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Cuentos de Noreth
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De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

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De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

Mensaje por Amethist el Miér Nov 09, 2016 5:08 pm

I. Un camino de necios

“La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”
(Miguel de Cervantes Saavedra, El Quijote de la Mancha)



-¿Adónde me lleváis?

-A un lugar sagrado

El silencio entre nosotros creció conforme los pasos resonaban en eco por aquel bosque extraño, de fauna diversa y flora espesa, todo cundido de lianas y niebla. El ambiente se cerraba alrededor, mientras el aire, como una cobija gruesa y espesa, nos llenaba los pulmones de algo más que simplemente oxígeno.

El sudor también corría de manera copiosa; pies, manos, cuello, rostro, todo lo atestiguaba. Se pegaba la ropa a la piel húmeda que recubría, mientras cada movimiento de más era cobrado caro por el clima, los mosquitos o lo arduo de las jornadas, quemando en el interior con un dolor de brasas en las pantorrillas y los muslos.

¡Hastiaba respirar, sudar y deambular sin rumbo fijo por la inmensidad de una selva que se presentaba temible, salvaje, monstruosa!

-¿A qué lugar?- indagué de nuevo, circunspecta en mi propio calvario.

El silencio, coreado por algunos micos sobre nosotros, en contrapunto de aves rapaces, fue su respuesta. De inmediato supuse que aquello, junto con la razón de su presencia, sería una de las tantas interrogantes que jamás sería resueltas. Solo quedaba confiar, si es que aquello de algo servía en esa tierra carente de dueño, de ley o de proceso.

Hacía más de dos semanas que habíamos cruzado al otro lado del Tarangini, obligándonos a pasar por la llamada Ciudad Esmeralda. Sus calles adoquinadas y casas de diversa arquitectura, contrastaba enormemente con el esplendor de las Nalini. Aquella era una ciudad de comercio vivo, de caminos cagados por las cabalgaduras y los carromatos, de vendedores, abundante en criaturas de fábula, y vagabundos tirados por doquier. Por supuesto, como en todos lados, el pobre era la carne de cañón de la fortuna del más pudiente, y era en este sistema desigual que se basaba la subsistencia de la ciudadela. Me impresionó la variedad de culturas unidas entre sus viviendas de tonos diversos, algunas fachadas roídas por el tiempo y otras tan ilustres como si fuera el palacio de un monarca.

Durante el camino, de vez en cuando, recordaba al navajero y la mención que hicieran en Naresh sobre su origen: “se dice que viene de la Esmeralda”, “ése granuja tiene las mañas de los de su clase allá en Dskj”. Y allí estaba yo, de ambulando por unos lugares que en otros tiempos me parecían increíbles, lejanos, una meta soñada imposible de alcanzar. En ese entonces, cuánto hubiese dado por ver estas calles y seguirle el paso a aquel vendedor ladrón, charlatán de la más educada calaña, que con creces merecía el destino de ser pasado a cuchillo como los cerdos de la gitanería.

Pero ahora, entre toda el agua que había corrido por mis pies adoloridos, sólo quedaba espacio para la duda mientras en la cabeza miles de voces me hostigan por abandonar aquella cruzada y devolverme a los brazos del tuerto que dejara sobre el lecho caliente de esa noche de primavera. ¡Y es que, sin saberlo bien, pero con la aseveración del necio, yo a él lo conocía! ¿De dónde? No lo sé, pero el corazón poco suele errar en ese tema cuando se está tan perdido como yo en este mundo de locura.

Nunca paramos más allá de lo obligatorio, para dormir o pasar la noche, apenas lo justo, unas horas de sueño y luego pagar el hostal -en los mejores casos- o simplemente recoger las cosas y continuar. Jutta IV quedó en libertad luego de pasar las primeras cadenas de montañas, antes de aterrizar en el gran valle que era Dsjk. La pobre no lo aguantó, entre las largas jornadas de trote y la poca comida que proveíamos. Estiró la pata poco antes de que lo hiciera la cabalgadura del guerrero vendado, una mañana calurosa en los primeros días de mayo, cuando el verano asomaba de repente.

Entrenamos todo el tiempo, sin miramientos. Podía faltar la comida, el agua, pero nunca los golpes y la repetición del trabajo disciplinado. Él, armado únicamente con su palo, y yo con mis armas y un equipo que poco podía entender para qué servía -un escudo cuyo peso poco podía levantar- nos dábamos trompicones en las pausas, o repetía movimientos, bien con los pies, luego con las manos, para “rescatar” -como decía él- las habilidades que antiguamente había tenido.

Y es que cada vez que decía esa palabra a mí me hervía la cabeza, y en vez de desanimarme, levantaba de nuevo los puños, las armas y la frente para darle, aunque sea en una ocasión, el merecido con el que en el futuro pudiera recordarme. Por supuesto, aquello nunca pasó y veo lejos el día en que llegue a pasar.

Las montañas a lo lejos se asoman, armando una gran cordillera. La jungla parece quedar atrás y dar paso a unos bosques aún espesos, pero con aire menos encerrado. El sol que algún día nos asediara dentro de Uzuri, fue calando con tenuidad entre el follaje de los árboles sin flor, mientras los animales, más a gustos con el clima del sur, se reproducen exponencialmente en colores y variedad. Atrás quedan los mosquitos, el soponcio y la sensación de sudar cada paso al andar. Adelante aguarda la región que en otros tiempos llamaran la cuna de los Legarium, pues se dice que entre sus aguas reposa una de las raíces del Gran Árbol de la vida.

La vista es basta a donde quiera que uno observa, apenas delimitada por el horizonte de agua de la bahía de Eblumia. Sus costas blanquecinas y su agua de mil colores son leyenda entre las gentes del sur, pero a tan pocos pasos de alcanzarlas, a mi se me hace eternidad el poder estar pisando aquellas tierras. Y es que, ¡el agua me llama! Un susurro incesante e insistente, tan tenue que bien pudiera ser un goteo minúsculo, que con cada caída desemboca en torrencial vendaval dentro de mi cabeza.

Así dejamos atrás la marcha de tres meses de Ujesh-Varsha al valle que antecede la región de Eblumia. Durante el camino mis dudas nunca fueron resultas, más yo sigo levantando los puños, las armas y la frente hasta que la niebla se disperse y nuestro camino culmine en algún punto del ancho mapa del mundo.

-¿Adónde me lleváis?- volví a preguntar aquella tarde, mientras entrenábamos.

-A un lugar sagrado, necia- respondió, saliendo del árbol en forma de sombra.

Tomándome por sorpresa con un golpe en la espalda y otro en la parte trasera de los muslos, caí de rodillas frente a él, sosteniéndome apenas con las manos para que la cabeza no terminará besando el suelo.

-Bastardo ciego.

Una sonrisa lacónica tras la túnica que le cubría y con voz firme y resuelta estiró de nuevo su vara en posición de ataque:

-Nada de descansar aún, mocosa tozuda. ¡De pie!
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Re: De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

Mensaje por Amethist el Lun Nov 14, 2016 11:04 am

II. Gracias sin darlas

Uzuri

Aquella noche la luna, alta y brillante en el cenit, hacía compañía a sus hermanas ocultas entre las nubes que traía la tundra. Una lluvia fresca caía de los árboles, mientras la naturaleza descansaba de un día de bochorno y sol inclemente. No se oía el ulular de los búhos, ni el zigzag de las cigarras y grillos. Las hienas no reían, el agua no corría, el viento estaba pausado, dando un arrullo menguado a las criaturas que habitan la tierra. El mundo moría en un receso de la existencia, apenas interrumpido por el sonido de la madera que se quemaba a mis pies, dejando pequeñas chispas volando sobre el aire nocturno.

Acurrucada, con la cabeza entre los pies, frotaba mis manos mientras me perdía en las figuras que el fuego dibujaba sobre la corteza. Entonces, la voz de Yusuf, como un susurro que no perturbaba la quietud, sino que se sumaba a ella como un rumor profundo, quebrantó el muro de silencio que se tejía entre ambos:

-Se cuenta que hace mucho, eones atrás, entre estos bosques de ramas espesas y vientos fríos vivían criaturas derivadas de la magia de los dioses. Los dragones, ya migrados a gobernaban el resto de la tierra con su conocimiento, enseñando a las raíces del Gran Árbol su sabiduría; en estos parajes brotaron las primeras criaturas de belleza extrema, que no provenían de la fuerza creadora del primer árbol. Eran menos bélicas que los demás y, de cierta manera, las más altruistas. En sí, eran los vástagos residuales de la magia de la creación, hijos de cada uno de los poderes utilizados para hacer de este mundo el lugar que es. Y estos son los elementos que gobiernan todo lo que compone nuestra materia: del fuego- explicó, meneando su mano hacia las llamas: - brotaron las exinas; del verdor del follaje, las dríades; dueñas de los vendavales y el cauce de los vientos eran las sílfides, y finalmente, en las profundidades abisales, donde el sol apenas si traspasa la oscuridad de su mundo de agua, las ondinas.

“Ondinas”, al oír aquel nombre mi piel se erizó sin saber muy bien porqué. Quizás fuera el tono con que Yusuf encarnaba el mundo de tiempo legendarios, con ese hado de misterio que tan bien se le daba al hombre vendado. Pero también fueron los recuerdos que parecían venir con las palabras. Y es que alguna vez, ya meses atrás, me habían preguntado por alguien así… La voz de Necross retumbó en mi memoria como el cuerno llama a la intranquilidad:

“Ondine”.

Yusuf me observaba, como pensándose si continuar o inquirir por la reacción que acababa de tener. Apenas si alcé las cejas como si de nada me diera cuenta y él, con una mueca extraña que poco se podía adivinar, decidió continuar:

-Como es natural en las criaturas, ninguna quiso quedarse dentro de las fronteras que la misma naturaleza les impuso: las dríades se elevaron sobre los árboles y entre lianas lograron trazar el camino hacia otras latitudes; lo mismo hicieron las sílfides, de alas brillantes, similares a los diviums, encontraron en sus dominios refugio-.

Se rascó una de las rodillas y como si hubiese sido testigo de todo lo que estuviera diciendo, sonrió de manera misteriosa, mostrando las perlas que guardaba tras sus labios: no amarillos como los dientes de la mayoría, sino blancos, brillantes, para mí perfectos. ¿Cómo demonios es que los tenía tan limpios? ¿Cómo estarían mis dientes? De pronto me dieron ganas de reír al darme cuenta de lo ridículas y fuera de lugar que eran las preguntas, nada acordes al aire taciturno y ceremonial de la historia que el vendado contaba.

-Algo te divierte…- interrumpió con parsimonia. Usaba ese tono que irritaba: el de un padre que regaña a su niño. Yo negué apenas moviendo la cabeza, y de nuevo me atraganté con una sonrisa que escondía una carcajada. ¿En qué universo andaba que había olvidado que era ciego?

Tan rápido como se esbozó la sonrisa se borró por su respuesta: -No creas que por no ver no veo, mujer. Casi puedo leer tus pensamientos caóticos como si fueras un libro abierto. ¿Acaso no te enseñaron que burlarse de un invidente es de malas andanzas? -preguntó serio. Y su seriedad surtió efecto pues la risa se me atragantó de repente con la culpa.

En sí no era que me hubiesen enseñado o no, pues cierto era que no recordaba nada de nada, pero tenía empatía y entendía el malestar que pudiera sentir el de piel semioscura con la burla ante algo que, vaya a saber los dioses, cómo había terminado así.

Pero el rompió el silencio con una gran carcajada.

-¡Ah! Ojos de Amatista me partirás un día de la ira o de la risa con tu locura.  

No supe cómo reaccionar: lo odiaba por haberme alejado de una persona que solo quería mi bien, quién además había sacrificado mucho por mí y él, sin ningún cuidado o consideración, me había hecho traicionarle sin más; pero por otro lado, observaba mis brazos, mis piernas, los músculos formados, la rapidez con la que ahora reaccionaba ante sus golpes, y todo ello me hacía caer en cuenta que le estaba en deuda de una manera diferente a como lo estaba con Necross. Yusuf, sin siquiera pedirlo o habérselo permitido, estaba puliendo mis capacidades, sin misericordia o conmiseración, él me estaba dando las herramientas para no sentirme víctima de un mundo injusto.

-¿Qué pasa, mocosa?- inquirió de pronto el vendado, otra vez con la profundidad y seriedad de siempre.

-Gracias.

Una sonrisa tosca asomó.

-No son necesarias.  

-Lo sé, pero pensemos en que son unas gracias sin darlas- comenté, levantando la cabeza de entre las piernas. Él torció los labios en una mueca que difícilmente sabría si era una sonrisa o la expresión de asco ante tal cursilería. -¿Qué pasó entonces con esa historia que contabas?

-¡Ah, sí!- reaccionó: -Las exinas escavaron la tierra y se fundieron con el calor hirviente que forma el mundo. El lugar al que vamos… Eblumia…- y el eco de sus palabras pareció que era contestado por las mismas ramas de Uzuri con agrado: -Eblumia es la frontera y reino de las ondinas, damas del océano y guardianas de las profundidades abisales.

-¿Por qué allí? -inquirí, imaginándome ciudades submarinas y seres diminutos que las habitaban.

-Porque el agua es poderosa: limpia el mundo y lo descontamina de toda la barbarie que los terrestres ocasionamos sobre sus faldas de tierra y verde. Aunque también -y entonces su voz se agravó: - porque el agua guarda misterios que los seres de la superficie nunca esperaremos conocer.
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Re: De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

Mensaje por Amethist el Miér Nov 16, 2016 10:07 am

III. Eblumia

Cruzar la jungla de Uzuri de manera diagonal nos tomó más de lo calculado. Por lluvias torrenciales, cuyo frío calaba hasta los huesos, y días sofocantes plagados de mosquitos que nos devoraban como si hubiesen pasado hambre generaciones, el camino resultó lento y tortuoso. El paisaje también se mantuvo estático, lleno de verde con lianas colgadas por doquier, infestado de seres de todos los tamaños y colores, ¡aun cuando llovía!, todos de formas curiosas; anfibios coloridos como venenosos; reptiles peligrosos, pero cuya carne era magistral en manos de Yusuf. Si alguna vez pensé que el mundo era grande, ahora, por los cayos en mis pies y el cansancio en mis muslos podía acreditar que no era grande sino inmenso.  

Y en la biodiversidad de aquel mundo plagado de verde, el entrenamiento no cesaba. Lloviera, tronara, con sol, con nubes, devorados por los insectos, acechados por los felinos, asediados por sonidos que poco o nada podía entender pero que por su ferocidad y potencia sabía que poco bien nos esperaba tras aquellas fauces, Yusuf y yo no dejamos de hacer sonar los palos y los golpes, las heridas y el desatino, todo en función de aprender y no olvidar. No podía entender de dónde me venía la capacidad para no bajar los brazos o dejarme vencer a pesar de saber que no podía ganar; sin importar los pómulos hinchados o las articulaciones inflamadas, yo volvía y me levantaba, una y otra vez, hasta que el vendado volvía a encerrarme entre sus redes, obligándome a caer de bruces.

Música:


Entonces sucedió.  Brotaban de entre las hojas los primeros rayos del sol. El frío se colaba desde la tierra hacia fuera, chocando con el aire, incrementando su crudeza por el viento congelante que cada vez se hacía más notorio durante el viaje. El camino hacia el sur del continente nos había obligado a meternos hojas y tierra entre la misma ropa; un método antiguo para aislar el efecto congelador de los fuertes vendavales. La marcha había durado toda la noche, apenas iluminados por la tenue luz de un artefacto que el vendado portaba en el pecho a manera de amuleto. Las montañas se abrieron de par en par, dejándose caer para perderse en el horizonte entre una línea grisácea que poco a poco se iba ensanchando en colores celestiales de azules diversos hasta aterrizar en un purpura tocado de naranja. El reflejo del astro rey me quito el aliento, sin saber en qué punto comenzaba el cielo o terminaba el mar. Adónde fuera que abarcara la mirada estábamos rodeados de agua.

-Hemos llegado- atajó el guerrero, entrecerrando los brazos con cierto orgullo: -Eblumia.


La vista me resultaba apoteósica. Nada visto hasta entonces se comparaba con el sur del mundo, el corazón marino de Noreth. Jamás imaginé estar a la deriva de la existencia y, a pesar del cansancio, del dolor, del hambre, o de los golpes, tener el derecho de poder apreciar aquella perfección de la naturaleza. El aire era diferente: helado como fresco, una bocanada de pureza que jamás había tenido ocasión de sentir. Los músculos de la cara fueron los primeros en tensarse, mientras la nariz ardía del frío. Desde lejos, una neblina espesa se alzaba bordeando las costas, rocosas, dentadas mientras los pinos y robles invadían el valle llegando inexorablemente hacia el mar sobre un manto de pasto fresco.

-Es el agua- aclaró con voz profunda: -El mar golpea la costa con toda su fuerza, dándole forma a la piedra que bordea los acantilados. Es el agua quién forma esa pequeña capa nublosa, ocultando a quién anda esas laderas los precipicios que esperan al incauto. Se dice que son las escaleras al mundo submarino, el Gran Reino de los Merrows de Noreth. Sus terrenos son todo lo que alcanzas a ver, el Gran Lago, poco antes de que las montañas se cierren, dejando una abertura y conduzca el agua al mar. Las Puertas del Oráculo, les llaman los lugareños. Nadie ha incursionado por esos territorios. Sin embargo, en la otra ala de la bahía, ¿la alcanzas a ver?

Siguiendo el camino que el dedo de Yusuf trazaba, entendí la forma geográfica del lugar: se trataba de un gran fardo, que desde las alturas parecía un lago dentro de la región. Gran Lago, le decían, y era explicable pues a simple vista así era como se veía. Sin embargo, al seguir la línea delimitada por la costa, dos grandes montañas la cerraban, dando un pequeño paso al agua para salir al mar. El guerrero hablaba de eso, de aquellas enormes formaciones rocosas coronadas por aves voladoras.

-Allí, donde la tenaza se encierra, se dice es la puerta al mundo de las ondinas, guardado por el santuario de Alastor- y su dedo vendado apuntó a la copa de la montaña, donde las aves resguardaban.

-¿Es un nido de halcones?

-¿Halcones dices?- preguntó entre mofa y sorpresa. -Realmente tienes buenos ojos, aunque no es de extrañarse considerando... Son diviums y sílfides, uno de los últimos lugares donde ambas razas conviven en paz. Tienen alianzas con los Merrow y las Ondinas marinas, prohibiendo el paso a los terrestres, tras las Puertas del Oráculo.

-Es hermoso- advertí de repente, con los ojos abiertos de par en par, aún invadida de ese extraño sentimiento de inmensidad e impotencia propia ante la magnificencia del mismo mundo.

-Lo es ojos de Amatista… sin duda lo es. El mundo podrá ser un lugar viejo y, para quién lo anda demasiado, incluso un desencanto. Pero nadie podrá refutar que es este mismo mundo quién guarda una hermosura sin par con respecto a otras realidades de la vida. La magia de la naturaleza… es de ahí de dónde realmente viene la magnificencia de los dioses. Si en algo debemos creer es que la perfección de su trabajo es muestra de su capacidad e intelecto.

A veces no lograba entender al vendado. De ser un completo psicópata del entrenamiento pasaba a demostrar la sensibilidad más desgarradora del poeta. Pero yo sabía quién era y por más que a veces soltaba sus discursos notados, siempre, al final del día, me estaba moliendo a golpes.

Entonces fue cuando se me ocurrió lo imprevisto: tomando la vara con ambas manos, una tosca rama de roble recogida en las cercanías de Uzuri, la apreté entre mis dedos, mientras forcejeaba conmigo misma para tratar de simular la misma sorpresa y pasividad con la que había recibido la vista de la región.

De pronto lancé el golpe. Fue más un asalto imprevisto e inseguro, un tajo de tambaleo forzado que bien sabía no le haría daño, más allá de desestabilizarlo. Él reaccionó de repente y con su mano vendada detuvo el movimiento de la vara. No volteó a mirar, simplemente… la mano fue al lugar donde el golpe se asestaría. ¿Cómo? ¿Cómo era posible?

-Con práctica.

-Deja de hacer ese truco.

-Aprende a bloquearlo entonces- y de inmediato tomó su arma, la giró dos veces sobre sí misma y lanzó un golpe a mis piernas. Los reflejos ya estaban entrenados pues de inmediato salté, dos pasos hacia atrás y con la punta en lo alto, mientras tendía la otra mano hacia atrás, sonreí con petulancia: acá volvíamos al mismo ruedo de siempre.

Yusuf asintió, clavando su cayado en la tierra y tendiéndome el arco hacia el frente.

-Ahora ve por la comida. No se te ocurra volver sin nada, mocosa.
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Re: De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

Mensaje por Amethist el Dom Nov 20, 2016 2:15 pm

IV. Cazadores cazados

Era un fastidio. Pero no de esos que espantas con las manos, como las moscas, para dispersarlo o incluso aplastarlo, erradicando el mal. No, el guerrero en vendas era de otra naturaleza. Emanaba sabiduría, una diferente a aquella que se decanta en libros o en el mero hecho de repetir el conocimiento aprendido. Cuando hablaba impregnaba sus palabras de la práctica, como si de todo lo que dijera hubiese sido testigo. Tenía el tono de la experiencia, una que resultaba difícil medir en años, a pesar de sus músculos formados y su piel áspera y extrañamente grisácea.

Refunfuñé un buen trecho, sin ser muy atenta al ruido que yo misma generaba entre la caminata descuidada, sino enérgica, y las conversaciones conmigo misma. Me sentía idiota por seguir los pasos de aquel hombre sin más, aunque entonces recordaba los días en la fortaleza, el peligro, su carisma para mantener a los guerreros en pie, a pesar de la disminución número de ellos frente a los de la orden, y entonces entendía que no lo hacía por descuido, sino por una demostración: él me había ayudado a salvar la vida de aquellas paredes de muerte. En el fondo, aunque fuera un pesado, debía reafirmarme que aquello era lo correcto.

El camino sobre la ladera del bosque se abrió de repente, dejando el bosque a mis espaldas y el frío penetrante del campo abierto hacia delante. La quietud era imperturbable: viento, mar, los pastos, la luz del sol, todo simplemente estaba perfecto. Y es que, en esos pocos momentos que él abandonaba la práctica o el sueño y me permitía vagar por los senderos en busca de comida, venían a la mente las sombras del pasado, las preguntas sin respuestas y el remordimiento de lo que no quedó bien hecho. La imagen de un Qikto angustiado por el destino de su mujer; la figura del pequeño desamparado, quizás sin padre o sin madre; el rostro tozudo de los elfos que nos sacaron de Dalkia; Pork y su maquiavélico plan con sus trabajadores; el barquero del pueblo pesquero, Aramea, la Trianera, la gente de la gitanería y sus saraos nocturnos.

Necross también se asomaba en ese recuento vago, acompañado por una punzada de culpa en las entrañas.

-Está hecho- me dije, con una sonrisa desdibujada por la nostalgia. Estaba hecho, y aunque las cosas se hubiesen querido de manera diferente, nada podía hacerse para cambiarlas.

Una bocanada de aire y de pronto noté el silencio alrededor. Me agazapé instintivamente. Algo pasaba. Ojos que miraba, vigilantes. Esa sensación que atraviesa la espalda, eriza la nuca, pone los pelos del cuerpo en total alerta, sintiendo el más mínimo cambio en el aire, en las hojas, las rocas, la fricción de otro cuerpo que ya ha notado una intrusión.

Miré a un lado, luego al otro y allí lo encontré. Lejos, a medio kilómetro entre la maleza, una estela confusa de colores cafés y ojos ambarinos clavados en mi dirección tanto o más como yo los tenía clavados en él.

-La comida- chilló la daga con ansiedad hambrienta.

“La comida”.

Música:


Eché a correr. No había razón para tratar de evitar lo inevitable: el elemento sorpresa estaba perdido por mi propia imprudencia. Las piernas entrenadas, fibrosas y ágiles, me impulsaron sobre las ramas, saltando o rodando, de acuerdo se dieran las circunstancias. Evadiendo los árboles, saltando los troncos, tomando las pocas ramas que parecieran fuertes para volar sobre los obstáculos, corrí tanto como me diera el impulso y el hambre. No podía explicarlo, pero arrancar así, a rienda suelta por la foresta como si no tuviera deber u obligación con nada sino sólo con mi propio instinto, me daba esa liberación que sólo había sentido en lo alto del ventanal de la fortaleza, a punto de sucumbir al vacío neblinoso.

Por su lado el ciervo era ágil, saltarín. Su flexibilidad y elasticidad le daba el impulso para ser prácticamente inalcanzable. Cualquiera pensaría que allí era una de esas ocasiones en las que era mejor buscar una segunda opción y abandonar la tarea; animales hay por todos lados. Sin embargo, yo conocía mis ventajas. Los días pasados junto Yusuf, bajo el agua y el sol, en condiciones de lluvia o de días abrazadores, me habían permitido entender mis fortalezas, y usarlas a mi favor. Aún no tenía la destreza para siquiera aspirar a ganar una contienda al vendado, pero un ciervo estaba lejos de vencerme. Podría ser más veloz, pero yo sólo requería estar a la distancia prudente para asestarle.

El pasto alto del valle sobrepasaba mis rodillas. Rascaba tras los pantalones y su ruido ponía siempre en sobre aviso al animal. Sus orejas peludas, levantadas en posición atenta, reaccionaban instintivamente, siguiendo el rastro del ruido que hacían mis pasos. Aquello era una desventaja palpable. Remangué en la carrera las prendas de mis piernas, descargué de la espalda el arco, apretándolo sin bajar la velocidad. Mis oídos silbaban con la prisa, notando el cambio de vibración entre la fricción tela- pasto, y ahora era pasto-piel.

Una vuelta cerrada tras una hilera de árboles y caí en picada, de barriga, sobre la hierba. La altura del verde rebosante cubría mi rastro. Cerré los ojos y, a la distancia, hacia el norte, los pasos de la presa también desaceleraron. Seguía atenta. Era de esperarse. Ahora todo era cuestión de sigilo. Llevándome el arco de nuevo a la espalda, y acida de pies y manos, hundiendo los dedos entre la tierra, comencé a reptar en la dirección que había detectado.

Son pocos los segundos que median entre el éxito o el fracaso. Entre más me acercaba, secretamente me encontraba pidiendo a la Divina Providencia que el animal estuviera un poco más allí, atónito, evaluando sus opciones, sintiéndose a medio camino entre aliviado y aterrado.

Me alcé sobre la hierba y mis ojos se clavaron sobre esa figura de carne café y manchas blanquecinas. Acuclillada,  alisté las armas: el arco en la diestra, la flecha en la siniestra, los músculos contraídos, la respiración tranquila. Era cuestión de precisión, exactitud…

HNGRSHHH.. GRRRRR

El rugido me dejó como estatua clavada a la tierra. Sabía lo que vería al voltear el rostro. De cazadora pasaba a presa… voltear solo me haría acercarme a lo inevitable.

GR… GR…HNGRSHHH.. GRRRRR.

-Corre, estúpida… ¡CORRE!

No necesité de su grito para saberlo. Sin preocuparme en ver quién era el dueño del gruñido grave y amenazador que se alzaba a mi espalda, corrí de nuevo, ahora salvando la vida.

-Me lleva el demonio...- maldije mientras las lianas de los árboles se me enredaban en el pelo, o las raíces de los árboles me impedían agilizar la marcha.

-Corre… solo corre- espoleaba la voz maligna de la daga, una y otra vez, tan aterrada como yo, quizás también ignorante de lo que nos seguía tan de cerca los talones.

HNGRSHHH.. GRRRRR

La carrera tarde o temprano debía acabar. Por más que me esforzaba por hacer que cada paso se abriera al punto de dolerme en la entrepierna para poder abarcar en el menos número de pasos la mayor cantidad de espacio recorrido, no podía evitar el sentirme cada vez más arrinconada. La región se mostraba directa, como un hilo de camino lleno de árboles que indiscriminadamente me llevaban al agua. No había dónde esconderse; tampoco cómo eludir el peligro. Sin mirarlo, podía adivinar sus fauces sonoras, así como su gran olfato, por la manera como entre rugido y rugido olisqueaba el aire. Aquello erizaba los pelos; cualquier treta era inservible.

De pronto, el agua me cerró el paso. El nacimiento del Gran Lago se alzaba al caer de una alta hondonada dentada, llena de rocas que sobresalían a la caída cubierta de bruma. La decisión estaba planteada: saltar y enfrentar las rocas o darle finalmente la cara a lo que sea que me seguía.

Él también lo sabía, pues detuvo su paso a pocos de los míos. Era el cierre del juego. Con la respiración forzada por la carrera volteé y la vista se me nubló bien por miedo o por asombro ante lo que allí se alzaba.

Un oso colosal, de ojos rojizos y pelos azabache como la tierra, gruñía rondándome, hiendo de un lado a otro, mostrando sus grandes fauces afiladas, de baba colgante por el deleite que de seguro le provocaba degustar de antemano el bocado perseguido.  
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Re: De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

Mensaje por Amethist el Sáb Nov 26, 2016 11:58 pm

V. Osos que no lo son y enanos que tampoco


La bestia arreciaba con violencia. Moviendo sus garras como si marcara para si una línea limítrofe entre ese espacio permitido para sí mismo y lo que sería el ataque hacia su presa, yo sólo le seguía con la mirada clavada en sus garras o en sus fauces, sin poder darle frente a esos ojos aterradores. Era un animal poderoso, de proporciones jamás vistas para una criatura como ésa. Yo era apenas una brizna que dejaría de ser si tan solo una de sus garras me atrapaba…

De pronto, entendí que allí estaba el error. No estaba pensando. Entregada al terror de la misma manera que lo estuviera cuando el demonio de Lluughaa me emboscara en los bosques cercanos a Dalkia, no razonaba las salidas que podría tener a tamaño encuentro. Sequé rápidamente mi frente, agarré con fuerza el arco y allí comprendí que, como muchas veces con Yusuf, aquel oso era exactamente lo mismo que el entrenamiento: una escuela de baile, agilidad y búsqueda del momento preciso.

Respiré profundo al son de un gran gruñido. La criatura no era estúpida, en mi resolución podía traslucir la fuerza de una voluntad que aún se le imponía. Las piernas dejaron de sentirse enflaquecer, serenando de a poco mis propios ánimos; las manos recobraron su fuerza, el corazón dejó de presionar, dando espacio a que las ideas fluyeran. Se trataba de ser más rápida que la bestia, anticipar sus golpes, acercarme cada vez al centro de su cuerpo, traspasar su propia línea de defensa… ser más astuta de lo que hasta el momento había sido.

-Eso suena estúpido, hasta para mí- repicó la daga.

-Es mejor que nada- refunfuñé, abriendo un tanto las piernas y adoptando una posición defensiva.

Tenía clara la teoría de lo que debía hacer, pero, ¿me respondería el cuerpo al reto? No hubo tiempo de meditarlo, el primer zarpazo llegó a la izquierda, reaccionando instintivamente dando dos pasos al lado contrario.  

La rapidez de la evasiva tomó al oso por sorpresa, quién enfurecido volvió a rugir haciendo temblar la tierra. Yo también estaba sorprendida, aunque sudorosa: la velocidad de reacción elevó mi confianza; el porcentaje de lograr aquella proeza aumentaba mínimamente, pero aumentaba. Su línea imaginaría ahora estaba más cerca de mis pies, aunque también lo estaba yo de él.

Con fuerza se abalanzó, está vez su objeto de ataque eran las mandíbulas. Suya era la ventaja táctica, siendo más grande y de una altura considerable, lo que él alcanzaba con solo estirar sus fauces, yo lo debía salvar corriendo a una velocidad que no era capaz de llevar. Entonces los ojos se clavaron en su cuello, un pequeño, pero notado espacio por el que podría escabullirme entre sus patas.

Tampoco hubo tiempo para pensarlo, haciéndome a un lado para evitar el primer mordisco, de inmediato me lancé de cabeza en un bote sobre la tierra, que me alejó de su rango de visión, ubicándome entre sus patas.

-¡Estás peor que antes!

-Te equivocas- refuté de nuevo, esta vez tomando el arco y desplegando horizontalmente un corte con las incrustaciones de mithril.

Lo cierto es que me había tomado tiempo darle lógica a porqué el arco tenía aquellas iluminaciones tan poco útiles. Siendo de madera, proyectando la flexibilidad de su talle en las maniobras con las que lanzaba las saetas, pareciera que aquel elemento decorativo no tuviera ningún valor más allá que lo dicho. Pero no era eso del todo cierto. El mango y gran parte del centro del mecanismo era de madera, más los bordes finales, recubiertos en formas extrañas, casi letras, estaban bañados con el precioso metal. Todo estaba concentrado especialmente sobre el final, lo que le daban un uso de cuchilla, que, abanicando de forma lateral, le permitía tener un filo lo suficientemente efectivo para despellejar.

Y allí había mucho que despellejar…

-Brillante- siseó la daga.

Yo sonreí ante la idea de ver al enemigo caído. Pero canté victoria a destiempo. Sin poderme ver, al estar debajo de ella, el oso rugió, moviendo sus patas de manera alocada, tratando de aplastarme al ser incapaz de reconocer mi rastro. No era estúpida aquella bestia y esa reacción me hizo volver el terror.

-No te acojones ahora, maldita. Piensa…

¿Qué era ese oso? Si fuera un animal cualquiera hubiese girado en todas las direcciones para dar con el rastro de quién en sus narices se le había escapado. Pero aquella criatura era todo lo contrario. Sabía de su punto ciego y apenas me le perdí de vista, había reaccionado frenética tratando de encontrarme con sus garras. Lista… aquella era una bestia lista.

-No tengo todo el día- silbé con furia mientras hacía discurrir el arco de forma horizontal. El corte no fue profundo pero lo suficientemente molesto para que el animal rugiera y retrocediera, aún más enfurecido que antes, si es que eso se podía.

El odio se leía en su rostro orgulloso.

-¡VAMOS!- grité entonces, poniéndome en pie con el rostro enlodado y la mano aún acalambrada por el esfuerzo, ¡aquella piel era dura pero no lo suficiente como para evitar la imitación de hoja que tenía el arco!: -¡DEJAD DE JUGAR Y ATACA DE UNA BUENA VEZ!

-Deja de provocar problemas mejor- estiró las palabras otra voz desde atrás.

Volteé el rostro, curiosa al sentir que alguien más estuviera allí. Pero, en ese segundo de distracción, sentí el manotón del animal enfurecido y el mundo se apagó para siempre, aunque yo poco supiera si quiera que aún ocupaba parte dentro del plan que el destino tejía.

--//--

-Ha estado bueno este conejo, Grosk.

-Nunca imaginé que tendría que compartir mi comida de nuevo contigo, sombra andante.

Abrí los ojos y supe que dos hablaban. La oscuridad del lugar contrastaba con las sombras que se proyectaban de dos figuras al calor de las llamas danzantes. Una de las voces era Yusuf, y aunque el dolor de cabeza me impedía tener el 100 por ciento de certeza, simplemente sabía que aquel tono pausado y tranquilo, casi sarcástico y soberbio de profundidad incalculable, era del vendado que me había acompañado. Sin embargo, la otra voz, más aguda, risueña sino infantil, era del todo desconocida.

-¿Qué trae por aquí?- continuó el tono cantarín.

-Las aguas- atajó con tranquilidad el guerrero, mientras se hacía el silencio entre ambos personajes. De pronto el dolor de cabeza pudo más que mi idea de hacerme la espía y gemí, moviéndome un tanto. El vendado continuó: -Las aguas y ella. La casa siempre llama.

-Ah sí lo sé… debe tener una de esas jaquecas para recordar- silbó su compañero. En eso por fin pude abrir los ojos y quedé atónica al ver de quién se trataba: apenas un hombre pero del tamaño de un niño de 10 años, con la panza salida, los ojos risueños, la mirada traviesa y una de sus manos directamente en uno de mis pechos, la criatura sonrió con cierta alegría reparando: -Sí que estás bien a pesar de que el oso casi te destroza…

¡El oso! ¿Dónde estaba el oso?

Asustada traté de levantarme, pero la tarea resultó bastante mal. El mundo giró y luego casi cae sobre mí sin que lo viera venir.

-Deja eso, mujer. Él ya no está… ahora estoy yo- y llevándose las manos a ambos lados de la panza orgulloso, continuó: -Yo soy Grosk.

-¿Un enano?- pregunté escéptica, con las manos en la cabeza.

La entidad rio divertida.

-¿Un enano? Esos son feos, toscos y huelen a podrido… No, no, no, yo soy un feérico, un duende del valle. Soy un Grosk y si Grosk soy, pues soy oso, enano, amigo, y fiel servidor.
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Re: De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

Mensaje por Amethist el Sáb Dic 03, 2016 11:56 pm

VI. Grosk: la definición


Música:


Un Grosk…

De ojos grandes, de un gris acuático tan honesto que casi se podía leer su pensamiento infantil tras aquel iris claro; sonrisa jocosa, aún más de lo habitual, amplia, plagada de dientes amarillentos pero enteros; tez pálida, casi tan gris, igual a la del guerrero vendado; arrugas por doquier, como si le sobrará piel; orejas puntudas, grandes con pelos saliendo de ellas, sino algo más, y esos cabellos albinos que le daban una apariencia de tener todos los años del mundo, aquel ser, fumador compulsivo, misógino reprimido y algo pervertido, apenas si me llegaba a la cintura. Era gracioso, entendido en trucos de magia, hablador empedernido, incluso hasta cuando se le prohibía que hablara, dotado de una chispa especial en lo que decía y en el cómo lo decía.

Sin embargo, si me preguntaran, ¿qué es un grosk? Diría… es él. Sólo él.

No es hombre, elfo, divium o animal, sin embargo, puede mutar su cuerpo como si de un cambiaformas se tratara. Según Yusuf tiene la esencia mágica concentrada de una manera diferente a las criaturas que derivaron del Gran Árbol. Es poderoso, y aunque no lo parece, lo revela en una fuerza que supera los músculos o la astucia. En lo que llevo de vida, al menos consiente, desde los días oscuros en la Fortaleza de Samrat hasta mi arribo a las tierras de Eblumia, él es el primero que veo caminar por esta tierra.

-No somos muchos, y tampoco es que nos queden viejas…- aclaró al atardecer, bajo las sombras danzantes de la fogata: -no es que nos motiven demasiado a, ya sabes, darles lo que quieren... lo que toda hembra busca- y río con sorna: -pues cuando se quitan el disfraz de princesas, sólo les queda la piel colgante hasta en… – y sin miramientos se fue tocando la entrepierna. Yo, automáticamente, torcí el rostro en aire de desaprobación, pero Yusuf, entre divertido y somnoliento, soltaba un gesto cantarín que el duende interpretaba como aprobación forzada… y por ende continuaba: -Es una calamidad natural. ¡Muy viejas, muy rancias! Por eso mi especie se degrada a procrear con algo más bonito, aunque no tenga mucho de la gloria de los nuestros. Pero, ¡no importa! ¿o no?… Por cierto, humana flacucha, ¿quieres procrear? ¿Tienes ya la edad? Te ves como niña aunque... éstas se te ven adelantadas a la infancia- advirtió con media sonrisa y las manos bombadas llevadas al pecho.

-¡Pero qué idiota más zopenco!- espetó la daga, tan asqueada como yo. Pocas veces coincidíamos.

Mi rostro debió apoyar lo que la voz demoníaca afirmaba pues el duende de inmediato extendió las manos en señal de tranquilidad:

-No te preocupes. Nada de sulfurarse, hembra humana- y volteándose hacia el vendado, en voz baja, preguntó: -¿Es tuya acaso? ¿Te la coges de vez en cuando? Ya sabes… no me gusta el plato de segunda mano. Soy fino. No lo parezco, pero las sobras…Hmmm… No, no, no, eso no va conmigo.

“Lo voy a matar”.  

Mis dientes rechinaron de ira. Parecía no comprender qué de lo que había dicho me molestaba, y eso causaba que la furia creciera. Solo faltaba que las palabras de Yusuf fueran acordes al agravio del Grosk y explotaría.

-Puedes preguntarle a ella, amigo mío- contestó tajante el guerrero, cruzándose de brazos.

-¿Preguntarle yo a una humana? ¿A una hembra?- y volteó de reojo, examinándome: -¡No estoy tan loco! ¡Son mujeres! Sólo sirven para una cosa…- y otra vez la sonrisa se formó en sus labios mientras se llevaba las manos a la bragueta.

-¡Ya basta, imbécil!

-Cuidado, señorita- espetó Grosk alzando su mano, de dedos largos y huesudos: -Usted no tiene derecho a hablarme. Es forastera, y además mujer: pertenecen a la cama o la cocina. Además, de no ser porque mi amigo acá apareció en el momento justo, me hubiese deleitado con su carne: como feérico soy un amor, pero como oso… vivo hambriento todo el tiempo.

De nuevo esa sonrisa. Solo verle la cara, a la luz de todas las estupideces que decía, y me daban ganas de estampillarle los nudillos contra las mejillas. Respiré hondo y luego sentí que la tranquilidad volvía a llegar. No valía la pena. Me arrebujé entre las ropas, apreté las hojas a mi cuerpo y así me entregué al amo de los sueños, ignorando la palabrería del pequeño granuja.

--//--

La noche sucedió al día, y el día se volvió días, deambulando por aquella floresta de rocas y estepa. Las montañas quedaron a las espaldas, junto con la Ciudad Esmeralda, Uzuri, y las malas experiencias en Ujesh Varsha.  Al frente, rodeábamos el lago, siempre hacia el este. La neblina ascendía en las mañanas, pero se disipaba cuando el sol alcanzaba el cenit, el aire se tornaba cada vez más delgado y fresco, con un cierto toque de esencia a mar.  

-¿A dónde nos dirigimos?- pregunté luego de la práctica, cada vez más intensiva ahora que entraba en juego un enorme oso que siempre terminaba acorralándome como presa.

-Un lugar sagrado- rugió Yusuf, apresurando el paso.

-¿Le llamas lugar sagrado al antro donde duerme tu puta?- interrogó Grosk con los ojos abiertos como dos platos.

-Él…¿has dicho antro?

-Tú no puedes hablarme mujer, apréndelo de una buena vez- volvió a levantar su mano el pequeño dictador: -Eres un ser inferior, no tienes derecho a estar siquiera en mi presencia… Aunque lo permito solo porque este culo está bien redondito, paradito, ¡ah! Parece una almohada

Su mirada pervertida parecía traspasar ropa, sudor y prudencia, devorarme sin que le estuviera viendo.

-Bastar…

-Vamos a Melk- interrumpió el de piel gris, tomándome del brazo, evitando que le quitara los dientes al duende: -Es un puerto, el único refugio de vida civilizada que hay en esta región. Ya hace falta beber algo más que rocío y la verdad... un buen baño te sentaría bien, mocosa.

¡Genial! ¡Simplemente todo era genial! De andar con un tuerto que poco le importaba, había terminado en compañía de un insecto enano y pervertido, y otro que debía estar aún más loco que el feérico, pues de seguro su concepto de “lugar sagrado” iba acorde a lo que en lengua común era un prostíbulo.

Otra vez se repetía la historia… Otra vez estaba con el viejo Morritz y sus secuaces... Y sí, Yusuf tenía razón: ¡apestaba a Grosk!    
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Re: De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

Mensaje por Amethist el Vie Dic 23, 2016 12:58 am

VII. Un lugar sagrado: Melk


Melk

Era difícil marchar a la par de un Grosk, a medio camino entre la estatura de un enano y una pulga; pero aún más era seguir las huellas de su forma de oso. Agresivo, irracional, la bestia simplemente avanzaba con nosotros a pocos tramos, siguiéndolo a veces a rastras por precipicios u hondonadas, siempre rumbo el este, rodeando el fiordo, entre trochas infestadas de piedras punzantes y caminos de herradura. Cuando en las noches aparecía el pequeño duende, entonces comenzaba otro tipo de martirio: el psicológico. Su frase favorita “tú no tienes derecho de dirigirte a mí, mujer”, en ocasiones me hacía querer mandarle la mano encima y voltearle la sonrisa de canalla. Al levantar la mirada encontraba el rostro de piedra de Yusuf y el enojo se bajaba tan rápido como fuera propiciado. Ante el guerrero yo era la pulga.

Al cuarto día de andar, apareció sobre el horizonte una línea de luz y piedras. Conforme bajábamos la hondonada, la playa se avistaba, y sobre esta, casi flotando de manera mágica, unos techos se formaban, tan tupidos los unos a los otros, quedaba la impresión de ser una línea gruesa suspendida sobre el agua.  

-¿Este es vuestro lugar sagrado?- inquirí con media voz y la respiración cansada.

-Así es- espetó Yusuf, también falto de aire.

-Es un moridero- espeté entre dientes, más cansada y decepcionada que enfurruñada.

-Bien puedes pasar la noche sobre las piedras, mocosa- contestó presto el duende, con media sonrisa, orgulloso de haber ya adaptado a su verbo los sobrenombres con los que su amigo me apodaba. ¡Aquella caminata no podía ir peor! Sin embargo, para mi propio asombro, Yusuf paró en seco y, con voz recia, apuntó:

-Si he de pedirle a ella que os respete, mi buen amigo, lo mismo os pido yo. Ni ella tiene la culpa de no saber escoger bien sus peleas, ni vos de ser tan pequeño y ponzoñoso.

Tuve miedo. Las pupilas del duende se colorearon de un fuerte carmesí que amenazaba con irrumpir en gritos de histeria antes de transformarse de nuevo en la enorme bestia peluda que podía invocar. Y con esa forma, nos destrozaría. Al menos a mí, que aún no podía dominar todos los acertijos de defensa para lograr atajar los ataques de mi rival, pero el oso era algo más irracional y violento. No daría tregua, ni tampoco sería una práctica. Si el peludo se levantaba en su traje de bestia, al menos a mí me llevarían los dioses con una sola de sus zarpas.

Y tantas eran mis cavilaciones, que sólo pararon cuando las carcajadas del Grosk inquietaron la arena de la playa. El duende reía a pierna suelta, medio sentado, sujetando su panza como si las tripas se le fueran a salir, con la cara aún más contorsionada de lo que usualmente la tenía. El vendado de piel grisácea también esculpía una sonrisa porfiada. Sin dudarlo dos veces, para mi aquellos dos estaban locos, y su amistad me resultaba difícil de entender. Pero, ¿qué podía saber de confianza y amigos cuando los únicos que había logrado quedaron abandonados a merced de los estragos?

Nos pusimos en camino de nuevo, con los estómagos marcados por el hambre y la garganta seca. Pronto me di cuenta que nada era como desde lejos se avistaba: Melk se alzaba sobre una plataforma de madera, con casas que se levantaban en varios pisos entre la piedra esculpida de la montaña más cercana. Ese era el límite de la urbe, pequeña, apenas marcada por un muelle cubierto de embarcaciones pequeñas, y a la distancia, entre la bruma, la sombra de otras aún más grandes. Era obvio que, por la calidad rocosa de la playa, resultaría difícil que atracaran allí, de ahí que todo Melk fuera un nido de varios navíos de mediano tamaño, dedicados a la pesca y el contrabando.  

-Allí… allí sigue el “Resquete de Mister Cop”- explicó extasiado el duende, señalando un local humilde con una pálida luz al interior: - Allí está la vieja Celia- y recogiéndose en sí mismo en un abrazo autoconsolador continuó: -Esa bruja me debe dinero, pero es tan arrastrada y maloliente que gusto se lo regalo.

-Ese es el truco entonces, ¿oler mal?- indagué, mirándole por encima del hombro.

-El truco para espantar un buen marido. Sí primor, ese es. Por esto sigue el consejo del viejo tío Grosk y báñate cada día, sobre todo entre las piernas, no querrás oler a podredumbre…

música:


Estaba lista para propinarle un puntapié cuando la música llegó a mis oídos. Guitarra, flautas, acordeón… ¡Hacía mucho no escuchaba tonadas ni sonidos que me recordaran ese pasado lejano, cuando el sarao y las maracas mandaban el paso tras la pandereta que ajustaba contra los muslos de las gitanas danzantes! “Entremos”, fue mi primer pensamiento y, casi mirando de manera suplicante a Yusuf, recé a los dioses para que nuestra parada nos llevara allí.

-Curioso…curioso…- agregó el duende como si siguiera con su mirada el objeto que yo codiciaba: -De todos los sitios, a tu amiga le gusta el de las putas… ¿quién lo pensaría?

Pero el vendado también parecía absorto con los sonidos de la taberna. Sin proponérnoslo, pero queriendo, ambos andamos en dirección hacia la puerta de dos mandos y letrero opacado, con unas letras góticas en las que apenas se distinguía el nombre “Sol naciente”.

Amarena:


Ante el portón, una mujer en pocos trajes y sonrisa apacible, se abanicaba con galantería mientras con fina coquetería digna de meretriz, se subía el encaje de la pierna, portando una media sonrisa que embobaba a más de un transeúnte.  

-Si quiere le ayudo con eso, niña- espetó el duende, mandando la mano a la piel de la ramera.

Ésta, pronta y oficiosa, como si reconociera la figurilla grotesca que se le avecinaba, dio un paso atrás, dejando en el aire: -Debes dinero aquí, pequeñín. Huye mientras puedas… Huye.

Entonces la dama reparó en el vendado y sin pizca de vergüenza, en un fuerte arrebato, se fue directo hacia sus brazos y sin que este hiciera nada, ni una muestra de afecto o repudio, la dama le besó los labios oscuros, dejando entre ellos la marca de un gemido suplicante.

-Bienvenido de nuevo, maestro de las sombras- saludó con suavidad, casi dejando deliberadamente su aliento entre la boca recién besada.

-¿Y para mí no hay saludo? ¡Qué desgraciada eres Amarena!- restregó el Grosk, indignado.

-Para ti habrá más que patadas, pequeño puerco, a menos de que hayas traído el pago por todas las que mancillaste aquella noche, y la noche anterior a aquella. Gaston no gusta de los morosos y lo sabes.

-¿Debes dinero en un prostíbulo, Grosk?- preguntó el vendado con una sonrisa en los labios.

-Uno tiene necesidades- advirtió entre dientes el duende.

Para ese momento la mujer ya agarrada del antebrazo del guerrero le instaba a entrar en aquella casa de música y parranda. También había reparado en mí, pero sin animarse a inquirir sólo apresuraba por la entrada del joven Sikti.

Yusuf resistía estoico. Ella volvía a intercambiar sus besos y empujaba, pero él, clavado como una estaca, se resistía a entrar en aquel lugar.

-¿Qué pasa?

-Te dije que ya no habría más- suspiró pesado.

-No eres de palo…- sentencio ella.

-Quizás sí.

Lo soltó de pronto, con el rostro entre enfurecido y sorprendida. La mujer era hermosa, cabellos sedosos, seguramente suaves al tacto, con unas curvas perfiladas y unos muslos sobresalientes. El rostro resultaba armonioso, casi inocente con sonrisa de malicia. Una combinación a la par con el paisaje: quieta y serena en la superficie, recia y tormentosa muy seguramente en la cama.

-¿Es por ésta?- inquirió entonces, señalándome con desdeño.

-Es por mí- contestó seco: -Llama a Gaston, Amarena, debo hablarle.

La mujer torció el gesto y entró en la taberna. El humo a comida y alcohol, a vicio y fornicio, se coló por mi nariz, alertándome de lo mucho que añoraba un buen pedazo de carne, una bebida decente y un buen colchón por cama. La música nublaba los sentidos, invitándonos a mandar al demonio aquellas razones que tuviera el guerrero y entrar de una buena vez. El Grosk se encontraba en el mismo dilema que yo, yendo y viniendo sobre sus propios pasos, rondando la entrada como si fuera un sabueso.

Amarena no demoró. De nuevo, ante el umbral, con un gesto coqueto de sus dedos, nos llamó:

-Entrad, viejo Yusuf. Entrad todos. Hoy seréis los invitados de Moiseur Gaston. ¡Sed bienvenidos al Sol naciente!
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Re: De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

Mensaje por Amethist el Lun Dic 26, 2016 1:24 am

VIII. Los secretos del “Sol naciente”

Música:


El humo creaba una cortina que servía de antesala a un mundo de pecado. Todo allí invitaba a ser trasgredido, como si ningún mañana fuera a asaltar el vicio. El aroma de tabaco encendido viajaba por todos: los muebles, la barra, las sillas, los clientes, las chicas en venta. Y en ese ambiente marcado por la avaricia y la lujuria, se estiraban las manos, se halaban la ropa, gemidos traspasaban las paredes y se colaban hasta lo profundo del paladar, casi degustando lo que otros parecían probar bajo el poco pudor de una oscuridad a duermevela. El dinero golpeaba las mesas, al sonido de los dados; las risas calaban las médulas de quiénes eran pisoteados por el juego del azar, y las mujeres con ademán elegante, todas chicas, no mayores de la veintena, sabían su lugar, rotado entre la danza al son de las guitarras o yaciendo al lado de los afortunados apostadores, clavadas como los dardos de los que apostaban a dar al centro de la acción. Copas que chocan, carcajadas sonoras, amor a buen precio, fornicio indiscreto, tristeza cadente vendida como felicidad eterna, así parecía trascurrir las notas musicales de una tonada tan lánguida como la que se escuchara en el establecimiento de Moiseur Gaston.

Al fondo, en una de las paredes, antes de levantarse sobre todos el bar con sus diferentes mezclas destiladas, una enorme esfera de cristal, elevada sobre el techo, alumbraba por sí sola con una luz misteriosa, de un color naranja asomándose entre los diferentes alcoholes como si las repisas fueran el horizonte. Una combinación perfecta de vitral y decoración que hacía que el nombre del lugar tomara realidad: la esfera simulaba el astro sol “naciendo” por entre los espejuelos alcohólicos de la barra. En contraparte, al otro lado del lugar se alzaba una tarima de madera enclenque y ruidosa, donde los músicos tocaban al son de las caderas de las bailarinas, chicas semidesnudas, apenas cubiertas por sedas tan marchitas como ellas. Música, danza, juego, azar; alcohol, tabaco, vicio y fornicio; mujeres, gangsters, desamparados, burgueses, guerreros, campesinos, rameras y más rameras, aquel lugar era un mundo en sí mismo.

Quizás fuera por la manera en que cada día debía estar a la defensiva con Yusuf, o por lo que había implicado seguir el paso al feroz oso que nos acompañaba, o quizás fuera el hecho de que, desde que despertara encerrada en la Fortaleza de Samrat, no había conocido la paz, pero lo cierto es que, apenas entramos, los ojos se fueron a la fuerza bruta del lugar. Hombres apostados en las puertas, los costados, en las sombras, y en las luces, donde quiera que la mirada alcanzara, se podía observar que, entre los mares de clientes y las chicas que buscaban, se interponía un muro de protección y resguardo, como poco había visto en un lugar de aquella calaña.    


Taberna y burdel “el sol naciente”

-¿Qué hacemos acá? -susurré al Grosk, pensando que aquel ser quizás tuviera alguna pista que justificara nuestra presencia. Pero él, ni corto ni orondo, se encogió de hombros y con los ojos atentos a un lado y otro, siguió saludando cualquier rostro que le pareciera conocido.

Suspiré con cierta decepción al tiempo que la daga cantaba ansiosa al sentir tantas presas reunidas en un mismo lugar. “Arribista es”, pensé para sí, sin querer dar rienda suelta a que aquella hoja rojiza pudiera tomar control de nuevo de la situación como en el pasado había sido su usanza.

Todos seguimos a Amarena, mujer de cabellos fresa, caderas anchas y muslos generosos. Abanicaba sus brazos al son de sus pasos, como si todo en ella pudiera tener un pulso vivo. Su escasa ropa llamaba la atención de todos, excepto de aquellos que ya estaban familiarizados con la belleza de la mujer: los guardias y sus compañeras de oficio. Yusuf, por su parte, iba tras ella seguido por el Grosk y yo. De vez en cuando alguna palabra indebida, o una invitación indecente saltaba hacia mí, furtiva, a lo que torcía los ojos, o la mirada se blanqueaba como si aquello poco fuera conmigo. En un mundo de putas, era normal que otro par de tetas se confundiera con la mierda.

-Qué prejuiciosa- bramó la maldita.

-Honesta- acerté, volteando la mirada ante las piernas desnudas de una mujer sobre su cliente.


Moiseur Gaston

Tras cruzar las mesas y las apuestas, más allá de la tarima, tras una cortina de satín amarillo, en medio de un cuarto oscuro con olor almendrado, techos trabajados, pintados de cuadros diversos, esperaba el dueño del bar al frente de un ajedrez, concentrado en las jugadas que hiciera para sí mismo, como si su propio ego pudiera albergar a dos personalidades.

-Gaston- soltó la joven con voz cantarina: -El querido Yusuf está acá.

-Lárgate Amarena, y di que traigan algo de tomar para nuestros invitados- contestó sin levantar la vista del tablero. -Dime vendado, ¿qué aconsejas mover? Si adelanto la torre, el alfil podrá comerme, pero tendré camino libre para hacer sufrir al rey; sin embargo, si saltó con el caballo, podré posicionar mejor las fichas, y en una jugada de tres turnos acabar esta contienda.

-Yo movería el caballo- contestó de inmediato el de tez grisácea, sin pizca de duda.

-Interesante jugada, aunque es ridículo de mi parte pedir consejo a un ciego- río: -Sin embargo, quiero saber… ¿qué te hace estar tan seguro de esa jugada?

-En la primera sacrificas a uno de los tuyos; la segunda no.

El hombre alzó su mirada mezquina estudiando a su interlocutor. Luego, como si se diera cuenta de algo que solo fuera claro para él, rompió el silencio con una gran carcajada:

-¡Es por esta razón que yo dirijo una taberna decente y tú vives con las pulgas, mi amigo!

Se levantó y con un fuerte abrazo cerró al guerrero de vendas. Yusuf sonrió, aunque no tanto como lo hubiera visto con otros amigos. El Grosk parecía alterado, y solo hasta ese momento noté como meneaba las manos, nervioso.

-Veo que traes compañía- advirtió Mousier Gaston repasando por encima nuestros rostros: -Grosk. por fin has venido a pagar lo que debes, ¿no es así? Ya sabes que no me gusta los morosos y tú ya rayas en el nombre, mi amigo. ¿Traes el pago?

-Yoo... ehmmm.. Mmmm

-De eso vengo a hablar- advirtió Yusuf: -¿Cómo es eso que un duende te debe? ¿cómo puede llegar a pagar? Ya sabes que en este lugar está prohíbido cierto tipo de trueques, Gastón: lo prohíbe las leyes del mar y las de Alastor. Ambos bandos son feroces enemigos para un fuerte tan indefenso como el de Melk. ¿Qué te traes entre manos?

-No deberías hurgar en mis asuntos, maestro de las sombras. Ya sabes que nada sale bien de un hombre, exiliado, insignificante, contra una organización. No quiero hacerte daño, pero soy de los que no tiene problema en sacrificar una torre por obtener lo que quiero. Y el Grosk sabe lo que necesito de él… Quiera o no, tendrá que dármelo.

Los ojos del dueño de aquel lugar se abrieron de par en par, circunspecto, mientras el duende, con más arrugas que una uva pasa, bajaba la cabeza, mirando a todas las direcciones, como si aquella conversación no fuera con él.  Estaba pálido y las ojeras se le pronunciaron conforme los segundos pasaron. Por su parte, Yusuf parecía hecho de piedra: una escultura inamovible. Aquella medición de voluntades finalmente cedió a las palabras de Gastón, esta vez reparando en mi presencia:

-Veo que además traes compañía, mi amigo. Bonita, no muy alta pero… agraciada. Tienes ojos poderosos, belleza, ¿lo sabías? Te podría vender muy bien. Incluso hasta podría irte mejor que la misma Amarena, si le pones empeño, claro… ¿qué te parece mi oferta de trabajo?

-No me interesa- respondí tajante.

-Lástima. Si cambias de opinión, las puertas estarán abiertas para ti.

-Reconsidera la situación Gastón- volvió a cargar Yusuf, esta vez con un tono más condescendiente, sino comprensivo: -No es algo que quiero hacer, pero estoy llamado por el Código de las Mareas y la secta a hacer cumplir la voluntad de ambas partes: ya una vez tuvimos problemas, amigo mío, no quiero tenerlos de nuevo.

-Entonces voltea el rostro y sigue tu camino hacia la casa en el bosque, Yusuf. Nada en Melk necesita tu atención o tus preguntas. En cuanto al Grosk… condonaré su deuda- y mirando al pequeño de cabellos blanquecino culminó: -Pero no vuelvas por acá hasta que no estés en posesión de lo que requiero.

Salimos de allí a paso aireado. Yusuf con la mandíbula constreñida y los puños cerrados, se adelantó a pasos agigantados, dirigiéndose al muelle. La oportunidad de dormir en cama, luego de una buena comida, había quedado en el olvido: ni siquiera habíamos alcanzado a probar las bebidas prometidas por Moiseur Gaston. Quizás desde un comienzo nunca hubiese sido la idea el traerlas.

El aire fresco de la bahía olía a pescado. Al frente de la baranda, viendo como las pequeñas embarcaciones se alejaban, el vendado pasaba el mal trago de un encuentro que no había salido como lo esperado.

-¿Qué fue lo que prometiste?-finalmente preguntó el maestro de las sombras.

-No puedo decirlo, Yusuf… No puedo, pero el agua… se ve…

-Se ve roja- completé.  
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Re: De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

Mensaje por Amethist el Sáb Ene 07, 2017 11:47 pm

IX. Mentiras y verdades

-¿Por qué vinimos?- pregunté, luego de que el comentario sobre el agua quedara en eso, el insípido color rosado de la superficie.

-No te incumbe.

-En este momento sí- refuté altanera, por primera vez en todo ese viaje. No era para menos, las circunstancias, las largas jornadas de caminata, lo que había dejado atrás, lo que prometía el futuro, nada tenía sentido para mí: -Me habéis traído con mentiras hasta una región donde un oso casi me come, un traficante casi me vuelve puta, y un duende me impide hablar con él porque soy mujer. ¿Acaso no merezco un poco de esas explicaciones que bien os habéis guardado todo el camino?

Las merecía y en su gesto apacible podía leer la contrariedad de sus pensamientos, no por mí, sino por lo que el acumulado de noticias traía sobre sus hombros.

-Escucha, ojos de Amatista: primero, no, no mereces ni media explicación. Desde el momento que viniste conmigo aceptaste las reglas de este encuentro: no tienes idea de nada y hasta que yo lo quiera, esto no cambiará. Sin embargo- y allí, con una tensión leve en los labios, continuó: -la razón para ir donde Gastón era simple: comer y dormir. Quizás sea un burdel o un antro de mala reputación, pero la comida, bebida y hospitalidad de esas mujeres nos hubiese venido bien dados todos los tropiezos que hemos tenido- torció los labios y con la nariz hizo un gesto desconcertante: -Entonces te topaste con Grosk y ahí la situación cambio: los duendes, cuando hacen juramentos, están resguardados por magia poderosa, y ahora nuestro querido amigo está en problemas… ¿cuáles? No los puede decir, pero por las mentiras que el gordo Gaston nos dijo, que sé que los tiene.

Ambos volteamos hacia el Grosk y él, con esa cara de loco y una sonrisa impostada, agachó rápidamente la mirada, sujetándose las manos con fuerza, temblándole los dientes como las arrugas. De pronto me pareció que ese ser ofensivo, hiriente e irritante en un principio, aparecía ante mi vista como lo que realmente era, una víctima más de aquel lugar, producto de las trampas que exhibía tras el juego y el vicio, donde cada gesto de ayuda sólo escondía el interés de un delito, del vicio. Él había sido mancillado.  

-Entonces, ¿qué haremos?- advertí.

Yusuf se volteó, como si viera en dirección al burdel, aun sumido en pensamientos. Los lloriqueos del Grosk continuaban como si fuera una tonada subyacente en la conversación que sostenía con el guerrero. Entonces, de repente, él me tomó del hombro y con agarre fuerte y decidido me arrastró hacia la parte oscura de la luz, donde las antorchas no conseguían penetrar las tinieblas de la noche. Todo era parte del poder que él tenía, no en vano, en varias partes de nuestra caminata le habían apodado “el señor de las sombras”; se ocultaba entre los espacios donde la vista no llegaba, y desde allí, a traición, atacaba. Me dispuse a protestar como siempre, más sorprendida que indignada, pero el instinto me dictó lo contrario.

-¿Qué sucede?- murmuré con producía.

El vendado apenas alzó uno de sus dedos en dirección a la puerta del burdel. La mujer de cabellos cereza y muslos prominentes se acercaba con ese paso suave y elegante, como si levitara sobre la madera del pueblo flotante.  

De pronto caí en cuenta que alguien faltaba. Miré a un lado y al otro, pero no había ni rastro de Grosk. ¿Dónde estaba? Me dispuse a preguntarle al guerrero, pero este presuroso se llevó un dedo hacia los labios. No era prudente hablar.

Amarena anduvo por un trecho, sin notar nuestra presencia, concentrada en el agua que tenía al frente, como si algo o alguien la esperara allí. Pero nada había. Sus movimientos sensuales se reflejaban incluso en ese paso decidido que tenía al caminar, contoneando las caderas y los brazos, con el cuello elevado y la mirada devoradora.

El brazo de Yusuf me atenazó con más fuerza, al notar lo mismo que yo, la mujer no desaceleraba el paso, como si quisiera seguir el camino a través del agua. ¡Y así lo hizo! Ante nuestros ojos, si es que el guerrero podía ver -pues varias veces supuse que aquella venda solo era de adorno-, la mujer entró en las aguas, siguiendo el curso de estas, apenas rozándolas con los dedos sin hundirse.

-Es hidromante- susurré, sorprendida.

-Es una ondina- aseguró en un suspiro el ocultista.

Ambos, absortos, seguimos el camino de la chica hasta que paró bajo una de las casas del frente, adentrándose bajo los palos que la sostenían flotando.

-Ve- sentenció finalmente Yusuf: -Síguela.

-¿Yo?

-Sí. Andando mocosa…

Refunfuñé sin oponerme a ello, pero, al ver el agua, di media vuelta con las firmes ganas de protestar. El guerrero de brazos cruzados y puños firmes estaba a mi espalda, como una estatua de eras pasadas. Intimidaba, no solo por lo grande sino también por esos músculos que se le traslucían tras la tela. Bajé la cabeza y entré en el agua. Estaba helada y lo peor, la oscuridad le había otorgado un extraño color cobrizo que se entremezclaba con el rosado. Un olor penetrante a alcohol o algo que se le asemejaba, brotaba desde las profundidades. No quería entrar allí… el instinto me lo recomendaba.

-Ve, ojos de Amatista, y ten cuidado. El agua limpia pero también traiciona.

Me sumergí. La sensación de estar en mi elemento era agradable como aterradora. Tocar las ondas bastó para que una capa delgada pero resistente apareciera, envolviéndome en ella como un caparazón protector. Podía respirar como también dirigirla, una especie de escafandra que me permitía tener una vida bajo agua… si lo quisiera.

Sin embargo, entre aquella marea me sentía expuesta. No había piedras o vegetación que me escudara, a excepción de las columnas de madera que servían como base para el pueblo de Melk. Fue a través de ellas que avancé, siguiendo la dirección de la ondina como de la corriente del agua. Estaba tranquila, la noche apenas si dejaba el rastro de algunas sombras, pero era la quietud del mundo acuático lo que más me aterraba. Al final, apenas aguardando tras una de las columnas, la vi.

Con mitad de su cuerpo transformado en una gran aleta de pescado, se mantenía fuera del agua en su torso, apenas avistándosele los brazos tras la superficie. Ascendí un tanto más, sin despegarme de aquella protección de madera que me servía de escondite y mis ojos quedaron abiertos de par en par: sostenida por lo que parecía dos golems de agua, estaba una criatura de iguales características a las de Amarena, sólo que su rostro, al contacto con el agua, se transformaba en uno horrido, de dientes puntiagudos, ojos ahuecados, mandíbulas gigantescas. Un ser grotesco.

-Huye- cantó la daga como el sentido común.

El miedo subió por las piernas, recorriendo los brazos, acompasándose con el corazón. No podía moverme. Con la mirada fija en esa criatura esperaba que pasara lo inevitable.

-Hagamos esto rápido. Gaston espera…- entonó cansina la ondina, al tiempo que los golems atravesaban la carne y en un grito mudo, que en el aire no tenía sonido, pero de seguro sí en el agua, la criatura moribunda expiró dejando en manos de uno de ellos su corazón.

-Huye estúpida… Huye.

La sangre de la criatura tiñó el agua de cobre y rosa, llenando el aroma de ácido y alcohol.
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Re: De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

Mensaje por Amethist el Dom Ene 08, 2017 12:56 am

X. Lágrimas que quedan en el mar

Los suspiros son aire y van al aire,
las lágrimas son agua y van al mar.

G.A. Becquer.


Nereida

Las nereidas, parientes lejanas de las ondinas y los merrows, eran la versión amorfa de sus iguales, tocadas en épocas pasadas por la profanación que causaran los magos en StorGronne. Sin hogar alguno, refugiadas en los ríos que tarde o temprano las condujeron al mar, fueron cazadas por la mayoría de las razas cuando su cuerpo estaba en el agua. Y es que, de muchas de las criaturas mutadas por la magia en aquella región, ellas, las nereidas, fueron de las pocas cuya transformación es parcial, sin ser verdaderos cambiaformas. Fuera del agua no tiene la capacidad de hablar o comunicarse, siguiendo la tradición de los peces. Su cuerpo apenas puede durar fuera del agua, pero en esos momentos de agonía, su belleza es armoniosa, sus rasgos puros, siendo mujeres encantadoras que provocan a más de un mortal, incluso más que sus hermanas ondinas. Sin embargo, al sumergirse, su forma conserva la cola de pescado que tienen los merrows pero el rostro, sus brazos y aspecto se vuelve monstruoso, casi diabólico, lo que ha despertado más de una leyenda macabra entre los pueblos de la superficie.

Desde que aparecieron en el mundo, las nereidas han peligrado. Si bien algunos las cazan por su parentesco con los demonios, otros simplemente quieren hacerse a sus dientes, corazón o escamas, pues un sinfín de usos se les da a las partes de sus cuerpos, desde las medicinales hasta las bélicas, pues su sangre parece estar emparentada con la de los dragones.

En su momento, mientras veía como el pecho abierto de aquella criatura mostraba sus entrañas sin ser capaz de emitir ni media queja o grito de dolor, no sabía nada de este conocimiento antiguo. Fue luego, cuando Amarena abandonara el lugar, y el olor a muerte dejara de obnubilarme los sentidos como el juicio, que subí de nuevo a la superficie e informé a Yusuf de lo sucedido. El pánico me había paralizado, las palabras no venían a mi mente, y aunque el guerrero vendado me daba ánimos para recobrar la compostura y narrar lo sucedido, más de una vez me oculté el rostro entre las manos, entre avergonzada y aterrada por no tener el coraje para haber salido del escondite y proteger aquella vida, o el haber sido testigo de una muerte tan infame como atroz. La escena se repetía una y otra vez en mi cerebro, con esos ojos suplicantes que de improviso perdieron toda luz expresiva en medio del martirio.

Grosk ya estaba a su lado, junto con una abuela, aún más arrogada que él, si es que esto era posible. Entre él y Yusuf me sacaron del agua, tiritando como estaba entre el susto y el frío del aire que golpeaba mi cuerpo húmedo contra la noche. Apenas si podía creer lo que había visto pero el vendado, siempre medido y ecuánime, se quitó su gabán y lo puso sobre mis hombros, mientras con gentileza me subía sobre su espalda.


La vieja Celia

-Gracias por todo, Celia- exclamó el guerrero, apretando mis piernas mientras yo me hacía a su cuello, tiritando: -Protege a este viejo loco mientras yo hago más averiguaciones.

La anciana asintió estoica mientras agarraba con fuerza del hombro del Grosk. Éste, contrario a lo que pareciera, no se inmutó por el gesto, alicaído y ensimismado.

-Lamento mucho no haber podido decir palabra de todo esto, Yusuf- aclaró finalmente, lanzándonos una mirada avergonzada y entristecida: -La magia es poderosa en los nuestros, tú más que nadie lo sabe; pero así también lo es el peso de la palabra hablada y jurada. Me era imposible hablar sobre mis deudas con Amarena. Era... era imposible.

-¿Hay algo más que puedas añadir a lo que ya sabemos?- apresuró el guerrero con tono enérgico.

-No, mi amigo. No que pueda decirte, más si te puedo asegurar que hay mucho por descubrir. El Sol naciente es sólo la primera pista de muchas que se extienden ahora por esta región. Eblumia ya no es lo que era antes.

-Menos con bazofias como tú, Grosk inmundo- apresuró la abuela mientras le restregaba en la cara una rata muerta al duende: -Tú y los tuyos solo traen problemas a mujeres sensatas como yo, que por más que tratemos aquel es mierda, mierda se queda.

-Calla mujer. Tú no tienes derecho a…

-Te callas tú, insecto charlatán. Más faltaba que ahora, tras tantos años, me vengas a decir que eres mejor que yo. ¡Maldito seas, Grosk! ¡Malditos todos los que piensan como tú: con el pito antes que con la razón!

No pude evitar reir, dejando caer mi cabeza sobre la del guerrero. Quisiera decir que estar así, en la espalda de Yusuf, me hacía sentir apenada, pero no. El cansancio acumulado, sumado al frío penetrando en los huesos y la humedad que aún corría libre por mi piel, me habían mermado físicamente. La mente también volaba cada tanto hacia lo vivido: los ojos de aquella criatura, la crueldad con la que fue asesinada, la impunidad con la que aquella ondina se había salido con la suya.

-La amas, ¿cierto?- finalmente pregunté al oído del guerrero mientras éste, luego de despedirse, había tomado el camino de las sombras, lejos de los ojos de quiénes pudieran delatarle. En la complicidad con la que Amarena le había hablado, la confusión con la cual se habían teñido sus palabras, y ese nerviosismo y tensión que rondaba cuando ambos estaban cerca, solo podía indicar algún tipo de conexión.

-Deja de hablar estupideces y descansa- espetó indignado: -Igual, has hecho bien, Amethist.

Era la primera vez que me llamaba así, muy seguramente no sería la última, pero si el comienzo de un nuevo paso en nuestro camino recorrido.

-¿A dónde vamos?

-No paras de preguntar. Nunca paras de preguntar… eres desesperante, mujer- refutó él, agarrándome de los muslos con mayor fuerza de la esperada. -A casa… finalmente a casa.

Cerré los ojos con una media sonrisa. El olor a sudor poco a poco fue creciendo, conforme avanzábamos. Debía pesarle, pero era más el efecto de tantos días de caminata y entrenamiento. No habíamos parado nunca, tampoco habíamos dejado de realizar nuestro combate de rutina. Pronto el cuerpo se contagió del calor que expelía el del guerrero, y en menos de nada, me sentí con fuerzas de volver a andar sobre mis piernas. Pero él lo impidió.

-Debemos alejarnos de Melk- reparó con brusquedad cuando pedí bajarme de su espalda. -Debemos llegar lo antes posible a la cabaña, pero eso no lo haremos si avanzas a paso de caracol. Además, los caminos son peligrosos, más aún cuando las nereidas andan por esta región.

-¿Porqué?

Yusuf contó la historia de éstas, su origen, sus desgracias.

-Nunca se ha comprobado nada, pero es posible que tengan conexión con los demonios.- finalizó.

-No me gustan los demonios- aseguré: -Además siento que tengo un imán para atraerles.

-Sí… Eso me han comentado. Te siguen ellos o inquisidores del Dios Único. Eres buena para hacer amigos.

-¿Te han comentado?

-Calla ya, cotorra parlanchina. Trata de dormir mejor. Repón tus fuerzas. Quién sabe con qué nos sorprenda la mañana.

Apreté el agarre alrededor de él y con una media sonrisa, cerrando los ojos, aclaré:

-Llegar a casa. Por fin.

Él rió cansino.

-Oh sí. Ahora sí que sí. Con casa.
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Re: De suspiros que van al aire y lágrimas que terminan en el mar

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