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[+18] Ciudad de cristal hidráulico

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[+18] Ciudad de cristal hidráulico

Mensaje por Cyrene de Androsio el Mar Ene 03, 2017 1:19 pm

I.Caminante no hay camino

Breve aclaración:
Antes de comenzar la lectura, quisiera señalar que ésta es la primera parte de la hijra, la primera de unas diez que tengo en mente (escritas cuatro), el motivo por el cual he decidido publicarlo por partes es para que, por un lado, la pueda ir leyendo y siguiendo quien quiera, y por el otro, porque se me estaba yendo de las manos en longitud la Hijra.
Dado que es una Hijra, me conformaré con la experiencia y diamantes que se suelen dar por una, no me interesa el nivel, si el staff decidiera que la Hijra se considere como una partida, lo aceptaría igual, pero en principio no es lo que se busca aquí, si no desarrollar como se merece, una decisión de tanto peso para el personaje.
Sin nada más que añadir, agradezco que se haya leído este pequeño prólogo, y dejo al lector con la historia, la cual espero, pueda continuar a un ritmo asequible.

Un saludo, y feliz año. Disfruten Wink

El carruaje brincó en una de las piedras del camino, despertando a Cyrene de su sueño, habían estado varias horas sentados en aquella caja con ruedas, la espalda y las piernas reclamaban ser usadas, pero no saldrían de allí hasta llegar a San Rhael, el cochero había asegurado conocer un camino que les llevaría a la capital en una jornada, y ya había cobrado en consecuencia, así que ahora sólo podían rezar y esperar, que aquella bravuconada fuese cierta.

Cyrene se estiró cuanto pudo en el asiento, algún que otro hueso crujió en respuesta, pero mereció la pena. Petruccio le prestó unos segundos de atención, pero pronto devolvió su mirada a la ventana, aquel mozalbete y ladronzuelo de pelo rizo y ojos esmeralda pocas veces había salido de Malik Thalish, quizá nunca, y contemplar los verdes bosques y las blancas montañas debía de ser todo un espectáculo, la Ciudad Negra poco ofrecía a parte de hielo y nieve:

-¿Has dormido bien Cy? -preguntó Petruccio sin apartar la mirada del paisaje-

Cyrene bostezó a modo de respuesta, la verdad, había sido un sueño bastante agradable

-¿Alguna novedad Petruccio?

-No mucho -contestó el joven encogiéndose de hombros- Hemos dejado el camino real y nos hemos metido por un sendero, de pastores si no me equivoco

Cyrene se incorporó y miró por la ventana de su izquierda, la contrapuesta a la de Petruccio, el paisaje había, efectivamente, cambiado, ahora ya no había un mosaico de cultivos y bosques plantados para los aserraderos, sólo un gran desfiladero, en el valle se podían ver algunas casas rodeadas por una frondosa arboleda, seguramente se trataban de pequeñas aldeas de paso, quizá comunidades aisladas en la montaña, allí, en medio de la nada, poco sufrían las consecuencias de la política, vivían día a día, y pagaban de vez en cuando al recaudador de impuestos; a veces le hubiera gustado nacer campesina, parecía una vida sencilla.

-¿Y ha dicho algo nuestro cochero sobre cuánto queda? -preguntó Cyrene apartándose de la ventana-

Petruccio la miró unos segundos y golpeó el techo:

-¡Leo! ¿Cuánto queda de viaje?

-¡Muy poco! -contestó el cochero a voces- ¡En cuanto salgamos de esta montaña tendríamos que ver la capital!

Petruccio dio las gracias y señaló con el índice al techo:

-Dice el cochero que muy poco

Cyrene esbozó una sonrisa, a Petruccio le encantaban ese tipo de chanzas, a veces se hacían muy pesadas, parecía que no se tomaba nada en serio, pero era un buen chico, él se había encargado de contratar al tal Leo, e incluso había negociado un mejor precio para ella, lo cual no estaba nada mal, pues pagar 12 kulls de oro ya había sido una sangría considerable

-Bueno -comentó Cyrene- Esperemos no caer rodando montaña abajo

Petruccio sonrió y la miró antes de contestar:

-Dicen que San Rhael está en una ladera, sería una buena manera de llegar rápido

-Jajajaja, no tengo tanta prisa, prefiero llegar sana y salva.

Cyrene se recostó con una sonrisa, buscó su libro palpando el asiento con la mano, pero allí no estaba. Asustada, se incorporó bruscamente y miró de un lado a otro, ¿Dónde estaba? Se le habría caído de las manos al dormirse, seguro, ¿Pero donde habría ido a parar? Aquel libro era demasiado valioso como para perderlo.

-Debajo de ti Cy -dijo Petruccio mientras cambiaba de ventana, al parecer la ladera y el bosque de su lado lo habían aburrido ya-

La joven bajó la vista, y allí estaba, debajo de su asiento, tan inocente, como si no tuviera la culpa de nada. Cyrene respiró hondo y dejó escapar una carcajada, había sido un buen susto, su corazón aún le palpitaba; se agachó para recogerlo, parecía estar intacto, tanto por dentro como por fuera; la cubierta rezaba con letras de oro: “XI Simposio de Investigadores Altonatos de Erinimar”. Entre sus páginas se recopilaban las ponencias de la conferencia, el tema de aquel año habían sido los merrow; y para Cyrene, la biología de aquella raza era fundamental, vital, para su investigación; y en un futuro, no serían ellos los únicos en vivir y respirar bajo el agua.

La joven acarició el lomo del libro, le había costado mucho sudor y kulls conseguirlo, los elfos eran muy celosos de su conocimiento, que accediesen a cederle una copia había representado un auténtico dolor de muelas, a veces comprendía porqué tanta gente los odiaba, aunque en cierto sentido también entendía a los elfos, por un lado la Historia no los ha tratado bien, pero por el otro, y es lo más triste, el saber no es para todos, en manos de algunos puede representar un grave peligro, aunque para la mayoría son inutilidades que no sirven en su día a día, ¿Para que querría un humilde artesano conocer la evolución de las lenguas?

-Oye Cy...

Cyrene dejó de ojear el libro, Petruccio la miraba con aquellos ojos lastimeros, siempre que quería pedir algo actuaba así, había quien creía que era un niño y que estaba actuando como tal, pero en realidad era una herramienta de la que se valía, su astucia poco tenía que envidiar a los estafadores que vendían pieles de gato, haciéndolas pasar por unas de liebre.

-Petruccio... -comenzó a decir Cyrene- No te pienso dar ni un kull más

El jovenzuelo frunció el ceño e hizo desaparecer su mirada suplicante, se había dado cuenta de lo poco que le iba a funcionar, alzó los brazos en un gesto teatral:

-Pero Cy... ¡Vamos a la capital de Zhalmia! ¡Nada menos que la capital! No puedes esperar que con dos kulls y medio de oro pueda disfrutarla como es debido

Cyrene se cruzó de brazos y enarcó una ceja:

-¿No tienes el dinero que te doy cada mes para tus gastos?

Petruccio se echó hacia atrás, y miró a un lado:

-Yo... -dijo en un tono pesumbroso- Digamos que lo perdí en un par de malas apuestas

-¿Ah sí? -preguntó sarcástica Cyrene- Pues esta mañana te he visto con una bolsa repleta de kulls, ¿Era un bollo de canela lo que le estabas comprando a la mesonera no?

Petruccio abrió los ojos como platos, un leve rubor comenzó a asomar en sus mejillas, pero no se dio por vencido, más bien al contrario, se hizo el ofendido:

-¿Acaso me espías Cy? ¿No confías en mí?

-Estábamos en la misma posada Petruccio, más raro hubiera sido que no te viese

El joven la miró fijamente y abrió la boca, pero decidió dejarlo, alzó los brazos en señal de rendición:

-Muy bien, me has pillado -confesó- Me he traido unos cuantos ahorros de Malik, pero es muy poco, abultan mucho los kulls de cobre.

Cyrene se frotó los ojos y esbozó una sonrisa, tratar con aquel chico era agotador en ocasiones, era como convivir con un usurero o un comerciante las 24 horas del día

-No te pienso dar más Petruccio, eres un buen chico, pero te abalanzas sobre el dinero como un marido a una prostituta; y si no te pusiera un límite, acabarías por pedirme la bolsa entera.

Petruccio se cruzó de brazos y frunció el ceño, en esas reacciones seguía siendo aún muy infantil, pero nunca hacía una pataleta, simplemente enmudecía e ignoraba cualquier cosa de su alrededor. Se puso a mirar por la ventana, estaría así un buen rato. Cyrene lo dejó en paz y se centró en recuperar la página en la que iba, lo último que recordaba era una comparación entre las agallas de los merrow y de los peces..

El carruaje continuó traqueteando por aquel sendero, el bosque pasó a ser lo único que se veía en el valle, aunque de entre los árboles aún ascendían columnas de humo. El Sol proseguía su recorrido en el cielo, se movía ya hacia el oeste, sería poco más del mediodía.

Poco tiempo después, el cochero golpeó el techo del carruaje:

-Dama y caballero... ¡Bienvenidos a San Rhael!

Cyrene y Petruccio se asomaron a la ventana del lado izquierdo, la loma de la montaba continuaba siendo igual de empinada, y sin embargo la ciudad se asentaba segura en la ladera, las altas torres del que parecía ser el palacio real se asomaban imponentes entre todos los edificios, que se apiñaban unos contra otros, buscando ocupar el mayor espacio posible; el bosque había desaparecido, dejando paso a una auténtica urbe extramuros, sus calles eran más amplias y las viviendas más horizontales que verticales, el no verse limitadas a una muralla les había concedido esa ventaja. Un extraño brillo rosáceo rodeaba todo el recinto amurallado, dándole un aspecto onírico e irreal.

-¡Es enorme Cy! -comentó Petruccio, completamente embelesado-

Cyrene se recostó en su asiento y volvió a su lectura:

- -susurró- Bastante
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Re: [+18] Ciudad de cristal hidráulico

Mensaje por Cyrene de Androsio el Dom Ene 08, 2017 11:38 pm


II.Gentes del lugar

El paje comenzó a subir las largas y empinadas escaleras de mármol que conducían a Palacio, él se había encargado de recibirlos en la puerta este de la ciudad, el cómo se había enterado de su llegada, era todo un misterio.

A Petruccio, por su parte, le habían asignado otro paje, y entre los dos se encargarían de llevar el equipaje a la Residencia Real, una especie de edificio adjunto al Palacio, en el cual vivían los criados de la Corte, pero también los miembros de la Guardia, algunos invitados de bajo rango, los funcionarios y administradores de la Corte, y por supuesto, los investigadores asociados a proyectos reales. Según les habían dicho, aquella residencia era un viejo testimonio de la época de los Sabios, de cuando Zhalmia era un lugar de académicos sin rey, aquel sería el complejo para alojar a los estudiantes y a algunos de los profesores, siendo el Palacio Invernal, donde tendrían lugar las clases.

Cyrene, miró abrumada a la larga escalinata que se extendía ante sus ojos, la rica estatuaria que adornaba cada lado de los tramos de la escalera era exquisita, cada una en una posición distinta, pero formando en conjunto un movimiento, como si hubiera dividido una acción en cada uno de sus pasos, las paredes de Palacio centelleaban adornadas con vidrieras de mil colores, algunas con motivos vegetales y simbología que Cyrene no comprendía, otras, con retratos y efigies de viejos reyes y de los Sabios; las paredes que no estaban ocupadas por grandes ventanales, ofrecían molduras, bordados y bajorrelieves de gran calidad, aunque erosionados por el paso del tiempo.  Aquel lugar era digno de reyes, sin duda.

Cyrene tomó aire y se dispuso a ascender, escalón a escalón, evitando mirar lo que le quedaba por subir, aquella colaboración no había empezado siquiera, y ya le estaba resultando desagradable, y el vestido de encaje negro que llevaba no estaba ayudando nada, tenía que recogérselo cada poco para no pisarlo, si de ella dependiera, habría seguido con las calzas, pero ambos pajes habían insistido en que se cambiara de ropa, que se pusiera algo más acorde a la situación.

Cyrene atravesó con una mirada de odio al paje, aquel hombre de largo pelo blanco, vestía una larga casaca azul  bordada en oro que le llegaba a las rodillas, por debajo llevaba un chaleco anaranjado, en las piernas vestía unas medias blancas, sin embargo donde más se le detenía la mirada a Cyrene era en su calzado, una especie de zapatos negros con tacón y una enorme hebilla plateada, no parecían ser muy cómodos, y aún así, el hombre ascendía los escalones de dos en dos sin aparente dificultad, manteniendo en todo momento aquella posición enhiesta y refinada, si el resto de la Corte era así, aquello iba a ser como mínimo empalagoso:

-Oiga, una pregunta -jadeó Cyrene- ¿Cómo es que no se ha hecho algo para atajar esta subida?

El paje se detuvo y la miró arrugando la nariz, parecía como si en su blanca barba hubiera germinado la bosta de algún animal:

-En verdad se ha hecho, lady Murdham, pero me temo que el Ascenso Regio está vedado para la mayoría de los visitantes de la Corte, solo el rey y su esposa, así como aquellos que gocen de su permiso, pueden darle uso.

-Entonces...

Cyrene se asomó al pasamanos del lado derecho, antes había visto un extraño andamio de madera con una plataforma movida por poleas, no era ninguna maravilla, su única virtud era el trabajo de ebanistería, que había hecho de los postes, unas columnas con vides de madera y uvas de cristal; de hecho otros lugares usaban aquel artilugio, y sin tanta floritura, para subir y bajar material de construcción. El paje se le acercó y señaló con un leve gesto a la estructura de madera:

-Efectivamente, ese es el Ascenso Regio, lady Murdham

Cyrene apoyó la mano derecha en el pasamanos y dejó caer hacia allí su peso, enarcó una ceja, incrédula:

-¿No sería más sencillo llamarlo montacargas?

El paje se llevó las manos a la espalda y tomó aire, ufano:

-No es lo mismo lady Murdham, se trata de una pieza de tecnología de vanguardia, construida por alguno de los más eminentes ingenieros del reino, -apuntó con el índice al cielo- Una sola persona es capaz de elevar a cuatro sin apenas esforzarse, y la seguridad no se puede comparar a la de un montacargas común, además de poseer...

-Decís que una sola persona ¿Eh? -interrumpió Cyrene asomándose de nuevo para observar “El Ascenso Regio”- Entiendo entonces que se han combinado las poleas con engranajes, -se dio la vuelta y miró de nuevo al paje- ¿La trasmisión de fuerza de hace por correa o la polea se enrolla en bobina?

El hombre abrió los ojos y tosió levemente antes de decir:

-Me... Me temo lady Murdham que desconozco las especificaciones del artefacto, debería consultar los planos técnicos en el Archivo

Cyrene sonrió satisfecha, quizá no estuviera tan mal aquel lugar después de todo, miró una vez más al ingenio y reanudó su ascenso con fuerzas renovadas, ahora era el paje quien tenía que mantener su ritmo, pero aquello no duró demasiado; cuando habían recorrido tres cuartos del camino, Cyrene tuvo que parar y tomar aire, le costaba respirar y le ardían los pulmones, la vista se le nubló por un segundo, se llevó la mano al guardapelo

-¿Se encuentra bien lady Murdham? -preguntó el paje intentando no jadear-

-Sí sí, solo necesito, un momento -contestó Cyrene mientras hacía salir del guardapelo su SM y una carga de oxinagua, descargó el líquido en el depósito de la máscara y cambió el mecanismo a pulverización, se la puso e inspiró profundamente, la oxinagua la ayudo a recuperar poco a poco el aliento, su respiración se normalizó-

El paje se cruzó de brazos y la miró con curiosidad

-Entiendo que esa es su famosa Solunum maskesi...

Cyrene se volvió hacia él con la máscara puesta, su aspecto debía de ser intimidante pues el hombre dio un paso atrás, pero ella apenas reparó en eso ¿Cómo conocía aquel sirviente su invención? Es decir, las Solunum maskesi eran algo conocidas en Androsio, Malik y algún que otro sitio más, y sólo interesaban a gente asociada al mar, junto con algún que otro alquimista o ingeniero que intentaba crear burdas imitaciones, para el resto de la gente no era nada especial, más bien no les interesaba para nada.

-Efectivamente, es una SM, un modelo para mi uso personal, no está a la venta

-Oh no no -dijo el paje zarandeando las manos de lado a lado- No estaba interesado en comprarla, era... Pura curiosidad, nada más

-Ya veo -contestó Cyrene mientras se retiraba la máscara de la cara,  luego lo miró, inquisitiva- ¿Cómo sabéis de su existencia en un lugar tan lejano al mar?

Al paje lo traicionó un leve tambaleo, al parecer había hablado de más:

-Yo... He sido informado por el consejero real, me dijo que tenía que recoger a la inventora de unas máscaras que permitían respirar bajo el agua. Supuse que esa...

-Ya veo -murmuró Cyrene entrecerrando los ojos- Bueno, creo que podemos proseguir, aunque si no le importa, me lo voy a tomar con calma

El paje asintió y ambos reanudaron el ascenso, Cyrene puso a buen recaudo la máscara en su guardapelo, aquello había sido un tanto extraño, aunque quizá le estuviera dando demasiadas vueltas, los rumores viajaban tan rápido como los vientos, y si la habían llamado a la capital, por algo sería; así que decidió no pensar más en ello, y se centró en las escaleras. Ahora ambos iban a la misma altura, el hombre debía de estar preocupado lo suficiente como para frenar su ritmo, lo más probable es que no quisiera forzarla y provocarle otro ataque, después de todo era el responsable de llevarla a Palacio, si le ocurría algo su cuello estaría en juego.

-Por cierto... -comentó Cyrene- Aún no he oído vuestro nombre

El paje le dedicó una leve mirada antes de contestar:

-Eso es porque no lo debéis oír lady Murdham, mi nombre sólo lo sabe aquel al que juré servir, y por ello tiene poder sobre mí, los demás usarán el apelativo que me fue asignado por mi señor

Cyrene lo miró extrañada, ¿En San Rhael aún pervivía el vasallaje? De Malik Thalish se lo esperaba, al fin y al cabo se trataba de un lugar muy cerrado en sí mismo, y atrasado en casi todo salvo el ámbito militar, ¿Pero de la capital de Zhalmia? ¿De un reino tan tocado por el comercio y las relaciones extranjeras? No sería como Loc-Lac, pero aún así...

-Bueno, -dijo al fin Cyrene- Pues entonces decidme, ¿Cuál es vuestro apelativo?

-Hediondo, lady Murdham, mi apelativo es Hediondo

Cyrene se detuvo en medio de la escalera

-¿Habéis dicho Hediondo? ¿Qué clase de apelativo es ese?

-El que me puso mi señor, lady Murdham, y el cual he aceptado

-Entiendo...

Cyrene reanudó el ascenso, no iba a cuestionar esas cosas, si era la costumbre ser así de cruel con los criados y sirvientes, ella entraría en el juego, tenía que hacerse fiable y querida por los lugareños, era la única manera de conseguir información para Malik Thalish.

A veces se arrepentía de haber aceptado aquella entrevista en San Rhael, desde entonces la Corte de Malik Thalish la miraba con recelo, aunque hubiera aceptado espiar para ellos, muchas veces la habían advertido de lo que pasaría si revelaba datos del proyecto Ictis o de cualquier otro, y lo que ocurriría si en algún momento traicionaba a la Ciudad Negra y dejaba de mandarles información. Por otro lado, aunque Zhalmia no se había manifestado al respecto, le pedirían algo similar seguro, o como mínimo un total silencio acerca de los proyectos en los que iba a colaborar.

Cyrene sintió como se le aceleraba el corazón, aquello era como tener dos sogas alrededor del cuello todo el tiempo, sin descanso, tenía que evitar el ser odiada por unos y otros, y tanto Zhalmia como Malik eran muy sádicos con los traidores a la patria, un paso en falso y acabaría linchada por alguno de los dos, puede que por ambos.

Continuó el ascenso mientras su pecho se iba haciendo cada vez más pesado, las enormes puertas del Palacio Invernal se plantaron orgullosas ante ella, dos guardias situados a ambos lados de la puerta la miraron con desconfianza, pero procedieron a abrirla cuando Hediondo les hizo un gesto. Cyrene inspiró hondo y cruzó el umbral, ya no había vuelta atrás.
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Re: [+18] Ciudad de cristal hidráulico

Mensaje por Cyrene de Androsio el Lun Ene 16, 2017 7:20 pm


III. Pergaminos entintados

La taza de té humeaba en la mesa de cristal, Cyrene se dejó vagar en el caprichoso color terroso del líquido, el azúcar se había ido al fondo, y sus ojos se habían acostumbrado lo suficiente como para distinguir los restos de hojas. Sacudió la cabeza y se recriminó el haberse ensimismado, tenía que mantener la guardia alta, se giró para mirar a la puerta por la que había entrado ¿Cuánto tiempo llevaba esperando? De la gente de Zhalmia se decía que era puntual, que valoraban los minutos y los segundos, como los enanos.

Cyrene tamborileó en la mesa con los dedos y tomó un sorbo del té, ya empezaba a estar frío. Hediondo se lo había traído hacía un rato, después de haberla dejado en aquella sala diciendo que pronto sería atendida, en sus ojos se veía que no iba a ser así, quizá por eso le había traído el té, como una burda compensación, ahora era cuando Cyrene echaba de menos su lectura, tendría que habérsela llevado consigo.

Apuró la taza y se puso en pie, necesitaba estirar las piernas un poco, y la estancia daba para ello; era alargada, con un techo alto dividido en varias bóvedas de crucería, una de las paredes, la que daba al exterior, dejaba entrar toda la luz a través de un gran ventanal, Cyrene volvió a mirar a la mesa por un momento, definitivamente en San Rhael tenían mucho gusto por el cristal, ya fuera en vidriera, muebles o amplias galerías en lugar de balcones, lo había visto en varios edificios en su camino al palacio, pero creyó que sería casualidad; extraño teniendo en cuenta que hacía falta mucha arena, y San Rhael era ciudad de interior.

Dejó atrás sus cavilaciones y se fue hacia el centro de la sala, estaba ocupado por una enorme estufa de cerámica pintada, dentro de aquella estructura de barro cocido estaría escondida la caldera de metal, menos estética; alrededor había varios sillones de aspecto cómodo, los invitados que visitaran el Palacio en invierno se sentarían ahí con toda seguridad, con el agradable calor dándoles de frente, Cyrene intentó calcular el precio de instalar una parecida en su casa de Forlie, los inviernos de Malik Thalish eran muy crudos, y una chimenea en cada dormitorio sólo dejaba entrar más frío si no se encendían, pronto llegó a la conclusión de que costaría demasiado como para ser rentable, quizá en un futuro de dinero más boyante.

Cyrene se apartó de la estufa y caminó hasta el fondo de la estancia, allí solo había un balcón, se podían ver parte de los jardines reales, pero a ella no le interesaban los setos cortados en formas varias; desandó el camino y le prestó atención a los cuadros que había en las paredes; todos eran retratos de reyes o príncipes herederos, pues tenían la corona en la cabeza o en la mano, el resto del simbolismo iba variando, sólo reconoció a Tideo el Anciano, siempre se le representaba con una barba o un rollo de pergamino, aludiendo a su sabiduría, y un arca repleta de kulls, recordando la riqueza que trajo al reino de Zhalmia.

Se fijó entonces en uno que asomaba por debajo de unas telas, al principio no había reparado en él, pues estaba casi al lado de los ventanales, detrás de lo que parecían ser las cortinas, Cyrene se acercó y apartó la tela, acababa de encontrar el único retrato grupal de la sala, en el medio había un hombre calvo, vestido con una túnica y de rostro malhumorado, en él estaba el punto de fuga, pues todos los de su alrededor lo miraban, reconduciendo al espectador a aquel anciano, quizá no fuera tan grupal aquella pintura...

-El sabio de San Rhael y sus alumnos... -murmuró una voz a su espalda-

Cyrene saltó hacia un lado por instinto, lo primero que se tenía que hacer en caso de ser pillada por sorpresa era crear distancia, luego se dio la vuelta, ante ella estaba un orondo hombre de unos cuarenta años, barba de chivo y pelo cano repeinado hacia un lado, vestía una cota de malla, disimulada con una túnica que le llegaba a las rodillas, debajo solo tenía calzas y unos zapatos de tacón parecidos a los de Hediondo, solo que la hebilla era más modesta, o mejor dicho, menos ridícula. El hombre esbozó una sonrisa divertida:

-Mis disculpas lady Murdham, no era mi intención asustaros

Cyrene lo atravesó con la mirada, ¿Cuando había entrado? No lo había escuchado al entrar, y aquello la ponía más nerviosa aún:

-¿Quién demonios sois? -preguntó sin pensárselo demasiado-

El hombre torció un poco el gesto, ofendido, pero pronto recuperó la sonrisa e hizo un leve cabeceo a modo de reverencia:

-El Canciller Sigmund, a vuestro servicio -se acercó a la mesa de cristal y dejó una cartera de cuero que contenía varios papeles- Lamento haberos hecho esperar... ¿Nos sentamos?

Cyrene se quedó algo traspuesta, había hablado de forma inapropiada frente al canciller del Reino, en otros lugares eso podría haberle costado la pérdida de su lengua, por suerte para ella, aquel hombre parecía ser amable y no se lo había tenido en cuenta, aunque tampoco estaba muy segura de que todo fueran sonrisas:

-Claro Canciller

Ambos tomaron asiento, de la nada apareció también Hediondo con otras dos tazas de té, Cyrene la rechazó, con una era más que suficiente, el Canciller Sigmund también, prefería tomar vino:

-Muy bien... -comentó aquel hombre mientras sacaba un par de papeles de la cartera- Pues mientras vuelve Hediondo... ¿Le parece bien si vamos empezando?

-Como desee Canciller

-Perfecto... Pues antes que nada, ambos debemos firmar un contrato, permitid que os lo lea -alzó un papel de la pila y se puso unos anteojos que guardaba en el bolsillo- “Por el presente y dicho documento que abajo es firmado por los interesados, se atestigua la reunión celebrada por los dichos interesados en el Palacio de Primavera de San Rhael. Los dichos interesados se comprometen por el dicho documento a no revelar aquello que haya sido hablado en la dicha reunión celebrada en el ya dicho Palacio Invernal de San Rhael” -se quitó los anteojos y la atravesó con la mirada- ¿Os parecen bien estos términos de privacidad? -le tendió el contrato-

Cyrene leyó por encima, era lo mismo que había leído el Canciller, eso estaba bien, daba algo de confianza, había quienes engañaban a los analfabetos leyendo una cosa y escribiendo otra, por suerte para ella podría comprobar con sus propios ojos si lo acordado tenía alguna treta escondida. Miró a aquel hombre.

-Me parecen adecuados Canciller Sigmund

-Muy bien, entonces... -hurgó en su cartera y extrajo una pequeña ampolla de tinta y una pluma, le tendió ambas- Proceda a firmar Lady Murdham.

Cyrene firmó sin más ceremonias, su rúbrica no era tan rebuscada como otros nobles de Malik, las dos primeras letras de su nombre y el resto pequeños zigzagueos que imitaban lo restante, hacer de más parecía malgastar tinta. Le cedió el papel y la pluma al canciller, éste firmó también, sus trazos eran más aflorados y decorados.

-Pues con este asunto zanjado... -comentó mientras ponía el pergamino bajo un rayo de sol que se colaba por la ventana- Podemos hablar de negocios, -entrelazó los dedos y la miró- Supongo que sabéis porqué estáis aquí ¿No es así Lady Murdham?

Ella se arrebujó en su asiento, le parecía inapropiado preguntar, pero la carta que le habían mandado a su casa era muy escueta, querían hablar sobre su Solunum maskesi, de eso estaba segura, por eso la habían convocado en el Palacio, pero nada acerca de los términos, de los intereses, del proyecto en sí... Nada de nada:

-Pues... En realidad quisiera más detalles -dijo inclinándose sobre la mesa, apoyando los codos- ¿Qué es lo que quiere exactamente el reino de Zhalmia de mí?

Sigmundo imitó su gesto, ahora estaban a unos escasos palmos de distancia, casi podían escucharse respirar:

-Queremos soldados que se muevan bajo el agua, capaces de neutralizar flotas sin sacrificar barcos en el proceso -se recostó en su asiento- Las guerras son cada vez más costosas Lady Murdham,  demasiado, incluso el mantenimiento del ejército ha alcanzado límites insospechados, dentro de poco los conflictos se basarán en el desgaste recíproco, y no en los enfrentamientos en sí -extrajo de su cartera una Solunum maskesi-001 y la colocó entre ellos- Necesitamos estar a la vanguardia de la tecnología militar. Es el futuro, terminar de forma rápida con nuestros adversarios -señaló la SM- Necesitamos, este tipo de tecnologías.

Cyrene se cruzó de brazos, aquello era una oportunidad interesante, necesitaba pulir sus Solunum maskesi, o para ser exactos, la fórmula de la oxinagua, sus ataques respiratorios era más frecuentes a cada año que pasaba, si podía cubrir los gastos de investigación con la ayuda de Zhalmia, avanzaría a pasos agigantados, pagar los materiales de su propio bolsillo la estaba ralentizando, Malik pagaba bien a sus investigadores, pero sin excederse; quizá Zhalmia le daría algo mejor.

-Supongamos que acepto -dijo al fin Cyrene haciendo un gesto con la mano- ¿Qué me ofrece el reino de Zhalmia?

El canciller se llevó las manos al pecho, su expresión se ensombreció un poco:

-Le ofrecemos un puesto como investigadora real de Zhalmia, de los más prestigiosos en Noreth, será una buena contribución a su fama académica, pocos serán los Archivos, Congresos u otras instituciones que le prohíban el acceso -hizo una leve pausa y se golpeo levemente en el pecho- Sin embargo la parte económica... Me temo que será algo más limitada.

Cyrene notó aquel jarro de agua fría cayéndole encima, se envaró al instante, retorciendo las manos bajo la mesa:

-Ya veo que la afecta sobremanera -murmuró somero el Canciller que se había fijado en su gesto-

Cyrene bajó la vista, empezaba a ver la utilidad de aquella mesa de cristal, nada quedaba escondido. Alzó las palmas y se las llevó al regazo, tendría que empezar a hacer algo más que ser sumisa y correcta, probó a hacerse la ofendida:

-¿Puedo saber por qué la corona de Zhalmia, de las más ricas comercialmente hablando, no puede permitirse un pago generoso a sus investigadores? -se inclinó sobre la mesa y le apuntó con el índice derecho- Vos mismo habéis dicho que la vanguardia tecnológica es imprescindible en el futuro del reino ¿Por qué no mantener felices a los que os la proporcionan?

El Canciller unió sus manos frente al rostro, su mirada se había ido enfriando con cada palabra, la sonrisa hacía tiempo que se había desvanecido:

-Cuidado Lady Murdham... -su tono gélido parecía poder cortar el metal- Estáis aquí como invitada, pero esa condición se puede perder.

-Entonces muy fácil es perderla... Canciller -replicó Cyrene cruzándose de brazos, ahora era cuando asomaba el verdadero Sigmund- Al fin y al cabo sólo planteo una inocente pregunta

El hombre la atravesó con la mirada y dejó trascurrir unos segundos, quizá en su mente se cocían a fuego lento mil y un maneras de amenazarla, aunque también podría estar intentando rebajar el ambiente, al fin y al cabo aún la necesitaba. Acertó. Su rostro estaba más sereno cuando esbozó sus siguientes palabras, casi silabeando:

-Lady Murdham... El problema radica en dos frentes... -se puso en pie y comenzó a pasearse hacia la estufa- Por un lado... En este proyecto no trabajaréis sola... Se trata de un proyecto colectivo -la miró por un momento- No sois la única que ha iniciado una línea de investigación en este campo, de hecho la parte en la que vos más participaréis será en el sistema de suministro de oxígeno, mientras que otros se dedicarán a la propulsión, la protección, el armamento, etcétera... Un trabajo colectivo como he dicho -se dio la vuelta y la atravesó otra vez con aquella mirada- Entiendo que no tendrá inconveniente en ello...

-No se me notificó en ningún momento el carácter colectivo del proyecto... -puntualizó Cyrene- Pero supongo que no...

Sigmund asintió satisfecho y reanudó su paseo, recorrió con sus dedos por la superficie de la estufa:

-Bien... -continuó en un tono condescendiente- Pues como comprenderá... La financiación y los salarios dedicados al proyecto, deben repartirse entre todos; y dado que éste no constituye la única inversión en investigación del reino... El crédito será el que la Hacienda considere oportunos, además de...

-Pero según habéis dicho Canciller -interrumpió Cyrene, harta de la burocracia- Esta tecnología... -señaló la SM que aún reposaba en la mesa- Es imprescindible para el futuro del reino ¿Por qué no dedicar más empeño y dinero para acelerar su desarrollo?

Sigmund no se molestó en girarse, se acercó a las ventanas y se perdió en la vista que ofrecían:

-Es imprescindible... Pero no la única, otros muchos proyectos igual de interesantes se acumulan a nuestras puertas Lady Murdham, y hasta que su equipo no tenga un prototipo sólido, no podremos dedicar más dinero a algo que puede ser un estrepitoso fracaso -se acercó a la mesa de nuevo y se sentó, volvía a esgrimir aquella seriedad en el rostro- Pero esto también nos lleva al segundo problema...

Cyrene sintió que de alguna manera aquello tenía que ver con ella, y no le gustaba, ser la molestia de alguien poderoso era muy peligroso, y ahora Malik Thalish estaba muy lejos como para protegerla:

-Que es... -inquirió ella al fin-

-Servís a la Ciudad Negra... -cortó el Canciller- Simple y llanamente... -volvió a colocar sus manos delante del rostro- Os seré sincero Lady Murdham... Si estáis aquí es por intercesión mía, muy pocos eran los que os querían traer a Palacio, vuestra única baza a favor es que sois de Androsio, y no thalasiana, eso os habría cerrado las puertas desde el principio...

-¿Y qué tiene que ver a quién sirva? -preguntó ofendida Cyrene, levantándose de la silla y sin meditar lo que decía- Un investigador trabaja para quien le ofrezca dinero por hacer lo que sabe hacer... Si hubiera sido Ujesh-Varsha, la Ciudad Esmeralda o los demonios del Foso Negro... Habría aceptado igual. Iré donde me paguen por trabajar, no donde los ideales me lleven

Sigmund se levantó también y se llevó las manos a la espalda:

-Tranquilizaos Lady Murdham... -murmuró en un tono conciliador- Estoy de vuestra parte, de hecho ese fue uno de mis argumentos para persuadir a los escépticos... Que vuestro vínculo es puramente económico... -miró a un lado y frunció el ceño- Y sin embargo me temo que ni siquiera eso les ha convencido... -le devolvió la mirada- Por ello vuestro pago será retenido hasta que se decida que sois de confianza, no nos importa que sigáis colaborando con Malik Thalish, simplemente nos preocupa que pudierais estar espiando para ellos...

Había dejado caer aquello último con especial lentitud, como si él también lo creyera hasta cierto punto, a Cyrene se le aceleró el corazón, traicionándola:

-Y he de suponer... -musitó- Que estaré vigilada la mayor parte del tiempo...

Sigmund se encogió de hombros:

-Tal vez sí... Tal vez no...

La puerta a sus espaldas se abrió, Hediondo se asomó con una botella y una copa de vino, y como si fuera un fantasma, sirvió en silencio la copa ante el Canciller, retirándose con la misma discreción. Cyrene apenas le prestó atención ¿Y ahora qué?

Su instinto le recomendaba fehacientemente que rechazara el puesto, era demasiado arriesgado, su vida era cómoda trabajando para Malik, y aunque no pudiera pulir la oxinagua tan rápido, al menos sería seguro... Por otro lado, su curiosidad la instaba a aceptar el puesto, a pesar de todo lo que conllevaba, aquella era una oportunidad irrepetible, trabajar para Zhalmia era tener acceso a un amplio conocimiento, eso sin contar los numerosos genios que tendría la oportunidad de conocer, uno de sus autores favoritos, Quejack Toscum, estudioso de los peces consumidos en el Norte, trabajaba con Zhalmia en su última investigación. Sigmund se acercó a la copa y bebió un poco, se tomo un tiempo para paladear el sabor, mientras la miraba, inquisitivo, finalmente formuló la pregunta:

-¿Querríais uniros al proyecto Lady Murdham? Aceptando se entiende, las condiciones impuestas -se sentó-

Cyrene también tomó asiento, observó al Canciller, pero su rostro era neutro, más bien serio, no habría más conversación sin una respuesta clara; Cyrene se reclinó en la silla y miró al techo, normalmente tomaría una decisión tajante en base a los posibles beneficios, la opción más provechosa para ella, y Zhalmia lo era, sin embargo algo tan primario como el instinto de supervivencia la frenaba, su vida estaría en el filo de la navaja, danzando en un precario equilibrio que no le gustaba nada, podría seguir trabajando para Malik, y el Canciller no le había pedido hacer de espía, lo cual era un alivio, pues hacer de doble espía hubiera sido aún peor, pero tendría que seguir hilando muy fino con ambos bandos. No sabía que hacer.

-¿Lady Murdham? -inquirió el Canciller sin abandonar aquella postura- Necesito una respuesta definitiva...

Cyrene lo miró durante unos segundos, finalmente musitó:

-¿Tenéis una moneda Canciller Sigmund?

El hombre se echó hacia atrás levantando ambas cejas, tardó un tiempo en contestar:

-Sí claro, aunque me temo que es dinero de las Arcas reales, no podría...

Cyrene alzó una mano pidiendo silencio, a su mente había acudido una vieja frase de su padre “Hija, cuando el pleito es complicado hasta para el más sabio, el azar es el mejor y más imparcial de los jueces”, aquella ocasión le pareció perfecta para dar uso al consejo:

-No le voy a exigir ningún pago Canciller, sólo necesito resolver una duda a cara o cruz

Sigmund abrió aún más los ojos, para alguien acostumbrado a codirigir el reino aquello debía ser un despropósito, el tomar una decisión tan importante en base al dictamen de una moneda, sin embargo no dijo nada al respecto, extrajo una pequeña bolsa de cuero de su cinturón y la depositó en la mesa, el metal de dentro tintineó:

-Lamentablemente no dispongo de reales thalasianos, solo kulls y coronas zhalmias.

-Me bastará con un kull, me da igual el metal

Sigmund rebuscó entre las monedas y extrajo un kull de oro, lo extendió en su mano:

-¿Cara o cruz Lady Murdham?

-Cara Canciller, pues parece que la decisión lo será elija lo que elija

Sigmund esbozó una tenue sonrisa e hizo girar la moneda como una peonza, el tiempo pareció ralentizarse, Cyrene solo escuchaba su respiración y el baile de aquel fatídico kull, el Canciller parecía también muy concentrado, no apartaba la mirada ni por un instante. La efigie de un hombre desconocido se reveló al caer la moneda. Sigmund elevó la vista y declaró:

-Cara ha sido, Lady Murdham, ¿Cuál es vuestra decisión?

Cyrene se levantó y le tendió la mano al Canciller:

-Enhorabuena, habéis obtenido un nuevo investigador al servicio del Rey.

El hombre se incorporó también y le estrechó la mano con fuerza, aquel rostro afable volvió a resurgir de entre las cenizas:

-Sabia decisión Lady Murdham, no os arrepentiréis -se sentó y comenzó a recoger sus papeles- Entonces podemos dar por concluida esta reunión

Cyrene enarcó una ceja, extrañada:

-¿No vais a hacerme firmar otro contrato Canciller?

-¿Qué? -detuvo su actividad por un momento antes de retomarla- Oh no, eso se hará cuando lleguéis a Androsio, allí lo firmaréis todos los miembros del equipo de investigación, -la miró un instante- y en presencia de un corresponsal real que lo atestigüe por supuesto.

Cyrene se cruzó de brazos y entrecerró los ojos:

-¿Y por qué hacerme venir hasta la capital? ¿No hubiera sido más fácil para todos acordar todo esto -señaló al montón de papeles- en Androsio?

Sigmund detuvo su actividad y se incorporó:

-Digamos... -siseó enigmático- Que era necesario comprobar ciertas cosas en persona

Cyrene inclinó la cabeza desconcertada ¿Qué se suponía que significaba aquello? Sintió ganas de preguntarlo, pero lo más cauto le pareció no irritar más a sus huéspedes, por hoy ya había tentado a la suerte suficiente:

-Entonces... -comenzó a decir- ¿Puedo retirarme?

-Por supuesto, -contestó el Canciller haciendo un gesto con la mano- Mañana por la mañana partiréis a Androsio, allí se os asignará un lugar para alojaros y...

-No será necesario -interrumpió Cyrene- Cuento con una propiedad en la ciudad

Sigmund la miró e hizo un mohín, luego se puso en pie:

-Está bien, entonces sólo se os asignará un paje para que os atienda en lo que sea preciso.

-Tampoco será necesario, -dijo Cyrene- También cuento con un criado personal que cumple esa función.

El Canciller apoyó ambos puños en la mesa y tomó aire, cambió el peso de pierna:

-Me temo que ese punto no es negociable Lady Murdham, ese criado será vuestro vínculo con la capital y a la Corona, no aceptarlo sería un insulto al Reino.

-Y cortar una vía para vigilarme... -murmuró para sí Cyrene-

-¿Decíais algo? -preguntó mirándola con severidad-

-Nada Canciller, acepto vuestro generoso ofrecimiento pues ¿Me acompañará en el viaje o nos encontraremos alli?

Sigmund se volvió a sentar y retomó su limpieza de la mesa:

-Os veréis allí Lady Murdham, aún se debe escoger el apropiado para vos

-Entonces, con vuestro permiso, me retiraré, quisiera visitar la ciudad y descansar un poco

-Por supuesto Lady Murdham, espero volver a veros pronto. Ha sido un placer

-Igualmente Canciller

Cyrene hizo una reverencia, nada especial ni rebuscado, y se retiró de la estancia, un paje ya la estaba esperando para conducirla a la salida, no le importó demasiado, sólo quería salir de allí y hacer algo que la distrajera un poco, sentía las sienes palpitar y un vacío en el estómago, en cuanto encontrara a Petruccio irían a comer algo, quizá a beber también, ahora una buena copa de vino especiado parecía un bálsamo en el que refugiarse de todos los nervios sufridos.

Sigmund por su parte, terminó de recoger y apuró la copa, casi al instante apareció Hediondo para recogerla, el Canciller lo retuvo:

-Cánovas... -susurró al criado- ¿Qué has averiguado?

-Me temo que no mucho por el momento amo, lleva un guardapelo mágico en el que puede almacenar sus posesiones, y aparentemente sufre de ataques respiratorios, en especial cuando hace esfuerzos físicos.

-Ya veo... -siseó el Canciller mientras se frotaba la frente, la ilusión del kull se deshizo, revelando la cruz que había salido en realidad, el cuadro del Sabio y sus alumnos se desvaneció con un chasquido también- ¿Algo más?

-Es inteligente Canciller, -declaró el criado balanceando la cabeza- El funcionamiento del Ascenso Regio le ha parecido casi una creación de niños...

-Eso es bueno -contestó Sigmund dejándose caer agotado en la silla, mantener la concentración había sido exigente, cerró los ojos y elevó el rostro hacia el techo- Al menos no tenemos a otro chapucero de feria... -se frotó la frente otra vez- Cánovas tráeme algo de láudano... Y haz tus maletas, te vas a Androsio una temporada.

El criado lo miró unos segundos, pero asintió complaciente:

-A vuestras órdenes amo, pero antes... ¿Me concederíais una pregunta?

-Adelante...

-¿Cómo sabíais que era apropiado que Lady Murdham obtuviese cara y no cruz? Podría haber sido lo opuesto a vuestros deseos

Sigmund abrió un ojo y miró a su criado:

-¿Otra vez escuchando a escondidas Cánovas? -cerró de nuevo los ojos y echó hacia atrás la cabeza- Tientas a tu suerte demasiado...

-Lo lamento Canciller, pero confesaré que esta mujer ha despertado mi curiosidad

-Ya somos dos entonces... -el Canciller se puso en pie y cogió su cartera, dispuesto a marcharse- Respondiendo a tu pregunta, no lo sabía, fue una corazonada, podría decirse que ambos estábamos jugándonos mucho por una moneda -se dirigió a la puerta y la abrió un poco- Olvida lo del láudano por ahora, que me lo lleven en la cena -y abandonó la estancia-

-Entendido amo -susurró Hediondo igual de desconcertado, pasó un paño por la mesa para limpiarla, y también se retiró, la estancia quedó en silencio...


Última edición por Cyrene de Androsio el Lun Ene 23, 2017 9:57 pm, editado 1 vez
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Re: [+18] Ciudad de cristal hidráulico

Mensaje por Cyrene de Androsio el Lun Ene 23, 2017 9:45 pm

IV. Ciudad de apariencias

Los guardias cerraron las puertas a su espalda, un pesado cerrojo se escuchó al otro lado, por hoy el Palacio cerraba sus puertas, el Sol ya estaba en el horizonte, y el añil y el naranja se habían impuesto al azul en la bóveda celeste, en pocas horas sería de noche, al parecer San Rhael, igual que Malik, era una ciudad invernal, con pocas horas de sol y demasiadas de noche, pero a diferencia de la Ciudad Negra, no hacía tanto frío. Cyrene miró hacia arriba, la cúpula rosácea seguía allí, empapando de aquel extraño color la atmósfera, quizá aquella extraña barrera protegía del clima y no solo de los hechizos, aunque sólo era mera especulación, no era una maga.

Abandonó sus cavilaciones y comenzó a descender los escalones, ahora sería mucho más sencillo, ya no sólo por el esfuerzo físico, si no porque ella se sentía mejor, acababa de adentrarse en la boca del lobo, quizá se acabaría arrepintiendo, pero por ahora sólo se sentía liviana como una pluma, y hasta cierto punto eufórica, aquel proyecto parecía prometedor, y si el equipo era profesional, sería muy enriquecedor. Sin darse cuenta, comenzó a silbar mientras bajaba las escaleras:

-Ya veo que todo ha salido bien -murmuró una voz a su espalda-

Cyrene dio un respingo y creó distancia, se llevó la mano al guardapelo y extrajo el bastón-estoque, una estatua del pasamanos le rozó la espalda con un brazo de mármol. Ante ella estaba el desgarbado Petruccio, se había desprendido de la ropa de criado, ahora iba con un chaquetilla marrón, unas calzas verdes y una camisa amarilla; en los pies un par de aquellos ridículos tacones con hebilla. El joven alzó las manos divertido:

-Tranquila Cy, que soy yo

-¡Petruccio! -jadeó Cyrene molesta- ¿Pero qué pasa hoy? ¿Todos tienen que pillarme por la espalda?

-¿Todos? -preguntó curioso- ¿El Rey te ha dado un susto por la espalda? -esbozó una sonrisa y comenzó reír- ¡Menudo rey más simpático!

Cyrene torció el gesto ante la broma, el chico siguió riendo ajeno a todo, por lo menos parecía haber recuperado el humor del que siempre hacía gala. Cyrene guardó el bastón en su guardapelo, notó como el peso se depositaba de nuevo en sus articulaciones, habría sido más fácil subir las escaleras sin tenerlo en el collar, pero necesitaba tener un arma con ella para sentirse segura:

-No me ha recibido el Rey, si no su Canciller -siseó Cyrene, molesta aún-

El joven redobló sus risas, se apoyó en el pasamanos, su cara empezaba a ponerse roja:

-¡Pues vaya una Corte de bromistas! -comentó casi sin aliento-

-No es una... Bah -Cyrene alzó los brazos- Olvídalo

Bajó decidida los últimos escalones, encaró un callejón y empezó a caminar a paso ligero, no tenía de idea de por donde se iba a la residencia, el encargado de guiarla era Petruccio, pero se negaba en redondo a seguir con sus bromas, buscaría un lugar para cenar, si él se quería unir, bien, si no, ya pagaría de su bolsillo una escudilla caliente. Petruccio dejó de reírse y la alcanzó en una carrera, los ojos le lagrimeaban un poco:

-Venga Cy -dijo en un tono conciliador- No te pongas así, quería distraerte un poco, esta mañana parecías muy preocupada por esa reunión...

Cyrene le dirigió una mirada ceñuda:

-Pues para tu información Petruccio, estaba perfectamente tranquila hasta que me has dado ese susto.

El joven dejó de sonreír y miró al frente:

-Lo siento Cy -su tono era de arrepentido-

Cyrene lo examinó, Petruccio le rehuía la mirada, era entonces cuando ella sabía que era sincero, pues aunque era un mentiroso compulsivo, un embaucador sobresaliente, con ese tipo de cosas se traicionaba a sí mismo, aunque quizá fuera un método que él tenía para hacerle saber que decía la verdad, una indirecta, a Cyrene no le importaba lo que fuera, bastaba conque se manifestara; le puso la mano en el hombro y rebajó el paso, dejó que el joven se estrechara contra ella:

-Vale... Haremos la vista gorda por esta vez -le dedicó una sonrisa- Ahora vamos a buscar un sitio donde cenar, me estoy muriendo de hambre... -Petruccio asintió con una leve sonrisa- Y de paso me cuentas de donde has sacado esas ropas tan ridículas

El joven frunció el ceño, pero mantuvo su sonrisa:

-Pues para tu información Cy... -declaró con orgullo- Estas son las ropas que llevan los jóvenes pajes de Zhalmia. El que me acompañó a la residencia me sugirió un buen sastre que me hiciera el uniforme

-¿Y lo has pagado tú? -preguntó Cyrene haciéndose la tonta- Yo creía que estabas sin dinero...

Petruccio dio un leve traspiés

-¡Me hicieron un buen precio Cy! -dijo titubeando- Por mi tamaño ahorraron mucha tela.

Cyrene miró a Petruccio con una ceja enarcada, hoy el joven estaba muy despistado, no era fácil destapar sus mentiras, al menos la mayoría de las veces, y eso que ella llevaba ya un tiempo con él, el suficiente como para conocerlo, lo más probable era que el joven estuviese demasiado emocionado con estar en una nueva ciudad, tanto como para no esforzarse en recordar cada argucia que se sacara del bolsillo.

-Bueno... -dejó caer Cyrene- Si lo has pagado tú con tu dinero, me da igual, para algo es tuyo.

Llegaron a una pequeña plaza de piedra, un bufón se había instalado en la fuente del centro con su carromato, estaba contando una historia con marionetas, los niños se arremolinaban a su alrededor, completamente embelesados.

Giraron a la izquierda y se adentraron en una calleja lateral, abandonando la gran y ancha vía que habían estado recorriendo, la única por la que parecían tener permiso de tránsito los carros. El resto de calles, a pesar de ser peatonales, eran infinitamente más amplias que las de la vieja Malik, donde se sacrificaba el espacio para circular en favor de las viviendas, dejando a las calles en apenas unos pies de ancho, y flanqueadas todas ellas por altas y agobiantes paredes. Nadie se quejaba, porque nadie quería tener su casa extramuros, desprotegida, y a merced del páramo helado circundante. En San Rhael sin embargo parecían disfrutar de la luminosidad y el espacio.

-Cy -comentó Petruccio mientras caminaba de espaldas, aún estaba mirando al bufón- A todo esto... ¿Qué tal te ha ido?

Cyrene se encogió de brazos y ladeó la cabeza:

-Bien supongo... He conseguido el puesto -esquivó un mendigo que se le acercó con un vaso metálico- o más bien asegurado, tenemos que salir mañana para Androsio, allí ocuparé el puesto formalmente

Petruccio retomó el paso y la alcanzó, se había detenido a darle 10 kulls de bronce al mendigo:

-¡Espera espera espera! -vociferó, ganándose la atención de algunos transeúntes- ¿Me estás diciendo que mañana nos vamos ya?

Cyrene lo miró alzando las cejas y asintió levemente, Petruccio se detuvo en medio de la calle, un hombre cargado de pergaminos lo adelantó por la derecha mascullando algo acerca de los pajes:

-¿Y entonces que hacemos perdiendo el tiempo paseando?

Cyrene puso los brazos en jarra:

-Paseando no Petruccio, te recuerdo que estábamos buscando un lugar para cenar, ya que por si no te has dado cuenta, no hemos comido nada desde que llegamos

-Tú no -contestó Petruccio con una sonrisa- Yo sí, y tengo que decir que los dulces de eucalipto están bastante buenos para venir de un árbol -extrajo dos pequeños palos de un bolsillo- La clave es ir chupando la madera, cuando pierda el sabor rompes el pedazo húmedo y sigues con el seco -se llevó uno a la boca, le tendió el otro- ¿Quieres?

Cyrene cogió aquella rama y se la llevó a los labios, al instante un sabor vegetal inundó su boca, luego sintió como mejoraba su respiración; examinó aquella chuchería con detenimiento:

-¿Eucalipto dices? -inquirió-

-Así es, -contestó Petruccio, con aquello en sus labios parecía un fumador de cachimba- Si no te gusta hay de arce, pero para mi gusto es muy empalagoso

-Bueno... -cortó Cyrene chupando un poco más- Aún así esto no es una cena, habrá que buscar un buen mesón o...

-No hay problema -dijo Petruccio señalándola con el palo- Ya he encontrado el sitio perfecto -se guardó el dulce e hizo una exagerada reverencia- ¿Harías el favor de seguirme Lady Murdham?

Un par de mujeres de ropas sencillas murmuraron algo entre ellas, debía de ser muy raro ver a una noble transitar las calles con un criado, Cyrene hizo memoria, antes había visto desde las escaleras unos cuantos palanquines de madera y cortinas de seda, ese debía de ser el medio de transporte usual para alguien con título, debía de ser muy agradable, sentirse un ser liviano, flotando por las calles sin tocar el sucio suelo, cómodamente recostado, pero no le interesaba, le parecía denigrante, y de perezosos.

-¿Lady Murdham? -insistió Petruccio aún inclinado-

Cyrene puso los ojos en blanco y le tocó la espalda:

-Vamos anda, muévete, no hagas más el ridículo, ya podrías haberme dicho antes que sabías de un sitio donde comer

Petruccio se incorporó como un resorte y remedó aquella pose enhiesta de los pajes:

-Mis disculpas Lady Murdham, ha sido un gran error por mi parte, por favor, seguidme

Echó a andar, deshaciendo el camino que habían recorrido, Cyrene alzó los ojos al cielo y guardó el palo en el guardapelo, luego lo siguió.

Algunos los miraban con muecas extrañadas, primero a él, luego a ella, se sentía ridícula, y ver a Petruccio actuar así la ponía incómoda, le recordaba lo que había pasado en la reunión, a cada paso que daban sólo deseaba que su joven criado decidiera dar la broma por finalizada, pero al parecer no era esa su intención.

Regresaron a la plaza y tomaron una calle hacia el este, el bufón de la fuente había recogido ya sus pertenencias y estaba enganchando a los caballos, el dinero estaría a buen recaudo dentro de su carromato, a su alrededor aún corría algún que otro niño, que le rogaba por una función más, pero por el gesto el bufón ya estaba cansado de relatos.

Prosiguieron durante un rato sin cambiar su dirección, Cyrene decidió ignorar la actitud de Petruccio para fijarse en los edificios, aquella ciudad era enorme, y a su manera, bella, pues aunque los edificios no pudieran hacer sombra al Palacio, todos parecían querer competir por llamar la atención, la manera de hacerlo era lo más curioso, pues unos optaban por los colores llamativos en las paredes, algunos con escenas o dibujos de gran calidad, mientras que otros preferían jugar con los propios materiales de construcción, alternando grandes bloques de piedra irregulares con ladrillos y sillería, creando símbolos o mosaicos extraños; hasta había gente extranjera aportando ideas de sus lugares de origen, como las cúpulas rematadas en punta típicas de Akdhar, o los motivos rúnicos en bronce asociados a los enanos.

Cyrene bajó la mirada al suelo y se llevó las manos a la espalda, aquella ciudad parecía ser bastante abierta al exterior, pero ella sabía la verdad, Androsio se lo había enseñado de forma cruel, en su fuero interno sabía que los arrabales y zonas deprimidas estarían escondidas en alguna parte, donde no empañaran el glamour que se quería fingir en los barrios más cercanos a Palacio, lo más probable era que estuvieran fuera, donde el terreno sería más asequible para construir una casa, lejos de los ricos que pudieran permitirse tener una propiedad dentro del recinto.

Cyrene se chocó con Petruccio y casi lo mandó contra el suelo, el joven se había detenido sin que se diera cuenta, y la miraba con solemnidad.

-Lady Murdham -anunció con pompa- Hemos llegado a nuestro destino, bienvenida, a la Mesa Cuadrada – hizo un gesto amplio y teatral con el brazo, señalando una casa-

La fachada era blanca, con una capa de cal, y estaba cortada en secciones por travesaños y vigas de madera, el tejado se componía de tejas oscuras, del que caían parras cual cabellera en una cabeza. En un letrero de hierro colgado al lado de la puerta, se anunciaba el nombre del lugar a los viandantes.

Cyrene miró a Petruccio y puso los brazos en jarra:

-Bueno... ¿Vas a seguir mucho más tiempo actuando así o paras ya?

Petruccio relajó el cuerpo de golpe, como si alguien hubiera cortado unas cuerdas que le constreñían, obligándolo a mantener aquella pose estúpida. Esbozó una sonrisa:

-Creo que lo voy a dejar -contestó alegre- ¡Ya he tenido suficiente! ¿Entramos?

Cyrene revisó una vez más la fachada, sería un poco caro comer intramuros, más que buscar un mesón de paso, pero ahora no tenía ganas de ponerse a buscar un sitio más barato, el estómago se quejó ante la posibilidad de caminar un sólo paso más sin comer. Inspiró hondo y se relajó, hoy se lo había ganado, había que celebrarlo, mañana volvería a apretarse el cinturón:

-¡Entramos! -proclamó Cyrene-
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Re: [+18] Ciudad de cristal hidráulico

Mensaje por Cyrene de Androsio el Lun Ene 30, 2017 10:42 pm

V. Noches espiritosas

Una leve brisa invernal se abrió paso por las silenciosas calles de San Rhael, haciendo titilar algunos de los farolillos que señalaban tabernas libres para alojarse. Era muy tarde, demasiado tarde, lo suficiente como para que el rocío se estuviera condensando en ventanas y suelos, lo suficiente como para que hubiera una leve neblina por todos lados, lo suficiente como para ser una de las pocas personas que estaban recorriendo la calle.

Cyrene notó como le subía un escalofrío por la espalda, se estaba congelando. El vino estaba desapareciendo poco a poco, y aquel falso calor con él. Se sentía mareada, y con el estómago revuelto. Petruccio la seguía de cerca, él también se había excedido bastante, había llegado a participar en al menos dos competiciones de bebida, y esas sólo eran las que Cyrene había podido contar mientras ella caía en el vicio también; y sin embargo el joven parecía llevarlo mejor.

Un relámpago la cruzó de medio a medio. Se apresuró a una esquina y dejó que las arcadas despidieran un oloroso y amarillento vómito. La cabeza le daba vueltas, el estómago y la garganta le ardían como si se hubiera tragado hierro fundido, y se había manchado su precioso vestido. Petruccio se apoyó en una pared cercana y la miró con desaprobación:

-Te dije que no probaras aquella cosa -siseó el joven- La gente de San Rhael gusta de licores fuertes...

Cyrene expulsó de su cuerpo más de aquel líquido extraño, en otro contexto que alguien sacara aquello por la boca sería motivo de preocupación severa, para ella ya era una costumbre. Apoyó la cabeza contra la esquina y dejó gotear la baba, el charco amarillento la hipnotizó con su lento discurrir:

-Venga Cy -dijo Petruccio separándose de la piedra con un traspiés- Te llevo a la Residencia, necesitas descansar un poco...

Cyrene se dio la vuelta de forma violenta, sin darse cuenta pisó aquel grumo, salpicándose los bajos del vestido:

-¡Cállate Petruccio! ¡Haré lo que quiera! -titubeó un poco al caerse hacia un lado- ¡Yo soy la que te da de comer, así que yo mando!

El rostro de Petruccio se ensombreció por un momento, pero pronto recuperó la compostura:

-Cy... Como sigas así acabarás congelada en medio de la calle, -la señaló con el índice y dio par de pasos al frente- Eso si no viene alguien que decida usarte de compañía... -abrió los brazos y dio un par de vueltas- Esto no será Malik Thalish, pero seguro que en todos los sitios hay tipos deseando meter su verga en coños calientes...

Un perro lejano aulló con furia, otro le respondió desde más allá. Cyrene procesó la información como pudo ¿Cómo se atrevía aquel mequetrefe a hablarle como si fuera su padre? Se acercó y le arrojó varios manotazos, el joven se cubrió con los brazos:

-¿¡Pero quién te crees que eres!? -vociferó, sus gritos resonaron por toda la calle- ¡Yo te di un techo y un trabajo cuando no eras más que un idiota raja bolsas! ¡No te consiento que te dirijas a mí de esa forma!

Petruccio aguantó como pudo el aluvión de golpes, el joven en el fondo sabía que esa era la mejor manera de conseguir que ella se calmara, nunca había sido una buena borracha, y no era probable que tras tantos años dejara de serlo. El alcohol la desfiguraba y pervertía por completo.

Finalmente los manotazos cesaron, y Cyrene se quedó allí, mirándolo tambaleante. Los ojos le lagrimeaban, el rostro lo notaba enrojecido, en parte por el frío, en parte por la furia:

-Lo siento Cy -murmuró Petruccio- Me he pasado... ¿Qué te parece si nos sentamos y nos relajamos un poco? Aquí cerca había un parque si no me equivoco...

-Vale. Vamos -cortó Cyrene, tenía la voz tomada, entre los gritos y el clima había torturado a su garganta demasiado-

Retomaron su andar zigzagueante por la calle, Cyrene seguía refunfuñando por lo bajo, quizá ella se hubiera excedido también con sus palabras, pero no se sentía mal por ello, ¡Ella tenía razón! Petruccio solo debería tener palabras de agradecimiento para ella, como las debería haber tenido su padre, como las debería tener tanta gente que la había menospreciado a lo largo de su vida. Para muchos ella sólo era una pobre niña huérfana que merecería todas las compasiones del mundo... Si no hubiese sido por ella el proyecto Ictis se habría quedado en una curiosidad naval, ella había conseguido hacer funcionar un prototipo antes de que se ahogara el piloto, gracias a ella permanecían en activo. ¿Por qué todos insistían en ser tan paternalistas con ella?

Ambos llegaron finalmente al parque. Petruccio había sido demasiado generoso. Aquello era más bien una pequeña plaza con árboles, una pequeña fuente en medio, y algo de hierba, pero tenía bancos de piedra para relajar los pies, y al parecer inclusoservían  para dormir, pues de los cinco que había, dos estaban ocupados por alguien envuelto en telas de abrigo. Eran los mendigos más pobres, aquellos que no podían pagarse, o no habían negociado, una noche en un lugar caliente.

Cyrene se dirigió al banco más alejado de ellos y se recostó sin más. El vestido comenzó a humedecerse al entrar en contacto con la piedra. Un escalofrío la recorrió al notar el agua helada contra su piel, pero se negó a levantarse. Estaba demasiado cansada para hacer el esfuerzo. Petruccio se sentó en el respaldo del banco, apoyando sus pies donde debería estar su trasero:

-Cy... -murmuró Petruccio- Creo que deberías...

-Petruccio... -le interrumpió Cyrene- Cállate

Permanecieron en silencio durante un buen rato, nada parecía querer interrumpir aquella quietud. Sólo se escuchaban de vez en cuando perros, algún goteo, y el tránsito ocasional de un lejano caballo.

Cyrene dejó caer la cabeza hacia atrás y perdió la noción del tiempo hasta casi caer en un ligero sueño. La cabeza le seguía palpitando, y un asqueroso sabor se le había ido formando en la boca, pero estaba relajada, sólo necesitaba algo de tranquilidad para recuperarse.

Un torrente de agua helada le cayó en la cara. Ella se incorporó asustada y tosiendo, por un momento casi había sentido que se ahogaba. Delante de ella estaba Petruccio con un cubo de madera, ¿De dónde lo había sacado?

-¿Has vuelto en ti ya Cy? Porque estoy harto de cargar con una borracha que no atiende a razones

Cyrene se levantó de un salto y sacó del guardapelo su bastón-estoque. Petruccio solo tuvo tiempo a abrir los ojos asustado, mientras Cyrene hacía descender sobre él el cayado. El cubo cayó y rodó en el suelo con un ruido sordo. Una franja roja se comenzó a notar en el rostro del joven criado:

-¡Qué eso te sirva de lección Petruccio! -gritó Cyrene con la voz quebrada- ¡Y agradece que use la madera, y no el acero!

Petruccio la atravesó con una mirada de odio, de sus ojos brotaron un par de lagrimas, que enjugó apenas las notó en el rostro.

-Muy bien -murmuró Petruccio- ¡Se acabó!

Se dio la vuelta resuelto y se acercó a devolverle el cubo a uno de los mendigos. Depositó un kull de plata dentro. Cyrene sintió como le volvían las arcadas y deseó que Petruccio hubiera decidido enjuagar primero el cubo antes de usarlo con ella. En manos de un mendigo aquel recipiente tenía unos usos muy limitados.

El joven se acercó de nuevo a ella, la furia brillaba en sus ojos con fuerza. Hizo un gesto despectivo:

-Si tan poco me necesitáis, Lady Murdham... -dijo con un exagerado sarcasmo- Os libraré de mi desagradable presencia -señaló el camino por el que habían venido- Por ahí se va a la Residencia, pero seguro que ya lo sabíais ¡Buena suerte para llegar!

Enfiló una calle al azar y se perdió en la niebla, aún se tambaleaba un poco por el alcohol, pero consiguió hacer una salida digna. Cyrene lo siguió incrédula con la mirada, pero en cuanto vio que aquel lance iba en serio no tardó en recuperarse y gritar:

-¡Sí eso! ¡Lárgate! ¡No sea que tenga que darte una patada en tu huesudo trasero!

No hubo respuesta alguna, sólo ecos de pasos cada vez más distantes, que finalmente desaparecieron. El silencio regresó una vez más, ahora solo se escuchaban los ocasionales ronquidos de los mendigos.

Cyrene guardó el bastón y se puso a andar de un lado al otro, cual animal enjaulado, estaba rabiosa, si alguien se atreviera a dirigirle una sola palabra le arrancaría la cabeza sin miramientos. Petruccio iba a pagar por aquello, acabaría volviendo con el rabo entre las piernas, y entonces se encargaría de darle una dura lección ¿Creía que ella era mala? Lo vendería a buen precio como carpintero para los astilleros, quizá de estibador, últimamente estaban muy requeridos en todo buen puerto comercial. Entre castigos físicos, sal y gritos del capataz de acordaría de ella y su benevolencia.

Se sentó en el banco y tomó aire, repasó sus pensamientos ¿Pero qué estaba diciendo? Petruccio era un buen chico. La había apoyado en muchas ocasiones, y siempre había sido fiel y cumplidor, a pesar de ser casi un niño ¿De verdad bastaba algo de alcohol como para que ella lo estropeara todo? Cyrene notó como el arrepentimiento crecía por toda su mente. La bebida la convertía en un monstruo desagradable, eso no era una novedad, pero aquella vez se había pasado de la raya.

Miró al callejón por el que se había ido Petruccio ¿Debía ir a buscarlo? No parecía una opción muy inteligente. La niebla se había espesado aún más, y aunque lo encontrara, el joven estaría demasiado iracundo como para atender a razones. No podía culparlo. Ella se había comportado como una auténtica tirana. La otra opción que veía era regresar a la Residencia, allí descansaría y esperaría a que volviera Petruccio, acabaría haciéndolo, aunque solo fuera por querer regresar a Malik Thalish.

Cyrene inspiró hondo y miró una vez más al callejón. Estaba decidido, esperaría a mañana. No tenía mejor opción, no conocía la ciudad, el alcohol aún le nublaba el juicio y le ralentizaba el pensamiento, estaba hecha un adefesio, y por muy capital de Zhalmia que fuera, San Rhael también tendría sus suburbios y mala gente. Mañana sería otro día.

Se puso en pie y procedió a desnudarse, aún no demasiado convencida acerca de abandonar a Petruccio durante el resto de la noche. El frío pronto hizo que el vello se le erizara, pero no quería estropear el vestido, y menos después de lo que le había costado. Guardó todo en el guardapelo, se lo quitó del cuello, y lo depositó en el banco. Sus pies comenzaron a dolerle al contacto con la húmeda y escarchada piedra del suelo, los dientes le castañeteaban violentos y unos espasmos la recorrían una y otra vez.

Trató de ignorar aquellas sensaciones y se concentró Poco a poco un extraño humo la devoró por completo, ocultando el cambio; para cuando éste se disipó no había nadie allí, sólo un cuervo de un tamaño bastante impresionante para la especie.

Cyrene observó al mundo a su alrededor, aún no se había acostumbrado a la visión de un pájaro, y en ocasiones se mareaba, pero era la mejor opción que tenía para orientarse en aquella ciudad desconocida. Probó a aletear un poco para encaramarse al banco, le costaba mantener la sincronía con las alas, la escasa cantidad de alcohol que le quedaba le hacía más daño en un cuerpo tan reducido. Tendría que ir con cuidado o caería en pleno vuelo, o peor aún, se estrellaría contra algo.

Recogió el guardapelo con el pico y se elevó unos cuantos metros. La bruma pronto dejó de ser un problema. El cielo estaba despejado, sólo la ciudad se veía hoy privada de la luz de las lunas; que estaban en cuarto menguante, tapándose de forma mutua. Abajo. la urbe y sus edificios se habían convertido en un brumoso laberinto de piedra enorme, con un trazado circular concéntrico bien diferenciado. Su centro era el Palacio de Primavera, la referencia que Cyrene estaba buscando.

Planeó buscando la Residencia, supuestamente era un edificio adjunto a Palacio, no debería de ser muy difícil de reconocer, al fin y al cabo era uno de los lugares más importantes de la ciudad. Cyrene se dejó llevar por las corrientes mientras observaba atentamente la ciudad. Se sentía ligera, liviana, y la brisa que antes le producía escalofríos ahora se convertía en su aliada a la hora de mantenerse en el aire, allá arriba se respiraba de maravilla, y todo lo de abajo se reducía en dificultad. La ciudad dejaba de ser un intimidante monstruo de piedra por explorar y se convertía en un mero y simplificado mapa, las personas dejaban de ser una marabunta asfixiante y se convertían en puntos que conformaban un extraño mosaico de colores...  Aquel espectáculo que muchos ojos jamás verían en toda su vida era todo suyo, y de nadie más.

Cyrene se fijó en una pequeña escalinata de mármol. Eran apenas unos peldaños que conducían a unas puertas de piedra estampadas en la ladera de la montaña. Algo le decía que éso era lo que estaba buscando. Aterrizó en un callejón cercano, recuperó su forma humana, extrajo el vestido del guardapelo y se lo puso a toda prisa, el cuerpo regresó a los temblores y espasmos en cuanto se vio privado de plumas.

Con todo ya listo, se alisó un poco las arrugas en el vestido y subió las escaleras, las puertas que estaban al final de ellas eran aún más imponentes desde cerca, dos enormes y pesadas hojas de piedra con planchas de hierro recubriendo los ocho paneles grabados en la roca. Cyrene inspiró hondo y alzó una de las pesadas argollas de hierro que colgaban en el pomo, el metal resonó con gran estruendo al chocar contra la plancha que tenía debajo.

Transcurrieron varios minutos, pero nadie contestó. Cyrene llamó una vez más, le pareció escuchar a alguien refunfuñar al otro lado, pero la puerta no se abrió. Quizá aquella no fuera la Residencia después de todo. Comenzó a descender las escaleras cuando de pronto escuchó el crujir de madera:

-Oiga -llamó una voz rasposa- ¿Era usted el que estaba llamando?

Cyrene miró a los lados y buscó el origen de la voz, se trataba de un anciano cubierto en una túnica parda. Estaba asomado desde una pequeña puertecilla de madera situada un poco más allá de las escaleras, a la izquierda, también estaba incrustada en la piedra. No se había fijado en ella.

-¿No hay nadie? -insistió el anciano mirando de un lado a otro, como si aún no la hubiese visto a ella-

-Sí sí, era yo -contestó Cyrene mientras se acercaba- Estaba buscando la Residencia Real, y creí que podría ser esa, ya sabe, por las puertas de piedra...

El anciano le dedicó una mirada por fin, pero vacía, ciega, pues en sus ojos no había nada, solo un blanco puro como la nieve. Esbozó una sonrisa desdentada:

-Sí si, en efecto, es la Residencia, por favor pase...

Se hizo a un lado y le señaló con el brazo la puertecilla de madera. Cyrene enarcó una ceja, ¿Le estaba diciendo que se entraba al antiguo hogar de los alumnos de los Sabios por aquel agujero en la pared? Por un momento pensó seriamente en que aquel anciano le estuviera tomando el pelo, o algo peor:

-Pero... -susurró Cyrene- ¿No deberíamos entrar por las puertas de piedra?

El anciano cabeceó afirmativo y soltó una carcajada:

-Sí sí, normalmente se entraría por las puertas de piedra, pero por la noche se cierran, ¡No se imagina el frío que haría ahí dentro si se dejaran abiertas! -rió y después tosió- Cada mañana la primera patrulla de la Guardia viene a abrirla para nosotros -se señaló con el índice- Como ve si de mi dependiera abrir ese armatoste, nadie podría entrar jamás -soltó otra risotada-

-¿Y entonces esta puertecilla para que sirve? -inquirió Cyrene, aún desconfiada-

-Pues para que si alguien viene fuera de horarios pueda acceder a la Residencia -se encogió de hombros- Y para qué mentir, el día en que no merezca la pena pagar el mantenimiento de las puertas de piedra -señaló con el pulgar la puertecilla- Ésta se convertirá en la principal.

Cyrene torció los labios en una mueca, seguía sin estar del todo convencida, pero aquel hombre parecía amable, y en caso de que intentara algo, no parecía ser muy fuerte, ella sería la que tendría el control. Esbozó su mejor sonrisa y entró por la puerta, el dintel estaba muy bajo, el techo también, tenía que estar encorvada para no chocarse contra él. Todo estaba a oscuras, no había ni una mísera antorcha en las paredes.

El anciano entró detrás de ella y cerró la puerta con llave, a Cyrene se le encogió el corazón al escuchar el chasquido de la cerradura. Se estaba empezando a agobiar allí dentro, la respiración se le aceleraba :

-Bien -dijo el anciano- Si seguís de frente llegaréis a una pared, a la derecha habrá una pendiente, subid por ahí, yo iré detrás y os recogeré si os caéis.

Cyrene obedeció las indicaciones y avanzó, una mano delante y la otra palpando a los lados. Aquel pasillo estaba excavado en la roca, como las minas, y era cerrado y pequeño, como las minas, Cyrene empezó a hiperventilar por lo bajo, no quería que el anciano se diera cuenta de nada, pero le estaba costando mucho:

-Supongo que usted es Lady Murdham ¿Correcto? -preguntó el anciano a sus espaldas-

-Sí así es -contestó Cyrene, nerviosa- ¿Cómo lo sabéis?

-El que se encargó del turno de mañana me dijo que aún no habíais entrado a la Residencia, que sólo se había acercado vuestro criado y un paje a dejar vuestras pertenencias en la habitación

Era cierto, Petruccio había estado por la mañana, ¿Dónde estaría ahora? El joven sabía apañárselas solo, pero no dejaba de ser un niño en muchos sentidos. Podría estar corriendo un grave peligro, era bastante propenso a juntarse con malas compañías o con quien no debía, y en aquella ciudad estaba completamente sólo. Cyrene expulsó de su mente aquellos pensamientos. Tenía que confiar en que supiera defenderse, había hecho de la ciudad su campo de juegos mientras ella estaba en la reunión. Estaría bien. Mañana lo recompensaría pagándole un buen desayuno y pidiéndole disculpas por su comportamiento.

-He de decir... -prosiguió el anciano- Que sois de las mujeres con menos equipaje que he conocido. Según me han dicho os ha bastado un arca para transportar todas vuestras pertenencias.

Cyrene esbozó una leve sonrisa:

-Supongo que no lo puedo evitar...

Finalmente su mano se encontró con una pared  que le cerraba el paso, a su derecha ascendía la pendiente, tenía pequeñas tallas que simulaban escalones, pero no llegaba a ser una escalera; al fondo se podía ver una luz anaranjada. Cyrene no perdió el tiempo y echó a correr cuesta arriba, necesitaba salir de allí, detrás de ella el anciano jadeaba al intentar seguir su paso:

-¡Lady Murdham! -gritó- Id despacio, ¡Es muy fácil resbalar en esta piedra!

Cyrene ignoró las advertencias y no se detuvo hasta llegar arriba. La recibió una estancia circular, de techo alto rematado en cúpula y suelo de mármol negro y blanco, a la derecha estaban las puertas de piedra y de frente un escritorio repleto de papeles. El anciano se asomó por el pasillo, sudoroso:

-¡Por los demonios del Foso! -jadeó mientras se secaba la frente con un pañuelo- No estoy hecho para estos trotes...

El anciano se quitó la toga y la tiró a un lado, revelando un sencillo abrigo de lana y unos pantalones bombachos. La calva del anciano brillaba como el Sol bajo la luz de las antorchas. Se acercó a una jarra que estaba en la mesa y se sirvió una copa. Cyrene se mordió el labio intentando no reírse del espectáculo:

-¿Estáis bien? -preguntó Cyrene-

El anciano no respondió, se acercó a una butaca escondida tras el escritorio y se dejó caer en ella. Echó la cabeza hacia atrás y respiró hondo un par de veces:

-Solo necesito descansar un momento Lady Murdham; ha sido una buena carrera, y mi cuerpo ya no es el que era -aseguró entre carcajadas-

-Lamento el sobresalto -contestó Cyrene con una sonrisa-

El anciano sacudió la mano restándole importancia

-No os preocupéis, seguro que hacer algo de ejercicio no me viene mal -señaló a una pared cercana- Podéis subir si queréis, vuestra habitación es la 13C, subiendo las escaleras, la segunda puerta a la derecha

Cyrene miró extrañada al anciano. Allí no había puerta, solo un trozo de roca tallada más.

-Perdone pero...

-¡Oh sí! -rió el anciano- Perdón, culpa mía.

Chasqueó los dedos y un arco apuntado se reveló. Al otro lado había también una estancia circular, solo que sin nada más que una larga escalera de caracol en sus paredes, ascendiendo hasta un final que no se alcanzaba con la vista.

-Escaleras... -susurró Cyrene- Que obsesión con las escaleras...

-Lo siento Lady Murdham... Contamos con un montacargas para subir pero...

-No me lo diga, -Cyrene se frotó los ojos- No está permitido su uso sin autorización...

El anciano cabeceó con una media sonrisa. Cyrene suspiró resignada y cruzó el arco. Detrás de ella la pared reapareció ¿Qué sentido tenía esconder así la puerta? No debía de ser muy difícil forzar el acceso secundario, y torturar al anciano tampoco. Aunque quizá la otra puerta estuviera oculta por un hechizo, eso explicaría porqué no la había visto en un primer momento. Decidió no darle más vueltas y comenzó su ascenso, necesitaba dormir, y conseguiría llegar a una cama costase lo que costase.

La cabeza le daba aún vueltas, lo que había bebido se resistía a marcharse. Al día siguiente le tocaría una resaca fuerte, estaba segura, y la idea le era muy desagradable, viajar con un dolor de cabeza mayúsculo se convertiría en una tortura; pero era el precio a pagar por dejarse convencer para beber.

Finalmente llegó a su destino. No había necesitado usar su SM, pero aún así la mantenía colgando en su mano y cargada; solo por si acaso. La puerta se su habitación estaba abierta, de ella salía un gélido viento. Cyrene se acercó con cautela y se asomó. Todo estaba hecho un desastre, habían desvalijado su arcón. Sus libros y sus ropas estaban por el suelo; las contraventanas y cortinas se movían al son del viento. Cyrene se internó un poco más en el desastre

-¿¡Pero qué demonios!? -proclamó iracunda-

Notó como un brazo la agarraba con fuerza y una mano le tapaba la boca con un paño. Olía muy fuerte. Casi al instante el mundo comenzó a nublarse. Su somnolienta mente lo reconoció entonces, cloroformo. La oscuridad la envolvió por completo, a lo lejos se escuchaban amortiguadas voces.
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Cyrene de Androsio

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Re: [+18] Ciudad de cristal hidráulico

Mensaje por Cyrene de Androsio el Lun Feb 06, 2017 7:17 pm

VI. Mercancías fraudulentas

De entre el humo de tabaco y de las cocinas decenas de personas se paseaban dando tumbos y atenazando carnes de otros. Risas y ropas empapadas en alcohol componían el coro que acompañaba a una estridente música. Hacía tiempo que ésta estaba desafinada, produciendo estranguladas notas que a los oídos de un borracho sonaban como melodías angelicales. Pero a fin de cuentas, todo era falsa felicidad, y hasta la mañana siguiente, cuando la vida real regresara cual ariete a las puertas de una ciudad, eso era lo único que importaba.

En una esquina apartada, Petruccio, con un permanente ceño fruncido, apuraba una botella de alcohol. No sabía lo que era, se lo había quitado a un durmiente borracho, pero el líquido era fuerte, y barato, poco distaba de ser el alcohol usado por los alquimistas. En su estómago, calor y dolor se alternaban, necesitaba comer algo o acabaría sin buche. Se sentía cansado, la cabeza le dolía y los ojos le escocían entre el humo y el sueño, pero no quería volver a la Residencia. Cyrene estaría por allí, o intentaría ir allí, no quería saber nada de ella.

La cara aún le hormigueaba y ardía por el golpe del bastón. Era doloroso, pero no era lo que más le molestaba. Se sentía traicionado por aquella niña caprichosa. Se llenaba la boca con favores que le había hecho en el pasado, estirándolos como deudas infinitas hacia su persona ¿Acaso ella no había contado también con su ayuda en muchas ocasiones? ¡Si era él quien mantenía a flote la decrépita ruina que llamaba mansión! ¡Él le había conseguido un buen precio para venir hasta San Rhael! ¡Ni siquiera le había robado nada de dinero a pesar de poder ser capaz! ¿Y ella hablaba de deudas? ¿De agradecimientos? Que fácil era hablar...

Petruccio golpeó la mesa con rabia. Al instante el mesonero se materializó junto a él. Era un hombre exageradamente alto y delgado, de nariz aguileña y cabeza cuadrada. Una descuidada barba y un ralo e inexistente pelo decoraban el rostro. Sus ojos, aunque cansados, despedían energía.

-Oye -murmuró el mesonero- La mesa es nueva, y no tiene la culpa de tus problemas -lo señaló con un dedo acusador- Suerte tienes que puedes trabajar por un buen dinero como paje. Así que como me montes un escándalo te planto fuera de la puerta

Petruccio inclinó la cabeza y se inspeccionó. Cierto, aún tenía puesto el uniforme de paje, a ojos de los demás solo era un mozalbete relamido que le regalaba los oídos a nobles aún más relamidos. Miró de nuevo al mesonero y señaló haciendo círculos al espectáculo de decadencia que había alrededor:

-¿Y ellos qué? -preguntó soltando una carcajada- ¿Me vas a decir que no te están destrozando algo que te preocupe?

-Son gentes de bien -aseguró el mesonero dando un respingo- Este lugar existe porque ellos me ayudaron a construirlo. Es tan suyo como mío.

-Y luego te pagan los daños con creces ¿Eh? -comentó Petruccio apoyándose en una mano.

El mesonero hizo un mohín y se apoyó sobre la mesa con las manos. Ahora sus ojos relucían con especial fuerza:

-Mira chaval -siseó- Te vas a acabar esa botella y te vas a largar antes de que avise a los guardias que están pasándoselo bien aquí. Por algo tan sencillo como beber siendo menor de edad podrías estar un par de noches en el calabozo, por muy criado de noble que seas.

Petruccio torció el gesto y puso los ojos en blancos. Agarró la botella y echó un último trago para terminarla:

-Muy bien, me iré entonces... Pero antes -dijo mientras apoyaba los pies en la mesa- Ponme un poco de queso y una taza de vino para el camino.

-Serían cuarenta kulls de bronce por adelantado -contestó el mesonero extendiendo la mano-

-¿Y cuánto para ellos? -señaló al resto de la taberna-

-Veinte

-Te doy treinta -cortó Petruccio cruzándose de brazos- Ni un kull más

Ambos mantuvieron durante unos segundos una mirada penetrante. El mesonero encogió los hombros y miró hacia un lado:

-Treinta, y te largas antes de quince minutos

Petruccio alzó las palmas y sonrió:

-No hay problema.

El dinero y la comida cambió de manos y ambos volvieron a sus preocupaciones. El ambiente empezaba a relajarse un poco mientras los más animados comenzaban a desplomarse somnolientos. El resto de los presentes comenzaron a retirarse a sus hogares entre canciones. La pequeña banda de la esquina comenzó a recoger sus instrumentos.

En medio de todo aquello Petruccio apuró el vino y se guardó los trozos de queso en el bolsillo. Tenía que encontrar un lugar donde pasar la noche. Lo más fácil sería pagar una habitación en algún lugar que estuviera abierto. Era gastar dinero pero no le importaba. El alcohol y la furia lo habían convencido de sobra para evitar ir a la Residencia. Necesitaba estar lejos de Cyrene

Salió de la taberna y se internó en un callejón estrecho. Allí, tranquilo y pausado, Petruccio comenzó a silbar mientras orinaba en una esquina. La niebla se había espesado aún más, apenas se distinguía lo que había dos palmos más allá. A lo lejos, algunos juerguistas se escuchaban pero no se distinguían. Nada más que meros movimientos o siluetas difuminadas en un muro blanquecino coloreado por los tonos amarillentos de los faroles.

Petruccio terminó su labor y se envolvió en un abrigo que había rescatado en la taberna. Apenas quedaban mesones o posadas abiertas a estas horas. Las luces apagadas daban buena prueba de ello. Sería cuestión de buscar minuciosamente.

Echó a andar calle arriba. Si no recordaba mal por allí se iba a la muralla de la ciudad. En esa zona se concentraba la peor calaña de San Rhael, pero también los lugares más baratos para dormir sin tener que salir de las murallas. Si escogía sabiamente podría dormir bien, barato, y sin tener que preocuparse de perder la bolsa. Aunque quizá eso último fuera lo menos probable.

En la soledad del camino Petruccio comenzó a meditar su situación ¿Qué haría mañana? Si quería regresar tendría que volver junto a Cyrene. Eso o pagarse un viaje de vuelta, pero los precios le echaban hacia atrás. Aquí no tenía ni contactos ni favores que le hicieran la vida más fácil, por no tener no tenía ni donde caerse muerto. La otra opción era quedarse allí. Con sus ropas y algo de labia podría trabajar para algún noble, convertir la capital de Zhalmia en su nuevo hogar. No parecía una mala opción a largo plazo.

Sin embargo aquella idea tampoco le convencía. Su sitio no era San Rhael, si no Malik Thalish. No sería una ciudad perfecta, y desde luego no tan bonita, pero había sido su hogar desde siempre, y el tiempo y las experiencias vividas allí le habían enseñado a apreciarla aún más. En el fondo de su corazón era consciente de lo mucho que le dolería no volver a verla jamás. Se decía de los thalasianos que eran gente muy apegada a la patria y a su tierra; Petruccio comenzaba a darse cuenta de a qué se referían. Y no le gustaba en absoluto.

Una leve llovizna empezó a caer. Petruccio miró al cielo incrédulo y apretó el paso mascullando entre dientes. La situación parecía querer mejorar aún más:

-¡Me da igual Melezar! -vociferó una voz cercana- Si llueve te mojas el trasero. Quiero que te la lleves a la garita de la muralla.

-¡La culpa es tuya por dejarla inconsciente! -contestó otra voz- Hubiera sido más fácil amordazarla y que caminara solita.

Petruccio se detuvo en seco. Lo que acababa de escuchar no le gustaba nada. Su instinto le decía que aquello era algo más que una charla creada por unos borrachos. Necesitaba echar un vistazo. Si lo que se estaba cociendo era grave tendría que replantearse muy seriamente el dormir en esa zona de la ciudad. Lo que menos necesitaba era meterse en problemas legales.

En apenas unos segundos se quitó los tacones y los envolvió en el abrigo. No iban a ayudarle a ser más silencioso. Así que los escondió entre unos escombros y se acercó a una casa para empezar a trepar. La clave era apoyarse en los alféizares, y no resbalar. Desde arriba tendría una mejor visual, o al menos vería los faroles en la niebla, y sería más difícil que lo vieran. Por algún motivo la gente no solía mirar a los tejados salvo que estuviera curtida en la calle. Una ventaja que Petruccio había aprendido a aprovechar muy bien.

Cogió impulso y se encaramó al tejado. Bajo sus pies las tejas se quejaron con un crujido, pero sin llegar a romperse. Delante de él se extendía un panorama de techumbres, algunas de pizarra, otras de cerámica, algunas de paja y piedras. A lo lejos se distinguía la imponente silueta del Palacio y de la montaña, junto a otros edificios que Petruccio no fue capaz de identificar. Luces amarillentas y anaranjadas se desperdigaban cual luciérnagas por toda aquel mosaico. La niebla y el leve brillo violáceo de la cúpula generaban en el cielo un espectáculo extraño pero bello.

Petruccio apartó la mirada. Tenía que concentrarse. Echó un vistazo a su alrededor, pero no había nada, ni un mísero candil. Aquellos tipos habían sido lo suficientemente listos como para evitar llevar luces que los delataran. Tenían que estar en algún lado. Petruccio se agazapó y aguzó el oído. Necesitaba detectar cualquier sonido, voz o paso que los descubriera.

La llovizna cobró fuerza y se torno en lluvia. El agua comenzó a calar en la ropa de paje. Las calzas se empaparon y pies y manos comenzaron a enfriarse a un ritmo alarmante. Petruccio masculló entre dientes y procedió a mover los dedos una y otra vez para mantenerlos calientes; deseando que aquellos dos cometieran un error cuanto antes. Sus plegarias tuvieron respuesta. Entre los repiqueteos de las gotas se asomaban timidamente los sonidos de unos pasos. Eran ligeros, eran silenciosos, producidos por expertos.

Sin perder detalle ni tiempo, Petruccio saltó al tejado de otra casa y rodó para absorber el impacto. Los leños de las vigas crujieron y provocaron un ronquido molesto del que vivía debajo. Tendría que ir con cuidado. Continuó su persecución por los tejados. Los que perseguía iban muy despacio, cautelosos, y no tardó en alcanzarlos.

Eran dos hombres. Uno alto y de carnes generosas, el otro más bajo, pero de cuerpo más marcado y musculoso. Ambos vestían con una armadura de cuero negro que los cubría por entero. De sus cintos colgaban una daga y una pequeña maza. Avanzaban en diagonal, de callejón en callejón, evitando permanecer mucho tiempo en una calle. El más alto cargaba a sus espaldas con un bulto que Petruccio no era capaz de identificar.

-Luks... -dijo el alto- Haz algo de provecho y llévala tú un rato

-Por los dioses Melezar... -suspiró el bajo-  

El bulto cambió de manos. Un objeto brillante cayó al suelo, Ninguno de los dos se dio cuenta del detalle. Se limitaron a rezongar un poco más acerca del peso de su carga y a reanudar la marcha. Petruccio esperó a que se alejaran para echar un vistazo. No tuvo que comprobarlo dos veces. Era el guardapelo de Cyrene. ¿Qué demonios estaba pasando?

-Sabía que alguien nos estaba siguiendo... -murmuró Luks a sus espaldas-

Petruccio saltó hacia delante a tiempo para evitar el fatídico golpe de la maza. Guardó el guardapelo y echó a correr sin molestarse en mirar hacia atrás para ver a su atacante. Luks lo siguió de cerca. Era un hombre de zancada larga, y en poco tiempo lo tenía jadeando en su espalda. Petruccio aceleró y se metió por un callejón ciego.  En dos saltos se encaramó al muro y saltó al otro lado. Luks, sin perder comba, imitó sus movimientos y superó el obstáculo sin problema:

-Maldita sea... -masculló entre dientes Petruccio antes de ponerse a correr de nuevo-

-¡Tendrás que hacerlo mejor que eso chaval! -gritó bravucón Luks-

Giraron a la izquierda y salieron a una vía principal, ancha como para que pasaran dos carros en paralelo. Petruccio notó como el cansancio comenzaba a ralentizarlo. Sus pies le ardían por el esfuerzo de correr en calzas sobre la piedra fría. Tenía que despistar a ese tipo cuanto antes ¿Pero cómo? A pesar de su redondez era ágil, dejarlo atrás en muros y tejados no era una opción. Y conocía la ciudad mejor que él, no tenía donde esconderse.

Cruzaron a toda velocidad una plaza, dos mendigos se inquietaron cuando pasaron a su lado, pero poco tardaron en regresar a su sueño. El jadeo de Luks era cada vez más cercano. Estaba allí a su lado, catando ya su captura y su ejecución. Petruccio sacó fuerzas de flaqueza por el miedo y ganó terreno, pero una vez más aquel demonio se lo recuperó.

-¡Ya eres mío!

Luks cayó sobre Petruccio y lo derribó. Ambos rodaron unos metros entre los adoquines antes de detenerse. Petruccio intentó incorporarse pero las piernas le fallaron. El esfuerzo ahora le costaba factura, le faltaba el aliento y los pies los tenía destrozados por las piedras del camino. Las calzas se habían descosido y roto por todos los lados, dejando solo retales mojados y embarrados.

Una sobrecogedora fuerza lo agarró por detrás y lo obligó a ponerse en pie con un tirón. Petruccio pataleó pero era inútil. Aquel hombre había hecho una presa perfecta. Sus brazos y manos estaban forzados al extremo, un paso en falso y se los rompería allí mismo. Sólo sus piernas estaban libres, colgando en el aire.

-Muy bien pequeño saltamontes -dijo Luks entre jadeos- Ahora me vas a decir quién eres y quién te ha mandado seguirnos

-¡Suéltame bastardo! -vociferó Petruccio- ¡Soy un paje de Palacio! ¡No tienes derecho a tratarme así!

-Oh... Vaya... -susurró Luks- Mis disculpas señor. No sabía que ahora los pajes reales fueran sin su broche en la chaquetilla.

Una rodilla se le clavó a Petruccio en el costado derecho. El joven gritó de dolor mientras debajo de la piel el hueso crujió sin llegar a romperse.

-Vamos a volver a intentarlo ¿Te parece? -prosiguió tranquilo Luks- ¿Quién eres y quién te ha mandado seguirnos?

-Yo... Yo soy... -susurró Petruccio-

-¿Sí? -insistió Luks acercando la oreja-

El repentino tañido de un metal interrumpió al hombre, que se desplomó en el suelo arrastrando consigo a Petruccio. El joven solo pudo ver un par de piernas peludas situadas detrás de su torturador.

-Vaya -comentó en voz baja su benefactor- ¿Quién dice que las cazoletas son inútiles?

Petruccio se incorporó en un salto a pesar del latigazo que sintió en su costado. Delante de él estaba uno de los mendigos a los que le había dado dinero por la tarde. Era un hombre maduro, con una barba encanada extremadamente larga, y que vestía con apenas unos harapos y una manta de lana a modo de capa. En la mano llevaba una abollada cazoleta.

-Muchas gracias... -jadeó Petruccio llevándose la mano al costado- Muchas gracias

El mendigo sacudió una mano restándole importancia

-Oh no ha sido nada, de verdad. De hecho... -miró al hombre que aún reposaba inconsciente en el suelo y se rascó la barbilla- ¿Te importa si le cojo un par de cosas a este individuo?

Petruccio esbozó una sonrisa y soltó una carcajada que le generó dolores:

-Adelante, faltaría más -dijo señalando con la mano a su perseguidor. El mendigo no perdió tiempo y comenzó a rebuscar- Pero deja que me quede con las botas. Me niego a seguir caminando descalzo por la calle

-¡No me hagas ese feo! -protestó el mendigo mirándolo a los ojos- ¡Tú podrás comprarte otras y yo no! ¡Y en esta ciudad hace un frío del demonio! -las señaló haciendo círculos- Además, ¡Seguro que te quedarán grandes!

Petruccio se encogió de hombros.

-Me las apañaré, no te preocupes. A cambio te ofrezco un abrigo y unos tacones que podrás vender a buen precio -el mendigo detuvo su saqueo y lo miró enarcando una ceja- Los he dejado escondidos en una calle cercana, podrás ir a recuperarlos.

-¿Y cómo me puedo fiar de lo que digas? -preguntó el mendigo-

Petruccio le colocó una mano en el hombro y le dedicó una sonrisa:

-Amigo mío, en esta noche te debo la vida. Créeme cuando te digo que no tengo ninguna intención de ser desagradecido con mi salvador

El mendigo sonrió de oreja a oreja y le palmeó la mano a Petruccio:

-Pues entonces sírvete amigo mío. Hoy los dos hemos triunfado. Te invitaría a una copa, pero me temo que no me lo puedo permitir

-No te preocupes, lo que menos me apetece ahora mismo es beber

Ambos se echaron a reír allí mismo mientras Petruccio le explicaba como encontrar sus cosas. No las iba a necesitar más. Después rescató las botas de Luks y se las puso. Eran un poco holgadas, y los pies le bailaban dentro de ellas, pero bastarían para aquella noche. Mientras tanto el mendigo encontró una bolsa de monedas pequeña, por el sonido aún tendría una buena cantidad de dinero. La sacudió en el aire con una sonrisa.

-Amigo... Puede que ahora sí podamos disfrutar de la noche...

Petruccio se puso en pie y le dio un par de palmadas en la espalda a su salvador:

-En otra ocasión tendrá que ser amigo mío. Disfrútalo tú, te lo has ganado. Yo aún tengo que atender un par de asuntos

-Ve con cuidado muchacho, no voy a estar siempre para protegerte

-Con esta vez ha sido más que suficiente -miró hacia la plaza por la que había venido y luego al mendigo- Márchate antes de que este tipo se despierte y no gastes el dinero de una sola vez.

-Despreocúpate muchacho, no es la primera vez que me veo con ingresos inesperados. Sabré arreglármelas.

-Muy bien. Pues entonces me temo que esto es una despedida

-Cuídate muchacho

-¡Ah! Cierto, sólo te haré una pregunta más

-Dime

-¿Por dónde se va a la garita de la muralla?
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Cyrene de Androsio

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Re: [+18] Ciudad de cristal hidráulico

Mensaje por Señorita X el Miér Mar 29, 2017 2:07 pm

Deduzco que aún no ha terminado el hijra. Hasta aquñi he leido ya
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Señorita X

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Re: [+18] Ciudad de cristal hidráulico

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