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Cuentos de Noreth
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Tratados comerciales y otras bromas.

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Tratados comerciales y otras bromas.

Mensaje por Emiliano Cortés el Lun Nov 07, 2016 11:21 pm

Atardecía con el sol cayendo tras Phonterek; no solo la caravana que el antropomorfo había escoltado, sino unas tantas otras más, se veían formando pequeños nucleos a las afueras de la ciudad. Había cumplido eficientemente con su trabajo, aguantando las vejaciones típicas de los otros mercenarios y las miradas curiosas de las diferentes personas que conducían y cuidaban los carros. En aquella ocasión apenas si habían tenido problemas; casos sencillos de bestias salvajes a las que bastaba con ahuyentar.

Aquel lugar le provoca cierta desconfianza. Olisqueaba el aire pesado del ambiente, notando que aquella concentración tan densa de humanidad generaba un olor desagradable; no es que no estuviese acostumbrado a olores repulsivos, teniendo en cuenta de donde provenía, pero aquel hedor llamaba especialmente su atención. Resopló, molesto, tratando de decidir si entrar al lugar para aprovechar la paga. La respuesta resonaba obvia, su pragmatismo sumado a su instinto le había ayudado a sobrevivir hasta ahora; no era sabio por su parte ignorarlo ahora por el rechazo que sintiese por aquellas gentes. Se echó la capucha sobre la cabeza, ocultando parcialmente sus facciones monstruosas, y encaminó sus pasos dirección a la gran ciudad de comerciantes.

El encargado de la caravana le gritaba a lo que parecía ser un joven mensajero; era escueto, no superaría las catorce primaveras y mucho menos tenía templanza para enfrentarse a una persona con los prontos de Nagashi. La tonalidad blanquecina del rostro del comerciante se había tornado en un rojo intenso. Era un hombre de baja estatura, con un poco de joroba, de ojos rasgados. Sus cejas eran pobladas y de cabello gris; una barba del mismo color, mal cuidada, recubría su rostro con furtividad. Su cabeza solo tenía cabello en los laterales y la parte de atrás, dejando una reluciente calva en la parte superior que destacaba por el tiempo que el mercader dedicaba a abrillantarla.

- Llevo días ¡Semanas! ¡MESES! de ciudad en ciudad y ahora me dicen ¡ME DICEN! que tengo que volver a ponerme en camino… ¡A MALIK-THALIS! - se llevó las manos a la cabeza - ¡INÚTILES! ¡DESCONSIDERADOS! ¡BURÓCRATAS DE MIERDA! - gritó aquello señalando con su dedo índice, con un gesto evidentemente despectivo, a las puertas de la urbe.

-  ¡EH, TÚ! ¡LAGARTO! ¡ESPERA! - el mercader jefe estaba acostumbrado a la presencia del reptiliano, provocando que hubiese desarrollado una confianza inusitada a la hora de tratar con él; ya le conocía de otros viajes y aquel antropomorfo solo mostraba su furia en la batalla. Este se giró, dirigiéndole una mirada de pocos amigos y resoplando airado como contestación. Las palabras le daban igual, pero su voz chillona se clavaba como un puñal en sus sienes. No tardó el comerciante en arrepentirse de hacer uso de aquellas formas con el lagarto, pegando un respingo y moderándose atropelladamente -  Creo que voy a necesitar de tus servicios durante un tiempo más... - dijo, poniendo toda su atención en el antropomorfo, momento que el joven mensajero aprovechaba para intentar escabullirse de la ira del anciano. Emiliano agarró al chico por el cuello de su camisa de lana, sabiendo que necesitaría de este en lo que iba a continuación; el comerciante supo que había captado la atención del mercenario -  Sería hasta Malik-Thalis, un viaje más corto que el que hemos realizado - el mercader sonrió, esperando, sin demasiada esperanza, que la expresión afable hiciese mella en la muralla helada que protegía la personalidad del Woe de tales gestos.

- Hmmm… - el lagarto izó entonces el mensajero con inquietante facilidad - ¿Qué sabes de Malik-Thalis? - le preguntó sin titubear, acercándolo hasta poco más de cinco centímetros de sus fauces - No… no…. mucho… señor - el chiquillo temblaba ante el antropomorfo - es… es una ciudad de rufianes… si… eso dice mi madre… todo tipo de malas gentes la pueblan… mi señor… señor - el tono cobarde del chico incordiaba a Emiliano, un cachorro de este porte no habría durado ni un día en la ciénaga. El mercader echó una mirada de fastidio al mensajero, pensando que el antropomorfo encarecería sus servicios ante tal información - ¿Cómo dirías que es de peligroso el camino? - insistió el reptiliano - Mucho señor… bastante… ¿Puedo irme ya…? Perdone… señor… mi señor… por favor - lo soltó con rudeza, dejándolo caer al suelo. La pobre criatura no tardó en salir corriendo, como llevado por el viento, para volver a la seguridad del hogar.

-  ¿Y bien? - dijo el mercader, un tanto resignado, esperando su respuesta. El lagarto se quedó pensativo, rascándose la barbilla mientras meditaba - Tengo suficiente dinero pero mi arma es de mala calidad… - empezó el lagarto -  ¡Te conseguiré una mejor! En Phonterek tenemos grandes herreros que te harán el mejor acero ¿Qué te parece? - dijo el mercader, interrumpiéndole y haciendo gala de su impaciencia. Emiliano le gruñó, sonoramente, haciéndole dar un nuevo respingo - Escuché a tus hombres hablar sobre el Cristal de Magma - el rostro del comerciante se desencajó levemente - quiero un mandoble cuyo acero sea sustituido por ese material - finalizó, sin apartar la mirada del envejecido mercader -  Es un tanto excesivo  ¿No te parece? Ese material es bastante caro y difícil de conseguir, ni qué decir que la vaina para contener sus propiedades es igualmente costosa - le tocaba resoplar al enjuto hombre -  es demasiado… - negó con la cabeza.

El antropomorfo, a toda respuesta, se encogió de hombros y se dispuso a marcharse hacia la ciudad, sin intención de ceder en sus condiciones para escoltarlo en el viaje a Malik-Thalis. El mercader lo observó marchar, pensativo, haciendo números de cabeza para intentar encontrar una respuesta o punto intermedio que satisfaciese sus demandas. Aquel reptiliano le había servido demasiado bien en los caminos; tenía conocimiento, por lo que habían dicho los mercenarios encargados del rastreo, que más de una emboscada de bandidos había decidido no arriesgarse con aquella caravana. Era indudable que unos mercenarios bien armados bien podrían espantar a una banda de rufianes en sus intenciones, pero para luchar contra la ambición de un humano no había mejor forma que inspirar el miedo en su corazón: Emiliano aquello lo hacía de maravilla. No era sencillo encontrar un Woe (Pues sabía de su condición) que fuese lo suficientemente razonable como para contratarlo y que encima no causase destrozos ni matase a sus mismos aliados en el proceso. Por decir, simple y llanamente, era hasta difícil encontrar un Woe, a secas.

-  Puedo conseguírtela a un precio bastante más bajo de lo usual, que es más de lo que simplemente conseguirías tú - el reptiliano se detuvo, mirando al mercader -  con tu aspecto y tu conocimiento más bien escaso del negocio, dudo mucho que pudieses encontrar por tu cuenta alguien que te vendiese Cristal de Magma. Yo tengo los contactos necesarios, pero simplemente no puedo ofrecértelo sin más como pago; me supondría una pequeña ruina  - el mercader suspiró, frotándose la nuca con sus manos callosas y posteriormente colocándose malamente las polvorientas ropas del camino. Emiliano escuchaba atentamente, pensando en las palabras del astuto comerciante - ¿Tenemos trato? - extendió una de sus huesudas manos hacia el antropomorfo, manteniéndola así durante un momento - Tenemos trato, vieja tortuga - dijo y estrechó su mano, tal y como había aprendido de las costumbres humanas. El comerciante sonrió complacido - Ya te he dicho que me llames Nagashi. Deja esas tonterías de tortuga, maldito lagarto - le espetó - acompáñame a la ciudad, me temo que esta vez la mercancía que tenemos que transportar requiere que me adentre en un lugar donde no me apetece nada ir solo -  el lagarto asintió, a toda respuesta. Nagashi se encaminó hacia la puerta, con paso firme pero afectado. Al fin y al cabo ya era un señor con una edad, los achaques no perdonaban. Emiliano se colocó tras de él al ritmo adecuado para no adelantarle; era más fácil pasar desapercibido si tenían claro que era escolta de un humano.


Última edición por Emiliano Cortés el Jue Oct 19, 2017 12:55 am, editado 6 veces
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Re: Tratados comerciales y otras bromas.

Mensaje por Emiliano Cortés el Mar Nov 08, 2016 1:25 pm

Los guardias de la puerta, en un principio, echaron las manos a sus armas cuando vieron acercarse al antropomorfo. Se mostraron reticentes a dejar entrar al reptiliano, por lo que Nagashi tuvo que montar uno de sus famososescándalos, apelando a sus muchos contactos y enumerando las desgracias que caerían sobre ellos si se negaban a dejar pasar a su escolta. Las calles de Phonterek eran tal y como se había esperado Emiliano que fuesen al ver la estructura exterior: Pulcras, bien cuidadas, con un sentido del orden que en cierta forma le agradaba. Aprovechaba bien el espacio, de forma práctica, aunque se deshacía en ornamentaciones que le parecieron innecesarias. Era bonito a la vista, sí, pero carecían de utilidad a alguna.

Las reacciones de los humanos dentro de la ciudad no distaron mucho de las que tuvieron los guardias. Nagashi caminaba confiado, disfrutando de la posición de respeto/temor que le proporcionaba ir con tal guardaespaldas escoltándolo. Bien era cierto que resultaba mucho más fácil llamar la atención, pero aquello dejaría de ser un problema en cuanto se adentrasen en los intrincados callejones de la ciudad. Emiliano no dudó en ir quedándose con trozos de conversación, aunque muchos de ellos fueran menciones a su horrible aspecto; tampoco en ojear los diversos artefactos que vendían los puestos que se encontraban por las calles. Muchos de ellos solo ofrecían comida, pero algunos ofrecían joyas de bisutería o algún tónico que prometía un mejor desempeño sexual. Había de todo, por decir. Lo que no estaba en puestos lo mostraban los escaparates; muchos de ellos eran de ropa, orfebrería o trabajos de madera.

El lugar no desagradaba a Emiliano, aunque sí sus gentes. Notó que la práctica totalidad de ellos lo miraban con unos aires de superioridad impropios. Para él eran seres extraños, con unos métodos para medir su valor completamente irreales. Sabía, sin embargo, que debía aprender a moverse en este tipo de sociedad. Los humanos eran, por desgracia o suerte, la raza más prolífica de Noreth, por lo que absorber cuanto antes su modo de vida era la forma sobrevivir más probable en el momento. El reptil había dedicado muchas noches y horas muertas a pensar qué clase de fuerza le había arrebatado de la vida en las ciénagas, pero ante la falta de información determinó que era una completa pérdida de tiempo y decidió que era mejor simplemente vivir según lo requiriese el momento.

- No te distraigas demasiado, Cortés, no creo que fuese bueno que me perdieses de vista - dijo Nagashi, siendo consciente de que se estaban adentrando en un entramado donde la ciudad se tornaba indefectiblemente peligrosa.

De repente las hermosas ornamentaciones y cuidados elementos arquitectónicos dieron paso a barrios mugrientos donde la basura se acumulaba en las calles. Las paredes de las casas estaban desconchadas, siempre sucias, a Emiliano incluso le pareció ver lo que eran unas manchas de sangre en un callejón que carecía de salida. El viejo mercader lo guiaba sin titubear, sintiéndose plenamente seguro con el antropomorfo cubriéndole las espaldas. Había recorrido en más de una ocasión aquel camino pues, aunque por lo general se movía dentro de la legalidad, solían atribuirle los encargos de Malik-Thalish, lo que implicaba ilegalidad por defecto.

El lagarto resopló, mirando con desconfianza las ventanas desde las que veía asomarse cabezas. Los callejones cada vez se volvían más estrechos, lo que poco a poco le iba dificultando la movilidad. Aquello le incomodaba. Si tuviese que involucrarse en una lucha en un lugar como aquel, lo tendría más que complicado para defenderse. Ni siquiera podría sacar el mandoble, no digamos manejarlo - Tranquilízate, chico, ya casi hemos llegado - dijo el mercader frotándose la nuca con la mano, también incómodo.

El destino era lo que, en principio, parecía ser una taberna de mala muerte. Ya estaba oscureciendo y por las opacadas ventanas se podía discernir el brillo de las lámparas de aceite. Desde el interior se escuchaba un ligero bullicio, posiblemente amortiguado por el tipo de construcción que caracterizaba al edificio. El exterior era de ladrillo, profundamente ennegrecido por la mugre, y sobre la puerta había un cartel que rezaba El carterista soñador - Vamos adentro… y ten cuidado con la cabeza; estas puertas no están pensadas para bichos tan grandes como tú - indicó Nagashi, a lo que el antropomorfo asintió con simpleza. El viejo comerciante dio tres golpes firmes sobre la puerta de roble envejecido, provocando un sonido claro que aun con el barullo del interior sería escuchado. En la rendija que tenía la puerta aparecieron un par de ojos marrones, a los cuales acompañó una voz cascada - ¿Asunto? - preguntó - Nada bueno, no hablaré - contestó Nagashi.

El visillo se cerró y un sonido de metal oxidado se escuchó tras la puerta, acompañado de un par más, hasta que finalmente se abrió con un fuerte crujido. Emiliano recordó bien la advertencia de agachar la cabeza al entrar en la taberna, aunque puede que no hubiese hecho falta decírselo: evidentemente por ahí no terminaba de entrar el reptiliano. Dentro se encontraron con un espectáculo de bailarinas danzando sugerentemente sobre un escenario, al ritmo de una animada canción que hablaba de las picarescas maldades de un tal Raël. Ninguno de los presentes le prestó demasiada atención al antropomorfo. Más allá de las reacciones iniciales de desconfianza, y unas miradas de asco, simplemente se dedicaron a sus juegos de cartas o a disfrutar del baile de las mozas. Estaban borrachos, por lo que ya se podría haber presentado el mismísimo Rey Lich en la taberna que lo mismo les habría dado. Emiliano juraría que a alguno le había escuchado decir <<¡Qué mujer tan fea!>>, a lo que tampoco hizo demasiado caso. Nagashi, por su parte, se dirigió decidido a unas escaleras descendentes, las cuales estaban custodiadas por un fornido humano - Vengo a ver tu jefe - dijo Nagashi secamente, a lo que el humano contestó con un gruñido y apartándose.

La parte baja del local estaba mucho mejor acondicionada. El suelo estaba recubierto con una alfombra de buena calidad, había estantes repletos de libros y alguna que otra joya de extraños colores. En el extremo opuesto había una mesa sobre la que descansaban tinta, pluma y pergaminos, así como una bolsa de monedas que rebosaban tanto que algunas de estas se habían caído. En la silla, junto a esa mesa, se sentaba un humano de rostro aguileño, con el pelo cano y sin rastro alguno de barba. Sus ojos, también grises (Algo que llamó la atención del reptiliano, pues era poco común en los humanos) escudriñaban todos los detalles de sus dos nuevos invitados, centrándose especialmente en el antropomorfo, sin que la imagen de este le causase ninguna molestia o temor. En su mano relucía una daga con la que jugaba habilidosamente. Estaba hecha de un metal que relucía como la plata, con una empuñadura equilibrada de madera color negro y un zafiro engarzado en su extremo.

- Bienvenido, Nagashi - sonrió el desconocido, alzándose de su asiento para exhibir una figura esbelta, vestida con ropajes sencillos también de color gris.

- Buenas noches, Raël - saludó el mercader, utilizando un tono cortés para con el humano.


Última edición por Emiliano Cortés el Jue Oct 19, 2017 2:07 am, editado 2 veces
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Re: Tratados comerciales y otras bromas.

Mensaje por Emiliano Cortés el Jue Nov 10, 2016 12:10 am

Emiliano escudriñó  la habitación con la mirada, deteniéndose momentáneamente en aquellos objetos que le llamaban la atención. El denominado Raël, por su parte, no pudo evitar fijarse en el extraño acompañante que había traído Nagashi consigo. Sus ojos grises parecían empeñados en comprender cada pedazo de anatomía que el antropomorfo tenía a la vista, desde sus fauces hasta sus garras, estatura y musculatura. Para el experimentado contrabandista era evidente que aquél enorme lagarto no era uno cualquiera entre los de su especie.

- Un curioso amigo el que has traído en tu visita, mi querido Nagashi - habló el de pelo gris, llevándose la punta de la daga a la yema del dedo índice, sin apartar la mirada del antropomorfo - Ahora nos urgen otros asuntos, pero me gustaría que en otro momento me explicases cómo has llegado a un acuerdo comercial con el ejemplar aquí presente - enfatizó sus palabras, señalando con la daga a Emiliano de arriba abajo y de abajo a arriba. El lagarto resopló, a toda respuesta - Bien, Raël… no te ofendas, pero no tengo interés alguno en estar más tiempo del debido en este lugar - comenzó el anciano comerciante - si fueses tan amable de entregarme la mercancía para que podamos partir cuanto antes, te lo agradecería - llegados a este punto, Nagashi ya había comenzado a frotarse las manos. Raël asintió y se dirigió hasta una pequeña caja fuerte que tenía junto a una de las estanterías. Cualquiera diría que un elemento de tal condición no debería estar a la vista, pero Nagashi sabía perfectamente que aquella solo era ornamental, un adorno excéntrico del contrabandista para con aquellos que venían en busca de sus servicios. De esta sacó un cofre relativamente pequeño, no demasiado pesado en apariencia por la facilidad con que el de ojos grises lo manipulaba. Lo dejó sobre la mesa, mirando hacia su lado de la estancia, e invitó a que Nagashi se acercase. El antropomorfo no hizo ademán de hacerlo, aunque el anciano comerciante respondiese al gesto del contrabandista, pues entendió que era una cosa entre aquellos dos hombres de negocios. No dejó, sin embargo, de escrutar el rostro de Nagashi para hacerse una idea de la naturaleza del contenido a través de su reacción: Esta fue de asco.

- Bien… - el mercader se frotó la nuca, incómodo - según tengo entendido él se encargará del pago - cerró el cofre con la llave, que le tendió Raël, y lo tomó entre sus huesudas manos. Caminó hasta colocarse junto al enorme reptiliano, tendiéndoselo sin mirarlo - Llévalo tú, chico. Uno ya está viejo para andar cargado entre tantos trotes - aunque las razones del comerciante respondían al rechazo y no al cansancio. El antropomorfo lo tomó entre sus garras, aprovechando la escueta naturaleza del paquete para meterlo en su morral. Emiliano le dedicó una nueva mirada al contrabandista, el cual no le había quitado ojo en todo el proceso, notando en él cierto aire de desconcierto - ¿Puedo saber tu nombre, reptiliano? - preguntó Raël, curioso. El lagarto hizo gala de su parsimonia, rascándose pensativamente la barbilla, y dejó pasar un pequeño momento antes de contestar - Emiliano Cortés - respondió con simpleza - Qué nombre tan humano para un reptiliano… - reaccionó el contrabandista, alzando ligeramente las cejas para denotar sorpresa  - Desde mi punto de vista es un nombre de lo más reptiliano para un humano - replicó de inmediato Emiliano, encogiéndose de hombros. Raël profirió una sonora carcajada, dibujando una amplia sonrisa en su rostro después de ello. Aquella pequeña interacción ayudó a Nagashi a olvidarse del contenido del cofre y sonreír también - Está bien, está bien… que tengáis suerte en el viaje; vais a necesitarla - finalizó el contrabandista, intercambiando una mirada cómplice con el comerciante - Hasta más ver, Raël - se despidió Nagashi.

El comerciante se apresuró en salir del lugar, recorriendo los callejones con una agilidad inusitada. Todavía quedaban unas cuantas paradas dentro de la ciudad y Nagashi quería realizarlas lo antes posible. Una de ellas fue lo que parecía ser un servicio de mensajería dentro de la ciudad, el cual tenía empleado a los muchachos más jóvenes y rápidos. Era de lo más útil para mantener el tráfico de información de manera constante en un lugar tan lleno de vida comercial. Hizo los arreglos necesarios para continuar con el viaje, firmando varios documentos que confirmaban la entrega de las provisiones que también tenían que llevar a Malik-Thalish: Comida, armamento, diversos tipos de alcohol, algunas joyas y un largo etcétera. Sin duda eran todos artículos que podrían considerarse de lujo, hasta cierto punto, lo que aumentaba la probabilidad de que diversos grupos de bandidos planeasen un ataque a la caravana. Para Emiliano iba quedando cada vez más claro el por qué el comerciante había requerido de nuevo sus servicios.

La segunda parada fue una taberna mucho más lustrosa que El carterista soñador. En esta ocasión el nombre que rezaba a la entrada era el de Sopa del cazador, lugar que, al parecer, era un sitio de reunión semioficial entre los mercenarios de profesión. Estaba mucho mejor iluminado, con una higiene bastante más cuidada. Tras la barra había una exposición de diversos licores, rones y whiskies de distintos lugares del mapa Norethiano. Desde luego allí no se reunirían el tipo de matones de poca monta que había contratado para la travesía anterior. Con un simple vistazo, Emiliano pudo determinar que gran parte de los presentes eran guerreros de gran experiencia en el combate. Su forma de escrutar el entorno, cómo sus manos no terminaban de colocarse en una posición donde fuese incómodo tomar sus armas, la simples pero eficientes maneras de realizar sus más sencillos movimientos. Todo en ellos hablaba de los incontables peligros que habían tenido que superar para llegar vivos a donde estaban: La barra de la taberna.

Poco a poco se fue asentando un silencio sepulcral en el lugar, todo a medida que los clientes se iban percatando de la presencia del enorme antropomorfo. No era usual que una bestia de las características de Emiliano se apareciese caminando sin más por allá. Muchos de los presentes habían tenido que verse las caras en alguna ocasión con un Woe y, sin duda, sabían reconocer a un Hijo de la ciénaga cuando lo veían. Que fuera un acompañante de Nagashi, no evitó que el silencio se extendiese durante unos largos minutos. A partir de entonces, ninguno levantó la mano de sus empuñaduras.

El viejo comerciante no perdió un segundo más, una vez que los mercenarios del lugar se hubieron apaciguado. Encaminó sus pasos hacia una mesa donde descansaba un grupo de cuatro guerreros. Dos eran hombres y dos mujeres, todos humanos. Ninguno de ellos mostró signo de temor alguno, pero, al igual que el resto, habían echado mano a sus armas- Bien, bien… haré las presentaciones - comenzó Nagashi, intentando aliviar la tensión que se respiraba en el ambiente. El cruce de miradas que se estaba llevando a cabo entre los cuatros guerreros y el reptiliano era digno de una oda o dos, pero el comerciante sabía que no había tiempo para rencillas y que tenía que limar las asperezas desde el principio - Él es Emiliano Cortés, un Hijo de la ciénaga - carraspeó - para qué ocultarlo. Si yo lo reconocí como tal, vosotros no habréis tardado ni dos segundos - continuó Nagashi, con un tono complaciente. Aquello sacó una complacida sonrisa de los oyentes - Emiliano, estos son: Nagini Bustinduy, Eduardo Castillos, Johanna Henriksen y Jack Freeday - volvió a carraspear - ellos, al igual que tú, se encargarán de escoltar la caravana hasta Malik-Thalish -


Última edición por Emiliano Cortés el Jue Oct 19, 2017 2:18 am, editado 1 vez
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Re: Tratados comerciales y otras bromas.

Mensaje por Emiliano Cortés el Dom Nov 13, 2016 12:10 am

En primer lugar Emiliano se fijó en la chica de cabello azul, pues aquel color de pelo era realmente particular dentro de su especie. Portaba un arco de madera oscura y un par de dagas que descansaban a ambos lados de sus caderas. Sus facciones eran bellas pero evidentemente marcadas por la experiencia. No carecía de arrugas, todo lo contrario, portaba una buena cantidad de ellas, además de cicatrices aquí y allá. Ninguno de esos elementos le restaba belleza o gracilidad a sus formas. Sus ojos, de un poderoso color azul zafíreo, armonizaban con su pelo de tal forma que provocaban un efecto casi hipnótico en la mayoría de razas.  Esa era Nagini Bustinduy.

A su lado se encontraba un hombre ya mayor, pero de complexión fuerte. Parecía ser el lider del grupo, por alguna razón: El carisma que destilaba lo delataba; incluso sentado como estaba tenía la capacidad de parecer imponente. No bajaría del metro ochenta de estatura y sus manos denotaban un estilo de lucha de vanguardia, en lo cual el reptiliano se fijó. Al igual que la de cabello azul, portaba sus buenas arrugas encima. Cicatrices plenaban su rostro, pero la realmente importante empezaba en su cuello y se perdía en la camisa de lana que llevaba. Su cabello era negro pero mostraba vetas de canas aquí y allá. Sus facciones, duras e incluso feas, tenían cierto aire imponente que era muy difícil de ignorar. Era el único de los tres que no llevaba arma alguna en aquel momento. Nagashi lo había señalado como Eduardo Castillos.

La tercera era una chica más bien de rostro poco agraciado, pero con unos preciosos ojos verdes que opacaban todas las demás imperfecciones de este. En su espalda portaba un par de espadas cortas colocadas en cruz. Una bandolera cruzaba su pecho con una ristra de cuchillos de lanzamiento. En el lado derecho de su cadera asomaba una daga, la cual desprendía cierta aura amenazadora que también llamó la atención del antropomorfo. Su cabello era corto y oscuro; una cicatriz bastante tosca le recorría el rostro desde la sien de la parte derecha, cruzando sus labios y finalizando en la barbilla. Su cuerpo era atlético, sin apenas pecho y pocas curvas, evidentemente entrenado para un estilo de combate ágil que aprovechaba las fisuras en la defensa de sus enemigos. La llamada Johanna Henriksen.

El cuarto portaba una ballesta y un cinto con una diversidad reseñable de compartimentos cuyo contenido era un misterio. Su cabello era corto y de color castaño, al igual que su espesa barba. Parecía el más joven del grupo en cuanto a físico, un tanto escuálido este. Sus ojos, por alguna extraña razón, mostraban una edad afectadamente avanzada. Eran de color marrón oscuro, prácticamente negros. A su derecha descansaba el carcaj con los virotes, siendo que en apariencia no portaba ningún arma más. Era delgado, no parecía que estuviese demasiado hecho al combate cuerpo a cuerpo. Su piel era la única que no mostraba signos de magulladuras o heridas pasadas. Su aire no era precisamente de misterio, pero una aura de silencio, reseñablemente incómoda, envolvía todos y cada uno de sus movimientos. El último, Jack Freeday.

Todos ellos, con sus más y sus menos, eran reconocidos como los mejores mercenarios trabajando en Phonterek. Usualmente solían estar tan solicitados que era extraño encontrarlos en la ciudad pero, para aquel encargo, los contratistas se habían asegurado de que estuviesen disponibles.

- Te respetamos, Nagashi, pero nos estás pidiendo que trabajemos con un maldito Woe - dijo Eduardo, apoyando los codos sobre la mesa y ocultando los labios tras los dedos entrelazados - estarás de acuerdo en que es raro y que no nos suponga una puta alegría - culminó. Emiliano no se inmutó ante sus palabras; aquella charla de reticencia ya la había escuchado con anterioridad de los otros mercenarios. Le importaba poco el tono despectivo que empleasen - Oh, Eduardo - comenzó Nagashi - confía en mi. El muchacho es tremendamente útil, además de callado. No da problemas y acata las ordenes sin rechistar… es bastante práctico - evidentemente estaba usando su labia para mediar y calmar las reticencias, como había hecho las veces anteriores - Muchacho, pfff… - espetó Johanna, lo cual el resto, excepto Jack, acompañaron con una mueca burlona - ¿Por qué deberíamos confiar en ti, bicho? - preguntó directamente al reptiliano, provocando que este la mirase. Se tomó su tiempo, como siempre, en comenzar con la respuesta, llevándose las manos a la barbilla y rascándose esta con las garras. Aquel simple gesto provocó que los de la mesa se pusiesen tensos, incluso que las hojas de sus dagas y espadas asomasen de sus vainas - ¿Confiar dices, Tortuga Esmeralda? - un sonidito surgió de la garganta del lagarto, lo que era a todas luces una pequeña risa. El rostro de Johanna esculpió una mueca al escuchar al lagarto referirse a ella como Tortuga - No sé de qué cuento inocente os habéis escapado si lo que estáis pidiendo de un extraño es que sea confiable - aquello provocó una sonrisa cómplice entre Freeday y Bustinduy. Henriksen fue a replicar, pero Emiliano continuó - No, no podéis confiar en mi… - pausó un segundo - ni yo en vosotros. Eso no quiere decir que no podamos colaborar - terminó, cruzando los brazos sobre el pecho. Entre los Hijos de la ciénaga aquel gesto significaba No-Agresión, pero Emiliano había aprendido que entre los humanos, con su bastante más intrincada maquinaria social, también significaba que no había más que hablar respecto a un tema. Eduardo intentó replicar, pero fue inmediatamente acallado por Jack Freeday que, junto con Bustinduy, había estado escuchando en silencio - Aceptamos el encargo, Nagashi - se detuvo un momento, a mirar a sus compañeros, los cuales asintieron, algunos a regañadientes -  eso incluye que trabajaremos con el Woe - dirigió  ahora una mirada al reptiliano, el cual se la devolvió.

Después de terminar rápidamente sus bebidas, todos juntos se encaminaron a la caravana. Los preparativos de esta se extendieron hasta la madrugada, siendo que fue a esta hora cuando espolearon a los caballos e iniciaron marcha. Nagashi había contratado, por seguridad, un número discreto de mercenarios de menos prestigio que los cuatro de la Sopa del Cazador. Era cierto que eran habilidosos, pero el anciano mercader quería estar adecuadamente preparado en caso de que tuviesen que enfrentarse a un grupo numeroso de guerreros. Emiliano no tuvo mucho más que pensar acerca de la dificultad del encargo. Lo que viniese lo enfrentaría como mejor fuese capaz; la recompensa bien lo merecía. Sobrevivir era lo principal, por supuesto, pero en esta vida eso era imposible sin tomar determinados riesgos. El poder era el camino para llegar a la cima de la pirámide alimenticia; que no existiese un depredador aseguraba la prosperidad.

Mientras los demás mercenarios iban con sus propios caballos, Emiliano se tenía que conformar forzosamente con la parte de atrás de algún carromato. En aquella ocasión Nagashi decidió no exhibirlo, pues tenía conciencia de que si los atacaban no sería precisamente un grupo de bandidos zarrapastrosos que pudiesen ser intimidados por el antropomorfo. Siempre que se podía él iba cubierto con su capa, oculto tras los mantos de cuero que recubrían el armazón de los carros. Lo agradecía, en realidad, el hecho de no tener que lidiar con las típicas conversaciones de camino que aquellos humanos le solían plantear. La mayoría de ellas le parecían una completa pérdida de tiempo, además que se había percatado de que, en ocasiones, las entablaban por el simple hecho de insultarle de alguna forma o recriminarle algo que algún otro Woe hubiese hecho. Era tranquilo por naturaleza pero no dejaba de tener un temperamento oculto bajo todas las capas de escarcha que recubrían su personalidad. Prefería mantenerse lo más al margen posible de dichas molestias para que este no aflorase, arruinando la poca buena reputación que pudiese tener para con los humanos.

Al segundo día de camino llegaron al primer punto de parada: Un pueblo de 200 habitantes llamado Villa Hermosa. El antropomorfo, a pesar de no ser especialmente el más refinado de los apreciadores de belleza, no pudo evitar preguntarse qué tenía de hermoso aquel paraje desolado y grisáceo para haberse ganado tal nombre. Al entrar en él, Emiliano se dio cuenta de que algo no iba bien. Había estado observando por un hueco entre los cueros y podía oler la sangre en el ambiente, el silencio era sepulcral y los pocos pueblerinos que paseaban por las calles atisbaban una expresión de miedo en sus rostros. Sin dudarlo se apeó pesadamente del carromato, provocando que los caballos que iban justo detrás de este relinchasen y detuviesen su marcha. Su capa comenzó a ondear por la ligera brisa de viento. Bustinduy y Castillos justamente se encontraban ahí, por lo que no dudó en espetar - Que paren los carromatos y preparen las armas, va a haber que luchar -
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Mensaje por Emiliano Cortés el Lun Nov 14, 2016 12:02 am

Emiliano tomó el mandoble con una de sus manos, desenvainándolo sin dudar. Un rugido afloro desde su garganta, destrozando en mil pedazos el silencio que se había adueñado del poblado. Los caballos relincharon y se encabritaron momentáneamente, acompañando al reptiliano. Hombres uniformados de marrón, con un estampado de dragón en sus petos, comenzaron a salir desde las casas con un grito de guerra. De lo alto de estas asomaron arqueros, los cuales fueron recibidos por una primera oleada de flechas desde la caravana. Bustinduy se había pasado el trayecto practicando aquello con la treintena de mercenarios que había contratado Nagashi. Había acertado, finalmente se enfrentarían a un grupo numeroso de hombres. La practica totalidad de arqueros fueron alcanzados por las certeras flechas de los bien entrenados mercenarios. Puede que unos pocos se librasen pero ya no serían un número del que preocuparse. Tocaban los soldados de tierra.

El antropomorfo encabezó el ataque, quedándose solo contra tres hombres. No dudó en ejecutar un Barrido horizontal, a la altura de sus cabezas. Con más o menos precisión, las tres cayeron al suelo. La adrenalina había disparado los latidos de Emiliano, sentía el calor de la sangre recorrerle el cuerpo desde la cabeza a los pies. Aquellas pulsaciones le exigían a sus manos más vidas, más matanza. Aquello no había hecho más que comenzar. Las pupilas de este, usualmente redondeadas, comenzaron a tomar una forma rasgada.

Tras de él, guardando una distancia prudencial, los demás mercenarios se habían lanzado ya al ataque por tierra, mientras Bustinduy y Jack Freeday se encargaban de los restantes atacantes a distancia. Por suerte no se advirtió presencia alguna de magos, lo cual fue un alivio para al grupo. Eduardo lideró el ataque con una precisión militar, ordenando cada movimiento de la banda mercenaria sin que un atisbo de duda asomase en su voz. Johanna, por su parte, se encargaba de rematar y tomar por la espalda a aquellos grupos que los de la caravana iban arrinconando.

Aquel era el espectáculo sangriento para el cual el reptiliano había sido criado durante toda su existencia. Se sentía vivo, alejado de las pesadillas que le aterraban las horas de sueño. Era el único lugar donde, irónicamente, aquel ser parecía encontrarse seguro. Tal y como había aprendido, se mantuvo alejado del resto del grupo, lanzando cortes con su mandoble a todo aquel que se adentrase en su rango de visión. Aún no había perdido el control, pero no le hacía falta para querer arrasar con todo lo que se interponía entre él y la victoria. Matar, matar, vivir y volver a matar - Gracias… - susurró para sí el antropomorfo. Un sincero agradecimiento por, al menos en aquellos instantes, no sentir nada más que el poder corriendo por sus venas. Uno de los soldados alcanzó con su lanza el rostro del antropomorfo, provocando un corte que pasó peligrosamente cerca del ojo. La sangre comenzó a brotar enseguida, de un rojo mucho más vivo que el de los humanos. Fue todo lo que hizo falta para hacerlo estallar.

Un latigazo de pura tensión sacudió su columna vertebral, haciéndolo rugir con tal fuerza que obligó a todos los combatientes cercanos a dirigirle sus miradas. Aquella bestia era imposible de ignorar. Magnífica y terrible al mismo tiempo, atrapaba la atención de los más veteranos guerreros. Explotó contra el de la lanza, usando ahora solo una de sus manos para arremeter con el mandoble, haciéndolo saltar y agarrándolo en el aire. Con las fauces le arrancó la cara de cuajo, entre gritos de auxilio y horror. Dos de ellos, aterrorizados por la escena, se dirigieron raudos a una de las casas con la intención de guarecerse tras sus puertas. Emiliano ya los había visto. Les dio tiempo a cerrar, pero eso no le importó en lo absoluto al antropomorfo. Embistió contra la puerta, haciéndola añicos como si fuese papel. Se lanzó sin control contra ambos soldados, que corrían despavoridos hacia las ventanas, y atrapó a ambos entre sus garras. Las protecciones de cuero no hicieron nada por ellos. Simplemente fueron convirtiéndose paulatinamente en montones sanguinolentos de carne y órganos destrozados.

>>//<<

La batalla había acabado cuando volvió a aparecer del interior de aquella casa. Apenas habían perdido a tres hombres por la completa eliminación de un grupo que presumiblemente contaría con unos cincuenta. El antropomorfo estaba cubierto de la cabeza a los pies de sangre y trozos de carne humana, confiriéndole el aire aterrador necesario para que ninguno del grupo de la caravana dudase en apartarse de su camino. Después del arrebato de ira que todos habían presenciado, se mostraba perfectamente calmado. Estaba cansado, prácticamente agotado, evidenciando esto por cómo subía y bajaba su pecho. Caminaba arrastrando el mandoble, el cual había retomado de las afueras de la casa. En algún momento lo había dejado caer.

- Reabasteceos con los restos del pueblo, a mi dejadme en paz hasta que hayáis terminado… - declaró el reptiliano, tomando una manta de la parte trasera de caravana. Se volvió a meter en una de las casas, cerró la puerta y se echó en el suelo tapándose con esta. No tardó nada en ser atrapado por el sueño:

PESADILLA

-¿No crees que todo cuanto ves es una farsa, hijo mío? Todo cuanto ves en este mundo está consumiendo lentamente tu alma y no puedes hacer nada para evitarlo. Eres débil y te están devorando, te comen, se sacian con tu esencia mientras tu cuerpo se desgasta inevitablemente ante el paso de los años. Te elegí por algo, te escogí porque vi algo en ti...

AHORA SUFRE, BASTARDO DE MIERDA
-

Una risa se escuchó de entre las tinieblas que rodeaban al reptiliano. Sabía perfectamente que soñaba, o más bien que tenía una pesadilla. Estaba tan acostumbrado a ello que lo reconocía al instante. Aquella misma voz que le hablaba, la completa oscuridad... ahora vendría lo demás.

Comenzaron a asediarle cientos de sensaciones, muchas de ellas de dolor. El sufrimiento de lo que parecían ser cien vidas se le incrustaba directamente en la cabeza, atravesando su pecho con el llanto desconsolado de miles de pérdidas. Él, que como hijo de la ciénaga no conocía el dolor de la muerte de un ser querido, lo sentía cada noche al irse a dormir. No le correspondían, pero aun así los hacía suyos. Después de ello le embargaba la mayor de las iras, una que arrasaba por completo con su conciencia y lo reducía todo a cenizas. Se quemaba, de pies a cabeza, en unos momentos que se hacían eternidad. Muchas veces creía estar ya muerto y que nunca despertaría, que aquello es lo que le había estado esperando todo aquel tiempo en el más allá.

Se arrastraba, intentando huir de todo. No podía.

Luego venían las heridas físicas, que iban apareciendo sobre su piel escamosa. Comenzaban siendo cortes pequeños e iban aumentando en intensidad, siendo que, cuando llegaba a los desmembramientos, los brazos y piernas se regeneraban para volver a ser cortados. Siempre con la risa de fondo, siempre con recriminaciones de debilidad, de no ser suficiente, de estar siendo devorado inexorablemente por el mundo. Le despellejaban, quemaban, apaleaban, violaban y destrozaban cada vez que lo atrapaban. Pasaba por todos los infiernos, uno tras otro, deseando incluso entre llantos que llegase de nuevo el mundo y lo llevase consigo a la realidad. Era aquella desesperación la que alimentaba los posteriores arrebatos de furia; la impotencia de sentirse tirado de un lado a otro, de pensar que no habría un nuevo despertar y que todo cuanto quedaba era aquello que exterminaba en él las ganas de seguir viviendo.

Llegó de nuevo el mundo, como siempre. Era el mismo día.

||

Se encontraba en el suelo frío de la casa, en la cual había entrado casi por instinto, cubriéndose con aquella manta que no dudó en tomar. Había arañado el suelo con las garras, este que se encontraba ensangrentado por la herida cuya hemorragia ya había cesado. Fuera sonaba el crepitar de las fogatas.
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Re: Tratados comerciales y otras bromas.

Mensaje por Emiliano Cortés el Jue Nov 17, 2016 10:38 pm

Hay que estar siempre ebrio. Todo consiste en eso: es el único problema. Para no sentir la horrible carga del Tiempo que quiebra vuestros hombros y os curva hacia la tierra, tenéis que embriagaros sin tregua. ¿De qué? De vino, de poesía o de virtud; de lo que queráis, pero embriagaos.

C.B.

Al salir se encontró con que los mercenarios acamparon en la plaza del pueblo y encendieron fogatas. Los ciudadanos que sobrevivieron al ataque se habían unido a estos, compartiendo lo que les quedó tras la masacre. Sacaron instrumentos que el reptiliano conocía parcialmente por los viajes que ya tenía a sus espaldas. Cantaban, presumiblemente, a los que murieron durante el saqueo anterior a la batalla, a los caídos en ella.

Spoiler:


Lentamente soltó el aire de sus pulmones, oculto entre las sombras de las casas. No se sentía del todo cómodo en torno a las hogueras y, lo último que deseaba ahora es sentarse junto a una de ellas. Decidió alejarse hasta el río colindante al pueblo, con la intención de encontrar alivio en el agua para sus heridas. Al llegar a la orilla comenzó a deshacerse de todas las protecciones que aun pesaban sobre su cuerpo, orquestando sus movimientos con parsimonia. Aun escuchaba los gritos, los llantos y lamentos que se clavaban en su sien como aguijones; no eran aquellos proferidos en la lucha, si no en sus pesadillas. Le dolía más el recuerdo de estas que cualquier herida o agravio que hubiese sufrido en el fragor de la batalla. Al fin y al cabo, sabía que aquellos arañazos tarde o temprano sanarían, que el dolor que estos pudiesen provocar nunca iría más allá del físico. Aquellos sueños, sin embargo, tenían el poder de dejar impotente al poderoso lagarto, completamente indefenso ante la crueldad ilimitada de un ser al que era incapaz de dar nombre. El enemigo estaba dentro de su cabeza, de su alma; allí donde los remordimientos de otras razas descansaban, donde los Hijos de la Ciénaga tenían nada. En su craneo aun guardaba cicatrices de cuando fue pequeño, tiempo en el que había tratado de arrancarse aquello de dentro con las medidas más desesperadas... decidió respirar y dejar de pensar en ello, inhalar el aire fresco y terminar de desnudarse para huir de las canciones a los muertos.

Se adentró en la pequeña ría. Esta, en total, no llegaba a cubrirle por mucho más de la cintura; tuvo que sumergirse y dejar que el agua fresca aliviase ralentizase su circulación, aliviando el escozor de las heridas en el proceso. Recordó que en las Junglas de Uzuri habían ciertos barros con propiedades curativas, aunque estos solo funcionaban en los Hijos de la Ciénaga. La sospecha es que eran fuentes abundantes de energía mágica y que esta, al entrar en contacto con el sensible metabolismo de los Woe, daba vigor a sus cuerpos y aceleraba el proceso de regeneración... así como el de las mutaciones; no pocos habían perdido la cordura rápidamente por una sobreexposición a dichos barros. No pudo evitar echar de menos ese momento de silencio en el barro tras una batalla contra cualquiera de los innumerables enemigos que encaró en la Ciénaga.

Al principio le parecía que no tendría por qué echar de menos aquello, al fin y al cabo esa clase de sentimientos eran un lastre innecesario, poco menos que inútil, pero aun así añoraba la dura pero sencilla vida de su antiguo hogar. Todo era más blanco y negro, sin tantos grises a los que hacer frente, tantas normas sociales e intrincados sistemas que, por complejidad, se volvían ineficientes. La filosofía de ''Matar o morir'' cada vez iba quedando más lejana en las memorias del lagarto, enfrentándolo inevitablemente a una nueva realidad de la que no había forma de escaparse. Se ancló con las garras al fondo, evitando que la corriente de lo llevase, y se quedó sumergido, observando como la luz de Kring jugueteaba en la superficie. Se preguntó si debía encontrar lo que los humanos llamaban ''Belleza'' en aquel momento, algún tipo de fascinación por el espectáculo lumínico que presenciaba; algo le decía que tal vez acabase viéndolo, que aquella personalidad que creía inmutable desde su concepción no era más que una ilusión mantenida por la brutalidad de su antigua vida. Tal vez acabase siendo uno más... o puede que uno menos, si dejaba que aquello lo convirtiese en el ser débil que siempre rehuyó ser.

||||||

Podía aguantar la respiración más que la media de humanos, pero también tenía su límite. Salió de las aguas como lo haría cualquier bestia, a cuatro patas, y se irguió mas tarde para sacudirse el agua del cuerpo. Miró un segundo más a Kring, esta vez desde el punto de vista que le ofrecía el mundo de la superficie, y se giró para comenzar a vestirse una vez más. Cuando fue a tomar sus cosas, se encontró con que Johanna y Freeday se encontraban junto a estas. La primera estaba cruzada de brazos, mirándolo, y el segundo se había sentado relajadamente a mirar también la más pequeña de las lunas - Podrías habernos avisado sobre tus arrebatos descontrolados - espetó, con tono airado, la de ojos verdes al reptiliano. Este resopló, ya por tercera vez en la noche, exasperado - Os dije que me dejaseis luchar solo en vanguardia, es suficiente -  tomó las ropas mojadas y comenzó a colocárselas, con dejes de ignorar a Johanna y al callado Jack - ¿Te parece suficiente? ¿Y si hubiésemos decidido que era oportuno ayudarte porque te vieses superado? - replicó, torciendo el rostro y así marcando aún más la extensa cicatriz que lo recorría. El reptiliano la miró, hastiado - Piensa lo que quieras, pero hazlo dejándome en paz - hizo el segundo amago de comenzar a vestirse, pero Freeday intervino por primera vez, sacando un par de tarritos de arcilla y pasándoselos a Johanna - Úntaselo en las heridas al lagarto, tiene que tener bastantes ya que acabó el solo con un quinto de los enemigos - el de la barba miró directamente a los ojos verdes de  la de la cicatriz - No pienso acercarme a ese bicho, Jack - declaró tajante - Si, si vas a hacerlo y vas a ayudarle a recuperarse de unas heridas que han sido el precio de nuestra victoria hoy - usó un tono más imperativo y serio esta vez - ¡Los habríamos vencido de todas formas! - volvió a replicar - Habrían muerto bastantes más - la miró con afectación. El lagarto seguía la conversación con cierta curiosidad, sin entrometerse - Está bien… - dijo, mascando maldiciones en voz baja mientras acataba la orden de Freeday. Ya había tomado las riendas del mando un par de veces y el lagarto empezaba a sospechar que su visión inicial de Castillos como el lider no podía estar más errada - Siéntate, bicho, no puedo llegar a todas las heridas si estás de pie - dijo con cierta violencia - no veo una mierda… - Freeday rió por lo bajo y sacó un cristal de su bolsa, el cual inmediatamente prendió en luz. Iluminó el claro, dejando entrever mucho mejor el cuerpo desnudo del reptiliano. Este ya se había sentado, de frente a ambos, con sus ojos brillando levemente en el amarillo que les caracterizaba.

Johanna reprimió un ‘’Oh’’ de sorpresa y Jack simplemente se quedó mirando, pensativo. El cuerpo al completo del antropomorfo era una enorme colección de cicatrices, la mayoría eran de pequeña o mediana gravedad, pero varias de ellas eran sin duda una exhibición de brutalidad. Le recorrían desde el pecho hasta la cintura, algunas todo el costado. Una de ellas parecía hecha por una garra gigantesca que le había alcanzado en horizontal toda la parte delantera de su torso. Estas, obviamente, seguían por su espalda. Las recientes eran las únicas que interesaban de curar, pero Freeday se dio cuenta de que varias de las antiguas debían haber dejado alguna secuela en el reptiliano - ¿Hay algún movimiento que, al hacerlo, te despierte dolor o incomodidad? - le preguntó el de ojos viejos a Emiliano - Alguno - no parecía tener intención de concretar más. Henriksen destapó los ungüentos y dejó que el reptil los sujetase, para hacer el proceso más cómodo. Jack se movía junto con ella, sosteniendo el cristal y observando con detenimiento el maltratado cuerpo a curar. Las heridas que había adquirido ese día en la batalla eran nada en comparación con las que, a simple vista, había sufrido en el pasado. Todo esto era sin contar los huesos rotos que, a muy seguro, tuvo en su momento. Aquello inspiró cierto respeto a la reticente espadachina de cabello negro, en el buen sentido de la palabra. Cualquiera diría que aquel sujeto debería haber muerto ya hace mucho tiempo - ¿Sufres pesadillas siempre? - volvió a preguntar Freeday, que ya había notado que todas las horas de sueño que había tenido el antropomorfo estaban acompañadas de una violenta inquietud. Emiliano lo miró y se quedó en silencio, sin contestarla. Aquello le dio toda la información necesaria acerca del asunto.

Tardaron una severa cantidad de minutos en recubrir adecuadamente todos los tajos con los ungüentos, tapándolos luego con trozos de tela limpia. A medida que ambos habían ido descubriendo más y más cicatrices, se fueron preguntando la clase de vida que llevó el antropomorfo hasta que llegaron a conocerlo. Un deje de reflexión se apreció en la de ojos verdes al abandonar la rivera del río junto con el barbudo de cabello castaño, que sonreía satisfecho.

A la mañana siguiente re emprendieron el camino. El resto de hombres temían más que nunca al antropomorfo, pero el grupo de cuatro mercenarios que había contratado Nagashi no volvieron a cruzar una mirada de desprecio con Emiliano.
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