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Insurrección en Efrinder [Campaña]

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Re: Insurrección en Efrinder [Campaña]

Mensaje por Eudes el Mar Ago 30, 2016 9:49 pm

Pero recordé vital detalle, que pena hubiese traído a mi empresa de no ser porque la prontitud de mi subconsciencia atajó el arrojo de mi alma, cuando a mi cabeza llegó la razón de que no conocía el nombre de aquel a quien me disponía a brindar ayuda. Bien que debí haberlo pensando, así que, so pena de trabajo, llevé ritmos singulares y potentes en mis muslos para alejár malas influencias, y me volví hacia el hombre, aún en lamento eterno con la frente sobre la madera sucia.

-Pero compañero, que aliviados sean tus pesares, muéstrame ahora el nombre tuyo y de tu amada, para poder llamarle en el campo, y hacerle saber mediante la pronunciación de tus letras que no miento al solicitar su regreso.

-¡Ah! Claro- Respondió, levantando la frente, secándose la cerveza de al rededor de la boca-
Me llamo Igus de Tavária, y mi esposa, Narít hija de Hugen el herrero, también de Tavária.

-Entendido a sido, y asimilado fue. Que la voluntad divina, y el Dios al cual sirves, te sea favorecedor en tus empresas. Me he de retirar, y palabra tienes, que pronto estaré de regreso con tu mujer.

Y a despedida nueva, marcha pronta hacia la puerta demacrada y podrida, que abierta de nuevo por mi brazo de par en par, expulsó de su superficie enmohecida la multitud milenaria de partículas de polvo y trozos desgastados de madera.

Salí entonces a la calle, con los pies afincados en cada paso por la emoción que me embargaba, que conociendo ahora los conflictos y asuntos, danzaba en mi interior al saber que misión heroica poseía. En mi mente se razonaba multitud de asuntos, sobre la guerra, sobre los mencionados rebeldes, sobre el gobierno y sobre este amigo nuevo que gemía por la falta de su esposa.

Saqué mi espada, poniéndola en alto frente a mí. No había olvidado los rumores, los susurros, o las historias de verdad absoluta que aquellas ancianas a las puertas de la ciudad me habían narrado, sobre monstruos, sobre duendes, sobre criaturas que se arrastraban entre las calles a todas horas, llevando mujeres, robando alimentos, haciendo de todo y contra todo en el tiempo de sus miserables existencias. No pensaba dudar de las palabras referidas, por cuanto sabía yo que numerosas historias había similares en otros sitios, que documentadas en las crónicas y sagas de aventureros legendarios, se constituían en hechos históricos auténticos, definitivos, incuestionables a mi parecer.

Razoné entonces otra duda, que bien agradecida fue por mi persona al cruzar como rayo la amplitud de mi cerebro. ¿Donde era pues, que aquellos rebeldes inescrupulosos habían hecho refugio, o morada, o cuartel solitario de insondable número de planes y arremetidas? Se hacía obvio que era fuera de la ciudad, pero aquella amplitud de llanuras, de bosques, de lagos y campos, se hacían agobiantes al traerlas al pensamiento, y sin duda, preferiría, y sin intención haragana lo digo, indicación de posición lo mas exacta posible. Resolví entonces hablar con los guardias y los soldados repartidos por las calles, que seguramente, luego de los combates, al menos tendrían idea de la posible hubicación de sus contrincantes.

Ande por varios minutos, atravesando calles empedradas, observando a multitud de individuos andar, algunos seguros, como el regio cid que se dirige hacia un rey orgullosos luego de cumplir el cometido encargado, otros algo mas temerosos, cabizbajos, como jugando en sus cabezas con los eventos que me habían contado habían tenido lugar en recientes tiempos. Por fin llegué hasta dos guardias regios que en las puertas guardaban, seguros, ocultos rostros y pieles tras simples yelmos y pleteadas cotas de maya, charlando entre sí con gestos seguros, como los victoriosos.

-Bienaventurados sean ustedes, guardianes de las urbes- Dije, acercándome, inclinándome un poco conforme la pesades de mi armadura permitía.

Miré sus rostros con respeto. Noté incomodidad, extrañeza, y casi ira al verme por interruptor de su charla. La reacción no se hizo esperar.

-¿Que quieres?- Dijo uno de ellos con desdeño, virando los ojos.

-Pues- Respondí, alzándome, pero con lentitud y respeto- Me he visto ahora, sepan ustedes, en asuntos requeridos de honor. Con respeto, solicito ahora, la hubicación, si la tienen, del campamento de los rebeldes que las puertas de vuestra urbe azotan.

Ambos pensaron unos momentos, luego voltearon a verse, luego me miraron de nuevo con un gesto de sospecha.

-¿Y se puede saber porque deberíamos darte ese dato?- Preguntó el otro, dejando de recargarse sobre la pared, y parándose frente al gran portón.

Con buena voluntád, y sin intención doble alguna, referí a sus merced la historia singular que me había acontecido no hacía una hora, sin omitir detalle, intentanto transmitir con palabras, cada punto de la escena que había tenido lugar. Al terminar, ellos solo miraron con mas sospecha, y parándose el otro en su extremo del portón, bloqueó el camino con su lanza.

-No esperarás que creamos semejante historia, ¿no?.

-Mis señores- Respondí, suplicante- Pido que por favor me dejeis pasar, por cuantos mis intenciones son buenas, y solamente anhelo hacer aquello por lo cual se me necesita. Sabed que hice una promesa, y me veré obligado a cumplirla de cualquier modo.

-¡JA!- Rió el otro, acercándose adelante- Ya deja de molestar, y vuelve al pueblo desertor.- Y con prontitúd, golpeó con la vara de su lanza mi pecho, moviendome poco, pero lo suficiente como para sentirse complacido. El peto de la armadura evitó con sintiese dolor alguno.

Y fue suficiente, por cuanto la noche se acercaba, y no estaba dispuesto a dejar a aquel asunto, no después de la promesa.

Levanté mi espada, amenazante, y batiéndola, intenté amedrentar a los guardias frente a mí. No pensé en lastimarlos, pero esperé que la gran silueta de mi figura, y el acero que portaba, me abriesen camino hacia afuera.

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Re: Insurrección en Efrinder [Campaña]

Mensaje por Erin Rosein el Miér Ago 31, 2016 10:47 pm

Esa mañana me desperté cansada, había estado toda la noche trabajando y no recordaba en qué momento me había dormido pero ahora mismo me dolía la cabeza y estaba intentando organizar las ideas.

Miré la habitación de la posada y la mesa donde estaba trabajando, polvo de hojas machacadas y alguna gota de aceite habían quedado en la mesa. Entonces me acordé y miré el viscoso líquido que había en el cuenco, había reposado toda la noche pero era más que suficiente.

Lo vertí en un vial de vidrio, tenía textura de miel aunque el sabor era una mezcla, empezaba con un toque dulce pero bajaba por la garganta con uno amargo. Recogí y en el baño limpie el cuenco y algunos trapos, lo recogí todo y lo guardé en la mochila dejándola preparada para el dia de hoy.


Me puse mi mejor gala, un vestido azul precioso entallado a medida acabando de vestir con un corsé marrón y me peine con una trenza para coronar el resto del pelo suelto. Bajé a la taberna a pedirme un pequeño desayuno, hoy intentaría llegar a la audiencia con el rey, y tenía preparadas mis mejores armas, escuché a un par de señores por hablando de la situación acontecida ayer y de los disturbios entre los campesinos y el rey. Lo que iba a hacer era ruín pero el dinero no viene por arte de magia.


Subí la cuesta que llevaba hasta el palacio, era una ciudad grande y bonita, si no hubiera estado en esta decadencia. Las calles con baldosas eran cómodas de subir, aunque al ser pronto aún estaban bañadas de rocío y resbalaban un poco. Las casas de los barrios altos eran de dos pisos con unos techos robustos y unos jardines espléndidos, por esta zona la vigilancia era superior, los guardias iban en parejas siempre atentos casi como en la plaza central, aunque cuando te alejabas un par de calles, eran zonas desérticas a merced del juego de los dioses.


Llegué hasta la puerta y solicité a los guardias hablar con el consejero para que me concediera el permiso para una audiencia. Intercambié un par de palabras con ese estirado señor, pero al final conseguí que a media mañana me dedicara un poco de su valioso tiempo.

La jugada era buena, venderle mi poción “Soy el rey del mundo” como la solución para todos esos soldados que se quedan heridos en batalla puedan volver a pelear por un corto periodo de tiempo, el suficiente para dar tiempo a otras tropas a avanzar. Esa estrategia la había usado el Rey de otro reino para mantener sus filas de hombres intactas mientras achantaba al enemigo.


Decidí dar un paseo por la zona alta de ciudad, la gente iba mejor vestida y cuidada que en el lugar donde yo estaba, vi un escuadrón de soldados bastante peculiar, parecian mas religiosos que soldados.
Pasando por delante de la zona de entrenamiento me fije en la apatía de algunos soldados, estaban como desganados y desmotivados. Observé mejor y me di cuenta entonces que muchos no tenian porte de soldados sino de simples ciudadanos o campesinos.



Erin Rosein
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