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No Todo el que Anda Errante está Perdido [¿Solitaria... Privada?]

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Re: No Todo el que Anda Errante está Perdido [¿Solitaria... Privada?]

Mensaje por Strindgaard el Jue Sep 15, 2016 8:05 pm

Me impresionó notar que, a fin de cuentas, aquel orco tenía sentimientos. Que se preocupase por quienes mata, y que busque algo de honor.
Si tenía cierta empatía con los animales, y supongo que los humanos también caben en ese saco, estaba bien pensar en la vida de ellos. Pero existía un problema que él no había dilucidado, y era que, cuando vendes tu espada al mejor postor, dejas de lado todos tus ideales y terminas matando por los de otro, y muchas, qué va, la gran mayoría de las veces, esos ideales pueden estar torcidos.
Como por ejemplo, los míos.

Debía lograr que aquella mole verde me sacara de allí, de preferencia arrasando con el lugar, para así tener una buena distracción que me ayudara a llegar hasta el puerto. Tan sólo tenía que ofrecerle la moneda indicada.
Me pasé la tarde conversando con Dun sobre sus viajes, si llegabas a soportar su vozarrón, lo demás era pan comido. Esperaba encontrar algo interesante sobre su pasado, algo con qué trabajar, pero además de la mención de lo de los demonios no había mucho más. El resto de la tarde y la noche me la pasé matando chinches e ideando un plan para escapar.
La mañana siguiente, junto con el alba, la puerta se abrió antes de tiempo, me enderecé en mi catre y oí varios pasos por el pasillo. Cuatro guardias atusados y almidonados se posaron frente mi celda.

Estira las manos.
Cuando recién comenzaban a sanar mis muñecas las cadenas regresaron.
Camina.
Duneyrr me ofreció una mirada cansina desde su celda, y su cuervo un chillido de esos que te hacen zumbar la cabeza.
Kraa-Kraa, Kraa-Kraa
Llegué hasta una sala que tenía como único mueble una silla. Me senté y esperé. Apareció un hombre de aspecto respetable, llevaba el mismo uniforme pero con ligeras variaciones, lo acompañaban dos guardias. Cargaba mi morral en la mano, su bigote atusado se movía cuando hablaba.
¿Cuál es tu nombre, chico?
Strindgaard. —No valía la pena mentir con mi nombre, ya había cometido la estupidez de decírselo al orco.
¿Cómo se llamaba tu compañero? —El viejo del bigote se paseaba por la sala mientras hablaba y ojeaba mi morral, sus dos guardias estaban tan tiesos que parecían tener una lanza en el culo. Noté que ambos llevaban un pequeño manojo de llaves en sus cinturones.
No sé de qué compañero me habla. —Estaba seguro de que era el capitán o algo por el estilo. Sabía que en mi morral no llevaba armas, ni yo había sido quien había matado aquella pareja. De pronto recordé sus rostros, el de ella. Era un recuerdo muy vívido, no oí lo que dijo el hombre.
¿Perdón?
El hombre del abrigo lleno de cubiertos, quiero su nombre.
Señor, de verdad le digo: no sé de qué me está hablando. —Mi voz cargaba toda la melancolía del ladrón arrepentido.
Cuando despertó en el carro no ha hecho nada más que decir lo mismo. Parece que le dieron un golpe en la cabeza.
De seguro que un tiempo más en las mazmorras le hace recordar.
¡Por favor! —Salté del asiento y caí de rodillas, las cadenas castañearon—. ¡No quiero volver allí! Por favor. He conocido a muchos hombres con abrigos, pero ninguno con cubiertos en los bolsillos. Hablen con él, de seguro se confunden de hombre, yo soy inocente.
¡Siéntate, sabandija! —Uno de los guardias me levantó, me aferré a él como una lamprea, las cadenas pesaban mucho y me costó volver al asiento.
El tipo del abrigo está muerto.
Muerto, en el pasillo del segundo piso de la mansión de Lord Geowyn, junto con el cuerpo del lord y su esposa. Te encontramos a ti junto con ellos. Tres muertos, un vivo. ¿Cómo rayos se supone que llegaste ahí si no hiciste nada?
¡No lo sé! Solo soy un vagabundo, no tenía donde dormir, me colé al jardín interior de una de esas enormes casas. Lo siento mucho, he apostado todo el dinero que tenía, ya nada más me queda lo puesto, tenía mucho frío.
El capitán me miró como si mis mentiras fueran un cartílago entre sus dientes.
¿Esperas a que te crea todo eso?
¡Miradme! No tengo ningún arma, no sería capaz de herir a nadie. Revisad mis cosas, ni siquiera llevo un cuchillo para defenderme. Lo empeñé.
¿Y cómo explicas esto? —Metió la mano dentro de mi morral y sacó la calavera. La miré impresionado. Aparté la mirada como si fuera un destello del sol, no quería ver… aquellas cuencas vacías—. ¿Y bien?
Estudio fisiología. Soy un aprendiz de cirujano, me estoy preparando para viajar de médico.
¿Dónde? ¿Y cómo obtuviste esto?
Vengo de Narendra, allí un maestro me enseñaba. Pero obtuve algunas deudas por apostar. —Me volví a sentar, mi rostro se congestionó. Traté de parecer dolido—. Estoy huyendo de los cobradores.
El disque capitán me miró con ojos entrecerrados, me mantuvo la mirada por algunos segundos, yo era la viva imagen de la inocencia. Casi lloraba.
Ya veremos si dices la verdad. —Metió la calavera de mi madre dentro del morral que confeccionó mi padre. Suspiré algo aliviado—. Llévenselo.
No, por favor, ¡A la celda no! —Me arrastraron de vuelta, cuando bajamos al calabozo conté cuantos otros reos había: éramos trece, contándome al orco y a mí. Los demás tipos eran todos vagabundos, quizá mendigos que afeaban la ciudad pidiendo limosna, o locos tratando de arrancarle un ladrillo a un muro para venderlo lejos, no servían ni para coger una escoba, mucho menos para una espada. Pero de algo servirían.

Esperé a que fuera bien entrada la noche, manteniéndome despierto por las picaduras de las chinches y el asunto de Kerem. Era una pena que estuviera muerto, y un misterio cómo había fallecido. Pero ahora podría quedarme con todo el crédito.
Recordé uno que otro trozo de la canción que oí en la mansión, una guitarra melosa y candente, proviniendo de ningún lugar y de todos.

Las tres lunas estaban menguantes, su luz se colaba por mi ventana, llenando del color de la plata, el ruby y el zafiro. Me desenrosqué y miré hacia el frente. Duneyrr dormitaba, y era un milagro que aquella bestia no roncase, porque echaría por tierra mi plan.
Saqué el pequeño manojo de llaves, y como supuse, la más larga y oxidada resultó ser la que abría las celdas. Introduje con sumo placer la llave, y cuando giré me supo a gloria. Comencé a saborearme con la idea de que pronto podría beber algo.
Puse un pie en el pasillo, fui hasta la celda de Duneyrr y abrí su celda.

Mi amigo, es tiempo de que nos vayamos de aquí. —El orco abrió los ojos y me miró seriamente. Su cuervo también se despertó.
Huir, huir. Huir, huir.
¡Calla maldita ave! —Susurré lo más fuerte que pude.
No me iré, humano. Estas personas no me han hecho daño, solo cumplen con su trabajo. Si salgo las pondré en peligro. No deseo matar a nadie.
Pero, si te quedas aquí morirás. Sé que deseas luchar, sé que quieres volver a tener tu espada entre tus manos. Si huyes conmigo te llevaré a un sitio donde la guerra se vive todos los días. Y la gloria y la muerte son las dos caras de la misma moneda.
Gloria, Gloria, Gloria.
El orco giró la cabeza y miró al suelo. Le costaba decidirse, no cabía duda. Mierda, lo necesitaba, no podría huir sin él, no podría sobrevivir sin él.

Me alejé a las demás celdas, aquello lo resolvería de otra manera.



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Re: No Todo el que Anda Errante está Perdido [¿Solitaria... Privada?]

Mensaje por Duneyrr el Vie Sep 16, 2016 2:53 am

La noche se estrangulaba para poder pasar por la pequeña ventana de enfrente, iluminando la celda de Strindgaard, como si de una gruta mágica se tratara. El humano parecía atribulado, quieto y hecho una bola envuelto en su capa sucia. El orco seguía en vela, pensando en lo que realmente necesitaba y lo que realmente quería. Cerró los ojos y trató de volver a su estado de trance, pero había algo molesto que lo inquietaba. Abrió los ojos y pensó en lo raro que era ver el día y la noche a través de un cuadrado, sobre todo para un orco que estaba acostumbrado a dormir a cielo abierto.

De pronto Strindgaard se desperezó, Duneyrr cerró los ojos y trató de parecer dormido.

El sonido de unas llaves y luego el de las barras, y entonces sobrevino el chirrido de las bisagras.
Mi amigo, es tiempo de que nos vayamos de aquí.
El orco conocía a la perfección lo que significaba que un reo estuviera fuera de su celda. Aquello iba a terminar mal. Cuervo parecía de acuerdo con el humano, pero Duneyrr meneó la cabeza en negativa.

No me iré, humano. Estas personas no me han hecho daño, solo cumplen con su trabajo. Si salgo las pondré en peligro. No deseo matar a nadie. —¿Eso escogía? El orco suspiró.
Pero, si te quedas aquí morirás. Sé que deseas luchar, sé que quieres volver a tener tu espada entre tus manos. Si huyes conmigo te llevaré a un sitio donde la guerra se vive todos los días. Y la gloria y la muerte son las dos caras de la misma moneda.
Gloria, Gloria, Gloria.

Por asesinar había llegado hasta ese lugar, no podía ser que asesinando saldría. ¡¿Acaso todo se soluciona asesinando!?
El orco cerró los ojos y miró sus pies. Si escogía ese camino sabía que nunca volvería a detenerse.

Los pasos del humano se perdieron, luego oyó las demás celdas abrirse, los demás reos hablaban tan bajo como las ratas, ratas que pronto huirían. Los goznes de la bisagra de la puerta del calabozo sonajearon de nuevo. Aquel ruido insoportable le violó los oídos. Duneyrr se tapó las orejas con fuerza y puso una cara de asco.

No. No puedo soportarlo más.
Sus articulaciones crujieron, gritos lejanos se podían oír por el pasillo.
¡Libertad, libertad, libertad, libertad!

Como una avalancha el orco se irguió en su celda, su cabeza rozó el techo y sus enormes manos se sujetaron de las barras, que sin problema saltaron como palillos cuando con su fuerza las arrancó de su sitio.
Sí. Libertad, pájaro.
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Re: No Todo el que Anda Errante está Perdido [¿Solitaria... Privada?]

Mensaje por Strindgaard el Vie Sep 16, 2016 4:34 am

No fue difícil llegar hasta la primera planta. Arriba, el silencio y la oscuridad eran tan densos que podías metértelos al bolsillo. A pesar de que no podía ver nada más allá que la punta de mi nariz, recordaba perfectamente todo lo que había visto en la mañana.
Deambulé con mi manojo de llaves, y el manojo de desgraciados que me seguía, llegué hasta la pequeña sala donde los guardias nocturnos tomaban café y conversaban, por suerte la puerta estaba casi cerrada, y solo una rendija de luz se proyectaba al pasillo donde nos encontrábamos todos. Pasé de largo, llegué hasta la puerta donde había ido el capitán a tirar mi morral, busqué la llave.

¿Oíste eso?
Nos encontraron.
¡Noo!
Los mendigos que me traje perdieron el control en un abrir y cerrar de ojos. Abrí la puerta donde guardaban las evidencias, y me hallé ante un salón iluminado con unas bonitas lámparas de aceite, y por donde se mirase, espadas, lanzas, dagas y ballestas.
¡Seguidme!
Entramos en tropel para conseguir armas y hacernos con nuestra libertad. Comenzaron a oírse gritos, sin perder el tiempo encontré mi morral y lo abrí. Todo seguía en su sitio. Saqué el vino blanco y lo empiné. Jodidos Dioses, cuánto extrañaba el calor bajar por mi garganta, el frescor y el olor del alcohol.

Me asomé por la puerta, todo era un caos, un terrible caos. Pronto llegaría un refuerzo de guardias y todos regresaríamos a las celdas. O peor, nos iríamos directo a la horca. Corrí con una daga aferrada a ambas manos. Sólo había tres guardias en todo el lugar, ¿cómo once hombres no podrían contra ellos?
Cuando llegué a la sala que conectaba los pasillos, vi la puerta abierta de par en par y un cuerpo tirado en el suelo, desperdiciando sangre. Pasé por sobre el mendigo y me encontré de cara con los dos guardias masacrando a los reos… Debí haber pensado mejor las cosas.

¡Hey!
Grité de susto y clavé mi daga repetidas ocasiones en el pecho de quien había aparecido por detrás de mí. Pero resultó ser un reo. El hombre se aferró el pecho ahí donde la daga lo había traspasado como papel y se desparramó en el suelo. Corrí de vuelta al calabozo, el orco sería la solución.
Cuando llegué hasta el pasillo el cuervo sobrevoló por sobre mi cabeza, gorjeando como solo sabía hacerlo él.

¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!
¡¿Dónde mierda está tu amo, carroñero?! —Le grité.

Luego oí como la puerta, abajo, en el calabozo era arrancada de sus goznes y era lanzada lejos.



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Re: No Todo el que Anda Errante está Perdido [¿Solitaria... Privada?]

Mensaje por Duneyrr el Dom Sep 18, 2016 2:36 am

Los músculos de las piernas del orco soportaron, por primera vez casi un mes, su peso por más de algunos pocos segundos. La celda lo había desgastado y amilanado, pero por suerte había mantenido bien cuidado su cuerpo en todo lo que estuvo ahí sentado.

Cada paso por el corredor le producía cosquillas, sentía las piernas de lana. Por supuesto que no era lo mismo masajear y estirar sus músculos que mantenerse activo realizando ejercicios como en los tiempos en que vivía en campañas y guerras, por esto trastabilló muchas veces antes de llegar a la puerta de la entrada al calabozo.

Miró aquella puerta chapada en hierro, cogió la manilla y la arrancó.
Adiós. Jodida Puerrrta.

Cuervo voló por sobre su cabeza mientras él subía por las escaleras, cada diminuto peldaño le causaba escozor en las pantorrillas, pero estaba tan contento de llegar arriba que no le prestó atención a ello.

En el primer piso todo estaba dado vuelta, varios reos gritaban y otros tanto caían muertos, los pocos guardias que había les pintaban de rojo las ropas con sus espadas mientras ellos hacían lo posible con algunos puñales, mazos y otras armas.

Decidiste venir. Me alegra mucho. —El humano de la capa negra sonreía, tenía algunas pintas de sangre en la cara—.  Ven, la salida está por acá. —En su mano una daga carmesí reposaba.
¿De dónde conseguiste esas arrmas? —Preguntó el orco, apuntando con el índice.
¿Necesitas una? Ten. —Strindgaard le ofreció aquel palillo para tejer, el orco le hizo una mueca de desprecio.

No. Kiero la mía. —El humano le hizo una seña con la cabeza.
Sígueme
Ambos caminaron por entre el caos. A Duneyrr por primera vez en mucho tiempo le agradó ver que los guardias decidían hacerse a un lado en vez de arriesgar su vida contra él.

La puerta de la sala de custodias estaba abierta. Dentro no fue difícil hallar sus pertenencias: Su armadura abarcaba la mitad de una pared, era tan grande que si la derritieran habría suficiente acero como para hacer una campana de iglesia, y su mandoble era tan grande que parecía la costilla de una ballena reposando en la pared.
¿Aquella cosa es tu espada?
El orco hizo caso omiso y visitó sus galas, Strindgaard bebía directo de una botella. Parecía cambiado. La libertad, seguramente.
El término 'Colosal' le queda pequeño. —Dijo con un deje de asombro en la voz, el cual no alcanzaba a llegar a sus ojos apagados—. La cruz y la empuñadura superan mi altura.

Duneyrr sonrió al posar sus manos en el pomo. Su mandoble no era la gran cosa, la verdad es que pocos eran los orcos que pasaban de las hachas, y cualquiera con suficiente acero común como para hacer mil herraduras podría hacer una de esas.

¿Tiene nombre? Todas las espadas que se precien tienen uno.
El humano se encogió de hombros ante el silencio del orco. Los gritos lejanos se comenzaban a atenuar.
¿Quizá algún nombre raro de esos que usan ustedes: Gar'Shur o Auga'Zaja, quizá?
Este mandoble es el Padre de las Espadas. —Sentenció Duneyrr, recordando lo que le había dicho Ratatosk el día que se la entregó. El humano le dio otro sorbo a su vino y asintió para sí.
Es un buen nombre.
Ambos salieron de la sala, al parecer la batalla había terminando, pues ningún sonido parecía llegar desde la sala principal.
El orco miró al humano y dijo:

Kuando el Padre de las Espadas sale de su vaina no puede volver a guardarse sin que haya probado sangre.
El silencio se rompió, unas botas se oyeron en la sala donde se unían los pasillos.
¿Y qué esperas para desenvainar?
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Re: No Todo el que Anda Errante está Perdido [¿Solitaria... Privada?]

Mensaje por Strindgaard el Lun Sep 19, 2016 5:53 pm

La espada salió de su vaina en lo que pareció llenar todo el espacio de la sala. Creo que me encogí varios centímetros al ver aquel trozo de metal refulgente, fue increíble darme cuenta que pronto estaría fuera, y de vuelta en el mar, y todo gracias a aquella espada y quien la portaba.
El orco dio un solo paso hacia los guardias y ambos retrocedieron como animales asustados hasta pegar sus espaldas a la gran puerta de doble hoja de madera barnizada. Sus rostros estaban siendo consumidos por el pavor, blancos como cera; sin duda sabían que iban a morir. Y que no podrían hacer absolutamente nada para evitarlo. Espero nunca sentirme en mi vida igual de esa manera. Casi sentí pena por ellos. Casi.

La puerta principal y nuestro pase a la libertad estaba a pocos metros de nosotros, más allá Ciudad Esmeralda se asomaba en forma de calles y noche. Los guardias sudaban a mares, y en sus ojos de corderos se reflejaba el verdor oscuro del orco. Ya no podía esperar a que los partiera como a una barra de pan, estaba extasiado.
Solo estaba a unos pasos de largarme de allí.
Duneyrr dio otro paso hacia ellos, pude reconocer a uno de los guardias como el tipo que me acarreó hasta aquel lugar.
¿Así que el calabozo no está hecho de esmeralda? Pues abajo encontré algo mucho más verde y mejor que la fea gema que cubre todo como un moco de troll.
El otro era el que traía la comida. Duneyrr se detuvo y les habló.
Abran paso. No deseo causarles daño.
Ambos se quedaron muy quietos tapando la puerta. Quizá estaban catatónicos. Era una posibilidad.
Debemos cumplir con nuestro deber —Contestó uno de ellos. Respuesta equivocada.
Nunca había conocido a dos personas con más ganas de morir.

Rrickard. No pude hallar la paz que tanto buscaba. Y kreo que no lo haré jamás. No estoy hecho para ella. Ya no deseo estar aquí más. Deseo mi espada y mi libertad. Hazte a un lado y te perdonaré la vida.
Aún con la daga en las manos, me deslicé por la pared oriental para no recibir el siseo de la espada cuando cayera sobre esos dos.
El hombre que nos alimentaba miró a su compañero y éste giró sus órbitas que no parecían querer perder de vista al orco para dedicarle un vistazo. Rickard titubeaba.
Maldito hijo de puta. Quédate en tu lugar.
El guardia bajó su espada y se hizo a un lado. Luego, y aunque nunca perdí de vista a Duneyrr, no pude captar el instante en que su filosa espada clavó su punta en el vientre del otro guardia, atravesando la puerta en el acto.


Última edición por Strindgaard el Jue Sep 22, 2016 2:59 am, editado 1 vez



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Re: No Todo el que Anda Errante está Perdido [¿Solitaria... Privada?]

Mensaje por Duneyrr el Lun Sep 19, 2016 6:10 pm

El joven guardia se hizo hasta el rincón de la sala y Duneyrr sacó la puerta de su sitio al retirar la punta de su espada que había quedado clavada. El cuerpo del guardia muerto se partió en dos por el vientre y sus entrañas se esparcieron con un débil sonido de gorgoteo y el silbido de un grito proferido por el ahora difunto.

El orco había quedado impresionado por lo sencillo que había resultado matar nuevamente. Ningún titubeo, ninguna consideración. Su espada había sido la extensión de su mano, se movió como un dedo de hojalata, brillante y sediento de sangre. Rickard se arrodilló en la orilla, el orco le miró un instante y asintió en forma de despedida, y de agradecimiento. Aquel hombre no le había hecho daño, no más que el que había matado, pero aun así no se merecía morir.

Sin perder el tiempo, el orco atravesó la apertura para disfrutar del aire fresco de la noche. Las estrellas besaron su piel y su cuerpo, refractando en su espada de acero. El orco limpió la punta machada de sangre, astillas de huesos y madera y la envainó.
¿Ahora hacia dónde?

El humano comenzó a otear la calle en donde se encontraban, alrededor, casas verdes y farolas brillantes era todo lo que se veía, además de árboles en cada esquina y una fuente lejana en la intersección de una calle. El orco no recordaba por qué sitio había llegado ahí, y esperaba que el hombre de la capa lo hiciera.
De pronto el rostro se le iluminó.
La Rama de Zuìè apunta al sur. El mar estaba al este. Es por aquí.

Duneyrr asintió y comenzaron a correr en la dirección que había apuntado el humano con su blanquecina mano.
El zigzagueante movimiento del humano le hizo quedar a la zaga del orco en poco tiempo. Y si bien ahora eran libres, y cada uno podía hacer lo que quisiera, Duneyrr sentía que le debía su libertad.

Se detuvo y lo cargó.

El orco corrió soportando el gran peso de su armadura, su espada y el pequeño peso del humano hasta las puertas de la ciudad, las que a pesar de la hora, estaban abiertas de par en par.
Libertad, libertad, libertad, libertad.
Shhhh. —Gruñó el orco a cielo, donde el invisible cuervo sobrevolaba.

Atravesaron la puerta del este, y casi se podía oler el salado sabor del mar.
Ambos continuaron corriendo (el orco cargando al humano) hasta estar lo suficientemente lejos de la ciudad para perder sus muros de vista, aunque la torre más alta y frágil de todo Esmeralda los vigiló en todo momento.
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Re: No Todo el que Anda Errante está Perdido [¿Solitaria... Privada?]

Mensaje por Strindgaard el Lun Sep 19, 2016 6:23 pm

Al dejar atrás el edificio pude sentir el frío abrazo de la noche en todo mi cuerpo, tragué un buen trago de aire nocturno y sentí el mareo recorrerme como una goleta al son del mar.
¿Ahora hacia dónde?
Parpadeé para ordenar las cosas en mi cabeza, comencé a mirar hacia todos lados; era la primera vez que pisaba Esmeralda, y por más que mirase hacia todos lados tratando de ubicarme, todas las amplias calles se abrían hacia un lado u otro sin sentido alguno.
Las farolas las iluminaban con sus limpias luces y los árboles en flor eran presos de la primavera. Nada me decía nada para poder ubicarme. Me froté la barbilla, el alcohol me estaba haciendo efecto. Traté de recordar lo que aprendí en el Ardent sobre navegación.
La respuesta era sencilla. Miré al cielo.
La Rama de Zuìè apunta al sur. El mar estaba al este. Es por aquí.

Ambos corrimos por las calles vacías de la ciudad, y a pesar de que no soy un mal corredor, las zancadas de tres metros de Duneyrr me dejaron atrás muy pronto.
La tercera vez que quedé rezagado me agarró por la cintura y me cargó como un fardo.
Sí, los, dioses, me, vieran… —Dije mientras rebotaba como una pelota de hule.
Esmeralda quedó a mi espalda pronto, y todo lo que había presenciado dentro de sus muros pronto sería una anécdota más en mis anales.
Apenas dejamos atrás las puertas decidimos continuar por el camino principal siempre vigilando que nadie apareciera por nuestra retaguardia. Hubiera sido mucho más seguro viajar escondidos por el bosque, pero hacer avanzar aquella mole por entre los árboles hubiera tomado días.

Hubiera sido buena idea robar unos caballos.
Nosotros no montamos.
Ya me imagino el porqué.
¿Krees que nos sigan?
Creo que, con todo el ruido que metiste al correr por medio Esmeralda, has alertado a todos los cuarteles.
Eso no suena bien.
Es mejor que comiences a rezar a tu Wekuneggen.
No funciona así. No se le puede rezar…
Ya habrá algún día en que me puedas explicar detenidamente. Ahora continuemos.

Estoy totalmente seguro de que habíamos recorrido mucho trecho, la torre de Ozma no era más que una aguja lejana por sobre las copas de los árboles en el camino principal. La noche seguía cubriendo todo con su fría manta, y en el silencio reinante no fue difícil oír el sonido de los cascos de caballos.
Mierda. Ya vienen por nosotros. Y parece ser toda la caballería de la ciudad.



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Re: No Todo el que Anda Errante está Perdido [¿Solitaria... Privada?]

Mensaje por Duneyrr el Lun Sep 19, 2016 7:58 pm

Los caballos y sus jinetes eran ecos en el camino, como espíritus llamados por las sombras de la noche. El mar se abría a lo lejos, no eran más de dos kilómetros, la brisa marina era fuerte y salobre, las gaviotas podían verse recortadas en el grisáceo cielo que engullía a las estrellas para dejar paso al sol.

Falta poco.
El orco estaba cansado, bajó al humano y ambos se deslizaron como piezas de ajedrez por el camino de baldosas amarillas. Dejaron el amparo de los árboles, el puerto se veía cerca.
Solo un poco más.

El  bosque comenzó a regurgitar uno a uno, los caballos como una tromba de patas y cascos, y de pronto una docena de ellos les mordía los talones al orco y al humano. Armaduras y lanzas en ristre, una bandera ondeando de la capitanía de Ciudad Esmeralda. Lo que se avecinaba para los reos no pintaba nada bien.
Jodidos jinetes, son demasiados. Estamos perdidos.
Esperemos a que se acerquen un poco más y cúbrete los ojos.

El orco sacó al Padre de las Espadas y se preparó para recibir una lluvia de lanzas. Los jinetes comenzaron a rodearlos, les cerraron en paso y los hicieron detener.
¡ALTO EN NOMBRE DE LA GUARDIA!
¡NO SE MUEVAN O LOS TRINCHAMOS!
Ahora, cúbrete.

El humano se envolvió la cara dentro de su capa, el orco pronunció las palabras de poder y su cuerpo comenzó a brillar con el tenue brillo de un amanecer.
¡DESISTE ORCO!

El brillo cegó a los jinetes, sus caballos piafaron con locura mientras sus pupilas se achicaban víctimas de la luz.

Ahora era momento de huir, pero Duneyrr no estaba para esas cosas. Abanicó su espada como si se tratara de un campesino con la hoz. El trigo maduro fue sesgado sin problemas, el acero se partió como hierro viejo, las lanzas fueron trozadas y los cuerpos cayeron bajo el yugo del mandoble.

El orco mató a cuatro jinetes con un solo golpe, el humano se fue de espaldas cuando el orco lo apartó para apostar su espada contra el otro grupo. Varios caballos fueron muertos en el acto, los otros, con el hedor oxido de la sangre comenzaron a desbocarse y correr sin sentido. El orco cayó sobre el resto, ansioso de dar muerte, gritando alguna frase en su idioma que se perdió en la brisa de la madrugada.

La docena de jinetes apenas le blandió un par de pinchazos con sus lanzas antes de morir o huir en desbanda, los adoquines dorados se mancharon de rojo.
¿Qué ha sucedido? —Dijo Strindgaard cuando sacó la cabeza de entre su capa.
Ya nadie nos seguirá. —Contestó Duneyrr.


Última edición por Duneyrr el Vie Sep 23, 2016 2:39 am, editado 1 vez
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Re: No Todo el que Anda Errante está Perdido [¿Solitaria... Privada?]

Mensaje por Strindgaard el Miér Sep 21, 2016 5:55 pm

El brillo de aquel monstruo traspasó las pieles de mis demonios y me cegó por varios segundos, en los que pude oír atónito el combate que se desarrollaba a mí alrededor. El grito de los hombres y el silbar del enorme mandoble, luego el choque del acero contra el acero y las lanzas astillarse. Pude oír claramente el aullido de un caballo y como la sangre caía, como salida de un surtidor en las baldosas amarillas. Con las palmas apretando mis ojos, con dolor y espanto, traté de ponerme lejos de ellos.

El rugido del orco y su gruñido de batalla sesgaron el aire matutino, y me lanzó al suelo al pasar con sus pisadas de titán. Resbalé en la sangre, caí de rodillas y parpadeé frenéticamente, tratando de recobrar la vista mientras sostenía la daga al frente con una mano temblorosa. Fue un instante desesperante, sin poder saber si una lanza me atravesaría como a un muñeco de paja.
Pude oír como los cuerpos caían al suelo, a mis costados, tan fuertes y pesados como el derrumbar de un árbol, los caballos sin vida caían con un hilo de agonía. Tan cerca mío que podía oler su tibio hedor a sangre, como cuando te sirven un trozo de carne a medio cocer. Palpe uno de esos cuerpos, me corté con una espada al pasar la mano por el lugar equivocado. Me puse de pie y volví a tropezar, mientras escuchaba la piel desgarrarse y el grito de los hombres. Era una maldita carnicería.

No pasaron más de dos minutos, la espada dejó de trabajar y el camino quedó sumido en un silencio artificial que solo era roto por las gaviotas y el galope de algún jinete que huyó en desbanda.
En los oídos tenía un extraño pitido y mi cara estaba pringada y pegajosa de rojo. Me pasé la capa para quitar la sangre, pero la capa también estaba empapada.

Abrí los ojos todo lo que pude, ya podía ver algunas siluetas recortadas.
¿Qué ha sucedido? —Todo lo que podía ver eran manchas de rojo y verde sobre el amarillo. Más allá un alta torre sosteniendo un trozo de metal que brillaba con las últimas luces de las lunas. La torre se giró hacia mí y me ayudo a ponerme de pie.
Ya nadie nos seguirá. —Era la misma voz calmada del orco que había conocido en la celda.
¿Los has matado a todos? —Pregunté incrédulo. Ya sabía la respuesta, pero era imposible no preguntar.
Él no contestó. Sentí sus pasos alejarse por el camino. Traté de no resbalar y lo seguí, no era difícil perderlo de vista aun cuando los ojos me fallaban.
Nunca había visto a un orco luchar. Y me lo he perdido. Debió ser terriblemente genial.
Duneyrr soltó un gruñido y se detuvo. Enfundó su espada luego de limpiarla con un gran trozo de tela verde. Una capa. Oí un aleteo.
Asesino, asesino, asesino. —No sabía si me estaba saludando igual que la última vez, o estaba refiriéndose al orco.
No hay nada de genial en quitar una vida. Pero así como el león debe matar para alimentarse, yo debo matar para sobrevivir.
Algo muy loable, mi gentil compañero. —Dije, evitando continuar con el tema.

Seguí caminando, pero el orco se quedó atrás. Me giré.
Vamos, el puerto nos espera.
El puer-to no tiene nada para mí. —Ya podía distinguir al cuervo en su hombro y su armadura.
¿A dónde irás entonces?
El orco miró hacia el noroeste. Ya podía distinguir las líneas de su rostro.
Iré hacia Drakefang. Ya probé el verdor de los bosques y el rojo del desierto, ahora es tiempo de probar el azul de las montañas.
Miré incrédulo a Duneyrr.
Para llegar a las montañas de Drakefang deberás pasar por Zhakesh, nadie se atreve a pasar por allí. Solo hay ruinas y necromantes.
Ruinas, ruinas. Ruinas, ruinas.
Entonces nadie me seguirá. —Dijo con un deje de esperanza. No quería apagarlas tan rápido, pero lo que habíamos hecho sabía que no quedaría impune. Lo seguirían.
Es más factible que rodees el continente de Thargund por barco y desembarques directamente en Zhak'Thurgond. Así no tendrás a nadie siguiéndote con una lanza por la espalda.
Iré a pie.
Alcé los hombros, despreocupado. Era una pena no poder convencerlo de que me siguiera, hubiera sido un buen aporte en el Ardent, o ayudándome a robar un barco.
Bien. Entonces aquí nuestros caminos se separan. Fue un gusto, orco.
Estiré la mano hacia arriba.
Un gusto, sí. Huma-no.

Duneyrr estiró su mano, mi palma parecía una pequeña avecilla en la gran pala que tenía por garra.
Me largué sin más. Corriendo y caminando alternadamente hasta el puerto, fueron los dos kilómetros más largos de mi vida. Al fin estaba libre, y aunque no había probado las celdas más de dos días, era terriblemente exquisito poder sentir el aire en el rostro y ver un amanecer.
Cuando me acerqué al puerto todo estaba en una lenta quietud. Luces apagadas, casas silenciosas y calles vacías. Al parecer los sonidos de la lucha no los habían despertado, o quizá los había asustado y ahora estaban escondidos. Me paseé por las avenidas sin disimulo, amparado por los últimos jirones de la noche. El puerto estaba más cerca, mi sonrisa se fue ensanchando. Cuando la brisa marina me golpeó en la cara y tuve el mar abriéndose frente a mí la dicha me llenó como se llena una botella de vino. Pero allí no había ningún galeón.

Varias veletas o goletas con sus velas cerradas como las de una mariposa, una carabela y lo que parecía ser el Ardent, pero resultó ser una carraca reposaban en el mar, anclados al puerto.
Tenía que huir, no podía quedarme a esperar a que apareciera mi barco. Me di una larga vuelta para no ser advertido desde lejos, los pequeños barcos estaban anclados, flotando en la orilla sin protección. Sus dueños, pescadores, estaban despertando ya seguro, no me quedaba mucho más tiempo.
Me acerqué por la orilla con confianza, la daga bajo la manga y listo para usarla si era necesario. Elegí un barco que tuviera vela, su mástil reposaba dentro junto con la tela blanca, tenía en medio un sitio donde se colocaba el palo mayor, debía de ser así para que alternar el barco para usarlo a remo y a vela. Parecía tan bueno como cualquier otro. Leí su nombre: Doce Pasos. ¿Qué carajo significaba eso?

Había entre las tablas una caña de pescar, algunos anzuelos sueltos y dos rollos de hilo, una caja de madera cerrada con un pequeño candado que parecía fácil de reventar, y varias cajas envueltas con malla de metal, para atrapar cangrejos, seguramente.
Me deslicé hacía dentro, levanté el ancla y cogí los remos, erguí la espalda y comencé a palear el agua sin hacer mucho ruido. Lo demás no fue más fácil que huir de la cárcel, pero logré meterme en alta mar antes de que alguien pudiera notar que les estaba robando o que los brazos me estallaran por el esfuerzo.
Cómo iba a extrañar tener un orco que me quitara los problemas de encima con un espadazo, a pesar de ser un bruto y tener un acento en el que podría colgar las botas, tenía un alma generosa.

Suspiré y tomé un trago de vino. El Ardent no estaba en el puerto y me tomaría un tiempo encontrarlo, quizá hasta se hubiera marchado de vuelta a Nandra. No tenía alimento ni agua. Abrí la caja de madera luego de luchar con el candado por más de quince minutos, dentro tenía muchísimos compartimientos, y en ellos había más anzuelos de distintos tamaños y colores, plomos, tijeras, y una pequeña cuchilla. Solo me faltaba aprender a pescar. ¿Qué tal difícil sería?



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Re: No Todo el que Anda Errante está Perdido [¿Solitaria... Privada?]

Mensaje por Duneyrr el Vie Sep 23, 2016 2:36 am

Duneyrr vio perderse la sombra del humano en los reveses de la niebla matutina.

Se llevó la mano al antebrazo y se sacó una punta de lanza, cogiéndola entre el índice y el pulgar. Tenía varias otras heridas, pero nada grave. Miró su sangre, igual de roja que la de los caballos y loa guardias muertos, hizo una mueca, sabía que sus muertes habían sido necesarias.

Pero quizá las hubiera podido evitar.
Quizá en otra vida.
Vida, vida, vida.
El orco se limpió la sangre de los dedos y tiró el trozo de lanza (que en sus manos parecía un mondadientes), oteó la única torre que aún se podía ver de Esmeralda, y suspiró aliviado.
Vida. —Susurró asintiendo para sí.

Dejó atrás el puerto, allí no había nada para él. Había que ser realistas, él no era un lobo marino, y solo viajaba en barcos cuando era estrictamente necesario. Es que media tonelada de músculo no tiene mucha cabida en un bote, en especial cuando se hunden.

Hubiera sido agradable viajar con una cara conocida, pero ser un orco, excepto cuando se trata de machacar a alguien o algo, tiene muchas desventajas. Hubiera tenido que robar un barco que soportara sus proporciones, un galeón, por ejemplo, y los galeones suelen tener mucha gente a bordo, y lo último que necesitaba Duneyrr era más sangre en sus manos.

Se alejó del camino, con Cuervo durmiendo en su hombro, aquel cuervo era un ave muy sencilla, si había que comer, comía, si había que dormir, dormía. Si había que… Bueno, se entiende la idea.

Luego de que El Padre de las Espadas regresara a su vaina, los brazos del orco quedaron algo rígidos de dolor y con cierto escozor. Tardaría un tiempo en volver a estar fuertes para esgrimir de manera adecuada su mandoble, pero tenía mucho tiempo por delante para entrenar.
Era extraño vestir nuevamente la armadura luego de casi un mes de no llevar nada sobre los hombros, pero su cuerpo se acostumbraría de igual manera que con su arma. Se miró las manos y descubrió manchas de sangre seca, se detuvo, luego de haberse adentrado lo suficiente y revisó el resto de su cuerpo hasta encontrar una herida bajo su pierna. Era un problema a veces tener un buen aguante del dolor, ya que muchas veces pasas de largo algunas heridas.

Habían pasado algunas horas de haber dejado atrás el camino empedrado de baldosas amarillas, pronto amanecería, el inhóspito bosque que separaba los dos continentes se abría ante él entre verdores. Iba a ser un día caluroso.
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