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Nemo patriam quia magna est amat

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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Lun Ene 30, 2017 9:13 pm

Mi mente estaba casi congelada al ver la aleatoria reacción de dos de mis compañeros de viaje, no podía creer que sin más se botaran a atacar a un ser que muy probablemente acabaría con su delgado hilo de vida de un manotón. El elfo arquero parecía decidido a acabar con la criatura, mientras que el enano seguía sus acciones de cerca, con hacha en mano y corriendo detrás de él.

Las saetas que salieron de su arco surcaron el ambiente y rompieron con el silencio que acontecía a la batalla con su característico silbido hasta llegar a su objetivo impactando con un golpe seco en una de lo que parecía las piernas de aquella extraña criatura.
Mis ojos nuevamente se encontraron con los de él, buscando alguna reacción de dolor o incomodidad por los proyectiles ahora clavados en sus maderos, sin embargo, ni se inmutó y su vista seguía clavada en mí. Me comenzaba a tomar la presión de ser su objetivo.

La respuesta a su estúpida reacción no se hizo esperar por parte de la lunar que, cual escudo, se interpuso en el camino de ambos alegando que la criatura no era agresiva, sin embargo eso no me quedaba del todo claro. En sus ojos se podía notar cierta aura no malvada, sino deseosa que no quitaba que fuera a atacar en cualquier momento. Pero si de algo estaba seguro era que no lo había hecho de primero y estábamos en una muy mala situación, desprotegidos y en frente a una criatura que nos doblaba en tamaño, incluso yo que tenía el tupé de proclamarme como el más alto del grupo, me parecía un gigante que estaba a varios metros por encima de mí.

El aura de solemnidad que rodeaba a la sacerdotisa lunar ahora era sólo un recuerdo, en su cara se podía ver a leguas de distancia que estaba molesta o cuanto menos disgustada por la reacción de nuestro congénere y su peludo y bajo amigo. Yo también estaba algo consternado por su decisión de atacar, pero mis aquejas eran meramente estratégicas. A pesar de amar la naturaleza y su hermosa virginidad, no me gustaba sentirme desprotegido o desventaja y exactamente así lo podía sentir en aquella situación en la que atacar a un gigante no me parecía la mejor idea.

La lunar de pronto trató de recuperar su compostura y en un tono casi neutro que aún denotaba matices de molestia soltó algo en lo que inequívocamente tenía razón. Me había encontrado sólo y había tenido la oportunidad perfecta para acabar con mi vida sin que siquiera me hubiera dado cuenta, incluso mientras me había quedado dormido podría haberlo hecho y no lo hizo. Ciertamente había algo más en la mente de la criatura que sólo violencia… Al menos por ahora.

El último punto que de verdad me llevaría a actuar como lo haría se esclarecía cada vez más al tiempo que duraba de pie. Estaba muy cansado como para pelear o intentar defenderme, en ese momento lo mejor era llevar la corriente de la criatura e intentar defenderla al punto que pudiera notar que al menos dos de nosotros no le haríamos daño.

¡Tranquilos todos! La sacerdotisa tiene razón. La criatura no parece hostil y si lo fuera tengan por seguro que no estuviéramos teniendo esta conversación ahora mismo. Mantengan su distancia, si ataca será en defensa propia. ¡Dejen de actuar como estúpidos descerebrados y piensen un poco! –Dije mientras caminaba lentamente con mi mano desenfundado a Felo’melorn.

Luego de la pequeña reseña de obviedad, tenía una vista mucho mejor del momento exacto en el que cada acción definiría si vivíamos o no. La sacerdotisa de cabellos azabaches y su ¿”general”? estaban parados enfrente de su tienda observando el panorama, como escudriñando una posible salida del lío en el que nos estábamos metiendo.

Un grito interrumpido de cuidado se escuchó a voz de la princesa, mientras señalaba en nuestra dirección. Mi cabeza se giró rápidamente hacia la sacerdotisa lunar y noté como desde la tierra salían algunas especies de lianas que crecían desenfrenadas alargándose y  extendiéndose hacia los pies de la sacerdotisa. De pronto sentí algo en mis pies que estaba observando en los pies de la elfa. Las lianas y raíces también habían tomado como su posición mis pies.

-¿Qué demo...?-- Dijo el enano mientras observaba cómo seguían creciendo las lianas y se extendían hasta su posición. De inmediato y casi al mismo tiempo balanceó su hacha eliminando las primeras lianas que estaban enredando mis pies. El elfo no contento con lo que había hecho, sacó otras dos saetas y las cargó rápidamente una tras otra en el arco que disparó con velocidad alarmante hacia la criatura.

La sacerdotisa lunar entonaba un pequeño salmo en una lengua que quizás ella misma o Ithilwen entendía, pero que sin duda yo no. Lo cierto es que luego de la sacerdotisa rezar, una pequeña marca luminosa se posó sobre su frente y de pronto parecía como iluminada por la luna. Giré mi cabeza y la próxima soberana de Erinimar también tenía la pequeña marca y sin notar, mi frente también comenzó a iluminarse y pude ser testigo de que sentía como si de pronto hubiera dormido y mis fuerzas se habían renovado. Tanto como para hacer cualquier actividad física o mental que observé como decaía a medida que permanecía despierto.

Con la “bendición” de la luna que ahora parecía iluminarme a mí también, dispuse a Felo’melorn como no la hacía en mucho tiempo, para cortar la “maleza”. La fiel espada silbó mientras cortaba el viento y las lianas que se extendían hasta mis tobillos. Exitosamente mis pies estuvieron libres y emprendí una breve carrera hacia Halduron, que ya había buscado sus armas y ahora reposaba en posición defensiva. Me coloqué cerca de él y esperé la reacción de la criatura tras recibir el segundo par de saetas.

¡Deja de atacarlo, idiota! – Le grité al insensato elfo que seguía con intenciones de arremeter contra la gigantesca criatura.

De pronto y como reacción del segundo ataque, desde el suelo salieron nuevas lianas y raíces que trepaban más rápido por mis piernas y se engrosaban cada vez más hasta el punto de que no podía moverme de la mitad de mi cuerpo para abajo. La incomodidad de no poder moverme no se comparaba con la intensa sensación de presión que tenía debido a que la criatura no quitaba los ojos de mí. Era su objetivo que desde el principio había fijado y no cambiaría. La presión que recibía de la incesante mirada del durmiente y la prisión de lianas que había creado fueron detonantes.

Amaba la naturaleza en su estado virginal, los bosques y los animales me apasionaban, pero también amaba mi vida y cualquier mínimo que perturbara mi equilibrio me hacía replantearme ese amor. Era momento de actuar, en algún momento había decidido proteger la integridad del gigante para proteger nuestra integridad misma, pero estaba llegando a un punto al cual sucumbía ante la presión y la prisión del durmiente.

Naturaleza… Astro Rey… Padre… Perdóneme. –Dije mientras cerraba mis ojos.

Despejé mi mente que ya era lo suficientemente difícil hacer con el cansancio, la bendición que tenía me ayudó a lograr mi cometido. Las partículas del aire vibraban entre sí. El oxígeno del ambiente se compartía entre las vibraciones y nuestra respiración. El aire se calentó alrededor de mí, haciendo más fácil conjurar.

Mis ojos se abrieron y enfoqué un lugar vacío cerca de mí. Las pupilas de mis ojos se ensancharon y de pronto la realidad se torció. De la nada surgió una bola de fuego puro que estaba suspendida en el aire como esperando instrucciones. Si bien, la distancia sería una pequeña limitante, el tamaño del durmiente me ayudaría a resolver los problemas de puntería y distancia.

Enfoqué los ojos en los ojos del durmiente que al parecer seguía sin inmutarse pero con una mirada ahora un poco confundida. La bola se movió unos metros y de pronto desde ella se desató un proyectil que voló con gran velocidad directo a la cara del guardián de los bosques.

Giré mi cabeza observando a todos, especialmente a la sacerdotisa lunar que había protegido inicialmente a la criatura, pero desde mi posición no permitiría que siquiera tuviera oportunidad de destruirnos. Las lianas que apretaban nuestras piernas y cinturas podían contraerse fácilmente y romper nuestros huesos. Era mejor no correr riesgos.

Enfoqué de nuevo al gigante y concentré mi mente, mientras desde la bola que seguía suspendida en el aire, surgía otro proyectil al cabo de unos cuantos segundos, treinta para ser exactos. El proyectil iba nuevamente directo a la cara del durmiente, sin embargo no me molestaba que impactara en otro lado de él y aprovechando su naturaleza, prediera fuego a sus brazos y/o piernas de madera.

Lo siento, Sacerdotisa. Lo siento, princesa. No podemos correr riesgos. Enfoquemos nuestra misión. El fin justifica los medios –Dije casi apagado tratando de justificar mis acciones mientras Halduron por libre albedrío comenzaba a desmalezar mis piernas.


Última edición por Kael'Thas Sunstrider el Vie Feb 03, 2017 9:33 am, editado 1 vez


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Tyrande Whisperwind el Vie Feb 03, 2017 9:14 am

Mi descanso tuvo fin cuando ruidos más fuertes llenaron el ambiente rompiendo mi relajación por completo, lo que me hizo rápidamente salir de la tienda, solo para dejarme totalmente sorprendida con lo que mis ojos veían… Un durmiente, no podía creerlo, realmente tenía tan majestuoso ser frente a mí en este momento, que algo tan maravilloso fuera la causa de la interrupción de mi sueño me había aliviado.

-Es un durmiente- Susurre desde mi lugar antes de salir,  solo acompañada de mi espíritu valiente y la confianza que de momento me inspiraba aquel que ante mis ojos era un increíble ser -Un pastor de la naturaleza, los primeros habitantes de los bosques. No sabía que existieran aún en este mundo… Es la primera vez que veo uno.-

Antes de que pudiera siquiera terminar de aclarar algo más, o pudiera terminar de hacer que mi cuerpo estuviera listo para realizar acciones, el familiar de la princesa, decidió atacar sentenciando que la criatura frente a nosotros eran un “Espía” algo que a mi definitivamente me parecía un total sin sentido, pero un sin sentido que además su amigo el enano apoyo lanzándose a la carga también contra él.

Las acciones de aquel par, logro sacar la peor parte de mí, una parte que quizás había estado en reposo mucho tiempo, debido sobre todo a mi estilo de vida como sacerdotisa, pero es que realmente sus acciones habían logrado alterarme, haciendo enojar a niveles que no recordaba que podía hacerlo, lo que me impulso a gritarles.

-NO QUE HACEN IDIOTAS, NO VEN QUE NO ES AGRESIVO-

Acto seguido mi cuerpo se puso en movimiento corriendo frente al resto de los elfos que apenas salían de las tiendas interponiéndome entre el Gigante y ellos, mirándolos con cierta molestia y con un rostro que claramente desaprueba su actitud, mientras ahora en tono más bajo que al anterior grito, pero igual de firme y aun manteniendo fuerza en la garganta deje salir

-¿No creen que si hubiera querido hacernos daño ya lo hubiera hecho?... Mírenlo bien, nos triplica en tamaño, posiblemente sea también exageradamente más fuerte que nosotros. Encontró a Kaelthas solo haciendo la guardia y  yo no le veo herido... ¿Eso no les dice algo?-

Momentos después de mis palabras escuche la voz del Kaelthas, el cual intentaba  poner paños fríos a las reacciones de todos los presentes, para que volviera a resaltar la característica que más resaltaba y definía a los elfos, la cual era la sabiduría, algo que por el momento todos habíamos perdido, dejándonos llevar por impulsos sin analizar demasiado la situación

Sin tiempo siquiera de responder lo siguiente que pude apreciar, fue la voz de acompañante de Ithilwen, Lüdrielh fue lo que lleno el espacio que ocupábamos avisándonos de la acción que el gigante frente a nosotros había tomado. De la nada, invocadas por el Durmiente, raíces empezaron a crecer, evolucionando en hojas, flores, se movían como agiles serpientes, enredándose por mis pies, pude sentir como subían por mis piernas, definitivamente no podría librarme de esto sin ayuda y mucho menos recordando el hecho de que había dejado todo mi armamento dentro de la tienda.

Esto  me serviría de lección para en próximas ocasiones por muy segura o sorprendida que este, asegurarme de tener algo a la mano con lo que poder defenderme o al menos ayudarme en situaciones de este índole.

Resignada al hecho de que posiblemente, no podría librarme de las ramas, a menos de que alguien me ayudara, cosa que seguramente para ninguno seria prioritario, pero sin dejar que eso me hiciera caer en estado de pánico, comencé a recitar, concentrándome, dejando que la serenidad me invadiera al mismo tiempo que lo hacia la esencia de mi Diosa, lo que me hacía sentir reconfortada y un poco más tranquila.

Cuando el conjuro estuvo completo, dividí la magia divina entre los tres que consideraba que más podrían necesitarla, los cuales eran Kaelthas, ya que no había dormido. Ithilwen la cual aún se veía indecisa, esperaba que esta energía la ayudara a esclarecer su mente y decidirse y sobre mi misma, que necesitaría esta fuerza para intentar mantenerme firme ante la constricción de las ramas, las cuales ya empezaba a sufrir, sintiendo como comenzaban a rodear ya mi cintura.

Con mis manos luchaba con las raíces, sin demasiado éxito realmente, podía notar al simple tacto lo poderosa que resultaba la magia del ancestral ser frente a nosotros, cada vez me parecía menos inteligente el arrebato que habían tenido de primer momento el par de insensatos, que sin motivos reales, lo atacaron, poniéndonos a todos en esta difícil encrucijada.

De hecho ahora que lo pensaba un poco, la actitud de Fanrad había sido ya lo bastante extraña en la reunión y los hechos que estaba aconteciendo lo confirmaban, ese estado de alerta permanente, aun dentro de nuestra misión era algo exagerado, más aun cuando no podía calificar al Durmiente dentro de ningún bando enemigo, al menos no a ciencia cierta, puesto que como yo misma lo había dicho su función es ser guardianes y guías de la Naturaleza, definitivamente estaba segura que no eran de esas criaturas que fácilmente se podrían convencer de ponerse del lado de alguna facción y mucho menos para ser el “espía” de nadie, salvo quizás de los mismísimos Dioses.

Palabras nuevamente de Kaelthas se hicieron presentes, palabras que me parecieron extrañas puesto que aún no hacía nada, pero que ya dejaban sobre entendido que próximamente haría una acción, acción de la que quizás podría “avergonzarse” un poco, pero que sin importar que completaría.

Una sensación de esencia concentrándose no se hizo esperar, pude sentirla de inmediato, al tiempo que el frio de la noche era despejado, o al menos la parte cercana a mí y sin previo aviso, cerca del príncipe, apareció una bola de fuego, que crepitaba intensamente, la verdad me sorprendía que luego de los días sin dormir, pudiera concentrar esa cantidad de poder, aunque quizás estaba olvidando, que yo misma lo había bendecido para anular o disminuir un poco esos factores adversos.

El solar comenzó a manejar la bola que conjuraba, haciendo que un par de proyectiles salieran contra el Durmiente, realmente se complicaba más mi posición con respecto a este conflicto, estaba mi lealtad con el grupo de un lado, sabiendo que de algún modo debería pelear junto a ellos, puesto que por algo estábamos juntos y en el otro extremo se encontraba la sensación de que traicionaría a mis propias creencias si actuaba de modo hostil ante el gigante ancestral.

Unas palabras de justificación se hicieron presentes por parte del príncipe de Quelthalas, mi posición seguía siendo recia en contra de atacarlo, pero lo que decía me hizo titubear un poco, estaba corriendo demasiados riesgos siendo tan confiada, dando por sentado que por ser lo que era debería ser obligatoriamente un ser benigno, después de todo no había visto ninguno antes y no podía afirmar totalmente como seria su comportamiento.

Mi cuerpo resintió las ataduras en las que se habían convertido aquellas ramas, las cuales se estrechaban más sobre mi figura, sabía que si me agitaba sería peor, me haría más daño yo misma, por lo que simplemente intentaba mantenerme serena, con la esperanza de que por algún milagro, me dejaran libre, puesto que no tenía forma física ni mágica de luchar contra dicho agarre.

Las ramas siguieron creciendo, mi cadera había sido el último sitio hasta donde habían escalado, pero continuando con su ascenso, subieron por mi abdomen, entretejiéndose unas con las otras, para finalmente cubrir también parte de mis pechos, mis brazos aún se mantenían libres, puesto que los tenia levantados hacia el cielo, desde el anterior  rezo que había hecho para convocar la bendición sobre el grupo.

Cerré los ojos, mientras comenzaba a recitar en elfico, o mejor dicho en un dialecto basado en el elfico que era usado por las Selenitas, para comunicarse de modo más personal con Selene, cuando deseábamos pedir cosas, buscar ayuda o simplemente meditábamos. Necesitaba más que nunca de su iluminación en este momento, deseaba que me dijera que debía hacer con esta situación, que me diera más conocimientos sobre el Durmiente, cualquier cosa que pudiera ayudarnos estaría bien para mí, después de todo en gran medida mi preocupación se enfocaba más en el resto que en mi misma.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Mar Feb 07, 2017 5:12 pm

8.

-Desde que nacemos lo sabemos todo… es una condena consiente esto de ser parte de los nuestros, ¿no lo creéis dama mía?

Ella asintió, cruzando su pierna sobre las de él, atenazándolo con suavidad entre sus muslos bajo las sábanas de seda. Para él, la piel cremosa de la elfa, de olores de campo, le resultaban familiares, tanto o más a los que expeliera su propio cuerpo de guerrero. Sabía que nada diría la doncella de cabellos azabache, ensortijados sin verse descontrolados, como una sirena guardiana de las olas sobre el lecho consumando, como si todo en ella revelara una calma asentada, sino cultivada durante años. Pero no era así. Él la había conocido desde niña; a su lado había vivido los tímidos pasos de la infancia, el deslumbramiento del cuerpo ante la adolescencia, los primeros temores ante un mundo que se mostraba enorme, demandante, con unas obligaciones aún más grandes que las que ellos mismos pudieran imaginar. Vivieron juntos el espanto, y luego la aceptación. Ahora eran los días del desasosiego, de la incertidumbre. De la mano cumplieron las órdenes reales, el deber ser de una raza, las demandas de una vida privilegiada. Él era el hijo del general primero de los reinos de la llanura, ella… la primogénita y única heredera del soberano y guardián de los reinos élficos de Erinimar. Casarse era algo que estaba dispuesto de antemano, y aunque al comienzo hubo revelación, al final fue la lealtad y la persistencia lo que les hizo ver que, con la vuelta del tiempo y la torna del reloj inclemente, él era para ella y ella para él.

-No quiero verte marchar de nuevo a la guerra, Ithilwen- confesó de pronto, mientras las estrellas asomaban tímidamente por el balcón de su recámara. Se incorporó, soltándose de la tenaza de ella, llevándose una de las manos por los cabellos oscuros, meditativo y cabizbajo: -Me agobia saber que, una vez más, la vida nos pide sacrificarnos por algo que nunca nos compensará.

Entendía el agobio, esa tortura cadente que como mortaja les sumía en el temor de la perdida. Sin embargo, las múltiples pruebas, los peligros de una vida andariega al servicio de la corona, les había hecho confiar en un destino más poderoso a ellos, en el que era claro que siempre estarían el uno para el otro. La juventud les desbordaba en optimismo, uno que apenas se podía reconocer en los longevos.

-Pero, ¿qué pasa con vos, mi Lord? Sabéis tan bien como yo que, aunque la muerte me lleve, ya he recibido de los dioses el premio de esta vida…- Le agarró desde atrás, cruzando sus brazos entorno a su cuello, acariciando su pecho lampiño, recostada en su hombro con un suave ronroneo: -Lo sigo disfrutando por los días que nos quede.

--//--

música:

La plegaria de la lunar resplandeció el campo de batalla, enalteciendo los corazones, movilizando el espíritu, llenado el aire de esa voluntad que solo viene de la mano con el beneplácito de los dioses. Con el impulso de esa bendición caída de los cielos, cada uno de los combatientes hinchó el pecho, renovado de aliento, y cargó fuerzas contra un contrincante imponente, viejo como el mundo mismo, sabio como lo habían hecho los mismos creadores de Noreth, pero sobre todo imposible de descifrar.

“¿Qué hacer? ¿Qué hacer?” se cuestionaba Ithilwen impávida, clavada al suelo como una estaca, a tiempo que Lüdrielh removía de sus pies las incipientes lianas que empezaban a trepar por sus piernas.

-Mi señora- le interrumpió él, empujándola hacia dentro de la tienda: -Quedaos acá… Amor mío, quedaos a salvo.

En ese momento el príncipe Kael’Thas elevó sus brazos al cielo y con la marca de Selene en su frente aun brillándole, surgió entre sus manos un punto minúsculo de luz encendida, que pronto alcanzó a ser una llamarada. El calor que desprendía aquella creación se podía adivinar en el rostro del hechicero de cabellos dorados, cubierto de sudor, temblándole las manos por el esfuerzo, sino por el cansancio mismo. Era una antorcha que resplandecía como una estrella por la armadura que el joven soberano portaba. Sin embargo, a pesar del agotamiento que se leía en sus facciones, la seguridad de su cometido se traslució en esos ojos resplandecientes, que parecían sonreír al atisbar como la mañana estaba a punto de despuntar para el mundo.

Todo ardió. Bola tras bola, esferas luminosas que todo lo calcinaban, salieron disparadas de ese centro mágico que el hechicero invocaba. Del otro lado, cerca de él, la de cabellos verduscos lo observaba con horror, Haldurion también, pues con aquella jugada se reafirmaba la declaración de guerra contra la criatura ancestral que los hostigaba con sus lianas.

Fanrad llevó una mano a sus cabellos para retirar parte de las cenizas que comenzaban a caer, y atacó de nuevo, acuclillado sobre una rama cercana, ya trepado en uno de los árboles, lejos del alcance de aquellas lianas que parecían brotar solo del suelo más de los árboles. Como sobrino del rey jamás se había visto envuelto en un combate de tal naturaleza, pero como estratega el elfo probaba suerte, subiendo y bajando, observando de qué manera podrían ganar una ventaja táctica. Y la había encontrado. Sus saetas se ensartaron directo en lo que parecían ser los ojos de aquel gigante de madera, dos vetas en un rostro taciturno.

Perik, con su barba tan larga como la tenía, continuaba abanicando a diestra y siniestra el hacha, como si de un diestro labrador se tratara. Al levantar el rostro juagado en sudor, entrecerró sus ojos vivos cuando un leve murmuro escapó de la sacerdotisa de las lunas, ya cubierta hasta el pecho por aquella enredadera que más simulaba mala hierba. La hermosa joven, entregada a su rezo y credo, parecía abstraída en su tarea, obviando el hecho de que ya aquellas lianas, llenas de flores y espinas, le rasgaban de a pocos, apretándola como si fuera una presa entre los anillos de la serpiente. El enano se odio a sí mismo al momento de descubrirse boquiabierto ante el fervor de aquella criatura, bella y exótica a sus ojos pero enigmática como ninguna había encontrado en el basto mundo, y sin pensarlo dos veces corrió hacia ella, haciendo lo que el protector del príncipe también: arrancó de tajo la amenaza, y siguió cortando como un sabio agrícola haría con la hoz. La pálida mirada de la longeva le sirvió al enano para caer en cuenta de lo bajo que había caído (¡por las barbas de los kazuka que ahora Perik Hijo de Yokha de guerrero se ha vuelto jardinero! ¡Y de hombre ahora ve con deseo a una fumaflores! ¡Por Kharzún que el mundo enloquece! Ja, ¡Enloquecen hasta mis barbas!).

Desde la tienda, aun sin ser avistada por el durmiente, la imperecedera de ojos celeste lo observaba todo atónita, como si fuera un sueño, incapaz aún en decidirse qué hacer o cómo atajar la situación. Y es que, aunque las batallas habían corrido por sus años en tierras extranjeras, jamás imaginó que viviría para ver el campo de batalla germinar en su propio país, en su amada Erinimar de llanuras doradas.

El fuego decidió por todos. Con el viento de la mañana despuntando desde las costas del norte, aquellos lugares donde los orbes en llamas caían pronto se alimentaban de esos aires de la naturaleza, contagiando otras ramas, prendiendo todo a su paso, arrasándolo todo.

La criatura gritó con la primera arremetida; a la segunda bola de fuego que le impactara, elevó sus enormes manos y cubrió su rostro, vociferando lo que parecía ser una mezcla entre grito y llamado de cuerno. Nadie le entendió, aun cuando el rugido del durmiente parecía esbozar un sufrimiento agónico. La desesperación se dibujó con mayor profundidad en la sacerdotisa lunar, quién con horror e indecisión lo observaba todo, aferrándose con fuerza a esa bendición, poderoso hechizo que aún seguía vivo en todos y que, con el esfuerzo tallado en sus facciones delicadas, parecía ser la única respuesta que consiguiera de su adorada deidad. Selene seguía muda ante sus súplicas.

Y fue en medio del caos que lo oyó…

Suave como el cantar de un pájaro, difuso como llegan por primera vez los rayos del sol naciente, así eran las palabras que se tallaban en el aire a cada rugido del durmiente. Los sentía en su oído izquierdo, como un canto profundo, ancestral, casi inteligible a menos que se prestara profunda atención. Y la presto…

“Ma-tad-me…”

--//--

Ciénaga de Thürk, cuatrigésimo quinto día después de la llegada del cuidador del Trono
Códice del Cónsul Maes, Alto Consejero.

Eldharion. Su solo nombre me estremece. Mi condena se efectuará sea cumplida o no la enmienda. Es difícil seguir con la sagrada labor de escribano mientras afuera truena el mundo con la caída de la oscuridad. Porque esta tierra no será igual luego de todo, de la guerra, de la muerte… de la caída del mal. Nunca entendieron las demás razas el recelo de los longevos a impedir las prácticas oscuras, ¡estúpidas todas por tener el racionamiento de una almeja! Esas costumbres, más cercanas a las demoniacas que a los cuidadores de la luz y los seres que habitan esta tierra, alimentan el foso y han despertado el mal que yace en lo profundo. Un ser sin nombre, sin forma, que todo lo consume… un algo que es imposible de nombrar. ¡Luminaris!, Oh Luminaris! ¿Por qué nos has abandonado? Con el advenimiento de los nigromantes, de Zhalmia, y de las prácticas malignas en los confines del mundo, ahora caeremos todos, por esos pecados… y los míos propios.

Pensar que toda esta treta es una pantomima que lo busca, lo atrae, como el fuego a las moscas. ¡Que me perdonen los antiguos por mi traición! Pero entre la vida y la muerte, una hormiga como yo, solo espera poder respirar para vivir un día más. Eldharion… Salvación de la luz, última sombra de la justicia. Luminaris sabe lo mucho que he tratado de instar al monarca para acudir en su ayuda, pero él parece leer el pensamiento, los tratos ocultos que tejen mis actos. Aún con el peso de sus propias heridas, Melkörth Eruläeriel no se rinde a su premisa: nunca más los elfos acudirán al Legarium.

La sangre baña la Ciénaga. Si solo pudiera decir… Si tan solo pudiera… pero no. Esto es una treta. Ya marchamos fuera de acá, con miles de heridos. Las fuerzas del palacio Quel’Thalas han caído, así como muchos de los silvestres que acudieron de las distintas torres vigías.  Los caballeros que quedan han dado a la huida y el soberano ha dejado caer la Ciénaga en la anarquía. Nada podrá detener al ejército que ahora emana de la cordillera: criaturas de fuego, bestias salvajes, siervos de los Señores del Foso. Ya no se trata de cadáveres menores… estos son los guerreros de las antiguas escrituras: las huestes de los tres hijos del Caos.  

Pero no me importa. Marchando como vamos hacia el interior del bosque, el rey busca la alianza con las tribus humanas del otro lado del país. Si el sur ha caído, su esperanza yace en el oeste y en esa pequeña expedición que ha enviado sin rumbo.

… Para esta hora menguada, ya deben estar muertos. He cumplido esa parte del trato. Ahora, falta Eldharion. Me han prometido vivir aun después de la llegada de las tinieblas, así que seguiré hostigando, hasta que el protector de los terrenos de los elfos sea una vez más traído a este mundo a morir bajo el yugo de los Señores del Caos. Y así, yo, Alduin Maes conoceré por fin a los nuevos amos del mundo.
 

--//--

música:

Todo pasó tan rápido que aquello jamás se borraría de la mente de la primogénita de Erinimar. Mientras las llamas se alzaban por doquier, tan altas como olas de tsunami, en una acción conjunta de la sacerdotisa de la luna y el general del palacio Quel’Thalas, las cortas piernas del kazuka se elevaban rama tras rama, siguiendo el camino trazado por Fanrad, sobre el imponente Olmo que se resguardaba a orillas del Mharïn. Los seguía de cerca el príncipe, exhausto, con la frente perlada pero la fuerza aun tallada en el semblante.

La ira del durmiente estaba desatada, aunque inmaterial; impávido, continuaba sentado sobre las copas de los árboles sin moverse un ápice. Mientras sus piernas se calcinaban, así como las lianas que brotaban de los suelos, el rostro se le constreñida en rugidos que nadie podía entender, aunque sí suponer. Le dolía, y ese ardor corporal se traducía en un griterío de aves a su alrededor que parecían llorar lo que aquella criatura no podía. Tarde o temprano las llamas lo consumirían por completo.

“Ma-tad-me… Ma-taaad-me”, repicó el viento al oído de la princesa de Erinimar.

Ella, Ithilwen, también encaramada en uno de los árboles que se encontraban a la diestra del enemigo, con su báculo luminoso, esperando por atacar pero sin llenarse del valor necesario para hacerlo, contrariada como la sacerdotisa lunar por estar atentando contra una vida injustamente condenada, de pronto se preguntó por el paradero de Lüdrielh…

La mirada de ambos amantes se encontró fugazmente en ese segundo que sigue el desenlace del tiempo. Mientras los demás eran el centro de atención del durmiente, el capitán de las fuerzas de la Ciudad Blanca había escalado el árbol donde la criatura descansaba. Lleno de criaturas de la naturaleza, el ancestral no sintió la manera lenta y diestra con la que él había ascendido. Sonrió levemente a Ithilwen al ubicarse en la espalda de la criatura y luego, sin siquiera resolverlo del todo, pero con la seguridad de que aquello debía ser hecho, tomó su espada cuya hoja en llamas fulgió como una antorcha, y la ensartó por completo sobre la espalda del durmiente.

El ataque fue devastador, directo en el centro del corazón. La criatura rugió y luego, con un gesto de alivio y cansancio, se recostó hacia delante, tan pesado como era, guardando su cabeza entre sus piernas aún en llamas apagadas. Antes de caer, de las cuencas de la imponente criatura brotaron un puñado de flores, similares a las lágrimas y un rugido de alivio y olvido como los primeros que se oyeran en Noreth.

Así fue y así será como un ser de luz, un dios del mundo antiguo, pereció en la tierra de la luz.


Mientras todos concentraban su mirada en el final del durmiente, ninguno siguió al elfo, quien sin poder sacar su espada de la madera que había ensartado, forcejeó al tiempo que la criatura dejaba que su cuerpo se esgonzara hacia delante, junto con él. Le desestabilizó, pero siendo un elfo diestro como era, Lüdrielh no sufrió mayor sobresalto. ¡Él se rehusaba a dejar allí su valiosa arma! Entonces, como sin creerlo, mandó hacia atrás sus manos y la espada quedó finalmente absorbida por la madera. Entrecerró las cejas y agudizó su mirada en el corazón de la criatura, luminoso y venoso, como un capullo de mariposa. Sus colores eran refulgentes, aunque con el roce de la espada se notaba en la superficie quebradizo. Aquello captaba la atención por completo del imperecedero, sin notar que las ramas que circundaban a su alrededor se alzaron sin más, tomándolo por las manos, los pies y finalmente el cuello.

-Kharsh ka tak (elfo tonto)- bramó una voz profunda.

Las lianas tiraron y el capitán gritó de dolor. Todos voltearon a mirar, finalmente entendiendo que los problemas no habían terminado.

Ithilwen, desde donde estaba, no alcanzaba a ver lo que sucedía, angustiada por reconocer la voz de su amado entre la maleza.

Ante los ojos de los demás, el aire de la mañana de pronto se les hizo frío: del corazón del durmiente brotó una criatura armada con la espada de Lüdrielh, sonriente con los ojos encendidos de desprecio. Pronunció con desdén su sonrisa, como si todo ese tiempo hubiese estado esperando por aquella entrada y con el triunfo escrito en su cuerpo tatuado, decapitó al capitán sin clemencia en frente de sus amigos.  

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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Lun Feb 20, 2017 4:24 am

Mis ojos veían con especial atención como aquel gigantesco ser era consumido desde las extremidades inferiores hacia arriba en un puro y renovador fuego, con la capacidad de purificar el cuerpo de aquella alma atormentada que en ciertos instantes dio características de querer descansar.

De pronto y más rápido de lo que pude entender el compañero de la sacerdotisa de Erinimar corrió de inmediato en dirección al gigante y desenvainando su brillante espada subió ágilmente por las piernas y ramas de los árboles hasta llegar a su espalda, un blanco fácil para alguien tan grande y con tan poca capacidad de respuesta. El certero elfo ubicó lo que buscaba en la espalda y clavó con marcialidad la espada en la madera que no piel del, según Tyrande, durmiente.

Un chillido mezclado con madera crujiendo y una gravísima vos rasposa se hizo presente en los hechos y el gigante comenzó a inclinarse hacia delante, dejando que su peso lo controlara. Prácticamente podíamos cantar una fácil victoria después de la intrépida acción del enamorado de la sacerdotisa Ithilwen. Sin embargo algo no andaba bien, el general no soltaba su espada e intentaba sacarla de donde hacía segundos la había incrustado. Con dificultad empujaba hacia él precioso mango de su arma, pero esta se negaba a ceder y mientras sucedía esta pequeña disputa el gigante seguía balanceándose hasta denominarse caer.

¡Suéltala! –Dije en un susurro como un grito ahogado o una esperanza fallida.

El gigante hizo crujir los demás árboles y apartó en su caída las ramas de algunos otros. Cayó con brusquedad estremeciendo todo el lugar. Del cuerpo del gigante se fue convirtiendo en flores y buena hierva que pobló todo donde había caído. El resultado de todo aquello parecía positivo, porque sin duda la criatura había perecido. Sin embargo nadie sabía qué había pasado con aquel que resolvió dar el golpe de gracia a aquella monstruosidad.

De pronto, entre las raíces y flores que brotaban quedó algo expuesto. El corazón del criatura yacía en el suelo, calcinado pero desde donde yo estaba parecía que aún no estuviera extinto. Tenía un aura mágica que desprendía dejando prever que aún continuaba con vitalidad. Tenía un roce similar a una cuchilla en una de sus paredes, quizás era donde había impactado la espada del general que seguía desparecido de mi vista.

Aún mis ojos traban de digerir lo que había pasado cuando mis puntiagudas orejas captaron un grito sonoro viniendo cerca del corazón. El general había sido atrapado por las lianas que antes me aquejaban. El alarido que salía de su garganta me hacía erizar la piel, pues era un grito de dolor que brotaba en una lengua familiar.

Volteé enseguida en busca del lugar de donde provenían los gritos y observé como el general era sujetado por sus extremidades y yacía indefenso en el medio, cerca del corazón. Me llenaba la idea de ir en su ayuda, sin embargo ya podía sentir cómo mis fuerzas volvían a ser las mismas de antes. El sello que iluminaba mi frente empezaba a desaparecer y pronto me sentiría mucho más cansado de lo que estaba cuando comenzamos la contienda. Halduron estaba a mi lado paralizado, quizás era el terror, la situación o la gran cantidad de acontecimientos que pasaban sin respiro alguno entre ellos.

Una voz un poco menos ronca que la anterior pero igual de poderosa brotó del corazón que parecía abrirse cual capullo de mariposa y se convertía en una forma humanoide. El ser que se había engendrado desde el corazón despedía un aura súper poderosa que extrañamente me parecía familiar. En uno de lo que parecían ser sus brazos sostenía la espada que el general no pudo sacar del gigante ahora extinto. La nueva monstruosidad que había surgido era menos monstruosa en cuanto tamaño, sin embargo despedía un poder más concentrado.

Las lianas tiraron de nuevo y el que era amado gritó al unísono. La criatura alzó su brazo y abanicó con la espada, que atravesó horizontalmente a Lüdrielh a través de su cuello lo que originó la decapitación inmediata y limpia del indefenso elfo. Al demonio se le podía notar una sonrisa minúscula como insatisfecho con lo que había ello, con una pisca de morbosidad en aquel acto.
El viento soplaba fuertemente en aquel momento la sangre se me heló, a pesar de estar rodeado de casi un bosque en llamas originadas por las consecuencias de mi hechizo. Luego de que se me hubiera secado la boca y un nudo en mi garganta me impidiera siquiera pronunciar palabra, vino la cólera más grande de todos los tiempos. En mi cabeza se originaron mil y un pensamientos y todos eran relacionados con ajusticiar al ahora caído.

Mis puños apretaron tanto que mis dedos me comenzaron a doler, producto de la impotencia de aquel momento, incluso con la sola cantidad de una baja en mi equipo bastaba para que perdiera los estribos. Sin embargo había algo muy tangible que me detenía y no podía pasar por alto ni por más furioso que estuviera… El cansancio.

¡MALDITO! ¡EL FUEGO DEBE PURIFICARTE! –Grité con todas mis fuerzas mientras yacía de pie a unos cuantos metros cerca de él.

De pronto todo se comenzó a calentar demasiado y el fuego se empezó a expandir por el suelo, además de que la criatura permanecía inmóvil. La sacerdotisa de cabellos verdes pasó cerca de mí a toda prisa en dirección al olmo, la rabia no me dejó escuchar si me dijo algo o no. Halduron colocó una de sus manso en mis hombros y me empujó suavemente.

¡Rápido, Príncipe! –Dijo con voz presurosa- ¡Al Olmo, rápido!

No entendía que estaba pasando, parecía que me había perdido en mis pensamientos de nuevo, pero lo poco que podía asimilar era que debíamos subir el olmo. Giré y troté como pude lidiando con la fatiga que se acrecentaba a medida que el sello en mi frente desaparecía. Al llegar al tronco del olmo, noté que era un poco más empinado de lo que me imaginaba, sin embargo aún tenía la ventaja de que en mi juventud había escalado esos y más grandes. Con movimientos ágiles subí como pude por el tronco afincándome en ramas y malformaciones hasta llegar a un lugar seguro en una rama lo bastante gruesa como para resistir mi peso y el de Halduron que pronto se unió a mí.

Aún no olvidaba lo que acaba de pasar, un hermano racial había caído. No lo podía creer la facilidad con la que lo habían despachado, ni tan poco por qué la impotencia nos impidió mover. Desde las alturas tenía un poco mejor de visión y desde lejos pude percibir por qué me parecía familiar el aura mágica que había sentido en un primer momento. Casi al instante me recordó a la figura negruzca que comandaba las huestes que azotaban al campamento. ¿Sería el mismo?

El grito de Fanrad no se hizo esperar y luego de dar las especificaciones a Ithilwen, quien yacía aún cerca de su tienda, las recibía. De su arco brotaron dos saetas que volaron a una velocidad impresionante en dirección a la criatura. Giré la vista a Halduron y le asentí, quien de inmediato apartó unos harapos en su espalda y sacó su arco dorado y ornamentado tallado en Quel’Thalas y seguido de tres flechas certeras que disparó una tras otra en dirección a la criatura.

Los proyectiles surcaron el viento silbando con su característico sonido hasta que se encontraron de frente con la criatura, sin embargo estas a penas entrar en el aura del demonio se evaporaron sin más, dejando sólo una fina capa de polvo que se desvaneció en partículas más pequeñas.

En reacción la criatura alzó los brazos luego de pronunciar algo gutural y en sus manos extendidas comenzó a surgir una pequeña chispa de luz, que rápidamente se convirtió en una pequeña bola de fuego que crecía más conforme transfería su esencia a sus manos.
Fanrad de inmediato pidió la ayuda de su familiar para que esclareciera la situación acerca de la criatura, sin embargo ésta sólo resolvió responder que quizás era una ilusión, sólo una tapadera.

Si es sólo una ilusión… Es muy convincente –Pensé en silencio.

Una pequeña ráfaga de aire caliente renovador mezclado en un aura mágica golpeó suevamente mi rostro, lo que me hizo girar mi vista hacia el origen de éste. Reconocí ese pequeño regocijo al sentir el calor, era una réplica de mi hechizo, la cual quizás sería más poderosa.

¡Maldición! –Dije al fin- ¡Cuidado, creo que es una réplica de mi hechizo! ¡Cubriros y no permanezcan en el mismo sitio por mucho tiempo! ¡Si es una copia idéntica no podrá teledirigir los proyectiles, sólo podrá disparar a una posición fija.

Volteé a mirar una última vez a Halduron, mientras veía en sus ojos ese fulgor que siempre permanecía en sus pupilas antes de una batalla de buenas proporciones.

No lo dañan las flechas. Alguien debe acercarse. –Dijo Halduron en tono serio.

Es muy peligroso un acercamiento directo. Tú viste su poder, no puedes simplemente cargar contra él –Respondí

¿Y qué sugieres? ¿Sentarnos a esperar nuestra muerte? También viste lo que le hizo a Lüdrielh sin vacilar. Debemos atacar primero.

Las palabras que me decía tenían tanto sentido como las que yo le respondía, sin embargo había tocado un punto importante: Debíamos atacar primero. Otro silbido de flechas resonó cerca de mí y al girar la vista ví como la sacerdotisa lunar también era arquera y por más que intentara descifrar qué había hecho me costaba encontrar la dirección en la que había disparado. Halduron que estaba frente a mí tuvo el primer plano de la dirección de las flechas de la elfa y de inmediato adivinó su plan.

La lunar recitó su plan al mismo tiempo que disparaba por lo cual pude entender lo que hacía. Una distracción, quizás era lo que necesitábamos. Halduron sin mediar palabra sacó otras dos flechas y las lanzó a acompañamiento a las de la elfa.
Las piedras rodaron por aquella colina haciendo la distracción perfecta para que el enano bajase del árbol, sin embargo este parecía que quería aparentar o demostrar algo frente a la lunar, que en mi opinión sí que ameritaba hacerlo, pero no en batalla y menos frente a un enemigo con aquella criatura.

¡Espera, enano! ¿Qué haces? – Dije sin más- ¡Impulsivos, por eso es que no crecen!

Halduron también aprovechó y descendió del olmo a contra cara a la criatura. Cuando estuvo en el suelo se posicionó cubriéndose con el tronco del olmo y desenvainó sus codiciadas espadas gemelas de un filo excesivo, con los que había despachado criaturas más grandes que aquel demonio. El enano cargó contra la demoniaca presencia e intentó cortar de un tajo sus maderas, sin embargo el hacha había rebotado.

Halduron reconsideró un ataque directo, debido a que si el hacha de aquel enano había rebotado,  sus espadas de acero mágico quebrarían si daba un golpe mal dado en su dura madera. Así que lo que hizo fue recortar distancia entre él y el enano que seguía fajado con la criatura, quedando a un poco más de la mitad del camino entre él y el demonio, a unos dos metros y medio aproximadamente.

Mientras el General de la guardia de Quel’Thalas hacía su acercamiento, el orbe en las manos del ahora no tan gigante había crecido casi hasta alcanzar su cenit. Había realizado ese hechizo tantas veces que podía predecir casi con exactitud cuándo lo lanzaría, sin embargo había mutado su habilidad. El orbe se dividió y salieron disparados en distintas direcciones.

¡Aquí vienen! ¡Muévanse! –Grité a todos.

Al término de mi frase, como pude y más que nada con fuerza de voluntad y adrenalina salté a una rama cercana de aquel olmo. Escapé del daño principal del orbe que reventó y explotó la rama en la que estaba hacía segundos, sin embargo la onda expansiva y el fuego a su alrededor me arropó por unos segundos mientras consumía su oxígeno y sin combustible se extinguía. El daño estaba hecho, mis manos y brazos me ardían y me recordaban a mis días aprendiendo a usar la magia. Apagué las chispas de llamas que había adquirido mi ropa, sin embargo podía observar como mis brazos estaban rojizos y sensibles incluso al viento. Me recosté de una de las ramas unos segundos para recuperar el equilibrio.

Aquel orbe había causado quemaduras leves a mis brazos, sin embargo las plantas de mis manos fueron protegidas por la rama que estaban sujetando.

Un grito ahogado salió de mis cuerdas vocales, tratando de disimular lo que me ardían los brazos.

¡Ahhhhhg! ¡Cómo arde! ¡Pero en mis días de aprendiz de magia dolía más! –Dije intentado enmascarar el dolor que sentía.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Tyrande Whisperwind el Mar Feb 21, 2017 4:25 pm

Estaba aún inmóvil, debido a que no había tenido métodos para liberarme y realmente tampoco encontraba demasiado sentido el liberarme de si de un modo u otro no podríamos escapar del durmiente, que teniendo el poder que manejaba sería difícil que lográramos escabullirnos de él.

Seguía meditando con afán a Selene, pero sin resultado alguno, lo cual comenzaba a desesperarme, además de causarme algo de estreses, por no saber que deberíamos hacer realmente.

Con la mirada atenta sobre lo que ocurría en el campo de batalla, pude notar como el enano amigo del familiar de la primogénita de Erenimar, se quedaba absorto por unos instantes, a causa de mi cuerpo, que se encontraba encerrado y apresado, entre lianas, flores y espinas. Por suerte su distracción duro poco y decidió que era mejor ayudarme, cosa que agradecí, mientas le observaba con una mirada que iba entre agradecimiento y algo de pena, porque se podía notar en su accionar un trasfondo que definitivamente no iba a progresar.

Los proyectiles de Kaelthas ya habían comenzado sus efectos sobre la madera del durmiente, por sus reacciones era más que claro que no sobreviviría a ello, pero entre todo el ruido que el fuego pudiere causar, entre todo los pensamientos que pudiera llenar mi mente un susurro de la voz del ser ancestral llego a mí, como un soplido que trae significado, el significado de este era la muerte, algo que sinceramente me dejo confundida ¿Por qué un ser como ese desearía morir?

Pero antes de siquiera poder preguntárselo, antes de que nada más sucediera, lo siguiente que pude percibir fueron los agiles movimientos de Lüdrielh, quien aprovechando el estado del Durmiente llego hasta la zona donde podría considerarse estaba el pecho de este y sin ninguna contemplación le atravesó con la espada sin más, al verlo me sentí triste, pues aunque había escuchado de su propia voz sus deseos de morir, el modo no me parecía el apropiado totalmente, pero al menos ahora descansaría en paz o eso esperaba.

Luego de ver al durmiente caer, pensé que todo terminaría, pero ahora quería estar más preparada puesto que corrí rápidamente hacia la tienda donde había estado durmiendo, para sacar mi carcaj y mi arco, para acto seguido volver a toda prisa de regreso al campo de batalla donde encontré a todos subidos al Olmo, así que sin dudarlo también escale, subiendo con la agilidad y gracia de una elfa que había sido entrenada en el bosque de Physis, por lo que apenas me costó.

Al hacerlo, voltee a mirar a mis compañeros de campaña, quienes aún parecían agitados observando el cadáver del durmiente, al voltear me di cuenta del porqué. La espada estaba siendo absorbida por el corazón del durmiente, hasta el punto que desapareció dentro de la madera, algo que aunque extraño comenzaba a darme respuesta del por qué el durmiente quería morir.

Las lianas cercanas tomaron al capitán por sorpresa, tanto quizás como al resto que aún no lográbamos entender bien que estaba sucediendo, solo pudimos ver cómo era sostenido en el aire por estas.

Tan solo unos instantes luego, del cuerpo del durmiente, más específicamente de lo que parecía ser su corazón que se veía algo corrupto, nació una nueva criatura, que estéticamente eran bastante parecido al anterior, pero que definitivamente en la energía que lo rodeaba dejaba claro que era todo lo contrario a su predecesor.

La criatura que ahora era quien portaba la fina espada, hizo aun mayor tensión en las lianas que sostenían al capitán  y lo siguiente fue un corte seco, tan seco y tan firme que el cuerpo del pobre elfo no pudo hacer ninguna resistencia dejando así, ver a todos una decapitación, al más puro estilo de las penas de muerte, que alguna vez era usada, para los peores criminales en Noreth.

Sin más luego la criatura volvió su mirada hacia mí, como haciendo notar que sería sino su mayor objetivo, al menos el primero de ellos, quizás se debia a que era una sacerdotisa, quizá comparte la que una vez fue la conciencia del durmiente e imagina que por al ser yo quien lo identifico, debería tener su prioridad,  por lo que sin más, luego de ver a Fanrad y al lugar teniente Halduron atacar, me uní a su grupo dejando que mis flechas salieran disparadas contra él.

A toda velocidad volaron las flechas, las cuales cortando el aire lograron hacer silbidos en el ambiente, de hecho escuchar ese sonido me dio esperanzas las cuales fueron hechas polvo, como se volvieron polvo aquellas flechas al entrar en contacto con el aura oscura que rodeaba a nuestro ahora enemigo.

Fanrad había dado descripciones a Ithilwen, esperando que esta pudiera identificarlo con los conocimientos escritos en el tomo que poseía, pero había sido todo en vano, lo único que se obtuvo como respuesta es que era una forma falsa, algo que en lo personal no creía en absoluto y de ser así, si no era su forma verdadera, pero podía infringirle todo este poder a ese cuerpo, no quería conocer al verdadero.

Sin saber qué hacer, pero con la certeza de que nos haría falta tiempo, examino todo el lugar donde estamos con la mayor atención posible y logro darme cuenta que hay una pequeña colina que está llena de rocas, que se ven sueltas, lo que me da una idea, por lo que murmuro en un tono suficientemente bajo para que solo me escuche el grupo

-Creare una distracción, allá hay unas rocas que pueden conseguirnos algo de tiempo, espero que sepan utilizarlo-

Disparo al pie de estas rocas, haciéndolas rodar colina abajo en dirección hacia el ser que esta frente a todos, las rocas son de tamaño mediano, pero al venir en una bajada fueron creando un pequeño efecto de avalancha, el cual se vio incrementado aún más, por el hecho de que el resto de los portadores de arco, apoyaron mi idea disparando a mas rocas, creando así una gran distracción que era realmente la utilidad de las rocas,  simplemente hacer que el ente se distrajera, mientras podíamos pensar en algo mas.

Mientras las rocas bajan por la empinada pendiente, Perik asiente con la cabeza, ante mis palabras al tiempo que voltea a mirarme soltando un comentario en un tono que mezcla heroísmo con coqueto

- Solo por conseguirlo tú, te mostrare como utilizamos los enanos el tiempo de modo muy eficaz-

El enano con esfuerzo baja del árbol, se notan palabras de Kaelthas que intenta detenerlo, pero que son ignoradas totalmente y  acto seguido luego de tocar la tierra firme sale corriendo en contra de lo había salido del durmiente, moviendo su hacha con  pericia y potencia como el maestro que es, para lanzar golpes contra las piernas de madera de la criatura. Por desgracia para todos, el hacha rebota, realmente un resultado sorpréndete, mas imaginando que probablemente el hacha del enano hubiera sido forjada obviamente por sus congéneres y estuviera creada en el preciado metal enano.

Se podía notar como Perik se enrabieta por su fallo, mientras masculla enojado, pero aun así con  suficiente recato y algo de sentido común, comienza a retroceder con su hacha en alto, manteniendo la guardia lo suficientemente activa, para poder hacer algun contraataque si es que se presentara como necesario.

La criatura había estado en una sola posición sin moverse, sin inmutarse aun ante todo lo que nosotros habíamos intentando, luego de unos momentos pude entender el por qué, un calor idéntico al que se formó cuando Kaelthas lanzo su hechizo estaba llenando el lugar, imagine que haría también un hechizo de fuego, pero al escuchar las palabras del príncipe, quedo claro que no solo sería un hechizo de fuego, sino que sería el mismo hechizo, hechizo está por demás decir, había sido el causante de los principales daños al durmiente, así que definitivamente no sería algo menor

Me prepare para intentar evitar los proyectiles, que enseguida comenzaron a llover como si de una lluvia de flechas se tratase, aunque fuera una réplica del hechizo se podía notar la clara diferencia de poderes entre el príncipe y este ser de aura corrupta. Esquive tantos como pude, pero debido a la corta maniobrabilidad de estar sobre las ramas de un árbol, un par de ellos lograron alcanzarme, para mi suerte, uno choco directamente contra la armadura, haciendo que esta  se calentara, pero sin más daños que eso.

Para mí mala suerte el segundo proyectil tuvo mayor tino dando directo en el brazo con el que disparaba las flechas, el sentir el ardor me hizo liberar un grito bastante agudo, la sensación era tortuosa, solo lograba hacerme recordar la vez que fui salvado por Selene, cuando la muerte estuvo a punto de llevarme, pero esto era una batalla no había tiempo para lamentarse, tendría que soportarlo.

Respire profundo con la certeza de que no podría disparar más flechas al menos de momento, pero viendo que Kaelthas también habida sido herido una idea comenzaba rondarme la cabeza, así que ahora con la ayuda de un solo brazo, pero valiéndome de la habilidad de mi entrenamiento me dirigí hacia el príncipe, colocando mi mano sana sobre su hombro.

-Quédate cerca de mi Kaelthas, vi cómo te hirieron, puedo hacer un hechizo para sanarnos, solo no te alejes demasiado-

Sin más en que pensar comencé a Rezar en voz alta, estaba preparándome para hacer un hechizo aunque este me tomaría algo de tiempo, pero mientras lo hacía, mi mirada activamente, vigilaba al resto del grupo para ver que sucedía, sobre todo con especial atención en Ithilwen, quien se encontraba bastante separada del resto de nosotros, como ausente de la acción, como abstraída por lo que ocurría, pero no podía culparla, acababa de ver morir a su compañero, alguien que no puedo asegurarlo, pero que probablemente llevaba mucho tiempo conociendo y amaba, además de ser su reino el lugar donde todo esto estaba sucediendo, definitivamente en este momento tener sus responsabilidades y penas sería una carga muy pesada para cualquiera.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Lun Feb 27, 2017 5:16 pm

9.

El olor a carne y putrefacción se sentía a kilómetros. El humo de las hogueras se mezclaba con esa destilación amarga de sangre coagulada. De sus rostros chorreaba. Sangre de caídos, elfos condenados a vagar por los campos del Tártaro como infames almas en pena a merced de alguno de los tres azotes del mundo. ¿Cuál de los tres hijos del Caos tendría la culpa de todo eso? Díficil era asegurarlo: la enfermedad, la locura, la guerra se alzaban como marcas inconfundibles de aquella avalancha de muerte. La tierra quemada, marchita, infértil, solo era testimonio de la gran sombra creciente que se alzaba desde el sur a lo largo de la ladera de la cordillera, cayendo en picada a la Ciénaga como una bandada de cuervos. Ese era el preludio a problemas mucho más serios. Y Él lo sabía.

Con la mirada dubitativa, parado sobre uno de los montículos, observando como sus enemigos lo rodeaban por el este, el oeste y el sur, sólo dejaba una maniobra por hacer: huir al norte, avisar del avance de aquel feroz ejercito a todos los pueblos que quedaran hacia la llanura, y enviar noticias a la Ciudad Blanca, pues con o sin aliados, el mundo debía saber que el Ejército Dorado había caído.

-¿Cuáles son las órdenes, mi señor Eruläeriel?- preguntó su general, Loädus, observando tras sus espaldas como las tinieblas mancillaban el verde de la ciénaga.  

El soberano guardó silencio. Las palabras se le atragantaban entre la garganta y el corazón, furioso por ver a los enemigos a sus anchas sin tener la posibilidad de expulsarlos a patadas, pero aún con la indecisión de acudir a la gran fuerza guardiana que yace bajo el poder de su raza.

-Mi Lord- se escuchó en una voz, lo suficientemente chillona como para alentar del propio nerviosismo que la embargaba: -Mi Rey… si tan solo algo más pudiera defendernos… si… vos..

-Pero cómo osáis, Cónsul Maes, a hacer tal solicitud a nuestro monarca?- le interrumpió el general aireado.

-Dejadlo hablar, Loädus. Estos son tiempos de necesidad y es hora de observar todas las opciones.

-Pero… Mi Lord.

-He hablado, amigo. Ahora, Cónsul, ¿qué plan proponéis?

-Pues… mi Lord y amado Señor, los libros del Sagrario narran los pasos del monarca para obtener la vara de la Alianza, vuestro cayado que es el símbolo de la unidad élfica con el Gran Árbol Madre de todas las razas. Para obtenerlo… debiste haber hecho un trato con… con Él. De seguro al saber que nuestra tierra peligra, vendrá en auxilio de aquellos que le defendieron en épocas de necesidad.

Melkörth Eruläeriel sonrió con cansancio, asintiendo al tiempo que volteaba la mirada a aquel ejército temible, ya reagrupándose para avanzar sobre ellos.

-  Habláis como si Eldharion debiera su existencia a los elfos, Maes, pero no es así. La caída de la oscuridad, el abrir el portal hacia los demonios, fue nuestra obra, el resultado de nuestra propia insensatez. Nuestra falta hacia los dioses. Lidiar con estas fuerzas no es asunto de los Legarium, creados por el Gran Árbol para que nunca viéramos este día. Si algo de decencia y cordura nos queda, ¡jamás le pediríamos al dragón defensor esta tarea! Es nuestra… Sólo nuestra.

-No sólo vuestra.

Al voltear los tres longevos se sorprendieron de lo que vieron: un viejo, de ojos deformes, tan azules como zafiros, con arrugas incluso dentro de ellas mismas, lo que le daba un aire gracioso y aún más envejecido. Un humano que nadie imaginó podría cruzar sus propias defensas y pararse frente al Señor de la Llanura Dorada.

El Rey calló, escrutando aquel rostro de sonrisa afable, mientras los otros dos se estrellaron en discursos por entender cómo había arribado hasta allí un mortal de tal talante.  Pero fue el Rey el que pronto se pronunció sobre los otros dos:

-Hablad. Explicad vuestra presencia, mortal, o con la seguridad que habéis llegado será este vuestro lugar de muerte.

-Mi nombre es Milk… Bueno, sé que no es el mejor nombre de todos, pero es uno que me hace feliz, en lo que cabe a un alma como la mía, tan vieja como calzones reusados y calcetas que son comidas por zapatos- su tono dulce, casi cantarín, daba a entender una vivacidad a prueba de amargura, algo que parecía desesperar al general y el cónsul: -Sin embargo, diréis, ¿qué importancia tiene el nombre de un viejo, un mortal más, cuando aún no dice nada de lo que le han preguntado y la pena por ello es su propia tumba a la postre de horribles criaturas que piden carne y sangre? No, no, no, no soy tan imbécil como para callar… y eso que ya estoy bastante deformado como veréis. Sin embargo, ninguno de vosotros aún me detiene como para que responda a vuestras dudas, lo que muestra de cuan desesperados estáis.

Música:


-Apresadle- espetó con desdén el general: -Y matadle.

El soberano agachó el rostro y volvió la mirada hacia el sur, a la hondonada, donde las feroces sombras empezaban a avanzar hacia ellos una vez más.

-No es sabio- reclamó el viejo, aun sin desdibujar su sonrisa pese a que uno de los elfos, presto y diligente, ya le había torcido el brazo y le sujetaba por la nuca: -No cuando se trata de Thong Khan quién os vino a ayudar, joven Erulaëriel.

Entonces el Rey abrió los ojos de par en par, volteando de repente, apretando con nerviosismo el cayado. Con un ademán brusco del monarca, los soldados soltaron al abuelo mientras el regente en par zancadas quedó frente a frente con el viejo. No podía creerlo… Allí estaba uno de ellos, uno de los… uno… ¿Cómo era posible? ¿Cómo…? Sus lágrimas asomaron luego de cientos de años cuando viera partir a su esposa, pero esta vez era de alegría genuina y gratitud desmedida. Hasta ese momento no se había atrevido a confesarse cuán desesperado y desolado se sentía, con la impotencia clavada entre el alma y las uñas.

El viejo sonrió paternal; a los ojos de quienes estaban allí, les pareció que crecía su sombra, mientras un fuego intenso de verde esmeralda centellaba en sus ojos de cielo. Su brazo en el hombro del soberano reveló su posición entre los Altos Elfos que allí se encontraban.

-Esta tierra no es solo vuestra, Señor de Erínimar. Por ello, todos los que vivieron en otros tiempos y han vivido a lo largo de centurias, los que ganaron y heredaron la tierra, todas las criaturas que aman la vida porque aprendieron a entender, respetar y temer a la muerte, y ven en la corrupción del Caos su enemigo, se alzaran al lado de los Primeros nacidos bajo una bandera y un mandato. He sido el primero en llegar, pero más y más verán hacia arriba, el aro de Luminaris El Grande jamás ha resplandecido como hoy en esta noche menguada, y sabrán que acá es la cita con el destino. Nuestro punto de encuentro- luego, señalando el ejército enemigo que se alzaba sobre la ciénaga alrededor de una pira infernal de fuego demoniaco, sentenció:

-Ese es nuestro derecho, mi Lord Melkörth Eruläeriel, nuestro aliento, y para honrar la muerte, dulce compañera que da sentido a la vida, hemos acudido al llamado de las estrellas… Nosotros, los Sikti Paktim somos los primeros. Nosotros, los hijos de la muerte, los magos ocultos y nigromantes de Pholenduu hemos oído el llamado de auxilio en la llanura, y acá hemos acudido a las puertas del infierno. ¡PORQUE SABED TODOS- y su voz se alzó profunda como el rugido de una bestia, mientras de su sombra emergían las figuras de humanos, antropomorfos y criaturas del desierto, usuarios ancestrales del culto a la Muerte. El viejo escrutó con sus ojos de dragón aquellas almas que habían combatido hasta ese momento, viendo morir amigos, familiares, seres queridos, viejos conocidos, en medio de la sangre y la crueldad de los demonios del Caos: -SABED QUE EL MUNDO TEMBLARÁ UNA VEZ MÁS HASTA SUS CIMIENTOS PUES NO DEJAREMOS DE PELEAR HASTA QUE SEAN EXPULSADAS DE VUELTA A SU TIERRA OSCURA AQUELLAS DEFORMACIONES! ¡LOS DIOSES HAN HABLADO Y EN NUESTRO MUNDO NO HAY CAVIDA PARA MÁS MALDAD!

Y para sorpresa de todos los elfos, el soberano de cabellos cenizos mostró una sonrisa porfiada: la confianza y fuerza de los viejos años retornaba a su tez inmaculada.

-Qué suenen los cuernos: ¡CARGAMOS UNA VEZ MÁS!

--//--

Concentrado, apuntando y lanzando sin dar tregua a la fatiga, Fanrad de pronto quedó estático, clavado en aquella rama como si fuera una estaca incrustada en la madera, temblándole el labio inferior al ver caer la cabeza del capitán dorado, su amigo, su camarada, un familiar más. Torció el rostro hacia un lado, sintiéndose deshonrado, incapaz de ver el desenlace o la confirmación de aquella muerte, apretando el arco con tanta fuerza que los dedos se le tornaron rojos. Le tambaleó el espíritu y al ver caer la cabeza de Lüdrielh Thündell, la decisión abrazó sus ojos claros, haciéndose a dos flechas más.

-Lo pagaréis, escoria. Lo pagaréis- espetó con desprecio al tiempo que se acurrucó, y apuntando al enemigo, gritó: -¡Dama Ithilwen! De madera, ojos chispeantes, piernas largas, dos metros 10, letras de grafía oscura, imposibles de descifrar, pero en muchas de esas palabras se lee el signo de poder. Khrash. Surgió de algo parecido a un capullo...y habla la lengua de los muertos.

Tensó el arco y las saetas salieron expelidas.

Más abajo, unos árboles atrás, la de cabellos azabaches y rostro ennegrecido por la carrera, dejó su báculo en la espalda y extrajo de su mochila el libro más valioso en su colección, el Códice de Nicolson sobre las criaturas del Foso y otras abominaciones. Las manos le temblaban, y aunque no podía ver lo que sucedía tras el follaje, algo le decía que tenía que apresurarse. El recuerdo de la voz agónica de Lüdrielh aún estaba en su mente, indeleble.

-¿Cuernos?- suspiró: -¿Tie....tiene cuernos?

-Dash ka' natk Krash (estúpidas criaturas)-  demandó la abominación que saliera del corazón del durmiente. Sin que nadie pudiera preverlo, la criatura alzó sus manos, creando una cuna para una incipiente llama que empezó a titilar entre sus brazos de madera corruptos. Sonrió perverso hacia la sacerdotisa de la luna, aunque saboreaba con mayor decidía la sorpresa que causaría aquello en el príncipe del palacio Quel’Thalas: su técnica, el ataque de los orbes, estaba siendo copiada por el demonio de las mil caras.

-Ithilwen... rápido... Este desgraciado apenas si ha sido tocado por nuestras armas. Decidnos algo más... ¡YA!- azoró Fanrad, impávido al ver como las flechas se convirtieron en nada ante esa aura amenazante.

-No... No Fanrad... nada. Nada encuentro con esas características, quizás se trate de una ilusión... ¡NO ES SU FORMA REAL!- gritó desde la lejanía ella, con las lágrimas acumuladas en sus ojos. Lüdrielh permanecía callado y ella no podía ver absolutamente nada.

De pronto los hechos se corrieron solos. Brincando de un lado a otro, entre las ramas fuertes de aquellos viejos árboles, la princesa solar empezó a avanzar lenta pero incansable hacia sus compañeros. Frente a la criatura, la dama de Selene, llena de estoicismo y resolución, cargó con todas sus fuerzas contra una montaña de piedras, y junto con la ayuda de Fanrad, una a una, las piedras de la colina fueron cayendo, creciendo en velocidad hasta armar la avalancha, sepultando todo lo que se encontraba en su camino, pero terminando por conducir los restos hacia las orillas del Mhärin. Los orbes de fuego, potencializados por la corrupción de su ejecutante, crecieron como bolas feroces que salieron expelidas en todas las direcciones: el rostro de Fanrad, el brazo de la sacerdotisa de la luna, las barbas de Perik quedaron en llamas, quemando hasta sus raíces. A partir de ese día Perik sería bautizado por los suyos como El Marillo Barbilampiño. Acostumbrado a su elemento, el príncipe hechicero apenas si sintió el roce de los orbes, mucho más potentes y elaborados que su propia técnica, entrenada durante tantos años. Quizás, fue más la sorpresa que el daño, lo que le daría mucho para pensar al joven señor de los elfos de Silvide. Eso sumado al dolor que jamás imaginó vivir: su lugarteniente, elfo fiel y consagrado a la causa de su señor, no salió tan bien librado: las piernas de Halduron recibieron en toda su potencia el abrazo del orbe, consumiéndose entre el metal y el ardor del fuego purgado, la carne de sus piernas.

Música:


Entre las ramas, Ithilwen entonces lo vio: sin ninguna muestra de sufrimiento, con la mirada aun clavada en la nada y una expresión ajena a sí mismo, la cabeza de Lüdrielh, enredados sus cabellos negros entre las ramas, yacía a unos cuantos centímetros antes de caer al suelo.

Quedó paralizada. La mente silenciada apenas podía seguir, casi con morbo, los gestos muertos del elfo que tanto había amado, sin entender en qué momento aquella calamidad había sucedido. Insensible al dolor o la ira, ajena de sí misma y de lo que acababa de suceder para todos, el alma de la imperecedera se hacía a la imaginación, días de alegría y tranquilidad, aquellos momentos íntimos y de ensueño, cuando nada podía impedir que amara a aquel que por ley y corazón iba a ser el amor para ella.  ¿Dónde quedaban las promesas? ¿Dónde los días de futuro en que por fin las espadas se guardarían y la magia solo serviría para alentar los corazones y fortalecer los lazos de cariño? ¿Dónde los días de sol y de ternura?... ¿Dónde?

La mirada de Lüdrielh no veía más y ella sentía que la suya se apagaba de la misma manera que la de él.

Pero la criatura lo observaba todo con una sonrisa de complacencia y cierto desdeño: su poder no era comparable al de las cucarachas. Fanrad, con el rostro aún cubierto en llamas, trataba de apagar el fuego, buscando el refugio de las aguas del Mhärin; Perik y Halduron también se alzaban en gritos de dolor profundo y agónicos. La sacerdotisa de la luna constreñida por el fuego también mostraba signos de daño. Lo había hecho bien, y la criatura, complacida, se regocijaba en su victoria absoluta e incuestionable. Entonces, alzando el rostro al cielo, el demonio pareció inclinar la cabeza como si desde lejos cuernos lejanos le llamaran. Era la hora. La razón por la cual había tomado un cuerpo mortal se materializaba en aquel sonido que le llamaba con los suyos. Miró al príncipe solar y a la elfa de la luna y les dirigió una mirada profunda de absoluto desprecio.

-Kwish kri na’rash (esto aún no acaba).

El mal estaba hecho. Desvaneciéndose en una nube de oscuridad, no quedó rastro de la criatura como tampoco del durmiente, dejando todo el recinto hecho chamizos, lodo y fuego aún abatido. La pequeña compañía estaba a salvo, pero sin caballos -pisoteados por el gran gigante de los bosques en uno de sus movimientos-, sin alimentos y sin medicamentos. El sol despuntaba desde el horizonte con los primeros rayos de la mañana, pero aquello, antes de sentirse el final, apenas tenía el sabor del amargo comienzo.

Entonces, de entre las ramas, una figura asomó. Su rostro vendado sorprendió a Ithilwen, así como su tés grisácea de hombre oscuro. Se agachó con respeto, y con el cuidado que merecía lo que hacía, desenredo la cabeza del capitán. Las lágrimas corrieron por el rostro de la longeva, mientras desde arriba, las lianas parecían moverse por si mismas, soltando el cuerpo inerte del elfo sentenciado.

-Soy Na´le Yusuf Al´Thorak, señora de los solares.

De pronto del norte arribaron al vuelo diferentes criaturas de hermosura notada. Ataviadas con telas protectoras, más no armaduras, los alados, observaron el desastre con cierta congoja y alarma. Uno de ellos, un divium de cabellos tan blancos como la nieve y ojos lila, adelantó el paso entre todos, y alzando las aguas del Mhärin lavó la tierra, apagando los rezagos de fuego que quedaran en ella.

-Llevábamos tres días en vuestra búsqueda, sin embargo, hemos llegado demasiado tarde- compartió con voz profunda aquel humano, dejando la cabeza del elfo a los pies de la doncella. Dio un par de zancadas y de lo alto, cayó el cuerpo del elfo, dejándolo descansar sobre la base del Olmo. -Pero no hay tiempo para el llanto o el dolor: los goblins han subido desde el desierto y como alimañas están saqueando la tierra. Siguen la marca oscura de la cordillera: bajo las ordenes del mal. Un grupo no está muy alejado de acá y, aunque no estáis en condiciones de abandonar rápido, es necesario cruzar el Mhärin y avanzar.

El silencio se hizo pesado entre todos: mientras Halduron batallaba con el dolor de sus propias quemaduras y las manos hábiles de los sanadores diviums, quienes con sus manos cubiertas de agua, repasaban sus heridas, calmándole el dolor pero con el rostro severo, claro en que aquel daño era irreversible; Fanrad era atendido por la misma sacerdotisa y el divium de ojos lila custodiaba las heridas del enano y el príncipe.

Ithilwen entonces reaccionó, y con voz de ultratumba a penas si los alientos le daban para soltar en un hilo:

-No podemos irnos… No sin enterrarle. No sin devolverle a la tierra por la que dio su vida. Por favor, antes de marchar, antes de volver a esta vida, dejadle descansar en paz.

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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Tyrande Whisperwind el Lun Mar 06, 2017 1:28 am

Mientras continuaba mis rezos con la intención de concentrar la energía divina para sanar tanto a Kaelthas como a mí, mi mirada siguió escrutando al grupo, lo que me permitió ver el daño que todos habían recibido, realmente estábamos en aprietos muy serios, por mi mente no pasaba ninguna solución, ni ningún pensamiento positivo, para mi nada en este momento podría ayudarnos y mucho menos ahora luego del poderoso ataque.

Antes de que terminara de canalizar toda la energía para preparar la sanación, el enemigo frente a nosotros hizo un gesto con la cabeza, como si algo mayor lo llamara, como si estuvieran reclamándole en otro lugar, solo escuche nuevamente palabras en aquel lenguaje que me resultaba indescifrable a pesar de todo lo que había estudiado a lo largo de mi vida y acto desapareció, dejando solo una nube negra tras de sí, no pude volver a ver nada que tuviera que ver con el o con el durmiente, mi mente colapso en ese momento imaginando que si alguien tan poderoso obedecía a otro ser, que clase de criatura seria aquella.

Apenas momentos después desde la rama salía un hombre de Tez oscura, llevaba el rostro vendado, pero por lo que hacía parecía algo ornamental netamente, pues sus movimientos eran tan o más fluidos y seguros que los que realizaban muchos que tenían su vista totalmente despejada. El hombre se presentó con respeto ante Ithilwen, por sus palabras pude notar que esta vez seria aliado, además tenía un plan algo que necesitábamos, puesto que no podía decirlo a ciencia cierta, pero imaginaba que todos se sentirían tan perdidos como yo sin saber bien que deberíamos hacer después.

También Diviums acompañaban a aquel hombre, siendo criaturas dignas de admirar en general hubo uno que llamo mi atención en especial y más por lo que hizo, como todo un mago experto movió las aguas del Mhärin usándolas para apagar los vestigios de fuego que había dejado la criatura.

Todo había quedado listo, los recién llegados aliados que ahora nos acompañaban parecían saber lo que debíamos hacer, pero Ithilwen reclamo que antes deberíamos hacerle un entierro a Lüdrielh, tenía razón, luego de lo ocurrido era lo menos que se merecía y todos tienen derecho a ser dejados en manos de los dioses, para que ellos decidan como ha sido su camino en la vida y que recompensa o castigo les espera más allá de la muerte.

Los recién llegados se pusieron en trabajos para construir lo que a mi vista parecía un ataúd, pero que por algunos otros detalles se mezclaba con lo que pensaría que era una balsa.

Al tiempo que ellos trabajan yo me gire hacia Fanrad, en mi opinión el siguiente peor herido luego de Halduron, el cual sinceramente había sufrido un ataque devastador, pero que ya estaba siendo atendido por los Diviums.

Mientras caminaba hacia el elfo que ahora tenía el rostro quemado, el sentir de culpa que me invadía me hacía sentir pesada, mis hombros sentían la presión de que en gran parte lo ocurrido fue por mi culpa. Aun cuando todos combatían yo seguía insistiendo en que era lo incorrecto, en vez de ayudar al grupo del que formaba parte y quizás a causa de eso es que no pudimos encontrar una solución antes o no logramos hacer frente de mejor modo al enemigo que nos causó estos graves daños, si bien no podía decir que era todo por mí, era algo que tenía que aprender… En este punto es donde tenía que recordar que como sacerdotisa, hay una de las tres caras de mi diosa que reclama ese entusiasmo por la batalla y que para ellos necesitaría estar más alerta ante las amenazas.

Estando ya cerca de Fanrad, mi rostro se mostraba claramente apenado, además de muy culpable y consternado, lo único para lo que tuve valor fue para con un tono de voz bajo fue:

- Lo siento, antes te insulte por atacar al durmiente- Respiraría profundo para luego con un tono que claramente deja ver como asume toda la culpa de lo ocurrido - Sino hubiera estado tan centrada en lo que yo creía y en lo que pensaba, hubiera podido haber hecho algo, no nos hubiera pasado esto a todos-  Nuevamente pausaría la voz para volver a repetir en un tono más bajo -Solo... Lo siento-

Luego usando la energía ya canalizada anteriormente con la intención de sanar y canalizando más, impuse mis manos sobre el lado de su rostro que había sufrido daños, no era un contacto directo, pero la distancia era mínima, mientras la energía fluía de mi hacia él, lograba sentir como mi brazo herido cosquilleaba a efectos de la canalización y el poder restaurador de la energía, esto me funcionaria como indicador para imaginar los efectos que igualmente tendría sobre Fanrad.

El rostro del elfo se notaba sufrido, vi como apretando los dientes se mantenía estoico. Conforme las magias que usaba surtían efecto en él, poco a poco su rostro se suavizo, no demasiado, pero era una buena señal sobre los resultados, volteo a mirarme: - Nunca tuve el honor de compartir con alguien como vos, señora de la Luna-  al abrir los labios para hablar debe haber movido los músculos dañados de su cara, por lo que una de las lágrimas le sale de los ojos por el ardor: -Lo lamento- dice, secándose con la mano de manera brusca: -Yo también actué mal, impulsivo. La experiencia me hace temer de todo lo que no conozco, pues este es el tipo de escenarios que trato de evitar... Pero si algo puedo aseguraros, señora de plata, es que esto no ha acabado y lo más importante es aprender de los errores y levantarse más rectos que la lanza para continuar.-

Una sonrisa altiva brota de su rostro deformado, al tiempo que baja la mirada, sintiéndose avergonzado de lo que ya supone le ha pasado en su cara.

Toda mi atención se centró en Fanrad cuando este me hablo, mientras seguia concentrando la mayor cantidad de esfuerzo en apagar la mayor cantidad de dolor posible de la gran quemadura del joven elfo. Al verle liberar una lágrima, un instinto maternal dentro de mí, se encendió rápidamente, haciéndome suspirar y culparme de nuevo por lo ocurrido, pero aún guarde silencio notando que el joven continuaba con sus palabras.

Cuando el joven callo y bajo la mirada, pude notar la actitud de vergüenza en él, quien ahora llevaría en su rostro la marca del encuentro con el durmiente y el ser corrupto que emergió de este. Moví una de mis manos para tomar del mentón al joven, teniendo cuidado  para solo tocar el lado del rostro que está sano, además de levantarlo con sumo cuidado, evitando así lastimarle en la medida de lo posible, cuando nuestras miradas se cruzaron dije con un tono que denotaba protección, ternura y que su función ante todo es alentar, tal cual como si una madre estuviese hablándole a su hijo:

-Pues tenías razón, tu experiencia no te ha fallado y es algo que tendré que aprender de ti, esa necesidad de mantenerme en guardia, sobre todo cuando este en este tipo de asuntos... Ahora tendremos que continuar como tu bien dices, pero te pido que al hacerlo lleves siempre el rostro en alto, no veas esto que ahora te acompaña como un defecto, siéntelo como la marca del héroe de Erenimar en el que estas por convertirte, estoy segura que no importa quien la vea, sabrá la historia detrás y más que criticar admirara con respeto dicha marca, pues es el recuerdo de un encuentro al que muchos siquiera hubieran podido sobrevivir-

Una media sonrisa se dibujó en mi rostro, luchando entre mostrarme animada para acompañar la intención de las palabras, pero también dejando notar que no era un gesto de plena felicidad, sino más bien de motivación, para superar la adversidad -En mi vida, yo si he tenido oportunidad de convivir con muchos elfos... Pero te aseguro que eres único, eres alguien digno y que merece ser recordado... Me alegro a pesar de todo de haber estado en esta expedición, es un Honor haberte conocido Fanrad-

Los ojos claros del elfo se clavaron en los míos, al tiempo que con el ceño fruncido, asentía:  -Ese mismo es mi sentir, sacerdotisa de la Luna. Este ha sido nuestro primer combate juntos en tierra de elfos, espero sea el último, pero si son muchos más los que se avecinan, espero pueda contar con vuestra sabiduría como guía.-

Entonces Fanrad volteo el rostro y una sonrisa amplia se le dibuja al ver, desde la otra esquina, como Perik ha seguido a pies juntillas cada palabra, afilando el hacha y el rostro iracundo.

Reí un poco más animada, puesto que voltee junto con el elfo y el notar la actitud de Perik, me hizo realmente gracia, pero simplemente negando con la cabeza, volvi a mirar a Fanrad, mientras aparte las manos de la herida que trataba con magia para levantarme - Bueno, creo que he terminado y si me volveré más sabia, para poder guiarnos a todos, espero que me tengan paciencia para ello. Ahora eres tu quien deberá ser paciente y sabio, porque por la cara de Perik, seguro te espera una larga conversación-

Luego de levantarme, di un par de pasos para separarme de donde estaba, mientras lo hacía sentí un poco de ardor por el movimiento de mi brazo, no tanto como el que según yo debería haber sentido, esto seguramente se debería a que mientras sanaba a Fanrad  también yo recibí los efectos aunque a priori no me hubiese dando cuenta.


////////////////////////////////////////


Las cosas se hallaron listas para el entierro de Lüdrielh, el cuerpo ya reposaba en la balsa de madera que habían construido, no sabía a ciencia cierta que harían, pero podía imaginarlo, del modo que fuera en mi condición de sacerdotisa, se me hizo necesario decir algunas palabras acordes a la ocasión, por respeto a la memoria del elfo y aún más por apoyar el momento que pasaba Ithilwen.

Camine colocándome de frente a todos los demás, observándolos intentando que mi rostro se viera firme, fuerte, que transmitiera fortaleza, serenidad, sensaciones que en este momento yo misma ansiaba, así que de algún modo el sermón que dirá aunque lo comunicaría en voz alta eran ideas que reflexionaba para mí misma.

Afine mi garganta, para con el tono más solemne que tenía comencé a recitar:

-Gran guerrero, valiente elfo, ha demostrado cómo se puede llegar a dar la vida por una misión, la misión de defender la patria de la que todos formamos parte, la que nos congrega a todos como hermanos, más allá de nuestra raza-

Pause un momento para voltear a mirar a Ithilwen, y note aun su estado de shock  -El abandono muchas cosas hoy, pero nunca sus promesas, murió con la frente en alto, así mismo tenemos que recordarlo nosotros, así debemos mantenernos, para evitar que su sacrificio sea un desperdicio.-

Con tono firme levante la voz, para decir en tono fuerte y firme, cambiando del calmado y arrullador que tenía antes - Hoy duelen y sangran nuestras heridas, pero el tiempo lo cura todo, el mañana nos sanara y con esas cicatrices marcadas, lucharemos con más ferocidad y haremos inolvidable el nombre de este gran luchador que se sacrificó por la causa, el nombre de Lüdrileh será recordado en todo Erenimar-

Terminado el discurso, camine hasta donde estaba Ithilwen, para abrazarla desde un costado, sabiendo que aunque no expresaba nada, por dentro debía tener un torbellino de emociones, mi acercamiento duro solo unos segundos, luego volví a darle su espacio.

Mientras me acomodaba junto al resto, una combinación de Fanrad y Kaelthas se hizo presente, el arquero preparo una de sus flechas, para que el mago de fuego acto seguido la encendiera, luego simplemente salió expedida silbando por el aire en dirección hacia la balsa que había sido puesta en marcha sobre el rio. Segundos después se incendió aquella estructura, para solo en momentos terminar sepultado bajo el agua, desde ahora cada vez que viera este famoso el Mhärin, por mi mente pasaría la remembranza de este hecho y que aquí reposaba un héroe.


////////////////////////////////////////


Luego de alistar mis últimas cosas, al tiempo resto lo hiciera también todos nos pusimos de nuevo en camino, aunque sin saber muy bien a donde nos dirigían cruzamos el rio sin mayores contra tiempo.

Había pasado ya un buen rato de caminata, habíamos dejado atrás los caminos que estábamos usando y ahora nos encontrábamos dentro del bosque, para mi suerte tenía más o menos buen sentido de orientación y podía imaginar en donde estábamos, pero aun así las dudas de a donde iríamos no me abandonaban, por lo que sin pensarlo más empecé a dejar mis dudas al aire: -¿Por qué han venido? ¿Cómo nos encontraron? y ¿Hacia dónde nos dirigimos ahora?-

Aunque mi mirada se centró directamente en el divium de ojos lilas y el hombre del rostro vendado, no por desconfianza, sino más por curiosidad, ya que su llegada fue realmente sorpresiva y aunque nos salvaron la vida me deja muchas inquietudes, cosa que se notó en mi voz, la cual se mantiene tranquila pero demuestra cierta incertidumbre.

El Divium se volteo quedando frente a frente conmigo, por debajo de una capa que utilizaba  para cubrir su rostro pude ver su cabellara de liso perfecto, así como su tés de porcelana. Era bastante más bajo que yo y, aunque podría ir por los aires, avanza a pie, por alguna extraña razón.

-Al templo del norte- contesto con voz profunda: -pero primero debemos alejarnos de los goblins y las demás criaturas que estén subiendo desde la Tierra Muerta, son de corto entendimiento, pero siguen un poder mayor. Con un propósito hasta una abeja es peligrosa.-

Me detuve al ver cómo me encara el ser alado, mi mirada comenzó a buscar su rostro, cosa complicada porque tuve que luchar un poco por la capucha que traía puesta, pero al final logre que las miradas se encontraran directamente.

-Oh si, leí sobre el en un códice escrito por Wasser... Sera un honor conocerlo, debe ser un templo lleno de muchos conocimientos- Luego me quede pensativa por un momento, ya que las palabras antes dichas por el de cabello plateado, me hicieron eco nuevamente, sobre todo la parte en la que menciono "Un poder mayor". - ¿Sabes cuál será ese poder mayor? sinceramente por lo que había visto, imagine que sería solo problemas con demonios, no esperaba que contaran con más aliados y tienes toda la razón en decir que con un objetivo cualquiera es peligroso, pero nosotros también tenemos uno...- En esta última parte mi voz sonó de modo confiado e imponente, la actitud obviamente no era por el de ojos lila, sino más bien por la situación que estaba próxima para todo el grupo.

Una media sonrisa se asoma tras la capucha del divium, y sin parar de seguir el rastro que marcaba el ciego del grupo, explica:

-Wasser... Hace mucho no oía el sobrenombre de mi familia en lengua de un longevo. Pero he de corregiros: el templo no es nuestro, si a eso se refiere, noble dama. Data de los tiempos últimos a la gran guerra y fue la última fortificación del mundo antiguo, dedicada a las tres lunas. De ahí su nombre: Minas Selenitas, Torre de las lunas en lengua común- su voz profunda difícilmente pasaba desapercibida para el resto que iba con nosotros. -Se diría que es un lugar fungido con la sabiduría del pueblo divium, más no es así: nosotros pasamos a ser los cuidadores luego de la gran división del pueblo élfico. Pero en sus inicios, cuando los elfos eran un solo reino, Minas Selenitas era el corazón de la tradición lunar.-

Al dar unos pasos más, y hablar del "mal mayor", el ojos lilas se quedó pensativo y bajando la voz, casi en un murmuro, aclaró, acelerando el paso:

-No he vivido tantos años como para competir con la sabiduría de un longevo, dama lunar, pero algo he aprendido en mis cortos años: si hemos de hablar de los heraldos del Caos es mejor hacerlo sobre suelo sagrado. Las tretas del enemigo son terribles y sus medios impredecibles. Solo algo puedo decirlos: Vuestra misión no es desconocida por nosotros y es por eso que los diviums, guardianes ahora del templo, abriremos una vez más las puertas de Minas Selenitas a extraños.-

Antes de que pudiese volver a responder el Principe Kaelthas llego al lugar donde caminábamos lado a lado el Divium y yo, e inmediatamente soltó un par de preguntas

-Lamento interrumpir vuestra charla, pero ¿Dónde serán llevados los heridos?-Hizo una pausa observando el alrededor para después especificar  - Es decir, ¿Dónde será llevado Hal? No pretenderán que siga luchando directamente en nuestra causa en ese estado- Dijo con voz seca y un poco teñida de dolor.

Antes de que la continuación del divium se hicieran presente me aleje de aquel lugar, realmente si el príncipe quería hablar con él, no tenía nada que hacer allí, además ya le había hecho un buen interrogatorio aunque eso solo me había dejado algunas dudas más, esperaba pronto tener otra oportunidad de volver a seguir hablando  con el más profundamente sobre esos temas.

Momentos después de que me terminara de alejar, aun distraída lo que me hizo girarme de nuevo fue un sonido de algo cayendo contra el suelo, en este caso era Kaelthas, que se había desplomado a los pies de Ithilwen, algo que me hizo negar con la cabeza suspirando, mientras caminaba hacia él, por todo lo ocurrido casi olvidaba que el pobre llevaba ya casi 4 días sin dormir, ahora que lo pensaba bien había más bien aguantado demasiado antes de caer. Definitivamente se hacía urgente el que llegáramos a Minas Selenitas, para que así pudiéramos reorganizar esta campaña, además de atender a todos los involucrados de modo correcto y dejar descansar a los que lo necesitaran.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Lun Mar 06, 2017 4:57 am

Las gigantescas ramas de aquel Olmo se mecían con la intensidad de la situación. El aura mágica, nigromántica y poderosa del antagonista de turno en aquel momento despedía un viento violento impregnado en la más rancia y oscura magia, que chocaba contra las ramas del inmenso árbol.

No había nada seguro en aquel momento, sin embargo había algo que sí cambiaría nuestra manera de ver las cosas para todos. La lunar se movió de su posición dejando una clara vista del daño que había sufrido. Estaba teniendo una lección de humildad sobre el daño que había recibido segundos comparado con las heridas de la sacerdotisa, que tenía el brazo casi por completo calcinado.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca posó su brazo sobre mí, y de inmediato sentí el aura mágica y sagrada. No había duda de que se trataba de una sacerdotisa muy advocada a sus creencias.

Quédate cerca de mi Kaelthas, vi cómo te hirieron, puedo hacer un hechizo para sanarnos, solo no te alejes demasiado.

No encontraba la manera de dar respuesta alguna, puesto que el dolor que significaban las quemaduras mezcladas con el desconocimiento de qué haríamos como siguiente paso aquejaban mi cabeza, lo que inhibía de manera muy eficaz mi razonamiento. De pronto la sacerdotisa dejó de canalizar su espíritu y el aura que había manado desde ella se evaporó, dejando una muy confundida lunar a escasos metros de mí.

Concentré mi vista en lo que ella observaba y escuché como el demonio dijo algo que no entendí ni por asomo, seguramente estaría hablando de fauna y flora… De inmediato el aire dejó de ser pesaroso y el viento que levantaba su aura se esfumó junto con él en una nube negruzca que preferí cubrir de mis ojos con mis manos mientras ardían.

Mis oídos se movieron raudos y pude captar cómo saltaba un humano y quedaba cerca a los pies de la sacerdotisa solar –No de nuevo- Pensé mientras suponía que representaba una nueva amenaza, sin embargo entregó muy delicadamente agachándose una de las partes de Lüdrielh a los pies de Ithilwen con mucho respeto, sólo para después dar unas zancas y atrapar el cuerpo del mismo que caía de las ramas del Olmo.

El hombre era de tez oscura y la parte superior de su cabeza estaba vendada, pero no le impedía ver. De inmediato se me vino a la cabeza la magia ocultista, pues los largos ratos que pasaba en la biblioteca del palacio me lo sugería, pero no podía asegurar nada. Desde los cielos otros seres asomaron, diviums que volaban con majestuosidad.

Siempre que veía un divium me imaginaba cómo serían los elfos con alas, sin embargo estos no eran tan risorios como los otros, de verdad expedían respeto y honor con su majestuosidad de vuelo. El divium que lideraba, o al menos iba a al frente, pasó cerca de las aguas del río y con serena destreza, usando sus poderes, extendió el agua extinguiendo los pequeños focos de incendios dejados por la copia de mi habilidad usada por el demonio.

Entre todo este tiempo había estado obviando algo, creo que por voluntad… Halduron yacía en suelo, con las piernas calcinadas y las piezas de metal aun expidiendo humo sobre sus negruzcas carnes. En su rostro se dibujaba el dolor de cientos de años de entrenamientos tirados a la basura por simplemente un hechizo. Quizás el dolor que sentía o el razonamiento de lo que vendría a continuación durante años hacía que lágrimas corrieran continuamente por sus mejillas.

Ignoré totalmente la fatiga y el cansancio que tenía y bajé del árbol más rápido de lo que me permitía. En una de las ramas tropecé y caí cerca de un metro al suelo, lo que sinceramente no me bastó para detener mi marcha hacia mi mejor amigo, mi hermano… Al llegar junto a él tuve una mezcla de emociones que jamás había experimentado. Mi mente maquinaba más de una acción contra todos. Mi amigo de la infancia estaba herido y muy probablemente era mi culpa.

Mi testarudez en participar en la guerra, la muy maldita responsabilidad de corresponder a un reino amigo, la estúpida incredulidad ante el peligro, la subestimación del enemigo había desencadenado Halduron derrotado en el suelo.

¿Hal? ¿Hal? ¿Hal? –Decía mientras mi mente no podía procesar más y mi boca balbuceaba frases sin sentido e inentendibles.

Tran… Tranquilo príncipe.-Decía con más dolor que voz- Estaré bien.


¿Cómo me pides que me tranquilice? Estás herido por mi culpa. Sólo mi culpa, mi hechizo, mi decisión. Mi responsabilidad.

No te culpes por los actos de alguien más. Era un enemigo más pode… poderoso y lo sabíamos. Habría consecuencias. –Decía mientras luchaba con el dolor y sus palabras se apagaban cada vez más.

Claro que me culpo. ¿No vez cómo estás? ¡Era mi responsabilidad protegerte maldita sea! –Mi voz comenzaba a alzarse.

Sólo no te culpes, Kael. No lo hagas.

Sus palabras y las mías fueron interrumpidas por el aleteo de los demás diviums que venían en nuestra ayuda, que de inmediato comenzaron labores de primeros auxilios básicas.

Me levanté de golpe y empecé a caminar con paso raudo a las orillas del Mhärin, cuando estuve lo suficientemente cerca como para caer, me detuve viendo el horizonte en la dirección que había tomado el demonio causante de todos nuestros pesares. Mis manos se apretaron tanto de la impotencia y la molestia que sentía que mis uñas casi se clavan en las palmas de mis manos. Tenía todos los músculos contraídos por los sentimientos que jamás había tenido.

Entonces emití un grito ahogado a los cuatro vientos como única manera de exteriorizar mi molestia. De pronto fui interrumpido por un nuevo aleteo que perturbó mi mente de inmediato.

¡¿Qué?! –Dije al tiempo que me volteaba y me preparaba para desenvainar a Felo’melorn.

El rostro de asombro y miedo del divium me hizo entrar en sí que me estaba dejando llevar por mis emociones, sin embargo me importaba tanto como morir en aquel momento. El Divium muy cortés se ofreció a sanar o al menos aminorar mis heridas.

Déjame sólo unos momentos, por favor. –Dije luego de suspirar y voltearme nuevamente.

Mis ojos seguían inyectados en furia. Fácilmente podría enfrentarme cara a cara contra el demonio de antes, sin importar que casi con seguridad me borrara del mapa de un chasquido de dedos, pero sentía una molestia tal que en años no había sentido jamás.
Traté de separar mis sentimientos de la razón y encontrar aquel equilibrio que siempre había mostrado. Me internalicé y visualicé por lo que estábamos luchando. La tan bella ciudad de la luz, Erinimar, una fortaleza, un hogar, un pueblo… Al igual que Quel’Thalas. Lo que había pasado era sólo para aprendizaje, para caer y volver a levantarse y saber por dónde caminar para no volver a tropezar. Debía tener eso en mente, pues poco a poco me estaba calmando.

Espera, amigo –Dije volteándome mientras el divium aún continuaba allí- Disculpa por lo de hace rato.Vayamos…  

El divium me llevó y con sus poderes repasó agua y magia por mis heridas y me hizo sentir un alivio tal que casi con seguridad podría asegurar que ya no tenía quemaduras, sin embargo estaban allí.

Halduron también era custodiado y atendido por los diviums que estaban trabajando en pro de su mejoramiento. Mientras eso ocurría, podía observar la cara de alivio y la expresión de gracias en su rostro, además le habían hecho una camilla muy bien confeccionada. Decidí no molestar para no bombardear mi mente con más impulsos que me llevaran a hacer un a locura. Luego de que el divium terminara con mis lesiones, miré y por todos lados estaban haciendo labores de ayudas, la lunar estaba sanando a Fanrad, Perik los miraba como si los fuera a cortar, sin embargo ahora era lampiño. Daba algo de risa verlo de esa manera. Un poco más allá pude notar un libro muy parecido a mi diario.

Me acerqué en dirección al tomo y efectivamente era mi diario que se erigía triunfante entre las llamas y las aguas que habían inundado aquel valle. Me acerqué y lo recogí, seguidamente lo guardé en mi bolsa. Eché un barrido táctico con mi vista y pude notar que la sacerdotisa solar tenía la vista perdida en el firmamento, cerca del olmo.

Me acerqué con un atisbo de timidez y me coloqué a su lado, dejando que el silencio inundara el momento, como creando una atmósfera donde ella se situara cómoda o saliera de ella de inmediato. Imaginar lo que sentía en este preciso instante era casi imposible. Nadie podría siquiera conjeturar lo que estaba pasando. Cuando el tiempo se cumplió y ella ni se inmutó procedí a hablar con voz serena, casi paternal.

Mi padre decía que la pérdida de un ser querido es sólo la transición del alma del plano terrenal al plano celestial –Dije serio, recordando a aquel funesto momento cuando perdí a mi padre, mientras mi vista estaba fijada en el firmamento- Aquel que te amó lo sigue haciendo, incluso después de dar su vida para salvar la nuestra.- Dije volviendo a plano actual.

Caminé un poco más hasta estar a centímetros a su lado, Ithilwen aún estaba en shock, me preguntaba si asimilaba todo lo que había pasado o mejor dicho… Cómo lo hacía. De verdad, me asombraba su dureza.

El capitán Lüdrielh no falleció –Dije finalmente mientras hacía una pausa- Pasó a ocupar su justo lugar entre las leyendas que han poblado esta raza – Realicé otra pausa mientras admiraba por primera vez las quemaduras en mis brazos – Un amanecer siempre es digno de admirar –Finalicé mientras le extendía una mano a la sacerdotisa en forma de apoyo.

La sacerdotisa volteó y nuestras miradas se encontraron-Lo es, mi lord, pues todo en esta vida tiene un amanecer y un atardecer- – Entonces noté un brillo en sus ojos que denotaba una tristeza que no dejaba exteriorizar, pero rápidamente se pasó la manga por ellos y seguidamente me correspondió con su mano y se levantó --pero no os negaré que el de hoy, a pesar de las tristezas, es soberbio.- –Me lanzó una sonrisa, la cual sentí que curó todo mal en mí y por un momento las heridas no ardieron. Acto seguido comenzó a caminar donde estaba el féretro de su amado.

No pude esconder la sonrisa que se me dibujó en el rostro al sentirme de manera especial -Mi padre era el Lord – Dije mientras caminaba a su lado - Yo... Simplemente soy Kael... – Bajé la mirada mientras de nuevo caía en cuenta del motivo por el cuál estábamos en aquel valle -Al atardecer de la vida, ningún resultado es como lo planeamos o siquiera pensamos...  Han ganado una batalla, pero no la guerra. –Dije intentado recomponer su estado de ánimo, pero, ya tenía de nuevo su expresión solemne -De igual manera, un digno héroe merece una digna despedida.

La sacerdotisa asintió lentamente, mientras le daba la última despedida a su querido capitán. Noté rápidamente que necesitaría un momento a solas, así que hice una pequeña reverencia y me alejé lentamente en dirección a los demás, que preparaban la ceremonia.

-----------------------------------------

Momentos después estuvo preparado. El cuerpo del elfo caído se dispuso en una balsa que sería su lecho de descanso final. Todos formamos un semi-circulo el cuál encabezó la sacerdotisa lunar, la cual nos deleitó con algunas palabras que al menos en mí tocaron ciertos sentimientos que casi se exteriorizan. El ferétro-balsa del héroe lo empujaron a las aguas del río y quedó flotando lentamente corriente abajo, poco a poco alejándose de nosotros.

Fanrad, ahora con el rostro menos desfigurado, tomó una de sus flechas y la tensó. De inmediato di un paso adelante y me acerqué a él. En frente de todos los presentes, me tomé el atrevimiento de decir algunas palabras.

Alcé mi mano y la extendía a la altura de mi pecho – Cenizas fuimos y ello nos convertimos. Nuestras acciones definen quienes somos. El capitán Lüdrielh tomó el descanso eterno para que nosotros pudiéramos demorar el nuestro –Dije concentrando lo poco de poder que me quedaba en el cuerpo – Con seguridad ahora se da el lujo de observarnos al lado de los dioses y los astros, con completa libertad de juzgarnos al habernos de una u otra manera salvado- La esencia fluyó y en mi palma se formó una pequeña chispa que crecía de a poco- El heroísmo no es nada si no se hace por una causa justa. – La pequeña chispa era ahora una pequeña bola de fuego que reposaba suspendida en mi mano- El enemigo tocó a nuestra puerta y él respondió alejándolo de nuestra casa, vertiendo su vida en ello – Mi mano se acercó a la punta de la flecha de Fanrad y a penas tocar el metal, se traspasó, dejando encendida la punta- Paz a su alma y honor a sus restos –Dije terminando mi alocución y regresando a mi lugar.

Fanrad con puntería certera lanzó la flecha y esta silbó en el ambiente e impactó en la cubierta de la balsa, lo que aunado a los aceites que le habían agregado facilitó el incendio de la balsa, que terminó en el fondo del río dando por terminada la ceremonia.

-----------------------------------------

Cuando todos estuvimos listos, con las tiendas recogidas y ordenadas lo que quedaban de nuestros suministros, procedimos a pasar nadando el Mharïn. Al entrar en contacto con sus aguas, las quemaduras de mis brazos sintieron aún más alivio. Halduron cruzó por encima siendo llevado por los diviums en la camilla, sin embargo ya no denotaba matices de molestia. Obviamente que le dolía, pero no lo dejaba ver y al menos eso era algo que de verdad me calmaba.

De pronto, viéndolo como viajaban me surgió una duda. ¿A dónde íbamos? O más importante aún ¿Dónde curaríamos a los heridos? Entonces ví hacia la caravana y pude notar la jerarquía y de inmediato visualicé como la elfa lunar interactuaba con el divium de cabellos blancos.

Apresuré el paso y rebasé a todos los que estaban adelante, cuando llegué noté que la conversación de mi objetivo y la lunar dilucidaba hacia donde nos dirigíamos, pero seguía teniendo mi segunda inquietud, por eso decidí interrumpir cuando el divium terminó de hablar para preguntarlo, mientras mi mente ya daba tumbos.

Lamento interrumpir vuestra charla, pero ¿Dónde serán llevados los heridos? – Hice una pequeña pausa para reordenar mis ideas, y siendo el más afectado, especifiqué - Es decir, ¿Dónde será llevado Hal? No pretenderán que siga luchando directamente en nuestra causa en ese estado – Salió con voz seca y tambaleante, como presagio de algo que se avecina.

-No os preocupéis, noble señor- - Respondió el divium cambiando de objetivo visual hacia mí y continuó -  -Todo vamos a Minas Selenitas y esperemos que los dioses sean benévolos y pasemos como sombras ante los enemigos- - Dijo asomando una austera sonrisa.

La idea no me gustaba, ya no sólo por protección a Hal, sino por mera estrategia y protección del grupo. Pasar por las espaldas del enemigo estaba bien, pero no llevando un peso que de una u otra manera los retrasaba, aspiré aire profundo y luego exhalé.

¿Cargarán todo el camino con alguien imposibilitado? –Dije incrédulo y asombrado - Bueno, si esos son los planes no pretendo entrometerme o entorpecer. Hemos de contener esta amenaza antes de que se extienda a todo Noreth y amenace el delicado equilibrio del mundo. – Dije mientras observaba a los ojos del divium y a la lunar que se había marchado- No le quito más tiempo a vuestra charla.

Al diel shala.

Me giré bruscamente y comencé mi marcha en sentido contrario para de nuevo ocupar el lugar al lado de Hal que venía cargando, sin embargo, con cada paso se me hacía más difícil continuar. La cabeza me daba tumbos y me dolía. Todo giraba alrededor de mí con especial velocidad.

Pude avanzar poco más desde el divium hasta que llegué cerca de donde estaba la sacerdotisa solar, sin embargo lo último que vi fue su rostro desdibujado, luego de que todo se tornara negro y en extraña penumbra. Mientras esto ocurría, mi cuerpo cayó desmayado por el esfuerzo que venía haciendo hacía tres días, luego el hechizo, luego la rabia, luego encender la flecha y luego nadar el río. Mi cuerpo no lo resistió más y se esfumó sin dar previo aviso.


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Lun Mar 06, 2017 7:20 pm

10.

Con el desvanecimiento de Lord Kael’Thas y los pasos de nuestros perseguidores decantados sobre el palmar de la tierra, fue claro como la trasparencia de las aguas o la luz de las lunas que no lo lograríamos. Sin embargo, mientras los rostros de todos trasfiguraban angustia, el mío solo contemplaba el desespero ajeno. Mi mente navegaba a la deriva, entre el dolor de la pérdida y el sinsabor de la herida. No habría hombro que me reconfortara cuando las demás luces del mundo se apagaran, tampoco habría una voz que aconsejara como aquella que en tantos viajes e infortunios me aguantara. Los años se me harían largos, emulando las palabras del Rey Aranuir, tan largos que olvidaría el calor de las sonrisas. Y es que, sabiendo que aún me quedaba todo, una nación que proteger, un país que gobernar, yo, Ithilwen Eruläeriel, sentía que lo había perdido todo. Dolía y bien sabía que, aunque el llanto aflorara tarde o temprano, aquello no alivianaría la carga ni me lo devolvería. ¡Nada me lo devolvería! Un ardor sin lágrimas ni sangre, de escozor tan profundo que más parecía traspasar el alma.

Quizás lo que más me aterraba era la imagen aún viva de Lüdrielh cremado según las costumbres paganas, como un salvaje en el propio suelo que lo vio nacer. Su alma no alimentaría la de una secoya de hojas doradas, ni su progenie ayudaría a sostener nuestra raza que ya, persé, languidece con los años muertos. De Lüdrileh Thündell no quedaría nada…

Fue entonces cuando el vendado se adelantó, mientras los demás socorríamos al caído; los diviums aprovecharon la pausa para ejercer una vez más los cuidados sobre el lugarteniente del palacio Quel’Thalas, quien aún resolgaba de dolor. Fue allí, cuando todos estábamos concentrados en el príncipe de Silvide, que un batido de alas nos alertó. No éramos los únicos por aquellos campos. Al alzar al unísono nuestros rostros, la visión fue maravillosa: Luminaris cobijaba con su manto de luz el valle y, sobre éste, desde los cielos, bajando en picada con alas espléndidas de colores plata, unas criaturas tan bellas y esbeltas jamás había visto en este mundo, tocaron tierra, aleteando con fuerza mientras quién las conducía sonría con soberbia: el vendado venido de la Tierra Muerta.

Eran grifos, de picos fuertes, tez orgullosa, fuerza descomunal. Más no eran los convencionales, criados en las llanuras o las estepas, de tonalidades grisáceas o cafés. Estas criaturas eran impolutas, de un blanco tan nítido que abrumaba la vista.



Sin embargo, la sorpresa tuvo que ser sobrepasada con velocidad: mientras el humano de tés grisácea iba repartiendo de a dos o tres jinetes por montura, los demás diviums, encabezados por aquel de cabellos de nieve y ojos lila, empezaron el contrataque contra los merodeadores de las cuevas: goblins del desierto, que habían ascendido por las orillas del Mhärin siguiendo nuestro rastro como si olfatearan el premio cual sabuesos.

El tiempo se hizo corto: teniendo a Perik en la retaguardia y al vendado enfrente mío, fuimos los últimos en despegar de la llanura, siguiendo el camino de Fanrad y Tyrander, custodiando a Lord Kael’Thas y Halduron junto a otros dos diviums sobre el lomo de un tercero. Los demás alados guardaron nuestras espaldas hasta que desaparecimos entre las nubes apenas tocadas por una leve llovizna primaveral.


--//--

Luego de un día de descanso dentro de aquel complejo inmaculado, de mármol perfecto, adornos en oro y plata, revestido de opulencia hasta las cúpulas de sus diversas alas, aquel templo era un homenaje al arte antiguo de los sabios y la mano diestra de la raza de la justicia. A donde quiera que fuera la mirada, los ojos caían sobre rostros impolutos, bien de alas emplumadas, u oscuras y membranosas, con seres perfectos, algo bajos de estatura, hermosamente ataviados. Eran los actuales habitantes de Minas Selenitas, los diviums hechiceros de Nubibus Ferreum, y hogar de su Gran Sacerdote.

La belleza de aquel paraje se complementaba al salir del complejo arquitectónico, un museo de la sabiduría, y contemplar sus jardines, muchos colgantes, de plantas que ascendían desde el mar y escalaban por la piedra hasta llegar al templo, e impulsados por los rayos del sol, se alzaban hasta los jardines, llenándolo todo de verde, esplendor, con fuentes talladas, caminos cristalinos, donde el silencio era parte de la reflexión y la meditación. Un lugar para el conocimiento y la contemplación.

Y es que el templo del agua, viejo bastión de los lunares en la frontera con los polos de Noreth, se encuentra entre el mar, ad portas de las cataratas del Nimbo, ausente de tierra firme por varios kilómetros a la redonda, sólo alcanzable al vuelo, como de hecho había arribado la compañía que viajaba desde el campo de guerra al sur, en la ciénaga.

La historia del templo se esconde en la mente de su regente, hombre misterioso que muy pocos conocen, quien nunca había aparecido. Desde la llegada de los refugiados, los diviums habían ofrecido sus servicios y cuidados a los enfermos, además habían prometido una audiencia con el señor del templo, al tercer día. Sin embargo, entre preguntas que van y vienen, y la información que los mismos diviums otorgaban a los visitantes era escueta, fragmentada, apenas una brizna de los tesoros y secretos que aquellas paredes resguardaban. Gracias a las respuestas de los hechiceros alados, se sabía que aquel lugar estaba tallado desde la misma roca profunda, emergiendo hasta volverse una torre imponente que da homenaje a las tres lunas, un lugar de oración y recogimiento, siguiendo el modelo de las antiguas ordenes de lunares, en los tiempos en que el reino de los elfos era uno solo e indivisible. Contrario a otros tiempos, donde aquel lugar servía de hogar a una de las cuatro líneas de los elfos y sus familias, el templo había sido entregado a los diviums tras la caída del Gran Reino Elfico y su rey. Fue el mismo abuelo de Ithilwen, Oldöril, quien cerrara el pacto con el regente de la poderosa y mítica Nubibus, ciudad que hasta la fecha aparecía en algunos libros históricos, pero nadie sabía dar con su paradero.

Quizás fuera por todos estos cuentos del pasado, susurros de una historia compartida, o porque mucho de lo que allí había no le era ajeno en realidad, la más embelesada era la elfa lunar. Los demás, resguardados en sus habitaciones, curando sus heridas con la ayuda de las manos maestras de los hechiceros de los elementos, rama fuerte entre la raza de los diviums, su dolor fue atenuado, así como la gravedad de sus lesiones.

La primera noche, fue el enano, junto al señor del palacio de Silvide, quienes guardaron el sueño de Halduron, siguiendo de primera mano su evolución. Perik, aturdido por el impacto de mala suerte que había tenido la compañía a lo largo de su viaje, y la extraña sensación de que aquella pausa entre los señores de los cielos se alargaba más de lo debido, tomó la decisión de preguntar a aquellas gentes sobre la existencia de forjas o materiales de herrería. El kazuka fue conducido a las salas subterráneas, ya en los pisos adentrados en el mar, donde el martillo y el yunque le aguardaban. Luego de esa noche, no se volvería a saber del miembro de la Buena Leña, hasta que el sol se ocultó el segundo día y renació para el tercero.

Fanrad e Ithilwen se habían mantenido apartados del resto. Apenas cruzando palabras en las mañanas, ambos primos, cada uno con sus culpas y su remordimiento, aún no tenían la cabeza ni el corazón para preguntarse por el destino de aquella misión que les había sido entregada. El dolor la consumía a ella, y la vergüenza a él. ¿Qué hacer? ¿Qué camino seguir? Ninguno lo tenía claro, sólo que aquel parecía el punto propicio para adivinar sobre el lugar de los otros 3 templos.

Entonces, se llegó el día, el tercero de su estadía, la audiencia con el Gran Sacerdote.

Con el eco de sus pasos al andar, Ithilwen, Fanrad, Kael ‘Thas y Tyrander fueron conducidos por largos pasillos del ala norte hasta una recámara de paredes de cristal, donde la luz que llegaba era defragtada por pisos y pisos de cúpula cristalina, oscureciéndola como aquella que proviniera de las mismas lunas. La vista, tras aquellos ventanales enormes, era esplendida: la fuerza y magnificencia de las cataratas del Nimbo. Todo el lugar irradiaba rayos solares, oscurecido, defragtados en colores, que golpeaban contra diferentes pinturas, dos de ellas de especial interés para dos de los invitados.


Eresser Waldruin, "Wasser", Gran Sacerdote de Nubibus Ferreum

-Sed bienvenidos, hijos del Gran Árbol, soy Eresser Wasser, el Arquitecto, guardián del templo del agua y hogar del protector de Erínimar, Eldharion.

Ithilwen dejó caer su báculo y Fanrad arrugó el ceño profundamente. No era para menos, el nerviosismo se esparció como un ave de mal agüero: al frente, un elfo se apostaba sobre el sillón del regente, de cabellos blancos y ojos lila, casi la copia misma pero mucho más rejuvenecida de aquel divium que les ayudara en los caminos y les trajera allí con vida.

-Sé que son muchas las dudas que tenéis, muchos los temores que os acompañan ahora que estáis ante la presencia no de un divium, como de seguro habéis imaginado, sino de un elfo como vosotros. Sabed, que esta forma- y entonces aquel hombre inmaculado, coronado de luz poderosa y ataviado de blanco como el más pulcro de los seres del mundo, extendió su mano, observándola con extrañeza y dejadez: -no siempre fue la que tuve, pero para ser quién soy en este momento, algunos sacrificios han de ser tomados.

-Sois el heraldo de la Orden de Sumatra- balbuceó Ithilwen. Por alguna razón, la tristeza, el dolor, la decepción o incluso el sinsabor de la pérdida sufrida, había sido remplazada por la sorpresa. -Sois el constructor de Samrat, Tirian Le Rain… vos… vos la historia dice que sois un divium de más de tres siglos.

-Y sin embargo acá estamos por obra y gracia del tiempo, la historia y la magia de este lugar de dios- espetó el elfo con media sonrisa, llevándose la mano a la barbilla: -Sed bienvenidos a mi hogar, hijos de amigos, creadores de la historia, buscadores de los templos de los dioses antiguos. Sé de vuestra empresa y de las dificultades que acarrea, pero los dioses están de vuestro lado si obráis con sabiduría, así como con valor. Sólo la fuerza bruta no trae respuestas, ni tampoco la inteligencia. Preguntad, nobles de esta tierra, que todo acá se os será revelado.
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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Kael'Thas Sunstrider el Dom Mar 12, 2017 5:18 am

La luz bañaba los inmaculados pináculos de las torres del Palacio de Quel’Thalas, dónde los rayos solares actúan como rejuvenecedor en sus habitantes, lo que impulsaba una mañana enérgica y muy cargada de actividad. Lor’Themar se encontraba, como de costumbre, organizando papiros, escritos y cartas sobre su mesa de trabajo cuando la puerta se abre de golpe bruscamente.

¡Ah sucedido algo! –Dice aquel elfo saltándose todo el respeto que conllevaba entrar en la oficina del Regente del Palacio.

¿A qué te refieres? –Preguntó certero Lor’Themar.

¡El príncipe se ha desvanecido en medio de la batalla! –Espetó.

¿Batalla? ¿Qué batalla?

El príncipe defendía a Lord Aethas al lado de los Forestales y los Rangers. El ataque ha sucedido a las afueras de las murallas del palacio.


Rápido, vayamos de inmediato –Dije Lor’Themar mientras tomaba su espada y corría a las afueras de su oficina.

De pronto, la luz comenzó a entrar por mi pupila mientras la claridad me cegaba por momentos hasta que mis ojos se adaptaron a la claridad del entorno. Viajaba a lomos de un hipogrifo en lo alto de los aires. Mientras me reincorporaba, miré hacia abajo y sólo pude ver nuestra sombra a la luz del sol reflejada en las nubes, lo que me causó cierto terror, al ser muy inexperto montando criaturas voladoras, sin embargo la maestría que tenía cabalgando me hizo aferrarme a la idea de que éste fuera uno más, mientras pasábamos el agobiante trecho.

Luego de un par de horas sobrevolando las nubes, se divisó a lo lejos un templo majestuoso e imponente a la vista. Sin duda nos allí era donde nos dirigíamos. El imponente templo, hogar del sacerdote de Nubibus Ferreum. Numerosas cosas se hablaban de ese templo en los manuscritos y tomos que me había devorado en la gran biblioteca del palacio, pero nada me preparaba para la majestuosidad de ver aquel inmenso templo a las diosas lunares de Noreth.

Cuando comenzamos a descender la emoción me ganaba, pero siempre me mantuve al margen de la rectitud. No anhelaba pisar aquel lugar porque fuera un templo a Selene, sino porque al ser un templo a las tres diosas, había mucho material enriquecedor en cuando a la astronomía se trataba. Además por donde se echaba un vistazo sólo se alcanzaba a ver majestuosidad, respeto y solemnidad.

Cuando estuvimos en tierra me sentí un poco desentonado por ser el más alto del grupo en una ciudad donde la mayoría llegaban a mi pecho en tamaño, sin embargo no olvidaba que aquellos seres, al igual que los elfos, devoraban tomos de conocimientos, así que pese a mi altura, me sentía bajo en comparación con algunos habitantes. Una diferencia bastante palpable a las sociedades humanas a las que frecuentaba.

Llegué a una habitación acompañado de Halduron y otros diviums donde descansaríamos hasta llegar el día de la audiencia con el sacerdote de aquel templo mítico. En la habitación entraban con frecuencia diviums sanadores para tratar las heridas del comandante de las fuerzas militares de Quel’Thalas. El primer día no hubo mucho de qué hablar, puesto que los efectos mágicos sanadores y aliviadores mantenían un curioso y prolongado estado de dormitado en Halduron. Sin embargo, el enano que había recibido un daño mayor al orgullo que cualquier hombre no podría resistir. Su raza se enaltecía de sus prominentes barbas y tupidos bigotes, pero a consecuencia de quizás mis actos, ahora daba gracia verlo sin vello en la cara. Sin duda los demás enanos que lo vieran se reirían de él, pero para al menos para mí se había ganado el respeto de mi persona.

Esa noche, a pesar de no tener cansancio físico ni mental, me sentía algo atareado por el estrés de todos los acontecimientos ocurridos en aquel momento al pisar el campamento en la ciénaga del foso. No sabía absolutamente nada acerca de las fuerzas militares que había dejado en aquel lugar, tampoco sabía nada del palacio y mucho menos ellos sabían algo de lo que le había pasado a Halduron. De a poco me cuestionaba el rumbo que habíamos tomado con mis decisiones y ponía en duda si habían sido las correctas. En cierto modo que Halduron estuviera en aquel estado era culpa mía debido a que la técnica que el demonio había utilizado  era una copia más poderosa de mi hechizo.

Saqué mi diario personal y descolgué la pluma que venía en su lomo, lo abrí y releyendo lo último que había escrito pude notar que habían pasado mucho tiempo en el que no había asentado nada y por lo tanto traté de resumir aquella entrada.
Día ?? – Esperando Audiencia con el Sacerdote – Templo de las tres Diosas Lunares, Nubibus Ferreum.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí y ha pasado aún más hechos desde que asenté algo por acá. Tres días duramos viajando en caballo desde el campamento en la ciénaga del foso, cerca de Erinimar, para acampar más adelante a las afueras de la ciudad de la luz. Aún tengo la duda cómo se decidió que debía ser el “el primero” en hacer la guardia nocturna, pero así pasó. Los resultados de aquel campamento fueron catastróficos. [Borrón y tachadura] En medio de la noche apareció un ser gigante al cual, la sacerdotisa lunar con la que viajo, denominó “durmiente”… El supuesto durmiente resultó ser una criatura demoniaca que nos atacó. Mejor dicho, respondió el ataque de uno de los elfos con los que viajo, Fanrad. Al parecer era mucho para nosotros y las consecuencias las pagamos todos. El más afectado y me duele una inmensidad el escribirlo fue Halduron. Recibió el impacto directo de la réplica de uno de mis hechizos y sus piernas fueron calcinadas y gravemente dañadas… [Espacio en blanco por caída de lágrima]
Su estado actual, días después de aquello, es indeterminado… Sospecho que para devolverle su agilidad, o al menos, la movilidad que tenía deberé pagar por la confección de prótesis o exoesqueleto. No me importa gastar hasta la última moneda de cobre doblada para intentar solventar este inconveniente.

No sé absolutamente nada acerca del palacio ni de las fuerzas que dividimos en el campo de batalla en la ciénaga. Espero lo mejor, pero sospecho lo peor. Tampoco tengo idea de a dónde nos lleve esta misión, pero tengo algo muy claro. El daño de Halduron no será en vano y juro por mi padre, El Rey, que acabaré con el arquitecto de esta desgracia. La venganza es un deseo vacío, pero no debe haber misericordia para los culpables. No es venganza, no… Es castigo.

Fin de la Entrada.

Guardé el diario en lo que quedaba de mi bolso de viaje, junto con mis otras cosas y desabotonando mi camisa, me recosté hasta que la oscuridad inundó mi mente y quedé dormido, un sueño reparador de toda la falta que me hacía durante el viaje.
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Me desperté con el sonido de movimiento dentro de la habitación. Le tocaba la revisión diaria de Halduron, que para variar se encontraba consciente. Abotoné mi camisa de nuevo y me levanté para caminar raudo y veloz a su lado. Mientras lo hacía podía escuchar los gemidos de dolor y las quejas involuntarias.

¡Hal! –Dije con voz inyectada en energía.

Príncipe, ¿Cómo está? –Respondió Halduron.

Aquí la verdadera pregunta es ¿Cómo estás tú? ¿Cómo te sientes? No me he apartado de tu lado desde que sufriste el impacto.

Te lo agradezco Kael, sin embargo me siento fatal. Ahora no puedo mover las piernas, quizás a efectos de la magia regenerativa, pero cuando lo puedo hacer duele con la intensidad de mil infiernos. Es un asco, hermano.

Lo imagino, Hal… -Hice una pausa- Yo… Lo… siento –Dije con voz apagada.

No debes sentir nada, Kael. Todos sabíamos que había riesgo cuando pisamos las afueras de nuestra patria. Supongo que es parte de crecer.

No digas eso, Hal. Nadie debe crecer de esa manera.

Pues a mí me ha tocado y no puedes… -Hizo una pausa para contener el dolor- No puedes estancarte en este contratiempo. Estaré bien. Debes avanzar por el bien del Palacio.

¿De qué hablas?

Sé cómo te colocaste con el asunto de Aethas. Te advocaste a la venganza y nada más. No eras tú en ese momento.

Exterminé a todos los enemigos y calciné a su líder. Tuvieron  su merecido.

Kael, no te engañes. Pierdes el control cuando alguno de nosotros –Una nueva pausa- Cuando alguno de nosotros resulta herido.

Sabes que no me gusta verlos sufrir.

Es parte de crecer, príncipe. Vuestro padre lo sabía y siempre se preocupó por ti. Incluso de chico eras muy sobreprotector. No puedes proteger a todos.

Sí puedo.

No puedes –Ahogó un grito de dolor, para voltear a ver al divium que lo estaba aliviando- Con cuidado, amigo. Están dañadas, pero aún sienten –Volvió a ver a Kael’Thas- Mírame… Hiciste todo lo que estuvo a tu alcance y sin embargo, mírame… no puedes proteger a todos.

Giré el rostro, mirando el amplio ventanal y los rayos de luz que lo atravesaban reflectando colores sobre las paredes y el suelo. Había dado en el clavo en un punto muy débil de mi orgullo. Tenía razón.

La razón por la cual te colocas así es porque te culpas de todo lo que les pasa a tus seres queridos. Yo no te culpo. Nadie lo hace. Tú debes aprender a no culparte, cada quien es responsable de sus actos.

¿Estás diciendo que te equivocaste?

Estoy diciendo que si me hubiera quedado en el árbol no fuera acabo así. Pero lo hice y lo acepto.

Un silencio incómodo se produjo en la habitación. Los diviums terminaron su sesión mágica y se comenzaban a retirar de la habitación, dejándonos a Halduron y a mí solos. El ambiente se sentía pesado. Las palabras que me había dicho tenían razón y todas impactaron directamente en mi orgullo. De verdad tenía razón. Decidí cambiar el tema, para alivianar las tensiones.

¿Qué pasará con tu puesto en el Palacio?

No hablemos de eso aún, Kael. Primero debemos estar seguros de lo que pasará acá para luego discutir eso.

¿Qué?

No te engañaré, Kael… Duele y duele aún más saber que muchas de las cosas que hacía antes ya no podré hacerlas. Pero no soy estúpido, soy un guerrero y en los casos como los míos, la mayoría de las veces terminan en amputación.

Debo… Debo despejar mi mente, Hal. Vuelvo luego –Dije con tono entrecortado mientras me dirigía a la puerta.

No te culpes, Príncipe.

Salí de la habitación con un remolino de sentimientos en la cabeza, no sabía con exactitud cómo me sentía en una mezcla de ira con confusión y tristeza. Sin embargo, cuando me sentía así en Quel’Thalas, salía dar un paseo por los jardines y me quedaba admirando la belleza del palacio y de la naturaleza. Una nueva vista de cerca a lo que había observado de llegada seguro despejaría mi mente.

Mientras caminaba me sentía como un turista, como un humano recién llegado en una ciudad élfica. Mi boca en su mayoría del tiempo permaneció entreabierta mientras me movía por los amplios pasillos y salones de aquel hermoso templo. El contraste que hacía los rayos solares con el agua, que reflejaban en las torres más altas del santuario era majestuoso. Los amplios vitrales formaban mosaicos en el suelo al ser atravesados por el sol y los millones de adornos en referencia a los astros lunares eran tan maravillosos que me sentía como si estuviera flotando en algún paraíso.

El tiempo se me hizo nada mientras recorría el templo. Anocheció y casi no me dí cuenta, entonces fue cuando volví a la habitación y luego de algunos pasillos sin salida, llegué por fin a la puerta de la habitación donde estaba alojado. Halduron estaba ya dormido, o al menos eso parecía, así que me preparé y me recosté. El día siguiente sería la audiencia con el sacerdote, el motivo por el cual nos encontrábamos en aquellos hermosos parajes.

Mientras estaba durmiendo plácidamente, algo se me vino a la mente, lo que me hizo despertar y levantar la mitad de mi cuerpo de la cama. Fruncí el ceño y arqueé una ceja mientras mi expresión denotaba confusión - ¿Perik no estaba aquí? –Dije mostrándome extrañado de que el enano no había vuelto a la habitación a dormir y más extrañado aún de por qué se me había venido aquella pregunta a la mente en la mitad de la noche, sin ninguna razón aparente. Sin más me recosté de nuevo y dormí.
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Me desperté a tiempo con el primer rayo de luz que entró por el ventanal. Me atavié con mis vestimentas y me tercié mi espada a la cintura. Caminé en la habitación y comprobé que Halduron estuviera dormido. Cuando estuve seguro, caminé hacia la puerta pero su voz me detuvo.

¿Dónde vas? –Preguntó

Pensé que estabas dormido –Dije devolviéndome.

Soy un Ranger. Dormimos con un ojo abierto y uno cerrado.

Iré a la audiencia con el sacerdote del templo. Es la razón por la cual permanecemos en este lugar.

Pensé que era porque te gustan este tipo de decoraciones.

Aunque es una buena razón no. Mejórate Hal. Vuelvo luego –Dije mientras abandoné la habitación.

Luego de caminar unos minutos y de nuevo, varios pasillos sin salida, me uní al grupo que ya parecía listo para la audiencia. Unos minutos más y empezamos a caminar con dirección al templo central, donde se suponía nos esperaba el Gran Sacerdote del Templo.
Pasamos por un gran pasillo que tenía a los laterales unos vitrales bellísimos que los atravesaba los rayos solares, que daban como resultado la mejor visión de todas. Al otro lado de la pared, colgaban numerosos cuadros de distintas índoles. El grupo ralentizó la marcha, quizás admirando los cuadros. Esa era una de las pocas áreas que no había visitado del templo el día anterior. De pronto, a mi lado, la sacerdotisa lunar reconoció uno de esos cuadros, a lo que se desvió y fue directamente a él.

¿Es mi Opinion o el cuadro parece tener un relieve? –Preguntó la lunar.

Me acerqué hacia el cuadro que estaba observando y divisé un elemento que rompía con la armonía del cuadro, como si fuera agregado tiempo después de pintado y no concordara con los elementos del entorno.

Es... es ¿Una lanza? Parece salir de la pintura. El arma del guerrero parece apuntar a algún lugar. –Dije mientras me volteaba en la dirección que apuntaba.

Pues parece que es este cuadro, es un portal, pero no se me hace nada conocido y tiene una inscripción y un mapa  –Dijo la elfa mientras se volteó y caminó de inmediato.

Sus palabras me hacían eco, sin embargo permanecía incrédulo ante la idea de que siquiera en aquella ciudad-templo estuviera lo que yo tenía en mente. Pero no, allí estaba. Colgando de la pared. El mismo cuadro que colgaba en las paredes de la biblioteca de Quel’Thalas, pero éste tenía una inscripción en élfico y un mapa que se me asemejaba al de la ciudad de la luz. Parecía tener 4 puntos dibujando un patrón y el cuarto punto correspondía a nuestra posición actual.

Mis ojos buscaron en cada patrón fuera del mapa, en el cuadro, buscando alguna otra diferencia en él, mientras en mi rostro se dibujaba una expresión de extrañes y una muy obvia sorpresa por encontrar aquel lienzo en un lugar tan sagrado.

-Primero un cuadro Drow en el palacio… Ahora el mismo cuadro Drow en un templo lunar. ¿Qué relación pueden tener? ¿Será algo relacionado con los portales que mencionaba Ithilwen? –Pensé

¿Tú si lo habías visto antes? o ¿Conoces el portal? –Preguntó la sacerdotisa observándome fijamente.

Lo conozco, sí. Es el cuadro del que hablaba en el campamento a las afueras de Erinimar. Pero... Parece Distinto. No recuerdo esta inscripción. –Respondí rápidamente para pausar mi habla y pensar un poco- Tampoco comprendo cómo puede estar una copia en este lugar, es decir, Específicamente en este lugar.

La lunar asintió a modo de comprensión - Pues este mapa señala las ubicaciones de los templos y no intentes entender las cosas, si algo me he dado cuenta en este viaje, es que casi nada de lo que nos ha pasado parece tener sentido.

Miré fijamente a la sacerdotisa y no pude evitar sonreír y realizar un gesto cariñoso y de comprensión con los ojos y mis cejas - No entiendes, Milady. Este templo es casa de cultura lunar -Dije señalando alrededor- Éste cuadro es... Es de origen drow. No debería estar aquí. –Hice una pausa- Ni aquí ni en Quel'Thalas. Su estancia acá debe ser más que mera casualidad.

Pues no creo que sea una casualidad como tú lo mencionas, pero dudo que podamos encontrarle algún sentido ahora mismo, lo mejor es ir a la audiencia, creo que es la mejor manera de quitarnos las dudas –Dijo mientras comenzó a avanzar en dirección al grupo del cual nos habíamos alejado.

Mientras la elfa se alejaba me quedé observando incrédulo y con algo ya no de extrañes sino de impotencia - Nadie ama su patria porque sea grande, sino porque es suya... –susurré- Sí, lo mejor es ir a la audiencia –Dije comenzando a caminar detrás del grupo.

Es cierto, es nuestra patria y al final, Dorados, Silvanos, Lunares y Drows, todos seguimos siendo elfos. -Dijo la elfa mientras caminaba

Minutos después ya nos encontrábamos en la sala de audiencias, colocados en línea frente al sacerdote del templo. Un elfo aparentemente joven de largos cabellos blancos y ojos lila azulados, de delicadas facciones y con una solemnidad que denotaba poder. Era muy pulcro en todos sus movimientos, incluso daba la impresión de que premeditaba cada movimiento de célula de su cuerpo.

-Sed bienvenidos, hijos del Gran Árbol, soy Eresser Wasser, el Arquitecto, guardián del templo del agua y hogar del protector de Erínimar, Eldharion.

La sacerdotisa solar dejó caer de pronto su báculo y este rebotó con mucho eco en el suelo. Volteé hacia Fanrad para al menos dilucidar en su pariente ¿Por qué Ithilwen había hecho tal cosa? Peor lo que miré fue un gesto similar a la cara de Ithilwen de recelo y desconfianza. De inmediato me sentí nervioso, no sabía qué estaba pasando.

-Sé que son muchas las dudas que tenéis, muchos los temores que os acompañan ahora que estáis ante la presencia no de un divium, como de seguro habéis imaginado, sino de un elfo como vosotros. Sabed, que esta forma no siempre fue la que tuve, pero para ser quién soy en este momento, algunos sacrificios han de ser tomados.

La sacerdotisa solar entonces lo proclamó como el creador de la Orden de Sumatra. Según los libros que había leído en el palacio, estos fueron las bestias que decidieron acabar con los dragones algún tiempo atrás, originando como resultado el resquebrajo de la alta sociedad elfa, dividendo las clases. Pero entonces al final de su intervención lo llamó Divium. ¿Acaso estábamos en presencia de una alteración de la visión?

-Sed bienvenidos a mi hogar, hijos de amigos, creadores de la historia, buscadores de los templos de los dioses antiguos. Sé de vuestra empresa y de las dificultades que acarrea, pero los dioses están de vuestro lado si obráis con sabiduría, así como con valor. Sólo la fuerza bruta no trae respuestas, ni tampoco la inteligencia. Preguntad, nobles de esta tierra, que todo acá se os será revelado.

Entonces la ronda de preguntas comenzó. La mayoría bombardeó al sacerdote con preguntas, especialmente la sacerdotisa lunar, mientras yo permanecía en silencia y en la misma posición en la que había entrado, con un matiz de extrañes y recelo hacia lo que estaba sucediendo.

La lunar preguntó entonces acerca de la Orden de Sumatra y su relación con el Templo de Nubibus Ferreum y luego realizó otra pregunta relacionada con los portales élficos que tanto buscábamos.

El sacerdote de manera muy solemne le contestó de manera muy peculiar, haciendo una breve reseña de lo que se le estaba preguntando, que sinceramente entendí muy poco. Pero hubo algo que sí presté atención y fue a la diversificación de las clases élficas, así que era mi oportunidad para aprovechar y preguntarle acerca de aquel cuadro en el palacio. ¿El por qué de su existencia? Y el por qué nadie sabía nada acerca de él. Sin embargo, la de cabellos marrones interrumpió y le preguntó su verdadera identidad.

El sacerdote se identificó como Eresser Waldruin, Maestro del agua que ayudó a restaurar la paz en las fronteras de la ciudad de la luz cuando el último dragón cayó. Además reveló su cercanía y hermandad con el Rey de Erinimar, el padre de Ithilwen. También resaltó que el único mortal que había pisado las tierras del foso y vivido era él. Entonces no perdí más tiempo y realicé mi pregunta.

Mis respetos, Lord Waldruin –Dije dando un paso adelante y realizando una reverencia simple con la cabeza - Soy Kael'Thas Caminante Del Sol, Príncipe del palacio de Quel'Thalas, de la familia Caminante Del Sol que protege y reside los bosques de Silvide. –Recobré mi postura - Usted dice que el cuarto templo fue custodiado por los oscuros, por lo tanto no me queda claro algo. –Hice una pausa para repasar lo que tenía en mente, tal vez estaba confundido- ¿Qué hace información Drow en una casa solar? El palacio ha albergado mucha información en materia erudita sobre diversos temas en sus amplios salones de biblioteca, pero ¿No debería estar ese tipo de informaciones con sus protectores?

Además – Hice una pausa mientras observaba mis manos - Mi naturaleza mágica no corresponde con vuestra explicación. ¿Me podría iluminar el conocimiento?

-Es un placer tener al noble descendiente de Anasteriam en Minas Selenitas, Lord del palacio Quel’Thalas. Hasta acá han llegado las noticias de Silvide y Physis como las de los pasos de los caminantes del sol. Sólo lamentaré que esta no sea la hora más afortunada para nuestro encuentro- Meneó la cabeza a un lado y al otro, como mirando más allá de los cuerpos que están ante él y completó -afuera el tiempo vuela para los mortales y acá apenas si podemos llenar la curiosidad de vuestras cabezas. Las vuestras, caminante del Sol, me temo no podré resolverlas más allá de lanzar ciertas conjeturas, dudas que creo alimentan vuestra curiosidad por el pasado.  Sin embargo, la verdad yace a vuestros pies solo para que descubráis el camino por ti mismo, a fin de cuenta sois un caminante, uno que ha de encontrar su historia, su propio destino y su sendero de vida.

Había tocado ciertos puntos clave en aquella respuesta que no respondía mis preguntas, sin embargo sí que tenía razón cuando decía lo de las dudas del pasado. Era un hecho que ninguna familia, de la raza que fuera, estaba totalmente limpia de su trayectoria por el mundo. Absolutamente todas tenían que tener una mancha o algo que ocultar en su historia y ese era el problema de mi familia, que nunca había encontrado algo malo que hubieran hecho. Sin embargo la relación de aquel cuadro Drow podría ser el punto de inflexión de aquella historia, pero era algo que, lastimosamente no podría dilucidar en aquel momento.

Hice una reverencia ante el sacerdote a modo de respuesta sin mediar palabra alguna y me devolví en silencio hasta mi puesto, cuando la elfa lunar decidió seguir preguntando. Esta vez sobre numerosas cosas. Sobre la orden de Sumatra y su papel en el exterminio y no exterminio de los Legarium. Sobre el padre de Ithilwen y su rol del guardián de un dragón y su decisión de no pedir ayuda al mismo. Y finalmente preguntó algo que sí me interesaba, su experiencia en el foso.

El elfo aspiró hondo y con mucha seguridad respondió que no aseguraba del todo que la orden se detuviera en el exterminio de los dragones, y que el tiempo sólo ayudaba a volver confusa la historia. Explicó también que los dragones no deben inmiscuirse en una batalla librada por aquellos que los quisieron exterminar.

Luego respondió aquello a lo que le presté especial atención. Habló sobre las condiciones hostiles del foso y que las razas mortales no pueden sobrevivir en ella. La única manera de tener acceso a ese plano es a través de los portales creados de los tres dioses del caos y sellados por los elfos. Sin embargo no quiso responder lo más importante de la pregunta. ¿Cómo volver? Supongo que lo tendríamos que averiguar nosotros luego de estar allí. Si es que lo lográbamos.

Luego de la larga y atenuando conversación cada quien se despidió y presentó sus respetos y comenzamos a caminar hacia una plataforma próxima a la sala de conferencias, sin embargo en el camino Perik me llamó a parte. El enano seguía pareciéndome gracioso, pero por la seriedad de su cara lampiña, debía corresponderle.

Alto señor. Necesito un favor –Dijo Perik

Claro, amigo. ¿Qué deseas? –Respondí amablemente.

Deme su arma.

¿Qué? Eso, en otras culturas significa rápidamente la muerte del interlocutor. ¿Lo sabes?

Disculpe –Dijo riendo- Es que para la travesía que nos aguarda nos hará falta toda la ayuda que podamos conseguir… Y tengo un par de cosas que podrían ayudar.

Ni loco le daría a Felo’melorn, la espada familiar, a alguien que no llevara el apellido. Sin embargo tenía razón en aquello que decía y seguía sintiéndome culpable de que sintiera frío cada vez que una brisa chocara con su rostro, ahora sin la protección de su barba, entonces decidí acceder con una condición.

Te la prestaré –Dije descolgando la espada envainada- Sólo con una condición. Cuida esa espada como tu vida, amiguito. Sino … -Hice una pausa- Puedes imaginarlo, pues no hay manera de decirlo bonito. –Dije entregándole la espada - Y sé cuantos diamantes y piedras preciosas tiene -Dije alejándome

Luego me reuní con todos en la plataforma. La vista, a pesar de que en kilómetros y kilómetros lo que se apreciaba era sólo el mar, era bellísima y se podía apreciar el aire que se producía debido al cambio de presión en las temperaturas. De pronto se me vino a la cabeza que estaba en el templo Nubibus Ferreum, aquel cuya ubicación sólo conocían unos pocos. Me sentía afortunado.

Amigos… Este es el final del principio de todo. Nuestra contienda será larga y espero dé frutos.


Selama Ashal'anore


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Kael'Thas Sunstrider

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