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Cuentos de Noreth
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Insurrección en Efrinder [Campaña]

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Insurrección en Efrinder [Campaña]

Mensaje por Gavryel el Sáb Jul 16, 2016 1:57 am

_____________________________________________________________

Sinopsis.
Desde hace un buen tiempo se producen sendos conflictos sociales en la ciudad-estado de Tavária, en la frontera entre Efrinder y Geanostrum, cerca del mar y por lo tanto muy al este de Auberdine. Los campesinos, instigados principalmente por determinados sectores religiosos de la región, se levantan en armas contra la autoridad de la ciudad sin saber muy bien qué hacer más que luchar arbitrariamente... sin objetivos concretos ni deliberados. Las contiendas entre los sublevados -que son un movimiento insurreccional muy pero que muy heterogéneo- y las fuerzas de la ciudad -con una evidente unidad- suelen acabar en escaramuzas sangrientas con la mayoría de victorias para el lado gubernamental.
El desasosiego y la resignación inunda los corazones de los campesinos y demás clases populares, en clara y notoria precariedad social, que se avalanchan espontáneamente sin orden ni conciencia... esperando que el cambio -que ansían pero no conocen- llegue tras una expulsión de violencia desaforada.  El tiempo ha ido agudizando los conflictos los cuales están por llegar a su máximo apogeo determinando un vencedor de una vez por todas.
Sólo la determinante intervención de héroes de Noreth podría inclinar la balanza de un lado u otro y poner fin al derramamiento de sangre.


Capítulo 1. - Clara y distinta división de los contrarios.

Las fuerzas del orden.



 "... haga pues, el príncipe, lo necesario para vencer y mantener el estado, y los medios que utilice siempre serán considerados honrados y serán alabados por todos..." - Nicolás Maquiavelo


Tavária, aproximadamente las siete de la mañana.
Llevamos casi dos meses así. - Comentaba un joven soldado apostado en lo alto de la muralla junto a otro. Se los notaba a ambos bien alimentados y en forma. Estaban viendo desde su posición a una gran multitud corriendo hacia los bosques más próximos, perseguidos por sendos jinetes armados que finaban la vida de unos cuantos de aquellos desgraciados; uno de los jinetes llevaba el estandarte de la ciudad: un sol blanco en fondo amarillo.
A unos cuántos metros otros individuos eran llevados apresados por soldados reales que los golpeaban cada rato y escupían. -Ahora te enseñaremos qué es verdaderamente hacer sangre. - Comentaba entre risas un soldado que llevaba de los pelos a una muchacha con harapos y que recientemente había soltado un bieldo ensangrentado.
El engreimiento y la pedantería de los soldados reales se podía apreciar en sus caras. Habían repelido el patético ataque de los campesinos y clérigos de forma sencilla; entre piedras y flechas mermaron la primera intentona rebelde que pretendía encender la puerta sur de la ciudad, tras la confusión que esto provocó salieron los rebeldes en bandada y desorganizados, con lo que acto seguido a esto la caballería ligera de la ciudad salió a rematar.
Unas trompetas de color plateado asomaban en distintas partes de las murallas de Tavaria y entonaban una serie de ritmos melódicos acompañados de graves tambores. Esa señal indicaba la formación de las fuerzas con los prisioneros en la Plaza Mayor de la ciudad.

La Ciudad Real de Tavaria albergaba aproximadamente setenta mil habitantes. Envuelta en murallas de piedra picada con una altura media de 6 metros y un espesor cercano a 1,20m… con cuatro grandes puertas apostadas en el sentido de los puntos cardinales y resguardadas por dos torreones cada una.
Casas, herrerías, casernas, lonjas, etc, todos los edificios salvo los templos están ahora mismo en un uso continuo desde la revuelta. Sólo los templos están siendo derribados o cerrados en el mejor de los casos. Una casta religiosa extranjera está reocupando alguno de estos templos a la par que se consolida junto al gobierno real.
A un par de kilómetros de la ciudad se encuentra el puerto desde donde llegan una serie de suministros básicos para mantener la ciudad mientras los campos de alrededor y demás medios de producción quedan inutilizados por el conflicto.

-Nuestra ciudad y nuestra gente no teme a esa chusma. - Era el soberano real de Tavaria, el Rey Reghor, el primero con su nombre. Apostado en un balcón desde su palacete y acompañado por su familia, algunos comandantes de alto renombre y dos cargos superiores de la ya nombrada fe extranjera. Con treinta y un años tenía un semblante magnífico, rubio, robusto y de buen ver, con una voz de carácter imperativo.
El público de dicho discurso estaba compuesto por soldados reales, por multitud de la ciudad que no había osado sublevarse, por mercenarios varios que llegaban en estos días de disputas y por supuesto… por los apresados de hace un par de horas: mujeres, muchachos, niños y hasta ancianos que habían intentando -muy en vano- levantarse contra quienes los sometían.
Nuestra ciudad y nuestra gente enseña civismo a esa chusma. - El soberano señaló a los cautivos, que se encontraban encima de una plataforma de madera y atados a una serie de estacas, serían casi unos cien. La gente, salvo los soldados reales y algunos mercenarios, los abucheaba y exaltaba a su rey en un frenético arrebato de extraño patriotismo.
El soberano ya no hablaba y se oían vítores y exigencias sanguinarias… una leve señal del magnífico Reghor y unos arqueros situados en determinada distancia a los prisioneros comenzaron a cargar y a disparar indiscriminadamente ante el frenesí de la multitud. Los apresados gritaban súplicas y otros morían inmediatamente. Aquello duró un par de minutos hasta que se oyó la última voz gimiendo, era la voz de un hombre adulto que tenía unas seis flechas en el pecho y ahora una en el cuello.
El éxtasis se vivía desde el palco de la realeza hasta las callejuelas más estrechas desde donde un curioso haya podido contemplar aquél esperpéntico espectáculo.
Agraciad a los héroes de guerra, ya sean del reino como si son mercenarios, con las respectivas honras que se merecen. - Era uno de los comandantes, dirigiéndose a un oficial. Se trataba de Sir Denys, un fiero caballero mitad hombre mitad elfo, de piel un tanto oscura y de una naturaleza exageradamente individualista. - Reorganizaremos las tropas en un par de horas, yo mismo lo haré, hasta entonces, ya sabes lo que hay que hacer. - El oficial asintió y marchó a paso moderado.
Un día más, Tavaria mantenía su forma de gobierno y repelía a los indeseables.
Desde aquél palco lleno de nobleza y poder, uno de los religiosos, vestido con delicadas prendas de seda ornamentadas en oro, observaba sonriendo a la multitud a la vez que saludaba. Su nombre era Inukat. Su séquito religioso había llegado hace tan sólo medio año y había cuajado perfectamente con los ideales de la élite de Tavaria. Sonreía mientras en la plaza sangre y risas se mezclaban en un escenario divino.



Los Insurgentes.


"¿Por qué lo buscáis tan lejos escondido si en vosotros mismos halláis el paraíso?" - Giordano Bruno.


Alrededores de Tavária, aproximadamente las seis  y poco de la mañana.
Un niño y una niña jugaban en la puerta de un gran caserío algo antiguo pero aún conservando su resistencia. Dentro una turba compuesto por religiosos, campesinos, muchachitos y muchachitas que no superaban los 15, abuelos y demás, era enardecida por un hombre de aspecto fuerte, era claramente humano sin embargo no de la región, esto se podía percibir en su acento y su tono de piel rojizo. - No supliquemos el cielo, conquistémoslo. - Gritos de exaltación le siguieron. - Nuestros hermanos están ahora mismo preparándose, como nosotros, para tomar la ciudad, nos hemos dividido para asaltar la muralla sur unos y la este otros. ¿Vamos a defraudarles? - Gritos de negación y prisa. - ¿De quién es la ciudad? - ¡NUESTRA. NUESTRA! - Gritaba la multitud, armada con rudimentarias armas y herramientas de trabajo. - ¿¡De quién los campos y los gremios!? - ¡DE NOSOTROS! - A los gritos se sumaban ruidos de metales chocando.
Los dos niños de la puerta contemplaban, con sorprendente naturalidad, como la horda popular avanzaba hacia una de las puertas, el sacerdote -o lo que fuere que había hablado- se encontraba entre el gentío, portando una lanza de punta de hierro. Algunos aventureros se habían unido recientemente a los sublevados, iban llegando de todas partes de la región para unirse a uno u otro bando e incluso para nada de esto y tan sólo trapichear o robar. Clásico en cualquier conflicto bélico.
Hay quienes les movía un ideal u otro, a otros simplemente el oro. La multiplicidad de naturaleza en los seres vivos. Y no tan vivos…
La espectacular descoordinación  con la que cada aglomeración de los insurrectos había atacado las murallas y puertas de la ciudad favoreció enormemente a ésta a defenderse casi sin emplear un esfuerzo superior.
El sacerdote de piel rojiza y su partida habían, desesperadamente, intentado pegar fuego a la puerta sur sin esperar a otras dos partidas que llegarían poco después resultando todo en confusión y retirada.
Gritos exacerbados por parte del religioso popular a sus compañeros de armas clamaban un repliegue inmediato a los bosques. - Pero mosén Gonçal- Le respondía a duras penas una mujer adulta con una azada en la mano. - Podemos hacerlo. El rostro del tal Gonçal demostró lo suficiente como para convencer a la señora. Los insurrectos se replegaban, tanto en la muralla sur como en la este, una vez más, hacia los alrededores de la ciudad, siendo perseguidos hasta cierto límite… puesto que el ejército real quería evitar caer en trampas o emboscadas innecesarias.
Los dos niños ahora se hallaban durmiendo en el caserío. La chiquilla se despertó y desde una ventana observó a los supervivientes de la masacre volver.
¿Hasta cuándo, mi Dios? - Preguntaba profundamente el gentil clérigo. Los rostros de los campesinos y demás era de una clara aflicción.
Afuera las nubes chispeaban un poco mientras en cada agrupación de los insurrectos la desesperanza se iba apoderando de cada uno de ellos. Las heridas y las pérdidas contrastaban con la plenitud del adversario, los insurgentes más en cantidad y menos en calidad, esa era el mayor inconveniente.
¿Hasta cuando, mi Señor?


Ficha de Gavryel

Avanzando, el fuego lo juzgará y condenará todo.
Heráclito, fragmento 66.


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Re: Insurrección en Efrinder [Campaña]

Mensaje por Lynn Kravitz el Sáb Jul 16, 2016 9:43 am

Debo dirigirme a Efrinder, ahora es el momento de empezar allí. Cruzo los montes pero, cuando llego a la frontera, me encuentro con Tavaria. Me quedo en un monte cercano, viendo todo lo que ocurre. Veo que los habitantes del pueblo se han rebelado y el ejército los contiene. Pero... ¡están masacrándolos! No, no puede ser. ¡Se supone que el ejército real protege al pueblo, no lo mata! Ya veo que no es así.

Bajo con cautela, y me quedo a cierta distancia. Llevo la espada al cinto, y todo lo demás en una bolsa que llevo a la espalda. Ahora parece que los insurrectos vuelven, abatidos. El sol apenas ha salido. Hay luz, pero todavía no ha amanecido. Me acerco un poco, no quiero que me tomen por alguien del pueblo, por un revolucionario. Al menos, por ahora.

Ahora está todo relativamente tranquilo, aunque no sé cuando será la próxima escaramuza. Debo intentar entrar en el pueblo, aunque lo más seguro es que no pueda abastecerme precisamente por la rebelión. Voy hacia la puerta, corriendo, pero los guardias me paran. Les explico por qué estoy aquí, y les digo que no soy del pueblo, sino del bosque de Sílvide. Parece que al fin me creen, porque me dejan pasar, aunque siento las miradas clavadas en mí. Me vigilan, seguro.

Todas las tiendas están cerradas, seguramente es normal. Pero... hasta las tabernas y posadas. Voy hacia la plaza, pero no hay nadie, está todo desierto. Parece un pueblo fantasma. Trago saliva y miro a mi alrededor. Aunque no haya nadie, me siento observado. Me pongo la capucha de la capa, bajo la cabeza y sigo mi camino, cruzando el pueblo.

De repente, llega hasta mí un llanto suave. Escucho atentamente, hasta que sé de donde procede. Veo a una adolescente en un portal. Debe de tener la edad de Annie, quizá menos. Me acerco a ella y me agacho a su lado.

-¿Qué ocurre? -le pregunto.

-Nada, déjame -responde brusca y ariscamente.

-Si no te pasa nada, ¿por qué lloras?

Se levanta y se va. Yo también me levanto, pero no la sigo. Podría creer que quiero algo de ella, cuando no es así. Yo sólo quería ayudarla, pero veo que no se deja. Me encojo de hombros y sigo mi camino. Por ahora me quedaré en el pueblo, pero puede que no tarde en irme. Creo que sería lo más lógico, de hecho, no quiero meterme en ninguna clase de problema con nadie. Sin embargo, por ahora me quedo en la plaza, a la espera de que pase alguien que me pueda aclarar la situación.

Me siento en uno de los portales, cruzo las piernas y saco las hojas, pero enseguida las guardo. Ahora no, será mejor que sea prudente. Si cualquiera me ve escribiendo algo en una hoja, lo más seguro es que crean que estoy recogiendo, cuando no será así. Me levanto y me apoyo en la pared, a ver si viene alguien o no. Si no veo a nadie, me iré.

Lynn Kravitz

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Re: Insurrección en Efrinder [Campaña]

Mensaje por Zaparshka el Mar Jul 19, 2016 2:49 am

Hace 1 Mes y Medio…



Me encontraba en un lugar llamado Efrinder, siendo que mis continuas exploraciones me llevaban a este tipo de lugares. Mi destino, era un sitio conocido como Bosque de Phis. Según las descripciones dadas por exploradores y viajeros, era un sitio bastante calmado, refugiado de muchos de los peligros del resto del mundo. Incluso decían que protegía a sus inquilinos de las corrientes mágicas de otros lugares corruptos. Cada cierto tiempo me gustaba visitar un lugar repleto de naturaleza, era así mucho más fácil meditar y reencontrarme con Gaia. Mi mente se apaciguaba ante tal idea, por lo que no podía mejorar mi humor en este viaje. Acercándome por los bosques, observe a lo lejos un extraña edificación, parece que ahí residían humanos y otros seres, después de todo se trataba de un asentamiento humano. Como era costumbre, siendo incapaz de separar mi naturaleza animal con respecto a la humana, me movía sigiloso entre arbustos y malezas, intentando no ser visto por los transeúntes de los caminos.

Mientras caminaba, el sonido de voces cercanas atrajo mi atención. Mis orejas atentas comenzaron a guiarme a la fuente de tal alboroto. - Vamos muñeca… No seas tímida… Solo somos 3. Seguro que una zorra como tu ha atendido a más hombres. ¿No? - Transforme mis manos en zarpas para escalar unos pocos metros de un árbol cercano para distinguir el escenario. Cerca de un claro, se encontraba un trío de hombres acosando y desvistiendo a una muchacha joven. Ellos igualmente se estaban despojando de sus armaduras. Por su indumentaria eran soldados, quizás mercenarios, por la obvia carencia de honor. Apreté con más fuerza la madera de aquel tronco para ascender hasta una rama cercana. No me sentía lo suficientemente caritativo para ayudar a esa chica, por lo que por ahora esperaría a ver como se desenvolvía las cosas. Que sociedad tan pútrida… No podía imaginarme la clase de educación que recibieron estos sujetos para actuar como salvajes. ¿Se supone que yo era un animal? Buagh, miren a estos y verán a un verdadero animal.

Los gritos aumentaban en fuerza, siendo que parecía que el acto de la violación estaba próximo a iniciar. Creí que era suficiente, era un buen momento para enseñarle a esa muchacha lo que significaba ser una creatura de Gaia. Me desvestí para colocar mis pocas ropas en aquella rama. Descendí con la misma paciencia con la que subí, oyendo quejidos, llanto y halagos en un tono claramente pervertido. Mantuve mis ojos cerrados, concentrándome para evitar un revuelo. Cuando estuve listo, decidí adoptar mi forma de batalla, dando un poderoso salto para caer sobre los descuidados hombres. - ¡Que carajos! - Fueron las primeras palabras y las últimas de aquel sujeto. Mis garras atraparon su garganta, moviéndolo a un lado quitándolo de encima de la chica, rasgando su piel y exponiendo su interior en una demostración sangrienta de brutalidad. Los otros dos apenas podían darse cuenta de que ocurría, agazapado, corrí con velocidad, atrapando al primer imbécil que parecía estar con los pantalones abajo.

No me moleste a seguir al tercero, seguro aprendería su lección. Tomándolo de la piel, clavando mis garras sobre su omóplato, provocando un enorme dolor y permitiéndome arrastrarlo a hacia la mujer. La misma, estaba aterrorizada. Quizás por haber sido desflorada por estos imbéciles o porque ahora contemplaba todo el esplendo de mi forma de batalla. - No te preocupes, no te lastimaré. Si no me das un motivo. Ten… Un regalo de Gaia… - Arroje al hombre herido cerca de ella, solo para asegurarme de que no huyera, corte con mis garras la parte posterior de su rodilla. Esto le impediría huir, en caso de que se recuperara, no podría volver a correr nunca más. La muchacha no comprendía que pasaba, hasta que le pase una de las espadas olvidadas por estos sujetos. En ese momento, sus ojos brillaron con un fuego descontrolado… Parecía estar decidida a matar a aquel sujeto, pero su cuerpo parecía estar completamente paralizado. No podía culparla, pero si debía sentir lástima. Pensé que ella comprendería el mensaje de Gaia en esta ocasión, tus propias penurias eran culpa de tu debilidad e incapacidad para defenderte a ti mismo.

Este mundo era natural, despiadado y crudo. Solo los fuertes tenían espacio para la existencia. Sin decir palabra la mujer tiro a un lado la espada para comenzar a arreglar sus ropas. Comencé a ir de vuelta al árbol donde deje mis pertenencias. Procedí a escalarla con la misma facilidad de antes, bajando todo lo que necesitaba. Tome mi forma humana, vistiéndome para evitar alguna confusión. Cuando me preparaba para seguir mi camino, aquella mujer se acercó a mi gritando. - ¡Espera! ¡Necesitamos gente como tú! - Me detuve unos segundos al escuchar tal comentario. - Somos pobres, además de que nuestro Rey nos oprime… Pero… Si luchas con nosotros, podríamos ganar. - Mis dedos cubiertos de sangre jugueteaban, provocando que parte de la misma cayera al suelo. Me giré para mirarla directo a los ojos. Hizo un gesto, como si estuviese asustada de observar el rostro de un asesino. - Si están siendo oprimidos es por su propia debilidad… Es la ley de la naturaleza. Gaia así lo ha decretado. - La muchacha se acercó tomándome de mi antebrazo. En una reacción casi instintiva, lance un pequeño gruñido provocando que me soltara.  - Te pagaremos... ¡Podrás quedarte con lo que saquees! Incluso escucharemos sobre Gaia, pero por favor, ayúdanos… ¡Por favor! - No estaba del todo encariñado con el dinero o la economía, pero ciertamente me gustaría contar con nuevos seguidores de Gaia. A regañadientes, acepte, decidiendo ir con ella al campamento ocupado por los rebeldes…


Hace 2 Semanas…



Ahí se acercaba… La caballería del reino… Justo como pensé que ocurriría, bueno, no podía imaginar otro tipo de final. La sangre me hervía, ansiaba destazar a cada uno de esos caballeros. La luna estaba en su zénit, le di instrucciones a los campesinos de ocultarse. Luego simplemente me senté a esperar en un lugar donde fue en extremo probable encontrarme con hombres de aquel rey. Sin dudarlo, entre en forma de batalla, comenzando a correr detrás de unos de ellos. Mis pasos eran sigilosos, reduciendo así la probabilidad de que me detectaran. En un determinado momento, salté sobre el más rezagado. Un grito ahogado con un sonido de sangre siendo desparramada inundo la noche. Mis colmillos trituraban la garganta de aquel sujeto, mientras que usaba mis garras para terminar de arrancar un gran pedazo de carne. La patrulla se detuvo, comenzando a moverse de vuelta, intentando encontrar que sucedió con su compañero. Me moví de vuelta a las sombras, ocultándome. La cacería había comenzado ¿Cuánto durarían estos corderos?


Actualidad…



Estrelle mi puño con fuerza sobre la mesa. - ¡Están locos! ¿Un ataque como este podría ser el final? No cuentan con caballería, tienen muchos heridos y hay pocos con experiencia real. - El sacerdote movió sus manos señalándome para pronunciar unas palabras. - ¡No hables! ¡He escuchado las herejías que dices! No debemos prestar atención a un monstruo como tu. - Un gruñido que aumentaba en tono y volumen escapaba de mi boca, mis manos se tensaron, observando de arriba abajo a aquel sujeto con “vestido”. - ¡Hace un mes que mato y peleo por ustedes! No me han dado nada, soy un hombre que mantiene sus promesas. Yo he hecho que corra la sangre de sus enemigos… - Dicho esto, procedí a alejarme de la reunión. - …Asegúrense de cumplir las suyas, o haré que corra más sangre. - Esta clase de personas me irritaba. Pude tolerar los ataques infructíferos, rara vez participaba en ellos, reservándome para las escaramuzas cercanas al campamento rebelde.

Mis habilidades como cazador eran útiles para hacer emboscadas y el don que me dio Gaia me permitía eliminar a los opresores con gran facilidad. Aunque existían seres despreciables en este lugar, había otros dignos de respeto, a los que gustosamente llamaría hermanos. Lamentablemente, su visión de mi condición y sobre Gaia estaba distorsionada. A menudo, me trataban como una bestia maldita, para mi enfado. Pero reconocían mis capacidades de combate, había cobrado la vida de varios soldados, siendo que en el bando enemigo puede que me conocieran. Después de todo, un hombre-leopardo de casi 3 metros era algo difícil de evitar. Estaba curioso de que ocurriría ahora, la gente se estaba formando para atacar la ciudad. Yo decidí que me iría por la Muralla Este. Aprovecharía mi gran destreza para filtrarme a las murallas internas. En caso de que fracasaran, yo abriría esas puertas. De ser necesario, mis propias garras le desgarrarían el cuello al Rey.

Al principio, no sentía ningún grado de afinidad por esta causa. Pero a medida que me involucraba, comencé a entender la clase de vida que llevaban estos sujetos. No solo eran oprimidos, eran tratados como cosas menores a animales. Por ahora, evitaría a los estúpidos líderes. El fanatismo no ayudaba a la hora de dirigir un ejército, peor aún, esto no era un ejército. Era un grupo de personas intentando recuperar lo que era suyo. A los ojos de Gaia, todos éramos iguales. No debía de haber ricos o pobres. Solo hombres libres… Tavaria pronto conocería la ira de un guerrero de verdad...


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Re: Insurrección en Efrinder [Campaña]

Mensaje por Eudes el Jue Jul 21, 2016 10:16 pm

-AyAyAy. Los fuertes han caído, amigos míos- Dijo el borracho, mascando mal las palabras merced a su desasosiego, mientras golpeaba la mesa de madera con su jarra de ron.

Han de saber pues, que mi precensia entre tales antros no se daría sin haber razón justa, y es que, desde mi llegada a la ciudad, las malas lenguas murmuraban de guerra, murmuraban de conflicto, murmuraban de hambre y los nombres de dioses apenas familiares, que quizá fuesen fuerza y singular escudo para aquellos dudosos de los esfuerzos de su rey.

Equívocamente había pensado yo, al imginar que en aquel sitio se aclararían mis dudas, que, siendo sincero, me hacían sentir tonto; ¿Como era posible que yo, futuro caballero y noble cid, encontráseme en situación de ignorancia ante asuntos tan importantes de este pueblo? No, no permitiría que de mi se hiciese burla en los lejanos futuros, cuando los bardos cantarían crónicas de los guerreros que en el hoy hacen leyenda. Lamentablemente, aquel sitio solo revolvía el caudal de mis dudas, mostrándome lamentos y risas, y sin numero de referencias a algún conflicto temprano.

-Oh amigo ebrio- Pronuncié mientras tomaba asiento- Declararme ahora al razón de los pesares que agobian tu alma, pues este cid esta presto a escuchar tus rezos dolorosos, y, si es necesario, a ayudarte en lo que el pueda por fuerza de hombre solo.

Aquel individuo, algo obeso, de ojos color mar y barbas ásperas, tomó nuevamente de la jarra en su mano, y procediendo a poner su mano en mi hombro, comenzó a declarar:

-Oh nuevo amigo, en ti relajare mis pesares, y -JIP-descargaré las pesadas cadenas que me atan a este tormento:
>>Sabe hoy, que en este ciudad, o siendo precisos, en los alrededores a esta, matanza se ha llevado a cabo por culpa de la rebeldía, contra la cual, nuestro sacro Rey, ha debido djear caer báculo de hierro y surpimir por la fuerza las oscuras intenciones de estos pobres diablos.
>>Siendo yo soldado, he aquí que fui enviado con los grandes a repeler tal ejemplo de anarquía insana en el campo al rededor de este nuestro pueblo. Ah amigo mío, pocas veces he visto tanta matanza, tanta sangre en sitios tan reducidos; pero yo no dude, no, ya que en el honor de mis ancestros, y por el nombre de mi dios, he aquí que con fiereza me lancé hacia los enemigos, y con valor intenté defender a mi patria.
Estando yó en aquel frenesí de violencia,  con lanza en mano, y con el escudo cubierto de sangre ajena, veo a una mujer en derredor de la puerta sur, ayudando a tales salvajes a prender fuego a esta. Llamando yo a uno de mis compañeros, corrimos todos hacia allá, junto con varios patriotas mercenarios además, objeto de dar muerte a tales incivilizados seres. Ayayay amigo mio, senda sorpresa que me llevé.


-¿Porque amigo mío, que fue aquello que te aquejo hasta este punto?.

-Sabe tú, que -JIP- cuando volteé a aquella fémina en objeto de atravesarla con mi acero, resulto ser que era mi esposa. AYAYAYAY, vida injusta.

-¡Por la divinidad!

-No sabía yo que en su mente se encontrasen ideas de rebelión, o de deshonor a nuestro rey, pero aquello no mentía. Aquella harpía que aún amo era parte de el grupo de salvajes.
>>Pero aún así, conoce ahora que no puse mi mano contra ella, si no que, sorprendido, retrocedí, pero grave error fue, porque aprovechando aquello, un mercenario atravesó la pierna de mi amada con su acero, hiriéndola en gravedad absoluta, y provocando que un gemido agonizante saliera de sus labios.
¡PERO QUE ATREVIMIENTO DE LASTIMAR A MI AMADA! Así que, colérico, tome yo mi lanza y atravesé con ella el pecho del mercenario, el cual, cayendo en el suelo, cedió al abrazo de la muerte es cuestión de pocos segundos.
>>Ayayaya, pero ya era tarde, mi amada no había dejado rastro, y aún la sangre que bortaba de su pierna, que púdome haber servido para hallarla, se había fundido con los otros pozos producto de mas combates.
>>Ni de su vida ni de su muerte se nada, y ahora, en mi dolor por haber atacado a otro compatriota, se que al regresar a la casa de la guardia la muerte me hará bienvenida.
Aayayayay, miserable de mí. Si tan solo la tuviera de nuevo.


Conmovido, iracundo, confundido. Todo en mi mente se amalgamó, y, ahora sepan ustedes, que puede que aquellas palabras pronunciadas a continuación, fuesen mas producto de aquella quimérica mezcla que del verdadero pensamiento en ese tipo de acciones.

-Oh amigo, tu caso me ha conmovido en sobremanera, y siento pesar por tu dolor también. Por favor, escúchame ahora, y presta atención a lo que por ti haré: Dime pues el lugar de congregación de los rebeldes, y yo buscaré a tu amada, y la convenceré, y la traeré de vuelta contigo.

-¿Harías tal cosa por mí?- Preguntó con ojos llorosos, dejando a un lado la jarra de ron sucia.

-Eso y mas, porque ningún pesar tan horrible habrá de ser admitido en mi precensia.

-Oh, por favor convéncele, y dile que su amado la espera. Por favor, tráela contigo.

Entonces el sacóse el anillo de bodas del dedo, y entregándomelo, me miró con ojos de pura esperanza.

-Dadle esto, a ver si al recordar nuestro amor, también su lealtad a la causa del rey volverá.

Entonces yo, ahora con misión, procedí a despedirme de mi amigo nuevo, confirmandole con el juramente de la espada extendida, que a sus brazos volvería su amada. Y tenía una misión por delante.
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Eudes

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Re: Insurrección en Efrinder [Campaña]

Mensaje por Gavryel el Vie Ago 12, 2016 4:54 pm

Había pasado algún tiempo desde que el joven no-muerto había asentado su pensamiento, lo había concretado y ahora se encontraba vagando en busca de objetos y un sitio donde asentarse para trabajar en sus proyectos.
En un viaje hacia el oeste, montado en su necrótico corcel Semejante, el muchacho enfundado en acero cabalgaba a gran velocidad, sin prisa objetiva pero sí vital, ¿a dónde vas Gavryel? ¡no persigas la espontaneidad! No seas mesiánico, lo que buscas es un proceso, necesitas razón y corazón, no primes uno al otro, eres mitad bestia mitad divino.
Se detuvo, al caer el alba, en un pueblo menudo. Se podía apreciar la frondosa arboleda que rodeaba por una parte al lugar y prácticamente lo ocultaba salvo desde su posición. El anaranjado cielo que se iba oscureciendo dotaba de un carácter gentil y popular aquellos caseríos y hogares, con claras arquitecturas humanas.
Desde la entrada a aquél poblado, sobre una especie de pasarela o puente muy rústico que atravesaba un riachuelo, contemplaba el joven aquél sitio. Había poco movimiento por lo que a primera vista podía apreciar. Muy pocos sonidos salvo un melancólico viento llegaba al alabardero. Se filtraba de vez en cuando algún animal de granja o un niño quejándose.
Así pues, de una vez por todas, entro a paso lento, en su caballo, mirando atentamente todo lo que pudiera dotarle de algún tipo de información relevante de aquél sitio, aunque así no lo creyere siendo el típico pueblucho de campesinos y trabajadores comunes. O así lo creía, comunes.
Los pasos del caballo resonaban más de lo que él esperaba y llamaban la atención de aquellos viandantes que por ahí se encontraban. La impresión entre ambas partes no tardó en manifestarse.
- ¿Qué cojo…? Se preguntaba el no-muerto. Estaba mirando a un grupo de jóvenes campesinos cómo remendaban entre sí unas heridas bastante pronunciadas. Habría habido algún conflicto o algo.
-¡Es un caballero del Reino, apresadlo! - Sonó por algún sitio del pueblo, la voz estaba cargada de furia y sorpresa. Casi la misma sorpresa que invadió a Gavryel de un momento a otro cuando un puñado de personas se dirigían a él de forma desafiante, con palos e instrumentos de labranza. - ¡no! ¡quietos, imprudentes! No soy de aquí, soy extranjero y no sé nada de… - Tuvo que vadear con su montura hacia atrás a la vez que zarandeaba de forma amenazante su alabarda. - ¡quietos! Una especie de locura estaba invadiendo a aquellas gentes, era muy notorio el estado de sufrimiento y odio que tenían a aquél Reino, fuere el que fuere, puesto que el no-muerto ni recordaba con exactitud los cambios geopolíticos que se habían dado en aquella zona desde hace años.
El paisaje era bastante tenso: aproximadamente una veintena de sujetos rodeando al no-muerto, y éste con una clara posición de defensa buscando apaciguar a sus esporádicos adversarios. El desastre y la sangre se hacían inminentes cuando de un instante a otro una voz se hizo hueco entre la multitud -que se incrementaba- y, como si de una autoridad suprema se tratara, fue el efecto suficiente para detener la actitud de aquellas personas. -¿no veis que no lleva estandarte ni tabardo ni insignia alguna? También queda la opción de que sea un mercenario del reino pero no puede ser tan estúpido para entrar al pueblo y menos aún enfundado con todo su arsenal. Bajad las armas, volved a lo vuestro, yo continuaré con el caballero sin enseña… - Aquél hombre que hablaba era bastante alto pero delgado, envuelto en una túnica grisácea y con un aspecto de religiosidad destacable.
La  masa volvió a sus quehaceres mientras el muchacho no-muerto, alabarda guardada, bajaba del caballo y agradeciendo a aquél hombre su intervención, se presentaba: Gavryel, no sirvo a ninguna casa ni país, aún, supongo. No soy un errante, estoy buscando algo. - Todos buscamos algo, unos donde viven… otros lejos. Dime, joven, ¿qué buscas? - Saber eso depende de quién lo pregunta, no quiero problemas, como ya ha visto. - Puede haber sido algo imprudente entrar en una zona de guerra. - ¿cuál guerra? No estaba mi espíritu enterado de tal cosa. - Es una guerra entre los de abajo hacia los de arriba. -
La mirada de Gavryel desprendió un extraño brillo. De un momento a otro comprendió cosas, cosas recientes, y su corazón dictaminó que debía exigir más información, su cuerpo y su alma estaban comenzando a sentir una extraña afinidad hacia aquél hombre, aquellas gentes, y a aquello que estuviera moviéndolos.
El no-muerto y aquél religioso estuvieron hablando largo y tendido en ese sitio. El sol ya se había marchado a ojos de los mortales de esa zona. La gente continuaba, ahora menos, en sus labores: afilando utensilios, curando heridas, rezando por los muertos, etc.
El religioso, que se había revelado a Gavryel como un ferviente y leal servidor del Culto del Mundo, le narró muy someramente los acontecimientos que se venían dando desde hace un tiempo en aquellas zonas, las penas y aflicciones que azotaban a las gentes y sus penosos intentos por cambiar esa situación, cada vez más perdida.
Las gentes de aquel estrepitoso lugar cesaban ya lamentos y tareas arduas para dar paso a un descanso forzado, un descanso que sin duda estaba impregnado de rencor, es decir, un descanso superficial.
Mientras esto ocurría el joven alabardero y aquel clérigo finalizaban el diálogo el cual había llegado a un punto muy interesante para ambos interlocutores: el no-muerto estaba prácticamente decidido a unirse a la causa de aquellos pobres desgraciados, sin embargo, teniendo en cuenta su experiencia militar y bélica, exigía la condición de dotar al movimiento de disciplina, unidad, y formación; o al menos… la que se pudiera dar. El no-muerto pensaba en su cabeza utópicas batallas victoriosas. Sin embargo mientras era conducido a una cuatrera para dormir contempló el deplorable estado de las armas, animales y demás medios con los que se contaban allí para hacer la guerra gentil.
- Dormid por hoy, hombre religioso, mañana nos pondremos manos a la obra, hay mucho que hacer si de verdad tenéis la voluntad de derrocar a toda esa escoria altiva y crear un nuevo estado.
- El Logos os oye, oídle a él también, joven muerto viviente: veamos si se trata de un estado o de otra cosa… ¿Qué es lo que nos corresponde? Pensadlo, buenas noches, que el Devenir os ilumine.- Y el religioso se marchó, seguido de un misterioso halo grisáceo.
Acto seguido a esto, un plato de algún tipo de verdura hervida había sido traído por una muchacha de piel oscura, el no-muerto iba a agradecérselo cuando ésta se marchó velozmente. El joven olió el plato, no sospechó mucho y aunque estuviera envenenada… por favor, se trataba de un muerto viviente, como máximo tendría diarrea. Al cabo de un rato echó a dormir pensando en la compleja y exhaustiva tarea que le esperaba.


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Re: Insurrección en Efrinder [Campaña]

Mensaje por Margaret Orgaafia el Vie Ago 12, 2016 4:58 pm

¿Que es el conflicto si no otra forma de amor? Amor a uno mismo, amor a los demás, amor por un sueño o una realidad...Un amor que se debe de defender con uñas y dientes y, por el cual, cualquier cantidad de sangre derramada no es suficiente. Es un tipo de amor retorcido, nacido del cambio y de la aparición de nuevos conceptos en una relación. Por ejemplo, dos niños son mejores amigos durante años- compartiendo juguetes, haciendo travesuras, descubriendo la anatomía de varios muñecos-, pero en el momento en el que uno cambia ligeramente, su relación se empieza a quebrantar. Puede que el cambio sea simple o tremendamente complejo, pero esto es testimonio de una realidad absoluta. Nada se queda como es siempre y el amor, como todas las cosas es pasajero si no se establece un acuerdo mutuo. Así los dos niños pueden intentar mantenerse en una relación de cordialidad y cariño, respetándose mutuamente y continuando siendo amigos durante muchos años o alejarse el uno del otro, siguiendo los cambios que tarde o temprano experimentaran, y encontrar nuevas personas que se asemejen más a ellos. 

Este ejemplo le resultaba perfecto a Margarett para entender lo que estaba pasando en el reino de Tavaria. La relación entre un rey y un siervo estaba establecida en el puro amor entre ambos. Un monarca debe de amar sin ningún tipo de reserva a su pueblo, haciendo todo lo posible para su crecimiento, lo que resulta en el amor de sus siervos, quienes se sacrifican y viven por el bien mayor que el monarca intenta alcanzar. Sin embargo, cuando este rey amoroso se sustituye por un déspota y este pueblo cambia acorde a este, esa relación desaparece y el pueblo, por primera vez, tiene que pensar. Ciertamente, esta forma de pensamiento viene, al principio, modificada por las religiones y los sacerdotes, sin embargo ¿cuanto faltaba para que fuesen los propios rebelados quienes empezaran a pensar? “¿Por que cultivamos la tierra para los nobles? ¿Quien es el rey para obligarnos a luchar por él? ¿Que derecho tienen a decirnos como vivir nuestra vida?” La gente toma las riendas de sus vidas por primera vez y empiezan a luchar por sus deseos, sin pensar bien las consecuencias.

Margarett continuó durante varias horas rumiando este tren de pensamiento, mientras el carro continuaba el camino hacia la capital del reino, aun levemente abierto para los comerciantes y colonos. La gente empezaba a pensar y Margarett sabía como de peligroso eran los pensamientos mal dirigidos, pues, a pesar de que era el pueblo el que había empezado la rebelión y el que había empezado a reflexionar sobre su situación, era otra persona quienes llevaba la batuta en esto. La iglesia. ¿Que sacaba de todo esto? ¿Por que una institución bien instaurada en el reino se planteaba la rebelión contra la principal autoridad de este y a quien habían apoyado por siglos? ¿Por que liderar a los campesinos, cuando no había beneficios de esto? La anciana suspiró, mientras el camino empezaba a mostrar campos quemados, cadáveres siendo devorados por los cuervos y gente con expresiones tristes y demacradas. Margaret no tenía ningún problema en afirmar que era agnóstica, cosa un poco difícil si tenemos en cuenta que los demonios tendían a andar por la tierra y los dioses prestaban servicios constantes a sus siervos leales, y por ello no se fiaba en la iglesia. La descripción de sacerdote para Margarett tenía las palabras “manipulador, bastardo y sinvergüenza” adheridas intrínsecamente y claramente no le caía bien ninguno de su calaña -exceptuando a un sacerdote llamado Rudolf que conoció en su juventud, un bastardo manipulador y sinvergüenza, pero que sabía mover y dirigir bien su gran batuta, si sabéis a lo que me refiero-. 

Mientras la señora continuaba pensando, uno de los comerciantes dio una patada a una joven, con aspecto sucio y con sus ropajes manchados por la mugre del camino, que intentaba subirse en un intento desesperado, cargada con lo que parecían sus hijos o hermanos. Al parecer, no podía pagar lo que pedían para transportar a gente en el vagón, pero necesitaba llegar a la ciudad esa noche. Desgraciadamente, para el comerciante, un oleada de viento en forma de mano arrugada se levanto contra su nuca y lo tiro del carro, causando que tuvieran que pararse. Afortunadamente, para la muchacha, otra oleada de viento se había deslizado, antes de que el hombre se cayese, en el bolsillo de este, arrancándole con sigilo la cantidad justa y dejándola luego en las manos de la muchacha, con un guiño travieso. Ciertamente, había mucho viento hoy.

El viaje fue rápido tras ese momento, corriendo el tiempo con mayor velocidad al acercarse a al ciudad, hasta que llegaron a la puerta. En algún libro, en algún punto de las dimensiones, habrá un capítulo completo a explicar como el tiempo se ralentiza a medida que la gente carga con armas. Cuantas más armas, mas lento. Por eso, nada más entrar en los muros, el tiempo pareció paralizarse. Soldados cargados con armas, cientos de espadas, ballestas y escudos. Margarett se preguntó si habían encontrado alguna mina de hierro cerca o si habían fundido las sartenes de las mujeres para hacerlas. Sin embargo, Margarett se tuvo que bajar de todos modos del carruaje, tiempo parado o no. Las baldosas salidas de la calle y el barro producido por la inmundicia la recibió como a una vieja amiga, a la vez que sus botas les devolvió a estas un saludo más cercano al que se le da a un cobrador de impuestos.

Bueno, acababa de llegar a una ciudad nueva, con problemas a rebosar, gente enfadada y con solo una maleta con muda limpia. Margarett sonrió con diversión, tarareando una canción sobre un puerco espín y una balleta. Esto iba a ser divertido. Mientras cantaba, Margarett dirigió con precisión sus pasos a la zona rica y noble de la ciudad. Era fácil, solo tenia que ir hacia arriba de las cuestas, donde estaba todo limpio. Tenía que encontrar un empleo pronto, pero eso se le daba bien, sobretodo cuando las casas del lugar parecían estar bajos de personal.

Los vientos del cambio soplaban con fuerza y Margarett solo se preguntaba si debía de haberse puesto ropa interior con ese viento.
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Re: Insurrección en Efrinder [Campaña]

Mensaje por Erin Rosein el Sáb Ago 13, 2016 9:43 pm

A medida que me iba acercando con el carro sabía que algo malo estaba pasando en la ciudad, había mucho movimiento y nerviosismo en el ambiente, había llegado allí porqué un familiar le había comentado que era un buen lugar para comerciar ya que en la ciudad en el interior de los muros había mucha gente con dinero. -"Esta es mi oportunidad"- pensé.

El traqueteo del carro siempre me daba sueño, aunque “algo” me decía que en ese lugar no podía relajarme, llevaba ya varios días viendo mucho movimiento y traqueteo de gente, como si estuvieran preparando algo. “Quizás son fiestas y están haciendo los preparativos, dicen que el rey de aquí es muy excéntrico y ostentoso” pensé mientras repasaba los enseres de mi mochila. Llevaba la bolsa de hierbas llena, y algunas secándose en la otra bolsa, pero aún y así tendría que encontrar una posada donde pasar la noche.
El carro me dejó en la entrada de la ciudad mientras dos guardas en la en la puerta de la misma me pedían mi acreditación donde enseñé orgullosa mi tablilla de mercader pues no tuve más problema que el sacarlo de la mochila. Pero al entrar sentí algo extraño, no parecía que estuvieran preparando una feria, la gente estaba cansada, como enfadada, quizás incluso un poco más secos de lo común. “Habrán tenido alguna desgracia…pero no me suena haber oído de algún terremoto o inundación…quizás les había salido mal la cosecha.”
Entre el resto de comerciantes se oían murmullos y comentarios, busqué la posada con las tres B, el credo de todo comerciante “buena, bonita y barata” y porfín en la tercera la encontré, estaba bastante céntrica. Pedí una habitación y pregunté por el gremio de comerciantes, aunque me dijeron que últimamente las cosas estaban muy inquietas y que sería complicado para solicitar un permiso de venta en esos lares. Intenté indagar más información pero no conseguí nada, tenían miedo de sus palabras.

Esa noche disfruté de una cena caliente y una copa, mientras observaba la fauna y flora de aquel lugar, peregrinos del bar, aventureros novatos y babosos de taberneras. Siempre era lo mismo pero ningún comentario interesante. Por fín, al cabo de dos días conseguí mi permiso de venta y dispuse una pequeña mesa con hierbas y mejunjes a vender en la plaza de la ciudad. Ahora si que me estaba enterando de todo…palabras como insurrección, soldados, campesinos, guerra- “Vamos Erin, la información es poder sigue intentando enterarte de más cosas”  

Al tercer dia de mi llegada ocurrió uno de los actos más terribles que había presenciado, de hecho, no los había presenciado, me había alejado antes de la crueldad humana, digo, de la crueldad “Recuerda que sigues siendo humana Erin”. Una masacre donde ancianos, niños y adultos gritaban y lloraban ante un discurso vacío de sustancia. “Recuerda que no debes juzgar, no sabes toda la historia aun así eso es inhumano, me avergüenzo de ser humana muchas veces”- me decía desde la habitación de la posada con la ventana y la cortina cerrada, había luz pero aun necesitaba una vela mientras me ponía a hacer mejunjes y cataplasmas básicas para fiebres. Si me concentraba en eso no escuchaba los gritos fuera hasta que se acabaron y la ciudad se cubrió en silencio después de un vitoreo.
Bajé a comer, para mi sorpresa tocaba pollo con verduras, denegué las verduras y me puse a comer en la barra para charlar con la tabernera.
-No me esperaba esta situación en este lugar. –comenté mientras le pegaba un bocado al pollo, estaba en su punto, jugoso, aunque para mi gusto quizás lo hubiera dejado menos tiempo al fuego. -Cuéntame, ¿por qué han hecho esa ejecución en público?
Vi como miraba hacia los lados y se acercaba un poco a mí. – Los campesinos han decidido atacar al rey para defender sus derechos. me comentó casi en un susurro.
-Entiendo…¿pero por alguna razón especial? ¿Tan mal viven? – Pregunté con curiosidad pero entonces su tío o su padre, olían similar, apareció por la puerta de la cocina para llamarla a que dejara de holgazanear y no molestara a los clientes.



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Re: Insurrección en Efrinder [Campaña]

Mensaje por Gavryel el Dom Ago 14, 2016 5:30 pm

Capítulo 2. - Énfasis del antagonismo.

Una multitud de cosas nuevas estaban aconteciendo en aquellos territorios, hechos completamente extraños salpicados de ideas más extrañas aún. Y a esto no podían faltarle personajes característicos, que agudizaran una u otra parte del conflicto.


La Ciudad - "El mal se hace todo junto y el bien se administra de a poco" -  Nicolás Maquiavelo.

Aquel mismo día, el de las ejecuciones masivas, un joven humano alto y de cabello cobrizo había contemplado el rechazo por parte de las fuerzas del orden de Tavaria para contra aquellos insensatos haraposos. El muchacho Lynn se había acercado confiado a la puerta, portando su  espada, entre otras cosas. -¿Quién sois? ¿Qué queréis? - Preguntaba un guardia cuya arma aun desprendía olor a sangre fresca.
-Vengo del bosque de Sílvide, estoy aquí sólo de camino para marchar más allá. - Otro guardia que había oído sus palabras se acerca a su compañero y mira al muchacho de ojos azules de arriba a abajo, tras un instante dice: Bien, el breve momento que estés aquí deberás pagarlo, en beneficio de todos, pero no con oro, niño.
Tras eso le hicieron paso y le dejaron ir. Entre susurros, y mientras Lynn se iba, los guardias enviaron a un hombre vestido con ropa liviana ,y un emblema de la ciudad, tras él.
Aquel sujeto escurridizo observó al muchacho dirigiéndose a una chiquilla, tras eso se acercó a él, el cual se alza y se propone emprender su camino… a lo que el távaro lo detiene por detrás y le entrega una especie de blasón. Antes de poder salir del estupor, Lynn ya obtiene una explicación: El tiempo que estés aquí servirás al estado, es tu deber para con la ciudad que te puede alojar, vestir y alimentar.
El muchacho siquiera podría oponerse a este imperativo. Fue conducido, con su blasón de Tavaria vestido, a la plaza mayor e incorporado junto un regimiento de soldados extranjeros, lo que comúnmente se conocía por mercenarios.
El asunto más importante que allí aconteció lo conocemos, sin embargo hay detalles que pasan desapercibidos… como puede ser el caso de una joven mercader que se hallaba allí mismo. El hermoso color azul turquesa de su ropaje contrastaba terriblemente con las atrocidades que se estaban llevando a cabo en esos instantes.
Recogió sus pertenencias y se dirigió a una tasca para lidiar con su hambre. Allí se encontraba, entre otra gente, un borracho, con el claro blasón de la ciudad pero probablemente de un rango superior al de simple soldado, hablando con otro sujeto enfundado en poderosa armadura probablemente un mercenario.
La joven y atractiva de pelo castaña, de nombre Erin, se dirigió imprudentemente a una de las trabajadoras del local, éste respondió muy poco.
¿Harías tal cosa por mí? - Vociferaba el ebrio señor, el otro le respondía. La muchacha podía claramente oír las palabras de los dos sujetos, los cuales no se encontraban tan alejados.
Aquel otro hombre, de aspecto sobrio y sano, lo apodaban el Caballero Tortuga, y ahora mismo se disponía a cumplir con su nueva misión, mas, ¿cómo podría hacerlo el solo? Fuera, la Ciudad, aguardaba para recibir más y más refuerzos de donde fuera, tal vez el noble y heroico sujeto se uniese a la causa távara para poder cumplir su gesta.

Tras los elocuentes discursos del Rey Reghor, él y su consejo real se marcharon a deliberar al gran comedor del Real Palacio Távaro.
Se trataba de un enorme edificio, magnífico a la vista, con esculturas variadas, de divinidades ya extintas, divinidades nuevas y por supuesto emblemas de la ciudad. Esta tremenda construcción descansaba en la parte más alta de la ciudad, formando parte del tinglado que componía La Fortaleza.
Está todo atado y bien atado, tan sólo hemos de mantenernos así, he ordenado reclutar más mercenarios, esto es cuestión de días, señores.- Hablaba Sir Denys, Comandante de las fuerzas armadas távaras.
El fornido rey se encontraba en silencio, en la punta de la mesa, con la mano en la barbilla, esperando para decir algo en el momento adecuado. Los demás integrantes del consejo solían subordinarse a uno de los tres sujetos que más hablaban, el segundo era aquel nuevo portador de la fe, el oscuro Inukat.
Estoy totalmente de acuerdo con el Comandante, aún así, no descarto el tener que reforzar el Ejército de la Fe, no olvidemos que quienes no sólo defienden el reino, sino el sagrado reino, luchan con mucho más fervor.
Un par de consejeros afines al comandante rieron simuladamente. No así los religiosos ni los del rey.
La tensión era muy leve debido a que todos tenían allí un enemigo en común y querían acabar con esto ya. De un momento a otro apareció una señora, algo gorda y mayor, que portaba unas bandejas de comida que colocaba delicadamente en la gran y ovalada mesa. Tras dejar la manducancia la señora de ojos verdes sonrió a los allí presentes en tono servicial, el rey levantó la mano amablemente para indicar que no necesitaban nada más. Así pues, la señora Orgaafia se marchó del lugar a paso lento mientras los sujetos siguieron hablando.
- Seguid hinchando vuestras fuerzas, ambos, usted también Patriarca Inukat, la excusa de la rebelión puede servirnos para ampliar grotescamente nuestro poder armamentístico y someter a Auberdine, por ejemplo. - Reghor había pronunciado lo que ya muchos sospechaban pero ahora confirmaban. Esas palabras podían haber sido oídas aún por la anciana cocinera.
-Así se hará, mi rey. - Sentenció el Patriarca.
- ¿Sabéis? - Cambiaba de tema Sir Denys- Dicen que entre las filas rebeldes se encuentran seres de otras razas, y no hablo de enanos o elfos, dicen… que tienen bestias a su favor, algo así como cambiaformas pero que nunca se hacen humanos. Yo aún no lo he visto pero algo me huele a oscurantismo.
- Herejes, blasfemos, acabarán todos en el fuego. - Las palabras del patriarca sonaban con miedo y cobardía.

Ese mismo día, cuando el sol se marchaba y las puertas se limpiaban de sangre y despojos, ingresaban en la ciudad más vendespadas, comerciantes, etc. Pareciera que la ciudad estaba en su apogeo, en contraposición a lo que debiera suceder.

Al día siguiente la Ciudad de Tavaria tenía en sí misma un movimiento incesante, en la plaza mayor se estaba organizando las fuerzas extranjeras e incorporando algunas unidades en las del Ejército de la Fe, cuya cabeza directiva era el Patriarca Inukat.
Desde un palco vacío se podría contemplar a los oficiales y demás rango moviendo soldados de un sitio a otro y colocándolos en determinadas “Banderas”. Entre estas unidades dispares podrían hallarse, seguramente, los nuevos hombres de armas llegados de fuera de la ciudad.
El bullicio de estas acciones se acompañaba con el ajetreo cotidiano -aunque ahora mayor- del trabajo de las gentes de la ciudad, los rumores corrían a toda velocidad y había que discernir bien entre habladurías y cosas sensatas. Si se indagaba bien se podría conocer los pensamientos de los altos mandos.
Aquel palco vacío, desde el que debía alguien dirigirse al Ejército de la Fe, esperaba las pisadas del patriarca, sin embargo éstas aún no llegaban.
-Mal, mal…¡Mal! .- Se lamentaba Inukat mientras se azotaba la espalda así mismo. Su aflicción estaba justificada: un pequeño sujeto se marchaba de la habitación, tendría aproximadamente siete años y estaba lloroso, dolido y violentado.
-Suficiente, Inukat. - Se hablaba así mismo. - No te pases en tu redención, tienes que dirigir, eres importante, dependen de ti, muchos, vamos.
El Patriarca se levantó, vistió más adecuadamente y asomó al balcón. Otros balcón, donde debería estar el Rey Reghor, estaba ocupado por consejeros del soberano. Sir Denys se hallaba en la plaza junto demás oficiales y cargos, señalando y disponiendo filas en banderas y viceversa. Se encontraba algo hastiado y apenas hablaba, salvo para encomendar las obligatorias órdenes militares que debían ejercerse:
Se apostarán todas las Banderas del Ejército Real en la ciudad salvo una, enviad ese regimiento al sur, hay que proteger un poderoso envío de recursos armamentísticos que podría ser interceptado por los rebeldes. Lo que haga el llamado ejército de la fe me la repela, con que no estorben.
Este ejército al principio se había compuesto únicamente de voluntarios religiosos enardecidos por la Iglesia de Tavaria, religión politeísta y extranjera, sin embargo últimamente y sobretodo aquél día estaba siendo hinchada con mercenarios y gentes de otras religiones, algo contradictorio pero coherente con el período bélico que se vivía.
Mientras el Comandante se marchaba, el Patriarca dirigía saludos y bendiciones a sus tropas, y por otra parte, un regimiento de aproximadamente cien soldados se dirigía a la puerta sur para salir y marchar hacia el lugar indicado para la protección de los bienes.

Se olían las llamas que unas delicadas chispas podrían encender… en cualquier momento…



...


Las Afueras - "[...] porque era preciso que los dioses se transformaran en bestias si querían salir victoriosos de aquella guerra y nos impartió doctrina haciéndonos saber que no se puede mantener superior quien no sabe hacerse bestia." - Giordano Bruno.

La retirada de los desesperados milicianos rozaba lo patético. Algunos habían incluso corrido hacia las puertas creyendo, en un desesperado intento, recibir algún tipo de misericordia. Acabaron en el patíbulo de la plaza esa misma tarde.
Los que lograron escapar, como el mosén Gonçal, habíanse dado cuenta de que faltaba mucho más que simple voluntad y arrojo. Tenían un poderoso aliado desde un tiempo, se trataba de un ser mitad hombre mitad bestia… ya era famoso entre las filas enemigas, seguidor de Gaia se decía él mismo, pero esto no era suficiente para poder tomar una ciudad. Aún así y todo, habían mercenarios, como la bestia, que accedían a ayudarlos, pensando en el futuro saqueo que podrían realizar en una hipotética toma del reino.
-Ha sido por la bestia, seguro, no podemos luchar con algo así por medio, es una blasf… -  La mirada de Gonçal detuvo el discurso de aquel campesino, hastiado por la presencia de Zaparshka.
- Ni siquiera estuvo en nuestro asalto, el fue por otra muralla. - Dijo tranquilamente, pero ocultando un gran enfado. - No podemos parar de repetir, y de hecho, hay que recordarlo siempre, esto no es una lucha humana para esclavizar más humanos u otras razas. Esta es la lucha por la emancipación de las razas para consigo mismas. El Devenir no entiende de razas, fronteras, ni nada por el estilo. El Devenir se está estancando en Tavaria, y en Noreth entero, y se oyen los llantos de los pueblos.
El cambiaformas llegaba tras que su comando también hubiera sido repelido, aún habiendo logrado abrir la puerta a la que se dirigió, un acto sin duda impetuoso pero de un vigor inigualable. Se le notaba algo cansado y portaba algo de sangre en las garras.
Durante su vinculación a la causa rebelde había tenido problemas con una pequeña facción de los sublevados, quienes apostaban porque la revuelta debía ser explícitamente humana y ajena a las demás razas. Sin embargo, el Culto del Mundo, la doctrina espiritual que mayoritariamente impregnaba el movimiento rebelde, era contraria a esta postura, pues se trataba de un pensamiento radicalmente multiracial, donde primaban lo vivo, el cambio y el movimiento, el eterno Devenir como deidad suprema y el Logos como mediador entre las cosas de este mundo. Se trataba una religión que se renovaba a la vez que lo hacía el conocimiento de los seres racionales para con el mundo. Por esta razón el Culto del Mundo encajaba perfectamente con el movimiento insurreccional y sus distintas vertientes o matices; sin duda encajaría con la visión naturalista de la bestia, lo que él denominaba Gaia, o incluso con postulados profanos...
- Marchad todos a reparar, remendar, cuidar, mañana  será un duro día. - Mosén Gonçal echó una mirada de camaradería a Zaparshka y le dio unas palmadas en la espalda. - Gracias, amigo.
Aquella misma tarde, oscureciendo, apareció un nuevo sujeto, armado, de mucha fortaleza y otrora vez muerto. Mantuvo un diálogo arduo con aquel religioso de titulo mosén y cuajó como una excelente pieza de rompecabezas.

El día siguiente amaneció igual de triste para los insurrectos, heridas tan dolientes como ayer, lamentos agrios… sin embargo aquel caballero no-muerto y sin estandarte se encontraba disponiendo y formando a los allí presentes.
La organización debía ser base, por eso mismo se decidió abandonar aquel lugar por completo y marchar a un mayor espacio donde concentrar todas las fuerzas rebeldes y hacerlo, por así decirlo, el “bastión de la insurrección”, y allí se dirigieron, un pueblo a unos siete kilómetros de Tavaria.
Encabezados aún por Gonçal, pero con la bestia y el no-muerto como importantes referentes y adalides, se dirigían los sublevados pensando que sí  había una nueva oportunidad, que sí podrían conseguirlo.
De todas partes de los alrededores de Tavaria se iban acercando los rebeldes extraviados o rezagados y se iban incorporando poco a poco a su nueva capital, noticia que corría, tergiversada, hacia los oídos de los altos cargos del reino.
El sitio en sí se trataba de una villa rodeada de débiles empalizadas, de nombre Alecia, capaz de albergar casi dos quintos de la población de la Ciudad de Tavaria. Hubo de ajusticiar a unos cuantos diplomáticos y guardias fieles al reino y el pueblo quedó en mano de los insurrectos, quienes velozmente establecieron, a instancias del no-muerto, un Consejo de Insurgentes, compuesto por veintidós sujetos elegidos a mano alzada. La facción proGonçal era mayoritaria en oposición a la humanocentrista, y dentro del organismo se hallaban la bestia y el joven alabardero.
-El enemigo es poderoso, el Devenir nos exige que lo apartemos, hay que desatascar este impasse, hermanos, y romper con los vetustos lazos que nos atamos entre nosotros desde hace tiempo. Esta dolida tierra de Noreth debe conocer que la voluntad de las razas se puede cumplir, llegan experimentados hombres a nuestras filas, sedientos seres de libertad y belicosidad. Pero tenemos que unirnos rápidamente; sí no, puede ser tarde.*
Las gentes reunidas en el pueblo se ponían manos a la obra, concienzudamente, por fin, a hacer lo que desde hace tiempo debieron: organizarse.
Se mejoraban las empalizadas, se curaban bien a los heridos, se disponían armas relativamente mejor, etc. No tardó en llegar la noticia del envío de armas y demás instrumentos hacia la ciudad de Tavaria, una compañía de pocos hombres cuya ruta era cercana a Alecia.
Una partida de cuarenta hombres, componentes del irregular ejército rebelde, se dirigió a la ruta, liderada por La Bestia, con el objeto de interceptar dicha comitiva y expropiar todo lo que pudiere ser beneficioso para la causa rebelde.

La tensión era inminente, pero la balanza se estaba inclinando poco a poco. No podía darse lugar a ambigüedades, o se estaba de un lado o del otro.



__________
* José Díaz Ramos, en un discurso en el año 1935.


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Re: Insurrección en Efrinder [Campaña]

Mensaje por Lynn Kravitz el Lun Ago 15, 2016 9:36 am

Cuando llego a la puerta de la ciudad, explico que estoy aquí sólo de paso, que en realidad voy más allá. Las palabras de uno de los guardias me dejan intrigado. ¿Debo pagar el momento que esté aquí? Y no con oro... ¿Qué significa eso? Pero me dejan pasar, así que no hago más preguntas y entro.

Prácticamente todo está cerrado, y me dirijo a la plaza. Allí veo a una muchacha llorar pero, al intentar ayudarla, se levanta y se va. Yo me levanto, con intención de ir en la dirección contraria, pero alguien me detiene por detrás. Me giro y me entregan un blasón. Alzo las cejas, extrañado, y veo que ésta es la forma de pagar el rato que pase en esta ciudad. Ayudar al estado contra la rebelión. No hay forma de oponerse a ello.

-Mire, yo manejo la espada de forma mediocre. No soy un guerrero, soy músico, y sólo estaba aquí de paso.

No debo mencionar, por ahora, la auromancia. Sólo haría que me retuvieran más tiempo aquí, ya que es algo que a menudo viene bien para una batalla. En cuanto pueda, me iré. Si su forma de reclutar a gente es forzarlos a luchar a su favor, no lo hacen muy bien. Seguro que la gran mayoría de nosotros nos marcharemos a la que nos dejen. Suspiro y sigo al hombre, con el blasón puesto y la cabeza gacha. En menudo lío me he metido. ¿Quién me mandaba entrar en una ciudad en plena revuelta? Estaba claro que la cosa acabaría mal.

Sigo al hombre, no me quedo muy rezagado, pero tampoco camino con demasiadas ganas. No quiero participar en esto, no quiero matar a nadie, pero ya es tarde. Directamente, ni siquiera debería haber cruzado la puerta de la ciudad. Ah, no es la primera vez que me meto en líos sin haber hecho nada malo, y es que no aprendo. Siempre me pasa lo mismo. Espero poder salir pronto de aquí e irme pronto a otro lado.

Me conducen hasta la plaza mayor y me incorporan a un regimiento de soldados. Seguramente sean todos extrangeros, como yo. Ahora están... ejecutando a gente. Y no a una persona ni dos, sino que lo hacen masivamente. Pero... ¿por qué? ¿Por qué tienen que matar siempre a tanta gente? Si lo hubiera sabido, habría rodeado la ciudad, pero no de cerca, para evitar esto. Pero bueno, habrá que apechugar, supongo. Yo no pinto nada en este conflicto, o no pintaba nada, pero ahora... este tipo de reclutamiento no me gusta, quizá los rebeldes no estén bien organizados, pero seguro que no hacen que la gente se les incorpore a la fuerza.

Si puedo evitarlo, no lucharé, eso lo tengo claro. Pero si no puedo... bueno, ya veré qué hago. Las ejecuciones me revuelven el estómago, y siento que empalidezco un poco. Oh, no. Ahora no. No voy a vomitar, pero no me siento del todo bien. ¿Quién se sentiría bien ante este espectáculo? Cierro los ojos y suspiro, pongo la mano en la empuñadura de la espada, sin agarrarla, y con la otra mano aferro mi carpeta para calmarme. No pasa nada, no voy a salir mal parado de ésta. Intentaré escabullirme todo lo que pueda, si me veo en una batalla.

Al día siguiente, hay mucho bullicio en la ciudad. Mercaderes y todo eso, pero a los soldados nos organizan. Bueno, soldados... forzadamente, porque yo no quería formar parte de esto. Suspiro y miro a mi alrededor, agobiado. No me gusta este bullicio, yo soy más bien tranquilo, y esto me pone de mal humor y me agobia.

Lynn Kravitz

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Mensaje por Ry el Miér Ago 17, 2016 2:45 am

Un movimiento del brazo y la sangre riega la tierra y tiñe la hoja de ese rojo oscuro tan característico. Del tajo caen las tripas y el hombre cae arrodillado al suelo, con la mirada perdida en los ojos de Ry, ese villano sentía cómo su vida se escapaba por entre sus dedos y con un último suspiro cayó de bruces. Aún se retorcía cuando la hoja se hincó en el cuello de una mujer vestida con harapos, la espada le atravesó el cuello por el costado, hundiéndose en la garganta y rasgando las arterias, se sujetaba la herida con las manos sucias, tratando de evitar que el flujo se escabullera de su cuerpo, en algunos minutos se ahogó, su muerte fue lenta y dolorosa. Ella era una mujer joven, seguramente con hijos, y durante su agonía vio cómo su rebelión era aplastada, los hombres, mujeres y jóvenes morían a su alrededor, caían con sus miembros amputados, entre gritos y llantos, se orinaban de miedo y se cagaban encima. Y Kiba seguía avanzando por entre las carnes.

Los rebeldes, masacrados, escaparon de vuelta al bosque, buscando refugio en sus sucias madrigueras. Ry veía a los caballos perseguirlos hasta los lindes, uno tras otro caían antes las lanzas de los caballeros, otros pocos cayeron antes las flechas que llovían desde el cielo. Muchos más se rindieron y buscaron clemencia en las puertas de la ciudad. Fueron tomados cómo prisioneros. El ejército del rey se volvió a entrar a la ciudad, victoriosos de esa escaramuza patética. No pasó mucho hasta que las trompetas reales dieron la señal para que todos fueran a la plaza mayor. Allí, estaba el rey Reghor, observando a los prisioneros amarrados a postes de madera, desde un balcón del palacio, acompañado de su familia y algunos más. Comenzó su discurso y la multitud rompió en gritos de vitoreos.

Ry estaba entre la multitud, en silencio, viendo los rostros asustados de los que iban a sacrificar. Sentía el miedo en sus ojos, que vibraban con desespero esperando un milagro, pero no hay milagros para los herejes. El pueblo llano cuando se rebela contra el rey, se rebela contra los mismo dioses, porque el poder es un regalo divino. Pero los villanos jamás comprenderán eso, ellos se creen iguales a los ungidos por los dioses, elegidos de entre los demás y elevados a las estrellas. Creen que porque todos sangran del mismo color, no hay diferencias entre los hombres, pero su ignorancia enferma a Ry. Él los ve amarrados a los postes, pataleando y llorando, y solo desea que den la orden. El brazo de Reghor cae y las flechas atraviesan el cielo silbando. El último hombre se aquietó cuando una flecha atravesó su campesina garganta. Ry miró de nuevo al balcón. Un hombre vestido con ornamentos de oro saludaba con beneplácito al pueblo.

Se dió media vuelta y desapareció entre las callejuelas del pueblo. Se mantuvo en silencio hasta el atardecer, tratando de ordenar los caóticos recuerdos en su mente. ¿Cómo había llegado allí? En algún momento luego de los glaciares, llegó al continente y caminó sin rumbo. De la misma forma llegó a Tavaria, se acercó a las puertas de la ciudad y vio el sol blanco sobre el fondo amarillo. Era un símbolo corrupto de una imagen familiar, el emblema real de Yagorjakaff que aparecía intermitente entre sus recuerdos. Las imágenes estallaron con fuerza y sin orden lógico en su cabeza. Un palacio de roca y magia, el trono real y la corona sobre este, Ry parado junto a este, mientras mira cómo la sangre cae por los muros. Aullidos salen desde dentro del edificio, y las garras de hielo desgarran todo. Ry despierta y estaba dentro de los muros de Tavaria, con un blasón colgando del pecho.

El alba suavizaba las sombras de la noche, y la vida del pueblo volvía a fluir por las calles. Las tropas se reunían con rapidez en la plaza mayor donde ayer habian muerto aquellos que desafiaron a los dioses. Ry se unió a ellos, apenas llegar un miembro del ejército lo formó en una fila bajo una bandera. Muchos hombres se congregaban allí, bajo muchas banderas distintas. En la cima, allá en el balcón, estaba el hombre que ayer vestía con seda y arreglos de oro. Abajo, entre los hombres, un fornido hombre que relucía un alto cargo del ejército real, daba órdenes a sus subordinados.

Se apostarán todas las Banderas del Ejército Real en la ciudad salvo una, enviad ese regimiento al sur, hay que proteger un poderoso envío de recursos armamentísticos que podría ser interceptado por los rebeldes. Lo que haga el llamado ejército de la fe me la repela, con que no estorben.

Iban a enviar a la tercera bandera, compuesta principalmente por fuerzas de la iglesia, pero que a día de hoy, estaba salpicada por mercenarios y voluntarios. Ry los miraba de cerca, bajo la segunda bandera, mientras los hombres a su lado se agitaban con ansias. La guerra por el poder iba a comenzar una vez más, hombres contra hombres, hermanos contra hermanos, divididos por la falsa esperanza de la igualdad, aquellos que aceptan su lugar contra los que pronto lo entenderan.


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