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Un Asesino en la Cresta de la Ola [CAMPAÑA]

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Un Asesino en la Cresta de la Ola [CAMPAÑA]

Mensaje por Strindgaard el Mar Mayo 10, 2016 6:46 am

Recuerda leer el OFF y aceptar antes de participar: http://www.cuentosdenoreth.net/t6436-off-un-asesino-en-la-cresta-de-la-ola#69046



Jun era un buen tipo. Amable, cortés, humilde y tranquilo. No había razón alguna para dudar de él. Es por eso que era tan buen asesino.

El día comenzaba y el puerto de Nanda ya era un hervidero de personas. Los pescadores quienes ya venían de vuelta del mar, ofrecían sus mejores capturas, que iban desde merluzas, mantarrayas, jibias, y hasta makos por toda la orilla de la caleta, mientras por las tablas, diversidad de personajes bajaban y subían a los barcos que nunca estaban mucho tiempo anclados. Los comerciantes circulaban apresurados delante de sus carros a reventar de mercancías, tirados por pobres caballos de ojos apagados, buscando transformar todo lo que iba a parar a sus manos en kulls. Los mendigos se peleaban por las mejores esquinas para pedir, y los perros acompañaban con aullidos y ladridos a los músicos de ropas gastadas que tocaban por una moneda o una hogaza de pan. No faltaban los ladrones, por supuesto, pero la mayoría se levantaba después de mediodía. Nanda tenía de todo. Hasta un demonio, pero hablaré de él luego.

Los anchos pasos de Jun se abrían camino a través de las personas, como si su sonrisa tuviera el filo para partir en dos toda esa masa. Las gaviotas emprendían el vuelo cuando pasaba a su lado, quizá a sabiendas que era un doppelganger, y se alejaban batiendo sus alas furiosas. El olor a sal se mezclaba con el de los puestos de pescados, con el de la brea y con el de las personas, impregnando el aire con una mezcla propia de todos los puertos, un olor inconfundible, que llenaba los pulmones del asesino.

Con sus ropas holgadas, su paso de gacela y su mirada tranquila, Jun subió a uno por uno a los barcos anclados, buscando uno que lo llevase a Ciudad Esmeralda. Ya había ejecutado su crimen en Nanda, tan solo faltaba largarse a cobrar. Fue en el tercero en el que encontró suerte. Partían en quince minutos y tenían pasajes de sobra. El nombre del galeón estaba pintado con letras doradas, y dorada era el mascarón de proa, una hermosa sirena alada.

Jun pagó los dos kull de plata y los cincuenta de bronce que costaba el viaje al segundo al mando, era precio módico por tener un camarote, comida y protección en un enorme barco. El teniente luego de recibir el dinero le dijo cuál sería su sitio, el camarote dieciséis, pues las piezas se iban dando por orden de llegada. El galeón tenía más de veinticuatro cañones, así que el doppelganger dudaba de que los piratas se le llegasen a acercar. Por la misma promesa de seguridad viajaban también en barco tres acaudalados comerciantes, un mago, una hörige, cuatro antropomorfos, una orca, y varios humanos. Además del puñado de tripulantes propios de la embarcación.

El teniente era muy amable, y no tenía razones para no serlo, era atractivo, rubio y conservaba todos sus dientes. A sus veintiocho años había recorrido mucho mar y amado a muchas mujeres, sabía cantar sin desafinar y se le daba bien tocar el acordeón. Estaba ahí al final del tablón que iba del puerto al barco para decir siempre lo mismo:
Bienvenido, soy Santi, el  próximo destino del Ardent es la Ciudad Esmeralda. El precio es de dos kull de plata y cincuenta de bronce. ¿Portas armas de fuego contigo, piedra de amolar, pedernal? Me las tendré que quedar, pero te las devolveré en cuanto llegues a tu destino. No, la espada te la puedes quedar. Es que tenemos mucha pólvora en el barco.

El bueno de Santi te podría sacar de cualquier duda, no así el capitán, nadie más que el teniente y el contramaestre le hablaban al capitán, es que el viejo era un tipo duro, un jodido lobo de mar. Tenía el cabello color arena y una barba con ya un par de canas, le gustaba el dorado, pero no era vanidoso, solo usaba un anillo, el pomo de su pistola y su hebilla de oro. Y casi siempre le podías ver en el castillo de popa, tripulando y acariciando a su gato atigrado, un mínimo de cuatro kilos que a pesar de la panza no había perdido la agilidad para cazar los peces voladores que en altamar caían en cubierta, danzando frenéticos al abandonar su elemento.



El Capitán:

El Teniente - Santi:





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Re: Un Asesino en la Cresta de la Ola [CAMPAÑA]

Mensaje por Darkeray el Jue Mayo 12, 2016 3:07 pm

El sol se cernía sobre la ciudad, inclemente dirían algunos, pero para los que allí acostumbraban a vivir, poco distaba de ser una agradable y fresca mañana cualquiera, quizá algo perniciosa para los huesos por la ansiosa humedad, pero nada nuevo en el día a día de un puerto activo y perezoso por igual.

El Caballero hacía tiempo que había abandonado la ciudad, envuelto en su capa a modo de viajero o mendigo, arrastrando los pies y tosiendo mucho, era consciente de que de esa manera o te ganabas el desprecio o la repugnancia de todos, y de una manera o de otra le interesaba, mantenerse como alguien a quien ignorar o evitar, la Fortaleza de Samrat no estaba tan lejos como quisiera, aún podían estar persiguiéndolo, la visión de los barrotes y las paredes de piedra se manifestó brevemente ante sus ojos, la rechazó con un escalofrío.

-Bueno... Supongo que todo está orden... -comentó mientras revisaba por encima las cosas que había comprado-

Los rayos de luz se filtraban tímidos por entre los cientos de miles de hojas que cubrían el cielo, aquella arboleda era lo único medianamente apartado y discreto que había encontrado, y muy pronto ésta seguramente dejaría de existir, Darkeray no sabría siquiera decir si tenía nombre o si sería otro espacio bautizado con un número provisional mientras no se talaba, el gremio de aserraderos pronto necesitaría importar madera si quería seguir proporcionando recursos a los astilleros

-Veamos... -elucubró el Caballero mientras señalaba de uno en uno- Macuto... Ropajes... Agua... Cecina...

-Sigo pensando que no deberías haber comprado ni el agua ni la cecina -comentó aburrida la voz del Bufón-

-Es menester que finja necesitar de alimento, como todo ser viviente

-Te ha costado demasiado Caballero...

No le gustaba darle la razón, y menos a una irritante voz que solo buscaba hacerse con su cuerpo, pero era verdad, había empleado al menos tres joyas de incalculable valor para conseguir todo lo necesario, a veces pareciera que los mercaderes le estuviesen esperando, alertados entre ellos para explotar lo máximo posible al iluso que pagaba en sortijas y abalorios caros... Darkeray desterró esos pensamientos, ahora ya estaba hecho, para bien o para mal

-Da igual -replicó al fin- lo importante es salir de Ujesh-Varsha cuanto antes, y me temo que no tenemos tiempo para regatear -y añadió en su mente- Y menos con gente como esa buscándonos con aviesas intenciones

-Vale vale, tienes razón-se resignó el Bufón-

-Gracias, veamos... ¿Por donde iba?

-Agua y cecina – murmuró ansioso-

-¡Ah sí! -empezó a enumerar y señalar otra vez- Agua... Cecina... Espada bastarda... Máscara... Perfume... Libros... Papel... Tinta... Pluma... Joyas... -se detuvo un momento- ¿Me olvido de algo?

-La armadura

-Cierto, y también la espada -dijo mientras la desenvainaba- No me puedo llevar estas cosas tan reconocibles conmigo, me temo que tendrá que llevarlas y custodiarlas Muerte -añadió mientras guardaba todo en las alforjas del equino-

-¿Y qué harás con el cuadrúpedo? -comentó gracioso el Bufón

Muerte relinchó molesto mientras intentaba una y otra vez liberarse de las riendas que le mantenían atado a un árbol, estaba ansioso, y preocupado tal vez, no quería dejar a su amo solo:

-¿Que haré con mi cuadrúpedo? -repitió murmurando el Caballero mientras se giraba para mirar al caballo- ¿Qué hago contigo Muerte...? -preguntó como si esperase una respuesta- Por desgracia... -prosiguió tras inspirar hondo- no puedes acompañarme viejo amigo -se acercó a él para palmearle el cuello, el animal respondió empujándolo cariñosamente con la cabeza- Es demasiado peligroso que te vean, eres demasiado reconocible, y por desgracia no sé de ningún remedio que te pueda ayudar a pasar desapercibido

Muerte protestó moviéndose inquieto y rampando un poco, quiso quitarse el bocado y de haber podido, arrancar el árbol que lo mantenía preso, un estoico y antiguo abedul por cuyo tronco desfilaban marciales unas hormigas.

-Lo siento amigo -continuó Darkeray- No puede ser... Pero conoces el camino, si eres capaz de llegar a Ciudad Esmeralda, nos reuniremos allí, si no, quédate por la zona y no llames la atención, volveré en cuanto se calmen las cosas para recogerte, no te preocupes...

Deshizo el nudo en las riendas y las echó por encima de la cabeza del caballo para atarlas a la silla, por lo menos no le estorbarían colgando entre las patas. Muerte permaneció quieto, o más bien pasivo, como el dócil cochinillo que llevan al matadero, como el reo que camina hacia la horca, resignado ante lo innegociable.

-Así me gusta, eres un buen caballo... Y... Un envidiable compañero -añadió en un suspiro-

Muerte respondió con un leve resoplo lastimero, y sin perder apenas el tiempo comenzó a alejarse, paso a paso, sin ninguna prisa, perdiéndose finalmente entre la espesura de la arboleda, probablemente la atravesaría hasta llegar al otro lado, a partir de ahí... La decisión y el camino eran suyos.

-¿Seguro que sabrá apañárselas? Quiero decir, es un caballo, nunca han sido precisamente inteligentes -opinó el Bufón-

-Lo subestimáis engendro -musitó quejumbroso el Caballero- Lo subestimáis...

-Por favor, no hagáis pucheros, ¡Sólo es un animal!

-Sí... -meditó un momento- Pero un animal como ningún otro en todo Noreth...


...................X...................


El olor a sal y pescado pronto reinó en el mundo olfativo mientras el Caballero avanzaba cabizbajo y encorvado, su identidad debía ser lo más fidedigna posible, un mero leproso y noble en una peregrinación en busca de cura para su mal, nada más, y nada menos.

Aspecto Darkeray:


Las calles ya presentaban una ingente actividad, como era común a estas horas vespertinas, cuando los primeros pescadores volvían de las primeras pescas a altas horas de la madrugada o cuando los comerciantes, que habían tenido que hacer noche unas millas más al sur para evitar complicaciones en los traicioneros arrecifes de la noche, llegaban ansiosos por ocupar la mayor cantidad de centímetros posibles con sus tiendas improvisadas. Algunos incluso tenían contratos y acuerdos que les permitían ocupar algún edificio vacío para situar su tienda mientras permanecían en activo, por esta práctica se explicaba que en los inviernos la ciudad pareciera deshabitada y que toda la actividad reinase en las afueras: Muy pocos podían permitirse alquilar en invierno esas casas para no pasar frío, era mejor irse al interior de la península, a morirse de hambre en alguna cueva medianamente abrigada, como si fuesen bestias o alimañas.

El Caballero iba intentando abrirse paso por entre el gentío que se agolpaba por todas partes, algunos llevaban cajas que aún olían a mar, otros tiraban de un asno testarudo que cargaba con verduras recién traídas de la huerta, algunos apartaban a golpe de fusta o vara a los rateros que se intentaban llevar algo, aunque fueran las hojas de un rábano, los mercaderes vociferaban bien alto y bien claro lo bueno de sus productos, se oían protestas acerca del peso, la frescura, el precio o el color de la compra...

Darkeray no se encontraba cómodo, se sentía apresado, deseaba desviarse a una calle secundaria con tal de librarse de aquel océano humano, pero ya había visto al menos tres patrullas de inquisidores y soldados de la Orden de Samrat, ninguna había reparado en él, pero había sido gracias al gentío y a sus reflejos para esconderse fingiendo estar sopesando unas cuantas patatas. No pretendía hacerles las cosas más fáciles...

Finalmente llegó al puerto, por suerte la actividad parecía ser menor allí, lo suficiente para caminar sin recibir codazos o empujones ansiosos por una oferta, pero a la vez bien nutrido de marineros que lo ocultasen de miradas indeseadas. Comenzó a pasearse por el lugar en busca de algún barco con un destino apetecible, acabar en lugares como Malik'Talish no era una buena idea si eras un ser que a ojos de muchos, era poco más que un monstruo, carne de quema o experimentos.

El bosque de mástiles era realmente impresionante, hacía mucho tiempo que no pisaba un puerto tan grande, la última vez ni siquiera le venía a la cabeza, pero fuera donde fuera, no se podía comparar a la visión del puerto de Nanda, había naos, carabelas, galeras, creyó ver incluso un enorme galeón, todos ellos rodeados de faluchos, canoas u otros botes más pequeños que ayudaban a descargar a los barcos más alejados de la bahía, como pequeños insectos rondando a elefantiásicas criaturas del doble o incluso el triple de su tamaño.

Localizó entonces un destino apetecible, curiosamente en aquel galeón que antes había visto a lo lejos, bautizado como el ¿Ardent?, nombre extraño sin duda. Aquel barco los llevaría a Ciudad Esmeralda, lugar de utopía y joyas, quizá pudiera tasar las que aún reposaban en su bolsa y empezar a pagar en kulls como todo ser civilizado, y para variar, visitar un lugar bello y colorido. No tuvo que pensárselo demasiado, así que subió sin más ceremonias.

Le recibió un hombre de pelo dorado y sonrisa de perla, Darkeray tuvo bastante clara la facilidad de aquel hombre para lograr de las mujeres algo más que su simpatía, su propia forma de actuar era buena prueba de ello. Sin embargo donde la mirada más se le detenía al Caballero era en aquellas afiladas espadas que prometían un castigo para el polizón o el fugitivo.

Bienvenido al Ardent -dijo alegremente, algunos dirían despreocupado- Nuestro próximo destino es la Ciudad Esmeralda. El precio es de dos kull de plata y cincuenta de bronce.

¿Cincuenta kulls de bronce? ¿¡Dos kull de plata!? ¡Era un precio realmente elevado! Es decir, la última vez que había viajado en barco, hacía unos 300 años, solo había pagado unos 70 kulls de bronce, quizá uno de plata, a lo sumo. Aunque también era cierto que en aquel momento iba en un viaje de negocios (o más bien en busca de alianzas), y el apellido familiar había influido en el descuento, y el mar en aquellos momentos, con el gran Imperio aún existente, estaba mucho más interconectado, el precio de la aduana era menor, técnicamente las ciudades pertenecían al mismo territorio...

-¿Señor? El precio es de dos kull de plata y cincuenta de bronce -repitió aquel hombre-

Darkeray regresó de su ensimismamiento y sacó la bolsa, se debatió entre un anillo de oro y una lasca de rubí, calculando malamente cuanto podrían aproximarse al precio sin llegar a ser una gran pérdida de dinero. El joven abrió los ojos de par en par al ver aquellas sortijas

-¿Señor? Que son sólo dos con cincuenta, quiero decir, no es necesario ser tan generoso

Darkeray levantó la mirada de su bolsa e intentó recrear algo parecido a una sonrisa

-Lo siento joven, mas no me hallo en estos momentos en posesión de monedas, abrigaba la esperanza de poder pagar con algo de igual valor, si no les resulta ser un inconveniente

El joven entrecerró los ojos por un momento, pareciera estar meditando hasta que punto podía tener un hombre tan pobremente vestido esas joyas en su propiedad sin llegar a ser un robo. No parecía muy convencido cuando extrajo una pequeña daga de su bota y se acercó a Darkeray en dos pasos. El Caballero retrocedió y se puso en alerta, llevando la mano a su espada bastarda, no sería con la que mejor combatiera, para ello estaba Toska, pero al menos presentaría batalla.

-No no señor, no se preocupe -el joven alzó las manos conciliador- Solo quiero hacer un arreglo para que paguéis el precio ¿Me dejaríais un momento el anillo? -tendió la mano izquierda mientras mantenía alzada e inocente la derecha, la que llevaba la daga-

Darkeray desconfiaba del joven, era tan sencillo como tirar de su brazo en cuanto lo alargara; así lo desequilibraría, un par de puñaladas y solucionado, era algo limpio y seguro para el ejecutor, y el joven parecía alguien veterano con las armas. Así que se acercó a uno de los barriles que aún reposaba en cubierta y dejó el anillo allí, después, se cruzó de brazos, esperando a ver que hacía el joven, el cual sonrió comprendiendo la situación y se acercó tranquilo al barril, sujetó el anillo contra la madera y lo cortó en cuatro partes, cogió una de ellas

-Bueno -dijo mientras ondeaba el fragmento- Con esto está cubierto de sobra el precio, el resto se lo puede quedar

El Caballero recogió rápidamente el resto y se sintió un poco avergonzado por desconfiar de aquel joven

-Os lo agradezco encarecidamente joven, y excusadme por mi comportamiento, espero no haberos ofendido

-No se preocupe -se guardó el fragmento y sacudió una mano quitándole importancia al asunto- es normal la desconfianza, los comerciantes y mercaderes llegan incluso a traerse testigos para que no les podamos hacer un embuste y cobrarles dos veces el precio

-Me disculpo igualmente -insistió el Caballero mientras hacía una leve reverencia-

-¡Ah! Otra cosa... ¿Portáis armas de fuego, piedras de amolar o pedernales? Porque me las tendré que quedar, no se preocupe, se las devolveré en cuanto lleguemos a nuestro destino.

-No, solamente perfume, ropas y libros entre otras cosas -miró a la espada que se mecía en su cinto- Bueno... Y esta espada...

-La espada se la puede quedar. Es que tenemos mucha pólvora en el barco. Sería peligroso andar con ese tipo de cosas a bordo y sin control alguno.

-Entonces despreocupaos joven, no llevo ninguna de esas cosas que decís

-Bueno, pues entonces eso es todo, su camarote es el diecisiete, que disfrute del viaje -se alejó para recibir a otros pasajeros- ¡A propósito!-gritó desde lejos- Mi nombre es Santi

Darkeray hizo otra reverencia en señal de respeto, pero no respondió ni dio su nombre, no de momento al menos... Así que se dirigió directamente a su camarote con la firme intención de abandonarlo lo justo y necesario a lo largo de la travesía, los libros le harían excelente compañía, y con ellos le bastaba.

Sin embargo, mientras bajaba por las escaleras se cruzó con un imponente hombre que, a juzgar por sus ropajes, sus andares y su sombrero, debía ser el capitán o como mínimo, el segundo al mando, el cual le puso una mano en el pecho y lo retuvo allí mismo

-¿Quién eres? -preguntó seco y autoritario-

-¿Y éste quien se ha creído que es? -susurró en la mente la voz del Bufón-

-¿Disculpe? -fue lo único que pudo responder Darkeray-

-¿Estás sordo o qué? ¿Quién eres? -había un tinte de furia en su voz-

-Mi nombre... Mi nombres es... Es... -pensó a toda prisa en un nombre convicente- ¡Ruisu! -dijo al fin, tras acordarse de aquel arquero de negros ropajes- ¡Mi nombre es Ruisu! -repitió como intentando convencerse a sí mismo-

-¿Ruisu eh? Y dime Ruisu... ¿Qué hace un chico como tú en un barco como éste? Y... -frotó con sus dedos la tela del traje que cubría casi por completo al Caballero- ¿Por qué va embozado con estas ropas tan extrañas? ¿Y por qué paga con joyas?

Darkeray le apartó la mano fingiéndose asustado y preocupado, para esta pregunta sí estaba preparado

-Soy... Un segundón, de una familia noble de Naresh, seguramente no nos conozcáis, hace unas semanas el maestre de nuestra casa dijo que podía estar incubando la lepra...

Aquel hombre no pareció impresionado, pero le delató su leve movimiento hacia atrás, apartándose unos centímetros

-¿¡Lepra has dicho!? -murmuró furioso, probablemente no quería que la noticia llegase a los marineros- ¿¡Y te atreves a subir en mi barco!? ¡Te pienso echar a patadas de aquí! ¡Me da igual lo noble que seas!

-No no no no no -repitió Darkeray para tranquilizarlo, iba a tener que aguar un poco su "lepra" o se quedaría en tierra- No lo entendéis, he dicho que posiblemente la esté incubando, no que la padezca ahora, manifiesto llagas y otros síntomas, pero no está del todo claro, por ello me dirijo a Ciudad Esmeralda, los conocimientos de sus médicos podrán ayudar a esclarecer mi condición

El capitán entrecerró los ojos y no parecía estar convencido, Darkeray se estaba viendo en el puerto, flotando, con una bota clavada en su trasero.

-¿Cómo puedo saber que no estás mintiendo? Que no eres un fugitivo o un leproso que simplemente ha robado dinero, o peor aún... Que no eres uno de esos magos extraños que hay por Ujesh Varsha, de los que resucitan muertos y hablan con los demonios, es más... -miró hacia arriba y a su alrededor, como buscando algo en el techo- A tu alrededor hay... Como algo raro, extraño, frío diría yo... Y no me gustan las cosas raras -lo volvió a atravesar con la mirada- Las cosas raras y de mal fario no tienen cabida aquí...

Darkeray se preocupó por un momento, pero el leve gesto del capitán con las manos, frotando los dedos entre sí, le dio algo para respirar tranquilo, aquel hombre no era un primerizo en los negocios levemente ilegales que concedían ingresos extra, desde luego alguien honrado no llegaba a dirigir un galeón en la mayoría de los casos. El Caballero sintió un peso en el estómago al tener que despedirse de otro fragmento del anillo, pero era mejor eso a estar un solo minuto más en la ciudad, esperando a ser capturado por la Orden.

-Un placer tenerle a bordo, noble Ruisu -declaró bien alto el capitán con una sonrisa en el rostro- Espero que la estancia a bordo del Ardent sea de su agrado. Avíseme si necesita algo

Acto seguido, subió el resto de las escaleras y se marchó, dejando al sorprendido Caballero en el medio de las escaleras, pero no pasó mucho tiempo antes de que como por arte de magia, la actividad volviera a aquella escalera, con decenas de marineros reanudando sus viajes a la bodega cargados de provisiones y subiendo en busca de más material, desde luego, si algo tenía claro Darkeray, era la autoridad que tenía el capitán en aquel barco, para bien o para mal, pues ninguno de los miembros de la tripulación se había atrevido a interrumpir la conversación aunque estuviese en el medio de sus obligaciones y necesitase bajar por las escaleras. Tranquilizador por un lado, el motín no parecía una realidad, y la eficiencia una promesa casi segura, pero también una obediencia que podría llevar al Caballero al fondo del mar si daba motivos al capitán para ordenar un castigo. De repente casi sintió ganas de haberse quedado en tierra...
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La Enana

Mensaje por Pereza el Vie Mayo 13, 2016 10:13 pm

__Los dos enanos se encontraban sentados, mirando como se consumían las ultimas cenizas de la pira mientras las primeras luces del alba se elevaban por el horizonte.
__-Entonces... ¿partirás hacia Ciudad Esmeralda?-exclamó finalmente el más joven tras horas de silencio.
__-Si...-le respondió con la mirada perdida su hermana, apretando en su mano el colgante el fallecido-Alguien tiene que encargarse de las pertenencias de Ibûn-se un ojo antes de que cayerá una lagrima.
__-Iré contigo...
__-¡No! Tú tienes que volver a Bund´Felak y darle la noticia a Padre
__-Pero...
__-¡Gorim! No me discutas. Yo me encargaré de poner en orden los asuntos de nuestros hermano, a ti te toca consolar a Padre. ¿Esta claro?
__-Si
__-Muy bien. Volvamos a la ciudad. No hay nada más que hacer aquí...



__Tras acabo empaquetar las pocas pertenecías que traía consigo y meterlas su macuto, Asha pagó al ventero y salió a la calle, donde encontró a su hermano esperándola con el carro ya dispuesto para partir.

Asha Daunar
__-¿Ya has metido todo?
__-Si, ya estoy listo para partir.-Gorim suspiró un momento-¿Quieres que te acerque al puerto o...?
__-No, tranquilo. Iré yo sola.
__Gorim se acercó a su hermana y se le dio un fuerte abrazo que ésta le devolvió.
__-Nos vemos en dos lunas, Gorim
__-Te tomo la palabra, Asha-dijo subiéndose al carro-Más vale que tengas cuidado y la cumplas.
__El enano espoleó a su buey y el vehículo se puso en marcha. Asha no se movió de su sitio hasta que la carreta giró una esquina y perdió de vista a su hermano menor. Se llevó la mano al cuello, de nuevo al collar de su hermano mayor, permitiéndose a si misma un momento para lamentarse. Solo un momento.
__Luego se arrimó el macuto al hombro y se dirigió hacia el puerto.


__Y así llegó Asha a los bulliciosos muelles de Nanda, que abarcaban casi por completo la inmensa linea de costa de la ciudad. Divididos en varias zonas, son la principal fuente de ingresos de la ciudad, y el sitio más transitados de ésta.
__Entró por la maloliente y ruidosa zona dónde los barcos pesqueros atracaban y vendían su mercancía en una improvisada lonja que se formaba todos los días y desembocaba en otra más estable donde los pescadores ya tenían los puestos construidos. Esta era sin duda la zona más abarrotada del puerto, ya que aquí acudía la gente a comprar el pescado ya fuera para consumo propio o para sacarlo como mercancía lo más rápido posible antes de que se pudriese.
__La enana avanzó como pudo por esta zona, llevándose más de un choque personas demasiado altas para notarla (o disculparse, al parecer), hasta que llegó al fin a un pequeño establecimiento donde los cargadores, marineros y pescadores solían reunirse para beber durante sus descansos. El mejor sitio para enterarse de lo que ocurre en el puerto.
__Asha se acercó a la barra a pedir una pinta y se mantuvo allí mientras analizaba a los parroquianos en busca de la mejor fuente de información. Entre historias de criaturas de leyenda como los nokrakens; quejas sobre el trabajo; rumores sobre el aumento de la flota de los Videlgers;  anécdotas y exageraciones de la pesca; coloquios sobre "el asesino de pelo blanco" que rondaba la ciudad;  teorías sobre que una pelea de demonios había provocado el incendio del barrio bajo, y demás cháchara del bar; la enana consiguió oír a dos ancianos conversando sobre el destino de los barcos amarrados en el puerto.
__Bebiéndose el resto de la pinta de un trago, se acercó a su mesa.
__-Disculpen, pero no he podido evitar oír su conversación y...
__-¿Qué no la has podido evitar oir? Je,je,je. Si estabas al otro lado del bar...-le cortó con un extraño tono uno de los ancianos, echando otro trago a su jarra.
__-Tranquila chica, no lo te dice con mala intención, solo no uses más cortesias con él.-dijó el otro, éste con un noto más amable, pero con intención de picar a su compañero.
__-¡Como si tú supieras que intenciones tengo!
__-Bueno, ¿Me podrían decir dónde puedo encontrar un barco que zarpase hacia Ciudad Esmeralda?
__-¡Cómo no! Creo que ese galeón con tantos adornos se dirigía hacia allá, ese que tiene una Ondina en la proa-el anciano se dirigió hacia su compañero casi ignorando a la chica
__-¿El Perro de Mar?
__-¡No! Ese envaró hace una semana, el que llegó hace 3 jornadas, el que un chulo como teniente
__-¡Ah! El Ardent...
__-¡Ese!
__-Si... creo que iba hacia Ciudad Esmeralda-Ambos ancianos se giraron de nuevo hacia la enana-Si, esta atracado al principio de la zona mercantil.
__-Ahi lo tienes chica.
__-Muchas gracias, señores-Asha hizó una pequeña reverencia y emprendió de nuevo la marcha.
__-¡Suerte con la travesía!-exclamó uno de los ancianos mientras volvía a beber.

__Salió de nuevo a la abarrotada calle, donde los pescadores no paraban de gritar sus ofertas, y los clientes de regatear a gritos, y avanzó hasta salir de la zona de la lonja, llegando a la mercantil,  donde se podía ver a centenas de hombres cargando y descargando embarcaciones de todos los tipos y los tamaños, desde pequeños balandros provenientes de Akhdar hasta grandes galeones que se dirigían hacia Thonomer.
__Y allí, justo donde se encontraba el ultimo puesto de un pescador y comenzaba el laberinto de cajas, se encontraba el Galeón que coincidía con la descripción de los ancianos, con el nombre "Ardent" escrito en letras doradas, y un humano joven de buen ver con una bandana negra sujetando sus dorados cabellos, guardando el acceso.
__Según se acercó la Asha al galeón, el humano se levanto del barril donde es encontraba sentado y se acercó a ella con una sonrisa en la cara.
__-Bienvenida al Ardent, mi señora, mi nombre es Santi. ¿Me haría el honor de decirme el suyo?-le dijo agachándose hasta tener la cabeza a la misma altura.
__-Me llamo Asha Daunar.-respondió ella mostrando una falsa sonrisa.
__-Asha, un nombre precioso sin duda, casi tanto como vos misma.-hizó una pausa para lanzarle otra sonrisa a la enana-Dígame que se embarcará con nosotros hacia Ciudad Esmeralda.
__-Esa era mi intención. ¿A cuánto esta el embarque?
__-Son dos kull de plata y cincuenta de bronce... aunque si fuera por mi, nosotros pagariamos para que vinierais...
__Asha mantuvo su falsa sonrisa de vergüenza mientras sacaba el dinero de su bolsa, se lo entregaba al teniente y vomitaba para si misma en su mente.
__-Muchísimas gracias, mi señora. No sabe cuanto me alegra saber que podré contar con su belleza todas las mañanas.
__-No hace falta adular-exclamó Asha mientras intentaba pasar de largo del teniente de una vez por todas.
-de verdad no la hace...-
__-¡Oh! ¡Mi señora! Casi se me olvida. ¿No llevará algún tipo de arma de fuego, piedras de amolar, pedernal o algo con lo que encender fuego?
__-No, no llevo.
__-Excelente. Entonces ya esta todo. Su camarote es el dieciocho, espero que disfrute el viaje.
__-Muchas gracias

__Finalmente consiguió subirse al barco y dejar atrás al teniente, al que esperaba poder evitar a partir de ahora. Mucho más cansada de lo normal, se dirigió a su camarote con la esperanza de poder descansar un poco antes de que llegará la hora de partir.
__Al llegar, dejó su macuto junto a su cama, se tumbó en esta, y se durmió sujetando de nuevo el colgante de su hermano, dandose otro momento para llorar su muerte, y sin saber que se había llevado consigo al causante de ésta.


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Re: Un Asesino en la Cresta de la Ola [CAMPAÑA]

Mensaje por Strindgaard el Mar Mayo 17, 2016 5:59 am

Jun pasó por entre la gente de cubierta y muy pocos repararon en él, ¿y por qué habrían de hacerlo? Él era ciertamente una persona muy común, era mucho más interesante ver a la elfa que en ese momento se columpiaba de una soga a otra, revisando que todo el andamiaje estuviera funcional y firme, o el alto y húmedo hombre pez, que en ese momento subía por la tabla hasta el barco.
¡Oh, Santi! —le gritó con una mueca que asemejaba una sonrisa cuando llegó hasta él, sus branquias se habían cerrado y al parecer podía respirar aire—, ¡Cada vez que te veo te estás faenando a una chica nueva!
Ambos se dieron un cálido abrazo que dejó al teniente con la camisa empapada.
Xalabar —ladró Santi dando un codazo—, ¿Por qué siempre me jodes los ligues?
¿Una enana? —Le dijo en voz baja—. Si que has caído bajo.
Caí bajo cuando me tiré a tu hermana.
¡Ja! Si te hubieras tirado a mi hermana te hubieras quedado sin polla y sin la mitad del cuerpo. Era la tiburón más buscada de los Archipiélagos. Una gran pirata. La gran…
Sí, sí. La gran Makiza. He oído esa historia mil veces. Decken esta por allá —Santi apuntó al castillo de popa donde el capitán estaba supervisando todo.

Jun se tomó unos segundos antes de bajar a su camarote para analizar al gran pez dorado que renqueaba por las tablas. Era una especie muy singular, su aleta dorsal nacía casi en su coronilla y sus brazos fuertes y palmeados tenían aletas laterales en los brazos. Vestía una sencilla toga azul y usaba una ligera armadura de escamas en su hombro derecho y cinturón puesto que necesitaba tener una buena movilidad en el mar. Su andar era muy lento en tierra, casi parecía cojear, pero posiblemente en el agua era un torpedo, o eso pensó el Doppelganger.

La elfa bajó de las alturas con maestría, cayó sobre sus dos fuertes piernas sobre la cubierta y le informó al contramaestre, que estaba junto a la escalera que bajaban a los camarotes que todo estaba en orden. Esos informes los solía recibir el teniente, pero Stena odiaba profundamente a Santi luego de una relación corta y llena de engaños. Sólo se mantenía como parte de la tripulación por el cariño que le tenía al capitán y la tripulación, y la esperanza de que algún día le pasara algo malo al teniente, como caerse por la borda en una noche de tormenta, con una bala entre los ojos.
Jun pasó al lado de ellos, el contramaestre le siguió con la mirada en silencio.
…Las poleas del palo mayor están listas para recibir el cargamento. Si quieres puedo ayudar a… ¿Lionel, me estás escuchando?
El contramaestre siguió mirando a Jun hasta que bajó por la escalera a los camarotes.
Lo siento pequeña. No te prestaba atención, ¿viste a ese tipo que bajó? —La elfa se giró, no alcanzó a ver nada ni siquiera había notado la existencia del hombre—. Pierde cuidado, quizá sean manías mías. Cuando miré a ese humano me dio un hormigueo en la nuca, como un mal presentimiento.
Eres una nutria vieja Lio, debe ser la edad.
Lionel media un poco menos de sesenta centímetros, vestía ropas amarillas sencillas y no tenía más que un grueso cayado con una punta afilada y endurecida al fuego por arma, pero era un antropomorfo viejo y sabio que había vivido la mayoría de su vida luchando como bucanero hasta que Ducken decidió encubrir su empresa por una tranquila compañía de transporte.

El otro antropomorfo en el barco sentía lo mismo, era una comadreja de mal aspecto y tuerta, el único que había reparado en Junto y ahora pensaba en esas pisadas discretas y aquel andar como del mercurio sobre la superficie. El bandido estaba apoyado en el barril de agua, molesto porque no podía sacarle filo a sus dagas y espada, que eran, en efectos prácticos, un pequeño puñal y un machete. Entrecerró su único ojo y se preguntó por qué aquel tipo le daba tanta mala espina. Mientras estiraba las patas en cubierta pudo ver subir a otros dos humanos. Una mujer y un hombre, ambos subieron con una diferencia de tiempo pero en sus miradas había algo que la comadreja lograba asociar, ambos se conocían. Y no estaba errado. Esas dos personas se juntaron en el castillo de proa, cerca del mago que fingía dormir y hablaron mirando al horizonte fingiendo estar ahí por casualidad.

No está en cubierta.
Debe estar en su camarote. Solo hay que averiguar en cual.
Ha de estar preparado para una emboscada, deja que se calme, debemos comportarnos como un par de pasajeros más y cuando estemos en pleno viaje estará con la defensa baja. Ahí le atraparemos.
Yo digo que bajemos, tocamos su puerta y cuando abra le clavamos la espada y ya está.
Joanna, ¿vas a arruinar tanta espera? Hay que darle algo más de tiempo. Cuando esté seguro, no cambiará de forma. Ya se nos escapó dos malditas veces. Debemos tener la paciencia de una roca.
Tú quédate con tus rocas, yo me quedaré con su piel.

El mago tenía los ojos cerrados, su silla estaba inclinada y del dedo gordo de su pie colgaba un sedal con carnada que llegaba directo al mar. Aún no picaba nada, era un tanto decepcionante. Pero la conversación que oyó le pareció provechosa. Abrió un ojo para darle una cara a las voces, Joanna era una mujer joven, no debía tener más de veinticinco. Cabello negro y ojos de un castaño poderoso. Vestía como toda una bucanera, con botas negras altas, chaqueta, blusa y pantalón. Su sable boteaba en su muslo cuando bajó la escalera del castillo. Por otro lado estaba el hombre, un tipo calvo de mirada dura y boca hecha para fruncir. De su cinturón colgaba un estilete y de su cuello una cadena de plata con una extraña figura.

Encendió su pipa, era un tipo bajito de nariz pronunciada y sombrero de pico. Tenía pinta de ser un buen sujeto, pero estaba maldito, literalmente. Un cuerno nacía de su frente producto de su maleficio, pero aquello parecía no importarle. Echó un poco más de tabaco en su pipa y cerró los ojos para volver a su posición inicial.

Decken acariciaba su gato. Se despidió de Xalabar con una cabezada, agradeciendo con un par de monedas la información de las rutas marítimas que tomaría hasta Ciudad Esmeralda. Su felino estaba de panza recibiendo las caricias del hombre con sumo placer. Aquel minino era más que una mascota, era casi su hijo. En su castillo de popa, cerca del timón reposaba un cofre mediano, era una caja de madera bellamente decorada con volutas, con cerradura de bronce y un enorme candado. El capitán se acercó al cofre mientras buscaba en su cuello la llave, su minino ronroneaba en su pierna y lo seguía.
Senzo, va a llegar un cargamento y varios tipos de mala pinta subirán al barco. No quiero que te mezcles con ellos, son peligrosos, es una orden de tu capitán.
Senzo maulló en un acto de reflejo ante la voz de su capitán, o quizá lo entendiera.
Del cuello de Decken una llave colgaba, la insertó en el candado y abrió el cofre.
Brillando en su interior el dorado y el plateado luchaban por resaltar. Era el tesoro más grande que Senzo vio en sus nueve vidas. Decken introdujo una mano y Senzo salivaba ante la expectativa de su plateado contenido.
Ten Senzo, disfruta tu parte. En la tarde te daré más.
El gato ronroneaba mientras metía el hocico en las sardinas, el puñado de peces estaba fresco, de un color plateado con reflejos violetas que lo hacían ver más delicioso.
El capitán por su parte sacó una pera, la fruta amarilla estaba en su punto de maduración y cuando la mordió el jugo cayó por su barba.

El cofre por dentro estaba forrado de un metal liviano tan pulido que hacía brillar el alimento en su interior. Las placas tenían grabadas varias runas que hacían enfriar el metal de las paredes y mantenerlas a una temperatura baja  constante que mantenía refrigerado el cofre. Un pequeño lujo, de alto precio. Pero por Senzo el capitán hubiera sido capaz de entregar hasta su barco.
Ambos, gato y capitán reposaban en la baranda del castillo cuando apareció el primero de los mercaderes. Subió por la tabla con el aplomo de una reina y la mirada de un halcón, sus botas producían un sonido que para él era como música, su cabeza estaba cubierta por un gran sombrero con una pluma blanca de alguna ave exótica. La mujer habló con Santi y por la distancia Decken no supo qué se decían, ella soltó una risa soberbia, pero hermosa, luego caminó hasta la rejilla de abarrotes, la cual se abrió como por arte de magia y la polea comenzó a subir para llevar el elevador hasta cubierta. Stena y Lionel aparecieron, el contramaestre saludó como es debido y aquella dama de figura exuberante y mirada llena de secretos hizo una seña para que su tropa subiera la carga.

Los estibadores iban franqueados por delante y detrás. Una alta orca con un arco que le cruzaba el hombro subió hasta el barco e inspeccionó a cada individuo en cubierta, incluso osó mirar con altanería al propio Decken, quien le devolvió una mirada aún más filosa. Varios barriles, cajas y sacos fueron entrando al barco y llenando el elevador. La droga, armas y una cantidad considerable de pólvora fue subiendo al barco con etiquetas de verduras, patatas, zanahorias y pescado en conserva. El elevador subía y bajaba con su carga, de bodega a cubierta. Cuando estuvo todo listo subió la mano derecha de la mujer, una niña. Santi le dio la mano y la hizo reír, aquella risa juvenil le dio una extraña sensación al capitán, puso más atención en la pequeña, bordeaba los quince años, cabello castaño caía en cascadas hasta sus caderas, vestía de manera algo extraña, con varios retazos de ropa cosida pulcramente. Sus largas orejas era lo que más resaltaba en ella, era una hörige, mitad conejo con un bastoncillo como el de Lio, pero este se coronaba con una cabeza de conejo tallada.

Mi querida Danna ha llegado —dijo Decken para sí y para su gato—. Ahora solo falta que cargue el condenado de Trabalha, vaya a saber Dios donde está, y podremos partir.


Última edición por Strindgaard el Mar Jun 13, 2017 4:29 am, editado 1 vez





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Re: Un Asesino en la Cresta de la Ola [CAMPAÑA]

Mensaje por Areath el Sáb Mayo 21, 2016 4:03 am

Era mediodía, el sol despuntaba en lo alto del cielo filtrándose a través de las ventanas.  Areath había pasado la noche en casa de unos conocidos. Éstos le debían un favor por haber recibido su ayuda en los caminos, los cuales, en la época que corrían no eran tan seguros como antaño.
Fue en una travesía para llegar a la ciudad, Joen y su esposa habían sido asaltados por una pequeña banda, no más de tres personas, en los límites de la ciudad. Areath terminaba de cruzar el ancho y pedregoso camino cuando los vió. Habían sido acorralados contra un risco y estaban siendo amenazados con un par de rotos y oxidados cuchillos. No imponían demasiado, es más, lo único que parecían querer era dinero pues en sus ojos no se revelaba maldad sino un alto afán en consumir ciertos productos poco saludables. Aquellos tres hombres no resultaron ser otra cosa que unos adictos a la droga común. Areath se deshizo de ellos sin muchos esfuerzos, los dejó inconscientes bajó un lecho de rocas y los llevó frente a las debidas autoridades, que ellos se encargaran de hacer lo que quieran.

Ésta era la razón principal por la cual ahora estaba sentaba frente a un gustoso almuerzo. Un café largo, un par de tostadas acompañadas de unas pequeñas sardinas asadas y un buen pedazo de mantequilla. No era muy copioso pero tampoco necesitaba más. El olor le había recordado el hambre que tenía y el sabor era delicioso. La esposa de Joen era una excelente cocinera.

-¿Tienes pensado ir a algún sitio?

-Ahora mismo estoy pensando en viajar a Ciudad Esmeralda, nunca he ido y he escuchado que es muy hermosa debido al uso de la propia gema como material básico en su construcción. Tal vez allí también pueda hacer negocios, quien sabe.

-En ese caso deberías darte prisa- le aconsejó Joen - tengo entendido que el Ardent parte esta misma tarde hacia Ciudad Esmeralda y ahora mismo es el único galeón que hay disponible para tal destino.

Areath se acomodó el cabello echándolo hacia atrás con elegancia. La belleza de la Tenebri hablaba por sí sola. No era necesario que nadie lo dijera. Todo el mundo reparaba en ella cuando caminaba, ya fuera por éste hecho, por temor o incluso por ambos. Es por ésto que le poco le gustaba salir a la calle cuando el bullicio se hallaba en su máximo esplendor, no obstante no tenía más remedio.

-Muchas gracias por su hospitalidad. - Areath agradeció adecuadamente con una pequeña reverencia. Era una costumbre que no había podido olvidar desde su servicio militar.

La divium fue dando un pequeño paseo hacia el puerto. No tenía prisa y mucho menos si el galeón salía esa misma tarde pues todavía era la una del mediodía. El olor a pescado fresco empezaba a emanar entre las calles y eso que todavía no había llegado a la zona activa de comercio. Nunca había tolerado mucho dicho olor, de hecho aún le daban arcadas y nauseas pero viajar en barco era un capricho que quería cumplir, por no hablar de la última vez que viajó en uno de ellos. Realmente le apetecía mucho reencontrarse con el mar, con el agua, con tu tan querida amiga. Cuando estaba rodeada de agua todo en ella encontraba su lugar.

El puerto era mucho más grande de lo que había imaginado, se esperaba uno mucho más modesto y acogedor, aún así, después de todo fue una grata sorpresa.
Areath se detuvo en varios puestos, revisando que en su bolsa de viaje no faltara nada. No llevaba mucho dinero encima y tampoco sabía cuánto iba a costarle el viaje, asique haciendo una lista mental de todo lo que llevaba encima resolvió que mejor era ir directamente a buscar el galeón. Después de todo, en la tarifa se incluía la comida y ella no necesitaba nada más para sobrevivir.

La cala del puerto estaba abarrotada de muchos tipos de navíos. Algunos eran más grandes, otros más pequeños, incluso habían barcas y botes de no más de metro y medio. Las pequeñas flotas de los pescadores más modestos o quizá alguno que otro no buscaba más que venderlas, quién sabe. El nombre de “Ardent” rezaba en uno de los navíos más grandes. Era un barco robusto, de madera oscura y aparentemente de muy buena calidad.

En la misma entrada del galeón se hallaba un joven de cabellos dorados con una sonrisa bastante peligrosa en cuanto a mujeres se refería.

-Hola, bella dama, mi nombre es Santi y soy el teniente de este galeón, nuestro próximo destino es Ciudad Esmeralda y el precio del viaje es de dos kulls de plata y cincuenta de bronce.

Areath evitó parecer sorprendida ante dicho precio, tal vez no fuera muy caro, pero pagando dicha cantidad su bolsa se vería reducida a la mitad. Esperaba al menos poder sacar algo de dinero en Ciudad Esmeralda porque sino su situación se tornaría un poco incómoda. Además lo último que quería era volver al Reino de los Cielos a por el resto de sus ahorros. Últimamente no se encontraba tan cómoda entre los suyos, era muy fácil dejarse llevar por sus instintos.
La joven de cabello azabache suspiró y sacó de un pequeño bolsillo de su bolsa dicha cantidad tendiéndosela al susodicho caballero.

-Oh, esto es perfecto señorita, sin duda más de uno nos alegramos de que suba a bordo junto a nosotros. - El deseo del joven de cabellos dorados rezumaba por los poros de su piel, probablemente y sin darse cuenta ya estaría imaginando cosas indecorosas junto a Areath.

-¿Eso es todo lo que tienes que decirme?

El teniente salió de sus propias cavilaciones y recordando ciertos detalles importantes.

-Cierto, cierto, disculpad, ¿portáis tal vez armas de fuego señorita... ¿Cómo debería dirigirme a usted?

-Areath- respondío secamente mientras la poca paciencia que le quedaba a la Tenebri se esfumaba de entre sus manos.

-En ese caso, Areath - el teniente enfatizó su nombre- ¿portáis armas de fuego encima? Me temo que por la cantidad de pólvora que llevamos en el navío podría ser un poco peligroso. Por supuesto, una vez terminado el viaje, se la devolveríamos en perfecto estado.

-No, no debe preocuparse por eso. - A Areath le pareció una petición un tanto extraña, después de todo, ella nunca se separaría de Luxure, a menos que ésta se rompiera, pero en pleno uso de sus facultades jamás se quedaría desarmada y mucho menos, voluntariamente.

Areath ya había casi terminado de recorrer el trayecto para entrar al Ardent cuando el teniente le confirmó que su camarote sería el diecinueve.
Ahora que por fin se había deshecho de aquella molestia inicial, se apoyó en la borda del barco a contemplar el mar. El agua todavía estaba calmada, no estaba enfadada e incluso podría decirse que apreciaba la compañía de aquellos barcos. Areath se miró duramente al espejo y luego alzó la vista al sol. Tal vez podría estar más cómoda en su camarote pero prefirió quedarse allí, observando como todos los integrantes de aquel galeón trabajan codo con codo y quejas con quejas para finalmente poder zarpar.

Aquel trabajo en equipo le dejó un sabor agridulce.


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Re: Un Asesino en la Cresta de la Ola [CAMPAÑA]

Mensaje por Hemmi Chinaski el Lun Mayo 23, 2016 7:27 am

Por lo visto el Ardent era el único navío que podría sacarme de Nanda y llevarme hasta la Ciudad Esmeralda, o al menos eso oí en el muelle. El gran galeón destacaba por sobre el resto, lo habían terminado de cargar hace poco, y estaban esperando una segunda carga que se apiñaba cerca del barco, era un buen momento para que un pasajero que no tenía para pagar su cuota se metiera entremedio. Mis pies escalaron la tabla, estaba húmeda y sucia, arriba me esperaba un alto humano de brazos en jarra.
¡Hola, bienvenida al Ardent! —Su rostro se iluminó al verme—. Casi nos vamos sin ti. ¿Vas a Ciudad Esmeralda hermosa? —Le ofrecí una sonrisa y le robé el corazón.
Alguien escribió una vez que las ninfas poseen una gran belleza, y no estaba en lo absoluto equivocado.
Mi nombre es Santi, ¿y el tuyo?
Estiró su mano para ayudarme a subir los últimos pasos hasta la cubierta. Yo se la recibí sin tapujos, aunque era en absoluto innecesario.
Soy Hemmi, pero me puedes decir Hem. Y si, voy hasta la Ciudad. ¿Quedará espacio para una más?
Por supuesto que sí Hem. —Nos soltamos la mano—. La tarifa es de dos kull de plata y cincuenta de bronce.
Puse una cara de cachorro apaleado, con un poco de puchero. Miré a Santi con la cabeza un poco gacha, aquella actuación me había ganado más de un almuerzo en buenas tabernas, era el momento de ponerla a prueba con proezas más grandes.
Me encantaría pagar, pero la verdad es que no tengo dinero. Me lo han robado todo en Nanda —bajé completamente la cabeza para mirarme los pies—… yo solo quiero volver a casa. Podría hacer cualquier trabajo en el galeón, cualquier cosa para pagar una cama y las sobras de la cena —dije con la voz un tanto quebrada.
Por los Dioses del mar. Pobre muchacha. Yo, la verdad es que no puedo hacer eso, me descontarían a mí ese dinero, pero —Santi apoyó su mano en mi hombro tratando de confortarme—… Podrías quedarte en mi camarote por el viaje, así no pagarías nada.
¿De verdad? —Mi rostro fue un amanecer luego de la tormenta. Abracé fuerte al rubio y él me devolvió el abrazo—. Muchas gracias Santi, eres un gran hombre.
Me solté de él y avancé un poco dentro del barco, era enorme. De los palos y sus velas colgaban cientos de amarras, las tablas de la cubierta estaban lustrosas y varias personas las recorrían. Tomé una buena bocanada de aire y la solté. Sería un buen viaje.
¿Y dónde dormirás tú? —le pregunté.
Su rostro fue una máscara de incertidumbre.
¿Cómo…? Pues ahí, contigo, podríamos compartir… —Puse los brazos en jarra y lo miré un poquito molesta, lo suficiente para cortárle el habla.
Santi. ¿No estarás pensando que soy una de esas? —el rubio alzó las manos, mostrando sus palmas en señal de defensa.
¿Yo?, no Hem, para nada. Yo no pienso eso de ti, ¡Lo siento mucho, no quieres que pienses que creo que tú eres... Sólo pensaba que podríamos…
Lo siento Santi, pero preferiría que durmieras en otro lado. Pero el viaje es largo, en los próximos días podríamos conocernos mejor. —dije soltando una sonrisa juguetona.
Santi soltó una ligera sonrisa ante la perspectiva, le disgustó lo que dije, lo leí en sus ojos, pero era un caballero y lo aceptó en silencio.

Me fui a recorrer victoriosa el galeón. Varios personajes a bordo sonrieron por lo bajo con mi espectáculo. Uno de ellos se me acercó.
Ya era hora de que alguien se la hiciera al mujeriego de Santi. Buen trabajo —era un muchacho joven y sonriente de cabello y ojos negros.
Gracias señor —me limité a decir con una sonrisa inocente.
No me digas señor, debemos estar cerca en edad. Mi nombre es Strind. Mucho gusto. —Estiró su mano.
Hemmi. Pero me puedes decir Hem —estreché su mano, a pesar de que fuera lisa y suave a la vista, su tacto era duro y áspero—. Vaya, tienes la mano áspera —él se miró un segundo la palma y la escondió entre sus ropas negras.
Sí, supongo es mi paga por el arduo trabajo. Soy el carpintero del Ardent. Y también el médico.
Parece que están cortos de presupuesto. Con lo que cobran por el pasaje… —el muchacho sonrió y luego se encogió de hombros.
Bueno —bajó la voz—. La verdad es que la paga ni siquiera alcanza para cubrir el trabajo de carpintero. Pero que no llegue a los oídos del capitán —rió y se volvió a encoger de hombros—. En fin, no deja de ser un buen sitio; el único que tengo por ahora.
»Humm, por cierto, Santi olvidó mencionar que debes dejarnos pedernal y piedras de amolar. Cualquier cosa que pueda soltar una chispa.
Mi macuto no lleva nada de eso, mi katana nunca ha tocado la piedra de amolar, y sigue igual de filosa que cuando la forjaron. —dije con una sonrisa.


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Re: Un Asesino en la Cresta de la Ola [CAMPAÑA]

Mensaje por Nyxia el Mar Mayo 24, 2016 3:12 am

Tenía prisa. Corría por las calles de Nanda, con mi pelo, de un rojo intenso debido al inicio del otoño, ondeando como el fuego al crepitar. Pero no podía pararme para subirme la capucha de la capa, eso sería una pérdida de tiempo. Y no me podía arriesgar a perder el único medio de transporte que me llevaría lo más rápido posible de vuelta a Ciudad Esmeralda.

Me permití parar cuando llegué al puerto, resollando. El olor a agua salada inundó mis pulmones. Me ayudó a recuperar el aliento para volver a ponerme en marcha, a paso ligero. Observé los barcos amarrados, imponentes, buscando el nombre que me habían dado. Ardent, ahí estaba. Era un galeón precioso, y me gustó especialmente la figura de la sirena alada, tan bella, tan impertérrita. Había mucho movimiento en cubierta y supuse que no tardarían en zarpar así que me dirigí a él.

Sin embargo, algo me detuvo, una mano invisible hecha de duda y recuerdos agrios. ¿Estaba segura de querer volver a embarcarme en una travesía larga? Un barco en alta mar no era el mejor lugar para una dríade. En el trayecto de ida a Nanda había echado de menos un poquito más de… vida, por así decirlo. Afortunadamente, sol y agua no me habían faltado pero muchos días no me había llevado nada la boca por la abundancia de pescado en el menú. Y no es que lo necesitara pero la experiencia no me había sido especialmente placentera.

Podía volver por tierra. Implicaba dar un rodeo enorme pero la posibilidad estaba ahí. Y me sentiría mucho más segura, aunque el camino no estaría exento de peligros. Mi magia sería más poderosa… Deseché la idea de mi mente, era una completa locura. Además tardaría demasiado en llegar a Ciudad Esmeralda. Y esta embarcación contenía más tripulantes que la anterior, lo que me haría el viaje más llevadero.

Me adentré en el navío justo a tiempo para presenciar como una nueva pasajera se camelaba al que parecía ser el teniente para viajar sin pagar. La verdad es que yo también había pensado  intentar rebajar la tarifa utilizando mi belleza pero ahora me daba reparo por el pobre hombre, que encima se había quedado sin camarote. Me acerqué a él cuando ella ya se alejaba, entre risas, pero fui capaz de reconocer su aura. Una exina. En mi vida, sólo había conocido a una ninfa de fuego que estaba de paso por el bosque cuando era pequeña así que no podía tener una opinión al respecto. Supuse que la formaría en ese viaje.

Me acerqué al marinero y esperé a que me dejase de dar la espalda. Me desabroché la capa para que dejase ver mi escote, sólo por si acaso. Cuando se dio la vuelta se topó de lleno conmigo y mi mejor sonrisa y contemplé como la sorpresa de sus ojos mudaba a deseo.

-¡Bienvenida al Ardent, preciosura! –me dijo con su potente voz.- Mi nombre es Santi y soy el teniente de este galeón con destino Ciudad Esmeralda. ¿Vienes con intención de unirte a nosotros?

-En efecto, si todavía hay sitio para mí.

-Pues has llegado justo a tiempo, estábamos a punto de partir. Y hubiese sido una pena haberte dejado en tierra –me sonrió, en un intento de parecer seductor-. El precio son dos kulls de plata y cincuenta de bronce.

A pesar de que ya había oído antes el precio no pude evitar estremecerme. Aunque iba con la intención de pagar lo que se pedía, una parte de mí se resistió.

-¿Y no necesitan algún médico para la travesía? –pregunté, imprimiendo inocencia a mi voz-. No me importaría ejercer de ello a cambio de una reducción en el precio.

-Lo siento señorita –y parecía que lo sentía de verdad- pero ya contamos con alguien que nos presta tales servicios.

Suspiré, mientras desenganchaba la bolsa de dinero de mi cinturón y la vaciaba casi en su totalidad.

-Ah, una cosa más. ¿Portáis algún tipo de arma de fuego, piedras de amolar, pedernal o algo con lo que encender fuego?

-No, no me gusta el fuego. ¿Por qué lo preguntáis?

-Nadie lo diría, jeje –añadió, pensándose original, refiriéndose a mi pelo.- Es que transportamos pólvora y queremos tener controlados todos los artilugios que puedan generar alguna chispa.

-Es perfectamente comprensible.

-Su camarote es el número veinte, zarparemos en breve –se inclinó como despedida.

-Muchas gracias, Santi.

Mientras me dirigía a donde me habían asignado le oí murmurar una plegaria de agradecimiento por viajar con tantas bellezas. En otras circunstancias eso me habría hecho gracia pero la preocupación consumía mi buen humor. Me acababa de embarcar en un galeón lleno de pólvora y con una exina. Genial. Tenía un mal presentimiento…
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Re: Un Asesino en la Cresta de la Ola [CAMPAÑA]

Mensaje por Strindgaard el Jue Mayo 26, 2016 9:31 am

¡Maldito Decken ¿Qué hace ella aquí?! —masculló Trabalha.
Nadie me maldice, y menos en mi barco. Si no te gustan mis pasajeros avisaré de inmediato para que saquen tus mierdas de aquí y busques otro sitio donde viajar.
¡Este el único galeón con destino a la Ciudad Verde, lo sabes, pendenciero pirata, tú te encargarse de que fuera así! —El comerciante, que conocía hace años al pirata, apuntaba con su dedo sucio al que alguna vez consideró un amigo. Por cosas del destino ambos tomaron rumbos por separado, Decken hacia los mares y Trabalha hacia las costas, era por eso que el comerciante se deshizo de su barco y ahora tenía que conseguir uno para mover las grandes cantidades de pólvora que estaban pidiendo en Ciudad Esmeralda.
¿Me acusas de haber monopolizado el transporte? —El rostro del capitán era críptico y misterioso, miraba desde el castillo de popa todo su barco como una esfinge y acariciaba a su gato meticulosamente—. Tonterías. La mayoría de los galeones están ahora en aguas más tranquilas. En otoño las tormentas son más fuertes en el golfo de Esmeralda, por eso nadie viaja en esta fecha —lo miró con una cara de desprecio que no dejaba duda lo que pensaba del berrinche que hacía el comerciante—. La decisión es tuya. Tómalo o déjalo.
Sabes que Danna y yo nos odiamos a muerte. Quiere mi cabeza.
Ella se lo está tomando con mucho más calma que tú. Deberías aprender un poco de esa mujer.

Stella colgaba de las sogas del palo mayor, estaba pendiente de que la grúa funcionase de buena manera. Los últimos embalajes eran tragados por el barco hasta su almacén para ser luego ordenados, apilados y amarrados por los estibadores, la elfa saludó a uno con la mano cuando uno de ellos miró hacia arriba una vez tuvieron el trabajo listo.
¡Ese fue el último montaje! —Gritó hacia abajo.
El tipo le hizo una seña y ella avisó para que comenzaran a subir la grúa, las poleas crujieron y el plato subió, una vez arriba la compuerta de la cubierta se cerró, todo estaba listo. La elfa ya podía bajar, pero le gustaba estar en altura, con su metro cincuenta era considerada una pequeña no solo para su estirpe sino que incluso hasta para los humanos, era por esto que gustaba permanecer allí y apreciar todo el barco desde los más de quince metros que le brindaba la cofa. Escaló como solo ella sabía por las cuerdas que había recorrido por casi cuatro años, saltó por encima de la baranda y soltó las cuerdas de las velas.

El capitán miró el horizonte, hizo una seña con la cabeza al teniente, las velas caían.
Llegó el momento de partir.
¡Llegó la hora de partir! ¡Todos en sus puestos!

Las amarras se soltaron y desde la cubierta se podía apreciar como las tres enormes velas del trinquete, la mesana y el palo mayor hacían un espectáculo de tela mientras se desplegaban para cubrir medio mundo, la tabla que conectaba el galeón a tierra fue subida con apremio por los miembros del galeón que deseaban pronto estar en altamar, el enorme oso polar encargado de la fuerza bruta en el barco giró el gran cilindro de madera que impulsaba las poleas para elevar las dos anclas de popa, y cuando, chorreantes de agua salada, estuvieron en su posición dio un rugido para avisar que estaban listos. El contramaestre gritaba las últimas órdenes y el teniente se encargó de darle camarote a los últimos en subir. La mayoría de los tripulantes estaba en sus puestos, los viajeros miraron como todo se ponía en marcha como un gran reloj mecánico. Danna observaba a Trabalha, él por su parte hendía su mirada en la mujer mientras hablaba en voz baja con su única guardia personal, una mulata que miraba sin mirar. Ella había recorrido los mares de Noreth tres veces, ciega y huraña, podía sentir cada vibración en el aire, estaba quieta como una estatua, oliendo el mar y recibiendo instrucciones.

El galeón, con todas sus velas extendidas salió del golfo de Nanda y puso babor de cara a Narendra, recorriendo su costa como un delfín. El viento de otoño golpeaba más fuerte cuando caía la noche, era un regalo de los dioses y fue aprovechado por Decken, que orzeando, especulaba con Senzo que el viaje posiblemente duraría un par de días menos de lo esperado. La cubierta tenía poco movimiento, solo se veía la mujer ciega, que con su pañoleta amarilla ondeando al viento, afilaba su espada, Danna en cambio, cenaba junto con su gente en su amplio camarote, mientras la mayoría de los tripulantes comían apretujados en sus camarotes, o en la cámara de la tripulación, allí las mesas eran amplias, pero la cantidad de gente no permitía a uno sentirse a gusto. Los cubiertos contra los platos, las conversaciones y el chocar de las jarras de cerveza no dejaban oír mucho de lo que se hablaba, pero la gente hacía un esfuerzo por hablar. Santi tocaba un viejo laúd en una esquina mientras las lámparas de aceite de ballena colgaban por todos lados dentro de sus jaulas de latón bien protegidas.
El cocinero sacó el último plato de la cena, estofado de carne de res con dientes de ajo, salsa de champiñones, patatas y arroz, el tipo era un excelente cocinero, antes había sido asesino, pero Decken se lo dejó pasar cuando probó la merluza salteada con verduras que preparaba el enano. El plato llegó a las manos de Aelin, la ayudante en materia culinaria, lavado de ropa y limpieza de camarotes del Ardent, una mujer de cabello castaño, ojos deslumbrantes y cuerpo esbelto que por alguna razón fue a parar al galeón, Santi solía visitar su camarote seguido, pero ella prefería cobrar.

Ahí está tu plato —la muchacha depositó la comida frente al carpintero. Strind tenía media botella de vino y un vaso lleno frente a él.
Siempre me toca el último plato, el más frío y la peor parte de la res, ¿qué rayos es esto, champiñones? —preguntó.
No me reclames a mí, diselo a Rott —la muchacha se fijó en el hombre a su lado, bien parecido y de aspecto elegante, le regaló una sonrisa sin pensarlo, era Jun, que bebía relajado junto al muchacho de la capa demoníaca, éste sacó a la mujer de sus pensamientos.
Rott y su ajo. Carne con ajo, pescado con ajo, sopa de ajo, si fuera por él todo el maldito menú sería ajo.
¿Ya estás borracho? —dijo molesta.
Si no, ¿cómo soportaría esta comida?
La música dejó de sonar. Santi se acercó al carpintero pasando por entre las mesas, pidió perdón a la mujer y el hombre calvo que estaban en el misma sitio y le susurró a su amigo:
Hey Strind, será mejor que te vayas a comer a tu camarote, no queremos causar una mala impresión a nuestros pasajeros.
No se preocupe, no nos está incomodando —dijo el hombre de al lado. Jun se puso de pie con parsimonia—. Además, yo ya he terminado. Me retiro con su permiso.
Nosotros también nos retiramos —dijo Joanna, que salió con el calvo a su zaga.
¿Ves lo que haces? —le espetó Santi, una vez que los tres pasajeros salieron de la cámara—. No ha pasado ni un día y ya estás molestando a la gente.

El carpintero se puso de pie con toda el orgullo que era capaz de tener, levantó su plato, acto seguido lo dejó en la mesa, levantó el vino, con su mano libre agarró el vaso y se lo empinó hasta vaciarlo. Luego se llevó la botella consigo. Subió, la música volvía a sonar abajo. Fuera, en la cubierta, la noche envolvía el galeón, el mar chasqueaba su lengua contra el casco y el viento aún hinchaba las velas. A su izquierda, a unos kilómetros se podía ver la verde línea que era Narendra iluminada vacuamente por las estrellas y las tres lunas, cada una mostrando una faz diferente de su rostro, la blanca un cuarto, la azul casi llena, la roja menguante, Strind se chupó un dedo y lo estiró, sacó sus cuentas y concluyó que por la mañana seguramente se encontrarían pasando por Samrat.

Bebió el vino directo de la botella mientras se iba a refugiar a popa, pero antes de llegar se encontró con la mujer ciega.
¡Oye! —gritó—. ¡¿Que rayos crees que haces con esa piedra de amolar!?
La mujer permaneció inamovible, moviendo mecánicamente su mano contra la hoja, el sonido de la hoja sonaba como un arrullo al besar la piedra el metal. Ella no contestaba.
Sé que eres ciega, pero no sorda. Santi lo dijo cuando subiste, no puedes…
La mujer se puso de pie rápidamente, el demonio no estaba en sus seis sentidos y reaccionó tardíamente. Ella con espada en mano avanzó hacia él, el carpintero sólo atinó a levantar las manos, ella simplemente pasó a su lado, golpeando con su hombro el suyo y tirando la botella de paso. El vino cayó mientras la botella rodaba por la cubierta hasta llegar al borde de la baranda y chocar, y tras ella corría Strind, tambaleandose como una boya en tormenta. Alcanzó la botella, pero apenas y quedaba algo en su interior, pero era mejor que nada y se lo bebió levantando la botella como si en su interior tuviera todas las respuestas a la vida.

Como la cubierta sin vino era demasiado aburrida, regresó al interior del barco. Senzo dormía sobre el barril de agua dulce al lado de la puerta que bajaba a los camarotes, cuando Strind pasó a su lado el gato abrió los ojos mansamente y bostezó, el demonio notó que a su lado, en la orilla del barril estaba la piedra de amolar y más allá, siguiendo por la cubierta unos cinco metros, la pañoleta de la mujer ciega estaba aferrada a uno de los balaustres de la baranda. El carpintero hizo un esfuerzo sobrehumano, entrecerrando los ojos para darse cuenta, pero el amarillo era muy chillón y no era difícil equivocarse. Caminó hasta allí, sus pasos eran los únicos que se sentían. Llegó hasta la orilla babor del barco, recogió la pañoleta, miró a su alrededor pero todo era una leve oscuridad aterciopelada, apenas iluminada por las estrellas sobre el galeón, abajo en el mar, las olas se coronaban de espuma, mecidas por el fuerte viento, y entre ellas, con el rostro mirando hacia el fondo, se mecía la mujer ciega.

Es el vino —dijo Strind, se refregó los ojos y miró de nuevo. Allí estaba, apenas divisible por la oscuridad de la noche—. Mierda, ciega estúpida, ¿cómo no te has dado cuenta?
Se devolvió hacia el interior del barco, llegó hasta la cámara de tripulantes y sacó a Santi de ahí para avisarle discretamente en el pasillo, todo lo discretamente capaz para un borracho. El teniente dejó su laúd en las manos del demonio y subió hasta el camarote del capitán.

¿Lo sabe alguien más?
Solo el carpintero que la vio flotando.
¿Ese borracho? ¿Comprobaste que fuera cierto?
No, no he ido a ver, pero tenía la pañoleta en la mano —Santi estiró su derecha y le entregó el trozo de tela amarillo.
Asegurate de que sea verdad. Luego hay que decirle a Trabalhar que venga aquí, no quiero alarmar a nadie, así que no lo menciones con nadie más. ¿Has visto a ese condenado comerciante?
Le llevaron la cena a su camarote.
¿Y Danna?
Ella y su gente están también en su camarote.
Asegurate de que estén bien. Asegurate de que todos estén bien. Pero no toques la campana o vayas gritando por ahí. Sé discreto.

La noche siguió su curso. Para Santi fue imposible saber si la mujer se había ahogado pues su cuerpo ya estaría muy lejos arrastrado por las olas. Nadie notó que sucedía, solo tenían una ligera sospecha de que algo pasaba por Strind quien había regresado a beber en la cámara y Santi, que se paseó por el barco hablando con la tripulación, o simplemente revisando de que todos estuvieran ahí. Luego de que acabase la cena les pidió a todos que regresaran a sus camarotes. Pero Trabalha no tardó en armar un escándalo luego de salir del camarote del capitán. Se pudo oír por todo el barco.
¡DANNA, VEN AQUÍ ZORRA INMUNDA! ¡DAAAAANNA! ¡ASESINA, SI QUIERES VENIR A POR MÍ HAZLO AHORA!

Decken metió dentro de su camarote al comerciante y trató de calmarlo.
¿¡Quieres dejar de joder!? Tú mujer se cayó sola por la borda, no había nadie en cubierta. Sólo a ti se te ocurre meter una ciega en un barco.
¡Bah! Decken, maldito pirata de mierda. Ella era Shang Pei, una maldita más dura que el acero. Estaba ciega, pero no era idiota. Esa arpía de Danna y sus monstruos la lanzaron, están allanando el camino hasta mí. Me quieren ver muerto, me quieren fuera del negocio.
Estás paranoico Trab, escúchate —el capitán se sentó en su amplia mesa de ébano, sobre ella, el mapa de Noreth, con los nombres de sus ciudades más importantes, reposaba con cuatro monedas de oro en cada esquina para mantenerlo abierto. Al lado de los materiales cartográficos, una botella de whisky y un par de vasos esperaba a morir.
Quiero que regreses. Dale vuelta al barco, ya me las arreglaré.
No voy a regresar —Decken giró los dos vasos y vertió un cuarto de whisky en ellos.
Sí que lo harás. No arriesgaré mi vida.
Pondré a Makka a cuidar tu puerta, es un buen oso. No sabe hablar el idioma común, pero no hace falta que te entiendas con él.
¡Me importa una mierda, me oyes maldito pirata! ¿¡Acaso no lo entiendes?! ¡Danna me matará!
Trab. Yo mismo te mataré si me vuelves a putear —soltó un suspiro y se bebió su vaso de  whisky, luego el otro—. Eres mi pasajero. Te cuidaré como es debido. Makka velará por ti —Se puso de pie, tomó la botella de whisky y se la entregó a su ex-amigo. Trabalha se terminó de beber el pequeño concho que quedaba de un sorbo.
Hay que averiguar ahora mismo que es lo que ha pasado.





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Re: Un Asesino en la Cresta de la Ola [CAMPAÑA]

Mensaje por Darkeray el Jue Mayo 26, 2016 3:02 pm

Un leproso embozado empujó la puerta de su camarote, la madera se lamentó con un crujido y las bisagras quisieron añadirse a la canción con un chirrido, los aires salados y la humedad sin duda habían cumplido su labor con creces.

Le recibió una pequeña estancia, algunos pobres diablos que vivieran en la calle querrían haberla calificado de acogedora, pero para los vetustos recuerdos de lujo del Caballero, era poco más que un cuchitril de tamaño reducido, una jaula para ratones, con una sencilla y estrecha cama rellena de heno, podría incluso jurar que la estructura de madera en la que se alojaba el colchón era una vieja caja de mercancías que había encontrado una segunda utilidad. En el cabecero hacía un par de clavos a modo de percheros y a los pies de la cama una especie de caja que se abría como un cajón, contaba con un par de argollas, seguramente para poner un candado y mantener protegido el contenido, tendría que pedir alguno prestado, pero estaba completamente seguro de que la más leve patada podría haber desmantelado la “protección” que prometía la caja.

Al otro lado había una pequeña tabla horizontal clavada a la pared, a su lado descansaba una silla, Darkeray quiso suponer que se trataba de un intento de escritorio o mesa, pero donde más se detuvo su mirada fue en el enorme caldero que reposaba debajo del “escritorio”, había visto beques en la proa del barco y seguramente también habría en la popa, pero serían para los oficiales, de modo que si tenía que vaciar el cubo tendría que ir allí, por un momento Darkeray se preocupó en como fingiría que necesitaba hacer sus necesidades como todos, pero por suerte algunos restos habían quedado en su intestino grueso después de morir, podría darles uso.

Todo ello bien acompañado de los continuos berridos y pasos de los marineros que recorrían la cubierta unos pocos metros más arriba, a menos que se quisieran contar los continuos vaivenes y golpes del mar, que estaba prácticamente a la altura del camarote, posiblemente lo único que salvaba a los tripulantes de ir en la quilla o en la sentina era que en algún lugar habría que almacenar la mercancía.

-Oye Caballero... No es por mejorar la primera impresión sobre este camarote pero... ¿Te has fijado en el suelo? -susurró preocupado el Bufón-

Darkeray bajó la mirada y observó unas marcas que recorrían en linea recta el suelo, estaban unos pocos centímetros más allá de la puerta, en paralelo:

-Sí... Y yo diría que son marcas de unas rejas -contestó pensativo el Caballero- Fíjate, ahí estaba la puerta -añadió mientras señalaba unos raspazos que marcaban el recorrido que había seguido en su día al abrirse-

-¿Esto era una celda? Estupendo... No nos bastaba con salir de una, teníamos que acabar en los restos de otra

-Supongo que de alguna manera tendrían que reutilizarla -comentó mientras recorría la pared con detenimiento- Mira -e hizo un gesto con la cabeza para indicarlo- Ahí se arrancó la pared de la celda para poner los muros divisorios de madera -y efectivamente allí estaban los vestigios de los agujeros de unas antiguas rejas, ahora rellenos con serrín y resina-

-Muy bien... Y supongo que es tarde para plantearse seriamente el regresar al puerto ¿No? -comentó con un aburrido sarcasmo-

-Sinceramente engendro... Me da igual lo que este barco hiciera en un pasado, ahora se dedica al transporte, y aunque el capitán me la tenga jurada, le interesa el beneficio, se le nota demasiado su pasado en los negocios turbios

-¿Estás seguro? -preguntó el Bufón dudoso-

-Escucha atentamente...

Los pasos, los gritos y el sonido de cajas desplazándose y barriles rodando continuaba tanto arriba en cubierta como abajo en la bodega.

-¿Qué? Yo solo oigo a zoquetes trabajando -murmuró impaciente el Bufón-

-¿No te das cuenta? En la bodega, sonido metálico y vibrante, y por lo que les cuesta mover la caja debe ser pesado

-Muy bien, la edad no te ha dejado sin oído... ¿Y?

-No es cubertería -dedujo el Caballero- Ni objetos metálicos pequeños como alhajas o material de cocina, posiblemente sean armas o piezas de armadura sueltas, en gran cantidad imagino, sólo son rentables si puedes pertrechar a una gran cantidad de soldados.

-¿Qué eres ahora? ¿Mercader? -se burló el Bufón-

-Lo que quiero decir... -murmuró Darkeray hastiado de las interrupciones- Es que aunque no esté al corriente de la normativa del comercio actual... Muy probablemente esté prohibido llevar armas como mercancía, únicamente las necesarias para la defensa del barco en caso de ataque, cuando el Imperio aún gobernaba gran parte de Noreth... El transporte de armas y armaduras estaba muy regulado, y generalmente salvo casos de extrema necesidad, se transportaban por tierra, era más lento pero te asegurabas de no darles armamento gratuito a los piratas, corsarios, mercenarios, etc.

-Han pasado al menos 300 años Caballero... Las dichosas normativas pueden cambiar mucho en 300 años

-Cierto, pero dado que los vencedores suelen quedarse con lo efectivo de los vencidos, no creo que hayan abandonado la legislación, como máximo, adaptado... De hecho y muy probablemente seguiremos la Ruta de Cristales para llegar a Ciudad Esmeralda, perfeccionada por el Imperio en su momento para traer piedras preciosas a cambio de pescado en salazón, plata y reliquias del culto a Luminaris...

-Pero no lo sabes a ciencia cierta... -dilapidó el Bufón-

-No, pero supongo que sería tan sencillo como ver las etiquetas de las cajas y su contenido para comprobarlo...

-¿Y piensas hacerlo? -quiso saber el Bufón-

-No... -admitió el Caballero-

-Pues cállate y olvídalo

-De acuerdo

Darkeray se acercó al “escritorio” mientras dejaba caer al suelo su macuto, pronto zarparían, y a menos que fuera necesario no tenía en mente dejarse ver, así que simplemente arrastró la silla hacia la cama y sacó uno de sus recién adquiridos libros: “Bestiario marino: De monstruos horrendos, a la fauna comestible de Ujesh-Varsha”. Nanda no sería un buen lugar para conservar cosas de papel y cuero, quizá por ello había pocas librerías, pero las pocas que aún sobrevivían eran un filón de temática marinera, desde cuentos de viejas a lo más técnico. Darkeray se sentó y se arrebujó en sus ropajes mientras apoyaba los pies sobre la cama y abría el libro por la primera página.


-------------------X-------------------


-Tenga señor -dijo la joven mientras le alargaba un plato al Caballero-

Ante él humeaba un estofado de carne, por el fuerte olor que despedía tenía que llevar ajo, y la salsa marrón debía ser de champiñones, aunque era demasiado espesa, posiblemente hubiera otros ingredientes, patatas quizá, sinceramente a Darkeray no le importaba, el plato acabaría tirado por la borda en un momento de distracción, una lástima realmente, el plato parecía estar hecho por manos diestras, un contraste muy curioso a unos camarotes malamente acondicionados.

-¿Señor? -repitió la joven con ojos extrañados- ¿Podría cogerlo? Tengo que servir a los demás

Darkeray desvió la mirada del plato y lo recogió haciendo un gesto de disculpa, podía notar el calor del plato a pesar de llevar guantes, la chica debía de estar muy acostumbrada pues apenas se había quejado, y seguramente ni quemado.

-Muchas gracias señorita -dijo finalmente Darkeray mientras hacía una leve reverencia con la cabeza, la chica asintió y se dio la vuelta dispuesta a marcharse, pero la retuvo con un gesto- Antes de que os vayáis... Permitidme una pregunta ¿Debo devolver el plato en cuanto haya terminado?

-¿Os vais a comer al camarote? -quiso saber la joven, Darkeray asintió- Pues entonces sí, después de que acabéis o mañana por la mañana -el cocinero gritó un nombre, la joven reaccionó mirando en dirección a la cocina- Ni un momento más tarde -y acto seguido se alejó a paso ligero-

-Muchas gracias señorita Aelin -dijo el Caballero, aunque dudó seriamente de que ella lo hubiera escuchado-

Era una muchacha hermosa, de pelo castaño y figura esbelta, su presencia en aquel barco era tan improbable como el ver a un mercenario trabajando gratis, Darkeray se sorprendió a sí mismo quedándose embobado mientras ella se alejaba, sacudiendo levemente la cabeza en cuanto se quiso dar cuenta intentando apartar posibles fantasías, más aún cuando vio el leve guiño que hizo Santi en cuanto la muchacha se le acercó con su cena. Dioses, aquella joven de la fortaleza de Samrat le había dado la vuelta a todo

-¿Ahora pretendes darle uso a tu miembro Caballero? Espera... ¿Aún lo conservas? O mejor aún... ¿A ella le gustará la necrofilia? -comentó divertido en su mente el Bufón.

Darkeray se sintió avergonzado de su comportamiento, de haber sido físicamente posible, se hubiera puesto rojo:

-Cállate... -murmuró-

Y sin más, se dio la vuelta y puso rumbo a su camarote, mientras notaba unas cuantas miradas a sus espaldas... El capitán podría haber manifestado su aceptación como pasajero bien alto y claro, pero eso no iba a librar a Darkeray de recelo, no todos los días compartías barco con un hombre enmascarado y envuelto en ropajes que apenas dejaban ver un fragmento del cuerpo, alguien con tanto que ocultar no podía ser bueno.

No le quiso dar más vueltas, y consiguió expulsar a esos fantasmas de su cabeza según se alejaba del bullicio de las conversaciones y los platos, llegado un momento estaba solo en medio de un pasillo, su camarote estaba un poco más adelante, realmente sentía ganas de volver a aislarse en su cubículo, pero dado que todos estaban ahora ocupados en cenar, era el mejor momento para tirar la comida por la borda sin ser visto.

Así pues subió por las escaleras mientras aún se escuchaba levemente el griterío de la tripulación; la cubierta estaba despejada, bueno, salvo por el gato que dormitaba perezoso en un barril al lado de la escalera, o al menos eso había estado haciendo, pues en cuanto vio asomarse a Darkeray por la escalera, bufó levemente mientras se le erizaba el pelo, también intentó ponerse en una posición ofensiva, pero la pereza pudo más que la cautela según parecía.

El Caballero lo ignoró y se acercó de espaldas, plato en mano, a la baranda de estribor, contemplando mientras retrocedía lo que parecía otra ciudad costera, iluminada a babor por la luz de la noche, Darkeray no estaba seguro de cual sería la ciudad, y tampoco tenía ganas de comprobarlo, llegarían cuando tuvieran que llegar, así que se dio la vuelta sacudió el plato dejando caer la carne y concediendo unos segundos a la salsa para que gotease; alrededor de la carne que se comenzaba a hundir comenzaron a arremolinarse algunos peces que no supo distinguir.

-Mis disculpas al cocinero por este acto atroz -susurró Darkeray mientras dejaba en cubierta el plato y se apoyaba sobre la baranda, dejándose hipnotizar por las pequeñas olas que rompían en el costado del barco- Realmente parecía ser un plato delicioso

-No exageres -murmuró el Bufón-Quisiera ver yo la calidad de los platos en cuanto los alimentos dejen de estar frescos y recién cargados del puerto

-Bueno... -declaró el Caballero mientras se estiraba y recogía el plato- Hasta que eso ocurra, esta cena era de una calidad decente

Comenzó a caminar en dirección a las escaleras, con la firme intención de pasar la noche leyendo a la luz de una vela, algunas veces el no poder dormir tenía sus ventajas

-Caballero... ¿Acaso no recuerdas que no se permite el fuego en este barco?

Darkeray se detuvo en seco, maldijo por lo bajo, al final la estancia en aquel barco sería más insufrible de lo que parecía, a menos que...

-¿Y si leo en cubierta? Las estrellas y las lunas dan buena luz -declaró el Caballero mientras miraba al cielo- No tendría problemas creo yo

-¿Y si te ven?

-Como máximo habrá un vigía o dos, quizá alguien en el nido de cuervos,si es que este galeón tiene, pero mientras no moleste no creo que haya problema, en algunos casos incluso agradecen que haya alguien, así tienen otro par de ojos

-Es arriesgado ¿Tanto necesitas la lectura?

Darkeray miró a su alrededor y pensó en los días que debían quedar de viaje

-Sí, definitivamente la necesito -declaró al fin-

Bajó rápidamente las escaleras, no sin antes intentar ganarse cierta simpatía por parte del gato arrojándole un pedazo de carne que se había quedado pegado al plato, el animal lo ignoró, o no tenía hambre, o no le gustaba la carne o simplemente esperaría a que él se fuera para rescatar el pedazo, al Caballero le dio igual, se dirigió a su camarote y cogió el libro en un suspiro, dejando el plato en el escritorio, ya lo entregaría mañana. Acto seguido, deshizo el camino hacia la cubierta, tal y como suponía el gato había cogido la carne y se había vuelto al barril, en sus ojos se podía ver cierto brillo de altanería, muy digno a pesar de que se le hubiera pillado en su glotonería, a Darkeray casi le pareció gracioso, era como él cuando era pequeño, cuando no aceptaba remedios para sus heridas para posteriormente arrastrarse con aire orgulloso a pedirlas.

Sus pasos lo guiaron hasta la popa, pero allí le sorprendió una mujer que, sin apenas inmutarse, continuaba afilando una espada con gestos veteranos y acostumbrados a hacerlo, su tez era morena, posiblemente era una hunta, aunque algo clareada, quizá fuera una mestiza, o incluso una albina, existían casos así.

-Disculpadme señora, no os había visto, espero no haberos importunado -dijo el Caballero mientras hacía una leve reverencia-

La mujer detuvo un momento su labor y elevó la cabeza, sus ojos eran blanquecinos, definitivamente era ciega, Darkeray se preocupó por un momento de que su agudeza en el resto de los sentidos pudiera haber descubierto algo en su monólogo mientras se deshacía de la cena, pero lo descartó, no había dicho nada muy revelador, solamente parecería que hablaba sólo, como un loco, podía aceptar esa fama. La mujer hizo algo que quiso parecerse a un asentimiento, y volvió al trabajo.

El Caballero quiso decir algo más, pero dada la seguridad y las armas de la mujer, debía ser como mínimo alguien que podía ponerse violento si se le importunaba demasiado, ni siquiera consideró señalar el hecho de que estuviera usando una piedra de afilar en un barco relleno literalmente de pólvora, prefirió retroceder y volver por donde había venido:

-Bueno, supongo que te has quedado sin lectura Caballero -comentó el Bufón-

-Ya volveré más tarde, en algún momento se irá a dormir

-Si tú lo dices...

Y regresó a su camarote, escuchando en el camino como alguien con una botella llena de líquido subía a cubierta, un borracho probablemente, seguramente acabaría bajando también para reunirse con el resto de sus compañeros de faena, o se dormiría en cubierta, de una manera o de otra la idea de subir a leer no había cambiado demasiado.


--------------------X---------------------


Darkeray perseveraba testarudamente en su intención de leer intentando aprovechar la escasa luz de las lunas que se colaba por las rendijas de los tablones de su camarote. Una botella se resquebrajó en cubierta, probablemente aquel borracho había llegado a su límite y se había desplomado, con un poco de suerte el capitán también lo habría escuchado y lo colgaría por los pulgares del trinquete.

La noche siguió su curso, y en varias ocasiones el silencio hizo pensar al Caballero que sería un buen momento para volver a subir y comprobar la cubierta, pero todo ello se vino abajo en un solo grito:

¡DANNA, VEN AQUÍ ZORRA INMUNDA! ¡DAAAAANNA! ¡ASESINA, SI QUIERES VENIR A POR MÍ HAZLO AHORA!

Darkeray se incorporó en un segundo, el instinto hizo que su mano se fuera a la espada que colgaba de su cinto, escuchó un portazo lejano:

-¿Qué demonios? -preguntó el Bufón-

El Caballero le chistó pidiendo silencio, pero no se escuchó nada más a parte de ruidos en los camarotes que delataban que otros también habían oído el griterío, incluso algunos se asomaron al pasillo y se dirigieron a alguna parte:

-Alguien ha muerto... -susurró Darkeray-

-¿Quién habrá sido? -preguntó interesado el Bufón-

Darkeray se encogió de hombros y se volvió a tumbar en la cama, retomando su labor de discernir letras en la penumbra

-No tengo ni la más remota idea -declaró el Caballero al fin- Probablemente era alguien medianamente importante, ha hecho que uno de los pasajeros se enfurezca sobremanera, si hubiera sido un marinero común a casi nadie le hubiera preocupado

-¿No piensas ir a comprobarlo?

-No de momento, estoy seguro de que muchos de los que van a bordo intentarán enterarse de alguna forma de lo que ha pasado... Podría ir yo también, pero el capitán me tiene puesto el ojo encima, si empiezo a hacer preguntas y a meterme donde no me llaman recelará aún más de mí, y no necesito que eso ocurra

-¿Entonces?

-Entonces... Será mejor esperar, quizá el capitán explique lo acontecido mañana puesto que es evidente que ya no puede mantenerlo en secreto, naturalmente será una versión aguada de los hechos pero es mejor que nada, también podría preguntárselo a alguien, o intentar buscar rastros, pero supongo que ya se habrán deshecho de las evidencias más visibles.

-A parte de que seguirás un rastro frío -apuntó el Bufón-

-Da igual, de todas formas no tengo mucho interés en lo que haya podido pasar, ha podido ser incluso un accidente malinterpretado, o un caso aislado que no se repetirá en todo el viaje, aunque sí hay una cosa que está clara

-¿El qué?

-Por hoy al menos, no debería subir a leer a cubierta...
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Re: Un Asesino en la Cresta de la Ola [CAMPAÑA]

Mensaje por Areath el Lun Jun 06, 2016 6:50 pm

Las Lunas despuntaban en lo alto del cielo, la roja estaba en fase menguante lo cual significaba que Areath no debía preocuparse por la Luna llena hasta transcurrir al menos tres semanas, a menos que durante el trayecto hubiera algún tipo de imprevisto o alguna especie de naufragio, podía mantener al menos una tranquilidad casi palpable.
Areath descendió suavemente desde la vela más alta, donde había permanecido sentada el resto de la tarde. Incluso con la poca luz que había sus alas reflejaban aquel hermoso color azul marino brindándole un aspecto realmente bello y temeroso.

La mayoría de los pasajeros habían desaparecido de la cubierta y sumado al ruido tan sonoro proveniente de su estómago dedujo que la hora de la cena estaría cerca. Por fortuna, el galeón no era lo suficientemente grande como para perderse y no tardó mucho en encontrar la zona más concurrida, de donde provenía un extraño olor a ajo.
En una de las mesas distinguió al teniente Santi, quien parecía estar sermoneando a uno de los tripulantes, parecía ser un demonio y de lo fuerte que mantenía agarrada la botella de vino, tenía la mano prácticamente blanca por la tensión. No tardó demasiado en desaparecer de la mesa junto a tres tripulantes más.
La música volvió a sonar y al ambiente cobró aquella calidez que usualmente había entre los camaradas. A Areath le sirvieron un buen plato de estofado con champiñones, aunque más que champiñones lo que debía tener era ajo, ajo por doquier o ajo con estofado.
No quería llamar demasiado la atención aunque era evidente que de todos los tipos de personas y de razas. ella era la que menos lo llamaba, aunque fuera la única de su estirpe. Lo único que sintió al sentarse en aquella mesa apartada fueron las miradas. Probablemente a sus grande alas o incluso tal vez a su cara y a su cuerpo, no era ningún secreto, los Diviums eran seres realmente atractivos, nadie podía evitar mirarlos y disfrutar de su belleza, es más, probablemente, si tenían suerte, podían terminar retozando en cualquier lugar donde hubiera una intimidad mínima.
Lamentablemente, la soledad no le duró demasiado, cuando se llevó la tercera cucharada a la boca, Santi se sentó a su lado mostrándole su sonrisa más elegante.

-Hola, Areath, ¿no?. - El rostro de Areath permanecía serio, sin mostrar expresión alguna. Intentó seguir comiendo e ignorar aquella pregunta pero el teniente no se dio por aludido en aquel tira y afloja.

-Sabes… - Santi no se fue por las ramas y se acercó más a la divium susurrando en su oído- He escuchado que sois unos excelentes amantes y me preguntaba si tal vez te gustaría pasar un buen rato con un hombre experimentado. - Aquella sonrisa de prepotencia que le regaló a la joven Divium fue la gota que colmó el vaso.

-Yo tengo entendido que vuestros testículos son demasiado sensibles, me encantaría poder estrujarlos y contemplar tu cara de dolor, ¿qué te parece esa idea? - Areath hacía mucho tiempo que no aguantaba a ese tipo de personas, si bien es cierto que ella no era mala persona, no perdía la oportunidad de hacerle pasar un mal rato a un vulgar mujeriego.
La cara del chico rubio no tenía desperdicio alguno, sin pensarlo dos veces se fue totalmente turbado, el rechazo era lo último que se esperaba de alguien como ella.

Areath terminó de cenar y tras disfrutar un rato más de aquella buena música devolvió el plato a una jovencita de facciones muy bonitas.

Con el estómago lleno y un cansancio considerable acumulado resolvió que lo mejor que podía hacer sería ir a descansar al camarote. Ya se había recorrido el galeón de arriba abajo unas cuantas veces asique ahora se limitaba a observar pequeños detalles que no sabía que estaban ahí. Es posible que no fuera necesario pero bien era cierto que le encantaba observar todo aquello que la envolvía. Fue entonces, sumida en sus pensamientos cuando escuchó un gran berrido que con mucha probabilidad despertaría a más de uno de los tripulantes de aquella navegación.

¡DANNA, VEN AQUÍ ZORRA INMUNDA! ¡DAAAAANNA! ¡ASESINA, SI QUIERES VENIR A POR MÍ HAZLO AHORA!

Las palabras sonaban demasiado cerca de ella como para no acercarse a husmear. Parecía el capitán, pues llevaba su característico sombrero con su larga perilla gris, sí, el capitán Decken empujó dentro de su camarote a la otra persona. Areath no perdió más tiempo y escuchó con todo el sigilo que tenía aquella conversación. Parecía que alguien había muerto y que la culpable era una tal Danna. Todo era demasiado extraño, nadie sabía cómo había ocurrido pero iban a investigarlo, mientras, el tal Trab tendría un escolta.

Areath desapareció de allí en pocos segundos y fue directa a su camarote intentando aparentar tranquilidad y calma, como sino hubiera escuchado nada, como si fuera una completa ignorante. Lo que había empezado como un tranquilo y descuidado viaje parecía que se iba a convertir en un juego más peligroso. Muy necia tendría que ser sino abría los ojos. A partir de ahora cuidaría el doble sus acciones.

El camarote no era muy pequeño, pero tampoco podrías estar demasiado cómodo. Constaba de una cama y un pequeño escritorio, lo justo y necesario que uno necesita para un viaje de media distancia. Se sentó sobre la cama y encendió la lámpara de aceite que yacía a sus pies, sacó un pequeño cuaderno de su mochila y comenzó a escribir.


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Areath

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Re: Un Asesino en la Cresta de la Ola [CAMPAÑA]

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