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Nemo patriam quia magna est amat

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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Jue Dic 22, 2016 2:02 pm

4.

Mientras caminaba, a paso recio seguida de su hermana lunar, la de cabellos oscuros y mirada celeste se preguntaba sobre todo lo que había sucedido, lo que aquello significaría y las repercusiones en una guerra que parecía estar demasiado desbalanceada. Minutos antes del conclave, Lüdrielh había arribado a su lado, con una abertura profunda en su brazo, producto de aquellas extremidades en forma de ganzúa que salían de los cuerpos reanimados. ¿Eran no-muertos? ¿eran demonios? ¿se trataba de seres entre la vida y la muerte o por el contrario simples lacayos, cantaros vacíos ocupados por un poder mayor? No lo había mencionado a nadie, ni siquiera a la Suma Sacerdotisa, con quien ahora compartía el camino hacia la silla del monarca, pero la joya que le fuera dada por los enanos, no paraba de detectar el aleb corrompido a su alrededor. Y eso, a Ithilwen Eruläeriel, hija de una de las casas primeras de altos elfos, sacerdotisa de Luminaris, eso la inquietaba.

Corrió las telas de la tienda, dándole paso a su hermana de tez oscura y mirada resplandeciente. Dentro el aroma a esencias y especias las invitaba a degustar de unos manjares que estaban allí dispuestos para honrar una victoria…  y, aunque poco o nada había escuchado tras su ingreso, por el rostro de muchos se podía leer que así lo pensaban. Quizás, y por un segundo sintió aquella esperanza, quizás sus temores eran infundados.

El silencio se hizo al entrar las dos mujeres. En la cabecera su padre las recibió con los brazos abiertos y una sonrisa de consuelo. No se podía decir que el monarca fuera parco como sus congéneres. Si algo había caracterizado el reinado de Melkörth Eruläeriel era esa explosión de sentimientos, desde los más duros hasta los más enternecedores, que había expresado en cada momento de su vida. Además, su familia acababa de arribar: su hija.

Ambas mujeres hicieron la reverencia al monarca, y luego, la imperecedera de mirada celeste alcanzó una silla para la Suma Sacerdotisa. Un elfo anciano, sentado al otro lado de la mesa, directamente en la contraparte al rey, se levantó acercando una silla para la princesa.

-Bienvenida milady- advirtió el anciano.

-Bienvenidas ambas: hija mía, y para quienes no lo sepan- observó, poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la silla ocupada por la elfa lunar: -esta batalla ha tenido sus frutos gracias al arribo de dos aliados, amigos en tiempos primeros y que hoy han honrado su lealtad a éste, su hogar: el primero, el príncipe de la Casa Sunstrider, Alfo Elfo perteneciente a uno de los antiguos linajes de los solares; por el otro-. Tomó la mano de la elfa y apretándola apenas, continuó: -las selenitas del bosque de Physis y su líder, Madame Tyrande de Whisperwind. ¡Los dioses alaben vuestra llegada, amigos, pues es ahora en este momento que más se requiere de las alianzas para enfrentar lo que sea que está detrás de estos ataques!

Retomó el camino a su silla y, cambiándole de repente el semblante, con la mano en la barbilla y la mirada fija en la sacerdotisa de Selene inquirió con tono profundo:

-¿Cuáles son vuestras noticias?

-Ante todo, mis respetos para usted My Lord- un austero movimiento  la acompañó, en signo de reverencia hacia el monarca -El exorcismo ha resultado de muy mala manera, al parecer en la pira demoníaca no solo profanan sus almas sino sus cuerpo también, hacen que los cuerpos sean comidos por gusanos desde dentro, convirtiéndolos en cuerpos más fácil de poseer al estar en ese estado tan decadente.

De pronto, el semblante de la elfa se hizo más agobiante, sino sufriente. Ithilwen pudo entender en esa mirada brillante de cabellos verduscos, la agonía que acongoja el corazón cuando se está tan cerca de la impotencia.

-Igual esto sigue siendo una victoria- concluyó el soberano al tiempo que veía como la incomodidad se esparcía por sus generales como si se tratara de una enfermedad: el miedo atravesaba más de un par de pupilas, y con razón: nadie quería terminar como el infortunado elfo poseso -Generales Löed, Farnröw, Anturliën, haced que en el perímetro se dispongan los biomantes a construir un muro, los suficientemente tupido, pero bajo, a lo largo y ancho de este campamento. Lüdrielh, que la maquinaria esté dispuesta para incendiar el muro, en caso de un ataque. Finalmente, esto no tendrá sentido sin vuestra ayuda Aränz, sois el Guía de Luminaris, Señor de los Templos del Sol, que los dioses y su magia bendiga esta tierra para que no sea fácilmente mancillada por el mal. El aire aún apesta a ellos…

Todos los mencionados se pusieron en pie y con una venia se retiraron. Con una mirada de complicidad, Lüdrielh salió, con la promesa al oído de la princesa de volver. Cuando estuvieron fuera, el rey retomó la conversación.

Al salir, una voz pálida y cantarina se alzó de nuevo en el conclave:

-Mi señor, cuando intenté hacer el exorcismo, de entrada me fue imposible, el aura profana que le habían imbuido al cuerpo era muy poderosa, necesité de la ayuda de su primogénita- y con un gesto señaló a la de cabellos azabache. -Ella me ayudo a canalizar más poder divino y por fin pude completar el ritual... Pero cuando el cuerpo quedo libre de esa aura profana, los gusanos que se lo estaban comiendo vivo, comenzaron a abandonar el cuerpo, torturando al pobre elfo...- la pesadez y congoja le hicieron flaquear las palabras, más la entereza de la Suma Sacerdotisa era tal que de inmediato alzó su frente y continuó:  -Creo que los demonios  hacen que dentro de la Pira los cuerpos sean comidos por gusanos, precisamente para evitar que puedan ser rescatados de la corrupción, así logran convertirlos solo en cascarones que deben responder a un líder, alguien que los mantiene de pie luchando, ya que están ligados a su esencia. Así que supongo que no hay modo de purificar a los caídos o de haberla, debo con tristeza informar y admitir que la desconozco- Un suspiro de pesadez cerró su soliloquio.

El monarca profundizó el ceño y luego, como guardando sus ideas para otro momento volteó a su diestra y miró directamente al príncipe de Silvide. Lo estudió unos segundos, que en el silencio parecían horas, y luego soltó:

-Me es curioso que no halláis hablado claro como siempre, príncipe Kael’Thas. Y no reprocharé este comportamiento, pues habéis obrado con acierto: más información de la que ya de por sí nuestra gente tiene, hace que el alma flaquee. Las noticias de que la carne mancillada parece retener vida pero al mismo tiempo corromperla, solo dejando un hilo de conciencia que le permite al ser saber que es manipulado, es suficiente para que cualquiera de las almas acá presentes quiera dar la vuelta y marchar tan lejos como pueda. Es lícito ser cobarde frente a lo desconocido… pero ahora, en este momento, lo último que necesitamos son cobardes. Sin embargo, quiero oír los detalles y por menores de lo que habéis vivido en el campo de batalla y sobre todo… ¿qué os hace pensar que volverán?

-No estoy seguro de que sea cierto, pero allá fuera hay algo más -explicó el joven de cabellos de sol, señalando en dirección al campo de batalla: - El ser que tal vez conducía a las deformidades vivientes era de un aura negra y nigromántica. Los detalles del individuo eran borrosos, sin embargo, pude notar que su poder era gigantesco. Mi Lord, no estoy al tanto de las batallas eternas que han librado los nuestros en las fronteras del foso, pero si de algo estoy seguro es que esta escaramuza no fue sino el principio. No creo que hayamos ganado ni mucho menos terminado. Tengo el presentimiento que esta guerra fue solo una tapadera para ocultar algo mucho más grande o cuanto menos algo más poderoso.

-Sepa Usted, Señor de los elfos, que las tropas del Palacio de Quel'Thalas están a su servicio y prestaran la debida colaboración en lo que se necesite. Halduron... -
espetó, volteando a ver a su Lugarteniente: - Está encargado de las tropas de mi palacio, sus generales pueden debatir con él. También he ordenado a mis Caballeros de Sangre, los jinetes de hipogrifo, que patrullen los cielos del campo de batalla y sus adyacencias y me informarán si ven alguna irregularidad pero dudo mucho que esto se pueda resolver sentándonos y esperando una respuesta asertiva. En mi opinión deberíamos empezar a jugar de una manera menos defensiva y más agresiva.

El silencio se hizo entre los que quedaban en la sala: el general de confianza del soberano, el príncipe del palacio Quel’Thalas, junto con su lugarteniente, la líder de las Hijas de Selene e Ithilwen. Fue esta última la que interrumpió al final, sacando de sus ropajes un libro.

-¡No te atrevas a consultar ese objeto acá!-espetó el rey a su hija.

-Hay historias, mi Señor… Historias de una drow que llegara a nuestra ciudad gracias a la incursión que hicimos en Jyurman hace no más de 7 años, esas historias contaban de una invasión demoniaca donde los que caían morían devorados por gusanos…- La elfa observó a la lunar, casi pidiendo perdón por no revelar mucho de lo que su cabeza tenía mientras todo se sucedía en la tienda de la selenita: -Hay otras historias, unas más antiguas, de heridas más profundas, que cuentan sobre la existencia de un pasaje que conecta los cuatro mundos élficos con las entrañas de la tierra; un punto donde la vida muere y renace en el foso consumida en maldad. Conocéis esa historia, padre.

El soberano se removió en su silla, incomodo.

-Estos templos no existen, hija mía. No hay manera que generaciones enteras de nuestros hijos han caminado esta tierra, la gran Llanura dorada, buscando las puertas al foso demoniaco y ninguno ha dado ni con la entrada ni tampoco con la manera de sobrevivir en ese lugar. El foso es un lugar prohibido para los vivos, los hijos del Gran Árbol, pues es el terreno del Caos y sus señores malignos. Pero… es obvio que ellos han encontrado una manera de burlar la protección de los dioses y ahora nos invaden.

La princesa asintió al ver que disentir con su padre parecía un dilema moral difícil de saldar, sin embargo, por el rabillo del ojo, no perdió de vista el leve meneo de cabeza que hiciera la Selenita, como si las palabras del rey no fueran del todo ciertas.

-Mi lord, entonces, ¿estamos peleando contra demonios?- la voz potente del general Loädus resonó incluso fuera del campamento.

-En efecto- aseguró el soberano.

-¿Por qué lo sabéis?

-Porque soy el guardián del báculo de la vida: una de las raíces del Gran Árbol, y sea mendigo, bandido, malformado por el mal o inspirado por el bien, el Árbol siempre reconoce a sus hijos… y éstos no lo eran.

El silencio se hizo en los presentes como si un eco sordo atestiguara la veracidad de lo dicho por el soberano. “Éstos no lo eran”.

-¿Cuáles son las órdenes del Señor de los Elfos?- al final preguntó el general.

-Si ellos han encontrado una manera de entrar a nuestro mundo, en tales cantidades, debemos saberlo y sellarlo para siempre. Lamentablemente esta es una empresa que tiene más probabilidades de salir aireada si se hace en cubierta, por un grupo pequeño, pero lo suficientemente hábil para sortear los problemas que se presenten, que no serán pocos. El miedo ya corre por este ejército, suelto, libre, martillando la lealtad y conciencia de cada uno de los valientes que acá se encuentra. No dudo en ninguno para el trabajo, pero sé que esas vidas se necesitan en este momento para el avance de lo que se viene… por que vendrán de nuevo y eso, mis amigos, es un hecho.

El soberano, al terminar su discurso, suspiró pesado. Ithilwen por su parte se incorporó firme en su puesto, como si un escalofrío el recorriera la espalda. De alguna manera había intuido que su camino no estaba en ese campo de batalla, sino en otros lugares, unos recorridos en el pasado por sus hermanos de raza, portadores de secretos invaluables para el mundo.  Su padre la observaba de reojo.

-A cada uno de vosotros os pediré que habléis con la cabeza y con el corazón: de cada uno de los grupos aliados habéis venido como los líderes de ellos. Sin embargo, esta misión parece recaer en partes iguales a vosotros: dos sacerdotisas, tres guerreros.

-¿Tres?- preguntó Löadus, alzando perspicaz una de sus cejas.

-Lüdrielh es inseparable de Ithilwen.

Padre e hija se sonrieron, como si en silencio él aceptara el hecho de que, una vez más, debía ver como su ser más preciado, debía partir en el nombre del deber. Miró a los demás y volvió a preguntar:

-¿Estáis dispuestos a partir en busca de esta la puerta o conjuro que hace que estos demonios aparezcan en nuestro plano y sellarla para gloria de quienes se quedarán en esta tierra dando frente hasta que el último aliento nos extinga? Porque si algo tengo claro, es que daremos respuesta agresiva, Lord Kael’Thas, pues en más de siglos de combate contra las huestes demoníacas, hemos aprendido a que la benevolencia no es una moneda digna en una batalla contra el mal.

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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Miér Dic 28, 2016 1:18 am

El ambiente en la tienda de campaña del soberano de Erinimar se estaba colocando tenso. Por lo que entendía, las dos señoritas que habían entrado a la tienda estaban realizando algún ritual con el que planificaban purgar el espíritu de algún desdichado. Al parecer algunos hermanos caídos en batallas los estaban llevando a una pira donde practicaban la transformación de ser vivo consciente a ser no-muerto sin consciencia.

Sin duda sabía que algunos nigromantes avanzados en su escuela mágica tenían la capacidad de levantar cuerpos de muertos recientes o moribundos para alzarlos a pelear a su lado, de esa manera se engrosaban las filas de ellos mientras que de la misma manera flaqueaban las tropas de sus enemigos. Una movida aunque muy estratégica, inmoral y desleal.

Los libros de la biblioteca de Quel’Thalas hablaban sobre el levantamiento de no muerto y el estado en el que se encontraban luego de la transición. Aunque ciertos aspectos no coincidían, había unas características claves que los describían exactamente como huestes no-muertas. Ahora que lo pensaba con calma, esto coincidía con lo que había visto en batalla, el ser incorpóreo con aura nigromántica podía ser el responsable de la reanimación de aquellos cuerpos… Fuese como fuese, teníamos una batalla mucho mayor a la primera en nuestras narices.

Mientras estaba inmerso en mis pensamientos, como siempre, me di cuenta que todos me veían como si esperaban una respuesta de mí. Mis ojos vibraron mientras observaba a todos los presentes, me puse un poco nervioso y pesaroso, como si me hubieran dicho algo y por estar perdido en el laberinto de mi mente no lo había escuchado. De pronto rebobiné mi mente y recordé que el Rey nos había invitado a participar en una misión en la cual buscáramos la fuente de la emanación de aquellos demonios. Al parecer el único que faltaba por emitir una respuesta era yo.
Me encantaría participar en dicha misión, mi Rey. La benevolencia no sirve de nada cuando el enemigo no se la merece.

De pronto todos tornaron su vista de vuelta al Rey esperando una respuesta de él. Por el contrario yo volví mi vista hacia mí mismo bajando la cabeza –Sigue perdiendo el tiempo pensando cosas, algún día caerás en un pozo- Pensé.

Que la gracia de los hijos inmortales del Gran Árbol descienda en este camino sobre vosotros, hijos de la luz. Id prestos y de prisa, sin más dilaciones que las que nos ofrezca esta noche. Partiréis con el despunte del sol. Yo mismo me haré cargo de los preparativos. Por ahora, arreglad a vuestros subalternos que quedan a cargo de los vuestros, demandad voceros, pero, sobre todo, escoged al menos uno de los vuestros para acompañaros. Por lo demás, os deseo una buena noche y ya tendremos oportunidad de desearnos buena suerte.

De pronto, todos se levantaron dando como finalizada la reunión. Me puse de pie y luego de rendir los correspondientes respetos salí de la tienda. La noche estaba estrellada, los cuerpos celestes estaban suspendidos en la bóveda superior brindado una magnífica vista de la cúpula nocturna. De entre todos aquellos puntos se destacaba uno en especial. Gigante, celeste, hermosa… Mi interés en los astros del cielo había crecido exponencialmente los últimos años y aunque aún seguía siendo mi principal amor el astro rey, el Sol, también me comenzaba a interesar otros astros, como por ejemplo la Luna.

Gigante y redondeada yacía en el cielo  suspendida como si estuviera sostenida por arcos de los dioses, sinceramente era una vista hermosa en aquella noche serena. De pronto, una presencia sacó mi mente de sus propias conclusiones y me devolvió a la realidad.

Me agrada ver que hay elfos solares que se interesan por la luna.


Volteé extrañado hacia mi derecha mientras una figura esbelta emergía detrás de mí. Volteé de nuevo a mi izquierda y observé como Halduron partía en dirección a la tienda de campaña de Quel’Thalas que habían construido mi ejército. De nuevo giré mi vista y pude observar como aquella figura ya estaba al lado de mí, era la misma elfa que había visto entrar al lado de la primogénita del Rey.

Mis gustos son algo extraños. El sol me llena de energía, pero la luna apacigua nuestras almas.

Suele apreciarse la luna como una madre que intenta apaciguarnos, pero créeme que también sabe conducir muy bien la ira –Hizo una pausa extensa- Aprovechando que la luna está en su fase llena espero nos brinde todo ese poder que irradia para completar la misión que nos congrega en este hermoso lugar –Dijo en forma sarcástica.

Mientras terminaba de hablar continuó su camino hacia la tienda de campaña de las selenitas. Mientras observaba su hermoso caminar, comencé a avanzar en dirección a mi tienda, tenía mucho que hacer y qué pensar, se me presentaba un dilema moral que aún no sabía cómo discernir. Por un lado tenía a mi ejército que había sido clave en la primera batalla y por otro lado tenía el pedido real que no podía rechazar y ya me había comprometido a cumplir.

Luego de unos minutos caminando entré en la tienda de campaña y observé como todo estaba magníficamente decorado, había símbolos de Quel’Thalas como distintivo a los lados de la tienda y un estandarte apostado en la entrada. Una mesa estaba en el centro con cinco sillas de las cuales una sola estaba desocupada. Las otras cuatro sillas estaban ocupadas con mis tres capitanes del ejército y Halduron, mi lugarteniente. Pasé y entré sentándome.

Caballeros. Les tengo noticias. La reunión con Lord Erulaëriel ha tomado un giro inesperado. Al parecer, tendré que partir en una misión con un grupo reducido de élite.

El silencio se esparció por la habitación haciendo un eco sordo contra las paredes de la misma. La preocupación se veía a flor de piel en las caras de los capitanes que no se hicieron esperar para soltar sus inquietudes.

¿Se irá? ¿Qué pasará con nosotros? –Preguntó un capitán.

¿Nos dejará solos en la batalla? –Preguntó otro

No los dejaré solos, simplemente iré a luchar en otro lado pero por la misma causa. Además, cada uno está a cargo de su batallón y no deben olvidar que unidos forman el ejército de Quel’Thalas. Quedarán a sus propias órdenes, formarán un triunvirato en el cual los tres tendrán poder ejecutivo de órdenes y todos deberán aceptar su ejecución.

¿Tres? ¿Halduron no participará?

Halduron me acompañará –Dije mientras lo veía callado y mirando fijamente sus manos que frotaba una contra la otra- Será mi ayuda en nuestra misión.

Está bien, Príncipe. Si usted lo ordena nosotros obedeceremos. Sólo espero que tenga éxito en su encomienda.

Al diel shala

AL DIEL SHALA –se escuchó al unísono como respuesta. Todos salieron de la tienda de campaña hacia sus respectivas tiendas y campamentos para comunicar a sus tropas lo acontecido. Me dolía dejar mis tropas sin sus dos comandantes, pero me interesaba poner fin de una vez por todas al mal que acechaba a la ciudad de Erinimar.

Cuando todos estuvieron fuera de la tienda localicé la mochila de viaje que habían cargado en el palacio con mis pertenencias y de inmediato comencé a buscar mi cambio de ropas alternativo hasta que lo encontré y sin más dilaciones me cambié de ropa y guardé mi toga adornada con oro y demás.

También busqué mi diario dentro del morral y mi pluma para comenzar a asentar lo acontecido desde el último día que había escrito.

Trigésimo primer día – Tienda de Campaña – Campamento en las fronteras de Erinimar y el Foso.

Hemos peleado y obtenido una victoria vaga. Más bien, podría decir que no hemos obtenido una victoria sino una simple retirada de los enemigos. Diez de mis hombres han perecido en la batalla, me duele muchísimo sin embargo sino actuamos más hombre perecerán.

He visto algo horrible en el campo de batalla, pensé que había sido sólo mi imaginación, sin embargo, en el cónclave se ha desvelado que una sacerdotisa y la hija del Rey de estas tierras realizaron un exorcismo a un elfo poseído sin tener éxito. Esto puede que confirme lo que haya visto en batalla y sea una cruel realidad de o que nos espera.

Por otro lado el Rey nos ha pedido que hagamos una misión secreta para aventurarnos a encontrar unos extraños portales que conectan los cuatro reinos élficos con el de los demonios. He aceptado pero no gustoso, dejaré mi ejército sin un general como tal para que los dirija debido a que Halduron vendrá conmigo. Ellos son capaces de triunfar. Además tienen el apoyo de los caballeros de sangre y su victoria total depende directamente de la nuestra. Veremos si podemos…

El cansancio y agotamiento que estaban haciendo mella en mí poco a poco en aquel momento de paz y quietud hicieron que me quedara dormido mientras escribía mi diario, lastimosamente, quedé dormido sentado y para mi desgracia solo.

¿Príncipe? –Dijo Halduron algo confuso algunas horas después.

¿Sí? –Dije abriendo los ojos y levantando mi cara de la mesa simulando estar escribiendo- ¿Qué pasa?

¿Estaba dormido?

No… No, estaba… Estaba escuchando el vibrar de la mesa… Sabía que alguien se acercaba a la tienda por las vibraciones de la mesa.

… Tiene una hoja de papiro pegada a su cara.


… Estaba… Estaba meditando sobre el adhesivo que tiene la piel contra el papel cuando se ejerce una presión prolongada.

Claro… -Dijo Halduron en todo de burla- Como sea, los caballos están listos. Ya es hora de marchar.


Está bien, Hal. Vamos.

Salimos de la tienda y montamos a los caballos que estaban algunos metros de ella, mientras que observábamos a todo el campamento dormido, sólo algunas personas que montaban guardia y otras que quizás el peligro latente que ofrecía el foso no los dejaba dormir.

Luego de Algunos minutos caminando sobre los caballos por el campamento llegamos a las afueras de la tienda del Rey. En ella habían algunas personas, entre ellas la ya reconocida y presentada princesa de Erinimar y otro caballero que  a mi juicio estaba muy cercano a ella como para ser simples compañeros de armas. También había otro elfo con cierto parentesco a la primogénita, sin embargo este tenía cabellos lacios pero de igual color, sólo faltaba la lunar y algunos más para marchar.

Encaminé mi caballo seguido de Halduron y nos colocamos cerca de la princesa Erulaëriel para tener una mejor visión de todos aquellos que iban llegando.


Última edición por Kael'Thas Sunstrider el Sáb Dic 31, 2016 12:12 am, editado 1 vez


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Tyrande Whisperwind el Vie Dic 30, 2016 2:51 pm

Luego de haber entrado a la tienda del Rey, todos voltearon a mirarnos a mi acompañante y a mí, mientras ambas tomábamos asiento en diferentes lugares que estaban dispuestos para nosotras en la mesa que habían preparado. Mi vista recorría todo el lugar, centrándome sobre todo en los presentes.

Mientras hacia esto, pude escuchar como el Monarca comenzaba a dar un pequeño discurso donde nos recibía, a su hija y a mí. Luego continuo presentando a un príncipe, representante de la casa Sunstraider, mis ojos siguieron las palabras y ademanes del Rey, hasta que con sorpresa, sentí como su mano apretaba la mía levemente, presentándome a mí también, nunca había pensado en ser conocida por nada y que el rey conociera mi nombre, ya me parecía un gran honor.

El Soberano volvió a su silla, para acto seguido preguntarme por noticias, respondí sobre lo ocurrido en el intento de exorcismo fallido o más bien completado, pero inútil ritual. Pude notar el nerviosismo en los presentes, en mí solo existía un sentimiento de impotencia. Antes de que pudiera terminar mis palabras, los generales recibieron órdenes que los hicieron abandonar la tienda, reduciendo el grupo de presentes, al cual termine de comentar lo ocurrido.

Luego fue el turno de dar explicaciones del príncipe Kaelthas. Sus palabras me ayudaron a discernir muchas cosas, al tiempo que además aclararon muchas otras, definitivamente habría que detener esto antes de que empeorara, si tenían a ese Nigromante, con tal poder para manejar esa cantidad de seres resucitados, la prioridad era eliminarlo lo antes posible.

De pronto se hizo un silencio total entre los presentes, el cual se rompió ante el acto de Ithilwen de sacar un libro de entre sus ropas. Inmediatamente luego de aquello el Rey renegó de ese acto, como si fuera un insulto usar aquel libro, no sabía si eran ideas mías, pero hasta cierto punto pude sentir nerviosismo por parte del Soberano.

Mientras la Princesa explicaba pude notar, su mirada venir contra la mía, mientras describía el contenido del libro, realmente por un momento sentí, decepción al tiempo que una creciente molestia, como era posible que me hubiera ocultado eso, para mi esa información hubiera podido cambiar algunas cosas o quizás no, no lo sabía con claridad, pero igualmente era algo que no me agrado del todo.

Estaba a punto de decir algo, cuando la voz del Gobernante respondió a la de su hija, con palabras que como por reflejo me hicieron negar levemente con la cabeza, aunque no me hubiera gustado el hecho de que me ocultara cierta información, no se podía negar la existencia de los cuatro templos, realmente había leído muchas veces sobre ellos, los había estudiado a profundidad, podía afirmar con toda confianza que eran reales, aunque definitivamente no eran en absoluto fáciles de hallar.

La pregunta del general que aún conservaba su lugar dentro de la tienda, confirmo que demonios eran los enemigos que tendríamos en esta guerra. Una guerra que a petición del gobernante, deberíamos terminar con un pequeño grupo de expedición que cumpliera un objetivo más específico, algo más que luchar, con una misión más importante y que al parecer estaría conformado por los presentes, mas algún acompañante que decidiéramos llevar con nosotros.

Al finalizar esta petición del Rey, todos empezaron a abandonar el lugar, por lo que con presteza hice lo mismo, poniéndome de pie, mientras comenzaba inmediatamente a meditar sobre la situación… Debía dejar a alguien a cargo, además de llevarme a alguien… Definitivamente ninguna de las dos cosas era algo que desease hacer, por lo que definitivamente no implicaría a nadie más, pero aun con eso ya decidido tenía el dilema de quien quedaría como la guía de las Selenitas.

Estando fuera de la tienda, tuve un encuentro que pude denominar como curioso con el príncipe Kaelthas, realmente nunca antes había visto a un elfo solar, admirar la luna, no con la entrega que pude percibir de él. El encuentro fue breve, pero bastante motivador, de cierto modo el intercambio de palabras, me recordó que a pesar de ser diferentes, todos podíamos apreciar algo de modo conjunto.

Mientras mi caminar me guiaba de vuelta a mi tienda, la que anteriormente había sido la estancia donde realice el exorcismo, solo un nombre pasaba por mi mente: Kaelandi. Su preocupación por las  demás sacerdotisas, su iniciativa ante las situaciones, tenía muchas características que me parecían perfectas para suplirme como líder temporal del grupo o en caso de que las cosas salieran mal, sabía que sería la guía que ellas necesitarían, definitivamente era mi principal candidata.

Lentamente mi mano corrió la cortina, para darme entrada a la tienda, cuando lo hizo ahí estaba ella, solo pude sonreír mientras escuche en su tono demandante, pero lleno de preocupación como me llenaba de preguntas.

-Tyrande ¿Qué han hablado ahí dentro? ¿Qué pasara ahora? ¿Todo se acabó?-

Con su interés y su carácter, acaba de terminar de confirmarme que ella sería mi elegida. Mis pasos me llevaron hasta quedar frente a ella, mis manos se posaron sobre sus hombros, mientras mirándole a los ojos sonreí.

-Han sido muchos los temas que hemos tocado, pero lo importante es, esto es apenas el comienzo, las Selenitas deben ser fuertes, deben apoyar a los ejércitos que estén aquí en todo lo que puedan, tanto como les sea posible esforzándose al máximo-

Ante mis palabras pude notar su cara de duda, ya que mis palabras habían sido bastante impropias al no incluirme en el grupo, algo que ella noto rápidamente.

-¿Y tú? ¿Tú que harás? Porque, según lo noto en tus palabras, tus intenciones no son las de quedarte haciendo lo que mencionas-

Un suspiro se escapó de mis labios, al tiempo que mis manos abandonaron sus hombros, al tiempo que mis pasos me hicieron alejarme por un momento de ella dándole la espalda,   respirando profundo antes de voltear a verla fijamente a los ojos.

-Yo… Yo tengo que partir, el Rey, nos ha pedido a un pequeño grupo, en el cual estoy, que hagamos algo más, una misión más arriesgada, y no voy a poder estar con ustedes.-

Ella inmediatamente se cruzó de brazos con incredulidad, podía notar en ella algo de enojo, al tiempo que incertidumbre, sobre todo al hablar.

-No puedes dejarnos sin una Líder-

Negué a sus palabras mientras con una mano la señalaba.

-Tu Serás la Líder desde ahora y hasta que Regrese, si es que lo hago. Esperemos que Selene, me acompañe. Ahora por favor retírate Kaelandis, debo descansar y aunque me gustaría explicarte por qué te elegí y tantas cosas, sé que lo entenderás en su momento y con la ayuda de nuestra Madre la luna lo harás bien-

Me acerque dejándole un beso en la mejilla, antes de caminar hasta la entrada de la tienda, donde abrí la entrada, sin darle tiempo apenas para que respondiera, haciéndole un gesto para que por favor volviera a la tienda que le correspondía. La vi marcharse aún más confundida de lo que había estado con mi entrada, además de que podía notar como refunfuñaba por lo bajo, pero realmente no tenía tiempo para seguir con esa discusión, debía preparar las cosas para el viaje y descansar.

Luego de quedarme sola, rápidamente acomode mi mochila de viaje, mientras preparaba mi armadura, dejándola lista, para mañana temprano poder colocármela sin mayores problemas, es cierto que me encantaba ir con mi investidura de sacerdotisa, pero obviamente no sería lo más adecuado, así que sería tiempo de cambiar de apariencia.

Al Amanecer, aun en la Oscuridad…

Me había ido a dormir anoche, luego de rezarle a Selene, me había quedado dormida más tiempo del debido, a causa del cansancio sufrido el día anterior sobre todo en el momento que tuve que realizar el exorcismo. Me coloque la armadura con la mayor velocidad posible, sufriendo inconvenientes que en ciertos puntos lograron consumir mi paciencia, llevándome casi al punto de maldecir, conteniéndome solo por mis votos divinos.

Estando lista, Salí de la tienda con mis cosas, mientras me dirigía hacia la Tienda del Rey, donde ya desde la distancia, podía observar el grupo con el que emprendería aquel viaje, en búsqueda de una Leyenda, tan antigua como cierta, que nos dejaría una gran responsabilidad.

Cuando estuve junto al resto de las personas del grupo, me quede observando a todos los presentes.

-Ante todo buenos días. ¿Esperamos a alguien más?-

Mi tono de voz salió calmo, mientras les sonreía a todos los demás, quizás una sonrisa nerviosa, al tiempo que llena de ansiedad, sabía que aun tendría que venir el Rey, para terminar de especificarnos lo que había preparado para nuestro viaje, pero sinceramente ya no deseaba esperar más.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Dom Ene 01, 2017 9:21 am

5.


Cantar de Khazal Anthurk
[Oda anónima datada en los primeros años de la caída draconiana y cuyo nombre deriva del lugar donde fue encontrado el manuscrito: a las puertas del Foso Negro, en los linderos con la cordillera que porta el mismo nombre]
 
I.
Era la guerra de guerras.
El mundo miraba con desconcierto su crepúsculo
al albor del nacimiento,
las huestes de los grandes reptiles se concentraron,
para dar un último encuentro decisivo.
Los cuatro líderes también sentaron sus campamentos,
llamando a sus legiones de poder consumado.
Habían aprendido de los draconianos su arte,
y ahora lo empuñaban con la convicción que sigue el fuero sagrado.
Era esa la guerra de guerras.
La única y legendaria. La batalla contra los grandes dracos,
los maestros Legarium.
 […]
 
XXV.
Han muerto, dicen los mensajeros.
Quemados en vida sus cuerpos nunca más se levantarán.
¡Los dioses han bendecido la empresa de las raíces,
y se ha puesto fin a la maldad!
Pero la tierra parece parca, triste, lejana.
Las estrellas palidecen, los astros callan.
Selene llora la caída de los frutos,
Luminaris aguarda a que la irá de la tierra calme a las lunas, sus hermanas.
Y sea por éstas, o por Anthä, o por infortunio de la existencia,
los sagrados bajaron guardia sobre los límites de este mundo,
y así se escurrió el Caos desde los infiernos hacia los suelos,
creando su cripta de conjuro, sus hijos de maldad,
un foso para gobernar.
Así comenzaron los días de la tierra oscura y los demonios del Khalk.
[…]
 
XXVI.
Con orgullo la raza se clama vencedora entre todas,
pues sin los hijos primeros, la raíz más profunda de este mundo,
es un hecho, ¡oh sí, dioses antiguos y nuevos!
La tierra hubiese perecido.
El Enemigo ha muerto, gritan los vientos,
y en los rostros de los cuatro líderes,
la promesa se asienta sobre sus cadáveres fríos:
sea esta la hora y desde este el momento
en que las cuatro caras de los elfos se muestren orgullosos,
pues suya es la honra más grande de todas,
y en la hora menguada cuando la oscuridad caía,
han sido heraldos de la luz, escudo contra la tiranía.
Oscuros, dorados, lunares y silvanos,
¡Gloria a los cielos, mis hermanos, y suyo sea el reconocimiento!
Para evitar el arribo de los engendros del Caos,
vástagos del mal y esclavizadores de las raíces,
han creado, ¡Oh Luminaris!, con mucho acierto,
el bastión sagrado de los cuatro templos.
 
 
La noche aún lo cobijaba todo. Sin estrellas, con el alba inminente, el frío se colaba por todos lados, incluso el corazón. La congoja y la neblina espesaban el ambiente, como una sopa de frustración que iba creciendo con las horas. Al menos eso era para el ejército, conocedor ahora de que sus líderes partirían. Por eso, contrario a lo que muchos presupuestaran, la voz ya se había esparcido y en vez de oscuridad, la vida taciturna de aquel campamento improvisado se veía repuntando de colores al fuego de las antorchas y sus soldados afilando los hierros. La victoria del día anterior no serviría de excusa a los inmortales para estar con las defensas caídas.
 
Incapaz de dormir, Ithilwen dedicó sus rezos a la vigilia de su causa: mirando los mapas, abriendo de vez en cuando el códice que recibiera en Ommlet, y volviendo de nuevo a los anaqueles de la memoria donde las antiguas canciones de su madre, como un dulce bálsamo en forma de lullaby, surgían narrando epopeyas increíbles sobre templos en el cielo y castillos bajo el mar. ¡Con justa razón su padre no creía en nada de ello! Pero no por ello, se permitía dudar… Entonces, volvía a la Oda de Khazal Anthurk y repetía el mismo procedimiento.
 
Pronto llegó Lüdrielh a su lado, y con una caricia furtiva, ambos amantes yacieron en el lecho. Ninguno pegó los ojos luego; tampoco hablaron sobre la inquietud de sus pensamientos. Todo se daba por sentado: una nueva misión caía sobre sus espaldas con la misma tensión que la mortaja de la parca. Había tanto en juego… fallar representaría el fin de todo lo que les rodeaba… y ella, la princesa de la llanura dorada, solo tenía en mente a su padre, ya mayor, sabio, alargado en vida y resistencia por la magia del Gran Árbol, pero cansado de tantos años invertidos en un reino que amenazaba con extinguirse a cada tanto. El mundo, de pronto, pareció para la imperecedera una prueba de penitencia.
 
-¿Qué podemos esperar de todo esto?- se animó a balbucear en medio de la oscuridad.
 
-Lo mejor- susurró él, dando la vuelta, fundiéndose ambos cuerpos en un abrazo.
 
--//--
 
-Estamos acá para despedir a esta compañía que parte en busca de respuestas. Id con bien, hijos del Gran Árbol, primeros nacidos de sus raíces. Marchad con la frente en alto y los sentidos agudos, pues en estos años corridos al Enemigo le ha crecido el brazo. En vuestras manos depositamos la esperanza de encontrar una solución a estas calamidades y de encontrar la clave que garantice la paz para estas tierras. Mirad adelante, siempre adelante; atrás quedaremos nosotros, cuidando vuestras espaldas, alargando las horas hasta que volváis para darnos la victoria.  Id con la bendición de los cuatro brazos hermanos y que la luz de los dioses os acompañe en los sitios más oscuros.
 
El silencio era sepulcral. Ante las palabras del rey, los viajeros se inclinaron con su bendición, tomando las riendas de sus cabalgaduras, dando media vuelta para salir por el norte, siguiendo el camino por el que había arribado la primera de las siete falanges del ejército. Irían por caminos de herradura, viejas sendas que utilizaran antiguamente los peregrinos silvanos, lejos de los ojos de las criaturas oscuras, en dirección hacia la Ciudad de Luz, el corazón del reino de Erínimar.
 
La imperecedera antes de arribar, había visto a la lunar y con rostro sereno la saludó. De pronto, se sorprendió de ver, en vez del general, a su primo hermano: Fanrald. No hubo tiempo para un intercambio de saludos, más allá de la somera formalidad, sin embargo, la presencia de ese miembro familiar la alertó en seguida de otros más: Perik y los suyos, los enanos de Darry O’Gor estaban allí, atendiendo al llamado del rey. Se alegró enseguida de ver las barbas greñudas y esos pelos alborotados de los kazuka de las montañas; al menos uno de sus viajes había resultado fructífero para los suyos.
 
Ella tiraba de Firenze, su yegua y fiel compañera de batallas, y en sus alforjas se vislumbraban rollos de pergamino y libros. A la sacerdotisa de Selene también le habían sido dispuestos dos cabalgaduras, una de ellas una yegua provista a la usanza de los dorados: con riendas y silla, y otra en cuyas alforjas estaban las provisiones del grupo. Si la Suma Sacerdotisa decidía llevarse a alguno de los suyos, esta sería la bestia que la transportaría. Para el Príncipe también hubo dos bestias a su disposición, tanto para él como para su segundo al mando, quién ya era de voz conocida que sería el elegido por el Señor del Palacio Quel’Thas para ser su compañero de viaje. Finalmente quedaban Lüdrielh Thündrell y Fanrald Erulaëriel, cada uno con su pura sangre y las alforjas llenas. 7 serían si los dioses los veían; uno por cada reino de la vasta Erínimar. Los equinos eran el regalo del rey: criados en sus propios establos, habían sido dotados con el poder del entendimiento y la empatía. Cada caballo podía seguir las órdenes de su jinete y cuentan que algunos de estos animales, incluso, llegaron a hablar, gracias al trato que merecen por parte de los silvanos. Nobles corceles serían sus guardianes y sombras en este viaje.
 
A los ojos de todos los inmortales que estaban allí reunidos, aún corría la duda de aquella expedición, preguntándose los unos a los otros si tendría sentido ver partir a un grupo de valientes a medio paso de la contienda final. Además, no eran ciudadanos cualesquiera: se trataba de la princesa, el líder del palacio de Silvide, la superiora de las selenitas, y los capitanes de dos de los brazos de las legiones. Porque en el aire se sentía eso: la quietud de una embestida definitiva. El silencio que acompañó a los viajeros hasta el portón nor-oeste fue profundo y reverencial.
 

Entonces fue el intrépido Fanrald quién se adelantó a todos y apeando su corcel, rompió el silencio de la mañana al son de sus cascos y el viento zumbándole al oído. Los caballos de los demás entendieron el llamado del primero y de improviso, la caravana partió dejando atrás las miradas expectantes de su pueblo, perdiéndose en los primeros albores de una mañana brumosa.
Para ambientar lo que sigue Wink:
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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Sáb Ene 07, 2017 11:28 pm

El sonido de los cascos de los equinos al cabalgar ya se hacía común y parte vital del viaje para mantenerse alerta en todo momento. La contienda había viajado alrededor de dos días, días en los que sólo había descansos de segundos para abastecer a los fieles equinos que sin vacilar seguían órdenes de sus jinetes de avanzar de nuevo.

-¡Qué bueno que tomé el obsequio del Rey y dejé los caballos del palacio en el campamento! No estoy seguro que fueran resistido este ritmo de cabalgata- Pensaba constantemente mientras mi mente me abandonaba a menudo perdiéndome en mis propios pensamientos.

Desde hacía un tiempo para acá, era más propenso a que mientras estuviera en algún lugar donde reinara el silencio o de intenso estrés, mi mente comenzara a divagar y a entretejer conjeturas sobre cualquier tema, incluso si no fuera el principal.

Estaba un poco ansioso debido a que hacía días no descansaba como se debía, empezaba a abandonarme como ya se me hacía costumbre. Mientras cabalgábamos en lo que se me parecía camino a la proclamada Ciudad de la Luz, Erinimar. Los caminos que estábamos usando no parecían usados en mucho tiempo y por lo tanto su inmaculada naturaleza no había sido profanada desde hacía bastante.

Aunque la zona era agreste y en algunos momentos difícil de transitar, el ambiente dorado era una majestuosidad de vista, las praderas permanecía vírgenes al paso del tiempo y permanecían tal y como las recordaba de mis primeras incursiones a la Ciudad de Erinimar con mis padres. Sólo podía notar algunos matices de un verde un poco más opaco que al contrastar con el sol daban un brillo sin igual, no me extrañaba que a los hermosos parajes en los que nos encontrábamos eran llamados “llanuras doradas” a pesar de ser el hogar predilecto de una clasificación de elfos de igual nombre.

Al pasar del primer día, por la noche, la caravana acentuaba el paso y lo hacía un poco más lento sin dar tregua al agotamiento de los equinos. La noche también se hacía con parte de la atención de su servidor, las estrellas y demás cuerpos celestes llamaban poderosamente mi atención y durante la negrura me dedicaba a apreciar y estudiar el movimiento de las constelaciones. Era un comportamiento un poco extraño par aun elfo solar, pero siempre había sido partícipe que todo merece una oportunidad y si el astro rey, el sol, era digno de admirar, ¿Por qué la noche también no podía ser objeto de estudio de los solares?

Mientras cabalgaba en la oscuridad, iluminando el camino de mi radio de visión por la gema incrustada en mi bastón, iluminando conscientemente a Halduron también, pude notar como era presa de lo que parecía un espejismo. La noche seguía allí, pero el cielo era diferente, era uno más familiar y reconocible. Los árboles, montañas y arbustos poco a poco comenzaban a tomar forma definida y se transformaban en techos, paredes y columnas que formaban casas y edificaciones.

¿Pero qué carajo? –Susurré

Alcé la vista y pude ver claramente cómo se extendía por encima de mí un arco natural de árboles que desde arriba hacia abajo le crecían puertas de madera y acero y como llegaban al suelo y desde los lados salían guardias que cruzaban sus alabardas impidiendo el paso.

Tengo dejar los alucinógenos –Susurré mientras hice una pausa- Espera… Yo no uso alucinógenos –Dije mientras observaba que mi montura se transformaba en un Pegaso- Tengo que comenzar a consumir alucinógenos y después dejarlos.

De pronto el mundo se comenzaba a inclinar y todo se veía de lado. Las puertas que se habían materializado frente a mí ahora las reconocía. ¡Era mi Patria! ¡Quel’Thalas! Aunque… se veía algo extraña, se veía inclinada y poco se veía más, como si una fuerza misteriosa me estuviera tirando hacia un lado del Pegaso. De manera repentina una mano me tomó del hombro y me enderezó.

¿Príncipe? –Dijo Halduron extrañado- ¿Está bien?

No… Digo, sí. –Dije mientras me despertaba y habría los ojos- ¿Qué pasa?

Eso le pregunto yo, ¿Se quedó dormido?


Hmm… No, no; no. No… No, no, no, no. Estoy seguro que no. –Hice una pausa mientras analizaba algunos elementos y podía ver que el paraje por el que transitaba volvía  a la normalidad- Bueno… Tal vez un poco.

Casi se cae –Dijo Halduron mientras soltaba una silenciosa carcajada para no llamar la atención del grupo.

Es que nunca se lo había dicho a nadie, pero me gusta meditar inclinado. Me ayuda a pensar, ahora vuelve a la formación antes de que se den cuenta –Dije mientras veía como Halduron apuraba su compañero de cuatro patas y ocupaba de nuevo su puesto delante de mí.

A la mañana siguiente el sol ya había salido y era el tercer día consecutivo en el cual viajábamos sin detenernos significativamente, sentía que estábamos mucho más cerca de la Ciudad de la Luz, aunque de alguna forma presentía que ése no era nuestro verdadero objetivo. Nadie había comentado nada acerca del camino que estábamos siguiendo. De hecho, nadie había comentado absolutamente nada en el viaje, parecía ilógico pero ninguno se había comunicado con nadie durante los días que llevábamos cabalgando. Al menos a lo que alcanzaba a ver.

Halduron volvió a acercarse a mí y luego de ver una expresión poco usual en mi rostro, comenzó a buscar las palabras para preguntarme acerca de mi estado de ánimo aquella mañana vibrante.

¿Le pasa algo, Príncipe?

Estoy algo... Nerviosillo... Dejamos a nuestro ejército sólo a pelear contras aquellas monstruosidades.

Están preparados para afrontar lo que venga, son un grupo de élite. No caerán tan fácil.

"No caerán tan fácil" -Repetí lo que dijo- Pero, ¿si no es fácil sino difícil e igual caen?


No lo harán. De todas formas no los dejamos sólo, como dijo cuando se los informó. No los dejamos solos, peleamos como ellos en otro campo de batalla.


Esperemos tener éxito en esta misión. Aunque si lo ves desde el punto de vista táctico parece un suicidio. Un puñado de personas se adentraran en las profundidades de la maldad. Eso no parece muy lógico.

Las mejores misiones no son tan lógicas como parecen.

Tienes razón Hal, confiemos en salir victoriosos y completos de este peregrinar.

Y ¿Qué opina de nuestro grupo?

No me siento el ser más cómodo del mundo, pero les siento cierta sinergia.

Ahora que lo menciona. Estratégicamente estamos bien. Dos sacerdotisas, varios guerreros y un mago. Lo que nos falla es la cantidad.

A hacer de tripas un corazón.

Volveré a la formación, príncipe. Cualquier cosa me dice.

El familiar de la princesa Erulaëriel era quien encabezaba la caravana, seguido por el general y la princesa, un enano, Halduron y yo y la lunar con el caballo de las provisiones o al menos eso era lo que me parecía haber visto debido a que todos viajábamos uno tras el otro y el campo de visión era casi nulo a menos que se rompiera la formación.

Al fin llegamos a un pequeño claro que parecía bastante acogedor para dormir… No tenía nada que ver con que desde hacía tres días no dormíamos. La caravana se detuvo y se acordó acampar en ese lugar que luego de una breve inspección acentuamos que era seguro.
Desmonté mi caballo y comencé a caminar un poco para volver a acostumbrarme, mis piernas ya parecían parte del lomo de aquel equino. Observé como cada quien levantó su tienda de campaña incluyéndome. Halduron armó la suya cerca de la mía para según él “evitar que incidentes pasaran por la noche” Qué desconfiado era.

Luego de que cada quien armara su tienda comenzó a anochecer así que se creó una fogata de un tamaño considerable para que iluminara todo el campamento, mantuviera el calor y la protección del mismo. Quité por primera vez en el viaje mi capucha dejando caer mi largo cabello sobre mis hombros.

Durante el tiempo que estuvimos allí no puedo decir a ciencia cierta qué ocurrió debido a que la mayoría del tiempo me mantuve en mis pensamientos, pero de alguna forma extraña terminé teniendo la primera guardia de la noche. No sé en qué estaba pensando, pero después de tres días sin dormir… Sin dormir significativamente, me tocaba quedarme a cuidar mientras los demás dormían. No me molestaba hacerlo, sin embargo no sabía si lograría mantenerme despierto. Pero debía hacerlo por el bien del campamento.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Tyrande Whisperwind el Lun Ene 09, 2017 9:24 am

La reunión fuera de la tienda del Rey, duro unos cuantos minutos, por no decir que realmente fueron escasos momentos donde nos dio su bendición antes de que nos marcháramos a toda prisa sobre los caballos que habían alistado para nosotros en el viaje.

En mi caso tenía bajo mi cuidado un par de los hermosos, bien cuidados, además de genialmente entrenados equinos. Para poder llevar ambos sin problemas tuve que atar las riendas, del segundo, con las del que actualmente era mi transporte, mi decisión de no llevar acompañante me había dejado a cargo de un caballo extra, que de cualquier modo era obligatorio, puesto que era el encargado de transportar nuestras provisiones.

Tres días y dos noches habían pasado de camino durante todo el viaje, el único sonido que acompañaba el paso, era el sonido de los cascos golpeando los viejos caminos sobre la llanura, que se notaba que hace tiempo no se usaban. Mientras los andábamos venían a mi memorias de las primeras veces que había pasado por aquí, una joven elfa, que ansiosa de conocimiento, recorría el mundo, usando cualquier camino que estuviese disponible, fuera el mas cómodo o el peor.

Los recuerdos en mi mente eran contrastados con las preciosas vistas de increíble paisaje que se perdía en el horizonte, un dorado, tan reluciente como el oro que daba color a todo lo que mis ojos podían apreciar, esto me resultaba una gran motivación para el viaje, me recordaba que aun en los momentos más complicados, siempre hay cosas bonitas que apreciar.

A pesar de estar acostumbrada a una vida bastante rudimentaria, sin exceso de comodidades, adaptándome a cualquier tipo de condición, un viaje continuado como el que estábamos realizando me sobrepasaba, de no ser porque encontraba consuelo cada noche en la luna, la representación de mi diosa, la cual sentía como un arrullo reconfortante, que me energizaba, definitivamente no sé qué hubiese sido de mí. Quizás hubiera terminado dándome por vencida, de no ser porque sé que mi vida ya no es mía, Selene me salvo de la muerte por un propósito y quizás esto era parte de él, de ningún modo podía decepcionarla.

De vez en vez, mi mirada volteaba a ver a todos los que formábamos parte del viaje, la Hija del Rey, quien apenas se separaba del que claramente podría afirmarse como su pareja, el enano, más atrás el príncipe Kaelthas junto a su general, delante del todo el pariente de la princesa quien guiaba el viaje. Desde atrás podía apreciar lo que todos hacían, no era mucho puesto que montar en una actividad exigente y que te impide algunas libertades, aunque me sorprendía el gran silencio que invadía nuestro andar, entendía que quizás todos estaban luchando para mantenerse mentalmente serenos, preparándose para lo que vendría, pero tanta lejanía, no era algo a lo que estaba acostumbrada, quizás tanta convivencia cercana con las selenitas había modificado mis modos.

Llego la tercera noche desde que habíamos emprendido el viaje, ya me preparaba para apreciar la luna, esperando sentir de nuevo ese efecto reconfortante que era lo que más me ayudaba a continuar, cuando de pronto note como el resto detenía la marcha, convirtiendo así esto en la primera pausa oficial del viaje, desde que saliéramos del campamento a las afueras del foso. No puedo negar que me sentí reconfortada por saber que podría descansar nuevamente, mi cuerpo ya lo pedía a gritos, aunque quizás en mi cara se seguía viendo la misma serenidad que como sacerdotisa debía transmitir.

Con algo de ansiedad intentando ser lo más presta posible, para recortar el tiempo antes de ir a dormir, monte mi tienda de campaña, luego de revisar que el área donde fuera a ponerla era totalmente seguro, deje todas mis pertenencias dentro, mientras terminaba de arreglar el interior.

Al salir pude apreciar como habían hecho una gran fogata en el centro, de todas las campañas, sin decir nada más, como por inercia al notar que todos la rodeaban hice lo mismo, tomando asiento entre el resto de los viajeros que eran parte de esta aventura, en la que yo también estaba involucrada. El silencio era algo que casi lograba perturbarme, aun cuando apreciaba la meditación, el nerviosismo del no saber que sería lo siguiente, me podía bastante, aunque definitivamente no pretendía hacer un berrinche delante de todos, podía notar esa necesidad de descansar en todos, por lo que sabía que pronto alguien rompería aquel silencio, solo debía esperar, no podía ser tanto, después de tres días, unos segundos mas no me matarían.

Mientras esperaba mi mirada solo se quedó posada sobre la luna que resplandecía sobre nosotros, mi mente se apagaba, simplemente quedándose en blanco por momentos, dejándose absorber por la luna, descansando de cualquier pensamiento de preocupación, cansancio, ansiedad, angustia, nada más existía para mí en ese momento que la luna, recordándome que cada noche si seguía fiel a ella, ella brillaría para mí.

Respire profundamente, mientras mi mente volvió al lugar donde estaba mi cuerpo, gracias al sonido del fuego que quemaba la leña, gracias a ese momento de meditación me encontraba más calmada de modo real y no algo tan actuado.

Las palabras se hicieron presentes, así que sin más deje mi atención en eso, esperaba que ahora en esta venidera conversación se aclararan mis dudas, que a decir verdad no eran pocas… ni tampoco sencillas…


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Mar Ene 10, 2017 10:49 pm

6.

Estaban exhaustos. Luego de tres días de recorrer la ciénaga, siguiendo los viejos caminos que los antiguos elfos silvanos crearan para sus propias peregrinaciones, sin que con ello se alterara el orden natural de la región, la comitiva dejó la ciénaga atrás junto con la querella y se adentró en el valle, luego cruzó la llanura, para finalmente llegar a las ligeras ondulaciones de uno de los ríos que baña al país del sol, el Mharïn.

Se trataba de un pequeño claro, apacible a la vista, apenas oculto por las ramas poderosas de un Olmo antiguo, tan alto como las secoyas que crecieran en los jardines reales de la Ciudad de Luz, o incluso los ents legendarios de las tierras de Physis. El agua, de corriente calma, se veía cristalina, reflejando las primeras estrellas de la noche que se avecinaba. La naturaleza se preparaba para el sueño del mundo: las aves apenas si cantaban, las cigarras empezaban su lullaby, las luciérnagas coloreaban por momentos las ondas del MharÏn.

Al descender del equino, las piernas de la princesa temblaron de entumecimiento; aunque habían hecho pequeñas pausas para alimentar a los animales y ellos mismos, igual el agotamiento de dos noches sin dormir se evidenciaba en las facciones de los longevos. Ella tampoco era la excepción. Si bien nada habían intercambiado desde que salieron de la casa de campaña del Rey, mucho había meditado Ithilwen como para que se postergara aún más el camino del que se servirían. Era claro, aunque nunca se hubiese hecho explícito, que el soberano había trazado un itinerario, y quién hasta ese momento lo conocía era el líder de la cuadrilla: Fanrad.

La reunión no podía postergarse más.

Luego de dar unos pequeños golpes a Firenze en el lomo y de acariciar su crin, miró a los demás: las huellas de la falta de comida y paz se notaban en los semblantes de los elfos; incluso Perik se mostraba taciturno, algo curioso para la noble raza de los kazuka.

-¡Pasaremos la noche a la sombra de este Olmo, compañeros!- aclaró Fanrad, sin que aquello sonara a mandato pero con la voz recia y el espíritu aún vivo. Tanto él como Lüdrielh se encargaron de recoger algunas ramas secas y escudriñar el lugar, pues, aunque la ley del Rey rige las tierras de Erínimar, jamás el territorio ha estado exento de peligros. Goblins, trolls, y otras criaturas de la noche, hacen aparición cuando el mundo se sume en duermevela. Mientras ellos hacían su inspección, el resto de la compañía acomodaron sus respectivas tiendas de campaña, alimentaron a sus bestias o simplemente escudriñaban el cielo y los alrededores en busca de guía y consuelo.

Aquello era algo propio a los longevos, circunspectos y ensimismados en su propia reflexión sobre el mundo. Nada les afanaba, aun cuando atrás dejaran a los suyos sumidos en la guerra. Pero que nadie si quiera crea que no se sienten comprometidos en su misión. Es sólo que la raza de las primeras raíces del Gran Árbol de la Vida es sabia en maneras que las otras no pueden entender: saben que el tiempo no corre más rápido o más lento aunque el afán les venga. Saber esperar como discernir es su gran virtud.

La imperecedera de ojos celestes y cabellos azabache, tomando las provisiones, ayudó a que la sopa estuviera en su punto: algunos cereales y especias habían constituido la base de un profundo arte culinario entre los elfos, del que los solares eran bastante respetados. El fuego prendió chispas profusas, y con los primeros aromas, los demás se fueron reuniendo entorno a la hoguera. La elfa lunar, por su parte, tomó un tiempo para ella, orando a las lunas, sus diosas inmortales. El príncipe de Silvide, como su heraldo de batalla, tenían el cansancio acumulado no sólo del viaje, sino también de haber encabezado el frente de batalla en una guerra que cobró a muchos muertos. Las marcas en sus ojos eran profundas, así como las angustias que corrían por su pensamiento circunspecto.

Quizás el único que en ese tema parecía romper con el esquema era el enano. Pomposo, ruidoso, con su chivo algo apestado por el cambio en la alimentación, sin mayores galas tomó su propio lomo de res y lo puso sobre la hoguera. Los olores a cadáver quemado inundaron pronto el lugar, ante la cara de horror de más de uno de la compañía y la sonrisa resignada de aquellos que le conocían. Ante esta respuesta, el kazuka de cabellos revoltosos, ropas de cazador y aliento cervecero, se encogió de hombros y arguyó para sí algo como “estos elfos que no saben cómo vivir bien”.

Comieron en silencio… Bueno, tanto como lo permitiera Perik, quién sabía sorber su cerveza como mascullar la comida que digería. La llegada de los enanos de la Buena Leña a la Cienaga había sido toda una sorpresa para Ithilwen y Lüdrielh, los únicos aliados con los que pudieron lograr un pacto dentro de la larga cordillera de Thargund. Algún día la imperecedera volvería a las tierras de los enanos para sellar la alianza que en su primer viaje había buscado, sin mayor éxito que el de perder a dos de sus súbditos en la querella que los mismos hijos de la roca tenían con otras criaturas. El mal se esparcía rápido por Noreth y eso, para la princesa del trono de Luz, era más que claro.

Música:


Entonces, ya con el estómago lleno y las estrellas como testigo de lo que en esa noche se diría, fue Fanrad quién rompió el soliloquio de cada uno de los inmortales, alzando su copa y cantando una vieja tonada, aquella que los antiguos caminantes silvanos dieran a los árboles para que les guardaran de peligros. Perik encendió su pipa, embelesado con la voz del joven Eruläeriel, mientras Lüdrielh se enderezó como una lanza, poniéndose en pie frente al Olmo que les servía de sombra. Ithilwen por su parte, sentada al lado del príncipe del palacio Quel’Thalas atrajó corría hacia sí sus libros y planos. Había llegado el momento.

-Hemos recorrido gran parte de nuestro camino- comenzó Fanrad casi en un silbido que acompañó la brisa nocturna: -Sabed primero que mi presencia en esta misión ha sido la respuesta a la petición del mismo general Loädus de resguardar al Rey en esta contienda. Los deseos de un elfo como él son órdenes para nosotros, los jóvenes, pues su sabiduría radica en los años que ha vivido junto al soberano, como también en su dominio del arte de la guerra. Eso, en parte, explica mi presencia entre vosotros.

-De este lado tenéis también a Perik Martillo de Sauce-
y estiró su mano para presentar al kazuka que con un gesto de su cabeza, retirando la pipa, asintió a los demás: -Hijo de la Roca de la tierra de Darry o’Gor. Sus hermanos ahora pelean junto con los nuestros en esta contienda que bien nos ha sabido tomar por sorpresa.

-Ahora sabed que de todo de lo que hablemos en esta noche, ni una palabra saldrá. Será nuestra, y solo nuestra, la decisión de entablar la ruta y el destino, como de encontrar la manera de ayudar a los nuestros.

-El mundo es viejo-
afirmó, poniéndose en pie: - más que cualquiera de los seres que lo habita. Nuestra raza germinó de una de las grandes raíces del Gran Árbol, tiempo atrás, cuando ya el mundo estaba formado; esta raíz no vino única como las demás, sino bifurcada en cuatro vertientes que todos conocemos: los elfos del sol, hermanos dorados amantes de la luz; los hijos silvanos seguidores de la tierra y la naturaleza, los fieles lunares cuyo corazón dulce conmueve a la noche, y los elfos oscuros, de temple guerrero y valor incalculado.  Los cuatro vivieron juntos en el Gran Reino de Erínimar, esta tierra, bajo la guía de una corona. Durante esos años, antes de las guerras draconianas, la prosperidad alcanzó a cada una de las ramas hermanas, haciendo de esta raza, la nuestra, la más poderosa entre todas, debajo de los grandes dracos y los legarium, frutos del Gran Árbol, hijos de los mismos dioses. Fue en esta época que se dieron nuestras primeras leyendas, nuestros primeros cantos, las primeras creencias y … los primeros templos. No es un secreto que en esa época logramos grandes avances, especialmente en el campo de la magia, la herrería y la construcción.

Perik pareció atorarse en ese momento. El humo que salía por su boca, orejas y pipa le hacían ver como si estuviera entre riendo y contorsionado. Sin embargo, para quienes conocían al miembro de la Buena Leña, era claro que la mención a la herrería notada de los elfos le parecía un chiste de lo más rebuscado, una burla. Y con razón, pues luego, con los años en punta, han sido los enanos quienes se adueñaron del arte del yunque y el martillo, llevándolo a la perfección que se conoce en estos días. Pero Fanrad, orgulloso y altivo, apenas si notó la pequeña irrupción del kazuka y siguió con su relato, hasta el momento, capturando la atención de todos.

-Dotados de la sabiduría y el dominio para levantar grandes edificaciones, se crearon en el albor de nuestro tiempo construcciones magníficas, pero entre todas ellas, las más simbólicas y ocultas, fueron los cuatro templos, únicos en su clase, guardianes de los cuatro elementos, de las cuatro subrazas élficas, hoy perdidos en el olvido.

-Hay muchas leyendas acerca de su ubicación, y muchos han sido los que han salido en su búsqueda sin tener resultados concluyentes. Sin embargo, ahora estas historias, viejos mitos de antaño, nos tocan directamente porque la gran sombra que crece en la ciénaga sólo puede provenir de alguno de los sellos que resguarda a estos templos. El soberano cree que algunas de las puertas resguardadas en esos templos ha sido corrompida por el poder de los señores del foso.

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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Lun Ene 16, 2017 6:24 am

Mi estómago ya podía funcionar con total normalidad luego de aquel potaje que se había preparado en el campamento, con la ayuda de la princesa de las tierras que estábamos pisando. En cierto modo, me sentía honrado al estar degustando una comida preparada por alguien de la casa real en persona, pero habían cosas más importantes de las qué hacerse cargo.

La oscuridad ya era casi total y me sentía especialmente bien debido a que podía recibir el calor de lleno de la hoguera que habían preparado mis acompañantes. Fácilmente podía haberlos ayudados a encenderla, sin embargo prefirieron métodos más “rudimentarios” para crear las ascuas que más que luz y protección que brindaba a los demás, me brindaba confort y comodidad.

El silencio de la noche era sólo interrumpida por la horrenda manera de comer de aquel enano que chasqueaba con cada mascada que daba. El sonido del chasquido en las muelas de aquel pequeño ser asemejaba un taladro rompiendo la tranquilidad y la paz creada por el crepitar de la fogata, la cual había utilizado para asar un pedazo de carne, inundando el ambiente a carne chamuscada.

Al terminar de comer, todos se envolvieron en sus asuntos. La sacerdotisa lunar se abnegó a rezar y orar a sus dioses, nadie la juzgaba… Al reflexionar lo que estábamos próximos a hacer, hasta yo rezaría a los dioses en busca de conocimiento y fortaleza. El enano encendió una pipa y comenzó a envenenar su cuerpo con humo tóxico y negro. La princesa sacó de inmediato sus libros y cual rata de biblioteca se sumergió en ellos. Los otros dos elfos estaban taciturnos hasta que aquel que lideraba la cabalgata, quien habían llamado Fanrad se levantó y comenzó a entonar notas melodiosas.

Luego de esto comenzó presentando al enano, Perik, cuyo batallón según él había ayudado y aún lo hacían en la contienda en el campamento donde estaba el Rey, luego de eso comenzó a entonar frases y salmos que parecían ensayados previamente o se los sabía de memoria, más burocracia.

-Más burocracia. ¿Irá a dar información útil o sólo el típico testamento para romper la tensión? –Pensé

Luego de muchas palabras soltó lo que en realidad estábamos esperando o al menos yo. Sin embargo no reveló más información de la que ya sabíamos. Iríamos a los portales que conectaban el mundo de las abominaciones que habitaban en el foso con nuestra tierra. Pero dejaba muchos vacíos que al parecer nadie tenía intención de llenar. De una manera un poco tajante, alcé la vista hacia todos y pronuncié las primeras palabras en día que les decía a todos y no sólo a Halduron.

Comencé con un pequeño e inofensivo recurso burocrático que consistía en realizar una pequeña pregunta que se respondiera de distintas formas y de esa comenzar a realizar más y más hasta dar con el clavo de la respuesta, requerida… Sin embargo, esto tenía más éxito con los humanos que les gustaba glorificarse y dejaban salir más información de la cuenta, los elfos eran algo más reservados.

¿Qué tan verídico son esos portales?

Todos los presentes alzaron sus rostros como con incertidumbre y de pronto me volví el centro de atención de todos los presentes. Sólo el que ya había hablado asintió desde su puesto sin siquiera voltear a mirarme. Me llenó de tranquilidad saber que al menos tenía la atención de todos y pasé a realizar otra pregunta en un tono más calmo y con serenidad.

¿De verdad creen que lograremos tener éxito en esta misión?

-Solo los dioses pueden saber cómo están tejidos los lazos del destino- –Respondió casi de inmediato la Princesa Erulaëriel, sin sacar su rostro del libro que ya hacía un tiempo estaba leyendo.

De pronto, casi sin dejarme reaccionar, la elfa lunar comenzó a contar sobre un códice que estaba en poder de las selenitas resguardadas en sus bibliotecas, que describían la existencia de los templos, sus características y demás pero no las ubicaciones, sin embargo era información que apreciaba compartiera. No era un ignorante total en aquel tema, también tenía cierto conocimiento sobre aquellos santuarios atemporales, pero no tenía la total certeza de que fueran reales.

¿El resto alguna vez ha escuchado algo más sobre los templos o sus entradas? –Preguntó de nuevo en tono sereno.

El silencio se hizo de nuevo presente en el campamento, todos volvieron a meter sus caras en sus asuntos, como si ignoraran la pregunta que la sacerdotisa acababa de realizar. Entonces, sin tener alguna respuesta, formuló otra.

Si los encontramos, ¿realmente los usaremos? ¿Que se supone que fue planeado para continuar con nuestro viaje? ¿Cómo se ha planeado el intento de cumplir nuestra complicada misión?

Esta vez fue Fanrad quien se levantó al parecer molesto y comenzó a “responderle” a la lunar.

-¿Qué o quién de los acá presentes os hace pensar que hay un plan oculto tras todo esto?-preguntó serio y circunspecto:  -Selenita, si me he referido a vosotros en este momento de secrecía es porque esto, y sólo esto, es lo que tengo para contaros. Sé, y el rey lo sabía, no es suficiente, razón por la cual seguimos el sendero directo a la capital. Las bibliotecas y los sabios podrían ayudar… Sin embargo, tenía la esperanza de aprovechar que este grupo no sólo reúne fuerza, sino también sapiensia: quizás algo de vuestros conocimientos nos pueda servir. Al menos tu información parece apuntar a algún lado.

Mis ojos se encontraron con los de la lunar y seguidamente lancé una mirada rauda al familiar de la princesa, mis ojos denotaban más molestia de la que normalmente dejaban ver, pero antes de que me levantara y lo encarara, sentí como la mano de Halduron me sujetó el hombro justo en el momento que Lüdrielh comenzó a hablar.

-La princesa y yo hemos tenido noticias que hay portales dirigidos al foso desde otros lugares del Noreth. Uno fue en Dhuneden, donde Youdar, amigo de Perik y miembro de la Buena Leña, nos ayudó. Cuatro fueron reseñados por la drow Fïrinne, antes de que el rey le concediera el perdón real para salir de Erínimar. Es por ella que ahora todos sabemos que Jyurman es territorio perdido para el mundo, consumido por el mal.

Volteé a ver a Halduron que con su mirada serena no aprobaba lo que sabía que estaba pensando hacer. De cualquier forma tenía que ser paciente y mantenernos unidos, más pugnas internas lo que haría sería agravar más la situación. Entonces me enfoqué en la primera pregunta de la lunar para disolver el ambiente tenso que el elfo había creado. Recordé cierta información.

“Los oscuros lo guardan. Se debe visitar al ponente” –Susurré mientras volteaban a verme- Tú hablas de un códice que fija la veracidad de los templos. En la biblioteca del Castillo de Quel’Thalas, en sus salones más antiguos existe un cuadro que nadie sabe realmente qué hace allí. Las leyendas cuentan que habla sobre un antiguo portal que llevaba a otro mundo, el cuál era muy diferente al nuestro. Mi padre decía que donde conducía aquella puerta no era a ningún reino conocido por la luz del sol, dónde jamás su cálida presencia se había manifestado. Un lugar horrendo.

En el cuadro se podía observar una puerta de piedra tallada y esculpida, rodeada por gigantescas piedras que servirían de escudo a las legiones protectoras que la cuidarían de cualquier cosa que saliera por aquel portal etéreo de un color rojo. En el cuadro yace la inscripción : “Bajo el suelo está, rodeado de muerte; solo los oscuros lo guardan, pero para llegar a él se debe visitar el ponente –Hice una pausa mientras volteé a ver a Halduron que asentía en aprobación- Quizás sea una historia que cuentan a niños para asustarlos o realmente sea una puerta de éstas. Sea lo que sea, hacía referencia a que aquella puerta dimensional estaba relacionada con la roca.

Spoiler:

Lo que me hace plantearme una nueva disyuntiva. ¿Hacia dónde nos dirigimos?

La verdad me sorprendió mucho que aquella cosa con pelo interrumpiera para esbozar su propio punto de vista

-A mí no me miréis, raza poderosa que todo lo sabe- arguyó refunfuñón: -Yo solo he venido para cumplir el pacto de una alianza. La Buena Leña no dejará que los amigos mueran solos. Haré lo que esté a mi alcance por ayudaros… pero como mínimo fijad el curso, porque me siento andando con ninfas risueñas e ignorantes.

De nuevo me subían y me bajaban las ganas de estrangular a alguien, sin embargo, por la misma razón por la que ya había explicado decidí bajar la cabeza para ocultar mi molestia, pero escuchar mi nombre me hizo subir de nuevo el rostro, la princesa estaba hablando.

-Las palabras de Lord Kael’Thas mencionan el cuarto templo, el oscuro, que se encuentra oculto bajo tierra, dada la poca resistencia que tenían nuestros hermanos guerreros con la luz del sol. La otra parte de aquel mensaje… se hilvana de alguna manera con la de la Suma Sacerdotisa, quien ubica uno de los templos al final del reino, en el mar- explicó Ithilwen, cerrando el libro de golpe: -No se vosotros pero a mí sólo se me ocurre un templo al que visitar en el mar… el Santuario de agua Ferreum, hogar de los sacerdotes divium.

Llamó mi atención que por primera vez tenía un nombre, un rumbo fijo al cual me podía apegar y realizar mi pequeño esquema mental y poder sobrevivir a mi extraña mente, pero esto casi que me obligó a realizar otra pregunta.

¿Exactamente qué vamos a hacer al llegar allá?

-Lo que se hace con todo lo que pueda estar corrompido, sellar el paso de los demonios a nuestro mundo. Pero si no llegara a ser ése el templo mencionado, entonces deberemos buscar las pistas que nos lleven al resto de templos. Tiene sentido que habéis mencionado a Eresser Wasser, Madame Tyrander- explicó Ithilwen: -Eresser era el Sumo Sacerdote de Nubibus Ferreum, el arquitecto de varias construcciones en Ujesh Varsha, combatiente de la Orden de Sumatra. Podría ser.. y es hipotético… que ese sea el antiguo templo del agua, erigido por los lunares para gloria de las lunas.  

El hecho de estar vagando por todo Noreth buscando indicios y pistas sobre cuál era el próximo objetivo no me convencía del todo, pero por toda la información suministrada había una gran posibilidad que aquel templo pudiera ser el correcto. Entonces realicé mi última pregunta, pare cerrar como aquel don nadie que no sabe nada sabiéndolo todo.

¿ Qué tan peligroso es y por qué nadie los ha encontrado?

Todos hicieron silencio como esperando que el otro respondiera, pero finalmente fue la misma de cabellos azabache la que contestó en complicidad con la lunar.

-Hay misterios que sólo andando el camino se encuentran las respuestas. Los religiosos sabemos de eso.[/quote]

El resto de la noche fue serena comparado a la ronda de preguntas que tuvo sus momentos donde se acaloró pero gracias a esa “sapiencia” que buscaba Fanrad, todo se llevó con calma. Sin embargo tenía que estar loco como para haber aceptado hacer la guardia nocturna luego de tres días sin dormir, pero ya la verdad no me molestaba.

Luego de que todos se fueron a recostar en sus respectivas tiendas y luego de negarle varias veces a Halduron quedarse a vigilar conmigo, tomé mi mochila que llevaba en el caballo y saqué mi diario y mi pluma, debía aprovechar aquel momento de paz y quietud para asentar todo lo que había pasado.

Con todo lo que necesitaba me recosté de aquel olmo con visión total del campamento y de la fogata que no debía dejar que se apagara, si no es que me apaga yo primero del sueño. Luego de estar cómodo abrí el diario y comencé a releer algunas entradas antiguas para recordar desde dónde debía escribir y luego de encontrarla comencé.

Trigésimo Cuarto Día – Campamento Improvisado -  Camino a Erinimar.
…..

De pronto abrí los ojos al escuchar un crepitar extraño de la fogata, una pequeña explosión causada por una gota de humedad dentro de uno de los maderos que ardían. Me había quedado dormido con la pluma y el diario en la mano, qué vergüenza. Me paré rápidamente y eché un vistazo rápido a que todo estuviera en su lugar y que no rondara nada extraño en el campamento. Todos dormían y qué bueno que nadie se había dado cuenta de que me había dormido, pero al fin y al cabo había sido sólo algunos momentos, aunque igual éramos presas fáciles para cualquiera.

Caminé en silencio hacia mi mochila y guardé mi diario y mi pluma, sería una entrada bastante interesante la que dejaría en próximos días contado esta anécdota. Me acerqué a la fogata y removí los maderos haciendo avivar el fuego. El frío que hacía era repelido por mi muy buena confeccionada vestimenta y era anulado por el fuego y en ese momento es cuando diría que tenía razón al decir que el fuego es vida, el fuego es luz, el fuego purifica.

De pronto sentí la súbita sensación de que alguien me estuviera observando, así que me levanté muy poco a poco y tomé con una mano a Felo’melorn por la empuñadura, sólo como costumbre.

Caminé por todo el campamento en silencio escudriñando todo a mi alrededor en busca de algo extraño, pero no había absolutamente nada, sin embargo no dejaba de tener ese extraño sentimiento y es por ello que no dejaba de estar alerta. Miré hacia el horizonte y se podía vislumbrar las tenues luces del amanecer, aún faltaba.

Caminé muy lentamente con la sangre helada hacia el olmo, cerca del río Mharïn y observar el agua que corría pasible y serena. El ambiente era realmente extraño así que me agaché a las orillas del río a intentar ver algo a través de los árboles, sin embargo nada. Volteé a las aguas del río y sobre sus ondas de reflejaba casi con total nitidez el olmo detrás de mí… Sin embargo había algo más… Sobre el olmo había algo más, parecía la luna reflejada en el agua, pero la luna estaba al otro laso así que me di la vuelta. Allí estaba lo que me estaba observando fijamente, por sobre la copa de los árboles algo gigante que no quitaba sus ojos de mí, me veía fijamente y sin mover ni un solo músculo de su monstruoso cuerpo.

Comencé a caminar muy lentamente hacia atrás sin quitar los ojos de los suyos, hasta llegar a la tienda de Halduron, la cual toqué suavemente empujando una y otra y otra y otra vez hasta casi desesperarme hasta que escuché movimiento dentro de la tienda.

¡Hal, Sal! ¡Ven a ver esto! ¡Rápido! –Dije susurrando pero atónito.

Al escuchar su reacción asertiva, volví a  caminar hacia adelante sin quitar nunca los ojos de los suyos que me seguían como analizando mis movimientos. De pronto Halduron salió y tan pronto como salió me vio paralizado.

¡Shhh Haz silencio y no hagas movimientos bruscos! ¡Ve allá, encima de los arboles! –Dije mientras caminaba hacia adelante intentando que él siguiera la mirada y lo viera.

Prepárate para despertar a los demás a mi orden, espera. –Dije mientras me erguía.

¡Saludos! ¿Cuáles son tus intenciones? ¿Por qué nos vigilas? –Dije en un tono de voz alto pero con cuidado de no despertar a nadie, quería asegurarme de que Halduron también lo viera y que no fuera un producto de mi retorcida mente.
Spoiler:


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Tyrande Whisperwind el Jue Ene 19, 2017 8:59 am

Antes de que la conversación comenzara, una sopa muy bien especiada con las provisiones que yo me encargue de cuidar durante el viaje, cayo dentro de mi estómago con una cadencia bastante lenta, el haber comido de tan malas maneras, me hizo plantearme el disfrutar esta comida como si de la última que fuera a degustar en la vida se tratase, que siendo bastante sinceros, ahora mismo era una posibilidad, una muy alta además.

Aun con el condimentado sabor en los labios, pero satisfecha del peso de la comida en el estómago, mis oídos dejaron su total atención sobre el discurso que recitaba el familiar de la Princesa. La mayoría de las cosas que comentaban, eran cosas que ya conocía de reseñas sobre la historia de nuestra raza, plasmadas en muchos libros de modos muy profundos, aun conociendo la información, mi sonrisa se hizo presente en mi rostro, puesto en que escuchar la información de modo motivacional en su discurso, le daba un toque épico que lograba alimentar mi espíritu.

Luego del discurso, comenzó una ronda de preguntas, Kaelthas fue el primero en dejar salir sus inquietudes sin cortarse en absoluto, en su búsqueda de información, sus primeras preguntas no fueron respondidas, apenas solo yo respondí, con lo poco que sabía

-Dentro de la orden de las selenitas contamos con diferentes códices sobre épocas remotas, en uno de ellos, que viene escrito no por el puño de un elfo, sino de un divium llamado Eresser Waldruid a quien más comúnmente se le conoce simplemente como Wasser habla de un templo, oculto en la bruma del norte, al que solo tienen acceso los diviums. En su narración él describe que aquel lugar parece construido para honrar a los dioses del agua e indica que para arribar a él toca cruzar parte del mar del norte de Erínimar, siguiendo la línea de la estrella de Würd, una de las constelaciones que conocen los elfos.-

Al finalizar mi intervención, aprovecho el momento para disparar un par de preguntas, de modo raudo.

-¿El resto alguna vez ha escuchado algo más sobre los templos o sus entradas?-

Por un momento pareció que nadie hubiera escuchado lo que dije, pues apenas y se pudo notar alguna reacción en los presentes, por lo que sin dudar, de modo igual de presto que antes deje salir otra pregunta con ánimos de no permitir silencios demasiado largos.

-Si los encontramos, ¿realmente los usaremos? ¿Que se supone que fue planeado para continuar con nuestro viaje? ¿Cómo se ha planeado el intento de cumplir nuestra complicada misión?-

Esta vez la respuesta no se hizo esperar, pero era todo lo contrario de lo que esperaba, el familiar de la primogénita del trono, se puso de pie con bastante mala cara, quizás de hasta indignación pude notar y con un tono bastante alto, acompañado de una postura de manos en la cadera dejo salir

-¿Qué o quién de los acá presentes os hace pensar que hay un plan oculto tras todo esto?-preguntó serio y circunspecto -Selenita, si me he referido a vosotros en este momento de secrecía es porque esto, y sólo esto, es lo que tengo para contaros. Sé, y el rey lo sabía, no es suficiente, razón por la cual seguimos el sendero directo a la capital. Las bibliotecas y los sabios podrían ayudar… Sin embargo, tenía la esperanza de aprovechar que este grupo no sólo reúne fuerza, sino también sapiencia: quizás algo de vuestros conocimientos nos pueda servir. Al menos tu información parece apuntar a algún lado.-

En cierto momento, Fanrad, malinterpreto una de mis preguntas, quizás a causa del cansancio o simplemente, fue mi culpa al no expresarla con la claridad, debida, de cualquier modo no le di demasiada importancia a su reacción, mantener la serenidad era una de las cosas en las que más había trabajado, eso aunado al cansancio que embargaba mi cuerpo, me gritaba a toda costa evitar los conflictos.

Mi mente intentaba mantenerse enfocada, procesando la información que todos liberaron, era algo complicado la verdad, puesto que  tanto cansancio acumulado, evitaba que mi mente funcionara tan bien como solía hacerlo, permitiéndome discernir con tanta claridad cómo me gustaba.

Otra voz tomo lugar antes de que ninguna otra pudiera hacerlo, era una continuación en respuesta de mis preguntas, esta vez era Lüdrielh, el acompañante/pareja de Ithilwen

-La princesa y yo hemos tenido noticias que hay portales dirigidos al foso desde otros lugares del Noreth. Uno fue en Dhuneden, donde Youdar, amigo de Perik y miembro de la Buena Leña, nos ayudó. Cuatro fueron reseñados por la drow Fïrinne, antes de que el rey le concediera el perdón real para salir de Erínimar. Es por ella que ahora todos sabemos que Jyurman es territorio perdido para el mundo, consumido por el mal.-

Al tiempo que escuchaba mi mente intentaba ensamblar todo el rompecabezas con algún sentido, era cierto que faltaban piezas, pero necesitaba conseguirle la forma a lo que nos estaba envolviendo, mientras pasaban los minutos más piezas fueron llegando, Kaelthas dio más información sobre los portales, igualmente hizo Ithilwen  y finalmente el enano también agrego su participación, que si bien no aportaba mucho, al menos afianzaba su posición como nuestro aliado en este conflicto.

Sin energía para más, luego del “intenso” momento que habíamos tenido, pedí disculpas al resto de los presentes para acto seguido retirarme hacia mi tienda, los ojos se me cerraban cada tanto en contra de mi voluntad, de no irme a dormir bajo mi propia conciencia, terminaría dormida, obligada por mi cuerpo, que a sabiendas de que ya tenía un lugar para descansar, no quería permanecer un momento más sin el que, el consideraba era un merecido descanso luego de lo que llevábamos del viaje.

Dentro de la tienda, arregle todo para dormir de modo casi automático, sin que mi mente necesitara hacer demasiado, más que asegurarse de que mi cuerpo siguiera órdenes, que parecían pre-establecidas, con un fin claro.

Llegado el momento mi cuerpo, se acurruco dentro del saco de dormir, acomodándose en las mantas, mis ojos se cerraron, no me di cuenta ni cuánto tiempo paso, pero estoy segura que no sería demasiado, mi cuerpo cayo en ese dulce estado de inconciencia en el que por fin podría reposar un buen rato, al menos el suficiente como para tomar nuevamente un viaje maratónico sin dormir, si así fuera necesario otra vez.

Mis ojos se abrieron nuevamente, pero extrañamente seguía sintiéndome descansada, el ambiente estaba como en un éxtasis continuo, que me permitía detallar todo, mientras lo ocurrido parecía ir más lento de lo que normalmente suceden las acciones, como si alguien estuviese jugando con el tiempo, esto me hizo intuir que estaba dentro de alguna visión que Selene me estaba mostrando, durante mis sueños.

Gire la cabeza a mi alrededor intentando ubicarme, lo primero que observe es que junto a mí se encontraba el resto de un grupo, todos portábamos armaduras distintivas, bastante ornamentadas, que nos declaraban como comandantes de un ejército, ejercito que se hallaba detrás de nosotros, estaba compuesto por todas las razas, todos parecían preparados y dispuestos a servir al bando de los vivos en este conflicto contra las fuerzas del foso, como entendiendo que más allá de ser elfos o cualquier otra raza, las divisiones no importaban a la hora de enfrentar un enemigo que podría hacernos daño a todos por igual.

Mientras seguía inspeccionando la escena, pude notar que estábamos al pie de una ciudad, no podía asegurar que esa fuera la Ciudad Dorada, es más, menos que eso, nisiquiera podía asegurar que la batalla que estaba por comenzar estuviera ubicada en la región de Erenimar.

Aun dentro de este sueño, el cual dudaba entre si era una visión  o un sueño de esos que suelen llamar “Lucido”, intentaba buscar aún más datos que pudieran ser útiles, mi mente dudaba entre si serian hechos del pasado, de esas guerras que habían sido nombradas antes en la reunión, donde como parte de los primeros hijos del árbol, siendo esa raíz más antigua, debimos luchar por algo, o si era más bien una premonición de la guerra próxima que nos esperaba, mientras este debate se libraba en mi mente Selene decidió que era suficiente, por lo que de apoco todo termino tornándose negro de nuevo, la visión acababa y con ello, volvió a mi estado de inconciencia.
Vision Del Sueño:


Una vez el sueño acabo me removí entre las sabanas, puesto que fuera de la tienda se escuchaban ruidos diversos, quizá voces, no lo tenía del todo claro, ya que a pesar de notarlo gracias a mis agudos sentidos, prefería ignorarlo e intentar seguir durmiendo, manteniéndome en ese estado que es la fina línea, entre el estar dormido y despierto, realmente no deseaba renunciar al reposo, pero si los ruidos se mantenían definitivamente me levantaría a revisar de que se trataba.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Mar Ene 24, 2017 11:18 am

7.

Vitam regit fortuna, non sapientia
(La vida es gobernada por la fortuna, no por la sabiduría)

Cicerón.

La oscuridad era espesa. Se traslucían tras la cortina de nubes algunos listones de luz lunar, que reflejaban sobre el agua clara del Mharïn. La muerte del día era poesía, una tonada en duermevela en la que la mayoría de las criaturas se protegían bajo el descanso de los sueños de Morfeo. Quizás fuera porque las tinieblas le servían de cobijo, o porque su esencia misma derivaba del entorno cantarín de las hojas que le rodeaban, pero aquella criatura, impávida a la desventura, sólo seguía con ojos diminutos tallados en madera, la escena que se le había presentado de la nada.

Los había visto llegar en estampida, con sus cabellos, su ímpetu, su altivez, y de manera ecuánime, siguiendo movimientos que parecen pedir permiso para existir, se habían dispuesto a hacer de su territorio el suyo. Sin embargo, aquel dios era sabio, con los años de todos esos elfos sumados en sus lomos cansados, no se inmutó, sino que con parsimonia estudiada los siguió, sus devenires por la orilla del río, haciendo sus tiendas, tomando ramas, creando fuego -¡cómo lo odiaba!-, haciendo lo que en otras eras, cuando eran otras las bestias que dominaban el mundo, había sido considerado barbarie.

Entonces, sus orejas, dos estacas a lado y lado, rojizas como las estampas demoniacas, se alzaron sobre la alborada al oír las noticias que traían aquellas gentes de los bosques del otro lado de la llanura: guerra, muerte, foso… Ya noches atrás había oído el yunque y el martillo bajo tierra, la llamada del Caído, el movimiento de la tierra ante la avalancha creada por miles de pisadas en camino a la matanza.

Suspiró con profundidad, una aspiración gruesa, de aire lejano, pero para los de abajo, aquellos que yacían entorno al fuego intercambiando sabiduría que para el espía era conocimiento consabido, fue solo el viento recio que amenazaba con bajar la temperatura de la noche. Ithilwen se rebulló la capa, apretando sus libros; lo último que quería era perder alguno de sus valiosos documentos.

Entonces, los vio partir de aquel círculo tribal, dejando a uno atrás quien, con ojos atentos y profundos, escrutaba la tierra, se alertaba con los sonidos moviendo sus orejas puntudas, dejando que los cabellos de sol que le eran propios de su estirpe no se traslucieran tras aquella tela que todo lo cubría…

La noche se hizo temible. Las horas de negrura y frío llegaron, ad portas de la mañana. Fue entonces cuando la criatura, de piernas largas color café como el tallo del duraznero, sentado sobre las copas de los árboles, tras el Olmo sobre el que el llamado príncipe Kael’Thas escrutaba la penumbra, sintió como una de las ardillas del gran legendario salió de su agujero -una hora insospechada- e intrépida como era, alzó vuelo entre ramas, hasta posarse sobre su gruesa nariz de tallo. El viento sopló desde el norte, y la molestia de aquel animalito, le hizo mover uno de sus poderosos brazos, para rascarse la nariz.

Quiso la providencia que en ese momento el elfo de guardia alzara la mirada, y los ojos del inmortal y la deidad se encontraron. La sorpresa angustiosa del primero, sumada al letargo del segundo hizo lo propio, el príncipe se puso en pie y con prudencia lo examinó, con una mano en el mango de su arma, sin resultar amenazante pero tampoco confiado; levantaba su cabeza tan alto como era aquel ser de hojas y madera.

-¡Shhh Haz silencio y no hagas movimientos bruscos! ¡Ve allá, encima de los arboles!- susurró el dorado a uno de sus compañeros, mientras éste, aún con cara adormilada, saliendo con el torso en camisón, volteaba el rostro para observar de qué hablaban. Palideció, desorbitándosele los ojos, y el dios sonrió ante aquella reacción.

-¡Saludos!- retomó la conversación el solar: -¿Cuáles son tus intenciones? ¿Por qué nos vigilas? – preguntó asertivamente.

La criatura meneo la cabeza ligeramente, como un padre cuando su hijo hace una pregunta en la que tuviera que cavilar la respuesta… o la mejor manera de responderla. Inspiró y de pronto, lo que salió de aquella abertura en la madera, que pudiera llamarse su boca, fueron palabras que cualquier ser denotaría como incoherente.

La cara del interlocutor lo dijo todo. Entre ese tronar de cuernos que era la voz del ser de madera, y lo silenciosa que era la noche, aquello no había pasado desapercibido. Lüdrielh salió de la tienda, junto con Ithilwen, Farad y Perik también se asomaron, aún el barbudo rascándose los ojos mientras los pelos se le encrespaban, quizás por el enojo de haber sido despertado con brusquedad. De la tienda cercana al agua, también asomó la sacerdotisa lunar y la criatura, con atención, la observó especialmente a ella, al notar el tono de su cabellera.

-Es un durmiente- susurró Tyrander desde su lugar, dejando a un lado sus armas y saliendo de aquel lugar con valentía: -Un pastor de la naturaleza, los primeros habitantes de los bosques. No sabía que existieran aún en este mundo… Es la primera vez que veo uno.

-¿Un pastor?- susurró la princesa de Erinimar desde el otro lado hacia Lüdrielh: -Esto no me lo esperaba…

Casi leyendo el pensamiento de su prima hermana, Farad se mordió uno de los labios, apretando el puño. Perik había compartido momentos con aquel longevo, los suficientes para saber que, si bien no existía elfo sobre la tierra que perdiera los estribos, ese apretón de nudillos sólo podía leerse como la alteración más avanzada que pudiera demostrar el imperecedero de cabellos azabache.

-Controla esos impulsos, petulante- sentenció el enano con mofa: -Que te me vais a enfermar si no controlas ese genio tan delicado.

La broma pateó el poco humor que quedara en el elfo y con mirada arrogante y rostro altivo se dirigió fuera del campamento dejando en el aire una sentencia: “Espías”.

¡Oh sí, espías era lo último con lo que quería contar Fanrad en aquella empresa! La mano debía haberle estirado demasiado al foso para contar con ayudantes en el reino de los elfos. Sin embargo, para nadie era un secreto que los tiempos de los longevos estaban mermando en pro de los imperios humanos, seres de vidas intranquilas y bélicas, fugaces en comparación con la brillantez de las estrellas, pero con la capacidad de reproducirse como conejos. Los elfos en cambio… se estaban convirtiendo una historia del pasado.

-¿Qué?... ¿Pero qué diantres vas a hacer, imprudente?- preguntó desde atrás el enano, al tiempo que tomaba su hacha.

-Atacar primero y preguntar después- arguyó el elfo con arco en mano.

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Ithilwen Erulaëriel

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Caminos del Sagrario

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