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Un Dios entre Nosotros.

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Un Dios entre Nosotros.

Mensaje por Hemmi Chinaski el Jue Mayo 19, 2016 4:33 pm




Era una noche de celebración, cargada de felicidad y espiritismo. La cultura existente en la isla de Thaimoshi Ki Nao era tan espesa y rica en contenido que poseían su propio año nuevo, uno distinto al tradicional del resto de Noreth pues se celebraba varios meses después del año nuevo tradicional, justo cuando se cumplía la triple luna nueva.

Las lámparas de papel adornaban las esquinas de las casas de techos curvados y corrían por las calles colgando en gruesas cuerdas, el rojo era el color predominante, la gente vestía sus quimonos más elegantes y la algarabía poblaba todos y cada uno de sus rostros y corazones. Una noche feliz, llena de caras de ojos rasgados felices. Miles, llenando las calles, las casas, los templos y los ríos, sobre barcos en fiestas privadas.

El año del conejo estaba a punto de morir para dar paso al del dragón, las puertas de las casas estaban abiertas para dejar salir todos los espíritus del año que acababa, los niños usaban máscaras de papel y bambú con formas dracónicas que se podían comprar en los puestos pequeños que poblaban las ferias, allí por un par de kulls era posible obtener desde diversos tipos de comida, desde dulces a carne ensartada en palos, hasta toda clase de fuegos artificiales de diversidad de colores y formas, los que serían encendidos pasada la medianoche para que sus chispas hicieran brillar la noche con su ejército de estrellas. Largos dragones gigantes eran animados por docenas de personas en sus interiores, zigzagueando por las calles y divirtiendo a la multitud. Y no era difícil encontrar músicos en las esquinas, en los parques, dentro de las casas y en los palacios, tocando instrumentos tradicionales como cítaras, biwas y los enormes tambores llamados taikos, llenando los rincones de la ciudad con música de fiesta.

Faltaba poco menos de una hora para que el año terminase, toda la gente se dirigía al centro de la ciudad, donde se concentraban todos los eventos. Pocos eran los que transitaban por el puente de Kitagawa en ese momento, un añoso pedazo de piedra bellamente decorado de rojo y dorado por donde un ancho brazo de uno de los tantos ríos discurría desde la montaña hasta el mar. Desde ahí se podía ver el río llegar hasta el océano varios kilómetros al sur y las parejas allí presentes disfrutaban el momento lanzando barquitos de papel o simplemente paseando tranquilas con su intimidad por el puente, se podía oír un lejano sonido de una flauta, risas y conversaciones reservadas de los amantes.

No era un sitio para solitarios, pero ahí estaba yo, sin nadie a quien pudiera confiar los recuerdos del ayer, viendo como el desfile de barquitos era llevado corriente abajo. Ya habían pasado varios meses de lo de Envidia y sólo me quedaban de aquella noche maldita cicatrices de un rojo apagado en la piel, y malos recuerdos en la mente. Todo aquello había terminado, pero aún me sentía arruinada, pensaba que la rabia se apagaría con la venganza, pero mi odio seguía abrazando como carbones en el rescoldo de una hoguera. ¿Acaso no fui yo la que venció? ¿Por qué sentía el frío del invierno buscando un rincón donde acurrucarse en mi interior? Todo me sabía a cristales rotos en la boca: su risa, su sonrisa y las promesas sin cumplir. El futuro que soñábamos los dos. Los recuerdos me atormentaban y eran peores que las pesadillas del demonio. Mucho peores.  

Los andares de las parejas, sus miradas cómplices, su besos y sus manos entrelazadas me dolían el pecho como la mordida de un lobo rabioso. Y por más que trataba de apartar la mirada no podía obviar el sentimiento que embriagaba el aire, estaba desencajada, con la nostalgia viva. Me dolía algún sitio en el interior, podía sentir merodear ese lobo, era un volcán dentro de mí, de odio y pena por igual quemando mi corazón. Y lo peor de todo era que ni siquiera estaba segura de que aquello acabaría, yo no tenía idea de aquellas heridas, hubiera preferido mil veces perder el otro ojo, pues conocía ese dolor y lo podía soportar. Pero aquel aullido perdido en mi interior era diferente, y me enojaba aún más saber que quizá nunca se iría.

Iba descalza como siempre, hacia buen clima, los cerezos regaban de pétalos los parques y la soledad no me sentaba bien. Tenía un barquito en la mano, pensaba en Bukkawi. La tranquilidad de consumía como la llama consume la mecha, cuando el rumor del río me trajo un grito lejano. Levanté la cabeza como un sabueso olisqueando el aire, miré alrededor pensando que serían niños jugando, el sonido me acarició de nuevo los oídos, al parecer nadie más lo notó. Me moví hasta el borde del puente donde mucha gente caminaba hasta al centro por la avenida.
¿Alguien escuchó eso? —pregunté, varios me miraron, otros ni me prestaron atención. Lo volví a escuchar, era una mujer—. Una mujer ha gritado, ¿Es que nadie la escucha?
Las personas me miraron extrañadas, corrí una cuadra más hacia arriba hasta llegar a una esquina —¡Que alguien me ayude!— pude oír tenue.
¡Atacan a una mujer! ¡Que alguien dé aviso a la guardia de la ciudad! —Traté de guiarme apartando los demás sonidos, aguzando el oído—. ¡Es por aquí! —grité.
Subí varias calles siguiendo el curso opuesto del río, hacia la montaña, me había movido a los suburbios más apartados del centro y no había nadie por esas calles —¡Por favor, no!— pude oír claro y frío como el hielo, faltaba menos. Podía oír también los pasos de otras personas que me seguían para ayudarme.
¿Lo pudieron oír? —llegué a una esquina, era en esa calle—. ¡DEJAD EN PAZ A ESA MUJER! —grité sin saber cuál casa era.
¡AYUDA!

Llegué hasta en el portal de una casona tranquila, el patio interior tenía un cerezo deshojado en medio con varios amuletos rojos con rezos y peticiones para el nuevo año colgando de sus ramas desnudas. Una mujer pelirroja estaba de rodillas en el suelo bajo el árbol, vestía un quimono sucio y de mala calidad, con manchas de tierra en varias partes y roto en una manga. Dos mujeres de melena negra como tinta, con ropajes de azul profundo sobre cotas de malla de escamas, brillantes y ligeras, estaban sobre ella, una la sujetaba del cuello de la parte de atrás del quimono para levantarla como si se tratara de un perro apaleado, pero la soltó cuando vio aparecer gente.
La otra nos clavó la mirada como si fuéramos una aparición. La pelirroja levantó la vista del suelo con la cara llena de lágrimas y un hilo de sangre le corría de la comisura de la boca hasta el mentón. Era dueña de unos ojos purpúreos tan profundos que sentí vértigo al verla, era hermosa y clara, sus rojos labios gruesos evocaron una mueca de dolor tan sencilla y grácil y a la vez tan punzante, que casi me parte el corazón.
¡Por Favor! —sollozó—. ¡Ayuda!
¡DEJALA! —Bramé como el vapor de una caldera, era como ver golpear a un niño, aquella dama me pareció tan lívida y frágil que un espíritu de ayuda me clamó salvarla. Entré sin medir acciones, me planté a dos metros de ellas, llevé la mano a la katana lista para desenvainar con un movimiento más fluido que el agua.
Las mujeres de azul estaban sorprendidas de ver personas en la entrada de la casa, no parecían saber cómo actuar. Una de ellas miró a su espalda mientras la otra se llevó la mano al pomo de su espada sin quitar su mirada de piedra de mí. La casa estaba extrañamente iluminada pues a diferencia del resto de la ciudad no había lámparas sino antorchas de pie, dando una luz amarilla poderosa en las cuatro esquinas del patio interior. Miré a donde posaba su mirada una de ellas, una tercera mujer, bellamente vestida, con su largo cabello hecho un tocado alto y lleno de peines y palillos, maquillada sencilla, pero poderosamente hermosa, avanzó al centro del patio, hasta unirse al resto, era una geisha.
Buenas noches —dijo con una calma y un aplomo que rompía con el escándalo de la pelirroja y mío, me hizo sentir como una niña maldadosa que le había roto un vidrio y debía pedirle disculpas—. Lamento enormemente que tengan que ver esto. Ella pertenece a mi casa…
¡Mentira! ¡Ayudadme! —chilló la mujer en el suelo. La geisha continuó imperturbable.
...La he comprado para que se transforme en una geisha, pero la muy testaruda al parecer aún no se da cuenta que su libertad es mía. —Miró a la pelirroja que sollozaba en el suelo.
Abrí la boca para decir algo, pero no sabía qué. Era sabido que las casas de Geishas comprasen esclavas hermosas para luego entrenarlas para el espectáculo. Pero, nunca me había topado con una maiko tan adulta...
Las aprendices las compran de pequeñas. Nunca he visto una maiko de esa edad.
¿Y qué sabes tú? —me contestó la geisha, tenía una voz aterciopelada poderosa, como un martillo de seda—. No eres una mahre.
¡Es mentira! ¡Por favor —la pelirroja se arrastró hacia mí, me embargó una pena al verla tan terrible que me sentí tentada a lanzarme a ella. Me miró fijo, en su rostro se debatía una frase que lanzó rápida como si quemara—... Soy Selen Sanctra! ¡Me han atrapado en este cuerpo humano! ¡Debes creerme, son demonios!
Aquello fue inesperado… La miré extrañada. Las mujeres de azul se miraron entre ellas, un silencio artificial se extendió algunos segundos para luego ser rotos por la geisha que comenzó a reir de una manera tan educada y limpia que hizo sentir todas las demás risas del mundo un puñado de carraspeos trogloditas.
Está loca —dijo la geisha levantando los hombros, su rostro era la viva imagen de la resignación—. Pero qué le voy a hacer. Ya la compré, es mía y no hay nada que ustedes puedan hacer. Ahora por favor. Salgan de mi casa.
Las mujeres de azul cogieron entre las dos de los brazos a la pelirroja, la alzaron como un atajo de ropa sucia y ella gritó. Comenzaron a llevarla hacia el segundo patio interior, más adentro de la casa. La geisha estaba plantada en su sitio, como una bella estatua de mármol a la espera de que nos fuéramos.
Pensé en la pelirroja, que se debatía entre las dos mujeres de azul, había que estar muy loca para decir semejante estupidez, Selen Sanctra... Si era una esclava no podía hacer nada para arrebatarsela a la geisha, pero no podía permitir que la maltrataran de esa manera, existían leyes que prohíben tener malos tratos a los esclavos, pero todos los guardias debían de estar en el centro en ese momento, junto con el resto de la población. Todo se remitía a lo que pudiese hacer en ese justo momento yo y las personas que habían llegado conmigo. Además, Selen irradiaba un aura tan plácida, había algo en ella que me producía paz. No podía dejar que la quebraran de esa manera. No se lo merecía.

No te la llevarás —le dije a la geisha, ella me miró, su ligera sonrisa ganadora se quebró para dejar una máscara neutra. Solo un ligero unir de cejas me hizo ver que estaba terriblemente molesta—. ¡Déjala ir! —las mujeres de azul, que con sus espadas al cinto eran seguramente guardianas me miraron, pero al no haber ningún movimiento por parte de la geisha continuaron—. ¡DÉJALA IR!
No.
¡Por favor! ¡Por favor! ¡Debes creerme!
Desenvainé mi katana y avancé hasta ella, estaba a unos tres metros, cerca del cerezo con sus amuletos al viento. La geisha abrió su abanico, y en un pestañear tuvo a su izquierda a una de las mujeres de azul que ya tenía su espada en la mano.
Sabriel. Si esta muchacha osa dar un paso más. Mátala. —la mujer de azul asintió y su melena ondeó como una bandera negra. Me detuve. Mierda. No había pensado llegar a ese punto. No quería mirar hacia atrás, pero esperé a que alguien más me apoyara en la locura que estaba a punto de hacer.


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Re: Un Dios entre Nosotros.

Mensaje por Rogwür el Mar Mayo 31, 2016 2:32 am

Era una noche divertida y conmemorativa para la tradición del año nuevo para los residentes de Thaimoshi Ki Nao, aquella exótica isla a la cual Rogwür había visitado con la idea de que le aguardasen misterios e información que pudiese beneficiarle para ser recompensado por su señor. Tenía como primera opción visitar a la biblioteca de la isla, a la cual los extranjeros apreciaban por su elegancia y su sinnúmero de escritos, tanto así que los encargados del lugar eran eruditos sin un pasatiempo más que la lectura y la búsqueda del saber. Pero había llegado en el momento inequívoco; tanto los obreros como los mismos bibliotecarios a los que buscaba celebrarán la fiesta de año nuevo, mientras que él quedaba como un extranjero más perdido en la ciudad.

Pese a la emotividad y espiritualidad que se alzaba en la celebración, el enano se apartaba del resto de las personas desde una vieja y distante taberna en el centro de la ciudad. Tenía una vaga iluminación, la cual se componía por las lámparas festivas que colgaban sobre el techo en determinadas zonas del lugar. Muchos hombres y mujeres entre las mesas celebraban a base de grandes cantidades de bebida y chistes zonzos que comenzaban a volverse mucho más estúpidos mientras más de aquellos pobres diablos se embriagaban en sus mesas.

No era un buen día, o al menos para el enano, que ahora lidiaba con un pequeño embrollo. Cada uno de sus viajes era una búsqueda por poder y aprecio de su rey, pero ahora, el enano no sabría como se lo tomaría su señor al ver que su más fiel y único acólito emprendió un viaje solamente para caer en una taberna cualquiera para embriagarse como en sus noches más lúgubres en la que sus pesadillas lo atacaban. La paranoia lo atacaba cada segundo que estaba en su mesa aislada del resto; meditaba sobre que acciones probablemente tomaría su señor con él mientras que notaba llegar su pedido por una joven que vestía con un kimono escarlata.

La señorita se encorvó y colocó el pequeño tarro por el cual serviría el sake; el enano agarró la muñeca de la mujer tan pronto como había vertido una mísera parte de la botella y la guió hacia la mesa, en la que hizo que la chica dejase la botella con un apretón un tanto rudo y brusco. Tan pronto como lo hizo, la mujer se fue sin dirigir una mirada hacia atrás, abstente si el extranjero se dedicaba a dar problemas ebrio si llegaba a sobrecargarse con toda la botella de sake.

— Menudo lugar de mierda. —Dijo el enano, mientras que vaciaba todo el tarro de un simple trago. Con su mano, vendada tras cierto incidente doloroso, agarró la botella de sake y bebió de ella hasta más no poder. El simple ambiente le asqueaba debido a su poca familiaridad con la cultura de la isla y, por encima de todo, le agradaba más la clásica aguamiel antes que aquel fiasco que le resultaba demasiado suave como para ser una bebida alcohólica. «¿Qué hay aquí que en realidad valga la pena? no sé en que demonios pensaba al visitar un lugar como este sin siquiera conocer su idioma.»

No le importaba decir groserías o lanzar maldiciones en la taberna, es más, tal vez siquiera le interesaba aguardar una fachada de simpatía y educación en un momento como ese. En un momento así solamente se quedaba disfrutar de la soledad y descansar al margen de los demás, pero tanto su armadura como su condición como enano eran cosas que resaltaban como algo exótico para la sociedad de Thaimoshi; un anciano salió de una de las habitaciones y susurro algo a la chica de los recados. Tan pronto como se lo dijo, la chica comenzó a ordenar el desmantelamiento de las mesas a cada persona en el lugar.

Tal como esperaba, siquiera los dueños de la taberna se perderían semejante celebración. Salió antes de que pudiesen decírselo, mientras que arrojaba con fuerza la botella de sake con furia. Lo poco que tenía para hacer en aquel lugar ya no estaba y, como forma para relajarse, decidió que lo mejor para calmar su paranoia sería disfrutar un poco del paisaje en vez de la bebida. Se notaba extraño para un seguidor del Viejo Rey, entidad que corrompía la belleza de los paisajes, pero Rogwür se limitaba solamente a apreciar las atracciones que se hacía; entre una de ellas, había decidido reunirse a contemplarse así mismo en las aguas cristalinas del puente; en el agua iluminada por el reflejo de la luna se podía contemplar así mismo: pálido, ojerudo y con una dura mirada que reflejaba su antipatía cual mero aguafiestas que era.

— Un asco, como siempre —Pensó en voz baja para sí mismo—. ¿Realmente fui así o todo esto es parte de mi iniciación como un seguidor más de los oscuros caprichos de quien me doblega? o tal vez, terminaré mucho peor de lo que estoy ahora.

Repentinamente, escuchó un estruendo venir de algún lugar no tan lejos del puente, pero pocos prestaron atención al respecto, salvo una chica que portaba un kimono rojo y una temeraria actitud. Por segunda vez se escuchó el alarido de una mujer, esta vez, solicitaba ayuda. La curiosidad comenzaba a incitarlo a seguir a la chica que, de manera valiente, iba al rescate de la chica que era atacada o probablemente era un simple intento de violación. A paso lento, caminó a espaldas de ella sin siquiera mostrar algún interés por la seguridad de la moza en apuros.«Por fin. Algo de acción en este bodrio de ciudad en vez de tirar barcos en este maldito lago. Podría aprovecharme de ella tras salvarla, y si no, siempre puedo extorsionar a esa escandalosa.»

Tan pronto como la chica adelantaba su paso, el acólito trató de seguirla lo mejor que podía debido a sus cortas piernas y la armadura que portaba. Podría beneficiarse en fingir sentir algo de importancia por la chica y salvarla, con tal de ganar una fama para así encubrir sus oscuras intenciones en la ciudad. Tras alcanzarla, llegó hasta el portón de una casa tradicional y con un ambiente sereno, que relucía con un cerezo en medio de su jardín como decoración. Se percató de como una mujer de ropajes andrajosos y de un cabello carmesí ahora estaba sumisa a dos chicas que formaban parte de la seguridad de la casa o la escolta de algún noble. Seguramente era algún proxeneta o esclavista del que alguna de sus mujeres se le había escapado y ahora la reclamaba a la fuerza para que regresase de vuelta a él.

Se resguardó a un costado del portón, presenciando desde el rabillo del ojo el conflicto entre la temeraria salvadora y las señoritas que resguardaban a la pelirroja cual mero objeto. Trataba de quedar al margen de las antorchas del lugar, mientras analizaba la situación mucho antes de actuar de manera vehemente y sin alguna razón como para arriesgarse. Pues si había algo que el acólito pusiese por encima de su ambición, eran las probabilidades que tenía de meter la pata y más aún, cuando ello se trataba de alguien tan paranoico como Rogwür.

«¿Diosa? ¿lo dice enserio o esta loca de remate?» pensó, mientras que refrescaba todas sus posibles acciones en un momento como ese. Podría regresar o ir a por la supuesta diosa encarnada en una forma humana para poder darla como sacrificio a su oscuro señor, pero a fin de cuentas, el acólito no estaba completamente seguro si en realidad podría serlo. Muchos charlatanes que se hacían llamar profetas decían algo parecido, pero al final eran meros mentirosos.

— ¡Esperen, señoritas! —Salió de su escondite con un alarido que entonaba con una falsa gloria y orgullo, mientras que daba lentos pasos a la escena en la que se cruzaban la chica y la leal asesina. Sacó su martillo, mientras que con la cabeza de esta pegaba pequeños golpecillos a su mano vendada. — No creerán que dejaré que torturen a aquella damisela tan fácil —Prosiguió, mientras que se colocó a un lado de la valiente chica a la que había estado siguiendo—. Vengo de tierras lejanas y busco la seguridad del débil ante los abusos del fuerte. Por nada en el mundo dejaré que toquen a aquella damisela en el nombre de la justicia.

«Alguna muestra de mi afinidad profana y podría costar para mi un valioso sacrificio. Por ahora, lo mejor será acompañar a esta don nadie para ir a por la supuesta diosa.» esbozó una cálida y afable sonrisa de su rostro, bajo el papel de un noble justiciero.


Última edición por Rogwür el Miér Jun 01, 2016 4:19 am, editado 1 vez


La carne perece, pero la piedra perdurará...

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Re: Un Dios entre Nosotros.

Mensaje por Tyrael el Miér Jun 01, 2016 4:09 am

Las aventuras causaban poca fascinación mí, sin embargo algo que sí lograba sacar el lado más letal de mi ser era la búsqueda del bien común. Había escuchado que una isla central en los archipiélagos de Noreth era una tierra bastante espiritual como para hacer un contacto más fuerte con Adael y el consejo de Dioses.

El barco en el que había viajado era de verdad bastante reducido – El fin justifica los medios – Pensaba al ver lo reducido de la embarcación y su pequeña flota de marineros que al menos eran honrados. Había tenido varias conversaciones con el capitán del navío y éste me alertaba que la isla de Thaimoshi Ki Nao no era un lugar sedentario, sus habitantes eran bastante movidos y culturales y tenían un gran respeto por sus tradiciones, incluso tenían su propio año nuevo que a  saber cuándo era.

Cuando desembarqué de la nave pude apreciar que efectivamente el ambiente estaba cargado con una alta estima cultural, las construcciones eran más elaboradas que el resto de Noreth, sobretodo con respecto a los techos que tenían formas curvas repletas  de colgantes y adornos sobre las finas maderas en su mayoría pintadas de rojo. Sus habitantes no se quedaban atrás, sus ropajes los distinguían fuertemente de su lugar natal, usaban elegantes ropajes que consistían en telas muy bien adornadas y bordadas las cuales llamaban kimonos.

El aire que se respiraba en la isla era distinto al que estaba acostumbrado a absorber en la mayoría de Noreth, éste era limpio y puro, con aroma suave y dulce, con una pequeña pizca de pólvora que no desentonaba para nada el ambiente. La isla estaba distribuida en pedazos de terrenos delimitados por las aguas del río principal y estaban conectados por puentes curiosos en cuanto a estructura. Una maravilla cultural sin duda.

A pesar de no conocer el idioma, en el barco me habían enseñado alguna que otra frase de presentación y despedida, así como de cortesía para que no acabara en alguna celda de la ciudad, donde se rumoreaba que se tenía un estricto sentido de la ley, lo cual no me disgustaba ni tampoco se desmentía con las características de aquella parte del archipiélago.

De inmediato había buscado una zona más amplia y menos poblada de la ciudad para hacer contacto con mis Dioses, sin embargo en aquella ciudad bastante poblada era muy difícil encontrar un lugar calmo y pasible, así que me dirigí hacia el norte, en busca de la línea de árboles y bambúes buscando un terreno en el cual meditar. Atravesar la ciudad no fue fácil y menos con mi armadura que sí desentonaba con las demás armaduras ligeras que había visto puesta a los guardias y demás visitantes, sin embargo pude arreglármelas para pasar de extremo a extremo la ciudad.

Había llegado a la línea de árboles y sin más me adentré unos metros hasta que como por arte de magia pude divisar un claro de ensueño que parecía especialmente colocado allí para meditar. Ofrecía una vista frontal de parte de la ciudad y se extendía kilómetros adentro en el mar, los rayos del sol impactaban de lleno en las copas de los bambúes y demás árboles, lo que ofrecía una sombra pasible en el lugar; el viento se colaba por dentro de mi capucha y acariciaba mi falta de cabello.  Me senté en una roca cerca, crucé las piernas y luego de colocar a El’druin cerca de mi alcance, comencé mi enlace espiritual, meditando sobre la sabiduría y fortaleza que me brindaba Adael.

El tiempo transcurrió mientras estaba en una especie de transe agradeciendo todos los favores que podía recibir del Dios Adael, cuando volví en sí, sacado por el sonido vago de una pequeña explosión de pirotecnia cerca de la ciudad, ya el sol se estaba ocultando y el cielo pasaba a tornarse de un anaranjado oscuro a un rojizo amarillento y luego a la oscuridad. No quería permanecer en aquel bosque de noche, así que tomé a El’druin y descendí del bosque hacia la ciudad. Extrañamente me tomó unos cuantos minutos volver al puente que enlazaba la zona agreste de la ciudad con el centro de la misma.

Ya en la ciudad busqué intuyendo por los anuncios una posada para pasar la noche. Encontré una casa bastante amplia con un anuncio grande con una incomprensible escritura que al lado tenía la silueta de una cama, entré para comprobar que efectivamente era una posada. Me había acercado al centro de la sala a hablar con un hombre que sin pronunciar muchas palabras gracias al desconocimiento del lenguaje, me entregó una  antigua llave y me guió hasta un cuarto luego de entregarle unas cuantas monedas que llevaba en la bolsa de viaje.

Todo eso me había pasado en mi primer día en la isla y ahora reflexionaba lo que había hecho como de costumbre, postrado en una cama bastante cómoda en la intimidad de una alcoba bien reducida. Con esos pensamientos en mente, dormí plácidamente con la intención de al siguiente día  enlazar un contacto más fuerte con Adael.

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El sonido de las aves que pasaban frente a la vieja ventana de la pared derecha de la habitación me hizo despertar, era un nuevo día y sentía que había dormido una eternidad. Me coloqué mis botas y mi armadura de nuevo y me colgué a El’druin en el cinturón. Asegurándome de no dejar nada en la habitación, salí hacia la sala principal y agradeciendo la estancia en una tosca y muy mal pronunciada palabra de su lenguaje, salí del establecimiento.

La ciudad se veía distinta – Veo que el capitán no se equivocó al decir que es una ciudad movida – Todos los habitantes ahora estaban más enérgicos y más llenos de vida, veía que ya era tarde por el tono azulado del cielo, ya se estaba preparando para oscurecer – ¿Cuánto eh dormido? ¡Por Adael! – Todos corrían hacia el centro de la ciudad, donde vendedores y demás turistas y residentes se empezaban a conglomerar.

Esto no era precisamente malo, suponía que si todas las personas se conglomeraban en la ciudad, tendría más soledad para meditar y esta vez no tendría que recurrir al bosque, así que busqué  un lugar entre la gentuza para meditar tranquilo. Al fin llegué al borde de una pequeña afluente de agua que era cruzada por un río, la misma estaba bastante desolada. Sin más me senté en el suelo comencé a meditar. Luego de unas horas, pude notar al volver en sí que el ambiente había mutado.

El lugar solo y pasible al que había acudido se había vuelto un lugar donde muchas parejas acudieron a pasar un momento romántico y aunado con el cielo que volvía tener su tono rojizo y con poca iluminación, hacía que fuera la escena perfecta para declararse amor eterno. Algunas parejas lanzaban pequeños barcos hechos en papel al río y otras más preferían hablar pasiblemente entre ellas a la sombra de los característicos árboles deshojados que abundaban por el sitio.

De pronto una algarabía sobre el puente cercano me sacó de mis pensamientos, una mujer se veía agitada y miraba en todas las direcciones, de inmediato me puse de pie y asegurándome de tener a El’druin caminé en dirección al puente. Una voz llegó muy vagamente a mis oídos, sin embargo no pude distinguir qué era. De inmediato la mujer que vestía un hermoso kimono comenzó a acelerar el paso indicando a los transeúntes qué hacer, seguido por un muy reducido grupo de personas.

Me encaminé siguiendo a la extraña mujer, la curiosidad y la necesidad de ser útil me llevaban por una mano. En el camino pude observar que la ciudad estaba decorada diferente, los adornos que había visto antes eran más grandes y los árboles tenían listones y demás colgando de sus ramas, bellos disfraces de dragones se paseaban por la calle mientras todos avivaban la algarabía.

-Debe ser una fiesta muy importante en su cultura. Veamos qué pasa con esa chica – Pensé

A mis oídos llegaron una voz bastante quebrantada de auxilio, casi al instante mis sentidos actuaron y aceleré el paso rebasando a numerosas personas, un ser bastante bajo en estatura entre ellos, hasta colocarme casi a la par de la mujer de cabello negro.

Llegamos a una casa que tenía la puerta abierta y por ella entró la mujer, seguida por algunas personas y luego yo. El patio central era hermoso, tenía lo que parecía un cerezo deshojado en el centro de la habitación con numerosos papeles colgando de sus ramas. Bajo él había una hermosa mujer de ropajes andrajosos y sucios que de una de las comisuras de su boca brotaba una pequeña estela de sangre carmesí. Me quedé callado observando la situación para decidir qué hacer.

La mujer gritaba frases de auxilio a lo que la autora de que aquellas personas estuviera allí se pronunció oponiéndose a los designios de dos bellas mujeres que parecían torturar a la que yacía bajo el árbol. Luego de un grito de la pelinegro, apareció otra mujer maquillada a lo que me parecía una exageración con el cabello muy arreglado.

Buenas noches. Lamento enormemente que tengan que ver esto. Ella pertenece a mi casa…

-¿Pertenece? No es un objeto- Pensé posando una de mis manos sobre la empuñadura envainada de El’druin y escuché como la mujer de los harapos lo negaba.

...La he comprado para que se transforme en una geisha, pero la muy testaruda al parecer aún no se da cuenta que su libertad es mía.

Fruncí el seño. Sabía sobre la trata de esclavos y las damas de entretenimiento a las que llamaban Geishas, sin embargo jamás estuve de acuerdo con su comercialización, la libertad era de cada persona y eso nunca se le podría arrebatar. Si embargo, las tierras donde estaba tenían sus propias leyes y no podría interponerme a ellas, sin embargo me pareció que el trato que le estaban dando no era el más adecuado.

Las dos mujeres cruzaron algunas palabras con términos que desconocía en su totalidad, sin embargo de nuevo la que yacía en el suelo lo negó y alcanzó a revelar que era una Diosa ajena a mi credo.

Selen Sanctra. Estaba completamente informado de las mayorías de las religiones ajenas a la mía y sabía perfectamente quién era la dueña de aquel nombre, una Diosa de la pasión y el amor, sin embargo dudaba mucho que fuera ella, no tenía conocimiento de manifestaciones tan físicas de las entidades divinas sobre la tierra de Noreth, pero no podía dejar que la tratasen así. La mujer de cabello muy arreglado ordenó el desalojo de su casa mientras las dos mujeres vestidas de armaduras se llevaban a la supuesta diosa a rastras más dentro de su hogar.

La volátil chica que defendía a los débiles se plantó espada en mano contra las demás mujeres que también se veían amenazantes. En respuesta, la geisha hizo una sutil seña a sus compañeras o protectoras y éstas de inmediato hicieron frente a la amenaza que había representado la extraña mujer. El pequeño ser que había rebasado minutos atrás salió de entre las sombras dejando ver su raza, un enano, y se plantó en apoyo a la primera.

-Demonios o no demonios, no es justo su trato hacia ella- Pensé en referencia a las muchas cosas que había dicho la supuesta diosa de sus captores.

Dudo mucho que una buena charla calme los ánimos, señores –Dije caminando hacia al frente- Si la mujer es de su “propiedad” –Hice una pausa- No es correcto que reciba el trato que sus congéneres le brindan –Dije dirigiéndome hacia la geisha.

Por lo tanto, les sugiero que acaten los designios de la señorita y el caballero –Dije quitándome la capucha de la cabeza dejando al descubierto mi brillante calva- O enfrenten las consecuencias de sus actos.

Avancé hasta el lado de la espadachín, al otro extremo del enano, llevé mi mano hasta la empuñadura de El’druin y la desenvainé. El brillo de la hoja se hizo presente, mientras colocaba suavemente la punta de la espada en el suelo y posaba ambas manos sobre el cabo de la empuñadura, preparándome para la pelea inminente.

Les sugiero reconsiderar mi oferta, señoritas. Esto no es justicia –Dije lanzando una mirada de piedra a la Geisha.


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Tyrael

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Re: Un Dios entre Nosotros.

Mensaje por Iris Melita el Jue Jun 09, 2016 9:20 am

Los vientos del peregrinaje y la búsqueda del éxtasis místico me llevaron a mí, y a Faiza, hasta los puertos de Ciudad Esmeralda, de donde tomamos un buque en dirección a los mares del Este, en búsqueda del archipiélago perdido entre las aguas que se crecían a sus alrededores.

El navío arribó a puerto en Taimoshi Ni Kao, y tomamos la decisión de desembarcar. Nunca habíamos venido aquí, sin embargo, estaba segura de que sería un buen sitio por donde comenzar.

Sin embargo, y aunque la isla parecía bastante especial y única en sí misma, hoy parecía un día concretamente más especial que los demás, a juzgar por la cargada decoración de las calles.

Unos orbes de papel luminosos dejaban derramar su suave y cálida luz por encima de nuestras cabezas, y a mi especialmente, me hacían sentir jovial y liviana.

Desde hacía tiempo, me había dado cuenta de que las luces cálidas me mantenían de buen humor, pero no entendía bien el por qué era así. Ni por qué no tenía hambre casi nunca. Sólo el agua y la luz me bastaban. Había algo que se me estaba escapando, seguramente.

Sea como fuere, me vi inmersa bajo un árbol de flores de cerezo sin darme cuenta de cómo llegué allí, encontrándome con unos atentos y brillantes ojos melosos rodeados de un brillante azabache sedoso.

Pese a ello, el silencio reinaba entre nosotras, rodeadas de risas, sonidos sordos de tambores, y escondido entre la maleza de los sonidos de una calle ajetreada y festiva, un grito de auxilio.

Faiza giró su rostro hacia el lado contrario con presteza, mientras que por mi parte trataba de localizarlo.- ¿Has oído un grito?¿O quizás mi cabeza está jugándome una fantasía sin sentido?

Mi amiga y compañera reptil asentía despacio, mientras observaba hacia la dirección donde creía haberlo oído.

No podíamos ignorar aquella llamada de socorro, y tratamos de acudir con la mayor presteza posible hacia lo más profundo de los callejones, cada vez más estrechos y oscuros, lejos de la jovialidad de las festividades.

Traté de perseguir a ciegas aquel sonido, fiándome para ello de Faiza, quien sólo iba quizás animada por mí. Nunca le habían dado razones para confiar en los humanos, y cuanto más tiempo pasaba, menos razones le daban, como si su compañía, respeto y confianza fuera totalmente indeseada por los humanos, de naturaleza xenófoba y racista. O eso simplemente opinaba ella.

Mientras nos acercábamos, oía una voz, que estaba levemente diluida en el silencio de la noche.
… ¡Me han atrapado en este cuerpo humano! ¡Debes creerme, son demonios!

¿Demonios?¿A quiénes se estaba refiriendo? ¿Y atrapada en un cuerpo humano?

Todo esto resultaba altamente extraño. ¿Quizás todo era una casualidad?¿O quizás era un designio de los dioses?¿Me estarían poniendo a prueba?

Siguiendo aquella desesperada voz, nos detuvimos frente a una puerta que estaba abierta de par en par, tras de la cual se encontraban una mujer de buena apariencia, y una extraña combinación de colores en su pelo, que parecía oler a madera seca, o más bien diría a tizón; no estaba del todo segura; un hombre de baja estatura y otro ser encapuchado, todos aparentemente en tensión.

Frente a ellos, una mujer de cabellos rojizos como el fuego, con ropaje ajado, se encontraba alzada entre los brazos de otras dos mujeres de cabellos negros, tan negros que parecían irreales, y otra mujer, exquisitamente vestida, al lado.

Sólo podía hacerme eco de la voz de la mujer con olor a madera. “¡Déjala ir!” Mientras la mujer pelirroja se retorcía. Los otros dos hombres se sumaban a la orden de la espadachina, mientras que las dos mujeres de enfrente estaban atentas y preparadas.

Una de ellas se acercó a la de buen vestir desenvainando su espada. Era de una extraña hoja curvada, muy delgada, y aparentemente liviana. Había oído decir que las katanas eran armas exquisitas, pero nunca había pensado que un instrumento para hacer daño pudiera ser tan bello.

Sin embargo, esa belleza sólo era algo difuso y temporal, pues tras las palabras de la mujer, todo aquello se disipaba y perdía el significado.

El encapuchado llamó “demonios” a las otras dos muchachas. ¿A lo mejor se refería a ellas dos?

No sabía exactamente bien por qué, pero mientras estaba observando la escena, el cuerpo escamoso de Faiza se deslizaba sobre el adoquinado de aquel patio, acercándose, casi como en un trance, hacia la mujer que ahora nos daba la espalda y sus acompañantes, quedándose detrás, a unos dos metros, del variopinto grupo.

Me mantuve en silencio, en un silencio que parecía querer quebrarse en cualquier momento, preparada para hacer lo que estuviera en mi mano para ayudar, dentro de lo posible.


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Re: Un Dios entre Nosotros.

Mensaje por Hemmi Chinaski el Miér Jun 15, 2016 11:06 pm

La geisha analizó la situación con detenida frialdad. Sus ojos eran dos rendijas oscuras que se posaban en los cuatro quienes osaron enfrentarla. El enano, el encapuchado, la ninfa y la lamia. Miró al cielo y luego al árbol en en centro de la estancia, con sus amuletos ondeando con la brisa nocturna. Por último posó nuevamente su vista de fuego negro en los cuatro. Mostrando una sonrisa lupina y desdeñosa habló.
Un puñado de extranjeros, pretendiendo robarme una esclava —dijo con una tranquilidad ensordecedora. Sonrió maliciosa. Ella no era tan solo una geisha, era la dueña de aquella casa. Conocida por muchos, con suficiente influencia en Ki Nao como para hacer desaparecer cuatro cuerpos para siempre—. Deben de tener muchas ganas de pasarse unos años en la cárcel. Las leyes de la isla no son como en el continente, podrían hasta pagarlo con la vida. Perdonaré esta afrenta si guardan sus armas de inmediato y se largan de aquí. Esta es una noche sagrada para nosotros.

Su idea era hacerlos desistir, no tenía ganas de que el plan se le escapara de las manos, matar a una mujer hubiera resultado fácil para sus dos damas, pero enfrentar a cuatro llamaría demasiado la atención. El enfrentamiento se oiría hasta la plaza central, alertando a todos… A menos que.

Los segundos avanzaron inexorables. Al fondo aún se podía oír a la pelirroja que se hacia llamar diosa gemir. Al ver que aquellos extranjeros no se irían y sin perder ni un poco de su aplomo y porte, puso su espalda rígida y metió sus manos dentro de las mangas del quimono pareciendo totalmente serena y tranquila.
脱出するために時間をあなたの妹を与え—dijo en el idioma de la isla.
Sabriel a su lado asintió. La geisha se mantuvo rígida, miró al cielo nuevamente, pasaron los segundos.

Sacó las manos de sus ropajes y lanzó al centro del patio con una rapidez envidiable una esfera oscura que voló con gracia al árbol y estalló en mil pedazos. Un humo como niebla espesa cubrió todo el patio en menos de lo que se tarda en respirar dos veces y los extranjeros quedaron cubiertos de ella como si de una blanca sábana se tratara.
Sabriel se adentró como una serpiente dentro de ella mientras en todo Thaimoshi comenzaron a sonar las campanas que anunciaban el año nuevo. Los templos, en las plazas y en los palacios las grandes campanas tañían como el llamado de los gigantes, llenando la isla del sonido profundo del bronce. El grito de la ciudadanía no tardó en llegar, aplausos y música que abarcaron todas las calles de la ciudad espantando el silencio.  Y en el cielo comenzaron a subir los primeros dragones de fuego, llenando todo de colores, el bramido de los fuegos artificiales acalló a todos los demás, la ciudad entera quedó rendida a ellos, cientos, miles de fuegos haciendo brillar la noche.

La niebla, abajo en el patio se tornaba verde, azul, purpura, pero sobre todo roja bajo los colores de los fuegos. Sabriel dentro de ella, era una víbora serpenteando entre el cerezo y las paredes, preparada y con su espada lista para clavarse en el corazón de alguien. Se volteó, halló una figura que se desdibujada, se acercó letal.
¡AQUÍ ESTÁ! —Gritó la mujer de la katana, estaban muy cerca la una de la otra para poder pelear apropiadamente.
La ninfa plantó los pies y giró las muñecas para dar un corte diagonal a Sabriel, pero ella en vez de apartarse o bloquear cerró el espacio entre las dos y le dio una patada en la boca del estómago. El golpe de la exina perdió su fuerza de pronto, Sabriel no se venía con rodeos. Le dio un golpe seco con el pomo de su espada en la sien y la dejó fuera de juego. ¿El grito había llamado la atención a los demás?, ¿lo habrían oído por sobre el sonido de los fuegos?


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Re: Un Dios entre Nosotros.

Mensaje por Malina el Lun Ene 16, 2017 9:03 pm

- Malina, bienvenida a Thaimoshi Ki Nao.

- ¿Por qué estoy aquí? – preguntó embobada, con la voz rasposa: la cantidad de agua ingerida era escasa y su garganta se resentía por cada palabra articulada.

- Es difícil de explicar… - Aquella voz jovial se le hacía familiar.

- Nunca es tan complicado… - refirió con débil furia, cerrando una vez más los ojos.

“¡Es el diablo quien empuña los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;
Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,
Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.”
Al lector, Las flores del mal, Charles Baudelaire.


Se miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían. Aquélla fue la primera vez en que se dio cuenta de que el tiempo pasaba, y ella envejecía y de que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás, pocas veces adelante. El otro individuo cuyo nombre olvidó, se incorporó y descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba, el vaivén del barco era relajante, mas provocaba inquietud en la joven: tenía una vaga noción de lo que podría ocurrir.

Para cuando llegaron, Malina Lewe, había sumido en silencio su “desaparición”, ese período en que los miembros de la familia empezaban el cambio de rubro, esperando que la memoria de sus antiguos patrones les juegue una mala pasada y así como aparecieron en sus vidas, se fuguen de ella, cual estrella fugaz. ¿Triste? Tal vez. Mas era parte de la tradición ¿Quién puede oponerse a ello?, se preguntaba en silencio mientras escuchaba el chocar de las olas contra la madera del barco. Por las características del mismo, difería radicalmente de aquel que usó para ir a la Isla del destino: era mucho más cuidado y no estaba embebido de barullo de marinero de labia sucia, sino más bien reinaba el silencio y los pasos que se oían iban dirigidos y raudos, el aroma a especias le hizo deducir que, posiblemente estaba dentro de un barco mercante. Maravilloso- bufó con la voz gruesa- pasaré de oler a flores a oler como la pimienta y el cardamomo – dijo, meneando la cabeza con desilusión. Una vez que la conciencia iba adueñándose de sus extremidades, comenzó a hacer sutiles movimientos: estirando un poco los dedos se dio cuenta que no llevaba su estuche de pinturas, pero sí había un bolso, un poco más grande que el habitual para viajar.

- ¿Cuánta ropa han empacado? ¿Y a qué hora? – consultó trémula de dudas.

- Tu madre no quería enviarte solo con los “harapos” que llevas puestos. Quería un poco de lujo mientras pasas un tiempo aquí.

- No me convence esa respuesta, Hubert – señaló con reproche - ¿y tú, qué harás? – le increpó con evidente insolencia.

- Posiblemente lo mismo que tú. La ciudad es grande, pero estamos en boca de todos. De todos los importantes –respondió con un suspiro pesado – ya es cosa tuya si quieres que sigamos el mismo camino o vayamos por distintos…

Meditó por unos instantes, ¿qué podía mantenerla atada a este hombre: la necia confusión, el anillo que a veces rodeaba su dedo, o el deseo homicida de perderlo? Dificil decisión – Lo veré en el camino, ahora solo me importa saber cuánto falta.

Hubert, sonrió insatisfecho – casi nada. Tómalo con calma, esto es un periodo largo- refiriéndose a muchos eventos.

“Mi pobre musa, ¡ah! pues, ¿qué tienes esta mañana?
Tus ojos vacíos están colmados de visiones nocturnas,
Y veo reflejados una y otra vez sobre tu tez,
La locura y el horror, fríos y taciturnos.”
La musa enferma, Las flores del mal, Charles Baudelaire


Las siguientes horas, Malina las pasó en cubierta, tratando que el olor a profunda sal se llevara lo que se le impregnó en la blusa: cúrcuma, orégano y pimienta. – Me siento como un platillo- se decía, mientras miraba cómo el sol se iba hundiendo a la distancia, dejando una estela naranja y morada en el firmamento, dejando ver las primeras estrellas. Soñaba despierta sobre las tablas de aquel inmenso barco esperando el milagro que podría producir la imagen de algo sólido nadando sobre aquella masa azul. Ese momento mágico en que las aves tenían algo diferente donde posarse y los tripulantes gritaban eufóricos por la ayuda propiciada por la Buena Providencia. La idea era llegar, según le había explicado Hubert mientras ella divagaba entre lo onírico y lo real, a una isla, diferente a lo que estaban habituados, de forma que el desconocimiento se los trague y reaparezcan tiempo después como individuos frescos e impregnados de nuevas costumbres que ayuden a seguir la tarea inicial del gremio. Malina no recordaba haberse entregado alguna vez a ninguna de esas nobles tareas un solo día de los que pasó en aquellos menesteres.

- ¡Tierra! – vociferó desde las alturas un macizo marinero. Malina volteó para observar su jubiloso rostro: el escorbuto ya había empezado a hacer mella en su alicaído y descascarado rostro. Los gritos de euforia y los movimientos apresurados por empezar a ordenar el cargamento se hacían más frecuentes, a medida que el barco avistaba con más volumen aquella imperante (y brillante) masa de tierra firma, Malina se había quedado atrás, observando curiosa lo que ocurría, se percató de que muchos de los tripulantes diferían en rasgos faciales con otros; de pequeña le habían enseñado que “De todo hay en las tierras de Noreth”, el único detalle es que esa gran variedad la había vivido. Pero con otros seres, no había caído en cuenta de forma tan tácita que también discrepaban entre humanos. A uno de ellos los analizó con más detalle: de ojos rasgados y una tez que se inclinaba a los tonos amarillos pálidos, y no por el escorbuto que amenazaba en el navío. Hablaba una jerga enredada, diferente a la que le habían enseñado en Phonterek ¿de dónde habría salido tan peculiar espécimen? Dentro de la gama de peculiaridades, lo que más llamaba la atención de la joven pintora era la fascinación con la que trabajaba, como si la premura del tiempo le diera mayor posibilidad de salir de allí ¿Qué le causaba tanto alboroto? Se preguntó, con los codos apoyados y sosteniendo su rostro con evidente cansancio.

- Mira cómo mueve esos sacos Ikki – dijo uno de los marineros. Éste sí se parecía en rasgos a Hubert y Malina, solo que un poco más tosco y con la piel más curtida – Dice el capitán que ha llegado en buen momento a su isla; incluso le ha pedido permiso para volver a casa un par de días

- ¿Eh? Y por qué – rezongó celoso otro, de piel morena

-Dicen que este es el período en el que celebran Año Nuevo. Se ha estado preparando todo el viaje – Rió el primero, haciendo alarde de la forma en que el afanado marinero movía esos sacos – incluso ahorró para comprarle un ¿cómo se llama? Ahh… ¡Ah! “Kimono” a su mujer e hija

-Pero qué cosas tan raras hacen aquí. Al otro lado hace mucho que se acabaron esas celebraciones – reprochó el moreno a costa de un claro infantilismo.

“¿Una celebración de Año Nuevo? Qué cosa tan rara” pensaba la pelirrosa, mientras se dirigía a buscar su bolso, con paso ligero.

-¿Alguna vez has oído que en distintas partes del mundo se celebre Año Nuevo en otro tiempo? – le consultó a Hubert, quien ya estaba listo para despedirse del medio de transporte.

-En uno que otro momento, pero podría tener sentido.

- Uhm… El tiempo es algo caprichoso – finiquitó Lewe, cogiendo sus pertenencias con pereza.

- Más o menos. Pero podría ser una buena oportunidad…

-Para conocer algo nuevo – terminó la frase - ¿Cómo en los viejos tiempos? – Preguntó mirándole fijamente, con una sonrisa, acercando su mano izquierda al rostro de su “esposo” tomándolo firmemente del mentón – a ti también te está afectando el escorbuto. Espero en la isla hayan naranjas. O limones.

“Que procedas del cielo o del infierno ¿qué importa,
¡Oh Belleza!¡Monstruo enorme, horroroso, ingenuo!
Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie, me abren la puerta
De un infinito que amo y jamás he conocido?”
Himno a la belleza, las flores del mal, Charles Budelaire.


Sabía que en este momento solo era cuestión de tiempo para que llegara el famoso “éxodo”, asi que, Malina planificó que, una vez los dejaran pisar tierra firme, se perdería por las calles de aquella estrambótica ciudad de la cual poco y nada sabía, ni siquiera unos balbuceos básicos para poder entablar una charla. Por lapsos, su cuerpo sufría temblores que la llevaban al borde del colapso, y es que aún era complicado hacerse a la idea de no dejar rastro y de olvidar todo lo hecho en el continente, sus piernas se contraían en dolorosos espasmos que en ocasiones, le hacían gritar, mientras sus brazos y pecho refulgían en sutiles ardores, provocados por el inclemente sol que calcinaba hasta el más ínfimo de los rastros de piel que dejaras entrever.

Al descender, antes de liberar su mal genio su desidia, el panorama frente a sus ojos era utópico: Había oído historias de lugares fantásticos, que escapaban de la imaginación de los hombres de ciudad y que residían ocultas en los que forjaban la tierra, pero esto era diferente incluso de lo que, en sus últimos minutos, pudiera semejarse al cielo. Una ciudad repleta de luces cubiertas de lámparas de papel, donde el aroma a aceite y flores empapaba el aire, con una amplia muestra de colores desplegadas en sus calles y un júbilo inexplicable rondando hasta en los rincones más oscuros y abandonados le daban la bienvenida a la señora Lewe, quien, distaba mucho de sentirse enfadada.

En el transcurso del camino, Malina había perdido la noción de por qué estaba aquí: no parecía un castigo, aunque algo le decía que no iba a ser un exilio normal y silvestre. Llamó la atención de la mujer los largos trajes coloridos de las mujeres y de algunos hombres que osaban ser más atrevidos en sus diseños: desde peces hasta flores estampaban en las finas telas, que a simple vista parecían suaves como la seda pero abrigadas como la más gruesa de las lanas.  Semejante maravilla parecía sacada de un libro de cuentos o de las historias de un orate de las calles de Loc Lac. Se sentía cómoda siguiendo a la masa variopinta: se percató de que la distribución de los edificios no distaba mucho de la de su primera ciudad, por lo que infirió en silencio que se dirigían a la ciudad; guiados por el sonidos de los tambores y las flautas, Malina y Hubert caminaban juntos sin entender muy bien qué clase de fin de Año era éste ¿Dónde estaba el habitual fuego que acompañaba estas celebraciones? ¿Y la carne? ¿Por qué olía a productos marinos? Curiosidades que se veían empañadas por la presencia de esos árboles rosáceos que por hojas llevaban pétalos. Divina imagen que cautivó a la mujer, apartándose paulatinamente del grupo, llevando sus pasos al puente, en donde las hojas caían con gracia sobre el río acompañados de barquitos de papel y una que otra vela flotante.

Las velas eran efímeras, y cedían rápidamente al frío del agua. Empezaba a oscurecer y aquel rincón se le antojó un tanto siniestro, el cual aumentaba en pavor cuando las parejas empezaban a marcharse para reunirse todos al centro de la ciudad. Rodeada por un silencio mortal, únicamente la brisa susurraba una advertencia sin palabras. Malina comprendió que se había metido en una zona “muerta”. Decidió que lo mejor era regresar sobre sus pasos y volver. Estaba debatiéndose entre la fascinación morbosa hacia aquel lugar y el sentido común cuando advirtió que un par de individuos corrían como posesos en la penumbra, clavando la incertidumbre sobre la joven como dagas. Tragó saliva indecisa. La imagen de la aventura se repetía una y otra vez, y no respetaba ciudades ni religiones: paladín, enano y mujer de curiosa anatomía se encaminaban a paso distinto hacia el mismo sitio. Malina dudó por unos instantes ¿estaba dispuesta a seguir los mismos pasos que aquellos extraños? “qué más puedo perder…” Se dijo, aventurándose a lo desconocido, totalmente enajenada de lo que podía esperar.

Cuando dio el primer paso hacia el interior, la luna iluminaba el rostro pálido de edificios de piedra. Pequeños ojos le observaban. Los pies se le habían clavado en el suelo, mientras exhalaba a una velocidad poco conocida para la mujer. Esperaba que aquellos seres saltasen y se transformasen en demonios armados, ¿de qué? Ni idea, pero aquella parte de la ciudad le hacía sentirse así: cual rata esperando su final frente a una horda de gatos. Para su fortuna, no sucedió nada de eso. Respiró profundamente, considerando la posibilidad de anular su imaginación o, mejor aún, abandonar su tímida exploración. Una vez más, alguien decidió por ella. Un sonido invadió la sombra tan fugaz como el aroma de las flores del árbol rosáceo. Escuchó con atención cómo los primeros pasos se hacían cada vez más veloces y sin proponérselo, estaba cerca de los primeros extranjeros que habían corrido hacia aquel burdo sonido, que resultaron ser gritos. -¿pero qué es esto? –dijo sin medir la intensidad de su voz: una hilera de espadas se perfilaban furiosas frente a un palacio de exquisitas terminaciones. Una mujer alta, con zapatos que le provocaban mayor altura y un peinado que le daba alcurnia, era la cabecilla de la batahola, pero Malina no definía bien el bando al que pertenecía: el grácil movimiento de un abanico indicaba que, como por arte de magia, aparecieran mujeres de traje azul armadas, a defender el territorio, mientras otro par llevaban a rastras a otra, desgreñada y arruinada, dando alaridos de furia y dolor mientras era llevada hacia el interior ¿Qué estaba ocurriendo? Esto no tenía ni una pizca del ambiente ameno que se gestaba en la plaza central, rodeada de faroles de colores y música. Con confusión, decidió que lo más seguro era quedarse atrás, alejada de la visión de las damas de azul y de los “paladines” que le hacían frente ¿qué era lo que deseaban? Le jugaba en contra el no entender el idioma: jerga enredada y con un tono pintoresco que le causaba gracia y curiosidad. Y súbitamente, el hechizo del idioma se hizo trizas.

La inmaculada imagen de la mujer se giró,  dejó caer una esfera negra, que al contacto con el suelo, liberó una espesa cantidad de humo, “menuda sorpresa, en este lugar las cosas más raras pueden pasar” pensó, tratando de huir: la salida estaba oscura y el clamor de los metales chocando entre sí, se escuchaba a paso acelerado llegar; antes de que pudiese pensar con claridad, el humo la había atrapado, y la mujer poco y nada podía hacer: al no estar habituada a tal instrumento, se sofocó, comenzando a toser de forma brusca, doblando su cuerpo; Unos ojos encendidos como brasas brillaron en la oscuridad. Sólo acertó a ver dos inmensas chispas extendiéndose hacia ella. Presa del pánico, echó a correr hacia el frente, tropezando varias veces en el camino.

Escuchó la voz de la mujer arrastrada hacia adentro romperse con un gemido infernal ¿o era del interior de la cortina de humo? Por fortuna los oídos no se veían afectados por el espeso manto negro que se difundió por todo el jardín delantero, perdiendo así de vista a  los extraños que había seguido. Se lanzó hacia el delante, sintiendo un par de manos rozándole la blusa, y lo cruzó con alas en los pies y el miedo ardiendo en cada poro de su cuerpo. No se detuvo ni un instante. Corría y corría sin mirar atrás hasta que una punzada de dolor le taladró el costado y comprendió que apenas podía respirar: el humo calaba el fondo de sus pulmones. Para entonces estaba cubierta de sudor frío y las luces del palacio brillaban un par de metros más allá.

Malina, sin pensarlo deseó con todas sus fuerzas salir de ese almanaque de asqueroso aroma y asfixia y se deslizó vulgarmente por el suelo hasta tocas las escalinatas de la entrada. Se acercó a una puerta y arrastrándose llegó hasta la puerta, apoyando su espalda contra la pared; tanteó su costado, mirando el sutil tono rojo correr por sus dedos; espantada entendió que sus torpes movimientos en la penumbra no fueron indiferentes al agarre de una de esas espadas. Los demás ya debían de estar habituados al fragor de aquella forma de pelear, pues no alcanzó a ver a ninguno antes de exhalar con pesadez. Se secó el sudor de la frente y poco a poco su corazón recuperó su ritmo habitual. Empezaba a tranquilizarse cuando alguien tiró de ella hacia una de las habitaciones cubriendo su boca con una de sus manos, llevando impregnado un pañuelo con un olor anestésico y somnoliento…
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Re: Un Dios entre Nosotros.

Mensaje por Sotét el Vie Ene 20, 2017 7:59 pm

Los tripulante observaban inquietos y un tanto perturbados el hecho que, de mi boca, surgían dos tipos de voces que discutían y gritaban.

-Por enésima vez Bhaks… ¡TODAVÍA! ¡NO! ¡LLEGAMOS!


-¡PUES ENTONCES APURATE ANTES DE QUE EMPIECE A COMERTE LOS DEDOS!


-¡PERO SI ACABAS DE COMER!

-¡SI, Y ESTABA ASQUEROSO! ¡3 DÍAS COMIENDO TOFU CON PESCADO, YA NECESITO VARIAR EL MENÚ! –Mientras pensaba en los marineros o alguna otra mercancía.

-¡PUES AGUANTATE ENTONCES!

Me encontraba en aguas abiertas en la proa del navío rumbo a vender unos materiales encontrados en las recientes cacerías, según pobladores al lugar que iba se vendían mejor y daban opción de trueque. Era el último barco que salió del puerto rumbo a Thaimoshi Ki Nao, según escuché esto se debía a una gran festividad que anunciaba un excelente cambio para la ciudad y que el cielo  se llenaba de luces y fuego, espero esto no signifique que voy al infierno…

Tomé un deslizador de Loc-Lac hacia Prados de Fuego, de ahí navegamos 3 días desde un puerto hacia la ciudad que todo el mundo llamaba “La isla de los Cerezos”, el barco llevaba muchas personas, unas iban por negocios, otras por las festividades y unas peculiares que no parecían tener buenas intenciones…  Al segundo día durante la cena, me uní a unas personas que también venían de Loc-Lac, me contaban sobre la isla diciendo que era un lugar paradisiaco con un clima tropical y constante, hablaban de unos árboles llamados “cerezos” que en todas las épocas del año tenían un hermoso color rosado, decían que la gente brinda  buena atención al momento de tratar con los suyos o para algún negocio, esto me reconfortó ya que últimamente los comerciantes que había encontrado eran unas ratas tramposas que exigian mucho y pagaban poco y sobre todo nombraban comida muy variada, algo que obviamente llamó la atención de Bhaks.

-Disculpe señor, ¿Se encuentra bien? -preguntó un marino con una expresión seria en la cara.

-Si, disculpe si los he perturbado. La verdad es que soy un actor y estaba ensayando un papel para una obra que haré. -Respondí


-Oh entiendo perfectamente, ¿Donde se presentará? Quisiera ir a verlo, alguien que simula dos voces tan contrarias no es algo que se ve todos los días. - Dijo suavizando un poco más su expresión.

-Pues ahora mismo, anuncie a la embarcación que preparé un monólogo para entretenerlos. -Respondí de manera improvisada.

Una vez reunidos solo tuve que comer un trozo de coral que encontré pegado en los bordes del barco, bhaks me ayudó en  convertir la mitad de mi cuerpo en roca y del resto solo tuve que improvisar la historia de “Una doncella y el rey de las profundidades” le pedí a Bhaks que hiciera la voz del monstruoso amo del negro y submarino abismo, el cual no se le hizo para nada difícil. Terminada la obra todos quedaron encantados, tanto que me arrojaron unos cuantos kulls, que no esperaba pero no cayeron para nada mal debo decir, y me aplaudieron. Un grupo de jóvenes del público resultaron ser un grupo de artistas que querían conseguir suerte en nuestro destino, eran carismáticos, alegres e incluso me invitaron a unirme a ellos pero tuve que rechazarlos, mi principal misión ahora es el gremio, ya después tendré tiempo para volver a escribir y dirigir obras, podría montar un teatro pero primero necesito recuperar lo que he perdido.

Después de conversar y recibir halagos de varias personas busqué una manta en mi bolso y me dormí en la proa del barco viendo el mar y las estrellas, observando un infinito horizonte azul que produjo la suficiente calma para cerrar los ojos y relajarme un rato. Al amanecer del cuarto día el cielo estaba medianamente nublado, los rayos del sol eran cálidos y el olor a agua marina irritaba un poco mi nariz, baje a uno de los cuartos de baño del barco con una cubeta de agua para lavarme y hacer mis necesidades básicas. Luego de arrojar mis desperdicios el hombre en la punta de la vela gritó “TIERRA A LA VISTA”, poco a poco se fue viendo un puerto lleno de barcos extraños y diferentes con las velas rojas y simulaban las aletas de un pez, no tenían un mástil en forma de cruz y poseían agujeros que tal vez los usaban para remar.

Tocamos puerto ya al mediodía y había un frío del carajo, el olor a pescado era abundante y todo el mundo descargaba barcos de forma apresurada, hablaban un idioma extraño lo cual me hizo ruido porque entonces ¿Cómo voy a hacer negocios si no hablo el idioma? Para mi buena suerte el grupo de jóvenes artistas me invitaron a ir con ellos, alquilaron un carro grande  de 2 caballos ya que llevaban baúles de gran tamaño llenos de prendas, maquillaje y otros accesorios. Atravesamos unos cuantos campos de lo que parecía ser arroz, cultivado en mesetas con estanques de agua, el color beige abarrotando la vista con el paso suave de lo caballos me produjo nostalgia, me hizo recordar mis días de campesino en los campos de trigo con la gente de la villa… Sin darme cuenta liberé una lágrima con un suspiro ahogado, me sequé rápidamente antes que alguien se diera cuenta.

Entrando a la ciudad el clima frío había desaparecido y vi por primera vez aquellos árboles de los cuales la gente hablaba, no muy altos pero con un tronco algo doblado y unos hermosos pétalos rosados. Eran abundantes tanto en los alrededores y como dentro de la ciudad, podías mirarlos de manera casi hipnótica produciendo una sensación  de paz y tranquilidad. La gente, incluyendo los guardias eran tranquilos y amigables, nos revisaron un poco y no nos preguntaron cuales eran nuestros asuntos dentro de la ciudad, imagino que para estas fechas festivas era común ver extranjeros, además, la seguridad seguramente era más rígida en el interior de los muros.

Los artistas me dieron un buen paseo por la ciudad, me mostraron las zonas de arte, teatros cerrados, casas de té (y casas de placer). Era una ciudad viva, de casas y edificios de color rojo intenso hechos con madera y los techos curvados, tenían linternas de papel con el símbolo del conejo, los jóvenes me explicaron que pronto las cambiarían para recibir el año del dragón, me pareció interesante que representarán los años con animales comunes y mitológicas, es buen indicio de un amplia cultura y como consecuente, artes variadas e interesantes. Toda la ciudad estaba repleta de gente corriendo de un lado a otro, carros con comida de diferentes formas, pequeñas tabernas, mujeres con la cara blanca y uno que otro guerrero de espada larga, curva y armadura de placas, semejantes a tejas de cerámica o madera. que patrullaban en parejas.

Me despedí de ellos en una pequeña plaza, me insistieron que los acompañara, que se presentan ante un grupo de burócratas y que me pagarían bien si actuaba como en el barco, me tuve que negar nuevamente y cuando los vi partir me dio un sabor amargo de arrepentimiento. “¿Estoy haciendo lo que realmente quiero? Necesito encontrar la manera de recuperar mis memorias, lo sé, pero… ¿Qué estoy haciendo ahora?” Camine pensativo por varios sitios, aprecié la forma de los dibujos, me detuve a ver ancianos enseñándole a los más pequeños a doblar el papel hasta lograr hacer la figura de un animal, al darme la vuelta una niña sucia y con ropas un poco andrajosas se paró frente a mi, me regalaba la figura de una grulla de papel. “Que clase de niña regala su “juguete? Jajajajaja, inocente niña” pensé, así que saqué 2 kulls de plata mi bolsillos, tome la figura del cisne de las manos de la pequeña y le puse los kulls en sus manos, ella saltó de la alegría e inclinó su cabeza hacia a mi, me generó cierta incomodidad porque no sabía que me quería decir, miré a los lados a las demás personas que sonreían y ponían gestos de agrado, lo único que hice fue darle una palmada en la cabeza, la niña al momento se irguió  y subió una brillante sonrisa de dientes sucios que se asomaba entre sus labios. Inmediatamente dio media vuelta y desapareció entre la gente.

Caminando por una calle concurrida y llena de comerciantes vi cómo las personas vendían figuras de papel con forma de dragón, pintadas y detalladas además de las grullas, si te acercas lo suficiente a estas tiendas ves a los artesanos esculpiendo, doblando, pintando y haciendo todo tipo de artes… Ahí me di cuenta que el regalo de la niña valía más que 2 kulls de plata.

La noche anunciaba su llegada con un hermoso crepúsculo que observé desde un banco de la plaza de la ciudad hasta que el cielo comenzó a oscurecer  y la gente encendía las lámparas rojas hechas de una especie de papel, sin duda alguna es un mundo totalmente diferente y absorbente. Me dirigí a una pequeña tienda y en el camino observé cómo la gente vestía unas batas largas, coloridas y con cinturones de diferentes nudos y los puestos de dulces y comidas se llenaban de gente. Apuntando casi a la medianoche por lo abarrotada que estaba la ciudad decidí gastar los kulls que había conseguido en el barco en una vara de carne ensartada y un poco de licor de esa zona. “Tiene un sabor curioso, no especialmente fuerte pero tampoco es muy dulce” al probar una muestra gratis, inmediatamente compré una botella y me dispuse a caminar.


-¿Que carne es esta? -Preguntaba la demonio en mi cabeza.


-No se, pero esta muy buena. Tiene unas semillas amargas de algún serial y una salsa dulce que van perfectas con la carne.

-Pero, también sabe a madera… -Me asomé a ver la brocheta y me di cuenta que la vara que llevaba la carne estaba rota.


-Pues no creo que la vara sea comestible, es sólo para sostener la carne…

-Menuda inutilidad, para eso te dan el filete en la mano. No entiendo porque los humanos comen con “cubiertos” o “utensilios”, ¿No es más fácil con la mano? -Dijo haciendo mofa en estas últimas palabras.

-¿Y como picamos la carne? ¿Separas la espina del pescado? ¿Tomas las sopa?

-Simple, lo meto todo en mi boca, mastico y trago. -Dando un mordisco al aire haciendo sonar sus dientes y riendo. -Ustedes desperdician mucho infravaloran la comida…


-Si tu lo dices…

No hay mucho que discutir, los demonios son tercos como una mula, caprichosos cual súcubo, salvajes como un animal y malcriados como los niños. Caminé un largo rato con la botella en mi mano, llegue a una especie de río con un puente de piedra lleno de parejas jóvenes y mayores que se daban mimos y afecto. Me sentí particularmente solo y desconcertado… “¿Dónde estás Lucia?” y una lágrima se derramó por mi rostro mientras ahogaba mis penas en la bebida curiosa de ese lugar.

De pronto escuché un grito que venía de una zona alejada de la ciudad, justo al lado contrario de las celebraciones, no parecía que fuera de alegría por el año nuevo… Escuche otro más claro:

-¡Que alguien me ayude! -Vi como varias personas se movilizaron hacia la montaña abandonando el festival, todos de manera individual.

-¿Ocurriría una tragedia? -Me pregunté. Ví como una mujer, un enano y un tipo con una armadura dorada salieron corriendo hacia la montaña, luego una chica de pelo violeta. Los seguí a distancia, al parecer éramos los únicos que prestamos atención al grito de auxilio y si más de dos personas fueron significa que era algo serio.

Me acerque a paso lento pero seguro a un edificio con un gran patio. Al entrar, estaban las personas que huyeron de la celebración, “Espadas, una mujer sosteniendo a otra de manera forzosa, gente peleando, esto pinta sucio".  De un momento a otro una cortina de humo negra cubrió todo. El silencio que hubo por unos minutos se rompió por el sonido de unas explosiones brillantes que revelaban a los presentes por momentos pero no había rastro de la joven de pelo violeta.

-Sera mejor que te comas esas monedas y luego bebas toda la botella. -Dijo Bhaks en mi mente.

-Si, no será una noche tranquila... -respondí. Saqué una pieza de piedra de mi mochila y la metí en mi bolsillo, sostuve fuertemente la botella con mi otra mano. Y me acerqué a una antorcha que brillaba tenuemente en el manto de humo, bebí casi todo el licor de la botella, tomé la antorcha y retrocedí unos pasos por donde había entrado.

-¡AQUÍ ESTÁ! -Escuché a alguien gritar, así que me preparé para escupir a cualquier ser extraño que viniera de esa dirección.


 Humano(color=#ff9900) - Pensamiento en cursiva

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Re: Un Dios entre Nosotros.

Mensaje por Strindgaard el Sáb Ene 28, 2017 4:54 am

I

Hay pocas cosas en este mundo que no se puedan resolver con una mente extraordinaria. Y si a eso le sumas algo de magia, la brecha se cierra aún más.
En mi camino por Noreth he sido testigo de cosas increíbles, he conocido seres por sobre y bajo lo humano, he presenciado caídas de imperios, conquistas, y  he visto la muerte a la cara. Navegué por lo ancho y largo del mar en busca de tesoros, y caminé a través de los planos. Pero, a pesar de todo, de todo el conocimiento, de toda esa aventura desesperada, aún no he logrado hallar una solución a mi adicción.
Fue por eso que llegué a Taimoshi Ki Nao.

En el templo era un pupilo más, camuflado como una sombra, sentado entre la veintena, mis compañeros de escuela eran jóvenes pichones preparándose para volar, posados como un pequeño ejército en el suelo del patio interior, bien erguidos, callados y expectantes. Nuestro maestro era un humano cualquiera, algo viejo y de bigote chistoso, pero era dueño de una inteligencia muy distinta al de la mía. Era algo así como un sabio. ¡Un sabio! En el Foso sólo había cabrones egoístas, y todo lo que de verdad pude averiguar lo saqué de los libros. Un sabio, eso era algo nuevo para mí, y me bebía cada palabra del viejo como si fuera miel.

Nos vemos en tres días. Pueden retirarse. —La voz solemne de Kanō se interrumpió para añadir con una leve sonrisa—: Diviértanse.
Mis compañeros perdieron su pose recta y espigada, se levantaron del suelo de piedra y comenzaron a conversar ansiosos por la proximidad del año nuevo. Que el planeta pasase una vez al año por el mismo lugar parecía algo sensacional para los mahre. Cuán segados estaban por las trivialidades, ¿de qué manera podría ser un iluminado si tenía que lidiar con esas tonterías? Además estaba lo otro. Mañana todos estarían abajo en la ciudad disfrutando de una fiesta a gran escala, con música en todas las esquinas, disfraces, ambiente cálido, fuegos artificiales, mucha comida. Y claro, mucho alcohol.

Yo me encontraba rígido, con las manos sudadas y la frente perlada. Salir del templo sería peligroso para mí, peligroso para mi condición. Tan solo pensar en ello me ponía a temblar.

¿Todo bien Strindgaard?
Sin darme cuenta había sido el último alumno en quedar en el patio. Me sequé el sudor de las manos en el judogi y negué con la cabeza.
No creo que pueda lograrlo, maestro. —Bajé la cabeza inconscientemente, ¿qué era eso qué sentía? ¿Vergüenza?
Kanō posó su mano sobre mi hombro.
Ponte de pie, muchacho.
Así lo hice, mi maestro hizo una seña y caminamos.
Dentro de una semana se cumplirán tres meses de que te alejaste del alcohol. Has avanzado mucho, eres una persona fuerte mentalmente. El más inteligente de mis alumnos, pero no el más sabio.
Me quedé en silencio, ¿yo era un libro abierto? Había tratado de pasar desapercibido entre ellos, pero tenía razón. Era inteligente, pero necio ¡Es por eso que estoy aquí!
Lo siento maestro.
No lo sientas. —Nos detuvimos frente a un pequeño jardín donde todo estaba terriblemente perfecto, el pasto bien cortado, las flores bien posicionadas, la fuente de agua clara escupía cristales brillantes—. Nadie nace libre de vicios. El hombre más perfecto es el que tiene menos.

Asentí y lo miré a los ojos. Su mirada era seria y afable, era extraño tener algo parecido a un amigo, era aún más raro contarle a alguien mis problemas (sobretodo a un humano), y tampoco es que le haya contado mucho. Estaba seguro que si conociera que soy un demonio las cosas cambiarían un poco entre nosotros. Aunque sí sabía era que yo era un alcohólico empedernido. Le dije que desde que había perdido a mi madre que eso había comenzado, pero no le conté que realmente surgió para ahogar un deseo mucho más profundo que aquel, nunca me hubiera atrevido a decir que lo hacía para ahogar algo con lo que mi sangre estaba marcada desde el momento en que nací. Un bonito legado de mí querida madre.
Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño.
»Ya es hora de que bajes de la montaña y que practiques lo que has aprendido aquí. Con el deseo cerca será mucho más difícil, pero eso forjará tu temple. Y si tienes problemas —se encogió de hombros —, yo estaré aquí.
Sonreí. Kanō realmente era buena persona.
Gracias maestro.

Cuando regresé de las pequeñas termas del templo humeando vapor ya no quedaba nadie en las habitaciones, todos mis compañeros se habían ido lo más rápido posible a ver a sus familias. Me tomé mi tiempo y entré a nuestras celdas individuales, pequeñas y sobrias. Una ventana por la que se colaba el sol por la mañana, una puerta que daba directo a los baños y un jergón limpio en el suelo. A diferencia de los demás, mi celda también contaba con mis efectos personales en una esquina. Dejé sobre el jergón mi judogi bien doblado junto a mi cinturón verde. Había avanzado bien en aquel camino del Judo, pero quedaba mucho por aprender.
Me vestí con mi vieja ropa: pantalón, camisa, botas y capa, no estaba de ganas de usar el kimono que me habían regalado, ni menos esas sandalias tan difíciles de usar. Levanté el cayado y consideré unos instantes dejar ahí mi morral, pero habían cosas demasiado importantes como para que quedasen ahí.

Kale:

Me puse los anillos, y el sombrero de paja que desentonaba tanto pero que ayudaba a capear el calor, y bajé al bosque.
Pero, ¿qué haces vestido así? —Kale se desperezó y ladeó la cabeza al preguntar—. ¿Ya te patearon del templo? ¿Cuánto duraste? Creo que debes un pájaro.
Iremos a la ciudad.
¿Para qué a la ciudad? ¿Piensas buscar otro templo?
No me patearon —Expliqué—. Simplemente me dieron unos cuantos días libres por culpa de esta idiotez del año nuevo.
Kale flotó tras de mí y se posó sobre mi cabeza.
¿Y qué tienes pensado hacer?
Mantenerme alejado de todo eso.
No sé para qué pregunto.

***

Cuando llegó la noche de año nuevo, me mantuve lo más lejos posible de toda la celebración, consciente de que el sake en algún momento podría acercarse a mi boca.
Me encontraba sentado bajo un tranquilo puente, escribiendo en mi cuadernillo.
¿El demonio solitario escribiendo sus penas nuevamente?
Cállate.
El demonio incomprendido, buscando una manera de quitarse sus yugos, de ser libre. ¿Pero libre para qué?
Las luces de las lámparas me entregaban luz suficiente para poder escribir tranquilo. Necesitaba poner en claro las enseñanzas de mi maestro.
¿Crees que podrás cambiar tu destino? —Dijo Kale mientras se lavaba una pata—. ¿Te volverás un demonio bueno o algo por el estilo? Si realmente crees todo eso es que no has aprendido nada de este mundo.
Hice caso omiso de lo que me decía. El rumor del río trajo entonces el sonido de un grito.
AAAAAAH
¿Oíste eso?
Por supuesto, tengo mucho mejor oído que el tuyo. Soy capaz de oír ratones, por supuesto puedo oír los chillidos humanos.
¿Desde dónde viene?
AAAAAAH YUDAA
Qué más da. Deja que los humanos chillen tranquilos. Es una noche especial, de seguro está practicando el sexo.
Guardé mi cuadernillo y me puse de pie.
Ha pedido ayuda.
Ahí va de nuevo el demonio bueno. Desde que dejaste de beber  tu sentido de la moral cambió radicalmente.

Subí por la orilla del puente y me puse a caminar en dirección al grito.
Si no me quieres seguir te puedo dejar aquí.
¡Ah, claro, déjame tirada bajo el puente lúgubre, gracias! —La gata flotó hasta mi cabeza y se posó sobre mi sombrero—. Al fin esta noche se pone interesante.
Una mujer pelirroja fue la primera en correr hacia donde pedían ayuda. Al notar que más gente la seguía pensé en que no sería lo mejor unirme. Cualquier problema doméstico que existiese en la zona residencial podrían solucionarlo sin problema.
Caminé tranquilo hasta la casa donde parecía ocurrir todo el alboroto, y me quedé observando de lejos como se producía el intercambio de palabras de los habitantes y los visitantes.
Creo que se está liando la parda. Deberías esperar a que se trancen a puños y luego puedes robar a los que queden fuera de juego.
Nada más de robar.
¿Qué? ¿Y desde cuándo?
Estoy tratando de mejorar, ¿sabías?
Kale comenzó a afilar sus uñas en mi sombrero, rompiendo la paja y arruinando los hilos. Luego se recostó.
Eras más entretenido antes.

Me quedé mirando desde lejos, expectante. Cuando comenzó la pelea y el humo se elevó por el patio interior de aquella casa, varias personas más se acercaron a mirar, la mujer que había gritado en un principio ahora ya no se oía. Todos quedaron cubiertos bajo el humo oscuro.
Es momento de actuar.
Corrí hasta el portal del lugar, usé el hechizo de mi capa y abrí las alas Tenebri en todo su ancho. Afiancé los pies al suelo y comencé a aletear profusamente para que el humo se disipara lo antes posible y los visitantes pudieran tener una oportunidad.


Última edición por Strindgaard el Jue Abr 19, 2018 4:11 am, editado 2 veces



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Re: Un Dios entre Nosotros.

Mensaje por Hemmi Chinaski el Miér Feb 01, 2017 5:13 am

¡La noche estaba en su apogeo! La gente se abrazaba y gritaba al viento el fin del viejo año y reía ante la expectativa del nuevo, del año del dragón que con fuerza e imponencia posaba sus garras sobre el tiempo venidero. Los mahre agitaban sus banderas, comían y celebraban destapando el sake y emborrachándose.
Las luces de los fuegos artificiales coloreaban la isla entera de colores que se mezclaban como peces en un arrecife, subiendo como líneas finas y estallando como los ojos de un dios al despertar. Las festividades durarían tres días y tres noches, en donde la gente celebraría, descansaría y volvería a celebrar. La primera noche estaba recién comenzando, las celebraciones estaban recién comenzando.
Eran tantas las campanas que sonaban en todos los templos y casas, que era imposible oír el sonido de las espadas entrechocar en la casa de la geisha de cabello negro.

En el patio interior, al rededor del cerezo del que colgaban los  papelitos con rezos como talismanes, las sombras delineadas de quienes se batían a muerte no eran más que un trazo en la orquesta de movimientos oscurecidos bajo el humo acre de la bomba que había lanzado la dueña de casa. Era un movimiento arriesgado, pero Sabriel tendría más posibilidades contra aquellos cuatro intrusos… ¿Cómo osaban entrar sin permiso en un hogar para defender lo indefendible? Eran extranjeros, no tenían la culpa, ellos no sabían de las tradiciones, y mucho menos conocían las reglas.
Cuando los habitantes que habían seguido al grupo notaron lo que sucedía, se alejaron sin pensar de la escena, conscientes de que la geisha tenía el poder de rectificar a su esclava si esta se mostraba inmanejable. ¿Quiénes eran ellos para decidir sobre la propiedad de otro?
Pero los extranjeros no entendían de esas cosas. Y ese era un error que debía corregirse.

Cuando la bomba de humo estalló, Sabriel, la mujer guerrera en su azul impecable, se cubrió la boca con una máscara especial para filtrar el químico y se adentró imperturbable hacia la batalla, como una serpiente de escamas de acero.
Dentro del humo vívido y cambiante, las formas no eran consistentes ni discretas. Como demonios se asomaban con sus irreales movimientos y formaban alas, brazos, espadas y lanzas que sin ton ni son aparecían y desaparecían como si un ser gigante y multiforme estuviera ejecutando un baile enredado en medio del patio.
Parecía que Sabriel estuviera en todos los lugares y en ninguno a la vez, el humo ayudaba a imaginar que algún tipo de magia la hubiera multiplicado, o peor aún, que el humo hubiera ayudado a que los extranjeros luchasen entre ellos.
¡AQUÍ ESTÁ! —se oyó en la penumbra de aquella niebla artificial. Pero la lucha no solo se encontraba en ese lugar. Lo supo tarde el enano, que cayó de un certero golpe entre los ojos y una daga bajo el cuello, y también el divium que recibió una llave exquisita entre el cuello y el brazo que le quitó el aliento lo suficiente como para dejarlo inconsciente en segundos. La dríade se vio de pronto proyectada hacia atrás por la fuerza de una palma pálida y dura que la golpeó en el pecho, quitándole el aliento y derribándola, obligando a la lamia a desistir del combate y socorrerla.
La mujer pelirrosa se vio pronto forzada hacia el interior de la casa, arrastrada por la fuerza de unas manos peludas de garras afiladas.
No luches —le dijo una voz ronroneante a su espalda—, tranquila, pronto pasará todo.
El hombre de la antorcha en mano y mirada decidida de pronto se vio desprovisto de su arma cuando un largo bastón blanco le golpeó en el dorso de la mano con precisión milimétrica. La antorcha cayó al suelo iluminando como una luciérnaga el humo, y su fuego se vio perturbado por las ráfagas de aire del brujo, que como pájara enjaulado, comenzó a batir sus alas sin emprender el vuelo.
El humo de olor acre se disipó rápido y preciso, revelando la nueva escena dentro del patio interior de la casa. Los talismanes en el árbol, agitados, giraban sobre sus ejes, y al rededor, las figuras de dos antropomorfos se hicieron visibles entre los extranjeros.
¿Y Rui? —Inquirió exaltado uno de ellos, un rátido albino de metro y medio de alto, que sostenía la daga en el cuello del enano.
¡Mierda, huyo! —dijo el otro antropomorfo, masticando el odio de sus palabras. Era un simio igual de albino que su compañero, que sostenía su bastón blanco que apuntaba tanto a la lamia como a los dos hombres de la entrada—. Estos gaikoku no las dejaron escapar.
¡La tengo! ¡La atrapé! —Se oyó desde dentro de la casa. Un feliz felino, el tercer antropomorfo, apareció en el patio sosteniendo entre sus brazos a una mujer, pero no era la geisha, ni mucho menos a Sabriel, su compañera o la esclava.
Esa no es Folny… ¡mierda! Ni siquiera tiene el cabello del mismo color. ¡Mírala!
Sun Wokung:
Folny:
Skaven:
El felino dejó a la mujer en el suelo con suavidad, su rostro estaba cruzado por la incertidumbre, pero cuando le quitó el cabello del rostro, sus ojos de pupila rasgada se clavaron en él. Pasó su pulgar e índice entre un cabello rosado, había algo en su respiración que había cambiado. Levantó la mirada a sus compañeros y de pronto se vio nublado por algo parecido a la vergüenza. Volvió a mirar a la mujer y soltó un suspiro resignado.
Joder —sacó del bolso un frasquito pequeño con algo que parecía ser agua, empapó un poco en un paño de lino limpio y se lo pasó por la nariz—. Es amoniaco, despertará en un segundo.
El felino repitió el proceso con la exina, que despertó de golpe.
¡Aleja eso de mi nariz!
¿Quiénes son ustedes? —Preguntó el rátido. Alejó la daga del cuello del enano y se cruzó de brazos frente a los extranjeros—. ¿Están con Rui?
Mira a tu alrededor Skaven, estaban luchando contra ella, no con ella —señaló el simio. Al ver que los extranjeros no suponían una amenaza se relajó, aunque no dejó de lado su bastón ni alejó su mirada de aquellas personas.
Pero aun así ayudaron a que escapara. —Tachó el rátido. Su voz era aflautada, pero ominosa, como la de un niño de siete años con aficiones policiales.
¿Quién mierda son ustedes? —preguntó exina, poniéndose de pie mientras se sobajeaba el costado de la cabeza donde la había golpeado el pomo de la katana de la mujer.
Shaad:
Yo te puedo responder esa pregunta —respondió una cuarta figura.
Desde la entrada se abrió paso un zorro de cola pomposa y vestiduras holgadas. Su afilado hocico propinó una sonrisa a los extranjeros y a sus compañeros. Su voz aterciopelada y masculina atrajo todas las miradas.
Mi nombre es Shaad, y estos hombres son mis compañeros de grupo —rápidamente el zorro hizo un par de gestos con la mano derecha a su compañero rátido sin que muchos lo notaran—, nos hacemos llamar humildemente Ya-Ku-Za, ¿Quiénes son ustedes?
El zorro, hizo una pausa amablemente para que quienes estuvieran en el patio pudieran presentarse. Mientras ellos hablaban, el rátido movió su cabeza, haciendo un gesto similar con las manos al gato montés le señaló la puerta que estaba en frente y ambos entraron a la casa de la geisha.
Supongo que se preguntarán que hacemos aquí, pues, es simple. Nos contrataron para recuperar a una mujer muy especial.
¿Te refieres a la pelirroja que se hacía llamar Selen Sanctra?

El zorro abrió un poco los ojos, algo impresionado, luego ofreció una suave sonrisa a la mujer.
Sí. Selen, o mejor dicho Mistur —dijo encogiéndose de hombros—. Es la hija de una persona con bastante poder y conexiones dentro de la isla. —El zorro entró al patio hasta el centro y recogió un trozo de la bola de cristal rota que había despedido el humo para analizarlo. Se lo llevó a la nariz y sopesó su olor un instante—. Lamentablemente ella padece de una rara enfermedad, la cual la desconecta de la realidad.
Estábamos seguros de que Rui Hachimura se vería esta noche con un comprador importante. Una persona que según nuestras investigaciones pagaría en oro la vida de nuestra… Mistur. Cosa que no llegó a pasar por culpa de ustedes. —reclamó el simio, de brazos y patas cruzadas mientras se apoyaba en su cola.
Tranquilo, Sun —respondió Shaad en tono conciliador—. No es culpa de estas personas, al igual que los demás habitantes, solo pretendía ayudar a una mujer en peligro.
Ahora nunca sabremos quién es el comprador.

Pronto aparecieron en el patio los otros dos antropomorfos, uno por cada lado de la casa, miraron a su jefe y negaron con la cabeza.
Al parecer Rui Hachimura y sus secuaces escaparon de su hogar. Pero pronto volverán a tratar de contactar a este comprador misterioso. Estoy seguro, Sun, solo es cosa de tiempo.
Se volvió hacia los peculiares personajes que lo rodeaban
Sería de gran ayuda tener un poco de gente más de nuestro lado.
El zorro esperó a que algunas de las personas que estaban ahí decidieran ayudar. Varios desistieron de continuar, como la dríade, el divium y el enano, pero Shaad no les guardó rencor pues sabía lo complicado que sería aquella misión.
Yo te ayudaré —dijo por fin la exina, su rostro estaba plácido, pero sus puños apretados y la manera en que encarnaba las cejas le hizo notar al zorro que guardaba mucha rabia en su interior. Algo de fuerza era lo que necesitaban.

Cuando todos quienes decidieron ayudar se aliaron al grupo de los Ya-Ku-Za, el zorro estiró sus brazos y les dio la bienvenida.
Les estoy muy agradecido —dijo con una sonrisa lupina—. Nuestro empleador estará muy feliz de tener a su hija de vuelta y con vuestra ayuda nos será aún más fácil. Él suele guardar cosas más valiosas que dinero en sus arcas, quizá si podemos ponerla a salvo antes de que Rui logre venderla fuera de la isla, él sea capaz de soltar alguna de las reliquias que tanto cuida.
Shaad. Debemos movernos.
El zorro asintió.
No teman si vuelve a presentarse cualquier peligro, nosotros cuatro tenemos más de un truco bajo nuestras mangas —dijo el gato montés y le guiñó un ojo a la pelirrosada.
Skaven comenzó a mover la nariz en alto, hizo un gesto y todos salieron por la puerta trasera de la casa.
Skaven, ¿puedes oler algo aquí?
El rátido olisqueó el aire como un sabueso, luego el pomo de la puerta y siguió el rastro del suelo.
Hay mucho olor a humo, y el aroma de Rui está impregnado por todas partes. Tendremos que alejarnos un poco.
Quizá esto pueda ayudar —señaló la exina, que recogió del suelo un mechón rojo.
Skaven se lo llevó a la nariz y dio un par de buenas aspiraciones.
Sí, definitivamente es de nuestra Selen Sanctra.
¿Puedes seguir su rastro? —Preguntó su compañero—. Y por favor, trátala por su nombre: Mistur.
Sí, creo que sí —el rátido se rascó la cabeza y miró al zorro, se encogió de hombros y pegó su nariz al suelo. Todos comenzaron a caminar con rumbo al sur.
Escaleras a medianoche:
La celebración continuaba en las calles de la ciudad, aunque en los barrios no hubiera ni la décima parte de la fiesta que se producía en el centro. Pocas eran las personas que paseaban por esos lugares, parejas de hombres aferrados de los hombros del otro con botellas colgando de sus manos, o parejas junto a sus hijos, quienes encendían pequeños cohetes y los lanzaban al cielo.
No importaba quienes fueran, todos se hacían a un lado cuando veían pasar a tan variopinto grupo. En especial cuando notaban que los antropomorfos iban con ellos, susurrando en el idioma de la isla. Algunas personas perdían hasta el color de la piel, o trataban de evitar sus miradas y caminaban todo lo rápido que podían para perderse por alguna calle.
Estamos cerca.
El grupo llegó hasta una larga escalera en un pasillo, estaban a un par de kilómetros de los puertos.
Mierda. Si la sacan de la isla estamos jodidos.
No te preocupes. Lo impediremos.
Cuando comenzaron a bajar la escalera una figura les cortó el paso. Era humanoide, y vestía la armadura tradicional de los guerreros de la isla: un samurái. Pero tras la máscara que portaba se escondía algo más allá de lo humano, un cuerpo del que brotaba humo y fuego.

El samurái desenvainó su espada, sus brazos, resplandecientes bajo la luz de las lámparas, parecían estar hechos de plateadas capas de acero por el cual fluida rica sangre de hierro ardiente.
¡Woah! No me lo quería creer, pero Rui tenía razón. Los Yakuza estaban tras sus pasos.
Señor Li. No queremos tener problemas con usted. Si existe dinero de por medio, estoy seguro que nuestro señor le podrá pagar el doble.
No, Shaad, no hay dinero de por medio. —La voz del samurái era un eco frío y agrio bajo la máscara de cerámica, como la caricia de un fantasma lamiendo tu oído.
Será mejor que toques una buena canción Shaad —susurró el rátido entre sus compañeros, levantó la mano derecha y sacó una flecha de su carcaj—. Pronto bailaremos.
Así me gusta. No me gustaría matarlos sin que decidieran defenderse. Vengan, vengan todos juntos si quieren. Para quienes no me conozcan, soy Cortamundos, la puerta que siempre está abierta, acérquense y pasen, los llevaré al otro lado.
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Re: Un Dios entre Nosotros.

Mensaje por Sotét el Lun Feb 06, 2017 2:27 pm



El silencio era la principal arma de este humo negro que me cubría, con él más leve atisbo de movimiento amenazante o extraño simplemente escupería fuego en honor al maldito y humeante año del dragón, aliado o enemigo, aunque nadie hizo alianza conmigo así que digamos que son neutrales, contando también a la chica de pelo morado.

-Como coño me he metido aquí… Sin pensar primero en las consecuencias ,solo persiguiendo un par de tetas. Típico macho que pierde la cabeza por una hembra y no sabe cómo ni por qué.


-Solo los machos actúan así, aunque me sorprende que no hayas sido tan cobarde, pero sigues siendo un grandísimo idiota... En vez de quedarte por ahí comiendo papel y ardillas viniste queriendo saborear unas tetas, y mira cómo ha resultado.


Ignorando las discusión con la demonio en mi mente, me encontraba tenso, el aire cada vez se me hacía más denso y asfixiante como el humo del tabaco de brujo. Aunque Bhaks decía, “Este olor pestilente que te marea, me recuerda a los demonios enfermos del foso…”Vaya algún dios saber como le olerán los pies a esos demonios pues no quiero vivir para averiguarlo.
Un sobresalto dí cuando un campanazo siguió otro y el cielo se vio bombardeado de luces de diferente colores que subían alto y caían lento. Como si fuera la señal que alguien esperaba la niebla se vió invadida por diferentes “personas” que las luces de aquellas destellantes bombas mostraban. Sin poder distinguir o darme cuenta, algo me golpeó la mano con que sostenía la antorcha, fuerza suficiente y precisión fueron necesarios como para que la tirara al suelo. Sí que apreté el culo en ese momento pues me estaba quedando sin opciones y si alguien estaba detrás de mi tan facilmente pues que esperanza la mía., cuando traté de buscarla unas alas negras empezaron a batir el humo del sitio y la antorcha apagada salió volando, cubriendome con una mano entrevi por los espacios en mis dedos como el sitio se despejaba y todo se volvía más extraño de lo que esperaba. Antropomorfos, 2 y en mi estómago sentía murciélagos volando de un lado a otro, la emoción de Bhaks era bastante notoria.

—¿Y Rui? —Dijo exaltado uno de ellos, un rata albina de metro y medio de alto, que sostenía la daga en el cuello de un enano de aspecto dormido o noqueado.

—¡Mierda, huyo! —Dijo el otro antropomorfo, como si se mordiera la lengua de la rabia. Era un simio igual de albino que su compañero, que sostenía un bastón blanco, muy lindo por cierto.

-Argh, malditas bestias humanoides quisiera darles un buen mordisco en el lomo o el cuello y ver a qué saben… ¿Qué dices, no quieres un abrigo de piel mono blanco? -Decía la demonio en mi mente mientras me lamía los labios con extremo deseo.

De repente salió un enorme gato con la mujer de pelo morado en sus brazos en un estado inconsciente. “La atrapé! La tengo!” dijo. “Vaya vaya, así que el par de tetas si tienen sus dosis de rareza, ser perseguida por un señor gato si que es buscar “variedad” para quien sabe que cosas.” Pensé, pero su compañero le indicó que era la chica incorrecta así que puso a la pelo morado  en el suelo con cuidado,  noté cómo la miraba y luego a sus compañeros, esa mirada entre hombres: “Esta hembra es mía” Ya no tenía caso seguir luchando por ella.

-¡Hazlo, hazlo! ¡Matalo, matalo! Así te quedas con la chica y yo con la carne del minino, ¿Intercambio equivalente, te parece? -Decía la voz ansiosa como un niño que pide a sus padres que le compren un bollo dulce. Obviamente ignoré a Bhaks, no quería problemas, solo quiero saber qué pasó con los gritos de antes… A la vista otra señorita, aún más bonita y con vestimenta del país se levantó y empezó a conversar con aquellas animalescas personas. Al parecer todos estaban por la misma razón, los gritos de una damisela en peligro, me sorprende realmente que eso no pase solamente en las obras de teatros y cuentos de niños. Y antes de que todo fuera acabado una voz seductora atrajo todas las miradas del patio, un zorro, un humanoide zorro con una cola tan esponjosa de la cual se podría sacar una almohada gigantesca para 10 mendigos, con un hocico largo y dientes afilados el zorro dijo llamarse Shaad mientras indicaba que él y sus amigos eran los Ya-Ku-Za, además preguntó por nuestros nombres, “Pitch Bredo, comerciante y escritor.” Respondí.

Cuando ya habíamos terminado el protocolo de la presentaciones, Shaad comenzó a dialogar con la señorita de la katana sobre una muchacha que se hacía llamar Selen Sanctra, que en realidad se llamaba Mistur y estaba bastante mal de la cabeza por lo que ellos tenían que recuperarla, según lo que escuchaba… ¿Pero para qué quieren estos tipos una enferma mental? ¿Quién pagaría su vida en oro con esa condición? No tenía sentido para mi. Todo esto era muy sospechoso o en esta ciudad era algo normal, de cualquier modo nos ofrecieron tesoros por rescatar a la hijita de un pez gordo. Nadie ofrece esos “tesoros” a desconocidos, extranjeros que acabas de conocer.

La peli rosada y el tipo de las alas (Que ahora ya no las tiene por cierto, de donde coño las sacó?), aceptaron, yo no tenía nada mejor que hacer ya que según comentaban serían 3 días de fiesta, por lo que comerciantes y demás compradores estarían de farra o en alguna taberna. Tenía mis dudas aún con el tema de la loca y ese zorro con sonrisa rara. Bien decía mi padre que el zorro a veces te lleva, sin que te des cuenta, a la trampa que tu mismo le pusiste.

Luego de hablar y seguir a la rata que olisqueaba por todas partes cual sabueso cazando conejos, llegamos a lo que parecía ser un barrio, casas no muy decoradas, borrachos con botella en mano como principal señal de celebración, personas de rostros humildes y arrugados,  niños con extraños artificios que emanaban chispas de colores y volaban, exceptuando lo último todo me recordaba a mi pueblo en Efrinder en sus mejores tiempos, la nostalgia me invadió y mire al cielo antes de bajar unas largas escaleras sobre los techos vi algo, fue un momento de total surrealidad que me aceleró y puso los pelos de punta. Vi lo que pareciese ser un  dragón con cara de zorro y cuerpo alargado flotando sobre uno de los tejados pero en un pestañeo la imagen desapareció; voltee incrédulo y lleno de asombro, buscando alguien más que lo haya visto pero las demás personas estaban demasiado ocupadas huyendo del animalescos grupo que acompañábamos, al parecer no eran muy conocidos en esta zona o quizá sí, lo suficiente como para que las personas se pusiera pálidas al verlos y echaran a correr.

Dragón Zorro:


-Yo también lo vi, no fue una ilusión, algo se movió por los tejados… -Dijo Bhaks en el silencio de mi mente. Mientras bajábamos unas largas escaleras que llegaban a lo lejos a lo que parecía ser un puerto.

-Estamos cerca. -Dijo el rastreador, olfateando y moviéndose con más rapidez, sus compañeros se quejaban diciendo que no podían dejar a la Selen Sanctra salir del país pues estarían "jodidos".

-No te preocupes, lo impediremos. -Dijo su compañero zorruno, a pesar de todo sonaba muy seguro. Bajando un poco más las escaleras tuvimos que detenernos en seco y mis ojos no lo creían. Un samurai de armadura y katana, con la piel férrea, humeante, fogosa y con una máscara. Parecía un volcán con diferentes salidas de lo que parecía ser sangre hirviendo. La luz de las lámparas hacía brillar sus brazos plateados cuál acero recién forjado. -¡Tenemos que comernos eso! -Dijo Bhaks ansiosa y con voz demoníaca.

—¡Woah! No me lo quería creer, pero Rui tenía razón. Los Yakuza estaban tras sus pasos. -Dijo el samurai, al aparecer estos tipos si tienen fama. ¿Quien coño era Rui?

—Señor Li. No queremos tener problemas con usted. Si existe dinero de por medio, estoy seguro que nuestro señor le podrá pagar el doble. -Respondió el zorro.

—No, Shaad, no hay dinero de por medio. —La voz del samurái era un eco frío y agrio bajo la máscara, como si se ahogara dentro de la misma haciendo sonar su voz vibrante pero fantasmagórica.

—Será mejor que toques una buena canción Shaad —susurró la rata entre sus compañeros, levantó la mano derecha y sacó una flecha de su carcaj— Pronto bailaremos.

—Así me gusta. No me gustaría matarlos sin que decidieran defenderse. Vengan, vengan todos juntos si quieren. Para quienes no me conozcan, soy Cortamundos, la puerta que siempre está abierta, acérquense y pasen, los llevaré al otro lado.

Al decir esto era inminente el enfrentamiento. Los Yakuza eran 4, nosotros 3. Si el tipo de las alas, la señorita y la rata se fueran podrían llegar a donde la damisela que buscamos y seríamos 4 contra el samurai, solo necesitábamos una distracción. Era curioso pero me llego a la mente de una forma algo inquietante el hecho de que los animales murieran y pudiera comerlos o probarlos a todos… Además de que me gustaba el bastón del mono. ¿Que me pasa diablos me...?

-Escupele tinta en la máscara, en los orificios de los ojos, así podríamos darles tiempo. -Dijo mi parásito en mi mente.

-Obviamente. -Le respondí de la misma manera, era un buen plan y ya estaba sacando mi frasco de tinta y bebiéndome la mitad del contenido, mezclado con licor anteriormente ingerido me daría un chorro oscuro, 5 segundos escupiendo sería suficiente para el tipo volara y estos animales hicieran algo. Guardé rápidamente el frasco, cogí unos kulls de plata de mi bolsillo para comerlos en cuanto la batalla empezara, solo me quedaba esperar que el zorro dijera algo para actuar; este escenario se prestaba para una peculiar obra de arte. Animales detenidos por un malvado samurai mientras buscan a su amada señora, necesito escribir eso.


 Humano(color=#ff9900) - Pensamiento en cursiva

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