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Susurros de un corazón indeciso

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Susurros de un corazón indeciso

Mensaje por Yu Xian el Miér Mayo 25, 2016 5:56 pm

«La Ciudadela de los Mendigos»

Oculta entre las montañas, alejada de los puertos de Thaimoshi Ki Nao, se encuentra Hanamura, la Ciudadela de los Mendigos: un refugio para refugiados y víctimas de la vida, así como un paraíso para ladrones y malvivientes. Irónicamente, tiene más reglas que la sociedad "civilizada" y, de cierto modo, sus habitantes logran vivir en una paz relativa. ¿Cómo llegué yo aquí? me pregunto, a medida que hago mi camino a través de la multitud que fluye como el océano. Nadie me ve de mala manera, así como yo no veo mal a nadie. En este punto, somos todos iguales; no tenemos nada y no sabemos lo que es tenerlo todo. De esta manera, no sentimos culpa por tener lo que otros merecen. Pero, somos ladrones, me repito a mi misma una y otra vez. Patrañas, no robamos, tomamos solo lo que está en el mundo, pues nada es de nadie. Aun así, es una etiqueta con la que debemos vivir.

Hoy el día está caluroso, no importa cuanta agua beba, los labios se me secan en cuestión de segundos. Mucha gente se ha quedado en sus refugios, ala sombra de los techos derruidos, esperando por la lluvia que parece rehusarse a llorar sobre nosotros. También, hoy es un día especial: Los líderes, los duques de los mendigos, anunciarán al Octava Carrera del Tesoro; la competencia de ladrones más grande del mundo. O por lo menos, eso reo yo.

Al llegar a una encrucijada, doblo a la izquierda, tratando de  atravesar de un grupo de "mercaderes" transportando sus mercancías. Maldigo a los cielos mientras limpio el sudor de mi frente. A pesar de vestir harapos, la tela se humedece y las gotas de transpiración recorren mi rostro. La competencia sería dura si las condiciones siguen así. Pero, el lado bueno es que todos estarían fatigados.

Al cabo de unos minutos, arribo a las puertas del Castillo de los Ladrones, el edificio "administrativo" de la ciudadela. Y, como habíamos planeado, allí esta mi compañera de la cerrera; Huey. La muchacha posa su vista en mi a la vez que ondea su mano, llamando me. Yo alzo la mía en señal afirmativa y procedemos a reunirnos.

«¿Has escuchado algo? » Le pregunto, estrechando su mano.

«Dicen que Ro Fei ha traído noticias sobre el objetivo, aún así, Karasuki se niega a decir una sola palabra. Debe ser algo importante, están tomando muchas medidas de seguridad. » Los ojos azules de Huey resplandecen con preocupación y anciendad. Ell tiene razón, llegadas a este punto, ya se habría filtrado información sobre el "premio" de la carrera.

«¿Crees que se estén confabulando con algún competidor?»

«No hay honor entre ladrones.» Ella afirma, respondiendo a mi estúpida pregunta.

«¿Quienes son nuestros oponentes?»

«Los de siempre: Hue-Cho, Iwamabi, Kuro-Fei, Shogawa y Liu-San. Hay una novata, para sorpresa de todos: Yona»

Conocía cada uno de esos nombres, salvo el último. Cada uno de ellos pertenecía  una persona que había conocido a lo largo de mi estadía en la Ciudadela de los Mendigos, distintas historias, distintas clases sociales, pero todos con el mismo objetivo y destino: ser ladrones.

Asentí para finalizar la conversación, Huey me imitó; era su forma de decir "vamos a dentro". Ambas atravesamos el portal del castillo y luego la puerta. La estancia principal era humilde, como todo lo demás, construida con barcos naufragados y tallado en roca, como el resto de la ciudad. Subimos varias escalera hasta llegar a la "Sala del Señor", diez personas ya se había apostado a lo largo y ancho de ella. Los cuatro Duques de los Mendigos saltaban a la vista, principalmente por sus ropas y corpulencias. Todos descendientes de antiguos linajes nobles ahora caídos en miseria: Murasaki, el Señor del Océano, Wei-Han, Dueño de los Bosques, Chen, La Dama de la Calles y, finalmente -pero absolutamente no menos importante, más bien, todo lo contrario, Fubuki, la Ancestral, la más vieja de todos los Duques.

« Yuo kohaku, Yuen-deng » Dice Fubuki, uniendo sus arrugadas manos.

Yo y Huey repetimos sus palabras y acción, agregando una reverencia al final. No hay necesidad de tomar un lugar específico, por lo que nos quedamos juntas, en el medio de la sala. El resto de los participantes de la carrera nos observan, no con malas intenciones, si no analizándonos, pensando una forma de derrotarnos sin saber el objetivo. Nosotras hacemos lo mismo.

«Ladrones, ustedes han elegido ser parte de la Octava Carrera del Tesoro. Como saben, esto no es un vulgar atraco, es una prueba de su supervivencia así como su capacidad de vivir en este mundo que nos dio la espalda. Observad bien a vuestros enemigos y aliados momentáneos. Vosotros no sois un equipo, cada uno está por su cuenta una vez se inicie la competición. No os guardéis rencor, no obstante, pues no hay honor entre ladrones. Y esto es algo que sabéis de sobra. »

Nadie dice nada, solo nos limitamos a asentir.

«El "premio", su guhfen, es la riqueza de la damyio Okuranochi, una señora muy vieja que habita en una mansión situada en el corazón de Thaimoshi Ki Nao. No tiene herederos y su oro, que podría servir a toda la Ciudadela, se está sentando pacientemente en sus bóvedas, esperando por nosotros. »

«¿La mujer del espejo mágico? » Kuro-Fei es quien hace la pregunta, en sus ojos parece haber un leve destello de ilusión.

«¿Espejo mágico? » Pregunto con incredulidad.

« Chena-hug, Kuro-Fei.» Fubuki habla, solo ella entiende su idioma antiguo, pero se nota que acaba de apreciar a la chica.

«Las lenguas afiladas siempre esconden mentiras, Kuro-Fei. Aún así, es información que quizás les resulte útil. Se rumorea que, de todos los artefactos que damyio Okuramochi ha coleccionado a lo largo de sus años, el espejo de Kyouma es el más preciado. Un espejo que concede cualquier deseo de quien se refleje en él. »

Los susurro y mormullo pueblan la sala. Huey me comparte su mirada, que predica escepticismo. En mi cabeza, por otro lado, surge una ilusión. ¿Cualquier deseo?

«¡Ladrones!» La voz de Fubuki está rasgada, pero aún así inspira temor y hace que me ponga tensa. «La carrera acaba de comenzar, tenéis tres días de tregua. Al alba del cuarto día, estarán solos. No hay honor entre ladrones. »

«No hay honor entre ladrones. » Repetimos todos al unísono, antes de abandonar la sala. Hay que preparase.

«Encrucijada»

El cuarto día llegó raudo, cabalgando con un manto de lluvia y nubes tormentosa. Huey está delante de mi, recorremos el camino que lleva a Thaimoshi, tomando atajos y senderos alternativos, con manos en nuestras armas, preparadas para luchar. La tregua pasó desapercibida, nadie sabe los planes de los otros. Por lo que entiendo, ahora estoy en un campo de batalla, y Huey es mi enemiga y aliada. Ella espera un puñal en su espalda, y yo también. Pero, dudo, por alguna razón, que ella pueda traicionarme. Nos conocemos desde que llegué la Ciudadela, ella también era nueva.

«¿Crees que Iwamabi sepa de este camino?  » Pregunto, observando a mi alrededor, avanzando con cautela.

«Es hombre conoce todos los caminos que entran y salen de la ciudad, tranquilamente nos puede estar esperando.»

Un escalofrío recorre mi espalda, las palabras de Huey son severas y llevan razón. Iwamabi había caminado toda la tierra entre la Ciudadela y Thaimoshi, nada se le escapaba.

Caminamos durante un rato, y la lluvia comienza a caer nuevamente, terminando de empapar mis ropas. A este paso, me enfermaría, pero eso no me importa en lo más mínimo, debía estar atenta.  A lo lejos, cuando estábamos a punto de salir a la carretera principal, escuchamos un grito desgarrador, pregonado de miedo y dolor. Ambas desenfundamos nuestras armas y mi corazón se acelera, comienzo a temer. No esperaba un enfrentamiento, no tan pronto.

Nos apresuramos a buscar la fuente del grito, y, justamente, venía del camino principal. Allí yacía una escena horrible; Iwamabi, Kuro-Fei, Hue-Cho y Shogawa estan muertos, tirados en el piso cual muñecos de trapo, bañados en la lluvia, el barro y su propia sangre. EN el centro se alza Liu-San y Yona, la novata,con el estómago atravesado por la espada del hombre. Ella voltea su rostro magullado hacia nosotros, la sangre se le escapa por la boca. Sus ojos verdes brillan y sus cabellos, rojos como ella, se han ensuciado. Extiende la mano, suplicando auxilio. Pero Liu-San le rompe el cuello con sus propias manos. La ira recorre mi cuerpo, aprieto el puño que se aferra a mi espada. Maldito.

«¡BASTARDO!» Huey se lanza sobre él, empuñando su jian que, a diferencia del mio, tiene un filo letal.

Liu-San separa su espada del cuerpo inerte de quien antes fue Yuna y bloquea el feroz ataque. Ante mi, una Huey consumida por el enojo y la ira se bate a un duelo mortal con Liu-San, un asesino por profesión. Sin titubear, le presto apoyo a mi aliada, llamando la atención de nuestro enemigo en común. Con mi arma sin filo solo puedo dar golpes en sus estómago y piernas, haciendo que Liu-San pierda el equilibrio. Es Huey quien provoca heridas lacerantes sobre su cuerpo. Lo que parecieron horas de arduo enfrentamiento, acaba en unos pocos segundos, con la espada de Huey atravesando la garganta de Liu-San. Ella escupe sobre el cadáver del hombre, una vez este estuvo en el fangoso suelo.

Ella me mira, y yo le devuelo la mirada.

«Él.... ¿Los ha matado a todos? » Pregunto, con voz quebrajada.

«No, ellos se han matado entre si. Liu-San ha llegado al mismo tiempo que Yona, y ella no ha tenido oportunidad. » Huey guarda silencio antes de continuar «Solo quedamos nostras. Tregua hasta llegar a la ciudad, luego, tendremos que correr.»

Asiento, silenciosamente al mismo tiempo que guardo mi arma y continuo el camino hacia Thaumoshi.

«Resolución»

Tengo la respiración agitada, al igual que los latidos de mi corazón. Estoy corriendo, esquivando peatones y puestos comerciales. He perdido de vista a Huey, lo que me preocupa. No se que tan lejos estoy del centro de la ciudad, no he tenido tiempo de orientarme. No puedo dejar mi carrera para preguntar por indicaciones, continuo con todas mis fuerzas.

Quizás por un capricho del destino, de los dioses, o por pura coincidencia. Las dos arribamos al mismo tiempo a la puerta de la mansión. Huey está cansado, y yo a duras penas mantengo el aguante. Debemos trepar los muros y titubeamos antes de hacerlo, no sabemos que movimientos hará la otra. Decididas, ambas damos un salto y nos aferramos a los muros, comenzando el último tramo de la carrera. Evadiendo guardias y lanzándonos golpes que ambas logramos esquivar, nos adentramos por los jardines de la mansión y nos desviamos hasta el techo. La lluvia cae sobre nosotras. Huey me mira, mas no dice nada. Nos detenemos para recuperar el aire, sin dejar que una se mueva antes que la otra, haciendo amagues de ir hacia un lado para luego correr hacia el otro. Entonces, Huey reconoce una abertura en la mansión, una ventana no ha sido cerrada. Yo también la veo.

Cuando yo pensaba que íbamos a correr hacia la ventana, Huey se abalanza sobre mi, espada en mano. Logro evadirla pero ella vuelve a atacar, está decidida. Yo solo bloqueo sus ataques, no los respondo. Ella siempre fue mucho más rápida que yo, a pesar de haber aprendido a luchar juntas. En un movimiento ciego, ella me supera, logrando unir su hoja con la carne de mis piernas. Grito al sentir el corte en ambas pantorrillas y, al caer sobre el techo, logro golpearla con mi espada en su sien. Es un momento silencioso, solo es escucha la lluvia. Huey cae hacia atrás, atontada, y desaparece al abandonar el techo. Le sigue un sonido horrible; el de su cuello rompiéndose. Trato de ponerme en pie, pero no logro hacer que mis piernas respondan; los tendones habían sido cortados. Me arrastro por el techo, y me dejo caer hacia el suelo. Caigo de espaldas sobre el césped, al lado de una Huey cuyo cuello ha sido abierto y emana sangre.

La he matado, repito una y otra vez; la he matado.

Con pesar y dolor, y sangre suturando de mis heridas, me arrastro por el suelo, apoyándome en mi espalda. De vez en cuando, logrando levantarme con ayuda de la una pared, pero volvía a caer al suelo. No se como, pero logré llegar al dormitorio de damyio Okuramochi. Había muchas cosas de valor, pero en su mesilla de luz yacía el mítico espejo de Kyouma. ¿Los dioses jugaban conmigo? Para ese entonces, mi determinación ya no existía, pero había llegado hasta allí y, llegada a ese punto, estaría a punto de morir. ¿Por qué detenerme entonces?

Tomo el espejo con las pocas fuerza que me quedan y veo mi reflejo en él. Es una magnífica pieza de artesanía, a decir verdad. Pero, algo no va bien, motas de luz incadecente se muestran sobre mi reflejo, es tan cegadora que me veo forzada a cerrar los ojos.

Al abrirlos, estoy en una sala oscura, infinita. Mis piernas no duelen, es más, estoy de piel. Ante mi, a pesar de la ausencia de luz, puedo ver con claridad a una criatura de cuerpo humano, pero con cabeza de buho, así como alas en lugar de brazos. Me siento intimdada ante tal apariencia.

«Tú no eres la mujer que suele venir a visitarme» Dice la criatura. «Soy Kyouma, guardián del espejo. ¿Quien eres tú? »

Yo no digo nada, estoy muy confundida para construir palabras. Mucho menos para decir mi nombre. Tengo miedo de admitir que asesiné a mi amiga.

«Oh, que brusco de mi parte. Te has visto en el espejo, lo que quiere decir que haz cruzado la puerta a mi hogar. Verás, yo habito aquí, y el espejo sirve para que mis visitantes puedan hablar conmigo en persona. En pocas palabras, has sido absorbida por el espejo. Este es un lugar para aliviar el alma y el corazón, para salir, debes estar en armonía contigo misma. »

Mantuve mi silencio.

«Siento que.... tu corazón está nublado. Si, mucho caos dentro de ti. No tienes que decirme nada, al estar aquí, puedo ver todo lo que eres, lo que has hecho y por qué estás aquí. »

Al oír sus palabras, temo aún más. ¿Era este mi castigo por tomar una vida?

«El espejo, usted, nunca fueron mis objetivos. Nostras solo queríamos -»

«¿Robarle a la señora de esta casa? Ahórrate las explicaciones, ladrona. Te diré que, a los visitantes, suelo concederles un deseo. Pero tu, solo te meres un castigo »

«¡Yo no quería matarla! »

«Pero lo has hecho, indirectamente, pero su muerte recae en tus manos de cualquier forma. No debo pensar tu castigo, pues ya se me ha ocurrido algo. » Kyouma movió sus alas con elegancia, haciendo que un bastón se materializares ante mi. «Tómalo, al sujetarlo, podrás volver a caminar. Si lo dejas, tus tendones sangrarán y el dolor será tan grave que desearás la muerte. También, por las noches, sufrirás pesadillas tan poderosas que no podrás pegar un ojo, tendrás miedo del sueño, de cerrar tus parpados, el insomnio se convertirá en tu vida y la noche será otra parte del día. Quedas maldita, ladrona y asesina. »

Kyouma se desvaneció al mismo tiempo que una luz me cegaba. Al abrir los ojos, estaba en medio de bosque, con el bastón que me había entregado sujetado con fuerza en una de mis manos. Tuve miedo, no lo solté.

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Re: Susurros de un corazón indeciso

Mensaje por Señorita X el Miér Mayo 25, 2016 8:33 pm

Tras haberlo hablado por privado, le acepto su hijra. No olvide que deberá portar ese bastón para no sufrir de ahora en adelante.

Por otro lado, ha ganado ese espejo, y se vuelve su pertenencia. Los agregaré a su ficha.
Puede usar ambas cosas como recurso argumental.
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