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Cuentos de Noreth
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Nemo patriam quia magna est amat

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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Tyrande Whisperwind el Lun Mar 13, 2017 12:25 am

Luego de un rato de nuestra caminata, no demasiado realmente, un sonido que se me hizo familiar y traslado mi mente de nuevo a la entrada del foso se hizo presente, eran grifos, como aquellos que vi nada más llegar al campamento donde todo este viaje había comenzado.

Mientras bajaban en nuestra dirección pude apreciar su belleza, eran blancos, se veían imponentes, fuertes, realmente criaturas sobresalientes en todo aspecto. Una vez estuvieron frente a nosotros tuve que detener mis observaciones para acatar las órdenes de montar sobre los grifos, como lo dijera el hombre que llevaba el rostro vendado.

Apenas y algunos de los seres alados habían comenzado a retomar el vuelo, cuando goblins del desierto comenzaron a aparecer dentro de  la visión del grupo. Al notar como los diviums que se mantenían en peso por su propia capacidad de volar y algunos otros ya sobre los grifos preparaban sus ataques, mi ímpetu me llevo a preparar mi arco también, acción que me obligo a morderme el labio para soportar un poco el dolor de la quemadura, pero definitivamente más podía en este momento ese sentimiento de remordimiento de la batalla anterior donde no había participado. Sin meditarlo siquiera y aun con el dolor latente, comencé a disparar flechas una tras otra, apuntando a puntos clave de los cuerpos enclenques de aquellas criaturas para asegurarme que por cada flecha que disparase, hubiese un muerto, mantuve dicho asedio, hasta que el ultimo grifo dejo el suelo.

Durante el tiempo que duro aquel viaje en dirección al templo de Minas Selenitas, solo pude auto-regañarme por aquel acto impulsivo de sacar el arco para matar goblins, aquella riña sobre mí mismo no era por el hecho de asesinar, nada tenía que ver con eso, era mi el brazo, ahora el dolor que sentía por haber usado un musculo en condiciones tan malas, me estaba pasando factura y solo me provocaba darme algunas cachetadas para hacerme entrar en razón, tendría que aprender a encontrar un punto medio entre saber cuándo ser agresiva para reaccionar  y cuando tendría que mantener la guardia en alto, pero de modo cauteloso, sino todo comenzaría a descontrolarse en mi forma de actuar.

Al fin termino el viaje que nos llevó por encima de las nubes, habíamos llegado por fin a Minas Selenitas, un gran complejo estructural rodeado totalmente de agua, nada más verlo podía notarse lo bien trabajado de cada detalle de la parte exterior, algo que solo guiaba mi mente a querer conocer lo que podría estar dentro. Por otro lado me parecía increíble el hecho de que hubiese esa cantidad de agua en Nubibus Ferreum, definitivamente tener la oportunidad de conocer un lugar tan recóndito y con un acceso tan restringido era algo maravilloso.

Estando dentro del templo podía reconocer todos y cada uno de los símbolos de mi Diosa que estaban representados, tanto por las paredes, como en las puertas, ventanas, en los techos y en el piso, realmente era algo reconfortante sentir que todo en este lugar estaba asociado con Selene, eso me hacía sentir relajada y como en casa. Aunque quería explorar todo, decidí que lo primordial seria buscar ayuda con los sanadores diviums, sus capacidades para los primeros auxilios, además de su magia restauradora serian de gran utilidad para mi brazo, esto más algo de descanso obviamente.

No sabía bien cuanto tiempo había durado el viaje hasta aquel lugar, pero al menos para mí anocheció pronto, así que el primer día de estadía había pasado sin pena ni gloria, solo curaciones sobre mi herida y algo de convivencia con los diviums, al menos había podido aprender algunas cosas básicas sobre primeros auxilios, un tema que comenzaba a interesarme y que por lo visto podría serme bastante útil, mas considerando mi labor como sacerdotisa.

Cuando mi cuerpo reclamo descanso, solo me dirigí a la habitación que me había sido asignada, recorrer los pasillos era un placer, me transportaba a aquellas épocas donde, solo siendo una joven elfa, iba por el mundo absorbiendo conocimientos, fijando mi atención en todo para aprender lo más posible y me recordaba que aun con mi edad actual podía seguir viendo cosas que me maravillaran, por ser desconocidas o simplemente por ser dignas de admirar.

Una vez dentro de la habitación, acomode mis cosas restantes, sin darles demasiada atención, para finalmente dejar caer mi cuerpo sobre la cama dispuesta para mí. Me costó apenas quedarme dormida, parecía que aun tenia cansancio acumulado del viaje anterior a la acampada, era eso o los sentimientos que llevaba dentro habían hecho tantos estragos en mi mente, que había terminado con cansancio mental debido a esto.


-//-


Nació un nuevo día, mis ojos se abrieron lentamente mientras volvía de a poco en conciencia, no sabía bien que debería hacer, se suponía que debíamos esperar la audiencia con el Gran Sacerdote del templo, pero no nos habían dicho cuando seria o si lo dijeron al menos a mí no me había llegado aquella información. Me revolví en la cama, como luchando conmigo misma y un poco con la pereza que había invadido mi cuerpo, al final gane la lucha, por lo que levantándome me coloque mi investidura de sacerdotisa, además todos los añadidos correspondientes, definitivamente para los habitantes del lugar sería sorprendente verme así, con símbolos que están enmarcados por todo el templo.

Había tomado la determinación de que aprovecharía cada momento estando en este lugar, definitivamente si podía aprender algo más lo haría, por lo que mientras recorría uno de los pasillos decidí preguntar a uno de los guardias si el templo contaba con una biblioteca o algo parecido, su respuesta fue afirmativa, pero además me comento que si me servía de ayuda existía un grupo de sabios estudiosos del templo, se comentaba que entre los miembros del grupo conocían la información recopilada en todos esos libros e incluso llegaba  mencionarse que sabían más. Fue fácil tomar la decisión, definitivamente prefería ir con el grupo de sabios, si realmente sabían tanto, en mi opinión sería más divertido y más fácil aprender de alguien que puede explicarte los temas.

Cuando llegue a donde estaban los sabios se mostraron algo recelosos, pero al parecer mi investidura término convenciéndolos de que no tenían nada de qué preocuparse, al menos no conmigo. Mi día paso junto a ellos estudiando astronomía, el más básico de los temas según ellos, el como la luna afecta a las corrientes en las mazas de agua, al parecer en este simple hecho se podía apreciar la influencia divina de la voluntad de la Diosa a la que sirvo, algo definitivamente a lo que quizás no le había prestado la suficiente atención, quizás por lo mismo es que aún no lograba entender todos los designios que me eran encomendados o mejor dicho, no lograba entender su por qué. Además había podido aprender algunas palabras sueltas en Divium, sorprendentemente no era tan diferente del elfico, ahora su idioma estaba en mi lista de cosas por aprender.

El día se me pasó en aquel salón rodeada de voces sabias, llenas de paciencia y calma, definitivamente los admiraba por soportarme, sabía que podía llegar a ponerme algo insoportable cuando entraba en los círculos infinitos de preguntas, que se van encadenando sin parar y que pareciera que nunca van a llegar a su fin. Se hizo tarde sin que yo siquiera lo notara y me dijeron que era momento de que me retirara, por lo que con tristeza acepte su palabras, para retirarme, pero no sin antes agradecerles todo lo que me habían enseñado, dejándoles en claro el honor que había sido para mí.

Cuando regresaba a mi habitación, uno de los guardias me detuvo justo a un par de metros de la entrada, lo habían enviado para que me diera el mensaje de que mañana seria la audiencia. Se retiró luego de darme el mensaje junto a la dirección dentro del templo de donde seria, aunque también remarco que nos buscarían a todos para llevarnos juntos ante El.

Cerré la puerta con delicadeza cuando estuve dentro, mientras voltee a mirar mi bolso, se veía sucio y polvoriento, manchado de cenizas, pero por suerte para mi intacto al menos por el exterior, lo que definitivamente me animaba a pensar a que todo dentro del estaría en buen estado. Al revisarlo pude constatar que efectivamente así era, por lo que un suspiro de alivio salió de mis labios, de inmediato comencé a rebuscar entre mis cosas en busca de mi “diario”, lo libere del bolso sonriendo mientras lo lleve conmigo al tiempo que me recostaba en la cama.

Cada uno de mis dedos se posó, sobre los 5 cristales que reposaban en la tapa del diarios, al tiempo que dejaba que mi esencia fuera en dirección de la mano que estaba en contacto con las gemas, de a poco una a una las piedras preciosas se fueron iluminando de su color, para finalmente todas apagarse al mismo tiempo. Abrí el diario, rebuscando en sus literalmente infinitas páginas, que aún no entendía que clase de magia usaron las selenitas para lograr este interesante efecto, pero mientras divagaba encontré por fin la página de mis memorias que estaba buscando.

Buscando entre la información que atesora la orden de las selenitas encontré un códice, dicen que es bastante antiguo y que no se tiene idea de cuando pudo haber sido escrito, solo que se sabe que fue escrito por alguien que se apellida Wasser.

Entre la información relevante del códice se habla de un templo dedicado a Selene, una estructura que reposaba al norte sobre las nubes de Noreth, un lugar a que casi de modo exclusivo tienen acceso los Diviums, aunque la estructura fue construida por y para los elfos, más específicamente en su rama lunar y para la Deidad que los identifica como lo es Selene, la diosa de las tres caras, la cual representa a las tres lunas que se turnan para reposar sobre el cielo nocturno de Noreth

Cerré el diario, mientras lo dejaba a un lado de la cama, mis parpados también se cerraron, para quedarme meditando,  refrescar esta información me parecía algo necesario para la audiencia de mañana, puesto que no sabíamos que temas se podrían tocar y deseaba estar preparada. Entre la paz que me daba el meditar sobre mis recuerdos, la comodidad de la cama y la ansiedad de que llegara la hora del estar reunidos frente al Gran Sacerdote, me quede dormida profundamente.

Esta vez fui yo quien le gano la carrera al amanecer, antes de que siquiera el sol comenzara a salir de su escondite, yo ya me había puesto de pie, arreglado mis cosas, guardando el diario nuevamente, asegurándome de estar acordemente vestida y que cada detalle de mi investidura estuviese perfecto para mantenerme a la altura.

Llego la hora y tocaron a mi puerta, uno de los guardias fue a buscarme, como imagino que hicieron con el resto de mis compañeros. Mientras caminábamos pude verlos nuevamente a todos o mejor dicho a casi todos, no podía vislumbrar ni a Perik, ni a Halduron, uno por razones obvias no podía estar aquí, el otro no tenía ni idea de dónde podía estar. Que estuviéramos reunidos de nuevo hizo renacer en mi ese sentimiento de culpa y responsabilidad por los hechos, que este par de días no ignorándolos, pero sí sin verlos tan seguido me había permitido calmar, pero es algo que tendría que aprender a sobrellevar y a olvidar por mí misma, hay simplemente cosas que deben pasar lo queramos o no.

Un buen rato paso caminando, que los pasillos fueran tan largos, era algo que justo en este momento perdía importancia y belleza, ante la ansiedad definitivamente no quería observar nada, solo quería llegar a nuestro destino, aunque por la estructura me vi obligada a fijarme en los cuadros que rellenaban el pasillo y menos mal, puesto que uno de inmediato llamo mi atención al sobresalir del resto para mí.

Fui en su dirección y Kaelthas decidió venir conmigo, realmente no me importaba, de hecho luego de examinarlo lo agradecí puesto que veía algo que me parecía incongruente.

-¿Es mi Opinion o el cuadro parece tener un relieve? – Le pregunte mientras volteaba a mirarlo a él un momento, antes de regresar mi atención al cuadro, confirmando que este cuadro era la misma visión que me fuera mostrada luego de mis rezos en el campamento.-

Al parecer él también lo había notado, puesto que su respuesta confirmo mis sospechas además de agregar algo nuevo -Es... es ¿Una lanza? Parece salir de la pintura. El arma del guerrero parece apuntar a algún lugar.-

Ambos giramos en la dirección que señalaba la lanza, pero con paso presto y algo de afán, llegue antes que él, para encontrarme ahora con un nuevo cuadro, pero del que en esta oportunidad nada sabía. -¿-Pues parece que es este cuadro, es un portal, pero no se me hace nada conocido y tiene una inscripción y un mapa-

-¿Tú si lo habías visto antes? o ¿Conoces el portal? –  Deje esta pregunta al aire para él, para cortar el silencio en el que ambos habíamos quedado, luego de que le comentara sobre el mapa, realmente por su actitud podía casi asegurar que esta imagen era algo que ya habría visto antes.

-Lo conozco, sí. Es el cuadro del que hablaba en el campamento a las afueras de Erinimar. Pero... Parece Distinto. No recuerdo esta inscripción.–  Su respuesta esta vez fue más rápida, dejando un silencio de por medio solo completar luego -Tampoco comprendo cómo puede estar una copia en este lugar, es decir, Específicamente en este lugar.-

Luego de escuchar su respuesta, simplemente le respondí de regreso, mientras meditaba sobre la “coincidencia”, podía entenderlo con total claridad, puesto que lo mismo me había sucedido con el cuadro de mi visión, que fuera una réplica casi exacta de esa imagen, definitivamente no podría ser mero azar -¿-Pues este mapa señala las ubicaciones de los templos y no intentes entender las cosas, si algo me he dado cuenta en este viaje, es que casi nada de lo que nos ha pasado parece tener sentido.-

Kaelthas se quedó observando y con un par de gestos cariñosos, además de caballerosos continuo con su explicación -- No entiendes, Milady. Este templo es casa de cultura lunar -  Hizo una señal para que me fijara en nuestro entorno -- Éste cuadro es... Es de origen drow. No debería estar aquí.-  Hizo una pausa -- Ni aquí ni en Quel'Thalas. Su estancia acá debe ser más que mera casualidad.-

Entendía por su respuesta, que su confusión provenía de según lo que el mismo había comentado, esta imagen de este portal, está relacionada con los Drows, los que son considerados la división “malvada” de los elfos, que estuviera en un templo construido en honor a una diosa, realmente era raro. Definitivamente tenía un buen punto

-¿-Pues no creo que sea una casualidad como tú lo mencionas, pero dudo que podamos encontrarle algún sentido ahora mismo, lo mejor es ir a la audiencia, creo que es la mejor manera de quitarnos las dudas-   volví a retomar mi marcha en la dirección que nos habían indicado que nos esperaban, mientras mis agudos elfos logran escuchar un muy leve murmullo liberado por el príncipe --Nadie ama su patria porque sea grande, sino porque es suya...- Luego del murmuro confirmo en voz alta para todos -- Sí, lo mejor es ir a la audiencia

Aun sabiendo que ese podía ser perfectamente el fin de la conversación, sabía que sino le respondía, ese murmuro estaría torturando mi mente un buen rato, asi que simplemente solté Es cierto, es nuestra patria y al final, Dorados, Silvanos, Lunares y Drows, todos seguimos siendo elfos.- Mientras mis pasos siguieron sin detenerse, quedando por fin en total silencio.


-//-


Finalmente llegamos ante el Gran Sacerdote de Nubibus Ferreum, al verlo me quede impactada, pero totalmente en silencio.

-Sed bienvenidos, hijos del Gran Árbol, soy Eresser Wasser, el Arquitecto, guardián del templo del agua y hogar del protector de Erínimar, Eldharion.

Lo siguiente que pude apreciar fue un fuerte sonido, era el báculo de Ithilwen que golpeaba el suelo, algo que me hizo girarme quitando mi atención del reluciente Sacerdote, que parecía casi brillar por si mismo, para notar las expresiones un poco a la defensiva tanto de la primogénita de Erenimar, como la de su compañero de sangre. Su actitud me hizo parecía muy extraña,  realmente no lo entendía quizás a causa de mi ignorancia sobre algunos temas, pero esperaba pronto poder saber el motivo.

-Sé que son muchas las dudas que tenéis, muchos los temores que os acompañan ahora que estáis ante la presencia no de un divium, como de seguro habéis imaginado, sino de un elfo como vosotros. Sabed, que esta forma-  y entonces aquel hombre inmaculado, coronado de luz poderosa y ataviado de blanco como el más pulcro de los seres del mundo, extendió su mano, observándola con extrañeza y dejadez: -no siempre fue la que tuve, pero para ser quién soy en este momento, algunos sacrificios han de ser tomados.-

Ithilwen, soltó de la nada con tono muy entre cortado información sobre la Orden de Sumatra, además de enlistar cosas en las que el Sacerdote había participado, algo que me dejo incrédula pues aun sabiendo que nuestra raza llega a vivir tantos años, los hechos que mencionaba databan de bastante antigüedad incluso algunos más de lo que cualquier registro sobre el elfo más anciano que haya existido.

-Y sin embargo acá estamos por obra y gracia del tiempo, la historia y la magia de este lugar de dios-  espetó el elfo con media sonrisa, llevándose la mano a la barbilla: -Sed bienvenidos a mi hogar, hijos de amigos, creadores de la historia, buscadores de los templos de los dioses antiguos. Sé de vuestra empresa y de las dificultades que acarrea, pero los dioses están de vuestro lado si obráis con sabiduría, así como con valor. Sólo la fuerza bruta no trae respuestas, ni tampoco la inteligencia. Preguntad, nobles de esta tierra, que todo acá se os será revelado.-

Luego de que se nos diera la libertad de palabra, podía sentir como la emoción comenzaba a fluir por mi cuerpo, recordando entonces todo lo que alguna vez había leído en el códice escrito por este mismo ser que ahora teníamos frente a nosotros, agradecía haber repasado anoche, aunque fuese solo un poco parte de la información que contenía.

Luego de que mis hormonas se calmaran un poco, permitiéndole a mi cerebro organizar ideas, volvieron de nuevo a mí las dudas -¿Orden de Sumatra? ¿Qué tiene que ver esa orden con este templo?- Esta duda había surgido por lo comentado con Ithiwen, realmente había sido más una pregunta impulsiva que algo que me inquietara en exceso.

Acto seguido, recordando que mis palabras habían salido sin nada de cortesía, me sonroje, mientras voltee a mirarlo para decirle ahora con un tono bastante más calmado - Ante nada, es un honor estar frente alguien como usted, he leído gran parte de su códice, es un ser muy sabio y agradezco los designios divinos que hicieron que ese escrito terminara en manos de mi orden y también los misterios que han hecho que terminemos aquí frente a usted...

Ahora bien mis dudas son muchas y se expanden en muchos sentidos, pero  lo primero que siento que debo preguntar es ¿Si los templos son puertas elficas, por que no las conocemos? es decir son tratadas como leyendas, al menos a mí me regocija mucho saber que hay una construcción dedicada a la rama lunar de los elfos, ya que siempre he sentido que somos la parte minoritaria y más olvidada de la raza-


La respuesta del Sacerdote Wasser no se hizo esperar y mi atención estaba clavada sobre él, nada en este momento podía hacer que me fijara en algo más

-La Orden tiene todo que ver, cuando de la raza élfica se habla-  espeto el Gran Sacerdote, para luego completar -Los elfos decaen, pues esa es la naturaleza de las cosas. Mientras que los demás seres del mundo poseen una predisposición especial para la procreación, los elfos centran su vida en la contemplación y la preservación, dos valores escuetos en este mundo moderno. Pero eso no quiere decir que el pasado élfico sea tan nimio como el número de progenie que pisa hoy la tierra: los elfos esculpieron el mundo del Gran Árbol a su imagen. Fueron los amos de los dragones, aprendieron de ellos las artes máximas, y por muchos siglos cumplieron la tarea de vigías de los dioses. Y es que, en un mundo donde habita luz, también hay oscuridad. Los templos se erigieron en los tiempos en que los elfos eran una sola raza poderosa, orgullosa de su propia maestría. Diestros en el uso de los cuatro elementos, dedicaron cada uno a una de las artes madres, dedicándolo así a cada una de las deidades antiguas: el agua, elemento controlado por las lunas, a Morderkaiser, el dios de las pasiones y la voluntad, guardado por los lunares y su orden de selenitas; el viento, disperso, volátil, tormentoso o apacible, el hogar del gran ojo del mundo, el sol, fue destinado a Luminaris, el Grande, y guardado por los solares, sus hijos predilectos; la tierra, hogar de lo viviente, profundamente arraigada a la vida y a la muerte, ese es Elhías, el guerrero, cuyos modos de vida nómades siguen los silvanos; y finalmente, el fuego, caótico y purificador, es la representación del Caos, dios poderoso entre todo cuando aún no había creado a sus hijos demoniacos. El cuarto templo fue por muchos años el hogar de los oscuros, la fuerza militar del Reino de los Elfos. Estos cuatro lugares, portales antiguos a mundos desconocidos más allá del tiempo o el espacio, fueron el corazón del poder elfico en Noreth.-

-El tiempo es cruel con los seres por quienes atraviesa y consume, pues fuera quizás esa soberbia, o el influjo de la naciente Orden de Sumatra, la querella contra los Legarium no sólo daría como resultado la apertura del foso, hoy una calamidad que azota esta tierra, sino la animadversión de los 4 pilares elementales. Los mitos crean leyendas, y la verdad se disipa entre ellas, joven lunar, es por eso que acá estamos discutiendo ficción y realidad a la luz de los hechos que marcaron los pasos de nuestros antepasados. La desgracia cayó sobre todos y la vergüenza, especialmente, sobre los imperecederos al aniquilar a traición los frutos inocentes del Gran Árbol.-

-¿Quién sois en realidad?-  susurró Ithilwen, realmente que volviera a preguntarle me sorprendió, más aun cuando ya este se había presentado, era como no podía confiar en él y yo seguía sin entenderla.

El elfo de cabellera blanquecina río cantarín, mientras replicaba nuevamente, enfocándose ahora en la primogénita de Erenimar:

-Soy Eresser Waldruin, llamado Wasser por tu abuelo como una muestra de nuestra cercanía en tiempos caóticos. Éramos los maestros del agua, y mis hombres ayudaron a restaurar las fronteras de la llanura dorada cuando el último de los legariums calló bajo la espada de los templarios de Sumatra. Así que... sí, elfa, en un tiempo fui divium, hasta que mi familia auxilió al campeón de los Legarium: Eldharion y a su guardián, el joven Melkörth. Estudié el foso y quizás sea por eso que me miráis con esa cara de reproche: si algún mortal ha pisado aquel lugar maldito y ha vivido para contarlo, ese soy yo.-

Toda la información relatada por el Sacerdote, pasaba como una tempestad, una lluvia incesante que bombardeaba mi entendimiento, realmente era  todo sumamente complicado, la orden de Sumatra exterminando a los Legarium, una antigua leyenda de dragones que en su momento escuche también; la división de los elfos a causa de esta misma masacre, la cual además también es la responsable de que el foso se esté abriendo, eso añadido a que el Rey era el guardián de uno de los Legarium, esos antiguos seres tan poderosos, lo que me hacía cuestionarme de nuevo.

Ahora fue Kaelthas quien aprovecho su momento para intervenir, preguntando sobre su origen y como se relacionaba con lo que nos acababan de mencionar sobre el orden de los templos y su unión a cada facción elfica. Viéndolo nuevamente, no me había parado a meditar ese punto, pero era algo que a mí no me parecía tan importante, para mi suerte o desgracia Wasser no pudo responder aquellas inquietudes, lo que me hizo olvidar aquellos cuestionamientos, aunque probablemente sería algo que me haría eco luego.

Me rasca la cabeza levemente con una de las manos, mientras intenta armar algo con sentido para mí misma, pero al tiempo seguí soltando unas cuantas preguntas más en consecuencia de lo que le respondieron con anterioridad -Si la orden de Sumatra comenzó un extermino contra los Legarium ¿Que los detuvo?-

Respire profundamente y girando a mirar a Ithilwen, como culpándola de no haber comentado esa información con el resto del grupo --Ademas si Lord Melkörth es guardián de un Legarium ¿Porque no pedirle ayuda en un momento de tanto apremio? no se puede interponer el orgullo ante la necesidad de tu pueblo y más allá de eso, del mundo, puesto que si esto se vuelve más intenso todos se verán afectados.-

Volviendo mi vista a Wasser, alce una ceja mientras con incredulidad repeti lo dicho por el mismo -Sobrevivir al Foso ¿Cómo lo hiciste? ¿Qué peligros hay ahí? ¿Que nos puede esperar a nosotros en nuestra campaña? además... ¿Qué tan seguro es el uso de los portales dentro de estos templos?, se supone que se conectan unos con otros y por lo que se es el único modo que tenemos para llegar a donde lo necesitamos-

Entonces, el elfo de ojos lilas y pelo blanco volvió a mirarme nuevamente. Un silencio largo y pronunciado se generó ante mis preguntas, apenas interrumpido por el respirar suave y lánguido del divium que aguardaba al lado del Gran Sacerdote:

-Yo jamás diría que se han detenido, como tampoco diría que fue la orden quién comenzó la masacre. Es una guerra vieja, tan antigua como el mundo mismo, joven selenita, y lo que sucede con el tiempo es que llena de polvo todo lo que toca, una neblina confusa que crea formas erróneas para cualquier incauto, ocultando así la realidad. Algún día los hechos serán claros para los ojos de quienes quieran ver…-

-Pero algo puedo apuntar acerca de vuestras dudas: la querella contra los demonios es y será sólo una contienda entre las raíces del árbol y el dios del Caos. Los dragones, sus frutos, jamás levantarán su mano contra el cuarto de los dioses, quien en defensa de los legarium castigó a las raíces por sus pecados. El foso es un lugar más allá del control de los mortales, sólo alcanzable a través de los portales creados por los tres hijos del Caos. Sin embargo, no os engañéis: las razas no pueden vivir en el foso. Su ambiente hostil y naturaleza depravada hace que todo lo vivo perezca en esta tierra.  Por ello, en tiempos remotos, luego de la aparición del foso, fueron los elfos quienes trazaron los caminos, instauraron las primeras trampas y las bases para tratar con lo maligno, todo con el fin de rastrear los portales y sellarlos en el nombre de los dioses. Yo, tiempo después, seguí ese camino, joven sacerdotisa, los pasos que ahora vosotros recorréis, y el cómo volví de aquel lugar de oscuridad es parte de una historia que no merece ser conocida, por ahora. Con el tiempo vosotros daréis cuenta que el destino, hermano y traicionero, no es más que una obra dirigida por el universo de los astros y la mano de los dioses.-

Asentí con la cabeza, mientras miraba al elfo de cabellos blancos y ojos lila, al tiempo que este explica y libera todo esa información. Aun había quedado con dudas, pero la parte que este menciono sobre que el tiempo volaba, me hizo recordar algo que alguna vez leyera en el códice, decía que dentro de este templo el tiempo se volvía relativo, más lento, significando que fuera el tiempo pasaba incalculablemente mas rápido, lo que dentro eran días, fuera podían ser años, así que definitivamente era el triste momento de finalizar esta enriquecedora conversación.

-Muchísimas gracias por sus palabras sabio maestro, espero poder verle en otra oportunidad y nutrirme de sus saberes-  Estaba a punto de retirarme, justo cuando el resto lo hacía, pero me vino a la mente nuevamente la imagen de aquel mapa con la inscripción, lo que me hizo acercarme más a él, de modo quizás muy osado, pero que para mí era necesario. -–Antes vi un mapa con una inscripción, quería saber si...- Antes siquiera de que pudiera terminar, como adivinando mis siguientes palabras, me tendió un frasco, finamente decorado con ébano, al revisarlo dentro había una réplica exacta y fiel de aquel mapa, nuevamente asentí con la cabeza haciendo una reverencia de agradecimiento, mientras una enorme sonrisa se posaba en mis labios y sin más, hice un ademan de despedida para salir casi al trote, alcanzando de nuevo al resto de mis compañeros.


-//-


Intentaba alcanzar al resto, cuando Perik me detuvo, podía notarle en el rostro una expresión bastante feliz en el rostro mientras me observaba, quizás algo perdida, podía sentir claramente que era un obvio gesto de enamoramiento, algo que no me gustaba demasiado, no por racismo ni nada de lo que pudiera pensarse por primera impresión, sino por motivos de mis gustos personales.

Olvidando esos detalles, regrese en mí cuando me solicito mi arco -Ey, Tyrande ¿podrías facilitarme tu arco?, lo necesito para trabajar sobre el-

Sus palabras me dejaron sumamente confundida, no pretendía negárselo, pero no lo tenía conmigo justo en ese momento. -Justo ahora no lo tengo conmigo, como podrás apreciar, pero si gustas podemos ir a mi habitación para buscarlo-

El rostro del enano se ilumine cuando nombre la palabra “habitación”, aunque definitivamente lo que pudiese estar pasando por su mente, estaba muy lejos de ser realidad, simplemente negué para mí, mientras mis pasos comenzaron la marcha en dirección a donde reposaban mis pertenencias. Una vez estuvimos fuera, le hice una seña para que me esperara justo en el lugar donde estaba, no me fiaba del todo, de sus intenciones; con los movimientos más agiles y gráciles que pude hacer, entre tome el arco en mis manos y salí entregándoselo, haciendo todo casi en un solo movimiento, para darle apenas tiempo de reacción. -Ahí tienes Perik, te lo encargo, espero que vuelva en las mismas condiciones en las que te lo estoy entregando-

El rostro de Perik se animó nuevamente, llenando el ambiente con una jocosa risa de su parte, al tiempo en que unas palabras salieron de su boca en un claro tono de flirteo -Mis manos son mágicas Lady, todo lo que toco solo puede terminar mejor-

Asentí ante sus palabras y sin darle más tiempo, simplemente le hice un gesto de agradecimiento, para comenzar a caminar con paso presto en la dirección donde había dejado al resto del grupo. Pude notar como Perik tomo su camino y en un momento me sentí sola de nuevo hasta que llegue donde estaba el resto en una plataforma, mientras llegaba escuche palabras de ánimo de Kaelthas, que intentaban presagiar a medias lo que nos podría esperar, lo que me hizo sonreír, una sonrisa de esperanza, la esperanza de que todo saldría bien para nosotros.

-Definitivamente dará frutos… Seremos héroes, no por ambiciones personales, lo seremos porque nuestra patria así lo reclama. Es nuestro tiempo de luchar… De luchar y vencer-


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Re: Nemo patriam quia magna est amat

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Lun Mar 13, 2017 9:20 pm

11.

Prólogo a un inicio

-¿Quién es?

-Un maestro kazuka, hechicero Ilostra.

-¿Qué hace ése en mis forjas? ¿Acaso no estuvo claro que todo en esta zona de la mazmorra está bajo mi vigía? Mi Señor Wasser ha expresado su deseo de que nada suceda sin mi consentimiento, más aún en mis propios dominios.

-Lo siento mucho, maestro, pero la orden vino del mismo Gran Sacerdote. Los visitantes pueden trabajar o disponer de todo lo necesario mientras su cuidado esté bajo las paredes de este templo y el enano, desde que llegó, sólo ha molestado con las forjas…

Los diviums, de alas membranosas y miradas penetrantes se observaron lánguidos. El más alto de ambos con elegancia, tomó sus trajes y los envolvió alrededor de su cuello, mientras con atención seguía los movimientos enérgicos del enano. Nunca había observado de cerca el talento de los hijos de la roca. Siempre metidos en sus madrigueras sólo ellos podían conocer la tierra hasta tener un dominio tan magistral sobre lo que de ella brota. El acero se amoldaba a su voluntad, ni hablar de las gemas. Sin embargo, no era eso lo que más sorprendía al hechicero Ilostra. Era el mecanismo que el hábil kazuka parecía confeccionar.

Entonces sus ojos dieron con otros extraños. Eran penetrantes, sino inquisitivos, de una dureza que todo lo podía consumir, pero al mismo tiempo una nobleza intrínseca a su raza. Un elfo, desde el otro lado de la forja, también avistaba los pasos del enano.

-Y, ¿ese?...- inquirió dubitativo el hechicero a su aprendiz: -¿Ese quién es?

-Ese es el lugarteniente del palacio Quel’Thalas, mi Lord Ilostra: es Halduron de Silvide.

-Yo creo- gritó Perik mientras martillaba con fuerza el metal que amoldaba: -Creo que ya casi lo tengo, al menos en su primer bosquejo, orejitas.

-¿Podrías tratar de darme un nombre mejor, enano?- refutó Halduron con voz recia y algo de fastidio: -Empieza a ser exasperante el nuevo mote con el que te mofas de mí… ¿qué me espera luego? ¿Acaso me llamarás “piecitos”?

El elfo, sentado en un gran sillón, apenas cubierto por una manta en sus piernas, pero a torso desnudo, se alzó la bata, dejando ver las quemaduras y magulladuras que el fuego había consumido. No volvería a caminar, eso estaba claro, pero él ya había hecho las paces con lo que ello traería para el resto de su vida. Cuando saliera de aquella habitación su señor, presentaría su retiro y se aventuraría nuevamente en los caminos, buscando llegar al palacio, a su tierra y a su hogar. Sin embargo, aquella reunión ya llevaba más de un mes, y nadie había salido de la gran sala del Sacerdote… por lo tanto, el tiempo era ahora su mayor posibilidad para sanar las heridas de una batalla que lo había hecho perder todo.

-Piecitos...- repitió el enano, entornillando varias partes a la pieza metálica construida: -Yo diría mejor “pies de adamantio”, si es que aún se te da la gana de levantar el culo de esa silla, orejitas.

El enano rio y con gracia, levantó la manta del elfo. Se podría decir que todo en la anatomía de los hombres está dicho, pero por el gesto burlón del kazuka los diviums no pudieron evitar un escape de risa:

-Anda, orejitas, si eso no se levanta… ¡ni se te ocurra culpar al fuego! ¡Es que no tiene de dónde!

-//-

Musica:


-Traedlo ante mi presencia.

Con las manos amputadas y el rostro hinchado de dolor, constreñidas sus costillas, su tórax resquebrajado, con síntomas de gangrena en las puntas de los pies -producto de la insalubridad del lugar donde había estado cautivo-, con hematomas y moretones en todo su rostro por los golpes recibidos durante la tortura, el Cónsul Maés, alto elfo oriundo de la ciénaga de Thürk, siglos atrás conocido como Arnuthon d’Mileneath, daba por fin la cara ante el soberano del antiguo reino de Erinimar, Melkörth Eruläeriel. Como cerdo en matadero, el antiguo noble de los pueblos de la ciénaga, de cabellos oscuros, ennegrecidos por el cautiverio y la suciedad, y la mirada ojerosa, aunque aún mezquina y soberbia, antes una figura estatal para los suyos y ahora un traidor más en la historia de la corona, se enfrentaba al juicio por sus acciones y homicidios.

No era para menos. La carnicería producida años atrás, cuando a las puertas de la cordillera, bajo los humos y fuegos emanados del foso mismo, cripta insana gobernada por el Caos mismo, desveló la amenaza incipiente de un ejército de no-muertos que asolaba las laderas extendiendo su enfermedad de terror y caos hasta entrados los bosques resguardados por los silvanos. Todo ello había sido orquestado por el viejo sabio, pero ni una palabra se reportó a la Ciudad Blanca. Muchas villas cayeron por aquellos tiempos, y en consecuencia por la tardía respuesta, varias ciudades de solares, entre ellas Ölldring y Sälienth, faros protectores de las fronteras con StorGronne y el foso, cayeron perdiéndose para siempre, así como el hogar y la tierra para las gentes del sur. Niños, mujeres y sabios perecieron por la imprudencia del acusado, al no atestiguar a tiempo la invasión. También, cuando ya el peligro fue avistado, cayó el ejército dorado, la orden selenita y los caballeros del castillo Quel’Thalas, apenas sobreviviendo un puñado que, en franca retirada, resguardada por los Sikti Paktim, alcanzaron el borde oeste y desde allí lograron emprender el camino a casa. Al final, producto de este silencio sepulcral, una conspiración en contra del reino de la luz, los solares que acompañaron al soberano fueron incapaces de contener la fuerza poderosa con la que los Señores del Caos habían golpeado la tierra de Erínimar.

Sin embargo, esos no eran todos los cargos amputados al Alto Consejero Real, amigo familiar de los Erulaëriel y Cónsul del Sur. Por medio de la tortura, el elfo había confesado su contacto con los voceros de los demonios, hijos de Yiggionath, y bajo la promesa de un lugar ponderado dentro del nuevo orden que se instauraría con la llegada de las legiones demoniacas, utilizó sus influencias y mentiras para traer de Tirien Le Rain a la Cardenal Nirisia No’da Nak, líder de la Orden de Sumatra, junto con sus caballeros del temple.

Sabido era por todos que la Orden y los Siktis viven en eterno conflicto, algo que desde la llegada de la cardenal despertó la prevención de los longevos. Bandos contrarios se encontraron en el campo de batalla para luchar junto a los elfos contra los invasores: Siktis y templarios de Sumatra como nunca habían peleado… y fue aquello lo que garantizó la victoria de los demonios sobre todos.

La Orden traicionó la tregua contraída con la secta de la Muerte y en un magistral movimiento auspiciado por el elfo traidor, los caballeros del temple atraparon y dieron muerte inmediata a los sectistas, quemándolos vivos, bañando con sangre de aliados la tierra de Erinimar. La avanzada de no-muertos calló entonces sobre los elfos, ahora solos contra un enemigo poderoso, quedando aplastados en el fuego cruzado de traiciones y rencillas.

50 años habían pasado como ave de mal agüero, lentos y decadentes para la raza imperecedera, que al ver sus tierras mancilladas, tuvo que exiliarse y pedir asilo en Dhuneden, donde el rey Aranuir de Ram Rillë les acogió en hermandad. Al final, dando el tiempo el golpe de la torna, los humanos habían seguido su naturaleza deceptiva:  la sagrada orden partió hacia Ujesh-Varsha, dejando de lado las promesas y alianzas con los elfos; de Thorg Khan y los suyos, los pocos que no fueron atrapados por las garras de la cardenal, jamás volvieron a aparecer en la llanura dorada; por su parte, los elfos de la antigua Erínimar una vez más se vieron solos y sin hogar, siguiendo paso a paso,  con pena y necesidad, el avance inevitable de una enfermedad conocida, con valor combatida, pero al final irreversible, amenazando aún en estos días con tomarse el mundo.

-¿Cómo os declaráis por todos estos cargos y pecados?- gritó ante el tribunal el juez que presidía aquel proceso.

-Inocente- contestó el elfo entre chillidos ahogados, temblándole los pies. El olor nauseabundo le delató, haciendo que los guardias cercanos a él voltearan el rostro de asco al sentir el aroma brotar entre sus piernas. El abucheo de toda la cámara de ilustres se hizo oír más allá de las paredes del recinto por la desvergüenza del reo.

-Pero, ante este tribunal habíais confesado todos estos crímenes- sentenció el juez iracundo.

-Yo… Lo siento, Mi Señor… Yoooo… Nooo YO NO QUIERO… NO FUE LO PROMETIDO… NOOUU…Mi Señor… no fallaré de nuevo… otra… otra oportun…-

Ante la mirada atónita de todos, el prisionero sumido en contorsiones de dolor, parecía cambiar de voz entre vez y vez, mientras de su piel exudaba una brea tan oscura como el petróleo, lacerándole la carne, martirizándolo poco a poco. Fue allí cuando Aranuir mismo, señor de Ram Rillë, se puso en pie y levantando sus manos hacia el acusado invocó un exorcismo. La magia del rey era potente, pero el influjo de las fuerzas del caos ya habían hecho lo suyo. El hechizo rebotó en medio de un colosal estruendo, dejando a la cámara de Altos Señores atontada y a algunos tantos con golpes o ensordecidos. Solo el prisionero seguía en pie, hecho un ovillo de pura oscuridad sin dejar una pisca de rastro de su piel antes blanquecina. De entre aquella mezcolanza una cara surgió, hostil, brutal,  con una sonrisa sarcástica que apenas podía esconder el enojo que por dentro le invadía.

-No son todos los cargos- se pronunció con ironía, apagándose de repente las luces de aquella sala: -Maté a un bello elfo de camino a este lugar y… casi mato a tu hija, rey de tontos- La mirada de Melkörth se cruzó con aquella despiadada y así supo él por qué no había recibido noticias en 50 años de aquella expedición que había enviado al norte… Su hija, su única familia, ¿qué había pasado con Ithilwen? La entidad se regodeó con la duda que planteaba en la mente del elfo, casi adivinando las preguntas y la culpa que nacía en ese corazón mortal, sin embargo, ello no lo detuvo para aprovechar el atontamiento de la audiencia y continuar su sentencia: -Una nueva era nace para todos vosotros, siervos de mi señor, una época en la que vuestras almas dejarán de ser vuestras, pues ese es el mensaje del Dios de todo, et in seculae in saecolorum ¡AMEN!

Y entre risas enloquecedoras, tan estremecedoras como ningún mortal hubiera escuchado, el cuerpo del Cónsul reapareció de la brea hecho huesos.

--//--

Musica:


Con la mirada clavada en el infinito, un mar abierto que les invitaba a embeberse de una paz jamás imaginada, la comitiva que saliera de la Ciénaga de Thürk en medio de la guerra y en busca de los sagrados templos de los elfos, observaba con asombro y total contemplación el panorama que se presentaba ante ellos. El mundo, ausente de bondad o maldad, se mostraba con toda la fuerza y pureza de su ser: imponente y magnánimo. Las ondas del mar invitaban a entregarse a ese vaivén del mar, dejando que la mente se perdiera en caminos sin retorno, fuentes de tranquilidad inconmensurable; el cielo, tan azul como el mismo líquido que bordeaba las aguas, hacía que el horizonte se perdiera, sin que ninguno pudiera atinar el límite entre el océano y la bóveda celeste. La luz del sol cobijaba con su abrazo el nuevo día, casi dejando a la duda si algún día oscurecería o si quiera la noche caería.  Su poder parecía eterno.

Entonces, sin poderles sentir, entraron desde una de las puertas laterales el enano Perik junto a Halduron, seguido por una pequeña comitiva de diviums. El elfo en pie, ataviado con su armadura y sus insignias fue la sorpresa que coronaba de auténtica felicidad aquel momento idílico.  El lugarteniente del príncipe de Silvide avanzaba hacia ellos por sus propios medios, emulando unos pasos algo torpes pero exitosos, ayudado por los miembros de metal que el kazuka había construido para él.

-Pe… Pe- tartamudeó Fanrad anonadado.

Perik soltó una gran bocanada de humo, autosuficiente y lleno de orgullo, mientras ambos, elfo y enano, sonreían con complicidad.

-Sea que nuestros pasos nos han traído a estos lugares, a mi gusto bastante aburridos y sosos, pero no escasos de recursos. Lord Ilostra ha tenido mucho que ver en la recuperación de tu amigo, príncipe- respingó el enano hacía Kael’Thas, tratando de explicar el objeto del milagro: - y he de decir que de no ser porque conocí a Lüdrielh y ahora a este hombre, que os hubiese bautizado con un apodo. Vuestra raza es una miseria, pero me siento honrado de haber batallado junto a todos ustedes, mis hermanos.

-¿Cómo pudiste…- de pronto soltó Ithilwen, envolviéndose en sus ropajes también por el viento que amenazaba con congelarle hasta la médula: -¿Con qué tiempo pudiste hacer todo ese trabajo, maese Perik?

-Yo aun no entiendo como los elfos pueden hacer reuniones que duren 10 meses- espetó el kazuka soltando otra bocanada de humo.

-¿10 meses?- espetó Fanrad.

-Sí, 10 meses, Lord Eruläeriel- explicó Halduron, sopesando sus palabras ante el rostro consternado de Fanrad, aún más amenazador con los rastros de cicatrices que le dejara el fuego en el rostro: -aunque para vosotros no haya sido más que unas horas. El tiempo, en este recinto, no tiene cabida, pues así como sucede con nuestro Rey, vuestro padre princesa, que es el guardián del dragón Eldharion y amo de las plantas y el crecimiento de lo que es verde en este mundo, así mismo lo es el Gran Sacerdote de Nubibus, otro guardián de los Legarium, bendecido con el poder del tiempo. Entre más cerca se está del guardián más flexible y maleable se vuelve el paso del futuro, haciendo que corra de maneras diferentes.

-Es decir…- sopesó Ithilwen.

-Que afuera nos espera un mundo totalmente nuevo al que dejamos hace 10 meses para nosotros y hace unas horas para ustedes- sentenció Perik, y como acotación, viendo la cara de la sacerdotisa y atragantándose por ello culminó: -pero tranquila, bella dama de mirada intensa, ese tiempo apenas si se nota en vuestra piel de oscuridad tormentosa.

Quería golpearse, pero la leve sonrisa de la sacerdotisa le impidió pensar en lo mal que se le daba dar halagos. “Los kazuka no están hechos para el amor”, había dicho mil veces su padre, pero él poco parecía que le había entendido, hasta ese momento.

-Pero… ¿no olvidaís algo más, maese Perik?- inquirió el divium tenebri, Ilostra, a unos pasos alejado del resto.

-Oh dioses, por Kharzún que casi lo olvido- espetó brioso, y de una bolsa de terciopelo sacó el arco de la sacerdotisa: -El arma de Lüdrielh Thündell no pereció junto con él. Las runas que dotaban su armamento llamaron mi atención desde el día que le conocí. Incluso sus espadas gemelas me parecieron de una factura estupenda para ser confeccionadas por herreros élficos. ¡Lástima que se las diera a ese mugroso de Youdar! Algún día morirá y daré cuenta de ellas… Pero bueno, tomé su espada y su escudo y de ellos supe sacar algunas ventajas para vuestros compañeros de batalla:

-Dama de Selene, mujer de las lunas, este arco es ahora Lamdrieht, brillo de la tormenta en lengua de elfos, en el centro de la madera he incrustado una runa de Olay-a que responderá a vuestro llamado, cada que dispongáis una flecha cerca de ella. Probadlo mi señora, pues este es mi arte y a vos en primera ha de servir.


La mujer, tan altiva y esbelta como estaba ataviada, tomó su arco y lo observó con nitidez, casi como si aquello fuera un reencuentro íntimo entre dos viejos conocidos. De pronto, tan hábil como era, sacó del carcaj una de sus flechas y en menos de un suspiro la saeta salió expelida por los aires como si estuviera dotada del poder del rayo, relampagueando amenazadora hasta perderse en el agua. La mujer había frotado la madera de la flecha con la runa, haciendo que esta se cargara con el poder mágico que la piedra confería.  

Todos callaron, apreciando el espectáculo de aquel efecto sobrenatural.

-Ahora vos, Lord Kael’Thas- De nuevo, el kazuka hizo amague de aquel saco de terciopelo y de allí extrajo una espada de brillo especial: -Esta era Felo'melorn, vuestra fiel aliada en el campo de batalla. Dotada con la runa del fuego, ahora responderá a su amo con el poder que este domina y es su dueño.

Al tomarla el príncipe, la hoja, tan fría como el acero élfico de pronto centelló, y las llamas brotaron de ella, haciendo que todos se apartaran por el calor que ella misma expelía.

-Son armas fuertes, hijas de tres razas: el saber de los diviums, pues sin los conocimientos de ingeniería de Ilostra ninguno de los tres proyectos se hubiese podido llevar a cabo; la experiencia elfica, pues ambas armas son hijas de sus dueños, pares longevos que han visto muchas guerras y esperan por vivir más; y mi maestría: pues nadie negará que, en este mundo de tanta raza malsana, los kazuka somos los únicos que realmente sabemos de tierra, acero y piedras. No en vano somos llamados tan burdamente en mi opinión, hijos de la roca.

Su sonrisa se dibujó, correspondida por todos los que le rodeaban llenos de gratitud. Solo Ithilwen seguía con atención el paisaje, ligeramente dando la espalda a los demás, rememorando en su mente las palabras que dejaran en el aire el príncipe y la sacerdotisa antes de que el enano y su lugarteniente aparecieran. Sería un camino largo, difícil, pero no imposible.

-Lüdrielh seguirá vivo en nuestros recuerdos y en su fuerza que tan magistralmente habéis traspasado a las armas de nuestros amigos, pues ahora, no importa credo o raza- espetó observándolos a todos: -no importa nuestros cargos o nuestro deber, no importa de dónde seamos o a donde nos lleve el destino, somos amigos. Esta es la hora en que cae sobre nosotros el ocaso del mundo y es posible que mientras el sol ilumina estas costas, en nuestra tierra la hora más tenebrosa se aproxima. Mucho nos espera, mucho debemos de esperar, pero lo cierto es que los dioses siguen nuestros pasos y con la fe puesta en ello, hemos de continuar, volver al mar, andar la tierra, y encontrar a como dé lugar el templo que trajo el mal a nuestros bosques, a nuestras familias, que ha cobrado la vida de muchos, que se come viva a nuestra amada tierra. Y que sepan los altos mandos del universo que allí habrán de pagar sus faltas, porque yo sé mis amigos, que hasta el último aliento se nos irá en hacerles pagar.


-Continuará-
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