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Pasado meado

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Pasado meado

Mensaje por Bintu el Lun Dic 26, 2016 4:00 pm


El sol de aquel día había picado. El pelaje en punta, las moscas dispersas, esa sequedad atosigadora en la parte alta del paladar le fastidiaba, haciéndole tronar las entrañas. En ese momento, con parsimonia alzó la cabeza entre los pastos secos y no divisó nada. Los sonidos la traicionaban aún, pues no hacía mucho que había dejado a los suyos. Ése había sido el último día que recibiera cena. Bajó la mirada y repasó sus patas, llenas de polvo y hojas, tan secas que pareciera que se desintegrarían con el viento. Por dos segundos, se preguntó si eso también le pasaría… ¿dejaría de existir desintegrándose en polvo con solo el soplo de la brisa? Arrugó su mirada desencantada, fijándola en sus garras poderosas. “No, no”, se dijo. No hay manera que la carne que ahora la formaba, por más que estuviera disminuida, fuera tan endeble como las hojas.

Entonces los vio: dos presas, una enorme, otra más pequeña, carne jugosa envuelta en piel resistente, la había probado de antes: elefantes, una familia, una madre con su cría. Con su mirada penetrante les siguió el paso sin atreverse a mover un músculo. Tampoco era que se sintiera con ganas de invertir más energía de la que requería. Les siguió con el contoneo de sus pasos lentos y sosos, dándose cuenta que no tendrían posibilidad de correr demasiado pues la cría aún no dominaba lo básico. Bintu tampoco se tomó el trabajo de alzar el cuello para calcular mejor, asunto en el que siempre había sido cautelosa desde que fuera cachorra. Como buena cazadora sabía que aquellos dos aún no se percataban de la presencia de la depredadora. El estómago le volvió a rugir, casi con el tono de un cachorro recién nacido y se retorció ligeramente sobre sí misma. Puso ambas patas en posición y con suave contoneo alzó su cabeza, y se puso en pie, dejando su cola libre al contoneo.

Le dolía todo. El hambre la consumía.

Gruñó compungida, apenas un suave quejido que no despertara las sospechas de los enormes mamíferos que se alejaban de ella, concentrado lo poco que le quedaba en calcular su propia energía. Planear no era lo suyo, sin embargo, con los ojos expectantes, no renunciaba a dejar ir aquella oportunidad de comida. Por supuesto, las presas eran grandes; sin la manada la más grande estaba fuera de su alcance. Todo debía centrarse en la cría, pero con la madre tan cerca y la debilidad golpeándole en la sien, traería problemas serios. Meneó la cabeza confusa. ¿Qué hacer?

Entonces la tierra misma quiso mandarle un aviso: con el calor aún resguardado entre su pelaje, poco había notado que el sol se había resguardado rápidamente entre las nubes, creciendo éstas cada vez más como si alguien las estuviera invocando. El primer trueno hizo que tanto ella como los elefantes se agazaparan, asustados; el segundo fue un claro llamado de atención de la tierra: la temporada de lluvias vendría con todo su rigor.

Los elefantes salieron en picada, huyendo a tierras bajas, donde de seguro aguardaban sus congéneres. Pero Bintu ya no tenía manada. Con el lomo cicatrizando pero apenas en los huesos, observó como las presas se le escapaban de vista sin poder hacer nada. Era frustrante. Un martirio y un delirio. Más ella no se quedaría atrapada en aquella congoja: un problema mayor se materializaba en los cielos. Si no huía, las aguas vendrían y se la llevarían, igual que la hoja, igual que a las presas, igual que a los muertos.

La leona, paso por paso, casi teniendo presente cada uno de los músculos que se manejaban para ello, dio media vuelta, meando en la acacia que le había dado cobijo. Había sido suya, su hogar, su rincón de consuelo; ahora pasaría a ser el pasado, como todo lo demás. Ella reanudaba el camino hacia el norte, donde una gran montaña asomaba, con vegetación más tupida y cuevas, en dirección opuesta a las presas que muy seguramente hubiesen alegrado por ese día su existencia.
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Bintu

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