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Secuelas del Infierno.

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Secuelas del Infierno.

Mensaje por Rogwür el Lun Mayo 23, 2016 12:00 am

Tiempo atrás, de haber sido un hombre cuerdo sus problemas no habrían llegado de una manera tan atroz como los infortunios que conllevo su ambición. Alejado de la cálida flora de un bosque o de un invierno sinfín en montañas hundidas en la nieve, sus designios lo habían conducido al árido y remoto desierto en el que se alzaba con orgullo el famoso reino de las arenas, Akhdar. El acólito había llegado con sus fuerzas preservadas gracias a la intromisión de una caravana de comerciantes en su camino a la ciudad, que lo tomaron con la promesa de tener a un guerrero como soporte frente a los bandidos y asaltantes del desierto.

Sea o no algo que su señor hubiese decidido para él, sus aspiraciones lo movían más fuerte que algún otro hilo que le ofreciese el destino para una cruzada sin igual como la suya. Pero tan sólo tenía una pregunta que buscaba de cada erudito, desde tierras en la que la naturaleza afloraba tanto como tierras hundidas sobre la nieve: ¿Quién es el Viejo Rey de la Piedra?

Entre muchos, solamente un adepto a la hechicería le había dado una vaga respuesta, pero en su dilema era algo que tomó con todo gusto. Tal como le había dicho, en la remota Akhdar se hallaba la biblioteca de un viejo hombre conocido como Barushka, un erudito que acababa de rebasar sus setenta años con mucha facilidad y que, extrañamente, la vejez no lo había alcanzado tanto como cualquier anciano. Es por eso que alcanzaba a escuchar el vago rumor de que aquel anciano senil era un espíritu de la sabiduría reencarnado, pero era simple idolatría del más ignorante.

Pero con suerte, aquel hechicero le había dado la ubicación exacta de la biblioteca del anciano, de la que con tal información tuvo el placer como para anotarla en el rollo de papiro viejo que era su mapa, ofrecido por uno de los comerciantes de la caravana. El mapa nunca le avisó que encontraría grandes muros en aquella ciudad, labradas de la simbología de la cultura del desierto, y entre sus techos unas grandes cúpulas adornadas con el brillante destello del sol. Tal como esperaba, las indicaciones del hechicero le habían conducido a un edificio tan blanco como la nieve y con extravagantes cúpulas doradas; la puerta era de un hierro cobrizo adornado con el extraño dibujo de los ciudadanos de Akhdar y con cada lado del portón cubierto con dos gigantescos pilares que hacían juego con el edificio; grandes escalones bajaban del edificio hasta los pies del enano como una cascada, una de la que tendría que subir por cada escalón hasta alcanzar la puerta de la biblioteca del viejo Barushka.

Motivado por sus deseos, alcanzó la cima de los grandes escalones y empujó la puerta hacia delante con la fuerza de sus fornidos brazos; pasó sobre el pasillo embargado en un suelo plateado y con ventanales que permitían el paso de la luz del sol al interior. En el desierto, aquellos destellos hubiesen sido un infierno si no hubiesen provenido del exótico reino del desierto, cuya arquitectura no dejaba de sorprender incluso al más serio de todos, excepto por Rogwür. Sabía que su viaje no tenía como fin unas vacaciones felices en Akhdar o asentarse para una vida tranquila y quizás alguna vez sentar cabeza, cosa que definitivamente no iba a pasar por su aferramiento hacia su amo y señor.

Las pilas de libros eran como montañas en aquella biblioteca y rara vez encontraba a una persona entre los libros. Se preguntó si verdaderamente Barushka existía o solamente había sido un engaño con el que el hechicero le había dado falsas esperanzas, pero al final, pudo percatarse entre uno de los pasillos de la biblioteca a una figura vieja y senil de una piel trigueña y ojos negros como la noche; llevaba un faldón blanco y un turbante morado en lo que pudo notar del anciano sentado al lado de una mesa con grandes libros y una lámpara, que se había quedado con sus ojos abiertos, dormido, con una gran enciclopedia en mano.

— Disculpe mi interrupción, viejo lector  —Dijo el enano, tratando de discernir su verdadero carácter con una fachada entre la educación y el respeto al anciano—. No sé si deliro o la suerte me ha traído lo que tanto he estado buscando, pero... ¿es usted Barushka?

Dio unos pequeños toques al hombro del anciano y pronto no dudo en agarrarlo del mismo y agitar a este cual muñeco de paja, como una forma de despertarlo del sueño profundo que lo había distanciado de la realidad. Despertó, tras la intromisión algo brusca del enano. Algo de saliva cayó de su mentón recubierto en una larga y espesa barba negra para luego ver al hombre que lo había sacado de su sueño sin su permiso con algo de disgusto.

— ¿Pero qué clase de atrevimiento es ese? —Preguntó el viejo hombre, cerrando de un portazo la enciclopedia que había estado leyendo.

— No me ha recibido como lo haría un anfitrión, pero no es algo que realmente me preocupe en un momento como lo es este —Comentó, mientras que quitó su mano del hombro del anciano—. Estoy aquí por un viejo señor, como usted, del que no sé si son la misma persona. ¿Sabe de quién estoy hablando? ¿no? de Barushka.

El anciano hizo una breve pausa tras el comentario del visitante y, tras pensarlo dos veces, decidió contestarle de una buena vez.

— Sí, soy Barushka —Respondió—. Perdona si me he tomado mi tiempo, pero he ganado cierta reputación con los asaltantes y temo de que la de algún asesino también... ¿por qué ha venido a buscarme? no es de costumbre ver a personas de su raza por nuestras tierras.

— Tiene razón, pero estoy aquí por una sola cosa. —Se acercó a la oreja del anciano y susurró el nombre de su señor, que hizo abrir de par en par los ojos del viejo hombre. Tal como esperaba de aquellos conocedores de su amo, muchas veces erizaban la piel de los que lo escuchaban y que aún no se habían dignado a tomarlo como el señor que guíe sus vidas.

El anciano se paró con cierta brusquedad en sus acciones y, indiferente a la petición del enano, marchó con su libro entre sus manos hacia una habitación mucho más cómoda en la que descansar sin la mención de aquel monstruo que se hacía llamar deidad por sí misma.

— Estás loco si crees que mi boca sacará a la luz alguno de los muchos horrores que ha hecho el monstruo que te domina—Dijo Barushka, sin dirigir siquiera su mirada al enano—. ¡Abre los ojos, muchacho! Él no es ni dios ni demonio. No promete nada, así que olvídate de él.

Escuchó con atención la falta de respeto que se mostraba el bibliotecario hacia su señor y, como un fiel acólito, no se digno a dejar que pronunciase palabras en contra de este en vano. Dejó a un lado su fachada educada, una vez que el anciano descubrió su motivo en aquel lugar, y alzó su mano hacia la barba blanca del viejo hombre; la agarró y poco después jalo el cuerpo del anciano hacia él, irguiéndolo para que ambos pudiesen verse cara a cara.

— Quiero que me prestes atención, vejestorio —Sacó su martillo y golpeó la mesa con este de un buen portazo, con el que amedrento a Barushka—. No te estoy pidiendo una colaboración tuya hacia mi señor, porque debiluchos como tú no nos sirven para nada. ¿Lo captas? lo que quiero es que me des una mísera información de mi señor.

— ¡No lo sé, ¿por qué crees que un viejo bibliotecario como yo tendría ese conocimiento?! ¿por qué ahora estás tan brusco? ¡no he sido un mal anfitrión!

El enano golpeó el rostro de Barushka con la mano que agarraba el martillo, con cuyo golpe bastó como para hacerle sangrar la nariz del bibliotecario. — La próxima vez será con el martillo, Barushka —Le dijo, con un tono impregnado en disgusto—. Odio que me tomen como tonto y más aún cuando un enclenque como tú insulta a mi señor. —Jaló con más fuerza al anciano, al que poco después tiró de cara contra el suelo.

El anciano se arrastró hacia la mesa y se postró en ella antes de reincorporarse por completo; su nariz liberaba una cascada roja que bajaba de sus fosas al mentón luego del golpe. Se dio media vuelta e hizo una seña con su mano al enano para que viniese con él entre los largos pasillos rodeados del sinnúmero de libros y pergaminos en la colección de la biblioteca.

— Bueno y... ¿cuál es su nombre? —Preguntó Barushka, mientras que se inclinó por debajo de uno de los tantos estantes de su biblioteca y agarró de allí un pequeño cofre tan negro como la obsidiana y labrado con símbolos extraños. Abrió el pequeño cofre, que contenía dentro de ella una pequeña nota en su interior. — Esto es lo único que tengo de su... señor. Me lo entregaron unos sectarios de él hace mucho tiempo.

El acólito agarró la nota dentro del cofre y la ojeó por unos segundos, en la que se percató de que la tan vaga información que había, la cual solamente daba una ubicación y no información que tanto esperaba conseguir de una forma mucho más detallada que la simple nota. — Soy  Rogwür —Dijo el enano—. ¿Y qué demonios significa esto, anciano?

— Es lo que me dieron. Fue hace años, sé comprensivo. —Replicó.

— Que más se puede hacer. —Pensó en voz baja, dando por sentado un suspiro y su ida de la biblioteca; guardó la nota en un costado de su armadura y salió tan pronto como vino.

Y ahora, un largo viaje a la pradera de fuego lo había envuelto en una sorpresa inigualable cuando presenció aquella tierra innatural. Su tierra era negra como la ceniza y grandes ríos de lava emanaban de aquel endemoniado volcán. Tal como había leído de la vaga descripción de la nota, las ruinas de un viejo templo se encontraban entre una de las cuevas del volcán, que guiarían a los seguidores del Viejo Rey a las entrañas de la tierra o del mismo infierno.

Cruzó entre una colina de piedras ennegrecidas como el suelo mismo de la pradera y, paranoico, decidió ver cada lado del prado con tal de que algún río de lava no le cayese encima. ¿Y si el anciano le había engañado? ¿o tal vez eran designios de su señor? la cabeza se le revolvía con tan solo pensar si aquello podría ser real o falso dentro de la tierra. Tras arrastrarse y resistir al calor de la pradera con una indeleble voluntad, el enano se arrastró al interior de un agujero que sobresalía a un costado del volcán.

Cayó del agujero tras haber lidiado con aquel sendero demoníaco entre las piedras y presenció lo que su hazaña le había llevado. A base de su infravisión pudo ver aquel salón redondo que yacía cubierto entre paredes de piedra; miró por debajo de sus pies y se percató de que había pisado un heptágono que yacía en el suelo, cuyas líneas labraban hasta el centro de tal figura geométrica. Dio unos pasos atrás tras haberse percatado de ello, sin entender del todo aquel antiguo lugar; la lava discurría dentro del lugar como si fuese un manantial infernal a partir de una especie de roca que transparentaba el ardiente y espeso líquido que iluminaba el lugar con la fuerza de una hoguera.

En el centro del heptágono se hallaba un altar de piedra de unos dos metros de altura, pero no era exactamente la figura de su señor. Se trataba de una gran mujer serpiente con unos cuatro brazos, probablemente una especie de demonio perteneciente a su señor. El altar, por extraña razón, comenzaba a vibrar y poco después romperse como un cascarón; de la piedra escapó una mujer bajo la imagen y semejanza del altar, pero la iluminación provocada por la lava le daba un aspecto carmesí a sus escamas y el rojo sangre de sus ojos.

— ¿Qué hace un enano ante las tierras del Viejo Rey de Piedra? ¿tratar de eliminarlo como muchos otros paladines o servirle como un vasallo? —La mujer puso una larga sonrisa decorada con su pila de sus pequeños colmillos tan blancos como un copo de nieve.

— ¿Qué demonios eres tú? —Preguntó con atrevimiento el acólito.

— Definitivamente eres lo segundo, con tal atrevimiento y conocimiento de la existencia de este lugar... —Río, poco después de notar a un nuevo seguidor de su señor llegar hasta las entrañas del volcán—. Soy Nandrya, antigua mensajera de su señor.

— Bien, porque estoy buscando respuestas. —Dijo el enano, mientras que aún mantenía agarrado su martillo de guerra en mano, con el cual había escalado la colina.

— ¿Seguro qué eres digno de escucharlas? —Preguntó Nandrya y, algo juguetona, comenzó a serpentear en círculos alrededor del acólito del Viejo Rey—. Mírame y no seas tímido.

Algo inseguro, la paranoia del enano le hizo ver con precavida disimulación cada movimiento que daba la mujer alrededor de él y, bajo una inesperada sorpresa, notó una estatua negra como el carbón cayendo sumergida en la lava misma. Lo poco que alcanzó a notar fue una mano alzada en aquel cuerpo de piedra y lo más intrigante: un rostro que demostraba temor por alguna extraña razón en particular.

— ¡Mírame, acólito! —Vociferó Nandrya, abofeteando con su larga cola al enano.

Rogwür cayó bajo la orilla de aquel redondo salón de piedra y estuvo por unos cuantos centímetros en caer en la magma tal como había pasado con la estatua. La mujer le pedía por extraña razón que lo mirase y si no, ella comenzaba actuar de una manera un tanto brusca. Algo no parecía cuadrar, ella también era digna para usar la magia profana de su señor. ¿Se trataba qué esta canalizaba los poderes de su señor en ellos? no era momento para averiguarlo y tampoco para ser su objeto de diversión. Era un momento idóneo para demostrar su valía a su señor enfrentando a una vieja mensajera de él.

Se dio media vuelta y completo el brillo rojo que emanaba de los ojos de Nandrya, que comenzaban a llorar sangre, producto de heridas que se producía así misma en sus ojos. Disparó un gran rayo rojizo contra él y, con suerte, pudo llegar a moverse hacia la mujer serpiente con la cabeza agachada, con tal de no ser receptor del rayo.

— ¡Quiero mis malditas respuestas, mujer! —Le gritó con testarudez.

Repentinamente y en una velocidad mucho mayor a la del enano, la mujer agarró el antebrazo del acólito y lo torció con dos de sus cuatro brazos. Emanó de vuelta aquel mismo rayo contra él y, en un intento por escapar del mismo, hizo su cabeza a un lado, haciendo que el rayo pasase por alto su cabeza por unos centímetros de diferencia; movió su boca hacia uno de los brazos de Nandrya y la mordisqueó bruscamente, provocando alaridos de dolor en la mensajera. Pero el dolor producido por el enano no pararía sus verdaderas intenciones, si no que la motivaría a seguir mucho más enserio que aquellos simples juegos que hacía con él.

Aventó contra una de las paredes de piedra al enano, cuya voluntad casi inquebrantable pereció con el martillo aún en su mano. Se reincorporó en cuclillas tras aquel atroz golpe del que su armadura absorbió la mayor parte del daño y, sintiendo un dolor en la cabeza, se percató de la sangre que ahora discurría en una de sus sienes.

— ¿Qué pasa, acólito? —Preguntó Nandrya, confiada—. ¿Tu dios te ha abandonado a ti pero me ha bendecido a mi para acabar con tu vida aquí y ahora? que mala suerte la tuya.

— ¡Como te atreves a decir eso! —Replicó Rogwür, enojado más de lo normal. Vio su muñeca y mordió su pulgar, sacando un pequeño brote de sangre de la herida que se infligió en él. Sin embargo, el parásito no parecía haber sido atraído por el olor a sangre así como tampoco respondió al deseo de su huésped por auto-mutilarse. Había sido amedrentado.

— ¿Eso es todo lo qué tienes para ofrecerle? —Comenzó a reír, mientras se acercaba lentamente a el acólito que había fracasado en su cruzada—. Él no te tiene que satisfacer a ti, lo debes de hacer tú por él. Me das tanta lástima que ahorraré tus súplicas de auxilio.

Nandrya abría su gran boca y entre su gran pila de colmillos sacaba su larga y bífida lengua viperina, mientras que serpenteaba en el suelo y se apoyaba sobre él con sus cuatro brazos de una manera más monstruosa que humana. Extendió su quijada más de lo que un enano como él hubiese podido hecho, con las intenciones de comerse al acólito al no haber podido convertirlo en piedra. — Vamos, sal de ahí —Pensó en voz baja el enano, mientras golpeaba su mano contra el suelo en desespero—. ¡Sal de una vez, demonio!

En un desesperado dilema entre morir o salvarse de la gran bestia, Rogwür golpeó con toda la fuerza de su brazo aquella mano con la ayuda de su martillo, al punto de romperse unos cuantos dedos de la mano. Un gran alarido de dolor salió de su boca y, tras aquella dolorosa acción que se provocó en sí mismo, pudo sentir en sus venas el poder que tanto había estado anhelando en medio de la batalla contra la mujer serpiente; su sanguijuela salió cargada de la sangre en sus venas tan pronto como lo presenció y, al momento de que el enano levantó el brazo hacia Nandrya, que avanzaba con más prisa que nunca, fue cuando lanzó contra ella una estalagmita de su mano maldita.

El impacto de la estalagmita atravesó un ojo de la mujer serpiente y la hizo retroceder, lanzando maldiciones tras el dolor que ahora le atormentaba uno de los ojos. Con orgullo, el enano se levantó con su martillo en mano hacia la mujer, mientras que su otra mano dejaba un goteo constante de sangre en el suelo. Golpeó la mejilla de la mensajera con un fuerte martillazo y poco después lanzó el martillo contra el suelo; agarró del cuello a la viperina dama de su señor y con sus ojos impregnados en furia la miró cara a cara.

— ¿Estás feliz? —Dijo el acólito; mordía su labio inferior para aguantar el dolor aún presente en su mano apaleada por su martillo—. ¡Responde de una buena vez!

— Ya las tienes —Río tras contestarle, pero la mano del enano empezó a apretar su cuello y, bajo un intento por calmarlo, fue mucho más directa a su petición—. Quizás seas su favorito... pero no tientes mucho a la suerte, si es que quieres vivir. —El lugar comenzó a temblar por alguna extraña razón en particular y pronto, la piedra transparente que regulaba la lava estalló, extendiéndose ahora aquel lago de magma hacia el salón—. Ahora tienes otro problema y si tal vez sigues vivo luego de esto, probablemente nos volvamos a ver.

El acólito soltó a la mujer tan pronto como notó como la lava empezó a discurrir lentamente por el salón y no tardó mucho en tomar tan pronto como lo soltó a su fiel martillo. Vio como la mujer disolvía la sangre de su cuenca atravesada por la estalagmita en el heptágono y su señor respondió, haciendo que el heptágono mismo sobre la tierra tragase a su mensajera.

El enano dio media vuelta y corrió hacia el agujero, al cual saltó tan pronto vio como la lava comenzaba a acercarse hacia sus pies. Tras pasar por el agujero, se deslizó por la colina que tanto había escalado con su martillo y cayó de bruces contra el suelo ennegrecido de la gran colina endiablada que discurría magma y un calor infernal. Luego de tanto tiempo con el calor, su pálido rostro había quedado rojo como un tomate tras el tiempo; su sangre hervía ante la alta temperatura que emanaba del lugar y, tras un breve tiempo acostado sobre la colina, decidió levantarse para ir a un lugar mucho más seguro.

¿Pero qué lugar era seguro para aquel que juega con monstruos?


La carne perece, pero la piedra perdurará...

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Re: Secuelas del Infierno.

Mensaje por Señorita X el Miér Mayo 25, 2016 2:41 pm

Buen hijra. Aunque al final no ha obtenido muchas respuestas de la mensajera, parece que ha cumplido adecuadamente con lo que le he pedido. Bienvenido a Noreth
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Señorita X

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