Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» BrannMur Aullatormentas
por Capitán Pescanova Ayer a las 8:31 pm

» [Reclutamiento] Noche de Muerte
por Strindgaard Ayer a las 6:22 am

» Que no estoy - Alegorn
por Lamb Jue Jul 19, 2018 11:59 pm

» Noche de Muerte [Campaña]
por Katarina Miér Jul 18, 2018 7:35 pm

» [Evento] Criaturas Norethianas y dónde encontrarlas
por Staff de Noreth Miér Jul 18, 2018 12:11 pm

» Criaturas Norethianas: Cactilio
por Azura Miér Jul 18, 2018 12:11 pm

» Semiausencia
por Bediam Mar Jul 17, 2018 10:01 pm

» Criaturas Norethianas: Hexagoat
por Croatoan Lun Jul 16, 2018 8:03 pm

» Criaturas Norethianas: Pejesapo
por Strindgaard Lun Jul 16, 2018 7:48 am

» Criaturas Norethianas: Bargest
por Kenzo Dom Jul 15, 2018 6:17 pm




Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


Salvar a un desconocido

Ir abajo

Salvar a un desconocido

Mensaje por Nyxia el Dom Mayo 22, 2016 4:57 pm

Hacía calor. Me llevé el odre a los labios, ligeramente resquebrajados, pero se me resbaló a causa de mis manos sudorosas. El agua se esparció lentamente por el suelo mientras yo recogía el recipiente apresuradamente, rezando para que no se hubiese derramado mucha y maldiciendo mi torpeza. No me quedaba demasiada y el otro odre ya estaba vacío.

Miré a mi alrededor. No quería admitirlo pero la verdad es que estaba un poco desorientada. El adentrarme en la jungla de Uzuri había sido un impulso repentino, producto de la curiosidad. Me había desviado de mi camino, deseosa de ver las islas flotantes aunque sólo fuese de lejos, y había acabado cruzando uno de esos enigmáticos portales de roca que se alzaban, imponentes, tentadores.  Automáticamente me transportó a una parte mucho más densa de la jungla, más interior, suponía yo. Lejos de sentirme intimidada, me dejé llevar por el entusiasmo de explorar y, después de una larga caminata, me había alejado demasiado. Ahora estaba teniendo dificultades para encontrar una senda de vuelta al portal. Los árboles eran un poco antipáticos, desconfiados, y se mantenían mudos a mis súplicas sobre cuál era la dirección que debía tomar. Intenté serenarme, si no lo podía utilizar de vuelta tenía la opción de volver a pie, las estrellas serían mis guías. Pero necesitaba agua.

Un cambio en el paisaje me sacó de mis pensamientos. A lo lejos podía divisar un claro, donde la vegetación era más escasa a causa de un tronco caído que ocupaba el centro. Me dirigí hacia allí, un poco aliviada por la ruptura de la monotonía. Me senté en el tronco y me quité la capa y las botas. Deseaba seguir desnudándome, en parte por la temperatura y en parte porque la ropa me impedía sentir mi elemento, pero me conformé con eso. Acaricié el suelo con los pies y la hierba me hizo cosquillas como bienvenida. Un poco más relajada, eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, en un intento de dar protagonismo a los demás sentidos. Y funcionó. Mi olfato me trajo el característico olor a tierra húmeda, y uno menos intenso, fresco, metálico, a agua dulce. Había agua no muy lejos de donde me encontraba. Ahora, sólo tenía que llegar hasta ella. Agudicé el oído, más allá del piar y el aleteo de los pájaros, más allá del susurro de la tibia brisa que bailaba entre las hojas.  Ahí estaba, sí. El sonido de las juguetonas gotas de agua al correr llegaba, tenue, desde el noroeste. Me enfundé las botas y me volví a colocar la capa sobre los hombros, no sin pesar, para ponerme en camino.

Apenas había avanzado cuando escuché otro sonido. Parecía una respiración… sí, una respiración costosa, agitada. No tuve que cambiar el rumbo pues ambos sonidos provenían de la misma dirección, pero me apresuré. A medida que me acercaba sentí el miedo, el miedo a morir. Los árboles dieron paso a un ancho arroyo a cuya orilla estaba tendido el cuerpo de un hombre joven. Su pecho subía y bajaba con una rapidez preocupante. Me acerqué y él se percató de mi presencia. Giró su rostro hacia mí, con sus ojos grises desbordando pánico. Abría la boca con la esperanza de conseguir más aire, que pasaba a duras penas hasta sus pulmones debido a la gran hinchazón de su garganta. Me bastó un rápido vistazo para detectar el origen del problema: dos puntos rojos, ligeramente ensangrentados, justo encima de su clavícula izquierda. Una mordedura de serpiente.

No me detuve a pensar qué clase de serpiente sería, no importaba. Me eché sobre él y llevé mis labios hasta su herida. Empecé a sorber, si la mordida era reciente retiraría gran parte del veneno. El sabor metálico de la sangre estaba alterado por un amargor poco habitual. Escupí. Repetí el proceso. Escupí. Bien, parecía que ya no quedaba ponzoña por extenderse. Ahora tenía que paliar el efecto de la que ya se había extendido. El herido se rebulló, inquieto.  

-E-el ven-en-en-o –tartarmudeó con dificultad. En sus ojos ahora también se leían sorpresa y preocupación. ¿Preocupación? ¿Por… mí? ¿Creía que yo me iba a envenenar? La idea tenía cierta gracia. Supuse que su preocupación se debía a que todavía se sentía demasiado cerca de la muerte.

-Tranquilo, no hagas esfuerzos. Todavía queda algo en tu cuerpo pero nada que yo no pueda arreglar –posé la palma de mi mano derecha sobre su cuello con delicadeza y lo mandé callar con ternura-. Vas a vivir.

Noté un calor interior que se desplazaba por mi cuerpo hasta la palma, dominada por un cosquilleo. Poco a poco, vi cómo la rojez y la hinchazón disminuían con lentitud y la respiración de él se iba haciendo poco a poco más eficiente y menos ruidosa. A los dos minutos, la energía que me recorría por dentro comenzó a molestarme, como si se estuviese desbordando una corriente en mi interior. Me mordí el labio inferior y aguanté hasta que el dolor se volvió demasiado intenso. Deshice el contacto mientras inspiraba profundamente. Me giré hacia él. La mordida del hombro apenas era visible pero su garganta continuaba ligeramente hinchada. Sin embargo, ya no corría ningún peligro.

Él estaba sudoroso, tal vez tuviera algo de fiebre, pero no tardaría en recuperarse con algo de reposo. Hizo amago de incorporarse pero no se lo permití.

-No, debes descansar –le comuniqué mientras improvisaba una almohada con mi capa.

Cedió a regañadientes sin apartar la mirada de mí. Entonces me di cuenta de que debía estar ofreciendo una imagen inquietante, con la boca ensangrentada. De hecho, con lo que me asqueaba el sabor no entendía cómo no me había dado cuenta antes.  Me levanté y me acerqué al riachuelo. Allí, me enjuagué la boca y rellené mis odres mientras vigilaba a mi herido de soslayo, que continuaba observándome con intensidad. Cuando volví a su lado y empecé a humedecerle la frente con los dedos, atrapó mi muñeca.

-¿Cómo te llamas? –su voz sonaba ligeramente enronquecida.

-Nyxia.

-Nyxia… -parecía estar acariciando mi nombre con los labios- ¿por qué lo has hecho?

La pregunta me pilló desprevenida.

-¿Acaso se necesitan razones para salvar una vida?

-Hay vidas que no merecen ser salvadas.

Su seriedad me dejó un poco perpleja. ¿Consideraba su vida como una de las que no merecían ser salvadas o me consideraba una irresponsable por salvar la vida de un desconocido?

-No me corresponde a mí decidir eso –respondí, tajante.

El silencio se instauró entre nosotros mientras yo continuaba con mis cuidados. Le tomé el pulso, le puse desinfectante en la herida por si las moscas y continué humedeciendo cuello, axilas y frente. Aparté con delicadeza un mechón rubio pajizo que se le pegaba a la cara, interfiriendo con mi trabajo. No era poseedor de una gran belleza pero tenía cierto atractivo. Ni su nariz recta ni sus labios finos eran rasgos que alguien desearía pero el conjunto encajaba bien. Supongo que su mandíbula, ancha y poderosa, también ayudaba. Y luego estaban sus ojos grises. Paré mientras intercambiábamos una mirada. Eran como un muro de hielo y para mí era un reto, quería buscar respuestas en ellos. Analíticos, también pretendían profundizar en mis orbes pero yo también sabía alzar muros, aunque el mío era de agua. Yo era consciente de que le estaba permitiendo ver cosas pero esperaba que así bajase la guardia. Y entonces capté algo, un destello de deseo. Fue suficiente para hacerme consciente de las vistas que tenía él de mi escote. Me incorporé y me levanté, sacudiendo las hojas de mi atuendo.

-Deberías intentar dormir. Mientras, buscaré algo de comer para ti.

Le di la espalda a él y al riachuelo y, sin esperar respuesta, me interné en la espesura. La jungla estaba repleta de bayas y frutas que se podían recolectar. La mayoría eran de colores llamativos y olores apetitosos, pero esas eran las venenosas. Volví con un puñado de bayas más discretas y unas setas amarronadas. Él había cambiado de posición, haciendo caso omiso de mi consejo. Se había sentado y apoyado contra el tronco del árbol más cercano y su mirada se perdía en el torrente de agua. No tardó en dirigirla hacia mí y en sus ojos pude adivinar la decepción por lo que traía conmigo. Me senté a su lado y le dejé lo que portaba en su regazo.

-Lo siento, yo no cazo –noté que esto avivó su curiosidad.

-¿Por qué te disculpas? Me acabas de salvar la vida –comenzó a comer, pero a la hora de tragar hizo una mueca.

Claro, qué tonta había sido, la garganta seguía lo suficientemente inflamada como para que fuese una molestia.

-Déjame a mí –le dije mientras acercaba el índice y el corazón a su cuello, como si le fuese a tomar el pulso.

La energía volvió a fluir a través de mí para acumularse en las yemas de mis dedos. Esta vez no me pareció necesario continuar hasta que me resultase doloroso.

-Es… agradable –lo dijo medio suspirando y eso me hizo sonreír. Me gustaba hacer sentir bien a la gente.

-Eso me suelen decir –respondí, con la sonrisa todavía en los labios.

-Pero a ti te duele, ¿no? –comentó mientras se llevaba una baya a la boca-. Noté que antes hacías una mueca de dolor.

-Sólo después de un rato –era observador-. De todas maneras no importa, me compensa.

Entonces empecé a  hacer memoria de todas las personas a las que había sanado. Eran muchas, y sus rostros desfilaban a gran velocidad por mi mente, borrosos. Esto hizo que mi sonrisa se ensanchara aún más. Me compensaba, por supuesto que me compensaba. No había nada más satisfactorio. Volví a la realidad, él tenía sus ojos fijos en mí, para variar, rezumando curiosidad, mientras masticaba.

-¿Tú no quieres nada? –me preguntó mientras me ofrecía una seta.

-No, gracias. A ti te hace más falta que a mí.

No insistió y no me extrañó, se le veía hambriento. Me comentó que desde que se adentró en la jungla sólo había comido un poco de pan y queso, pues no sabía reconocer qué alimentos eran comestibles.

-Y todas esas precauciones para acabar mordido por una serpiente…-se quejó.

Era normal. Adentrarse en la jungla de Uzuri por primera vez sin guía era casi un suicidio si no tenías una conexión especial con la naturaleza. Sólo de pensar la cantidad de animales que me habrían atacado si no fuese por mi condición de dríade…

-¿Por qué no has rodeado la jungla?

-Vengo dede Erithrnem. Dar un rodeo para llegar hasta Ciudad Esmeralda me llevaría mucho tiempo –rehuyó mi mirada y se puso a juguetear con la escasa comida que quedaba-. Mi idea era tomar un barco allí hacia Nanda.

-Ciudad Esmeralda también es mi destino. Podemos ir juntos si quieres –no ofrecerle mi ayuda  podría significar sentenciarlo a muerte. Y no le había salvado de las manos frías de esta para mandárselo de vuelta.

-Sería un placer –se le iluminó la cara. Sin embargos, sus ojos parecían turbados. Después de nuestra despreocupada charla el muro de hielo de estos se había derretido ligeramente. Me dio la impresión de que no estaba acostumbrado a que se preocupasen por él o que no se consideraba merecedor de esa preocupación. Eso me entristeció.

Miré hacia el cielo, la tarde pronto llegaría a su fin. Todavía quedaba un poco para el anochecer pero yo tenía claro que no quería pasar más tiempo del necesario al lado del arroyo.

-Deberíamos ponernos en marcha –sentencié.- ¿Cómo te encuentras…? Oh. Acabo de caer en la cuenta de que todavía no sé cómo te llamas.

Sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos, que volvían a quedar ocultos por el muro de hielo.

-Llámame Cael. Me siento bastante mejor, creo que podríamos irnos ya.

Y le llamé así, puesto que así me lo pidió, pero ese no era su nombre. No quise darle  a entender que lo sabía pues no me dijo cuál era este sino cómo le podía llamar. Recogimos nuestras cosas, rellené mis odres otra vez y nos encaminamos hacia el claro en que el que me paré antes de encontrarle, con el objetivo de deshacer el camino que recorrí por la mañana, hasta llegar al portal de piedra que nos llevaría cerca de la linde de la jungla. Afortunadamente, el sentido de la orientación volvió a mí antes de que cayera la noche y pudimos encontrarlo y atravesarlo.

Decidimos acampar al otro lado, antes de salir completamente de la jungla, al abrigo de los árboles, mucho menos hostiles ahí que en el interior. Volví a hacer de recolectora y tomamos una cena ligera alrededor de una pequeña hoguera que había encendido él. Durante el camino se había mostrado mucho más reservado y las palabras intercambiadas habían sido escasas y banales. Cuando terminamos de comer, saqué mi lira y practiqué un poco con ella, acompañando algunos acordes con mi voz. Él me observaba extasiado, con la intensidad típica de sus ojos grises.

-¿Qué eres? –me preguntó, sin despegar su mirada de mí.

Me pilló desprevenida, creí que ya lo sabía. No entendía por qué no me había preguntado antes si no era así.

-Una dríade, una ninfa de los bosques.

-Oh, claro, he oído hablar de vosotras –se acercó a mí-. ¿Todas cantáis así de bien?

-No, pero nuestra voz suele ser bonita.

Se movió para situarse cara a cara. Esta vez podía leer todo lo que había en sus ojos, el muro de hielo simplemente ya no estaba. Deseo, fascinación y… ¿miedo? ¿Culpabilidad?

-¿Sabes? He estado pensando en herirme adrede para que me volvieses a curar –la confesión me pilló desprevenida-. Nunca me había topado con nadie como tú –susurró, antes de sellar mis labios con los suyos.

Podía haberlo impedido pero me encontraba demasiado ocupada intentando descifrar su mirada. Permití que me besase con suavidad y que juguetease pero no que entrase en mi boca. Tras unos segundos, lo aparté con delicadeza. Parecía que esperaba mi rechazo. Murmuró una disculpa y se echó a dormir a unos metros de mí, abrazándose las rodillas como si estuviese intentando no hacer algo, como si se estuviese conteniendo. Lo sentí por él, pero yo no solía acostarme con gente que acababa de conocer. Y menos si tenían reparos en decirme su nombre.

Al día siguiente llegamos a nuestro destino. Se había mostrado agradable en el camino y nada distante, contándome todo lo que tenía planeado hacer en Nanda. Quería buscar trabajo y vivir allí. Empezar una nueva vida. Me sorprendió que se abriese a mí pero noté que esa apertura no era completa, pues evitaba hablarme de su pasado. Yo, por mi parte, le hablé sobre mi propósito de encontrar a mi padre y a mis hermanas. Nos despedimos en el puerto de Ciudad Esmeralda y me lo agradeció todo de una manera conmovedoramente sincera.

Habían pasado un par de días desde que nos separamos cuando llegó un grupo de jinetes de Erithrnem. Yo estaba en la plaza, observando los puestos. Anunciaron a gritos que buscaban a un fugitivo llamado Karim. Un violador. Un hombre joven, rubio. La noticia sembró una semilla de inquietud en mí. Y, mientras mi mente iba encajando piezas,  esa semilla creció a una velocidad vertiginosa que me llevó a acercarme al muro donde habían colgado un retrato del susodicho.

Su imagen me golpeó en el pecho y me dejó sin aire. Noté cómo me invadía un temblor repentino y me apoyé en una columna presa de una desagradable debilidad. Sabía que tenía algo que ocultar. Esas prisas por llegar a la ciudad… Todo tenía sentido. ¡Pero había dormido con él! Había dormido a su lado, después de mi rechazo y no había intentado forzarme. ¿Eso qué quería decir? Me llevé las manos a la cabeza mientras me mesaba el cabello con furia.

Tomé una decisión. Una vez la gente se hubo dispersado, me acerqué al cartel y lo arranqué de un tirón para guardarlo en mi mochila, doblado. Acto seguido me dirigí al puerto y me embarqué en el primer barco rumbo a Nanda. Necesitaba saber.

-----------------------------------------------------------------

No me costó mucho encontrarle, su físico no era especialmente común. Respondía al nombre de Cael y no al de Karim. Se alojaba en una posada cercana al puerto. Llegué, pregunté por él y me aseguraron que estaba en su habitación. Subí y llamé a su puerta, mientras cerraba mi derecha en forma de puño y concentraba mi energía.

Me abrió, somnoliento, con los ojos entrecerrados. Y, antes de que en ellos se pudiera reflejar la sorpresa, abrí mi mano y soplé el polvo dorado que había creado sobre su rostro. Él se llevó las manos a la cara, mientras trastabillaba hacia atrás y murmuraba palabras que no logré entender. No tardó mucho en caer al suelo como un fardo y, para entonces, yo ya había entrado en la habitación y cerrado la puerta tras de mí. Le observé en el suelo, inconsciente, con la cara relajada en una expresión de paz. Parecía tan inofensivo así... Lo puse sobre la cama y lo empecé a desnudar para utilizar sus prendas para atarlo a ella. Me senté en el suelo, en frente, y esperé.

Despertó lentamente, con un gruñido de confusión.

-¿Nyxia?

-Hola Karim.

Sus ojos se abrieron mucho al oír el nombre que él no me había dado. Negó con la cabeza vehementemente.

-No, no. Karim murió con el veneno de aquella serpiente. Yo soy Cael.

Suspiré. Sentía que lo que decía era verdad. Por lo menos él creía que lo era. Concordaba con su comportamiento en el bosque. Quería creerle. Pero… tenía que asegurarme. Me acerqué a él y me sorprendió notarlo asustado. Supuse que había rozado el sueño de una nueva vida con los dedos y tenía miedo de que yo lo hiciese pedazos.

-¿Ahora te arrepientes? –vi en sus ojos que mi escasa fe en él le dolía-.¿Te arrepientes de haberme salvado la vida? ¡Yo te avisé!

-No. Me dijiste que creías que había vidas que no merecían ser salvadas pero no quién eras –mi voz era fría, heladora-. Nunca me arrepiento de salvar una vida. He venido a averiguar si me arrepiento de haberte dejado libre y a solucionarlo si es así.

-Déjame que te explique…

-No quiero saber por qué llevaste a cabo los crímenes de los que se te acusan, nada de lo que digas cambiará lo despreciable de tus actos –le corté.

-Tú… me has cambiado–confesó, con su mirada ligeramente nublada por las lágrimas-. Me diste la fuerza para resistir al deseo. ¡Dioses! –gritó, exaltado-. Te deseaba, te deseo, con cada  fibra de mi ser. Pero te debía, te debo tanto, te respeto tanto, que no quería tocarte ni un pelo sin tu permiso. Y no me lo diste –bajó la cabeza, como derrotado, para volver a alzarla y hablar casi en susurros.-Quiero… quiero ser una buena persona. Enmendar lo que dice. Por favor… no sé cómo demostrarte que es cierto.

No necesitaba hacerlo, la verdad de sus palabras me abrumaba y conmovía. Sus ojos grises se mostraban ante mí tal y como eran, sin ningún tipo de muro, y rebosaban tanto arrepentimiento… tanto desprecio por sí mismo… Y también había algo de orgullo, por creerse capaz de cambiar. Inspiré profundamente. Yo no podía quitarle eso. Al fin y al cabo, era una esperanza que yo le había dado.

Le desaté mientras no paraba de darme las gracias. Me despedí y me dirigí hacia la puerta.

-No me decepciones, hazme sentir orgullosa –le dije, antes de desaparecer sin esperar respuesta.

Salí de la posada, no sin antes tirar el cartel al fuego de la chimenea. Suspiré. Todo el mundo se merecía una segunda oportunidad.
avatar
Nyxia

Mensajes : 68
Edad : 21
Nivel : 2
Experiencia : 265 / 1000

Volver arriba Ir abajo

Re: Salvar a un desconocido

Mensaje por Señorita X el Dom Mayo 22, 2016 5:38 pm

Excelente hijra. He disfrutado mucho con su lectura, y a pesar de que, al menos con mis personajes hubiera actuado de otra forma, lo cierto es que ha sabido manejar la situación adecuadamente. Ehnorabuena
avatar
Señorita X

Mensajes : 1269
Edad : 24
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.