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El Camino Torcido [Solitaria]

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El Camino Torcido [Solitaria]

Mensaje por Strindgaard el Jue Abr 21, 2016 5:14 am

Subí por la escalera del sótano hacia el exterior, necesitaba estar en primera línea para recibir la estridente muerte de la noche, la cual ya comenzaba. Los pájaros, como todas las madrugadas, anunciaban que pronto saldría el sol. Mi maestro odiaba esta parte del día, como si tuviera alguna esperanza de que la noche durase para siempre. Yo en cambio gustaba de despertar temprano para ver la huida de la niebla entre los árboles y oír el coro de los centenares de pájaros que hace varios años habían regresado a vivir cerca del hogar de mi viejo maestro.

La mañana tenía un sabor diferente a todas las anteriores, el sol era de un brillo diferente, el bosque se veía verde esmeralda, los gorriones y mirlos, que se peleaban por los escuálidos gusanos me parecían más vivos que nunca. Sabía que sería la última vez que observaría aquel paisaje y por eso deseaba recordar cada detalle, pájaro y jirón de niebla, para luego de muchos años venideros poder rememorar, igual que aquel viejo que aún duerme, rememora sus días pasados.

Hace ya más de cuatro años que vivo bajo su añosa y torcida ala. Escuchando emocionado sus lecciones, luego interrogante sus peroratas, luego aburrido sus divagaciones. Y ahora, nada. Ni siquiera me habla, me he transformado en un mueble más de esta casa derruida. Un pupilo no se puede dejar dentro del armario a que junte polvo, quizá nadie se lo ha dicho, yo no seré quien pierda el tiempo haciéndolo. Sé que está loco, paranoico y esquizofrénico. Y no se lo reprocho, ¿por qué habría de hacerlo? Yo también terminaré así. Es el sello de Yigionath. El hermoso crepúsculo de una vida de sabiduría, un precio que estoy dispuesto a pagar.

De alguna manera le había tomado cariño a la casa y al viejo, después de todo, los demonios no somos tan diferentes a los humanos, nos afecta de igual manera la costumbre, el amor y el odio; y es que no somos más que el reflejo de lo humano, traídos por ellos mismos, alimentados por sus plegarias oscuras, su sangre derramada y sus deseos de poder. Es normal parecernos a ellos, o que ellos se parezcan a nosotros.

Cuando el amanecer encendió el interior de la casa, entré. La luz que se filtraba por los vitrales trizados y las ventanas faltantes le daba vida a lo que fue mi hogar por mucho tiempo, el primer asomo a lo que somos los demonios y lo que buscamos en este plano, básicamente lo que buscamos también en el otro: Caos.
El viejo dormía en el sótano, como siempre bajo siete llaves, temeroso de que alguien lo ataque por la noche, lo que me permitía ir y venir por su casa a mi antojo.


Mi primera parada fue la biblioteca. Una torre interior de cientos de estantes con miles de libros, la gran mayoría destruidos por el tiempo, las polillas, el moho y el olvido. ¿Qué páramos de su mente habrán muerto, para que haya tenido que abandonar todo esto? Libros y libros destrozados, incontable información perdida. Una profunda pena me embargó cuando me di por vencido, hace ya algunos años, y dejé de intentar restaurar todas esas hojas.

Tomé mis libros favoritos, tres tapas que no se parecían nada entre ellas, un mapa de Noreth que dudaba estuviera actualizado y un par de cirios.
Pasé derecho por el salón y la pequeña sala de estar, salí al patio trasero. Entre las tumbas abiertas, los ataúdes de madera podrida y los muertos que las llenaban, se encontraban sus pertenencias. La mayoría de ellas no era más que basura, pero había suficientes tesoros que me podrían servir fuera del bosque. Los tomé, algunos por necesidad, otros por placer.
Mi última parada fue mi pequeña buhardilla en el tejado. Allí tenía pocos efectos personales, un par de hojas en las que había escrito mis pocos hechizos, carboncillo y un cuaderno de tapas de cuero que encerraban pensamientos y anhelos. Los lancé todos al morral hecho por mis propias manos, un atajo de cuero curtido de oveja cosido con hilo de tripa. Había pensado que si mi padre había logrado crear mi capa yo podría hacerme un morral, pero en resultado fue muy diferente, pero no por ello menos querido. Era mi pequeño orgullo.

Una vez tuve dentro todas mis pertenencias, las nuevas y las viejas, me calé mi capa demoníaca y bajé las escaleras. Al llegar a la puerta algo me detuvo, un último rastro de temor, compasión y arrepentimiento, pero me los tragué.
Y pensar que creí que aquella mente loca podría enseñarme algo, cuanto más loco estaba yo para creer eso.
Cerré la puerta y me fuí.

Siempre mi padre me pidió entender los puntos de vista de otras personas, no importando cuan añejos, tontos o repulsivos sean. Me pidió ver su total error, su desperdicio de vida con amabilidad. Especialmente si se trataba de un anciano. Pero, el envejeció mal porque vivió su vida fuera de foco, negándose ver. ¿No es su culpa? ¿De quién es entonces? ¿Mía? Siempre escondí mi punto de vista por miedo de su miedo. Envejecer no es un crimen, pero la vergüenza de una vida malgastada deliberadamente, entre tantas deliberadamente malgastadas vidas, lo es.

¿Me encontraba triste? No, pero no se merecía que le hurtara la esencia suficiente como para dejarlo durmiendo el resto del día, tampoco que me fuera sin siquiera explicarle mis razones. Pero sabía que él no las entendería.





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Re: El Camino Torcido [Solitaria]

Mensaje por Strindgaard el Jue Abr 21, 2016 10:39 pm

El bosque por la mañana entregaba un hálito de vida tan lleno de energía que era imposible no sonreír ante tanto poder. Mis pasos ahuyentaban la niebla aunque el sol también hacía su parte, mis piernas avanzaban al son de una canción desconocida. ¿Acaso un demonio no puede regocijarse en la belleza de una mañana? ¿Acaso aprendí mal? El dolor y el odio eran parte de nuestra esencia, pero estuve muy protegido para sentir dolor, y  era capaz de odiar, ¿por qué lo habría de hacer? El mundo me era desconocido, y entendía las razones y sentimientos de los únicos demonios que llegué a conocer: mi padre y mi maestro. Para odiar se deben de ignorar muchas cosas, el odio se alimenta de la negación y la ignorancia. Dos cosas inherentes a mí, hasta el momento.

El sendero añoso y olvidado había dado rienda suelta a la maleza, pero ahí estaba, entre los anchos pinos con sus gruesas ramas y su alfombra de piñas. Había caminado por mucho rato sin detenerme, miré el reloj, por primera vez en la vida comencé a preocuparme por la hora. El reloj de cuerda, aquella bella pieza mecánica tan perfecta y brillante, marcaba las ocho y quince, había amanecido hace dos horas. Ya debería estar cerca de mi primer destino.
El sonido del agua me llegó mucho antes de verlo, el sendero había generado mis dudas, pero sabía que no debía ir muy errado.
El viento fresco me golpeó la cara, el sonido de las aves y el rugido del caudal, había llegado al río. Caminé en diagonal al noroeste desde que salí de la casa de mi maestro, si había hecho todo bien encontraría la pequeña barca que alguna vez me mostró cuando estuvimos aquí la última vez, reposando en la orilla. Recuerdo aquel día, era tarde, volvíamos de un viaje a las Ruinas de Phoolendu y cruzamos en ese gran trozo de madera. ¿Por qué no volamos?, le pregunté, ¿Alguna vez has intentado envenenar el río? El me miró como si fuera un idiota, a mis catorce años nunca nadie me había mirado con tanto desprecio. ¿Acaso he vivido toda mi vida sin saber que tengo alas? Me contestó mientras golpeaba el agua con la pala hasta la otra orilla, ¿Crees que malgastaría mi esencia para elevarte como un pájaro? Y ¿acaso me crees un seguidor de Ghadrakha? Si quisiera hacer sufrir a Nanda no me harían falta litros y litros de veneno, sino una simple chispa en los barrios bajos, donde todo es madera seca, el fuego se tragaría la mitad de sus almas antes de que pudieran controlarlo.

Luego de caminar unos metros descubrí la barca, y bajo ella su único remo. Al parecer el tiempo no había hecho mella en su casco, y eso era bueno.
Con la punta de una rama dibujé sobre la arena mis cálculos; tomando como referencia la cuadrícula del mapa, la sección del río que discurría por Nanda hasta la capital era de unos seis kilómetros, tomando en cuenta la velocidad del río en nudos, estaría llegando en casi ocho horas a la ciudad. «Vaya —pensé—, es gratificante poder usar al fin las jodidas matemáticas.»
Metí la barca al río sin mojar mi capa ni mis pertenencias pero luego de unos segundos ya tenía agua hasta en el culo, me encomendé a todos los Dioses, Señores, diablos y almas menores que conocía y comencé a navegar, a fin de cuentas, era la primera vez que lo hacía.

Pasaron las horas, y yo era un niño, bebiéndome el paisaje, las aves, las piedras, los peces y los árboles, todo era nuevo y perfecto, hacia tanto tiempo que había estado metido en esa casa de mierda que no sé cómo no noté que era una cárcel. Saqué mi cuadernillo y comencé a dibujar un halcón en la punta de un alerce, al pez que dibujaba ondas en el agua, al ancho río, la barca y mis pies por delante, sobre la madera húmeda.

Oh, si mi padre me viera ahora… Liberado. No sabía de qué manera se iba a tomar que haya huido de Nebpehtyra. Tenía aún mucho tiempo para pensar en lo que le diría, luego de llegar a Nanda tendría que viajar mucho para ir a Narendra, y luego buscar su casa. Hace más de cuatro años que no la veía, y pero confiaba en recordar los caminos de la ciudad.

Miré el reloj, habían transcurrido ocho interminables horas y Nanda nunca parecía estar cerca. A la orilla del agua pude encontrar los primeros signos de vida: granjas.





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Re: El Camino Torcido [Solitaria]

Mensaje por Strindgaard el Lun Abr 25, 2016 3:40 pm

Moría de hambre, y el río, interminable como un día malgastado, se abría delante de mí. Y ni Nanda, ni el mar parecían llegar. Las granjas al lado este y oeste del río mostraban maizales y trigales, y hombres y jóvenes de hombros anchos caían con sus espaldas rotas sobre el grano. Era tiempo de cosecha, y yo ahí, con mi piel de humano bajando en mi barca vieja, hambriento y perdido. Hace un día y un par de horas debí haber llegado a la ciudad, algo en los cálculos resultó mal, seguro el mapa estaba en otra proporción y los kilómetros resultaron ser cientos o peor. No lo sabía. Y no quería parar a preguntar. Solo me quedaba escurrir por la mancha azul y esperar llegar pronto a destino.
Una noche entera había pasado y el sol volvía a posarse sobre mí. No tenía idea de lo lejano que estaría el puerto de Nanda, y me preguntaba si mi maestro estaba ya tras mis pasos. Aquel pesaroso demonio, solo me buscaría por orgullo. Por venganza o por delirio. Y bien sabía que le sobraban de las tres.

Las granjas iban y venían, y los perros me ladraban a la orilla y la gente me miraba a lo lejos. Dos veces tuve que asomarme para ver mi reflejo en el agua por temor a haber olvidado el hechizo.
No fue hasta que las tripas no me dieron más cuando braceé hasta la orilla. Los árboles en fruta me llamaban. Dejé la barca bien dentro de la tierra y me dispuse a sacarlas, una por una, manzanas rojas con franjas amarillas, dulces y algo amargas.
Iba por la tercera cuando oí al niño.
Esas son nuestras manzanas —Me giré asustado, tenía doce o trece e iba con su hermana aún menor de la mano—. Son nuestras.
Lo siento, de verdad. Tenía hambre. No he comido de ayer por la mañana.
Si tienes hambre, puedes comer en mi casa.

Los niños humanos son sencillos, si quieren algo lo toman, si sienten algo lo dicen, quizá sean tan libres como nunca lo volverán a ser en sus vidas. El pequeño iba descalzo, la niña me preguntó si podíamos ir en el bote. Luego de cinco minutos llegamos a su casa, varé la barca y entramos. No había nadie, todos estaban en el campo, apresurados por cosechar.

La niña comenzó a picar zanahorias, patatas y cebollas por orden de su hermano. Él balanceaba los pies sentado en una silla.
¿Y su madre? —me atreví a preguntar.
Murió cuando yo nací —dijo la niña con calma—. Mi hermano dice que es mi culpa.
Miré al muchacho que evitó mi mirada, avergonzado. El cuchillo seguía cortando, chip-chop, sobre una tabla de madera. Una olla sobre el fuego calentaba agua.
Mi madre se fue cuando yo tenía días de nacido. No la recuerdo para nada —dije para rellenar el silencio, por la ventana se podía oír el río a lo lejos, y el viento, y el sonido de los animales. Las vacas a lo lejos y los cerdos.
Mi madre se llamaba Martha —dijo la pequeña. Su rostro concentrado mientras confeccionaba la comida cambió de súbito unos segundos, recordar a su madre le traía a esa niña recuerdos que no pude descifrar.
La mía Seqenenra.—Era extraño darme cuenta que decir el nombre de mi madre no me provocaba absolutamente nada.
¿Quieres comer pollo? —soltó el niño. Parecía molesto.
Asentí.
¿Cuántos?
Tomando en cuenta mi hambre, dije dos.

Salí al patio trasero con el niño y ahí estaban los pollos, solo que caminaban y tenían plumas blancas, un par de ellos se cagó y otro me guiñaba un ojo. Eran veinticinco o treinta.
Escoge —me dijo, yo estaba pasmado y me límite a señalar a uno—. No —dijo el niño—, debes escoger uno sano. Mira, debes mirar sus ojos, los pollos son como las personas, si los ojos no están limpios es que algo hay.
Asentí, no podía decir nada ante esa frase que seguro la repitió de alguien mayor.

El niño al final cogió dos pollos, y como no le permitían usar el hacha, agarró un martillo y largó los pollos en el patio, tratando de matar los dos a la vez. Fue un desastre, pero el muchacho lo disfrutó.Los pollos no se morían. y el crío les pegaba con el martillo. El ruido, la sangre, un ojo colgando del nervio, el pico hundido en la cabeza y el pollo seguía corriendo, y mientras el martillo subía y bajaba, el otro pollo estaba quieto, esperando. Al final, salí del abismo en el que había caído, impresionado, me puse mal. Empecé a dar instrucciones y al cabo de un rato el trabajo concluyó.

Los pollos se cocieron en la olla junto a las verduras, la niña no era tan mal cocinera.
«¡Señores del Foso! —pensé mientras masticaba la carne blanca en la sopa—. Si todos los demonios desaparecieran este mismo instante, tengo el consuelo de que al menos aún quedaran niños.»





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Re: El Camino Torcido [Solitaria]

Mensaje por Strindgaard el Mar Abr 26, 2016 4:38 am

Mi cuerpo volvía a estar metido en mi pequeño mundo de madera negra, golpeando el agua con energías renovadas. El estómago lleno, el morral con algunas manzanas y zanahorias.
Tuvieron que pasar otros dos días hasta que pude ver el muro de la ciudad a los lejos, era la hermosa civilización. Los carros tirados por caballos, los pequeños navíos, las casas, la gente, todo cerca de la ciudad se multiplicaba por cien. Y yo, que no había visto tal cantidad de gente desde la última vez que estuve en Narendra, hace años, estaba impresionado como un crío de pueblo pequeño que nunca antes había salido a más de diez kilómetros de su casa. Saqué lápiz y papel y me puse a garabatear la ciudad a lo lejos mientras mi barca era arrastrada por la corriente a las anchas puertas que se abrían por el costado de la ciudad.

Caía la tarde sobre Nanda. Un lugar muy distinto a Narendra, o del recuerdo que tenía de Narendra.
Lo primero que hice al desembarcar en el puerto fue tratar de vender el bote a los pequeños comerciantes y pescadores, cerca del mercado principal, pero resultaron casi inmunes a mis artes de persuasión. Debían de oler mi desesperación como perros hambrientos y no le pude sacar mucho a mi trasto de madera vieja.
Con el dinero que obtuve me fui directo a las caravanas por un pasaje para partir a la ciudad donde vivía mi padre, ya podía ver su cara al verme, entre impresionado y enojado. Pregunté a alguien por las rutas de viaje a Narendra y supe que eran solo tres, todas salían por la puerta este que atravesaba el puente y recorrían distintos y pequeños poblados que subsistían del comercio entre las ciudades, para ofrecer sus productos antes de llegar a la gran Narendra en el corazón de Ujesh-Varsha. Iba esperanzado, y eso fue lo peor, eran muy pocos kull para obtener un espacio en un carro, sea dentro, arriba o abajo. Me ofrecí como peón, pero estaba muy flaco, amarillo y enfermo para eso, según el primer mercader, el segundo se me río en la cara, y el tercero se limitó a decir que iba copado. El sol se deslizaba por la bóveda y yo corría de un lado a otro buscando alguien que me llevara.

El ocaso trajo consigo mi terrible decepción, la oscuridad espantaba a todos los justos y trabajadores. Mis opciones caían como granos de arena en un reloj. Iba serpenteando de un punto a otro, buscando alguna caravana, pero ya todas habían partido. Mis pies descalzos horadaban las valiosas baldosas de la ciudad puerto, yo debía parecer un zarrapastroso, sin botas y por ropa, solo mi capa, mendigando un sitio para viajar. Intenté robar un par de zapatos de un humilde local pues no podía permitirme comprarlos, y me llevé una zurra por parte de los guardias de la ciudad que me dejó cojeando y con un ojo en tinta, pero por suerte logré huir antes de que me llevaran a la cárcel.

La noche se tragó mis últimas esperanzas y no me quedó más remedio que dormir allí.
Sin conocer nada, y para ahorrar al máximo, me dirigí al barrio más pobre de la ciudad, sitio que siempre existe, y que puedes encontrar siguiendo tu olfato o por el promedio de huérfanos y vagabundos que vas encontrando por las calles.
Con el poco dinero que obtuve, deambulé como un barón por las posadas de mala muerte y arrendé un espacio en el suelo en la que consideré tenia menos sangre seca en las paredes y más paja en los colchones. Comí aquello que regurgitó la olla, imaginando que era sopa de pollo, y que mis acompañantes eran aquellos niños de la granja, en vez de aquel desfile de demonios. Luego de la cena no hubo ni música ni charlas. El dueño nos llevó atrás y dispuso los colchones en el suelo de la cocina, donde aún quedaban rastros de calor.

Acomode mi magullado cuerpo entre las personas, tratando de recordar la felicidad que sentía cuando huí. Cerré los ojos fuerte cuando murieron las velas y solo las brasas de la cocina iluminaban la estancia, pensando en lo bueno que sería todo al siguiente día.





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Re: El Camino Torcido [Solitaria]

Mensaje por Strindgaard el Miér Abr 27, 2016 4:16 am

Nunca antes me había sentido tan desgraciado como esa noche, envuelto en esa posada de maderas hediondas a humo y ratas correteando por las esquinas, con nada salvo aquel colchón de paja aplastada y seca, con nada más que mi capa como manta y mi morral como almohada, alrededor de veintitrés huérfanos, desamparados, ladrones y mendigos. Todos apretados el uno contra contra el otro. Todos roncando a la vez. Con alguno de esos ronquidos tan profundos y graves. Con algunas tan increíbles respiraciones subhumanas, tan oscuras y tristes, que parecían emanar del mismo Foso Negro. Me llevé las manos a la cara, trataba de mantener mi mente lejos, navegando aún en la barca, porque allí estaba a punto de romperse bajo esos sonidos letales, y los olores mezclados: sobacos sucios, ropa dura producto del sudor rancio, y encima, el aire que circulaba muy lento, como el de un día caluroso de verano en un basural. Y esos cuerpos en lo oscuro, gordos y flacos y  encorvados. Algunos sin piernas, sin brazos, algunos sin mente. Y lo peor de todo: la total ausencia de esperanza los envolvía, los cubría enteros. Era insoportable.

Me levanté, cogí todo rápido y salí para perderme por las calles de la medianoche. Caminé por las veredas, veía mi reflejo en las ventanas sucias de los edificios, sin rumbo por las calles sucias de la fea Nanda, la pobre Nanda. Doblé la esquina y llegué de vuelta a la misma calle, enfrente de la posada, pensaba en esos hombres, «fueron niños una vez, ¿qué les pasó? ¿y qué me pasó a mí?» Me di media vuelta, estaba oscuro y hacía frío, caminé sin rumbo, pero mi mente me llevó de vuelta al río, observé el agua, la corriente fluía al mar, ya no tenía manera de regresar a la casa de mi maestro aunque quisiera. Ni siquiera tenía la jodida barca.

En un intento vano, entré al agua para quitarme ese olor, esos pensamientos. El agua punzaba y el frío me hacía castañear los dientes. Metí hasta la cabeza, el agua me cubrió por completo, y ahí abajo pensaba: «¡¿Qué clase de demonio es la humanidad? Seguro que uno mucho mejor que nosotros!» Lavé todo mi cuerpo, y me quedé allí por segundos que parecieron horas. Aún no me sentía mejor pero me obligué a salir del agua, y cuando arrastraba mis pasos mojados fuera del río me esperaba en la orilla una mujer, expentante y algo desepcionada.

Morir ahogado es la peor manera de perecer —me dijo desde la vereda, con los brazos cruzados, a medida que me acercaba—. Imagina ese grito mientras buscas aire y solo obtienes agua. Y a medida que tus pulmones se llenan tienes la certeza de que morirás —llegué a su lado, se inclinó de hombros—, y así pasas tus últimos segundos, respirando muerte.
No tenía intención de suicidarme —la miré ofendido. Chorreando agua, me saqué el morral y lo volteé con cuidado para no tirar nada que no fuera agua.
Lo sé. Si la hubieras tenido te hubieras atado una piedra al cuello como la mayoría.
¿Qué haces aquí? —pregunté molesto. Me puse de nuevo el morral y no espere a que me contestara. Comencé a caminar sin rumbo nuevamente, solo para alejarme de ella.
Tenía la ligera esperanza de que te suicidaras —me contestó, giré mientras andaba para ver su ligera sonrisa, a mi espalda—. Nada personal —volvió a inclinar los hombros, despreocupada—. Me gusta tu capa.
Es una lástima para ti, pero hoy se quedará sobre mis hombros —dije dando pasos que dejaban manchados los adoquines. No pasó un segundo cuando oí sus pasos tras de mí.

El río siguió su curso y yo también, la mujer siguió mis pasos.
No tenía intención de ofenderte —dijo alzando algo la voz. Éramos las únicas dos almas en medio de la avenida del puerto, con sus puestos cerrados y sus ventanas a oscuras—, es que simplemente no se ven capas demoníacas todos los días —me giré para verla, estaba a un par de metros atrás, la luz de las farolas se vertían sobre ella como señores menores inclinándose ante su rey. Su cabello era rojo, largo y lleno de bucles. Su sonrisa volvió a aparecer bajo aquellas pecas que poblaban su nariz y mejillas—. De donde vengo son prendas valiosas.
Me quedé en silencio unos segundos, contemplándola por primera vez, era bonita, joven y pícara. Dije:
¿De dónde vienes?
Del mismo que tú, espero, por tu bien —respondió sin pensar, rápido, como si estuviera esperando la pregunta.
¿Por qué sino...?
Se inclinó de hombros por enésima vez, pareciera que fuera su sello.
Porque si no fueras un demonio te mataría en este mismo instante. —su rostro se transformó un cuarto de segundo en una máscara de piedra gris y negra, y donde debieron ir sus ojos habían cuencas donde ardían carbones al rojo.
Soy un demonio. —contesté de inmediato, como un idiota.
Lo sé. Ven. Debes secarte.





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Re: El Camino Torcido [Solitaria]

Mensaje por Strindgaard el Lun Mayo 02, 2016 5:36 am

No diré que no tenía miedo. A medida que iba de calle en calle junto con la demonio pensaba en las mil cosas que me podría hacer aquella condenada. El frío me calaba los huesos, y el viento soplaba dentro de mi capa riendo de mi paupérrimo estado, necesitaba algo de abrigo y un poco de calor, así que aparté los malos pensamientos y me permití confiar un poco en una extraña. Ella no me conocía ni yo a ella, y mientras no supiera que había huido y que apenas y era un aprendiz estaríamos en igualdad de condiciones. O eso esperaba.

Aún empapado llegué hasta su casa, una bella estructura de piedra en el primer piso y madera en el segundo. A simple vista parecía el hogar de un comerciante acaudalado, con un toque sencillo, pero muy por encima de lo común. Entramos, la mujer encendió las velas de varios sitios y su hogar cobró vida. Esperaba ver suciedad, polvo, velas negras y murciélagos colgando de las vigas del techo, pero solo encontré un sitio limpio, espacioso y que además olía bien. Los muebles parecían nuevos y los cuadros eran de vivos colores.
Pareces decepcionado —me dijo, mirándome desde su chimenea. Lanzó un par de maderos y le prendió fuego con algo que a simple vista me pareció un hechizo—. ¿Esperabas encontrar un nido demoníaco?
La verdad es que esperaba ver al menos un par de jaulas con gente aullando, pero esto esta bien igual.
La demonio soltó una risita muy de señorita y fue avivando las llamas.
No me interesan esas cosas. Además no es bien visto entre la ciudadanía, recibo mucha gente y mi sirviente mantiene limpio y ordenado, debo mantener las apariencias, los humanos viven de las apariencias, y si estás entre ellos te debes ajustar —se encogió de hombros—. Al final una se termina acostumbrando, a esta gente, a estas casas, a esta imagen.

El fuego de la chimenea ardió rápido, la mujer extrañamente tenía algo de ropa de hombre,  evité preguntar porqué, me sequé y colgué mi capa frente al fuego luego de haberla estrujado en el patio trasero.
¿Cómo te llamas? —me preguntó desde la cocina, estaba calentando algo de buen olor.
Juno —dije a la rápida.
¿Juno? —Río—, que mal mentiroso eres —tardó un instante en aparecer, salió de la cocina con dos platos de sopa humeante—. Vale, yo seré entonces Sila.
Me sonrojé un poco. No quería que supiera mi verdadero nombre, no tenía idea de si conocía a mi maestro, y si lo hacía dudaba de qué lugar se pondría, ¿me capturaría, o me ayudaría a huir?. Eso me recordó preguntar
—: ¿Hay más demonios en Manda?
Sí, seguro que hay. Hace varios meses que no veo uno, pero conozco uno que otro que vive cerca del centro y por la costa. Hay más en Narendra.
Saqué mi cuerpo tembloroso del lado de la chimenea y tomé asiento.
Gracias —dije. Era una sopa verde, tomé la cuchara—. ¿Qué es?
Temo decir que olvidé comprar ranas y lagartos, pero me quedaban espárragos en la alacena.
Probé el mejunje, sabía bien. En la casa de mi maestro siempre habían verduras, sobre todo setas del bosque, y algo de carne de lo que cazaban sus muertos.
Entonces —dijo mientras cuchareaba y soplaba—. ¿Qué hacías dentro del río?
Pues —solté un resoplido—. Es una larga historia.
Tengo toda la noche.

La sopa se acabó rápido, luego vinieron unos vasos de whisky, algo de vino y un par de cigarrillos, no quise negar nada de lo que ofrecía pues necesitaba aparentar que no era un polluelo recién salido del cascarón. Le conté una historia interesante, algo que no tuviera mucha mentira ni mucha verdad. Ella me escuchó y me fue hablando de su vida en la ciudad, resultó ser un demonio de Luughua, una comerciante que vivía una sórdida vida sin llamar la atención pero que manejaba una pequeña red de influencias y regentaba algunos clubes nocturnos. Resultó que venía de vuelta de uno de sus prostíbulos al otro lado del río cuando me vio entrar a las aguas. Yo le conté que viajaba en un barco comerciante de pieles y telas desde las islas del archipiélago, y que tenía pensado ir hasta Narendra, pero no me había alcanzado para un pasaje y que pensaba dormir bajo el puente cuando antes de dormir vi un bonito reloj bajo el agua y decidí sacarlo. Le mostré el reloj para darle más vida a mi relato, se había detenido por culpa del agua, pero lo abrí y dejé secando cerca del fuego.





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Re: El Camino Torcido [Solitaria]

Mensaje por Strindgaard el Lun Mayo 02, 2016 5:45 am

La noche avanzó, no parecía que me fuera a matar, pero uno nunca sabe con los demonios. Se había sacado su abrigo y dejó al descubierto una blusa blanca con un ligero escote que dejaba ver una cadena de oro con una esmeralda que hacía juego con sus ojos. Su sonrisa roja era un deleite para mi vista, al igual que su cabello, su cuello y sus pequeñas manos.
Cuando la conversación pareció morir, me miró expectante y me dijo:
Bien. Te he ofrecido mi fuego, mi comida y una conversación —Estábamos sentados los dos en mullidos sillones frente a la chimenea —. ¿Qué me ofrecerás a cambio?

Me observó tranquila, con su copa de vino en la mano. Yo, para ser sincero, pensaba en sexo todos los días, quizá por la gracia de mi madre, que era una demonio de Lluughua, quizá porque era un onanista adolescente lleno de sensaciones nuevas y gustos raros. En fin, cuando me dijo eso, con esa sugerencia tanto hablada como expresada en su cuerpo, sólo tenía ganas de responder una cosa. Pero el problema era que no sabía cómo verbalizarlo. A fin de cuentas era un jodido virgen sin experiencia.

Suspiré.
Te puedo ofrecer el reloj —dije ocultando mi vergüenza, miré el fuego y luego las piezas abiertas—. Sé como arreglarlo, luego de que se seque podría…
¿Nada más que aquel reloj? —preguntó con una extraña voz, como pena e ironía—. Que mal mentiroso eres.

Se levantó, llegó a mi lado, me tomó de la camisa y estampó su boca contra la mía.
Los dos sabemos porqué estás aquí —dijo entre beso y beso—. Los demonios no tienen porqué estar solos. Son mejores cuando se hacen compañía —Me levantó y la acompañé hasta arriba—. Hace meses que no veo un demonio, me hacía falta tener uno.

Subimos. Todo fue nuevo, extraño, excitante y maravilloso. Me sentí como llevado por una fuerza de la naturaleza, como si todo transcurriera rápido a mi alrededor y yo me mantuviera en el centro, viendo todo pasar como una saeta frente a mis ojos. No me podía contener dentro de mí, y me volví loco entre sus pequeños pechos blancos y rosados. Contorneando la curva de su cintura hasta sus caderas, mordiendo su suave piel, sintiendo su lengua; vibrando, caliente, sudoroso y lleno de ganas de llegar al final. Incrustando mi cabeza en su cabello y gimiendo como un animal mientras rasguñaba mi espalda, fui parte de ella, y ella de mi. La noche pasó rápida, yo estaba lánguido como un trapo mojado, pero ella me pedía más y yo accedía, ¡cómo no hacerlo! Así fue mi primera vez. Bajamos.

Ella iba vestida nada más que con su piel humana, y a pesar de ser un demonio me embargaba cien veces más ese cuerpo. «¿Qué extraño —pensé—, será culpa también de los humanos que a los demonios nos gusten ellos?» Su silueta lechosa fue hasta la chimenea, estaba perlada de sudor, yo la seguí como un caballo brioso y me detuve a su espalda, aparté su cabello que se había esponjado tanto que parecía una melena de león, lo aparté y acaricié sus hombros llenos de pecas y seguí hacia sus brazos. Ella tomó mis manos y las llevó a sus pechos, pegó su trasero a mí y movió las caderas sugerente, encendiendo de nuevo mi pulso.





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Re: El Camino Torcido [Solitaria]

Mensaje por Strindgaard el Lun Mayo 02, 2016 5:50 am

Desnudos, nos revolcamos sobre un sillón, luego en el otro, luego en la mesa y luego en cualquier maldito lugar. Ensucie allá y acá, y a ella le gustó. Llevaba desde los quince años imaginando cómo sería aquel momento, y ahora estaba frente a mí, y no quería perderme nada. Tenía los ojos abiertos, viento todo, tratando de impregnarme de todo, y respiraba su olor como si fuera una droga dura, como si lo necesitara más que el aire. Ella a horcajadas sobre mí, yo de lado junto a ella, ella de pie y encorvada en el sillón. Terminé, terminé una y mil veces, y todas fueron un estallido de sensaciones.

Estuve con ella y el tiempo pasó y pasó. Exhaustos nos arrastramos hasta la tina que por un extraño sistema de cañerías se llenó con agua en poco tiempo, ser una mercader acaudalada tiene sus recompensas, dijo. Metió la mano dentro y a los pocos segundos el agua comenzó a humear. Entramos, nos lavamos y nos volvimos a pegar como si de animales se tratara. Ya era muy de día, al salir el baño estaba lleno de vapor y sus mejillas estaban rojas y brillantes. Abrió las ventanas de su patio trasero y nos sentamos en la cocina.
Envuelta en una bata sirvió fruta, café y unas masas dulces que no quise preguntar qué eran por temor a quedar de ignorante. Me dijo que tenía que hacer algunas diligencias, y me pidió que permaneciera hasta que regresase.

Me vestí con aquella ropa que me iba grande. Metí la camisa dentro del pantalón y usé el cinturón de cuero que había sacado de una tumba en la casa de mi maestro para sujetarlos. Me miré en un espejo de gran tamaño en su habitación, parecía un muchacho que se vistió con la ropa de su padre. Revisé los cajones solo por curiosear, había muchas cosas de mujer, peines, joyas, broches y anillos. Como había tantos anillos cogí uno que me quedaba, era de oro con una piedra roja, quizá un rubí. También había notas y registros de sus lupanares sobre su escritorio, más papeles de comercio, compras, ventas y esas cosas. Encontré un par de cartas de pretendientes que la llamaban Selene. «Un nombre común —pensé—, aunque así también dijo mi padre que se llamaba mí madre cuando se vestía de humana.»

Leí algunas partes de unos libros de finanzas, uno de historia y otro de biología humana que reposaban acostados en su pequeña biblioteca. Estaba ojeando el tercero cuando apareció la sirvienta.
Buen día señor —dijo con voz sumisa.
Hola.
Se puso a trabajar de inmediato, apenas y cruzamos un par de palabras después de eso porque hui de todos los sitios donde ella llegaba, sus labios eran carnosos y rosados, y me hacían pensar las cosas que podría hacer con ellos, pero sus ojos celestes se me clavaban acusadores, como si supiera que pensaba. Así que la dejé en paz. Limpió la casa, guardó mi capa en el armario de la entrada y las piezas de mi reloj las envolvió en un paño y las metió a un cajón. Se fue en cuanto dejó todo listo, rápida y tras de ella su cabello como una nube rubia la siguió.

Sila volvió en la noche, yo estaba aburrido y había armado ya el reloj y lo dejé funcional. Eran las ocho y cuarenta.
Hola Selene —dije, me miró ladeando la cabeza desde la puerta. Colgó su abrigo en la percha y sonrió.





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Re: El Camino Torcido [Solitaria]

Mensaje por Strindgaard el Lun Mayo 02, 2016 6:00 am

Así que no has estado ocioso. ¿O Liz te ha dicho mi nombre? —Supuse que Liz era la sirvienta. Negué con la cabeza—. Selene es un buen nombre de comerciante. Pero la condesa Sila, regenta de Las Tres Espadas, es mucho mejor.
Avanzó hacia mí y me beso con fuerza. Rápidamente se subió el vestido mientras me empujaba contra un sillón, yo no tuve tiempo de hace mucho más que bajarme un poco el pantalón y empezamos a follar.
¿Cuál es tu verdadero nombre? —preguntó entre sus cortos jadeos, mientras subía y bajaba.
Strindgaard —dije, y ella se detuvo. Se me quedó mirando encima mio.
Strind…
Salió de encima como si yo fuera hierro ardiente. «¡Mierda —Pensé—, conoce mi nombre!» Me miraba con miedo, asustada, con asco, con algo, no sé qué rayos había tras esos ojos quebrados.
¿Qué sucede? —la pasión murió y me cerré el pantalón. Le puse de pie y me acerqué a ella, que dando pasos hacia atrás ya iba llegando a la cocina—. ¿Qué mierda pasa?
Ella se llevó las manos a la cabeza, se tiró el cabello, gritó. Cayó lentamente de rodillas contra la pared.
Hace años conocí a un demonio en Narendra, en mis viajes de comercio. Un seguidor de Yigionath, un fanático de los libros—algo en mi interior se trizó cuando dijo eso—. Estaba loco, le gustaba mucho estudiar todas las cosas, pero me gustaba, pensaba que entre los dos podríamos lograr mucho —Estaba ahí de pie, Selene. Ese nombre era un eco que pesaba dentro de mi, que me resquebrajaba como si pisara hielo, como si yo fuera el hielo—. Tuvimos un hijo. Yo no soporté la idea de un hijo, no pude. Huí.
Caí de rodillas también, «¿¡Qué carajo he hecho!?»
Lo llamo Strindgaard en nombre de sus dos filósofos favoritos: Strindberg. Y Knausgaard.
¡No! —grité. La negación, la negación sirve pero es un placebo muy corto—. ¡Esto no está pasando!
Strind, hijo. Soy Seqenenra

No pude soportarlo. Salí corriendo, como un loco. Estaba loco.
No recuerdo si lloré, si maldije a los dioses, a los Señores demonios, a ese hijo de puta de los Cambios. Deseaba estallar en mil formas, volverme etéreo. Gritaba, la gente en la calle me esquivaba y yo estaba loco. Corrí hasta el río, me iba a atar una roca al cuello, estaba deseoso de morir. Huí descalzo, con aquel pantalón café y esa camisa blanca que me iba grande, con el cinturón aún abierto. Me amarraría con el cinturón al cuello y pendería como una piñata del puente.
Me perdí, todas las calles eran iguales, todas las caras eran iguales. Estaba jodido, estaba ciego.

Salí por la puerta norte de Nanda, ahí donde comenzaban las hectáreas de granjas. Allí las casas de los pobres crecían como hongos en la orilla de los muros, la gente tenía encendidas un par de hogueras para capear el frío. Me miraron extrañados. Me acerqué a ellos y puse las manos al fuego. Nadie habló.

Strind… Gaard… —susurré.
Al fin te encuentro —Me volteé, no podía dar crédito a aquella voz—. Sabía que tarde o temprano te encontraría. Nuestros caminos se juntarían, es inevitable —Un viejo decrépito, vestido con harapos y cubriendo su cabeza con un paño sucio. Sus manos con uñas sucias y largas.
Maestro... Pensaba volver —fue lo único que atiné a decir—. Estaba a punto de hacerlo, iba a volver. Se lo juro.
Le robaste a mis muertos —dijo con una voz dura y fría como el invierno—. Robaste mi barca —su voz era metálica, comenzó a transformarse—.... ¡Robaste mi esencia!





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Re: El Camino Torcido [Solitaria]

Mensaje por Strindgaard el Mar Mayo 03, 2016 5:13 am

Las afueras de Nanda se llenaron de gritos chirriantes que cortaron la noche. Mi maestro era una maqueta que se caía a pedazos. Sus piernas se disiparon como humo acarreado por el viento, su cuerpo se hinchó y los harapos que lo cubrían cayeron al suelo para revelar seis blancuzcos brazos como tentáculos albos, contorneando, girando y retorciendo el aire, sus manos largas terminaban en garras de animales, con guadañas y dedos pálidos como humanos, cada uno cargado de anillos, y su pálida y fea cabeza se infló, y su piel arrugada comenzó a estirarse hasta que su cráneo la rasgó para dejar salir sus cuernos y protuberancias. La piel amarillenta cayó en jirones como papiro viejo y dejaron al descubierto su verdadero rostro: una calavera dantesca, surcada de venas rojas que bombeaban sangre maldita, seis ojos vívidos fijaban su letal vista por separado, con pinchos y cuernos en la frente y nuca, con deformidades y grietas por todos lados. Sus ropas eran piezas de túnicas con letras arcanas en sus puños y cuello, hechas con hilo de oro y plata. Su boca enorme se abrió revelando dos lenguas purpúreas que se movían como gusanos para pronunciar mejor las palabras malditas de Yigionath. Y su risa reventó los sonrosados oídos de los pequeños humanos que correteaban como ratas para alejarse de la cara de la muerte.

El fuego de la hoguera brotó más brillante, más fuerte, y comenzaron a surgir lenguas que salpicaban chispas a todos lados. Yo no perdí un instante y salí corriendo a la ciudad como una rata más. Las improvisadas casas, hechas con madera seca y basura comenzaron a brillar cuando las chispas del fuego las tocaron. Las llamas pronto comenzaron a arder fuera de la ciudad.
Entré sin perder un segundo, por las calles comenzó a cundir el grito general del pánico y el miedo, y por los rincones salían los mendigos y los ladrones y en ningún sitio había agua. Sentía el calor morderme la nuca, los aullidos de los desgraciados me precedían, Nebpehtyra estaba dentro de Nanda, tras de mi caótico paso, encendía las casa como yesca, el fuego avanzaba a grandes zancadas y en medio de la noche parecían brillar como un sol.

El incendio tomó rápidamente las casas del barrio pobre, cerca de la puerta, yo apenas conocía la ciudad y me perdí tratando de huir, de pronto aparecí en medio de la calle, el fuego mordía una enorme taberna, la poca gente que no huía trataba de apagar las llamas con baldes de agua. Los niños lloraban, un perro ladraba. Me traté de ubicar, pero no sabia como llegar a casa de Seqenenra para coger mis cosas.
Corrí. Mi maestro apareció en medio de la calle, flotando como un espanto, se veía más grande, más vivo que nunca. El fuego que producía sus manos salpicaban como gotas de miel, y encendían todo lo que tocaban.

Me lanzó un hechizo, usé uno de mis trucos: Disipar Magia, pero no resultó. Nebpehtyra avanzó flotando ríendo y devorando como si de un festín se tratase, era un huracán vibrante y furioso. Entonces, a mi espalda, mi madre apareció
¡Strind! ¡Huye!
Las personas corrieron en desbandada cuando mi maestro voló hacia mí, el fuego brotó a su alrededor y Seqenenra corrió a él, perdió su forma humana y me apartó de un golpe que me envió contra una farola.





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