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No es una petición, es una orden

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No es una petición, es una orden

Mensaje por Kasumi el Sáb Nov 12, 2016 2:41 pm

La mañana llegaría, como cada día, con el sol levantándose como el rey del cielo sobre el cielo azul oscuro que, poco a poco, se iba aclarando conforme pasaban las horas.
La luz se derramaba sobre mi frente como la calidez del agua cuando me bañaba, y apreté los párpados en respuesta de la intensa luz. Pude ver que la habitación estaba bañada en un suave color naranja rojizo, y había un aire fresco en el cuarto. A mi lado, reposaba en el futón de al lado, Kiyoko, cubierta hasta la nariz por el pesado edredón blanco, dejando apenas ver sus orejas blancas de gato sobresalir sobre su cabellera, con sus párpados cerrados suavemente, con una paz inusitada sobre su rostro.

Me aparté el futón de encima, y caminé hacia la cómoda que había al fondo, apenas cubierto mi cuerpo con la ropa interior, y una suave prenda de lino sin mangas cubriéndome el torso. Sobre la cómoda yacía doblado pulcramente el yukata azul, y tras tomarlo, marché del cuarto hacia la cocina en busca de algo que comer. A mi lado, sin darme cuenta, las orejas de Kiyoko vibraron, quizás con el sonido de la puerta corredera, pero yo no podía haberme dado cuenta.

----------------------------------
Mientras estaba desayunando un vaso de leche de cabra recién ordeñada, mi ama apareció por la puerta, vistiendo un pesado kimono naranja con flores estampadas, y se sentó frente a mí de rodillas, esbozando una sonrisa delicada, como si se la hubieran dibujado con un pincel.

- Buenos días, Kasumi. Me alegra verte por aquí

Incliné la cabeza ante ella en señal de respeto, y le saludé con algo de seriedad
- Buenos días, señora. También es un placer para mí. ¿Le puedo servir en algo?

La señora Arahara se reía para sí, quizás por ver la formalidad que yo le ofrecía, y que ella no necesariamente deseaba.

- Por favor, Kasumi, no hace falta que seas tan formal. Pero sí que es cierto que hoy necesito de tu ayuda. Tengo una misión para ti Mientras decía todo esto, apoyaba sus brazos en su regazo con recato y mesura, mientras me observaba con calma. Parecía una estatua, siempre tan controlada con sus movimientos y acciones.

A mis oídos ha llegado una de un mercader de esclavos aquí en la ciudad. Como bien sabes, nosotros estamos en contra de la esclavitud, pero esperaba que las autoridades hicieran lo propio aquí en la ciudad

Arahara se tomó unos segundos para buscar las palabras que quería decir con exactitud, mientras tomaba suavemente una bocanada de aire tras suspirar.

- Sin embargo, las autoridades locales no sólo han desoído las denuncias acerca de ese mercader, sino que está dejándole carta blanca para hacer lo que quiera, seguramente porque ha pagado importantes sumas de dinero. Quiero que te encargues de esto-

Mi ama me mantuvo la mirada concentrada en mis irises, y asentí con energía.

- Sí, señora. Haré pagar a ese ruin individuo

- Un momento. No quiero que le mates. Las sospechas podrían recaer sobre nuestro clan. Los espías seguramente sepan a qué nos dedicamos, y matarle sólo será otra pista que poner en nuestra contra. Destruye su negocio, y libera a los esclavos a ser posible. Sólo recuérdales quién manda

Me dispuse a beberme de un trago el vaso de leche, y a levantarme para hacer una reverencia, gesto que Arahara detuvo con simplemente un gesto de su mano.

- Probablemente quieras llevar ayuda, pues no va a ser fácil. Recuerda, tu objetivo es hacer que ese… “caballero” no quiera volver nunca más a su negocio. Pregunta a Kiyoko si quiere ayudar. Estoy segura de que lo conseguiréis juntas.

Asentí con la cabeza para luego levantarme de la mesa, y hacer una inclinación de medio cuerpo.

- Gracias por confiar en mí. Daré mi mejor esfuerzo


Me retiré de la cocina y marché hacia el dormitorio, atravesando el pasillo de la casa. Tras abrir la puerta, me sorprendí al ver una espalda con un pelaje corto y suave de color canela frente a mis ojos, siendo tapada por la pieza de ropa que compondría su kimono. Kiyoko ya se estaba vistiendo con sus ropajes, anticipando mis palabras antes de siquiera haberlas pensado. En cuanto la puerta se abrió, se giró hacia mí, con un brillo atento y emocionado en sus ojos.

- Buenos días. He oído que hoy tenemos misión ¿verdad?

Así que no sólo lo había oído, sino que ya estaba aceptando venir, y le agradecería su gesto profundamente aunque no se lo hiciera saber. Sin embargo, estaba segura de que ella lo intuía, a su modo.

Me dirigí hacia el armario donde guardaba mi armamento, y tras abrir las puertecillas que lo mantenían oculto tras la pared, pude ver cómo se colocaba a lo largo y ancho del armario cada pieza. Tomé de los laterales ambos sai, una bomba de humo y 5 shurikens, que guardé bajo el yukata, sobre mi estómago.

Observé a Kiyoko, que ya estaba preparada, y bajamos las escaleras, para calzarnos y salir a la calle. Aunque en el último momento caí en algo. SI íbamos a ver a un vendedor de esclavos… Quizás necesitaríamos hacernos pasar por un comprador de esclavos.

- Kiyoko, no te lo tomes a mal. Pero debo hacernos pasar por un ama y su esclava. Y tú pintas mejor de esclava. Dame un momento, que voy a por la cuerda

Kiyoko se sonrojó por un momento. ¿Ella ser mi esclava? Seguramente le parecería cuanto menos una proposición indecente. Pero sonrojarse no era una reacción que hubiera esperado. Sin darle mayor importancia, fui en busca de la cuerda a la habitación

Volví con la cuerda en mano, y me puse frente a Kiyoko con firmeza

– Quítate la túnica – Ella obedeció, con las mejillas sonrojadas quizás por el nerviosismo, mientras que yo le pasaba la cuerda doble por la cintura, y le daba un par de vueltas, para luego hacerle un chaleco de cuerda que le sujetase de los hombros, de su pecho, y de la cintura, quedando firmemente marcando su cuerpo. La cuerda sobrante la usaría como correa, y le mandé ponerse la túnica de nuevo.

Ahora sí, parecería mi esclava, con correa para que no se fuera lejos.

– Recuerda, andarás por detrás de mí. No me adelantes, ni levantes la mirada mientras estemos falseando nuestras posiciones. Haz lo que yo te diga y no hables si no te digo que lo hagas

- S-sí, Kasumi. V-vamos Repuso ésta con nerviosismo, antes de salir detrás de mí a la calle, con las manos sobre su regazo.

En esta mañana hacía un día ideal para salir fuera, con el cálido sol cayendo sobre la calle, alimentando el alboroto y la vida que desprendía la gran cantidad de gente que discurría por la calle de un lado a otro, rebosante de luz, color y sonido. Nos mezclamos con el gentío, yendo hacia una calle que desembocaba en un callejón más adelante, donde esperábamos encontrar un hombre sentado que estuviera dispuesto a aceptar su crimen.

Nada más lejos de la realidad, mientras nos alejábamos del grueso social, estábamos entrando en una zona peligrosa de la ciudad, donde había que saber dónde te metías, y con protección a ser posible. Las calles cada vez eran más estrechas, más sucias y más oscuras conforme avanzábamos por el barrio que rodeaba el puerto de la ciudad.

Antes de seguir internándonos, me detuve junto a Kiyoko y le miré a los ojos.

- Escúchame Kiyoko. Te voy a intercambiar con algunos esclavos, pero sólo porque quiero que me prepares la entrada al edificio. Buscarás una ventana y prepararás mi acceso, para que hagamos lo que nos toca. Puedes defenderte sola en caso necesario ¿Verdad?

Kiyoko asintió lentamente, aunque se notaba su voz temblorosa

– Sí, pero… No creo que pueda hacer gran cosa. Soy curandera, y aunque sepa algo de magia…

Puse mi mano sobre su cabeza, acariciando su pelo con los dedos y le miré a los ojos mientras sus palabras se perdían en el viento.

- No pienso dejar que te pase nada. En cuanto vuelva a casa para dejar a los esclavos, estaré vigilando

Dicho esto y aunque Kiyoko se mostrara reticente, nos adentramos más en los suburbios del puerto.

No era más que un nido de delincuentes callejeros, que se colocaban casual y disimuladamente en la calle, quizás de alguna forma concreta que delatara a sus clientes habituales a qué se dedicaban. Mujeres y hombres con ropa excesivamente ajustada, algunos con media cara oculta tras sus ropajes, y otros que no enseñaban sus manos. Sus miradas estaban puestas sobre nosotras dos, pero por lo que parecía, era posible que me estuvieran tratando como una transactora de esclavos.

Nos detuvimos en cuanto el callejón se acabó, y un hombre se mantenía lanzando una moneda al aire, jugueteando con ella sin demasiado interés, hasta que se detuvo cuando nos vio acercarnos.

Éste alzó las cejas, pero tras meterse las manos en los bolsillos, se acercó a mí, bloqueando mi paso, mirándome a la cara con aburrimiento.

-¿Qué quieres tú por aquí?

Le di un tirón a la cuerda con Kiyoko detrás, que avanzó una zancada, casi chocándose conmigo, mientras mantenía la mirada fija en el suelo.

- ¿No es evidente? Me he cansado de esta esclava, y busco hacer un intercambio con “El señor”

El hombre alzó una ceja, mientras ladeaba la cabeza, escrutando a Kiyoko con ojo clínico. Entonces esbozó una sonrisa para sí mismo

- Bien podría ser buena furcia tal vez

En el fondo estaba deseando tomar mi sai y clavárselo en el ojo al hombre, pero mantuve la sangre fría, recordando por qué estábamos aquí. Quizás más tarde.

Tras un exhaustivo escrutinio visual sobre la anatomía de Kiyoko, nos dejó pasar al interior de una sala donde había apenas una lámpara de aceite colgando del techo y unas plantas de aspecto enfermo en unas repisas en la entrada. La puerta a nuestra espalda se cerró, y nos quedamos de pie, esperando pacientemente que entrase alguien por alguna de las tres puertas que había en esta sala


Tras unos minutos que parecieron eternos en aquella sala sin ningún tipo de referencia temporal, apareció por la puerta de enfrente, un hombre rechoncho, bajito y bien vestido, con una aparentemente cara camisa de lino y unos pantalones de algodón.

Bienvenidas. Veo que hoy una joven señorita viene a hacer un intercambio ¿Verdad?

- Así es. Quiero ver qué tiene para mí. Esta inútil ya no trabaja igual que antes, y necesito un reemplazo- Repuse dando otro tirón de la cuerda.

En el fondo de mi alma me quemaba decir esto de esta forma sobre Kiyoko. Podía mentir y salir airosa sin mayor problema, pero sobre ella sería dañino, sabiendo lo bien que se portaba siempre conmigo.

Kiyoko mantenía la cabeza baja, sin decir palabra, mientras el hombre rechoncho sonreía para sí.

- En tal caso, te voy a traer la mercancía reciente. Quizás haya alguien de tu interés

El mercader se marchó y volvió con un joven muchacho, de cabello castaño, piel aceitunada, ojos castaños y ropa desgastada y gris sin aparentemente ningún signo de antropomorfia. También iba a su lado una muchacha alta, de anchas caderas y proporciones que daban signo de hipersexualidad aparente. Posee largas piernas carnosas, una cintura algo más estrecha que sus caderas, y pechos voluminosos y firmes. Su piel estaba cubierta parcialmente de pelaje castaño, y lo que no estaba cubierto por pelo, era piel rosada. También poseía largas orejas de conejo que caían sobre su frente, junto a su largo cabello castaño. El hombre rechoncho le obligó dar una vuelta sobre sí misma, mostrando su rabo sobre sus nalgas. Cabia decir que esta muchacha, a diferencia del joven, estaba apenas vestida por unos pantalones bombachos desgarrados y zapatillas de esparto, dejando todo su torso al descubierto, quién sabe con qué intención.

¿Quizás era una forma de tentarme, o tal vez de tantearme, viendo qué estaba deseando yo?

Forcé una sonrisa en mis labios, tratando de aparentar satisfacción, y tras soltar la cuerda de Kiyoko, me acerqué al muchacho, levantando un brazo suyo para tantear su fuerza y su musculatura.

Fruncí el ceño mientras palpaba los músculos del bíceps, mientras pasaba a la muchacha.

Tenía que aparentar que estaba analizando el material, así que, cerciorándome de la situación, me tragué mi vergüenza y palpé uno de los pechos de esa mujer, analizando su textura y firmeza, y lo mismo hice con una de sus nalgas. Por dentro de mí estaba avergonzada de tocar anatomía femenina aparte de la mía, pero tenía que tomármelo como un medio para un claro fin.

Me tomé entonces una pequeña pausa, pensando, mientras el hombre se mostraba ansioso, frotándose las manos mientras observaba a Kiyoko. Quizás ya tenía pensado algún destino para ella, y le veía un claro potencial.

- ¿Qué te parecen? Son buenas piezas ¿Verdad?-

Pasé por el lateral de la chica, que parecía estar sumida en un mundo paralelo mucho más lejano del que estábamos ahora. No sabía bien si estaba disfrutando del momento, lo cual sonaba poco correcto, o estaría bajo los efectos de algún tipo de droga.

- El muchacho no está fuerte, y la moza va a tener sus carnes fofas en poco tiempo. Pero supongo que me pueden servir

El hombre frunció el ceño, observando a ambos esclavos

- No estoy de acuerdo pero…Bueno, no tengo mejores clientes ahora mismo, y ya tengo planes para tu gatita

Repuso éste, acercándose a Kiyoko y alzándole la barbilla con la mano, sujetando su mentón.

- Hmm, sí, tiene buen aspecto y parece gozar de buena salud. Y veo que la vistes bien

El hombre soltó las cadenas de los dos esclavos y ambos anduvieron hacia mí, colocándose a mi lado, mirándome con atención, quizás miedo. Mientras tanto, Kiyoko se acercaba, cabizbaja, junto al hombre rechoncho, quedándose a su lado, mientras éste le daba una nalgada, alzando las cejas cuando chocó su palma contra la ropa que cubría su cachete.

La sangre me quemaba en el interior de mi cuerpo, y sin más miramientos, tomé a los dos esclavos por una mano cada uno, y salí de allí, despidiéndome en silencio con un gesto con la cabeza.

Afuera nos esperaba un rayo de sol que caía sobre nosotros tres nada más pasar la puerta, y el hombre que cubría la puerta, que se hacía a un lado para dejarnos pasar, mientras sonreía.

- Veo que has dejado a la zorrita dentro, y que te llevas a una buena moza contigo. Espero que la disfrutes bien.

La muchacha que me acompañaba sin embargo apenas respondía a ello más que con una sonrisa que parecía totalmente ajena a la situación.

De vuelta a la casa, traté de evitar las grandes avenidas con aglomeraciones, pasando por angostos caminos traseros entre los edificios, que conformaban la superficie del laberinto que podía ser esta ciudad, hasta llegar a la casa Toyogawa.

Una vez allí expliqué la situación a la señora Arahara, y tras observar a los dos esclavos, asintió, pensando en la situación.

Tenía que estar preparada para cuando cayera la tarde, vestirme de forma apropiada y hacerme hueco a través de su guarida, liberar a Kiyoko y a todos los esclavos y herir a los guardias, sin matarles. Debían de recordar a largo plazo que aquí no se permiten negocios si no se pide permiso primero

Mientras tanto, Arahara intentaría cuidar a los dos esclavos y tratar de sacar del trance a la coneja, quien parecía querer arrodillarse frente a Arahara, procurando apoyar su cabeza en su pecho y quizás así ofrecerle sus “servicios”. Ella sin embargo, lo tomaba con mucha tranquilidad, y sólo estaba acariciando la cabeza a la esclava, esperando a que se le pasara el efecto de lo que quiera que hubiera tomado.

Por mi parte, dejándole dicha tarea a mi ama, me marché a mis aposentos, para prepararme.

No necesitaría más que los sai, la katana y los shuriken para hacerle daño al mercader rechoncho. Francamente, esperaba que no hubiera tocado a Kiyoko en el tiempo en el que le dejé allí, pero necesitaba que Kiyoko reconociera el terreno para que me ayudara a la hora de liberar a los esclavos.

La noche cayó, y la luz de la luna se elevaba sobre mi cabeza, mientras estaba apostada sobre el tejado de una posada, junto al edificio que servía de base de operaciones para el mercader.
Apenas veía unos tenues destellos a través de las ventanas en la planta baja, y la planta de arriba parecía totalmente apagada y sin movimiento. Caminé hasta el tejado vecino, y me agaché hasta ponerme a gatas, avanzando intentando hacer el menor ruido posible. El techo era de pizarra, por lo que tenía que tener cuidado de no resbalar ni de cortarme con los bordes.
Llegué al borde del tejado, y traté de observar el ventanuco que tenía bajo mis rodillas, sobrepasando mi cabeza el borde del tejado. Estaba apenas a dos metros debajo de mí.

Me puse lentamente de pie, colocándome de espaldas al vacío, y estirando los brazos hacia arriba, me agaché despacio.

La tensión se podía palpar en mi piel, pero trataba de evadirme de ella, mientras me concentraba para hacer el siguiente movimiento. Respiración lenta, y 3 segundos con los ojos cerrados. No podría controlar mis pulsaciones, pero sí el nerviosismo por lo que iba a hacer.

Di un salto hacia atrás lo más corto que pude, y mientras mis piernas caían las estiraba hacia el vacío, mientras mis manos enguantadas se preparaban para agarrarse del borde del tejado.

Quedé en un balanceo que fui aminorando hasta quedarme totalmente en vilo, como si fuera un hechizo mágico, mientras observaba la ventana frente a mí.

Tras apoyar un pie en el alféizar, me impulsé adelante y me agarré del saliente superior de la ventana, para abrir la ventana con cuidado y en silencio.

La habitación que tenía ante mí estaba sin luz ni vida, y lo poco que se veía desde fuera por la claridad exterior era una mesa con sillas alrededor y una puerta al otro lado de la sala.

Mirando una vez más hacia fuera, me interné en lo desconocido, pasando al interior de la sala, yendo hacia la puerta que daba al interior de la casa.

Había un candil encendido en el pasillo que acababa de allanar, pero no había signos de vida en esta planta. Había un susurro proveniente del piso de abajo, posiblemente del mercader hablando con alguien. Descendí los peldaños paso a paso, sin hacer ruido, manteniéndome junto a la pared y observando tanto el piso que acababa de dejar como la planta inferior, por si aparecía alguien.

Mientras me acercaba a la planta, la voz se hacía más fuerte. Era la del mercader sin duda, y se hablaba en este momento con un lacayo, hablando de las ganancias que tendrían con la nueva adquisición del día. No le importaba haber perdido dos esclavos porque estaba siendo muy codiciada por un ricacho de la ciudad que deseaba una esclava felina.

Observé por el quicio de la puerta. El gorila de esta mañana me estaba dando la espalda, observando al mercader que estaba al otro lado de una mesa, bebiendo vino y comiendo queso.

No había tiempo que perder. Tomé una estrella y la lancé hacia el hombro del gorila, clavándose en su carne y salpicando su sangre por el suelo y la silla, aunándose con el grito de su dueño.

Como un relámpago, avancé hacia aquel con sais en mano, y descargué mi furia apuñalándole ambos hombros por delante.

El hombre gritaba, y su cuerpo temblaba del dolor. Volví a apuñalarle, esta vez en las rodillas, y le tiré al suelo de una patada en la espalda, mientras el mercader observaba petrificado cómo se deshacían de su defensa personal.

Me agaché para recoger los Sai de sus rodillas, y tras limpiarlos en la ropa del matón, me puse de pie y observé al mercader con frialdad.

- Ya has visto qué le he hecho a tu guardaespaldas. Te lo preguntaré sólo una vez ¿Dónde están los esclavos?

El hombre que estaba en el suelo gemía como un cerdo, y trataba de arrastrarse hacia la pared donde descansaba las armas del personal, pero una patada en la cara le hizo desistir un rato, dejándole sin conocimiento.

¡ Por los dioses, por favor, no me mates! Pero tampoco te puedo decir dónde están- Repuso el pequeño personaje, más redondo que alto.

Empuñé uno de los sai con mi mano buena y lo lancé hacia la mano que descansaba sobre la mesa, clavándosela contra el tablero de madera. El chillido del mercader no se hizo esperar y trató de mover la mano del arma que se la mantenía clavada, únicamente haciéndose un agujero mayor.

- No quiero tener que repetirme. Te daré sólo una oportunidad más antes de que empiece a rebanarte extremidades

Pasé por su lado, antes de quitarle el Sai de la mano, mientras le agarraba de su pelo y tiraba de él.

-¡Está bien!¡Está bien!¡Están en el sótano!

Bingo. Una sonrisa empezaba a aparecer entre mis labios, mientras le matenía aún sujeto su pelo en alto.

-No hay escaleras a un sótano que yo haya visto. ¿Te crees que soy tonta? Repuse agarrándole la muñeca con la otra mano, retorciéndosela en contra de lo que normalmente él movería

- ¡Está tras una puerta oculta en la pared a lo largo del pasillo que tienes a tu espalda!¡Pero por favor, paraaa!
Suficiente. Le empujé hacia la silla, cayendo hacia el suelo, y le miré desde lo alto, casi como si fuera un insecto.

- Si me mientes, te cortaré las manos. Más te vale que sea verdad

Me di la vuelta, en busca de la susodicha puerta escondida. Palpando con las manos ambas paredes, descubrí que, efectivamente, en un punto concreto, la pared se hundía. Mi pierna pateó aquel punto, y una puerta se abrió hacia el interior, dejando ver unas escaleras que se sumían en la oscuridad.

Volví de nuevo al comedor, observando si había alguna salida del mismo. Efectivamente la había, y no podía permitir que me la jugara este cochambroso hombre.

Le levanté del suelo, tirándole del cuello de su camisa de lino, y le puse en pie.

- Andando. Tú vas delante y vas a abrir las celdas de los esclavos. Si llamas a alguien para que te ayude, te arranco el corazón, así que no hagas ninguna tontería

El hombre asintió en silencio, y avanzó por delante de mí hacia la escalera secreta, con un sai amenazándole el cuello en un lateral.

Nos sumimos en un lugar oscuro, que se iluminó cuando el hombre encendió un candil que había en la pared con un sistema de chispa. Ante mí, había un gran pasillo con suelo de tierra. Una reja cubría la entrada a las celdas de los esclavos. Separaba a las hembras de los varones, pero la mayor parte estaba en un estado deplorable, sin ropa en condiciones ,y con aspecto de no descansar adecuadamente desde hacía semanas.

- Ábrelas. Todas

Solté al hombre para que pudiera hacer lo que le había dicho, y fue pasando puerta tras puerta quitando el cerrojo que mantenía cerradas las puertas.

Al menos una treintena de esclavos, sin saber muy bien qué sucedía, salían de sus celdas, extrañados por la hora a la que les iban a vender. Kiyoko apareció con la misma ropa que esta mañana, aunque tenía su torso desnudo, con su kimono cayendo bajo sus brazos.

- ¡Kiyoko! ¿Estás bien?¿Te han hecho algo?

- N-no.. Sólo me obligaron a quedarme con el torso desnudo… No me han hecho nada más…

Kiyoko se echó para mi sorpresa sobre mis brazos, asustada, mientras el resto de esclavos, igual que ella desnudos de caderas hacia arriba, salían de las celdas. El mercader se hizo a un lado, intentando pasar desapercibido, mientras los esclavos me observaban con atención.

- Escuchadme. Sois libres. Este mercader no va a operar más en estas tierras, si sabe lo que se juega. Podéis iros libres, o podéis acompañarme.

El mercader gritó de rabia, lo que provocó que los esclavos que le rodeaban se dieran la vuelta y le observaran. No todos eran lo inofensivos que fueron los dos esclavos que me ofrecieron esta mañana, y los gruñidos comenzaron a transgredir los niveles aceptables.

- NO es apelable. Si vuelvo por aquí y veo que aún estás operando, te mataré

Acto seguido, subí las escaleras, con Kiyoko a mi espalda, intentando recolocarse el kimono.

Subimos las escaleras, y salimos a la calle, tras atravesar el pasillo y la sala que vimos esta mañana, con un tumulto creciente a nuestras espaldas.

Cada cual era libre de seguirnos a buscar una vida nueva, o de irse por su cuenta si lo deseaba, y yo no iba a esperar a nadie. La guardia todavía estaba sobornada por este hombre, y si nos veían, podrían intentar apresarnos.

Caminé por las calles de mala muerte que habíamos atravesado durante el día, y a pesar de que el intento inicial de las furcias y los chulos eran de intentar cazarnos, se retractaron de sus acciones cuando vieron que un pequeño grupo de antropomorfos y seres extravagantes nos seguía.

Evidentemente, no iba a ser tonta, y fui hacia las afueras de la ciudad, donde había una pequeña hacienda de la Ama, donde solicité cobijo para estas pobres personas. Tendrían la oportunidad de unirse a nuestro clan si lo querían así, pasando a engrosar las filas del Clan Toyogawa. O bien podrían irse al amanecer, a volver a reintegrarse en sus propias vidas.


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Re: No es una petición, es una orden

Mensaje por Señorita X el Sáb Nov 12, 2016 2:44 pm

Parece todo correcto. Espero que tenga una buena carrera como espía profesional. Un saludo
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