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La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

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La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Strindgaard el Miér Sep 28, 2016 6:36 pm


El sol desgarraba el cielo del oeste con sus últimos rayos, llenando de rojo y púrpura las pocas nubes que giraban en él, y enrojeciendo también, como si se tratara de un espejo, el turbulento y misterioso mar del golfo que se creaba entre Thargund y Djoskn. Al parecer sería otra noche tranquila, el mar retozaba, blandiendo de espuma sus pequeñas olas, el viento mecía mi barco como una hoja perdida y yo iba pensando en lo extraño que era que aquellos mares no tuvieran nombre, ¿cómo rayos hacían los marinos para referirse a ellos? ¿Acaso todo simplemente era el mar y ya?
El cielo pronto se oscurecería y las estrellas me harían una sutil compañía mientras flotaba en busca de ayuda. Metí los remos dentro del navío, recogí el velamen y me preparé para otra noche de infinito silencio.

Ya llevaba siete días surcando El Mar Sin Nombre en mi pequeña barcaza pesquera, perdido en algún punto entre los dos continentes. Para ese entonces cualquier demonio, persona o todas las razas que existen entre ambos, se hubiera topado ya con un barco comerciante, pero yo no había avistado una vela desde que había dejado atrás Puerto Esmeralda, en mi dichosa huida de la cárcel junto con Duneyrr, aquel orco con problemas morales.
Suspiré, maldiciendo mi suerte para mis adentros, al parecer me encontraba alejado de las rutas comerciales, de las rutas pesqueras y hasta de las rutas de los piratas. De seguro moriría de sed. Aquello, para cualquier otro mortal seguro tenía algún matiz siniestro y pesaroso, pero yo sentía un ligero gusto a libertad en todo eso.  Estaba disfrutando la soledad, podía escribir sin ningún tapujo en mi pequeño diario, y toda aquella experiencia de navegante sacaba de mí cosas que no sabía que existían.

Tan solo me quedaba media botella de agua, a la que visitaba solo una o dos veces al día dando pequeños sorbos. Por comida no tenía más que galletas duras, y claro, el hermoso ejemplar de tiburón tigre que me costó casi la vida capturar. Lo había cazado la noche anterior, y ya me había comido casi un cuarto de él crudo (y resultó un milagro no haber enfermado por esto). Pronto se pudriría y lo tendría que tirar, pero me dejaría algo de cebo para poder pescar.
Recogí mi diario y lápiz, sin luz no me servían de nada, los guardé en mi morral y miré el mar reflejar el ocaso. Infinito mar hacia cualquier lado donde se mirase.
Estoy podrido de tanta agua. —Susurré—. Los mares tendrían que ser de vino.

Con la noche en ciernes, y la oscuridad cerrando su puño sobre mí, solo me fue posible oír como aquella nave lejana rompía las olas por estribor. Oteé el horizonte con el corazón en un puño, con la sensación agridulce de ser salvado cuando recién comenzaba a gustarme permanecer naufrago, pero pronto la parte de felicidad que me embargaba se me fue hasta los pies cuando vi la bandera negra.
Me recliné y cogí el arpón que guardaba bajo las tablas, con la otra mano sujeté la botella de vino blanco que me seguía como un compañero fiel, y bebí todo su contenido. Necesitaba esas fuerzas para lo que se me avecinaba.
El barco era una mancha oscura recortando el horizonte, llenándose de colores rojizos del atardecer. Cuando estuvo lo suficientemente cerca pude notar que bajo sus luces de cubierta había harapientas figuras que parecían bailar al ir de aquí para allá.
Una de ellas se asomó por la baranda.

¡¡HEEEEEYY El de la barca!! ¡Detente y enciende el fanal de popa o juro que por todos los demonios que irás a lamerle el culo a los tiburones!
¡No tengo fanal! —Grité de vuelta—. ¡Justamente se lo comió un tiburón!
Oí algunas risas quedas, el barco, con gran presteza se me acercó por babor sin alcanzar a tocar mi barcaza. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, una escalera de cuerda cayó por la borda hasta mi pequeño reino y dos piratas bajaron como monos amaestrados por la cuerda, cuando faltó un metro saltaron, haciendo que toda la barcaza temblara, yo mantuve el equilibrio sin irme por el costado demostrando que había aprendido una que otra cosa en mis solitarios días.
Eran dos humanos, de piel curtida por la sal y el viento, tostados y feos a más no poder. Uno de ellos se puso a husmear como una rata por todos los rincones de mi barca, el otro, con sable en mano y una boca de dientes que me recordaban el color de la caoba pulida, me sonrió.

¿Naufragaste pescador?
Digamos que la pesca no ha ido bien.
Tira eso. —Apuntó con la punta de su filoso sable mi arpón. Lo tiré a un lado, de todas maneras no lo necesitaba, ya estaba jodido.
No pareces ser pescador. —Dijo mientras me miraba de arriba abajo entrecerrando los ojos—. Muéstrame las manos. —Las estiré, el pirata me giró las palmas y revisó los dedos—. Definitivamente no eres pescador. ¿Qué hiciste con el dueño de la barca?
No le hice nada. —Contesté encogiéndome de hombros—. La robé cuando él no estaba.

Desde arriba alguien gritó:
¡¿Y bien?!
No trae tesoros consigo, capitán. Sólo jaulas vacías y galletas duras. —Respondió la rata.
Baja las manos y recoge tus cosas. Vendrás con nosotros. —El pirata miró hacia la escalera, me hizo un ademán bastante amable y con una sonrisa irónica me dijo—: Después de ti.
Con las últimas luces del día dejé atrás a lo que había sido mi hogar por la última semana, mi tiburón y mi valor.

Subí sin mucho esfuerzo, el vino me había ayudado a sortear el primer tramo de mi aventura, esperé que en cubierta me dieran algo de ron antes de matarme.
Caí de rodillas y me puse de pie lentamente, había en todas las tablas pulidas manchas de sangre vieja y algo de arena.
Venga muchacho, alza la vista. —Algunas risas surcaron el barco.
No me había dado cuenta que tenía la mirada pegada al suelo. Apreté los puños y me armé de valor. Lo primero que noté fue que la mayoría iba descalzo, seguí subiendo, todos llevaban espadas de diferentes tipos y tamaños, y pistolas, todo muy usado y desgastado a más no poder. Subí más, también noté asombrado  que iban vestidos como niños a los que hubieran interrumpido mientras saqueaban el vestuario de un teatro; harapos, ropa de la más sencilla hasta la más fastuosa, siempre llena de algún hoyo o a medio remendar. Y todos los rostros, por supuesto, estaban surcados de cicatrices, cual más lleno, formando dibujos irregulares. Una gran pandilla de piratas, inocentes salvajes, como aves depredadoras, me miraban y conversaban entre ellos.

Uno de los piratas se adelantó del gran corro que formaban, y subió por la escalerilla del castillo de proa con una agilidad desmesurada,  junto a él, una mancha verde aleteó hasta posarse en su hombro, cuando el hombre se volvió y se echó hacia atrás el sombrero de tres picos, pude ver las profundas arrugas que recorrían sus mejillas oscuras, y la cantidad de gris que había en su pelo negro. El pirata me examinó, y sonrió entrecerrando los ojos y enseñando muchos dientes. —Muchachito. —Dijo, haciendo que su recia voz humorística cortara las conversaciones—. Mi nombre es Alócer, pero me llaman El Poeta.
¡El diablooo! —Dijo el loro en su hombro con voz cantarina—. ¡Prr, el diablo!
Somos caballeros de la fortuna y os hemos capturado porque así lo hacemos con todo lo que flota sobre la brillosa espalda de los doce mares… —Varios piratas asintieron, oí risas quedas y murmullos—… Y para ver si lleváis con vosotros objetos capaces de encender la mecha de nuestro humedecido interés. Samwell, Pyp.

Dos hombres se me acercaron y me revisaron como si mi cuerpo y pertenencias fueran de uso público.
Los doblones pa’l loro, los doblones pa’l loro. Prrr.
Una calavera, un cuaderno, lápices de carbón, muda de ropa, un par de botas, dos kull de plata y una vieja daga.
¡Me pido la daga! —Gritó alguien desde atrás.
Bueno… En vista que solo ostentáis la preciada virtud de la pobreza… —Los dos tipos dejaron mis cosas, me agarraron por los brazos y me acercaron a la baranda de babor— ...Seréis invitado a visitar el fresco y cristalino reino de los peces.
¡Hey, no, un momento! ¡Devolvedme a mi barcaza al menos!
Ese no es tu barco, ladrón. Los pescadores no se alejan tanto de la costa.
¿Para qué deseáis regresar a tu pequeño navío? Mejor prueba el beso de sal de la mar y acaba con tu sufrimiento de una buena vez.

Llegamos a babor, al parecer era más liviano de lo que pensaba, me pasaron por sobre la baranda con un simple movimiento y me dejaron colgando. Abajo el mar rompía contra el casco en tranquilas olas.
¡Esperad! ¡Os puedo servir de ayuda, soy médico! —Los murmullos y conversaciones se incrementaron, los dos tipos que me sujetaban se miraron entre ellos—. Podría servirles.
Alócer bajó con sinuosa agilidad del castillo de proa y se movió hasta mí como si flotara por el aire.
— ¿Así que un médico, dices? —El capitán me miró girando un poco la cabeza, su loro aleteó en su hombro—. No parecéis un matasanos. Más bien me pareces un imberbe muchacho que eligió mal sus cartas en la vida.

No, no. Os lo puedo demostrar. —Dije sin poder evitar que el miedo se escapara entre mis palabras.
Está bien. —Dijo el capitán—. Subidlo.
Los piratas me devolvieron al barco, nunca pensé que volver a sentir esas tablas bajo los pies me daría tanta felicidad. Pero aquello duró poco, Alócer, con una sonrisa sacó de su chaqueta una bonita navaja de afeitar con un filo agudísimo, gravado de oro en la hoja y mango de marfil.
Sujetadle el brazo.
Los piratas rieron mientras uno de los que me había llevado en volandas hasta babor me sujetaba el brazo.
¡No, no! ¡¿Qué hace?!  
Alócer posó la hoja y me cortó el limpiamente desde el antebrazo hasta la muñeca, cuidando de no hacer un corte tan profundo que comprometiera algún tendón. Los piratas eran un coro de risas allá lejos, el dolor se extendió como un trago de aguardiente por todo mi cuerpo. Me sentí algo mareado y no me di cuenta que estaba gritando hasta que el grito se alejó de mi garganta para dejarla dolorida y ronca.
Bien. Si tu brazo se recupera sin ningún problema, os dejaré ser el médico de este lugar.





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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Amethist el Mar Nov 08, 2016 6:38 pm

I. De torturas y tartas

El aroma marino me traía recuerdos, dejos indelebles de otra vida, un fantasma quejoso, a veces testarudo, habitante de la alacena de la memoria. Mientras el sol se ocultaba tras el horizonte, pintado de blanco por la espuma de las olas, podía apreciar desde lo alto del mástil mayor cómo el mundo era infinito y el agua lo llenaba con su presencia poderosa.

-¡El diablooo!- estiró en un graznido el pájaro del capitán mientras los pensamientos se agolpaban tras la realidad que acababa de atraer el ave: otra vez sentía ganas de orinar. Cualquiera pensaría que era solo cuestión de desatar y descansar, pero los nudos del maestre eran tales que la liberación solo podría darse por mano que no fuera la mía. En otras palabras, no habría manera de soltar aquella fuente fluvial sin que toda la tripulación diera cuenta de ello y empezara de nuevo la mofa humillante.

“Es un castigo, a fin de cuentas. Lo que pretende es eso, ejemplificar”, suspiré, resoplando al animal mientras castañeaba los dientes y apretaba las piernas.

Vestido de Amethist:


El vestido de Eblumia, apenas una tela a cuadros rojos y negros que discurría desde el pecho hacía terminar en una falda bajo las pantorrillas, no ofrecía mucha protección contra los rayos del sol en medio del día. Las horas se hicieron largas, pero aún más cuando el astro rey las alumbraba con toda su ferocidad. Al final, lamenté tener encima cada prenda que portaba: desde las sandalias hasta aquellas telas pesadas, echas para resistir los vientos fríos del valle de las ondinas más no para la vida en alta mar, y aquello sólo me hacía renegar en lo desgraciado que había sido mi maestro para que aún en ese momento, lejos de su ceguera y sus ideas, lo estuviera recordando.

-Con que me hubiese comprado otra ropa, hubiese tenido para esto…- pensé.

-Te mereces todo lo que te pasa por imbécil, alada…-restregó maliciosa la daga, haciéndome sentir más fastidiada.

Moví las manos, pero las amarras estaban bien anudadas. Corrían por mi cintura y discurrían hasta la barriga, dejando los brazos no caídos sino apresados atrás, rodeando el mástil. Aun cuando en un primer intento había tratado la magia para crear una miserable estaca con el sudor de mi propio cuerpo, y serruchar con ella los nudos, aquello sólo me había dejado con cortadas notadas en las manos. ¡Dolían como el demonio! Pero no más que las quemaduras que dejara el astro mayor sobre los hombros y las pantorrillas. De pronto me vi horas atrás protestando hacia la Divina Providencia por tener una tez tan pálida ante un sol tan abrazador. ¡Mejor ser negro, donde la piel ya está naturalmente tostada!, clamé taciturna a la tarde, sin percatarme en el desconcierto que crecía sobre popa. Y es que, sin remedio, hasta en estupideces de esa talla la vida se ensanchaba conmigo. Para completar el cuadro, en mi intento infantil de escape, una que otra astilla de hielo se había calado entre las uñas, derritiéndose entre la carne y evaporándose ante el calor, dejándome con una sensación extraña de ardor ausente.

-Así que médico dices… No parecéis un matasanos. Más bien me pareces un imberbe muchacho que eligió mal sus cartas en la vida.

La voz del capitán, alzándose sobre los demás me distrajo de la cadena de pensamientos que se hilvana sin cuartel entorno a las desgracias. Con la cabeza gacha, los observé, a pesar de que poco a poco se abría la noche tras el vaivén de la embarcación: se trataba de los mismos granujas de siempre, rodeando al nuevo entre ellos. Sin embargo, éste tenía algo peculiar. No podría decir que era olor, pues a esas alturas difícilmente podría distinguir de cerdos entre… cerdos. El sentido del gusto lo tenía alterado dada la salinidad del ambiente, que se pegaba a la piel como un sello indeleble propio solo a aquellos que se aventuran a cruzar la inmensidad marina. Tampoco era su porte, difícil para adivinar su procedencia en aquellos rasgos oscuros de mirada insípida como acaramelada.  Sin embargo, algo tenía aquel que sólo decía “no, no” a una turba de piratas con ojos embotados que sin hablar coreaban con mezquindad el “sí”.

-No nos importa.

-Lo sé. Pero…

—Sujetadle el brazo- tronó el capitán.

La algarabía de la turba se mezcló con la malicia del ambiente. La noche llegaba apacible con el movimiento acompasado de un mar tranquilo, escenario perfecto para lo que sería una de las tantas manifestaciones de crueldad entre aquellas bestias.

Apoyé cansina la cabeza sobre el mástil y cerré los ojos. El sudor me corría por la espalda y la frente, mientras trataba de tocarme las puntas de los dedos para alivianar el dolor que dejara las astillas; desde lo alto la tragedia se decantaba y yo padecía de fuerzas para incluso alimentar la curiosidad. La piel me abrazaba, los gritos del nuevo llegaban como fantasmas lejanos que quería espantar, y yo de pronto, en una ráfaga de viento, terminé cenando mi propio cabello.

-¡Maldita sea!- escupí.

-¡No, no!

Oí con el eco.

-Tiene algo, ¿no lo sientes?- advertí de nuevo para sí.

-Por supuesto… huele, mira, siente.

-¿Qué debo sentir, maldita voz?

-Que de él no tengo hambre.

Por primera vez abrí los ojos de par en par y bajé la mirada. Las fuerzas de pronto volvieron, así como el espíritu de no dejarme vencer ante el cansancio de un castigo mal habido. El hombre exhibía una raja en su brazo, absorto, sino consternado por lo que acababa de pasar. El capitán con petulancia bufó, dándole la espalda.

-Tienes razón…- aclaré a esa voz maligna que siempre me acompaña: -Es diferente.

-Sí… huele a mí.

Los ojos del capitán se encontraron con los míos, y como si las huellas del sol le revelaran el ardor que me había ocasionado, sonrió malevo.

Otra mirada también le seguía de cerca, la del mulato. De unos 15 años, sino menos, desnutrido por las calamidades de una vida hostil y trajes roídos tras las arduas jornadas limpiando pisos, pelando papas o durmiendo sobre la misma ceniza que yo lo hiciera días atrás, aquel muchachito de tez oscura, cabellos ensortijados y ojos enormes como el ébano, pasaba de observar con temor la rudeza de aquel hombre al que ni se atrevía a dirigir la palabra, y luego alzaba el rostro para clavar su mirada en la mía.

-¡Maldito caliente malnacido!

-Calla

-Y todavía mira… nos mira…

No quería sonreír ante el enojo de la daga y la aprensión del mozalbete. Sabía que, de esbozar si quiera una sonrisa, el capitán me tendría allí un día más. Y no lo podía aguantar. Los pies apenas si los sentía, las tripas me rugían de hambre, las manos estaban entumidas, pero sobre todo eran las ganas de mear las que hacían inclemente mi capacidad para desafiar aún más la autoridad. Mi vejiga se había quedado sin arrugas que ocupar. Y es que, en la mirada del jefe de toda aquella gentuza, veía lo que quería: demostrar su poder así fuera apostándole al temor de sus propias creencias.

-Negro imbécil, ¡qué deje de mirarnos!

“Calla”. No sabía cómo explicarle a aquella voz, que aun cuando todo se había dado como se había dado, nada podría hacer para cambiar los hechos del pasado. Mis hombros quemados, el rostro acalorado, las piernas cuarteadas, el ardor entre las uñas, los cortes dejados por las astillas de la tundra, todo, se hubiese prevenido si desde el comienzo hubiese abierto la boca, pero mis labios permanecerían sellados hasta que aquella penitencia terminara. La razón poco entiende de ética, y eso lo había aprendido gracias a la daga maldita que me acompañaba. Ella, sencillamente, no entendía de razones éticas, sino de lógica interesada.  

¿Cómo explicarle a aquella presencia despiadada que mi destino era nada al lado de lo que hubiese pasado si mis labios hubiesen dicho la verdad?

Yo era aquella que, infamia o no, ostentaba entre las lenguas de aquellos mugrosos el nombre de hechicera, ondina de los mares, señora de las aguas. A mí no me tocarían aun cuando fuera la única ramera del lugar. Pues, aunque piratas, precursores de sangre, mala vida y deshonor, eran simples, creyentes de embustes, temerosos de la muerte y de lo que yo representaba. Esa era mi ventaja sobre ellos. Yo estaba por encima de su crueldad.

Suspiré, sintiendo aún la arrogancia y el enojo de la daga demoniaca.

-Maldito negro de mierda… y nos sigue mirando… Por su culpa… Le desollaremos vivo cuando menos se lo espere… le dejaremos sin hombría, sin ojos, sin vida. Sin nada que meter a esa puta tarta…

-Déjalo ya…

Pero no callaría. Nunca lo hacía y no lo haría en aquella ocasión. Lo que para mí era principio, para la daga era estupidez. Y es que, algo de verdad había en su juicio: a la pregunta simple de dónde estaba el manjar del capitán, la respuesta honesta hubiese sido mostrar el pene erecto del joven libidinoso y no exponer en una jugada poco elaborada mis labios, ausentes de culpa, aclamando haber tenido tanta hambre como para comerme la tarta del capitán.  

-Imbécil…. Somos unas imbéciles.

-Sin duda.
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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Strindgaard el Dom Nov 27, 2016 6:11 am

Las risas de los piratas daban vueltas mi cabeza como gaviotas hambrientas vigilando un cadáver, disipándose en el viento, lejanas como si quisieran tocar aquel cielo rojizo por sobre los palos y la vela mayor. Mi brazo colgaba inerte a un costado, rezumaba sangre como un grifo roto, y yo sólo atinaba a sujetar la manga de mi camisa con la mano derecha como si pidiera explicaciones del porqué, y miraba desorientado el corte de mi brazo izquierdo, la piel abierta, el músculo y la sangre, mi capa empapada, mis pies sucios, mi mano y mis dedos engarfiados, manchados de rojo y sal.

Sentía el brazo entumecido, húmedo y frío, pero no había rastro se dolor. Era como si aquella extremidad no fuera mía, como si todo le estuviera sucediendo a alguien más. O como si yo no estuviera ahí. Me encontraba traumado, lo sabía en alguna parte de mi cabeza, pero no podía escapar de aquel estado, era algo que se mantenía aferrado a mi cuello, como un depredador, dentelleando furioso, sofocándome, esperando mi muerte.

Debía hacer algo, pero mi cuerpo no reaccionaba, mi espalda estaba tiesa como una tabla y mis pies lacios como trapos, podía sentir el viento jugar con mi cabello, y el vino calentando mi pecho, pero no podía reaccionar.
« ¡Vamos cabrón, haz algo! —Le grité a esa parte embotada—. ¡Haz algo o morirás! »
« ¿Esto está sucediendo?» —Me oí responder aterrado.
«Vamos demonio, ¡reacciona! —Me dije—. ¡Vamos so cabrón, tú sabes qué hacer!»
« ¡Joder, sí, está pasando!»
De pronto solté el aire de golpe, no había notado que llevaba aguantando la respiración todo ese rato.
«Estoy entumecido, estoy en otro lado, pero debo volver, debo volver
Traté de mover esos dedos rojos, sólo el meñique respondió con un leve asentimiento, era mi brazo, de verdad estaba pasando.
«Mierda, me siento débil… Es la sangre, he perdido mucha sangre

Con la respiración agitada emergí de aquel pozo en el que había caído de cabeza como un niño o un animal salvaje, me costaba creer que era posible que no fuera capaz de controlar mis emociones, pero el miedo es algo que trabaja por sobre mis pensamientos.
Mis ojos trataban de enfocar la herida, tomé el trozo de camisa que colgaba roto y lo anudé en torno a la base del corte para mantener la hemorragia a raya.
Necesito aguja e hilo. No tengo, no tengo ningún implemento…

Mi voz sonaba terriblemente cansada y pastosa. Miré a los piratas, todos me devolvieron la mirada desde la distancia, pero ninguno atinó a buscar lo que necesitaba. Una gota de sudor, frío, me corrió por la frente y se detuvo en mi ceja. Moriría.
De pronto uno se me acercó por el costado, tenía un fino sedal y un anzuelo de hueso en las manos.
El anzuelo lo tallé yo mismo, está muy filoso. —Me dijo el desgarbado pirata con una sonrisa.
Necesito, que enhebres…
El pirata rio, y la risa repercutió en el resto del barco.
Es cierto, solo tienes un brazo. —Dijo jocoso, y acto seguido y con gran despliegue engarzó el anzuelo al sedal, cortó un buen trozo de éste y me lo entregó todo listo.
En algún sitio de mi mente alguien me gritaba que moriría desangrado, pero no estaba en condiciones de volver a caer en pánico, así que hice de tripas corazón, mordí el torniquete de había logrado hacer con la camisa y comencé a coser.

Los piratas dejaron de reír cuando comencé a trabajar, las puntadas no eran las mejores ni las más derechas, y el dolor que debía sentir comenzó a llegar en grandes oleadas justo cuando el anzuelo atravesó la primera capa de piel, y siguió y siguió llegando, haciéndome marear. Una vez terminé me tuve que quitar la camisa y hacer un cabestrillo improvisado con ella, me apoyé en la baranda de babor para que no notaran lo aturdido que aún me encontraba.
Alócer se acercó y asintió cuando vio mi trabajo terminado. Mi brazo había adquirido un tono mucho más pálido que el resto de mi cuerpo, y definitivamente no lo iba a poder mover por un tiempo, pero esperaba sanarlo con algo de esencia y un conjuro cuando nadie me estuviera mirando.
Hubiera sido buena idea lavar la herida con vino caliente —dije en un tono neutro, como si nada de lo que sucedió me hubiera afectado—, pero debía actuar rápido por la cantidad de sangre perdida. —La verdad si me hubiera vertido vino caliente para evitar alguna infección de seguro me hubiera desmayado por el dolor—. En fin. Está hecho.

Sonreí internamente al ver que todos los piratas se acercaban a mirar mi irregular sutura, conversando de los mucho que hacía falta un buen matasanos que les arreglara las heridas luego de los asaltos.
Me hace feliz ver que aún quedan en estos mares pequeños tesoros en diversa forma y utilidad, de los cuales nos podemos beneficiar.
¡Son quince los que van en el atauuúd!
Con su recia voz humorística, Alócer consiguió callar a las demás conversaciones.
Será un gusto tenerte entre nosotros, la vida del pirata es más cómoda que la de otros marineros, Matasanos, tendrás derecho a una parte de cada botín, y sois libre de retiraros después de cada viaje. Y hablando de ello, es una suerte el habernos encontrado con alguien con tus habilidades porque justamente nos dirigimos a uno tanto riesgoso. —La última palabra hizo resollar a más de uno de sus compañeros.
¡El Diablo, el Diabloo, se llevó al restoo!
¿Qué clase de viaje? —Alguien me trajo una botella de aguardiente, le di de inmediato un par de sorbos buscando tranquilizarme—. Estamos alejados de las rutas comerciales, ¿no es cierto? Y veo que estamos en una carraca, ¿no sería mejor un bergantín o una fragata?

Los piratas eran seres de aguas someras, por eso me había extrañado verlos tan lejos de la costa, ¿para qué se arriesgarían a alejarse de tierra, y con un barco de aguas profundas como aquella carraca de tres palos?, un navío demasiado lento para capturar otros barcos les era tan poco útil como un cañón de asedio a un bandolero.
Veo que eres inteligente, Matasanos. Obtendrás tus respuestas a su tiempo. —Se giró y me dio la espalda—. ¡Suld, trae aquí la brújula! ¿Cuánto nos habremos alejado de nuestro curso?

Un pirata se abrió paso entre los demás con un cubo de los que usaban para limpiar la cubierta lleno de ron y lo dejó a los pies del capitán, Alócer puso una rodilla en cubierta y esperó a que lo que flotaba en el centro se dejara de dar vueltas.
Nos hemos desviado muy poco por haber pasado a recoger a nuestro matasanos. Viré a estribor señor Bassan, doce grados.
¡DOCE GRADOS A ESTRIBOR!
Me acerqué al cubo, lo que flotaba era una mano cortada por sobre la muñeca con el solitario dedo índice apuntando hacia el oeste. Tarde unos segundos en notar lo pequeña que era, para ser exacto, parecía la mano de un niño… pero no me encajaba el bello hirsuto que tenía en los nudillos y el dorso.
Una mano de mono. —Dijo Alócer, hizo un gesto y Bassan, el mahre que había secundado la orden del capitán, se lo llevó—. Apunta a su compañera. Si el viento nos favorece, estaremos en nuestro destino en dos o tres días. Ahora ve a comer algo, Matasanos, os necesito con todas vuestras fuerzas para lo que se avecina.

Los piratas habían regresado a sus labores dejándome solo en la popa, volví a darle un sorbo al aguardiente, la noche acaecía, dejando que el cielo se comenzara a astillar de estrellas. Barrí con la mirada lo que sería mi hogar quizá por cuánto tiempo, y fue en ese momento cuando a vi.
Desconozco si fue gracias a mi leve estado etílico y traumático que me descolocó del todo aquella mujer, o quizá fue simplemente su belleza, o algo más. La verdad es que mi experiencia con mujeres podía caber perfectamente dentro de un dedal, con un dedo dentro.

La evalué rápidamente. Veinteañera (quizá un par de años mayor que yo), recta como una lanza, esbelta, de tez clara, alta y tostada, con un cabello tan blanco y brillante que hacía daño. En el saldo negativo, unos ojos grises que habrían ensartado un dragón, y que claramente había hecho algo muy malo, o tenía muy mala suerte, pues se encontraba amarrada al palo mayor. Punto negativo número tres…
Los pocos piratas que se paseaban encendiendo antorchas para la noche que se avecinaba hacían lo posible por no cruzar su mirada con la de ella, y a pesar de estar justo en medio del barco, cada cual desviaba su camino para no toparse con su presencia.
Te agradezco lo del anzuelo y el sedal —Le dije al joven pirata que me había ayudado, se acercó hasta mí con un cubo de arena y comenzó a esparcirla donde estaba mi sangre—. ¿Cuál es tu nombre?
Es Shank, y no te preocupes, si deseas puedo tallar una aguja, todavía me sobra un poco de hueso.
Eso sería genial. Hey, por cierto, ¿quién es ella?
Shank se encogió de hombros, y trató de quitarle importancia.
Mejor no te acerques a ella, no te conviene.
Oh, ¿Y qué hizo para estar ahí?
Siguió lanzando puñados de arena en las tablas para absorber la sangre, escupió y no dijo nada. Me volví y caminé hasta el palo mayor.

Traté de erguirme pero desistí. El suelo no estaba demasiado firme luego de tantos sorbos de vino y aguardiente.
Hola. ¿Te encuentras bien? —De inmediato maldije aquel hilo de voz infantil que salió de mi garganta. Ella alzó la cabeza y me clavó una mirada que me obligó a comprobar si no se me había caído el brazo.
Apenas abrió la boca y refunfuñó algo casi como si hablara con sí misma.
Evi.. evi...evidentemente he estado mejor. —Respondió, soltó un suspiro y desvió la mirada.
Noté que sus labios estaban resecos y agrietados, sus hombros rojos y sus pantorrillas, que asomaban bajo el vestido, habían seguido la misma suerte. Llevaba quizá cuánto tiempo ahí, y encima estaba deshidratada.

Mierda, me siento estúpido en este momento. Tienes razón, es evidente —Mi cabeza no estaba para conversaciones en ese momento, el aguardiente estaba actuando en mi débil cuerpo—. Lamento hacerte hablar sabiendo tu condición, pero deseaba oír como sonaba tu voz.
« ¿Qué carajo acabo de decir?» Apreté los dientes y casi me mordí la lengua luego de tamaña estupidez. Miré el suelo y traté de articular alguna frase para salir del paso.
¿Por qué te han amarrado aquí?
La albina alzó una hermosa ceja como un cuchillo.
Quién se mete con esta gente algo debe pagar... ¡Ah!... —De pronto sus rodillas se juntaron y apretó las piernas—. Mmm... ¡Ah! —A pesar de que era notorio que algo parecía le parecía doler, no pude hacer otra cosa que estremecerme bajo ese gemido—. ¡Me voy a orinar!

« ¿Dijo que ese iba a...? » Entonces vi como el líquido amarillo corrió por sus blancas piernas y mojaron las tablas. Di un paso atrás para evitar mojarme las botas. Abrí y cerré la boca como un pez fuera del agua, sin saber qué decir.
¡Oh! Lo, lo siento.

Varios de los piratas que se paseaban por la cubierta se acercaron a apreciar el espectáculo, Alócer apareció de entre ellos como salido de la nada y río abiertamente ante su rubor. La albina sin quedarse atrás, lo miró con sus ojos grises como dos cuencas de hielo.
¡Maldito! —En otras circunstancias me habría deleitado ante aquel arrebato de ira, la verdad es que me siempre me han encantado las bestias en estado salvaje, pero no me hubiera gustado haber sido el receptáculo de aquellos ojos como escalpelos—. ¡Dü Säo!
Las palabras de la mujer fueron como un puñado de pulgas para los piratas, quienes de pronto atenuaron sus risas y miraron a su capitán.

¡Ahí tienen! —Alócer al parecer no había sido afectado, o lo ocultaba muy bien—. No es más que nosotros, solo una sucia mujer que no puede ni contener el esfínter.
Las risas regresaron avivadas por el tono burlón y orgulloso del capitán.
¡Desamarradla! —Me oí decir. De pronto me sentí como en la arena de un coliseo y yo era el plato principal del menú, los bucaneros me clavaron sus miradas como dagas. Traté de quitarle importancia alzando los hombros y usando un tono más casual—: Ya han cumplido su cometido.

El silencio que se generó fue tan grande que pude oír el rechinar de los dientes de aquella mujer, Alócer mantenía su mirada fija en mí y no sabía si de pronto estaría de nuevo colgando por estribor.
Adelante Matasanos. Dale los primeros auxilios. —Dijo finalmente.
Me acerqué a ella, y con la ayuda de otro pirata le quitamos los nudos que la mantenían sujeta al mástil. Cuando estuvo liberada apenas y tenía algo de fuerza en las piernas y brazos.
Hacía mucho tiempo que no había tenido una mujer tan cerca, la última vez había sido…

¿Puedo? —Me preguntó con una voz que me pareció casi un ronroneo.
Claro. —A pesar de la herida en mi brazo, dejé que cargara su peso en mí.
Tuve un leve temblor al sentir su olor, y la cabeza me comenzó a zumbar como una colmena luego de mirar fugazmente qué había debajo de su vestido.
Alto ahí. —Dijo Alócer apenas cuando llevábamos un par de pasos camino a proa—. ¡Tiene que limpiar su inmundicia!
Bassan, al lado del capitán llenó sus pulmones de aire:
¡TRAED EL CUBO Y LA MOPA!
¡Bien hecho capitán! —gritaron algunos piratas, al parecer el vejamen no había terminado.
¡Ponedla en su sitio!
¡El ron hizo el resstooo!

En un momento pensé que la albina de verdad iba a coger el cubo. Se separó de mí lo suficiente como para erguirse por sí misma, pero en vez de alcanzar la mopa, movió sus manos en lentos y perfectos círculos, e hizo que su orina se transformara en tu duro trozo de hielo la cual para mi doble sorpresa lanzó como si una flecha se tratara fuera del barco.

La saeta, quizá por azar, rozó el rostro de uno de los piratas que se encontraba en la baranda de babor, dejando un hilo de sangre en su mejilla antes de perderse de vista.
El silencio se volvió a posar sobre la carraca, la albina regresó, se apoyó en mi hombro, y de pronto fui muy consciente de que quizá ella fuera el verdadero peligro en el barco.
Me ha meado la cara —susurró el bucanero que tenía el corte de la estaca.





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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Amethist el Vie Dic 02, 2016 3:37 pm

II. Tierra firme

La ayuda vino bien, aunque fuera de un ser que sólo su esencia despreciaba. Estaba agotada. Las piernas me temblaban, pero no tanto como la furia que sobrecargaba las venas de mucho más que simple ira: el peso de la humillación.

El capitán lo había dejado así no más. Conmigo libre, una burla entre los suyos, su palabra aceptada como ley y aun conservando esa figura de autoridad que el marino ostentaba, con un movimiento leve de sus manos, terminó huyendo a su camarote, dejándonos atrás. Los demás volvieron a sus quehaceres, murmurando entre ellos palabras que poco o nada de importancia tenían. La mar arreciaba de a pocos con un tenue viento constante. La madera tronaba y pronto las velas se izaron de nuevo. A pesar de lo trúhanes, aquel buque se manejaba con la disciplina y precisión de una marina. Pero yo sólo tenía ojos para mí, las heridas que llenaban mi cuerpo, el olor que expelían mis piernas, la esencia diabólica de quién me ayudaba y el pequeño granuja por el que había pasado tal tormento.

-Ës ïs’ dëin Schüld! (Ës tu culpa)- le espeté en lengua élfica, casi siseando como serpiente, enroscada de rencor y asco. Me resultaba natural hablar aquel idioma, aun cuando apenas fuera la tercera lengua que dominara luego del demoniaco y el común. Desde aquellos días en la fortaleza nunca más había tenido que usar la lengua negra, pero ya me temía que tocara nuevamente desempolvarla.

Sin embargo, el niño moreno, con cara de espanto y ojos de sapo, apenas si dio media vuelta y se perdió en los niveles bajos, en las literas de las bodegas. Huía de nuevo, cual cobarde, con el honor entre las piernas cual perro apaleado. Suspiré, débil por el castigo como también por el abuso de la magia, y asiéndome al brazo de aquel hombre fuerte, de piel recia y rasgos algo toscos, bajamos pausado y cadente hacia la cocina, el único lugar de aquel navío que conocía como la palma de mi mano.

Me ayudó a sentarme en una de las sillas vencidas, mientras él tomaba asiento al frente, apenas distanciados por la mesa donde se pelaban las papas. Sus maneras eran las justas para alguien que así mismo se había presentado como “doctor”. Y sólo hasta ese momento reparé en que nada de atención había prestado al único ser que me había tendido una mano. Allí estaba él: alto, mucho más alto de lo que hubiese visto en un humano hasta el momento, ojos oscuros, músculos formados, piel amarillenta, cabellos a juego a su energía oscura, un cascarón misterioso para algo que se abatía adentro de procedencia dudosa.

“De él no tengo hambre”, había cantado la daga mientras el tormento, y yo sabía por qué: olía a lo mismo que los hijos de Lluughaa, Yigionath, o los otros señores del foso, olía a demonio, olía a mí.

Y fue hablar de olores para recordar lo que acababa de pasar en cubierta. De pronto, aquel humor narcótico subió a las fosas nasales, haciéndome arquear de asco y vergüenza por quién de reojo me estudiaba. Apreté un tanto las piernas y recordé de inmediato la razón por la que se sentían pegajosas y sucias.

“¡Schëisse!”

Como pude me levanté, agradeciendo que la cocina no era demasiado grande. Sólo abrí la ventana y luego me dejé caer de nuevo en la silla. El lugar era austero, unos fogones, algunas ollas, dos ventanillas en forma ovalada, la mesa y las dos sillas. La mugre era la reina del lugar, algo propio al antro de madera cundido de moho que era la caraca. Al lado del horno me había mantenido en calor por lo que iba del viaje, ayudando de vez en cuando a pelar o lavar papas para compensar mi estadía y protección por parte del cocinero y su inepto mozalbete. Ambos no me tenían en buena estima, pero las órdenes de su capitán no se refutaban y allí era donde me habían encontrado puesto. De mi parte sólo podía decir que sabía muy bien que eran buenas personas, hombres con necesidades empujados a terminar en aquella tripulación por ambición; sin embargo, en el fondo los repudiaba a todos tanto como el estar codeándome con el resto de aquellas ratas.

Moví los brazos, suave, con parsimonia estudiada, apenas economizando las energías para traer de las mareas algo del líquido vital que pudiera calmar mi sensación de dolor y suciedad. De a pocos, el agua entró, subiendo por sus piernas, lavándola de aquel olor. Sus hilos cristalinos entraron en contacto con mis dedos, impregnándose como si fuera una fina capa invernal. Mis manos tocaron los hombros y sentí de pronto que el ardor del día descendía de repente. ¡Podía ahora sí pensar con claridad!

El hombre me observaba, sin saber cómo explicar sus facciones. Yo de paso, también hacía lo propio. Casi medio metro de estatura sacaba, con una musculatura que fácilmente podría dominarme. No me podía fiar, aunque en mi defensa estaba el poder de las mareas ascendentes.

-Sö dänn…- rompí el silencio: -wër bïst Dü? (Bueno, ¿quién eres?)

Él, algo sonrojado a pesar de su tez amarillenta, ladeó la cabeza y contestó con una sonrisa: -Lo siento, no entiendo qué dices.

Aquello sólo motivó mi desconfianza, aún sin notar que le hablaba en aquella lengua foránea para muchos. Una vez más pregunté, pero su cara de perplejidad me hizo ver que algo no estaba del todo bien entre nosotros.

—Ehm... No fue nada, hice lo que cualquiera hubiera hecho. —rio, pero su sonrisa denotaba nerviosismo.—. Esto del lenguaje será un problema.

¡El lenguaje!

-Pregunté, ¿quién eres?- rectifiqué en seguida sin cambiar el semblante de piedra: -Lo siento.

El agua seguía entre mis piernas y costaba no tratar de reír al sentir el fluir frío sobre la piel tostada.

—Ah. Así que puedes hablar el idioma común. —dijo con cierta alegría—Hmmm, pues, soy solo un vagabundo. Mi nombre es Strind.

Lo observé y él a mí. El silencio nos siguió mientras tomaba de la mesa un vaso con agua: - ¿y el tuyo?

Yo seguía un paso atrás. Atajando mis propias heridas, no había reparado en que él también había sufrido por cuenta del capitán. Lo observé y en ese proceso otra vez se hizo silencio mientras repasaba sus palabras. El agua rodeo mi cuello, mojó mis cabellos y se impregnó en los hombros de nuevo, calmando el ardor de las quemaduras.

-Vagabundo- repetí, casi siseando: -¿Qué clase de vagabundo?

De alguna manera quería que ese individuo hablara lo que para mí era más que claro. No sólo era la daga: él olía diferente. Entrecerré los ojos y con la misma técnica que hiciera para que el agua entrara, la saqué por la ventana, sintiéndome finalmente limpia.

-Es normal en estos tiempos ser precavido- corté antes de que él siguiera mintiendo. Levantándome de la silla dejé que los últimos hilos de agua salieran, cerrando la ventana a su paso: - pero ni vos lo habéis sido ni yo tampoco. Yo soy Amethist, Strind... y percibo algo que me inquieta, así que os repetiré otra vez, ¿quién sois?

De nuevo silencio.

No hablaría. En su rostro podía ver la indecisión, ese hermetismo propio de quién no tiene muy claro qué debe hacer. Y sin saber muy bien porqué, lo entendí. Si era un demonio, había crecido escondiéndose, ocultando su identidad, esclavizado a los señores que sirven de heraldos a la maldad. Para él, el libre albedrío solo era un espejismo.

-Yo solo soy un vagabun…- aclaró.

-PASH-

De la bota izquierda desenfundé la daga, clavando su hoja en la mesa. Yo era mucho más baja que él, pero lo que no tenía en masa corporal o fibra, me sobraba en carácter. El contacto de mis dedos sobre ella la hizo brillar, despertar de su letargo, mientras con el rostro apenas constreñido por el cansancio y el dolor seguía haciéndole frente a aquel marino:

Música:



-Ese es mi nombre... Uno que no puedo pronunciar, uno que tuve en otra vida antes de toparme con algunos de los vuestros. Los huelo en el hombro con el que me ayudasteis o en la mano que me sostuvo antes de caer. Sé lo que sois, simple vagabundo... sé que sois mucho más que lo que dices ser...

—«Ondine» —leyó con el rostro descolocado y luego de un momento continuó con voz perlada:— Tienes razón, soy lo que dices- y bajó la cabeza.—Lamento lo que sea que te hayamos hecho.  Pero créeme no soy como ellos.

Empatizaba y ello me sorprendió. No había rastro de indulgencia, de sarcasmo, solo… una disculpa y la muestra de sentir lo que en el fondo podía ser la tristeza o la ira que yo sentía.

—La verdad es que nací en este plano, alejado del Foso. Mi entrenamiento es diferente al de los demás.

De pronto levanté la mano en un gesto más maternal que autoritario, casi tocándole los labios sin tocarlos. Si algo había comprendido en el tiempo que había deambulado por el mundo es que las paredes tienen oídos y aún más grandes cuando se tratan de demonios y brujas:

-Haceos un favor: no habléis de esas cosas acá. Sabéis quién soy y ahora, voluntariamente, yo sé quién sois vos. Busco salir de esta caja flotante y llegar a algún punto cerca de Valashia. La única manera era esta calaca, de la que uno termina encariñándose tarde que temprano- esbocé una sonrisa socarrona, y tomando un poco de las gotas que quedaran en el vaso, las fui poniendo sobre su herida.

—Valashia, no conozco ese lugar. Yo voy a cualquier lugar menos a Nanda o a Ciudad Esmeralda. —. Mostraba un mejor semblante a pesar que la sanación solo podría mitigar un poco la molestia. Estaba extenuada, pero la curiosidad o la adrenalina, sino ambas, me impedían aún entrar en el letargo del abuso mágico.—. Soy considerado "persona no grata" en esos sitios —explicó con una media sonrisa.

-No tienes rumbo... no perteneces a ningún lado ni a nadie- atestigüé, aunque con una segunda intención: aún ignoraba a qué Señor del Caos debía servir, o si tenía algo de decisión sobre sus acciones.

Él pareció notarlo, pues sonrió ante mis palabras.

—Así es, mi camino no es recto como una espada, no se guía por los placeres ni deja a su paso pestilencia. Mi rumbo se tuerce ahí donde veo que puede haber algo que me sirva de aprendizaje, eso es todo lo que busco: sabiduría de cualquier forma o color.

Movió su mano izquierda y aquello pareció demostrar que la magia había resuelto parte de su problema. De nuevo, el silencio se hizo entre ambos: — ¿Y qué esperas encontrar en Valashia?- volvió a preguntar.

El rostro de Milk en aquella noche de lunas vino a mi mente. La expresión fría y sin misericordia con la que fue narrando una a una las aventuras de una alada muerta hacía más de 8 años. Sus infortunios, sus errores, sus amores… ¡Necross! Sabor amargo nunca antes había probado. ¿Cómo explicar que quería retomar algo que dejará un muerto? ¿Cómo hacer entender que una segunda oportunidad no es nada si se pierde el sentido de la existencia? ¿Cómo contarlo todo… y al mismo tiempo no parecer desvalido?

Agaché la cabeza con congoja, por primera vez desde que viera a aquel doctor. Podía contestar a la manera simple pero honesta: “un hombre”, pero sería trivializar algo que tenía mucho más que un note romántico. Además, la probabilidad de que nada de ello existiera en estos días era un hecho.

-Todo y nada, Strind. Todo y nada- susurré en un rezo. -Cuando se viven muchos años, muchos más de los que un rostro o las palabras aparentan, se pierden cosas, detalles de vida que difícilmente se vuelven a recuperar- y entonces levanté el rostro clavándome en esos ojos oscuros: - Una razón para vivir es lo que busco… Pero, ahora estamos acá, y a nuestros destinos debemos llegar- levanté el rostro sonriente: -Ahora sois el matasanos de esta clínica flotante y yo… solo debo aguardar a pasar desapercibida como una sombra.

-Una vida- atinó a decir entre dientes y luego: -Por lo que veo no te ha resultado muy bien eso de pasar desapercibida-. Bufaba y el ceño se me cayó como un regaño que sólo era impostado al leerse la risa de mis labios: - Al menos puedes contar conmigo, nos protegeremos la espalda el uno al otro.

¿Confiar o no confiar? A la larga no importaba: si aquel demonio necesitaba ayuda, yo le ayudaría, mientras no costara. Y si yo llegaba a necesitarla abría una probabilidad de que él me socorriera… aunque mejor sería no contar con ello. Al fin y al cabo era un hijo del mismo Foso…

Asentí dando por sentada la alianza. Con lentitud me dirigí al lado de las ollas, donde la ceniza de los hornos se veía. Era una esquina amena, gracias al calor que el propio fuego daba a las piedras. Recosté la cabeza contra la pared mientras el matasanos rebuscaba cosas en la cocina, cerré los ojos, aún con las orejas puestas en él -masticaba- y al oír que se perdía en cubierta, me entregue al merecido descanso después de dos días de penalidades.

--//--

Los días pasaron. Quizás uno, tal vez dos.

Dentro de aquellas paredes, el tiempo se desvanecía, volviéndose flexible. De Strind no oí noticia alguna, aunque el mozalbete traía de vez en cuando regalos -comida, principalmente- que me dejaba cerca de las ollas para lavar. Tampoco oí del capitán o del resto de la tripulación, más allá de lo que el cocinero, un hombre gordo y tosco, protestaba. Ya había pasado tiempo y no se avistaba ningún puerto para atracar. Los hombres esperaban con ansiedad y el mar, ese amor platónico de todo pirata, puede tornarse suplicio con tantos días en alta mar. Las consecuencias serían terribles… la mayoría nefastas para mí.

Quizás fuera la manera en que ahora el cocinero se aventuraba a mirar mis piernas, bien cuando de pie pelaba las papas, o barría el lugar, o incluso trapeaba las escaleras; o los regalos duplicados del pequeño granuja, cuyos ojos saltones me despertaban de sobresalto en medio de la noche, lo que me hizo que esa madrugada no pudiera pegar los ojos. Con cierto temor, y a guisa de arriesgada, subí las escaleras, necesitando más que nunca del aire fresco de cubierta.

música:


Los cabellos se enredaron aún más con la primera bocanada de aire, y los cascabeles en ellos tronaron suavemente ante el viento desatado. La falda de Eblumia se elevó, pero luego por su propio peso cayó, sin que resultara aquello en un espectáculo exhibicionista. El canto del mar zumbaba en mis oídos, casi obligándome a danzar como tiempo atrás se hiciera en la gitanería, en medio de saraos y fogatas.

La cubierta estaba desierta. Nadie osaría interrumpirme. Apenas el vigía observaba a lo lejos, entretenido con algo más que simple ejercicio de mano a la sombra de su antorcha. La muerte de la noche cubría de frío cada parte del navío y las amarras eran un canto ante el viento recio. Entonces, con el dibujo de aquellos rayos dorados en tonalidades mora y naranja, un alba como pocas había tenido oportunidad de ver, llegaron las buenas noticias sobre mi cabeza, a todo pulmón:

-TIERRA…. ¡TIERRA A ESTRIBOR!

“¡Por fin tierra!” me dije, alzando una de las piernas y bailando como hacía mucho, muchísimo, no tenía oportunidad de hacerlo. “Tierra… Tierra”.
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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Strindgaard el Vie Dic 09, 2016 5:02 pm

Música:

Las primeras luces de la mañana hicieron resplandecer los blancos acantilados de la isla, que se asomaba en el mar como un espejismo. Una senda estructura hecha de piedra caliza con vetas de pedernal negro que se extendía de este a oeste por toda la ínsula, formando un muro natural de más de cien metros de alto, el cual se hacía más y grande a medida que la carraca se acercaba.
Para coger mejor el viento, el barco estaba ligeramente inclinado a estribor, haciendo que todo lo que no estuviera amarrado como es debido se deslizara con la tranquilidad de un perezoso por la cubierta.
Al fin, Albión, la Isla Errante. —Dijo Alócer, acodado en la baranda de proa, bebía ron de una taza de latón y masticaba una galleta dura—. Como siempre escondida en la última vuelta, del último espiral, del último caracol.
Albión, la Isla Errante:

Según los rumores que había logrado sonsacarles a los piratas los días anteriores, Albión era un trozo de tierra que flotaba por los mares como una hoja seca. La historia contaba que estaba sobre el caparazón de una tortuga titánica, o el lomo de una ballena colosal, dependiendo de quien la contase. Había sido fundada hace mucho tiempo por los primeros piratas, y antes de eso, por ninfas ondinas, y muchísimo antes, cuando el árbol primigenio soltaba sus últimos frutos, por merrows.
Ahora era hogar de piratas, contrabandistas, asesinos, prostitutas, y cosas peores.

Avanzábamos a una buena velocidad llevados por el viento que henchía todas las velas, el problema era que nos acercábamos a una enorme cara blanca llena de picos y rocas que destrozarían hasta el más afamado buque de guerra.
Permanecí callado al notar que nadie se alarmaba por la falta de una costa a la vista, pero mi curiosidad resultó más fuerte.
Poeta —Le dije, si me iba a quedar un tiempo en aquella cascara de nuez, debía de llamarlo al igual que todos los demás. Me aclaré la garganta—. Esta isla no aparece en ningún mapa de Noreth que tenga memoria.
Quienes queremos navegar hasta Albión no necesitamos mapa. —Apuntó con el mentón al cubo que reposaba al lado de la rueda del timón, aquel que tenía el ron y la mano flotando—. Eso es todo lo que necesitamos para llegar hasta aquí.
Asentí con un ligero encogimiento de hombros.
Una interesante brújula para llegar a una isla escondida.
El capitán le dio una última mordida a la dura galleta y la lanzó al mar.
Un regalo de los merrow que viven allí. Una manera sencilla de encontrarlas. Los demás piratas suelen hallar Albión de diferentes maneras. Todas igual de interesantes.

Me acodé en la baranda cerca de él. Mi brazo, a pesar del tratamiento médico que le había dado, la limpieza y unos cuantos conjuros cuando nadie me veía, seguía doliendo como masticar un puñado de clavos. Y el rojo chillón alrededor del corte y las suturas no pintaba nada bien. Había lavado mi camisa y hecho un mejor trabajo con el cabestrillo, incluso había amarrado el brazo a mi costado para que tuviera el menor riesgo de moverlo.
Hice de tripas corazón y asumí mi trabajo con todo el orgullo del mundo, no podía permitir que los demás vieran que no era un buen doctor. Sino, corría el riesgo de terminar flotando sobre una tabla en medio de la nada.

Cuando estuvimos a unas pocas leguas Alócer soltó la orden:
Maniobras de acercamiento.
¡MANIOBRAS DE ACERCAMIENTO!
¿No deberíamos rodear la isla para encontrar la costa? —Interpuse—. Acá solo hay acantilados —El Poeta ni se inmutó—. ¿Dónde vamos a fondear?
No hay costas a la vista en Albión, el acantilado rodea toda la isla. —El Poeta sonrió indulgente al ver mi expresión—. Tranquilo, Matasanos. Disfruta el viaje.

Un pirata calvo, y con una espesa barba amarilla llena de trenzas, se hizo del timón. Oí un caos de crujidos y chirridos cuando los dos largos palos horizontales de las vergas, junto con las velas hinchadas que sostenían, se retorcieron lentamente sobre el eje de los mástiles. El barco que se había inclinado ligeramente hacia estribor; ahora se enderezó para nivelarse y luego, sin pausa, giró hacia babor tan deprisa que tuve que abrazarme a la baranda para no caer. A mi lado, el capitán tiró sin querer un chorro de ron, y se bebió el concho antes de lanzar la taza lejos.

La carraca, comenzó a navegar escorada hacia la isla, dibujando un arco de unos sesenta grados. Faltó estar a menos de una legua para notar la apertura en la piedra, una grieta de más de doce metros de ancho como la puerta de un dios, la cual pasaba inadvertida si se miraba de frente.
Las gaviotas y otras aves que hacían sus nidos en la cara frontal de la isla, volaban al rededor del barco, mientras el eterno sonido de las olas rugía con ecos en la entrada de la grieta al golpear las piedras afiladas.

Espero que sea bueno con el timón. —Dije de pronto, asustado al notar que cerca de la entrada era posible ver barcos hundidos con sus mástiles que se erguían hacia la superficie como si clamaran ayuda, y tablas viejas y podridas flotando aquí y allá, golpeándose frenéticamente contra las rocas.
Mister Davies es el mejor con el timón después de mí.
Spoiler:
A medida que nos adentrábamos en la isla, la blanca piedra caliza dio paso a negra roca volcánica en un largo pasillo de más de cincuenta metros, el cual se fue abriendo hasta llegar a una costa interior de arenas claras.
Lo más raro fue encontrarme con que no éramos los únicos en la isla. Eran docenas de barcos los que estaban anclados, la mayor parte de ellos a lo largo de un decrepito muelle, o incluso, en el caso de las naves más pequeñas, en la arena blanca de la orilla.
Dentro del puerto maniobrar fue más fácil para Mister Davies, quien en ningún momento soltó una gota de sudor ante la proeza de navegar por un cuello de botella. Aunque la falta de viento obligó al capitán a utilizar el barco de emergencia (un pequeño balandro) para que nos remolcara.

Hay que carenar el Mary Read. —Bassan a su lado asintió—. Cortad toda la madera, sogas y velas que estén estropeadas. Luego arreglad los aparejos. Nos quedaremos una noche.
Alócer llamó al primer bote que pasó por el costado de la nave y ordenó a los tripulantes que lo llevaran con Merfolk.
Acompañadme Matasanos. Alguien debe verte ese brazo.
Iba a protestar, pero debes saber cuándo tu capitán te da una orden.
Bajamos por una soga y, no noté que quienes tripulaban el bote eran humanoides de tez húmeda y azul hasta estar sentado.
Os estábamos esperando, Alócer. —El hombre me dio una cabezada a modo de saludo. Un Merrow.
Spoiler:
Mientras Mary Read era remolcado hasta la costa, nuestro bote siguió adentrándose por la isla, a una brecha en la piedra que parecía estar llena de bulla y luces.
Spoiler:
La ciudad de Albión. —Dijo el capitán extendiendo la mano.
Cientos de luces brillando a través de ventanas de hogares reciclados incrustados en la roca. En algunos era perfectamente visible donde terminaba un viejo casco de galeón y donde comenzaba la nueva construcción. Puentes de cuerda cruzaban de un extremo a otro las dos caras, y las cuerdas, poleas y sogas sujetaban los palafitos, pasillos y demás estructuras que componían la ciudad escondida. Los piratas deambulaban como moscas por las tabernas y lupanares, mientras en agua los barcos comerciantes y pesqueros gritaban sus mercancías consistentes desde pescado hasta joyas.

El hogar de los merrow estaba mucho más allá, casi al final de la ciudad, en un sitio tranquilo y silente. Bajo la superficie se podía observar labrada en la piedra torres, y arcos hacia castillos interiores, pero por suerte para mis pulmones solo nos adentramos hasta una puerta tallada en la piedra en la superficie.
Spoiler:
Así que aquí estás, pirata. —Corales iluminaban con luces blancas el interior de una espaciosa caverna. Dentro, entre las estalactitas y estalagmitas, no había más que un pequeño trono labrado, y una apertura que llevaba hacia el interior de la piedra. Los merrow deambulaban sin poner demasiada atención en nosotros, entrando en el estanque de agua que se perfilaba en una orilla para no regresar. Solo una mujer, si se le podía decir así, nos habló desde el trono. En su tono de voz pirata sonaba casi como rata inmunda, o algo parecido—. Ya me temía que hubieras muerto.
Me imagino que más de una lágrima me hubieras regalado, Talrand. —Alócer, lejos de dejarse llevar por el caustico comentario le respondió con ironía—. Es un gusto siempre tener que disfrutar de tus lindos pechos, pero a quien busco es a Merfolk.
Talrand:
Caminamos hasta ella, era por mucho más grande que nosotros. Quizá media más de dos metros y medio contando la cola.
¿Te fue útil el indicador? —Preguntó ella, sin hacer caso de lo que decía el pirata.
¿La mano de mono? Sí, fue un buen regalo, y te lo agradezco. Sólo se movía cuando cambiábamos de rumbo, así que seguimos la dirección hacia la que apuntaba. —Se encogió de hombros tan bien como pudo—. Es cierto, nos ha guiado hasta aquí, pero es un trasto repugnante. Nos ha costado mucho impedir que las ratas se la comieran.
Tarland entrecerró los ojos. Parecía que ambos disfrutaban de su mutua compañía.

Imbécil descuidado. Si las ratas hubieran tocado ese indicador, te juro que Merfolk habría hecho que te devorasen a ti de pies a cabeza. Debes traerlo para que cambie las coordenadas.  —Alócer sonrió ante la pulla y me miró con aire ganador, la merrow siguió hablando casi para sí misma—. No puedo creer que Merfolk hubiera dejado en manos de unos vulgares bandidos esta misión.
En fin, cariño. Debo hacer cundir el día y ya me has quitado mucho tiempo ¿Tu padre nos atenderá hoy?
No lo encontrarás aquí. —Le respondió ella, cortante—. Pero tengo para ti lo que viniste a buscar.

Talrand hizo una seña y desde dentro de la apertura asomó un hombre calvo con una túnica borgoña. Lo que a simple vista parecía ser algún tipo de luminiscencia por parte de los colares, resultó ser un extraño tipo de tatuaje en su cuerpo grisáceo.
Olread:
Olread, este es el capitán Alócer. Lo acompañarás en su travesía, y le servirás de la manera en que él lo requiera.
Así será, mi señora. —Una voz fría y limpia surgió de aquel tipo con pinta de monje. Pero junto con ella, algo más extraño y poco familiar. Un aura lo acrecentaba y le daba solidez a sus pisadas. Podría decir que me sentí débil o fatigado, pero no era eso lo que sentía al estar cerca de él, sino, una extraña sensación de vacío.

Nuestro Compañero Cuidador. —Dijo Alócer con una sonrisa—. Bien. Muy bien. Ahora, también quisiera pedirte un sanador. Ya sabes, Olread no estará ahí para protegernos en caso de que uno de los míos se caiga de la cofa y se rompa una pierna, o a alguien le estalle un arcabuz.
Claro. —Respondió ella, con todo el desdén que pudo—. Sería toda una pena que te fueras a enterrar una astilla en el culo y se te infecte. —Movió indiferente la mano—. Tendrás uno... Espera fuera, ya no quiero ver tu rostro.

Cuando salimos de la cueva me dolían los ojos por el cambio de luz. Los merrows nos seguían esperando en el bote.
Al menos resultó mejor que la última vez, Matasanos. —Resopló Alócer cuando nos sentamos en el tambaleante maderamen. Al parecer le había tomado más energía de la que parecía haber compadecido ante aquella mujer.
¿Qué sucedió la vez anterior?
Tuvimos sexo.





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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Amethist el Miér Dic 14, 2016 6:49 pm

III. De trueque en la isla errante

“Caminando y caminando por el mundo se irá consolando de a poco y un día, cuando ya no pueda dar un paso más de fatiga, se dará cuenta de que no se puede escapar del dolor; hay que domesticarlo, para que no moleste”
Isabel Allende, La isla bajo el mar.

-Pronto… tendré hambre.

El azote del viento sobre el rostro, las órdenes comandadas, el sudor de los marinos, los graznidos de las aves que salían a nuestro encuentro, la emoción que salpicaba la embarcación, la caricia de las olas conduciéndonos hacia puerto… pocas veces en la vida había tenido la oportunidad de sentirme así de libre, suelta y cautiva por un sentimiento que estuviera fuera de mí: la sensación atosigadora de una libertad abrazadora.

-Nunca la había visto en cubierta- interrumpieron a mi espalda.

No era sorpresa. Sin verle el rostro, reconocía su voz, juvenil, de acento atropellado y fonética enredada. Al voltearme, con los brazos asidos a la cintura y una sonrisa que me podía más que el simple hecho de su presencia; con la daga aún llena de indignación por el pasado, aun cuando yo miraba ya al futuro, le contesté con petulancia: -No había razón para estarlo… hasta ahora. Tarde o temprano, el agua retorna los perdidos a casa.

-Pero ese no es su destino, madame-

Quizás fuera que aún sentía vergüenza por masturbarse con una tarta, o fuera el simple hecho de que yo lo supiera, pero tenía esa extraña forma de hablar sin mirar, con la cabeza gacha y los brazos escurridos, como si le estorbaran: -El capitán ha mencionado varias veces el pacto con el diablo vendado: usted va a Ujesh-Varsha.

-Y, ¿dónde estamos acaso?

-¡Quitaos del medio, condenada bruja!-escupió uno de los piratas cruzando a estribor, siguiendo las órdenes del contramaestre.

-Albión- susurró el grumete, mientras me alejaba de allí, arriándome hacia las escaleras como si fuera un leproso: -La isla errante.

--//--

En cubierta había aprendido a no estar más de lo necesario. Podía infundir miedo entre la tripulación, pero era solo porque mis trucos les resultaba desconocidos. Las demostraciones mágicas las había reducido al mínimo, esporádicas transacciones que apenas si servían para ayudar al cocinero o espantar a alguno con la entrepierna alocada. Pero si me descuidaba, la situación podía tornarse en mi contra y los días corridos habían sido muchos como para sentir la presión que suscita la presencia de muchos hombres encerrados sin mujer que los consuele. Me hastiaba la testosterona en el ambiente.  

-Suerte para nosotras que el mocoso gusta de las tartas.

-Lo dices en broma- espeté para sí, recostada en la cocina, mientras las maniobras tenían lugar y la algarabía por el final de los días en mar se testaban en el aire.

-Es marica… un marica come tartas y de sus hacedores.

-Un catador.

Pocas veces la daga resultaba burlona, pero allí me robó una sonrisa. Habían pasado algunos días desde que los descubriera tras la escalera, uno sobre otro, robándose cariños. No lo juzgaba. “Unos gustan una cosa y otros otra”, rezaba la vieja Cloth, y ya encontraba yo razón en aquellas palabras; al cocinero y su grumete les gustaba darse consuelo en los días de pálido frío. Yo no tenía problema con ello. De hecho, más de una vez había torcido la mirada o había hecho que otros la torcieran. De cierta manera, la complicidad estaba dada entre los tres: ellos me mantenían con las tres comidas reglamentarias, escondiéndome de los ojos irritantes del resto de marinos, y yo les auspiciaba su jueguito de gato y ratón, o colaboraba en las labores culinarias. El viejo recurso del trueque quizás era más antiguo que la misma prostitución.

-Pronto… tendremos hambre.

Sí. Ya podía sentir esa sequedad en la punta de la lengua y el mareo que me venía con la certeza de lo que traía esas palabras: malos augurios.

--//--

“El capitán salió”.

Así habían tronado las maderas de la embarcación cuando todos empezaron a descender para perderse en las calles y estructuras de un lugar como pocos conocieran. Al pie de la baranda, bajo los ojos conspicuos del cocinero, di un vistazo a lo que se presentaba como una arquitectura “multi-culti”, múltiples culturas conviviendo bajo el mismo pedazo de tierra. A un lado y al otro los ojos de diversos colores, las facciones maltratadas, las cicatrices, las marcas de maltrato o dejadez, se traslucían en unos rostros enajenados, habitantes de una urbe donde la ley era sobrevivir como fuere.

-Hay que hacernos de provisiones- refunfuñó el cocinero, no informando sino dando algo por implícito: -Pero el condenado perro no ha dejado ni medio kull… habrá que rapar como aves.

-No es que estén los mejores acá… Todos aprovecharon que el capitán salió para largarse donde las meretrices- y sobrecogiéndose el joven de piel parda sobre sí mismo anotó: -Asco me da de siquiera pensar que puedan disfrutar hacerlo con esos hombrespez.

-¿Hombres pez?

-Merrows

-Nä jä- sonreí: -Creo que ahora que lo mencionáis: uno de mis talentos es negociar.

-Veremos, bruja… Veremos.

Las calles eran de piedra caliza, blanca como las playas más puras y vírgenes del mundo. Eblumia exhibía de estas tierras nacaradas apenas un tramo de ella, pero comparado con lo que sentía bajo mis pies, Albión tenía mucho de que sentirse orgullosa, independientemente de lo bandolera que fuera la vida. El cocinero y el grumete, delante de mí, sonreían mientras el uno apuntaba a un lado y al otro, explicando los pormenores de cada uno de los escondijos del lugar. De pronto, las casuchas del puerto cedieron terreno a otro tipo de establecimientos, más apropiados al comercio, aunque dejando en entredicho el estado de su mercancía: aquellos sitios eran pocilgas.

-Tengo hambre.

-Aguanta- me dije, apretando todo mi ser al sentir las primeras embestidas de esa necesidad apremiante: la maldición.

Sin que pudiera adivinarlo, entramos en uno de aquellos puestos. No era el más amplio, pero sí el más nutrido de mercancía. El cocinero paseó de un lado a otro, con los ojos abiertos de par en par, hechos agua con todo lo que observaba. De pronto, tomando cajas, empezó a pasarlas al grumete, apilándolas.

-Espero que tengas con qué pagar estos favores, panzón.

-Olrik- exclamó el cocinero: -¿No estás un poco lejos del hogar de los hombres pez?

-Muestra un poco de respeto y quizás te dejé llevar una naranja, gordo pútrido. - espetó la criatura, pálida, cundida de arrugas, con unos ojos acuosos tan profundos como su propia piel grisacea: -¿Qué trae a la tripulación del Mary Reed por Albión, ah?

-Los asuntos del capitán… -contestó seco el cocinero, tomando una de las naranjas e hincándole el diente sin más. La cara le delató, la fruta estaba en su punto.

-Alócer… - espetó el merrow, paseándose las manos por una de las branquias laterales, y reparando en mí alzó una de las cejas, si es que aquello fuera y preguntó: -¿es este el pago?

-Häb ïch däs Gësïcht vön eïn Prëiss? (¿Tengo acaso la cara de un pago?)

Aquello sorprendió a aquella entidad, quién sin más se acercó y me tomó del rostro, escrutándome de arriba abajo, no con morbo sino con el recelo tallado en su ser.  

-Llévate lo que quieras, cocinero. No me meteré con el Poeta y sus demonios… pero tú, tú me acompañarás mientras ellos hacen sus quehaceres. El Mary Reed necesita alimentos y soy el mejor comerciante de ello… Bien por mí, que tardarán en llevarlo todo al puerto.

El cocinero y el grumete se alzaron de hombros. ¿Cómo podrían protegerme de las garras de aquella criatura si ellos se alejaban del lugar? Diría que le temía, pero no era así. Contrario a cómo lo creyera, entre aquellos seres ancestrales me sentía en mejor compañía que todos los borrachos mortales de la carraca.

-Iros… acá nada podéis hacer- aseguré, siguiendo el camino que dejara Olrik.

El interior de aquel lugar era… acogedor. Oscuro, como casi todos los hogares en el fondo de los océanos, apenas era atenuado por el pálido color de algunas bolas de cristal, rellenas de luciérnagas. El anfitrión en nada era desatento. Con un gesto me indicó el puesto a ocupar y con otro las viandas que podría probar. Amargas y luego dulces, de colores extraños; otras saladas, produciendo una sed apenas pasada por el ron que ofrecía para acompañar.

-Nunca imaginé que este día llegaría… -empezó: -De haber sabido que sería hoy, me hubiese puesto algo de rubor y de intuir que llegarías en disfraz de humana, hubiese escogido mi piel de príncipe para encamarnos.

-¿Disfraz?... No, esto no es un disfraz.

-Todo es un disfraz en ti, pero no los ojos: nunca pensé que vería el día en que un Legarium se levantara de la tumba para traer a un mortal.

-¿Cómo lo…?- dudé, a medio camino entre el asombro y el temor.

-No malgastéis saliva en preguntar lo obvio. Sé que no eres el primer ancestral que conoces, ni tampoco el último. Algunos están condenados a nunca verles, y otros… sólo se sorprenden de que nada ya les sorprenda.

No sabía de qué hablaba. Entre acertijos y misterios aquel viejo pez parecía jugar conmigo a la esfinge: quería que le atisbara sus mensajes en clave. Quizás su intención era que no lo lograra. Sin embargo, algo podía al vuelo tomar: sabía de Milk y de mi contacto con otros merrows. ¿Cómo los conocía? No alcanzaba a descifrarlo, pero el viejo lo sabía. ¡Cómo odiaba a los viejos!

-Tengo hambre…

El dolor que venía con la insistencia de la voz maligna me constreñía las tripas, haciendo que la mente se me nublara por momentos.

-¿Te atosiga?- inquirió el viejo.

-¿Qué?- pregunté, con los ojos en blanco.

-La daga. Reconozco el acero vil con sólo su aroma: corrupto, hostil como aquellos herreros que son capaces de manipularlo. Debe atosigarte.

-Es una maldición.

-No mayor a la mera existencia… Ondine.

-¿Cómo ha dicho?. La frialdad con la que impregné aquellas palabras, me sorprendió hasta a mí misma.

-Esta tallado en tus ojos de dragón, en el acero que te condena a matar para estar viva. Y la pregunta ahora es… ¿qué podrías dar para que yo te entregara mi vida?

Lo miré asombrada. ¿Qué o quién era ese viejo? ¿Cómo?… ¿Cómo?

--//--

Música:


Cuando vi desde lo alto del camino al Mary Reed, apresuré el paso, secando las lágrimas con los puños. Lloraba como un niño desconsolado, con el corazón apretado y latiendo en medio de la garganta. Sin embargo, la valentía repuntó cuando avisté a Strind y el capitán, volviendo desde el otro lado del sendero. Aceleré el paso y, cuando el cocinero les interceptó, quizás para explicar cómo se había dado el trueque de víveres tan misterioso, a la distancia hice una profunda reverencia por aquellas gracias que nunca serían dichas. De inmediato, casi corriendo, me interné de nuevo en las recámaras mugrientas del navío.

La cocina olía a aromas diversos: cebollas, legumbres, papas, animales enjaulados. Sin embargo, el atosigamiento de olores no podía borrar aquel humor de acero y níquel mezclado con mar que era tan particular de la sangre. Si tan solo hubiese entendido que aquel viejo tenía el don de ver más allá, mucho más allá, entonces nunca habría tocado aquella arpa, nunca le hubiese oído, nunca habría empuñado a la maligna y de un golpe le hubiese quitado la vida.

Un trueque más.

-Música por música- aún resonaba en mi conciencia, recordándole al compás del arpa. -Dolor por dolor… Tú sumas una vida a tu lista y yo más música a mi vida. Toca, mujer de azucena. Toca como las nereidas en las épocas remotas. Seduce con tus notas y mira de frente en el arte que empuñas, la sombra que dejas, el pasado que eres, la alada que fuiste, el demonio que posees.  Arte de decantar y dejar pasar, como el agua, como el mar… Toca hasta que la sangre empañe las cuerdas y el arpa saque de ti las verdades: porque el dolor que no demuestra el rostro se vuelve materia apenas se te oye. Trueque embustero, trueque maldito; sinsabor de los que estamos cansados de vagar y de aquellos que están condenados a estar atados a esta vida de miseria. Rómpete los dedos en este réquiem para ambos: uno para ti por lo que serás al salir, y uno por mí que no deseo volver a vivir.
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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Strindgaard el Mar Dic 20, 2016 7:22 am

Al regresar al barco éramos cuatro. El capitán hablaba amistosamente con el nuevo tripulante, aquel que llamaban Olread. Yo caminaba al lado del merrow que nos serviría de sanador, el rostro del pez estaba tallado en mármol, no pronunció palabra en ningún momento, por lo que toda mi atención se centró en Olread, a quien miraba de reojo, pensando en aquella sensación de vacío que me aquejaba desde el momento en que me había topado con él en la cueva.

¿Algo os atosiga, compañero? —Me preguntó con su voz clara y tranquila cuando llegamos a las blancas arenas del puerto.
Alócer rio y me golpeó la espalda.
Nuestro matasanos es así, que no te confunda. Su rostro siempre se encuentra compungido.
Los demás tripulantes del Mary Read no parecieron preocupados por los nuevos, pero se vieron mucho más prestos a realizar sus tareas en cuanto llegó el capitán.

La mantención de la carraca tomó todo el día, dando paso a una noche de tranquilidad y diversión. Era extraño verla de costado en un talud de arena a unos cien metros del agua profunda. Varias jarcias cruzaban los mástiles, y otras jarcias de soporte mantenían la quilla fuera del agua.
A aquella hora, en la playa no éramos los únicos que cenaban al son de la música y el ron, pues en la penumbra se podían divisar decenas de otros fuegos para cocinar, como puntos rojos brillantes envueltos en las sombras. El olor del lugar luchaba contra la fresca brisa marina con más fuerza que nunca, porque además de la habitual mezcolanza de humo de brea, azufre, comida rancia y las incontables letrinas descuidadas, estaba el espectro a menudo sorprendente de los olores de una cocina inexperta: el hedor de las plumas quemadas en los mismos pollos por hombres demasiado impacientes como para pelarlos, de extraños guisos a los que la mano entusiasta del ignorante había añadido grandes cantidades de menta, cilantro o mostaza traída desde el mismísimo Taimoshi Ki Nao para ocultar el sabor de carnes dudosas. Y de experimentos curiosos, y a menudo explosivos, en el arte de la fabricación del ponche con pólvora y otros elementos que se solían hallar en un barco.

Era toda una suerte que el Mary Read tuviera un cocinero experto y consumado en la cocina pirata. Pero en ese momento se encontraba tan borracho, que una vez cayó dormido, ni siquiera el disparo de un arcabuz cerca de su oreja logró hacerlo despertar.
¡Ah! ¡Qué me condenen! —Gruñó Alócer—. ¡Que alguno de ustedes se ponga a cocinar!
Sentado en un trozo de mástil, Mister Davies, el copiloto, se puso de pie de un salto y se nombró segundo cocinero a bordo.
Traedme unos cuantos pollos, y haré un estofado digno de un rey.

Varios piratas corrieron con una gran olla y la llenaron de agua de mar para luego traerla al fuego. Otros fueron al barco a buscar especies y verduras, mientras la mayoría seguía bebiendo y riendo. De pronto noté que varios de los comensales eran mujeres, seguramente prostitutas venidas de la ciudad de Albión.

Una botella llegó a mis manos, y las preocupaciones se fueron diluyendo en alcohol.
Lo siguiente sucedió en leves lapsus de recuerdos, como si los fuera extrayendo como peces en una laguna.
Recuerdo haber tirado un plato con manzanas de las manos de unos piratas, haber visto como varios pollos, sin cabeza ni tripas, pero sin limpiar, surgían de la oscuridad trazando un arco para caer en la olla, y luego a Mister Davies con sus brazos llenos de tatuajes lanzando cebollas, patatas y apio para acompañar las aves. Recuerdo haber hecho un chiste sobre ello.
Recuerdo haber visto al viejo corpulento, calvo pero barbudo como una palmera, inclinarse sobre la hoguera y meter el brazo derecho, para revolver el contenido de la olla.

Aún no está caliente —Había ladrado.
Recuerdo haber sacado un pollo empapado, y arrancarle un ala de un mordisco. Las plumas mojadas eran un espectáculo sorprendente en mi boca.
Pero empieza a tener sabor —Decidí, arrojando el resto del ave de vuelta a la olla— ¡Cantemos algo mientras esperamos!

Cuando desperté no recordaba siquiera si había dormido. Tenía una botella en forma de gota con un fuerte olor a coñac. También mi camisa y mi cabestrillo olían a coñac.
El amanecer no era más que un tenue brillo azul tras los riscos blancos y las palmeras de la isla. La mayoría de los piratas ya se habían despertado, uno encendía los rescoldos de la hoguera de la noche anterior, mientras otros desayunaban huevos de colores de algún ave exótica. El pirata que encendía la hoguera de pronto escupió fuego igual que una persona lanza un escupitajo y encendió las llamas. Era Alócer.

El capitán terminó de patear los carbones, y se puso a gritar, patear y tirar la barba y el cabello de los aún durmientes. Los piratas, gimiendo, se levantaron trabajosamente y se tambalearon hacia la hoguera. El Poeta les dio tiempo para calentar cazos de ron y cerveza, de los que bebieron suficiente para reanimarse, antes de volver a trabajar en el Mary Read y devolverlo al mar.
En casi una hora, y aprovechando la marea alta, la carraca se puso de nuevo en aguas profundas. Los piratas se despidieron de Albión y sus mujeres, comercio y merrows, para ponerse de nuevo en ruta.

Cuando el barco salió de la isla, Alócer ordenó que se desplegaran todas las velas, incluso las arrastraderas que flanqueaban las velas principales, y los tres foques situados a lo largo de la botavara de proa. Las velas brillaron bajo el sol de la mañana y enfilaron hacia el noroeste, haciendo que la Isla Errante se perdiera pronto en el horizonte.
El viaje comenzaba nuevamente, y no sabía cuánto tiempo me tomaría regresar al Ardent, ni siquiera tenía una noción de donde nos encontrábamos en aquel momento. Luego de una angustiosa mañana de dudas, decidí hacerle una visita a la hidromante.
Solo había visto a Ondine en una ocasión antes de subir al barco, y no había tenido oportunidad de preguntarle el por qué estaba tan triste.

La encontré como siempre en la cocina.

¿Te encuentras bien? Ayer te vi, parecía que habías llorado. ¿Alguien te ha hecho algo?
Nadie me hizo nada, antes me hicieron un favor —Me respondió en un susurro con una pálida sonrisa—. ¿Qué hacéis acá? ¿No deberíais estar con el capitán?
Hemos traído un sanador —Preferí no ahondar más en el origen de su tristeza y desvié la conversación—: Un merrow. ¿Conoces aquella raza?
¿Un sanador? —Me dijo, asombrada— ¿Y no es ese vuestro trabajo acaso?

Puse mi mano buena sobre el cabestrillo. El brazo me palpitaba y dolía, pero no podía dejar que mis problemas la aquejaran.
Sí. Pero yo soy más convencional. El merrow que trajo Alócer practica sanaciones con esencia.
Me observó, quizá notando el dolor que me aquejaba. Se acercó trayendo un poco de agua en sus manos ahuecadas.
Bebed...
No me sentía sediento, pero no pude negarme. Bebí.
Gracias.

El resto de agua que quedó en sus manos, lo limpió en su falda y regresó a su silla. Me miró con el mismo gestó que había utilizado aquella vez cuando me vi obligado a demostrarle quien en verdad era.
¿En serio sois médico? —Sus ojos profundos parecían los de una niña— ¿En serio?
Abrí la boca y la cerré. Estaba claro que entendía más allá de las palabras. ¿Qué le iba a decir? Ella ya sabía la verdad.
Bueno. —Me encogí de hombros—. Digamos que todo lo que sé es por medio de libros. Nunca he practicado.
Me miré el brazo vendado.
Hasta ahora.
Sonrió burlona.

Al menos creatividad tenéis. Nada mal... nada —La sonrisa se le ensanchó. Bajé la vista y ella desvió sus ojos hacia la ventana—. ¿Y ahora qué? ¿Qué destino nos espera con este capitán?

Silencio. La verdad no sabía. No sabía qué intenciones tenía Alócer al traer a aquel calvo al barco, ni mucho menos nuestro siguiente paradero. Yo era el que más tiempo pasaba con el capitán de los dos, al menos debía tener alguna idea.
La miré, al parecer, por su mirada, ya sabía la respuesta. Iba a decir algo, pero desde arriba, en la cubierta, alguien gritó.
¡BARCO A LA VISTA!





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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Amethist el Vie Dic 23, 2016 11:31 pm

IV. Sorpresas de altamar

Días antes

-Si quieres el cargamento y el negocio, tendrás que llevarla.

-¿Tengo cara de niñera o es que quieres que te tueste las tripas, niño bonito? ¡Somos piratas! Una mujer estorba…- repicó el capitán, recorriendo con la lengua el camino de sus labios mientras miraba en dirección a la pequeña rubia de gestos perforadores. Los ojos del marino eran peligrosos pero más lo era su porte, apenas sentado sobre unas cajas con una botella de ron en la mano.

-Entonces no hay mercancía para el Mary Reed, capitán- refutó su interlocutor de brazos cruzados.

-¡A mí no me hablas en ese tono, plumero!- contestó airoso el capitán del Mary Reed: -Llevar mercancía de estas ciudades bajo las narices de las marinas no es tarea fácil. Ya me parecía que antes había demasiados sapos metidos en esto, pero no dije nada, soy un caballero- e hizo un ademán con su sombrero: -Pero que ahora deba aguantar las pavonadas de un holgazán burócrata hace hasta que quiera volver a la vida legal…

-No es mi problema lo que mi presencia pueda causar en Usted, capitán Alócer- refutó el divium, en tono calmo pero enfático. Sus cabellos plateados y ojos lila seguían a su peligroso compañero casi sin permitirse pestañear: -Quiere el negocio, lleve a la chica; no lo haga, y olvídese de que alguna vez contrabandeó con la Ciudad de Eblumia y sus islas de ondinas.  Luego no se queje, caballero. Es simple, hasta para un niño.

-¡Maldito pájaro!- refunfuñó el veterano, llevándose la botella a la boca: -Sólo el negocio por ella no basta…

El divium alzó las cejas y en su rostro de porcelana se armó una sonrisa a medias, de labios tan delgados como la filigrana. Su mirada relampagueó y llevándose las manos hacia atrás, contestó:

-Finalmente, nos vamos entendiendo. Tenga -y entregó un tubo a simplemente de cristal con un papel dentro, pero al tacto, aquella protección no era más que agua, encantada por los maestros del Templo de Alastor, cuidadores de las ciudades merrow de la región. El agua no irrumpía con el pergamino que, dentro de ella, flotaba libre, incorrupto. Unas letras se avistaban en su lomo, unas que parecían en dialecto foráneo, con runas irreconocibles. -Esto le será de utilidad cuando menos se lo espere, capitán Alócer.

-¿Un mapa?- indagó el veterano marino con incredulidad, sabiéndose el dueño de un objeto excepcional.

-Un mapa, un acertijo, un destino… Los caminos de las olas son diversos, misteriosos y traicioneros. Quizás uno de tantos esté destinado a ser suyo, si los dioses o los demonios le sonríen.

No había mucho que pensar. Quizás la sola presencia de la mujer ya era ganancia -podría ser vendida o violada en altamar, daba igual-, pero aquella posesión, tan única y rara como pocas cayeran en manos del contrabandista, cerraba el pacto entre ambos. Nadie había dicho que la chica debía llegar completa a su destino… y ella bien podía ganarse su comida dignamente en la cama.

--//--    

-¡BARCO A LA VISTA-

Música:


Tras desplegar el catalejo y otear a través de él, el Poeta divisó varias velas blancas que, a aquella distancia, parecían pequeñas nubes apenas perceptibles en el horizonte. Eran naves, eso sin duda, quizás tres buques. Diestro en su oficio, ejercido en años y con los cayos en las manos, escaló rápidamente por el flechaste hasta llegar a la cofa del vigía del palo mayor, desde donde tendría una panorámica exacta de la situación. Y fue en ese momento que el capitán del Mary Reed, hombre porfiado y soberbio, comprendió la amenaza: con el olor de sal y las olas en dirección este, una de las naves se diferencia de las otras en su porte; usaba muchas velas cuadras y, a juzgar por su tamaño, parecía un barco pesado... Alócer juró por un segundo que era de guerra... pero sus temores se confirmaron cuando el pabellón de la Naval de Narda aparecía hondeando de sus aparejos. ¡Aquellas malditas ratas los habían encontrado!

¿Qué podía hacer una carraca contra semejante nave? Quizás si estuviese sola tendrían posibilidades; la suerte puede llegar a ser demasiado perra... Más el Poeta no podía encargarse de desarbolarla si tenía que ocuparse a su vez de las otras dos embarcaciones de apoyo que la seguían de cerca. Era una batalla que se resolvería con la inteligencia y no con la fuerza bruta. Miró al frente y entonces, iluminado por la Divina Providencia, la loca idea de utilizar los bancos de arena, que sin duda caracterizaban esas ondulaciones en el agua más delante de ellos, les permitiría deshacerse de una de las naves, pudiendo entonces disparar el fuego de las balistas contra las dos goletas.  

Resuelto, descendió con presteza por uno de los cabos a la cubierta y con vos recia ordenó:

-¡Desplegad todas las latinas y foques! ¡Todo a babor, perros! Mister Davis, ¡que el timonel se dirija a los bancos de arena! ¡Señoritas… CARGUEN BALISTAS Y ESPEREN LA ORDEN!

-¡Andando bestias! ¡Moviendo! ¡Sí, señor!- iban respondiendo los marineros, corriendo sobre cubierta.

-Aún no se ha trenzado la cuerda que ahorque a Alócer, capitán del Mary Reed- escupió con toda su indignación el Poeta, mirando al enemigo lleno de desprecio.

La tripulación de la carraca pirata corría de un lado a otro. El repiqueteo y rechinar de las balistas cargarse, unido al crujir de las drizas y jarcias era el canto reinante en cubierta. Las goletas de la Naval de Narda comenzaron a acercarse peligrosamente, su calado ligero y su abundante velamen las posicionaban en una clara ventaja marinera con respecto de su pesada nave capitana, un galeón que lenta pero inexorablemente se acercaba más y más.

Tras trazar una estrategia de combate mientras oteaba a los dos navíos de la tercera ciudad de las Nalini con su catalejo, el viejo lobo ordenó a los del puente de mandos:

-¡90 grados a babor, encara la nave en posición de combate!

Un rugido proveniente de las cuadernas y de la quilla se hizo presente, y todo el buque viró bruscamente para colocar su costado frente al enemigo. La trampa estaba servida

-¡LA BREA Y EL FUEGO, SEÑORES. PRENDED LA PUNTA DE LOS VIROTES AHORA!

Como si hubiesen leído el pensamiento del capitán pirata, de la cubierta de las bordas de la goleta surgieron varias hileras de arqueros que abrieron fuego contra todos, las flechas rasgaron el aire y fueron a clavarse sobre el negro costado del Mary Reed y la carne de algunos despistados marineros.

Agachados y escondidos tras las bordas y batallolas de la carraca, las flechas cayeron inevitablemente sobre todo, llevándose consigo a 3 desgraciados que dieron su vida por dejar listas las máquinas de guerra. “Humprey , Jenkins , Rob.. esto va por vosotros valientes”

-¡FUEGO!

Con la ira en el corazón y la sed de la revancha, las balistas vomitaron un infierno fulgurante sobre el buque enemigo, cuyo velamen ardió al impactarle la munición incendiaria de la carraca. Atrás quedaban los restos de una goleta, entre el rugir de la madera ardiendo y el grito y llanto de la veintena de hombres que lo tripulaban. “Que los siete infiernos se los lleven”.

Pero, a pesar de haber convertido aquella nave en una bola de fuego gimiente, los ánimos de su gemela no cesaron y por la mura de estribor se aproximó el otro navío, cuyos hombres, jóvenes inexpertos pero bien perfumados, ya tenían los garfios de abordaje en las manos.

-¡Ballestas, hachas y alfanjes viejos lobos! ¡Defendéos! ¡Izad el gallardete negro! Acá no daremos tregua. ¡Hoy no habrá piedad para nadie!

Los gritos de guerra de los valientes chocaron en el aire con los "vivas a la Orden del Dios Único" de los soldados que atacaban. Desenvainaron las armas y todo se dispuso para el gran recibimiento. Era vencer o morir.

Y allí, en medio de una pantomima animal de gritos, embustes, groserías y calumnias, los encontró Amethist, subiendo a cubierta, luego de deliberar consigo misma al calor de los fuegos de la cocina, qué papel ocuparía en semejante problema.

-Bien podrías hacerte a tus medios para ir por el mar como te plazca- le habían dicho en Albión, los vendedores de la calle. Ella obtusa, consiente de la importancia de una tapadura que pudiera no dejar huella de su paso por los mares, contestó: -Mejor ir en carraca con otros más, que llamar la atención yo sola y morir expuesta en altamar.

Los desventurados soldados saltaron aferrados a las maromas de su nave, abordando al Mary Reed. La de pelos claros y mirada morada arqueó sus cejas, desafiante, sin un ápice de duda, ante hombres que perfectamente doblaban su tamaño. Desenvainó su estoque y la daga, y con un susurró de sus labios sobre la hoja del primero, este tomó el color del hielo. "Würn"

-Tengo hambre- sentenció la daga maligna, recordando el sabor de la carne recién mancillada.

-Hora de comer- le respondió para sí la mujer, avanzando hacia el primer desgraciado que se le atravesara.

En ese momento, desde el puente de mando, Alócer con su mirada aguileña dejó escurrir esa media sonrisa cínica que le caracteriza. Ni cama, ni esclava había encontrado en aquella chica, una bruja de las aguas, pero en ese momento ella era una más entre ellos, y allí, en ese instante, marcaba una diferencia que podía girar las tornas de la suerte. El viejo lobo sabía la prisa que corría por zafarse de aquel abordaje o el galeón les alcanzaría. Ya casi podía sentirse sobre los bancos de arena, pero sin duda necesitaban un poco más de tiempo... Un milagro.
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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Strindgaard el Vie Dic 30, 2016 9:20 am

Fuego. Sangre. Muerte. Tres ingredientes que regresaban para atormentarme.

La paz es un animal que siempre se me escurre entre los dedos, un momento del que mis pasos, como si caminase por una cuerda floja, nunca lograsen pisar firme, y siempre terminan dejándome caer. Causa y efecto, supongo.
Luego de haber escapado de mi maestro, de un incendio, de una escena de crimen, de una cárcel, de la muerte por inanición en el mar, apenas había tenido tiempo para sacudirme la sal y disfrutar un poco del viaje, cuando de nuevo volvía a caer en medio del fuego.
Pero esta vez era diferente. Ahora las llamas las escupíamos nosotros.

El fuego de las balistas era candente y batallaba con el brillo del sol de la mañana, devorando la goleta que nos alcanzó por babor como si fuera madera seca. Las velas, los aparejos, los tripulantes, todo ardía bajo el yugo de la brea, mientras el humo negro y espeso que se elevaba cubría con su manta el cielo, ofreciéndome la visión macabra y descorazonada de un sol negro.

Paz. Paz. Paz. Abajo, desde el agua podía oír como pedían a gritos ayuda los pocos tripulantes que lograron saltar desde la goleta al mar, y mucho más fuerte, y agudo, pude oír como gritaron quienes no corrieron la misma suerte. Aullidos de animales, como cerdos en matadero, chillidos, eso escuché a babor desde la orilla de cubierta. Me cubrí los oídos y corrí al otro lado de la carraca, en busca de silencio, de mi instante merecido de paz.

Cuando alcancé el otro extremo del barco, un disparo de arcabuz me sacó de mi loco ensimismamiento. El Poeta, luego de descargar su arma, liberó una segunda de su cinturón y disparó a quemarropa contra otro jovenzuelo grumete, que en tropel habían abordado con ganchos el Mary Reed.

«Mierda, mierda, mierda. Eso no es lo mío.» Pensé mientras mis compañeros besaban con plomo y acero a los soldados de La Armada de Nanda. El galopar incesante de mi corazón me aporreaba el pecho, mientras corría de aquí a allá envuelto en mi primera lucha de verdad. Este era el sabor de la muerte, el sabor de la sangre y el sabor del fuego. Los demonios estamos hechos de todo eso, ¿Acaso no estoy en mi elemento? Entonces, ¿por qué estoy a punto de mearme en los pantalones?
No tenía idea si ganábamos perdíamos, todo era una danza en donde solo ganaba el que cometía menos errores que el resto. Corrí, debía admitirlo, era un cobarde. Nadie me había preparado para la guerra, yo no era un pirata, y mucho menos un guerrero.

¡RETIRADA! —Gritó un soldado a mi lado. Llenó de nuevo sus pulmones de aire para volver a gritar, pero una espada floreció de su pecho, roja y brillante, y lo calló para siempre.
Pasé por sobre un sable y decidí levantarlo, lo empuñé como si fuera mi daga, pero era mucho más pesada y larga, miré a mi alrededor por primera vez, al menos habían muchos más piratas que soldados en cubierta. Sentí nauseas al ver las tablas bañadas de muertos, muchos compañeros que había visto alrededor del fuego, limpiando o colgando de los aparejos ahora adornaban la cubierta con sus cuerpos borboteando sangre. Solté el arma y me apoyé en el palo de mesana, mareado. Comprendí que las piernas me fallaban, era como estar borracho, pero peor porque estaba lúcido.

¡EL BUQUEEEE!
A través del humo de la goleta, cercano y preciso, el buque, como una mole oscura y crujiente a babor, se había posicionado para disparar.

¡EMPAPAD LAS VELAS DE RESERVA! —Gritó Alócer a todos y a nadie—. ¡ENVOLVED CON ELLAS LOS BARRILES! —Varios piratas corrieron bajo cubierta para cumplir la orden, en cubierta ya no quedaba ningún soldado, al menos de pie. Yo estaba petrificado. Aferrado al palo de mesana comprendí con fría serenidad lo que iba a suceder—. ¡Mister Davies, veamos si logramos poner distancia entre esa bala y nosotros!

La carraca giró bruscamente y las velas pronto se inflaron. Con mi brazo izquierdo deteriorado por la herida, apenas y pude sujetarme, y caí sobre el cuerpo inerte de uno de los soldados. Cuando me puse de pie, el humo de la goleta fue quedando atrás, y el buque de guerra se hizo más nítido. Perfilado, se podía apreciar ya tres cuartos de su perfil, con las corridas de sus tres pisos con los portillos abiertos, el costado parecía una mesa de ajedrez, los cañones estaban listos para disparar.
¡Está muy lejos para disparar!, ¡¿por qué lo intenta?!
¡Está en el banco de arena! ¡Está atrapado!

Entonces, una línea blanca surgió ondeante como una serpiente desde el costado del buque y, un instante después, el retumbar hueco del cañonazo surcó el kilómetro y medio del agua salada que nos separaba. Casi al instante, un gigantesco surtidor de agua brotó en la faz del océano a unos veinte metros a la derecha del Mary Reed.

Ha pasado de largo. Nos hemos salvado. —Susurré de rodillas, y manchado de sangre del muerto bajo de mí.
Está tanteando. —Dijo un pirata a mi lado—. Pronto recalibrará.
Los segundos siguientes fueron de pánico. El Mary Reed seguía con su brusco viaje a barlovento desviado de su curso, y la goleta, aunque con mucha menos gente, comenzó a seguirnos. Pero nada de eso importaba, ahora debíamos poner toda la distancia posible entre el pesado buque y nuestro barco.
Con el buque lejos y metido en los bajíos, solo teníamos que encender nuevamente las balistas y encender la otra goleta y estaríamos totalmente a salv…

Un repentino rugido barrió conmigo, pequeñas astillas se me clavaron en el pecho, los brazos y las piernas. La furia de la explosión me lanzó varios metros atrás y de pronto ya no estaba en el barco, sino que caía varios metros junto con la madera de la baranda de estribor hacia el mar.
Ensordecido y aturdido, comencé a bracear para salir a flote, la sal se metió en mis heridas y todas comenzaron a arder por igual. Saqué la cabeza, traté de dar una bocanada de aire sin atragantarme con la sangre y los trozos de dientes que me llenaban la boca. Por encima del zumbido que atronaba mis oídos, noté como varias otras voces gritaban.

¡EL CAPITÁN A CAÍDO AL AGUA!
¡UN SALVAVIDAS!
Miré a mí alrededor, éramos más de diez los que flotábamos sobre la espalda del mar, aunque varios lo hacían de estómago.
Floté hasta un trozo de madera y me aferré como si mi vida dependiera de aquello.
¡HUID, INSENSATOS!
Miré a mi lado y unos metros más allá vi que también flotaba Alócer.

¡Sólo ha sido una bala que ha pasado por suerte por sobre la cubierta y se llevó parte de la baranda!  ¡Cuando vuelvan a disparar el Mary Reed estarás fuera de su alcance!
Pena. Miedo. Arrepentimiento. No sabía qué tan sobrio estaba, pero me era urgente beber algo para ahogar el hecho de que la carraca se alejaba y la goleta se acercaba más y más.

¡Tranquilos! —Gritó el Poeta cuando la nave estuvo a pocos metros sobre nuestras cabezas—. ¡No ha sido la primera vez que me las he visto con estos nandences! ¡Confiad en su capitán!
Cuando la goleta pasó por nuestro lado, doce cabezas se asomaron junto con sus respectivos arcabuces listos para disparar.
Tenemos una pistola apuntando a cada una de vosotros, hijos de puta, así que no intentéis nada. Cuando lance la escalerilla id subiendo de uno en uno.

Me senté en la cubierta de la goleta, escupí y luego me sentí profundamente agradecido de notar que mi cuerpo estaba en orden, excepto por el sangrado, sin heridas graves, y al parecer sin fracturas. La felicidad no duró mucho más, pues quien iba al mando de la goleta, al notar que tenía a nuestro capitán, decidió regresar al buque.

Arawn & CIA:

Desde lo más bajo hasta Capitán de un buque en la Armada Real de Nanda. Has llegado muy lejos Arawn.
Alócer no había perdido su sonrisa irónica, aunque ahora apenas era una sombra de lo que lograba intimidar en su barco por culpa del sudor que le bañaba la cara marcada por el dolor. Había sangrado profusamente por la nariz y tenía la barba canosa llena de sangre. Su ropa salpicada  de alquitrán estaba, además de mojada, más rota de lo común por culpa de las astillas. Frente a él, el pulcro capitán del buque, el oficial de la goleta y otros al mando, con sus chaquetas negras, calzones blancos y gorras de cuero parecían lo más cercano a la civilización que hubiera visto jamás.
Alócer. Al fin. —El capitán del buque hizo un gesto con la cabeza y con pistolas nos empujaron hacia abajo—. Hace más de quince años que reservo una de nuestras celdas para ti.





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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Amethist el Mar Ene 10, 2017 4:31 pm

V. La marca infame

Música:

El entrechocar de los aceros, unido a los gritos e insultos de ambas dotaciones, se entrelazaban en una danza macabra al azote de las olas, zumbantes, cantarinas, envolviéndolo todo en una caótica armonía de destrucción, de horror. Yo combatía con rabia, sin saber muy bien de dónde me hervía la sangre para querer pasar la hoja por todos los gaznates que la tocaran, blandiendo la punta de cristal del estoque, resplandeciente como una lanza armada del frío ártico, y la daga flameante de sangre.  Los tres dibujando círculos de muerte que se hacían cada vez más amplios, engullendo a más y más desgraciados... La oda a la locura.

Era inevitable. Como pasara en Ujesh-Varsha, en Eblumia y ahora en los mares infinitos, me asaltaba la fuerza de esa otra entidad que me acompañaba invisible, una sombra del pasado, y cuando la batalla llamaba, ella encendía sus motores, calcinándome las entrañas. Lo disfrutaba, me exaltaba la muerte, tener el poder de ser la Parca, tanto o más a como lo odiaba. Las manos iban y venían solas, las piernas se flexionaban por instinto, apelando a la velocidad más que a la fuerza, jugando con esa poca estatura de la que muy pocos pueden hacer gala dentro de la basta humanidad. Extrañaba mi arco, ¡los dioses saben que así era! Pero en la guerra, como en el amor, la clemencia es inexistente y todo asador es arma de contienda. Yo seguía esta premisa al pie de la letra, escrito en cada ataque con el sudor y la furia radiante en mis ojos lila. Y era consiente que así se mostraban: un gris que había cedido ante el púrpura que esgrimiera en otra vida, ya lejana y polvosa, pues solo cuando peleaba, cuando me jugaba la vida en batalla, es que esa otra guerrera se manifestaba, abriendo sus alas invisibles, razonando con estrategia, mientras yo obedecía sus mandatos como una fiel sierva.

Ondine… Siempre conmigo, como un ángel en duermevela, una sombra enemiga.

Una y otra vez, de arriba hacia abajo, pintaba la enmugrecida cubierta del Mary Reed con la sangre, avanzando lentamente hacia la proa. Tras zafarme de otro de aquellos tunantes perfumados, de trajes holgados y cofias de color, al hundirle un hacha en la cabeza, recogida de pronto ante la sorpresa de verme sin estoque pero con el rostro enemigo empuñando para atacar, pude observar por unos instantes a Strindgaard, con sus cabellos oscuros, desordenados al viento, y ese porte malogrado, desvariando de un lado a otro en medio de la batalla desencadenada en cubierta. De lejos, el pesado galeón se acercaba.. y nosotros aquí.. entretenidos con el insipiente abordaje.

— ¡EMPAPAD LAS VELAS DE RESERVA! —

Yo, apenas agachada tras una de las cajas de cubierta, recogiendo el estoque, oí a lo lejos las palabras recias del capitán. Guardé el arma, me puse en pie, pero de pronto, con la fuerza de un huracán, con el viento en contra, y la velocidad ganada por la carrera, la carraca me hizo perder el equilibrio. Apenas si pude ponerme en pie. El impulso de aquella treta nos hizo a todos tambalear. Me sostuve de una de las barandas, observando con horror como bajo el basso ostinato de Alócer, piratas y sus enemigos, iban cayendo al agua, apenas asomando sus cabezas sobre las aguas. De nuevo una vuelta, y fue allí cuando sentí el empuje de algo que golpeaba mis espaldas. Eso fue lo último que oí o sentí en aquel navío, pues del golpe caí al mar, junto con los otros desgraciados que habían sido tan descuidados como yo de bajar la guardia.

--//--

¿Cuánto tiempo había pasado? El contoneo de las gotas en la celda habían sido el ardid para despertar. Agua por todos lados, posada, con un olor podrido que nacía de la humedad del lugar, mezclado con las deposiciones de todos los anteriores inquilinos y la madera corroída. Me sentía débil, también desubicada, mientras sobre mi cabeza, se escuchaban los pasos acelerados que iban y venían en la cubierta. Los barrotes sellaban el destino: una jaula donde las presas esperábamos para ser condenadas. Respiré hondo, con el dolor y el frío calado en los huesos. Estaba nerviosa, por decir lo menos. La última vez que me había visto en tales condiciones había sido en Samrat. Parecía que había sido hace muchos años, cuando sólo hubiesen transcurrido 2.

Me puse en pie y sujeta a las rejas observé el lugar: decadente, baldío, quizás yo era la única alma allí. Sólo las ondas del mar golpeando las cuadernas se extendía por toda la estructura, un dulce lullaby. ¿Dónde estaba? Para ese momento ya me era clara una cosa: no estaba más en la carraca pirata.

-Bueno, bueno- cantaron a mi espalda. Débil como me encontraba, voltee con parsimonia: -Hoy ha sido un día de triunfos: Alócer y sus muchachos bajo el ojo de la Justicia. Nunca imaginé que cargara rameras consigo, aunque… difícil es imaginar la lógica con la que las ratas suelen pensar.

Sus palabras cargadas de ese estilismo citadino y corte sarcástico revelaban un orgullo poderoso. Su vestimenta impecable, sus sombreros correctamente dispuestos, y unas botas que quizás jamás habían visto el barro, le deban un toque imperial, estilizado, que pocas veces había tenido oportunidad de ver. En ese personaje vi el rostro de los muchos que había amortajado con las armas… y entonces sentí miedo. Miedo mortal.

-¿Dón…dónde están mis cosas?

Rebusqué sobre la ropa, empapada aún. Las piernas tiritaban, así como los brazos, como los adictos, pues aquella pertenencia era lo más similar al opio… ¿Dónde estaba?

Grité de nuevo, con los ojos coléricos y los puños cerrados. Enemigos, aliados, no importaba.. En mi mente latía el impulso de la angustia pues la daga, aquella insulsa adquisición que servía como control de mi vida y enemiga primera, no estaba en mi haber.

-¡Sujetadla!

-Nooo… NOOOO- grité enfurecida, azotando con los brazos y los pies a medida que sentía el agarre de los soldados. -¿Dónde está? ¿DÓNDE ESTÁ?

Me golpearon, si es que aquello no fue más un azote. En el afán por saber la ubicación de aquella arma traté de golpear a uno de los soldados, pero éste en reprimenda me volteó el rostro de una bofetada. El sabor agrio de la sangre me lleno el gusto, mezclado con las lágrimas de indignación. Quizás fuera esta sensación o la furia la que sin previo aviso,  me hiciera desplegar, aun sin fuerzas, aquella técnica. Los ojos oscuros del soldado se traslucían en los míos, mientras yo atónita seguía de cerca cómo de ellos le abandonaba la vida. Deshidratado, inerte, sin un ápice de agua entre sus venas, los demás me soltaron con terror.

El cansancio de su subalterno, seguido por mi propio rostro de perplejidad, despertó la ira de aquel que estaba a cargo. Volvieron los golpes; las costillas me tronaron y entre uno y otro golpe que me sumía en el olvido, a lo lejos podía distinguir una palabra que se repetía… “Bruja… bruja”.

--//--

Música:

De nuevo despertar…

Quería hablar pero del dolor, el ardor, apenas si podía gritar, maldecir y llorar. Ardía, quemaba, dolía… me sentía mutilada. Nada de lo que hubiese vivido hasta el momento me podía preparar para esa sensación de carne lacerada que en la espalda se marca. “Bruja, bruja”, mi mente cantaba una y otra vez como mantra. Abrazada a mí misma, con el camisón rasgado, cubriéndome el pecho con las manos, con los ojos clavados en la tela del faldón, y el olor a carne quemada en las fosas nasales, no podía comprender qué había pasado. La cara me dolía, el sabor a sangre insistía en mi boca, los ojos parecían querer salirse de sus cuencas, pero en ese momento era la espalda, ese insistente ardor, lo que me hacía inevitable el chillar como un cerdo en matadero.

Todo era borroso, la oscuridad se colaba en mi mirada entrecerrada, las lágrimas corrían libres por el rostro golpeado, ultrajado, aunque firmemente consciente que en esa penumbra del encierro un par de ojos seguían mis actos.

Strindgaard estaba allí. Con la mirada caída, sudando a mares, su rostro era inexpresivo; sin embargo,  con cada movimiento que hacía, su rostro se transformaba en una máscara de dolor. También sufría su propio calvario: su brazo, ya sin el cabestrillo improvisado que hiciera con su camisa, reposaba sobre su pecho. Entre las lágrimas y la pena por mis heridas, observé la de él negra a lo largo del corte, sin algunos puntos, enrojecida e hinchada. Contrario a mí, él está más ido, ajeno al mundo y sus desgracias, como si mirase algún punto lejano más allá de la pared que nos apresa.

-A…-solté en un silbido, calmando el llanto, casi en una suplica: -Ayúdame… ayúdame.

Del fondo, en algún punto de aquel lugar cundido de rejas, la voz del capitán se alzó en un murmullo recio:

—En unas semanas estaremos en Nanda. Espero estén acostumbrados al pan y al agua, porque será lo único que coman.

Una de las manos corrió urgente a la boca, dispuesta a soltar otro gemido de dolor infernar. Reminiscencias de un cuarto oscuro, hierro encendido, hombres conteniendo el aliento, gritos, golpes, maltrato, calor…. No podía parar el llanto, me era imposible. Los pelos se me colaban en la boca y los dientes me empezaban a temblar de la fuerza con la que trataba de evitar el gritar aún más fuerte. Nada calmaba el desespero de verme sin la daga, un horror paralizante por estar sometida entre barrotes, con la conciencia clara de haber sido quemada. Marcada como una infame.  
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