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Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

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Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

Mensaje por Celeste Shaw el Sáb Oct 22, 2016 8:13 am

Brutus:
Nombre: Brutus. No se lo conoce por ningún otro nombre.
Edad: 35, está bastante ajado y aparenta muchos más.
Raza: humano
Descripción física: Brutus es un hombre poco agraciado. Tiene la frente baja y las cejas muy marcadas, sus ojos son pequeños y astutos, casi de zorro. Es bajo y enjuto, y siempre está con el ceño fruncido.
Descripción psicológica: Está siempre malhumorado, y suele burlarse de sus clientes. En especial, de sus clientas. Hace comentarios descarados a las mujeres y se ríe de los hombres que pisan su local. Los clientes lo aguantan porque sus comidas no son tan malas como las del resto de tabernas semejantes a esa.

Elior:
Nombre: Elior
Edad: 30
Raza: humano
Descripción física: es muy alto y muy corpulento. Suele vestir con colores chillones y tiene una voz muy grave e imponente. Su cabello y su barba son castaños, largos y desordenados. Viste de colores muy vivos, tales como rojo, amarillo, naranja y fucsia. A veces también viste colores fríos como el azul, pero no es nada frecuente.
Descripción psicológica: Es un hombre jovial y alegre la mayoría del tiempo, pero sabe ponerse serio. Magnífico negociador, le gusta mucho regatear y suele conseguir el mejor precio posible para él.

Salgo al alba de la taberna en Thonomer, con una sonrisa en la boca y aún el olor de la habitación en las fosas nasales. El aire fresco de la madrugada me golpea el rostro y me quita la leve somnolencia que se había apoderado de mí tras esta noche insomne. Respiro a fondo, miro atrás, aleteo y, con un fuerte golpe de las alas, me elevo. Subo decenas, quizá centenares de metros, hasta que empezo a tiritar.

Vuelo durante un buen rato, el frío me ayuda a desperezarme y estar atenta a los pájaros que veo venir de cara. Pero doy media vuelta y aterrizo de nuevo en Thonomer, aunque no sé exactamente dónde de la ciudad. Tengo la bolsita del dinero prácticamente vacía, me quedan unos pocos kulls de bronce. Debería buscar algún encargo, aunque sea fácil, pera conseguir al menos dos kulls de plata. Voy hacia el oeste, buscando el barrio más infame y plagado de gente como ladrones y mercenarios, donde los asesinatos son prácticamente el pan de cada día.

Me meto en uno de los bares que hay por ahí. Es un sitio oscuro, cuando abro la puerta, la luz del sol inunda el local y la bocanada de aire que entra remueve el polvo depositado en el suelo. Siento las miradas de todos los presentes recorrerme el cuerpo, examinarme y hasta desnudarme. Doy unos pasos hacia delante y le sostengo la mirada, desafiante, al tabernero. Él se me queda mirando también, y nos mantenemos durante dos o tres minutos, quizá cuatro, con las miradas entrecruzadas, los ojos clavados en los del otro, ambos dispuestos a no ceder.

Sacudo la cabeza y me voy hacia la barra. Tras sentarme en un taburete grasiento, gastando dos de los tres kulls de bronce que me quedan, pido un desayuno que, como era de esperar, es mediocre tirando a malo. El tabernero se me acerca y se apoye en la barra, mirándome con unos ojuelos negros que no auguran nada bueno. Le echo una mirada helada cuando, en un tono zalamero, dice:

-¿Qué hace una muchacha tan guapa por aquí?

-Cállate y déjame desayunar -le respondo fríamente.

-Uh, menudos modales. ¿Es que no tienes un príncipe adecuado... princesa?

-Seguro que mi príncipe es más adecuado que tu princesa... si la tienes -me echo adelante, lo agarro por la camiseta y le pongo la daga en el cuello-. No vuelvas a mencionar eso, o no dices una palabra más en tu vida. ¿Estamos? -le susurro, amenazante.

Asiente con la cabeza, asustado, y se pone a limpiar los platos con un paño muy sucio. Debo encontrar un encargo pronto, aunque dentro de una semana tenga de nuevo el período. Trabajar así es incómodo, porque suele dolerme bastante. Pero hay que apechugar. Llamo secamente al tabernero. Aunque ese hombre no me guste, tengo que dejar eso a un lado. De pequeña me enseñaron que un mercenario debe guardarse sus opiniones y trabajar para quien sea, lo aprendí a las malas. Y ahora creo que es mejor así. Mientras pienso en todo eso, él se me acerca y me llama la atención.

-¿Qué quieres, niña? -no me gusta que me llame niña.

-¿Crees que podrías conseguirme algún trabajo? Algo rápido.

-Supongo... Espera, ¿de qué tipo? -pregunta burlonamente.

-Asesinatos, por ejemplo; o secuestros. Me da igual. Pero algo sencillo.

-¿Nombre? ¿Hay referencias sobre ti? ¿Eres nueva en el oficio? Esto no es un trabajo para niñas que quieren adrenalina, te aviso.

-Mira, tío. Me estás hartando con tus bromitas. Mi nombre es todo lo que necesitas -susurro amenazadoramente-. Celeste Shaw.

-Espera... -parece sorprendido-. ¿Celeste Shaw? ¿En serio? Ayer envié a mis emisarios a por ti. Te buscan para un trabajo.

-Genial. Esperaré a...

No me da tiempo a acabar cuando aparece un hombre que llama la atención en cualquier lugar. Su ropa, aunque elegante, no parece costosa, pero sí que es de colores brillantes. El rojo y el amarillo más exuberantes son los que predominan en sus ropajes, pero también hay fucsia y naranja. Tiene una barba que le llega hasta el pecho, y su pelo también es de una longitud similar. Debe de medir unos dos metros y es corpulento. Enseguida clava sus ojos verdes en mí.

-¿Quién es esta bella Divium, Brutus? -pregunta con un vozarrón que me es muy conocido.

No se acuerda de mí, por lo que veo, aunque eso no me extraña. Él nunca se ha caracterizado por tener buena memoria, sino más bien por lo contrario. En cambio, yo sí que lo recuerdo. Me bajo del taburete y, de brazos cruzados, con una sonrisa en l aboca, me planto delante de él. Aunque hace cerca de medio año que  no lo veo, sigue siendo exactamente el mismo. Es uno de mis clientes habituales y también de los que mejor me paga. Lo miro inquisitivamente, hasta que le suelto:

-Pensaba que tendrías más memoria, Elior. ¿No te acuerdas de Celeste Shaw?

-Celeste... ¡Ah, sí! Andaba buscándote. Aunque sigo diciendo que una belleza como tú no debería dedicarse a la muerte. Puedes encandilar a cualquiera, ¿o no?

-Bueno, al grano, Elior -le respondo, divertida. Es de los pocos a quién consiento semejantes bromas-. ¿De qué se trata?

-Un asesinato. Me da igual cómo lo hagas, sólo quiero que mates a esta persona -me enseña un retrato-. Dos kulls de plata.

-¿Dónde está esa persona? ¿Cuál es su nombre?

-Está en una de las mejores posadas de Thonomer, y se trata de un general del ejército. Es el general Rendell.

-Bien. Cuatro kulls de plata.

-Dos de plata y veinte de bronce.

-Tres de plata y cincuenta de bronce -replico.

-Te lo dejo en tres de plata, última oferta.

-De tres de plata y cincuenta de bronce no bajo -me cruzo de brazos.

-Trato hecho, entonces.

Encajamos de manos y lo miro a los sojos, sin dejarme amedrantar por su estatura y corpulencia. Me quedo con el retrato del general Rendell y, cuando Elior está a punto de irse, lo llamo. De verdad, este hombre tiene memoria de pez. Siempre es lo mismo, cada vez le tengo que recordar cómo trabajo yo.

-¿No te acuerdas de cómo va la cosa? Un kull de plata y los cincuenta de bronce ahora. El resto cuando termine. Dentro de una semana, a esta misma hora. Aquí.

Asiente con la cabeza y me da el adelanto. Entonces sí que se va y yo, al fin, me termino el desayuno. Brutus me mira ya con otros ojos, supongo que piensa aprovecharse de mí de algún modo. Salgo de la taberna con presteza y voy hacia el centro, que es donde se sitúan las mejores posadas. No lo haré hoy, antes debo ver la rutina que sigue y averiguar cuando se más vulnerable. Debería seguirlo durante dos o tres días, más o menos.
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Re: Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

Mensaje por Celeste Shaw el Sáb Oct 22, 2016 10:05 am

Hace ya tres días que lo sigo. El general Rendell va siempre acompañado por, al menos, dos soldados y, si no, no sale de la posada. Es muy precavido, seguramente lo han intentado asesinar ya varias veces, y sabe tomar ciertas precauciones para minimizar el riesgo de un nuevo intento. Tendré que pensar como hacerlo... Por ahora, me hospedaré un par de noches en esta posada, aunqeu es un poco cara para mí.

Entro ahí, está bastante limpia y cuidada. No es un cuchitril como esos a los que suelo ir, está limpia y cuidada. Las mesas son de madera pulida que reluce suavemente bajo la luz cálida de las lámparas, y un acogedor fuego arde y crepita en el hogar donde varios viajeros se calientan las manos. Realmente es un buen lugar dónde pasar una noche. Estoy segura de que las camas son mullidas, con sábanas y mantas suaves. No como las que suelo usar, con el colchón lleno de bultos y unas mantas finas y rasposas que apenas abrigan.

Hay diversos soldados que llevan armadura y, entre ellos, se encuentra el general Rendell. Es uno más alto que el resto, pero tampoco demasiado. Va afeitado con cuidado, y tiene un cuerpo que, a pesar de la edad, sigue en forma. Creo que tiene en torno a cuarenta años, y ha estado en numerosos combates, a juzgar por las cicatrices de su rostro. Me siento en la barra, cerca de él, pero no lo bastante para incomodarlo. Aún así, mis alas no pasan desapercibidas, y algunos de sus soldados me miran con más o menos disimulo. Siento que me repasan, casi me desnudan con la mirada y yo, desafiante, clavo los ojos en los suyos hasta que los desvian ellos.

Entonces pido una habitación por dos noches y subo. Tendré que ver el lmodo de matarlo... Según he visto, le gusta la verveza. Quizá pueda usar eso... Envenenarlo sería una buena opción. Tratar de abordarlo y liquidarlo a mano armada sería una tontería, un suicidio. Aunque considere que el veneno es la forma más rastrera de matar a alguien, esta vez lo usaré. Será la única forma de hacerlo.

Sí, iré a por algún veneno. Cicuta será lo mejor... Lo puedo camuflar en la espuma de la cerveza. Me miro durante un instante en el espejo y, entonces, ciñéndome el cinturón, salgo de la habitación. Del pago inicial, me queda el kull de plata, que creo que será suficiente para conseguir el poco de cicuta aque necesito.

Bajo al comedor y, sin pararme, salgo a la calle. Tendría que encontrar a un herbolista o botánico para comprarle lo que necesito. Cuando llego a una plazoleta totalmente vacía, al menos por ahora, alzo el vuelo de un golpe de las alas, y voy sobrevolando la ciudad hasta el mercadillo, donde hay un gran bullicio. Comprimo las alas contra mi espalda, como si quisiera esconderlas, y voy hasta la parada del herbolista.

-Buenos días -saludo.

-Buenos días, señorita. ¿Qué le pongo? ¿Desea un poco de lavanda para perfumar su ropa?

-Mira, déjalo -digo con frialdad-. No creo que tengas nada que me interese.

-¿No? Tengo condimentos, hierbas aromáticas, infusiones y -ahí baja la voz- venenos.

-Esto último me interesa más. ¿Cuáles tienes?

-Muchos. ¿Cuál quieres?

-¿Tienes cicuta?

-Por supuesto -afirma-. Todo envenenador que se precie tiene.

-Pues dame un saquito pequeño.

-Un kull de plata y setenta de bronce. No es un precio negociable.

-Muy bien... Lo siento, no te lo puedo comprar.

Me alejo de forma decidida, y veo que empieza a anochecer. Debería ir ya hacia la posada, pero también tengo que conseguir la cicuta. Lo veo de espaldas a mí, recogiendo los trastes. Imprudente... Saco lentamente la daga y me acerco a él. Un paso, dos. Frunzo el ceño, achico los ojos. Debo conseguir ese veneno, sea como sea. Con un rápido movimiento, me abalanzo sobre él y le clavo el arma debajo de las costillas. Gira la cabeza, tiene el miedo pintado en los ojos, y ahora me fijo en que no es mayor que yo. Retiro la daga y me alejo unos pasos, hasta que su cuerpo deja de moverse y los ojos se le vuelven vidriosos, sin vida.

Mirar a los ojos a un cadáver es algo que puede resultar traumático. Son unos ojos vidriosos, sin vida. Totalmente fijos y muertos. La primera vez que vi los ojos de un cadáver me horroricé, y tuve pesadillas durante varios meses. Fue peor que mirar a un cadáver cualquiera que hubiera en un camino, porque yo aún tenía en las manos la sangre de esa persona. Le miré los ojos, me miré las manos, até cabos y empecé a llorar. Recuerdo que entonces mi maestro me abofeteó y me mandó a la cama sin cenar, pero no m eimportó. Acabé vomitando hasta las primeras papillas, pero luego me calmé y me dormí. Esa fue mi primera muerte, a los siete años, y luego vinieron varias más. Muchas más.

Aparto la vista del chico de la parada, cojo la cicuta y me voy volando (literalmente) de allí. Tengo que llegar pronto a la posada... a ver si puedo envenenarlo. Debo hacerlo. Tengo dos noches, no más. No me puedo permitir más tiempo en esta posada, es algo cara para mí. Así que debo hacerlo muy pronto. Aunque el método no sea mi favorito, creo que es el único que puede funcionar contra él. No creo que se quite la armadura ni para dormir, es realmente un paranoico. Lo he visto durane el tiempo que he pasado aquí, la verdad es que será difícil ponerle el veneno.

O no... A esta hora, realmente, ya ha tomado algunas cervezas... va contentillo. No creo que esté muy en guardia, realmente. No en ese estado, al menos. Pido una jarra y le echo un pequeño pellizco del veneno que llevo en un saquito atado al cinturón. Entonces se la acerco, seguramente no ser fija en que no la ha pedido y se la bebe igual. Mientrastanto tomo una ginebra, relativamente cerca de él. Pasa un cuarto de hora, aproximadamente, y veo que pide agua. ¿Agua? No puede hablar bien... son los primeros signos.

La muerte es lenta. Veo cómo poco a poco le cuesta moverse, y se cae del taburete. Sus soldados se le acercan, alarmados, y yo me limito a mirarlo. Lo miro a los ojos en sus últimos instantes, mientras se convulsiona, falto de aire. Se ahoga, su rostro se vuelve azulado como sus ojos, de los que no aparto la vista en ningún momento. Me parece que él también clava su mirada en la mía, su mirada desesperada. Su última súplica muda antes del último segundo. Sus ojos parecen acusatorios, como si supiera que he sido yo. Y, entonces, se vuelven vidriosos. Mantengo la mirada por unos segundos más, con una expresión fría y vacía. No hay ira, ni rabia, ni tristeza. No hay nada.

Me levanto y subo a la habitación con parsimonia. Normalmente no mato a dos personas el mismo día... pero siempre hay excepciones. Hoy ha sido una de ellas, he tenido que conseguir la cicuta como fuera. No me estoy justificando, ¡sólo faltaría eso!, pero yo no mato sin un motivo. Por incomprensible que parezca al resto, tengo una razón para hacer lo que hago.

Cierro la puerta con llave y la pongo dentro de la bolsita donde llevo el dinero. Me meto en la cama y me udermo enseguida, aunque no es un sueño tranquilo. Vuelvo a tener, no sé por qué, la pesadilla que tuve durante meses después de que Danny muriera. A pesar de haber pensado que perdería toda movilidad en las piernas, no fue así, y puedo caminar y moverme con total normalidad. Sin embargo, todos los que había allí pensaban que moriría como él. Pero no. Ni morí, ni quedé lisiada. Aquí estoy, al pie del cañón.

Me muevo de un lado a otro de la cama. Lo veo caer ante mí, una vez, dos tres. Infinitas veces. El momento de su muerte se repite eternamente delante de mis ojos y, de pronto, un fogonazo de dolor en la espalda. Y negrura. Una negrura que todo lo invade y que es interrumpida cuando, súbitamente, vuelvo a la realidad. A la posada. Me alejo de ese puerto de montaña en el que debíamos tender esa emboscada que salió mal; me alejo del cadáver de Danny. Me alejo de todo lo que me recuerda a ese episodio tan doloroso.

Y, por un instante, no siento las piernas. Las encuentro insensibles, entumecidas. Inmóviles. Un sudor frío me invade hasta que logro doblar una rodilla. Entonces, aliviada, suspiro, y me levanto. Compruebo que esté todo en su sitio y me ciño otra vez el cinturón. Hoy no tengo hambre, he despertado con el estómago revuelto. Salgo de la posada, y me dedico a deambular por Thonomer. Debo buscar un alojamiento más barato, no puedo ir tirando el dinero de ese modo. Y me niego a ir al local de ese tal Brutus.
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Re: Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

Mensaje por Celeste Shaw el Sáb Oct 22, 2016 11:42 am

Elior ha sido puntual, por suerte, y ya tengo en la bolsita los dos kulls de plata que faltaban. Ahora podré vivir holgada por unas semanas, aunque no debo relajarme. Para empezar, tengo que conseguir más dinero. Y luego, hay que ahorrarlo al máximo. Hacer que dure todo lo que pueda. Pero... ahora hay otra cuestión, una mucho más mundana e inmediata... Aún no me ha bajado el período, y suele hacerlo por la mañana... o por la noche. No debo alarmarme, no todavía. Pero si mañana no ha bajado... Nunca se me retrasa ni un solo día.

No me puedo quitar de la cabeza la posibilidad de estar embarazada. No sé qué haría en ese caso... ¿Abortaría? Seguramente, un bebé para mí es... no sé, es algo desconocido, hasta... ¿aterrador? Quizá sí, no lo sé. Es algo que nunca había entrado en mis posibilidades, quedarme embarazada. No, no puede ser. No es posible. Un momento... ¿Cómo? (Bueno, eso es obvio). ¿Cuándo? ¿Y de quién? No... Sí. Gerald. Puede ser, es totalmente posible. ¿Cuántas veces...? Fueron tres, creo. Como para no quedarme, sería demasiada casualidad.

Bueno, de todas formas no sé todavía si estoy preñada o no. Esperaré unos días, antes prefiero asegurarme. Camino lentamente por la ciudad, los kulls de plata repiqueteando suavemente en la bolsita. Y, al lado del dinero, el veneno que cogí de la parada del chico al que maté. Quizá no debería haberlo hecho. A lo mejor... habría podido obtener el mismo resultado sin violencia, sin matarlo. Pero ahora ya da igual.

Miro a mi izquierda, y veo el cementerio. Es un lugar grande, lúgubre, lleno de lápidas más o menos ostentosas, mausoleos, nichos en los que se colocan urnas para los muertos incinerados. Me adentro en él, camino entre los monumentos funerarios. Y me paro enfrente de uno. Christelle Baudin, reza la lápida. Es muy sencilla, de granito. Me acuerdo de ella. Murió... No. La maté cuando teníamos 17 años. Tuve que acabar también con... con una chica que trató de protegerla. Está justo a su lado. Annaëlle Morandé, conocida como Noxa, esa es su inscripción. Teníamos las tres la misma edad... ¿Por qué tuve que matarlas? ¿Por qué no pudo ocurrir otra cosa?

La respuesta es fácil. Porque mi maestro me crió como me crió. Para matar. Para no sentir. Para obedecer. Y eso hice, obedecer. Me enseñaron el retrato de ambas. Mata a la rubia, dijeron, y si es preciso a la morena también. Pero no olvides que tu objetivo es la rubia, Christelle Baudin. Bajo la cabeza. ¿Quién habría dicho que ahora estaría plantada frente a sus tumbas? Yo, su asesina. ¿Quién lo habría dicho? Nadie. Nadie lo habría dicho.

Y, de pronto, me parece ver una cabellera rubia frente a mí. Me froto los ojos, no desaparece. Está ahí... Christelle. Tiene el mismo aspecto que tenía antes de que la matara. Baja, delgada. Delicada y preciosa. Si no hubiera sido mi objetivo... Si no lo hubiera sido... Es el estilo de chicas que acaban en mi lecho... Pero tuvo que pasar por el filo de mi espada, y no por mi lecho, como tantas otras que se le parecían.

-Celeste... ¿Por qué lo hiciste?

Hay cierto reproche en su voz. También tristeza, y miedo. Miedo de mí. Pero no tiene más miedo de mí que el que yo tengo de ella, estoy segura. Me alejo dos pasos. Pasos que ella recorre acercándoseme. Trago saliva, niego con la cabeza.

-Christelle... ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué ahora? -le pregunto.

Pero no hay respuesta, se limita a esperar. ¿A quién...? Ah, vale. Noxa. La chica morena, más exuberante, más voluptuosa. Más como yo. Estoy segura de que sabía defenderse como yo. Podría ser ella la que estuviera en mi lugar, sería perfectamente plausible. Respiro hondo, con los ojos cerrados, y luego los vuelvo a abrir. Siguen ahí.

-Celeste... -me llama Noxa con una voz etérea-. Celeste, escucha. No puedes seguir así. No puedes seguir arrebatando vidas cuando tienes una en tus entrañas.

-¿Qué? -contesto, desconcertada-. No... no puede ser... ¿Estoy embarazada de veras? Y... si no hago lo que hago... ¡No tengo modo de sustentarme! ¡No lo entiendes, Noxa!

-¿Nos recuerdas? -pregunta Christelle.

-Sí. A vosotras, a todos -digo con firmeza-. Ni una cara, ni un nombre se me han olvidado. Ni uno solo.

Pero sigo retrocediendo, es imposible huir de ellas. Por más que me mueva, están a la misma distancia de mí. No dicen nada, sólo se me acercan. Trago saliva, Noxa está detrás de mí. Christelle, delante, y... ¿Sonríe? Sí. Sonríe dulcemente. ¿Por qué? ¿Por qué sonríe y no está enfadada? Pronto, pronto lo sabré. Demasiado pronto lo sabré. No quiero, no quiero ver a qué viene, no quiero oírlo. Pero si cierro los ojos la veo impresa en mis párpados. Si me tapo los oídos su voz me retumba en la cabeza.

-Celeste... -dice con dulzura Christelle-. Supongo que te acordarás de Naodith.

Es una niña pelinegra, tenía... cuatro años. Cuatro años tenía cuando, por un encargo del competidor de su padre, la secuestré y maté. No... No lo merecía, no. Era una niña inocente. Abro los ojos, me encuentro frente a su lápida. Y me los vuelvo a tapar. Las lágrimas se deslizan raudas por mis mejillas. ¿Qué me pasa? No entiendo nada. Nunca había sentido esto. Nunca... me había arrepentido de nada.

-¡Celeste! -suena una voz angustiada-. ¿Por qué me has matado? -es Naodith-. ¿Por qué? ¡Quiero volver con papá y mamá!

-N-no... Naodith... No puedes. Son ellos los que... los que deben ir hacia ti. ¡Marchaos todas! ¡Las tres! ¡Fuera de aquí, no os aguanto!

Pero se ríen, sólo se ríen. Me tapo la cara con las manos, odio sus carcajadas burlonas, sus voces estridentes. Y por una vez siento miedo. Siento miedo de morir, o de enloquecer. De no salir de ésta. Siento el miedo del que antes tanto disfrutaba, el miedo que se refleja en los ojos de mis víctimas cuando les estoy cortando el cuello. El miedo de los ojos del capitán Rendell, y el de los ojos del chico de la parada del mercadillo. Tengo miedo. Mucho miedo.

No debería haberlo hecho. No. Pero no tengo otra salida. ¿Qué mas puedo hacer? No lo sé realmente, ¡soy una asesina! ¡No soy una aficionada, sino una profesional! ¡Ya basta! Me levanto, secándome las lágrimas. Esto tiene que acabarse ya. Las alucinaciones han venido con el niño y con el niño se irán. Corro fuera del cementerio, y las tres figuras se disipan. Pero las tres voces no se van de mi cabeza.

Si lo que han dicho los tres espectros es verdad... Y estoy embarazada de Gerald... ¿Qué debo hacer con ese niño? Me llevo la mano al vientre, ¿ahí cabe una vida? ¿Una vida humana? Bueno, Divium en este caso. Pero... ¿En serio? No... No puede ser. No, ahí no cabe, ¿o sí? Espera... el feto crece... se convierte en un bebé... y la barriga se abulta. Ahí sí que cabe bien. ¿O no? Sí, sí. Y, cuando ya está a punto de no caber, cuando necesita aire... El parto. La parte más temida.

Pero... ¿Qué estoy diciendo? Si yo... Yo no puedo tener hijos. No, no seré buena madre, si tengo niños. De ningún modo. Me siento en uno de los bancos apartados del cementerio y me acurruco, me hago una bolita. No puedo estar embarazada. Yo no. Yo no voy a hacer nada bueno con ese niño. Acabaría matándolo, o convirtiéndolo en alguien peor que yo. No quiero eso, ¡no! ¡No puedo! Me tapo el rostro con las manos y me echo a llorar. Es demasiada carga para mí, ¡un niño! No puedo. No, no puedo con ello.

Yo... ¿Por qué he matado a tantas personas? A esas dos chicas, a hombres, mujeres, niños. Ancianos, bebés. A quién me ordenaban. No tuve reparos en matar a una madre, arrancarle a su bebé de los brazos y apuñalarlo. No he tenido remordimientos por nada. ¿Por qué ahora sí? ¿Por qué ahora me siento tan mal por todo lo que he hecho? Me seco los rastros de lágrimas de las mejillas y me pongo en pie. Debo conseguir algo para... deshacerme de ese niño.
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Re: Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

Mensaje por Celeste Shaw el Sáb Oct 22, 2016 3:17 pm

Tengo que deshacerme de este niño... Ya han pasado siete días desde que me debería haber bajado el período, es ya seguro que estoy embarazada. Pero... ¿Por qué yo? No estoy preparada para ser madre, soy una asesina, una mercenaria. No... No quiero, ni puedo cargar con la responsabilidad de educar a un crío. ¡Si yo odio a los niños! Me parecen tan revoltosos y molestos... Además de inútiles, claro. Los criajos sólo traen problemas, es un hecho como una casa. ¿Por qué me tenía que tocar a mí cargar con esa responsabilidad que ni quiero ni puedo asumir?

Es que... ¡Aunque me gustaran los niños! No soy alguien adecuado para educar a un hijo, ¡que soy mercenaria! ¡Alguien sin valores morales! ¿Qué valores se supone que debo enseñarle, si yo misma no tengo? Por suerte... he encontrado una hierba que me irá bien... Y podré terminar al fin con esta pesadilla. La atanasia, o tanaceto. Una sola gota... y desaparecerá. Sí, eso debería hacer. Tengo... algunas hojas, con diluir una sola... habrá suficiente. Y de sobras.

Pido un vaso de agua en uno de los bares de por ahí, me miran raro. No voy a tomar alcohol... hasta que esto acabe. Cojo el pequeño frasco donde está la atanasia y, con cuidado de no pasarme, echo una gota en el agua. ¿Debería hacerlo? Es peligroso que aborte yo sola. Realmente... ¿De verdad soy capaz de acabar con esta vida que ha echado raíces dentro de mí? ¿Dentro de mi vientre? Trago saliva, tengo el vaso alzado, en la mano aún. Nuevas lágrimas me acuden a los ojos. Me parece que toda la taberna está pendiente de mí, puede que sepan qué es eso que he echado en el agua. Me llevo el vaso a los labios, lo inclino... y lo lanzo con violencia contra la pared.

Me marcho corriendo, dejando ahí el tanaceto. Soy una cobarde. Me había propuesto hacerlo, y no he podido. Corro al cementerio, a la colina que hay en medio. Soy una auténtica cobarde, tenía que tomar eso... una sola gota de atanasia... Y se habría acabado todo esto. Pero no sólo no lo he hecho, sino que he arruinado todas las posibilidades que tenía de hacerlo. Saco la daga. ¿Debería? ¿No?

He hecho tanto daño... A mí misma, a otros. He dañado a todos los que se han relacionado conmigo. Danny acabó muriendo, y todos los que han tenido algún tipo de amistad o camaradería conmigo han acabado mal. Con la mano temblorosa, subo el arma hasta mi cuello, dispuesta a hacer lo que no me he atrevido a hacer con el bebé. El filo frío toca mi cuello, se puede decir que lo muerde. Mi piel se estremece ante el contacto. Ahora entiendo lo que sintieron todas las personas a las que maté rebanándoles el pescuezo. Presiono un poco, la hoja se me hunde en el cuello, aún sin cortar la piel, ni los músculos, ni las venas. Las lágrimas se escapan de mis ojos, mi posición lo dice todo sobre mí.

Estoy arrodillada, con una mano apoyada en el suelo y la otra sosteniendo el arma contra mi propio cuello. Nunca imaginé llegar a esto. A arrepentirme de todos mis actos, de las muertes que he causado. Del daño que he hecho. Presiono un poco más, las primeras gotas de sangre roja y cálida se deslizan por mi piel. Pensaba que mi sangre estaría helada. Que sería fría por culpa de todas mis asesinatos. Pero es cálida como la de cualquier otro ser vertebrado. Me tiembla la mano. ¿Realmente quiero hacerlo?

-No -dice firmemente una voz.

Esa voz... Y esa mano encima de la mía... Alzo la cabeza y... ¡No! ¿O sí? Es... ¿Danny? Su pelo, su posición, su voz, su tacto son inconfundibles. Pero... ¿No estaba muerto? Retiro el cuchillo, un hilillo de sangre corriéndome por el cuello y deslizándose por mi hombro. Es una gota, una simple gota. La voy recogiendo con el dedo y, a continuación, lo lamo, como suelo hacer. O como solía hacer. Me levanto y lo miro a los ojos. Los suyos, negros, son serenos. Los míos, azules, están empañados por las lágrimas.

-Celeste. Dime que no volverás a intentarlo. Por favor.

-Danny... -susurro-. Yo...

-No vuelvas a tratar de suicidarte -me corta-. Tú eres fuerte, lo sé. Puedes seguir adelante. Con niño o sin él, puedes seguir. Celeste... No morí por nada, ¿sabes? Quiero que tú vivas. ¿De acuerdo? Quiero que vivas, que sigas aquí. Que sientas. Quiero que vivas la vida que me arrebataron, que nos arrebataron demasiado pronto. Por favor, Celeste. Hazlo.

-Está bien... L-lo haré. Porque te quiero, Danny.

Las lágrimas caen por mis mejillas, y las de la mejilla izquierda se entremezclan con la sangre cuando llegan al cuello. Respiro hondo y me levanto. Cuando abro los ojos, ya no está ahí. Ha sido una alucinación más, lo sé, pero... Voy a seguir adelante con esto. Cueste lo que cueste, voy a hacerlo. No he podido abortar, no he sido capaz... Lo intentaré con el niño. Aunque yo no tenga ni idea, seguro que hay alguien que sabe y me puede dar consejos. O, si no, lo intentaré yo sola. Aunque luego no sepa hacerlo bien... Me importa un comino. Lo voy a intentar. Sí, aunque no haya tratado nunca con niños, aunque los aborrezca... Este creo que será distinto. De hecho... Llevarlo en las entrañas ya cambia algo, ¿no?

Respiro hondo, debo calmarme. Y, para empezar, buscar más encargos. Todos los que pueda hasta que se me empiece a notar, porque entonces ya no me van a dejar hacer nada. Pero bueno... Por ahora tengo más o menos dos... quizá tres meses hasta que se me haga barriguita. Al principio no pasará nada, pero cuando empiece a ser más voluminosa... Lo pasaré mal, creo. Y delgada como estoy, el bebé corre peligro. Tendré que empezar a comer mejor... Y tampoco podré beber alcohol. Pues vaya... Bueno, es lo que toca. Me lo quiero quedar, pues esas son algunas consecuencias.

Voy hacia uno de los barrios más infames, de nuevo. Me quedo por allí, esperando encargos que pronto llegan. Suerte que ya tengo cierto nombre en la profesión, saben que soy eficiente y cumplidora. Hay algunos que son muy rápidos y me requieren menos de un día. Otros, en cambio, me toman cerca de una semana. Pero en el tiempo que pasa consigo embolsarme una buena cantidad de monedas. El sonido que hacen ya no es un repiqueteo suave, sino que es un ruido fuerte, que indica una bolsa bien nutrida, con ahorros para varios meses. Justo lo que necesitaba.

Pero no me siento bien. Todavía tengo clavadas en la mente las palabras de Noxa: “No puedes seguir arrebatando vidas cuando tienes una en tus entrañas”. Totalmente ciertas... Me siento... Cada vez que mato a alguien me siento un poco más vacía, más rota por dentro. Aunque sea para poder sustentar a mi hijo los primeros meses, aunque lo haga por eso. Cada muerte me desgarra un poco más. No duermo por las noches. En parte es por el dolor de estómago y el estreñimiento. Y, por otro lado, es también por los remordimientos que me despertaron los fantasmas de Noxa, Christelle Y Naodith.

Mis ojeras son cada día más notorias, al igual que mi palidez. Voy como un fantasma por la vida, y los síntomas que tengo no es que me ayuden. Los pechos se me endurecen y duelen, me cuesta conciliar el sueño, además de que a veces tengo acidez estomacal.

La barriga me abulta ya un poco, llevo unos cuatro meses y medio ya. Tengo algunas molestias todavía, los senos crecen y se endurecen aún más, y por las mañanas todavía tengo náuseas. No me había pasado... Llevarlo tanto tiempo en mi vientre hace que haya forjado un vínculo más o menos estrecho con él. Pero es realmente cansado, no se está quieto.

Estoy acostada en la cama de la posada, con los ojos totalmente abiertos. No puedo dormir, hace ya varias noches que no puedo. Por más que intento cerrar los ojos y conciliar el sueño, me resulta imposible. Las voces de Naodith y Christelle no me dejan descansar, así como la acidez estomacal tampoco es que sea un gran alivio. No pensé que un embarazo sería así, creo que siempre lo idealicé bastante. Bueno... La verdad es que ahora ya lo sé.

No sé cómo me he encariñado. Al principio de tenerlo dentro lo aborrecía, me sentía como invadida. Pero... al fin y al cabo es mi hijo, compartimos sangre... Y un vínculo, ya que lo he llevado todo este tiempo dentro. No puedo evitar sentirme mal, no sé cómo demonios voy a criarlo. Seguramente tendré que ir a ver a Gerald... Debe saber que tiene un hijo. Suspiro, iré cuando lo tenga... Cuando ya haya nacido, digo. Me giro de un lado a otro de la cama, pero realmente en ninguna posición concilio el sueño y amanece sin que haya dormido un solo minuto. Hmm, creo que hoy me quedaré acostada. Se me cierran los ojos, pero por alguna razón no puedo dormirme.

Suspiro, hastiada. Si va a ser así hasta dar a luz, me temo que no aguantaré. ¡Necesito dormir! ¡Llevo dos noches sin pegar ojo! Cierro las cortinas para evitar al máximo la entrada de luz, vuelvo a tumbarme y cierro los ojos. Poco a poco, siento que se me van cerrando...
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Re: Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

Mensaje por Celeste Shaw el Dom Oct 23, 2016 12:45 pm

Tengo un sueño agitado, turbulento. La verdad es que hace días que no descanso bien, y eso se me empieza a notar. Seguro que sí, es... Es imposible que no se noten las horas de sueño que llevo atrasadas. Debería dormir bien esta noche, pero realmente... Me es imposible descansar mejor.

Esta noche sueño otra vez con episodios de mi infancia. Hay uno que es recurrente... Muy recurrente. Es el que más se repite, y realmente no puedo soportarlo. Es horrible, de verdad, totalmente terrible. Es cuando... cuando me hicieron la quemadura del cuello. Fue después de que mi maestro se ausentara durante muchos días. En aquella época estaba muy apegada a él, demasiado. No era sano. Dependía de él.

Había estado tantos días fuera... Yo lo había echado de menos, aunque ahora no lo haría. No, ahora realmente no lo echaría de menos. Más bien aprovecharía para fugarme... Aunque me encontrara luego, o quizá no. Sé esconderme mucho mejor que cuando era pequeña, también está claro que tengo mucha más experiencia que antes.

Volviendo al sueño... cuando volvió, fui a darle un abrazo. Yo ya sabía que él intentaba reprimir todas mis muestras de sentimientos, me castigaba cuando lloraba, o me reía. La ira era el único sentimiento que no castigaba. La única forma en la que me dejaba desahogarme, y pronto aprendí a resolverlo todo a golpe de espada, o a puñetazo limpio. Realmente... Así me enseñaron, que la violencia es la única forma para resolver los problemas. Ahora sé que no es así, pero antes lo creía. No dudaba en pelearme con quién fuera por lo que fuera.

Después de darle ese abrazo... me agarró por el pelo y me llevó hasta un lugar en el que me hizo la quemadura en el cuello. Me quedó cicatriz a pesar de que él me aseguró que sólo sería el dolor, que no quedaría ninguna marca. ¡Mentiroso! Eso es lo que era, un mentiroso, un bellaco y un psicópata. Me hacía matar, me quería convertir en alguien parecido a él.

Con un grito y un sobresalto, despierto. Los ojos se me abren de par en par y no dejo de temblar, es realmente molesto estar así. Por suerte, para pronto. Me desperezo y, ahora sí, me levanto. Aunque el sueño no ha sido demasiado reparador, de algo ha servido. Pongo los pies en el suelo, me pongo el pantalón y la camiseta, que ahora no son tan ajustados, y me cuelgo las armas a la espalda. Con la barriga de embarazada, aunque no sea muy prominente, ya no puedo atarme bien el cinturón, me molesta mucho.

Hay una persona en pie frente a mí, con un gesto triste. Es Noxa. Ya me he acostumbrado a su presencia, aunque a veces consigue trastornarme realmente.

-Celeste... ¿Por qué has seguido con tu vida como la de antes? ¿Por qué has seguido matando? Te dije que no lo hicieras. Por la vida que llevas dentro, no sigas.

-Ahora ya no puedo, Noxa. No puedo matar, nadie me contrata por estar embarazada. Por eso me hice ese harto antes. Para poder sobrevivir estos meses. No sé hacer nada más, Noxa. No me enseñaron nada más.

-Puedes aprender ahora. Costura, dibujo, música. Lo que sea. Puedes aprender ahora, durante tu embarazo, Celeste. Y luego... Ejercer. Una vez tengas al niño, ejercer. Pero algo calmado. Sin viajar tanto.

-Noxa... No. No voy a poder estar quieta en un sitio. ¡Me odia demasiada gente! Tengo enemigos por todas partes, casi. Y si voy a un sitio donde no tengo... Pues me van a buscar.

-Deja de matar y se olvidarán de ti.

-Anda, vete ya. No me ayudas en nada, Noxa.

Me lanza una mirada de odio y se va. Realmente... ¿Por qué me ha mirado así? Suspiro y niego con la cabeza. Yo... Yo... Me arrepiento de veras de todo lo que hice, de todas las muertes que he causado. Cada una me ha desgarrado un poco más por dentro, y han sido tantas... Me siento en la cama, con la cabeza gacha. Las lágrimas vuelven a cristalizar en mis ojos, y me caen por las mejillas. Me llevo ambas manos al vientre, creo que este niño... Va a ser la única ancla que me ate a este maldito mundo. Es todo tan... tan sórdido y deprimente... Bandidaje, corrupción, asesinatos... En todas partes lo mismo. Siempre lo mismo. Realmente... Lo odio, ¡odio tanto este mundo!

Sólo conocí a una persona que mereciera la pena. Una. Y... Y la perdí. Murió. ¿Qué me quedaría, si no fuera por este niño? El hijo de mi amante, un hijo no esperado. Pero mi hijo al fin y al cabo. Abortar... Quise abortar, al principio del embarazo. Menuda locura me parece ahora. Creo... creo que voy a querer a este niño con toda mi alma.

Pasan algunos días, y siento mariposas en el estómago. Mariposas... o algo un poco más fuerte. Espera... ¡se empieza a mover! Me pongo la mano en el vientre, aún con los ojos húmedos, y siento ese movimiento. ¡Es él! ¡Es el niño, se mueve! Una sonrisa me cruza la cara.

Yo... Nunca había sentido nada así. Es un sentimiento muy especial. Pero a la vez... tengo miedo. ¿Y si no lo hago bien? ¿Y si acabo dañándolo? No lo soportaría. Sería tan... tan horrible para mí. Si hiciera algo así, aunque fuera sin querer... la verdad es que no creo que volviera a levantar cabeza. Ahora... Ahora podría seguir ejerciendo, emocionalmente sería capaz, pero... Pero sólo podría matar a adultos. No a niños. Me recordarían demasiado a mi propio hijo, lo sé.

Es que en realidad, yo... Yo sólo quiero ser una persona normal, no una psicópata, ni una asesina. Me gustaría poder tener una casa, ganarme la vida de forma honesta. Quizá en el campo, o en un taller. Me levanto repentinamente, pero me mareo y debo volver a sentarme. Es... Extraño. Debe de ser... que estoy demasiado delgada. Como muy poco. Aunque no tenga hambre, debo comer más. Si no, en el parto tanto el niño como yo vamos a peligrar. Debo estar bien alimentada y también en forma.

Me vuelvo a levantar, esta vez poco a poco, y voy al comedor. Pido una buena ración de carne y de verdura. No suelo darme atracones, y esto realmente no lo es, es lo que otros considerarían un plato normal. Pero para mí, que como muy poco, es mucho. Como con tranquilidad, poco a poco. Intento comer lentamente para llenarme más despacio, pero no sé si voy a poder con el plato entero. Corto y me llevo un trozo a la boca, de manera mecánica, de una forma totalmente automática. Hasta que me lo acabo y sonrío.

Me levanto, me ha resultado realmente copioso. No estoy acostumbrada a comer esas cantidades, que son las normales para cualquier otra persona, pero bueno. No pasa nada... Ya me iré habituando. Pero debo ganar algo de peso para que el bebé pueda crecer bien, eso está claro. Me voy a dar un paseo por el centro de Thonomer, hoy no me apetece demasiado volar. Lo cierto es que tampoco me apetece caminar. Me siento el estómago pesado, demasiado pesado. Pero debo acostumbrarme a comer lo que la gente normal, ahora no soy sólo yo. Me temo que la vida de mi hijo depende de ello, y la mía propia también. Tengo que ganar algo de peso, o esta criatura que hay dentro de mí consumirá todas mis energías. Y eso sería fatal.

Me siento en un banco, con una mano sobre el vientre. Cierro los ojos, cansada, y los abro enseguida. Está claro que aquí no voy a dormirme. Me levanto y bato las alas, vuelo hasta la puerta misma de la posada donde estoy alojada. No está lejos del centro, es un sitio muy bueno en la ciudad. No es la mejor ni la más lujosa, pero es lo mejor a lo que puedo optar. De hecho, es bastante barata, y lo que me ha resultado sorprendente ha sido que es un sitio limpio, cuidado, con camas mullidas y buena comida. Nunca había encontrado una posada barata y a la vez buena. Creo que, cuando venga a Thonomer, me voy a hospedar siempre aquí... Espera, ¡no! Sería muy imprudente por mi parte, si sigo siendo mercenaria. Si no continúo, vale, porque pronto se olvidarán de quién soy, pero si sigo... Tener un lugar fijo en el que me hospede sólo me traerá problemas. Seré más fácil de localizar, eso sí, por lo que mis clientes vendrán ya directamente. Pero también podrían hacerlo las personas que me odian, y eso es un peligro.

Subo hasta la habitación después de hacer el pago correspondiente, y me tumbo en la cama con los ojos abiertos. Pongo la mano en el vientre, empiezo a notar... ¿movimientos? ¡Sí, se mueve! Cierro los ojos y sigo con la mano ahí, para sentirlos mejor. Una sonrisa dulce curva mis labios, y un sentimiento cálido, de cariño, me invade el corazón. Nunca... había sentido esto. Sentí amor, pero fue una llama abrasadora que, cuando fue extinguida, lo dejó todo yermo y vacío. Durante un tiempo no me supe capaz de volver a tener sentimientos. También he sentido la lujuria, está claro. Pero esto... esto es distinto. Muy distinto. Me empuja a querer cuidar de este niño, y a preservarlo de todo mal.[/color]
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Re: Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

Mensaje por Celeste Shaw el Lun Oct 31, 2016 4:27 pm

Mareada, me levanto de la cama. Tengo que sujetarme a la pared para no caer al suelo. No entiendo qué ocurre, llevo ya una semana así. Nunca me había ocurrido nada semejante. Espero a encontrarme bien para bajar al comedor y desayunar. Pido bastante cantidad, últimamente me siento mal. Los mareos son bastante frecuentes... Y yo tengo miedo. Espero que esto no sea nada, no tener problemas serios con la salud. Quizá debería ver a alguien que me diga cómo solucionar esto, cómo recobrar fuerzas y dejar de marearme repentinamente. Por suerte, no tengo desmayos, sería ya el colmo.

Cierro los ojos y respiro hondo. Como de costumbre, pido un revoltillo. Lo hacen rico, realmente me gusta. Me llevo una mano a la cabeza, me duele un poco. Lo cierto es que debería haber empezado antes a alimentarme mejor, seguramente es por eso que a veces me fallan las fuerzas. La verdad es que el bebé me está empezando a minar las fuerzas, espero que no nos pase nada malo por eso. Debería llevar un ritmo más sedentario, ahora mismo. Consumo mucha energía, pero es que realmente no soy capaz de mantenerme quieta. Las actividades como la lectura nunca me han atraído, por lo que si me quedo quieta no tengo mucho qué hacer.

Me subo de nuevo a la habitación y me echo un rato. Cierro los ojos y el leve dolor de cabeza que tenía remite. Sin darme cuenta, me quedo dormida y caigo en un sopor sin sueños. Despierto a mediodía, el sol entra por la ventana a pesar de que la cortina está echada. Tengo hambre ya... Pero esperaré un poco más para comer, es demasiado pronto.

Pongo un pie en el suelo, luego el otro. Me siento algo mejor, por lo que bajo al comedor. Hoy me apetece un buen filete... Sé que luego quizá no me lo podré acabar, pero debería alimentarme bien, también. Siempre he comido tan poco... Ahora tengo mucha hambre. Me llevo la mano al vientre, y siento los movimientos del bebé. Sonrío. Llegué a odiarlo... ¿Cómo? Ahora no puedo concebir odiar a ese niño. Lo he llevado dentro de mí ya tanto tiempo... Suspiro, con la cabeza bajada, y pido la comida.

En cuanto acabo, voy a dar una vuelta por la ciudad. Camino despacio, con los brazos cruzados. Llevo las armas a la espalda, no puedo ponerme bien el cinturón, ahora. Voy haciendo un paso tras otro, y apenas me fijo en el sitio al que voy. No me fijo en lo que hago hasta que anochece, cuando veo que estoy, de nuevo, en el cementerio. ¿Por qué? No entiendo por qué he venido hasta aquí... Es realmente extraño. Los cementerios son sitios que evito, entre las lápidas suele haber varios nombres que recuerdo perfectamente. Pero ahora... No sé por qué, si dejo de pensar en lo que hago, ahora me voy directamente al cementerio.

Miro a mi alrededor, estoy justamente... frente a las tumbas de Noxa y Christelle. Trago saliva, aquí otra vez no... Me vuelvo y voy hacia abajo, no me gusta este sitio. A una persona normal podría inquietarle, pero... Me lo revuelve todo. Recuerdo todos mis asesinatos, secuestros... absolutamente todos. Me acuerdo de todos los rostros, todos los nombres. Ni uno se me ha borrado de la cabeza, ni uno solo.

Trago saliva. Es un lugar oscuro, con árboles altos que impiden que pase la poca luz que hay en un día nublado como hoy. Las lápidas se ven grises, de un gris sucio que hace que el sitio se vea descuidado. También los arbustos ayudan a causar esta impresión, ya que crecen de una forma totalmente salvaje e incontrolada.

Camino lentamente para alejarme de las tumbas de esas dos chicas cuando oigo un chasquido. No le hago caso y sigo caminando, con la cabeza gacha, hasta que vuelvo a oírlo. Me giro, tensa, tragando saliva. No hay nadie... Sigo mi camino hacia la posada, pero antes de salir del cementerio veo a dos personas que me bloquean el paso, y siento la respiración de otra más en la nuca.

-¿Qué queréis? -pregunto, con la voz algo rota.

-¿Tienes miedo? ¿Una asesina como tú tiene miedo?

-¿Quiénes sois? -les digo fríamente, con la espada fuera-. ¿Por qué me asaltáis así?

-¡Por qué te asaltamos así, preguntas! Tú asaltaste así a nuestra hermana Christelle. La mataste sin piedad.

-No tuve elección -mascullo.

-Siempre podías elegir no matarla -dicen seriamente.

-Era ella o yo. No me dejaron alternativa. Gente muy poderosa iba detrás de Christelle, y yo no pude negarme. Si decía que no, me mataban a mí.

-No te creo -dice una voz claramente femenina-. Podías huir, ¿no?

-No. No podía huir. Eran demasiado poderosos.

-¿Y por eso mataste también a su amiga?

-Annaëlle iba a matarme. Era buena con la espada, así que tuve que ir primero a por ella y luego a por Christelle.

-Y hablas con esa frialdad, como si no te importara... -están enfurecidos-. ¡Eres un monstruo!

Le sostengo la mirada durante unos segundos, pero su acusación me hunde. No quiero eso. No quiero que me acusen de matar a sus seres queridos. Sólo quiero que me olviden. Sin embargo, no bajo la cabeza. Hacerlo sería señal de debilidad. Y, aunque mis ojos abandonan su destello frío, no hago ningún gesto que delate que he cambiado, que ya no soy la asesina que solía ser.

No digo nada, ni ellos lo hacen. Sus ojos me repasan, me examinan, y se paran en mi vientre de embarazada. Después me sostienen de nuevo la mirada, y veo que no pueden contener un gesto de... ¿Desprecio? ¿Asco? De lo que sea. Desagrado quizá. Tenso el cuerpo, saco la daga y pongo la espada en posición defensiva. No quiero pelearme, y menos así.

Abro bruscamente las alas, haciendo que la que está detrás de mí tenga que apartarse, y aleteo con fuerza. Me alejo, dejándolos pasmados, y entro a la habitación de la posada por la ventana, que han dejado abierta para que se ventile. Después de cerrarla, me siento en la cama y bajo la cabeza, el pelo me cae por los lados del rostro y me lo tapa a cualquiera que pueda entrar.

Con suavidad, me pongo una mano en el vientre. Siento los movimientos del bebé, ya algo fuertes. Quedan dos meses... sólo dos meses. Miro afuera, el cielo está nublado, de un color grisáceo oscuro. El otoño está terminando y, si todo va bien, el niño nacerá en pleno invierno. Espero que este no sea demasiado duro y que haya alimentos suficientes para todos aquí en Thonomer. Supongo que sí, no he tenido noticias de que haya habido malas cosechas. Aunque también podría ser que no me haya enterado.

El estómago me ruge, y yo bajo a cenar. Hoy estoy bastante cansada. Si puedo evitarlo, no volveré más al cementerio. Me trae muchos malos recuerdos y, además, podría tener otro encontronazo como el de hoy. No parecían tener muchas luces, por eso me he salvado, pero si me llego a encontrar con gente algo más inteligente no me dejan marchar volando mientras se quedan pasmados. Debería haberlos matado, quizá, pero no quiero meterme en problemas. Además, si quiero empezar a cambiar debo hacerlo ya.

Como con lentitud, masticando cada bocado por un largo rato. No tengo demasiada hambre, pero igualmente acabo todo lo que hay en el plato. Y, una vez estoy de nuevo en la habitación, cuento las monedas que me quedan. Suficientes para pasar estos dos meses, pero no para más. ¿Qué haré entonces?

Me meto en la cama y me tapo con un par de mantas. Cuando viene el mal tiempo suelo tener frío, y ahora debo cuidarme más de lo que solía hacer. Cierro los ojos, pero no puedo dormir. Cae la noche y la oscuridad invade la habitación, pero es inútil. Totalmente inútil. Los fantasmas de gente a la que he matado me asaltan, y paso la noche en blanco entre el miedo que me provocan y el llanto por la muerte de Danny. ¡Ojalá hubiera dejado esta maldita vida en cuanto me abandonaron a los doce años! Podría dedicarme a algo honrado, y no a matar a gente. Pero tuve que seguir, a pesar de que sabía que aborrecía esto.
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Re: Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

Mensaje por Celeste Shaw el Mar Nov 08, 2016 5:25 pm

Estoy ya en el último mes del embarazo. El último... Temo el momento del parto, pero sé que será inevitable. Y, a la vez... a la vez quiero que llegue ya para poder tener al bebé en brazos y acunarlo, oírlo llorar y reír. Estar ahí cuando empiece a caminar, a hablar, a volar. Suspiro y me tumbo en la cama. Sólo quedan cuatro semanas... Un mes. Solamente uno.

Hace ya días que no tengo pesadillas. Es un alivio poder dormir toda la noche de una sentada, descanso mucho más que antes, cuando me despertaba dos o tres veces. Cierro los ojos durante un minutos, me duele un poco la cabeza. Parece que, al cerrarlos, el dolor remite. ES un alivio, no soporto que me duela la cabeza. Me quedo tendida en la cama, con el cuerpo relajado pero sin dormirme. A veces necesito sencillamente desconectar de todo, dejar el cuerpo inerte y la mente en blanco, no preocuparme de nada.

Me he acostumbrado ya a los movimientos del bebé, no me resultan problema para dormir. Aún así, a veces da unas patadas muy fuertes que me causan mucho dolor. Pero tengo ganas de que nazca... De que se agite en mis brazos. De oír y calmar su llanto, y de hacerlo reír. Nunca había sentido nada así. Un sentimiento dulce me embarga, me llena como nunca lo ha hecho.

¿Nunca? No, no es cierto. Hace nueve años... cuando estaba junto a Danny. Cuando estaba con él sentía algo parecido, esa dulzura dentro de mí. Es algo maravilloso que nunca soñé que volvería a ser para mí. No imaginé que este sentimiento volvería a embargarme, estaría de nuevo en mi corazón, derritiendo el hielo que la muerte forma en él.

Cuando abro los ojos y pongo un pie en el suelo, me siento distinta. Un poco distinta, no del todo. Aún no... Tiempo al tiempo. Trago saliva y me levanto, y voy hacia fuera de la posada. Salgo por la ventana, no sé por qué lo hago. Supongo que es porque nadie pueda ver que he salido. Voy hasta el tejado del edificio y me siento ahí, mirando el cielo grisáceo. Sé que es peligroso subirse aquí, pero también se reaccionar rápido, así que, de resbalar, podría aletear y mantenerme en el aire en lugar de caer.

No me mantengo mucho tiempo ahí. Me gusta ver el cielo desde los tejados, pero no es demasiado prudente. Me pongo en pie y empiezo a resbalar, pero aleteo y me alejo del tejado. Voy otra vez a mi habitación y me siento en la cama. Me pongo a afilar mis armas. Me gustaría que se acabara ya el embarazo, este vientre tan abultado resulta muy incómodo. Por ejemplo, me cuesta llegar a ponerme los zapatos.

Me pasa muy rápido el tiempo. Un día tras otro, una noche tras otra. La verdad es que me parece casi un sueño, todo lo que ocurre. Nunca se me habían pasado las horas, los minutos, las semanas de una forma tan rápida. Hago todos los días lo mismo: me levanto, desayuno, me voy a dar una vuelta, almuerzo, me voy a dar otro paseo, ceno y a dormir. De vez en cuando siento contracciones, el cuerpo se está preparando para el momento del parto. A cada día que pasa

Es de noche, negra noche, cuando despierto. ¿Qué...? Parece que la cama está mojada. Me levanto, y comprendo lo que ocurre al sentir una contracción que me hace sentir un pequeño quejido. Voy hasta el armario y cojo una de las mantas algo viejas y raídas que hay. La extiendo en el suelo, y pongo una más gruesa encima. Espero que esto baste para que no se golpee... Las pongo en una esquina de la habitación y, después de llenar una palangana con agua para lavarlo, me pongo en cuclillas. Creo recordar que esa es la mejor postura para el parto.

Después de unos minutos, mi mente se nubla. Siento tal dolor... No puedo recordar apenas nada. Sólo que chillo, y que se arma revuelo en la posada. Creo que alguien entra, que me ayudan, pero no lo acabo de saber. Sólo sé que es muy doloroso, y que acabo tan extenuada que no soy capaz de levantarme por mí misma cuando acaba y me enseñan al bebé. Sonrío y extiendo los brazos, lo cojo por un instante antes de que vuelvan a llevárselo, supongo que para lavarlo. Es un niño... Cierro los ojos, me duele todo el cuerpo. Esto ha sido demasiado para mí. Me doy cuenta de que ya es de día... ¿Tanto tiempo he estado? El sol está bien alto... Ha sido muy largo, esto.

Me levanto como puedo y me dejo caer en la cama. Nunca había estado tan cansada, ni tan dolorida. Los ojos se me cierran enseguida y el sueño me vence. Caigo en un pesado sopor sin sueños, que sólo se ve interrumpido cuando oigo unos pasos en la habitación y que dejan algo en un rincón. Me incorporo y miro que hay una cuna, y ahí dejan al bebé... a Adrien... Sí, se llamará Adrien. Vuelvo a cerrar los ojos y a dormirme, con una sonrisa en los labios. Todo ha salido bien... Al fin algo que me sale bien.

Cuando despierto, es de día ya. ¿Es el mismo día o ya el siguiente? No lo sé, realmente. Lo que me ha despertado es... es su llanto. Creo que tiene hambre... podría ser. ¿Y ahora qué hago yo? Me levanto, lo cojo en brazos y lo acuno. Ah... ¡Espera! Lo dejo por un momento en la cuna y me subo a camiseta para darle el pecho. Sí, eso era. Sonrío, es... es enternecedor. Lo he llevado nueve meses dentro y ahora lo tengo aquí... No podría imaginar nada mejor.

Los días se suceden y las noches también, siempre con la misma rutina. Me hago un lío a la hora de ponerle los pañales, nunca los tiene bien colocados y siempre me tienen que ayudar con ellos. Ni siquiera un mes después de su nacimiento soy capaz de cambiarlo bien. Sin contar esos pequeños problemas, todo va a las mil maravillas. Apenas salgo de la posada ya, aunque debería conseguir algo de dinero o bien hacerles algún trabajo a cambio de la comida y el alojamiento. Hmm... posadera... no suena tan mal. Pero aún queda para pensar en eso.

Miro a Adrien dormir, es increíble cómo ha crecido durante este mes. Hace muy poco tiempo era un retoño diminuto, y ahora es un bebé regordete y feliz. La cara que pone siempre que me ve se parece a una sonrisa, y me saca una a mí. Es tan... Lo quiero mucho. Este niño... casi se puede decir que lo es todo para mí.

Desvío la vista hacia la ventana y veo que es casi de noche ya. Hora de darle de comer y cambiarlo. Se queda totalmente satisfecho y suelta, como de costumbre, un pequeño eructo que me hace reír un poco. Lo cojo en brazos y lo acuno hasta que se duerme y entonces, antes de dejarlo en la cuna, le doy un beso en la frente. Una vez me aseguro de que la puerta está bien cerrada, me meto yo en la cama. La ventana está ligeramente abierta. No entra mucho aire frío, pero sí el suficiente para no tener calor, aunque sea el principio de la primavera.
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Re: Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

Mensaje por Gerarld Amattore el Vie Nov 25, 2016 7:03 pm

Fondeando cerca de Thonomer, decidí pasearme por la ciudad, tenía ganas de buscar fiesta, pero en el fondo un cosquilleo me recordaba que por aquí podría estar ella. Me dejo bien claro que esta ciudad era una de las mejores para preguntar por ella, aun así no tiene por qué estar aquí presente, podría estar en cualquier otra parte del mundo, pues este mundo es enorme y tanto ella como yo, somos de movernos mucho por el mismo.

Pero sea como fuere, y mientras bebía en una de las tabernas afinando el oído a rumores, llegue a la inevitable necesidad de preguntar por Celeste Shawn. Resulta que hace unos meses estuvo bastante activa en su oficio, y más allá de eso, resulta que su oficio es ser asesina a sueldo, vaya joyita me había conseguido, quien lo iba a decir, con lo cariñosa y apasionante que era, que se dedicara a ese mundo.
Se me seguía haciendo extraño mientras pasaban las noches de búsqueda, una hermosura siendo un ángel cegador de vidas, asesinando a cambio de dinero, para ser sinceros consideraba que mi trabajo era mejor. No tenía reproche ninguno en matar a gente, pero no era el objeto principal de mis ingresos… aunque muchas veces acabe matando.

Sea como fuere, se decía que o bien había desaparecido, yendo a un lugar muy lejano, o bien había muerto, pues después de ese pico de actividad, muchos dejaron de verla. Pero lo visto sabían dónde se había hospedado, no me costó demasiado seguir el rastro de aquella mujer, fui a la taberna en cuestión, y preguntando por las cercanías resulta que habían visto a alguien de esas características, era conocida, vistosa, y no hacia esfuerzo alguno por esconderse… madre mía esperaba que no tuviera muchos enemigos, o ya la hubieran asesinado.

Al final me encontré con una taberna en el centro de Thonomer, , volé un poco para acercarme, estaba protegida por otros edificios a los lados, y era grande. Acercándome volando pude vislumbrar unos cabellos rojos familiares, así que en vez de preguntar dentro me decidí por volar directamente a la ventana.

Está abierta, y ella durmiendo plácidamente, me cuelo entre la ventana y me siento en la misma, con las piernas hacia dentro y las alas aun por fuera. Por favor que fácil sería matarla, pero en el fondo sé que no sería tan fácil, es asesina después de todo, así que desde la distancia la despierto. -Ey Preciosa..... eeey, despierta Celeste! -
Hable con un tono dulce, para evitar sobresaltarla demasiado. Claramente un intento fallido pues se gira bruscamente con la daga en mano, por suerte una vez me reconoce frena la acometida y sonriente me invita a pasar.
- Me has despertado. Entra, anda- Pero aún me quede un poco en la ventana, devolviéndole la sonrisa.

-Sabes para ser una asesina, no es tan difícil dar contigo... y que temprano te has ido a dormir eeh? –me estiro un poco y entro, plegando las alas en el proceso. Ella caminó a un rincón dándome la espalda, pero seguía hablando conmigo como si nada -Hace unos meses me retiré temporalmente. Y he ido temprano a dormir... – Celeste entonces coge algo que no termino de ver bien y se da la vuelta- o él no me deja dormir en toda la noche-

-Escuche sobre ti entre mien…- ahí quedaron mis palabras, mis cerebro paró, y vuelta a empezar -Tienes.... un niño?....- en mi rostro posiblemente se podría apreciar perfectamente mis estados, primero fue la sorpresa por la información... al darme cuenda de las probabilidades y posibilidades de que sea mío hubo un realización de la realidad... y luego a la búsqueda en los ojos de celeste de confirmación a sus sospechas... o más bien miedos pues no podía ser posible, ¿no?

Pero ella solo me mira a los ojos y asiente a aquella pregunta que lancé al principio - Sí, tengo un niño. Se te parece – Y con esa segunda parte también responde a la pregunta que no me atreví a preguntar.

Me siento... no, más bien me desplomo encima de la cama... no digo nada, no puedo decir nada, no se me ocurre decir nada, en décadas no me había ocurrido esto, una situación en la que no pudiera responder con agilidad mental, o que no tuviera control en lo absoluto de mí.

Celeste deja al niño, o niña quien sabe, en la cuna y se sienta a mi lado, parece preocupada, supongo que debo de tener una cara que preocuparía a cualquiera- ¿Qué ocurre?-palabras simples, respuesta dificil, ni yo lo sabia. Con la mirada perdida en la cuna una voz temblorosa apenas sale de mi boca-voy... a suponer que es mío verdad...-

No paro de pensar, porque… por qué ha ocurrido esto, esperaba que... bueno pensaba que normalmente se tomaban medidas anticonceptivas para evitar que esto pase... infinidad de plantas y pócimas para eso... quien tendría voluntariamente un hijo con él, si él nunca esta.
Celeste Shaw asiente suavemente a mi afirmacion -Sí... es tuyo.

Me levanto, no puedo estar quieto, paseo nervioso por el cuarto, no puedo mirar a Celeste a la cara, ni a ningún sitio, y eso que tiene un cuerpo de escandalo... mi vista se pierde por todos lados pero siempre acaba encima de la cuna y para despues volver a perderse en las paredes de la habitación.

¿Por qué lo tuvo... seguro que ella sabría como evitar tenerlo.... espera es quiere decir que lo quiere tener... Celeste quería tener al niño... ¿por qué?

Entonces me detengo, en seco, giro la cabeza y miro a aquella enigmática pelirroja, quiero hablar pero aún no puedo, mantengo el silencio. Celeste me sostiene la mirada, pero tampoco rompe el silencio, simplemente espera. Me acerco, caminando, al pie de la cuna, mirando al niño... pequeño, demasiado pequeño... Durmiendo apacible... sin saber de su padre. -debo admitir que no me esperaba esto-

-también me supongo... que quieres tenerlo- digo mirando a Celeste a los ojos.-Sí... quiero tenerlo. Fue inesperado para mí también en su momento- En ese momento, ella aparto la mirada de mi, me esta costando trabajo entenderla, entender sus pensamientos, y me doy cuenta que no sé nada de ella realmente, hasta hace poco apenas me entere de su oficio.

-y... qué esperas de mí?- Le pregunto, pues no sabía sus intenciones -¿De ti? Pues... nada en particular... -la voz también sale entrecortada de ella, bastante normal teniendo en cuenta la situación. - Lo que puedas hacer será bienvenido y, si no... Supongo que me las apañaré, como siempre.-

-no lo acabo de entender.. Necesito una copa... y pensar- La vuelvo a ver a ella y luego al niño. -voy a ir abajo un momento vale? – digo mientras me acerco a la ventana. Hasta escuchar su respuesta-Sí, claro. Ve... Yo estaré aquí-

Sin más palabras salto por la misma, y en el aire estiro las alas, aleteo un par de veces y caigo suavemente en el piso. Me giro y entro a la taberna.

-Póngame un trago de lo más fuerte que tenga- le rujo al tabernero. Me sirve una copa, no sé qué era, pero lo bebí de golpe y le puse la copa justo en las narices, para que sirviera una segunda vez, este ya me lo bebí con más tranquilidad. Ni idea de que era, sería cosecha propia, decían que algún fermentado con papas, me daba igual, era fuerte.

Llevo por lo menos un siglo sin tener más familia que mis camaradas, y ahora se supone que tengo un hijo?, la cabeza me daba vueltas, y no solo por la bebida que el tabernero pronto rellenaría por tercera vez.

Tengo un hijo… vaya, ¿cómo se llamaba? Pero si ni pregunte el nombre, yo no debo ser padre, no sirvo para padre. ¿Qué clase de padre podría ser un pirata que no puede estarse el culo quieto en un solo sitio?

-chicos, parece que ya sabemos quién es el padre- grito alguien más allá en la taberna… no me digne a mirar, se rieron un poco por la situación, tenía ganas de matarlos. Pero no era necesario, los ignore… y comencé a tomarme mi tercera copa.
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Re: Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

Mensaje por Celeste Shaw el Vie Dic 02, 2016 9:22 am

Me ha dicho que ahora viene... No puedo hacer más que esperarlo, sentada en la cama. En ese rato me viene un tufo bastante desagradable a la nariz, por lo que le cambio los pañales a Adrien y miro los sucios. Los meto en una palangana con agua, luego los lavaré... Suspiro, cansada.

El niño sonríe, hace ruiditos y las monerías típicas de los niños de un mes. Me río y lo cojo en brazos, entonces lo envuelvo en una manta. Me aseguro de que el cinturón con las armas está en el armario, y así es. Me pongo una capa de tela negra que compré para esta época, ahora ya hace bastante frío, y bajo, algo mosqueada. No sé qué estará haciendo Gerarld, pero me ha dicho que ahora venía... ¿Y si se ha ido?

Bueno, al fin y al cabo... tampoco lo conozco, ¿verdad? Fue un encuentro... y nos fuimos cada uno por su lado. Apenas hablamos, no se mucho de él. Aún así, me mosquea un poco que me diga algo... y no lo haga. ¿O quizá luego iba a subir? No lo sé, tampoco me importa demasiado. Suspiro y bajo a buscarlo, seguramente estará en la estancia que hace las veces de taberna. Y sí, ahí lo veo. Me acerco a él, con cara de pocos amigos. Está... bebiendo.

-Así que ahora venías, ¿no? -le suelto con mala leche.

-Eso dije, y eso iba a hacer -me mira a los ojos, luego al niño... y regresa la vista al vaso-. Te recuerdo que me he enterado hace unos minutos de una noticia de lo más trascendente.

Tiene razón... Suspiro, últimamente estoy de bastante mal humor. Siempre estoy más irritable cuando duermo poco, y Adrien me ha despertado al menos tres veces cada noche. Acabo por esbozar una sonrisa de medio lado. La estaba pagando con Gerarld, y no debería pagarla con otras personas. Lo miro a los ojos.

-Cierto... Estoy de los nervios, perdona.

Ahora hace una pausa, supongo que estará pensando... aprovecho para sentarme en un taburete cercano al suyo y colocar a Adrien en mi regazo. Ahora es él quién me mira, y bajo un poco la vista para fijarla en el rostro del niño.

-Te diría que te invito a un trago, pero no creo que sea bueno para el niño.

-No, tienes razón. No sería bueno.

Entonces se levanta con la copa en la mano. Yo también he oído esas risitas, y miro a mi alrededor. Algunos nos miran abiertamente, ¿piensan que esto es una representación o qué? Creo ver algunas miradas de reojo, pero no sé si me lo he imaginado o no.

-Vamos arriba... hay demasiados imbéciles maleducados -está enfurecido... seguramente de más por la bebida, no sé cuántas copas habrá tomado.

Después de decir eso los mira con cara de pocos amigos, y yo me levanto. Su mirada, y también la mía, que es helada, asesina se puede decir, les corta la risa en seco. Parpadeo y agito la cabeza, y luego subo hacia la habitación, asegurándome de que me sigue.

-Pagaré cuando baje, me llevo la copa -lo oigo decir, y veo al tabernero asentir, confiando en que va a pagar.

Entramos en la habitación y cierro la puerta. Como suelo hacer cuando estoy aquí sola, echo el pestillo, y luego dejo a Adrien en la cuna. Veo a Gerarld recostado en la pared, con los brazos cruzados y las alas como si se abrazara a si mismo. Me acerco silenciosamente a él y, con suavidad, le pongo una mano encima de las suyas.

-Verás, Celeste, no tengo ni idea de niños. Aunque igual no sea el primero que tengo, sí es el primero del que tengo constancia... y me... perturba -hace una pequeña pausa mientras me mira a los ojos-. Mas me considero un caballero, así que tampoco haré como si no existiera. Sin embargo, no soy el padre que nadie querría tener, mi lugar está afuera, en el mar. No puedo quedarme a echar raíces y pudrirme cual árbol viejo.

-Ya te entiendo... -digo con la voz algo entrecortada-. ¿Qué piensas hacer? No... no pensaba pedirte nada, realmente. Aunque mi lugar sea en la tierra, yo tampoco puedo echar raíces.

-Pues he de confesar que no sé qué hacer -hay un pequeño silencio-. Siento ciertos remordimientos si me voy de aquí sin más. Dices que podrás tú sola, ¿estás segura de ello?

-Creo que sí, que voy a poder -digo con tono optimista-. Segura del todo no estoy, pero... Bueno, tengo que intentarlo.

-¿Cómo dijiste que se llamaba? -pregunta de improviso.

-Adrien -no se lo he dicho antes, ¿verdad?-. Y... creo que no te lo dije.

-A saber... creo que bebí demasiado rápido, ésta era la cuarta -deja la copa a un lado-. Adrien... -susurra, acercándose al niño mientras lo observa.

-Me temo que sí, bebiste muy rápido -estoy a punto de añadir algo más, pero cambio de opinión. Mejor lo dejo así... lo miro con una sonrisa en la boca.

-Me gusta, y me gustará más, supongo, es un buen nombre. Así que mi hijo... -noto su pausa después de esa palabra, seguramente aún no se ha hecho a la idea- se llama Adrien, ¿significa algo?

-No... no se lo puse por nada en especial. Simplemente me gustaba el nombre -digo mientras lo miro a los ojos y esbozo una sonrisa.

-Sé... que no soy tan fácil de contactar, pero si necesitas algo... házmelo saber -asiento con la cabeza.

-Vale, lo haré.

En ese momento, Adrien empieza a hacer ruiditos, y me giro hacia él. Lo veo dándole la mano, y el niño atrapa su dedo. Lo agarra fuerte. En ese momento, Gerarld sonríe, y mantiene la mano ahí hasta que el niño se la suelta. Sonrío y suspiro suavemente.

-Mejor me voy, Celeste.

Esa frase me toma por sorpresa. Sonrío y lo miro, entonces asiento. No puedo retenerlo, ni se lo tomaría bien ni realmente quiero que se quede por la fuerza.

-Está bien. Estaré unos meses por aquí. Luego... quién sabe por dónde andaré.

De nuevo me mira, y yo le sostengo la mirada, algo intrigada. Sus palabras hacen que me sonroje un poco, ¿por qué siempre consigue hacer que me ponga roja como un tomate?

-Es una lástima que no esté muy animado, pero después del embarazo te han crecido muchísimo ese par de tetas, y no has perdido demasiado tu figura.

-Yo tampoco estoy muy animada ahora mismo -respondo.

Se me acerca, sonriente, y me da un largo y profundo beso. Cierro los ojos y le correspondo, a pesar de mis anteriores palabras. Parece que el beso se haga eterno, de tan largo que es, y sólo el niño interrumpe ese trance, ya que vuelve a hacer ruiditos. Lo miro, sonriente y, cuando vuelvo a alzar la vista, Gerarld ya no está. Me siento en la cama, con Adrien en brazos, y cierro los ojos.

Su visita... no sé si me ha dejado feliz o triste. Quizá un poco de ambas. Sé que no se va a desentender del niño, al menos no del todo, pero por otro lado... me gustaría que Adrien tuviera a su padre cerca. Sin embargo, no puede ser, y yo no puedo obligarlo a quedarse conmigo. Solamente empeoraría las cosas.

Con un suspiro, me quito la capa y me subo la camiseta, y empiezo a darle el pecho a Adrien. Sonrío, enternecida y, cuando se llena, lo hago eructar. Entonces lo abrazo fuerte, pero no lo bastante para lastimarlo, y después lo mezo hasta que se duerme.

Lo vuelvo a dejar en la cuna y me tumbo en la cama. Cierro los ojos, necesito pensar y asimilar todo lo que ha ocurrido. Me tapo la cara con las manos, y luego vuelvo a dejar los brazos a los lados del cuerpo. Sin darme cuenta, me duermo.

Despierto cuando ya es de noche, en parte por el llanto de Adrien y en parte por el hambre que tengo. Es negra noche... no se ve a nadie por la calle, más que algunos grupos de borrachos. Voy hasta la cuna y vuelvo a darle el pecho al niño. Cada noche lo mismo... me despierta dos o tres veces. Estoy de los nervios, como le he dicho antes a Gerarld. No dormir bien hace que esté de mal humor.

Vuelvo a acostarme, pero paso lo que queda de noche dando vueltas en la cama. Aunque tengo hambre, no me levanto hasta media mañana, cuando el sol está ya bastante alto en el cielo. Con algo de dolor de cabeza, pongo los pies en el suelo. Cojo a Adrien y bajo a desayunar. Hoy... ¿era hoy? Sí. Tengo que pagar el alojamiento de esta semana. Después de desayunar lo haré.

Me instalo en la mesa más apartada que hay en el comedor, una que queda prácticamente en una esquina. Es la mesa en la que siempre me siento. Coloco a Adrien en mi regazo y empiezo a jugar un poco con él, cuando viene el posadero con el desayuno. En los meses que hace que me alojo aquí he pedido prácticamente cada día lo mismo para desayunar, así que ya saben qué quiero.

Como despacio y, a pesar de que sentía hasta cierto dolor de estómago, me cuesta acabarme el plato. Me levanto con pesadez y voy hasta la barra, con el niño en brazos, para pagar el desayuno y la habitación. Sin embargo, no puedo evitar sorprenderme.

-Ya está pagado, señorita.

-¿Ya? Pero... ¿La habitación?

-Alojamiento y comida para los próximos dos meses.

No puedo creerlo... ¿Gerarld? ¿Ha hecho eso? Me sujeto a la barra, es... no lo esperaba. La próxima vez que lo vea... tendré que agradecérselo. Hago ademán de subir a la habitación, cuando el posadero me detiene.

-¿Qué ocurre?

-Ayer le dejaron un mensaje.

-Ah, ¿sí?

Asiente con la cabeza y me tiende un papel en el que está el mensaje escrito. Creo que Adrien me ha abierto un poco los ojos, es hora de que madure un poco, intentaré dar ayuda si es posible, buena suerte y hasta otra. Vaya... No puedo moverme del sitio hasta que oigo a los habituales impertinentes.

-Parece que al final la han abandonado, chicos.

-¿Queréis callaros ya? -les espeto, temblando por la rabia que me producen sus comentarios-. Si no tenéis una vida, ¡os la compráis!, pero no os metáis más en la mía. Parece que es lo único que sabéis hacer, opinar sobre vidas ajenas.

Subo, enfurecida, a la habitación, y cierro de un portazo. Dejo a Adrien en la cuna y me siento en la cama. Al momento me levanto y doy vueltas de un lado a otro, para detenerme frente a la puerta del armario. Aún no, es demasiado pronto. Sé que dije que lo dejaba, pero no creo poder. Esperaré un tiempo más, hasta que Adrien sea lo bastante mayor para dejar de darle el pecho... Sin embargo, abro la puerta del armario y vuelvo a ceñirme el cinturón con las armas.
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Re: Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

Mensaje por Celeste Shaw el Sáb Dic 03, 2016 8:18 pm

Respiro hondo. Me siento bien llevando el cinturón, aunque no vaya a usar mis armas en cierto tiempo. Nunca me ha gustado ir desarmada, me sentía (y me sigo sintiendo así) desprotegida. Siempre debo ir con tiento por la calle, aunque últimamente haya sido un poco descuidada y no haya pasado nada, porque con toda la gente a la que he matado tengo enemigos por todas partes. Ya me intentaron asaltar varias veces durante el embarazo... en cierto modo, tener a Adrien me hace más vulnerable, ya que debo llevarlo conmigo y es fácil que vayan a atacarlo. Haría cualquier cosa para evitar que lo dañen de cualquier modo.

Adrien... Alzo al chiquillo sujetándolo bien por debajo de las axilas, y hace ruidos que bien podrían pasar por una especie de carcajadas. Me río yo también y lo estrecho con cuidado de no apretarlo mucho. Es un niño muy alegre, y espero que así siga cuando crezca. Supongo que sí, si me cuido de que no sepa muy bien lo que hago y no me vea... creo que puede crecer más o menos aislado de ese mundo en el que yo me crié y que quiero que no conozca, al menos en profundidad, hasta que no sea ya bastante mayor.

Sonrío y bajo a comer a la taberna. Hoy pido un buen filete de ternera, hace tiempo que no como. Ya casi no recordaba lo jugosa que está, y además aquí la hacen justo al punto que me gusta. Ni demasiado cruda, ni demasiado hecha. Tardo más en acabarla, no sé por qué, pero voy más lenta que normalmente. No importa. No tengo mucho que hacer, además de ocuparme de Adrien.

Termino de comer con tranquilidad. El filete iba acompañado por algunas verduras a la parrilla. Y, como postre, he comido algo de fruta, que nunca va nada mal. Me levanto y cojo al niño en brazos, sonriendo. Quizá se le haga un poco raro a la gente ver a alguien armado y con un bebé, pero me da igual. Prefiero ir segura y evitar ataques que ser pillada indefensa, así que a partir de ahora llevaré el cinturón con las armas. Por si acaso, más que nada. Nunca sé cuando pueden asaltarme o interceptarme.

Salgo con parsimonia del local. Camino por las calles, que están bastante vacías a esta hora. La gente está reposando en sus casas, echándose una siesta. O bien acabando de comer, quizá algunos han salido, como yo, a pasear, pero esos son los menos. En las plazas algunos niños juegan al balón, o a derribar una botella lanzando guijarros u otras cosas que hayan encontrado por ahí. Con una sonrisa en la boca, me siento y coloco a Adrien sobre mi regazo. Le cojo las manos y muevo con suavidad las piernas. Los ruidos que hace, similares a risas, me enternecen.

Cuando se pone a llorar y me aseguro de que no tiene hambre ni es a causa de los pañales sucios, lo arrullo sosteniéndolo contra mi pecho. Suelo hacer eso cuando está inquieto, y siempre va muy bien. Supongo que el calor de mi cuerpo lo calma, aunque procuro tenerlo siempre bien envuelto en una manta para que no pase frío.

Se duerme enseguida, y lo miro. Su piel se ve bastante blanca, y el poco cabello que tiene deja intuir que será pelirrojo, como sus padres. Con la punta del dedo índice le toco la naricilla, que es diminuta, y parece que no va a ser muy grande respecto al resto de su rostro. Le beso la frente con cuidado y, con él en brazos, sosteniéndolo contra mi pecho, me dedico a observar a los niños que juegan en la plaza.

Antes había varios grupos de tres o cuatro niños, pero ahora se han juntado todos y son como diez o doce. Se han puesto a jugar con una pelota... no sé cómo se llama este juego. Se han dividido en dos equipos que se van lanzando el balón, parece que éste debe tocar a uno de los miembros del equipo contrario y caer al suelo. Esa persona queda eliminada. Ah... creo recordar sobre ese juego. Sí, ahora me acuerdo.

Cuando tenía unos diez años vi a un grupo de niños ponerse de acuerdo para jugar a algo... nombraron un juego llamado “balón prisionero”. Los miré jugar, era exactamente esto que hacen ahora. Recuerdo que le pregunté a mi maestro si podía ir a jugar con ellos, pero que me dijo que debía entrenar. Enseguida se me llevó, y no volví a ver a niños de mi edad hasta que me abandonó, a los doce años.

Sin embargo, entonces ya no sentí ganas de jugar con ellos. Me notaba distinta, me sabía distinta. Mi crianza había distado mucho de ser perfecta, y entonces era cuando más lo notaba. No entendía sus sonrisas, su alegría, cuando para mí el mundo era un lugar muy sórdido y desagradable, cada día era un constante sufrimiento, una lucha por conseguir unas simples monedas para comprar algo de comida.

Sacudo la cabeza, ahora no es el momento de pensar en eso. Esos tiempos quedaron atrás, debo mirar adelante, hacia el futuro. Hacia un futuro junto a Adrien. Por lo que veo, los niños han acabado la partida, ajenos a mi presencia, y están hablando animadamente en una esquina de la plaza. Entonces me levanto, y el resplandor de las armas parece que los alerta. Se giran hacia mí y me miran, y uno de ellos, el que parece ser el líder del grupillo, se me acerca, dudando. Señala las armas y pregunta:

-¿Son de verdad?

-Sí. No las toques, aún vas a cortarte.

-¿Puedo coger la espada un momento? No me cortaré.

-No, no puedes cogerla. Es peligrosa.

Se aparta por un momento, parece que está decepcionado. Baja la cabeza, con un gesto un poco triste, hasta que ve las mantas que cubren a mi hijo. Vuelvo a sentarme y se lo enseño. Está dormido aún, es un milagro que el griterío de los niños no lo haya despertado. Hace un gesto indicando a los demás que se acerquen, y se me ponen alrededor, mirando a Adrien con curiosidad. Sonrío. ¿Todos los niños son así?

-¿Cómo se llama? -pregunta una niña con vocecita débil.

-Adrien. ¿Vosotros cómo os llamáis?

Sin embargo, en ese momento los padres de uno de los niños me ven. Llaman a su hijo, que va enseguida, y se me quedan mirando. Yo también los miro a ellos. Espera... no puede ser... ¿Fue aquí donde la maté? ¿O se han mudado? Son los padres de Naodith, esa niña de cuatro años... El dolor se refleja en sus rostros, en su mirada. El dolor, el miedo y el desprecio. Saben que yo la maté, lo saben. Y ahora me han visto con su hijo y los amigos de ese niño... y han pensado que les iba a hacer lo mismo que a la pequeña Naodith.

La verdad no podría ser más distinta. Me levanto y me voy de la plaza, dejando plantados a los demás niños. Oigo, casi por casualidad, un fragmento de lo que dice esa mujer a su hijo.

-No tienes que juntarte con desconocidos, ¿vale? No hables a nadie que no conozcas. Esa mujer...

No alcanzo a oír más, pero no me importa. Sé qué iba a decir, y ya no me va a afectar más. No. Las palabras que otros me dirijan no van a afectarme ya, no van a hacer que piense en ellas y las tome como ciertas. ¿Que me llaman asesina? Muy bien. ¿Psicópata, loca? No me importa. Ahora sólo estamos Adrien y yo. Bueno, y Gerarld, cuando venga. Nadie más. Nadie más me condicionará.
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Re: Una sorpresa (in)esperada [Solitaria]

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