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El camino hacía la ciudad de los Dragones de piedra.

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El camino hacía la ciudad de los Dragones de piedra.

Mensaje por Khiryn el Mar Nov 29, 2016 5:52 pm

I

Martes 11 de Noviembre.
Mirrizback.

No era raro que buscaproblemas aparecieran de vez en cuando fuera y dentro de la taberna de Jhon. El nuevo líder del clan se había hecho notar pregonando su oficio y el de los suyos. Hombres principalmente de Mirrizback acudían ahí con uno u otro propósito. Algunos, buscaban protección. Otros el deshacerse de problemas. Otros llegaban hasta ahí para continuar la búsqueda de algo o alguien. Algunos, pedían trabajo. Los más, se hacían a la taberna con el propósito de buscar problemas o medir su fuerza con la de aquel que se nombraba el líder del gremio.

Mercenarios, ladrones, navajeros y matones. Juerguistas, jugadores, apostadores y estafadores se daban cita en el pintoresco lugar bajo la cálida luz de sus candelas y su olor mezclado a madera fina y nueva con el aliento y el sudor de la gente. No falta el comerciante bien vestido o el noble con piel de mendigo que oculta su rango y rostro de las miradas furtivas de los cazadores de oro y personas.

No, no era raro ver un crisol de colores de piel, de olores y de presuntuosos hombres bebiendo y alardeando de logros tan irrefutables como comprobables. Lo raro era ver mujeres. Al menos, raro ver un grupo tan vasto y nutrido de féminas entrar como si el lugar les perteneciera.

Ya desde el camino que se tiende desde la entrada al lugar habían llamado la atención. Iban, a lomos de frisones azabache. Limpios y brillosos como un charol. Capa sobre los hombros y capucha en la cabeza. Silenciosas como una procesión de sombras. Una elfo una divium, cinco humanas, entre ellas una niña y dos horiges.   A paso lento, como revisando el camino. La gente común se hacía a un lado. La más alta de las figuras empuñaba una enorme guadaña de guerra y bajo la capa los ojos cerrados y el rostro blanco en un gesto de sin emoción. La terrible visión de esa mujer, montada en el enorme caballo era suficiente para amedrentar a cualquiera.

Al frente, los ojos ambarinos de una de las horiges se clavaban en cuanto fulano se pasara frente a ellas. Esos ojos, abiertos, rasgados y felinos parecían clavarse como lanzas, y ver en el interior. Al centro, la inocente figura de una joven contrastando con el resto de las mujeres daba un sentido ambiguo y confuso a la escena. Dotándola de un aire desconcertante. Detrás, los ojos de sangre de la divium devoraban con lujuria desintencionada las cabezas de los hombres y mujeres que los veían pasar. Una escena del todo extraña.

Se apearon lentamente en la entrada del bistró.  Ataron a los caballos y con la cabeza descubierta y las alforjas en las manos entraron a la taberna y tomaron la mesa más grande del lugar. Era cerca del medio día y los jornaleros aun trabajaban. Faltaban horas la comida y la merienda ya había pasado. Aun así, en el lugar había un par, quizás tres mesas medianamente ocupadas y uno o dos con los codos en la barra.

Se acercó una mujer vestida de modo sencillo. Una humilde túnica verde desgastada de los puños y los codos. Aun así la ropa era de excelente calidad y el traje estaba hecho a medida perfecta por un sastre, lo que denotaba que la mujer poseía cierto poder económico. Las manos pequeñas pero regordetas mostraban restos de harina entre los dedos y algunos cayos en la palma, lo que evidenciaba que aquella mujer era además de la cocinera, la que limpiaba el lugar. “La Tabernera.”

Su rostro brillaba perlado por el sudor que provoca el horno. Sus mejillas un poco abultadas estaban remarcadas por un hermoso color sonrosado y las aletas de su nariz a juego se mostraban amplias. Bajo el manto rubio de su cabello, ya un poco ceniciento y pajoso por la edad se ocultaba una gran belleza. Se notaba que hasta hace poco la mujer, de complexión gruesa natural había sido más esbelta; aunque aun conservaba una buena figura. Su atractivo principal era evidente. Unas enormes tetas, firmes y redondas lanzaban el pecho de la túnica al frente con orgullo. Sus ojos, poseían una vivacidad alegre y una inteligencia mordaz; cualidad que quedó demostrada al no llevar la mujer ni un papel ni carbón para anotar el pedido.

Se quedó de pie mirando expectante, sabía que no era necesario presentarse ni preguntar, su posición como tabernera estaba asentada.

[colororangered] –¿Cuál es su nombre, buena señora?[/color]
La mujer pareció extrañada. Era claro que ella, era al menos tan famosa como Jhon, sin embargo la pregunta pareció no ofenderla dado que se trataba de mujeres extranjeras y el tono de la pregunta era amable.

–Mi nombre es Marie. Soy la tabernera.
–¿A qué hora termina el servicio en la taberna, Marie?

Esta vez la mujer sí pareció confundida, normalmente las preguntas eran acerca de las bebidas o la comida que se serviría en el día. Jamás la hora de cerrada.

–Luego de que terminada la jornada, algunos hombres y mujeres vienen por la cena. Luego de eso algunos se quedan algunas horas; pero nunca hasta muy tarde. Cerramos quizás un par de horas antes de la media noche. A menos que haya demasiados clientes, claro.
-¿Cree que esta noche haya muchos clientes, Marie?
No lo creo; es Martes finalmente.
–¡Excelente! La horige hizo una pausa, miró a sus compañeras de mesa y luego se dirigió de nuevo a Marie.
–Marie, Nos gustaría tomar cuatro de sus habitaciones de modo indefinido. En una, se quedaran tres, y en el resto nos quedaremos de a dos. Dígale por favor a su palafrenero que lleve nuestros caballos a su caballeriza, que les quite la silla y les de agua y comida. Son los frisones que están fuera, son nueve, no tendrá problema en ubicarlos. –Luego, le hizo un gesto a la mujer para que se agachara un poco y hablándole al oído le dijo: –Cuando el lugar esté cerrado y sólo, me gustaría ver al señor Ruisu EvandHell, tenemos… un trabajo para él. Puede decirle que Khiryn, la Horige del carbunclo lo busca.

La mujer se irguió, al fin la presencia de aquel grupo tenía sentido. Eso y la extraña familiaridad con la que parecían dirigirse a ella. Marie miró a cada una sopesando el oficio de las extrañas y registrando sus rostros. Luego Khiryn habló de nuevo.

–Ahora quisiéramos algo de tomar para pasarnos el cansancio del camino y lo tenga usted para comer.
Ordenaron.
–Cerveza, fuerte.
–Vino.
–Licor de malta.
–Cerveza.
–Cerveza.
–Cerveza. El refinado gusto por las uvas de la elfa se había ido extinguiendo poco a poco con el tiempo entre soldados y mercenarios. Ahora, gustaba del amargo sabor de la cerveza así como de las bebidas ardientes tanto como del vino.
–Aguardiente.
–Cerveza.
–Licor de malta. Las miradas se posaron entonces en la pequeña Relm. Luego, en Valerie y luego de nuevo en Relm. Todas exhibían una sonrisa de complicidad excepto la pequeña quien tímidamente se escondía entre los pliegues de la capa como si hubiera dicho algo repugnante.

–Parece que Relm ya no es del todo una pequeña. Si pidió malta, tráiganle malta. Sentenció Valerie con el rostro sereno. La pequeña se irguió como si hubiera ganado una pequeña batalla.

–Parece que la pequeña Relm tiene un nuevo héroe. Valerie se limitó a asentir con la cabeza y dibujar una sonrisa. El resto de las mujeres rió mientras la tabernera se alejaba.  Y es que, desde que se conocieran, la pequeña había mostrado un notable interés en la divium. Sin duda, a su edad era impresionable, y Valerie se mostraba siempre serena y prudente. En contraste, Cyner era más bien descarada y altanera. Parecía tener una personalidad atractiva para todos y un carisma arrasador.  Además, era músico, y dominaba el arte de la ejecución instrumental tanto como el del canto. Para Relm era un mundo completamente nuevo y atractivo.

En el poco tiempo juntas; Cyner había puesto igualmente un especial interés en la pequeña. Disfrutaba de su compañía así como de su inocente pero astuto intelecto creativo. Encontraba reconfortante que Relm se le acercara con el interés de un estudiante a un maestro y ella a su vez le regalaba con paciencia y dedicación. Ambas hablaban un idioma diferente al del resto. El idioma del arte.

Marie se fue directo a la barra, sin anotar nada. Llegó frente al tabernero, un hombre de mejillas enrojecidas a pesar de la tez blanca. Una incipiente calvicie en conjunto con las arrugas en el rostro comenzaban a destacar su madurez. Una pequeña panza bajo el pecho evidenciaba una reciente vida sedentaria. Sin embargo, su pecho y hombros estaban bien formados. La camisa de lino roja con las mangas subidas hasta el codo dejaba ver un par de brazos potentes finalizados por manos grandes y gruesas. Los nudillos deformados eran evidencia de que el hombre se había apaleado muchas veces a puño limpio.

Su rostro, vivo y sonriente ocultaba una sombra de días pasados; una cicatriz en su mejilla se perdía entre las arrugas de sus ojos. Una lanza detrás de la barra, en el lugar de privilegio entre los recipientes de alcohol denostaba que el hombre era un peleador.

Marie se dirigió a él con un gesto indiferente. De esa indiferencia que viene con los años y la rutina. Ella lo miró mientras comenzaba a servir las bebidas. Esa mirada cálida e imperceptible para la mayoría, excepto para Cynertryth, -que era una maestra en cosas del amor- la cual le demostró a la divium, que esa mujer amaba a ese hombre.

Marie dio un giro y llamó asomándose por la cocina. De inmediato vino un muchacho con el rostro extraño. Ella le dio unas instrucciones y el joven salió disparado del lugar. Jhon había terminado de colocar los vasos en posición. Nuevamente aquel gesto le dijo a Cyner que aquel hombre, que se tomaba la molestia de acomodar los vasos mientras servía amaba a su mujer, y esa era una manera de demostrarlo. Marie pasó los dedos entre los vasos sin problemas y ambos se dirigieron una furtiva mirada, con esa indiferencia aprendida que escondía sus verdaderas pasiones. La tabernera caminó hacía la mesa con la gracia y el dominio de una reina que camina en sus habitaciones; como si los comensales fueran su corte. Sí. Ella era la reina de la taberna, y todos lo sabían. La ley natural de las tabernas es que, siempre puedes pelearte en ellas; destrozarlas y romper cuanto barril y mesa haya en el lugar, pero nunca, nunca debes tocar a la mujer del tabernero.

Dejó en perfecto orden las bebidas en frente de cada una de las mujeres. Cynertryth sacó entonces un pequeño bolso de tela. Lo abrió y miró dentro. Luego lo cerró y se lo tendió a Marie.
–Creo que eso bastará para pagar la comida, el servicio a los caballos, las habitaciones y las molestias. Señora.
Marie y Jhon contaron en la barra nueve monedas de plata. Una por cada una de las mujeres.  

-//-

Comieron y bebieron ensimismadas en sus propios asuntos que casi no notaban que lentamente la taberna de Jhon se iba poblando de los comensales habituales. Algunos, las miraban con desdén. Otros con intriga. Algunos con lujuria se relamían los labios y se apretaban los genitales mientras imaginaban a alguna o a varias del grupo abrir las piernas para recibir su apestosa masculinidad.

En un momento dado de la reunión, y ya con el calor de la bebida enrojeciéndole las mejillas, Cyner se levantó de la silla y caminó hasta un comensal con ínfulas de poeta. Le arrebató de las manos el violín, le hizo una reverencia y le clavo los ojazos rojos en los ojos. Subió a la mesa y comenzó a sonar una canción con ritmo de altamar.



Al tiempo que tocaba los ojos del resto de las mujeres la seguían, así como los de la mayoría de los comensales en el lugar. Pronto, la música atraía a quienes pasaban por fuera poniendo el ambiente  de este frío 7 de noviembre rápidamente en cálido y sudoroso. Jhon desde su lugar en detrás de la barra parecía complacido y al igual que su mujer parecía disfrutar la música, anticipando los posibles problemas que la misma traería.

Cyner bajó de la mesa y caminaba con el violín en mano por el lugar, llevando la música a los rincones de la taberna. Extrayendo aplausos y vitorees de los reunidos. El ambiente parecía haberse hecho de fiesta y de alguna manera, nadie notaba que lentamente eran llevados por la música a calmar los bríos, a sentirse alegres y relajados.

El violín dejó de cantar, y la divium lo llevó de nuevo a su dueño. El hombre, como hechizado no pudo sino mirar a los ojos llameantes de Cyner y perderse en su erótica profundidad.  Todos en el lugar rellenaron sus copas y volvieron entusiastas a sus propios asuntos. Cyner se sentó con el corazón cálido y el cuerpo tembloroso por una excelente audiencia.

Pero la fiesta no se alargaría mucho más. Al poco. Un grupo de hombres que llegaran había estado vigilante de las mujeres se acercó. Rodearon la mesa de las mujeres y permanecieron de pie, con las manos en los cinchos detrás de ellas. Amenazantes.

Cyner sintió una mano pesada sobre su hombro. Miró en dirección a Khiryn al otro lado de la mesa. La horige negó con la cabeza y le dedicó una sonrisa. Era Marie.
–Sus habitaciones están listas. He puesto agua caliente por si gustan tomar un baño.

La mujeres afirmaron sin decir nada. Se levantaron de la mesa protegidas por la fulminante mirada de Marie sobre los hombres que antes las habían rodeado. Jhon atento miraba con el ceño fruncido mientras secaba un cuenco con un trapo. La mujeres subieron las escaleras con valijas en mano y se perdieron tras la puertas de sus habitaciones. Esa noche no habría peleas en la taberna; para variar.


-//-

Relm estaba ebria. Reía como desquiciada y una alegría sin precendentes parecía rebosarle en las mejillas. Desde que muriera Khalid ella no había reído así. Valerie se excusó y excusó a ella. Ellas no estarían presentes en la junta. Unos minutos antes, Marie se había pasado por las habitaciones anunciando que el Señor Ruisu las esperaba.

Era cerca de la media noche cuando bajaron la escalera. Limpias y serenas.  Ruisu en el centro de la habitación de pie; detrás de él un pequeño grupo de cuatro mujeres. Todas vestían ropas negras, aunque sin duda destacaba aquella delgada con el rostro pintado. Detrás de la barra; Jhon secaba cuencos y vasos con un trapo diferente. Miraba con atención.

Khiryn y Ruisu se saludaron. Luego las presentaciones.
Khiryn presentó a cada una; A su derecha, una joven de unos veinte años con el cabello largo y lacio sujetado en una larga cola de caballo; Morgan. Cyner la divium, Catrina, Sahara, Tyv la hoige peliblanca y Alanayn, la elfa albina.
–Ellas son mis amigas y tienen mi plena confianza.

El lugar estaba recién limpiado y levantadas las sillas sobre las mesas. Las cortinas cerradas y sólo unas cuantas velas arrojaban su luz danzarina sobre el lugar.

Finalmente tomaron asiento. Jhon trajo cerveza para todos.

–El trabajo que necesitamos que hagas es el siguiente. Se trata de una misión para traer un objeto. No podría bien decirte como es el objeto, sólo sé que no es pesado. Dicho objeto, te lo dará un compañero de nosotras. Un “enlace” que tenemos. Es de suma importancia que al enlace no le pase nada. No lo vinculen con nostras de ningún modo y que el objeto llegue a nuestras manos entero y sin daños. Como ya dije, no sé como es el objeto, lo que sí creo es que puede ser una carta, un pliego, un rollo un cuaderno o hasta una tablilla.

Lo que sea que tenga escrito dicho objeto, no es de su interés Rui, a menos que la persona que se le entregue le diga lo contrario. Como ya mencioné, es importante que no se nos vincule a la persona que le dará el objeto, así que no podremos acompañarlo. Siendo honesta, no sé qué clase de peligros vaya a encontrar en el camino. Es probable que tenga que enfrentarse a gente o peor. Por supuesto, cada inconveniente será pagado según sus precios.

Así mismo, no podemos darte todos los detalles de la misión justo ahora, pues no podemos permitir que algo se te olvide o se pase por alto, sin embargo, tampoco podemos darte una carta con los pasos a seguir, es por eso que hemos codificado la misión; esta señor Ruisu, es el primer paso de la misión.


Cyner le tendió una carta al Hashasin. La carta estaba escrita en el idioma de los hombres de Mirrizback con tinta negra sobre una hoja amarillenta y gruesa. La caligrafía era impecable.


Una princesa en la torre encerrada.
Sin llave, por la ventana espera.
Mirando cuatro praderas.
De su fiel caballero la llegada.

Ve crecer las flores. Y el rocío de la mañana.
A la orilla de la torre. Al pie de las piedras.
Puerta cerrada por dentro y fuera.
Norte el mar, Sur montaña.

La luna canta, la luna se embellece
El sol por la ventana palidece.
“¡Si te has olvidado de mi!”
“¿Es que acaso no todos los días amanece?”

Fuera gentil hombre lleva su montura.
Dentro el sótano esconde un secreto.
Sobre las rosas el hombre se queda quieto.
Las flores le han hecho perder la cordura.

La puerta de los goznes fue arrancada.
El cofre estalló en risas macabras.
El secreto del hombre es que tiene dos caras.
Matar y morir es su cruzada.

Fulminante centellea la espada.
Roja es la sangre de las rosas.
Blanca es la tez de moza.
Gris la tierra sobre su cabeza.

Lejos de los dragones de piedra.
Al sur llevará tus pasos.
Luego al mar de los mansos.
Desde  la aguja mirando la hiedra.

Blanco es el mármol al este del camino.
Entre la ciudad y el castillo; a sus pies la tumba amada.
Por gran señor celosamente guardada.
Está la dama, la espada y el abrigo.


Khiryn sonrió ante el desconcierto de los presentes una vez leyeron sobre el papel. Las mujeres bebieron casi al unísono.
–Su destino se encuentra en la segunda cuarteta; su camino en la séptima.

Khiryn hizo una pausa y Cyner nuevamente sacó una bolsa con monedas. Se la tendió a Ruisu.

–Les recomiendo no llamar la atención, no vistan de negro, y eviten el maquillaje. Tampoco hagan evidentes sus armas. Vamos, discreción. En el saco encontraran dinero suficiente para cubrir sus gastos de viaje. El resto de los detalles se los haremos llegar de alguna manera.

De inmediato Sahara, que era la de más baja estatura tomó la palabra. – Como último detalle; no maten a ningún cuervo…

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Re: El camino hacía la ciudad de los Dragones de piedra.

Mensaje por Arlequín el Miér Mar 15, 2017 1:06 pm

Era una cálida tarde de verano, en la isla paradisiaca al sur de Geanostrum, la isla era pequeña, tanto que no había ciudades si no pequeños poblados aquí y allá, ¿o debería decir tribus?

Me relajaba, bañando mi piel al sol, estaba muy blanca últimamente y quería coger un poco de bronceado, junto a mí una bebida refrescante, ligeramente alcohólica, no recuerdo el nombre que le daban los lugareños, pero el sabor era curioso, dulce, casi empalagoso, pero lo justo.

Frente a mí el mar en calma, las suaves olas susurraban armonía y eran acogidas por lejanas gaviotas que buscaban comida. La arena era cálida, casi caliente pero me había acostumbrado a ella. El aire puro del mar entraba en mí mientras respiraba mientras escuchaba de fondo a los pueblerinos de atrás pelear… ¿Por qué estarían peleando?




Abro los ojos y no veo más que el techo de madera, el sonido del viento se colaba por las ventanas y helaba todo mi cuerpo erizando cada centímetro del mismo, con desgana me revolví entre las gruesas sabanas intentando combatir la sensación de frio gélido que entraba en mi subconsciente…

-Maldita sea Ruisu, por que no situaste tu taberna más al sur- Exclamé con desgana mientras saltaba de la cama ligeramente malhumorada, seguir durmiendo no tiene sentido…

De fondo se escuchaba como algunos clientes emocionados alzaban la voz, para ser martes estaba demasiado animado la cosa, vale que era demasiado temprano para dormir, pero tampoco había nada que hacer. Mire por la ventana, era de noche, pero por la ligera iluminación al final del horizonte no llevaba mucho siéndolo, serían las ocho seguramente. Voy al armario, y me pongo una vestimenta más abrigada, un traje de pantalones y camisa largos. EL pantalón, como el que suelo llevar siempre, un lado blanco y el otro negro, la camisa tenia también una manga negra y una manga blanca, el mismo lado que el pantalón, pero el cuerpo de la camisa era una serie de rombos blancos y negros de diferentes tamaños, los rombos negros solían ser más grandes que los blancos, y acabando por una línea gruesa del tamaño de un cinto, que bordeaba la cintura totalmente negra, pero con botones marrones.
La camisa también tenía un cuello ancho, negro, con bordes ligeramente ondulados, que me cubría hasta los hombros y el pecho y la misma altura a la espalda. Esta pieza de tela era holgada y disimulaba perfectamente mi pecho, y llegaba justo a la base de mi cuello, estos cuellos típicos de payasos, eran mucho más elegantes cuando tenían tonos blancos o negros, no cabía duda que mi vestimenta se ajustaba perfectamente al sentimiento de invierno, al menos para mí.

Me maquillo de la forma usual, blanco y negro, y me miro al espejo, perdiéndome en mis propios ojos fríos, no sentía nada al verlos, intentaba mirar a través del espejo, a través de mis ojos, de mi alma, mis ojos no decían nada, ni yo sentía nada al verlos… Una vez me dijo alguien que los ojos son la puerta al alma… podría ser pues los míos estaban vacíos.

Vestirme toma su tiempo, o más bien yo me tomo mi tiempo, me gusta centrarme en los detalles, la actuación no es solo improvisación, hay muchas cosas que se trabajan antes de un show y desde pequeña se la importancia de los detalles, podría decir que disfruto con esto, pero realmente no me disgusta y es una manera como cualquier otra de pasar el tiempo.

Quería bajar, quería pillar una misión, algún nombre de la lista, seguro había alguien a quien matar, y necesitaba salir a dar una vuelta coger aire, alejarme a ser posible de este frio una misión al sur estaría bien… Pero aun escuchaba mucho barbullo en la taberna, así que cogí uno de mis libros, una tragicomedia clásica, muy usada por trovadores en todo Noreth, esta era una reedición del original del escritor anónimo. Lo llaman tragicomedia, pero la original era simplemente tragedia, con el tiempo le pusieron humor para conseguir mayor público.

---
El tiempo paso, y así como la vida de la protagonista se diluía en un banquete de traición amor y desamor, se disipaba la gente de la taberna, no era media noche aun… así que después de todo no fue tanto jaleo… lo normal para un martes, deje una marca en la página. El libro sobre la cama, recogí mi gorro con la máscara, me mire una última vez en el espejo, y si bien yo sabía que no era un chico, es verdad que parecía uno, uno con rasgos suaves, e incluso uno guapo. Apague la vela que tenía encendida para leer, me coloque la capa de viaje que era bastante densa, pues la compre por el frio de la zona y baje.
Estaban despachando al último cliente un fijo de la taberna que siempre se queda hasta tarde, seguramente inseguro de sí mismo y sin ganas de volver con su familia. Ruisu estaba sonriente por alguna razón, y al verme llegar me pidió acercarme.

También estaba Celeste… aun no me acostumbro a ella, es demasiado… colorida y además guapa... llama demasiado la atención, no es muy útil como asesina, tienes que saber pasar desapercibido como yo con mis ropas frías y oscuras.

Llego con ellos e inclino un poco la cabeza a modo de saludo, quería pedir una misión, pero ahora Ruisu tiene cara de que tiene noticias… parece que igual tendré misión.

Me preguntan qué tal estoy… estoy bien, la verdad… con frío, pero bien, quería decirlo, pero me lo guarde para mí, es irrelevante después de todo… algo típico que se pregunta a la gente, cuando no se sabe de qué hablar. Después me informan de que preguntaron por un trabajo y que vendrían luego para darnos los detalles… vaya trabajo fresco, tanto que ni el jefe sabe aún de que va. Tenía curiosidad y me quede ahí junto a él y los demás, esperando.

Al rato aparece un grupo de mujeres, algo variado, mayormente humanas, pero había una elfa bastante blanca y una divium entre ellas, y hasta hörigues por lo que pude ver una vez se acercaron más. Saludaron a Ruisu, y se presentaron… yo no quería presentarme, odiaba hacerlo así que me limite a quedarme calladita e inexpresiva de fondo, ya si el jefe se dignaba a presentarnos me tomaría la molestia de asentir.

La mujer comenzó a hablar, una misión con poca información de recuperación de objetos, parecía interesante y enigmático… confieso en que no me ha gustado la forma de familiaridad con la que se ha dirigido al jefe… que es eso de “Rui”… más profesionalidad si me vienes con tanto misterio… luego apareció la carta… vaya… era… una codificación de la misión… eso no me lo esperaba… menos si venían a darnos la misión en persona. Leí la nota y francamente no la entendí, pero… que se supone que es eso de no llevar maquillaje. Si mi tapadera es ideal, nadie sospecha de un trovador, un arlequín que viaja para ganarse el pan buscando entretener a la gente… si no estaba maquillada, no era yo misma, no era Arlequín, ni hablar… busque con la mirada a Ruisu, pero él estaba concentrado y emocionado con la nota. O eso parecía. Así que no dije nada… pero no me gustaba… nada… la ropa, bueno tenia ropas más blancas, podía cambiarme.

Después de las instrucciones iniciales nos quedamos un rato viendo la nota… un buen rato, la primera parte… era un lio, ¿crecer las flores? ¿Primavera?... Una puerta, entre una montaña y un mar. Estuve concentrándome pero no me venía nada. La segunda también era un lio. Pero le encontraba más sentido… Dragones de piedra supongo que se refiere a la ciudad de Malik Talish, tiene dragones de piedra… al sur llevaras tus pasos está claro como el agua, agua que por lo visto hay que llegar, pues también sale que vamos al mar… ¿esto era el camino no? Pues el camino estaba relativamente claro… había que ir al sur de donde sea el sitio de los dragones de piedra y llegar al mar, lo de la aguja me desconcierta… aguja… una aguja que mira la hiedra.

En ese momento caí en la cuenta y me sobresalte un momento, no sé si Ruisu se dio cuenta, puede que sí, normalmente se da cuenta de muchas cosas… quería decirle lo que deduje… La aguja era Tirian Le Rain, una vez tuve una misión ahí, y es una forma de llamar al sitio.

Entonces… todo junto era… desde los dragones de Malik Talish, hasta Tirian Le Rain, y siendo que hay que ir al mar, supongo que desde Tirian hay que ir al mar. Y luego… luego, ¿luego dónde? Volví a mirar la otra estrofa… no salía nada, no la entendía. No quería decir lo que pensaba, no tenía garantías de que fuera correcto, yo no estaba especializada en este tipo de cosas, aun así no me di por vencida, seguí exprimiéndome la cabeza a ver si conseguía una respuesta ni siquiera me di ni cuenta que las mujeres habían desaparecido, ni de que me había dado algo de sed. Necesitaba beber, me levanté y fui a la barra, a por un poco de agua, cuando volví Ruisu estaba sonriente. Ya sabía la respuesta, y fue a decírselo a Khiryn, ya teníamos misión.

Asentí y con una sonrisa me dispuse a esperar más instrucciones… Ya tenía mi equipaje listo, con ropa de recambio, suministros, venenos cortesía de la casa Evandhell, y algo de dinero para el viaje. Siempre estoy lista para el viaje, solo tenía que decirme cuando.
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Re: El camino hacía la ciudad de los Dragones de piedra.

Mensaje por Celeste Shaw el Vie Abr 28, 2017 4:57 pm

Últimamente le había dado por quedarse mirando la ventana durante largos ratos. Escudriñaba las calles desde su habitación, viendo quién pasaba y quién no, qué hacían. Era una forma de tranquilizarse y decirse que todo estaba bien, que lo tenía todo controlado, aunque pudiera no ser así. Enseguida le llamaron la atención las mujeres que iban montadas en frisones, por su porte imponente, casi temible. Al menos, el de la que portaba la guadaña. Si bien las otras también le parecieron dignas de respeto, no provocaron en ella esa sensación de peligro que provocaba la de la guadaña.

Tras asegurarse de que Adrien estaba lleno, limpio y dormido, bajó abajo, quedándose en una esquina oscura. Sus alas no la ayudaban a pasar desapercibida, sin embargo, y solía comprimirlas tanto como podía. Sin embargo, ese día las mantenía relajadas. Replegadas, sí, pero relajadas. Estaba apoyada en una de las paredes del local, en la esquina más cercana a la puerta, viéndolo todo con sus ojos azules que seguro que en algún momento se cruzaban con los carmesíes de la Divium que había entrado.

Repasó el cinturón para comprobar que tenía ahí las armas, y asintió con mucha suavidad, de un modo casi imperceptible. Había pasado un buen rato, más del que ella creía, así que abandonó el ambiente bullicioso de abajo para ir de nuevo a su habitación para ocuparse de Adrien, que volvía a pedir comida. Volvió a darle comida, y entonces se quedó un rato jugando con él, pero sin dejar de pensar en las mujeres que habían entrado en la taberna.

Por lo que ella había alcanzado a oír, habían pedido cuatro habitaciones por tiempo indefinido. Eso la hizo pensar por qué querían quedarse justamente ahí, si había lugares menos conflictivos. Aunque quizá no tan bien situados, ni con comida y habitaciones tan buenas como en algunos otros lugares, así que se limitó a pensar que ya descubriría para qué estaban ahí, si de paso por la ciudad o por algo en concreto.

Tenía a Adrien sobre el regazo y, moviendo las piernas, lo hacía botar. El niño reía, y las carcajadas inundaban la habitación y quizá salían al pasillo, eso Celeste no lo sabía. Jugó con él hasta que estuvo cansado, entonces lo acostó y volvió a bajar. Sabía que, esa vez, el niño no despertaría hasta dentro de un buen rato, con suerte dormiría toda la noche del tirón. Cada vez más, apreciaba esas noches en las que podía dormir sin que nada la despertara. Ni Adrien, ni ruidos en la taberna, ni las pesadillas que con el tiempo iban remitiendo y cada vez eran menos frecuentes. Nada.

-A-ma. Ma-ma. ¡Abuuuuuuu!

Eso le sacó una carcajada divertida y, a la vez, enternecida. Lo dejó en la cuna y lo meció con suavidad, cantándole, hasta que se durmió. No fue fácil, ya que desde abajo le llegaba el rumor del violín, y eso hacía que se despabilara, pero al cabo de un buen rato consiguió dormirlo por completo.

Bajó de nuevo y volvió a quedarse en el sitio de antes, esa vez con una sonrisa curvando sus labios. La música la animaba, y Celeste seguía el ritmo con el pie, sin decir palabra. Cuando la gente, poco a poco, se fue yendo, y las mujeres se sentaron en una mesa, y luego también vio a Ruisu y Arlequín, ella se acercó y tomó asiento.

No se esperó el acertijo, y estuvo un rato con el ceño fruncido, pensando en él. No esperaba sacar nada en claro pero, poco a poco lo fue descifrando. Pensó en Tirian Le Rain con lo de la aguja, pero no estaba nada segura. Lo que tenía más claro era que la parte de los dragones de piedra, que se refería a Malik Thalish. Su mirada se iluminó con un brillo confiado, y respiró hondo. Fue Ruisu el que subió a la habitación de las mujeres a comunicar la respuesta, y Celeste entonces se preparó para partir. Rebuscó entre su ropa, y se puso una camiseta igual que la que llevaba, pero en marrón, un pantalón verde apagado y una capa de un azul oscuro que, sin embargo, no podía confundirse con el negro. Bajo la capa, además, se puso un jersey algo abrigado, por si acaso, y ocultó bien sus armas. Comprobó que estuviera todo en su sitio, y miró hacia la cama del niño, que dormía plácidamente. Era una de esas noches en las que no despertaría hasta que se hiciera de día, y Celeste lamentaba profundamente no poder estar cada día, cada mañana junto a él. Pero tenía que hacer su trabajo, y eso era lo primero. Le besó la frente y se encaminó hacia abajo de nuevo.

Una vez abajo, se encontró con Arlequín, y le extrañó que Ruisu aún no estuviera ahí. Aunque los habían convocado a los tres para la misión, se preguntó si su jefe tenía algún otro asunto que atender, y frunció levemente el ceño, pensativa. Entonces se giró hacia la chica.

-¿Sabes si Ruisu va a bajar? -preguntó, en un susurro.
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Celeste Shaw

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Re: El camino hacía la ciudad de los Dragones de piedra.

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