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El cazador cazado

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Re: El cazador cazado

Mensaje por Astarthea el Lun Sep 12, 2011 9:36 pm

Sólo recuerdo que salí de aquel sótano y, mentalmente, dí gracias a Elhías por ello. Allá abajo hacía un calor sofocante, el vestido comenzaba a ahogarme y el aire se me antojaba irrespirable.

Creo recordar que todos salieron antes que yo. Una elfa fue la primera en salir y la primera en ser atrapada. Lo poco que vi que hicieron con ella lo he enterrado en un profundo y oscuro rincón de mi mente, esperando a ser olvidado en cuanto tenga la más mínima oportunidad.

Después salió la muchacha de las alas, una divium creo que era, no recuerdo el nombre de ninguno, ni me interesa. Realmente no sé qué pasó con ella, pero tampoco me propuse buscarla. Lo más importante para mí en aquellos momentos era escapar, salir de allí lo antes posible, y si pudiese ser sana y salva.

Desde luego, no recuerdo si la bruja aquella salió antes que todos junto con el ser alado o salió después, lo único que tengo claro es que la última fuí yo.
Supuse que todos los cazadores estaban demasiado ocupados con las presas que salieron primero de aquel sótano, porque para cuando llegué arriba estaba prácticamente desierto.

Me arrastré hasta un rincón oscuro, tras algún tipo de mueble que no consigo recordar. Tanto calor hacía en el sótano que allí arriba, escondida en la penumbra de una casa destrozada y en ruinas, sentía frío. Quizá fuese el miedo a ser atrapada o quizá fuese sólo eso, frío. Temblaba, mis dientes castañeaban y sentía que las lágrimas de terror se me agolpaban en los ojos. Tenía que salir de allí o acabaría muerta, de un modo u otro, pero muerta.

En cuanto tuve la posibilidad me asomé ligeramente por un lado del mueble tras el que me escondí, tratando de hacer el menor ruido posible, buscando una vía de escape. A apenas unos metros de mí ví una ventana rota. Ni siquiera tenía que hacer ruido rompiendo el cristal, este ya estaba lo suficientemente roto como para que pudiese salir por ahí, con más de un rasguño, pero al menos saldría, que era mi intención.

De nuevo me arrastré por el suelo, tratando de acercarme a aquella ventana. Una vez conseguí llegar allí alcé primero mi pierna derecha y la pasé por encima del alféizar de la ventana, apoyándolo en el estrecho filo de la parte de fuera, después pasé la otra pierna y, lentamente, me descolgué, apoyando ahora mis manos en aquel filo que apenas si tenía espacio para poco más que las yemas de mis dedos.

Me quedé allí, descolgada por la ventana, tanteando con el pié buscando un punto de apoyo para seguir descolgándome hasta llegar abajo y poder escapar de allí y volver a mi casa, volver a mi hogar y abrazar a mi padre como nunca antes lo había hecho.


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Re: El cazador cazado

Mensaje por Hirlin el Lun Sep 12, 2011 10:56 pm

La divium ya había huido lejos, con lo cual la pantera ya no tenía que preocuparse de ella, ni la pantera ni el espíritu que moraba dentro de ella, la bruja del bosque. Cierto que la elfa en vida se había visto atraída por la mujer alada, pero no por ello podía ahora abandonar a la otra chica, seguramente la única que quedaba en las inmediaciones del bosque, pues ambas elfas yacían ahora muertas. La primera en morir, Alanna, estaba en cuatro estómagos distintos tras semejante vejación a su cuerpo, y la segunda, la “terrible” bruja flotaba ahora en partículas de gris ceniza una vez su cuerpo fue quemado para purificar un alma que ya no lo habitaba. Rápidamente el gran felino se despidió de Maraine, la cual dormía, con una tierna lamida en la cara que nadie hubiera esperado de un ser con aquellos colmillos un pelaje negro como la noche, y salió de la abertura en la montaña en pos de la que quedaba con vida, Astarthea.

Ahora la mujer de cabellos plateados se encontraba frente a un bosque del cual salían sonidos poco agradables. El aullar de los lobos se escuchaba desde todas las direcciones mientras la noche tomaba posesión de la profunda arboleda de Blair. El viento gélido comenzó a soplar y el tiempo pasaba de manera lenta para la chica, que pronto vería algo que a cualquiera le hubiera puesto los pelos de punta. De entre los árboles asomaron varias cabezas, todas ellas infantes que no parecían superar los doce años, vestidos con trajes de comunión de marinero, soldado o semejantes se acercaron a ella en un pequeño grupo de cuatro. No hubiera sido nada extraño de no ser por el brillo fantasmagórico que desprendía la piel de cada uno, en efecto, fantasmas que pretendían llevarla con ellos al otro lado, y lo hubieran hecho, de no ser por el tremendo rugido que cortó el aire y los forzó a desaparecer por el miedo, pero no el miedo a un daño físico que no podían recibir, sino el miedo por volver a sentir la esencia de aquella que los había enviado al otro mundo.

La enorme pantera negra se puso al lado de Astarthea con docilidad, mostrándose como un simple gato doméstico que se acurrucaba en sus patas. La marca en su pelaje quedaba ahora visible para la semielfa de orejas en punta, algo que fácilmente hacía ver que tenía algún vínculo con la bruja, incluso si tocaba al animal vería por un instante el joven rostro de la hechicera profana. Tras unos minutos de restregarse contra sus piernas ronroneando el animal, bastante grande como para llevar a la mujer a lomos durante un buen periodo de tiempo sin agotarse en demasía, se encaminó hacia el bosque, tirando del vestido de la chica con sus diente. Maullaba de una manera curiosa, con suaves rugidos, e incluso por un momento Astarthea lograría escuchar: -Por favor… - muy débil, ahora tenía dos opciones, seguir a la pantera e internarse en el bosque, ahora más seguro que cuando la pobre y desgraciada Alanna había puesto los pies en él, o seguir otro camino, fuere como fuere la pantera la acompañaría.


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Re: El cazador cazado

Mensaje por Astarthea el Miér Sep 14, 2011 10:41 am

Me descolgué del todo hacia el suelo, gracias a Elhías que caí sin hacerme demasiado daño. Al principio caí de cuclillas, pero la inercia de la caída me hizo caer después hacia atrás, dándome un ligero golpe en el trasero.

No tardé mucho en ponerme en pié, me estiré y sacudí el vestido y me giré, pues estaba de frente a la pared. Al girarme me encontré de frente con el bosque y, a pesar de que oía algunos ruidos, imaginé que eran los típicos ruidos de un bosque. No parecía haber nadie alrededor, no llegaba a imaginar dónde estarían los cazadores, incluso sentía mi corazón latir deprisa, con la sensación de que daba tantos golpes en mi pecho que podría salírseme.

Sí, tenía miedo. Mucho miedo. No sabía si el resto de los que antes estaban en el sótano habían huido o habían sido cazados. No sabía si estaban con vida o no. Y eso dejaba en mí una congoja y tal temor que incluso sentía ganas de llorar de pura desesperación.
Me estremecí visiblemente al sentir el frío aire llegar hasta mí. Un aire que meció mis cabellos y me heló la piel. Durante unos segundos incluso me castañearon los dientes y me ví obligada a abrazarme a mí misma instintivamente al sentir tal ráfaga de aire helado.

Capté unos movimientos entre los árboles, me pegué a la pared, pensando que serían los cazadores. Seguramente sabían que yo aún estaba allí y volvían a por mí. Miré a uno y otro lado, buscando una vía de escape, pero por más que pensaba ninguna salida me parecía viable. Corriese para donde corriese tenía la sensación de que me atraparía.
Para mi sorpresa, no eran cazadores lo que emergió del bosque. Ladeé la cabeza y entorné los ojos para enfocar mejor…niños. Eran niños, pero había algo extraño en ellos. Cuando me fijé mejor en aquellas criaturas pude observar que su piel tenía un extraño brillo, un brillo que era claramente sobrenatural.

Se acercaban a mí decididos, sin detenerse ante nada, aunque tampoco es que nada intentase detenerles. Entre ellos y yo tan sólo había algunos árboles que pronto dejaron de estar entre nosotros. Me pegué aún más a la pared, como si aquello me sirviese de algo. Eran niños sí, pero sus rostros, sus expresiones me inspiraban cualquier cosa menos confianza. No tenía la menor idea de quiénes eran aquellos fantasmas, pobres almas en pena de los que un día fuesen unos niños, seguramente alegres.
Imaginé quién podría haberlos llevado hasta esa situación y sólo pensarlo me sentía sucia, estúpida, malvada…estuve a punto de ayudar a escapar a la causante de la desgracia de aquellas pobres criaturas.

Cuando ya pensaba que estaba perdida y que aquellos niños me llevarían a su mundo, algo los hizo retroceder. Una pantera negra, que con solo verla, los niños desaparecieron sin dejar rastro. Cuando observé más detenidamente a aquella bestia me di cuenta que era la pantera de la bruja que conocí en el sótano. Sonreí levemente y acaricié su lomo, agradeciéndole su intervención en aquel momento, nunca nadie ni nada había aparecido en un momento tan oportuno.

Tras, lo que pensé que fue su respuesta a mis caricias, la pantera mordió el borde de mi vestido, tirando de él suavemente. Incluso oí una especie de maullidos y creí oír unas palabras entre ellos. Me dio la sensación de que quería que la siguiese por el bosque, hacia algún lugar.
En un principio no supe qué hacer, si iba hacia el lado contrario volvería al pueblo…pero los cazadores me habían visto y, si bien antes no era bienvenida al pueblo, ahora lo sería menos. Así pues, decidí seguirla a través del bosque, rezando a Elhías mis mejores plegarias porque me llevase a lugar seguro.


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Re: El cazador cazado

Mensaje por Hirlin el Miér Sep 14, 2011 1:08 pm

Con la noche ya caída la pantera comenzaría querer adentrarse más en el bosque, pero a la vez sus pasos eran cautelosos, desviando su mirada ante cualquier paso que estuviera fuera de lugar o un sonido que llamara su atención como las ramas rompiéndose bajo el peso de los cuerpos de los mapaches a esas horas caminaban por el bosque buscando algún alimento, basuras en las que rebuscar y frutas que devorar. La oscuridad en el cielo era ama y señora de la noche, las lunas no brillaban y la falta de estrellas en el firmamento anunciaba lo que muchos tomaban por un mal presagio. El frío fue aumentando a medida que los minutos pasaban, y la poca y rasgada ropa de Astarthea no era precisamente un abrigo que protegiera de ese frío. En el bosque se podía notar la energía mágica fluir ahora que la bruja había abandonado el mundo, como si la muerte esta hubiera dejado pasar al bosque a los fantasmas de todos los que ella había dado fin.

Los nervios de la pantera aumentaron cuando de entre los árboles comenzó a surgir una bruma, una espesa bruma que pronto lo envolvería todo, incluida a la mujer semielfa. Rugió una vez, pero no bastó para alejar a los fantasmas que ahora se cernían sobre ellos, decenas de cadáveres de brillantes cuerpos con todo tipo de mutilaciones. A unos les faltaban los brazos, a otros sólo los dedos, unos pocos se arrastraban sobre lo poco que quedaba de sus cuerpos, el torso, que con las manos como remo nadaba por el mar de hojas hasta los pies de la mujer. Cada roce sería un gélido mundo para la humana con sangre elfina, cada mirada penetraría en ella como si fuera una flecha de hielo que congelaría todavía más su corazón. La mutilaciones de los cuerpos fantasmagóricos eran indecibles, no había modo de saber cómo había muerto, pero todos tenían algo en común, una enorme raja en el pecho, donde debía estar su corazón ¿Es que acaso…? Ojala nadie tuviera que pasar por lo que estaba pasando Astarthea, rodeaba por cadáveres de infantes que con suerte alcanzaban los diez años, y eso no todos, algunos todavía llevaban en sus manos el sonajero de bolas de mimbre que había usado la bruja para raptarlos y usar su pura sangre para los rituales que solía llevar a cabo.

Muchos de los niños saltaban, trepaban por su espalda dando la sensación de que eran reales, buscando tomar el pecho de la mujer, pero no de una manera lasciva, sino que buscaban adentrar sus tiernas manos, algunas sin dedos, dentro de su pecho para buscar el calor de su corazón, el corazón de una mujer que con el tiempo sería madre, aunque faltara tiempo para esto, ellos lo sabían, lo habían visto en sus ojos la primera vez que habían mirado a ellos. La sensación de angustia era cada vez peor, como si algo la oprimiera, y es que poco a poco, alimentándose de su miedo, pero sobretodo de su cálida esencia vital, iban ganando peso, materia, cuerpos para morder la desnuda carne, de haber estado sola aquel hubiera sido su fin, pero no, no lo estaba. Un nuevo y poderoso rugido sesgó el aire como una daga el cuello de un ciervo recién cazado. Los espíritus cesaron su tortura y se giraron hacia la pantera, que con un rostro como de terror se plantaría frente a ellos, les temía, era cierto que ahora podía ver mejor que nunca las atrocidades que había cometido en nombre de su dios, pero no pensaba dar un paso atrás, no pensaba retroceder mientras la mujer estuviera en peligro.

Uno de los cuerpos se arrojó sobre el felino esperando helar al pobre animal con su gélido toque, pero pronto su incorpórea carne fue destrozada por un solo garrazo en cual se cruzaron miradas. La mirada vacía, fría y sin expresión del muerto y la furia, la ira y el odio de la pantera, que realmente era la bruja, usando la esencia de su espíritu para conceder a su mascota la capacidad de destrozar a los engendros fantasmales. Un nuevo rugido surgió de su garganta para terminar de llamar la atención de los que todavía miraban a la mujer, era ahora o nunca, Astarthea debía usar su poder, el campo magnético que podía generar ella era perfecto para desestabilizar la estructura mágica que mantenía en vida a los muertos. Como si el viento arrastrara las palabras las picudas orejas de la maga escucharon algo entre los rugidos y los llantos de dolor:

“Si sus fantasmas quieres mandar a reposar, sus cuerpos debes hallar.
en el corazón del bosque están, enterrados bajo la roca de cinco puntas.
Si con ella logras dar la maldición a su fin tocará: Mas, con cuidado te habrás de andar, la noche cae y de sus cunas salen los niños del demonio que con tu alma un festín se ansían dar”



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Re: El cazador cazado

Mensaje por Astarthea el Vie Sep 16, 2011 8:27 pm

La noche cayó más rápido de lo que me hubiese gustado. Los árboles creaban extrañas formas con sus sombras cuando la luz de la luna aparecía en el cielo, cuando no estaba oculta por las nubes. En los momentos que se ocultaba, la oscuridad era casi total, me veía obligada a entornar los ojos para poder enfocar algo más allá de mi propia nariz, como suele decirse.

Caminaba con paso inseguro, siempre al lado de la pantera y sintiendo su roce al caminar muy pegada a ella. Lo hacía a propósito claro, lo último que quería era perderme en aquel lugar. Aún no estaba segura si había hecho bien en hacerle caso e internarme en el bosque, aún sabiendo que si hubiese tomado el otro camino podría llegar a otro pueblo. Qué otro pueblo fuese me daba igual, lo que deseaba era alejarme de una maldita vez de aquella vieja casa y de aquel siniestro bosque.

Pero ya no había vuelta atrás, había decidido adentrarme en aquel tenebroso lugar y allí estaba. El viento corría frío, provocando que me estremeciese cada vez que una ráfaga de aire me golpeaba. Por si aquel lugar ya de por sí, con sus tétricas sombras, no era suficientemente sombrío, además comenzó a invadirlo una espesa niebla. Aquella bruma nos rodeó en cuestión de segundos, dificultandonos la visibilidad.

De entre aquella espesa bruma aparecieron más fantasmas, fantasmas como aquellos que viese antes nada más salí de la asolada casa. Aquellos niños, faltos ya de carne y hueso, aquellas almas desdichadas, comenzaban a emerger y acercarse a nosotros. Oí a la pantera rugir, pero parecía que la caída de la noche tenían menos temor a aquella bestia que me acompañaba.
Cuando realmente observé mejor a aquellos pobres desgraciados, tuve que dar varios pasos atrás de la impresión que aquella visión me causó. Aquellos niños no solo eran fantasmas, algo que jamás creí posible ver, si no que además estaban descuartizados.

Al que menos le faltaban los dedos, era algo horrible lo que le habían hecho a aquellos niños, no llegaba a imaginar cuanto podrían haber sufrido. Todos tenían una cosa común, aparte de la edad que rondaban, tenían un agujero en el pecho. Así como sonaba, carecían de corazón, les habían arrancado el corazón. La palabra horrible se quedaba corta a la hora de describir aquello, era peor, mucho peor.

Ya comenzaba a sentir aquella familiar punzada en mi cabeza, aquella situación ya comenzaba a sobrepasarme, y ella ya quería salir, creyéndose más preparada y fuerte que yo para soportar aquello. En aquellos momentos tenía mis serias dudas sobre si dejarla salir o no, ciertamente aquello era más de lo que yo podía tolerar, pero ella...
Ella era más...más...todo que ella. Más fuerte, más hábil, más decidida...más..mucho más.

Pero me negaba...no quería, era yo quien nos había metido en aquello y era yo quien debía sacarnos. No podía permitir que una vez más fuese ella quien deshiciese los nudos que yo misma había hecho. No podía permitir que una vez más fuese ella quien nos sacase de aquel...aprieto.

Tan ensimismada estaba en discutir conmigo misma si dejarla salir o no, que cuando quise darme cuenta ya tenía encima a aquellos niños. Cada roce era un tormento, cada roce helaba más y más mi piel, rozando el dolor. No pude más que acuclillarme, sintiendo a aquellos eres etéreos subirse encima de mí, palpar mi pecho como si buscasen algo, algo que de lo que ellos carecían. Sentía el peso de ellos como si de unos niños traviesos que buscan jugar se tratase, como si fueran niños de carne y hueso que se te suben encima buscando aquel caramelo que le prometiste darles la próxima vez que fueses a verles.

Pero la sensación no era la misma, aquella sensación de la que hablaba era una sensación de felicidad, una sensación de que algo que has hecho te llena y te hace mejor persona. Pero esta vez...esta vez no era así. Me sentía abrumada, aquella sensación de ahogo se me antojaba a esa sensación de cuando estás bajo el agua y eres incapaz de salir. Algo me oprimía el pecho, algo no me dejaba respirar, aquella angustia era más de la que podía soportar. Grité, grité tanto como mis pulmones me permitieron, pero aquello de poco sirvió. Aquellos niños ya no solo manoseaban mi pecho buscando ese algo que no encontraban, además me hacían daño, mucho daño, de algún modo que no conseguía entender comenzaron a morderme, me dejaban marcas en la piel, parecían perder poco a poco su forma etérea para ser de nuevo de carne y hueso. De nuevo grité, pretendía que mi grito los alejase, se asustasen y me dejasen en paz. Pero no fue eso lo que los hizo abandonar sus tormentos hacia mí, un nuevo rugido cortó el frío aire, obligándolos a alejarse al instante. De nuevo la pantera venía en mi ayuda, y desde lo más profundo de mí se lo agradecí con un silencioso gesto, con una sonrisa muy ligera mientras me acercaba a ella, pensé que en ese momento sobraban palabras, si es que ella podía entenderme.

Un nuevo rugido acabó de acaparar la atención de aquello seres fantasmagóricos que aún venían hacia mí. Dándome tiempo a reponerme un poco. Tenía que hacer algo y rápido, la pantera seguramente no aguantaría mucho con tantas y tantas almas en pecha acechándonos. Era mi oportunidad de demostrar que yo podía usar mi don igual que podía hacerlo la otra, era mi momento de demostrar que yo podía hacer lo mismo que hacía ella.

Sin pensarlo más respiré hondo, cerré los ojos con la esperanza de que la pantera mantuviese lejos de mí a aquellos niños y con lo que yo llamaba el ojo de mi mente visualicé una barrera de un ligero color dorado brillante, que a ojos de los demás sería transparente, apenas si se vería. Coloqué mentalmente aquella barrera entre los niños y la pantera y yo, protegiéndonos. Con ello lo único que esperaba era ganar tiempo hasta que a alguna de las dos se nos ocurriese algún modo de salir de allí. Aunque no aguantaría mucho con aquel conjuro, mi poder aún era débil, por falta de práctica más que nada.
Para cuando abrí los ojos de nuevo, aquella barrera formada en mi mente ya había aparecido justo donde yo quería. Fue justo en ese momento cuando otra ráfaga de viento meció mi pelo y mis ropas, pero esta vez ocurrió algo extraño, creí oír unas palabras con aquella fría brisa, como si fuesen palabras traída de algún lejano lugar.

“Si sus fantasmas quieres mandar a reposar, sus cuerpos debes hallar.
en el corazón del bosque están, enterrados bajo la roca de cinco puntas.
Si con ella logras dar la maldición a su fin tocará: Mas, con cuidado te habrás de andar, la noche cae y de sus cunas salen los niños del demonio que con tu alma un festín se ansían dar”

Durante un momento estuve pensando, sin saber exactamente qué querían decir aquella palabras que, para mi sorpresa, tan claramente había oído. Yo tenía algo de telekinesis, podía susurrar palabras en mentes ajenas, pero aquello...aquello no lo había conseguido nunca, oír y decir algo con tanta claridad y tan largo.

-Tenemos que ir al centro del bosque...rápido. - dije a la pantera como si esta pudiese entenderme, y realmente esperaba que así fuese.


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Re: El cazador cazado

Mensaje por Hirlin el Vie Sep 16, 2011 10:49 pm

El campo de energía que la mujer colocó entre la pantera, ella y los niños funcionó. La extraña magia de la humana con sangre elfina comenzó a desestabilizar la delicada estructura mágica que mantenía a los fantasmas en ese plano de la existencia. Los niños chillaron de dolor mientras su interior pasaba de ser simple vapor etéreo a órganos en descomposición, su piel de color lechoso se iba formando a tiras que se fundían entre sí para pasar a ser carne sólida por la que corría de nuevo la sangre, un proceso en extremo doloroso que dejaba una estela de carne a su paso rasgada, seca y poco cuidada. Los gritos que salían de sus gargantas destrozaban los tímpanos del felino que ahora destrozaba a las almas en pena con golpes de zarpa que conseguían abrir sus carnes recién recuperadas para desangrarlos y enviarlos momentáneamente al limbo, unos cinco minutos por cadáver. La bruja, ahora alojada en el cuerpo de su fiel mascota, sintió la voz de la elfa débil y quejumbrosa, ciertamente, debían llegar a la piedra de cinco puntas que ella misma había mencionado usando el viento, pero había un problema, esa piedra estaba en la otra punta de bosque, deberían avanzar rápido, dejando atrás a los muertos y los caídos.

Rápidamente, tras deshacerse de infantes más con poderosas mordidas y golpes de zarpa, la pantera cargó sin previo aviso contra la mujer de orejas en punta, agachando su cabeza para intentar pasar por debajo de ella y alzándose cuando más o menos esta estaba por la mitad. Ahora Astarthe tenía una curiosa montura que podría servirle para recorrer un buen tramo con una velocidad aceptable. El recorrido era tranquilo de no ser por el hecho de que estaba rodeada de enormes árboles que emanaban magia y maldad hubiera sido perfecto para detenerse. Los lamentos de los chiquillos muertos todavía se escuchaban a sus espaldas, y los escucharía por algún tiempo más, se convertirían en su pesadilla más recurrente, al igual que el bosque o el rostro de la “joven” bruja. Tras un rato de cabalgar sobre la pantera esta bajaría a la elfa cerca de un río poco profundo que con suerte cubría sus talones o por completo la planta de los pies de la pantera. Las piedras del fondo estaban todas mezcladas, pero por suerte no era esa la que se veía. En la otra orilla, a unos cinco metros, había un enorme círculo de piedra en el centro, de más o menos treinta centímetros de grosor y al que se le notaban cosas grabadas en relieve.

Si se acercaba vería una estrella de cinco puntas grabada sobre esta. Estaba hecha en relieve y con una delicadeza excepcional, rodeada de runas que tenían manchas de sangre seca. Lo que ahora piasava Astarthea no eran hojas, era la piel seca de cuantos allí habían sido sacrificados en tributo a un dios oscuro al cual Liliana adoraba. Algunos dedos reposaba muy pegados a la piedra, al igual que los corazones ya secos hace años de niños que hoy día serían padres de familia, agricultores, trabajadores o incluso algún soldado o herrero, pero en lugar de eso, eran fantasmas cuyos huesos descansaban dentro de la roca. En mitad de la noche aquello brillaba con un imponente tono rojizo, y entre las runas de carácter élfico podría distinguir una frase, otro verso que estaba recién escrito, con sangre fresca de otro muerto, un espíritu más que se sumaba a la larga lista de los que ahora perseguían a Astarthea:

Ahora que la piedra has hallado y que sus almas has encontrado,
Es momento de que el mal se vea purificado.

Cinco puntas, cinco almas en pena que piden ser salvadas.


Y sin nada más la escritura se apagaría, el sonido se callaría y la pantera se acercaría a la piedra, poniendo sus dos patas delanteras sobre ella y haciendo que la sangre saliera de su boca para dar contra la roca. En ese momento brillaría con fuerza y un haz de luz se tragaría a Astarthea. Al rato despertaría dentro de una casa, en un sótano donde todavía no había nadie, el sótano estaba muy desordenado, hecho un caos, oscuro y del cual rezumaba un olor a sangre insoportable. Pese a la oscuridad la visión era aceptable, como la de un gato, las manchas en las paredes eran de sangre seca, pequeñas manos que se habían desgastado las uñas arañando las paredes tratando de salir. En el centro de la sala había una piedra larga y pegada al suelo, en ella varios grilletes que pronto vería la elfa para que servían, puesto que unos gritos se escuchaban por las escaleras, gritos y gritos de puro dolor, el llanto de unos niños y una risa maléfica que resonaría por toda la casa, haciendo eco en las paredes del estrecho sótano, una risa muy conocida por Astarthea, la risa de Liliana.


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Re: El cazador cazado

Mensaje por Astarthea el Jue Sep 22, 2011 7:30 pm

No pude más que abrir los ojos de par en par, sorprendida en parte y aterrada en mayor grado. Lo que sucedió una vez conjuré mi campo magnético quedaba fuera del alcance de ninguna palabra que pudiese describir aquello.

Los niños, antes simples seres etéreos, cuyo cuerpo era una simple forma vaporosa que a veces daba la sensación de que el viento se llevaría consigo, ahora estaban cambiando.
Lo que antes fuesen cuerpos intangibles, algo que tocar era imposible, estaba tornando a cuerpos de carne y hueso. Aquella carne y aquellos huesos que una vez perdiesen, estaban volviendo a la vida que una vez le arrebatasen.

Serían segundos lo que pasó, o quizá minutos, aún no estoy del todo segura. Pero tras mi conjuro, la pantera se deshizo a base de mordiscos y zarpazos de aquellas almas en pena que ahora eran corpóreas.
Aquello realmente era una pesadilla, ahora tener a aquella otra dentro mi mente, que me hablase, incluso que me torturase mentalmente para salir a la luz y llevarme a mí dentro, no me parecía tan malo como estar viviendo aquello.

Sin esperarlo, y mientras me dejaba llevar por mis pensamientos, sentí como la pantera cargaba sobre mí, metiéndose entre mis piernas, alzándose después y convirtiéndome en su jinete.
Había visto cosas extrañas, pero usar a una pantera como montura era otra más, y hasta aquel momento, la más extraña de todas.
Sí, ni ver a decenas de niños convertidos en fantasmas intentando arrancarme del mundo de los vivos para llevarme al de los muertos, me parecía tan raro como eso. Extraño, pero en aquel momento era lo que pensaba.

Una vez me cargó comenzó una rápida galopada, supuse que fueron mis palabras lo que le llevó a hacer aquello, pues parecía que íbamos directos al centro del bosque.
Tras no mucho tiempo cabalgando sobre la pantera y oyendo tras de mi aún los gritos y lamentos de aquellos niños, llegamos hasta un río poco profundo. Al otro lado de éste parecía haber un montículo de piedras que llamó mi atención.
Descabalgué, por decirlo así, de la pantera y crucé el río hasta la otra orilla, acercándome al montículo de piedras. Fue entonces cuando las palabras susurradas por el viento comenzaron a cobrar sentido: “...enterrados bajo la roca de cinco puntas...” Pues sobre una de las rocas había dibujada una estrella de cinco puntas. Pasé las yemas de mis dedos sobre éstas, antes de darme cuenta de que estaba rodeada de sangre seca, momento en el que retiré mi mano rápidamente. Miré entonces a mi alrededor, todo aquello estaba manchado de sangre, realmente parecía un altar de sacrificios. Maldita mente enferma quien hizo aquello.

Un extraño brillo de color rojo emanaba de aquellas rocas, brillo que me permitió distinguir una frase pintada en ellas. Parecía estar escrita en idioma élfico, lo sabía gracias a mi madre, antes de morir trató de enseñarme su idioma, y en aquel momento le dí las gracias en silencio, mientras una solitaria lágrima recorría mi mejilla al recordarla.
Al pasar las yemas de mis dedos por aquella inscripción, la noté húmeda, como si estuviese escrita con sangre y fresca además.

-¡Por Elhías! Alguien estuvo aquí hace poco. ¿Qué clase de loco hizo esto?- exclamé antes de tratar de leer la frase, la cual me llevó un poco de tiempo traducir a mi propio idioma. - “Ahora que la piedra has hallado y que sus almas has encontrado, Es momento de que el mal se vea purificado. Cinco puntas, cinco almas en pena que piden ser salvadas.” - recité en voz alta observando cómo la inscripción perdía su brillo, cómo todo a mi alrededor parecía fundirse en un eterno silencio mientras la pantera se acercaba a las piedras y, tras colocar sus patas delanteras sobre ellas, comenzó a emanar sangre de su propia boca. Aquella situación se estaba poniendo seria y cada vez era más difícil de soportar. Mi yo interior gritaba, pataleaba, me golpeaba la mente tratando de salir, y yo quería entrar, de verdad que sí...pero...pero...¡no! Yo podía...

De repente un haz de una brillante luz lo inundó todo, cegándome y obligándome a cerrar los ojos. Para cuando los abrí ya no estaba en el bosque ni junto a las piedras. A mi alrededor cuatro muros me mantenían encerrada dentro de algún extraño lugar. Más que extraño, era tétrico y sombrío. Un intenso olor a sangre seca y en descomposición azotaba mi nariz. A pesar de la penumbra, pude distinguir en las paredes marcas de aquella misma sangre, arañazos, como si alguien hubiese luchado hasta su último aliento de vida por salir de allí. Caminé hacia atrás hasta dar con una pared, sin importarme ya qué hubiese en aquellas paredes, sin importarme lo más mínimo que me manchase de aquella sangre que no era mía....y tampoco quería saber de quién era.
En el centro de aquella estancia vi unos grilletes....fue todo lo que pude ver hasta ese momento, pues mi mirada se posó en las escaleras que había frente a mí al oír una risa malévola en el piso superior y que parecía acercarse, una risa mezclada con gritos y lamentos de puro terror. Paseé mi mirada por el lugar, buscando dónde esconderme...el hueco de la escalera. Rápidamente corrí hacia allí, ocultándome en la oscuridad de detrás de ésta.


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Re: El cazador cazado

Mensaje por Hirlin el Jue Sep 22, 2011 9:41 pm

Cada segundo la estancia parecía cargarse más de maldad, a cada paso que daba la figura que descendía hacia el sótano el ruido de sus botas al repicar contra la piedra enchapada en madera era algo que haría saltar el corazón del más valiente. Por la fuga de luz apareció una mujer alta y esbelta, de pocas ropas, ceñidas las que llevaba, un sujetador con un amplio escote y unas bragas de cuero que dejaban poco a la imaginación por detrás. Piel tersa y fina y cabello de color blanquecino que caía hasta la mitad de su espalda, sin recoger, en una amplía cascada nívea que parecía no tener fin, como sus piernas, sensuales y que mostraba sin ningún tapujo pese a la presencia de dos menores. Una niña de no más de cinco años y un chico de diez. Este último portaba la espalda marca don sangre, una marca que sería fácilmente reconocible para Asterthea, aquel triángulo encerrado de un círculo perfecto, pero no es que estuviera hecho con sangre, sino que se había esculpido en su piel y ahora la sangre brotaba formando ese tatuaje al secarse. La infanta no estaba ensangrentada ni dañada, mas si asustada, consumida por el miedo mientras escuchaba los gritos de su hermano, gritos de terror. Una frase que el niño repetía una y otra vez era: “¡No quiero que me mate la bruja! ¡Se llevará mi alma!” una frase que para la semielfa ya sería difícil de olvidar, aquella voz tan tierna, desgarrada por el pánico y el dolor. Los gritos, por suerte o por desgracia, no duraron mucho, pues pronto la elfa los silenció con un desgarrador tortazo con el cual sesgó la piel de la cara del chiquillo con sus largas uñas.

Ordenó a la niña colocarse en un rincón y a su pobre hermano lo colocó en la mesa ensangrentada y con grilletes mientras el niño se revolvía, una escena que parecía sacada de un cuento de terror era lo que ahora tenía la muchacha de orejas picudas delante. La bruja despojó sin tapujos ni prejuicios de su ropa al niño y lentamente lo cubrió de sangre de venado, recorriendo su cuerpo sólo con un par de dedos amputados de otro niño para darle mayor temor, pero también porque era la naturaleza del rito profano que tenía pensado comete Liliana. Lentamente la sangre se deslizó por encima de la piel morena del joven mientras la chiquilla sollozaba en la esquina, semidesnuda y con los puños apretados hasta el punto de que le sangraran las palmas de las manos, no mostraba piedad aquella bruja a la que casi ayudan a escapar, y mucho menos con el varón, al cual todavía bañaba en sangre con los dedos de sus compañeros: “Cinco almas debes salvar para su pasado encerrar” dijo una voz en el aire que sólo la mujer que no pertenecía a ese tiempo pudo escuchar. Mientras tanto la bruja se armaba con su daga ritual, con la cual comenzaba a trazar pequeños cortes en las manos extendidas del mozo, los gritos cada vez eran peores, el llanto, las súplicas y los chillidos de su hermana al oír gritar a su hermano, pero esa era la mejor parte para la sacerdotisa del mal, la parte en que los niños gritaban, sus voces se quebraban y la sangre salía de sus finas pieles, más que nada de la del varón. Debería Astarthea salvar a cinco almas de cinco varones en cinco momentos diferentes, y este sería uno: -Ayúdame… - repitió de nuevo esa melancólica voz en el viento, provenía de la boca del casi enloquecido chiquillo, cuya cordura se veía cada vez más mermada por el rito oscuro practicado. La risa malvada de Liliana sesgaba el aire combinándose de manera atroz con los llantos de la más pequeña y los gritos del mayor, la voz repetía una y otra vez la misma palabra.

Sobre la mesa que Liliana tenía a sus espaldas había varias cosas, un martillo para moler huesos de gente viva, una espada corta que usaba la mujer para defenderse y algunos aparatos de lo más variados, desde un bisturí para cortar en finas tiras la piel de los pequeños y hacer cosas con su cuero sin curtir hasta juguetes nada infantiles, palos alargados y una pera de afrodita cuya función no era precisamente la de dar placer. Estaba claro lo que Astarthea debería hacer, mas el tiempo apremiaba, la daga subía ya por cima de la cabeza de la paladina del dios negro mientras los gritos del niño se volvían atroces por el miedo y su hermana lloraba con los oídos tapados en un rincón, arrodillada por el temor y gritando para intentar no escuchar eso gritos que durante años la perseguirían a menos que la viajera del tiempo lograra impedir aquello.


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Re: El cazador cazado

Mensaje por Astarthea el Sáb Sep 24, 2011 6:37 pm

Oí los pasos cada vez más cercanos, aquel típico sonido del crujir de la madera cuando alguien bajaba una escalera. Aquel sonido hueco con cada peldaño que descendía. Me oculté aún más en la oscuridad de la escalera, pegándome tanto como me era posible a la pared, tratando de no ser vista. No sabía donde estaba, no sabía quién bajaba por aquella escalera y aún menos sabía las intenciones que tenía. De lo que sí estaba segura, era de que aquel lugar estaba cargado de un extraño halo de maldad, lo sentía. Me presionaba el pecho como una gran maza de hierro, el corazón me latía de tal manera que me daba la sensación de que se me iba a salir por la boca, por muy mal que suene.

No sabía si realmente era capaz de ver ese halo de maldad, o simplemente era el temor a lo que iba a ocurrir o quizá el shock por todo lo que había visto y me había ocurrido. O quizá todo a la vez. A fin de cuentas, estaba viviendo una pesadilla y no estaba dormida, ojalá lo estuviese. Deseé con todas mis fuerzas estar dormida mientras las imágenes de aquella pesadilla se sucedían en mi mente, estar en mi cama siendo arropada por mi madre mientras ella me susurraba tranquilizadoras palabras al oído.
Moví la cabeza a uno y otro lado, lentamente, deshaciéndome de aquellos pensamientos, pensar en eso era soñar...ella no estaba y yo tampoco estaba dormida, estaba muy despierta y...las piernas me temblaban, apenas me sostenían por el temor que sentía en aquel momento.

Para cuando fui capaz de mirar, pude ver a una mujer, de largas piernas y cuerpo esbelto, además de con muy poca ropa, para mi gusto. Llevaba a dos chiquillos cogidos en cada mano, casi arrastrándolos. Un niño y una niña que gritaban y pataleaban, desconsolados. Aquellos gritos de terror, más aún de los que ya había oído antes de llegar allí, que me perseguirían hasta el día de mi muerte, imposible olvidarlos.
De pronto los gritos se acallaron dejando paso a un simple murmullo desolador tras el sonido de una bofetada que incluso yo creí sentir. Debí colocarme ambas manos en los labios para acallar mis propios lamentos, mis propios sollozos y mi propio grito, que batallaba por salir de mi garganta tras ver todo lo que la mujer trataba de hacer a aquel niño, sobre todo a aquel niño.

A la niña simplemente la empujó hacia un rincón, ordenándola que se quedase alli, mientras al crío lo ató en el centro de aquel sótano tumbándolo en el extraño altar con grilletes que hacía un momento había visto, antes de esconderme.
Lo despojó de sus ropas sin ningún tipo de miramientos y jugó con él, lo embadurnó en sangre de a saber qué o quién, torturándolo física y mentalmente. Un intenso escalofrío me recorrió de pies a cabeza cuando vi lo que aquella loca quería hacerle al niño, alzó lentamente una daga. ¡Por Elhías! Iba a arrebatar la vida a un niño indefenso, un niño que aún tenía toda la vida por delante.

Rápidamente paseé mi mirada por el lugar, tenía que hacer algo, ¿cómo podía estarme quieta y vivir con la conciencia tranquila durante toda mi vida? Las pesadillas oyendo los gritos y lamentos de aquellas almas en pena ya era suficiente tortura para el resto de lo que me quedase por vivir, no quería cargar en mi conciencia con algo más, no quería otra pesadilla más que revivir cada noche del resto de mis días.
Los gritos de la niña, en aquel sombrío rincón me ensordecían, entre los gritos de ella y los de aquel niño que estaba siendo cruelmente torturado creí oír su voz, la voz de aquel pobre niño, una sola palabra, me pedía ayuda, quería que le ayudase, pero cómo.
Volví a recorrer el lugar con mi mirada, rápidamente y obligando a mi mente a trabajar a toda prisa. Mi mirada se posó en un solo rincón, muchos, muchísimos útiles para tortura, a la espalda de la mujer. ¿para qué otra cosa si no iban a servirle a aquella psicópata? Miré alternativamente la mesa a la espalda de ésta y a ella, dioses...era ella...la bruja que había intentado salvar.

Si ya antes, con aquella presión de temor en mi pecho, me costaba respirar, ahora sentía que me mareaba y que el aire se negaba a llegar a mis pulmones. Cómo pude pensar siquiera en ayudarla, ella era la culpable de que todas aquellas almas en pena vagasen lamentándose por aquel bosque. Ella era la culpable de tanta sangre derramada.
Revisé los útiles que tenía en aquella mesa, algo tendría que servirme para algo, tenía que ayudar a aquel niño y a su hermana.
Enumeré mentalmente lo que allí encima había, tratando de pensar un uso para ellos que me sirviese para deshacerme de aquella mujer. Una pequeña maza, más bien un martillo...podría servir, pero mi idea no era la de acercarme demasiado, al menos aún no, primero tenía que distraerla. Una espada corta...podría servirme sí...pero antes tenía que llamar su atención. El resto de los objetos no me valdrían de mucho..salvo...

Tal y como hiciese antes, hacía ya un rato, cerré los ojos para concentrarme en mis poderes. Alargué la mano en dirección a la mesa, en la zona donde reposaban los pequeños útiles como el bisturí y la pera de afrodita, era pequeñas cosas que me servirían para hacer ruido y distraerla el tiempo justo como para lanzarme a por la espada corta y usarla contra ella.
Así pues, imaginé que aquellos pequeños útiles se movían, no estaba haciendo otra cosa que usar mi don de la magnetokinesis, otra vez, si conseguía atraer aquellos objetos hacia mí, los tiraría de la mesa y haría el suficiente ruido con ellos como para que la bruja pensase que se habían caído, con suerte se agacharía a recogerlos y yo podría lanzarme siguiendo mi plan: Bruja distraída, yo me lanzaba a por la espada corta y la usaba contra ella.


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Re: El cazador cazado

Mensaje por Hirlin el Mar Sep 27, 2011 8:30 pm

La daga bajaba a toda velocidad mientras que el chico ya daba por asumida su muerte, repitiendo de nuevo su callada súplica hacia la mujer que no pertenecía a ese tiempo y la niña gritaba al tiempo que Liliana, la bruja, reía como una loca desquiciada, lo que era en esos instantes. Fue casi un milagro que instantes antes de que la hoja forjada con innumerables curvas se detuviera la sacerdotisa al oír un ruido de metal golpeando el suelo. Por un momento se giró alertada, pero la imagen de su pantera la tranquilizó – Gata del demonio. – dijo para sí mientras volvía a lo suyo, aunque lo que ella no sabía es que esa “gata” no pertenecía ni al tiempo ni al lugar en el que estaban, sino que era ella misma encerrada en su pantera, haciendo uso de la magia que su oscuro dios le daba para salvar a unos niños inocentes, algo totalmente contrario a su religión, un acto de redención. Astarthea entonces saltó como una fiera sobre su presa, tomando la espada corta y recta que había sobre la mesa y acuchillando con su mano inexperta la espalda de la mujer. Un grito, otro y finalmente nada, silencio ante el frío acero hundiéndose en la fría piel de la elfa, traspasando capa tras capa para llegar a la tibia sangre y el hirviente corazón que la bombeaba. Muerta. Al fin una de las cinco almas había sido salvada. Tanto el chico como la niña desaparecieron como lo haría un castillo de arena en un día de viento, arrastrados por una brisa agradable que también alcanzaría a rozar las húmedas mejillas de la humana con sangre elfina mientras la oscura paladina yacía en el suelo esputando todavía la sangre corrupta por su boca: -Gracias… - se escucharía en el aire, una especie de susurro que llegaría a los oídos de Astarthea al mismo tiempo que esta se veía de nuevo teletransportada a otro tiempo y otro lugar, el suyo. De nuevo estaba junto a aquella misteriosa piedra con forma de estrella de cinco puntas, la pantera yacía tumbada a su lado, la sangre todavía brotaba del negro felino de ojos dorados, pero no de manera abrupta como en la visión anterior, sino de una manera lenta, como la de una herida recién abierta y no demasiado dolorosa.

De la roca salió una calavera de color verde fosforescente, sus ojos brillaban en un tono azul cielo que pronto se apagó al mismo tiempo que la calavera estallaba en mil pedazos de fuerza mágica que se dispersó por el ambiente calmando la fatiga y curando los males de Astarthea –Una de cinco, quedan cuatro más. – añadió una voz femenina conocida para la mujer, la misma voz de la bruja. De nuevo el felino se puso en pie y de nuevo vertió su sangre en el altar negro, donde la gota recién vertida se mezcló con la anterior formando un trazo perfecto entre ambos puntos, como si hubiera derramado mucha más sangre. Un nuevo desmayo y un nuevo escenario para la pobre mujer de orejas en punta que ya tan maltratada había sido, pero ahora no le quedaba otra, debía salvar cuatro almas más. Así pues, Astarthea reapareció de nuevo en un lugar diferente al que había estado la primera vez; ahora se encontraba en los lindes del bosque, desde donde se veía a través delas coníferas y los pinos nevados el pueblo de Blair en la época invernal. Los techos en pico cubiertos de nieve, cambiando su habitual color rojo teja por un blanco uniforme en todo el pueblo. El hielo hacía de las suyas formando carámbanos a partir de las gotas de lluvia que quedaban en los tejados durante la noche, el alto campanario del pueblo no hacía sonar sus campanas pese a que era ya casi de noche, pues bien podría producirse un alud de las montañas vecinas que sepultara el pueblo para siempre. Por sus calles las capas de hielo formadas en el suelo hacían que caminar fuera un divertido juego para los más pequeños y toda una odisea para los más ancianos que se apoyaban en callados o varas para caminar. No tardó en caer la noche, y rápidamente todos los niño corrieron a sus casas, al amparo del fuego y de sus madres tras un día de mejillas rosadas en la nieve, golpes con las bolas de nieve y deslizamientos por las empinadas colinas que rodeaban el pueblo, ya bastaba de diversión para los más pequeños que ya habían de acostar pues sino la bruja les cogería ¿Qué truco más viejo de los padres para dormir a sus hijos, no? Pues en este lugar no era un simple engaño a los menores, y es que ciertamente, durante las noches del crudo invierno en las que el viento del norte soplaba arrastrando con él el aullido del lobo hambriento una figura esbelta se veía caminar por las calles del pueblo. Envuelta en una raída capa negra y apoyada en un siniestro bastón, de cabellos blancos como la nieve y ojos rojos como la sangre en la que agradaba de bañarse, era ella de nuevo. Se contaba por aquellas tierras que a los niños que no se habían guarnecido de la oscura cúpula celestial a la caída del sol se los llevaba a su casa, donde los violaba y luego mataba, entre lamentos y llantos contra los que todos hacían oídos sordos para no tener que encarar a la maldita. Las niñas muchas veces lograban regresar, aunque si inocencia les había sido arrebatada de cualquier modo.

Y no sería mentira aquella leyenda, que una vez caída la noche, justo por el risco que estaba enfrente del de la mujer de sangre Silvana, bajaría esa ya descrita figura de canosos cabellos y ostentosa figura cubierta con ropa estival pese al clima de helado del lugar. Se apoyaba en una vara de madera más alta que ella, rematada con un poderoso cristal con ojos que brillaban del mismo color que los de ella, rojo intenso, como la sangre que se derrama sobre la nieve. Había en ese momento una pareja de gemelos que no había logrado llegar a su casa, pues uno había quedado semiatrapado por la nieve, y en el cejo de no dejarlo tirado como una colilla, su hermano idéntico gritaba como quien es acuchillado por ayuda, mas nadie salía de su hogar, algunos por el frio, aunque la gran mayoría estaban atemorizados por el rítmico “Toc” que producía el cayado mágico de la oscura mujer con cuerpo de deseo al caminar sobre la fría nieve en la que todos deseaban verla perecer. Dicha figura se encaminó hacia los niños, que ya gritaban desesperados, y alzando su cristal trató de sumirlos en un profundo sueño, pero el miedo era mayor, les impedía caer en el letargo que desencadenaría su rapto y tras esto su inevitable muerte por su condición de varones. Era ahora o nunca, Astarthea podía aprovechar que la sacerdotisa estaba distraída con su hechizo para de algún modo acabar con ella, puede que desviando el flujo de su magia, o puede que incluso volviendo su maldito hechizo en su propia contra, no hay forma de saberlo, lo que es seguro, es que aquello le ayudaría mucho a la mujer de sangre élfica.


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Re: El cazador cazado

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