curiosidad o el hecho de saldar cuentas con el anciano que se acercó, lentamente y con cierta precaución, hacia aquel misterioso lugar del que la oscuridad no dejaba ver que se hallaba en su interior. Pero sin embargo, y contra todo pronóstico, el insectoide recibió un fuerte portazo contra su cabeza que fue suficiente como para arrojar su cuerpo al suelo con una leve contusión.

Giró su cuerpo postrado en el suelo, confundido sobre lo que estaba sucediendo, y vio a aquella figura alta y sombría mirarle desde lo alto con unos ojos impregnados en un sanguinario rojo, que ahora le pateaba su estómago con una fuerza de la que el joven mirmidon pensó que acabaría vomitando sus intestinos. Se trataba del chacal, que ahora se agachaba solamente para enfocar su ballesta en dirección a su cabeza y retener su cuerpo con su mano, retorciéndole el cuello para que no diese rienda suelta a algún escape tal como la primera vez.

— No quieras hacer esto más difícil de lo que ya es para ti —Dijo una de las cabezas del chacal, mientras que su mano estrujaba tanto su cuello que le imposibilitaba hablar—. Esto será rápido, a diferencia de tus amigos, ellos si que no tendrán tanta suerte... pero no te prometo nada. He deseado partirte el cuello tan pronto ver como casi estropeabas los planes del anciano con tu estúpida insensatez.

El insectoide respondió mordiéndole la mano que le estrujaba el cuello, arrancándole más de uno los dedos de la mano al chacal, que soltó un gruñido gutural de dolor, y que el insectoide aprovechó para golpearle la sien con una parte del asta de piedra de su tridente, que fue suficiente como para hacerle retroceder con una leve mancha de sangre en aquella parte en la que le golpeó. El insectoide se reincorporó, agarrando el intermedio de su asta con ambas manos mientras que se preparaba para la siguiente jugada de su contrincante.

— No lo aceptas ni por las buenas, cucaracha inmunda. —Arrojo su ballesta y tomó su gran alabarda, agarrando como si no fuese de mucho el arma pese a la falta de algunos de sus dedos. El chacal apoyó su otra mano sobre el alabarda, para compensar la desventaja de la mano malherida por las fauces del insectoide.

Incitó al mirmidon mostrando su colmilluda fila de dientes y con uno que otro par de gruñidos, para que decidiese atacarlo  y entrar así en una masacre entre ambos, de la que el guardián tenía por seguro que le acabaría y recuperaría parte de sus dedos con su decrépito amo, mientras que los acompañantes de Trosk tendrían que recorrer los escalones y habitaciones del lugar con el triste anhelo de encontrar una salida de aquel infierno.



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Re: La torre del gusano.

Mensaje por Zeena Samaha el Mar Jun 21, 2016 10:23 pm

Parecía que el alto elfo no se mostraba molesto con mi insulsa forma de llorar. ¿Cómo era posible que me estuviera dedicando una sonrisa?

No era capaz de entender cómo un hombre me sonreía después de mostrarme débil, incapaz de estar a la altura de la situación.

Dando igual cómo me estaba sintiendo, él parecía seguir con su actitud indulgente y tranquila, y me dio un nombre por el que llamarle.

Así que Kael… Suena de la realeza

Noté cómo me tomaba de mi rostro y, sin poder evitarlo, acabé observando sus ojos cuales sortijas. Sentía mis lágrimas apenas empezar a secarse en mi barbilla, quizás por mi cara enrojecida y ardiente, quizás fuera simplemente mi enervamiento.

Sea como fuere, mis pensamientos quedaron interrumpidos por su voz irrumpiendo, nombrándome con cierta tranquilidad. Su voz aterciopelada parecía querer invitarme a calmarme, a escucharle y dejar escapar mis pensamientos lejos de mí.

Sin embargo, no entendía nada de esto. Quizás fuera porque era el primer hombre que me trataba con amabilidad.Pero no. No podía dejar mi mente vagar así. Tenía que ponerme al control de la situación, ya mismo.

Todo quedó difuso cuando apareció el ser humanoide a medio formar, trayendo noticias consigo.

¿Por qué nos iba a querer compensar?

Dándome cuenta de la situación, me alejé suavemente de Kael, sin ser brusca, y estuve a su lado, observando a Trosk.

- Me parece estúpido que quiera compensarnos a nosotros. No lo entiendo
Quizás este hombre senil estaba siendo estúpido.

Golpes y gruñidos. Tragué saliva. Quizás no era tan estúpido como pensaba

El rostro de Kael cambió radicalmente en cuanto se asomó a la baranda, hablando de unos mutantes.

Tragué saliva de nuevo, y tomé las dos pistolas que me quedaban cargadas entre mis manos, con firmeza, pero dejando caer los brazos junto a mis costados. Una gota de sudor frio escapaba entre los cabellos de mi cuello, nerviosa y fugaz.

Esto no me gusta.

Poco después el humano bajó las escaleras con presteza y se unió a nuestra peculiar resistencia armada. ¿Íbamos a enfrentarnos a todos ellos? Quizás no era la pregunta adecuada, más bien si saldríamos todos vivos de esto.

El hombre me preguntó si le prestaba una de mis pistolas. Sonreí para mí. El plan que tenía en mente sólo me dejaba con necesidad de un disparo.

Cuando vi al guardián levantar su ballesta, me agaché tras la baranda de la escalera.

Entonces, mirando al humano de al lado, le tendí una de las dos pistolas cargadas

- ¡Tómala! Pero sólo tiene un disparo!Más te vale usarlo bien. Para poder dispararla de nuevo, tendrás que cargarla

Se la lancé en un movimiento abombado, mientras una sonrisa crecía entre mis labios, y rebusqué en mi bolso de piel.

El susodicho barril de pólvora apareció. Lo tomé entre mis manos. Notaba mi corazón palpitando deprisa, como nunca lo había notado. Jamás había estado en una situación así de peligrosa, en la que mi vida corriera el riesgo de terminar.

Sólo necesitaba un disparo. Un disparo certero, y no fallarlo. Esa era la parte importante.

Entonces a mi lado vi que el insectoide se lanzaba escaleras abajo, desbocado y sin ningún tipo de amor por su vida. Sabía que el ser era ingenuo, pero no que fuera tan temerario.

Él sabría qué estaba haciendo. Pero me tomé la gentileza de esperar a que estuviera fuera del alcance del barril. Me erguí con presteza pasados unos segundos, y observé hacia abajo.

- No pienso huir hacia arriba. Ya no.

Repuse levantando el barril entre mis dedos, y observando la pistola en la otra mano. Tomé aire profundamente, supurando entre los poros de mi piel los nervios más intensos que haya recordado jamás.
– Si tengo que acabar mi vida aquí, por no huir, lo haré-

Tenía claro cuál era mi tarea ahora mismo. No más huidas.

Respiré hondo un segundo, tanteando el barril entre las yemas de mis dedos. En momentos tan tensos como éste, todo parecía más claro, y mi cuerpo más sensible a las sensaciones.
Era como si la muerte estuviera acechando, dándome la última oportunidad de saborear la vida, agarrar la esencia que se me iba a escapar de entre los dedos.

Suspiré fuertemente, y abrí los ojos de nuevo. Arqueé el brazo hacia atrás, y lancé el barril hacia la horda de seres deformes que subían por las escaleras lo más fuertemente que pude.
Ya estaba levantando la pistola para ponerme en posición de disparo. Era un tiro sencillo. Un objeto moviéndose en el aire de forma abombada. No iba a fallar ¿verdad?

Notaba el sudor escapar por mis manos. El barril seguía cayendo, impasible, imparable.

Al final, la oportunidad de disparar no se podía retrasar más.

Apreté el gatillo. La bala surcó el aire en dirección al barril. Pero la cabeza de uno de esos seres se interpuso entre la bala y el objetivo, explosionando el cráneo en sangre y trozos de huesos y cerebro que se dispersaron por las escaleras, como un líquido gelatinoso.

Lejos de preocuparse por ello, sus compañeros avanzaron, evitando el barril de pólvora que caía al suelo.

-¡Mierda!¡Maldición!-

Otra vez. Notaba calor a mi alrededor. Un vapor que ascendía a mi alrededor, y que se estaba haciendo cada vez más visible.

Tenía ganas de estrellar mi pistola, pero era muy importante para mí, así que mi frustración la descargué sólo con un grito de rabia, mientras guardaba la pistola en mi cinturón.

-¡No me puedo creer que haya fallado algo así!


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