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Nemo patriam quia magna est amat

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Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Sáb Nov 26, 2016 4:53 pm

1.
Nemo patriam quia magna est amat, sed quia sua
(Nadie ama su patria porque ella sea grande, sino porque es suya)

Seneca

Es el destino. Así lo había entendido la imperecedera al abrir los ojos ese día de invierno, el primero después del solsticio, cuando las hojas, ya todas, yacían como un tapete multicolor sobre los suelos de la ciudad dorada.

Erínimar, aquel valle extenso, bañado por ríos, rodeado de montañas y mar, despertaba para el mundo una vez más con sus cantos de oración y rezos a Luminaris. Oró, atendió las necesidades del templo y luego regresó a las funciones que, como primogénita del Gran Señor y Guardián del Trono de Luz, tiene a su cargo. Erulaëriel, la dama águila como la llamaban dentro de las paredes del castillo de la ciudad, debía cuidar de su reino como también por los otros 7 mientras su padre viajaba a las ciénagas, a la sombra de las montañas, donde los rumores crecían como una sombra.

Todo parecía normal en ese día. Las aves cantaban, las bestias fueron atendidas, los soldados hacían sus guardias, las sacerdotisas atendían sus oficios, los astros observaron desde lo alto la normalidad del tiempo tras del tiempo. Ithilwen, seguida de cerca por aquel que fuera su amante, amigo, confesor, guardián y escudero en incontables aventuras y protector de sus sueños durante las horas más tortuosas, respondió ante el Consejo de Sabios y luego, salió del itinerario de ese día para internarse en los jardines reales. Desde los hechos acaecidos en Darry o’Gor la mujer de cabellos ensortijados y mirada piadosa se había endurecido para el mundo y para sí misma.

Caminaron un rato, silenciosos, apenas seguidos por el eco de sus pasos y el tronar del báculo al rozar la tierra. No había mucho que decir, ni tampoco que explicar. La existencia de los elfos resulta rutinaria cuando años tras año, centuria tras centuria, el mundo vuelve y se repite. Ese es el efecto de la tranquilidad, la paz, que suele romperse en el momento que menos se espera. Y fue allí que, sin aviso o permiso, de repente la mujer se asió de una de las bancas y se dejó caer como una bellota exiliada del árbol madre.

-Su majestad- corrió de inmediato Lüdrielh Thundrëll, hasta agarrarla de la cintura e impedir que cayera: - ¿Qué pasa? ¿De nuevo?

La elfa, traslucida como la nieve que aún no caía por aquella parte del mundo, sólo seguía con la mirada perdida y gesto de terror.

El miedo se le impregnó en los huesos, exudó frío de su cuerpo, y los pelos de la nuca, siempre fijos acostumbrados a su propia seriedad y pacifismo, se le templaron ante el horror. Seguía despierta, al menos así lo sintió la de cabellos de azabache, pero ante su mirada de cielo el escenario ya no eran las calles de mármol nacarado de la ciudad, sino uno que cortó su respiración al borde de la locura. No era primera vez que sucedía, ni tampoco sería la última. Dotada del poder de la sabiduría, aquel que todos los de su pueblo llevan en la sangre, en las venas, lo ve todo sin ver, lo percibe sin sentir, lo roza sin ser tocada, como un aviso de mentiras que podrían ser verdad.  

Es el “Don de los elegidos” había explicado su padre en medio de las noches de sueño infantil. “No temas, y abraza la verdad, pues aquella luz es de pocos y sólo atiende a oídos diestros. Los demás son sordos”. El don se había hecho más fuerte desde su llegada de la tierra de los enanos, un viaje árido que le había demostrado como las antiguas alianzas entre las razas no podían estar más rotas de lo que ya estaban. La esperanza del destino de su pueblo yacía única y exclusivamente sobre su gente. La lucha que habían heredado desde que de la tierra surgiera la maldad del Foso, seguía siendo solo de ellos.

Tras reponerse de la visión, se asió del hombro de su fiel amigo y con la otra mano le retiró algunos de sus cabellos oscuros. Una tímida sonrisa asomó por sus labios, aún pálidos por el impacto de la visión. La mirada de ambos imperecederos se encontró, hablándose sin palabras, y allí él entendió que la sombra del este pronto aterrizaría sobre la apacible llanura dorada. El destino había hablado una vez más a su querida inmortal.

-No tenéis que hablar, si nada queréis decir, amada mía.

Ella se incorporó y apoyándose sobre el báculo sopesó la respuesta. Más nada salió de su boca, pues del otro lado de la floresta, más allá de las murallas, sus orejas captaron los sonidos de las calles, tronando con el sonar de unos cascos a toda carrera. No importó que fueran los antiguos jardines del señor de los elfos, o que aquella fuera tierra sagrada, tampoco hubo reprimenda por ni siquiera pensar en que muchas de aquellas plantas se resintieran para siempre con la intromisión del equino, pues el rostro del jinete, se adivinaba la urgencia del cometido.

Alto, rubio, de mirada penetrante y frente rugosa, saludó con una reverencia profunda y sin mayor soliloquio sacó una misiva de entre sus ropajes roídos, con rasgos de quemaduras que dejaban ver una cota reluciente y algunas partes de la armadura del ejercito del Rey. La carta, algo arrugada por el viaje, estaba coronada con el sello real.

Música:


-¡Mi padre!

El elfo asintió, mientras Lüdrielh acercaba la carta a su señora.

Ithilwen repasó con avidez las líneas y se dejó caer de nuevo sobre la banca, llevándose las manos a la frente. Las piezas finalmente empezaban a tomar forma, aunque una que nada gustaba a su portadora.

-¿Qué órdenes llegan de la Ciénaga, princesa? ¿Qué demanda el Rey?

-Capitán- pronunció con resolución la elfa, luego de tomarse unos momentos: -Alistad de inmediato a todos aquellos exploradores que aún se encuentran en la ciudad. Proveeros de comida y agua para varios días, sino el mes, pues el trabajo que tendrán por delante es grande. He de irme... hay que convocar de nuevo al Consejo.

Sorprendido, Lüdrielh, uno de los capitanes de la Guardia de la Ciudad Dorada, la observó un momento y luego, entre indeciso y temeroso se le acercó.

-¿Qué sucede Ithilwen?-

-Ha llegado la hora- escapó en un silbido: -Mi padre ha dado la orden. Otra vez… Los demonios atacan nuestras fronteras… Otra vez, la guerra llega a nuestra tierra. Otra vez, las legiones han sido convocadas al lado de su rey... Otra vez...

OFF:

OFF: ¡¡Comenzamos!! Es claro de lo que va esta primera ronda: os llegará un mensajero portando la misiva real a cada uno de los lugares donde estéis. Vuestras fracciones deben responder ante la orden del señor de los elfos, por ende, no sólo se trata de un post de personaje, sino de que cada uno va a movilizar a los suyos (sean sacerdotes, o guerreros, o un bastión defensivo o la casa de un noble). El punto de encuentro de las tropas se conoce como Ciénaga de Thürk, límite este entre el Foso y Erínimar. Con vuestra llegada a este punto termina este turno.

Por otro lado, en cada uno de vuestros posts debe quedar claro cuántos marchan con vosotros, en qué os especializáis como fracción (si sois sacerdotes pues seréis los médicos, si sois arqueros, iréis en las líneas ofensivas, etc), si tenéis fama dentro del mundo de los elfos y cuál, en fin, todo sirve. Acá, más que el pj, lo que importa es definir la fracción.  

Ya os haré mapas para que estemos al tanto Wink Creo por este turno no es necesario el off como tal, a menos que queráis interactuar entre vosotros, lo que en sí por el momento no es necesario. Lo más importante es que todos estemos al tanto de nuestras jugadas, de lo que planeamos, de lo que queremos proponer a los demás, y así poder estar todos en el mismo equipo y, de esa manera cada uno puede responder y enriquecer la narrativa.  

Por lo demás, de estos pnj Lüdrielh es uno de los capitanes de la guardia de la ciudad y principal PNJ que llevo (es el prometido de la príncesa eBe ) y el otro es Melkörth Eruläeriel, el señor y guardian del trono élfico, Rey de la Ciudad de Erínimar.

En el siguiente turno, empieza lo bueno muaha

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Ithilwen Erulaëriel

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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Tyrande Whisperwind el Lun Nov 28, 2016 11:52 am

Después de mucho tiempo había decidido regresar a Physis, el bosque donde se suponía que tendría que estar desde hace muchos años, cumpliendo un deber que mi familia había adoptado para mantener parte del  reino elfo resguardado, además de evitar que nuevamente en intentos de invadir el bosque, la magia que lo rodeaba se saliera de control.

Todo el tiempo que había estado fuera del Bosque lo había pasado recorriendo cuanto pude buscando información de diferentes culturas, tradiciones e incluso sobre otros dioses y religiones. Mi última escala en este recorrido antes de regresar al bosque, era Erenimar, la principal ciudad donde se encontraban atesorados los conocimientos y tradiciones de mi raza. El sentido de regresar aquí era buscar seguidores/as de la luna dentro de la comunidad elfica, cosa que fue realmente fácil hacer, puesto que la mayor parte del tiempo llevaba puesta la ropa que según mi conexión la luna indicaba que era una de sus sacerdotisa, por lo que al poco tiempo de haber llegado, me había acoplado ya a un “Clero”, donde había podido estudiar a mayor profundidad las tradiciones, conocer los rituales y normas que debería seguir, como creciente sacerdotisa.

Suficiente tiempo había ocupado dentro de la ciudad estudiando, había llegado el momento de seguir con mi camino, pero antes de que pudiera marcharme una de las Sumas Sacerdotisas del grupo de seguidoras Selenitas me pidió el favor de que me llevara a un grupo de “novicias” que necesitaban entrenamiento para defenderse de algún modo, por lo que esta me recordó el comentario que le había hecho sobre mi entrenamiento en el tiro con arco, así que simplemente acepte sabiendo que en parte era mi deber enseñar a mis compañeras hijas de la luna.

Con mis cosas lista emprendí junto a las 50 sacerdotisas el viaje de regreso. El viaje resulto bastante largo, o al menos a mí me lo pareció, aunque Erenimar tenía frontera con Physis, el tener que guiar a las “Novicias” que me acompañaban, las cuales no estaban para nada acostumbradas a este tipo de campañas donde debían recorrer grandes distancias, solo lo hizo más pesado de lo que debería haber sido, pero al final luego de un par de semanas pudimos llegar sin demasiados contratiempo al que era nuestro destino.

Una vez llegamos al bosque les explique las reglas de como vivían los elfos en él, las diferencias que había y todo lo que debían conocer para evitar tener problemas con el bosque, ya que aunque sonara algo descabellado en muchas ocasiones el bosque entero actuaba como si fuera un ser vivo gigante más. Luego de unos primeros difíciles días de adaptación para las chicas comencé a planificar como las entrenaría en el arte del Tiro con Arco, además de cómo convencerlas de que esto era realmente importante en sus vidas, ya que podía notar como claramente pensaban en que esto sería una pérdida de tiempo, por que como sacerdotisas su papel más bien el de ser curanderas y no el de guerreras.

Al final con trabajo pude hacerles entender que a pesar de la exigencia principal que se nos hacía de ser seres bondadosos, una parte de nuestra diosa nos pediría en ocasiones que supiéramos ser crueles y firmes a la hora de castigar a quien lo merecía. Pero justo unos días después de haber comenzado con el verdadero entrenamiento una misiva llego a mis manos, estaba segura que no era directamente dirigida a mí, sino a los posibles guardianes actuales del bosque, aunque por la urgencia con la que recitaba dudaba que hubiera tiempo realmente de  reunir a todos los que pudieran estar ocupado cada rincón de este bosque.

La carta estaba escrita con una caligrafía impecable y dictaba lo siguiente:

-Guardianes del bosque de Physis, apreciamos el buen trabajo que realizan cuidando dicho bosque, pero en este momento la parte central de su reino los necesita, se aproxima una batalla en la que todo elfo que considere parte de esta esta sociedad debe participar, toda la ayuda es necesaria, por lo que requerimos de su ayuda con la mayor inmediatez que les sea posible.-

Al terminar de leerla puede apreciar el sello real en la parte inferior, definitivamente tenía que ser algo en extremo serio, para llevar el mismísimo sello de la corona elfica, nunca antes en mis años de vida había escuchado sobre un evento parecido, donde el rey mandara cartas para reclutar y reunir a todas las fuerzas elfas, así que definitivamente era una situación de apremio, era una obligación a la que no podía faltar.

Desde que me había vuelto sacerdotisa de Selene, había tenido que abandonar muchas de mis responsabilidades para cumplir sus mandatos, pero esta que recién tocaba mi puerta sería inevitable, era hora de defender parte del reino al que pertenecía, aunque no apoyara del todo los métodos que utilizan para gobernar, ni sus modo, al igual que rechazaba algunas de sus actitudes para con el resto de las razas. Esta era mi gente y bajo ningún concepto permitirá que parte de mis hermanos elfos pasaran por eso “solos”.

Comunique lo que estaba ocurriendo al resto del grupo, el cual con tanta determinación como yo decidieron que debían aportar su granito de arena en el conflicto que probablemente pronto se desataría, aunque se veían convencidas se notaba que ninguna tenia siquiera experiencia en estos temas, por lo que de algún modo todas decidieron que yo sería su “líder” pasara lo que pasara durante el conflicto. Realmente al principio tenía mis dudas ya que su entrenamiento como arqueras no había hecho más que comenzar, pero recordé que anteriormente había podido apreciar sus grandes habilidades como sacerdotisas, lo que me dio la confianza más que necesaria para comenzar con los inmediatos preparativos de regreso a la ciudad.

En el momento en que todas pudieron tener sus cosas preparadas salimos de la frontera del bosque en dirección hacia donde reclamaban nuestra atención, pero por desgracia no podríamos  ir directamente al punto de reunión, ya que al ser un grupo medianamente grande, el cual tenía sus últimas semanas separado de sociedad, nuestras provisiones estaban algo escazas, lo que nos obligaría a pasar por alguna de las Torres que hacían vida dentro del territorio geográfico de Erenimar; Bueno era eso o arriesgarnos a lo más probable que era el quedarnos sin provisión alguna a mitad de camino.

De mis últimos viajes recordaba que cerca de las fronteras se encontraban un par de torres elficas, una de ella era “Minas Falassë” o también conocida como La Torre de la Playa y  la otra era “Minas Taurë” la cual solía ser nombrada como La Torre de la Arboleda. Por el trayecto que debíamos hacer, además del punto desde donde estábamos partiendo la mejor idea era pasar por Minas Taurë Torre de la Arboleda.

Luego de apenas un par de días de viaje llegamos a la Torre, cuando estuvimos dentro pude escuchar como corrían rumores, sobre una Temeraria elfa, que según contaban se había hecho pasar por la líder de un grupo de tropas que se dirigían hacia donde la misiva que había recibido indicaba que era el punto de reunión, realmente no había podido indagar tanto como para conocer los motivos reales de aquel acto, pero por las primeras impresiones que me dejo, solo me parecía alguien de mi raza más que deseaba ayudar, aunque tuviera que hacer cosas demasiado arriesgadas o que a priori podrían parecer estúpidas.

Nuestro paso por la ciudad seria rápido, luego de llegar pasamos directamente recolectando tanto suministros como nos fue posible, solo necesitaríamos para terminar el viaje y quizás un poco más para algunas reservas, por lo que una vez cumplido con ese objetivo nos concentramos en montar un pequeño campamento a las afuera de la torre, ya que no podíamos permitirnos más que eso. Así pasamos una noche que probablemente podría ser la última noche totalmente tranquila que nos quedaría al menos hasta que todo este asunto terminara, pero al menos yo confiaba plenamente en que Selene nos ayudaría a salir adelante, cuidándonos y dándonos bendiciones en todo momento.

Amaneció y no podíamos permitirnos perder más tiempo, el saber cómo estaría la situación comenzaba a angustiarme un poco, aun con todo lo que rezaba a Selene, no lograba conseguir esa tranquilidad que buscaba, podía sentir en todo mi ser, augurios de lo que parecía una guerra, algo que realmente no deseaba ver, esperaba que pudiéramos encontrar un método para evitarlo, guerra no es un término que me agradara en demasía, pero si era la única solución definitivamente estaba dispuesta a luchar por mi gente.

No hubo más paradas en el camino, no detendríamos la marcha hasta llegar al lugar. Cuando lo hiciéramos lo primero que haría sería buscar a quien estuviera al mando, para ponerme a disposición junto al resto de las Selenitas que me acompañaban, mostrando la carta que habían hecho llegar, mostrándome como los enviados de parte de los “guardianes” del bosque.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Mar Nov 29, 2016 12:35 am

El astro rey bañaba con su luminiscencia las arboledas de los jardines del Palacio de Quel’Thalas, mientras con su cálido cobijar arropaba a cientos y cientos de personas que en él habitaban. El castillo había tenido épocas excelentes, sin embargo esa en específico era la mejor de todas, jamás el palacio había tenido un momento tan próspero en materia de conocimiento, militancia, recursos y economía. Si no fuera porque antaño mi padre habría decido que Quel’Thalas no sería otra ciudad de elfos más, precisamente eso sería puesto que cumplía con todos los requisitos.

Estaba sentado en el medio de los largos robles que adornaban la plaza central del parque de los jardines. La vista era muy hermosa… Robles recubiertos por una capa de verde musgo, creciendo en una capa aún más verde que recubría todo el suelo que no estaba utilizado para caminerías de piedra. Reflexionaba sobre todo un poco, desde los conocimientos propios hasta cómo mejorar aún más el palacio.

Príncipe… -Dijo un joven guerrero a la orden de Halduron, dudoso de interrumpir mi meditación.

¿Sí? ¿Qué pasa? –Respondí sereno sin abrir los ojos que había cerrado para sentir como el viento acariciaba mi cara.

Halduron ha enviado un mensaje. Lo necesita en la oficina de Lor’Themar, está con él y Romath.

Mis ojos se abrieron poco a poco a la posibilidad de una eventualidad que rompiera con la completa paz y equilibrio de aquel sereno lugar. Tomé mi bastón y apoyándome sobre él me levanté y sacudí mis túnicas para limpiar la grama que quedaba sujetada a las sedas. Enfoqué mis ojos directamente en los del joven, lo que hizo que el segundo bajara la mirada en señal de respeto.

Tranquilo –Dije caminando hacia él- ¿Qué pasó?

Ha llegado una carta.

Mis ojos se entornaron en el horizonte mientras observaba como el resplandor del astro principal se perdía detrás de las montañas y extensos bosques de Silvide. Comencé a caminar junto al joven guerrero que parecía preocupado y en su mirada se denotaba cierto miedo.

Luego de algunos minutos caminando por los caminos llegamos al castillo central, donde me separé del guerrero y entré al edificio. Comencé a subir las bellas escaleras que cumplían una excelente sinergia con los interiores al estar perfectamente ornamentada en metal y roca tallada. Las escaleras me llevaron a la puerta de la oficina de mando de Lor’Themar, el regente del castillo mientras yo me ausentaba. Abrí la puerta y me encontré con Halduron, Romath y Lor’Themar discutiendo.

¡No podemos enviar a nadie! ¡Dejaría el castillo sin defensas! –Dijo Lor’Themar Theron

¡Mis magos están preparados para todo! ¿Por qué tus guerreros no? –Preguntó Romath en tono alto a Halduron.

¡Están preparados, pero no llevaré a mis tropas a morir por una ciudad ajena al palacio! –Respondió Halduron.

Buenas… -Dije finalmente rompiendo la discusión por completo.

¡Príncipe! – Dijo Lor’Themar levantándose de su silla- Que bueno que ha llegado. Hemos recibido una carta –Dijo extendiéndome la misma- Solicitan nuestro apoyo en “su” problema.

¿Quién? –Dije tomando la carta.

Erinimar –Soltó Halduron.

¿Erinimar? –Dije mientras observaba la carta.
Kael’Thas Caminante Del Sol, Príncipe del Palacio de Quel’Thalas –
Le saludo cordialmente. La presente es para solicitar urgentemente la presencia de su ayuda en la defensa de ésta, Erinimar. El rey ha convocado a todos los reinos vecinos y no tan vecinos para defender nuestra cultura y nuestro hogar de los horrendos malignos salidos del foso. Sabré agradecer su ayuda tan pronta como sea posible.
Oficina de Defensa de la ciudad de Erinimar. Orden Real.

Y… ¿Cuál es el problema?

El problema es que no podemos simplemente mandar nuestras tropas a un lugar sin conocer mucha información de vital importancia a la táctica militar –Dijo Halduron.

Ya veo el problema –Razoné- Tiene el sello real de esa ciudad, debe ser algo muy importante o peligroso para que una ciudad tan custodiada solicite la presencia de otras.

¿Cuántos guerreros y arqueros tienes dispones, Hal?

Preparados para un combate de tal magnitud unos doscientos cincuenta.

Bien. ¿Y tú, Romm?

¿Guerreros?

Magos –Dije sonriendo

Doscientos lo suficientemente competentes.

Entonces no se diga más. Enviaremos cien arqueros, de los mejores que tengas. Cien guerreros de los más fuertes que hallan. Ciento cincuenta magos para apoyar y listo. Resuelto el problema.

¿Dejar el castillo desprotegido? –Rechistó Lor’Themar.

Tienes razón, los que queden que lo protejan y como siempre, quedas a cargo.

¿También irá?

Sí. Hace tiempo que no salgo de este castillo y… ¿Qué otra mejor manera que representar a nuestro hogar? Preparad todo para salir. Buscad provisiones y recursos, nuestro viaje es largo. Partimos al amanecer.

Al día siguiente efectivamente estaba el pelotón completo de trescientos cincuenta y dos personas, incluyéndome a mí y a Halduron que insistió en acompañarme. La caminata era bastante larga y para ello se consiguieron monturas adecuadas para cada persona, entre caballos de distintos tipos.

Al frente de toda la formación estábamos Halduron y yo, detrás los tres lugartenientes encargados de los guerreros, arqueros y magos respectivamente y cada uno llevaba los colores de su patria, QuelThalas. Varios hombres llevaban el estandarte distintivo del castillo, un fénix dorado en un fondo rojo, para que todos reconocieran por donde pasaban que el ejército de Quel’Thalas se aproximaba.
Spoiler:


Salimos del castillo al amanecer, emprendiendo un largo camino de muchos días para prestar ayuda a una ciudad de la cual no estaba totalmente de acuerdo en su forma de gobernar, sin embargo, en mi condición de noble y rechazando el cargo político, no podía opinar sobre sus maneras de hacer gobierno.

Había llevado un pequeño diario para anotar los puntos significativos, los avances cada tanto y para perder el tiempo cuando la marcha se volvía larga y tediosa. Halduron me seguía de cerca comentando y riéndonos juntos de las trivialidades de la vida, sin embargo, ambos sabíamos que quizás esa era la calma que precede al desastre.

Entonces… -Dijo Halduron a las pocas horas de viaje fuera del palacio- Según mis anotaciones –Sacó un viejo mapa que mostraba las locaciones adyacentes al bosque de Silvide – Debemos pasar por la región de Tirian Le Rain, atravesar el bosque de Physis y llegar a las fronteras de Erinimar.

El viaje tardaría varias semanas, puesto que no estábamos tan cerca y debíamos atravesar muchas zonas, sin embargo por la buena posición del palacio frente a los demás distritos, preveía que todas las ciudades/asentamientos/pueblos nos tratarían de buena manera… Después de todo, el dinero siempre lo puede todo.

Luego de viajar por muchos días y hacer campamentos por las noches, con tiendas de campaña  demás, llegamos a la región conocida como Tirian Le Rain, curiosa por su intrincado acceso y sus residentes peculiares.
Día décimo primero – Marcha a la batalla – Tirian Le Rain.

En esta noche tan serena y observando el manto estrellado al que llamamos cielo, puedo decir que el viaje hasta ahora ha sido un éxito. Después de muchos días de caminata y largo viaje, hemos llegado a la fortaleza de Tirian Le Rain. Numerosos caballeros con relucientes armaduras han saldo a recibirnos y luego de dialogar pacíficamente, han aceptado que nos quedemos dentro de la fortaleza y nos dotarán de suministros y recursos para continuar nuestra consigna por algunas – muchas – monedas de oro. Al parecer el mundo se mueve sólo con dinero. Sin embargo, no habíamos descansado de esta manera en mucho tiempo, teníamos días acampando en medio de la nada o en pequeños asentamientos que más que incómodos me ponían nervioso por lo precario de la situación.

Mañana seguiremos el camino. Nuestra primera meta fue alcanzada, ahora se divisa una más ambiciosa, llegar al bosque de Physis con el mismo ritmo que llevamos. Si todo sale de acuerdo al plan, en unas tres semanas estaremos asando demonios en el foso. Eso me hace recordar ¿En la carta no colocaba demonios, verdad? Pues, de igual manera asaremos lo que tengamos que asar. Culmino entrada.

A la mañana siguiente, agradeciendo el magnífico trato dado en la fortaleza, seguimos nuestro camino adentrándonos en el bosque, aproximándonos a la espesura mágica de Physis.

El bosque de Phsysis me traía cierta nostalgia, la verdad no sabía por qué si muy pocas veces había estado allí y se decía que elfos realizaban rituales sagrados y demás por aquellos parajes, sin embargo no tenía la certeza de ser cierto. Lo único cierto era que sus inmensidades de extensiones de terreno estaban custodiadas por  guardianes que vigilaban a los forasteros entre las sombras que no fueran a dañar ni a modificar su inmaculada apariencia.
Día Vigésimo – Marcha a la batalla – Bosque de Physis.

Algunos de los soldados que integran el pequeño ejército que conducimos a Erinimar se sienten un poco intrigados o inquietos por los secretos y la naturaleza de este bosque. Particularmente yo, actualmente a la luz de esta fogata, rodeado de numerosas tiendas de campaña que albergan tropas, me siento a gusto… Conforme y cómodo. Quizás sea la naturaleza mágica de mis poderes que hacen sinergia con el bosque o no sé, pero me siento de verdad bien.

Sobre el viaje ha sido un poco atropellado, no hemos tenido ningún tipo de problemas hasta ahora pero los pocos recursos que conseguimos en los campamentos no dan abasto suficiente para compensar los consumidos por todo el ejército. Los hombres nos han pedido permiso para cazar en el bosque, sin embargo por el mucho respeto que le tengo a la naturaleza y el respeto a este bosque, en mucho tiempo eh dicho que no. El astro Rey Proveerá. Fin de entrada.


Sin embargo, esa noche ocurrió algo tan peculiar como curioso y no común. Nadie se esperaba tan inesperado giro en la historia que hasta ahora teníamos planeada.
Día Vigésimo – Segunda entrada, Marcha a la Batalla. –Bosque de Physis.

Esta noche ha ocurrido algo muy inusual. Un grupo de elfos y elfas, imagino que guardianes del bosque, salieron de entre los árboles y preguntaron nuestras intenciones y al ver que eran nobles nos han dotado de los insumos necesarios para continuar el viaje. Muchas de esos individuos vestían ropajes únicos. Han preguntado por el estandarte y su naturaleza.

Me han pegado un tremendo susto debido a que salieron de las sombras, mi corazón se ha acelerado hasta casi salirse de su lugar, mis piernas flaqueaban y mis manos temblaban. He respondido a este curioso estímulo con un “Meh”… Casi muero… Me hizo replantearme la fragilidad de mi tan maculado cuerpo. Desde ahora estaré más atent[Borrón, tachadura y rayones ininteligibles]

Joder, putos bichos que salen de la nada. Fin (ahora sí) de la entrada.


El amanecer bañó nuestros estandartes y despertó al ejército, que recogió todo su material en un momento y salió del bosque rápidamente en dirección a la frontera de Erinimar. El recorrido se hacía cada vez menor y la lejanía de nuestra patria cada vez más latente, sólo quedaban unos cuantos días para llegar a nuestro destino.

Con cada nuevo amanecer lo único que me mantenía en pie, además de mis pies, era el estandarte de Quel’Thalas que me recordaba que estábamos en aquella región por un motivo. Defender nuestra raza. Aunque ya lo había dicho no simpatizaba mucho con Erinimar, eran nuestros congéneres y no podíamos abandonarlos.

Más tarde que temprano llegamos a la frontera de Erinimar y nos encontramos un pequeño pueblo asentado alrededor de una torre que la hacían llamar “Minas Taurë” Que en un elfico tosco quería decir Torre de la arboleda. El ambiente se veía algo tenso, como si hubiera pasado algo de gravedad. Por supuesto, estábamos próximos a la guerra… Pero había algo más… Como si las personas estuvieran descontentos con algo.

Rápidamente ubiqué al encargado de aquel asentamiento, al menos por el momento, y le expliqué mis intenciones. Me dotaron de suministros, aguas y comidas, además de techo. Esa noche reflexioné sobre la batalla próxima a venir.
Día Vigésimo Octavo – Marcha a la batalla – Torre de la arboleda.

El viaje para salir de Physis fue el peor hasta ahora, el mal terreno aunado con el aburrimiento mental de los soldados ha hecho que nos atrasemos algunos días en nuestra agenda. Calculo que en algunos días más, dos para ser exacto, llegaremos a nuestro destino. Halduron ya ha dado Las directrices necesarias a sus lugartenientes y ellos a la tropa. Estamos ansiosos por llegar a la batalla.

Por otro lado hay algo que me impacienta… Se ha esparcido el rumor de que alguien se ha tomado atribuciones que no le corresponden y se ha llevado arbitrariamente un ejército al fragor de la batalla. En opinión personal… Que pésima organización tienen acá. Sin embargo no puedo dejar de agradecer la hospitalidad prestada. Esperemos salir al amanecer para llegar finalmente al lugar. Han pasado veintiocho días desde que salimos del palacio. Espero que estén bien y Romath no haya incinerado a Lor’Themar y Lor’Themar no haya vuelto tajadas a Romath. Padre, guíanos en esta la hora más cumbre.

Eh estudiado la zona y hablando un poco con los pobladores, parece que hay más torres y pueblos… Eh visto numerosas huellas en el suelo más lejano, al parecer hay diferentes tropas marchando al lugar. Eh visto pasar algunas personas en grifos. Nota escrita: Adquirir grifos para la próxima guerra. Fin de la entrada.

El amanecer reveló la mañana del día veintinueve y con él, partimos con nuestro estandarte ondeando como siempre, distinguiendo al ejército de Quel’Thalas vestido de rojo y dorado. Si todo sale de acuerdo al plan, en dos día máximo llegaremos a la ciénaga al sur de Erenimar. Quizás tardaremos más, nada estaba escrito, lo cierto era que nos aproximábamos al momento de la verdad.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Sylvanas Windrunner el Mar Nov 29, 2016 2:12 am

La noche estaba a punto de caer y Sylvanas aun no tocaba el cuerno que marcaba el final del día, frente a ella, un salón entero de los guardabosques todavía continuaban entrenando, muchos eran nuevos y no tenían ninguna experiencia como militares, para Sylvanas eso no era un inconveniente, estaba acostumbrada a tener que trabajar con lo peor y salir adelante con lo que tenia, ella sabía y estaba completamente segura de que le habían dejado el salón más débil a su cargo para que fracasara, pero eso no la detendría.

-Mi Lady, un mensajero de la ciudad ha llegado, Lord Finwë ha pedido que todos los capitanes se presenten al gran salón- una joven elfa hablaba con mucho tacto a las espaldas de Sylvanas, usaba un tono de voz muy amable pues sabía del humor que la capitana tenía cuando se interrumpía un entrenamiento.

Muchos de los reclutas voltearon esperanzados para que aquel llamado terminará con el día, Sylvanas solo les miro fijamente con ojos de enojo y muy penetrantes, los reclutas voltearon al frente sin emitir ningún sonido y continuaron lanzando flechas y ejecutando la misma rutina para el sable élfico.

La capitana pelirroja tomó el cuerno mas por obligación que por gusto, soplo en el de mala gana y los reclutas aliviados y con los ánimos repuestos corrieron a formarse frente a su líder.
-Es todo por hoy, mañana continuaremos así que espero todos descansen bien, mañana repondrán lo perdido de hoy.- Sylvanas hizo un ademán con la mano para que los guardabosques se largaran, estos ya cansados se retiraron al campamento lentamente, todos a pie a caminar los diez kilómetros que se habían internado al bosque.

Detrás de Sylvanas aun estaba la misma elfa, esta vez con dos siervos, listos para ser montados.


-¿Tienes idea de que trata esto Eilinel?- la primer capitana parecía tranquila a pesar de la intromisión, en el fondo no podia enojarse con la elfa pues ella no tenía otra opción que cumplir con su deber.

-No mi Lady, Lord Finwë no dio mas detalles, pero parece ser algo tan urgente como importante, son mensajeros de Erinimar- Eilinel era una de las pocas amigas que tenia Sylvanas, pero no era de extrañar, la el a era de los que solía llevarse bien con todos y agradar a la mayoría. Eilinel que tenia las riendas de los siervos acercó la del ciervo blanco a su dueña mostrando su incomun impaciencia.

-Entiendo- respondió la elfa pelirroja mientras cogía la rienda de su siervo y le acariciaba la cabeza.

-Será mejor que nos demos prisa- añadió Sylvanas para después trepar sobre Aeglos que estaba listo para partir. Eilinel hizo lo mismo y después con una mirada le dio el paso a su amiga para ir al frente y tras eso las dos cabalgaron hasta Minas Sunspear.

Cuando llegaron al pueblo la noche ya había caído, los reclutas que salieron poco antes de las oficiales aún tenían camino que recorrer.

A la llegada al pueblo se podía ver desde lejos la característica torre que daba nombre al lugar, una torre hecha de mármol blanco que sobresalía de las copas de los arboles, y que antaño era el primer punto de defensa de las huestes retorcidas del corrompido Stor Gromme, que con el paso de los años se dedicó mas a vigilar desde lejos las fronteras del bosque élfico con los páramos profanos de los señores del caos.

Cuando Sylvanas llegó al gran salón todos ya estaban esperándola, algunos dirigieron miradas de descontento para con Sylvanas, otros cuantos se contuvieron pero la mayoría desaprobaban que ella estuviera presente en la reunión. La elfa solo ignoró a todos y se sentó en su lugar esperando que la reunión iniciara.


-Ahora que estamos todos podemos empezar…- Lord Finwë se levantó inmediatamente y tomó un papel que yacía en la pequeña mesa de piedra que había al centro de la habitación. -Nuestro señor elfo de Erinimar ha solicitado nuestro apoyo- Lord Finwë pausó su anuncio esperando escuchar algún reclamo, algo tonto ya que sus capitanes eran lo suficientemente serios para esperar a escuchar el resto del mensaje. -Lo que temíamos que pasara esta empezando, las fronteras con los dominios del caos están al borde de la guerra y es nuestro deber cumplir con la antigua promesa que se hizo en este mismo salón hace mucho tiempo, el reino de Erinimar espera que se honre nuestra palabra y eso haremos, cumpliremos el propósito por el que se nos encomendó Minas Sunspear, defender al señor de Erinimar y sus tierras de las amenazas extranjeras-

Cuando Lord Finwë dejo de hablar los murmullos comenzaron a brotar en la sala. Sylvanas no dijo nada, ni miro a nadie, sabía sin necesidad de escuchar a sus colegas que ellos no tenían intenciones de asistir la ayuda, en parte opinaba igual que ellos, el noble señor de Erinimar los había dejado olvidados, nunca les importo la vida de aquellos que honorablemente dejaron la comodidad del reino para vigilar las fronteras.

-El rey de Erinimar nunca se ha preocupado por lo que pasa en las torres- dijo uno de los 10 capitanes.

-Yo no arriesgaré mi vida por un reino que nos hizo a un lado- añadió otro de los capitanes.

-Silencio, no somos humanos incivilizados, se que nadie es partidario de acudir en ayuda del rey, pero fue nuestra única tarea que se nos dio siglos atrás, fue una promesa que se le hizo a otra gente antes que a nosotros, por un rey anterior a este, nadie de los aquí presentes juro nada, y nadie del reino prometió nada, pero si no actuamos ahora, cuando el reino caiga nosotros seremos blanco fácil- interrumpió lord Finwë al ver el ambiente que se comenzaba a respirar en la sala. Los capitanes guardaron silencio.

-Yo iré, ninguno de los aquí presentes tiene las agallas para hacerlo- la voz de Sylvanas rompió el silencio, todos la voltearon a ver, algunos con sorpresa y otros indignados, Sylvanas se puso de pie y avanzó al centro.

-Esa decisión no te corresponde, eres el capitán con menor experiencia, eres mujer, y no tienes ningún guerrero que te siga- otro de los capitanes se puso de pie al ver que Sylvanas se proponía para la misión.

-Es un ofrecimiento de tu parte o lo estoy malinterpretando… Voronwë- respondió la pelirroja un poco mas altanera de lo normal.

-Si esta torre a de mandar a alguien en su representación no seras tu, de eso puedes estar segura Sylvanas- respondió el capitán.

-Alto, si de alguien es la decisión es solo mía, salgan todos y estén preparados, nuestra torre no olvidará su propósito ahora que ha llegado el momento, yo decidiré quienes serán los que comanden las tropas- Lord Finwë, harto de escuchar las constantes peleas entre aquel par levantó la voz, los demás un poco espantados le obedecieron y salieron de la sala.

Sylvanas no espero a que los demás comenzaran a salir, ignoro los comentarios de Voronwë y salio de la sala a toda velocidad.

Ya fuera, la elfa se dirigio a los establos, no era su estilo desobedecer, pero menos quedarse de manos cruzadas, tomo sus arcos y su carcaj, su ballesta, se llenó los bolsos de sus cuchillos, fijó su sable a su espalda y se montó en Aeglos, era algo gracioso ver una chica atiborrada de armas, no tenía la pinta de ser peligrosa, pero cualquiera que la conociera sabía que no debía tratar de detenerla.


-Vamos chico… debemos apresurarnos- Sylvanas acarició la cara de su montura y le planto un beso en la base de su cornamenta.

-¿Se ira sin el debido permiso mi señora?- Eilinel estaba de pie obstruyendo la salida del establo esperando la respuesta de Sylvanas, en su mano empuñaba un sable muy parecido al de su amiga.

-¿Me vas a detener?-

-Jamas amiga mía, te conozco mas de lo que piensas, sola no lograras nada-

-No te ofendas, pero una cabeza mas no hara mucha diferencia-

-Una no, ¿pero que tal poco mas de un centenar?

-Esto nos puede costar el exilio, y a ti tú ordenamiento de sacerdotisa lo sabías.

-Los hombres estan esperandonos a las afueras de la arboleda, Lord Finwë saldrá con su decisión en cualquier momento, te sugiero que nos apresuremos

Sylvanas sonrió agradeciendo la ayuda a su amiga, casi nunca tenía esa sonrisa tranquila que relajaba a cualquiera que la veía.

-Pasaremos por Minas Ringë, probablemente ellos también acudan al llamado, podremos unir fuerzas con ellos- Sylanas dio un pequeño golpe de talones al ciervo y ambas se alejaron del poblado.  
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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Miér Nov 30, 2016 3:52 pm

2.
Concordia parvae res crescunt, discordia maximae dilabuntur
(Mediante la concordia, las cosas pequeñas crecen, pero, mediante la desunión, las cosas más grandes se derrumban)

Salustio. En: Yugurta


Días antes

Todo era oscuridad. Las nubes, teñidas de un aroma viciado salpicado de gris, cubría las estrellas en una noche menguada. La quietud del viento opacaba los ánimos, sino el espíritu de quiénes, sin dormir, trataban de espantar las pesadillas. Largas habían sido las horas de espera en la penumbra, recogiendo los cuerpos, exorcizando la contaminación, sanando la tierra. El cansancio calaba hasta en los huesos, pero mermaba más al alma la desolación que caía sobre la planicie. De haber sido una enorme extensión de tierra vaporada, cubierta por una capa de niebla y agua engañosa, ahora la ciénaga de Thur, apodada en otros tiempos la cuna de las animas, ya no era más que arena, oscura y podrida, cubierta de pequeños brotes de fuego, restos del último encuentro mortal entre los señores élficos y las huestes demoniacas. Las heridas eran profundas para los defensores: sin derecho a tener un momento de tranquilidad o de consuelo.  Debían trabajar en las forjas, sanando los heridos, dando santa sepultura a los caídos, reparando los muros corredizos, la maquinaría explosiva, la de asedio, reconstruyendo las hojas quebradas, todo aún más rápido que su propia voluntad.

Sí, a donde llegara la vista, todo era desolación en un silencio sepulcral a las faldas de las nacientes montañas de la frontera con el este del país.


Melkörth Eruläeriel

Solo una figura imponente, deslumbrante, un Alto Señor descendiente de una de las 13 casas primeras de los elfos, iba y venía por todo el campo, recogiendo los vestigios de aquellos que habían luchado a su lado. Con el rostro aún ensangrentado y la mirada candente, Melkörth Eruläeriel no guardaba aún el filo de su espada, clavando sus botas en la tierra cada tanto como si sintiera en la tierra el clamor de los tambores enemigos. Removió los restos corruptos de los caídos, buscando sobrevivientes, y aquellos que hubiesen sido llamados por Luminaris, con solo un rezo de sus labios los hacía renacer de nuevo de entre la tierra oscura, en un brote verde, que algún día sobreviviría para traer al mundo un mejor mañana. Pues es sabido en boca de todos los que han vivido suficiente, que el guardián del Trono Dorado es entre todos los señores legendarios, el portador de una de las raíces del Gran Árbol, capaz de transmutar las almas para que ellas renazcan como árboles y el verde siempre repueble Noreth.

-Si no recibimos refuerzos no resistiremos mucho, mi Lord- informó un viejo elfo, delgado, demacrado, envuelto aún en su capa, aunque tras ella la armadura brillaba como estrella. -Es una cruda verdad, pero alguien debe decírosla.

- La fe en vuestro pueblo es débil, viejo amigo- contestó el soberano, volviendo a clavar la mirada alrededor mientras apoyaba uno de sus brazos sobre la rodilla.

-Y la vuestra demasiado pretenciosa, con vuestro perdón- aclaró el combatiente, rígido por su propia impertinencia o quizás por la pretensión de simular su propia vejez. ¡Casi los 600 años eran ya un número respetable para un general! Sin embargo, y a pesar de la falta de modales, eran tiempos peligrosos y más valía una imprudencia a un error de cálculo: -No ignoréis que el mundo de los sabios es un mundo de mezquinos, donde el problema del otro nunca será igual al problema de sí mismo. El egoísmo es un mal del ser vivo, no de una raza…

El soberano se rascó la barbilla lampiña y con una media sonrisa, aun sosteniendo esos ojos de azul intenso que le enjuiciaban y aire condescendiente, volvió a levantar su espada:

-Pero no todo son generalidades en este mundo de bien y mal, general Löadus. El gris y el arcoíris existen en esta vida de engaños y encantos. Mi fe no recae ciega en los elfos por ser perfectos, sabios o longevos, recaen en mi pueblo precisamente porque es el mío. Y creo en mí tanto o más como creo en los hijos de mi tierra, nuestra tierra.

Quisieron los cielos que en ese momento los astros los oyeran, o que las lunas se conmovieran ante el vaivén de las almas longevas moralmente abatidas, pues al tiempo que el soberano volvía a clavar sus pies en la tierra, sintió de inmediato el retumbar de ésta, un clamor en lo profundo, quedo, pesado, que bien supieron identificar como pasos tortuosos que se acercaban. El general también las percibió y alzando los ojos con cierto nerviosismo y fiereza, esperaron ambos a que las alarmas se dispararan o el júbilo lo llenara todo por la llegada de, quizás, nuevos aliados desde el noroeste.

Los exploradores habían salido hacía minutos. El silencio seguido del arrastrar de pasos sofocaba la respiración de los sitiados. No se trataba de una ciudad o un fuerte, con un campamento improvisado desde el momento que el monarca arribara a aquella parte de la región, se había atrincherado en las colinas, dejando la ciénaga como un punto de calada para ensartar a los enemigos. Había funcionado los primeros días, pero ya pasando los 3 meses, las huestes demoníacas iban aprendiendo a rodear, zanjar, y concebir mejor la estrategia de la guerra. Además, del bando contrario tenían a aquella figura harapienta que en caballo siempre se presentaba en el campo de batalla. No importaba que fuera una lucha desigual -casi 20 demonios por elfo- sino era la presencia de ese ser de oscuridad mortuoria, capaz de revivir a sus caídos una y otra vez hasta que desaparecía al ver que allí no podría ganar.  No dejaba rastro ni marca, solo se desvanecía con la llegada de la luz.

Los cuernos retumbaron dando anuncio a la llegada de los forasteros. De los exploradores ninguno había vuelto para reportar aquella avanzada. ¿Serían enemigos? ¡Imposible! La mano les había crecido mucho a los señores del foso si es que podían convocar en menos de unas horas una segunda fuerza de ataque. Sin embargo, más iba prevenir. Corriendo hacia el ala contraria a la ciénaga, siguiendo el rumbo de las montañas, las líneas de avanzada se dispusieron, lanceros al frente, arqueros detrás. El silencio volvió a bañar el campo, pues todos esperaban el contrataque. Fuera lo que fuera, la verdad era unánime: un nuevo embiste de la oscuridad ad portas del amanecer sería devastador…

Pero la llamada de aquellos sonidos poderosos que llegaron de los cielos no eran los hechos con cuernos o pieles de animales o restos corrompidos. La tierra temblaba a sus pies tan grandes como eran aquellas criaturas, peludas a la distancia, cuernudas o llenas de patas; y aunque al comienzo los gritos de los dorados se extendieron, llamando a las armas, luego frenaron en seco al rectificar que aquellas moles que se acercaban no eran enemigos, sino los pastores de las montañas, los cuidadores y habitantes de las antiguas viviendas de los enanos en la cadena montañosa que divide el país con el foso; y a su lado, cubriendo los costados de la comitiva, venían sus aliados naturales, habitantes de las estepas cercanas a StorGronne. No eran más que los minotauros de la cordillera y los centauros de la llanura, en relaciones con los elfos desde los años en que la corona enana pusiera en jaque la élfica.

-¡Seguid con la búsqueda de sobrevivientes, Löadus!- ordenó el señor de los elfos, mientras avanzaba al encuentro de aquellos guerreros armados con rústicas hachas, escudos, mazas y martillos, lo que para nada negaba lo portentosos y fuertes que podrían ser en el combate. El azote demoniaco también había llegado hasta sus puertas y ahora, honrando las antiguas alianzas entre los señores del país dorado y los primeros habitantes de las montañas y las estepas, llegaban a engrosar las filas élficas.

-No tardéis, Ithilwen- avistó en un susurro el monarca antes de dirigirse a los recién llegados. -Sed bienvenidos hijos de StorGronne, amigos de antaño, habitantes de la luz, vuestra llegada nunca ha sido mejor planeada y es bien tomada en estas horas de oscuridad y necesidad.

Aunque la situación era desesperada, los cielos aún guardaban a los primeros nacidos del Gran Árbol de la vida.

--//--
Música:


Presente

Ciénaga de Thürk, vigésimo tercer día después de la llegada del cuidador del Trono
Códice del Consul Maes, Alto Consejero.

Nos tienen rodeados [se lee en letra confusa, escrita por el nerviosismo del momento]. A pesar de los esfuerzos por tratar de convencer al monarca de invocar a Eldharion, él se ha mantenido firme y renuente en ello. ¡Qué Luminaris esté guiando sus predicamentos porque es evidente que la cordura le ha abandonado! Las bajas han sido catastróficas y los improvisados campamentos construidos para albergar a los heridos ya no dan abasto entre tanta sangre y destrucción.

Jamás en lo que lleva de vigencia la regencia de Lord Erülaëriel se había visto tal desplaye de violencia en un campo de batalla: se llevan a los que aún siguen con vida, arrastras, desgarrándoseles las entrañas, entre esas fauces podridas que seguro llaman hogar. No hay miramientos, solo toman aquellos que no pueden poner resistencia. Los demás son despedazados o decapitados entre mordiscos que las mismas criaturas dan. Son seres menores, pero es tal la cantidad que simulan la plaga, y en medio de su salvajismo sospecho que tienen conciencia, una ajena de seguro, pero que les guía y les da una inteligencia media, pues han sabido atacar a nuestros hechiceros primero que el resto, y sin magia la noche se hace más oscura.

Sin embargo, los dioses están de nuestro lado aún en la espesura de las tinieblas. En medio de la contienda han comenzado a arribar los exploradores… quizás… Luminaris ya se alza sobre el horizonte con sus rayos poderosos y Selene cede terreno para entregarnos un día más… los cuernos se alzan sobre las colinas del norte y…

Son los hermanos de la guardia, los silvanos y del sur… ¡La princesa! ¡Las legiones de Arsenthal!

Lord Kael´ Thas de la Casa Sunstride de Silvide viene a nuestro encuentro… espero no sea demasiado tarde…


--//--


Ya no había ciénaga.

Al mirarlo todo, el fango se había secado, las plantas marchitado, la vida escapado en halo de suspiro ahogado, entre el humo tóxico que infestaba el ambiente y el fuego que todo lo calcinaba. La magia de los elfos cedía terreno ante dos francos, arrinconándolos entre sus propios límites de un campamento improvisado, con los techos en llamas. La maquinaria de asedio estaba inservible, destrozada por ganzúas que los mismos espectros expelían de sus cuerpos, y algunos, como hijos de Yigionath, escupían ácidos que escocían la piel, las armaduras, las armas de acero élfico, infectándolo todo. Los heridos trataban de huir como podían, aferrándose incluso de las uñas a la tierra para no ser trasportados a aquella pira de tortura, mientras el resto combatía aún en la extenuación.  A la distancia, la sombra de un ser harapiento invocaba de nuevo a sus muertos para continuar su guerra con una gran hueste aguardando a sus espaldas.


¿De dónde había tantos? ¿Cómo había podido pasar desapercibida una fuerza tan apabullante? A donde fuera que miraba, Ithilwen Eruläeriel sólo podía reconocer la mancha negra profunda, inmensa, de las fuerzas del caos, invocando entre gruñidos y gritos, la cabeza de los longevos y sus aliados.

Sólo un puñado de solares seguía resistiendo en el frente del campamento y entre ellos, el báculo del rey se avistaba como un faro de luz poderosa compitiendo con los primeros rayos del amanecer. La de cabellos azabache se asustó. La belicosidad de los demonios hacía que desde abajo el viento trajera sus cantos de muerte, como un coro de abejas infernales que zumba a los oídos. Su padre combatía sólo la oscuridad…  

-El rey pelea solo…- sentenció la de cabellos ensortijados y estandarte de plata, en el silencio que a todos imbuía, dominados por la angustia de haber arribado demasiado tarde.  

La imperecedera, ataviada con la armadura de la Orden de Luminaris, dorada toda ella, incluso en sus placas, encabezaba más de 1000 dorados, las legiones de los 7 reinos de la región, la fuerza perteneciente al primer bastión élfico del mundo: Erínimar. De su báculo colgaba, al lado de aquellos pertenecientes a las 10 casas de Altos Elfos, el estandarte de su familia: el águila vigilante de los Eruläeriel.

-No sólo… - arreció Lüdriëlh, tomando su montura de las riendas. Alzó su espada hacia las nubes que ya despejaban su capa gris para dar mayor presencia al sol. Con la ira acumulada y la fuerza de su juventud, acompañado de esa ola de venganza que crecía entre sus pares ante lo que la vista ofrecía, gritó a pecho: -¡Förth Mellonë! ¡CON EL REY!

-¡CON EL REY!- coreó el ejército. Los cuernos tronaron y el galope de los equinos se desbocó.

La hoja plateada de la espada élfica del capitán de la ciudad dorada se tiñó en llamas, comandando el ejército de las falanges, al lado de la primogénita del soberano, cuyo báculo de inmediato, al contacto con la sombra, deslumbró a las bestias infernales. El ejército de las falanges doradas, nombre austero con el cual se conocieron en las guerras draconianas, cayó en picada por las colinas hacia la ciénaga escoltados por el sol.

-¡CON EL REY!

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Ithilwen Erulaëriel

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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Tyrande Whisperwind el Mar Dic 06, 2016 6:22 pm

Nuestro camino llegaba a su fin, estábamos cerca del punto de reunión donde se nos había convocado, pero cada paso que dábamos en esa dirección solo era un acercamiento que le permitía a mi bien dotado sentido del oído, advertirme sobre los estrepitosos sonidos de guerra que rodeaban el lugar, quizás llegábamos tarde o quizás estábamos llegando en el momento justo para evitar que fuera peor de lo que ya había podido ser.

Mientras terminábamos el acercamiento sentí como junto a mi  paso un batallón, que podría identificar como Guardias de alguna de las ciudades cercanas, de hecho y sin temor a equivocarme estaba casi segura que sería el batallón de los rumores, el que había sido robado por una elfa. Durante su paso mi atención se fijó en su recorrido, permitiéndome diferenciar a una Pelirroja elfa que iba a encabezándolos, se notaba que la seguían, así que imagine que sería ella la responsable de aquel valiente pero imprudente acto. Aunque para ser sincera lo agradecía, porque notaba que haría falta esa ayuda y quizás mucha más.

Cuando aquella guardia paso, mi atención volvió al frente, donde pude avistar un primer gran batallón de No-Muertos,  era increíblemente cuantioso, definitivamente debía pensar en algo para evitar que llegaran al campamento, sabía que las sacerdotisas ahora a mi cargo contaban con grandes habilidades curativas, además de ser buenas para otorgar bendiciones, pero no había visto a ninguna realizar algo ofensivo con sus dones, por lo que por mi mente solo pasaba utilizar el burdo entrenamiento que yo misma les había proporcionado en el uso del arco.

Hice un gesto para que todas se detuvieran girándome para observarlas, alzando la Voz por sobre el ruido proveniente de la batalla que estaba frente a nosotras.

-Sé que no son expertas en esto, pero necesito que todas saquen su arco y usen el entrenamiento que les di para intentar reducir la cantidad de este batallón a la menor posible antes de que lleguen al campamento-

Me gire para quedar de cara a los enemigos, pero cuando me dispuse a sacar  mi propio arco, sentí como una mano de una de las sacerdotisas del grupo me detuvo, por lo que, volví a girarme, pero antes de que pudiera decir algo ella tomo la palabra.

-¡Deténganse! Eso es una gran Necedad, solo llamaríamos su atención y nos pondríamos en peligro, no están capacitadas para usar el arco adecuadamente-

Me quede observándola, mientras bufaba por un momento, tenía razón, aunque eso no ayudaba, necesitaba una solución pues el paso del batallón no se detenía y podía notar como estaban a punto de llegar a su objetivo.

-¿Entonces que recomiendas? ¿Qué dejemos que terminen de arrasar el campamento-

Mi voz sonó Alterada, realmente sentía la necesidad de hacer algo y el sentirme nerviosa e impotente en esta situación no me ayudaba demasiado. La sacerdotisa lo noto, por lo que poniendo sus manos en mis hombros intentando tranquilizarme, alzo la voz de nuevo para decir.

-Es cierto que no son buenas en el Uso del arco, pero las conozco a todas, sé que son grandes Sacerdotisas, así que usaremos ese don que Selene les dio… El que nos ha dado a todas. Tómense de las manos. Tyrande y Yo Haremos el resto.-

Escuchar sus palabras me hizo volver en mí, apaciguando un poco la locura que se desataba en mi cabeza. Al concentrarme de nuevo pude notar que todas la obedecían, como si ella estuviera por encima de ellas. ¿Quizás era una Suma Sacerdotisa y yo no lo había notado? Pues de ser así, le preguntaría luego ahora solo la obedecería como el resto, si ella sabía qué hacer, con gusto la seguiría.

Cuando todas estuvieron tomadas de las de las manos ella tomo una de  mis manos, al tiempo que estiraba su brazo, para que la mano libre quedara en dirección a los No-Muertos, imite su posición cerrando los ojos, cuando comencé a escuchar como recitaba en un dilecto elfico que apenas podía entender a medias. Luego de unos segundos, sentí como una  poderosa corriente de poder mágico se concentraba sobre nosotros, era Magia divina que estaba siendo convocada por  la Suma Sacerdotisa Lady Kaelandi, la cual nos estaba utilizando a todas como conducto para dirigirla.

De un momento a otro esa sensación de magia sobre nosotras desapareció, lo que me hizo abrir los ojos de golpe. Por instinto voltee a mirar hacia donde nuestras manos señalaban, pude ver como un gran Halo de luz plateada, rodeaba al batallón impidiéndoles salir, de un momento a otro el Lugar se llenó de una radiante luz blanca, que luego de desaparecer solo dejo montones de polvo de huesos por los lugares donde había estado,  haciendo desaparecer por completo al batallón, además de darle una sensación de total pureza a todo lugar que hubiera tocado. Puesto que había sido poder divino, solo había dañado lo profano, el resto de las cosas en el área se mantuvieron iguales.

Cuando Kaelandi soltó mi Mano, sentí como mi respiración se agito, un pequeño golpe de cansancio lleno mi cuerpo, quizás por la impresión no lo había notado antes, pero obviamente un hechizo tan fuerte necesitaría mucho poder, inclusive siendo tantas como lo éramos se había llevado una buena parte de las energías de todas, aunque definitivamente no la suficiente como para detenernos.

Sin  decir nada más, comencé de nuevo marcha hacia el campamento ahora con un camino totalmente despejado. Seguía escuchando el golpetear de acero contra acero, pero otro sonido comenzaba a ocupar el ambiente, un zumbido que aumentaba  de apoco, como si se acercara a gran velocidad. De un segundo a otro el Sonido se esclareció para mí, eran aleteos, cientos de aleteos constantes, volteando a mirar al cielo, pude notar que eran Hipogrifos, los cuales venían siendo cabalgados por caballeros elfos dentro en sus pesadas armaduras de placas, que  brillaban en rojo y dorado, portadores de un tabardo con un símbolo en medio en rojo y dorado, el cual no pude identificar, por lo que no tenía ni mínima idea de a qué ciudad o noble podrían representar, pero seguían siendo ayuda y en este momento Agradecía a la Diosa, por permitir que llegaran justo a tiempo.

Mi vista se enfocó en dirección al campamento nuevamente, pero ahora estaba mucho más cerca que antes, lo que me permitió divisar con mayor claridad la situación. El lugar estaba hecho un campo de batalla, donde había elfos, centauros y minotauros luchando por igual contra los viles seres provenientes del foso. Una escena que me pareció increíble puesto que aun con toda la fama de racista que tenían los elfos, en este momento se demostraba que tenían aliados dispuestos a ayudarles. Por otra parte cancelo de inmediato mis intenciones de que avanzaremos hasta ese lugar, ya que entrar seria arriesgar a las sacerdotisas sin ningún sentido, ellas no estaban listas para pelear a corta distancia.

Aun con la ayuda de este par de aliados podía ver como algunos de los sobrevivientes, pero que ya estaban mal heridos eran arrastrados hacia la ciénaga que estaba justo detrás de los enemigos que seguían llegando, eso también sería un problema, porque probablemente por lo que sabía de ese tipo de seres, los usarían para convertirlos en parte de sus fuerzas llenándolos de magia profana, transformándolos en seres corruptos.

Mientras intentaba pensar lo más rápido posible en un método para ayudar, pero sin ponernos en riesgo, pude vislumbrar un gran ejército viniendo desde el Oeste a toda velocidad montados sobre caballos, se podía ver claramente el símbolo real sobre sus armaduras, así que de inmediato supe que eran parte del ejército de Erenimar. Venían siendo comandados por una Pareja de elfos, un hombre y una mujer. El hombre traía su espada en alto y la mujer, traía en una mano una espada y en la otra un báculo, un báculo que irradiaba una poderosa luz desde la punta, eran tan fuerte que podía llegar a parecer que el propio sol alimentaba ese brillo.

Al ver la carga de aquel ejercito hacia el campamento, sabía que serían suficientes como para recuperar el campamento, por lo que la mejor manera de ayudar seria no estorbando en el campo de batalla, manteniéndonos lejos del combate directo, pero lanzando bendiciones, bendiciones que los protegerían contra la esencia profana de esos seres demoniacos.

Luego de avanzar un poco más vi que nos encontrábamos a la distancia correcta así que hice una señal para que todas se detuvieran, estábamos en la distancia adecuada, tan cerca como para que nuestra magia los afectara a todos, pero tan lejos como para no llegar a ser el objetivo principal de los enemigos.

Al estar detenidas ordene a las sacerdotisas formaran un par de filas, dividiendo así el grupo en dos mitades iguales. A las de delante les di la orden de que sacaran el arco  y dispararan contra los enemigos que vieran acercándose al campamento, para reducir la cantidad que llegaban. A la segunda fila que había quedado detrás, donde también estaba Kaelandi le ordene, que comenzaran a conjurar bendiciones para potenciar el daño contra ese tipo de enemigos, además de también protecciones, para fortalecer sus resistencias, ante los embates enemigos y sus oscuras magias.

Al tiempo que a la primera fila y yo disparábamos reduciendo el número de los enemigos, escuchaba como las sacerdotisas detrás de nosotras conjuraban, haciéndome sentir llena del fervor del combate, dándome ánimos y fuerza para continuar, ese era el efecto que causaban esos rezos y conjuros, los cuales estaban dirigidos más hacia los que aún se mantenían dentro del campamento y los que eran arrastrados, que hacia nosotras mismas.

Sabía que eso los ayudaría a continuar y aunque quisiera hacer más por ellos, de momento eso era lo más que podíamos hacer. Cuando esto se detuviera me aseguraría de que todo mi grupo de sacerdotisas curara y tratara a la mayor cantidad de heridos como les fuera posible, pero de momento, aun teníamos que terminar de expulsarlos de esta área.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Miér Dic 07, 2016 10:35 pm

Quince días Atrás

¿Estás preocupado? –Dijo Lor’Themar, sentado observando el horizonte desde la oficina principal del Palacio de Quel’Thalas.

Mandamos todas las fuerzas del palacio a la guerra. Nuestro príncipe se ha ido con ellos. ¿Cómo crees que estoy? –Respondió Romath.

Yo también lo estoy. Ya son quince días desde que se fueron. No tenemos noticias de ellos… Y estaremos así durante mucho tiempo… Hasta que regresen.


¿Y si mandamos un mensajero? Sólo para confirmar que estén bien.

Lor’Themar volteó a ver a Romath, su cara expresaba una clara frustración y preocupación.

Pareces una madre preocupada por su hijo. Kael’Thas ya no es un pequeño… Es cierto que tal vez lo veamos aún como el joven que recorría estos mismos pasillos… Pero aunque haya rechazado el título, técnicamente es el Rey del palacio, puede y debe aprender a cuidarse solo.

Romath bufó cambiando de dirección la vista, como escudriñando alguna idea que le devolviera la última jugada ante su adversario milenario, Lor’Themar.

¿Qué tal si les mandamos los caballeros de sangre? –Hizo una pequeña mueca esperando el gesto de su interlocutor.

Mmmh… El príncipe no los pidió. Quizás no les hacen falta.

Es una guerra… Toda la ayuda hará falta.

Está bien, Romm… Les mandaremos los Caballeros de Sangre… Pero si nos equivocamos la idea fue tuya –Dije Lor’Themar mientras escribía sobre un papiro algunas órdenes y las sellaba con el distintivo de la oficina del Regente.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Vigésimo noveno día – Marcha a la guerra – Afueras de Erinimar, cercanías del punto de concentración.

Es la última noche de viaje, esperamos llegar mañana mismo a las fraguas de nuestro destino. Halduron se me ha acercado varias veces para planear nuestra ofensiva o defensiva dependiendo del estado de la batalla, sin embargo le he dicho que nada está escrito y sólo podemos suponer lo que pasará.

El frío de la noche cubre nuestras tropas en éstos, los campamentos más improvisados que hemos hecho. Eh preparado a nuestros magos indicándoles como concentrarse en medio de una contienda bélica, algunos han tomado los consejos excelentemente… Otros no se sienten capaces de siquiera lanzar un hechizo en medio de la batalla, esperemos que su capitán de grupo los ayude a alcanzar la seguridad.

Me pongo nervioso al saber que quizás éste sea mi último escrito, mi última prosa hermosa caligrafiada sobre los sueños y aspiraciones de un nuevo amanecer. De noche, mientras el sonido de la noche ensordecedora llena nuestros oídos, puedo escuchar los sonidos propios de una batalla y se ven destellos en el horizonte de alguna batalla. No hay duda de que esta será nuestra prueba más completa hasta ahora.

Mis antiguas entradas no me parecen tan largas como esta y ya me duelen ligeramente los dedos de tanto escribir, supongo que la caligrafía élfica no algo que se lleve a la ligera. Sin embargo no sé por qué no puedo dejar de escribir, quizás sea el nerviosismo o la innecesaria necesidad de hacer una entrada simétrica a las otras. Sea como sea, nos veremos del otro lado (Si alguien pudiese leer este diario de batalla).

La mañana deslumbró el horizonte y antes de que pudiera despertarme sobre aquellas improvisadas camas de pasto y paja, ya las tropas estaban recogiendo y preparándose para marchar de nuevo a esta vez el final de nuestra travesía. Aún nos quedaba camino por recorrer, sin embargo no era tan largo como el que había recorrido ya, suponía que en unas horas estaría frente a lo sería un auténtico asedio por porte de las criaturas provenientes del foso.

El camino ya había sido transitado, las pisadas y el pasto aplastado delataban que antes un pelotón había pasado por allí. De pronto, por el horizonte pudimos observar la escena que nos había llevado tan lejos de nuestra capital.

Un gran espacio de terreno digno de una batalla que había sido dañado con fuego y demás, los cadáveres yacían sobre el suelo y los heridos eran trasladados hasta una colina donde se encontraban algunas edificaciones élficas improvisadas y que daban la apariencia que no iban a resistir mucho más. Lo que pude identificar como el campamento de algunos elfos, debido a que allí llevaban los heridos, estaba siendo asediados por batallones de enemigos no muerto, aberraciones y posibles demonios que parecían sacados directos de pesadillas.

Encaminé mi caballo hacia delante de la tropa y lo volteé para hablarles.
Hoy es el día por el que hemos salido de nuestra patria. El día por el que hemos venido a luchar en estas tierras tan distantes de nuestro hogar como el tiempo que hemos tardado en llegar.

Volteé para ver una colina próxima a nosotros que sin duda nos concedería una visión más amplia del campo de batalla y de la estrategia que usaríamos
¡Andando!

Ya en la colina, pude observar toda la escaramuza con lujo de detalles, El campamento era asediado por muchos enemigos, éste daba la impresión de que ya nos e mantendría en pie. A lo lejos, detrás del campamento se aproximaba un numeroso ejército con las distinciones de la ciudad de Erinimar. En el campo, guerreros y demás combatían contra las aberraciones.

Entre muchos, destacaban algunas elfas singulares, vestidas en su mayoría iguales con túnicas y demás que estaban, creo yo, intentando sanar a los heridos del campo de batalla mientras otras lanzaban flechas hacia los enemigos, sin embargo eran un grupo muy reducido.
Halduron, Desde acá podemos planear la ofensiva –Dije volteándome a verlo.

Le escucho.


Se me ocurre que los Sin’dorei canalicen un potente hechizo que borre del mapa al batallón de no muertos que está más próximo a nosotros –Dije intentando explicarme señalando al campo de batalla- La explosión causará conmoción en los demás esbirros de la maldad, lo que nos dará una ventaja para entrar usando el factor sorpresa. Nadie hasta ahora nos ha visto en la colina.

Me parece bien príncipe, los Forestales pueden lanzar una lluvia de flechas para hacer retroceder a los que vienen aproximándose desde el foso.

Aún nos queda un problema –Dijo uno de los capitanes encargados de los Forestales- Nos queda un batallón de no muertos que también asedia el campamento.

Pues, ¿Nada que varias lluvias de flechas no arregle no? No veo a objetivos amistosos por esa área, los pelean lo hacen en la propia frontera del foso y están bastante lejos de ellos, una lluvia de flechas debería bastar para eliminarlos.

O dos –Dijo sonriendo el capitán.

O tres –Respondió Halduron.
Las que sean necesarias. Los magos quedarán exhaustos luego de la primera arremetida, pero unos segundos recuperando el aliento bastará para volver a ayudar en la batalla.

Y luego de eso ¿Qué?... –Preguntó el capitán de los Rangers.

Luego de eso amigo mío, bajaremos de la colina y le haremos frente a sus fuerzas, que no baje nuestro estandarte nunca.

¿Todos quedaron entendidos? –Alcé la voz para que se escuchara en todo el pelotón.

Un ¡SÍ! Unísono se escuchó en las filas de la tropa, y así todos tomaron posiciones en aquella colina.

Los magos, denominados Sin’dorei, hicieron una línea en lo alto de la colina divisando el cielo encima del batallón más grande de no muertos. Todos empezaron a conjurar hechizos a la par que la realidad se rompía y se creaba una gigantesca bola de fuego que comenzaba a caer tomando velocidad sobre el batallón indicado de enemigos. El estruendo fue tremendo y pudo ensordecer a cualquier que estuviera a la misma altura de la zona de impacto, la cual ahora no albergaba ni rastro de no muertos, pero había quedado un cráter de un diámetro considerable con llamas que poco a poco se extinguían.
Aún había no muertos volando sin vida producto del impacto del meteorito cuando los magos dieron un paso atrás para dejar que los Forestales ocuparan sus puestos para cargar la lluvia de flechas dirigida al batallón sobrante. Con los arcos tensos, el ágil movimiento de soltar la flecha causó la ruptura del viento y el posterior zumbido de la flecha viajando para impactar en su objetivo. La primera oleada de flechas aún no había caído cuando los arcos ya estaban cargados nuevamente y tensos parar saltar la próxima.

Esperen… Esperen… -Decía pacientemente el Capitán de los forestales- ¡Ahora!

Nuevamente el zumbido de las flechas rompiendo el viento tronó en el ambiente. Las flechas viajaban con una cadencia de distancia bastante corta para no dar respiro a los que pudieran salvarse de la primera lluvia.

Ahora… Es ahora nuestro momento –Decía mientras observaba que los Rangers desenfundaban sus espadas y preparaban sus escudos- Cuidémonos unos a los otros. Forestales, cuidado a donde apuntan, apoyen a los Rangers. Los magos Pueden quedar cerca de mí, seremos los que se aseguren que ningún monstruo pase al campamento. Formaremos una línea de defensa… La única que habrá hasta el momento –Dije dando una pausa- ¿Alguno está asustado?

Múltiples manos se levantaron, denotando que nuestro ejército jamás se había enfrentado con una fuerza de tamaña magnitud.

Eso es bueno, mientras tangan miedo pueden estar seguros que siguen vivos. Preocúpense cuando no tengan miedo antes de una guerra –Dije Volteándome para hacer frente a la rampa de acceso que nos ofrecía bajar la colina, entraríamos de lleno flanqueando a los enemigos que ya eran mucho más reducidos que antes.

¡ANU BELORE DELA’NA! ¡ BASH’A NO FALOR TALAH!

¡POR QUEL’THALAS! -Un Enorme grito al unísono se escuchó mientras bajábamos de la colina con los rayos del sol despuntando nuestra batalla y acompañándonos a la misma. Parecía que el astro rey nos sonreía, puesto los rayos del emergente sol impactaron de lleno en las armaduras relucientes de los Rangers y éstos fueron a dar directo a los ojos de los demonios que quedaban cegados temporalmente, facilitando el ingreso de las espadas a sus débiles cuerpos.

El ejército de Quel’Thalas no tardó en despachar a los no muertos rezagados y en establecer una línea de defensa que disparaba flechas, estocadas y hechizos por igual y con una cadencia similar, apaciguando el avance de los enemigos que salían del foso.

¡Aguantemos aquí mientras se aproximan los refuerzos! –Dije mientras sacaba a Felo’melorn del cuello de una de esas repulsivas bestias, mi caballo parecía no tener miedo de aquellas malformaciones que se arrastraban moribundas. Desde que habíamos salido de nuestro último campamento, los únicos que contaban con caballos eramos Halduron, los tres capitanes y yo, los demás habían dejado descansar cerca del campo de batalla a sus respectivos equinos.

Luego de unos minutos combatiendo con aquellas pestes, notamos un zumbido que sobresalía entre toda aquella algarabía causada por la batalla.

¡Lluvia de flecha! ¡Replegaos! –Gritó Halduron luego de despachar decapitando una abominación.

¡No, Esperen! ¡No es una lluvia de flechas! ¡Son los Caballeros de Sangre! –Grité al compás que bateaba con el bastón uno de los cerebros putrefactos de aquellos seres.

¡Bendito seas, Lor’Themar! ¡Aguantad chichos, Los Caballeros de Sangre están acá! ¡Saldremos victoriosos de esta!

En el Horizonte se aproximaban a toda velocidad aquellas majestuosas aves coloridas que llevaban los mejores Rangers entrenados en combate aéreo y terrestre, con sus armaduras rojas y dorados y portando el estandarte de Quel’Thalas. Sin duda serían una ayuda excelente para terminar de repeler las nefastas fuerzas no muertas que parecían emerger de debajo de las piedras, sólo era cuestión de segundos para que llegaran y comenzaran a repartir estocadas a diestra y siniestra.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Lun Dic 12, 2016 7:31 pm

3.
En una de las tiendas del campamento…
Presente

-Traedlo acá- rugió la sacerdotisa. Su rostro, su porte, ese aire místico que la irradiaba, enmudeció a la audiencia, sin siquiera lograr que alguno se le opusiera.

Con prisa, no carentes de angustia, dos de los soldados de avanzada del Rey entraron en la tienda, trayendo en brazos a un tercero, con los ojos desbocados y la mirada a medio camino entre la conciencia y ese tono vidrioso que portaban los enemigos. Hasta ese punto, incluso los legionarios se sorprendían de ver a las mujeres de Selene, oscuras, de ojos luminosos y marcas en su piel, portadoras antiguas de las verdades de los dioses de la noche, las lunas de Noreth.

Música:


La mujer levantó los brazos al cielo.

Las lunas, asomándose tímidamente en el firmamento cubierto de bruma, colorearon su llamado, acudiendo en su auxilio. Desde la esquina, con la mirada clavada en aquel rito ancestral, la primogénita de Erínimar observaba de cerca lo que fuera que la líder de las selenitas proponía. Y es que la mujer, en el poco tiempo que había cruzado el campo de batalla, rescatando heridos, dirigiendo a su gente, tratando de rescatar a los caídos que quedaban atrapados en las redadas de enemigos, había logrado el respeto de todas las filas élficas. Desde tiempos perdidos en la historia no se veía en la llanura dorada a los hermanos lunares.

En ese momento de pausa, tregua pasiva que caía como mortaja antes del fatal desenlace, para todos era bien conocido que la esperanza dependía ahora de la ayuda de los dioses y la estrategia militar. Con la llegada de la noche y la tranquilidad nocturna, las miradas se posaban en dos escenarios: en ellas, las mujeres de Selene, sus curaciones, sus descubrimientos... y el conclave del Rey.  

¿Cómo habían llegado a semejante desenlace? En silencio, con la expectativa que despierta ser presente de un milagro, la elfa de cabellos de azabache y mirada endurecida seguía de cerca las manos, los gestos, los rezos, el coro que precedía la dirección de la principal entre ellas, mientras recordaba el desarrollo de los hechos pasados…

Campo de batalla
Horas antes

Durante el día habían estado batallando hasta el cansancio. La llegada del príncipe Kael’Thas, como tiempo después de la avanzada de grifos del palacio Quel’Thalas, había balanceado la contienda, aún a un alto costo de vidas. La magia de las selenitas había permitido que las armas de los combatientes se llenaran de las bendiciones de los dioses, y los hechiceros biomantes habían surcado el campo con trampas para los enemigos, pero, aun así, éstos crecían en número más rápido de lo que se podía controlar.

La sangre se esparció por la ciénaga, en cantidades como nunca la imperecedera hubiera conocido. A pesar de las colinas bajas y escarpadas, de la niebla, de la caída del sol, de las estrellas que asomaban tímidamente tras las nubes, el olor se colaba tras la tierra, el viento, las espadas, y la bruma. A dónde fuera que la vista alcanzara, todo era un campo de batalla. La corrupción de la tierra comenzaba así, alterando la paz de los vivientes, el equilibrio entre la vida y la muerte.

Lüdrielh, quemando todo lo que a su filo alcanzaba, comandaba parte del ejército de la Ciudad Luz, la falange de Dios, como fuera conocida en épocas draconianas. El príncipe Kael’Thas y sus fuerzas del palacio de Quel'Thalas, arribaron balanceando la contienda. Sin embargo, el arribo graneado de las fuerzas élficas fue su desventaja táctica: en bandadas pequeñas fueron presa fácil de la falta de cohesión y de la masa generalizada de enemigos. Pero si de algo se puede ufanar una raza, sobre todo la imperecedera, es de su disciplina y facilidad táctica para resolver el meollo en el que se basaba aquella jugarreta demoniaca.

Poco a poco empezaron a ganar terreno. Las fuerzas del Rey se congregaron entorno a su báculo sagrado y la tierra respondió a su llamado encerrando a más de un enemigo entre raíces poderosas, siendo todo purificado por las armas divinas.  Las falanges, desde cada uno de los puntos cardinales, fueron arribando al epicentro de la batalla: el campamento y a partir de allí, la voz del soberano marcó la parada para organizar la avanzada.

-Arqueros atrás, lanceros al frente. Caballería flanco izquierdo, siguiendo el camino del príncipe del palacio Quel'Thalas.

Si al comienzo todo era caos, el atardecer de ese día trajo el control parcial de la Ciénaga de Thürk. Se estableció un perímetro y un cerco para que fueran reconstruidas las máquinas de asedio y guerra: lanza piedras y virotes, entre otros. El señor del palacio estableció una línea defensiva que ponía al campamento a manos de las selenitas y sus curaciones. Todos los que llegaban allí estaban heridos de mediana gravedad, pero hasta el momento ninguno había vuelto de la pila donde los demonios los llevaban. Abrir poco a poco el cerco era la prioridad para el soberano. Con ayuda de la llegada de Kael’Thas y el general Löadus, las fuerzas se desplegaron en una línea que finalmente observó como los rezagos de demonios volvían a correr sus pasos hacia el sur, enterrándose en la cordillera Khazal Anthurk, dominio del foso.

En la tienda de campaña de Tyrande
Presente

Aquel soldado era el primero y único que había sido rescatado del grupo de la pira demoniaca. La magia que su cuerpo expelía, junto con los olores nauseabundos de su carne corrupta por la magia profana, oscurecía el ambiente y deprimía los corazones de quienes estaban en aquel lugar. Sólo la sacerdotisa de Selene se mantenía erguida y esbelta, como una estatua de tiempos remotos, segura de lo que debía hacerse. Recobrar de sentido y vida a aquel ser era la pretensión de los elfos, aunque muy dentro Ithilwen podía percibir la huella indivisible de ese ser que desde las colinas había observado la guerra reanimando a los enemigos, llamándolos de las tumbas y una y otra vez.

Esa magia tenía un rastro que aún se sentía entre ellos y en toda la ciénaga.

Ithilwen calló, así como todos y el rito comenzó… la esperanza estaba puesta en encontrar la manera de evitar que los elfos cayeran en ese encantamiento o en traer de vuelta a los hermanos atrapados en aquella hechicería corrupta.

Esa era la esperanza de todos, el paraíso de los tontos.

En la tienda del soberano
Presente

-15 días llevo guardando estas fronteras, y más llevaron nuestros hermanos del pueblo fronterizo de Qualk, ahora desaparecido del mapa por esta horda infernal. ¿Qué hemos de esperar de esta paz provisional? Lo peor… Ahora, en estos momentos, la Suma sacerdotisa de Selene, junto con los hechiceros de la Orden de Luminaris, tratan de traer de vuelta a uno de los nuestros que ha cruzado el cerco maligno de la magia demoníaca. ¿Podrá hacerse esto? No lo sabemos- La voz del Rey era profunda y recia, firme y bien dispuesta en sus apreciaciones, todas pesimistas, pero no carentes de argumentos. Para todos era claro que la situación era desesperada -Si no podemos controlar el número de nuestros enemigos con algo más efectivo que nuestros rezos, para el amanecer estaremos rodeados y cercados de nuevo, con miles de vidas tomadas por esas manos corruptas, masacrados y mutilados para gloria de sus señores del caos. ¡¡Y por mis años y los muchos que me quedan, por esta corona que porto y por estos hijos, mi pueblo, aquel que prometí proteger hace 600 años, que no renunciaré a la idea de que caeremos esta noche!!

Un golpe seco a la mesa y todos los presentes golpearon con sus bebidas también, en aras de apoyar la emoción del soberano.

-Así que si no estáis dispuestos como yo a ceder, os oigo mis hermanos, toda propuesta, idea, todo será considerado en esta mesa.
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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Sáb Dic 17, 2016 10:16 am

Horas Antes
Ciénaga

El fino ruido del acero chocando contra acero, acero atravesando la carne y tasajeando el tejido era lo único que se escuchaba en aquel caótico momento. Aún la guerra continuaba y gracias al astro rey se inclinaba a nuestro favor. Las fuerzas del palacio jamás se habían visto envueltas en tal combate y se estaban desenvolviendo excelentemente. Incluso, era prematuro asegurarlo, pero quizás con los pocos hombres con los que contaba eran más que suficiente para poner final al conflicto inicial.

Los Caballeros de Sangre al llegar terminaron de inclinar la balanza. Los gigantescos animales bajaban en picada desde el cielo hasta que su jinete empalara enemigos y así los equinos-rapaces tomaban entre sus grandes garras a deformidades que desgarraban su cuerpo y dejaban caer desde alturas inimaginables. Hasta donde podía observar, ninguno de nuestros hombres había recibido siquiera un rasguño, una verdadera muestra de disciplina en combate.

Sin embargo, ya mis brazos y mis manos se comenzaban a cansar de estar luchando cuerpo a cuerpo. No había tenido un entrenamiento más avanzado que las simples prácticas en el palacio, sin embargo sabía defenderme bien, toscamente, pero bien en conflictos a corto espacio. A la par que mis brazos flaqueaban… Los refuerzos al fin llegaron. Numerosos caballeros salieron de detrás de nosotros y rápidamente los pude distinguir como el famoso enarbolado ejército de la Ciudad Luz, claramente era el ejército de Erenimar y sus adyacencias.

Sin mayores palabras que algunas para indicar datos de tácticas militares, los ejércitos se unificaron y se reforzaron las defensas del cerco que habíamos hecho. Aunque llevaban estandartes, armaduras y colores distintos, ya no era el ejército de la Ciudad de Erenimar ni del Palacio de Quel’Thalas… Ahora las tropas formaban el ejército de defensa de una raza inmortal, de su legado y su cultura.
Un grito de batalla seguida de una voz melodiosa surgió de entre los presentes ordenándoles a tomar posiciones y resguardar las defensas establecidas mientras se preparaba un nuevo contingente de batalla, sin duda era una voz poderosa y que denotaba energía a pesar de sus matices de longevidad.

Sin embargo esta voz calló por algunos minutos en los que reinaba una calma bélica entre los soldados que despachaban a las deformidades como si estuvieran sacando la basura. De inmediato silbé dos veces con todas mis fuerzas, a lo que el capitán de los hipogrifos descendió buscando el origen del llamado. Lo divisé en el cielo plagado de grifos y le hice algunas señas para que aterrizara un poco alejado de la acción y poder hablar con él. Tomé las riendas de mi caballo y lo azucé para que cabalgara hacia una planicie ya exterminada.
A sus órdenes príncipe. –Dije aquel capitán a lomos de aquella imponente bestia.

Me alegra verte en este aciago momento, capitán –Dije sin quitar los ojos de su mirada- Sin embargo ya habrá tiempo para presentaciones y saludos. Prepara tus hombres, tomaremos el último asalto para rechazar de una vez por todas estas bestias pútridas.
Por su puesto, príncipe. –Dijo mientras decía órdenes a su bestia para que alzara vuelo.

Spoiler:

Me preparé mentalmente para combatir, este era el último momento. Luego de esto no habría más oportunidades, estábamos jugándonos el todo por el todo. Encaminé mi caballo hacia donde Halduron ejecutaba algunos demonios.
¡Hal, prepárate! ¡Atacaremos!

Halduron, luego de extraer su espada corta del cuerpo fétido de un enemigo, volteó a verme y asintió cabalgando directo a donde estaban los forestales y los Rangers. Yo me dirigí donde estaban congregados lanzado hechizos los Sin’dorei, pero había algo que aún no había previsto… Ya no éramos un solo batallón, éramos muchos y coordinarlos a todos, a pesar de que no tenía la completa certeza que me obedecieran, era muy difícil. Desvié mi camino y me posé aproximadamente en el medio de los dos ejércitos élficos.
¡Ejércitos de la Luz! ¡Ejércitos del Sol! ¡Manténganse unidos los unos con los otros! ¡La hora ha llegado! ¡Expulsemos a esta gentuza de nuestras tierras! ¡QUE VUESTRAS ALMAS NO DECAIGAN Y QUE VUESTRO ESPÍRITU RESPLANDEZCA! –Grité con todas las fuerzas que podía sacar del diafragma para hacerme oír sobre aquella algarabía.
Volteé para mirar a todos los presentes, incluidos los capitanes de cada batallón, así como los generales de los demás ejércitos, distinguiendo entre ellos al señor de los elfos de Erenimar, numerosos elfos que por sus armaduras los podía distinguir como altos personajes dentro de la jerarquía élfica. Sin duda era el momento más épico que habría tenido en mis doscientos años de vida.
¡ATAQUEN

Al unísono resopló gritos y embestidas de todo el mundo que escuchó el llamado y los que no, por simple deducción seguían la corriente. Miles de batallones se batían a duelo con aquellas deformidades que no suponían ningún reto para aquellas majestuosas tropas que avanzaban como devoradores en busca de su presa sin dejar ningún demonio vivo. Todos atacaban como una sola persona y el terreno se estaba cubriendo de manera casi inmediata.

Los magos desde una posición elevada en el campo de batalla se encargaban de que ningún demonio sobreviviera con aquellos hechizos dañinos de las cuatro escuelas mágicas elementales. Agua, Tierra, Fuego. Las tropas en tierra despachaban como mantequilla a sus enemigos y los arqueros se encargaban de las deformidades más grandes. Los hipogrifos despachaban muy meticulosamente a sus objetivos aislados.

Sin embargo, en aquel tan importante momento algo cambió. La cadencia con la que salían los demonios aumentó, la resistencia y temple de éstos también lo hizo. Noté como poco a poco como aquella gran unidad de soldados comenzaba a tener problemas para avanzar, los soldados comenzaban a caer heridos y la cantidad de demonios que emanaban se cuadriplicó cuanto menos, parecían que salían debajo de las piedras.

Pero el temple de las tropas jamás decayó, desde atrás podía observar como muchos camaradas caían al suelo, lastimosamente sin vida. Estuve a punto de detener el avance, ahora me parecía una completa estupidez acorralarlos hacia el sitio de donde manaban sin eliminar primero la fuente de donde salían, sin embargo mis palabras se enmudecieron cuando cabalgando pude divisar a un ente que despedía maldad y magia profana.

Tanto mi caballo como yo nos entumecimos, presa de la incertidumbre y los nervios de aquella situación. El misterioso personaje se desplazaba al otro lado del campo de batalla como si estuviese flotando sobre él y con una capa totalmente negra como su armadura. En cierto punto nuestras miradas se cruzaron, pude notar como sus ojos rojos hundidos en una terrible maldad despedían poder mágico y nigromántico.

Me quedé parado por unos segundos sin realizar siquiera un movimiento, toda mi mente estaba enfocada en aquel maligno ente que también me observaba como atónito de sí mismo. Sin embargo la sensación no duró mucho debido a que en cuestión de segundos la entidad desapareció totalmente sin dejar rastro de absolutamente nada, pero no sin antes de dejarme un horrible sabor de boca de aquella maligna presencia.

Describir su apariencia parecía una misión imposible ya que por un momento dudé si mis ojos me estaban engañando presa del desgaste físico y mental de técnicamente un día completo de guerra, sin embargo pude notar como luego de aquella extraña figura desaparecer, las hordas de demonios volvieron a su cadencia regular y el ejército volvió a marchar sobre ellos aplastándolos por completo.

Las tropas establecieron una “Victoria” en el campo de batalla sobre aquellos demonios, dejando solamente algunos resquicios de aquellos sacos de hueso y carne podrida que sin más demoras eran ejecutados por los grupos que aseguraban el área.
De nuevo emití dos silbidos fuertes hacia el cielo para llamar a mi capitán de los Caballeros de Sangre, a lo que éste respondió de inmediatamente descendiendo del aire y aterrizando frente a mí en el ya exterminado campo de batalla.
Buenas noticias príncipe. Desde el cielo se ve que los demonios se retiran hacia su fosa negra y no se ven más batallones importantes. Victoria mi Señor.

Si… Escucha… Descansen y abastézcanse. Luego, por favor envía patrullas periódicamente en las cercanías del foso y me informan si ven algo “extraño”

Por supuesto mi Lord. ¿Algo en específico que esté buscando?

Sólo rutina, pero si ves algo extraño me informan –Dije alfín luego de debatir con mi subconsciente sobre si aquello fue algo verdadero o ficticio.

El gigantesco pajarraco alzó el vuelo y me dejó sólo con mi montura en tierra. Comencé a caminar lentamente hacia Halduron que estaba reunido con mis tres capitanes compartiendo información. Los cuatro se irguieron al estar por llegar, algo que no hacían en mucho tiempo.
¿Bajas?

Diez, mi señor. Sin heridos de gravedad, solo cortes poco profundos , magullones y demás.

Muy bien. Preparen a nuestros hermanos. Serán llevados por una comisión hasta su patria donde se les hará su correspondiendo sepelio. Los demás descansen, lleven a curar los heridos y abastézcanse. Sean gentiles, recuerden que vienen de un palacio noble, no de una ciudad. Sean corteses y estén atentos.  Halduron… Conmigo.
Actualmente
Campamento élfico

¿Qué te preocupa Kael? –Preguntó Halduron mientras caminábamos por el centro del campamento que habíamos protegido horas antes.

Es… Es difícil de explicar. Creo que estamos en algo mucho más serio que una simple guerra, Hal.

¿Qué podría ser más serio que una guerra?

No sé. Aún no eh ordenado mis pensamientos… Y estos procesos burocráticos sabes que no me gustan.

¿No te gustan? Es tu deber, además que se te da muy bien.

Que se me dé bien no quiere decir que me guste, Hal.
La caminata se extendió por unos minutos más hasta que llegamos a la tienda de campaña más grande  del campamento, donde se supone se reunirían todos los altos elfos que participaron en la batalla a debatir sobre la victoria… Victoria que me sabía más bien a cese de fuego momentáneo.

Entré en aquella tienda que fácilmente podría ser una sala de reuniones. Si algo se enorgullecían los elfos era saber hacer las cosas en cuando a edificaciones, aún teniendo en cuenta que era algo improvisado. Había una mesa ovalada en el centro y había alrededor de siete u ocho sillas que estaban ocupadas por sus respectivos personajes, excepto una casualmente a la derecha del hasta el momento Rey de Erenimar.
Lord Erulaëriel –Dije antes de sentarme y haciendo una reverencia como muestra de respeto.

Si me contestó a no, la verdad no recuerdo puesto que estaba inmerso en mis pensamientos. Sin embargo podía reconocer algunas caras familiares que me había encontrado batallando en el campo de batalla. Algunas caras demostraban alegría y gozo, mientras que otras se mostraban un poco más receptivas.

El rey dijo un pequeño discurso bastante motivador que movió los ánimos de todos los presentes, que tomaron sus bebidas y brindaron como si fuera el fin de los males, como si los demonios no volverían más… Como si lo que hubiese visto era irreal.
Lord Erulaëriel –Interrumpí el silencio luego de su pequeño discurso- Generales –Continué- ¿No notaron algo extraño en la batalla? ¿Por qué si en cierto punto dieron pelea a nuestro avance… Se retiraron al final?

Todos en la mesa hicieron un silencio sepulcral como si de alguna manera hubiera ofendido al rey abofeteándolo con un pescado.

Si aquellas hordas que manaron cuando comenzamos la arremetida fueran sido constantes, nuestros ejércitos hubieran perecido en la batalla y ahora no estuvieran disfrutando ese trago –Dije señalando el vaso en la mesa, que no tomaría debido a mi equilibrio como mago- ¿No se han puesto a pensar que hay algo más detrás de toda esta guerra?
No, príncipe. Sinceramente lo que yo veo fue una horda ridícula de engendros que se rindió ante nuestro implacable ejército. –Dijo alguno del otro lado de la mesa, respaldado por algunos más mientras el Rey observaba en silencio.

Piensen un poco… Mi conocimiento en estrategias militares no es tan avanzado, sin embargo es de lógica pensar que… -Dije mientras colocaba mis codos en la mesa para intentar hacer figuritas con mis manos para explicarlo más gráficamente- Si el enemigo es más fuerte, se debe replegar las fuerzas para atacar de otra manera… Un punto clave, una debilidad, una cualidad explotable.

Eso lo piensa usted, mi Lord –Dijo uno de los generales presentes- Pero aquellos escuálidos parásitos no tenían siquiera alguien que velara por ellos.

Tal vez tenían a alguien –Dijo el Rey interrumpiendo mi hablar como callándome para no revelar información demás y luego me guiñó un ojo.

El campo de batalla era muy grande. Muy extenso. Es cierto que nuestra vista es muy avanzada, pero quizás hubo algo que no vimos, algo que no percibimos. Algo que se nos escapó de las manos. Algo Etéreo, incorpóreo –Dije observando al Rey para tener una pista de que estábamos hablando de lo mismo. Éste ni se inmutó.

Es muy acertado tu punto de vista, Príncipe –Dijo el elfo del otro lado del rey, a su mano izquierda.

Pues yo no lo veo así –Respondió el mismo del principio.

Bueno, sigamos escuchando ideas. No descarto el planteamiento del Príncipe Kael’Thas y de hecho lo veo muy probable. Sigamos escuchando opiniones, quizás esto tenga alguna índole mágica.  

Mi mente calló al observar que por la cortina principal de la tienda de campaña entraban dos esbeltas mujeres que se sentaron sin hacer ruido a un lado en la tienda. Mi ojos podían distinguir a una de ellas como una elfa lunar. Jamás había visto una, sin embargo por lo que había leído en la biblioteca del Palacio, sus características coincidían con lo que se hablaba en los libros.

La otra, de cabellos negros y un báculo con un aura mágica y divina, pude intuir por su parentesco que era la Princesa Erulaëriel, heredera del país en el que actualmente nos encontrábamos. La expresión de  sus rostros no era la mejor que podía encontrarse en la habitación, como si algo les preocupara o se sintieran incómodas por algo.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Tyrande Whisperwind el Miér Dic 21, 2016 6:14 am

Horas Antes
A las afueras del campamento



Mientras apoyábamos a los guerreros supervivientes que quedaban dentro del campamento, desde el Este llego un gran ejército que portaba la misma insignia que anteriormente había podido notar en los caballeros que iban montados sobre hipogrifos, pero esta vez al estar más cercanos pude claramente notar y ver el símbolo, era un Fénix dorado, aun así nunca había visto esa heráldica, pero definitivamente el que tantas personas lo representara, significaba que era una heráldica importante.

Al mismo tiempo desde el Oeste el ejército de la Ciudad de la Luz llegaba, haciendo convergencia con los otros batallones sobre el área del campamento, la cual al recibir tantos refuerzos se vio por fin libre del asedio de los engendros del foso luego de unos  momentos. No sabía mucho sobre táctica militar, pero según por cómo se posicionaban, parecían hacer una barricada de soldados en el borde del campamento para evitar próximas invasiones directas.

Luego de que el campamento fuera limpiado de los invasores, di las órdenes pertinentes para que todo el grupo de selenitas entraran al campamento para encargarse de los heridos, realmente se podía notar en todos lados que habían estado luchando muy arduamente, por lo que de seguro esto debería ser prioridad, si pensábamos en ganar realmente esta batalla necesitaríamos que todos estuvieran en las mejores condiciones posibles.

Estuve encargándome de que coordinar el grupo de sacerdotisas, para que se ayudara a todo herido que llegara al campamento, desde el campo de  batalla que se había formado delante de la salida del foso, mientras lo hacía estuve todo el tiempo que pude al pendiente de lo que sucedía en la batalla aunque aún con mi vista, me resultaba difícil por la distancia y la cantidad de soldados que habían. Paso no sé cuánto tiempo antes de que el sonido de la batalla cesara, por como todo se dio luego podría afirmar que se había ganado el enfrentamiento, pero tenía la sensación de que por el tipo de energías que rodeaban el lugar, no podría ser así de sencillo.

Presente
Tienda de campaña de Tyrande




Momentos de calma habían llegado por fin al campamento, parecía increíble que eso pudiera ocurrir, sobre todo tomando en cuenta el motivo que nos había reunido a todos aquí. Habíamos podido armar la tienda de campaña para tratar a todo herido que fuera posible, mientras estudiábamos  y analizábamos que tipo de secuelas podrían dejar esas heridas profanas en los cuerpos.

Estaba dando una revisión general por el campamento, observando en que más podría ser útil, cuando escuche un comentario, donde decían que habían logrado rescatar a uno de los nuestros de las piras demoniacas donde convertían a nuestros soldados en seres malignos profanando sus cuerpos, por lo que sin dudar ni por un segundo y con la sensación de todo el derecho reclame que lo llevaran a mi tienda, allí tenia mis pertencias e intentaría por todo los medios que conocía y mediante mi magia purificarlo, pues seguramente ya estaría en proceso de conversión.

Entre en mi tienda, junto con Ithilwen mientras preparaba las cosas para el ritual. Había escuchado que ella era la princesa de Erenimar, en el campamento mientras ayudaba pude escuchar bastante cosas sobre ella, por lo que tenía mi respeto, además en lo poco que la había observado su seguimiento hacia mi parecía más de curiosidad, que de vigilancia, así que no tenia problema alguno en que estuviera presente.

Entraron un  par de soldados, que traían en alzas un tercero, el cual solo con su mera presencia sumamente contaminada de maldad, me hizo erizarme, toda el aura que  lo rodeaba era deprimente, tal marca parecía imborrable, pero lo intentaría de cualquier modo. Ordene que lo dejaran recostado en el suelo delante de mí, estuve observándolo por un momento, sus ojos parecían perdidos, como si ya no tuvieran vida, como si su alma se hubiera extinguido, pero aun podía respirar así que nada estaba dicho para mí.

Comencé a recitar en elfico mientras una de mis manos esta elevada al cielo, al tiempo que la otra está posicionada sobre el cuerpo del objetivo de mi ritual.

-Göttin, du bist alles Gute
Entschlackt den Körper, dieser Sohn
Umfassen Sie Ihre Seele, Ihre Kraft cobijala
Und machen Sie es wieder zueinander.-



Mientras canalizaba las energías místicas de la Diosa, podía sentir una gran contraparte intentando evitar que el rito se completara, la energía profana era poderosa, no sabía de dónde provenía, pero solo un ser demasiado oscuro podría lograr algo así, un señor del caos probablemente, por lo que con un gesto pedí a la Princesa que me observaba que se acercara, definitivamente necesitaría ayudara para cumplir con el exorcismo. Podía notar su cara de fascinación, de entusiasmo, esos sentimientos seguramente podrían ayudarme mucho, además notaba su aura de divinidad también, con la combinación de ambas estaba segura que me sería más fácil llevar a cabo el ritual.

Le tendí las manos para que las tomara y como por instinto ella correspondió el gesto, así que volví a recitar, esta vez con su ayuda puede completar el ritual. La energía de Selene recorrió sobre nuestros cuerpos, usándonos como conducto a ambas, lo cual permitió esta vez que más poder sagrado, fuera invocado. Luego de que el poder sagrado se albergara por unos segundos sobre nuestros cuerpos, fue dirigido al soldado que yacía sobre el suelo, infundiéndolo con toda esa energía.

Le sonreí a la princesa, podía sentir que el aura que rodeaba el cuerpo se había disipado por completo, de hecho el elfo que estaba recostado, volvió a verse vivo, sus ojos resplandecieron con el típico color plateado de la magia divina con la que comulgaba aunque la Alegría duro bastante poco…

Apenas unos segundos después, el elfo sobre el que había aplicado el ritual comenzó a proferir gritos de dolor intenso, mientras se levantaba y con desesperación golpeaba todo lo que se le cruzaba por delante. Asustada por la actitud y algo decepcionado por el resultado, suspire mientras me coloque detrás de la Ithilwen, mientras escuchaba como pidió que lo asesinaran, pude notar como gusanos salían de sus orejas y boca, sin más presencia como fue ejecutado, el momento me supero, solo pude cerrar los ojos escuchando como el acero de los soldados traspaso la carne putrefacta del elfo.

Salí de la tienda totalmente consternada, realmente me sentía inútil por no haber podido salvarlo, estaba desolada, me abrace a mí misma, mientras miraba al cielo, la luna brillaba plena en el firmamento, como si intentara consolarme, solo pude respirar profundo.

Aun ensimismada pude escuchar como la elfa dorada ordeno a sus soldados que cremaran el cuerpo, otro suspiro salió desde mis labios, al tiempo que mi mirada volví a la entrada de la tienda, por donde la princesa salió caminando en mi dirección. Sentí su mano sobre mi hombro, además el apretón de consuelo que me dio.

-Suma Sacerdotisa…Habéis hecho bien, pero no se puede ganar a los emisarios de los señores del caos. Vamos a la tienda del Rey, el conclave espera por nosotras-

Mi cara hizo un gesto de total extrañeza, realmente no esperaba que mi presencia fuera necesaria en una audiencia con el Rey, mis intenciones solo eran ayudar no tenía ninguna otra pretensión por encima de eso, pero si me requerían no me negaría y mucho menos ahora. Luego de ver el resultado de lo que sufrían nuestros hermanos, arriesgaría lo que fuera necesario para detener esto por fin.

-Vamos, definitivamente no quiero hacerlos esperar, cada segundo cuenta para nuestros hermanos-

Mis manos soltaron el abrazo que tenía sobre mi misma, deje que la castaña me guiara hacia la tienda de campaña donde se encontraría la reunión con todos los generales y el Rey. Mi paso fue tan presto, como el de mi acompañante lo solicito, sin hacer ningún comentario entre con ella, dando un vistazo sobre todo los presentes, esperando que mi presencia no les fuera a incomodar.


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Tyrande Whisperwind

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