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Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
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Promesa de Sangre

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Promesa de Sangre

Mensaje por Strindgaard el Mar Abr 19, 2016 1:22 am

Y ahí estaba Strindgaard, envuelto en hojas desperdigadas por el viento, entre los troncos altos, retorcidos y rugosos del bosque de Di´wist, posando una mano sobre una gran roca tallada que palpitaba bajo un ritmo oculto. La roca era tibia al tacto, oscura como su capa y lisa como la piel de una muchacha; las letras eran líneas que cruzaban como un rayo su cara de piedra, rojas como las alas de las aves que retozaban en las ramas de los pinos en las inmediaciones, las hubiera podido confundir con sangre, pero la sangre se seca, oscurece y resquebraja con el tiempo, aquellas letras eran rojas como un crepúsculo, vivas, estaban hechas con alguna tinta especial de seguro, duradera, impermeable, resistente, mágica.

La frase estaba hecha con esmero y detalle, palabras de poder, escritas quizá por los ancestrales hechiceros, aquellos pobres malditos tragados por el bosque, sobre quienes que se erigió StorGronne. Strind las copió con esmero en su cuadernillo con un trozo pequeño de carbón. Cuando se sintió cómodo con su dibujo miró aquello con aquel gesto tan peculiar que solía formar cuando se formulaba una pregunta, como si le doliera alguna parte de la cabeza al hacerlo. ¿Qué clase de señal era aquella? ¿una advertencia o una invitación? Su corazón tamborileaba en su pecho, pronto estaría en medio de lo desconocido, él, el primero en documentar aquel boscaje.


Los libros que había conseguido en las enormes bibliotecas públicas de Narendra hablaban de StorGronne como un sitio maldito, hogar de demonios y antropomorfos, seres alimentados por la Gran Esencia, una magia capaz de darle vida a los árboles, de transformar a las personas y animales, de trocar todo lo que tocase. Magia con forma y poder, magia que vivía para salvaguardar. Pero, ¿qué era la Gran Esencia? ¿Qué era El Señor del Bosque? Ninguno de los autores, aquellos sofistas, lo sabía, ni siquiera habían estado a cien pasos del lugar, ¿Cómo podían sentirse capaces de describir un sitio sin haberlo conocido? No merecían siquiera llamarse escritores, aventureros o conocedores. Fue por eso que Strind robó aquellos libros, los hizo tiras y guardó el confeti para encender un fuego. El mundo se merecía un libro lleno de verdades, uno que describiera con veracidad lo que ocultaba StorGronne. Y él se los daría.

Dejó el monolito y sus signos atrás, se guió por los senderos informes y se perdió a gusto por el frondoso sitio.

«StorGronne, Gran Verde, hace honor a su nombre.»

Tras avanzar cerca de medio día pudo comprobar dos cosas, primero que la densidad y vida vegetal de Di´wist era tal que bien hubiera hecho falta un machete para poder avanzar, y segundo, no había allí ni un alma, exceptuando los insectos, que entre las plantas proliferan como pulgas en una posada barata. Esperaba ya haber podido encontrar al menos algún antropomorfo, esos extraños seres que eran tan aborrecidos como los demonios, ya que ese era su hogar, o al menos quizá con algún indicio de la Gran Esencia, un poco; se conformaba con una pizca.

Su cuadernillo se iba llenando de apuntes, debía ser meticuloso si pensaba de verdad escribir un libro, escribir, crear algo, que extraño era aquello. Describió las plantas y árboles, muchos de ellos con deformidades latentes, y otros con extrañas formas que recordaban a la humana, como ents altos, guardando la paz. Algunos tantos se encontraban tan torcidos que parecía que la mano de Dios los hubiera machacado por diversión.

El aire era húmedo, como una tundra, y con cada paso que daba los troncos poblados de hormigas rojas, azules y verdes parecían ir bebiéndose la oscuridad, pues cada cual era más negro que el anterior.
Sintió un ligero cambio de ambiente, el cielo encapotado apenas era visible entre las ramas, miró al suelo, las piñas esparcidas bajo los pinos se habían cerrado, pronto llovería. «Mala cosa» pensó, tendría que buscar cobijo.
Las enredaderas muertas se mezclaban con las vivas, entretejiendo enormes mantas verde y marrón sobre los árboles, las flores brillaban a medida que el el mortecino día llegaba a su fin, Strind no pretendía pasar la noche en el bosque, pero su intención de encontrar alguna respuesta lo hizo seguir adelante.

Cuando la noche cayó con su pesada carga, la oscuridad fue completa, ni siquiera el tapiz de estrellas ni la trinidad de lunas estaban ahí para ofrecer su brillo. Tomó un trozo de madera que considero bueno, untó una de sus puntas con una sabia aceitosa y densa, y comenzó con el sagrado arte de encender una chispa.

Para ser honestos, Strind no era muy bueno encendiendo un fuego, pero podía lograrlo si se lo proponía. La noche solo dejaba ver los contornos de las cosas, el contorno de los árboles, el contorno del demonio en su imagen humana. Cuando la chispa se creó y le dio vida al fuego la sonrisa del muchacho fue sincera. Pero se borró de inmediato cuando vio a tan solo unos pasos al devoracorazones.

¿Cómo podría describir aquella cosa? Hasta el momento Strindgaard conocía por los gruesos tomos de Gauta, aquel viajero y cazador de monstruos, una extensa cantidad de especies clasificables como woes: tejemuertes, berserkans, y una no despreciable cantidad de lacertilios, pero los devoracorazones eran cosa aparte. Violentos, sedientos de guerra, de poco entendimiento, hijos de la corrupción. Aquel woe, frente al demonio, con el fuego de la antorcha reflejándose en sus múltiples ojos, era eso.

Strind se puso en tensión, estaba esperando encontrarse a alguien, pero no aquello. Dio un instintivo paso atrás, pero mantuvo la compostura.

Hola —dijo, y su voz lo traicionó al salir aflautada y aniñada.

El woe plantó sus tres brazos en el suelo alfombrado de hojas muertas y mostró sus dientes, un rumiante gruñido surgió de su panza y algo le dijo al demonio que era momento de huir.

Strind giró sobre sí y su capa fue una sombra tras él cuando se largó a correr. El rugido del woe a sus espaldas evidenció que no le gustaba para nada que huyera. Avanzó como un caballo desbocado, por entre las ramas bajas, por los troncos, sobre los arbustos, buscó algún sitio en donde la enorme figura del woe no pudiera pasar y halló un sauce informe y retorcido por el que, con suerte, dejaría atrapado a su perseguidor.
Lo cruzó como una flecha, dejó el árbol atrás, la madera crujió y las ramas se balancearon a su espalda, un rápido vistazo y vio que el woe destruía tronco y árbol para abrirse paso.

Con el fuego frente a su rostro, apenas le era posible ver más allá de dos metros de distancia, si lo apagaba podría romperse una pierna dando un mal paso, si lo mantenía encendido sería tan visible como una luciérnaga en medio de la noche. Otro rugido a sus espaldas. Debía decidir.

Su rostro volvió a tomar aquel gesto, estaba pariendo una idea.

Se volvió de lleno, no tenía una gran puntería, el woe estaba a siete, cinco, dos metros. Estiró sus tres brazos pero en vez de recibir al demonio, abrazó la antorcha. Su pelaje se encendió como yesca seca, su rugido partió la noche. Strind se tapó el rostro para cubrirse del calor y se tropezó al alejarse con torpes pasos.

El fuego era una hoguera, el alivio fue palpable. «Pero...» Ahora todo el Di´wist vería esas llamas. Se comenzó a alejar envuelto en su capa, rogando porque nadie lo hubiera visto; se subiría a un árbol, un alto árbol y todo estaría bien. Otro rugido, esta vez acompañado de una luz cegadora, brillante, pura, blanca. Strind miró al cielo, una gota mojó su cara.

La lluvia cayó como un monzón, fuerte, pesada, constante. La capucha de la capa del demonio fue acribillada mientras corría al son de la desesperación.

Se deslizó por el bosque hasta dar con una enorme lupuna de tronco negro que parecía cubrir con sus ramas medio mundo. Su altura asemejaba una torre, sus raíces como tentáculos de un pulpo, surgían de la tierra para llenarse de musgo y arañas, entre ellas una oquedad del tamaño de un humano adulto, como una colosal boca, se abría. Sin pensarlo se metió en los espaciosos rincones bajo el árbol y antes de perder de vista los truenos y el bosque miró hacia atrás para comprobar que la lluvia había acabado con el fuego.

Dentro existía otro ambiente, un cambio en la presión le molestó en los oídos. La lluvia se filtraba por la cueva, chorreando por las paredes, acumulandose en el suelo.
Se presentó ante él la tierna idea de encender un fuego que arrojase el frío y la humedad lejos, pero la enterró en los cementerios de su mente. Adentró su mojado cuerpo hacia el estómago de la cueva, esperando que los elementos no lo tocaran y cuando encontró la pared que señalaba el final del camino se sentó.

Dentro, la lluvia sonaba como un tambor lejano. Debía anotar eso, había oído de las lluvias tropicales, esas que duran semanas, pero nunca había estado a merced, como una hoja a la deriva, de una. Sonrió, estaba feliz, vivo, y ahora tenía algo que escribir. Pero sería cuando saliera el sol. Nada de fuego.


Cuando la adrenalina dejó de correr por sus venas, notó que la pared tenía un extraño calor, una tibieza, posó su mano en ella, definitivamente no era una pared. Apartó la mano, la pared se movió y él rodó por el suelo. Quedó de rodillas cuando una roca del porte de un melón comenzó a brillar como un sol. Brillante, fría, una luz como de una lámpara limpia y nivea rebeló frente a Strindgaard una cara de dos facciones: un día y una noche.

Era el rostro de una mujer, por un lado la oscuridad lo consumía, una tez azabache y perfecta como las damas naharí, salpicada de motitas pardas como lunares rebeldes, y por el otro era porcelana blanca, tersa y perfecta. El rostro estaba enmarcado por un cabello rebelde y fino, el que por la humedad en la cueva se aleonaba. También tenía dos colores, luz y sombra, y caían sobre su contraparte, dando a la cara una apariencia de tablero de ajedrez.

Strind, sin saber por qué, mantuvo la calma a pesar del espectáculo, hasta que la dama posó su vista en él.

Poseía unos ojos arcanos, sabios y poderosos. Su lado nocturno era gobernado por un ópalo de fuego, como miel ambarina, que lo atravesaba como un papel mojado, leyendo su alma. El otro ojo, se posaba como una ave en su mitad humana, un lapislázuli, brillante, azul y potente.

El demonio tenía una sensación agridulce, adoración y temor. Sus manos caían a sus costados y sus rodillas calaban la tierra. Cuando logró desprenderse de aquella mirada de fuego, comprobó que no era una mujer del todo; la luz de la piedra reveló su silueta: cuello grácil, hombros suaves, busto generoso, un vientre plano y firme, todo oculto por una sencilla camisa de lino, humana, pero solo hasta las caderas, luego su cuerpo se volvía oscuro tal como la mitad de su rostro. Lleno de vello negro, con un bulboso abdomen que tenía dibujada una rosa negra que apenas era visible, y ocho patas, como ramas viejas y secas, que la mantenían de pie.

Qué rarezas trae la lluvia. Dime pequeño humano, ¿Te has caído de una nube? —su voz poseía un timbre femenino, tranquilo y armonioso. Strind se fijó en su boca, curioso por saber si se encontraría con quelíceros. No, no había ninguno, no al menos a la vista, solo una inquietante media sonrisa. Ella, al ver que no contestaba, cambió la pregunta—. ¿Que razones te han traído hasta mi guarida?

«La mala suerte claro está, y un woe de dos metros y medio.»

La suerte, y la lluvia. Pero le diré a mi expedición que el sitio está ocupado. Lo siento, no te molestaremos —Su voz calmada le gustó, al menos esta vez no sonó como cerdo en matadero. Se puso de pie, ahora, gracias a la luz de aquella piedra podía notar que se encontraba muy profundo en la cueva, bajo enormes raíces cubiertas de seda.
Extraña es tu suerte pequeño. La lluvia durará un tiempo. Te recomiendo que no salgas, cuando llueve es cuando más vivo está el bosque. Muchos son los que se alimentan del maná de La Gran Esencia. Si tu expedición sigue ahí fuera, tengo certeza en decir que eres el último.

El temor venció el hechizo de la dama, al parecer no iba a huir tan fácil de ahí, ¿cómo convencería a aquella bestia? Era bien sabido que las tejemuertes llegaban a comerse entre ellas si la situación lo ameritaba, y algo le decía que aquella woe lo miraba con apetito.
¿Y cómo sé que no me mientes —se atrevió a preguntar—, cómo saber si me dices eso para quedarme y que me comas?
Ella ladeó la cabeza, entre confundida y cómica.
Te seré honesta: Si te hubiera querido comer, ya estarías muerto. Pero me causas curiosidad, y la verdad es que hace ya mucho tiempo que no tenía una visita humana. ¿No puedo querer tener una conversación?

Strind miró hacia la salida de la cueva, tenía seis patas menos que ella, de seguro no alcanzaría la salida si corría. Dudó. Tomó asiento en la tierra con una una ligera sonrisa y preguntó:
Bien. Entonces te regalaré una conversación —se acomodó para que su capa húmeda no lo molestara y se cruzó de piernas—. Hace un instante dijiste que la lluvia es maná que alimenta a los habitantes del bosque…¿a qué te refieres con eso?

La aracne no tuvo tapujos en hablar de La Gran Esencia, ¿por qué los tendría? estaba deseosa de poder hablar, y lo hizo por varias horas. Resultó ser una gran conocedora de StorGronne y sus falanges, Di´wist,  Fur´midr y En´ost. Habló sobre sus habitantes y sus rencillas, sobre sus guerras silenciosas y sus penas. Le contó sobre la Gran Esencia y El Titán, de su magia y poder, de su ira y benevolencia.
Strind escribía todo lo que ella recitaba, era un gran oyente cuando se lo proponía, y prefería que la tejemuerte tuviera la boca ocupada con aire que con su carne, así que la mantuvo siempre respondiendo una intrépida pregunta, y cuando pareció que ya no había qué más preguntar comenzó con una interrogación personal.

¿Me podrías decir cómo lograste hacer brillar esta roca?
No me fue sencillo, considerando lo que tengo a mano en el bosque, pero la alquimia suele jugar mucho con las piedras.
Al demonio no le hizo falta fingir impresión.
Alquimia, ¿eres una gran conocedora de esa ciencia?
La tejemuerte caviló un instante antes de responder. Al parecer Strind estaba caminando por terreno complejo.
Podríamos decir que sí y no. Por culpa de la alquimia soy... esto —la woe miró su cuerpo, hasta ahora no había notado que su camisa de lino estaba abrochada a medias, dejando un escote que Strind no había dejado de mirar desde que comenzó la perorata. La woe abrochó un botón y sus pechos se marcaron aún más bajo la camisa—. Antes fui una humana, como tú.
Aquello dejó pensativo al muchacho.
Como yo… —El demonio miró la mano que sostenía el carboncillo, una tez casi amarillenta que se había perlado por la humedad dejaba entrever sus venas, como ríos azulados—. Pero, si eras humana. ¿Qué te llevó hasta aquí?
Lo sabes —respondió cortante—. Es la naturaleza del ser humano destruir lo desconocido. Ahora yo soy parte de lo desconocido, y no tengo cabida en lo humano.
El demonio dejó de lado su cuadernillo, debía mantener a la tejemuerte en una actitud positiva, de eso dependía su vida.
Pero, si conoces la alquimia, quizá puedas recuperar tu cuerpo anterior.
La mujer había borrado su sonrisa.
Ya jugué con la forma humana, dudo que jugar con la de la quimera me de un mejor resultado. Además, no tengo acceso a mis antiguos recursos. ¿Lo ves? Con raíces y tierra no se puede hacer mucho.
Strind vio la posibilidad que estaba esperando para huir.
¿Y si yo pudiera traer lo que necesitas?

La tejemuerte iba a replicar, pero se guardó las palabras y las reformuló.
Eso suena a un trato. ¿Tú que ganas con ello?
¿Qué ofreces? —preguntó Strind. Su vista bajó un cuarto de segundo a los pechos de la aracne.
Ella sonrió, se llevó las manos a los botones de su camisa y desabrochó el primer botón.
Esto —dijo con su voz cantarina, y sacó de entre sus pechos un anillo.
¿Matrimonio?
La woe río, la cueva vibró con su risa.
Es un anillo de poder. Me ayudó bastante en mis primeros días como tejemuertes.
Los ojos del demonio brillaron ante la visión del anillo. Hay algo muy dentro en los seguidores de Yigionath que los hace esclavos de las joyas. No por nada La Aguja está hecha de oro y piedras preciosas.
¿Qué hace?
Tiene la capacidad de teletransportar a su portador —La tejemuerte lo miraba con sus ojos arcanos—, algo muy útil para entrar y salir de sitios, como Lorvanal, el antiguo edificio de los Alquimistas en Loc-Lac, en el Reino de Akhdar.
Strind estiró sus manos para recibirlo, pero la woe lo apartó justo antes.
¿Cómo puedo confiar en ti? —preguntó.
¿No te es suficiente la promesa de un extraño? —Strind trató de verse confiado, pero aquellos ojos lo ponían nervioso.
Las promesas de sangre de un extraño me gustan más. —con la filosa uña de su pulgar se hirió la palma de la mano, la cerró en un puño para luego abrirla y revelar el anillo manchado de sangre fresca y roja.
No me agrada el matiz que toma esto.
No es necesario que te agrade, solo que lo aceptes. Entonces  —estiró su mano ensangrentada, con el anillo, hacía él— ¿Aceptas?
Strindgaard dudaba que las promesas de sangre existieran, ¿qué tipo de magia era esa? ¿profana? ¿divina? ¿era acaso alquimia? La woe lo miró inquisitiva, no podía dejarla esperar más.

Estiró su mano derecha, la mujer usó el pulgar de su mano libre y repitió el proceso. Una gota se sangre surgió de la palma del demonio justo a tiempo en que ambos estrechaban sus manos. La tejemuerte dijo unas palabras que él no entendió, ¿patrañas para que se asustase y tuviera que regresar por miedo? La presión volvió a cambiar, en los oídos de Strind un pitido casi inaudible comenzó a chillar. De pronto sintió una carga de energía dentro de la cueva tan espesa que casi se podía sacar una tajada y untarla en pan.

Dilo
Él no entendía nada, pero deseaba salir pronto de allí.
Juro volver con lo que sea que me pidas para que puedas volver a la normalidad.
Que así sea.

El ambiente cambió, todo seguía igual, pero él se sentía diferente, como si ahora pudiera sentir el peso del titánico árbol sobre su cabeza. Su boca estaba seca, se sentía algo mareado. «Supersticiones, me estoy poniendo paranoico.» La woe sonreía.


Amanecía. La luz del sol nunca había sido tan bien recibida por un demonio antes. Gracias al anillo, el camino de salida del bosque le pareció mucho más corto que el de entrada, y el devoracorazones que lo había atacado, le parecía mucho más delgado que en la noche anterior, en parte claro, porque solo quedaban de él los huesos.
Strind  estaba feliz, seguramente tendría que dejar de investigar StorGronne por el momento, al menos aún no estaba tan listo como creía para ello. Y tendría que cumplir su promesa, suponía. Pero nunca dijo cuando tendría que hacerlo. Quizá las hojas de su cuadernillo, en donde estaba anotado todo lo que la mujer araña necesitaba, se pondrían muy amarillas para cuando él volviera.

Se miró la mano, mientras caminaba había intentado sacarse las manchas de sangre con algo de agua y saliva, pero solo la suya se había marchado de su palma y el anillo. Aunque ya llevaba un par de horas fuera de la cueva y la sangre de la aracne estaba seca, parecía aún fresca, roja como un crepúsculo, viva. Como si estuviera hecha con alguna tinta especial: duradera, impermeable, resistente, mágica.





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Re: Promesa de Sangre

Mensaje por Señorita X el Mar Abr 19, 2016 10:44 am

Veo que, como siempre, le gusta dar vueltas.

Se la aceptaré, aunque hay una condición para ello. Dado que ha hecho una promesa de sangre a una alquimista, le haré una oferta que no podrá rechazar.

Desde ahora, voy a ser para usted un máster sorpresa. Esto quiere decir, que en una partida en la que usted se encuentre, en un momento dado, podré darle alguna instrucción, como si fuera un máster, que tendrá influencias debidas al anillo. Esto es para cumplir con la promesa que ha hecho a la aracné.

Evidentemente, estas instrucciones no serán nunca algo que mate a su personaje, pero sí puede promoverle a dejar algo qeu estaba haciendo.

¿Hay trato?
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Re: Promesa de Sangre

Mensaje por Strindgaard el Mar Abr 19, 2016 3:03 pm

Ya hice un trato con la Alquimista, ¿Cuán peor sería hacerlo con una Admin?

Digo, ¿tenerla como máster oculta y sorpresiva? Cuanto honor, me gustaría mucho. Tenía una que otra duda, ya que nunca le he leído dentro de un rol, pero ahora me siento más a gusto con la desicion.

Siempre y cuando no me mande por una tercera Aracne, acepto.





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Re: Promesa de Sangre

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