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El cazador cazado

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Re: El cazador cazado

Mensaje por Astarthea el Dom Oct 09, 2011 6:57 pm

Mi plan funcionó incluso mejor de lo que me esperaba. Usé mi don para hacer que de la mesa que había tras la bruja cayesen algunas cosas haciendo algún ruido para alertarla. En aquel momento me decidí y me lancé contra ella, cogiendo la espada corta que descansaba también encima de aquella mesita y empuñándola con fuerza. Nunca me creí capaz de algo así, yo nunca llevaba armas, ni tampoco sabía usarlas, nunca me llamó la atención ni necesité aprender a empuñar un arma, fuera cual fuese.
Pero lo hice, lo hice y funcionó. Clavé la espada corta apenas sin mirar en el cuerpo de la bruja, la espalda más concretamente. Después, durante unos segundos, miré a la elfa sin poder creer aún lo que había hecho, sorprendida como nunca al ver que mi puñalada le estaba causando la muerte. Supongo que fue la fortuna, o quizá el azar, pero lo hice. No pasó mucho hasta que oí de nuevo la voz de aquel niño que descansaba, muerto de miedo, en el altar en el centro de aquel sombrío sótano dándome las gracias por haberle salvado mientras aquella escena, más propia de un macabro teatro que de la realidad, se desvanecía en el aire encontrándome de nuevo frente a las piedras en forma de estrella de cinco puntas.

Realmente no sabía qué estaba sucediendo, aunque la frase que hacía un momento había leído lo dejaba bien claro: Cinco almas...Claro, había salvado a un niño, lo cual debería significar que me quedaban cuatro niños mas. Tenía que hacer eso cuatro malditas veces más, no sabía si sería capaz, aunque...aquello de ver a un niño en peligro, ser torturado de aquella horrible manera cuando no había hecho nada para merecerlo, parecía sacar de mi interior esa parte protectora de mí.
De repente, una calavera con un brillante color verdoso se alzó desde la roca desapareciendo después tras una ligera explosión, momento en el que oí la voz de Liliana, la bruja que quise ayudar creyendo que era inocente de cuantos delitos se le imputaban: “Una de cinco, quedan cuatro mas” Ya, justo lo que imaginaba, cuatro niños mas.

No tuve tiempo de pensar mucho más, de nuevo una luz cegadora invadió mi alrededor, transportándome ahora a un escenario nevado, propio del más puro invierno. No tenía la menor idea de a dónde me llevaban aquellas luces cuando la pantera vertía sangre desde su boca hasta las piedra, pero teniendo en cuenta que por muy bruja que fuese no podía viajar a esa velocidad y que ya la había matado una vez, aquello debían ser como sueños, o visiones de algún otro tiempo.
Caminé lentamente, la nieve no me permitía acelerar mucho el paso, acercándome a un pueblo que podía ver a lo lejos. Oí unos gritos de auxilio, pero no eran como los gritos de los niños de la anterior visión, eran diferentes, estos gritos no estaban cargados de terror y agonía. Me guié por los gritos cuando continué caminando, pero algo me detuvo. Apenas me quedaban un par de metros para alcanzar a los niños, cuando vi la escena que volvería a ponerme los vellos de punta.

Apareció Liliana de nuevo, caminando directa y sin detener su paso hacia una pareja de gemelos, que eran aquellos que gritaban pidiendo auxilio. Al parecer uno de ellos había quedado casi enterrado en la nieve. No parecían tener escapatoria, pero si lo que yo tenía que hacer era matar a Liliana de nuevo, no podía tardar mucho, ésta ya parecía tener en mente su primer movimiento, pues parecía estar sumida en el intento de conjurar algo contra los niños.
Miré rauda a mi alrededor, esta vez no parecía haber nada que pudiese usar contra ella como había pasado antes. No había armas, no había nada...ramas..pero romper una rama de aquellos árboles me llevaría demasiado tiempo. Moví la cabeza a uno y otro lado apretando con fuerza los ojos, no podía suceder así, tenía que hacer algo, pero lanzarme tal y como estaba, desarmada, hacia la bruja era todo un suicidio.
Al mover mi cabeza, mi rosario golpeó mi piel suavemente una y otra vez...¡¡¡Mi rosario!!! Lo descolgué de mi cuello y lo apreté con fuerza tomándolo con ambas manos, una mano en cada punta de él. Sin pensarlo más me lancé hacia la bruja por la espalda, cayendo sobre ella con la intención de inmovilizarla, seguidamente coloqué mi rosario a modo de cuerda alrededor de su cuello y apreté tanto como mis fuerzas me permitieron. Liliana se retorcía bajo mi peso, pataleaba provocando que más de una vez casi perdiese el equilibrio, pero tan sólo el hecho de echar una rápida mirada a los gemelos atrapados e indefensos parecía darme fuerzas para apretar mi rosario de diamantes alrededor del cuello de la bruja.
Poco a poco Liliana pareció moverse mas despacio, pareció luchar menos por su vida mientras yo estaba aún sentada sobre su baja espalda y apretaba aún el rosario. Por fin, se mantuvo quieta, aunque yo no solté aún mi improvisada cuerda, tenía que asegurarme de que estaba muerta....no se movía...un truco...podría serlo, pero llevaba demasiado sin moverse. Lentamente y con cautela solté el rosario y volví a colgarlo de mi cuello, tomando después uno de los brazos estirados sobre la nieve de la bruja. Lo alcé un poco y lo dejé caer...estaba muerta...


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Re: El cazador cazado

Mensaje por Hirlin el Lun Oct 10, 2011 8:48 pm

Con la rapidez que caracteriza al rayo y su señor, Thor, la mujer se arrojó como uno de estos lo haría sobre un pobre árbol indefenso. Cierto era que su arma no era la mejor, y que su determinación para acabar con la bruja no era la mejor, pues si bien la sangre dela hechicera era tan fría como la nieve la de la mujer de rasgos elfinos pero genes humanos no era más bien tibia como las termas. Aun así no tardó demasiado en perecer la hechicera bajo la asfixia que la acosaba. No había sido sólo el sorpresivo ataque de la otra fémina lo que la había llevado a esos límites de debilidad, sino la revuelta de su propia esencia contra ella a perder el control del conjuro con el cual trataba de dormir a los niños, ahora ese mismo sueño y morriña se estaba volviendo en su contra, adormeciéndola como niña de cuna y sumiéndola en un sueño del que jamás despertaría acabado el aire. En pocos minutos Astarthea ya sólo comprobaría lo certero de la muerte de dicha hechicera para luego ver como ambos hermanos idénticos desaparecían con el soplo del viento y el aullido del lobo desde el norte. El frío invernal del lugar era cada vez menos real, golpeando ya sólo sus mejillas como uno par de labios por cada lado, labios agradables y tibios como sólo unos infantes pueden tener. En efecto, un par de besos en sus pómulos sonrosados a causa del frío y dos susurros al oído: -Muchas gracias. – tras esto reaparecería de nuevo sobre la hierba cercana al río. Ahora lloviznaba débilmente dejando que a arcilla de las cuencas se deformara con el tacto de sus manos, pero pese a las finas gotas que repiqueteaban en la piedra la sangre no parecía verse afectada por estas, recorriendo de nuevo la gota de la pantera el camino hacia otros dos puntos paralelos en horizontal. Ambos extremos del pentágono. Quedaban ya sólo tres almas, pero sería tal vez ésta la mayor hazaña hasta el momento. Como ya se había hecho costumbre la felina se acercó hasta negra roca y fue a derramar su sangre una vez más, golpeando esta una nueva punta del pentagrama y dejado bien definido su lugar. De nuevo el cuerpo de la hechicera mental se sentiría ligero, como liberado de las ataduras mortales, y mientras este yacía tumbado en el cielo su mente viajaba en una experiencia extrasensorial hasta un lugar no muy lejano de allí. El cementerio de Blair, donde todo empezó una cálida tarde de verano.

El viento soplaba entre las lápidas y los nichos ululando como un lobo hambriento. Eran mediados de agosto, y el sol golpeaba con fuerza los párpados de la mujer forzándola a abrirlos. Los sonoros pasos de alguien de gente desconocida la llevarían a ocultarse tras una de las muchas lápidas, todas ellas altas pues en la losa de gris piedra se relataban a veces los hechos de la vida de las personas. Una vez se ocultara, apenas pasados unos instantes, aparecerían por la zona un par de niñas sonrientes, tomadas de la mano como inseparables amigas y vestidas del blanco más puro con finas telas de algodón y gasa. La de la derecha tenía el cabello largo, hasta la cintura prácticamente. Sus finos rasgos faciales y unos ojos completamente inocentes parecían denotar que no era precisamente muy mayor, seguramente unos ocho años. Con las mejillas sonrosadas del calor y las orejas ocultas bajo el manto dorado de su pelo. Una perlada sonrisa coronaba su rostro como una tiara a una reina o una princesa, dejando ver las perlas de sal que eran sus dientes junto con una lengua pequeña que los repasaba de vez en cuando. Su cuerpo aun estaba por desarrollar, y bajo el vestido de gasa blanca se podía apreciar la falta de ceñidor, pero también la falta de pechos al igual de cualquier otra curva. Muy diferente a su amiga de cabello albino y picuda orejas, sus ojos eran rojos como la sangre y sus rasgos tan afilados como los de un elfo. También de perlada sonrisa y sonrosadas mejillas en las cuales se podían ver los hoyuelos clásicos de los niños pequeños. Su cuerpo, que si bien estaba más desarrollado que el de su amiga de similar edad, estaba bastante acorde con su cara, dejando apenas ver una leve curva en el pecho y las caderas de además de un andar algo más sinuoso aunque no erótico, pues los niños carecen de sentido del erotismo, y son los adultos quienes en ellos ven sus más oscuras fantasías, adultos como por ejemplo un drow que había seguido a ambas infantes hasta el cementerio, donde las dos iban a dejar un par de ramos de bellas rosas blancas a una tumba con forma de un ángel con las alas desplegadas. Esa tumba se podía observar desde cualquier ángulo que hubiera tomado Astarthea, pues tenía las cuatro caras grabadas con inscripciones en élfico que no eran otra cosa sino cánticos fúnebres a la que en vida sería una de las mejores clérigas del antiguo Blair.

Mientras la segunda niña, la de rasgos más afilados por su condición elfina, se arrodillaba ante la figura angelical para dedicar una plegaria por ese alma a los dioses la otra depositaba las flores, pero ninguna de las pequeñas mujercitas esperaba el asaltado de un encapuchado del piel oscura que con una sangre tan fría como la de una serpiente y un comportamiento igual de rastrero se arrojó sobre la florera y con el mango de una daga metálica la golpeó, cayendo al momento inocente. La segunda muchacha trató de gritar, mas no hubo ocasión antes de que el lascivo varón de raza oscura y orejas picudas la tomara por suya y se la tratara de llevar lejos. La niña, asustada como estaba, le propinó una patada tal en la entrepierna que por un momento lo dejó paralizado, un momento perfecto para moverse. Como si aquello fuera un función teatral todavía por resolver Astarthea debería interpretar ahora su papel y salvar a la mujer que tanto parecido guardaba con la bruja. Pues no era otra que su madre, a la cual el hombre pretendía violar para luego llevarse encinta a la jungla donde debería nacer la oscura sacerdotisa que como Zeus estaba destinada a acabar con la vida de su tirano padre. Pero de ella no surgiría un benevolente Dios, sino una acérrima seguidora del mal que en la mitad de vida de su progenitor causaría el doble de estragos, volviendo sin ella saberlo al mismo lugar donde fue engendrada. Era ahora o nunca, pues el furioso y oscuro elfo ya se recuperaba del dolor. Había varias piedras por el suelo, algunas incluso afiladas. Y una de las estatuas que decoraban el lugar era en homenaje a un guerrero valeroso que aun muerto sostenía su espada ¿Cómo se tomaría pues el difunto paladín que tomaran su espada para salvar, no una, sino cientos de vidas? Sólo la mujer que ya dos veces había terminado con la bruja podía saberlo, pues ahora sin ella ser conocedora de esto, podía evitar el engendramiento de la señora maligna, aunque no por ello borraría su huella en el futuro ni tampoco la marca tan macabra que ya había hecho mella en la mentalista, aun así, tenía la ocasión de ayudar a muchas personas si era rápida de pensamientos y fría en sangre.


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Re: El cazador cazado

Mensaje por Astarthea el Lun Oct 10, 2011 10:05 pm

Al fin, acabé aflojando del todo el rosario que había usado para evitar que el aire llegase a los pulmones de la bruja. Tenía calor, a pesar del frío invernal del lugar, debido al esfuerzo que tuve que hacer para poder ahogarla. Aunque por alguna razón fue relativamente más fácil de lo que había pensado, por alguna razón que no llegué a saber nunca la bruja parecía no estar del todo bien, parecía adormecerse por momentos, cosa que me ayudó bastante en mi labor.
Cuando al fin noté que la bruja había dejado de respirar, para siempre, me dejé caer sobre la nieve, notando mi ropa humedecerse con ésta. Poco después sucedió exactamente lo mismo que en la otra visión, mi alrededor comenzó a desaparecer, a borrarse ante mis ojos mientras en mis mejillas, aún heladas por el frío invernal, notaba un par de cálidos besos y oía unas palabras susurradas agradeciéndome lo que había hecho.
De nuevo había salvado a otros niños. Era en ese momento cuando sentía una lucha interna, otra más, me sentía bien conmigo misma, orgullosa de mí al saber que había evitado que otros niños fuesen cruelmente torturados y que sus vidas fuesen segadas sin ningún tipo de compasión. Pero por otro lado, nunca me creí capaz de asesinar a sangre fría, y menos dos veces, a una persona, aunque ésta fuese la maldad en persona.

De nuevo me encontré frente a las piedras donde todo aquello había comenzado, de rodillas frente a las piedras en forma de estrella de cinco puntas. Ahora una fina lluvia me empapaba el cabello, provocando que éste se pegase a mi piel. Lo que antes fuese tierra seca comenzaba a convertirse en puro barro, lo que me manchaba el vestido de un horrible color marrón, incluso ya comenzaba a pesar, un vestido así mojado podía llegar a pesar demasiado.
Pero aún no había acabado, la pantera negra de nuevo hizo lo que había hecho las dos veces anteriores. Se acercó a las piedras y derramó su sangre en ellas, a partir de ahí, ya sabía exactamente lo que iba a suceder. Volvería a transportarme a otro lugar, quizá a otro tiempo, no lo sabía con certeza, pero sí sabía que fuera como fuese, estaba yendo de un lugar a otro sin siquiera moverme realmente de aquel lugar. Pacientemente esperé a que mi alrededor cambiase, a que la extraña magia que reinase en aquellas piedras me llevase a donde tuviese que ir ahora.

Esta vez fue un cementerio, con tan solo mirar a mi alrededor y estando la noche tan avanzada, sentía la piel de gallina, los vellos se me erizaron y un escalofrío me recorrió la espalda. Me encontré tras una lápida, la cual tenía una inscripción que me dispuse a leer cuando oí unas voces frente a mí. Me oculté agachándome y miré con cautela por encima de la lápida para ver a dos pequeñas niñas que caminaban sonrientes, a pesar del lugar donde se encontraban. Reían y cuchicheaban, caminaban alegres cogidas de la mano. Maravillosa niñez, pura inocencia. Las observé agazapada tras la lápida como lo haría un gato que se esconde de una escoba, se acercaban hacia una especie de estatua. Un enorme ángel con las alas abiertas. A pesar de la penumbra pude observar con relativo detalle a las niñas que lentamente y sin temor alguno se acercaban al ángel. Una parecía ser humana, con cuerpo de niña y rostro infantil. La otra tenía rasgos élficos, sus orejas picudas eran inconfundibles, y su cuerpo parecía estar un poco más desarrollado, aunque a ninguna de las dos les echaría más de diez o doce años. Dos niñas, simplemente.
Las dos veces anteriores habían sido varones, por lo que no entendía qué estaba haciendo allí realmente, aquellas niñas no parecían peligrosas de ninguna manera. La respuesta llegó antes de lo esperado. De entre las lápidas y oculto en las sombras que éstas proyectaban gracias a la tenue luz de la luna, apareció una figura. Observé más atenta la situación, la figura se acercó sin hacer apenas ruido a las niñas que, entretenidas y sin pensar quizá que pudiese sucederles algo, fueron atacadas sin más. La primera en caer fue la que parecía ser humana, la figura aún oculta la golpeó con la empuñadura de lo que parecía ser una daga, después tomó a la elfa y trató de llevársela con él. Para mi sorpresa, aquella niña parecía tener valentía por doquier, pues sin pensarlo siquiera le propinó una tremenda patada en las partes nobles del encapuchado. Dejándolo así un tanto confuso y desarmado por el dolor. Fue entonces cuando pensé que tenía que ayudarla de alguna manera, si antes no podía ver cómo torturaban a unos niños inocentes, lo que ese encapuchado le haría a la elfa aún menos podía permitirlo. Tal y como hiciese las dos veces anteriores, paseé mi mirada a mi alrededor, buscando algo con qué armarme para poder atacar sin estar expuesta del todo. Piedras, muchas piedras, pero si fallaba me vería en un serio problema y cuando acabase conmigo se llevaría consigo a la elfa, así que esa idea quedaba descartada.
Por fin, tras pasear mi mirada varias veces por el lugar, divisé otra estatua, esta vez parecía un paladín que incluso tenía una espada en su mano. Si me acercaba demasiado y si trataba de coger por mi mano la espada, el encapuchado me oiría y tampoco me habría servido de nada. No me quedaba otra que hacer uso de mis dones. Miré fijamente la espada, cerré los ojos por un momento e imaginé que el arma se movía empuñada por unas manos imaginarias cuyos brazos parecían estar hechos de humo, volví a abrir los ojos y la espada estaba suspendida en el aire, esperando otra orden más, moví mi mano ligeramente en el aire, como si tratase de golpear una mosca, hacia donde se encontraba en encapuchado. Seguidamente la espada voló, literalmente, hacia él, y lo haría mientras yo la mirase y no chocase contra nada, aunque mi idea no era que chocase con otra cosa que con el desalmado que trataba de secuestrar a aquella niña.

El arma no tardó demasiado en llegar a su destino, y mientras ésta se dirigía hacia él, yo, sin dejar de observarla para que no se rompiese el conjuro, me acercaba lentamente a donde se encontraban ambos. Una vez la espada se clavó en la espalda del encapuchado, me lancé hacia él y empuñé la espada, que con mi peso se clavó aún más en la espalda de éste mientras yo gritaba a la niña que corriese lejos, que cogiese como pudiera a su amiga y se fuesen muy lejos. El encapuchado aún podía hacer de las suyas, nada era una muerte segura hasta que dejaba de latirle el corazón, hasta que dejaba de respirar, hasta que caía inerte al suelo, y éste aún parecía moverse como lo haría la cola cortada de una lagartija.
Quedé un poco cansada, usar mis poderes aún me agotaba más de lo que yo quisiera, aunque poco a poco y cuanto más los usaba, dos veces en aquella situación, parecían hacerse más fuertes y agotarme menos. Por lo que si aún aquel encapuchado decidía y podía levantarse, podía defenderme aunque fuese un poco.



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Re: El cazador cazado

Mensaje por Hirlin el Lun Oct 10, 2011 11:15 pm

La acerada voló como si de una pluma movida por el cálido viento veraniego se tratara, sosteniéndose en el aire unos instantes antes de que esta se hendiera casi en su totalidad en la espalda del agresor y violador de piel oscura. No hubiera sido suficiente para detenerlo de no haberse sumado pronta y sorpresivamente el peso de la mujer de orejas en punta que como una leona sobre su presa se arrojó con una ferocidad idéntica a la de dicho animal. Aun no moría el hombre de piel oscura, con todas las fuerzas que la adrenalina le confería trataba de salvarse como podía de aquella metálica condena que poco a poco lo agotaba. Su sangre golpeaba el suelo y al mismo tiempo la blanca gasa del vestido de la niña que con una mezcla de horror y agradecimiento miró a la mujer, la cual en un acto de crueldad con el agresor giró la espada con fuerza dentro de este arrancándole así el que sería el último grito de su maldita vida. Su oscura semilla ya no germinaría dentro de la bella elfa que había logrado escapar, difuminándose como otras tantas veces ¿Qué iba a ocurrir ahora? Pronto, muy pronto lo sabría Astarthea, que agotada se dejaría caer sobre la hierba rozando con la mano una lápida. De nuevo la magia entraba en escena en aquella macabra representación teatral que parecía jugar con el tiempo y el espacio como un niño juega con sus títeres, manejándolos desde una altura que a los muñecos les parece inalcanzable. En ese momento todo se volvió negro… Tardaría mucho en despertar, y cuando lo hiciera primero aparecería en la mojada hierba del lugar, la cual todavía se humedecía con el agua del cielo rica en sales minerales para ya de por sí nutrida tierra de la rivera. La piedra negra cuyo círculo de sangre ya se había cerrado comenzó a brillar en un tono rojo intenso. Allí todavía se encontraba la enorme pantera que como una dócil gata doméstica más se acercó hasta la dama de húmedo vestido y le lamió la cara para luego difuminarse ¿Qué estaba pasando? ¿Había sido aquella pantera también un sueño? ¿Tal vez una pesadilla de la que ya iba a despertar? La negra roca se tornó carmesí intenso y como una bomba programada para estallar cuando se dieran las condiciones voló en mil pedacitos liberando una ola de poder rojo que lo cambiaría todo y nada a la vez. En el bosque mágico muchas cosas cambiarían en ese momento. Por ejemplo la casa de la bruja, la cual dejaría de existir al cambiar el pasado, también los crímenes que había cometido, pero por desgracia no cambiaría la muerte de la elfa a manos de cazadores, no porque fuera imposible, sino porque aquello que de tan sádica manera había acabado con ella no eran cazadores de brujas, sino saltadores de tiempo. Crueles criaturas que usando su amplio dominio de la magia que subyuga el tiempo ante su hechicero se dedicaban a ir a momentos y espacios diferentes, alimentándose de las pobres víctimas que encontraban en sus frenéticos y curiosos viajes que durante milenios darían que hablar, pero eso ya es otra historia.

Volviendo con nuestra martirizada protagonista. Ahora la escena sería grotescamente diferente, y aunque en su mente perduraran los recuerdos de la macabra aventura no estarían cometidos en la realidad. La bella semihumana despertaría a media mañana en una cama cómoda y amplia, casi como la suya. El tiempo fuera era un tanto grisáceo, amenazando con llover en cualquier momento, pero no hacía frío dentro de la cómoda casa de pueblo donde se encontraba, tumbada junto al hogar dado que la cama había sido llevaba allí. Lo primero que vería sería a las dos niñas que había salvado, rezando a los bordes de la cama por ella y por que se despertara -¡Está viva! ¡Mamá! ¡Está viva! – gritaría entonces la chica de cabellos albinos y ojos rojos como la sangre. La otra simplemente se lanzaría a por ella como toda niña al ver despertar a alguien muy querido de un sueño demasiado largo para el gusto de su infantil mente. El dolor punzante que sentiría no sería nada comparado con el calor del abrazo y luego el beso en la mejilla con tanta fuerza que dejaría marca: -Liliana, deja ya a la pobre, que le vas a hacer daño. – dijo una voz cálida y maternal proveniente de la mujer que en ese momento entraba por la puerta, también con cabellos blancos como la nieve. Largos hasta la cintura y con unos ojos rojos como la sangre, cualquiera hubiera dicho que era la bruja en uno de sus engaños para tomar posesión de dos almas más. Pero nada más lejos, era la madre de las dos niñas: Edruaïn y Liliana. La primera era a la cual Astarthea había salvado en una muestra de irrefrenable valor al atacar al drow con todas sus fuerzas, cierto era que había sido un ataque a traición ¿Pero acaso tú hubieras tenido valor a ir de frente? Y la otra, la del nombre que tanto pavor debía producirle a la mujer, era la hermana menor y la tía de la que en otro tiempo sería la temida bruja de Blair, la cual ahora jamás existiría al no haber violación por parte de Drow ¿Por qué llevaba el nombre de la hermana de su madre? Porque esta, en el único segundo que había tenido para ver a su hija antes de ser cruelmente asesinada, la había bendecido con el nombre de su ser más amado; Su hermana, en un intento porque ella sí mantuviera la pureza. A los pies de la cama subiría entonces una criatura para nada extraña, la pantera que por momentos había ayudado a la heroína del pueblo de Blair, el cual nunca conocería a su profano azote de sinuosas curvas.

-Oh… Creo que te ha cogido cariño. – dijo Edruaïn – No se ha separado de ti en los tres días que llevas aquí… - acarició débilmente a la felina y esta respondió con un lametón en la mano de la pequeña – Quiero… que te la quedes, así nunca me olvidarás. – y sin más se arrojó con su hermana y con el animal a por la mujer para sumirla en un cálido abrazo familiar. Cierto es que en la mente de Astarthea quedarían recuerdos terribles e imágenes que por años le darían pesadillas ¿Pero y qué? ¿Qué era eso comparado con lo que acababa de hacer? Era un precio ínfimo, pues ahora Blair jamás sería conocido como el pueblo de la bruja. La pantera nunca ayudaría a hacer el mal y lo más importante, Liliana jamás sufriría la pérdida de su hermana Edruaïn, que años más tarde se casaría con un varón apuesto de su misma raza, dando a luz a una pequeña niña que llevaría el nombre de su tía; Liliana. Pero en lugar de ser un azote para la bondad y el amor, sería todo lo contrario a lo que había conocido ella… Y quien sabe a lo mejor algún día conocía a su benefactora, pero por ahora, eso queda para otro momento y otro cuento. Ahora es tarde, debes acostarte y recordar, que todo lo que has vivido, vives y vas a vivir, puede cambiar de un momento a otro por acción del señor que se hace llamar Destino con D mayúscula.

Fin... ¿Sí?


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Re: El cazador cazado

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