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Cuentos de Noreth
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La Horda del Gran Caudillo

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La Horda del Gran Caudillo

Mensaje por Khiryn el Mar Oct 25, 2016 4:30 pm

El Túmulo. Varios meses atrás.

Desperté con un violento espasmo provocado por la fría y dura sensación de agua arrojada violentamente en mi cara. Había sido como una fuerte bofetada. Me encontraba forzada a estar de pie, colgada, literalmente por un par de grilletes de acero oxidado que abrazaban implacables mis ya encarnecidas muñecas. Las cadenas colgaban de techo, y chillaban a cada movimiento que realizaba para tratar de afirmar mis puntas sobre el piso. Apenas me habían dejado la altura suficiente para apoyar los dedos de los pies sobre mi propia mierda en el piso.

Abrí el ojoderecho pesadamente. La piel hinchada y roja del parpado sobre el derecho me hacía imposible abrir este. Despertar era horrible, era cuando cobraba conciencia del dolor otra vez; de mi condición y mi estado humillante. Humillada.

Mi cuerpo pendía desnudo y lastimado del centro de una habitación que no superaba los tres por tres metros. Las paredes vestidas de láminas de metal oxidado hacían que en el interior el calor fuera más que agobiante. No tenía ventanas, salvo un pequeño cristal tintado en la pared a mi espalda, que con seguridad colindaba con una habitación donde alguien siempre observaba. La puerta, era también de metal y esta tenía una portezuela pequeña al nivel del piso que se aseguraba por fuera. Dos pequeñas velas en las paredes lanzaban unas pequeñas llamas bailarinas que iluminan tanto como sombras proyectaban contra el piso. La falta de ventilación de la habitación provocaba que esta estuviera totalmente viciada por el olor del humo, mis desechos y sudor.

Sobre el suelo de tierra seca, se formaba un charco que no alcanzaba a absorberse hecho con mi orina. Mi propia mierda había formado una asquerosa costra en mis piernas, nalgas y entre los cabellos de mí cola felina; la que habían caído al suelo era involuntariamente pisada por mí; así que también había mierda en mis pies. El pecho, lo tenía ya manchado y chorreando bilis y restos de comida a medio procesar a causa del constante vómito que me provocabanlos alimentos en mal estado y a veces agusanados con los que me torturaban. Maldecía cada momento que estaba despierta.

EL hombre frente a mí me abofeteó para que reaccionara. Con la cabeza gacha, como desde hace no sé cuánto tiempo la llevaba, miré un poco mi costado; la herida de la navaja que me habían provocado cerca de las costillas ya no sangraba, de hecho, parecía que la habían cosido.

El hombre frente a mí me lanzóuna bocanada del espeso humo de su apestoso cigarro y luego apagó este contra mi pecho, presionándolo. Cuando lo hubo apagado, me golpeó en el estómago, sacándome el escaso aire que tenía en los pulmones.Escupí una bola de sangre más seca que líquida.

No sé cuánto tiempo había pasado aquí. Había perdido la noción de los díasy las noches; sólo sé que la tortura era progresiva. Al principio se limitaban a cuestionar, amenazar y abofetear. Luego empezó la tortura que había escalado desde agujas bajo las uñas hasta la corriente situación. Ya ni siquiera se molestaban en preguntar lo que supuestamente deseaban saber de mí. Ahora, sólo se limitaban al maltrato y humillación…


Afueras de Valhburg, Noviembre.

Los caballos la comenzaron a pasar mal cuando el piso de tierra y pasto se convirtió en nieve. Las ruedas de los carromatos que nos transportaban se atascaban por el peso haciendo muy difícil y pesado el avance. Muchas veces, partidas de hasta 4 hombres debían empujar desde atrás los carromatos para desatascarlos de la nieve suelta; sin embargo el último tramo, mucho más plano y limpio nos permitió avanzar a buen paso.

El blasón de la Orden rompió la blanca monotonía de las afueras de Valhburg pintándose de negro y rojo. Habíamos llegado. La procesión que asemejaba un cortejo fúnebre en la blancura. Nuestras ropas negras y nuestra lúgubre presencia sólo enfatizaban más los rumores de Guerra. Magos, soldados y asesinos, éramos las Cuchillas Carmesís.

Iba ensimismada en mis pensamientos; mientras le daba vueltas en mis manos a una pequeña daga, y aunque mis ojos apuntaban en su dirección, poco consciente era yo de esta, que más bien, la jugaba con gracia automática, los últimos meses habían pasado muy rápido y había unas cosas a las que aún no me acostumbraba; pero el proceso era rápido.

El sepulcral silencio a mí alrededor me sacó del letargo; la mirada de Alanayn estaba posada sobre míy me dibujaba un gesto de sonrisa complaciente. –Déjalo ir.- Me dijo.Le regresé la sonrisa y me levanté de mi lugar. Foxhound miró desde su postura de echado mi caminar a través del coche hasta salir de este por la puerta trasera. Miré al frente por encima del techo del carromato; la ciudad ya estaba cerca.

-Procederemos según el plan.- Dije.

No hacía falta que me expresara con el acento marcial ante mi equipo. Ellos me seguían. Me había ganado su confianza y respeto en buena lid demostrando capacidades de las que ellos no disponían. A veces, en verdad no me quedaba clara la razón por la cual era yo la líder designada de esta fracción, pues reconocía la valía individual de cada uno, y cada uno era mucho mejor que yo en algo diferente; que al caso, muchas veces venía más oportuno a la situación que cualquier habilidad que yo pudiera aportar; sin embargo, era yo quien dirigía, y ellos me respetaban, no sólo por que fueran órdenes de alguien con mayor rango; ellos en verdad veían algo en mí.

Descendimos del carromato que no detuvo su tortuosa marcha. Éramos contándome tres de un equipo de cuatro. Alanayn, la elfa, a quien de cariño le decíamos “rata blanca” o simplemente “Blanca,” Redrik, el “rojo,” o “el cuervo” y yo. El cuarto miembro de la célula,Saeed el “negro” se encargaría de llegar a la ciudad con el resto de los hermanos de la orden, se encargaría de conseguirnos una habitación en la posada más abarrotada, llevando claro, todas nuestras cosas; Foxhound, se iría con la comitiva de las cuchillas acompañando a Saeed, en caso de que no llegáramos antes de media noche, él, el lobo, sería el encargado de encontrarme.

Nos desplazamos en diagonal a la dirección que llevaban los coches de la orden, alejándonos del camino, rodeando la ciudad por fuera para entrar por una puerta distinta. No vestíamos los colores de la orden, esto, con el propósito de tratar de pasar desapercibidos y no ser relacionados con ellos, sin embargo, a pesar que no eran las ropas militares, eran ropas de combate, resistentes y flexibles, además, yo llevaba mis inseparables dagas gemelas, y ocho dagas arrojadizas, por su parte, Alanayn llevaba un par de dagas de acero élfico y su arco ceremonial y Redrik llevaba una arbalesta, un sable curvo y una pata de jabalí, bien gorda y carnosa. Todos llevábamos además una bota de finísimo vino.

El rodeo por las afueras nos llevó cerca de dos horas, a pesar de que la ciudad en sí no poseía dimensiones exageradas y más bien era un pequeño pueblo de paso, estaba bien amurallado y sus campos de labranza y agricultura se extendían varios centenares de metros fuera de la muralla. Llegamos al entronque donde viramos a la derecha para seguir el camino que llevaba a la puerta oeste, la comitiva de las cuchillas se había perdido hacía tiempo ya por la puerta sur. Caminamos todavía un centenar de metros en dirección a la ciudad antes de ver al primer pueblerino.

Un hombre entrado en años, tal vez unos cincuenta había visto ya esas púpias cansadas y esos cabellos que se comenzaban a pintar del color de la nieve. A pesar del aspecto austero y humilde del hombre, y de su obvia delgadez, poseía un el vigor inagotable de la gente sencilla del campo, con sus brazos fibrosos y firmes. Su piel tostada por el sol era evidencia de las largas jornadas en el campo y su ropa sencilla de algodón de condición económica. Llevaba un machete en el cinto y blandía una guadaña que levantó al vernos, más en modo de saludo que de agresión.

-Buenas tardes. –se acercó el cuervo a saludar con una sonrisa que aparentaba la más sincera y honesta de las intenciones. –Buenas tardes. –Repitió.
El hombre de la guadaña respondió el saludo con un movimiento de cabeza regresó la sonrisa, posando los ojos no en la armas que llevábamos si no en la enorme pata de jabalí que el cuervo llevaba sobre sus hombros.
-Somos cazadores.- Dijo el rojo, y a modo de explicación continuó. -Venimos de un pueblo del oeste dónde han llegado los rumores de movimiento en las drakenfang. De camino, hemos cazado un jugoso jabalí, pero hemos perdido el pedernal y no tuvimos manera de hacer fuego, no hemos comido desde ayer señor, si usted nos permite, y nos regala un poco de hospitalidad, no tendremos problema en compartir nuestra presa con usted y su familia.

El hombre vaciló un poco ante la historia y la oferta del hombre.

-Oh, le recompensaremos.- Remató el cuervo.

Alanayn, que poseía una hermosa y dulce voz, enmarcadas por sus notables rasgos de elfo se acercó sacando un par de monedas de plata de un saco en su cinto. –Por favor señor; sólo queremos hacer algo de fuego, le pagaremos, no queremos molestarlo.

El hombre pareció conmovido ante la petición, con tal humildad realizada por una silvestre, y haciendo gala de las buenas costumbres y la gran hospitalidad de la gente del campo y de la gente de Valhburg, nos invitó a seguirlo.

Durante el camino a la casa del hombre, que se hacía llamar Edwin, la plática giró en torno a los rumores de la guerra. La casa del hombre, era sencilla por demás decir. Estaba montada sobre una tarima de madera de dos escalones de altura, en el interior, compuesta por una pieza grande en el centro que el área común, unos sencillos muebles y sillones, y un comedor con ocho sillas de distintas hechuras y una división donde había un horno de leña. Una pieza no tan grande que la hacía de recamara principal y tres piezas más pequeñas que eran los dormitorios de los hijos que tenía. Seis críos, su mujer y él eran los integrantes de la familia. Por motivos de espacio, la comilona que se estaba armando debía ser llevada fuera.

A un costado de la casa, en un claro que estaba predispuesto para encender una fogata, El cuervo improvisó un asadero, colocando dos pares de troncos gruesos en forma de pirámide, un para a cada lado de la fogata, sobre los cuales, pondría la pierna de jabalí para que se cocinase ahumada sobre las brazas. Mientras la pierna derramaba sus jugos y se cocinaba, Alanayn, siguiendo una regla simple de convivencia, entabló la conversación con el hombre mientras yo me divertía jugando con sus hijos más pequeños que fascinados, no dejaban de verme la cola felina y las orejas. “Para entablar una conversación, saca un tema que tengan en común, si no lo sabes, habla sobre las actividades que realiza.” Alanayn por su ascendencia silvestre, estaba familiarizada con el campo, las plantas y su crecimiento, y de inmediato empezó una plática que cambiaba de consejos prácticos de cuidados hasta acaloradas sesiones argumentales de los “por qué y por qué no” de las plantas. Entre tanto y tanto, compartían vasos de vino que la elfa servía gustosa, tanto al hombre como a su esposa, que se debatía entre el brazo de su marido y los consejos para sazonar la carne sobre el fuego.

Cuando la comida quedó lista, los tajos de carne volaron de mano en mano; El cuervo cortaba con un cuchillo grueso trozos de pierna y los pasaba de uno en uno, nadie se molestó en servir platos, y ahí, fuera, comíamos la deliciosa carne ahumada directamente con las manos. El cuervo y yo, nos habíamos unido a la conversación que la elfa sostenía con Edwin y su mujer, que cada vez más encandilados por los efectos del vino, soltaban más la lengua, tornando la reunión un ambiente casi festivo. Los hijos mayores del hombre, un poco más reservados, se limitaban a mirar y comer, participando menos de la conversación mientras los más pequeños correteaban tratando de quitarse entre ellos el alimento.

Cuando la comida se hubo acabado y los ánimos fueron más relajados, solté la bomba.

-Por cierto. Dije con un aire un poco más serio, contrastando con el ambiente que se había tornado, tratando de llamar la atención tanto de chicos, cómo de grandes. –¿Han sabido ustedes algo de un imperial que ha llegado a la ciudad? –Mis palabras llamaron un poco la atención de todos, provocando un poco de expectativa, dado que los gestos de blanca y del cuervo se tornaron un tanto sombríos.
-No quiero asustarlos. –Continué. –Más bien, avisarles, ya que han sido muy amables con nosotros, pero debo decirles que tengan cuidado. –Para este momento, ya tenía la atención de todos. –Hemos escuchado del pueblo vecino, los rumores de que un imperial que ha dejado el camino de su fé, ha llegado a la ciudad; se dice de él que se ha convertido en un asesino despiadado y violento que mira a todos con los fanáticos ojos de la inquisición, llevando al extremo más peligroso y desalmado sus actos a los que él llama purificación. Mata a todo aquel que se atreva a negar al Dios único de su pueblo y es buscado en un sinfín de poblaciones y ciudades. Tengan cuidado de él y disimulen si entre el hervidero de gente que se ha arremolinado en Valhburg escuchan el acento imperial, o si conocen de alguien que pague sus provisiones con moneda imperial. Si saben de alguien, lo más seguro que hacer es señalarlo ante un miembro de la orden de los carmesís, qué, tenemos entendido marchaban hacía aquí, por otra parte, nosotros les hemos dado esta información a ustedes, dado que nos han tratado muy bien, pero ustedes son libres de pasarla a sus amigos y familiares de Valhburg para ponerlos sobre aviso. No sabemos bien como darles una descripción del hombre puesto que no la tenemos; solo sabemos que es, como ya dije un hombre, y que se hace llamar el Lobo Blanco, tal vez se pueda presentar así, cómo el Lobo Blanco o puede que lleve un blasón de un Lobo Blanco en sus ropas. Paren bien la oreja y abran bien los ojos.-

Deliberadamente había repetido el mote de lobo blanco para dejar una imagen tangible en la mente de las personas que me escuchaban. Deliberadamente, había acentuado las palabras Imperial y asesino, y deliberadamente había puesto en sus cabezas la idea de dar aviso a sus conocidos en la ciudad; todo, con el afán de que los rumores se extendieran y el imperial que buscaba se viera acorralado.

La tarde empezó a menguar, dando paso a los tonos rojizos y magentas del ocaso. Nos despedimos de la familia que con gran atención nos había acogido. Nos agradecieron casi infinitamente la deliciosa comida, la botella de vino y sobre todo la advertencia. Al marcharnos, le tendí 7 monedas de plata en la mano a Edwin. –Esto es para corresponder su amabilidad y hospitalidad. - Le dije. –Sólo una petición más. Por favor, a las personas que ponga sobre aviso acerca del Imperial, no le dé descripciones a la gente acerca de nosotros; si le preguntan, dígales que se lo ha comentado un grupo de cazadores que viajaban; el lobo blanco tiene oídos grandes y no queremos que sepa que nos cace sin saber nosotros cómo es él primero, si no, no podremos defendernos.-
Al marchar, no dejaron de saludar ondeando las manos hasta que nos perdimos en el horizonte de piedra que dibujaba la muralla de Valhburg.

Cuando entramos a la ciudad, ya había un soldado cuchilla, vistiendo su uniforme negro apostado en la puerta. No nos reconoció, y después de identificarnos propiamente él, y los guardias propios de la ciudad nos cedieron el paso. Avanzamos unas cuantas calles antes de que yo lanzara un par de silbidos disimulados. Inmediatamente, la negra figura de Foxhound se perfiló dos calles arriba y con lo que parecía una macabra sonrisa lobuna corrió hacía mí. ME incliné para recibirlo y ahí mismo en medio de la calle de Valhburg nos pusimos a jugar. Sehundos después apareció Saeed, que se acercó y saludó de forma casual.

-Ya he dispuesto un par de habitaciones contiguas en la planta más alta de la posada del Salón de los héroes; no sólo es la más popular; es la única. – Dijo con su potente voz profunda y gruesa. Asentí con la cabeza hacía él y yo y el resto del grupo nos dejamos guiar por él. –También he comenzado los arreglos con la dueña de la propiedad de enfrente; una señora madura, viuda, que posee una casona.
Un singular grupo formábamos nosotros caminando en la calle.

Alanayn, la blanca, era una elfo silvestre que destacaba por sus hermosos rasgos femeninos, era alta, más alta que yo, y eso que yo caminaba en puntas, medía 1.86 metros. Su cuerpo esbelto, estaba bellamente delineado, con curvas sutiles y firmes y la blancura de su piel en conjunto le daban un toque de delicada realeza; su rasgo más notorio, era que además su clarísima piel, su cabello dorado era tan claro que a veces parecía blanco, contrastando con el color del vino que brillaba en sus ojos. Era por esta razón que le llamábamos rata blanca; ya que sus rasgos y sus dotes de ladrón la asemejaban con aquellos animales que incluso servían como mascotas para niños. Era una artista del robo y el engaño; a pesar de su raza élfica, era humilde, tenía una hermosa voz con la que a veces entonaba hermosas melodías en su propio idioma o en el idioma de los humanos.

Redrik el cuervo, era el más común en el grupo; su estatura promediaba la de los humanos, rondando el 1. 77 metros, que era mi misma estatura. Su cabello negro como la noche caía enmarañado y desenfadado por los costados de su rostro hasta los hombros; tenía un aspecto juvenil y aunque nadie sabía a ciencia cierta su edad, no calculábamos que superara los 25 años. Su carácter era alegre y festivo, siempre presto para una buena charla y un poco de ron o hidromiel. A veces parecía hacerse el tonto y otras tantas lanzaba comentarios sarcásticos. Era de muy buen carácter y tenía un carisma que manaba de él e infundía buenos ánimos en los demás. Era burlón, pero muy culto y en situaciones de riesgo era altamente concentrado y obediente. Dominaba con maestría la lucha cuerpo a cuerpo, las dagas y cuchillos, los sables y las ballestas, y sabía esconderse como nadie.

Tal vez, el más llamativo del grupo era Saeed; el feliz. Un hombre de piel morena, alto como una muralla medía más de los dos metros, sus hombros amplios y fuertes y sus brazos notablemente definidos y musculosos le hacía más corresponder al perfil que presentan los soldados que al perfil de los Sombríos. Tenía la voz tan profunda como el llamado de un cuerno y las facciones duras en su rostro. Sin embargo a pesar de que podía parecer temible, era educado y se manejaba con tranquilidad. Incluso, se podía decir que cuando sonreía, era mucho más sincero que cualquiera. Era un experto trampero, cetrero y rastreador de la arena. Manejaba con mortal eficiencia sables curvos, dagas y arbalistas y ballestas.

El final de la marcha lo cerrábamos Foxhound y yo; por demás decir un lobo y una Hörige. ¿Por qué esta gente tan diestra y especializada confiaba en mí cómo su lider? Sí, yo era la más joven de los cuatro, y si tuviera que pensar en una razón, tal vez esta fuera la iniciativa. No puedo decir que mis compañeros no la tenían, y tampoco que puedo decir que no eran astutos, pero por lo regular era yo quien trazaba los planes que parecían ser más agradables para todos; claro, siempre pedía la opinión de todos, pidiendo consejo a cada uno, e incluso, dejándoles el liderazgo en situaciones que rezaban mi experiencia pero que estaba en el campo de alguno de ellos.

Caminamos con paso lento por las calles, escrutando los alrededores, tratando de memorizar las calles y sondeando los rostros de las personas que se cruzaban en nuestro camino. Identificamos algunas tiendas de conveniencia, una herrería y una botica, aunque no nos detuvimos aun en ninguna.

Llegamos al edificio del salón de los héroes; imponente por decir algo, y eso le quedaba corto. Mis tres compañeros entraron y ordenaron tarros de hidromiel mientras yo, obedeciendo la costumbre, di un par de rondas alrededor del edificio; tratando de sondear y memorizar cada hueco y hoyo en la pared, si había o no un callejón de servicio que se conectara al edifico por alguna puerta lateral o trasera, inspeccionando el número de ventanas, entradas y salidas de cada nivel; comprobé también la altura de estas con respecto del suelo y la distancia entre ellas; esto para saber si era capaz de saltar desde la segunda planta al piso y salir bien librada. Terminé las dos rondas de rigor y entré al salón. Mis compañeros ya habían terminado sus sendas bebidas y nuevamente guiados por Saeed, fuimos hasta las habitaciones, pasando por donde el administrador de la posada se encontraba con el que rápido nos presentamos cordialmente.

Saeed había arreglado el hospedaje en dos habitaciones contiguas, él y Redrik ocuparían una y Alanayn, el lobo y yo la siguiente.

En la habitación, ya se encontraban todas y cada una de nuestras cosas, uniformes completos y armas junto con otros artículos de carácter más personal. Aproveche para ser la primera en asearme y sacudirme del cuerpo el polvo del fatigoso viaje; me refresqué y tomé un breve descanso para estirar las piernas y esperar a que cayera profunda la negra noche; luego de un rato, me enfundé en el uniforme, tomé mis armas y dejé la ballesta y subí al techo.


Trataba de penetrar con mis ojos felinos la oscura bóveda celeste; fría en Invierno de las Drakenfang. Me encontraba en cuclillas sobre el techo del salón de los héroes jugando con una daga entre las manos. Me concentraba con fuerza y el tiempo que había pasado me empezaba a generar impaciencia, pero las drakenfang no me regresaban nada. Ni una luz moribunda de una fogata con la que la rumorada amenaza calentara un tentempié nocturno, ni un tambor de guerra, ni el eco reducido a murmullo de alguna risotada que se escapará a algún descuidado, ni siquiera, el sonido de un huargo, que al obedecer su instinto primario se deshiciera del bozal que apresara su hocico y le dedicara un canto a su luna. Sí, había visto cosas, como el amante furtivo que se coló por la puerta principal a los tres minutos de que la mujer despidiera al marido soldado que iba a la ronda nocturna. Había visto también un borrachín, salir del salón de los héroes ahogado en hidromiel ser asaltado, robado por la prostituta que lo escoltaba, llegando a pensar que algo podía yo aprender de ella. También a la pareja de adolecentes que no superaban los 14 años pero que guiados por la ardiente pasión de sus deseos habían intentado perderse sin éxito en un callejón oscuro. Pero las Drakenfang no me daban nada. Salvo la nevada y bella calma de la blancura y la sensación de limpieza y pureza que se obtiene de ésta. Me había regresado un espectáculo de luces cuando los ases lunares resplandecían sobre las hojas bañadas de escarcha y estas se movían con el viento, bailando dulcemente con suaves destellos adiamantados; pero de los orcos y sus movimientos, nada.

Un silbido me regresó a los límites de la ciudad. Alanayn silbaba dulcemente desde la ventana de la habitación. Desendí con cuidado colándome por la ventana nuevamente. Saeed y Redrik ya estaban ahí listos para ejecutar el último movimiento del día. La misión era simple y no esperamos contratiempos de esta. Salimos furtiva y sigilosamente de la habitación los cuatro, usando sogas de asalto con crampones de descenso para llegar hasta el piso, siempre vigilantes de pasar desapercibidos. Desmontamos las sogas desde abajo. Nos dividimos en dos grupos para cubrir más terreno. Alanayn, el lobo y yo éramos uno y Redrik y Saeed otro. La tarea era simple, rondaríamos los alrededores del salón para trazar rutas de acceso y escape, esto con el propósito de saber cómo desplazarnos con velocidad a través de la ciudad usando edificios, callejones, patios y azoteas como camino. Además trataríamos de ubicar los puntos importantes que podrían facilitar una reunión, tales como parques, edificios abandonados y comercios.

Luego de unas tres horas de ronda, regresamos a la posada, ya oscura, dónde sólo los más animados que eran muy pocos, aun conservaban la borrachera. Subimos a la habitación nuevamente usando las sogas y garfios de escalada sin problemas.


La mañana siguiente salimos de la habitación antes del medio día; durante la mañana temprana, nos habíamos reunido a puerta cerrada en mi habitación para trazar en conjunto las acciones del día. Incluso, Alanayn y Redrik comenzaron a bocetear en sendos cuadernos unos trazos que nos servirían como mapa tomados de los recuerdos en conjunto de la anterior excursión.
Desayunamos ligeramente en la cocina de la posada; que ya a esas horas estaba hirviendo de personas que como nosotros buscaban algo de comer y algunos más empezaban ya a beber. Nos sentamos los cuatro en la misma mesa, con el lobo a los pies, y mientras comíamos yo le daba trozos de cecina seca al lobo por lo bajo, llevábamos ropa de civiles para confundirnos con la gente y no hacer notar que pertenecíamos a la hermandad.
Mientras desayunábamos, Alanayn y yo, parábamos oreja tratando de percibir el acento de la legua imperial en las personas y así mismo escuchar sus conversaciones. Una hora después lo único que sacamos fue información irrelevante pero el estómago lleno; lo más relevante fue notar la presencia de tres enanos y un minotauro; luego investigaríamos más de ellos y tal vez arreglar una conferencia con alguno, por lo demás, salimos de la posada y comenzamos la misión.

El principio del día no sería muy diferente de la noche anterior, solo que durante el día nos perderemos entre la gente que camina y hace compras; caminando por cada calle y callejón para descubrir los puntos fuertes y vulnerables; incluso, descubrir los sitios desde dónde los cuales se pudiera ejecutar una emboscada efectiva, en caso de que la horda orca que se rumoraba invadiera y penetrara. Esta caminata de evaluación no solo servía para conocer los lugares por dónde se puede uno desplazar con más efectividad, también en el camino descubríamos la frecuencia de las rondas de patrullaje y la regularidad de esta, así como el número de efectivos que vigilaban y sus posiciones.

Durante el recorrido, que hacíamos con más calma que prisa, nos deteníamos en cada comercio, charlábamos un poco con el encargada y dependiendo la situación comprábamos alguna baratija o nos íbamos. También nos deteníamos en cada comercio mayor;el primero que visitamos fue una herrería; al entrar, las espadas que se exhibían pendiendo de la pared tras una larga barra mostraban el hermoso, elegante y maestro trabajo del artesano herrero que regenteaba el lugar. Para mi sorpresa, se trataba de un enano. “Furni, ese es mi nombre.” Dijo con alegría al ver rostros nuevos entrar por primera vez en su tienda.

Debo decir que no sólo entrabamos a los comercios, era, un poco más complicado. Al principio, comprobábamos que el comercio estuviera vacío, si no lo estaba, perdíamos el tiempo en los alrededores cercanos, platicábamos con algún peatón o pedíamos referencias de direcciones falsas. Cuando el comercio se vaciaba, entrabamos Redrik y yo, y mientras yo miraba las estanterías o los trabajos de los maestros con interés, Redrik usaba su infinito carisma para entablar conversaciones con los regentes. Mientras, fuera del establecimiento, Saeed se paraba fuera de la puerta para bloquear esta, aparentando estar perdido, pediría referencias a las personas que intentaran entrar, siendo esto una señal para nosotros. Mientras, por su parte, Alanayn unos metros más alejada, vigilaría los alrededores y la entrada desde una distancia más prudente.
Y así, nos relavamos las posiciones con diferentes resultados cada vez; sin embargo, el que no cambiaba posición era Redrik, siendo él el más experimentado en tratar con la gente, entender el lenguaje corporal y el capaz de generar más empatía. Sin embargo este plan no siempre funcionaba, pues sí, daba el caso que los individuos, por mucho carisma y amabilidad que pudiera tener cualquiera, eran, simplemente cerradas.

Para este caso particular, la conversación se basó en un principio en alagar los hermosos trabajos del herrero, pasando por una breve reseña de las armas enanas y en la maestría que en general su orgullosa raza demostraba cada vez. Luego la plática giraba en tonos más irrelevantes, como el clima y alguno que otro rumor. De vez en vez, yo interrumpía la conversación preguntando por los precios y medidas de los objetos exhibidos. Esto para demostrar que estábamos interesados en los productos, aunque una me daba el precio, me callaba y regresaba mirar, dejándolos continuar. Redrik le preguntó al maestro enano acerca del hermetismo de su gente en las montañas, le pregunto si acaso él, tenía familiares ahí, mostrando un profundo interés, incluso, disimulaba la preocupación sincera tanto en gestos como en la articulación de su voz.
Le preguntó también si había tenido alguna noticia de su pueblo acerca de los rumores de la guerra y con empatía le preguntó su opinión y sentimiento acerca de que la guerra cayera sobre su gente.

Desde dónde yo estaba, el enano parecía animado a hablar, y después de haber extendido ya la plática demasiado, me acerqué a él.

-Por cierto, maestro Herrero.- Le dije con gran respeto. – ¿De casualidad ha venido a su tienda algún hombre con acento del Imperio del Dios único, o tal vez, algún hombre que pagara con monedas Imperiales? Verá, no es que lo estemos buscando, es más bien un rumor que hemos oído en los pueblos vecinos. Dicen, que un hombre del Imperio, viajó en esta dirección hará unas dos o tres semanas; de este hombre dicen, que ha sido corrompido, llevando al acceso sus prácticas inquisidoras. Dicen que es un asesino frio y despiadado con los que niegan a su único Dios. Como verá señor, nosotros no somos imperiales, y nuestra educación religiosa dista mucho de la de aquel que he oído, no nos gustaría tener que vérnoslas con él. Tal vez si lo ha visto no lo recuerde, pero, dicen que se hace llamar “el Lobo Blanco,” o que lleva el dibujo o el blasón de un lobo blanco en sus ropas. ¿Recuerda usted a alguien?

Los ojos del enano giraban desviándose hacia arriba mientras con sus manos anudaba en trenza su espesa barba; la animada conversación se tornó abruptamente en una especie de misterio. El enano nos contestó lo que pudo, o lo que supo.

La voz de Saeed preguntando direcciones nos apresuró por primera vez; para cerrar el rumor le dije al buen enano: -“tenga cuidado, si lo ve, disimule, atiéndale, y luego dele su descripción a un guardia o a un guardia zhakesshiano, ellos sabrán que hacer.”

Salimos despidiéndonos del enano, disculpándonos por no comprar pero elogiando su gran trabajo. Al salir entro otro grupo de personas, nos quedamos fuera de la tienda un momento, blanca y yo tratando de escuchar los acentos de los hombres tras los muros, ningún Imperial.

Caminamos dejando nuestras huellas en nieve blanca y lodosa que se formaba como alfombra en las calles y callejones de Valhburg. Por demás cabe decir, nos movíamos con cierta libertad y rapidez, pues la memoria nos traía a la mente el recuerdo de nuestra excursión pasada. Pasamos a otra herrería y dado lo que habíamos visto del pueblo no habría más de estas en el camino.

En este caso el hombre que atendía se llamaba Vern, y de entrada parecía ser un hombre mucho más frio que el enano, pero eso estaría por verse. Siguiendo la misma técnica, dos esperarían fuera y dos entraríamos. Aunque esta vez tuvimos que esperaralgún tiempo antes de que la herrería se vaciara, ya que sus precios eran bastante más económicos que los de la herrería del enano, lo que hacía de esta, una mucho más popular y abarrotada, incluso, se encontraba en una zona de la ciudad que si bien podía fácilmente reconocerse como las cercanías de la plaza central, el cambio en los adornos y cuidado de las edificaciones y fachadas hacía notar que comenzaba un área de la ciudad menos enriquecida.
Redrik entró primero, presentándose con el dueño del lugar, Vern. Podía entender con razones lógicas el porqué de su comportamiento un poco más reservado. Dado que su herrería era más popular, y su precios menores, se veía continuamente abarrotada de mercenarios y aventureros que por última intención tenían la de pagar por los servicios o productos. Si esto fuera poco, gran parte de su clientela tenía por costumbre solicitar rebajas a los servicios y negociar los precios, cosa que fastidiaba a Vern; era por eso que no solo a nosotros como forasteros nuevos y desconocidos nos miraba con ojos penetrantes, sino a todos, incluyendo por su puesto, conocidos y viejos amigos.

La estrategia fue la misma; Redrik hacía plática con el dueño mientras yo echando vistazos a las armas, interrumpía de vez en cuando, está vez, fue Alanyn quien se quedó al pie de la puerta y Saeed un poco más adelante vigilante. Fue lamentable no haber podido sacar nada de este hombre que parecía conocer a todos, su hermetismo y escepticismo no le permitió a Redrik crear un vinculo de confianza, pese al carisma de mi compañero, salimos de esta herrería sin mayores datos. Aunque no lo dejaríamos pasar sin más, nos prometimos regresar e intentar de nuevo.

Mientras caminábamos en el reconocimiento de la ciudad, no fue difícil percatarnos de los cambios en la misma, en la gente y en sus estilos de vida; era notable como aun en una ciudad con una población tan escasa como era la de Valhburg, existían diferencias notables y marcadas entre los barrios y callejones, mientras que la clase más afortunada como comerciantes y y pequeños lugar tenientes se concentraba en un lado de la ciudad, arreglado tranquilo y seguro, el otro lado de la ciudad, ensombrecido en la ciudad de sus calles se vestía con los colores de la pobreza. Esta no llegaba a ser extrema, salvo en casos muy particulares, sin embargo las diferencias en la educación y costumbres, así como la opulencia de las casas era notable. La gente nos veía con más atención y recelo, pero sin duda eran más sencillos y sin la falsedad en la voz que otorgan los títulos de nobleza.

Los callejones en esta sección se volvían más estrechos, la gente más ruidosa; fue con algunos con los que nos animábamos a hablar, solicitando referencias falsas pero que nos dieran una idea clara de cómo desplazarnos con facilidad.

Por fin después de unas tres horas de recorrido, y ya muy pasado del medio día salimos de la barriada pobre más apelmazada que los barrios más finos.

En el andar, localizamos dos tiendas importantes más. Una herbolaria, de dónde pudimos ver salir un hombre encapuchado que parecía sospechoso, sin embargo, sin motivos para interrogarlo, lo dejamos pasar. La herbolaría estaba regentada por un hombre llamado Malyn; este nos recibió de manera agradable y placida. En esta tienda, realizamos de igual manera la táctica, pensando en conseguir algo de información. Esta vez, en la tienda, hicimos algunas compras; un frasco de remedio para venenos, hiervas para sanar infecciones provocadas por heridas, pastas para curar cortes e incluso remedios más mundanos para gripe y dolores de cabeza. Salvo la idea del dueño de la tienda que la persona que acababa de salir de la tienda le resultó un poco sospechosa, no obtuvimos mayor información. Al final pasamos por fuera de una tienda de magia, y conversando con el mago, pudimos realizar con algo de confianza algunas preguntas.
-Maese mago, estamos interesados en la historia de Valhburg, y siendo los de su orden conocidos por su sabiduría, nos gustaría saber si conoce un poco de la historia, o en sucaso, si existe algún en donde podamos acceder a escritos o pergaminos que nos hablen de su ciudad; tal vez un cronista o un bardo bien versado. Tal vez también alguna biblioteca que guarde los archivos de ciudad.-

El mago nos informó cuanto pudo, y disculpándonos por no haber comprado nada, nos retiamos de su local para continuar con el reconocimiento del terreno. Una sola parada para almorzar y continuamos por la ciudad hasta el anochecer.

Para el tercer día y pensando siempre en que esta ciudad serviría como el último fuerte de defensa, el cual tendría que detener a la fuerza orca en caso de llegar tan lejos desde las drakenfang, el plan continuaba siendo el de conocer a fondo la ciudad, con tal de ser capaces de emboscar con efectividad y desplazarse velozmente, De entre las rutas que habíamos seguido hasta ahora, fue este día el que me di por más que satisfecha. Ya teníamos una buena idea de la ciudad por arriba, la parte visible y arreglada, habíamos pasado un día y medio rondándola de este a oeste y de sur a norte, pero este día, noté algo que en las calles abarrotadas y alfombradas de nieve no pude notar.
Nos eoncontrabamos desayunando en la taberna bajo el salón de los héroes, y después de recorrer el salón con la vista escrutando a los comensales, me detuve en un detalle que me pasó desapercibido al comienzo. Detrás de la barra principal donde el tabernero servía, había un pequeño patio de servicio; que colindaba con una pequeña ventana en su pared exterior a un baño; en este pequeño patio de servicio, pude notar de manera disimulada una puerta, más bien una tapa en el piso. La ciudad tenía drenaje. Obviamente. Pero ¿qué tan grande?
Forcé a mis compañeros a finalizar la merienda con prisa, una idea me había asaltado y debíamos comprobarla. Subimos rápido a nuestras habitaciones y nos enfundamos en los colores de la orden; armas, capuchas y lo más importante, botas. Salimos como sombras veloces del salón y nos dirigimos a las barracas que albergaban la fuerza proveniente de Zhakesh. Luego de hablar con unos guardias que nos facilitaron el acceso, exploramos el interior de las barracas. Hayamos en muchos puntos estas tapas del drenaje, pero aunque la mayoría se encontraban selladas, pudimos notar algunas que no lo estaban. Le pedimos a los guardias que nos dejaran solo en una habitación destinada como baños mixtos, que la cerraran por fuera y que no dejaran entrar a nadie. Lo cual después de algunas justificaciones accedieron a hacer. Tomamos un par de antorchas de las paredes y aseguramos una cuerda. Saeed abrió la tapa del alcantarillado y después de soportar a penas la envestida de olores putrefactos; nos decidimos a descender. Para soportar el olor, usamos u poco de las hierbas y pastas que compramos el día anterior, untándolos en el interior de las capuchas a la altura de la boca y nariz; no desaparecían el horrible olor, y si uno abría la boca era capaz de saborearlo, pero al menos lo hacía un tanto más soportable.

Saeed cerraba el grupo, con una antorcha en una mano y el sable curvo en la otra, continuamente le oía quejarse y maldecir por las ratas que se acercaban hasta sus pies. Incluso, la piedra bajo sus pies se quejaba cuando este cercenaba con brusquedad la vida las ratas más osadas con su espada. Por su gran estatura, debía caminar encorvado, puesto que, aunque el drenaje era muy amplio, no lo era tan cómodo. Alanayn caminaba en la tercera posición, escudriñando la oscuridad en ambas direcciones, atrás y delante; de todos era la que más odiaba este lugar, pero sus potentes ojos eran lo que más nos servían. Ella llevaba desenvainadas sus dagas y también se las arreglaba con algunas ratas. Redrik, portaba la otra antorcha y por su estatura, así como yo, podía caminar erguido y sin problemas, el llevaba unas de sus dagas desenfundadas en la mano libre, y parecía no molestarle en nada la mierda bajo sus pies o las ratas que se le acercaban, las cuales pateaba despectivamente, más bien el se encargaba, iluminándose con la luz de fuego, de hacer marcas codificadas en las enmohecidas paredes del canal; dibujaba flechas y símbolos, que si bien no le servirían a nadie en general, era un idioma que los sombríos dominábamos. Yo iba a la vanguardia de la fila con el lobo delante, la mierda no le molestaba, pero continuamente lo escuchaba chillar cuando los olores eran más intensos. Entre los dos, tratábamos de abrir camino y usar nuestros instintos más animales para guiar la compañía; al igual que Blanca, yo también tenía buenos ojos y con dagas abría el paso y de vez en vez hacía alguna marca en la pared.

Sin la luz del sol era difícil perder la noción del tiempo, y también un poco la del espacio, además los ductos se bifurcaban y dividían en muchas direcciones, era fácil notar por la distancia estimada que habíamos recorrido que el drenaje corría por debajo de toda la ciudad, haciendo de este un medio perfecto para desplazarse sin ser vistos. Sin embargo era poco cómodo y había algunos caminos que eran tan estrechos que ni el lobo pasaba por ellos, pero en general, dibujaba un tramado de las calles de la ciudad.

Regresamos sobre nuestros pasos siguiendo las indicaciones que habíamos dibujado en la paredes; cuando vimos otra vez la luz de la superficie, esta ya estaba menguante, habíamos pasado toda la mañana y parte de la tarde dentro de los túneles. Se nos hizo raro que el baño donde estábamos aun continuaba cerrado, como si los guardias hubieran seguido mi petición más allá del deber. Aprovechamos la soledad del lugar para lavar con pesadez las ropas que, y es poco decir, estaban embarradas y sucias por todas partes. Fue la tarea más ardua quitar el olor de estas y luego de una hora de tallar y lavar, procedimos a relajarnos un poco y tomar un baño. Esa tarde solicitamos estadía en las barracas y se nos asignó a los cuatro una sola habitación. Descansamos el resto de la tarde, pues la noche nos traería trabajo.

Entrada ya la media noche, nos volvimos a vestir con los uniformes de la orden, que aun estaban un poco húmedos aunque los habíamos tratado de secar con la calefacción de las barracas. Salimos de las barracas furtivamente y hacía la ciudad, y tratando de seguir los pasos que dimos en las cloacas, empezamos a buscar los accesos a la cañería en las calles. En este caso, el merito de la empresa lo debo reclamar para mí y el lobo, ya que fueron nuestras narices las que dieron con las pocas tapas que pudimos encontrar. En los lugares menos abarrotados o desiertos, nos aventuramos a destaparlas, hacer una rápida entrada, poner una marca y salir dejando tapado el acceso. Esto, sólo para ubicarnos desde abajo. En algunos puntos, pudimos distinguir las marcas que realizamos en la mañana, sorprendiéndonos a veces de haber llegado tan lejos en la caminata.

El día siguiente, y el que le siguió que eran el 4to y 5to de nuestra estadía en Valhburg, lo dedicamos a la misma empresa. Esta vez, recorriendo los lugares que dejamos sin marcar el día anterior; incluso, fuimos capaces de delimitar en la cañería, de manera más o menos acertada algunos edificios importantes y de señalar casi todos sus accesos, entre los que caben destacar los del salón de los héroes, los de las barracas, los de ambas herrerías, la tienda de magia y la herbolaria, incluso pudimos localizar los puntos accesos cercanos a los puntos de guardia en la muralla, y descubrimos que había ductos que se extendían más allá de las murallas. Estos drenajes serían efectivos para usarse en caso de emboscadas en las afueras o tal vez como ruta de escape en caso de lo peor. Claro, requerirían trabajo de zapadores, pero la mayoría de estos estaban en condiciones transitables.
Satisfecha con el avance y logros hasta ahora, y dado la escasa información que habíamos obtenido del lobo blanco imperial, me aventuré a hacer una expedición fuera de los muros de Valhburg.

Salimos de la ciudad la mañana del 6to día, la intención era comprobar en primer lugar las condiciones exteriores de la muralla, y encontrar fisuras o grietas vulnerables; en la ciudad no había ríos, así que pasos de agua no pensábamos encontrar, pero tal vez algún agujero hecho con descaro por alguno de los habitantes era posible.

Pero la intención no era sólo esa, una vez que acabamos de comprobar la muralla, nos aventuramos a hacer un rodeo por las cercanías, descubriendo pequeños asentamientos que desde el camino del sur no habíamos visto. Nos detuvimos en algunos a recoger noticias o información, y en algunos nos encontramos que al igual que Valhburg los rumores de la guerra habían traído mercenarios de todas partes.

La relevancia de esta excursión se resaltaba en el hecho de saber o tener un aproximado de las espadas que se sumarian en caso de que la guerra estallara, así como la de descubrir los caminos y sitios donde esconderse, o los lugares estratégicos que pudieran servir para montar guardias y vigilancia estratégica y relativamente fácil de defender. Sí, mis pensamientos se desviaban ahora más al hecho de que la guerra estallará y se alejaban del lobo blanco del imperio.

Nos tomó 5 días regresar a Valhburg, y lejos de haber perdido el tiempo, me parecía que llegábamos con información estratégica relevante. Durante el medio día, después de asearnos, traté de arreglar un encuentro con el alférez Merrik y darle noticias acerca de los avances. Era el 11 día desde que llegamos a la ciudad. Merrik me recibiría en la noche, así que mis compañeros y yo, decidimos pasar el resto de la tarde tratando de juntar información sobre el lobo blanco.

Nos encontramos en una taberna donde de inmediato me llamo la atención una mesa con comensales extraños. La compañía estaba formada por tres señores enanos u un minotauro; sin duda, la información que pudiera extraer de ellos y de sus ciudades sería vital.

Dejé a mis compañeros y al lobo en una mesa y me acerqué con cautela hacía donde se encontraban dichos comensales. El primero en notarme fue un enano con todo el aspecto de un matador. Luego de excusarme y gracias a la intervención de otro de ellos, de pinta mucho más serena y noble me invitaron a compartir su mesa. Agradecida y en un acto para ganar un poco de su confianza, invité una ronda de bebidas.

De manera educada, o tan educada como pude, comencé a hablar, teniendo ahora su atención. Lo haría sin rodeos ni retorica, no quería ofender a los orgullosos señores enanos pareciendo que me hacía la inteligente.
Pregunté acerca de lo que sabían de los rumores de la guerra y fue grande mi sorpresa cuando sin dudas, me confesaron que los rumores eran más que ciertos. Pregunté acerca del hermetismo de su pueblo, y lejos de evadir la respuesta, el sentido del orgullo parecía hincharlos, sosteniendo que agradecían la presencia de los cuchillas en la ciudad, pero que cómo siempre lo habían hecho, sus ciudades se bastarían para detener la horda del gran caudillo orco que se avecinaba. Un espasmo de nervios recorrió mi piel cuando, con gran memoria uno de los enanos empezó a escupir los conteos del pasado asedio. Temblé, sentí que lo hice, tan solo de pensar que la horda que se avecinaba contaba con el 50% más de soldados de los mencionados. Sus números eran infinitos. Doscientos hombres de la orden apenas si tendríamos algo que hacer contra tal avalancha, desde mi perspectiva, y asumiendo que la seriedad de los señores enanos fuera verdad, el choque de tal fuerza se asemejaría al embate de una gran ola en ultra mar contra un enclenque y pequeño bote pesquero.

Sorbí un trago de mi bebida para abrir garganta y disimular. Miré en derredor y comprobé que mis compañeros siguieran ahí.

Nuevamente comencé a hablar, y disculpándome por haber perdido la compostura por un minuto, aseguré a los señores enanos y el minotauro que las hojas de las cuchillas eran confiables y certeras, que no nos diezmaría el miedo y que utilizaríamos todos nuestros recursos para tratar de impedir el avance orco. Aunque mis palabras pudieran ser tomadas como el discurso envalentonado de una chiquilla que aun está fuera de peligro, lo decía con absoluta sinceridad.

La charla giró de súbito, y aproveche el momento de descuido del matador y el minotauro que se enfrascaban en una animada discusión para acercarme un poco a los otros dos señores enanos que se habían quedado callados.

-No quiero importunarlos, ni ofenderlos de ningún modo, pero necesito saber; ¿Han tenido ustedes contacto con algún hombre del imperio? Tal vez no se halla identificado como uno, pero tal vez posea el acento de su tierra, o monedas de esta. Les mentiría si dijera que poseo mucha información acerca de esta persona; sólo sé que es un hombre, que tal vez pueda identificarse como el “Lobo Blanco” o que tal vez lleve el blasón de un lobo blanco en las ropas…-

Uno de los señores enanos con un gesto casi desdeñoso levantó la mano y apuntó hacía un rincón en la taberna. –Ese hombre tiene un blasón de un lobo blanco en sus ropas.- Dijo.

Volví la mirada de súbito. Ahí, justamente en el rincón de la taberna, vistiendo una capucha y ropas oscuras y grises, un lobo blanco se asomaba por su pecho. Mis ojos se iluminaron y mi corazón palpitó con fuerza. Lo había encontrado. Le dediqué una última sonrisa a los señores de la mesa. –Por su hospitalidad mis amables señores, dejen que sea yo quien liquide su cuenta de la taberna y permítanme que les mande a rellenar los tarros nuevamente.-

Caminé hacía la barra, y tal como había prometido, salde la deuda de la mesa donde me había encontrado. Compré dos tarros más y los tomé en las manos. Una rápida mirada a mi equipo y silbando y con una seña disimulada, pusieron sus ojos sobre mi, luego sobre el hombre del rincón. Con naturalidad ensayada comenzó el acercamiento. Mis hombre se movían con disimulo, tratando de pasar desapercibidos con la maestría que tenían al acechar; habían entendido la seña y el silbido a la perfección, pues los sombríos desarrollábamos un leguaje cifrado no solo dibujado o escrito, también con sonidos y señas.
Foxhound se emparejó a mis pasos y caminó junto a mí.

El hombre del rincón parecía estar sólo, y mis hombres habían tomado sus posiciones, a modo de rodeo y vigilancia, también a modo de que ninguno de nosotros nos estorbáramos en caso de vernos en la necesidad de ejecutar un tiro. Casi me pareció escuchar el sonido del pestillo de la arbalesta de Alanayn trabarse al tensar la cuerda.
La taberna estaba abarrotada, y sabíamos que aunque la mayoría de los comensales disfrutaba de una buena borrachera, no podíamos arriesgarnos a matar a alguien en público. Miré nuevamente alrededor para ver cuántos miembros de las cuchillas había en la taberna. Éramos unos cincuenta entre sombríos y soldados. Pero también había centenares de personas sin rango militar. No debíamos exponernos. Observé nuevamente mientras me acercaba tratando de ver si alguien hacía compañía al hombre. Antes de hacer nada, debía comprobar que se tratará de un hombre del imperio, puesto que los lobos eran famosos y muchos estandartes hacían gala de sus formas. Bajé mi capucha y comprobé que mis armas siguieran conmigo.

Llegué hasta la mesa del hombre y sin sentarme, extendí uno de los tarros con hidromiel que llevaba hacía el centro invitándolo a tomarlo. El lobo, Foxhound, sin acercarse de más, comenzó a olisquear al hombre. Bebí un trago de mi tarro.

-Mi nombre es “carbunclo,” soy parte de la hermandad de las cuchillas carmesís, como notará usted por mis ropas. No quiero causar alboroto. Le ofrezco esta bebida como ofrenda; ¿Puedo saber su nombre, maese del Lobo Blanco? –Dije y esperé su respuesta mientras el lobo vigilaba un poco tenso…
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Re: La Horda del Gran Caudillo

Mensaje por Khiryn el Mar Oct 25, 2016 4:30 pm

Post II

El Túmulo; varios meses atrás.

No sé si los quejidos amargos que traía el viento eran reales o eran parte de mi imaginación. Eran, sí, Cómo los chillidos de un infante que se encuentra siendo torturado de maneras que antes jamás habría pensado. Tanto habían jugado ya con mi mente y mi resistencia que no sabía discernir entre la fantasía y la realidad. Una y otra vez, lo habían intentado. Quebrarme. Quebrantar mi alma y mi espíritu. Mis fuerzas y el poco orgullo que me quedaba y me mantenía con vida. No, no era el orgullo; era la inercia de vivir. Foxhound no estaba conmigo, lo estuvo muy poco desde que todo esto empezó, pero al menos me dejaban verlo algunas veces.

La lluvia caía con violencia sobre mi capa. Era la condición natural de esta tierra zhakeshiana que a pesar de la precipitación parecía insistir en vestir de luto. Mi cuerpo se mantenía seco puesto que la permeabilidad de la capa era excelente. Pero hacía frio, era de noche y estaba en medio de la nada. Hacía horas atrás, el resto de mi equipo había caído. Nos habían emboscado. Los gemelos nos había mandado a la muerte, y nosotros, obedientes, habíamos ido sin pelear.

Mi refugio, las ramas de un árbol. Por poco había caído, pero mi velocidad me había sacado del alcance de sus redes. Eran como sombras, eran hábiles asesinos blancos, se esparcían como neblina y atacaban como un relámpago. Era mi primer misión, era de alto rango, no debí haber sido yo.

La noche avanzaba lentamente. Estaba cansada y mis músculos se habían ya cansado de permanecer en la misma posición. No quería moverme, no debía hacerlo, mientras pudiera mantener oculta tal vez podría tener una posibilidad de salir con vida de este lugar. De esta maldita situación. Sería más fácil tratar de escapar en la luz.

Una saeta se clavó en el tronco del árbol, justo cerca de mi cadera. Me habían visto. No me molesté en estirar los músculos y me tiré al piso. Comencé la frenética carrera, pero esta ni duró. La flecha era una trampa, corrí directo a la red. El pomo de una lanza me golpeó las costillas y uno más el mentón…
…cuando desperté, me encontraba atada a una silla en una pequeña y mal oliente habitación.

.-.

Valtburgh; Noviembre.

Foxhound me lamía la cara. Mis piernas estaban entumidas. Entre sueños había escuchado un poco de lo que pasaba pero me encontraba desorientada. Me dolía el costado. Acaricié la cabeza del lupino y lo retiré un poco dedicándole una sonrisa, me llevé la mano al costado y note una cicatriz debajo de una venda que cruzaba mi abdomen.

-No te muevas mucho, fue una herida grave.-

La voz de Alanayn. Volví la mirada y me encontré con su rostro vestido en una preocupada sonrisa; sin duda se alegraba de verme despertar, y yo me alegraba de verla. Todo fue confuso, pero de inmediato se me vino a la memoria lo que había pasado en el salón de los héroes.

-¿Qué pasó con el imperial? –dije.

-No lo seguimos, te trajimos aquí tan pronto te vimos desfallecer, no importa ya; estamos en un riesgo peor.

Alanayn se tomó un momento para contarme lo que había pasado. Un grupo de barbaros contratados por el regente de la ciudad había traído las noticias, confirmando el ataque de los orcos, todos los hombres que pudieran pelear se encontraban ya tomando posiciones de defensa en las murallas. La guerra nos había alcanzado más rápido de lo que esperamos.

No había tiempo que perder.

Alanayn me ayudo a vestirme, muy a su pesar, pero mi responsabilidad me llamaba. Me vestía con suavidad, casi ternura, y sin embargo con respeto; yo la apreciaba.

-Foxhound, ¡vamos!

El alférez Merrik me había ido a visitar y estuvo conmigo un tiempo mientras me recuperaba, caminé hacía su sitió en la muralla, y lo encontré muy ocupado.

-Alférez, me reporto con usted y espero instrcciones.
El alférez me miró de arriba abajo. Hizo un gesto que no pude interpretar y me luego me ordenó mi posición.

-Alférez. –Dije. –Antes de tomar mi puesto en los matacanes; debo reportar algo.

Hablé con Merrik poniéndole al tanto de mi situación y descubrimeintos, lo más importante y lo que pude recalcar, fue la existencia de las amplias cañerías; subrayando la posibilidad que tenían estás para funcionar como rutas de escape, si bien no para nosotros, sino para los civiles; ancianos y niños que no pudieran luchar, También le comenté acerca de que estas cañerías trazaban un buen mapa bajo la ciudad, y que podrían servirnos para desplazarnos. Hablé también acerca de los pueblos vecinos, que aunque pequeños, contenían algún número de guerreros hospedados que habían llegado siguiendo los rumores de la guerra. No era un número sumamente relevante, pero cualquier espada sumaba a nuestro lado. Sabía de igual manera que ellos jamás podrían atravesar las filas de orcos, pero tal vez los podríamos hacer venir por las cañerías, si mandáramos alguna partida de hombres veloces podrían estar aquí la mañana siguiente usando los drenajes. Mencioné un par de cosas más que pudieran ser relevantes y luego me retiré.

Mi equipo me siguió. Me sorprendió notar que Redrik estaba realmente preocupado por mí, y aunque Saaed no decía nada, me dio la mano con gran efusividad cuando regresé al mando. Antes de tomas el puesto en el matacán, me aseguré de tener una alabarda y un par de jabalinas para cada uno de nosotros, así como una cantidad importante de saetas.

Tomamos posición.

Mis piernas temblaron, las murallas se sembraban. Éramos una roca en el frío mar. Nos azotaban olas y olas con violencia. El rugir de las voces de los trasgos era la marea embravecida que sofocaba nuestros cuernos y su llanto; sus manos fuertes que levantaban con orgullo sus espadas eran el vaivén, los trasgos eran la ola que azotaba fuerte y con violencia desgarrando la piedra.

Caían literalmente por centenares, pero no había diferencia, eran demasiados que apenas se notaba como mermaban.
Las cuchillas nos sincronizábamos para atacar de manera escalonada, de esta manera no había momento en que las flechas dejaran de surcar el frio viento de invierno en las montañas. Sí, hacía un frio de los mil demonios y haría más.


-¡¡Que cada tiro cuente!! ¡¡No desperdicien flechas!! ¡¡Vamos a contener a estos malditos!!

Alanayn era la más certera, los tiros con su arbalesta atravesaban las armaduras de los trasgos y golpeaban a los guargos haciéndolos caer. Su rapidez en recargar no la hacía perder tiempo en apuntar, y además su poderoso y entrenado ojo era certero como un águila. Saaed llevaba también una arbalista, y sus tiros no eran tan efectivos, pero lograba hacer que cada uno contara. Redrik y yo disparábamos con ballestas más pequeñas, y aunque no me tomaba el tiempo de ver, sabía que llevaba algunos de esos trasgos y guargos en mi cuenta.

Una comitiva nos dejó una olla de plomo fundido de gran tamaño, con unas poleas.

-Úsenlo cuando sea necesario. –nos dijeron.

“La ola rompió contra la pared, y lejos de desmoronarse, se hizo de ella. Como ratas en manada, como plaga infecciosa, los trasgos, haciendo gala de sus habilidades, comenzaron a escalar con velocidad. Desde el matacán podíamos aun mermarlos con las ballestas, pero eran rápidos, y muchos. El agua nos estaba llegando al cuello con gran velocidad, más de la que podíamos contener.”

¡¡Preparados para lucha cuerpo a cuerpo!! ¡¡Pero no tiren muy lejos sus ballestas!!-Grité.

Era mucho más fácil darle a los trasgos en la muralla, y cada vez que tirábamos uno de la pared este se llevaba al menos uno más al suelo con él. Alanayn apuntaba de tal manera que derribara al menos a tres en línea, y estos a su vez se llevaban unos más; sin embargo la cadencia de disparo era suficientemente larga como para permitirles trepar la mitade de la muralla a los que venían abajo y aunque nos turnábamos en disparar, el número superior de trasgos que habían llegado y que seguían llegando al pie de la muralla nos comenzaba a abrumar. Foxhound nervioso, caminaba de un lado a otro, hiper salivaba y jadeaba. Igual que todos.

“La primer línea de defensa en las almenas había tirado ya las ballestas y ahora con lanzas, alabardas y hachas en mano, se juntaban a las almenas tirando estocadas hacía abajo, tratando de retrasar el combate en la muralla. Levantaban sus escudos. Las líneas traseras aun disparaban flechas al aire, ya no apuntaban bien y se había perdido algo de coordinación. Al menos en este punto, ningún invasor había puesto los pies dentro de Valburgh, no esta sección.”
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Re: La Horda del Gran Caudillo

Mensaje por Khiryn el Mar Oct 25, 2016 4:31 pm

Post III

El Túmulo; varios meses atrás.

Fuimos despachados un grupo de cuatro personas. La misión: encontrar el informante oculto. Por lo demás, no era más complicado que hacer un viaje; qué lejos estaba yo de imaginar lo que al final ocurriría.

Tomamos nuestras monturas y partimos del Túmulo al amanecer. Los guardias nos habían dado cobertura, y nos aseguraban que nadie se encontraba en las cercanías. Cabalgamos rápido durante el día, siguiendo el camino al norte. Una vez llegamos a la zona más transitada; salimos del camino y para dar un rodeo; el rodeo sólo no atrasaría unas horas, pero nos aseguraría refugio contra los ojos furtivos de los espías.

La cabalgata se extendió durante la tarde y la noche nos alcanzó aun en camino. Las nubes se cerraron sobre nosotros y las primeras pequeñas gotas de lluvia empezaron a resbalar por nuestras ropas. El sonido de la lluvia apagaba el ruido de los cascos de las monturas sobre la tierra, pero también nos impedía una la visibilidad en todas direcciones; no era poco común las lluvias en estas, habíamos aprendido a vivir con ella, pero no la excluía de que nos llegara a ser estorbosa en situaciones de tensión.

La lluvia nos hacía bastante más lentos, y el grupo se desenvolvía pesadamente; sin embargo, habíamos consumido gran parte del terreno, y nos encontrábamos cerca del objetivo.

Súbitamente; una red trenzada cayó sobre Amhand; el hombre oscuro que cerraba la formación. El sonido de un nudo que se aprieta y sin más ruido, desapareció en la oscuridad de la noche y la lluvia; nos habían emboscado.

Un dardo se incrustó en el costado de mi caballo; haciéndolo caer, y yo con él. Rodé con toda la agilidad que pude al caer al piso; pero de lo atacantes no logré ver nada. Desde detrás, el sonido de los sables cruzándose se hacía presente; mi equipo se había enfrascado en una contienda cuerpo a cuerpo. Desenvainé mis cuchillos y me preparé para la batalla, pero como si se tratara de sombras a mi alrededor; el sonido se ahogo entre las espesas gotas de lluvia. A mis pies sólo quedaban los cuerpo inertes de las monturas. Miré en todas direcciones sin lograr ver nada. Un dardo pasó zumbando cerca de mi cuerpo, cómo una pequeña jabalina que cortaba el agua que caía. Me agache detrás del cuerpo de mi caballo caído, mirando en todas direcciones sin lograr atravesar la noche y ver qué había sucedido, la sensación de desesperación se comenzó a apoderar de mi cuerpo; traté de recordar el entrenamiento y comenzar a relajarme. Pero ahora que estaba sola, todo era cuestión de tiempo; el desgaste psicológico jugaba en mi contra.

Los suaves pasos de un par de botas se hicieron presentes; uno de los que nos habían emboscado se acercaba a comprobar entre los cuerpo de los caballos los resultados de su ataque. Apreté fuerte las empuñaduras de sendas dagas; cerré los ojos y respiré hondo; me levanté como un látigo y exhalé fuerte abriendo los ojos, encarando mi objetivo. Lancé una ola de ataques continuos con fuerza contra él; y sin embargo, todos fueron repelidos con destreza. Al final logré propinarle una fuerte patada en el pecho que lo lanzó un par de metros atrás. Otro dardo pasó zumbando cerca de mí, pero este fui capaz de escucharlo a tiempo, y así, evadirlo.

Quedaba claro, no estaba sola, ni mi enemigo; no me animé a seguir mis ataques, eso me condenaría, y usando la lluvia a mi favor; escapé corriendo de ahí…

….//….

Los trasgos se hicieron con la muralla y ahora la avalancha de ataque que trepaba se encontraba ya sobre nosotros, como si esto fuera poco, el cuadillo que dirigía las hordas verdes había revelado su maquinaria de guerra, un ejercito de poderosos y enormes trolls se abría camino entre las oleadas de ataques trasgos y se acercaban, lenta pero seguramente. Desde el matacán que nos alojaba, solté la ballesta y desenvainando mi sable curvo y mi daga gemada me dispuse a dar cobertura.

-¡Saeed! ¡Cobertura! ¡Alanayn y Redrikc, dirijan sus ataques contra los trolls más cercanos, tírenlos antes de que se acerquen! –

Saeed intercambió el arma con Redrick, dándole a este su arbalista más pesada y efectiva que la ballesta sencilla que este cargaba, se colocó junto a mí y desenvainó su largo y grueso sable curvo junto con una espada corta en la izquierda. Este era el momento; Saeed y yo proporcionaríamos cobertura en el matacán para que Rdrik y Alanayn continuaran sus ráfagas de saetas contra los trolls, sabía que las flechas de ellos serían poco efectivas si golpeaban zonas poco vulnerables de los poderosos y acorazadas pieles de los monstruos que se acercaban, pero ambos eran excelentes tiradores y no dudaba que los ojos poderosos ojos de la elfa le permitieran hacer disparos certeros y efectivos contra los trolls mientras que de igual manera Redrik le proporcionara la continuidad en el ataque que se necesita para influir en la psicología del enemigo, que al verse atacado sin tregua, acabaría por rendirse.

Desde mi posición en el matacán poco podía hacer en la muralla como tal defendiendo de los pocos trasgos que se habrían camino hasta nosotros, que con el tiempo empezaban a hacerse más.

La idea se me vino rápido a la cabeza. Había que desfogar la presión sobre la muralla para que los soldados pudieran tener un respiro, de esta manera nos podríamos reordenar.
En el furor de la batalla, me acerqué cómo pude a uno de los gemelos que daba las órdenes y desde dónde me encontraba le grité.

-¡Señor, debemos desfogar las la oleada en las murallas; así mismo, necesitamos hacer que los nigromantes descansen para que tengan fuerza suficiente para controlar a los trolls ta pronto caiga el primero!-

Sin esperar la respuesta del gemelo; regresé a mi posición en el matacán, y con gusto vi como Alanayn y Redrick coordinaban sus disparos con precisión para no dar espacio a los trolls. Me coloqué al lado de Saeed y con una sonrisa como de quien se despide le dije.

-No tardo; cuídalos mientras.-

Corrí entonces a la muralla, era allí dónde se estaba peleando esta batalla; la intención, estúpida pero noble. Ayudar a los soldados que eran los principales en recibir las embestidas de los trasgos, mi ayuda no sería mucha, sólo era un persona, pero en una situación tan desesperada, mejor en el frente dónde mi sable y cuchillo realmente valían para matar.

Mi agilidad nata felina me hacía posible moverme velocidad, y aunque los soldados se apelmazaban en la primera línea junto a las almenas fui capaz de hacerme camino hasta ahí.

-¡Por el aceite! ¡Hay que bañar a estos malditos!
-¡Un empujón más y a por el aceite!

La sensación de estar entre estos hombres con sus poderosos escudos y alabardas, espadas y hachas era abrumadora. Eran mis hermanos cuchillas y yo estaba entre ellos, ya no como un sabueso que se esconde en las sombras si no como parte de la primera línea, dónde era más útil en este momento; ellos no tenían ninguna razón para mostrarme el respeto que me tenía mí equipo de rastreadores, no me conocían por ser una luchadora y tampoco es que en estos momentos mi rango de sargento les importará mucho, tampoco era hija de zhakesh, pero en estos momentos nada de eso importaba; todos estábamos ahí para salvaguardar no sólo nuestras vidas y todas las espadas que se sumaran a la muralla eran bienvenidas.

Cargamos con fuerza contra las almenas y contra los trasgos que subían por ellas. Varios equipos de dos personas se habían hecho ya con las ollas de aceite hirviendo y las tenían preparadas para rociar al enemigo; los nigromantes mostraban ya el desgaste por el constante uso de su magia. Los estandartes de las cuchillas yacían en el piso; hace tiempo los soldados que los cargaban los habían cambiado por sus escudos y espadas. En la ciudad, el fuego se acrecentaba y la gente que no ocupaba un lugar en la defensa principal se debatía en apagarlo. La moral estaba bajando.

Es impresionante lo que puede hacer un sonido, y nuevamente el cuerno de zhakesh rompió el silencio, incitando a todos al orden; y el cuerno volvió a rugir, con fuerza y gravedad, con determinada decisión, y el corazón de los hombres e la muralla se embraveció, la muerte era el premio; no el castigo y si aguantábamos la ola de trolls nos bañaríamos en gloria; y si no, compartiríamos una mesa con viandas en el infierno.

-¡Estos desgraciados no se han ganado el derecho de atravesarnos con sus sucias y pobres armas!
¡Somos guerreros de zhakesh! ¡La élite de la guerra! ¡Gloria! ¡Gloria!
Y embestimos con tal brutalidad marcial, y el cuerno sonó como un trueno en la fría noche que los trasgos cedieron, y el baño de aceite no se haría esperar.
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Re: La Horda del Gran Caudillo

Mensaje por Khiryn el Mar Oct 25, 2016 4:31 pm

Post IV

El Túmulo; varios meses atrás.
No puedo decir que el conde nigromante era especialmente atractivo; lo que resultaba atractivo era el tono de su voz, y sus modales cuando era un caballero. Desde mi llegada a l túmulo escuché lo irrepetible de él y de la historia que cargaba cual ladrillos a su espalda; todo era más allá de lo verosímil, todo parecía ser exagerado, y sin embargo todo era cierto. Ahora, recuerdo al conde como un gran contador de historias, práctico pero justo no estoy segura de cuál de sus cualidades fue la me que sedujo al grado de decidir formar parte de su ejército; tampoco podría decir con cuál de sus cualidades de caballero me había creado mayor. A decir verdad, no sabía si había tomado esta decisión de manera impulsiva o era algo que deseaba; pertenecer a algo más grande que yo. No sé si aun me sentía en deuda con él por los favores que me hizo; tampoco podría decir que fue lo que él vio en mí para, de manera disimulada, invitarme al reclutamiento; lo que sí sé ahora es que siento una profunda admiración por el conde; una profunda admiración y odio.

Cinco meses antes, era una persona libre que se levantaba con la brisa de la mañana y dormía cómoda entre las ramas de un árbol o en una posada de un pueblucho mientras perseguía los fantasmas, las quimeras que me atormentaban con la muerte de mi amo. Ahora; mis músculos siempre estaban tensos; tenía un perpetuo dolor en los hombros a causa del esfuerzo y largas jornadas de entrenamientos; cada noche, apenas podía mantenerme en pie y en las mañanas despertaba, forzada sin haber descansado.

Era esta la vida en las barracas tumularias, y mi destino lo compartían unos cuantos que cómo yo, tenían la intención de dedicar su vida, o parte de ella al servicio del conde. Los cuernos al alba, nos indicaban el inicio de las faenas, y estas, entre limpieza, entrenamiento de combate, táctica militar, técnica de espionaje y recolección de información, asalto, acecho y negociación se alargaban más allá de la media noche.

No voy a negar que mi nivel de confianza se encontrara más alto que nunca, en las nubes pensaba. Era de las pocas que aun no había sucumbido al agotamiento con un desmayo; había visto incluso que el pequeño cuerpo de hombre que empezaron el entrenamiento se había reducido; no habían aguantado. Tampoco puedo negar me gustaba mi nueva condición; mi habilidad, de por sí superior a la de un humano promedio se había destacado con creces; ahora era mucho más rápida de lo que nunca fui, más ágil, más fuerte. Mi abdomen, se había endurecido mostrando pequeños cuadros resaltados; mis brazos estaban torneados y firmes; soportaba mejor el peso de mis propias armas; pero mi orgullo, eran las piernas; se habían engrosado y fortalecido. Era capaz de saltar lo que nunca y de dar poderosas patadas. Había aprendido también técnicas de supervivencia e interrogatorios; mi estilo de combate cuerpo a cuerpo había sufrido dramáticos cambios; ahora era mucho más efectiva y había aprendido a usar todo cuerpo como un arma y no sólo mis dagas. Me entrenaron también en el uso de dagas arrojadizas así como en la perfección del tiro con ballestas; sí, era ahora, un rival a tener en cuenta…


____//____

Valburgh

-¡¡Tiralo Alanayn!! ¡¡Tírenlo Redrik!! ¡¡A los trolls!!-

Gritaba desde mi posición en la muralla, entre los soldados con escudos con el estandarte de las cuchillas. Era más un estímulo para mí que el efecto que podría tener en mis hombres o en los hombres que me escuchaban. No podía evitarlo ya, la vorágine de la batalla me había sacado de mi estado natural de conciencia. Después de todo, la mezcla de sangre animal era fuerte en mí.

En mi rostro, la sangre derramada de aliados y enemigos me embriagaba; la portaba, la vestía y esta sangre me usaba para sus propósitos depravados tanto como yo la usaba a ella. Sí, la sangre que pintaba mi rostro era mi escudo, mi pretexto, mi motivo y el fin.
Mi ropa negra eran los colores por que había caído aquí; si quería o no verme en esta situación poco importaba; Si me lo había imaginado o no tampoco importaba, lo que valía es que era para este momento era para el que tanto tiempo fui entrenada, y que estos colores y esta ropa cubrían mi pecho. Si moría portando estos colores, nada le debería yo al conde de Zhakesh; si vivía, sabría que por mi parte, había puesto mi vida en riesgo por él y había vencido, si habría vivido gracias al entrenamiento que él procuró, pero era para vivir para lo que me había entrenado.
Mi sable, mis dagas, las ejecutoras las segadoras que brillaban con el reflejo del fuego detrás; seductoras creaciones de acero que cantaban en la noche, aun más manchadas que yo en la sangre enemiga.
A mis pies, viseras y vital liquido derramado por mi y los hombres a mi lado. No subestimaba ya mi fuerza, hasta cierto punto, confiaba en ella, pero junto a estos hombres de brazo, martillo, escudo y espada me sentía más fuerte y segura.


La marejada de trasgos que azotaba las paredes de la ciudad se vio fuertemente disminuida, pero el avance de los trolls fue consiguió que con su imparable fortaleza comenzaran azotar con martillo poderoso las puertas de la ciudad. Sus golpes, como truenos en la noche, y el fuego a mis espaldas, habían convertido a la guerra y su marea en tormenta implacable.

Seguí pues el impulso, mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente y cuándo me di cuenta estaba corriendo hacia la puerta. La necesidad de aferrarme a la vida me había llevado en el camino contrario y lejos de pensar en escapar, lo que buscaba era abatir al enemigo frente a mí. Contuve sólo un poco la marcha, lo suficiente sólo para gritar a mis hombres que me siguieran; que preparan y recogieran saetas, sin darme cuenta, unos cuantos más entre los que no estaban mis sabuesos siguieron estas indicaciones. Volví a la frenética carrera contra el tiempo, pero el tiempo de los trolls había llegado; con sus martillos de guerra rompieron las gruesas bisagras que mantenían erguidas las puertas de la ciudad y estas había caído.

A corta distancia, fui testigo de cómo el alférez, haciendo gala de rango y con lujo de valentía caía sobre la cabeza de un orco con su espada y repetía con violencia su estocada, destrozando el cráneo de la bestia haciéndola caer. Cuando vi un segundo troll en intención de penetrar en la ciudad por la puerta no detuve mis pasos ni me detuve a pensar. Con gracia felina salte a las almenas y desde estas me impulse hacía abajo. La caída no era larga, apenas un par de metros de altura y poco más de un par de largo me separaban de mi objetivo. Poco se imagino aquel monstruo que alguien le fuera a caer por encima. En el aire, sujete mi sable curvo con sendas manos para multiplicar la fuerza, la gravedad ya estaba de mi lado y con poca gracia pero con toda la potencia que pude sacar de mis brazos, apuñalé la cabeza del orco, provocando que mi hoja se incrustara, torpe pero efectivamente en su carne.

El troll se sacudió con violencia por el golpe pero la torpeza de sus movimientos en conjunto con su estupidez nata jugaron a mi favor; fui capaz de contener la sacudida girando mi cuerpo, estabilizando mi caída con la cola que me hacía contra peso y pude asirme a su cabeza; parándome sobre sus hombros, rodeando su cabeza con las piernas, apuñale la parte más blanda que pudo, los ojos. El horrible y agudo chillido del troll se sofocó tan pronto empezó y el espasmo de la muerte me lanzó despedida de su cuerpo, nuevamente, fueron mis cualidad felinas las que, ayudad con mi larga cola hicieron que fuera capaz de caer en pie; agazapada y con el cuerpo echado hacía delante. No sé cuantas puñaladas logré acertar; sólo sé que al caer, el ojo derecho del troll no era nada más que líquido gelatinoso esparcido por la nieve y el parpado y cuenca estaban destrozados con brutalidad. Cerca de mí, Merrik había sido testigo de mi ataque. En ese momento, la inercia de la batalla no me permitían darme cuenta de lo que acababa de hacer, pero el alférez sonreía.

-¡Alférez! -Le grité. –Mis hombres y otros más están listos para tomar posiciones en los flancos de las puertas por sobre la muralla; si los nigromantes pueden controlar a los trolls, y ponerlos fuera Sólo faltaría el muro de escudos..-
-El muro de escudos ya está formado tras de ti.- respondió con la misma sonrisa.

-¡Puedo subir y usar mi ballesta contra el ataque de los orcos, señor, o si lo prefiere puedo quedarme aquí; en la defensa, no llevo escudo, pero cada hoja cuenta! –Yo, gritaba, dejándome llevar por el calor del momento, pensando que todo era idea mía, sin darme cuenta de que Merrik estaba un paso delante de mí siempre.

-¡Valoro tu entusiasmo chica pero el muro de escudos ya se está acabando de formar! ¡Sube a la muralla, meterte en una formación sería desperdiciar recursos!-

-Alférez, si vemos el sol y seguimos de pie me gustaría reunirme con usted, tengo un plan.-
-Dímelo ahora, que quizás cuando salga el sol no haya nada que defender.-

Expliqué el plan al alférez, sin darme cuenta de lo estúpido que era, y es que la guerra y la muerte, la peste orca y la sangre en el ambiente habían encendido algo en mí que le restaba claridad a mis ideas, era la batalla en lo que pensaba, y no en la vida, era ver al enemigo abatido y no en la ciudad y la gente de Valburgh en lo que pensaba…

-Muchacha. –Contestó. - No sé si te das cuenta de que con los medios de que disponemos ese plan es poco más que un suicidio inútil. Vuelve a tu posición, porque en apenas un par de minutos estarán aporreando las puertas. ¡Vamos!-

-¡Alférez! Una cosa más, es verdad que el martillo de los orcos ha caído con más fuerza en esta muralla, pero valdría la pena comprobar la puerta del sur; si no le parece un desperdicio, podría mandar un par de nigromantes con sendos trolls a ayudar contra la embestida. -Dije como último recurso para tratar de componer, en poco, la impresión de mal encaminada inercia.

No alcancé respuesta; como una sombra, Merrik se movilizó con rapidez a otra parte de la muralla. Yo, ahora veía con claridad el muro de escudos que se formaba en la puerta, los nigromantes comenzaban a usar sus artes en los trolls caídos. Miré con ahora con claridad el troll que yo misma había matado; con el sable aun en la mano, corté un mechón de su cabello asqueroso y lo guardé entre mis ropas, era mi trofeo.


Ahora nuevamente en la muralla; noté como el blanco manto níveo de las afueras de la ciudad se tornaban verdosos, la avanzada que nos atacaba mandaba su mejor carta. Orcos.
Saeed, Alanayn y Redrick se encontraban a mi lado; había conseguido hacerse de un buen arsenal de saetas, y ahora, los demás cuchillas también preparaban sus ballestas; sólo faltaba que los orcos estuvieran a vuelo de flecha…
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Re: La Horda del Gran Caudillo

Mensaje por Khiryn el Mar Oct 25, 2016 4:32 pm

Post V

Foxhound se encontraba muy nervioso. Chillaba, aullaba, se movía de un lado a otro se erizaba e hipersalibaba. Una pasta espumosa era lo que brotaba de su boca, sin estar enfermo, el estrés de la batalla también le habían afectado en cada uno de sus sentidos. A veces se me perdía y lo dejaba de ver largos minutos, luego regresa, con lago de sangre en el hocico, sangre, que hasta el momento no era de él. El lobo se veía como yo me sentía.

En la parte alta de la muralla, sobre la puerta principal y con los trolls ahora caídos a nuestros pies, mis sabuhuesos y yo habíamos tomado nuestra posición. Desde ahí, con precisión, conteníamos en la medida de nuestras posibilidades en avance de la horda negra, que veía mermada su marcha debido a la lentitud con la se veían obligados a avanzar, en parte, por lo pesado de sus armaduras, en parte, por la resbalosa alfombra de nieve que se había vestido con charcos de sangre y vísceras de sus propios compatriotas. Lo lento del éxodo de los negros, con el poderoso resonar de sus pasos y el chocar de sus armaduras sólo hacía más amarga y dramática la espera del inevitable choque contra las murallas y espadas de Valhburg.

Con las almenas como escudos, mi equipo y yo disparábamos sin tregua saeta tras saeta contra ellos, yo, más lenta que el resto, no porque no viera bien, mi vista era más poderosa que la de un humano común, sino porque necesitaba hacer lo posible para que cada uno de mis disparos contara; más, ahora que las flechas a nuestra disposición comenzaban a escasear. Junto con mi equipo, nos rotábamos y cambiábamos constantemente la formación, disparando tanto fuera de las murallas como dentro, los primeros combates dentro de las murallas de la ciudad ya se hacían presentes y aunque mantener a raya a los que aun no entraban, también era vital apoyar de alguna manera a los aliados que ya cruzaban espadas con los enormes y pesados orcos.

En mi cabeza, una lucha propia e interna se gestaba, de alguna manera sabía que mi posición como tiradora era importante. Era importante pero sobre todo, más segura que los hombres en la línea de batalla; y sin embargo no me sentía cómoda. Aunque había aprendido a tirar con ballestas, y lo hacía bien, mi formación inicial no era de distancia. Era cuerpo a cuerpo, y no lo voy a negar, aunque mi entrenamiento me había hecho fuerte y segura, tenía miedo.

Tenía miedo y sin embargo, quería bajar y pelear; las peleas con mis armas. Pero no sólo mi razón me discutía, el instinto animal en mí hacía que me clavara que me aferrará a permanecer con vida y sin embargo, ese mismo instinto me reclamaba más acción.

Un movimiento brusco al cargar la ballesta me hicieron darme cuenta, el costado me ardía, me llevé la mano a esa parte del cuerpo y descubrí que estaba húmeda. Alanayn se dio cuenta rápido de mi gesto y se acercó preocupada, después de todo, habían sido un poco de sus artes las que me ayudaron, ella misma me había vendado y me había ayudado a vestirme justo antes de tomar posición en la muralla.

Sin decir nada me puso la palma en el costado. Me miró directo a los ojos con cara de arrepentimiento, entre molesta y obstinada además. Con un gesto pidió perdón y con un Silvio llamo a Saeed y a Redrick, que prestos, se acercaron de inmediato. Cómo si ya lo hubieran tenido pensado. Redrick corrió hasta uno de los braceros que aun tenía brazas al rojo y colocó la punta de una de sus dagas en el fuego, rápido, y casi contra mi voluntad, Alanayn me levantó el chaleco de placas y piel dejando descubierta la herida. Removió las vendas. Saeed, fue el más brusco. Con su enorme y poderoso cuerpo, se colocó detrás de mí; pasó sus brazos por debajo de los míos y levantándome del piso, junto sus manos tras de mi nuca, dejándome inmóvil.

Por un segundo no supe que hacer o que pensar. Alanayn sacó de entre sus ropas una pasta verdosa con olor a hierbas y la aplicó embarrándola contra la herida. Al momento que terminó, Redrick desenvanó otra de sus navajas y abriéndome la boca, me puso el mango entre los dientes; me dedicó una mirada como de complicidad y luego, sin decir nada, apretó la hoja de su cuchilla contra la herida.

La hoja estaba al rojo por haber estado en las brazas, pronto un fuerte espasmo de dolor me recorrió todo el cuerpo. Las lágrimas comenzaron a brotar por chorros de mis ojos, mis piernas, más o menos libres comenzaron a agitarse con violencia en el aire, buscado golpear lo primero que tuviera en frente y hasta el poderoso Saeed, dueño de un envidiable cuerpo y dura fortaleza, tuvo problemas para contenerme.

Todo el proceso no duró más que un par de minutos en los que mis dientes destrozaron por completo la protección de cuero de la empuñadura de la daga de Redrick. Redrick, retiró la hoja caliente de mi costado y rápido “blanca” me puso una nueva pasta del mismo menjurge. Cómo pudo me ató de nuevo la venda y dio un par de pasos atrás. Saeed, usando su pecho me empujo al frente dejándome libre. Tan pronto mis pies tocaron el piso, me abalancé con agilidad contra Rojo alcanzándole con un fuerte puñetazo que le hizo girar la cara.

De un tirón me acomodé el chaleco de escamas. Apreté los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en mis palmas. Tenía los ojos inyectados en rojo. Miré en derredor, buscando pelea.

-Ahí… abajo… ahí hay orcos.. me haré con sus cabezas… -pensé mientras desenfundaba las dagas.
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Re: La Horda del Gran Caudillo

Mensaje por Khiryn el Mar Oct 25, 2016 4:32 pm

Post VI

El fuego en derredor en el interior de las murallas de Valhburgh había amainado, dando paso al sobrecogedor, perpetuo viento invernal de las montañas. Sí, el frío calaba, y sin duda sería mortal para muchos de los heridos que tratarían de buscar el calor de un pórtico o de una botella de ron. Sí, hacía frío en Valhburgh. Mucho; pero ni mis sabuesos ni yo sentíamos el aire. Desde dentro, éramos quemados por el calor de la lucha.

Avanzamos al centro de la ciudad, por entre las callejuelas que apenas unos días antes habíamos memorizado. De estas, apenas quedaban los recuerdos. Era una ciudad totalmente nueva. No. Más bien, diferente. Los caminos, calles y callejones eran nuevos; la ciudad había cambiado su arquitectura para enseñarnos ahora el caprichoso modelo de remodelación que los terribles y fieros orcos tenían en mente para las ciudades humanas que se encontraran a su paso. Devastador.
La furia orca era impresionante y su avance terrible y aterrador. La antes ciudad que vestía la nieve con orgullo y la hacía brillar, rebotando los rayos del astro rey, bañada en luz y limpieza, había sido reducida a menos que una sombra, a menos que un recuerdo entrañable. Había quedado reducida a piedras y fango de nieve sucia y sanguinolenta.

Los quejidos de los civiles en el viento, las voces susurrantes de los infantes que lloraban con gemidos apagados y temerosos junto a los cadáveres de quienes en vida, fueran familiares o conocidos. Otros, los más, susurraban su tristeza al ver perdidas todas las cosas que en vida les daban seguridad. La fragilidad humana era evidente en la perdida; era mucho más que lamentable.

Y aun no terminaba.

Desde la sombra de la destrucción y ruinas de la ciudad, fui testigo oculto de cómo un nutrido grupo de orcos caminaba a marcha lenta las calles de la ciudad en dirección a la plaza central. Mis sabuesos, conmigo, seguíamos impotentes desde distancia prudente el avance de aquellas atemorizantes criaturas. Eran veinte, apenas. Pero no era lo vasto de su grupo lo aterrador, no eran sus pisadas que atravesaban la nieve y se estrellaban contra el empedrado provocando sonidos como truenos que se sofocan, no era tampoco lo enorme de sus espaldas y brazos, que el más pequeño de ellos, al menos, me doblaba en altura y triplicaba en grosor. No. No era eso.

Dos cosas. Primero, sus armaduras eran tan gruesas y pesadas que incluso un escudo de torre bien prolijo se vería ridículo tan solo contra el guantelete de cualquiera de ellos, y bajo esta armadura, una gruesa cota de anillos que tintineaba en los casi nulos espacios por donde se dejaba ver. Más que soldados acorazados, eran caparazones de metal vivientes y el hecho de que la fabricación fuera brusca y primitiva, sin adornos, no demeritaba en nada la valía de dicho material y protección.

Dos. El orco más alto y aterrador que vi y que tal vez veré de todos los guiaba, sin duda el líder atacante. Su caudillo.

Y mientras los seguíamos en silencio conservando la distancia no podía evitar pensar que mis armas eran inútiles y aun así, buscaba esperanzada un hueco en sus armaduras, una junta de cuero, una unión o broche que les pudiera despojar la piel de metal. Y nada, nada se me ocurría, nada que valiera la pena, pero algo había que hacer.

Me agache y susurré en el oído de foxhound un par de órdenes, el lobo me regresó una mirada de reproche, pero luego, dando unas olisqueadas al aire y luego al piso, emprendió una carrera a trote.
-Saeed, Redrick; sigan al lobo, el los guiará hasta el salón de los héroes, traigan lo más rápido que puedan todo el licor y soldados que puedan…- Sin terminar de hablar, Redrick interrumpió:
-No necesitamos al lobo para hacer eso…-
-Lo necesitarán si quieren evitar orcos y civiles en su camino, deberán ser rápidos, el lobo los guiará hasta a mí si he cambiado de posición, Alanayn se queda conmigo. ¡Vayan! ¡Rápido!-

Saeed me dedicó una última mirada de reprobación, pero mantuve mis ojos en los suyos con determinación, asintió sin decir nada y desapareció en las sombras siguiendo a Red y al lobo. –Sigamos si hacer ruido.- Concluí con la elfa, que sin dejar descansar sus brazos, cargaba la pesada arbalesta con una saeta lista para ser liberada.

--//--

Los sabuesos.

Redrick no dejaba de balbucear maldiciones mientras el lobo, lo más rápido posible se la ingeniaba para descifrar la ruta que los llevaría sin ser vistos hasta el salón de los héroes.
El poderoso olfato canino de Foxhound los llevaba con efectividad pero a momentos, el avance se veía detenido por algún olor en el aire que le hacía dudar, detenerse, comprobar, e incluso volver sobre sus pasos frustrado. El lobo se había hecho empático con las emociones humanas, y aunque no tenía en él la empatía para que le importara una mierda, la desesperación de rojo lo estresaba. Eso y que de momentos separarse de su nueva ama no le parecía conveniente.

Saaed, por su parte, se distraía de estos sentimientos asegurándose que sus armas estuvieran en sus cinchos, bien afiladas y a la mano. Miraba en derredor, comprobando que las sombras fueran solo eso y no agentes ocultos y trataba de memorizar el camino de regreso. Saeed no era tan brillante como el mismo Red, pero era disciplinado como ninguno, y muy ordenado.

El lobo emitió un leve aullido, sin hacer mucho escándalo y comenzó de nuevo el trote ligero, y cada vez que miraba atrás, aumentaba la velocidad, parecía haber encontrado, desde lejos, una ruta que les garantizaba llegar con bien. Aligeraba el paso cada vez más, hasta que sus zancadas consiguieron un ritmo fluido y si bien al llegar a algunos cruces se detenía por completo, al momento en que los humanos le habían alcanzado este ya despegaba del piso con un nuevo camino trazado en su nariz. Pronto, y sin problemas el pequeño núcleo vio a lo lejos las luces del salón de los héroes encendidas pero opacas, con un denso olor a sangre y susurros quejándose desde dentro.

La amplia puerta del lugar se encontraba abierta, pero el espacio era poco. De alguna manera durante la batalla, la antes alegre taberna se había convertido en la recepción y centro de cuidados de los heridos. La escena era por demás grotesca y horrible. Cadáveres frescos en la nieve se apelotonaban en los derredores, como si los que prestaban ayuda lanzaron a los muertos fuera del lugar. Dentro la situación era aun menos alentadora.

Desenas de heridos tumbados en el suelo y mesas del lugar. La sangre se encharcaba en el suelo firmando una película escarlata por todo el entablado de la taberna. Coágulos de sangre en bolas, endurecidos por el frío y sangre líquida hacían el andar dentro de la posada difícil y resbaloso. Miembros cercenados, tripas y pedazos de piel eran ahora la alfombra del lugar. El llanto, gritos agudos de dolor gemidos graves y susurros apagados con desesperanza eran la música, el ambiente era nefasto.

Una persona se les acercó, era un hombre que vestía ropas de piel sencillas, con los brazos desnudos y sangre en las manos. Se le notaba que había atendido algunas heridas. Llevaba un alfiletero y carretes de hilo grueso. Saeed, presto a las órdenes, sólo perdió un momento observando la escena y presto a regresar, se hizo con un par de barriles de licor; por su parte redrick, obligado por lo penosa de la escena se vio forzado a dar explicaciones.

-Los orcos negros han entrado a la ciudad y se dirigen a la plaza, el licor solo es parte de un plan, puesto que nuestras no bastaran contra ellos, necesitaremos algo de combustible para tratar de diezmarlos, aunque sea un poco. Entiendo lo mal de su situación actual, y le aseguro que no nos llevaremos el ron, que mucha más falta le hará aquí para calentar el cuerpo y el espíritu de estas personas, pero si el licor arde aquí, igual que en el resto de Noreth, tal vez tengamos una pequeña oportunidad.

Un espadero que atravesaba la puerta escuchó la explicación. Con aire sarcástico expulso una risa y sin disimular lo estúpido que le parecía el plan, habló con voz de quien lo sabe todo y de todo se queja.

-No creo que les sirva de mucho, los orcos han llegado a la plaza principal y el combate contra las fuerzas de Valhburgh ya empezó.-

Saeed, al oir la noticia, dejó caer sendos barriles que llevaba ya en los hombros, Su rostro se desfiguró en un gesto sombrío de preocupación y su cuerpo se hizo un manojo de nervios. Tal cual, con sus dos metros de estatura y su complexión de mercenario curtido en batalla, su gesto siempre austero y frío y su fría personalidad y organización era el más leal de los hombres, y con el previo conocimiento de la explosividad y desapego de la líder del núcleo, Saeed temió la peor de las escenas.

Recuperando un poco la compostura, logró tomar dos pares de botellas de licor entre las manos y sin mayor palabra a nadie salió a paso veloz de la taberna bajo la mirada nerviosa del lupino que se suponía, debía guiarlos. Redrick, fue un poco más astuto esta vez, y sí, porque no, temeroso de su propia vida.
Tratando de sacar lo mejor de su propio carisma y dones de liderazgo, aclaró la voz y dijo con aire solemne.

-Los orcos han entrado en la ciudad; no mentiré, son muy fuertes y amenazadores!
Pero si no los detenemos ahora, todo por lo que hemos ya peleado, todo lo que hemos ya perdido no valdrá nada. Ni la sangre nuestra ni la de nuestros hermanos ni la de nuestros padres, si todavía pueden caminar y blandir una lanza o una ballesta, vengan conmigo!! ¡¡¡Ahora!!! ¡¡¡Síganme y salven lo que tienen!!! ¡¡Hagan valer su sangre y que los orcos paguen con la suya!!¡¡¡ Vamos!!!-

Aunque el salón estaba más bien lleno de heridos que debatía el resto de su miseria tratando de no derramar las propias tripas en el suelo, y gente que sujetaba con la diestra la cercenada siniestra mal herida; el pequeño discurso del cuchilla no fue del todo en vano. Ocho hombres que aun tenían fuerzas para levantar mazas y alabardas se unieron a él. Conmovidos o no por el discurso, eso no importaba a los ojos de Redrick, que cambió el gesto de desconsuelo a admiración al ver que, a pesar de que no eran soldados, esos hombres marcialmente marcharías tras de sus pasos para enfrentar lo peor del ataque orco. Estúpidos o valientes, no tiene importancia tampoco; eran guerreros, eran manos y armas que se sumaban.

Redrick hizo que cada uno de ellos además de sus armas, tomara consigo una botella de cualquier licor. Fue aquí cuándo el lobo, nervioso, tomó la iniciativa y comenzó su avance de regreso. Redrick, y los hombres que se unieron a la lucha iban detrás de él. Antes de partir, un hombre que levantaba el muñón les dijo al salir:

-Espero a los que salís enteros, volváis enteros.


--//--

La Plaza.


LA ESCENA, TAL Y CÓMO SUCEDIÓ:

“Los defensores que están en suficientemente buen estado observan algo temerosos la llegada de los orcos negros que avanzan con seguridad y confianza
Los enemigos acorazados ríen al ver a los defensores con un aspecto tan inferior al suyo, destacando solo Gavin y Galen.
El caudillo orco habla con su voz profunda: "Habéis luchado con fiereza y valor. Habéis demostrado valer la pena. Por ello, os concederemos la muerte que merecéis, con las armas en la mano y luchando. No habrá compasión para nadie."
Es entonces que cuatro dispares figuras aparecen.
Una se abre paso entre los soldados, y otras dos le siguen.
La figura que va en cabeza es el matador enano, Björki, y quienes van tras él son Alrik y Bruni.
Tanto el noble enano como el cronista tienen varias salpicaduras de sangre pero no se les ve cansado, se nota que son guerreros resistentes.
Sin embargo el que más impresiona es Björki.
Tal es la carnicería que ha organizado el enano que está completamente bañado de sangre, pudiéndose ver solo con su color natural el ojo que le queda y su dentadura, crispada en un gesto de furia.
Fragmentos de carne, hueso y vísceras están adheridos a su piel.
Presenta una visión terrorífica, ciertamente.
Por un lado aparece Bhaeron, el minotauro, que lleva su espadón en una mano como si fuera ligero, y en la otra arrastra a un orco.
Por los signos de violencia que presenta, bien se nota que lo ha estrangulado hasta partirle el cuello.
Las cuatro figuras se sitúan frente a los soldados, junto a los hijos del regente.
En el rostro del jefe orco se dibuja una sonrisa salvaje y cruel.
"Tú..."
Björki es quien responde: "Sí, yo, pedazo de escorria. Muchos son los agrravios que acumulas contrra mi gente, y personalmente me hice el jurramento de matarte. Me alegrra que por fin pueda cumplirlo."

Grôsh se carcajea: "Nunca jures algo que no puedas cumplir, enano. Acuérdate de cómo maté a tu padre. Apenas necesité un golpe para arrancarle de las manos el hacha y otro más para cortarle la cabeza. Luego le siguieron tus hermanos. Tú tuviste suerte... En lugar de morir durante la batalla quedaste inconsciente."

Björki golpea el suelo con el pomo del hacha con tanta fuerza que quiebra una de las piedras que componen la calzada: "¿Suerte? Me has condenado a vivir en la deshonrra y la vergüenza. Ahorra me toca cobrrarme mi venganza."

De nuevo el caudillo orco ríe: "Me gustará ver cómo lo intentas. Solo me falta tu cabeza para completar el set..." Ves que el orco se lleva una mano a la espalda y desclava de su armadura un gran pincho de hierro en el que hay cuatro cráneos clavados. Rápidamente sabes que se trata de los cráneos de enanos.

Björki aprieta con fuerza el hacha y le responde: "Recuperraré las cabezas de mi estirpe y me harré una jarra de cerveza para la tuya."
Grôsh sonríe ferozmente y empuña el hacha con las dos manos mientras contesta: "Me gustará ver cómo lo intentas..."
El enano escupe, y grita: "¡¡¡QUE NADIE TOQUE AL CAUDILLO!!! ¡¡¡ESE MIERDA DE TRROLL ES MÍO, Y A MÍ ME PERTENECE SU CABEZA!!!"
A su vez, el gran orco le responde: "¡¡¡NO TOQUÉIS AL TAPÓN, MUCHACHOS!!! ¡¡¡MATAD A LOS DEMÁS, PERO SU MUERTE CORRE POR MI CUENTA!!!"
Todos los orcos negros rugen
El paladín grita: "¿¡VAIS A IGNORAR EL DESAFÍO, COMPAÑEROS!? ¡¡¡AÚN HAY ORCOS QUE MATAR!!!"
Los soldados humanos golpean sus escudos y gritan desafiantes.
El piromante sencillamente empieza a preparar un conjuro y ríe mientras responde: "¡No hará falta que mueran para que sepan qué es el infierno!"
Alrik, Bruni y Bhaeron, por su parte, gritan.
"KHAZÂD!!! KHAZÂD AI-MENU!!!"
Ambos bandos empiezan a cargar.
Los pasos de los orcos estremecen la tierra.
Los gritos de furia de los guardias llenan el aire.
El rugido que profiere Grôsh es digno de un dragón.
El grito de rabia de Björki es ensordecedor.
Con una velocidad increíble, tanto el caudillo como el matador son los primeros en cruzar aceros.
Los filos de sus hachas se golpean a la vez en un brutal tajo.
Tal es la fuerza del golpe que las armas de ambos salen rebotadas hacia atrás y al golpear el suelo lo agrietan.
Tal es la potencia del impacto que tanto Alanayn como yo congestionais el rostro por el ruido que ha generado el choque de metales.
Y sin embargo, con una velocidad de reacción inhumana.
Ambos vuelven a lanzar sus armas hacia adelante.
En apenas cinco segundos, tres veces chocan sus armas.
La visión de ambos pelear es aterradora.
Finalmente el caudillo orco lanza un golpe al enano y éste lo bloquea con su hacha.
Tal es la fuerza que bajo las botas del matador el suelo se agrieta y las losas se quiebran.
Los masivos músculos del enano se tensan como si estuvieran hechos de cable de acero, y haciendo gala de una fuerza sobrehumana desvía el arma hacia un lado y le propina un golpe en el estómago al caudillo que llega a abollar la placa de armadura que ahí posee.
Ambos se separan unos instantes, y con un nuevo rugido se lanzan a la carga.

Jamás podría encontrar las palabras adecuadas para narrar lo que estaba mirando ahora.
La guardia de Valhburgh, o al menos los que aun tenía vida y fuerza para mantener sus armas erguidas mantenían la posición en el centro de la plaza frente al pesado pero inevitable éxodo del caudillo orco. De este lado, las unidades preparadas para el combate eran más, muchos por cada orco que se acercaba, pero los orcos eran terribles. enfundados en su grueso metal y avanzando descaradamente por las calles, imponentes y sin miedo eran la visión más aterradora.

Despectivamente los orcos rieron de los humanos antes el aspecto tan débil de los soldados, que comparados con ellos mismos no parecían más que ropa rellena de paja y herramientas de juguete. La poderosa voz de trueno del más grande de los orcos se hizo escuchar, reduciendo a silencio toda la ciudad.

-"Habéis luchado con fiereza y valor. Habéis demostrado valer la pena. Por ello, os concederemos la muerte que merecéis, con las armas en la mano y luchando. No habrá compasión para nadie."

El sonido de la voz del orco me hizo temblar cada fibra del cuerpo. Tal fue la potencia de su voz que no pude más que sembrar los pies en el suelo, incapaz de movimiento alguno. No eran sus palabras, no. Era el poder de su voz, su seguridad, su increíble presencia. Le temía.
Desde el final de las filas, las figuras de los señores enanos y el minotauro se abrieron paso hasta el frente. Engalanabas sus poderosas figuras con sus armas en mano, blandidas para atacar en cualquier momento; pero era el enano matador el que igualaba en aspecto al orco líder. No por su estatura, si no por la visión de su terrible presencia.

Intercambiaron unas palabras de reto. Ambos con voces poderosas que se hacían escuchar el los cuernos de guerra, no. Más fuertes y terribles aun. Jurados enemigos, tenía cuentas pendientes.

El enano levantando la voz por encima de la ciudad lanza el fiero reto.
El caudillo, haciendo valer el poder de sus pulmones responde el reto y los orcos ahogan a la ciudad en un estremecedor rugido de guerra.
El paladín humano, haciendo lo propio, anima a sus soldados a luchar que inundados por el fuego de la pelea y alentados por sendos retos golpean atronadoramente sus escudos y levantan las voces en unísono y poderos grito de guerra; hasta las drakenfang parecen estremecerse por el poder de la voluntad de la batalla haciendo resonar y dando eco y repitiendo las voces de Valhburgh.

Ambos bandos cargan.



Hacía unos instantes había dejado en el suelo mi ballesta que ahora se me antojaba ridícula e inútil. Había ya desenfundado la hoja con runas y el sable curvo. Apretaba con tanta fuerza ambos que tenía los nudillos blancos y mis uñas hacían sangrar la palma de mis manos. Miré ambas hojas con desprecio, luego me miré a mí. Mis brazos, mis piernas, mi armadura y hasta la sangre seca del troll derribado en la puerta se me hacían poco, no, todo eso era nada comparado con aquellas máquinas de matar. La impotencia y el miedo me estaban quebrando.

Alanayn no desclava los ojos de la batalla, con mucho más temple seguía los movimientos de cada uno de los gigantescos orcos negros, esperando que alguno dejara caer su yelmo o mostrara algún hueco en su armadura; mantenía firme la arbalesta, levantada y vigilante.
No emití más sonido que un leve gruñido, cada uno de los cabellos en mi cola estaban erizados. Volví la mirada a la elfa, y con una mirada de humilde tristeza y resignación le dije:

-Sargenta de los mejores sabuesos. Mi rango y mi equipo; Alanayn, no hagas nada estúpido...-

Salí de mi escondite con gran velocidad, directo hacía la pelea. No tenía la potencia, no tenía las armas; tenía mucho miedo, pavor. Estábamos destinados a morir, pero yo era Khiryn, sargenta de cuchillas. No era mi especialidad, pero no, NO. No podía quedarme parada a esperar.

Corrí en primer lugar hacia el piromante.
-Mis hombres fueron por combustible al salón de los héroes. Si el licor arde aquí igual que en todos lados, te ayudaré a causar más daño... -Le dije pasando junto a él, disminuyendo el largo de las zancadas, pero sin detenerme.

Justo lo pasé, lancé entonces mi grito. Si un grito da temple, da valor, da fuerza.

Da Presencia. Conmigo ahí, las fracciones defensoras se completaba, aun no entendía por los demás cuchillas no se habían aun acercado, pero eso no importaba, yo estaba ahí y haría valer las palabras que dijera a los enanos en su propia mesa, cuando compartíamos menos estresados jarras de cerveza en el salón de los héroes. Sí. Recordé mis palabras y el juramento y haría valer mi presencia ahí. O por lo menos la haría latente.

Llegué al frente, intentando apoyar a los grupos que se enzarzaban cruzando lances contra los orcos; mis armas no atravesarían sus armaduras, lo sabía, y aun así, con todo lo estúpido e incoherente de la situación, estaba dispuesta a romperlas a golpes contra las gruesas corazas de los gigantes negros.
Flanquee a uno, intentando, en un momento de locuacidad, buscar los broches o correas que mantenían juntas la partes de su armadura. Todo enfocado a la lucha. Reflejos, vista, oídos, respiración... Confiaba que mi velocidad y habilidades de evasión valieran para algo, ahora, que más las necesitaba.

El orco, sin hacer mucho caso de mi presencia atacó con un lance barrido de su poderosa hacha partiendo por la mitad de un solo tajo a tres soldados que trataban de atacarlo. Un Cuarto soldado cayó muerto al ser golpeado por el canto del arma del terrible orco. Sin amedrentarme, me colé en el hueco en su defensa que dejó su ataque, sabiendo que la velocidad de estos monstruos era mayor a la que se podía uno esperar, pero no había tiempo para dudas.

Usando el filo de sendas armas, logré cortar por la unión de su armadura los broches que la mantenían junta, logrando que se desprendiera buena parte, justo a tiempo para que un par de lanceros que habían tomado de inmediato el lugar de sus camaradas lograran encajarle los filos de sus armas hasta el fondo. El orco, desconcertado por la celeridad del ataque no pudo contestar y dio un paso atrás, pero no se encontraba abatido. El paso atrás del orco, le dio espacio para recuperarse del ataque y lanzar una nueva y fuerte barrida con su arma, logrando con este único ataque partir por la mitad a ambos lanceros que acabaron convertidos en fuentes de sangre.

El ataque con abrumadora fuerza del orco y la poderosa efectividad del mismo me hicieron perder la concentración por el terror que sus movimientos causaban, haciendo que me quedará un momento clavada en piso, situación que el gigante negro aprovecho para golpearme la cara. Si no me hubiera movido con lo poco que llegué a reaccionar, sin duda el poder de brazo me habría aplastado la cara, pero a pesar de eso no salí bien librada, pues me había alcanzado y aunque no con toda la potencia del golpe, le había bastado para romperme la nariz y hacerme caer al piso.

Mis armas, volaron de mis manos, y quedé aturdida en el piso. Cegada por la sangre que me escurría por la nariz y mareada por el golpe, no fui capaz de moverme para salir del rango del orco, que divertido, me cogió por el cuello, y como si fuera una pluma en sus enormes manos, me levantó a penas con esfuerzo.

Escupí una bola de mocos y sangre y cuando pude enfocar, vi el rostro de mi muerte. La cara del orco estaba desfigurada por la furia y el odio, podía entender por su mirada inyectada de sangre que me aplastaría la cabeza entre sus dedos, con una sola mano, lenta y dolorosamente para que pudiera sentir el pánico de mi muerte y escuchar como mi cráneo se cerraba lentamente sobre mi cerebro, aplastándolo. Sacudía mis piernas con violencia, pero estas no llegaban al suelo. Desenvainé rápidamente la pareja de la daga que había perdido y en el último esfuerzo que manaba de mí ser para intentar liberarme, la encajé con toda la fuerza que pude en la muñeca del gigante.

Debí haber acertado en un punto crítico pues este me soltó al momento dejándome caer de nuevo. Aturdida aun, caí directo al suelo y traté arrastrarme para alejarme del orco, llevando la mano libre al cuello comencé a toser, aliviando la presión de la garganta. La bestia se miró la mano desconcertado, al parecer, la había inutilizado por completo pues sus dedos no eran capaces de cerrarse en puño, con un gruñido, que era más parecido a un maldición en ese lenguaje suyo, el orco negro dejó caer su hacha al suelo y desenvainó su machete, blandiéndolo con una sola mano.

Sin perder tiempo, el enorme acorazado levantó en alto la hoja de su arma y con dibujando una luna creciente, dejó caer el filo contra mi espalda. Apenas tuve espacio para girar el cuerpo saliendo del alcance del arma por casi nada. Bajo mi cuerpo, al golpe contra el empedrado se cuarteó del golpe. La enorme bestia negra dejó salir un rugido que me ensordeció por completo; frustrado, y mirándome de frente hacia el piso, levantó nuevamente su enorme machete. Era el final. Por un momento vi como desparramaba mis tripas por el piso de la plaza de Valhburgh dónde en mi mente ahora, era dónde iba a morir.

El rugido del orco se detuvo en seco cuando la punta de un virote de arbalesta le salió con un sonido de crujido sordo por la garganta. El rugido de este se convirtió entonces en un incesante gorgoteo de sangre por la boca. Dejó caer el machete sin fuerza y luego se desplomó en el suelo, resonando su armadura contra la empedrada plaza.

Me levanté rápido del piso y recogí mis armas que estaban no muy lejos, en la distancia pude ver a Alanayn cargando un nuevo virote en la arbalesta, Sin perder tiempo, regreso a la pelea, buscando un nuevo orco.

“Los cuchillas somos hermanos, los hermanos se cuidan unos a otros.” Son las palabras que tantas veces oí en el entrenamiento. Alanayn, la “Rata Blanca” de los sabuesos me había salvado la vida con su tremenda puntería. Por mi parte, había estado en las manos de orco negro y había vivido, incluso, había logrado que tirara su arma, por un momento, sonreí.

--//--

Los cuchillas, guiados por Foxhound y seguidos por los hombres que se les unieron en el salón de los héroes habían encontrado sin problemas su camino de regreso hasta la plaza; ahora contaban con una posición favorable pues habían aparecido a la espalda de los orcos.

Por su parte, durante el camino, Saeed había cambiado sus botellas de licor por una maza pesada con uno de los hombres, y este al llegar al lugar del combate, se puso en busca del líder de su grupo, haciendo caso omiso de las pelas que frente a él se fraguaban. Llegó justo a tiempo para ver como yo me encontraba tratando de llegar a los broches de la armadura de un orco. Con un silbido, me indicó de su llegada. Retrocediendo mi posición, vi como Redrick guiaba y comandaba un grupo de guerreros a la acción, todos blandían en el aire botellas de licor y se acercaban temerosos por la espalda de los orcos.

El crujiente sonido del vidrios romperse contra las armaduras de los orcos no se hizo esperar, y Redrick desde atrás, había hecho una línea con los sus hombres, poniendo las lanzas por delante, tratando de hostigar a los orcos por la espalda.

Al escuchar el sonido de las botellas quebrarse contra las armaduras de los gigantes negros, me volví hacía Galen haciéndole una seña para indicarle que el combustible estaba despachado.
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Re: La Horda del Gran Caudillo

Mensaje por Khiryn el Mar Oct 25, 2016 4:32 pm

POST VI

En el último bastión de Valhburgh defendido por las fuerzas aliadas, el clima parecía el de una horrible tormenta. Las pesadas y gruesas botas metálicas de los orcos machacaban la loza de la plaza a cada paso, sumando los gritos desesperados que los soldados lanzaban para tratar de mantener el temple, que sólo eran opacados por los chillidos agudos y gruesos de dolor que exhalaban todos a cada lance de espada y lanza.

Gritos animosos y chillidos desgarradores se elevaban en el cielo nocturno de la helada noche. Retumbando en las caídas construcciones de piedra gris que moribunda, daba su vida en el último respiro, regresando en forma de eco los sonidos de la guerra. Esta era la “Noche Triste” de Valhburgh, entre el fuego, la destrucción y la muerte.

Los orcos negros atronaban sus pisadas por toda la ciudad, pero en toda la ciudad habían ido cayendo, uno a uno, gracias a las efectivas tácticas de guerrilla que planteara el alférez de las cuchillas. Más de uno, había fuera de los cuchillas había entendido a la perfección el plan y lo ejecutaba con maestría. Entre la gente sin entrenamiento formal militar, ya se levantaban nuevos héroes que ostentaban orgullosos las cabezas y yelmos de los orcos negros caídos. Trofeos que habían costado la vida de muchos más hombres de los que se podía contar con los dedos de las manos.

Pero sin demeritarlos, era gracias a estás vidas otorgadas y entregadas a la lucha que ahora, el pequeño pueblo al pie de las montañas podía esperar ver un amanecer. Sí sería un amanecer rojo, terrible y despiadado, pero era un amanecer.



En la plaza central, la balanza parecía inclinarse. Gracias a al poderoso arte del piromante Galen; una buena partida de los enemigos que habían llegado hasta ahí, había sucumbido entre gritos desgarradores de dolor, llenando el ambiente de la plaza con un hedor a cerdo quemado y mierda desparramada. El plan, no había sido del todo inútil, y aunque los mercenarios que habían llegado con Redrick, el cuervo, habían dado sus vidas, cada una de ellas había valido la vida de un orco. En el reino de los muertos recibirán su recompensa, y serán vanagloriados como los héroes que son.

Mientras tanto, el mismo Redrick, Saeed y yo, formábamos un equipo de pelea. Juntos pero dispersos, sin formación aparente, aprovechábamos la lentitud de los movimientos orcos para flanquearlos y tratar de atacarlos. Aunque nuestra velocidad era superior en todo momento, el largo de los brazos de los negros, nos mantenía muy bien a raya
Nuestra oportunidad más clara, llegó con la desgracia del noble gavin que después de un formidable ataque, había logrado sersenar de tajo el brazo del orco que lo azoraba, sin embargo el contra ataque del gigante negro lo logro tumbar de espaldas al suelo, situación que este aprovecho para desenfundar su grueso machete y tratar de matar al noble.

-¡¡Rata!!- Grité con todas mis fuerzas.

Una saeta pasó silbando entre nosotros en dirección al orco negro. Y aunque esta no le hizo ningún daño, pues rebotó en una de sus hombreras, sí lo desconcertó y dando un gruñido, volvió la mirada hacía nosotros mostrando en su rostro un gesto de “que mierda a pasado.” En ese momento, Red, Saeed y yo rodeamos al orco, liberando a Gavin de su atención logrando darle un respiro a este último.

Saeed y yo atacamos conjuntamente, acercándonos por el flanco, pero una barrida del machete nos hizo detenernos en seco; por mi parte logré salir de su rango por lo pelos, pero Saeed no tuvo tanta suerte y recibió un golpe con la empuñadura que lo hizo retroceder unos metros y caer en el suelo. El fuerte golpe le provocó un poco de vomito. Red, por su parte corrió con mejor suerte, y haciendo gala de una habilidad que ni los silvanos de los bosques despreciarían se coló a la altura del pecho de l orco, usando sus armas como palancas logró derribarle parte de la armadura, haciendo que los movimientos de l negro se volvieran un poco más torpes.

Vi en ese momento una nueva oportunidad de acercarme y traté de concentrarme sin éxito en utilizar mi magia. Lo arriesgado y la vorágine de la situación me lo hicieron imposible, y sin embargo, continué con mi embestida. O eso pretendía. A lo lejos, la llamada del poderoso Merrik se hizo presente; y casi pude ver en los ojos del gigante negro que el alma se le iba.

-¡!LA MUERTE CAE SOBRE VOSOTROS¡¡-

Una tropa completa de cuchillas se había hecho presente en la plaza, embistiendo a los enemigos con fiereza, inclinando una más la balanza a nuestro favor. Como un relámpago, las cuchillas entraron en acción; y no se me hizo raro ver a un peliblanco unirse a nuestro ataque. Atravesando la plaza como un “lobo blanco” se colocó en el flanco del desconcertado orco e hizo un fuerte ataque que resonó con potencia en la armadura del orco, era rápido, sí, pero la armadura aguanto la embestida, y la rápida respuesta del negor hicieron que el hombre de rasgos zhakeshianos se hiciera para atrás.

Lancé entones mi ataque, y aunque el orco se veía en demasía superado por los números, aguantaba todas nuestras embestidas con su impenetrable defensa. Redrick también hizo lo suyo, aunque su ataque fue igualmente rebotado por la defensa del gigante, este se encontraba claramente abrumado, situación que Saeed aprovechó con creces para propinar un poderoso golpe con su maza contra el yelmo del gigante; que aunque no cayó, pareció tambalear del golpe.

Un nuevo silbido de saeta cruzó la plaza a velocidad de vértigo. Acabó por incrustarse, con gran precisión justo en el centro del yelmo de la bestia gigante. El orco, por dimitió su ataque. Dejó caer el machete al piso, y con una exclamación cayó de espaldas para no levantarse jamás.

Le dediqué una mirada agradecida al hombre peliblanco que se nos había unido, pero este salió disparado de la escena para seguir luchando. Miré a Gavin entonces, y este me regresó una mirada que no pude entender.
Pero este no era momento para detenerse; aun había orcos luchando y cuchillas en problemas, así, me habían salvado la vida antes, este era mi turno de demostrar mi valía y de hacer valer mis armas y mi rango; era momento de hacer valer las palabras que en la taberna le dedicara al enano matador y a sus amigos.

Sin movernos mucho de lugar nos hicimos participes de un duelo que se fraguaba entre iguales, un hombre y un orco, sin poner atención a los luchadores, Redrik y yo comenzamos una rápida sucesión de ataques, lanzados con gran coordinación y velocidad. La batalla, con la renovada moral por la presencia del alférez y los cuchillas había obrado sobre nuestras acciones, además de que el fuego de la pelea nos había consumido por dentro, convirtiéndonos virtualmente en máquinas. Tanto, que nos bastamos Redrdik y yo para desarmar a un orco y ponerlo de rodillas gravemente herido. Entrabamos y saliamos de su rango a gran velocidad, sacando a nuestro paso broches de su armadura y pedazos de metal con esta. El Orco, claramente abrumado, sólo intentaba defenderse sin éxito.

Saeed, nuevamente haciendo su buena visión para las oportunidades y su gran musculatura, se acercó por detrás y a dos manos para duplicar la fuerza, propinó tremendo golpe de mazo contra la cabeza del orco, haciendo que este cayera al suelo en convulsiones. El soldado al que nos habíamos unido propinó el golpe final con su espada bastarda, hundiéndola con maestría asesina en el cuello del negro derrotado.

Para cuándo pudimos notarlo, el soldado no era nada menos que Merrick; el mismísimo alférez al mando de la defensa. Quien se tomó un tiempo para mirarnos, con una sonrisa de medio lado.

-Buen trabajo, sabuesos. A esto ya le queda poco.-

Las palabras de Merrick me destantearon un poco. Nada me esperaba de él, y menos un halago; no por que no pensará que hubiera valido mi presencia en la escena, sino porque no me imaginaba que en un momento como ese, se presentaran para dar palabras de aliento. Sonreí para el alférez, sin saber en verdad que mueca hacer. Con la nariz rota, la cara amoratada, el cuerpo débil y bañada en sangre, no debía ser yo más que un despojo.

Sin palabras en la mente que dedicarle a ese gran hombre, traté de articular cualquier cosa en el idioma de Zhakesh, y aunque ahora hubiera preferido no decir nada, en ese momento hice presente la estupidez pero sinceridad del momento.

-Gracias, Alférez.- Dije en el idioma de los peliblancos.- Me alegra verlo…

Luego, permanecí callada un momento, comprobando en derredor las palabras de Merrick. Uno a uno, los duelos iban terminando, con una inminente victoria de nuestro lado…

¿Pero a qué costo?
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Re: La Horda del Gran Caudillo

Mensaje por Khiryn el Mar Oct 25, 2016 4:33 pm

POST VII

Cómo la tormenta en el mar que amaina, así, las luchas y combates aislados en toda la ciudad al pie de la montaña también se apagaba. Las luces de las hogueras que lamían con sus llamas las casas y edificaciones en Valtburgh también menguaban, viendo cegadas sus vidas luminosas por los esfuerzos de los civiles que aun continuaban echando agua nieve sobre los restos calcinados de sus vidas.

Foxhound atento, se mantenía a mi lado mientras veíamos a distancia el último duelo de la encarnizada batalla. El caudillo orco se negaba a morir aun sabiendo que jamás, jamás podría ya salir airoso de este combate. Había perdido ahora más que la pelea, sus ojos llenos de rabia y furia ya no destellaban contra el poderoso señor de la montaña, no. Destellaban contra algo más.

Una última frase de amenaza se escurrió por entre los sangrantes labios del gigantesco negro. No eran solo palabrerías y eso ahora nos constaba, pero sí eran las palabras de un moribundo; una última frase lanzada al aire por el enano y la cabeza del caudillo y poderoso orco rodó por los suelos, sellando así el final de la invasión de orca.
Con fuerte suspiro baje la cabeza aliviada. Incluso el cuerpo del lobo pareció relajarse un poco, los que allí permanecimos habíamos presenciado el desenlace de la pelea más grande de todas, una pelea que no sólo finalizaba este nuevo despliegue, sino que además zanjaba viejas y profundas heridas entre los batientes. Sí. Esta pelea simbolizó muchas cosas, pero para Valtburgh de ninguna manera era esto una victoria.

La batalla había acabado, con el sabor más amargo de todos, sin ganadores. Sólo perdedores era lo que había quedado del ataque. Perdedores y cadáveres. Poco sabía yo de la guerra, pero si así era una, no cabía en mi mente el por qué las naciones se empeñan y desviven en realizarlas. No fue una victoria Orca pues su ataque había sido detenido y su caudillo líder había muerto por decapitación bajo el poder del acero enano. Tampoco fue una victoria para los aliados pues la ciudad que defendíamos había sido reducida a cenizas y su gran parte de su gente, junto con incontables mercenarios y demás defensores habían perecido. En derredor, no quedaba más que lamentos, preguntas al aire sin respuesta y un gran y profundo dolor. Como una llaga.

Ni una sola persona se animó a lanzar un grito de júbilo, y si bien en mi corazón nacía un poco de paz mi boca no se atrevió a dibujar ni siquiera una delgada sonrisa.

Poco fue el tiempo que perdimos luego de la conmoción de saber que no había más batallas en la ciudad. Pronto, las cuchillas que se habían mantenido dispersos hicieron acto de presencia en la plaza. En acción casi automática comenzaron a merodear entre los rincones de las plazas y callejones, no era momento de saqueo. Con el patrullaje final y el recuento de los daños venía el juicio a aquellos que aun veían su vida pender de un delgado hilo. El que quisiera paz, encontraría la paz; y sería un hermano quien se la repartiera.

La labor era por lo menos horrible. y por más que traté de convencerme que era un acto de piedad el desvanecer la vida de un hermano con mi arma no podía evitar pensar en que cada uno de ellos era yo misma. Veía mi propio rostro en el rostro de cada uno y permanecer firme en el alma era una hazaña aun más difícil.

EL más difícil fue Quincy Lowin. Un humano, como Redrik, con la misma complexión y tipo de cabello; tumbado boca arriba con las tripas entre las manos tratando de volverlas a meter por la barriga por el orificio que dejara el raido acero orco en su vientre. Lo encontré tumbado entre un par de piedras que antes fueran las paredes de un bello hogar en el suburbio acomodado de la ciudad. Estaba solo, y si no hubiera sido por el fino olfato del lupino que me acompañaba hubiera muerto ahí, después de algunas horas de dolor, solo, como un don nadie. Quincy tenía en los ojos aun brillosos por el fuego de la vida, y en su corazón se notaba que se aferraba a ésta. Había viajado unos días antes en el mismo carromato que yo y había entablado una animada conversación con el mismo Redrik y con el difunto Haramir. Era veterano y había servido al conde durante los últimos cinco años.

-¿Quieres que alivie tu tormento, hermano? –Dije con la voz más clara que pude.

Tan sólo de oír esas palabras, el cuchilla murió. Murió por dentro como si el simple hecho de que yo aceptara su condición moribunda lo obligara a aceptarla a él mismo. Sus ojos perdieron el brillo en un instante y con un ligero movimiento de cabeza, aceptó su destino.

Con los ojos y la boca cubiertos ensombrecidos por el oscuro velo de la capucha de los cuchillas yo representaba un personaje que mantenía la calma y el semblante; articulaba palabras con claridad y ejecutaba sus órdenes sin errores y sin temor. Por dentro, la cordura me abandonaba. Por dentro, la líder de un núcleo de sabuesos se sentía más débil y frágil de lo que jamás se había sentido.

-//-

Los cadáveres de los hermanos cuchillas fueron apilados luego en la plaza central. Esto daba pie al ritual de defunción de la gente de la tierra negra. Un ritual del que también poco sabía pero que con curiosidad presencié.
Los magos nigromantes que aun se mantenían en pie formaron un círculo alrededor de los la pila de cuerpos zhakeshianos, poco después comenzaron a girar con ritmo perfecto alrededor de la pila entonando un cántico en una lengua muerta, una lengua mágica que llenaba el ambiente de una extraña y oscura sensación de paz. Las palabras, indescifrables, impronunciables se quedaron grabadas en mi mente y aunque para mí sería imposible repetirlas, las reconocería de inmediato. El canto duró pocos minutos y luego los sabios de la tierra negra arrojaron sus antorchas a la pila, que ardió como un remolino de fuego verde, alto y poderoso, consumiendo todo, todo en su candor.
Siguiendo a la multitud repetí a destiempo el último adiós a los caidos.

-Hermanos, que vuestras almas, ahora libres, encuentren el camino a la Madre de los Muertos.-

-//-

Una asamblea dio entonces comienzo. La reunión era en sí, un foro, un concilio en dónde todos los que lo desearan podían opinar acerca del destino que llevaría ahora la gente de Valtburgh. Se trataron algunos temas más y habló mucha gente. Alguna más impulsada por el miedo que por la cordura de una idea racional. O al menos que a mi me lo pareciese, lo que a mi me pareció remarcable, era el hecho de que sin importar clase social o poder adquisitivo, cuanta persona quisiera ser oída encontraba un público atento en ese foro.
¿Así se toman las decisiones en los grandes imperios? Imposible, las ciudades más grades no tienen plazas dónde quepa toda su gente…

Al final, la decisión fue salir de la ciudad que en un extraño peregrinar, los vivos en Valtburgh ahora debían abandonar la ciudad para mover sus residencias hacia las montañas, en un giro inesperado, parecía que sería la extraña raza de los minotauros quienes les hospedarían. Particularmente, no me parecía una buena idea; llevar a este gente, cuesta arriba a la montaña era llevarlos al corazón de la batalla; ya habían sufrido demasiado y sí; si acaso los minotauros pelearan la mitad de bien que su único representante aquí presente, esta gente estaría segura, pero ¿y si no llegamos? ¿Qué pasa si ya hay tropas de orcos desfilando la ladera de las drakenfang hacía aquí?

No.

No me parecía una buena idea, por mi parte hubiera preferido avanzar hacía el lado opuesto, a las llanuras dónde los lentos orcos no podrían alcanzar a nuestros pies y hacía climas más amables dónde los ríos y la vegetación, dónde el sol pudiera, tan solo un poco, alegrar el corazón de estos hombres. Aligerar mi alma.

Las opciones se barajaron y al final participé del concilio de manera callada. La decisión se había tomado, así que sólo pude hacer, lo que mi personaje me mandaba hacer, lo que mi responsabilidad y obligaciones para con el señor de la tierra negra y la miserable gente de Valtburgh me mandaba, así que, de manera un poco más privada, solicité audiencia con Merrick, el alférez cuchilla. Junte a mis hombres junto a mí.

Más por instinto y responsabilidad que de verdad deseo de hacerlo, las palabras a éste salieron de mi boca, sellando así mi destino.

-Alférez, En vista de la resolución de la asamblea, creo que sería una opción a considerar el mandar exploradores a la montaña, para vigilar los caminos y asegurarse de que la gente de Valtburgh camine con los menores inconvenientes, lejos de las emboscadas que pudieran haber dejado los orcos. En caso de que usted decida, me propongo yo misma y a mi equipo de sabuesos para esta encomienda.- Al terminar de hablar sentí una cálida sensación en el cuerpo por hacer lo correcto y sin embargo, el vuelco en el corazón me dolía. Estaba asustada, pero con las piernas y la voz firme.

El rostro de Merrik se iluminó, y en sus ojos pude notar que tan sólo oír estás palabras su mente trabajaba en un plan. Sin dar una respuesta real, me pidió que aguardara un segundo , dio media vuelta y se alejó. A los pocos minutos se acercó de nuevo con tres cuchillas y con un grupo de personas que yo antes no había notado. Tenían todo el aspecto de los hombres de las nieves. Mercenarios con armas pesadas, salvajes y casi primitivos; Bárbaros.

Merrik, habiendo reunido todos ahí, habló: -La verdad es que saber qué tenemos por delante nos vendrá de maravilla. Tú y tus hombres (dijo refiriéndose a mí.) irán con un escuadrón de la muerte. Su sargento a muerto así que a todas luces, considérate sargento mayor, Iréis con los bárbaros pero no exploraréis uno de dos caminos. Iréis a la bifurcación que hay para dirigirse a uno u otro camino. Si los mapas que Alrik y Bruni nos han mostrado son ciertos, debería haber una torre de vigilancia abandonada allí. Quiero que la exploréis y, en caso de estar ocupada, la vaciéis de toda resistencia. Reclamadla y mantened la posición hasta que lleguemos. Recoged toda la información que podáis encontrar una vez allí.

-Entonces señor, vamos a necesitar tiempo para descansar; podríamos partir mañana al anochecer, con todas las fuerzas recargadas.- Dije.

Merrik contestó: -Lo siento pero no, no puedo daros tanto tiempo. Nosotros partiremos al mediodía de modo que deberéis salir de aquí antes. Descansad unas horas, os avisaré cuando os toque partir. Si necesitáis equipo, avisadme, os lo proporcionaré.-

Asentí con un movimiento de cabeza. Miré a Redrik y con una seña, éste se presentó con los nuevos cuchillas asignados a mi núcleo y comenzó a hablar con ellos, mientras hacía anotaciones con carbón en un pedazo de papel. Luego continué.- Por la naturaleza propia y la de mis hombres, nos sentimos más cómodos andando a pie, a menos que decidan que ir a caballo es más apropiado preferiríamos ir de esa manera.-

Fue entonces que los bárbaros hicieron su participación, aconsejando firmemente que ir a caballo sería mejor. Sin contratiempos cubriríamos más terreno en menor tiempo, y en caso de algún incidente, podríamos ser más rápidos al escapar.

-“Escapar.”-

Repetí en voz baja esa palabra y su sabor al deslizarse por mis labios fue casi como la miel. Era una sensación tan dulce y sobrecogedora, algo en lo que nunca había pensado y que era tan real y posible que estos mercenarios la usaban con tanta familiaridad. “escapar.” Sí. Si lo quisiese, esa misma noche podría tomar mis cosas y aprovechando la confusión, salir del pueblo. Para cuando lo notaran, yo ya estaría lejos, muy lejos. ¿Quién se atrevería a detenerme? ¿Quién se tomaría la molestia de seguirme? Por el momento, guardé la idea para mí y continué prestando atención.
Merrik adoptó la idea de ir a caballo y se decidió entonces ir montados. Cada uno llevaría una montura y en ellas se repartiría el peso del equipo de cada uno.

Redrik terminó de entrevistarse con los cuchillas y trató de hacer lo mismo con los bárbaros, aunque está entrevista fue mucho más corta a pesar de que ellos eran más numerosos, se acercó y me dijo algo en voz baja y luego continuó escribiendo.

-A caballo iremos entonces.- Dije. –Alférez, Redrik le entregará por escrito el equipo que necesitaremos, ha tomado nota también del equipo de los cuchillas que ahora se integran a mi formación, los hombres y mujeres que nos acompañaran dicen que prefieren hacer ellos su propia solicitud de manera directa con usted, ya que hay equipo que quizá no se les pueda ser proporcionado. Por nuestra parte, mis cuchillas y yo ocuparemos un par de carromatos para pasar el resto de la noche y esperaremos su instrucción de partida.-

Así se acordó y luego de una breve pero formal presentación con los integrantes nuevos del grupo, así como con los barbaros, y luego de que Redrik le entregara por escrito a Merrik la lista de equipo para el viaje, nos retiramos a dormir.

-//-

Redrik y Saeed se encargaron de las presentaciones con los nuevos cuchillas y de alojar a los bárbaros en un carromato de los cuchillas. Seguida de Alanayn y foxhoud, caminé despacio hacia el carromato. Los tres entramos y rápidamente el lobo se echó en un rincón del mismo, estirando las patas listo para dormir. Por mi parte, me quedé de pie, mirando alrededor mientras Alanayn se despojaba de sus armas. Días atrás, veinte cuchillas lo habíamos compartido en el viaje en el viaje de venida. Volví la mirada a los lugares que ocuparan antes Haramir y Quincy, ellos ya no volverían, apreté los ojos aguantando.
La elfa blanca se acercó por mi espalda y poniéndome una mano en el hombro me dijo. –Vamos, te ayudaré a desvertirte.-

Mi armadura era un poco más complicada que la del resto de mi equipo y tal cual, necesitaba ayuda para deshacerme de ella sin mucho esfuerzo. Me descolgué de la espalda el sable curvo y me quité el cinto mientras la elfa desabrochaba los tirantes de cuero de mi espalda para retirarme el peto de la armadura. Alanyn se puso frente a mí, y se agachó para que sin yo sentarme, esta me retirará la parte baja de las botas. Me sujeté de sus hombros para no perder el equilibrio. Una vez las quitó, miró mis pies un con extraña curiosidad. Me sentí apenada un momento y desvié la vista. Para ella, yo debía ser horrible.

Como propiedad de la elfa, tenía la piel suave y tersa, blanca como la nieve y firme, su rostro, también propio de su raza era hermoso y parecía radiar siempre una luz cálida, su gesto, parecía estar formado por una perpetua y envidiable paz. Alanayn pertenecía a un mundo al que yo no, y se comunicaba con el de maneras misteriosas, con mucha tranquilidad.

Sentí entonces sus manos sobre mi costado, ahora tenía el torso desnudo y la sensación cálida de sus manos en mi cintura fue tan agradable como desconcertante. En Zhakesh, todos los cuchillas tanto hombres como mujeres compartíamos los baños, y era común vernos desnudos por completo entre nosotros, no era parte del entrenamiento como tal, pero no sentía ya ninguna vergüenza ni pudor de mostrar mi desnudes, aunque ahora en este momento, me sentía frágil e insegura. Volvía la mirada y me encontré con su rostro sereno, mirando como quien revisa y diagnostica.

-La herida ha cerrado bien.- Dijo. La cataplasma que te pusimos ha cicatrizado la herida, no creo que se vuelva a abrir. No tanto así la herida que llevas en el corazón, Khiryn. –Diciendo esto último puso su mano sobre mi pecho desnudo a la altura de mi corazón.
La sensación de su palma sobre mi piel me hizo temblar. El hecho de que pronunciara mi nombre y me llamará por este en lugar de por mi rango también fue una sensación extrañamente personal. Desde hacía hace mucho, nadie me llamaba por mi nombre de pila, y cuando lo hacían, era de manera mucho más formal y distante.

Confundida, desvié la mirada, pero caí en el lugar del carromato que ella había ocupado en el viaje, justo a mi lado. La imaginé ahí sentada, sonriendo y charlando, muy atenta de mi y de los demás. Luego miré de nuevo los lugares que ocuparan Haramir y Quincy y volviendo la mirada a la elfa me encontré con sus ojos. Serenos y profundos como lagos en calma, ella me entendía, ella estaba ahí y me había salvado la vida. Si no fuera ella, yo hubiera compartido el destino de los demás y mi alma se hubiera fundido con el fuego verde de los sabios de la tierra negra y mi cuerpo habría exhalado el último aliento haciéndose uno con la tierra del pie de las drakenfang.

Fue ahí que me derrumbé. Apreté los ojos y bajé la cabeza apoyándome en el hombro de la elfa. Las lágrimas brotaron de mis ojos con fuerza casi violenta y entre sollozos maldije la vida cuestionando sus motivos.
-¿Por qué debe ser así? ¿Para qué sirve todo esto? ¿Por qué Alanayn? ¿Puedes tu decírmelo? ¿Lo sabes? ¿Sabes de qué se trata todo esto? ¿Qué bien se gana con la guerra y la muerte? ¿Qué hay de bueno en el sufrimiento de tanta gente? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? Si no fuera por ti… yo…. yo… estaría…- .Sollozos.

La elfa recargó su mejilla contra mi cabeza y con sus manos trataba de apaciguar mi tormenta acariciándome el cabello.
Yo, incapaz de permanecer de pie, me dejé caer en uno de los asientos del carromato. Alanayn inclinándose hacia el frente me acarició el rostro y busco mis con su mirada mis ojos tristes.

-Aun eres joven, Khiryn y has sufrido mucho en esta fría vida llena de inviernos, pero eres fuerte y una guerrera poderosa con un corazón bondadoso. Un corazón que no desconoce el sufrimiento es más fuerte que el corazón que sólo conoce la dicha; es ahí, querida Khiryn dónde nace la belleza de tu alma.-

Dicho esto, se inclinó un poco más y con delicadeza pero con decisión junto sus labios con los míos. Por un momento, mi propia sorpresa me llevó a otro lugar, dónde la situación que acontecía y el tormento del día dejaron de existir. Cerré los ojos y tomando su cabello entre las manos también la besé. Un instante.

El sonido de pisadas y voces familiares fuera del carromato hicieron girar mis orejas felinas. De inmediato, me hice hacía atrás, deshaciendo el momento. Alanayn me dedicó una sonrisa sincera y diciendo “estaremos bien” me dio la espalda. Me levanté y busqué entre el equipaje un ropón de lana con el que me vestí justo cuando Saeed, redrik y los nuevos cuchillas entraron en el carromato.

Ya con el ropón encima, tiré unas mantas sobre el piso, me quité por fin los pantalones; Alanayn por su parte, comenzaba a quitarse la armadura; los cuchillas en el carromato eran, a pesar de ser soldados, lo suficientemente decentes para no mirarla fijamente a pesar de su belleza. Ella, era sin duda un ser excepcional, aunque se sabía atractiva, llevaba este rasgo con humildad, caminando en la delgada línea del soldado frío y sin pudores y la delicadeza de sus movimientos femeninos. A pesar de eso, la elfa hacía ese tipo de cosas, como ahora de desvestirse sin pudores frente a sus camaradas para atraer la atención de los hombres. O tal vez, para llamar mi atención.

-No tarden en dormir que mañana será un día largo otra vez.- dicho esto, me tumbé sobre una manta en el piso y me tapé con otra; sólo con hacer esto, el lobo se levantó y caminó hasta echarse ahora justo a mi lado. Caí dormida pesadamente.

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Lo único que recuerdo de la noche fue haber visto muchos, tal vez cientos de rostros inantiles devorados por las llamas. Lamidos por el fuego hasta que su sangre se hiciera burbujas y de ellos solo quedaran los cráneos con gesto de perpetuo dolor. Dolor y llanto. Las lágrimas carbonizadas caían sobre mi como una tormenta de ceniza y ecos distantes de gritos de ultratumba que clamaban al cielo y me recriminaban que podía haber hecho más. Qué podía salvar a más. Caminando entre los cadáveres y los escombros oscuros, vi una niña que temblaba, estaba de espaldas y el cabello pelirrojo y largo le llegaba hasta la cintura.
Le tomé del hombro tratando de consolarla y ella, al volver el rostro vi mi propio rostro, con el rubí en la frente y los ojos ámbar llenos de lagrimas.

-Pudiste salvarme.- Dijo.

Y luego su carne se desvaneció entre mis manos dejando solo un cadáver de cabellos negros.

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Desperté bañada en sudor frío, con un sobresalto que me hizo erguirme en mi lugar y con la respiración agitada. A mi lado, el lobo comenzó a lamer mis mejillas. En el carromato, todos dormían, Saeed roncaba.
Me levanté con cuidado de no hacer ruido. Tomé mis cosas y caminando con pasos sigilosos y ligeros salí del carromato seguida por el lobo. Fuera, aun era de noche, y parecía que el sol no se vería en varios minutos más. Caminé por entre el campamento de los cuchillas hasta los baños públicos. Un par de guardias de la ciudad apostados en las puertas me permitieron entrar, en soledad, y casi total oscuridad, lavé mi cuerpo, repasando cada uno de los detalles de la plática que antes tuviera con Merrik y los bárbaros; y a pesar del episodio que viviera la elfa, no me molestaba e buscarle una explicación a algo que me era tan ajeno como el amor o el deseo, incluso la pasión o un simple beso eran temas en los que no profundizaba demasiado; al final no me concentraba en nada más que en mi deber.

Mi deber.

Luego de asearme y hacer mis necesidades me vestí con mi armadura completa, y de regreso al carromato, pasé por un improvisado puesto de vigilancia dónde al parecer un soldado regresaba con noticias. Nada nuevo por informar. Y eso era bueno. Sin más, continué mi camino.

Abrí la puerta del carromato ahora sin cuidad de no hacer ruido, permanecí en el umbral de la puerta unos segudos viendo a dormir a mis sabuesos. Debía mi vida a estos hombres. Una sonrisa de confianza se dibujó en mi rostro antes de hablar.

-¡Arriba todos; Merrik no tarda en llegar con los caballos!-

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Ya con el sol del alba a punto de bañarnos y dispuestos con el equipo y caballos que Merrik consiguió para cada uno de nosotros. Los cuchillas y los bárbaros nos juntamos en la puerta más cercana las montañas. Salimos de la ciudad a paso lento, sin ninguna ceremonia, sin ninguna despedida más que unas últimas instrucciones por parte del alférez. Ya fuera y después de haber andado unos metros, me volví hacía la compañía y dije en voz alta para todos.

-Si alguien entre los presentes sabe rastrear, que venga a la cabeza conmigo y el lobo. El mejor de sus combatientes y el más pesado de ellos, cerrará la fila junto con Saeed y dos más de mis hombres. (dije refiriéndome a dos de los tres nuevos cuchillas.) Alanayn tu irás al centro de la formación, con tus ojos y tu arco, te encargarás de vigilar ambos, tanto la vanguardia como la retaguardia.

¡Estemos atentos!-

Y con la luz violeta del amanecer, nos enfilamos a las montañas.


Avanzamos a trote, con poca plática durante la mañana. El sol se iba colocando cada vez más alto en la bóveda celeste, bañando con luz el rojo amanecer en las afueras de Valtburgh.

Bajo los cascos de las monturas, el sonido de las pisadas se apaga en charcos, con ruidos húmedos salpicaban el lodo que se había formado por viseras y sangre de nuestros enemigos caídos la noche anterior. El olor a carne podrida comenzaba a levantarse a pesar del frío que hacía que el desgaste de la carne muerta fuera más débil y en este campo ya no crecía nada más que la muerte. Algunos soldados de la ciudad hacían los preparativos para incinerar los cuerpos de los muertos en una gran pila tan pronto la gente comenzara su éxodo desde los muros de la ciudad hacía las montañas.

Sin duda, hubiera preferido andar a pie, y aunque no era mal jinete, no ser dueña de mis pasos me ponía nerviosa. Era un alivio, sí, el no tener que cargar yo misma mis cosas durante la dura subida por las montañas, pero los caballos nos hacían vulnerables, ruidosos y muy detectables. Odiaba tener que meterme en territorio enemigo sin saber a ciencia cierta qué o cuántos me asesinos me voy a encontrar y peor, cantando mi entrada a todas voces y ecos con los cascos del caballo. Sin embargo, poco podía yo hacer ya. De manera casi unánime se había decidido que fuéramos montando, ahora bajo la molestia trataba de ver las bondades de avanzar sin cansarme.

El camino fue una lucha de poderes a la que pronto me rendí también; por razones que están más allá de explicación, me correspondía liderar este grupo, y si bien los cuchillas eran lo suficientemente obedientes para saberlo y acatar, los bárbaros no. Hasta dónde ellos respecta, su líder era su contratante Merrik, y aunque este me había dado a mí la orden, insistieron todo el camino en pasarse sus órdenes por los huevos y encargarse de la vanguardia de la marcha. Marcha por demás desorganizada. No me sorprende que la noche anterior los hubieran cogido por sorpresa, lo que me sorprende es que a pesar de lo que vivieron la noche anterior, aun insistan en comportarse y actuar tan desorganizadamente.

Sé bien que no soy la más conocedora de los orcos, y entre estos hombres se encuentran valientes y sabios guerreros que sin duda tienen en campo mucha; muchísima más experiencia que yo, y aunque a cada uno le di su lugar, ellos obviaron el mío. No importa ahora, no discutí con ellos; llevarlos al frente en verdad me quita un peso de encima.

La subida en la montaña fue lenta y si bien el sol estaba ya totalmente visible, en esta cara de la montaña la sombra de la noche aun era espesa. Los árboles se cerraban sobre nuestras cabezas y a nuestros pies los caballos andaban cada vez más lenta y pesadamente; ahora más que nunca deseaba ir entonces a pie; pues el avance con caballos a través de la arboleda era mucho más lento que lo que hubiéramos podido avanzar a pie. O al menos esa era mi percepción hasta que el camino lentamente comenzó a ancharse y la arboleda a abrirse sobre nosotros hasta brindarnos un camino bien definido y firme. En este punto, era más que obvio el paso de los orcos por el camino la noche anterior. El piso estaba aplanado por cientos de pies, árboles derrumbados en los límites del camino, muestra de que el marchar de los orcos poco se preocupan por evitarlos, incluso había en el piso, entre las huellas que aun estaban frescas y bien dibujadas algunas evidencias de su andar, tales como pieles raídas y descuidadas, cabellos de wuargo entre las ramas, e incluso algunas partes de armaduras hechas con metal grueso, restos de que a algún miembro del contingente se le desprendió parte de su armadura y se vio incapaz de detenerse a recogerla.


El sol cayó está vez con su luz de lleno sobre nosotros; el amanecer había quedado atrás a esta hora y aunque me sentía igualmente cómoda en la sombra o en la luz era claro que para los humanos luchar en condiciones luminosas era mucho más redituable. Una parte del grupo de humanos se adelantó nuevamente y desmontaron de sus caballos, caminaron unos cuantos pasos hacía el filo de una pequeña caída de nieve y piedra; ellos conocían el lugar; es ahí dónde estaba el torreón y además era el lugar dónde la noche anterior había comenzado la batalla con ellos escapando tormentosamente hacía Valburgh. Me hicieron una señal con la mano para que me acercará. Lo qué vi no fue menos que impresionante. Ante mí se gestaba una lucha de poderes como nunca la había visto. Los remanentes vivos de la batalla que se luchara la noche anterior se disputaban el lugar que dejara el gran caudillo al morir.

Los desheredados.

Entre todos, no se podían contar con los suficientes para intentar completar la hazaña que dejara sin terminar el caudillo orco, y sin un líder absoluto que los dirigiera y comandara el caos se levantó rápidamente, poniendo a pelear a las tribus por el poder sobre las demás. Los bandos estaban bien fragmentados. Por un lado los trasgos que mucho más numerosos y echando mano de sus fieles y poderosas mascotas wuargos peleaban por levantar de entre su clan un líder; pelea a mis ojos totalmente infructuosa e inútil. Ningún orco que se respetara de serlo estaría nunca bajo el mando de un frágil trasgo. Los semiorcos en clara desventaja de poder y número pero con un poca más de inteligencia habían logrado hacerse con el torreón y desde dentro luchaban hombro a hombro contra los orcos; Orcos que por supuesto tenían la mayor ventaja de todas. Desposeídos de líder aun era una fuerza tremenda y la efectividad ruda de sus pesados equipos, armas y armaduras los hacían la fuerza dominante. La fuerza a vencer.

Las órdenes que diera Merrik la noche anterior eran claras, debíamos hacernos con el torreón, y por un momento me alegré de que los bárbaros fueran parte de mi compañía y no de haber llegado ahí sola con mi pequeño núcleo de sabuesos. Prestamos atención por un momento a la contienda que ardía delante de nosotros y desde nuestra posición le echamos una mirada analítica.

Finalmente cedí, mis ganas de llevar a cabo la misión y mi rango no eran iguales a mi experiencia en estos asuntos. ¡Qué poco sabía yo de organizar un ataque! Entonces le pedí consejo a los bárbaros para tomar una decisión, pues los rumbos de proceder eran muchos, las ideas igual pero no podía discernir por mí misma cuál era el mejor plan de ataque para lograr nuestro cometido. Por supuesto, mi primer plan fue intentar un ataque furtivo, desde lejos entre los confundidos y distraídos clanes. Una táctica ofensiva de poco riesgo pero también lenta. Esta idea fue rápidamente descartada al escuchar el plan de Mauloch que se mostraba mucho más audaz que yo.

Miré por encima de los hombros de los bárbaros la puesta de en escena de pelea entre sus enemigos; claramente, los bandos están definidos; también se aprecia el Torreón, bien custodiado pero vulnerable y cediendo. A pesar de mi autoridad y rango estaba consciente de que no tiene una idea clara de cómo proceder; además, sabía de las limitaciones en conocimientos y de propio equipo, y aunque siempre confiaba primero en su propia lógica o en la de sus compañeros y hermanos cuchillas, sabía que entre los bárbaros hay sabiduría, por eso, con respeto, pero si flaquear o hacerse menos se dirige al que parece ser su líder.

-Señor Mauloch, Quiero proceder con cautela y seguridad para evitar bajas, no quiero tener que enterrar a su gente y menos a la mía si lo podemos evitar. Entiendo que su gente tiene conocimiento sobre orcos, necesito consejo sabio acerca de la mejor manera de proceder; Necesitamos tomar el torreón y asegurar el perímetro para que los civiles puedan avanzar sin problemas. ¿Tiene usted algún plan?...
Alanayn se puso a mi lado para escuchar, de igual manera Saeed. Los gemelos y Redrick hacían lo suyo observando el blanco y los alrrededores; analizando los detalles del terreno que pudieran servirnos de cobertura o servirle al enemigo de guarida en caso de que quisiera escapar; Foxhound olisqueaba la nieve


SPOILER:
Mauloch empieza a hablar: -Pues veamos... Fijaros, los semiorcos están en clara desventaja. Van mal armados a diferencia de los orcos, y no poseen huargos, a diferencia de los trasgos. Seguramente son los que han operado las armas de asedio contra la ciudad. Si nos valemos de la jerarquía orca... Podríamos tratar de negociar con los semiorcos, sé algo de su idioma y gracias a su parte de herencia humana y a que en la sociedad orca son tratados peor que los trasgos no descartarían una alianza temporal con nosotros... Aunque esa opción no me hace mucha gracia. Que hayan luchado obligados no borra que han disparado catapultas.- Myria interviene: -Que mueran esas alimañas...- Slania la interrumpe: -Fueron los trasgos, amiga, no los semiorcos quienes se la cobraron.- La vikhar aprieta los dientes pero eso parece calmarla en cierta medida, y Mauloch sigue: -Esa es la primera opción. Otras opciones... Reseguir la empalizada y bordearla hasta llegar al torreón. Si logramos capturarlo sin que se enteren y lo barricamos podríamos hacer que los orcos huyeran. Su moral ya está por los suelos... Verles perder en manos de los humanos su única plaza fuerte posiblemente les haría huir en desbandada. Importa poco que haya supervivientes, las noticias de derrota entre ellos siempre nos benefician. Como comprenderéis, ésta segunda opción es más arriesgada. Si la emprendemos, Boros, Myria y yo nos encargaremos de mantener bloqueada la puerta mientras los demás vais limpiando la torre. Aunque creo que en entornos edificados vosotros funcionáis mejor, zhakheshianos.-
.

Me llevé una mano al mentón arremedando una pose aprendida cómo de quien piensa; bajé un poco la mirada; la verdad, cualquiera de esas ideas había ya hecho eco en mi cabeza antes de oírlas de la voz del humano. Volví la mirada Alanayn y luego hacía Saeed que miraban con atención.
Lancé un silbido encriptado y al poco tiempo Redrik y los gemelos cuyos nombres eran Bjorn y Bjarni aparecieron.
El segundo plan me convence un poco más también, Sr. Mauloch. Preparemonos pues para una incursión.
Bjorn y Bjarni irán a la cabeza junto conmigo y Redrick, estamos preparados para luchar y somos todos expertos en incursiones y ataques sorpresa; abusando de su ofrecimiento, dejaré que usted y sus hombres protejan la puerta, ayudados por Saeed, que cómo verá no carece de medios para ser un soldado, aunque su maestria es distinta a la vuestra. Si tiene un hombre rápido y hábil en duelos, lo aceptaremos en el grupo que se meterá al torreón; los demás que sepan manejar un arco, serán los segundos en entrar, necesitaremos que en el camino nos brinden cobertura y abrán un poco el camino; cuando hayamos tomado la primer planta, entonces nosotros les cubriremos a ustedes.


SPOILER:
Mauloch se acaricia la barba durante unos instantes, pensativo antes de contestar: -Slania y Thaidar os acompañarán, y también Vermin. Tiene una ballesta, y mientras no le toque acercarse podrá luchar. Entonces... Creo que sería mejor idea que primero fuéramos Myria, Boros y yo. Despejamos la puerta, nos cubrís con vuestras armas a distancia, nosotros mantenemos la posición, os metéis en tropel y de ahí en adelante pasamos a tu plan, nosotros mantenemos la puerta para evitar que entre nadie y vosotros os encargáis de limpiar la torre. Afortunadamente entre la confusión y todo... Eso sí, habría que bordear el campamento. El viento nos viene de cara, pero si cambia su dirección, los huargos nos olerán y entonces no vamos a pasar un buen rato. Habrá que ser rápidos y pasar algo alejados de la refriega central.-

-Está bien, pero entonces no irán sólos, Saeed y yo iremos con ustedes, no portamos escudos pero sómos rápidos y sabesmos formarnos; los demás de mis hombres nos darán cobertura.- Dice Khiryn decidida.


Los barbaros se separaron un momento para hablar. Luego de un momento Slania, la pelirroja, se volvió hacía mi.

-Listo Sureña; cuándo digas.

Con ambas manos me coloqué la capucha de piel sobre la cabeza y los demás sabuesos hicieron lo mismo. Me aseguré de llevar mi equipo incluida la ballesta de mano y las saetas.
-Bien, debemos atar a los caballos, entiendo que ellos nos llevarían con mayor velocidad y nos evitarian la fatiga de rodear a pie, pero si los llevamos muy cerca de la palizada los wuargos los oleran y nos descubriran antes de que podamos siquiera entrar al campamento, por otro lado si rodeamos por el bosque, las pisadas de sus cascos en la nieve nos harán igual de evidentes y montar entre los árboles nos hará lentos y blancos fáciles para una emboscada si nos descubren; deberemos dejarlos; Alanayn y Redrick los atarán mientras los demás avanzamos, no será difícil para ellos alcanzarnos a la brevedad.
Llevaron entonces los caballos a una buena distancia y los ataron en un punto dónde era difícil verlos debido a la espesura de la hierba,
Mientras, los demás, manteniendo del lado izquierdo la palizada del campamento, manteníamos una distancia prudente y un paso suave pero continuo mientras robábamos metros al camino rodeando el campamento de orco. Pronto habríamos de llegar al lugar desde dónde el cuál nos colaríamos para hacer nuestro ataque.

El plan se puso en marcha, sólo tras la amenaza de la mujer bárbara pelirroja; --Más os vale que no les pase nada a los caballos. Áodh lleva conmigo desde hace muchos años.-

Al principio, la infiltración no parece tener muchos problemas; ocultos entre las palizadas y las tiendas raídas de los orcos todo el grupo avanzó con sigilo, más que con velocidad. Acechando al enemigo; paso a paso. Sin embargo en un momento; un par de orcos cayeron sobre una tienda a un lado, aplastándola bajo sus cuerpos. Quedando yo y la pelirroja al descubierto. Uno de los dos orcos tenía la empuñadura de un grueso machete en el pecho, el segundo sobre él; nos miró con desconcierto; en este punto, fue la pelirroja que con acción inmediata, más por reacción que por propia decisión, cargó una flecha en su arco y la soltó con tal potencia y certeza que se le encajó al orco entre ceja y ceja; asesinándolo por completo. Luego me tomó la mano y me jaló hacía ella. –Nos ha ido por los pelos. –Dijo. –Menos mal que los demás no se han dado cuenta.-

Tras el incidente, apretamos el paso para avanzar con mayor velocidad. La pelea entre los clanes se había ya recrudecido, haciéndose cada vez más intensa. A este punto, esto nos beneficiaba, pues su atención estaba ficha en ellos y no esperaban que las ratas humanas se colaran en boca del orco. Llegamos al último punto; ocultos tras una palizada baja, de espaldas a la puerta. Un par de orcos en el umbral de la puerta del torreón se mataban entre ellos, absortos en la pelea. Un ligero movimiento de cabeza de Mauloch y estábamos listos. Asentí ante su señal y con un silbido leve avisé a mis cuchillas.

Corrimos con toda la velocidad y sigilo hacía la puerta, en relativa seguridad ocultándonos entre el ruido de la batalla. Las dos mujeres bárbaras y los cuchillas descargan sus arcos y ballestas contras los semi orcos que custodiaban la puerta y los dos orcos peleando, haciendo que todos cayeran justo al momento que atravesamos la puerta.


Apenas logramos entrar y los gritos y rugidos de los moradores se dirigieron en nuestra dirección. Nos habían descubierto. Mauloch despedazó de un tajó el cuello de un wuargo que se abalanzó contra él, con desesperación y mando, lanzó la orden que nadie contradijo. En este punto, era él que dirigía al grupo. -¡Vamos maldición, ahora es la vuestra! ¡Tendréis que despejar la torre sin esperarnos a nosotros!-


Sin esperar la orden apresurada de Mauloch, yo ya me encontraba de carrera por el interior del torreón; Con Foxhound, Alanayn y Saeed pisándome los talones. En este punto el olfato del lupino y el mío propio serían grandes herramientas para emboscar a los semiorcos que cuidaban en interior y evitar a si mismo sus emboscadas. Alanyn escrutaba con la mirada cada rincón con la arbalesta bien preparada y a la altura; Saeed cerrando la formación también tenía la arbalesta.
En este primer salón era obvia la defensa mortal que se había plantado aquí; había cadáveres por todas partes y las paredes cubiertas de sangre, armas abandonadas y un profundo y asfixiante olor a caos y muerte; las cenizas moribundas de un fuego me hicieron entender el intento infructuoso de prender fuego a la estructura. Sin pensarlo, descargábamos nuestras saetas contra cualquier cosa que se nos pusiera en frente, con la seguridad de que los barbaros se habían quedado detrás para resguardar la entrada, el camino hacía el frente sólo no traería enemigos. Avanzamos rápida y silenciosamente, mis pasos, así como los del lobo y la elfa no generaban ningún sonido; moviéndonos como sombras; más de una vez el gruñido y lenguaje corporal de Foxhound nos pusieron sobre aviso de la presencia de enemigos cerca; enemigos a los que atacabamos rápida y letalmente desde todas direcciones.
Mi entrenamiento cuchilla me había servido para saber incursionar furtivamente en edificios, usando los codos de los corredores como trinchera y usando las paredes, trabes, columnas y puertas a favor. No era poco común para mi, dada mi condición racial trepar un muro justo junto a la vuelta del corredor y apuntar desde arriba, desde no era claro para ellos ser atacados y responder con facilidad.
El camino nos llevó a hasta la escalera que ascendía serpenteante la estructura; este sería el mayor reto de todos pues atacar desde la posición inferior y con poca cobertura era una tarea difícil; era aquí, donde la velocidad y la agilidad para ganar terreno y ponerlo a favor valían más que la fuerza física y las saetas.
La ventaja nuestra es que, los orcos poco delicados y con poca inteligencia, anunciaban mucho sus disparos y en la pelea cuerpo a cuerpo en escaleras, eran más pesados y torpes, situación que usaríamos a favor para ganar terreno y lograr atacar desde arriba.

Logramos subir un tramo de las escaleras, y repentinamente, el furor de la batalla desapareció. Una extraña calma se extendía desde los pisos superiores, como si no hubiera luchas entre los clanes ahí. Avanzamos con cautela, pero algo andaba mal; el lobo lo sabía, los cuchillas lo sabían y sin embargo seguimos adelante. Subimos con cautela el último tramo de escalera que nos separaba del primer piso; pero la cautela no fue suficiente, nos esperaban. No cazaban. La descarga de flechas fue sorpresiva. Fue letal. Foxhound recibió una flecha en el lomo, Alanayn cayó al piso retorciéndose de dolor; se tomaba el estomago, una flecha se incrusto en mi hombro derecho; profunda, no era letal pero era muy dolorosa. Bjorn, el gemelo cuchilla se llevó la peor parte. Cayó, como un costal. Inerte. Hacía atrás, con un solo sonido sordo y gutural. Bjarni, justo tras él su gemelo, lo sujeto un momento en su caída. Una saeta se le había colado en el medio de la garganta, matándolo de inmediato. Las flechas nos obligaron a replegarnos un poco; y buscar una manera más segura para lograr el ascenso, desde fuera no parecía que los clanes se unirían y hasta este puno pensé que la resistencia dentro del torreón sería menor

Corrimos a escondernos tras una robusta mesa que, antaño formara parte de los muebles de la estructura, ahora no era más que tablas pegadas una con la otra, sin embargo, era gruesa y cubría bien las cortas flechas de los trasgos. Un semiorco que aun vestía unas sangrantes muestras de batalla, hacía sonar su escudo y su poderosa voz, al parecer, pidiendo refuerzos. Saeed descargó su arbalesta contra el orco, acertando con contundencia en su estómago. Usando la mesa como barraca, logró además brindar un poco de atención a la elfa, usando una pasta curativa que llevaba con el. Redrick también descargo con éxito su ballesta segando la vida de uno de los trasgos.

Redrick y Bjarni tomaron la mesa por los extremos y usándola como una palizada móvil comenzamos a avanzar; los pasos provenientes del piso de abajo por la escalera nos avisaron de la llegada de Slania y Vermin, que rápidamente se sumaron a la fuerza atacante descargando sus arcos por encima de la barrera de madera contra los semiorcos t trasgos en el umbral de la planta superior. El avance era un poco más lento pero seguro, Saaed atendía con prontitud las heridas de la elfa e incluso compartió conmigo un poco de su pasta curativa, mientras yo pobremente trataba de atinarle a algún con la ballesta corta que llevaba. Cuando la lluvia de flechas enemigas cesó, le hice la señal a foxhound; un par de chasquidos de lengua y el lobo entendió la orden. Me miró con desconcierto pues era la primera que ponía a prueba la habilidad que su anterior dueño me enseñara, pero la situación lo requería.

El lobo lentamente comenzó a cambiar, su hocico se hizo mucho más grande, y de aspecto temible. El cabello se engrosó y se hizo muy espeso u abundante. Las patas del lupino se hicieron largas y sus ya fuertes garras ahora doblaban su tamaño. El cuerpo del lobo también creció, y con él su fuerza y bestialidad. Foxhound se lanzó con pesada velocidad escaleras arriba, corriendo a grandes zancadas y antes de que los trasgos pudieran siquiera desenvainar sus espadas. El lobo destrozó sin mucho problema a los dos trasgos que quedaban con vida, mientras que un tiro perfecto de Vermin acabo con la vida del último de nuestros enemigos.

Llegamos por fin al piso. La escena era incluso desgarradora. Cuerpos desmembrados, con los vientres abiertos en zanja, muchos cadáveres de trasgos y algunos wuargos reducidos a alfombras era el paisaje del piso. Era un piso amplio y algunos muebles habían sobrevivido a la cruel lucha que se hacía obvia sólo con estar ahí. Las gruesas paredes de piedra pulida y los viejos blasones de los hombres y los enanos colgados de la galería superior se habían bañado con la sangre de los caídos de los tres clanes. “Córtale la cabeza al líder, y los demás empezarán a asesinarse,” habían dicho Mauloch y Slania poco antes, no había mejor evidencia de tal aseveración que ahora. Algusno cuerpos incluso parecía que aun se retorcían con grandes y oxidados machetes de guerra saliéndoles por el pecho, cuello o estomago.

-Este es nuestro fuerte, nos acuartelaremos aquí y no retrocederemos. –
Dije con una exagerada confianza, más con intención de darme ánimos a mi misma que a los demás. El hombro me dolía, y me costaba trabajo mover el brazo, pero aunque estaba asustada, mis palabras iban cargadas con verdad; yo ya había llegado hasta ahí. No me iba a mover, ni a retroceder.

Los pasos de un grupo de lo que me parecieron semiorcos hicieron eco en la escalera; anunciando la llegada de un nuevo contigente de enemigos.

-Rápido. –Dije. – ¡Tiremos los puebles al piso y usémoslos como barricada; compliquémosles el paso, Todos los arcos y arbalestas apuntando al umbral de las escaleras, descarguen tan pronto vean al primer enemigo!

Con una rapidísima acción, los cuchillas acomodamos las mesas y demás muebles como una especie de palizada, dibujando una luna creciente lo más alejado a las escaleras que pudimos; nos colocamos a resguardo tras estas y preparamos nuestras saetas.

-¡Disparen a Matar!-

Los poderosos pazos se acallaron por las escaleras dejando el espacio al silencio, silencio que me pareció se prolongaba demasiado, susurros de voces diminutas y chillonas, rasposas gargantas casi infantiles maldiciendo, y en un estallido sorpresivo, fueron trasgos los que atravesaron el umbral. Muy velozmente muchos lograron evadir la descarga de flechas, cinco de ellos cayeron muertos en el acto por los virotes de Saeed, Vermin, Redrick y Slania. Los demás lograron evadir las flechas, y usando sus ágiles y pequeños cuerpos embistieron con potencia y velocidad sobre la improvisada barricada. La defensa a distancia no había resultado; ahora, tocaba sin querer sacar las armas.

La elfa, al ser la única herida de gravedad hasta el momento, se desplazó hacía atrás, lográndose apartar un poco de la batalla, pero perder su agilidad en batalla y su inugualable puntería le vino muy mal al grupo; Saeed, al verse descubierto por el flanco, recibió de un rastrero trasgo un estocada muy profunda en el costado; lo suficiente para doblar de dolor y poner de rodillas al más impresionante de los guerreros que nos encontrábamos ahí. Con su fuerza, trató de desembaraza del trasgo, pero disminuido por la herida le fue imposible; Foxhound no corrió con mejor suerte. Siendo los trasgos expertos en wuargos y lobos, recibió de uno de ellos un fuerte machetazo en el hocico, dejándolo imposibilitado para morder y con la mandibila tal vez rota; un fuerte aullido estremeció la habitación; mientras otro guerrero trasgo aprovechaba la situación para asestarle un profundo en el lomo. A este punto, sólo su fuerza animal y su instinto de conservación mantenía con vida a ambos, al lupino.

Traté de acercarme a Foxhound cuando otro trasgo saltó por sobre la mesa encarándome de frente, lanzó una puñalada rastrera pero la vorágine de su ataque lo tomó mal parado, está fue quizás la última vez del que vi a la reina suerte jugar a mi favor, pues el trasgo resbaló golpeándose la nuca en la caída, fracturándose el frágil cuello y muriendo en el acto. Vermin mucho más efectivo, logra disparar su ballesta contra el trasgo que había herido al lobo, logrando pasar el virote por su cuello que en su viaje acabó incrustándose en la pierna de un segundo enemigo, enemigo que Bjarni remató aplastándole la cabeza con el pie, haciendo que tronara y reventara por la corona.

Redrick, en un arranque de furia, logró quitarle de encima a Saeed el trasgo que intentaba matarlo, mandándolo a volar hasta el otro lado de la habitación, en dónde se estrelló de espaldas contras la pared rompiéndose el cuello y muriendo, sin embargo, Saeed no fue capaz de levantarse a causa del dolor que le provoca la herida.

Del ataque, sólo dos trasgos quedaban ya en pie, que lejos de acobardarse comenzaron a prepararse, incluso esperando, pues por la escalera se oían lo fuertes pasos de al menos siete u ocho semiorcos que chocaban sus metales de manera amenazante. La situación no era menos que desesperada y el final de las hordas enemigas se veía lejano, igual que nuestras posibilidades de ganar.

Con el lobo mal herido una chispa se enciende en mi, que no aminora al darse cuenta de la gravedad de la herida se fiel amigo Saeed; en vista de que sólo quedan un par de trasgos, salí de mi escondite ignorando el dolor en el hombro dispuesta a luchar; aun así evitando grandes esfuerzos. Bjarni; el gemelo me acompañó para bridarme apoyo y tratar de matar a los dos trasgos restantes lo más rápido posible; ellos son rastreros; pero mis instintos animales y de supervivencia están al máximo.

Los trasgos ya no dieron mucho más de sí; con relativa facilidad, Bjarni y yo logramos deshacernos de los dos enemigos mientras Redrick ayudaba a Saeed a arrastrase fuera del alcance de lo que fuera que se apareciera por la puerta. El cuervo, Redrick, llevó a Saeed junto a Alanayn, mientras el lobo, cansado, fatigado y mal herido deshizo su poderosa transformación y regreso a su estado normal. Con dolor se relamía los morros tratando limpiándose la propia sangre que le escurría por la herida, con paso lento y dolorido se retiró del centro de la contienda para colocarse tras la barricada, lentamente se retiró también de la pelea.

Esta vez, fue el turno de la elfa de ayudar al humano; ella tambipen con algunos conocimientos médicos y echando mano de las pastas curativas comenzó a tratar a Saeed; tratamiento que tuvo que dejar de súbito cuando la presencia de los semiorcos en el piso se hizo evidente. Ya no había tiempo de plañera. Saeed comenzó a bajar las escaleras, seguido por el lobo.

Yo; junto con Bjarni, esperamos a los semiorcos justo frente al comienzo de las escaleras. Apenas tuve tiempo de preparar y concentrarme para utilizar mi hechizo pero este salió a la perfección; siendo capaz de confundir por un breve momento a dos de los semiorcos pude atacarlos por la espalda, aunque sus pesadas armaduras les alejaron de la muerte, cayeron confundidos, y siendo estas criaturas en extremo supersticiosas, los demás semiorcos dieron un paso atrás desconcertados; los magos no les gustaba nada.

Al momento, la descarga de todos los virotes voló por los cielos, Slania, Vermin, Redrick y Alanayn dispararon casi al unísono sus flechas contra los enemigos, pero su ataque no rindió ningún tipo de fruto. Cansados como estábamos la puntería y la potencia había fallado en todos los tiros y de no ser por el efecto de la magia, los semiorcos hubieran reído de nosotros. Sin embargo, la descarga de flechas y mi previo hechizo lograron que Bjarni, el gemelo zhakeshiano se concentrara lo suficiente para ejecutar su movida.

Seis semiorcos empezaron a aullar y a agarrarse la cabeza mientras yo sentía la inconfundible sensación de la magia... Bjarni sonrió bajo su capucha con una sonrisa de medio lado, el zhakheshiano había hecho algo.

Los seis semiorcos, enfurecidos y con los ojos brillando con una tenue luz rojiza empezaron a pelear tanto entre sí como contra sus propios compañeros, y el primero de los semiorcos murió a causa de las graves heridas provocadas por sus compañeros, y enseguida un segundo cae también. Cuatro, mas que no han sido poseídos, son brutalmente asesinados por sus compañeros enajenados, que siguen peleando entre sí mientras diez orcos bajaban por las escaleras.

La confusión era terrible, y el agotamiento en nuestros cuerpos nos comenzaba a cobrar la factura de las batallas de la noche anterior. Entre nosotros 4 heridos incluyéndome y Bjarni probablemente muy cansado a causa del hechizo. 5 semiorcos aun quedaban de pie, y frente a nosotros ahora, diez más.

Diez poderosos orcos entre los que innegablemente se encontraba el líder de su clan, pues ese, el más grande de todos vestía una armadura completa de aspecto mucho más pesado que las armaduras del resto. Por si esto fuera poco, a nuestras espaldas, subiendo por la escalera los sonidos de botas y pisadas que se aproximaban y nosotros sin idea si serían más enemigos o refuerzos, como estaba la situación, no me esperaba que fueran refuerzos.

El orco con apariencia de líder se remojo con la lengua los labios al mirarnos. Dibujó una sonrisa siniestra con su horrible y gruesa boca y sin evitar el tono de burla dijo en voz alta:

-"Parece que la diversión ha venido a nosotros... Aplastar sucios trasgos y miserables semiorcos se hace aburrido con el tiempo... ¡Matadlos! Pero dejad vivas a las mujeres, hace tiempo que no pruebo una..."-

Hice caso omiso de tal insiuación. No me daba miedo lo que estas bestias pudieran hacerme; no miedo no era. Estaba a estas alturas más allá del miedo y el pánico. Con los heridos, la retirada no era opción; aun así, y sin la certeza de que los pasos en la escalera que sube serian aliados; no podíamos apostar por bajar las escaleras y que los orcos nos alcancen en terreno desventajoso y de espaldas. Si quizá fuera un plan contra los semiorcos, con los orcos vistiendo armaduras hubiera sido otra cosa.

Sólo por un momento miré en derredor para ver a mi equipo. Sabía bien que si sólo fuera yo, podría escapar corriendo y tendría una posibilidad, aun con el hombro herido, pero no estaba sola.
Suspiré pesadamente, casi resignada, pero en mi mente es para darme serenidad. No tenía miedo. No por mí. Y aunque internamente luchaba contra mi lado animal que me decía que viviera para pelear otro día, es el mismo lado animal el que me inyectaba los ojos en sangre, el que me hacía mostrar los dientes con fiereza; el que me erizaba cada cabello del cuerpo.

-//-


Saeed se encontraba ya bajando la escalera junto con el lobo; ellos son los únicos que se irían, a sabiendas que quedarse sólo nos pondría en mayor peligro y que dada la situación no nos vemos en posición de protegerlos o preocuparnos por ellos. Llevaba la ballesta cargada por lo que se tope en el camino y el lobo aun pudiera dar un aullido para avisar.
Foxhound.
Es por él por el que siento más pena, prometí cuidarlo pero en ese ahora, creo que tendré que romper la promesa.
"Tal vez, si al menos puedo comprar algo de tiempo, alguien pueda sobrevivir, y Foxhound."


Con el aliento fuerte y la voz serena, di la última orden:
-¡Ataque a discreción! ¡No se queden en un lugar! ¡Nuestra única defensa es el terreno! ¡Muévanse con cuidado y rápido! ¡Ataquen cuando el enemigo abra la defensa! ¡No dejen que los acorralen o que se acerquen mucho! ¡Que la madre Muerte me tenga presente y en su manto si he de morir aquí!
Me agazapo con un animal en cacería.
Los primeros virotes de Alanayn y Redrick vuelan a mis lados; consciente de mi espacio y terreno, espero poder evadir el ataque que se aproxima.

El chocar de los metales; logré desviar por poco el primer embate del orco que me ataca. Confusión. Los virotes vuelan y tres cuerpos caen al suelo, no veo nada más que mi daga retorciendo las viceras de un semiorco. Un sonido sordo y mucho dolor en el estomago me hacen doblarme al frente y escupir sangre. Me duele la nuca. Mis piernas no responden.

¿Por qué no me responden las piernas? ¿Estoy llorando? No sé.

Todo se pone muy oscuro…
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Khiryn

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Memoria del Carbunclo


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Re: La Horda del Gran Caudillo

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