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Revolución en Rodelfia

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Revolución en Rodelfia

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Vie Sep 02, 2016 6:22 pm

Prólogo: Sombras sobre Zhalmia

La oscuridad es el principal miedo de la humanidad. Es el terror primigenio de los hombres, una compulsión que alcanza desde la infancia, que hace que las voces de cada hombre, no importa lo valiente que se conviertan con el paso del tiempo, se alzasen al menos una vez, convocando a sus madres. Pero, ¿de donde viene ese miedo? La oscuridad no hace daño físico, es una existencia fácil de deshacer con un rayo de luz y fácil de ignorar si te lo propones. El miedo que provoca no viene de lo que puede hacer, si no de lo que oculta, la incertidumbre que representa.

Entre sus sombras, las posibilidades se vuelven infinitas, todo y nada se extiende en su interior. Ese es su poder. La habitación de un niño, al anochecer, se convierte en el asilo de asesinos, locos y monstruos devoradores de hombres. Los cuartuchos de los adultos, cerrados a cal y canto, se convierten en el último bastión del hombre, con criaturas más allá del entendimiento rozando la puerta, deseando entrar. Cuando la luz se apaga, todo es posible...

San Rhael- Palacio Primaveral

La capital, en otro tiempo, había sido sumamente bella. Las calles se habian extendido como una gran red de araña, conformando en su interior bellas obras de arte, en el que las casas, la naturaleza y las gentes conformaban un todo. Un ídolo entre las ciudades y una maravilla arquitectónica, en el que el Palacio Primaveral había reinado soberano.

Desgraciadamente, ya hacia mucho de eso.

La ciudad decidió, de manera involuntaria, quitarse el hermoso traje de mármoles, murales y edificios, en pos de un traje más discreto de humo, madera y el olor a grandes poblaciones en un sitio más pequeño de la cuenta. Los palacetes se habían adaptado a familias más pudientes, tras la caída en desgracia de sus dueños o su venta a otros propietarios. Los salones y pasillos se habían dividido con tablas y otras reformas chapuceras, en pos de crear mas y más habitaciones. El humo y la escoria, que estos edificios reformados y los cientos de construcciones improvisadas soltaban, flotaba en el ambiente y oscurecían las blancas calles y la nieve que solía caer sobre la ciudad. Sin embargo, lo peor le había tocado al palacio.

El Palacio Primaveral había sido, hace años, una obra de arquitectura tan hermosa que su visión, decían, causaba que los artistas empezasen a crear, los compositores a crear cantares y los arquitectos a comerse sus propias herramientas ante la frustración de no poder crear nada parecido. Se alzaba en medio de la ciudad, como una enorme estrella blanca, alzando cientos de torres al cielo, casi con la esperanza de rozar las nubes que dividían la tierra de la capital con el cielo descubierto durante la mayoría del año. Su superficie refulgía, devolviendo la poca luz que caía sobre ella y creando sobre si misma un hálito celestial. Sin embargo, lo más bello no eran sus torres y los arcos que la conectaban, si no sus salones. Eran enormes estancias, bañadas en el oro de la nobleza, en el que cada detalle apestaba a opulencia y a la exquisita miseria que solía recorrer esos espacios. Grandes espejos acabados en bebes de oro y enormes cúpulas con escenas de la concepción del mundo poblaban las estancias, junto con decoraciones que colgaban de los arcos y diversos puntos del techo, como frutas maduras de un árbol. Las habitaciones habían acomodado a la corte, conteniendo lujosos muebles y acomodaciones en su interior, pues su tamaño valía para mantener a toda una familia nobiliaria.

En el presente, ese fulgor había muerto. El humo que las cientos de miles de familia que poblaban la capital corrompió cruelmente la impoluta superficie del palacio, ennegreciendola. Su aspecto en ese momento, en vez del de un bastión de luz, era el de una planta moribunda, cuya inmundicia caía sobre la ciudad al acumularse. Los salones habían sido abandonados hace muchos, ya no se bailaba ni se hacían intrigas en él. Se cerraron para siempre, estancando el aire y el tiempo en su interior, sumergiéndolo para siempre en las sombras. Incluso las estancias, que siempre habían estado plagadas por la corte, se habían vaciado,dejando enormes habitaciones frías y sin decoraciones, aumentando la sensación de vacío y abandono. Todo estaba en silencio, carente de calor humano, exceptuando las amplias redes de pasillos entres las estancias en la que los sirvientes se movían y una habitación.

La estancia se situaba en lo alto de la torre situada en el ala real. Hace años había sido un lugar donde se castigaban los excesos de familiares de la realeza, encerrándolos en esa habitación durante el resto de su vida. A ella solo se podía acceder mediante una escalera de caracol, que con los años se había ido limitando con puertas de acero, rejas y trampas diversas. En lo alto de la torre se encontraba solo una cama. Era enorme y parecía cubrir casi todo el lugar, bañando su superficie con mantas y pequeñas sabanas de color blanco. Todo estaba impoluto,exceptuando un objeto que colgaba del techo, en el centro de la habitación. Era la silueta de un pájaro metálico, hecha en oro,  encerrado en un orbe del mismo material, creando ramilletes de hojas a su alrededor. Era el símbolo de la familia real.

Una tos resonó en el lugar, revelando entre las sabanas a un hombre, pequeño y enjuto, envuelto en las sabanas de la cama. Hacia mucho había sido un poderoso dignatario, cruel y despiadado, que no dejaba oposición alguna. Sin embargo, ahora, era una mera sombra. Su piel se había arrugado de sobremanera, ennegreciéndose en algunos puntos, y con la degeneración de sus músculos le había otorgado un aspecto esquelético. Su cuerpo casi parecía temblar con la suave brisa que se colaba por las paredes. De nuevo, una leve tos salió de sus labios, secos y delicados. En ese momento, las sombras titilaron y un hombre se alzo entre ellas. Con lentitud, se movió hacia el anciano y lo levanto de su posición, ayudándolo a levantarse. Al segundo, las manos del dignatario se agarraron al cuerpo ajeno, apretando con una fuerza imposible para alguien de su edad. El otro no se aparto, pero apretó los labios en un signo de incomodidad. Lentas y silenciosas palabras salieron con cautela de los labios del rey, casi como si fuese un secreto divino, dado solo a los más dignos y leales fieles. Al poco, los susurros pararon y se escucho una leve carcajada. Fue corta, aguda y ronca, como si el hombre llevase mucho tiempo sin reír y no se acordase de como hacerlo. Sin embargo, solo fue un preludio. A esa carcajada, le siguió otra y otra, así hasta que una risa desquiciada recorrió cada milímetro de la habitación. El anciano cayo en la cama, soltando al joven, quien marcho con premura escalones a bajo. La risa se extendió por todo el palacio a los pocos segundos, ascendiendo y descendiendo en una variedad de tonos siniestros, resonando en el vació y siendo devueltos por las sombras.

Había empezado. La oscuridad se cernía sobre Zhalmia tras mucho tiempo esperando.

Mansion MontTerre- Casa principal de la familia Oxford

El lugar olía a prostíbulo. No a uno de esos prostíbulos en el que la escoria de la humanidad se hacinaba en busca de agujeros y dejaban desperdicios de alcohol, sangre y otras sustancias en el suelo. No, era el olor de un prostíbulo de lujo, en le que los aceites, inciensos y el sonido de telas rozándose reinaban el ambiente. Sin embargo, no tenia el aspecto de uno.

Era un despacho normal y corriente, al menos para los nobles. Era un lugar amplio, con varios sillones para dar la bienvenida a los asistentes e invitados, junto con varias estanterías con diversos tomos y manuales. Sin embargo, todo estaba centrado en torno a un escritorio. Era amplio y macizo, pero la masiva cantidad de papeleo parecía amenazar con aplastar la madera. En ella, sentado, se encontraba el cuarto príncipe de Zhalmia, Reginald Oxford. Era joven, demasiados dirán algunos, y su porte así lo demostraba. Su cuerpo era pequeño, sin superar el metro medio de estatura, pero era atractivo. Había heredado el cabello y mirada de su padre, rizos rubios con una mirada azul profunda, lo cual se sincronizaba creando el arquetipo de perfecto príncipe, que junto con la grasa infantil que escasamente y con resistencia se mantenía lo hacia parecer mucho mas joven. Sin embargo, su ceño fruncido y la velocidad con la que movía su pluma sobre el papel revelaban una mente mayor a su edad.

El sonido de la pluma era lo único que resonaba en la habitación, moviendose entre líneas de números y anotaciones, hasta que la puerta se abrió. Con parsimonia y lentitud, entro una mujer. Era increíblemente atractiva. Su silueta era la forma femenina perfecta, mostrando unos atributos que haría caer de rodillas a cualquier hombre. Llevaba un uniforme de sirvienta, sin embargo, al contrario que el de cualquier asistenta normal, este era corto. Demasiado. Revelaba con claridad la forma de sus gemelos y  mostraba de manera concupiscente el inicio de sus muslos. Junto con el uniforme, en su cuello se encontraba un collar, que se apretaba a la larga figura de su cuello, con un extraño diseño. El golpeteo de sus tacones interrumpió la concentración del joven príncipe.

- Oh, ¡mi querida Maria! ¿Ocurre algo? -pregunta con un tono animado y completamente infantil, sin embargo al oírlo cualquiera podía saborear el oscuro cariz que había entre lineas. Casi podías saborear el deseo y el acoso sexual en cada sílaba. La mujer le dedico una larga mirada, sin ni siquiera cambiar de expresión y le entregó una carta. Tenia el sello real inscrito en él. El rostro del joven se volvió serio al verlo y lo abrió con premura. Al leer la carta, esa expresión de seriedad se torno en una sonrisa maliciosa- ¡Oh, buenas noticias! El anciano se va del trono...Ya era hora...-dice, mientras dejaba caer la carta con un montón de papeles, recostándose en su silla y mirando a la mujer.- Y dentro de unas semanas se iniciará el Duelo entre Príncipes...Ya era hora que los hermanos no reuniésemos...

La mujer no se inmutó, de nuevo, simplemente optando por mirar al frente, con expresión seria. De nuevo, el joven habló.- Hay una oposición bastante fuerte...no como la última vez, en el que esa excusa de padre solo tuvo que enfrentarse con su hermano menor.- El ceño volvió al rostro del príncipe- Maria, quiero que inicies los preparativos para nuestra marcha al Palacio Invernal...pide que me preparen mi traje a mi sastre y ordena al servició que prepare el equipaje.


- ¿Le traigo también la lista de asesinos y trabajadores del bajo mundo? -pregunto la señora, observando al joven, mientras asentía a la orden. Ante eso, el joven se quedo parado, contemplando con interés la nada. Negó en un movimiento de la cabeza y sonrió de lado- No...llevo varios meses viendo a varias personas interesantes y que pueden resultarme útiles...ademas, mis hermanos y la mayoría de la nobleza conoce a la gente eficiente de esa lista, no tenemos que ser tan obvios...

La mujer volvió a asentir y espero unos momentos. El joven había sacado tres folios y había empezado a escribir varias misivas. La mujer hacia mucho que se había resignado al papel de secretaria y estaba un poco agradecida de ello, a pesar de la situación en al que se encontraba ese trabajo era mejor que el anterior. Al poco, el joven cerró las cartas, doblándolas sobre si mismas en un intrincado diseño, y escribió tres nombres en estas.- Encárgate de que lleguen sin falta...-dijo el príncipe dedicándole una mirada seria, para después, ignorarla y ponerse a trabajar de nuevo. La joven, finalmente, salió del despacho del príncipe, abriendo las puertas a la otra estancia. Era mucho más amplia y el olor que reinaba en la mansión provenía de allí. Decenas de mujeres se aglomeraban en el lugar, sentadas en varios escritorios y mesas, trabajando en diferentes papeles. Todas eran diferentes. Cabello, aspecto, vestimenta, incluso el lugar de origen. Lo único que todas tenían en común eran los collares, con el intrincado diseño de una cerradura.

Androsio- Palacio Otoñal: Sala del Trono

La sala estaba ocupada por pocas personas, aunque si entrecerrabas los ojos podrías pensar que eran la misma persona. Era la élite militar de Zhalmia. Todos ellos eran señores ancianos, con rostros arrugados y cabellos canos cayendo como cataratas plateadas, aunque sus cuerpos seguían manteniendo el físico de los soldados de a pie. Todos se habian reunido alrededor de una mesa en el centro de la habitación, iluminándola levemente y ocupando el poco espacio libre que habia en la habitación. Era el lugar mas seguro de todo el Palacio Otoñal, por no decir de la ciudad. Encima de la mesa había una carta abierta y un enorme mapa de toda Zhalmia, en el que se representaba con detalle cada ciudad, pueblo y accidente geográfico, sobre el cual pequeñas piezas de metal se hallaban esparcidas. Susurros recorrían el aire temblorosos, con miradas delicadas a la misiva robada y después al mapa. Probabilidades, deseos y ambiciones se estaban barajando y apostando sobre esa mesa y los ancianos sabían como de peligroso era el juego que estaban jugando. Zhalmia llevaba años en una calma aparente y el ejercito había acabado puesto de lado, solamente siendo usado para demostraciones militares, tristemente escasas, y para defenderse de los monstruos que venían del norte. Cada vez que los hombres del ejercito iban a una ciudad a un pueblo volvían con las manos vacías. Sin donaciones, reclutas ni provisiones. Ademas, la corona llevaba años dándole solo lo mínimo para mantener el ejercito. La tensión era evidente en el rostro de todos ellos. No solo estaban planeando traicionar al país, si no atacar directamente a cada noble, acabar con lo que ellos creían una infección. Si salia bien podían crear el futuro que Zhalmia merecía, pero si les salía mal... La oscuridad parecía volverse más y mas negra a su alrededor. Los susurros habían acabado hace mucho y solo un silencio tenso colgaba sobre sus cabezas.

De repente, todos se sobresaltaron al escuchar el caer de papeles en las sombras de la habitación. Los cuellos se giraron en busca de un espía o similar, pero solo vieron la oscuridad. Hasta que llegó. Fue rápido, impaciente y sumamente ruidoso. Así cayo la tercera princesa de Zhalmia sobre la mesa.

Victoria Hogenstheim se alzaba en medio de la mesa, aplastando con sus botas el mapa, destrozando las maquetas y las piezas metálicas bajo sus pies. La tercera princesa había nacido de una de esas familias de élite del ejercito. Había sido criada por los hombres que la rodeaban, le habían enseñado todo lo que sabía y mas. En algún momento, ellos pensaron que creando una relación familiar con la princesa desde su más tierna edad, esta se convertiría en poco más que una obediente marioneta. Se habían equivocado por completo.

- Oh, cuantos chicos malos hay aquí...-dijo una voz sedosa y suave, casi con un tono juguetón. Era una voz melodiosa y suave como la miel, que podría hacer a cualquier hombre derretirse. Los hombres se habían paralizado y cuando alzaron sus rostros, estaban completamente blancos. Sus ojos se calvaron en la figura que se alzaba sobre la mesa. Era joven para tener esa presencia intimidatoria y su figura parecía más la de una señora de la noche que la de un soldado. Incluso el uniforme, en toda su falta de estilo, se había rendido,  abrazando el cuerpo de la princesa, convirtiéndose en una excusa de vestido. Sus cabellos rizados bailaron, creando la sensación de que flotaban en el aire, en el momento que  la joven se inclino para recoger el papel que había sobre la mesa.- ¿No sabéis que va contra toda ética robar el correo a una dama? Que dirían vuestras esposas...


Si el silencio había sido tenso antes, ahora había llegado al punto de fundirse sobre las cabezas de los militares. Cada segundo en el que la princesa tardó en leer la carta fue como si les golpeasen con un látigo en las espaldas o  les obligaran a caminar cientos de kilómetros con pesas en su cuerpo. Era una sensación asfixiante. Al poco, la carta cayó de las delicadas manos de la joven y miro a la nada con una leve sonrisa.

- Oh...que curioso...-susurró con tranquilidad, pero la potencia de sus palabras sobrecogió a los presentes. La frase había sido simple, lenta y completamente comprensible, sin embargo mantenía una profundidad peligrosa. Los azulados ojos de la princesa observó al grupo allí reunido, quienes la miraban entre el deseo de enfrentarse a ella y el de correr a las faldas de sus esposas para esconderse.- Esperaba que una noticia como la abdicación de mi padre se me comunicase de inmediato...-La tensión se rompió en el momento que la princesa se rió suavemente- Pero supongo que tendríais cosas más importantes que hacer...

Los ojos de la princesa se clavaron, por primera vez, en el mapa que habia pisoteado. La zona de la capital ahora era una mancha a sus pies, pero el resto de piezas seguían más o menos en su sitio- Oh...cuanta ingenuidad...Las tropas no serían capaces de atrapar el carruaje de Lady Marlocota, ¿no os acordáis que su familia es la principal criadora de caballos del reino? -Tras decir eso, continuo chasqueando la lengua, pateando una de las piezas en dirección a una de las cabezas- Y lo de encerrar a la familia Bourgues lo veo difícil...¿En serio intentáis ir contra una familia conocida por su red de espías? Por favor...- Nada mas decir esa  frase, salto al suelo, en un giro delicado y sumamente ágil. Al poco, sus pasos se escucharon por toda la habitación, rodeando la mesa y a los que al ocupaban.- Me estáis decepcionando...pensar que hace tiempo pensaba que erais los mejores estrategas que había en el mundo...-Dijo, casi en un regaño, mientras se paraba detrás de un general.

Fue rápido y ninguno escucho el sonido del metal siendo desenvainado. Solo contemplaron, con el horror típico de alguien que sabía que podía ser el siguiente, como la espada de la princesa atravesaba con facilidad el pecho del hombre, ascendiendo, mostrando el ensangrentado filo a la víctima y a los allí presentes con claridad. El hombre intento gritar, pero lo único que salio de sus labios fue un gorgoteo. Su cuerpo sufrió varios espasmos, removiéndose contra la hoja y abriendo su herida más, manchando sus ropajes y el mapa. Minutos después, su cuerpo cayo al suelo y libero la espada de la princesa.- Para empezar...todo el mundo sabe que dependiendo del tipo de guerra, uno debe de buscar un terreno acorde a las necesidades...-Las botas de las princesas apartaron al cuerpo de su camino, sin ningún tipo de cuidado y movió de nuevo su espada. La sangre restante golpeo el rostro del resto de generales y similares, marcándolos. El filo, rojo a la leve luz de las velas, marco, como el báculo de un mesías, un pequeño edificio, en la zona norte del mapa- Y esta batalla solo se puede ganar aquí...

La princesa sonrió, observando esa pequeña maqueta con un hambre y deseo que dejaba en vergüenza a cualquier bestia la borde de la inanición.

Rodelfia- Casa Gregoria/Una habitación cualquiera.

El sonido del mover de hojas y del viento resonaba contra la única ventana de la habitación. Era una estancia pequeña, con pocos muebles, planteada para albergar a nobles menores, mercaderes y similares en la zona noble de la ciudad. Solo había un armario, un escritorio,con varias estanterías encima, y una cama. Lo único digno de mencionar en esa habitación eran los libros. Había demasiados. Las estanterías hacia mucho que habían ocupado su capacidad máxima y el inquilino de la habitación se rindió hace mucho en convencer a la casera de poner mas, por lo que los libros habían acabado conformando enormes columnas siguiendo las paredes y rellenando el espacio sobre el armario. Una figura se movió en la cama con lentitud, regruñendo y profundizando su posición entre las sabanas. El viento siguió golpeando el cristal con suavidad.

Al poco, la puerta se abrió. Una señora entro, haciendo el mínimo sonido posible y se coloco al lado de la cama. Era una señora por que, a pesar de ser joven y no tener marcas de edad en su rostro, se adivinaba el cansancio y los símbolos de alguien que trabajaba duro para ganarse el pan, no abandonaba una responsabilidad y tenia Carácter. En su mano derecha había una cacerola, en su izquierda un mazo. Levanto con elegancia y parsimonia ambos y empezó a golpearlos.

- ¡Levantase y brille, su Majestad! -dijo con animo, fuerza y malicia, propia de la lucha de clases, en la voz. El bulto dio un saltó para después caer en el suelo, provocando que varias columnas perdieran su perfecto equilibrio y cayeran sobre él. Al poco, un joven salió de entre las sabanas. Su cuerpo estaba modelado por horas de trabajo, moverse mucho y comer poco, pero era paliducho y su enrome melena negra necesitaba un corte. Los ojos azul marino se abrieron con dificultad y con odio escritos en su superficie.- Si esto fuese un mundo ideal, ahora mismo estarías siendo ejecutada...-dijo, mientras se levantaba, mostrando su cuerpo semidesnudo a la mujer, quien le replico con sorna y una media sonrisa divertida- Si esto fuese el mundo real, varios atractivos pretendientes se estarían peleando por mi persona, mientras yo disfrutaba de dulces en mi mansión de la campiña...- Al poco, el sonido de una palma contra la nalga del primer príncipe, sonó indiscretamente. EL hombre se giro sonrojado y le tiró un manual de leyes directo a la cabeza a la joven señora, el cual esquivo elegantemente saliendo del cuarto.- Venga, tienes clientes abajo...¿o no te acuerdas del día que es hoy?


El hombre soltó un par de improperios más, mientras se vestía. El proceso fue lento, pues era minucioso con cada detalle. No se podía salir como un esperpento a recibir a un cliente. Al poco, salio al pasillo, observando el resto de puertas, que daban a habitaciones exactamente igual que la suya, y continuó hasta las escaleras, bajando y observando la cola que había en el interior del lugar. La mayoría de la gente se levantó al verle y estuvo a punto de dar un paso para hablar, pero el príncipe levanto la mano- Esperen su turno, por favor...-Explico, mientras se marchaba, siguiendo la propia cola al lugar donde iniciaría todo.

El primer príncipe, Alexander Regan, caminó con tranquilidad, hasta llegar al salón, donde había una mujer sentada con varios niños a su alrededor, todos de corta edad. Al poco, el caballero se sentó y empezó a escuchar. Las horas se fueron pasando y la mujer fue sustituida por caballeros, jóvenes, señoritas de la noche y todo un abanico de individuos, cada uno diferente a los demás. Cada contacto entre el príncipe y ellos era el mismo, ellos hablaban, contaba sus historias y le príncipe decía unas palabras, explicándoles ciertos asuntos, diciendo que tenían que decir a los guardias, como hablar con sus jefes y similares. Las horas pasaron y, poco a poco, la gente se fue marchando. El príncipe miró el reloj que había en el salón y suspiró al ver que ya era la hora de comer. Al momento en el que reloj marcó las dos, entro la señora en la estancia de nuevo, cargando en sus brazos una bandeja que contenía dos platos de sopa y una jarra de agua .

- ¿Has acabado? -preguntó, mientras colocaba la sopa y la jarra en la mesa, mirando con curiosidad al miembro de la realeza que seguía en el sillón- Por que si no, te advierto que te vayas moviendo del sofá o te fusionaras con él...- Alexander rió levemente, mientras se levantaba, marchando a la mesa. Se sentó, tranquilamente, mientras observaba moverse a la mujer- Amanda, sabes que si me fusionara con la silla me resultaría mas sencillo trabajar...-replica, con una risa saliendo entre sus labios. Como respuesta, una cuchara de madera golpeó su frente, haciéndole reír un poco más ante el comportamiento de la otra.- Si, habría más pobres diablos capaces de defenderse de los ricos y poderosos, aprovechando mejor el sistema de justicia...pero perderías credibilidad al hacer las defensas en los juicios...

Una enorme risotada resonó en el cuarto unos segundos, apra luego sustituirse por el sonido de los cubiertos- Sabes que como jurista es mi deber hacer que todo el mundo este consciente de sus derechos y obligaciones...-replica, mientras se mete un par de cucharadas en la boca. Ante eso, la muer levanto una ceja y replico- Sabes que, como tu casera, me preocupa que uno de mis inquilinos use mi salón para hacer trabajos NO remunerados...- Remarca el no, mirándole fijamente. Alexander mira para otro lado, fingiendo no notar la perforadora mirada de Amanda. Al poco esta suspira y se saca de su delantal una pequeña carta, bien doblada y con el sello real- Por cierto, llego esto esta mañana, con un caballero vestido de azul y que no dejaba de mirar para el cielo, como si le hubieran algodonado demasiado la camisa..

El príncipe miró incrédulo la carta y con sospecha- Si es de mi padre no puede ser nada bueno...-replica, mientras deja la cuchara y abre con maestría el sobre- Oh...-La mujer, delante de él, lo observa con curiosidad- ¿Pasa algo? -pregunta, mientras muerde un pedazo de pan.

- Depende, ¿Odias mucho los viajes imprevistos y repentinos?

Rodelfia - ????

El sitio estaba oscuro y el ambiente parecía arder sobre si mismo, aunque la única fuente de luz que existía en el lugar provenía de tres velas estratégicamente colocadas por la habitación. Las sombras devoraban el lugar, impidendo a cualquier visitante observa el moviliario, la profundidad de la habitación o el total de personas que habia. En lo único que se podía fijar la mirada era en la figura encapuchada que escribía en medio de una habitación.

La figura se encontraba inclinada sobre una mesa, la cual había visto mejores años, si no siglos. Entres sus dedos, una pluma iba garabateando a toda velocidad pequeñas letras de un diseño y estilo demasiado elegante como para provenir de alguien normal. Todo estaba en silencio, pero a los pocos segundos, el sonido de unos goznes oxidados resonó en el lugar. La figura se tensó y alzo la mirada, observando a otra figura envuelta en una capa y en una capuucha, que entraba con cautela al lugar.

- ¿Te han seguido? -preguntó la primera figura, con una voz femenina y suave, mientras la otra negaba con tranquilidad.- Bien...No podemos tener problemas ahora que hemos localizado a los cabecillas de la banda...solo hace falta sacarlos a la luz y acabar con al infección...

- Umm...-La figura se quedo callada, pero era un silencio grueso, en cuyo interior se escondía una réplica- Lo lamento, pero...tenemos problemas más gordos entre manos...-susurró la otra, con otra voz femenina, pero esta un poco más fuerte. Al poco, el sonido de papel moviéndose salió de la segunda figura, para después tenderle el objeto que había sacado de los interiores de la capa a la primera encapuchada. Se volvió a escuchar el sonido del papel siendo desdoblado y el silencio se impuso de nuevo.

Varios minutos pasarón, hasta que la mujer sentada volvió a hablar- No se si es el destino o que mi padre tiene la capacidad de saber cual es el peor momento para hacer algo y lo hace...-Dijo, soltando un suspiro resignado, mientras coloca el papel encima de la vela. La llama se traga con velocidad el papel, bailando entre los dedos de la mujer, quien suelta el papel sobre la superficie metálica que soportaba la vela, antes de quemarse. Tras decir eso, se levantó de su escritorio. La otra figura se tensó.

- Señorita, puede ser peligroso...-informó, sin moverse, esperando la reacción de su señora. La otra figura paso de largo y abrió la puerta Una brisa, cargada del olor del mar y del desperdicio portuario, entro en la habitación con fuerza. La misma ráfaga de viento reveló el rostro de la figura que salía del lugar, moviendo su melena de color platino en el aire. Esta miró a la otra y sonrió, entre divertida y seria.

- ¿Cuando no lo es?


Capítulo 1: Recién llegados y aires revolucionarios.

Los mares helados de Zhalmia eran como una mujer traicionada; hermosos, peligrosos y con gran probabilidad de que los implicados con estos acaben ahogados. Afortunadamente, ese día estaban calmados y solo mostraban peligro los blancos trozos de hielo, del tamaño de pequeñas embarcaciones, que chocaban contra los barcos.

El puerto de Rodelfia se encontraba lleno, por el mero hecho de que, por orden real, el resto de las ciudades costeras se habían cerrado y este era el único que permitía que gente entrase en el país. Cientos de barcos, de todas las formas, tamaños y bajo diferentes banderas se encontraba atracando en la enorme superficie en piedra que era su puerto. Los trabajadores corrían de un lado a otro, cargando cosas, trapicheando y repartiendo susurros y materiales diversos entre los comerciantes, contrabandistas y similares que frecuentaban las sombras del puerto.

La ciudad había sufrido cambios, te diría cualquiera de los hombres que allí trabajaban. Antes, como el resto de ciudades, solamente se dedicaban a la pesca y a la excepcional compra de productos de lujo que solo los nobles se podían permitir. Sin embargo, con la llegada de Lady Casandra, como la llamaban en las calles, todo había cambiado. Nueva gente había empezado a comprar productos a los mercaderes marítimos, convirtiendo la ciudad en un nuevo punto de las rutas comerciales, y estas personas habían empezado a convertir los primeros pisos de las casas en negocios de pequeño tamaño. Estos negocios habían interesado primero a la nobleza, pero después había sido la plebe la que había tomado el relevo cuando la cremé de la cremé se aburrió de ellos. Este relevó causo que más gente empezase a trabajar para estos individuos, en cosas diferentes a la pesca. Desde cargar mercancías a crear nuevos objetos, como vestidos o cajitas decoradas, con los materiales que importaban. Estos nuevos trabajadores vieron en sus manos más oro que peces habían visto en su anterior trabajo y no habían tardado en gastarlo. El oro llama al oro y, bajo esa lógica, el comerció empezó a crecer. Meses después de que la primera tienda asomará tímida a la existencia, todas las calles de la ciudad mostraban establecimientos. Desde bares hasta pequeñas boutiques primitivas, en las que las señoras empezaban a crear nuevos estilos, que volvieron a  llamar la atención de los más nobles, quienes se dieron cuenta, demasiado tarde, que algo había cambiado. Los parques que frecuentaban ahora se veían invadido por los plebeyos, los productos que antes recibían por la cara ahora tenían que ser comprado y las mujeres de pie de calle ya no llevaban solo vestidos harapientos, si no que empezaban a competir con alguno de los trajes más simples que ellos tenían. El pánico empezó a crecer, levemente, en sus corazones cuando se dieron cuenta que la gente a la que antes sobornaban en la cúspide del gobierno había sido sustituida y que los comerciantes habían empezado a conformar un grupito que ellos llamaban gremio. El terror estaba ahí, pero todos se estaban convenciendo de que era pasajero, pues pronto iba a ocurrir algo especial. Algo que los nobles esperaban que acabase con estas ofensas al sentido común.

Hace unas semanas, en todas las mansiones, palacios y plazas, un anunció resonó con fuerza. El rey, Geronimo II, abdicaba. Abandonaba el trono y, con ello, sus deberes y poderes. Para encontrar el nuevo rey, las miradas acabaron en sus descendientes, cuatro príncipes dispersos por la geografía del país, cada uno con especialidades, territorios o poderes en ciertos campos. Estos iban a encontrarse en el Palacio Invernal para llevar a cabo la ceremonia ancestral para elegir nuevo rey. Una lucha dialéctica, política e intelectual que decidiría el destino del país y en la que los nobles de este tendrían el papel principal, como votantes por el nuevo miembro.  Estas luchas solían acabar con un ganador mayoritario, ya fuese por el voto o por que , misteriosamente, el resto de hermanos hubiesen tenido accidentes mortales antes de llegar.

Rodelfia entera estaba en velo para se gran suceso, sin saber, que los personajes principales del mismo, se encontraban bajando en su puerto en ese instante.
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Re: Revolución en Rodelfia

Mensaje por Vanidad el Sáb Sep 03, 2016 1:40 pm

La gente temía a la oscuridad, un terror tan antiguo como los mismos hombres, pero del mismo modo que alguien con miedo a las alturas no tenía miedo a los lugares altos, sino a caerse de ellos, la humanidad no temía a la oscuridad, sino a lo que habitaba en ella. Era un recordatorio constante a lo desconocido, a los horrores que acechaban en las sombras, cazando para alargar su existencia un día más, alimentándose del miedo que provocaban, era un recordatorio de que siempre podía haber algo, algún ser de grotesca forma, acechando. Era un miedo que ni siquiera la luz podía espantar durante mucho tiempo, porque por más que la luz fuese prácticamente instantánea, espantando a los horribles seres que se ocultaban en las sombras, para cuando la luz llegaba a un punto, la oscuridad ya estaba allí, y seguiría estando cuando la luz se desvaneciese.

Y aunque Luzbel era aún demasiado débil como para aprovecharse del miedo como hacían su padre o su abuelo, no importaba, como una brizna de oscuridad, se había reunido alrededor de la luz tenue y parpadeante, a punto de apagarse, que suponía Zhalmia. No estaba allí para acumular poder, con su linaje, solo tenía que vivir lo suficiente para que sus poderes despertaran, ni por las riquezas, bastante banales para alguien que podía transformarse en cualquier persona, no, estaba allí para no aburrirse, porque desde luego, consideraba un logro que ese pobre mercader la abordara con una carta para ella, especialmente con una descripción tan vaga, cierto que no debía haber demasiadas mujeres peliblancas con guanteletes y capa roja, pero aun así era impresionante, aunque no aparecía y desaparecía de los sitios de manera aleatoria, desde luego no seguía un camino predecible, más bien iba donde la llevaba el viento, donde consideraba que podía entretenerse mejor. Seguramente estaría recibiendo la misma carta durante meses, ya que dudaba que fuese la única copia, y tendría que pagarles a todos por las molestias, porque al parecer, su carta había sido comprada y revendida por lo menos en cinco ocasiones según ese tipo, todo porque creían que obtendrían un beneficio al entregarla… humanos…

Por lo que la diablesa había oído, la ciudad había tenido tiempos mejores, con esplendidas y elegantes obras arquitectónicas, pero la verdad era que para ella era solo una ciudad más, llena de madera, peste y gente, era una gran pira funeraria esperando una chispa que los sentenciara a una horrible muerte. Pero al parecer la decadencia no se debía principalmente al estado a su parecer normal de la ciudad. Aunque sinceramente, el cómo o el porqué de la decadencia de esa ciudad le traía sin cuidado, ella estaba allí por esa carta, y dudaba que la llamaran precisamente a ella para limpiar la ciudad en sentido literal, especialmente cuando la noticia de la abdicación era la comidilla de toda la ciudad. El contenido de la carta era expresamente vago, así como el nombre del destinatario, así que se hacía una idea de para que necesitaban mercenarios, sabia sumar dos más dos, pero aun así, no hizo nada al respecto, nada aparte de asegurarse de que su presencia fuese conocida. Se alojó en una buena taberna, se paseó por las calles, con su característica capa roja, no solo para llamar la atención, sino para reconocer el terreno, pero apenas llevaba un par de horas haciéndolo cuando empezó a aburrirse, así que finalmente se decidió y dejo de vaguear, y se dirigió hacia el lugar mencionado en la carta, la capital. Era de esperar que no les hiciera mucha gracia que llegara tarde.


Última edición por Vanidad el Miér Sep 21, 2016 8:17 pm, editado 2 veces
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Re: Revolución en Rodelfia

Mensaje por Niris el Sáb Sep 17, 2016 8:53 pm

Nunca me había gustado viajar en barcos, me mareaba ligeramente el movimiento, pero lo que más me molestaba es el hecho de no haber tierra firme. Me era fácil extrañar la sensación de la tierra bajo los pies y el aroma de las plantas creciendo a través de la misma. En cambio en este barco solo podía leer la madera hinchada y sentir el picor en la nariz del agua salada a mí alrededor. No pensaba salir de mi camarote durante el viaje más que lo estrictamente necesario, había escuchado rumores de que a donde me dirigía no me verían como una mascota pero nada me aseguraba que todo este viaje fuera una especie de trama siniestra, o simplemente que alguien del barco pensara diferente. Alguien se había tomado muchas molestias para que estuviera realizando este viaje.

Hace un mes había encontrado mi antiguo hogar y descubrir que efectivamente mi antiguo amo había fallecido la misma noche de mi fuga. Me entristeció mucho descubrir eso ya que le tenía estima y estaba segura que era recíproca, aunque solo fuera una mascota para él. Aquel evento había terminado mi vida de mascota, el cual probablemente no me hubiera importado seguir el resto de mi vida en aquel momento, para empezar mi vida como persona. Después de ciertos inconvenientes descubrí el lugar donde había sido comprada originalmente, intente ir al lugar pero quede paralizada del miedo antes de averiguar más de mi misma.

No me sentía lista, el solo acercarme al lugar me causaba pavor que no lograba entender. Entonces llego la carta, esta decía que si quería averiguar algo de mi pasado tendría que tomar un barco a Zhalmia, dentro se encontraba el pase de abordaje, un poco de dinero y la hoja de un expediente. Tenía muchas partes tachados pero lo más relevante es que la hoja era del día que me habían capturado junto con la promesa de él expediente completo y más si todo salía bien. No entendía a que se refería, que querían de mi o simplemente porque a mí, pero si quería conocer mi pasado, tenía que ir.

Después de varios días sin inconvenientes terminamos llegando a Zhalmia, me puse ropas simples y me cubrí con una capucha para que mis orejas no fueran visibles por temor a que alguien deseara hacerme daño por lo que soy. Descendí del barco encontrándome con que el puerto estaba muy concurrido. No sabía qué hacer por lo que camine un rato por el puerto hasta llegar a una zona menos transitada, un pequeño mirador cercas de donde la gente pescaba. Me senté en una banca a esperar que quien quiera que me haya traído aquí me encontrara. Probablemente si sabían de mí, me encontrarían.
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Re: Revolución en Rodelfia

Mensaje por Strindgaard el Mar Oct 04, 2016 1:43 am

La lejana Rodelfia se agrandaba por la proa a medida que el barco rompía olas hasta ella. El viaje por el frío mar del norte había durado unas pocas semanas gracias a los vientos nórdicos, los que los marineros llamaban Aleteos de Dragón Azul, y aunque nunca vi un lagarto azotando el cielo con sus alas, el frío que llegaba, en especial por las noches, de seguro provenía del pecho de alguna bestia milenaria.
El viaje por la orilla del mundo fue muy productivo y mis obligaciones en el barco no eran tantas, lo que me dio tiempo de aprender sobre el país a donde me dirigía de boca de los marineros, y también de escuchar sus historias de monstruos y animales fantásticos, que fueron alimentando mi imaginación, y es que, para un tranquilo demonio de tierras verdes y templadas, Geanostrun parecía la tierra perdida donde vivían todos los gigantes de hielo, trolls de montañas y gnomos del invierno, de esos que te roban el par de calcetines para hacerse una bufanda y un gorro.

Zhalmia parecía estar en la punta del dedo meñique de algún titán escarchado, no era más que un trozo de tierra a la intemperie, casi por suerte sujeto al continente. El mar, según me contaron los mercaderes que viajaban a bordo, le golpeaba tanto por este como por oeste, por lo que era un sitio prospero en comercio marítimo. Por el sur no solía llegar ningún convoy, al menos que tuvieran alas, ya que la red de caminos por las montañas figuraban como un laberinto en todos los mapas (incluyendo el mío), y no se podía penetrar a menos que fueras con un guía y mucha valentía. El norte era cuento aparte, sentía una sana curiosidad por aquel gran bosque cargado de magia, de seguro que para un demonio, aprendiz de mago, y ladrón consumado habría algo interesante allí.
La ciudad de Rodelfia estaba a menos de una legua, y desde la baranda se podía ver el puerto bullir como un nido de avispas, un prolijo caos que se daba siempre en las grandes ciudades con sus bulliciosos mercados, donde podías comprar desde un par de buenos dados de marfil, hasta una muchachita con cola y orejas de gato. «O quizá no comercien con esclavos», pensé. Debía estar muy atento a la cultura de aquel lugar, la cultura muchas veces cambia de un extremo a otro de Noreth y de pronto y sin notarlo estás metiendo el codo en la mantequilla frente a media ciudad. Un demonio debe ser cauto, no somos una especie muy de admirar entre los humanos.

¡Recojed el velamen sucias ratas, hay que maniobrar! —Gritó el capitán de la galera, el barco había encontrado un sitio entre los pequeños pesqueros y los anchos galeones—. ¡Remos!
Como buen marino me acerqué hasta la vela triangular que rebasaba el botavara de proa y desanudé los cabos para comenzar a recogerla, junto conmigo, otros cuatro grumetes recogieron las demás velas viejas y parchadas y las anudaron para que el barco solo se moviera gracias al movimiento de los remos. Me asomé para mirar por la orilla del barco por sobre la baranda de babor para comprobar como a unos buenos tres metros más abajo, los remos salían por sus huecos como una tortuga saca sus patas, y comenzaban a moverse al unísono para acercarse con cuidado al puerto.
Veinte minutos más tarde, con la galera ya instalada en el puerto, el almirante se acercó a mí y me entregó el importe por la mitad de lo que había pagado por el viaje, a modo de descuento por haber ayudado.

Eres buen marino, muchacho. ¿No te gustaría viajar con nosotros luego de lo que sea que viniste hacer aquí?
Se lo agradezco, pero ya tengo una tripulación a la cual volver.
El marino asintió y me palmeó el hombro.
Bien. Suerte en Rodelfia, muchacho.
Apenas descendí al puerto me vi envuelto en un carnaval de gritos, carros tirados por animales y personas, especias en sacos, jarras y ánforas, largos rollos de tela y uno que otro ladrón (tanto comerciante, como no). Se supone que desde el puerto podría ver el Palacio Veraniego, o al menos su enorme cúpula principal, me encontraba mirando por sobre las cabezas hacia el horizonte, cuando…

¡Hey!
Perdón, Señor.
Un crío salido de la nada y que parecía venir corriendo desde Keyback, chocó contra mi pecho y casi me manda al suelo. Lo miré molesto mientras se perdía igual de rápido entre la multitud, me arreglé la ropa y antes de dar dos pasos noté que me faltaba la bolsa del dinero.
Pequeño hijo de…

Giré en redondo y comencé a gritar alzando frenético el puño, buscando esa cabeza pelirroja, pero el mar de gente se lo había tragado.
Agité la capa a mis anchas, los transeúntes tuvieron que hacerse a un lado obligados, algunos molestos y otros asustados, mis alas tenían una buena envergadura, las batí un par de veces y me alcé sobre toda aquella prole obligada a mantener los pies pegados al suelo. No tuve que ir muy lejos, ahí estaba el mocoso, su cabeza roja resaltaba como una vela encendida en medio de la oscuridad, y no es que poseyera buen ojo, con todo el barullo que levanté la gente se había hecho toda a un lado.
Caí en picada contra el niño, no tenía pensado matarlo, aunque ganas no me faltaban (tenía todos mis ahorros en esa bolsa). Sobrevolé el puerto, planeando sobre su cabeza, el pequeño gritó uno que otro poco, y finalmente lo cacé. Sin querer se tropezó y cayó de espaldas, lo alcé de un brazo y lo llevé hasta un callejón.
«Recuerda las apariencias. —Me dije—. La cultura es distinta en todos lados, pero en cualquier sitio se ve mal que mates a un crío.» Aun así le metí un buen susto.

Supongo que no te lo esperabas, ¿verdad?
Su rostro sucio era la viva imagen de la inocencia. Negó con la cabeza, se revisó la revuelta chaqueta y sacó dos bolsas.
Me entregó una, mucho menos abultada que la mía. Lo miré incrédulo.
Agachó la cabeza y volvió a revisar sus ropas para extraer la mía. La sopesé en la mano unos segundos. Sonreí.
Eres bueno. Jodido pequeño, si que lo eres. —Estiré la palma hacia él. El crío no lo captó, o no quiso hacerlo. Al final suspiró y me entregó los dos kull de plata que faltaban.
Mis alas se diluyeron y regresaron a ser simplemente mi capa. Agarré del hombro amablemente al muchacho y salí del callejón. A veces es bueno tener aliados en las ciudades que no conoces.
¿Cuál es tu nombre, niño?
Geralt, Señor.
No eres tan buen mentiroso como esperaba, niño. No debes mentir con tu nombre si no tienes experiencia en ello, es demasiado fácil notarlo. —El niño me miraba desde arriba intercalando miradas con la calle. Por un momento pensé que iba a escapar o buscaba ayuda, pero al parecer trabajaba solo.

Si quiere me puede golpear, Señor. —Me dijo el niño con una voz cargada de miedo—. Pero no me lleve con los guardias, por favor. No sabe lo que hacen con los ladrones.
Apreté los labios y miré al niño. Creo que ya no tenía ganas de hacerle daño.
¿Hace cuánto vives aquí?
Desde toda mi vida. —Me contestó encogiéndose de hombros.
¿Te quieres ganar uno de estos? —Sostuve entre mis dedos un kull de plata.
El muchacho me miró con los ojos entrecerrados.
¿Cuál es el truco?
Sonreí.
Como notaste, soy nuevo aquí. Necesito un guía.

Nuestra primera parada fue una taberna, una que sirviera algo mejor que vino pasado por agua y cerveza añeja.  Luego de haber completado mi lista de necesidades, nos movimos a una posada en donde pude quitarme la sal del cuerpo y pedir de comer algo caliente.
Esperando en la mesa a que llegasen con aquel estofado que caldeaba el ambiente, el muchacho me fue informando todo sobre lo relativo a quienes gobernaban Rodelfia: La burguesía de la ciudad se encontraba apoyando al primer y a la segunda princesa, el primer príncipe no tenía dinero, la tercera princesa tenía el control del ejercito, y que el cuarto príncipe era un propietario de múltiples tierras importantes. Claro, que todo me lo contaba a través de los ojos de un niño. Cassandra, para Gerald, era la princesa que había traído a los tipos con dinero a Rodelfia, y que gracias a eso había logrado llenar su estómago.
Y también he oído un rumor en las calles, algo sobre la hamburguesía.
Querrás decir "Burguesía".
Algo así. La gente dice que ya no le gusta.
Bien. Tendré que averiguar más sobre eso.

Nos terminamos los bollos de pan que habían puesto en la mesa para abrir el apetito mientras pensaba en la vista panorámica de lo que sucedía en Zhalmia con sus príncipes y su viejo rey.
De pronto la mesera y quien parecía ser el dueño del lugar se acercaron, y no traían la comida.
Señor, disculpe. —El tipo era un hombre alto, bien afeitado y canoso, de aspecto servicial—. Tendré que pedirle que le de un baño a su.. Hijo. Los demás clientes están algo molestos con el olor. Usted entenderá que no se puede almorzar así… Les enviaremos su comida a la habitación.
Sabía que el chico apestaba, pero no se me había ocurrido que se diera un baño.
Está bien. Calentad el agua y veremos que hay debajo de esa costra de mugre.
Geralt me miró algo ofendido y se miró las manos.
También debo entregarle esto. —De su delantal sacó una carta sellada.



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Re: Revolución en Rodelfia

Mensaje por Duneyrr el Miér Oct 05, 2016 5:19 pm

Las luces del techo del túnel se sucedían una tras otra como luciérnagas hiperactivas, tan rápidas, a los ojos de Duneyrr, que parecían haberse transformado en una larga serpiente de luz.

El tren iba a una velocidad incluso mayor a la de cualquier corcel domado o salvaje, más rápido que los dromedarios de los desiertos de Ahkdar, que las hienas de los goblins, y que los grifos que sirven de montura de los grandes caballeros. Incluso más, quizá, que los dragones de los cuales sólo había oído historias. El orco no se quería imaginar qué clase de mente pudo haber concebido tal armatoste, y que a pesar de que se moviera, aquella bestia de piel de hierro sobre la que estaba sentado estuviera muerta.

No está vivo. Es una máquina. —Le había dicho el maquinista cuando el orco le preguntó qué clase de dragón con piel de hierro era aquel, antes de que comenzara el viaje a Rodelfia por los túneles subterráneos—. Es ingeniería, una invención hecha por necromantes, trabaja a base de…
Duneyrr dejó de prestarle atención para perder su mirada en los cubículos de forma cilíndrica en el exterior.

Sentado en el último vagón, un carro plano que servía para transportar madera (ya que resultaba imposible meterlo dentro de una cabina de pasajeros), iba aguantando los mareos que le producía mirar los rieles bajo sus pies. Abrió el morral de cuero en su cinturón para darle un poco de aire a su mascota, la cabeza de Cuervo asomó curiosa.
¿Maíz?
Aun no, pá-jaro. En cuanto yeguemos a la ziudad.

Del morral también asomó la punta de la carta, la tomó entre la punta de su índice y pulgar. Se la había entregado un hombre que le había prometido mucha violencia y una sustanciosa recompensa en dinero si lograba aparecer en Rodelfia y cumplir su misión.
Recibirás siete piezas de oro cuando termines tu trabajo. —Le había dicho el tipo.
Diez. —Le había contestado el orco, el hombre le miró frunciendo los labios.
Con diez morlacos podría contratar veinte buenos soldados que harían mejor tu trabajo.
Yo valgo veinte soldados, veinticinco si me encuentro de malas. ¿No te gustaría verme de malas, verdad?
El tipo le había sostenido la mirada por unos segundos, y luego estiró la mano.
Bien, que sean diez.
Cerraron el trato.
Te habría dado quince. —Le había dicho el hombre con una media sonrisa mientras le entregaba la carta.
Lo habría hecho solo por la violencia. —Le había contestado Duneyrr mostrando sus fauces en el arquetipo de una sonrisa orca.


Rodelfia no era lo que esperaba Cabeza de Trueno. Su paso por La Colina de las Agujas le había dado una referencia de Zhalmia bastante más radical. Esperaba, de seguro encontrarse con una ciudad fría y llena de hombres envueltos en pieles de lobos y oso, pero el lugar, gracias a los domos de magia, tenía una temperatura agradable y gente normal.
El orco, alto como una torre de vigilancia, e igual de ancho, no tardó en ser el centro de todas las miradas en la calle, pero pronto su visión quedó relegada a segundo plano, cuando tras oír las campanadas, la gente se agolpó en las grandes plazas para oír la noticia.

¡En el año de…! —Duneyrr se abrió paso entre la multitud, curioso—… ¡Y siguiendo su voluntad, bajo los preceptos de…! —El orco miró al pequeño hombre que sobre una tarima de madera gritaba mientras leía un largo trozo de pergamino—… ¡Su Majestad, Geronimo II, rey de Zhalmia ha decidido…! —Las voces de murmullo comenzaron a elevarse—… ¡Abdicar la corona!

El rugido que siguió a esas palabras ensordeció el discurso, pronto todo comenzó a revolverse como si se hubiera liberado una batalla, la gente corría de un lado a otro, sus ojos iban muy abiertos y sus bocas no paraban de moverse. Cuervo aleteó asustado y Dun le acarició la cabeza con la yema del dedo para tranquilizarlo.
Trankilo, pá-jaro. Veamos qué está pasando. —El orco le cortó el paso con una de sus grandes manos como palas a un regordete comerciante que corría en puntillas para no estropear sus sandalias—. Buenhombre. Dígame. ¿Por qué todo está tan agitado?
El comerciante seguramente lo último que necesitaba era darles explicaciones a un extranjero, orco, y algo corto de luces a lo que se refiere a abdicaciones. Pero Duneyrr tenía buenas maneras de persuadir a alguien, la mano que le evitaba el paso, por ejemplo, que era tan ancha como su panza.
¿Acaso no es evidente? —Le respondió el hombre mirándole como si fuera tonto—. Esto solo significa una cosa: ¡Problemas! ¡Muchos problemas!

El hombrecillo tenía razón. Los días siguientes a aquella cháchara en la plaza hubo varios altercados en todo Rodelfia, y en las calles la frase Duelo entre Príncipes llenaba todas las bocas. Con tanto alboroto Duneyrr no había podido comprar maíz.
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Re: Revolución en Rodelfia

Mensaje por Erin Rosein el Sáb Oct 08, 2016 7:31 am

Estaba apunto de encontrar el ingrediente que me faltaba para conseguir mejorar mi ultimo ungüento, había sido quizás demasiado ambiciosa de querer encontrar las propiedades de la flor de hielo para mejorar el tono de ese potingue. Seamos sinceros que con los tiempos que corren o huelen bien y tienen buen color o a la gente no les llama la atención y por tanto no compran. Y ya me había quedado sin cochinillas para darle el color azul.
Así pues, en pos de un sueño ahí estaba, en un barco de zozobraba y unas frias y nevadas cumbres a ambos lados, realmente era una escena fría y bonita, y yo deseaba que esa misma noche pisaramos tierra para poder pasar la siguiente escondida en el bosque, faltaba un dia para la luna llena y yo necesitaría un calendario nuevo que volver a tachar.

Al fin a la siguiente mañana pisamos la famosa tierra helada de Zhalmia, había conocido a unos cuantos mercaderes durante el viaje con los que habíamos intercambiado ideas y truquillos de ventas, también tenia el preciado jengibre y un par de botes menos de pociones. Todo había salido redondo. Esa noche la pasé en el bosque, dejé que el frio viento del norte besara mi cara y paseé sintiendo como las auroras bailaban en el cielo, tendría que esperar a ser humana para disfrutar de sus colores, pero eso era magia ahora mismo. Me desperté cerca de un lago que aproveché para limpiarme y acicalarme, no muy alejado de ese bosque estaba la ciudad que quería ver: Rodelfia.
En cuanto pisé las calles me di cuenta de la diferencia de temperatura, así como en el bosque hacia una temperatura baja en esa ciudad era agradable, y lo que me hizo sentir en casa fue la cantidad de gritos de la plaza central, no muy alejada de la entrada, estaría a tres calles pero ya se oían las ofertas y demandas. Cumplí la primera norma de una ciudad tan grande, el bolso bien cerrado y entre los brazos, no hables ni te dejes engatusar y piensa bien tus palabras. Casi como un mantra en mi cabeza pasee por las concurridas calles mirando los puestecillos tranquilamente. Había un poco de todo, desde carne hasta ropas pasando por accesorios y potingues extraños, si yo pensaba que los mios tenían mala pinta esos eran peores. Pero algo me estaba tocando la nariz y no podía entender el que, la gente no estaba animada del todo normalmente los mercados son la excusa para estar contento y ahí no había nadie contento.
Al fin encontré lo que buscaba, en un puesto de carne de caza vi una pulsera dorada como la mía, bueno quizás incluso más simple de diseño. Sonreí, pero la mujer estaba cansada, como apagada, es cierto que transformarte es doloroso y extenuante, pero esas ojeras son de días anteriores, son de una persona que no descansa bien.
-Buenos días. - Dije sonriente, la carne no tenía mala pinta, pero tampoco tenía cocina y en humana no me gustaba comérmela cruda. Vi como levantaba la cabeza pensándose que era un cliente, entonces vio la pulsera, vi como sus ojos miraban la pulsera y me miraban a mi para corresponderme la sonrisa. Los Rosein estábamos por todas partes. Me hizo un gesto y me senté a su lado para charlar. La ayudé a vender esa mañana, después de varias semanas en barco me gustaba estar al fin en un sitio estático como era ese taburete de madera.

Me puso al día entre venta y venta de la ciudad, hicimos las presentaciones oportunas y entonces supe que era lo que me había estado tocando las narices, los hijos del rey estaba divididos ¿y quien sufre las disputas de los nobles? El pueblo de a pie. Suspiré sonoramente ante esa noticia y puse mi mano en su hombro.
Según me dijo Katrina las cosas se estaban poniendo feas por la ciudad, me contó lo mucho que había llegado a cambiar esa ciudad desde su infancia hasta ahora. Ciertamente tenía arrugas de expresión y preocupación.
Al final saqué en claro esa noche en mi habitación de la posada que esperaban vientos de cambio para la ciudad de Rodelfia.
Al día siguiente compartimos su puestecito, iríamos 30-70 según lo que vendiera cada una, iba bien la mañana, las sales con sabor a flores siempre se habían vendido bien y más con la calidad de la carne de Katrina. Entonces llegó el huracán, debía de ser media mañana cuando sonaron las trompetas y el pregonero cantó:
— ¡En el año de…! … ¡Y siguiendo su voluntad, bajo los preceptos de…!… ¡Su Majestad, Geronimo II, rey de Zhalmia ha decidido…! —Las voces de murmullo comenzaron a elevarse—… ¡Abdicar la corona!



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Re: Revolución en Rodelfia

Mensaje por Gerarld Amattore el Vie Oct 14, 2016 7:23 pm

El viaje había sido largo, tenía que sobornar a unos marinos para que me ayudaran en el viaje, pues me resulta difícil conseguir tripulación para llegar a este paraje dejado de la mano de dios. Aun que lo deje a buen recaudo en un pueblo pequeño a las afueras de ese país. Era al norte de mi zona de confort, había estado alguna vez en parajes parecidos, pero era mi primera vez en Zalmia… el frio helaba mis pulmones como si me exhalaran el alma con cada bocanada de aire que expiraba… Prendí fuego a unos trastos de madera viejos para calentarme. Y navegaba en una carcasa pequeña, maltrecha, vieja y algo rígida que había cogido prestada.
Para variar, si la había cogido prestada, a cambio de un poco de dinero, y un favor, me permitieron llevarme esta porquería de embarcación. Pero cumplía su meta, llegaba al puerto.

Cuando llegue por fin al puerto, agradecí de corazón que estuviera protegido del clima maldito que rodea esa zona… ahora que conocía la ruta… vendría volando la próxima vez. Así llegaría más rápido, y tendría que aguantar menos tiempo el frio. Además volar a cierta altura te evita esos vientos gélidos y bruscamente desagradables.
Aún no había llegado a amarrar el barco, y ya estaba revisando los barcos de alrededor… era una costumbre de pirata. Habian barcos de varios tipos. Algunos enormes, otros pequeños, unos más armados que otros, unos con más velas que otros… unos de velas cuadradas, otros triangulares.. y la norma general, los mixtos. Barcos amarrados a la orilla y otros más adentro de los cuales solo se llega en bote.

Pero mi obsesión era ver cuáles eran más fáciles de manipular, cual podría llevarme en una emergencia, cual podría ser útil… cual debería inutilizar para que no me persiga.

Había un barco enorme… y muy armado, era demasiado grande como para si quiera pensar en robarlo, necesitaría demasiada gente para poder maniobrarlo. Pero tenía cañones, y por lo que veía, poca vigilancia, estaba claro que el puerto este no está acostumbrado a sufrir problemas con bandidos, piratas, u sabotajes. Tenían controlada la zona. Mas allá se veía un barco armado y tripulado, pero anclado… aun así tenían las amarras listas para partir en cualquier momento. Y la bandera, era la de la ciudad… vale, tenían vigilancia constante. Igual por eso hay gente despreocupada.
Por todos lados habían barcos, de todo tipo, con distintas banderas, sobretodo comerciales… por todas las barbas, esto es un tesoro en si mismo… estaría bien tener un puesto de control por las cercanías y pillar lo que salga de aquí.

Del otro lado vi un par de goletas pequeñas, también eran comerciales, pero tenían pinta de rápidas y fáciles de llevar. Serian buenas opciones para robar si llegara a hacer falta escapar por mar.
Escapar por aire o por mar era posible… por tierra, no me gustaría intentarlo, paraje un poco inhóspito en ese ámbito.
Llegue por fin al final del trayecto marítimo. Amarre el barquito a un lado, un pequeño puesto libre entre unas goletas algo demasiado gordas, seguro tendrían problemas en navegar cuando las llenara de mercancías.
Recojo las dos velas del mástil único del barco. Aseguro todas las cuerdas. Me bajo y me estiro… un nuevo puerto que visitar… ya habia perdido la cuenta de cuantos había visto.
La ciudad se abría ante mi a medida que me acercaba paso a paso. Salí del puerto paso a paso, hasta que me interrumpe una persona, callos en las manos, brazos fuertes… un cabello que había perdido la batalla al peine. Claramente un marinero.
Me comento que tenía que ir al gremio de mercaderes a pagar la taza…. Pffff, odiaba los puertos tan controlados… eran tan poco… estéticos.

Llego a la recepcionista, una mujer claramente burócrata… se notaba, ropajes, constitución delgada, y no tenía los brazos de haber trabajado.
-Buenas vengo a pagar para dejar mi barcaza aquí- La mujer me mira… escribe un garabato y me dice que me vaya a otra oficina… qué diablos??
-No me cobra usted?- y ella amablemente me negó con sonrisa en la cara…. Era guapa… pero me desesperaba que me hicieran dar vueltas.

Estaba ahí, por una razón… hace unas semanas había recibido una carta… un personaje que preguntaba por mi presencia por mis habilidades. Al principio pensé que era coña… Pero mientras leía la maldita carta, estaba claro que alguien me había vigilado lo suficiente como para saber alguna de mis tramas… Al menos se enteraron del suceso que había acontecido en Rasg Port… por las insinuaciones que en dicha carta había.
A según, necesitaban gente como yo, que tuviera capacidades, pero que no lo pareciera… no sabía se me halagaban o no… Y no sabía si venir era buena idea o no. Pero una cosa estaba clara. Quería saber quién estaba detrás de esto. Cuanto sabían de mí. Y también quería el monto de dinero que ofrecían... y sobretodo… había investigado algo de la ciudad… igual podría hacer negocios interesantes, y/o ganar influencia… ya vería… Sea como fuere, podría ser beneficioso de una forma u otra.

Llegue al despacho. Y por lo visto un hombre salió disparado de dentro, como si la vida fuera en ello… Eso me preocupo un poco. Una voz ronca se escuchaba del interior gritándole que no se olvidara de los papeles. Entonces, un hombre que estaba antes que yo, también quizó escapar. Pero una mano rápida fuerte y grande lo agarro y lo arrastro entre sollozos.
Desorientado miro atrás buscando los ojos de la secretaria.

-Que diantres?- digo con un gesto en las manos abriendo las palmas y dando énfasis a mi perpleja situación.
La secretaria sonríe, encantadoramente, como una modelo pura e inocente.- Es la señorita Castaña...es la encargada de los pagos-

Su actitud me hizo desconfiar… sonrisa demasiado ensayada tal vez… seguro pasaba esto a menudo…asi que preguntar era la mejor opción.
-y por qué iba a huir el otro como si la vida le fuera en ello?-

-ha pasado unas horas con la señora-
Madre mía… que calvario, miro hacia afuera, para ver la claridad del sol perderse dentro del establecimiento. - porque tanto drama... que me cobren y ya... soy demasiado guapo como para amargarme por estas cosas-

De nuevo, la recepcionista señala el despacho, del cual vienen varios lloros- De nuevo, de los pagos se encarga la señorita Castaña...y eso de ser guapo...puede que juegue a tu favor...-Se me acerca, y susurrando con malicia Dicen- a la señorita Castaña le gusta un culo bien puesto-

Maldita sea, eso me gustó… ahora tenía algo más de interés en ella. Pero se alejó para ocupar su puesto.
Pasaron 10 minutos… tiempo que maté hablando con la recepcionista hasta que otro hombre entro y requirió su servicios. Entonces mágicamente los lloros acabaron y el hombre salió cabizbajo como si le hubieran chupado el alma.

Entro, temeroso de mí. La secretaria me sonríe amablemente… no sabía si de simpatía o compasión.
Dentro una mujerona, de unos treinta y largos seguramente. Puede que llegara a los cuarenta.
Sin alzar la mirada de un montón de papeles me indico sentarme, era una silla aparentemente cómoda con un respaldar alto. Cómodo para los demás, mis alas que apenas entraron por la puerta no podrían ponerse contra esa silla.

-Prefiero mantenerme de pie Señorita Castaña-
dije con un tono simpático. La mujer le dio igual, seguro estaba pensando que no aguantaría de pie mucho tiempo… Maldita sea ya estaba pensando de forma negativa yo también, ya me veía ahí horas.

-Plaza que ocupo, tamaño del barco, gremio al que pertenece, número de días y que estándar de mercancía lleva-
Ok, ahí me acaba de dejar a cuadros… nada de eso sabia… bueno más que no saber… es que no se aplicaba.
-No tengo gremio ni mercancía- La mujer a mis palabras alzo la mirada como para reprocharme algo, aunque su impulso se controló al verme, una breve pausa, tanto como para darse cuenta de que soy un divium… para descaradamente mirarme de arriba abajo. Y hasta para pensar que hacia un divium con un barco.
-Seran 3 oros para la licencia gremial y 25 cobres por estancia-

-Espera espera, señorita Castaña… le he dicho que no tengo gremio, ni tampoco mercancías, vengo en un barcucho de 4 metros de largo. Usualmente usado para pesca marina de poca profundidad, estoy en el 4 puesto de la fila 8- Hice una pausa… menos mal que me había fijado en el número de la fila….

-Si le soy sinceró, no se cuánto me quedaré, pero agradecería no tener que inscribirme en ningún gremio… ¿podría haber otra forma de pagar?-

La mujer recuperó la compostura, cogió unos papeles me miro a los ojos… a los papeles. Y nuevamente a los ojos.
-Podríamos cobrarle 50 cobres por la estancia y se ahorra la licencia-

-50 cobres? Por esa cosa que casi no ocupa espacio?-

-Así es son las leyes del puerto-


-vamos señorita…Castaña- vengo de turismo. Seguro que quiere que me quede más por la zona, incluso podríamos quedar algún día y me comenta algo sobre la ciudad. Que en realidad no sé nada, seguro tiene historia interesante...- ….

Seguí hablando mientras me paseaba de un lado a otro de la habitación… Seguí el consejo de la secretaría y le di la espalda de vez en cuando, puesto que tenía buen culo, tenía que aprovecharlo.

Después de una negociación en la que dije que si me rebajaba el precio podría quedarme más días y así podría usar uno de los días para quedar con ella. Consiguió un argumento en el que si me hacía pasar por sujeto de interés de estándar especializado de gama B y debido a la época del año que era, las tazas eran de tan solo 10 cobres.

Ni idea que era eso. Ni idea de qué carajo significa… pero bueno, pague los 10 cobres, Salí sonriente despidiéndome de Olga por su nombre de pila.

Me acerqué a la secretaría y le susurre las gracias al oído con un tono picaro mientras la acariciaba la mano con la mía propia ligeramente.

-Te debo una cena, te parece que en un par de días comamos algo los dos.. te vendré a buscar al trabajo.- y sin esperar respuesta pues no me hacía falta oírla, la deje con la palabra en la boca, y una flor en el escritorio, que nadie sabrá nunca de donde salió.

En realidad siempre tengo un par de flores escondidas por si me hiciera falta sacarlas en algún momento. Son útiles para muchas cosas.

Contento, salí y me adentre en la ciudad, quería pasear por sus calles un poco antes de ir al encuentro que tenía pendiente.
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Re: Revolución en Rodelfia

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Lun Oct 17, 2016 8:08 pm

Las calles llenas de vida se habían convertía en una visión normal para cualquiera que llegase a Rodelfia. Ya fuese las calles menos ajetreadas, las pertenecientes a los nobles o el mercado siempre estaban llenas de gente recorriendolas, completamente ajetreados. Por eso, fue extraño cuando todo empezó a apagarse. La gente no dejo de moverse ni se metió en sus casas, pero era evidente, para el ojo más inexperto, que algo había ocurrido, pues las caras de todas las personas, como si de una plaga se tratase, se distorsionaron a una expresión de preocupación. El bullicio de las calles abarrotadas se fue extinguiendo hasta que solo quedo un murmullo, que como agua por una corriente del monte, delgada y casi indetectable, se deslizo por los transeúntes. Los pasos de estos se paraban y se giraban o continuaban su camino con mucha más velocidad, todos empezando a marchar a una sola dirección.

El flujo de gente llegó hasta una plaza. Era un lugar extremadamente amplio, donde un patíbulo vacío se erguía en el centro, como un monumento cruel ante los espectadores, atrayendo la atención y condenando al olvido el aspecto del resto de la plaza o de los locales que había allí, como el Gremio de Mercaderes o las tabernas. La gente se pego a las columnas y paredes que encerraban el lugar, creando un espacio entorno al siniestro objeto que había en el centro. Todo parecía listo para una ejecución, era el pensamiento que todos y cada uno de los visitantes tenía en su mente ante tal extraño comportamiento. El silencio se rompió con el sonido de las campanas de las iglesias, el cual fue seguido con parsimonia por una serie de gruñidos y el movimiento de unas ruedas. Por una de las calles principales, abriendo la multitud como si fuese un objeto sagrado que debía de ser reverenciado, apareció un carruaje.

El objeto era negro con decoraciones doradas tan barrocas, y tan inútiles, que harían llorar a cualquier colección de arte. Hombres tiraban, a primera vista, del carro, sin embargo al acercarse uno podía ver las diferencias de esas criaturas con los hombres. Sus cuerpos se encontraban teñidos de un gris malsano y sus músculos crujían con cada movimiento que hacían. No tenían expresión, pues estaban carentes de sentimientos que pudiesen crear estos, simplemente se movían, gruñiendo, con las bocas entreabiertas y con los ojos completamente teñidos de un blanco lechoso. Pequeños hilos violetas salían de las ventanas del carruaje, golpeando los cuerpos de las criaturas, que se movían más rápido, sin quejarse, al recibirlos. Finalmente, el carruaje llegó a la base del patíbulo, dando un último crujido y gruñidos antes de parar por completo. Durante unos segundos, todos contuvieron la respiración hasta que la puerta se abrió.

Un joven salió. O una joven. O algo intermedio. Nadie parecía ponerse de acuerdo del sexo o identidad del ser que había descendido. Era humano, eso seguro, sin embargo llevaba en su rostro una profunda capa de polvos de talco, que casi parecía crearle facciones nuevas y una nariz extra, y sobre su cabeza se enrollaba toda una serie de risos plateados blancos, en un peluca, que en menor medida habría ido a la moda de la nobleza. Sus ropas eran holgadas y doradas, lo suficiente como para cegar a transeúntes, confiriéndole más que una anatomía un halo que cubría su cuerpo. Un suspiro de alivió salio del cuerpo de todo el mundo. Al parecer, no era quien estaban pensando que aparecería. Mientras que las personas disfrutaban de haberse equivocado en su deducción, el ser X se subió con rapidez a la estructura, colocándose en medio de esta, frente a dos cuartos de la multitud. Con ceremonia, sacó un pergamino y tras desplegarlo, habló.

- ¡¡Estimados ciudadanos de Rodelfia!! -grito con una potencia inesperada la entidad, mandándolos a callar a todos otra vez.- ¡¡Les comunicamos que, tras muchas deliberaciones, la Unión de nobles de la ciudad de Rodelfia, ha tomado una decisión en lo que respecta al "Duelo entre Principes" realizado tras la Abdicación del Nuestro Magnífico Rey, Fidlerall III, Defensor de los Justos, Príncipe de San Rhael, General del Ejército Real...- Tras varios momentos más de descripción de títulos, algunos extremadamente largos y sin sentido real, continuó con el mensaje- y nuestra decisión es que no apoyaremos a ninguno de los príncipes actuales!!

Un potente silencio se instauró tras eso, sin importar el hecho de que el individuo continuase hablando y repitiendo el mismo mensaje. La gente estaba callada en tensión. La ciudad de Rodelfia tenia dos principes, casi tenían metido en el bolsillo el hecho de que el próximo monarca fuese uno de los suyos. Aunque la procedencia de un rey fuese irrelevante, múltiples veces en la historia, tras el nombramiento del rey de una zona u otra, estas habían estallado con riqueza y privilegios. ¿Por que no votar a uno de los candidatos que ya tenían? ¿Que ridiculez era esa?

- ¡¿Como os atreveis?! -grito una voz desde el más profundo de los silencios. Era una voz masculina, potente y extremadamente indignada. De la multitud, la figura salio. Llevaba una gabardina negra, limpia, aunque gastada, y unos pantalones igual de gastados. Su rostro era joven y su cabello brillaba en un tono azabache. Su mirada parecía encenderse en cientos de olas de fuego al mirar a la figura que hablaba, sin embargo, parecía atravesarla, dirigiéndose a alguien que no estaba allí.- ¡¿Habéis pensado en lo que nos cuesta manteneros y aun así, en el único momento que sois de utilidad, os negáis a realizar vuestras labores?! -El grito que lanzó fue potente y sus pasos eran duros, justo en dirección a la estructura en el que el dorado ente daba su mensaje, aunque ahora más débil, mirando con preocupación a la figura que se acercaba.- ¡¿Abandonáis a aquellos que nos han dado tanto?!

Sus pasos continuaron moviéndose en dirección al ser, hasta que la ventanilla se abrió. Una mano femenina, enguantada en tela roja como la misma sangre, salió del oscuro interior del carruaje. Fue un mero gesto, un movimiento, pero esa persona fue lanzada hacia atrás, como un mero monigote. Tras ese golpe, el hombre cayó al suelo de espaldas. Pasaron otros segundos en el que el silencio lo inundo todo, pero el hombre se levantó. Cualquier hombre cuerdo, se habría retirado, pero ya no había vuelta atrás. Dio un paso más y otro y otro, solo para volver a ser lanzado por los aires. Continuo así, durante varios minutos, causando que el traje del hombre se llenase de inmundicia, polvo y se rompiese levemente, además de que su rostro mostrase pequeñas laceraciones y cortes. Finalmente, de manera lenta y temblorosa, levantó el puño.

- ¡Por Lord Alexander! ¡Por Lady Casandra! -grito el hombre, sin moverse de su sitio, sin atravesar el límite inexistente entre el carruaje, el emisario y él. Sin embargo, su cuerpo volvió a ser lanzado por los aires, con más fuerza si era posible. La mano había sido completamente cruel. La figura que había estado dando el pregón había parado en el tercer intento de la figura y a la cuarta había empezado a bajar las escaleras como si le persiguieran los demonios. Y tuvo suerte.

Una piedra cayó en el sitio donde antes había estado el mensajero, haciendo un sonido potente al dar contra la madera. Había sido el inició. El grito del hombre se extendió con potencia por la multitud, como un gruñido en el pecho de una bestia se había ido extendiendo y había estallado en un rugido magnifico.- ¡Por Lord Alexander! ¡Por Lady Casandra! -gritaron, mientras en el cielo aparecían objetos lanzados en dirección al carruaje. La mayoría chocaron con el mismo aire, rechazados por la magia, pero otros golpearon la superficie del carruaje o a los muertos que empujaban el carro. Como si fuese un haz de luz, un látigo de energía salio disparado del interior, golpeando a los monstruos como había hecho antes, con más clase y menos prisa. Los músculos de los seres se estiraron y se hincharon al recibir el golpe, mirando al frente y empezándose a mover. Si hubiesen sido caballos no habrían sido tan amenazantes, pues en ese momento, las fauces de las criaturas se habían abierto en un gesto claro de lo que pasaría a cualquiera que se acercase. Y aun así, piedras y diversos objetos eran lanzados al paso del carruaje, golpeando a las criaturas, haciéndolos sangrar, o estrellándose contra la superficie del carruaje. Tardo pocos minutos en escapar del área, pues las criaturas abrieron una brecha en la horda sin dificultad, llevándolos a otra zona, alejada de la plaza. El caos se había apoderado durante unos minutos de la ciudad, sin embargo, del mismo modo que vino, se marcho.

Pero se marcho dejando unos regalos a cada protagonista de esta historia. A los demonios le resultó impactante encontrar una nueva carta en sus pantalones. La coneja que lo veía desde la distancia se encontró con unos dulces y una carta a su lado. El orco se encontró con que su cuervo llevaba atado a su para un nuevo mensaje. La comerciante se dio cuenta que un pergamino estaba entre los objetos que había adquirido. Y el Divium notó, tras un manoseó de sus nalgas, que una carta se encontraba en su ropa interior.
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Re: Revolución en Rodelfia

Mensaje por Vanidad el Vie Nov 04, 2016 10:57 pm

La diablesa no era local, incluso podía considerarse menos local que literalmente cualquiera de los mortales que habían visitado o visitarían ese reino durante toda su existencia, pero incluso un demonio del averno sabía que cuando la gente dejaba de hacer sus quehaceres, algo ocurría. Y como no estaban corriendo presas del pánico, no era el ataque de un dragón, de momento, así que se apoyó en una pared cualquiera, la que se le antojó más limpia y espero a ver como se desenvolvían las cosas. Seguro que era solo una ejecución, a la plebe le encantaban esas cosas, había cierta morbosidad en ver morir a alguien que la diablesa podía entender perfectamente.

Siguió el río de gente hasta la plaza, donde efectivamente había un patíbulo, pero la atención se fijó en un carruaje negro, nunca había visto a un condenado llegar en carruaje, aunque a juzgar por las caras de la gente, era la única que pensaba eso. Lo descartó como una retorcida tradición local. El carro era feo, muy feo, tan horrendo que la diablesa se planteó seriamente la posibilidad de abalanzarse y partirlo en dos, aunque dudaba que eso fuese a ser bien recibido, así que contuvo su sentido de la moda. ¿Qué necesidad había de cargarlo tanto? Era como si hubiesen cogido una reliquia de los tiempos de la gran guerra y cada uno de sus propietarios le hubiese añadido algo, añadiéndolo a las decoraciones anteriores sin tener en cuenta las previas, sin que ninguno hubiese tenido el criterio para decir “puede que no necesite más adornos”. Por esas cosas comía gente, además, eso de hacer a esclavos tirar del carro, teniendo… -Oh…- no, no eran esclavos, eran muertos, eso era nuevo. La diablesa se acomodó en su postura, con un renovado interés.

Un heraldo, o una heralda, le traía sin cuidado, lo que importaba era que llevaba una peluca horrenda, brillaba con la intensidad de mil soles y aseguro que la Unión de nobles, fuese lo que fuese, no apoyaría a nadie en el “Duelo de príncipes”. Tenía que hablar con algún local con cierta urgencia… Ya se estaba yendo cuando todo el asunto volvió a ponerse interesante, había… ¿cómo los llamaban los mortales? “Disidentes”, uno, técnicamente, pero debía expresar los intereses de un grupo, la plebe era como ovejas, cobardes si no estaban en manada. Seguían siendo cobardes en manada, técnicamente, pero no se notaba tanto. Puede que al final si fuese una ejecución. En ese momento no tenía ni idea que sería mucho más entretenido que eso.

Puf, una mano rojiza del carruaje estampó al disidente en dirección contraria a la que quería ir. Eso habría disuadido a la mayoría, pero no a ese tipo, demasiado estúpido o envalentonado para darse cuenta de lo que ya se había percatado el resto. Otra vez, esa vez se fijó mejor, la mano llevaba un guante rojo particularmente bonito, no era naturalmente roja como había pensado inicialmente. El espectáculo siguió, un espectáculo donde la atracción principal era ese tipo barriendo el suelo telequineticamente. Luzbel se negaba a creer que no se diese cuenta de la diferencia de poder, iba a morir por nada, menudo idiota.

Pero incito a la plebe, que se agito, protesto y lanzo piedras ¿Qué podía salir mal? Solo intentaban apedrear a alguien que acababa de levantar a alguien con la mente y, muy probablemente, a juzgar por sus “caballos” fuese también un nigromante. Necesitaba un aperitivo para ver ese desastre. Por desgracia, para cuando encontró algo que comer, ya todo había pasado. -¿Uh?- Esa carta no estaba allí antes, y era preocupante que alguien consiguiera meterle algo sin que se diese cuenta. La carta fue abierta, leída y hecha pedacitos, pero no tirada. Lanzaría los pedazos aquí y allá, para que no pudiese ser reconstruida, un truquito que había aprendido unos años atrás.


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Re: Revolución en Rodelfia

Mensaje por Erin Rosein el Dom Nov 13, 2016 6:50 pm

El mercado esa madrugada era normal, los primeros tenderos estuvimos poniendo nuestras pequeñas paradas, parecía que como siempre nuestra familia nos permitía ayudarnos entre nosotros, y esta vez en forma de dejarme en hueco en ese tenderete. Preparamos la carne a un lado y al otro las pociones y ungüentos. Esa noche hice también algún sazonador de especias para acompañar la carne. Íbamos 60-40 ese 20 de diferencia era por la casa y la hospitalidad, incluso si me hubieran pedido ir 70-30 no me habría importado.

La mañana fue transcurriendo tranquilamente, vendimos algunas piezas cuando de repente el mercado empezó a vaciarse como una ola que se vuelve a meter en el mar. Escuché como mi prima me decía que cerráramos el tenderete y le hice caso. Me estuvo comentando que últimamente estaban haciendo muchas ejecuciones y que deberíamos ir a verla. “Integrarse con el pueblo” me dijo. Le hice caso y guardé en mi mochila dos o tres pociones bastante caras y la seguí entre la multitud.

Llegamos a la plaza en el centro del pueblo, no me apetecia ver una ejecución pero lo que vi me llegó a sorprender gratamente. Almenos en una primera instancia.
Observé el sobrecargado carruaje, de tan recargado era incluso de mal gusto pero aun así, en la distancia se podían ver como los materiales eran de buena calidad, el oro y la madera negra. A medida que mis ojos iban paseando por el carruaje pude ver como lo que guiaba el carro no eran corceles, sino humanos. Forcé mi vista y me sobrecogí al comprobar que no eran ni humanos, eran muertos. Había visto antes eso en mis viajes pero me sorprendió verlo en medio de la plaza mayor de esa ciudad.
Una silueta humana salió del carruaje, no podría definir si era masculina o femenina y tampoco lo pude descubrir durante todo el discurso que leyó pues su voz aparte de resonar entre la multitud tenia también un timbre confuso.
Escuché con atención y vi como la cara de mi prima cambiaba, pasaba de la curiosidad hacia la preocupación, supuse que después tendría que hablar con ella para saber que era lo que ocurrida. Aunque más o menos podría llegar a imaginarme que serían problemas de la herencia y sobre como gobernar el pueblo.
Un grito se oyó por encima de la voz y bastante gente se giró a contemplar, un hombre del pueblo se acercó gritando en contra de las palabras leídas por la figura, a mas avanzaba más tensa se ponía la gente. Una mano salió del carruaje, era un guante rojo de terciopelo, brillaba en la luz del día con esa característica textura, se arrugó al movimiento de la mano y el hombre salió por los aires. Se había llevado un buen golpe, pero lo que no esperábamos era la respuesta del mismo volviéndose a levantar. Volvió a gritar y otra vez salió por los aires. Una y otra vez obstinadamente se repitió la misma situación hasta que dejó de levantarse. El silencio cubrió toda la plaza, solo se oian los sonidos de los pajaros y entonces se oyó un golpe de algo en la tarima haciendo cambiar la cara de la figura. Ese sonido se repitió varias veces y los gritos empezaron a cubrir la plaza junto con las piedras y otros objetos provocando que una cúpula saliera alrededor del carruaje. Magia.
La figura volvió dentro del carruaje apresuradamente y un movimiento del guanteo rojo simulando un látigo que cortó el aire y hizo que las hordas se movieran ipso facto.
El caos estuvo presente hasta que por el camino desapareció el carruaje seguido de algunos rezagados para acabar de tirar algunas piedras.
Instintivamente abrí mi bolso para comprobar que con el gentío no me hubieran robado nada, pero rebuscando encontré un trozo de pergamino que abrí, lo leí con atención y sonreí. No me hacía falta ese mensaje ya por mi propia curiosidad lo hubiera intentado descubrir.
Sentí como mi prima me miraba confusa así que simplemente le comenté que era una antigua receta que me compre en la ultima ciudad, pero que tenía tantos papeles que se me había olvidado que la llevaba encima.

Cuando todo se tranquilizó abrimos de nuevo el tenderete con tranquilidad, la gente iba volviendo a sus sitios y volvía a la normalidad, aunque nerviosa. De camino solo tenia en la cabeza una pregunta para mi prima.
-¿Quién es la mujer del guante?


Última edición por Erin Rosein el Dom Dic 04, 2016 10:08 pm, editado 1 vez



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Re: Revolución en Rodelfia

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