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Los dados se lanzan

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Los dados se lanzan

Mensaje por Taciturno el Lun Jun 13, 2016 4:52 pm

El agua chorreaba por su capa, armas y botas. El bosque era un amasijo oscuro de árboles y maleza sin orden ni concierto. Era terrible deambular ahí, no por el frío, el barro o la noche, sino por el desorden.

El enano se acuarteló bajo un árbol ancho y frondoso tratando de evadir la tormenta. El viento era fuerte en la base, y la lluvia en vez de caer frontal como lanza, le saeteaba por el costado. Se quitó el exceso de agua de la barba y el cabello, deseó tener algo caliente para tragar, pero la comida de su petate estaba mojada y estropeada. Suspiró como derrotado, al lado suyo había una seta plana y ancha como una lengua blanca ya limpia por la lluvia creciendo en el costado del tronco, le sacó un pedazo del porte de una moneda y se lo metió a la boca. Sabía a carne de res, algo correosa, no estaba mal. Decidió esperar una media hora para ver si no era venenosa para comerla toda.

Cuando se acostumbró a la oscuridad bajo el árbol, a lo lejos oteó el amarillo candor de un pequeño fuego entre los troncos, saltó del suelo y como un sabueso persiguió la luz hasta llegar a una apertura entre dos gigantescas rocas. Entró buscando la promesa del calor, el pasaje se extendía y la luz se dividió en decenas de antorchas colgando de sus respectivas argollas. El suelo de tierra quedó atrás y pronto estuvo recorriendo el pasillo de un castillo. Para cuando llegó a la sala principal había caminado cuatrocientos pasos exactos. Cuatro braseros en las cuatro esquinas caldeaban la habitación, dos hombres sentados en una mesa cuadrada reían y dos sillas vacías esperaban que alguien las ocupara.
-¡joder! Pero si es un enano -chilló uno de ellos, tenía parcheados los dos ojos y el cabello negro y aceitoso-. Miradlo chicos, es lo más raro que he visto entrar aquí esta noche. Anda, no te quedes en la entrada, venga.

Cerca de la mesa, a la derecha de la hoguera tres bestias pastaban un montón de heno, una era de piedra negra, con vetas hirvientes de lava que recorrían como relámpagos su cuerpo, el suelo quedaba tiznado de negro ahí donde su pezuña lo tocaba. El segundo era de un transparente hielo azulado, el calor de la estancia hacía brillar su cuerpo, y sus riendas estaban llenas de escarcha. Pero el tercero era el más singular, si mil enanos hubieran soltado el humo de sus pipas al mismo tiempo hubiera salido algo parecido a la tercera bestia, hecha totalmente de humo con suaves contornos y ojos de que flotaban en su cara.

El segundo hombre lió un cigarrillo, sus grandes orejas se movían con vida propia.
-Esas son nuestras monturas -explicó.
-Venga amigo, los caballos estarán ahí el resto de la noche -el de los parches le hizo una seña al enano-, esta tormenta es toda una tumbacarretas. Mejor ven y juguemos un rato a los dados hasta que pase.

El enano se sentó, quedaba un poco bajo. El de los parches hizo bailar un vaso de madera en sus manos, lo volteó en la mesa y cayeron dos porosos dados de hueso. Marcaron dos seis.
-Mierda -soltó el amigo, las orejas se le pusieron de un rojo chillón. El de los parches tomó todas las baratijas que había sobre la mesa.
-Estamos apostando, nada de mucho valor. ¿Te nos quieres unir?
El enano no contestó, no le gustaba jugar con otro par de dados que no fueran los suyos. Se metió la mano al cuello y los sacó de su bolsita.
-Los míos.
El de los parches estiró la mano para tomarlos, pero el enano cerró la suya como si se tratara de un cofre de siete candados. No le quedó más que encogerse de hombros.
Apostaron, el enano lanzó los dados y ganó. Al otro tipo las orejas le crecieron en tamaño y color.
-Llegaste con suerte -cloqueó-. ¿Quieres beber algo? Tenemos cerveza y un whisky barato -sin esperar a que contestara gritó al vacío-. Venga Roll, sirve un trago a nuestro comensal.

Del techo de la estancia se deslizó un esqueleto que cayó lentamente hasta la silla restante, quedó sentado y saludó con un movimiento de cabeza al enano.
-A Roll le gustan esa clase de bromas. Venga sirve un poco de cerveza.
El esqueleto sirvió una jarra derramando unas gotitas sobre la mesa, el enano notó que estaba lleno de hilos de telaraña que lo sostenían desde arriba como una marioneta.

-¿Y cómo te llamas? -preguntó el esqueleto.
El enano se encogió de hombros y volvió a ganar.
-¿Y qué hacías por el bosque? -el enano no contestó. Ganó nuevamente.
-¡Me cago en la barba de Dios! ¡No ha perdido ningún juego! -las orejas del tipo estaban a punto de estallar en sangre-. ¡Esos dados están cargados! ¡Enano tramposo!
El silencioso enano deslizó su mirada al hombre, cogió sus dados y su mano se volvió una maza que hizo estallar la mesa de un golpe.
-¡¿Qué le dijiste a los dados?!
-¿¡Pero que coño!? hombre calmate!
-¡DISCULPATE AHORA MISMO CON LOS DADOS!
El enano soltó un golpe que le hizo saltar lejos las orejas al hombre, el de los parches gritó y sacó su espada y el esqueleto bebió de su jarra chorreando la mesa cuando el líquido paso entre sus huesos. La espada del enano surgió de la nada y chocó con la del parcheado. Ambos cruzaron un par de golpes, pero el enano se sobrepuso al tener mejor visión.

Cuando comenzó a calmarse los dos hombres habían muerto, los caballos espantados
huyeron y el esqueleto volvió a subir al techo, los braseros se apagaron, todo se silenciaba y quedaba en negro.

Su vista de minero se acostumbró a la oscuridad, estaba rodeado de piedra dentro de lo profundo de la cueva, se había trenzado a golpes con las estalagmitas, tenía los nudillos pelados y manchados de sangre por golpear la roca.
Se rascó la barba, el efecto alucinógeno de la seta se había disipado. Guardó su espada. No sería mala idea volver por un poco más de esa seta para usarla en otro tipo de ocasión, se asomó al rellano de la cueva, pero mejor cuando la tormenta cesara.


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Re: Los dados se lanzan

Mensaje por Mister Orange el Mar Jun 14, 2016 6:48 pm

Interesante historia, me hubiera gustado mas accion, pero no le puedo decir que me desagrado el giro argumental.

Procedere a darle su color gris y su recompensa de diamantes y exp.
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