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La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Strindgaard el Jue Ene 19, 2017 12:34 am

En el cielo todo estaba tranquilo, ninguna nube, ni esponjosa, ni jirón, ni bruma transparente osaba romper el eterno celeste de la cúpula. El sol brillaba como un kull de oro recién acuñado, derritiendo todas las esperanzas. El humo de la galera se había disipado como fantasmas de una pesadilla al despertar, y habían dejado el cielo tan despejado como la cuenca de una calavera vacía. Nada. Ni siquiera un ave peregrina, o una vieja gaviota que hubiera decidido venir a morir en altamar. Nada.
El cielo estaba tan despejado como mi mente. Moría de ganas de estirar la mano y rozarlo, de ser libre.
Señores, escolten a estos piratas a sus celdas.
Pero de pronto el peso de la realidad me golpeó en las costillas en forma de mosquete, me doblé de dolor, y un empujón casi me tira al suelo.
Muévete.

Comencé a caminar en tropel junto con los demás prisioneros por la pulcra cubierta del buque de guerra, con sus drizas recogidas en espirales perfectas, y su piso de madera brillante, el cual se manchaba poco a poco de gotas de agua y sangre.
Aunque traté de mantener la dignidad y el aplomo, me resultaba imposible no cojear levemente por el dolor en la cadera, y por cómo me tañía la cabeza con cada pálpito, deduje que en algún momento de la explosión me debí haber golpeado el lado izquierdo de la cara con algo lo suficientemente duro como para hasta haberme tirado un par de dientes y haberme molido la mejilla por dentro.
Los soldados a mí alrededor, intimidadoramente limpios, afeitados y bien erguidos, observaban nuestro avanzar como si nos tratásemos de animales salvajes de circo en una feria de aldea, como monos amaestrados, o leones viejos y maltratados, o mejor dicho: hienas dementes.

Alócer había empezado a reírse, algo que llamó la atención hasta del capitán, su risa estridente parecía subir y bajar junto con el bambolear de las olas. Pero mientras llegábamos a la puerta oscura que nos llevaría hasta abajo, hizo un gesto de dolor y tuvo que conformarse con una sonrisa torcida.
Los más de veinte o treinta hombres que ocupaban la cubierta nos miraban con lujuria de sangre, quizá recordando a sus compañeros de la galera que ardió hasta la quilla, o bien, de quienes nos abordaron y murieron destripados o fusilados.
Abajo la cosa no pareció mejorar; filas de grumetes, los cocineros, los que limpiaban el suelo, y por supuesto, nuestros carceleros, todos tenían la misma mirada, la que casi inexpresiva, me hacía pensar en cuerpos desollados, gritos aullantes y el olor a hierro oxidado de la sangre.

Entrad.
Cuando el carcelero abrió la gran jaula un viejo prisionero con grilletes en las muñecas comenzó a gritar.
¡LIBERADME! ¡LIBERADME POR FAVOR!
El carcelero se mantuvo impávido. Todos entramos en silencio, llenando la celda que ocupaba un poco menos de un cuarto del espacio de la bodega.
Quiero volver a ver la luz del sol. —Habló el hombre esposado a la pared, en susurros tan tenues que apenas pude oír. Su rostro estaba demacrado, viejo y flaco—. Quiero hablar con… mi hijo.
Nos sentamos en el suelo, uno de los guardias apareció con un diario o un libro encuadernado en piel y comenzó a leer nuestros derechos.
Por el presente poder que nos ha conferido el gobierno de Nanda, en el día doce de Garkiano
Quiero mirarme… en los ojos de una mujer.
¿Hace cuánto tiempo estaba ese pobre hombre allí?
—…Permanecerán detenidos en calidad de culpables por piratería, y serán marcados como es debido
Cerré los ojos. Ese era un excelente momento para revelar mi verdadera forma, abrir las jaulas de alguna manera, liberarme y matarlos a todos. Pero hay que ser realistas. Yo no tenía la fuerza para echar abajo esos barrotes, ni invulnerabilidad a espadas y balas, mucho menos la fuerza para pasar por sobre toda la flota del buque.
Suspiré. Estábamos jodidos.


La derrota nos había sobrevenido, pesada como una plancha de hierro sobre los hombros. Dentro de la celda todo estaba perdido, y los sollozos del hombre encadenado mezclados ahora con los gritos y gemidos de los piratas malheridos no ayudaban en nada. Tarde o temprano vendrían a marcarnos, y esa no era la peor parte. El viaje de regreso hasta Nanda me revolvía el estómago como si hubiera cenado tiburones.
Al cabo de una hora, y sin más dilación, comenzaron a llevar a los piratas hasta una sala contigua. No hacía falta imaginar lo que sucedía allí, pues el olor del hierro caliente y carne quemada, y los gritos me lo dejaron bastante claro.
Ya solo faltan estos dos. —Los guardias se miraron entre ellos—. Ahorremos tiempo y llevémoslos juntos, este parece más muerto que vivo. No creo que de problemas.
El Capitán Alócer. Que privilegio tener un hombre de su clase en nuestro buque. —Dijo el otro guardia. Cogió al capitán del Mary Read mientras el primer guardia me tomaba por el brazo—. Por favor, Capitán. Venga con nosotros.

La ironía vibraba en la boca de los guardias. Nos pusieron grilletes en las muñecas y llevaron fuera de la celda.
Había llegado mi turno, y debo ser honesto, debo decir que no opuse resistencia. Los gritos de mis compañeros piratas habían minado toda mi valentía, y el olor del hierro caliente se había vuelto parte del ambiente junto con la pastosa humedad y el olor de la carne quemada –que entre nosotros, huele bastante parecido al cerdo-. Cuando oí las botas acercarse a mí apenas y alcé la cabeza.
Mientras me llevaban en volandas, no pude evitar oír lo que sucedía dentro de la sala, lo que parecía ser una pelea, los gritos de la hermosa mujer que me acompañaba, su aullido de dolor y el sonido de los golpes.
El olor allí era más asfixiante, y el calor insoportable. Cuando entré escoltado por los guardias mis ojos se abrieron como dos platos al ver que en el suelo yacían dos cuerpos inertes, el de un guardia bajo un charco de sangre, y el de la perspicaz mujer de ojos grises, ¡siendo pateada por esos malditos!
¡Bruja! ¡Bruja!
¡Noooooo!

Los hombres que pateaban a Amethist se detuvieron, resollando y gruñendo. El que parecía estar a cargo comenzó a dar instrucciones.
Raldy, Will. Ayudad a subir el cuerpo de Thomas, quizá aún tenga probabilidades.
Stout. —El guardia que me sostenía le contestó—. Está muerto.
¿Eres el nuevo médico a bordo? —Se pasó la mano por la frente sudada, algunas gotas cayeron en el brasero y chirriaron—. Dejadme a estos dos y ocúpense de Thomas. Y luego pedid que bajen a limpiar este desastre.
¿Seguro no tendrás problemas con ella cuando despierte? —Preguntó el guardia que sostenía a Alócer.
¿Crees que una mujer apaleada me dejará seco a mí también? —Le dio una patada en las costillas a la albina para dar peso a sus palabras—. Le daré algo para que no olvide lo que hizo.
Metió mano a los demás hierros que poseía, sacó uno nuevo y lo dejó junto con el otro para que se calentara.
Venga, no pierdan el tiempo.

Me levantaron los brazos al igual que Alócer, y la cadena que unía los grilletes se aferró a un gancho que colgaba del techo, era una posición incómoda, dando la espalda al redondo brasero lleno de carbones al rojo, en el cual las dos barras de hierro con distintivos forjados en sus puntas se comenzaban a colorear de un rojo chillón sobre los carbones.
Los demás guardias cogieron el cuerpo de su compañero, sin siquiera prestarle socorro a la albina. Cuando todos salieron, solo quedamos Alócer, una desmayada Amethist, el carcelero llamado Stout y yo. Una extraña cofradía.
Hace tiempo que no te veía, Capitán. ¿Cuántos años han pasado? —Dijo de pronto el carcelero.
No llevo la cuenta de ellos, Shann, pero han sido muchos. —Respondió Alócer con un tono extrañamente cotidiano, como si estuviéramos en cubierta disfrutando del calor del sol—. Hasta te salió barba.

El carcelero soltó una leve risa mientras volteaba el nuevo hierro en el brasero para que se calentase de manera uniforme.
Así es, Capitán —Se pasó la mano por la barba bien recortada y continuó—. Es una pena que nos reencontremos en estas circunstancias.

Es una pena que te hayas cambiado de bando.
Ya sabe lo que dicen —Shann, o Stout, se encogió de hombros y retiró los hierros del brasero—: Si no puedes contra ellos, úneteles.
Pero, ¿cómo no terminaste en la horca?
Amnistía. —La palabra quedó flotando en el aire. El carcelero avanzó con resolución por la pequeña sala con una barra en cada mano. Una marca era por pirata, la otra por bruja—. Me salvó un trozo de papel. No quedó registro alguno de mi vida anterior.
Por favor, no lo hagas. —Rogué.

Pero en tierra todo es distinto, capitán. Usted lo sabe, usted y yo tenemos agua salada en las venas —El carcelero se posicionó frente a la hidromante, y sin siquiera pestañear le clavó los hierros al rojo en ambos omóplatos. Asombrosamente ella ni se enteró.
¡Maldito hijo de puta! ¡Hijo de mala puta! —Grité descontrolado.
Intenté ser pescador, pero la paga era una mierda y terminaba hediondo a pescado. —Retiró los hierros, la piel blanca de la espalda de Amethist ahora estaría marcada para siempre con letras negras—. Me alisté hace unos tres años en la marina. No me puedo quejar. ¿Y qué tal usted, sigue tras el tesoro de Rohonczi?

Sí. Ahora estoy más cerca que nunca.
Vaya. ¿Por qué lo cree? —Los hierros regresaron al brasero.
Porque ahora no solo cuento con relatos, sino con un mapa. —El carcelero asintió en silencio—. Y también con la ayuda de uno de los Señores de los Merrow.
Así que al fin decidieron tenderle una mano.
El carcelero giró el hierro para marcar piratas, para que el rojo chillón fuera uniforme.
Así es, muchacho. Ahora mismo me dirigía hasta allá, pero tuve la suerte de encontrarme con Arawn en el camino.

Fatídica suerte, si me lo pregunta. —Retiró el hierro, estaba listo.
Hay mucho oro en juego muchacho, suficiente como para comenzar una nueva vida, lejos de las órdenes y los saludos marciales.
No lo sé, capitán. Suena tentador, pero, ¿de qué me servirá el oro si muero? —Se acercó hasta mi espalda, me pasó la mano libre por los hombros y desabrochó mi capa, esta cayó al suelo—. Aquí no gano tanto como cuando trabajaba para usted. Pero al menos tengo tres comidas calientes al día, seguridad, e incluso estoy ahorrando algo para la vejez.

Rasgó mi camisa nueva y dejó expuesta mi espalda. Mi improvisado cabestrillo cayó al suelo.
¡Déjame en paz, hijo de puta!
¿Para tu vejez? Estos marinos te han ablandado muchacho. ¿Y qué pasó con ese espíritu sensible que buscaba izar el trinquete del arte para que el viento de las musas impulse con gallardía el divino bajel de la poesía?
El carcelero miró a Alócer y de su enjuto rostro brotó una tenue sonrisa.
Oh, Poeta. —Pude sentir por breves instantes el hierro candente cerca de mi espalda desnuda. El calor era tal que me perló la frente y me hizo estremecer de miedo—. En la armada hay antídoto para para casi todo, incluyendo la poesía... Debo admitir que mi alma está casi azulada por esos cimientos despojados, esa poesía que tanto quería, me la han aplastado como caballos desbocados.

El hierro se alejó de mi espalda, el carcelero bajó la barra y posó su mano en el hombro de Alócer.
Pequeño Shann, ¿de qué te sirve la vida sin poesía?

***

Las horas se sucedieron, una tras otra, era imposible saber si era de día o noche en las profundas viseras del buque. Mi cabeza martilleaba y mi brazo parecía una bola de dolor y ardor. Miré en dirección al capitán, que en silencio observaba el vacío, sus ojos eran brillantes ascuas, y había recuperado un poco el color, estaba preparándose para lo que se avecinaba. Mi mirada se cruzó con la de Amethist. Bajé la vista avergonzado por no haber podido ayudarla. Todos estábamos callados, esperando algo que nadie más que el Poeta y yo sabíamos.

Cuando bajó el carcelero con un par de jarras con agua y hogazas de pan, se fue dejando la reja abierta. Los piratas se miraron entre sí, desconcertados. Shann dejó el pasillo atrás, y antes de salir por la puerta de la bodega, acarreó un gran saco que sonaba como si trajera un montón de cubiertos dentro.
Mis leales corsarios. —Alócer bebió de una jarra y le dio un mordisco al pan antes de continuar—. La Honrosa Armada de Nanda nos acarrea hasta tierra para poner punto final a nuestros resuellos —Los piratas se pasaban el agua, cogí la jarra con ambas manos, mi brazo izquierdo aún estaba demasiado débil y mis dedos parecían no tener tacto, me miré las yemas, estaban hinchadas—. Pero no será así. —Comenzaron a elevarse los murmullos—. No existe horca capaz de trinchar a Alócer el Poeta, Capitán del Mary Read y bucanero excelsus.

El capitán se puso de pie, y los piratas se alzaron junto con él, como sus sombras.
Nos dividiremos en dos grupos. —Dijo mientras abría la reja y salía al pasillo—. Los que estén en mejor condición cojan todas las pistolas que puedan cargar de ese saco. Conozco este buque como la palma de mi mano, nos dirigiremos hasta la santabárbara.
Los mejores hombres de Alócer caminaron hasta la puerta, abrieron el saco y comenzaron a llenar sus cinturones de armas.
Cuando la santabárbara estalle –y estallará porque conozco un par de versos para potentes duendes de fuego-, cuando explote, vayan hasta proa, apareceré allí por la escotilla. Aprovecharemos el caos para hacernos de la goleta que resta, y huiremos de vuelta hasta el Mary Read.


Menos de unos minutos más tarde, me encontraba a medio pasillo, en medio de la oscuridad del interior del buque. A pesar de que estaban todos durmiendo y nos hallábamos lejos de los cuartos, el miedo me invadía como nunca, me encontraba empapado en sudor. Estaba muy consciente de que la armada estaba tres veces más preparada que nosotros en caso de que tocara luchar, y nuestro pobre equipamiento no resultaría mucho contra ellos. A menos todos habían recuperado sus sables, incluso Amethist su daga, pero cuando los marinos cayesen sobre nosotros con sus pistolas, de poco nos serviría.
La cubierta se encontraba bien iluminada, tanto por las estrellas como por varias docenas de linternas que brindaban buena luz a lo ancho y largo. Los piratas que me acompañaban, resollaban como cerdos, cansados, doloridos y medio muertos. Esperamos escondidos en las sombras tras las puertas de la bodega, justo en medio del barco, a que llegara la explosión.
Será en cualquier moment

Antes de que pudiera terminar, el buque vibró y se agitó con violencia. Caí de rodillas mientras un sonido grave y profundo como el llamado de los dragones resonaba en el aire hasta las cimas de los mástiles. Toda la cola del barco se alzó de una manera increíble, disolviéndose en una nube de polvo, humo y astillas. El mar ensombrecido, a lo largo de docenas de metros por babor y estribor, se vio taladrado de pronto por las salpicaduras de los objetos que caían en él. Los mástiles empezaron a desplomarse, primero con la ruptura de los cabos, que, pese a resonar como disparos de pistolas, resultaban apenas audibles por encima del continuo rugido de la explosión, y luego con un sonido pesado a través del aire humeante terminaban desplomándose como pilares de un templo sobre la cubierta.
El lugar donde estaba ya no parecía firme, se inclinaba hacia popa, y mientras me daba cuenta de ello, la pendiente se hizo más pronunciada. Todos los piratas nos arrastramos sobre rodillas y manos por la cubierta hacia el castillo de proa, donde nos encontraríamos con Alócer.

Mientras huíamos, los marineros comenzaron a salir a cubierta, gritando órdenes que apenas se oían o corriendo desenfrenados hacia los barcos salvavidas. Popa había desaparecido, y ahora la parte trasera del buque se comenzaba a hundir en el agua.
Me enredé entre velas desgarradas y rotas, de pronto miré hacia delante y Alócer junto al grupo corría a nuestro encuentro.
¡La goleta se encuentra a estribor, a unos siete metros! —Gritó Alócer para hacerse oír por sobre el silbido de los trozos de madera y metal que regresaban desde el cielo como metralla hacia el buque—. ¡Vamos, rápido! ¡Solo se acercarán un momento para coger sobrevivientes y luego se alejarán para evitar ser succionados por el hundimiento! ¡Solo tenemos una oportunidad!





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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Strindgaard el Jue Ago 03, 2017 8:03 am

Nadie puso objeción a nuestro escape. Los grumetes del buque estaban en mejores cosas, como sobrevivir.
A fuerza de codo y rodilla, gateé por la cubierta del barco que cada vez se inclinaba más. Pronto me tuve que sujetar de la baranda para no deslizarme como muchos grumetes y piratas hicieron, junto con las velas y las sogas, los mástiles con todo su andamiaje que también fueron cayendo hacia popa, hacia el frío mar.
Cuando la galera que acompañaba el buque se acercó lo suficiente, fui yo y el resto de los piratas quienes saltamos a su cubierta, para el asombro de los hombres de la armada, quienes asustados por todo lo acontecido, nos miraron como si fuéramos una legión de demonios salidos de lo profundo del mar.

A mis compañeros no les tomó más que algunos minutos tomar el control de la galera. El humo que salía del buque nos cubrió a medida que nos alejábamos, y para cuando logramos salir de aquella niebla negra que amenazaba con ahogarnos con su toxico contenido, logramos ver como la proa del buque se alzaba completamente sobre el mar.
Remé como un condenado, junto a todos quienes alcanzamos a sobrevivir. Las velas de la goleta de pronto dejaron de orzar y se tensó, dejándonos a unos buenos treinta metros para ver como el resto del buque escupía sus últimos restos de madera y humo y desapareció en el mar, dejando una hirviente masa de espuma blanca.
¡Mantened el rumbo! —Gritó de pronto Alócer, quien estaba unos cuantos asientos de distancia, también remando—. ¡Hagan inventario y veamos si podemos alcanzar al Mary cuanto antes!

Habíamos logrado escapar. Fue un extraño milagro. Amethist estaba con nosotros. También el anciano que estaba encerrado con nosotros en las celdas. La luz le parecía algo tan extraño y maravilloso como un regalo de Dios. Era como ver un niño, lleno de vida y esperanza en sus ojos.
Alócer en cambio se veía cansado, apoyado en la baranda de estribor. Miraba como un sabueso el horizonte, esperando ver su barco. Me acerqué a él. De cerca su piel bronceada estaba casi pálida, y no parecía tener fuerzas para levantarse de la baranda. Me pregunté cuánta esencia le hubo tomado incendiar todo el santabárbara.
El Mary Read se debió alejar mucho para no ser alcanzado por el buque de guerra. —Le dije para iniciar una conversación. Tenía intención de averiguar qué clase de pirokinesis practicaba.
El Mary Read se alejó más de lo que crees, matasanos. Siguió su curso y se fue hasta Djoskn —Me respondió con voz cansada—. Nos dieron por muertos. Si fuera yo nos habría dado por muertos. Lo mejor no será contar con en ellos de momento. Sólo dije eso en aquel momento para que mis hombres no perdieran la esperanza.
Tenemos poca comida, y un solo barril con agua. —Argumenté. Asustado al saber que nuestro barco se hubo dado a la fuga. En algún sitio en mi interior pensaba que los piratas al menos hubieran considerado salvar a su capitán. Pero era evidente que contra un buque no hubieran podido hacer nada. Hasta ese momento no pensé en lo cerca que estuve de morir en medio de un mar sin nombre.
Sólo somos siete. Alcanzará. Será un día y medio hasta la costa más cercana, luego recorreremos la costa del continente hasta nuestro punto de encuentro.
¿Encuentro con quién?
Alócer me contestó con una sonrisa.





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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Strindgaard el Jue Ago 03, 2017 8:09 am

Ese brazo está pudriéndose.
Miré al anciano que habíamos salvado del buque. Al tenerlo tan cerca noté sus ojos nublados. Estaba ciego.
¿Qué? ¿Qué mierda dices? —Quise saber.
Tenía mi brazo de nuevo en un improvisado cabestrillo.
Se puede oler.

El hombre se sentó junto a mí en el comedor. Estábamos compartiendo lo que había en las alacenas: pasas, hígado y longanizas en salazón. Sólo había una botella de alcohol. Era brandy que habían encontrado en la sala del capitán. Los marinos no solían beber.
¡Un salud por Alócer, señores! ¡De no ser por nuestro capitán ahora estaríamos pudriéndonos en las celdas de la armada con rumbo a la horca!
¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!
Le di un sorbo al vaso temiendo que se acabase pronto. No quedaba más brandy.
Debe haber ron por ahí —dijo el pirata a mi derecha. Tenía la cara llena hollín todavía y una mano ensangrentada—. Estos tíos son iguales que todos, hay que buscar bien en sus camarotes. —Bebió el contenido de su vaso de un golpe y eructó.
Asentí sin decir nada.

Por Samwell, Varthburg, Tospot y Khari —Brindó otro de los piratas. Su voz estaba cargada de pesar.
Alócer alzó su vaso, ya estaba vacío. Volví a beber un sorbo.
Buenos hombres murieron hoy. —Dijo el capitán.
Debimos regresar por sus cuerpos. No se merecían ser comidos por los peces. —Dijo el pirata frente a mí.
El buque se los tragó a todos —respondió el hombre a mi lado—. Pocas veces en tu vida ves hundirse un barco tan grande, y te diré: no es algo que se olvida fácilmente. Esos cuerpos fueron succionados, quizá sean alimento de merrows y cangrejos para ahora.

Me quedé en silencio el resto de la cena. Amethist se encontraba sentada con nosotros en la mesa igual de silenciosa que yo.
¿Qué harás con tu herida muchacho? —El anciano pasó su mano por el cabestrillo—. ¿En qué lugar la tienes?
Cuidado. —Dije cuando los dedos de su manos llegaron a ella.
Tienes suerte de que sea en una extremidad. Cuando a mi compañero de celda se le infectó la herida de la cadera, no pudimos hacer nada para sanarlo. Pero en tu caso, una buena sierra será la mejor solución.
Me puse de pie rápidamente, caminé hacia la salida.

¿Sucede algo, matasanos?
Nada. —Dije sin detenerme.
El muchacho se va a morir si no hacen algo con su brazo. —La voz cascada del anciano era peor que oír a un cuervo.
Me giré para ver al capitán y mis compañeros. Salí del comedor sin decir nada.





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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Strindgaard el Jue Ago 03, 2017 8:12 am

Me gustaría comer un poco de carne de res, queso picante acompañado de cebollas en vinagre. Todo bañado con un poco de ron.
Había pasado un día completo desde que huimos del buque. Las velas de nuestro barco nos llevaban rápidamente hacia las costas de Djoskn.
Yo quisiera comer una gran pierna de cerdo, puré de patatas con zanahorias y cerveza negra.
El pirata que me acompañaba era Isaac. Estábamos en la cubierta, esperando ver pronto la costa.
Me sujeté de una tensa soga vertical para no perder el equilibrio. Nuestro barco viajaba a barlovento, surcando las olas a buena velocidad.

Iré a buscar un poco de agua. ¿Quieres?
Está bien. Gracias.
Había bebido mi último sorbo de brandy en la tarde del día anterior. No quería beber agua. Necesitaba algo de ron para los nervios. Algo de vino para relajarme.
El mar se extendía hacia donde mirase. Maldita agua, es peor que el alcohol, si no la bebes te mueres.

Sentí varias pisadas en cubierta, me giré y noté que todos los piratas venían hacia mí.
¿Qué sucede? —Pregunté con un ligero rastro de duda.
De pronto noté que tras todos ellos estaba el anciano ciego. Traía algo tras las manos.
Matasanos, lo siento. Thassa te hubiera sanado pero ocurrió todo esto con la armada. Y bueno, es necesario que lo hagamos. Sino no será lo único que pierdas.
No. No. No. —Comencé a decir.

Caminé lentamente hacia proa, pero no había sitio donde ir. Era evidente que no podría escapar.
Vamos matasanos. ¿No quieres volver a comer una buena cena? —Me dijo Isaac amablemente—. Imagina: filete poco hecho, verduras frescas y cerveza que no huela a alquitrán caliente.
Hijo. Soy médico. No te preocupes, sé usar la sierra.
Me resistí, me resistí como un animal cautivo. Chillando y gritando me aferré a la baranda.

Una de las peores cosas que te pueden pasar es perder un brazo. Imaginad ahora que lo pierdes a conciencia, que sabes que tienes que cortártelo porque de eso depende tu vida. Porque si no lo haces la infección de la gangrena tomará tu hombro, y luego tu pecho y ahí se acaba todo.
Es extraño, pero lo único que pensaba por sobre todos esos aullidos era que ahora de verdad necesitaba beber algo. Un poco de ron, aguardiente, cerveza. Lo que fuera, todo con tal de embotar mis sentidos, con tal de no sentir el horroroso dolor que me invadía.

El viejo médico apenas y había avanzado con el metódico movimiento de la sierra. Me sujetaban por ambos brazos, las piernas y la cabeza. Todos decían que era algo normal, que todos habían visto este procedimiento antes, ocurría todo el tiempo en altamar, cuando las balas atraviesan la piel y se encargan de pudrir por dentro el cuerpo.
En algún momento debí caer desmayado. Pero luego mi conciencia regresó para darme el espectáculo del hueso al crujir bajo la sierra. Era un sonido único, algo que no he vuelto a escuchar jamás.
En mis ojos se acumularon esas lágrimas que no caen nunca, esas que se quedan ahí para empañar tu mirada.

Lo siguiente no supe si sucedió o no. Pero me pareció que después de que terminó todo, fue la propia albina que me cuidó.





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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

Mensaje por Strindgaard el Jue Ago 03, 2017 8:15 am

Los piratas estaban preparando el barco para zarpar.
Nos encontrábamos detenidos en un pequeño puerto comercial del reino de Erithrnem. La gente de Alócer me había dejado solo en cubierta, con lo que había quedado de mi brazo abrazado a mi cuerpo.
Era innegable. El ciego médico que habíamos recogido del buque sí sabía trabajar. Luego de cortar la articulación del radio, cúbito y húmero, cauterizó las arterias con la hoja de una cuchilla que el propio capitán había calentado con uno de sus “duendes de fuego”. El viejo se tomó su tiempo con el cuchillo, sí que se lo dio. Luego finalizó cosiendo un pequeño trozo de piel que había dejado sobrante por debajo del codo, el cual estiró para cubrir como si se tratara de un capuchón toda la herida.
Yo iba y venía mientras realizaba la operación. Me sangraba la boca porque en algún momento me mordí la lengua y mi mente se separaba y unía mientas el dolor se extendía por todo el brazo, me tomaba el pecho y me explotaba en los ojos.

¿Te encuentras bien, hijo?
No lo había notado, pero el viejo había llegado hasta mi lado.
Tu capitán me dio permiso para poder retirarme. La misión que tienen por delante no pinta nada para un anciano como yo. Me iré con el primer barco que zarpe de aquí.
No dije nada. Ni siquiera lo miré. Aquel hombre me había salvado la vida, pero lo odiaba con todo mi ser porque me había quitado una parte de mí y la había arrojado por la borda como si se tratara de basura
Tu amiga se fue esta mañana. No te quiso despertar. Me pidió que te diera esto.
Observé al viejo. Estiraba su mano hacia mí y en ella había un frasco pequeño con un corcho puesto. Tenía agua en su interior.

¿Se fue? —Atiné a preguntar. Tenía la boca seca y la lengua pastosa.
Dijo que iba camino a Eblumia.
Aja. —Alcé la mano para tomar el frasco, pero me detuve a medio camino y levanté la mano derecha. Parecía no ser más que agua. No quise abrirlo, pues, no tenía mayor relevancia.
Sentirás esa sensación por algunos meses más. Se llama extremidad fantasma.
Miré al viejo ciego, y luego a donde debería estar mi brazo, lo sentía ahí podía de verdad sentir como apretaba el puño, pero no había puño, ni muñeca, brazo ni antebrazo.

Hmmm. —Traté de desgranar las palabras tras mi garganta—. Gracias. Me salvaste la vida.
No es nada, hijo. Es mi trabajo.
Me palmeó la espalda para luego afianzarse de la baranda y seguirla hasta hallar el puente para cruzar al muelle.


Durante un rato me limité a observar las gaviotas volar por el muelle. A veces sobrevolaban por lo alto del mar, no necesitaban más que un ligero aleteo para mantener su posición y seguir planeando. Cuanta libertad tenían.
Matasanos. —No hacía falta girarme, era la voz de Alócer.
Capitán. —Dije. Tenía las piernas colgando por la baranda mientras el viento me golpeaba la cara.
Le he conseguido un pasaje a Mister Binder para que viaje a Ciudad Esmeralda.
¿Quién es Mister Binder?
Alócer se apoyó junto a mí en la baranda.
El anciano que rescatamos del buque. Quien salvó tu vida.
Oh.
Matasanos. También te he comprado un pasaje a ti —Me volteé para mirar al capitán. No sabía qué decir—. Lo siento, por tu brazo. Pero perdiste la apuesta. No puedes ser el médico de mi barco.

Miré azorado al capitán. Me había zafado al fin de los piratas, pero no había alegría alguna. Nada. Mi rostro de seguro no transmitía lo que Alócer esperaba encontrar.
Espero que lo entiendas.
Cuando me volteé el capitán ya estaba camino a su lugar en el timón, mientras los piratas subían algunas provisiones, barriles de agua y algo de comida que habían conseguido vendiendo dos cañones del barco.
Me bajé de la goleta caminando lentamente y busqué el barco que me llevaría de vuelta a Puerto Esmeralda.
Justamente el sitio de donde había escapado.





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Strindgaard

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Re: La Noble y Santa Hermandad de los Caballeros de la Fortuna.

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