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La Esfinge de los Hielos

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La Esfinge de los Hielos

Mensaje por Strindgaard el Jue Feb 02, 2017 4:11 am

El Encuentro
I


Heló aquí señoras y señores, aquel demonio, aquel embaucador, ladrón, borracho y asustadizo demonio llamado Strindgaard (o sea yo), caminando bajo una nevada de verano, ascendiendo una empinada montaña. Desafiando a los dioses por alcanzar las alturas y tocar el firmamento.

¡Un hecho sin precedentes! ¡Algo que había deseado hacer por años! ¡Al fin conocía la nieve!

Miradlo. Observad los copos blancos cayendo sobre su capa, juntándose sobre su cabeza y hombros en una fina línea para luego escurrir por su espalda. Sus pisadas enterrarse en la inmaculada espalda de las Cordilleras de Daulin, los pinos abriéndose a su paso, los zorros esconderse al oírlo, las águilas anunciar su llegada. Hermoso. Romántico. Poético.

Mirad como alza su cara de humano hacia los nubarrones, como saca la lengua y ríe con el tacto helado de la nieve. Mirad esa sonrisa que se dibujó en su rostro, ya ni recuerdo bien porqué. Quizá pensaba en ese momento que el mundo aun guardaba cosas preciosas para él. Cosas que valían la pena mirar. Y estaba feliz de estar vivo para disfrutarlas.
Ahora que lo creo, eso justamente pensé aquel día que subí la montaña. Era la tibia confianza en que Noreth aún no me mostraba todas sus maravillas. Y vaya que no lo había hecho. Solo esperen a que llegue a la cumbre.
Pero no nos adelantemos. Esto sucedió en la primera hora de mi solitario ascenso... Porque después...

¡Maldita nieve! ¡Mugrosa y blanca mugre! ¡Fría como moco de troll! ¡Te maldigo!
Helo aquí nuevamente. Congelándose el culo. Descubriendo que su capa es impermeable, pero no aislante.
Su rostro estaba cruzado por el frío y el odio por igual. Maldiciendo su decisión de no haber usado calcetines de franela por que le picaban, dándole vueltas en su cabeza a la imagen de ese gorro, guantes y chaleco de lana, como si imaginar esos objetos, con sus hilos, colores y esponjosidad le resultara de ayuda. Imbécil de él. Tonto, tres veces tonto.

A veces tener una gran inteligencia no conlleva a saber tomar buenas decisiones. En especial cuando uno es muy confiado.
La confianza no es una variable que este buen demonio vaya a tener en cuenta la próxima vez.
Como pueden ver, todos aprendemos cosas nuevas todos los días. Incluso los demonios de Yigionath.

Ahora bien, no nos quedemos en los detalles, ¿en dónde estaba? Ah, verdad:
El camino fue arduo, pero el demonio tuvo fuerza de voluntad y siguió subiendo, caminando como cualquier otro mortal (pues no podía volar por culpa de la nevada) y al final del día llegó hasta la aldea.
Un sitio ni mucho menos cerca de la cumbre, pero para el cansado Strindgaard que parecía que había subido el maldito Oroen trotando, se sentía como si casi hubiera llegado a los aposentos de Symias.

El tipo estaba casi muerto, su demoniaco cuerpo no soportaba la falta de oxígeno, y sus cansadas y temblorosas piernas apenas sentían el tacto de sus manos que rigurosamente las frotaban.
Sigue así muchacho. Frota con fuerza. —El Vikhar sentado a su lado le salpicaba gotitas de cerveza en la cara cuando le hablaba—. Frota también los dedos. No serías el primero en perder uno que otro en el ascenso.
Strindgaard, pobre Strindgaard, sentado en una rígida tabla manchada con sólo Dios sabe qué, frente a una mesa más dura aun y no menos manchada, con algo de pan y panceta fría como único recibimiento. Tosiendo y refunfuñando.
El tipo frente a él estaba ya algo viejo, con una maraña comparable a un nido de albatros por barba, y un cabello que no se quedaba atrás… Ya ni recuerdo su nombre, pero para efectos prácticos le llamaré El Viejo.

Nuestro demonio lo miró con su mejor mueca de desprecio y siguió frotando, de seguro lo deseaba muerto, o algo peor. No tenía idea de que moriría un par de días después, y que no le gustaría para nada eso.
Perdón, de nuevo me adelanté. La próxima vez usaré alerta de spoilers.

No asustes al muchacho, Logd.
Ah, es cierto, se llamada Logr. La sangre de Logr me pareció bastante más oscura aquella vez cuando la vi, de seguro porque la lanza que lo atravesó se le metió en alguna arteria que viajaba de vuelta al corazón trayendo los desperdicios, en vez de ir de ida, con la sangre oxigenada, renovada y lista para usar, esa es la roja brillante que suelen ver siempre.

En fin, aquella mujer que trataba de encender un brasero con madera húmeda cerca de mí es la encargada del comedor, la señora Griselda. Una dama de unos sesenta que me recuerda remotamente a Marga, pero buena. Algo así como vuestra abuela, si es que tienen una de aproximadamente esa edad. Su cabello era mucho más largo que el de las otras mujeres que había en la aldea, recuerdo que le llegaba hasta el culo (ja, les hice imaginar el culo de una vieja. De hecho le llegaba hasta las pantorrillas), y siempre lo llevaba trenzado y sujeto con tiras de cuero. Una buena mujer, aunque cocinaba un pan de mierda. Siempre se le pasaba la sal.
Para cuando logró encender el fuego nuestro Strind ya tenía circulación en las piernas. Había acercado en cuerpo al brasero y esperaba ya sin mucho ánimo al Yarl.

El Yarl te verá mañana.
Mierda.
¿Por qué? He venido de muy lejos, y el camino ha sido...
Esa que habló era otra mujer, una mucho, mucho más joven que Griselda. La sobrina del Yarl. Para efectos prácticos le llamaré La Mocosa.
Pasarás aquí la noche. Mañana lo verás a primera hora.
No puedo creerlo, esto es un fiasco.
Te recuerdo que tu cita era hoy en la tarde. Los demás llegaron a tiempo, solo tú te retrasarte.
Nuestro demonio soltó un resoplido y miró el fuego. Supongo que estaba molesto de que una mocosa le soltara una reprimenda por llegar tarde.

La Mocosa:

Mañana llegará más gente, te unirás a su grupo.
Aquella madera húmeda sí que sabía soltar humo. Era un apestoso olor almizcle y sabia, de ese que se pega en la ropa. Llenó todo el comedor y espantó Al Viejo, Griselda se quedó allí, me parece que dormía en la cocina.
La noche pasó rápida como tiro de flecha. Luego de comer, algo se ropa de lana y unos buenos calcetines de franela el demonio casi se sintió civilizado.
No podría decir que no pasó frío, pero al menos el comedor estaba más caliente que afuera.

El siguiente día fue exactamente igual que el anterior, cielo encapotado y nieve fina. Había como unos veinte centímetros de alto, y seguía subiendo.
El Viejo entró a la sala y se sentó al lado del demonio para desayunar.
¿Cómo dormiste muchacho? ¿Mucho frío?
El brasero se apagó en la madrugada. —Dijo masticando las palabras.
Allí hay una pila de madera. —Le contestó El Viejo encogiéndose de hombros.
Griselda apareció en la escena, trayendo el desayuno; adivinen pan salado, panceta y cerveza.
Está húmeda.
¡Ja! —El Viejo golpeó la mesa y volvió a salpicarle gotitas de cerveza en la cara cuando habló—. Pobre citadino, míralo Griselda, no sabe siquiera encender un fuego.
Creo que ese fue el momento en que deseé su muerte.

De pronto entró La Mocosa, dejó la puerta abierta. Tras ella entró un hombre de apariencia fiera, quizá en sus tiempos mozos hubiera sido un gran guerrero. No quiero decir que había perdido el toque, de seguro me hubiera podido aplastar la cabeza con una mano. Me refiero a que el tipo estaba viejo, no tanto como El Viejo, pero definitivamente estaba pasado en años.
Aun así Strind se puso de pie automáticamente cuando entró. La comida le quedó a medio camino en la garganta y le costó hablar.
Buenos d... —Comenzó a toser, se golpeó el pecho y continuó —. Buenos días, señor.

El Yarl le miró como si su perro de pronto le hubiera hablado, pasó de largo y se fue a sentar a la mesa principal.
Oh, Strind, que joven e ingenuo era.
En mi defensa puedo decir que he cambiado, que ese Strind que les describo ahora fue un hombre diferente al que soy hoy. Quizá por eso no me resulta tan difícil hablar de él en tercera persona, aunque me da algo de vergüenza recordar todo esto.
Esperaremos a que lleguen los demás y les comenzaremos. —Dijo el Yarl, su voz era igual de dura que su rostro.—. Griselda. Cerveza.
El Yarl:
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Re: La Esfinge de los Hielos

Mensaje por Duneyrr el Vie Feb 03, 2017 5:04 pm

Duneyrr nació como un hijo del desierto. Criado bajo el sol candente de Akhdar por una horda que vivió y murió bajo el yugo de las arenas. Entrenó para guerrero entre escorpiones y tormentas de arena, luchó a la par entre sus amigos y compañeros en las guerras que se producían siempre entre hordas, hasta que terminó huyendo luego de que el gran orco guerrero que tenían por cabecilla muriera.

Ofreció su espada al mejor postor, y utilizó ello como excusa para conocer el mundo.

Los orcos suelen tener vidas breves. No porque la longevidad no los acompañe, sino porque los constantes conflictos en su vida los lleva a conocer la muerte antes de tiempo. Es por eso que son pocas las veces que estas verdes criaturas llegan a conocer más allá de los sitios donde nacieron. Solo un reducido grupo, quizá mercenarios solitarios u hordas errantes, llega a conocer algo más. Pero para la gran mayoría, el único lugar que importa, el único que conocen, no llega a ser más grande que una hectárea.

Es por esto que, para un orco nacido en el desierto, ver una cordillera por primera vez es algo especial.
Para un ser de casi tres metros que vive entre humanos, acostumbrado a esas diminutas personas con sus pequeñas casas e insignificantes vidas, de pronto tener en frente a una cadena de montañas única y compleja, de cumbres altas e imponentes como colosos de piedra con sombreros nevados, era casi como estar en otro mundo, como haber sido transportado a un reino de gigantes.
Los ojos de Duneyrr, eran como dos bolas de billar que se abrían redondos para absorber toda la magnificencia de La Cordillera de Daulnir. Y Cuervo, a su lado, también tenía la vivaz mirada de quien se maravilla al encontrarse con un milagro de la naturaleza.

¿Maíz?

Mag-nifizencia pa-jarraco.

Maíz. Maíz. Maíz.

Luego, en la cima.

En su viaje hasta la cordillera, el orco había oído sobre toda la clase de fauna que vivía allá arriba, desde otros orcos, humanos, hasta antropomorfos y enanos escondidos en sus ciudades en los recodos de las grutas.
Ascender no resultó ser un problema para él, incluso tomando en cuenta que no llevaba más abrigo que su taparrabos. Cuervo estaba escondido en su cuello, con su plumaje mucho más voluminoso que antes, para tratar de mantener el calor. Acurrucado, graznó la mayor parte del camino, solo por el gusto de oír su eco.

Cuando alcanzaron la aldea, el orco se sentía levemente helado. Su respiración era un fuelle y sus grandes exhalaciones de vaho se mezclaban con los blancos copos de nieve.
¿Maíz? —El orco acarició la cabeza de su mascota y sacó algo de maíz del zurrón que le colgaba del cinturón y se lo ofreció en su palma.

Será mejor que le des carne. —Una diminuta voz hizo girar al verde gigante—. La proteína le sentará mucho mejor con este frío.
Era una muchacha de corta edad, un cachorro humano de cabello largo y trenzado, rostro redondo y vestida del mismo blanco que la nieve que los rodeaba.

¡Fantasma! ¡Fantasma! ¡Fantasma!
El orco gruñó algo parecido a una risa.
No es un fantasma, pa-jarraco lerdo. Está viva. Blanca como espectro, pero viva.
Vaya. —Dijo ella ligeramente impresionada—. Sabe hablar.
¿Dónde está el Yarl? —Preguntó Duneyrr. Cuervo terminó de comer los granos de su mano y se limpió el pico.
Por un momento pensé que eras parte de alguna troupe, de esos circos itinerantes. Nunca he visto uno, pero Ollie suele hablar de ellos.
¿Dónde está el Yarl?
Yarl. Yarl. Yarl.
En fin —la cachorro de humano se cruzó de brazos y suspiró—, al parecer simplemente eres otro asesino. El Yarl está en el comedor principal. Es el edificio más grande que verás caminando por la calle principal. Está casi al final de la aldea.

Duneyrr asintió en silencio y miró a su alrededor. La nieve cubría el camino, las casas y todo lo demás.

¿Carne?

Cuando llegó al comedor descubrió que el lugar no estaba mucho más caliente que el exterior, además de eso, que Strindgaard ocupaba una de las mesas.
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Re: La Esfinge de los Hielos

Mensaje por Hemmi Chinaski el Lun Feb 06, 2017 2:12 am

No me gustaba la aldea. No me gustaba la nieve. No me gustaba el frío, y mucho menos la gente que habitaba aquel lugar, demasiado acostumbrada a lo negro y frío como para largarse a otro lado, demasiados viejos para cambiar de vida, demasiado cansados para comenzar de nuevo. Humanos.
Siempre adaptándose como cucarachas a todos los rincones de Noreth. Eran las peores de las plagas.

Bienvenida. Acompáñame.
Y sobre todo, no me gustaba esa mimada niña bonita. ¿Quién se creía que era que podía darme órdenes? ¿Quién se supone que era para venir a mirarme así? ¡¿Cuántos años tenía?!
Tienes frío —aquello no fue una pregunta, sino una afirmación. Ella, con sus pómulos bien definidos y esos sonrosados labios. Su cabello rubio despuntaba suaves toques de amarillo, como trigo maduro. Me miró como segura de sí misma, como si viese ninfas de fuego todos los días. ¿Dónde estaba el respeto por tus mayores?

Yo miré mi cabello, no me había bañado en días, y además hedía al olor de las bestias que nos trajeron hasta arriba. Pero ya quería verla a mi edad. Cuando tenga casi trescientos años será un costal de huesos carcomidos por las ratas, y yo seguiré aquí, igual de perfecta.
Vaya. Increíble deducción. ¿Eres la detective del lugar? —farfullé.
Como sea —me contestó de mala gana—, el Yarl te espera en el comedor. Ven conmigo.
Deseo darme un baño antes de conocer al jefe de tu tribu.
Lo siento, pero las órdenes del Yarl son reunirse con él apenas lleguen aquí —me contestó ella, irritada y sorprendida por igual—. Y esto no es una tribu. Somos los...
vuestro nombre. Y no te lo pediré por segunda vez. Ahora llévame. Aquí hace un frío del demonio, necesitaré también ropa adecuada.

Me dispuse a caminar, pero la muy remilgada se quedó estática en su sitio.
No. Irás conmigo a ver al Yarl. Luego podrás darte un baño o lanzarte del acantilado. No me interesa —ladró con su aniñada, pero severa voz femenina—. Pero ahora vendrás conmigo.

Me detuve en seco. Aquella mocosa tenía huevos.
Creo que no sabes con quién estás hablando niña —dije.
Llevé la mano izquierda a la vaina de la katana que colgaba en mi cadera, y con el pulgar empujé la empuñadura un centímetro hacia fuera, lo suficiente para que se asomara el acero.
La niña tenía los puños apretados, algo me decía que no era la primera vez que se sentía amenazada. Lo manejaba muy bien.

Mi señora.
Giré la cabeza, a un costado del camino había aparecido una anciana con un piño de madera abrazado a su cuerpo. Me tembló la mano derecha por instantes, la vieja me había asustado.
¿Quién eres?
Venid conmigo. Os prepararé un baño.

La empuñadura regresó a su sitio. Miré a la mocosa cruzarse de brazos en silencio. Seguí a la vieja vikhar hasta una de sus chozas y media hora más tarde ya estaba lista y dispuesta para ir a verle la cara al Yarl.

Ropas de Hemmi:
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Re: La Esfinge de los Hielos

Mensaje por Strindgaard el Mar Feb 07, 2017 5:53 am

El trato
II


El compañerismo entre mercenarios es un asunto extraño, complejo. Casi mágico. Como Dominio Avanzado en Compañerismo, o algo así. Se debe tener un fuerte sentido de la camaradería cuando te embarcas en aventuras como esta. De hecho, literalmente dependes de tus compañeros para llevar a cabo empresas de este tipo.
Entonces, ¿por qué cuesta tanto empatizar con ellos? ¿Por qué cuesta hablar más allá de las órdenes y los deberes? He conocido tipos que apenas y llegas a conocer su nombre en una campaña, como aquel mago y esa pirata elfos, o ese caballero muerto con el que viaje una vez hace tiempo en cierto barco…
En fin, debo decir en mi defensa, que todos esos cabrones con quien me junté dejaban mucho que desear...

Pero no quiero hablar de esos malos tipos y esas malas experiencias. Vamos a lo nuestro. A continuación les presentaré a mis dos más fieles compañeros en este viaje que casi me costó la vida:

Recuerden que Strindgaard se encontraba desayunando (sí, en algunas culturas esa cosa en su plato se considera un desayuno) panceta frita, pan moreno y cerveza ligera. El comedor era muy amplio, como de unos veinte metros cuadrados, y estaba por lo demás casi vacío. No quedaba mucha más gente en la aldea para llenarlo. No había guerreros para caldear la estancia con sus gritos e historias, ni mujeres bonitas para admirar, mucho menos bardos para mentir y cantar, ni niños para jugar. En la maldita aldea no quedaba nadie excepto un puñado de viejos, La Mocosa y el Yarl.
La puerta, que permanecía cerrada para no dejar escapar el poco calor que soltaba el exiguo brasero, comenzó a resonar con violencia.
Strindgaard oteó la entrada, al parecer era el único que lo había notado.

El golpeteo se reanudó, no era una ilusión. Griselda estaba atrás haciendo quizá qué cosa en la cocina (de hecho olía no mejor que dentro de mis botas), así que no había nadie para abrir las puertas.
Strindgaard se removió en el tablón largo que usaba por silla.
Creo que tocan la puerta. —Dijo con cierto miedo en su voz (Mierda, pero qué cobarde era en ese entonces).

El Yarl levantó la cabeza lentamente de su comida y lo miró de la misma manera que la primera vez. En su plato había otro tipo de hogaza, de masa más blanca, quizá de trigo en vez de lo que fuera de lo que estuviera hecha la del demonio. Había también vino, frutas y una suculenta carne de cerdo.
Logd. Abre la puerta.
Ahí estaba, la voz del Yarl era de acero, Strindgaard se hubiera puesto de pie como si se hubiera sentado sobre el brasero si le hubieran hablado a él, pero El Viejo permanecía en su asiento comiendo lo que parecía ser los restos de un pollo.
El Yarl mantuvo su mirada sobre El Viejo. Esos ojos tenían cierto parecido a los de Decken, a los del Hunzi Kanzo, y a los de varios otros hombres de armas que llegué a conocer. Era la mirada de un dragón. La de un cabrón hijo de puta.
Pero Logd la ignoraba magistralmente.

Creo que los he hecho esperar un poco. La puerta sigue sonando allá en mi lejano relato, Strindgaard está a punto de ponerse de pie por su cuenta, pero teme hacerlo sin que el Yarl se lo pida. Entonces hay otro golpe más fuerte que el anterior, y ¡ah! Ahí están, mis leales compañeros:

El primero de ellos es Logd, El Viejo, quien se pone de pie rápidamente a pesar de su edad, y quien a pesar de estar medio sordo, es capaz de notar más de lo que oye con sus ojos. Con su encomiable fuerza logró destrabar los goznes helados y abrir las puertas.
Y hela allí, mi gran segunda compañera: La Mocosa. Quien a pesar de su corta edad, corta estatura y corta inteligencia, fue capaz de codearse con monstruos, brujos y asesinos.
Ellos fueron muy buenas personas, valientes y leales. Compañeros.

Y bueno, también estaban ahí Duneyrr y Hemmi Chinaski. Uno, la perfecta mezcla de filósofo y asesino implacable más grande (literalmente) que he conocido. Y la otra, la hada más violenta, retorcida y despiadada que he llegado a conocer.
Dos personas que me sacaron más de una roncha en aquel viaje montaña arriba en la Cordillera de Daulin.
Ambos entraron tras de La Mocosa, con sus miradas arribistas clavadas en el Yarl. Y luego en Strind.
El demonio se puso de pie al verlos.

¡¿Ustedes?!
El rostro de Strind lo decía todo.
¿Así que se conocen? —Preguntó El Viejo, que hábilmente sorteó a los recién llegados y regresó a devorar los restos de su desayuno.
Con usted, los mercenarios Duneyrr, y Hemmi Chinaski.

El Yarl asintió, su mirada para los recién llegados era la misma que para el mobiliario.
Al fin. —Dijo Strind, que se bebió de golpe el resto de su cerveza y se limpió con el dorso de la mano—. Ahora nos dirá, Yarl, ¿para qué hemos sido llamados?
Logd, acompaña a Signy fuera del comedor.
El Viejo ahora estaba atento a lo que decía su Yarl, se puso de pie inmediatamente y se llevó con viento fresco a La Mocosa con todo y su cara de ratón amargado. Al parecer no era de las muchachas que soportaran estar a los mandados, pero no puso ninguna objeción cuando El Viejo la tomó del codo amablemente y la llevó fuera.
Duneyrr y Hemmi avanzaron hasta el centro del comedor, las puertas se cerraron a sus espaldas y de pronto solo estaban los cuatro dentro.

Tomen asiento. —Dijo el Yarl.
Esperó a que todos se pusieran cómodos y habló.
Les seré lo más honesto y claro posible: Como podrán notar, la nieve cae incesante sobre la cordillera. Un fenómeno que no responde a algún cambio climático inusual en esta parte del año. Sino que a las maquinaciones de una bruja que ha decidido atacar esta aldea cuando se encuentra débil.

De pronto ahí estaba Griselda, caminando con su paso lento pero incesante con un montón de leña, dejó algunos troncos en el brasero y dejó el resto apilado contra la pared en una esquina del comedor.

Mis hombres se encuentran en el este, luchando contra la insurrección de unos traidores. Y me veo en la obligación de llamar a las espadas a hombres como ustedes, bueno, y mujeres, para que lleven a cabo esta empresa.
»Deberán subir hasta la cima, donde mis informantes me han dicho que se esconde esta vil bruja. Ella decidió atacar con cobardía, usando magia para doblegar la poca gente que queda, y me he visto en la obligación de regresar del este para hacerle frente.

El Yarl se bajó de su estrado y le hizo una seña a Griselda.
Pon a calentar vino.
Entonces. ¿Nuestra misión es capturar a una bruja?
¿Capturar? No. Su misión es darle muerte. Ya he mandado un grupo hace una semana, y ayer otro. Para asegurarme también los enviaré a ustedes. Todos los mercenarios recibirán la misma paga, pero quien me traiga su cabeza será acreedor de un premio mucho mayor.
Griselda regresó con una jarra grande de latón y la colocó sobre el brasero.
Mañana por la mañana partirán con Logd; ya no me quedan guías. Subirán hasta la mitad del camino desde la aldea a la cima, dormirán allí y al siguiente día subirán hasta lo más alto.
»Griselda les entregará todos los implementos para capear el frío. A lo más serán seis días en total. ¿Tenemos un trato?

Strindgaard, oh, ingenuo demonio. Fue el primero en aceptar.
El Yarl sacó el vino del brasero y sirvió cuatro tazas de greda con vino caliente. Era una tradición cerrar los tratos de esa manera.
Salud.
Strind se empinó la taza, el vino no estaba tan caliente como para quemar, de hecho, era agradable. Unos agradables dedos calientes le cruzaron el pecho y sellaron su destino.
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Re: La Esfinge de los Hielos

Mensaje por Duneyrr el Miér Feb 15, 2017 1:25 am

El comedor estaba caldeado de humo y olor a madera húmeda. El frío se aplacaba un poco ahí dentro, pero no era la gran cosa. Duneyrr agachó la cabeza para pasar por las puertas abiertas y se cuidó de no golpearse contra ninguna viga mientras avanzaba hacia el centro de la estancia, donde el humano más extravagante de todos se había puesto de pie para recibirlo.

¡¿Ustedes?! —El orco lo miró con su rostro impasible, acostumbrado a no ver nunca más a nadie que se cruzase en su vida, la aparición del brujo lo dejó impresionado.

Oh. Ez-Trindård. El siempre-viajante. Tanto tiempo. —Luego de la cárcel en Ciudad Esmeralda, y los escándalos de Rodelfia, en el país Zhalmia, ver una tercera vez al brujo le provocó una pequeña sonrisa al orco—. Me siento feliz de verte, Vagabundo.
Yo también de verte a ti, Verde.
¡Strind! ¡Strind! ¡Strind!

Cuervo sobrevoló como pudo las cerchas sin chocar y alcanzó el hombro del brujo. Sus pequeñas garras se aferraron a su hombro mientras su diminuta cabeza acariciaba con su pico la cara del brujo.
Vale, vale. Pajarraco, ya veo que me extrañaste. Ahora aleja tu olor a maíz de mi cara. —Le contestó de vuelta el humano, como siempre, molesto por el cariño que le tenía el ave.

Cuervo aleteó nuevamente hasta el hombro de su amo. Duneyrr se acercó hasta el humano y lo saludó con el extraño patrón de movimiento de sus manos que ellos llamaban “saludo”. Claro qué, para el orco solo se trataba de enlazar su dedo índice con la mano de Strind.
Duneyrr, Cabeza de Trueno. Me agrada saber que tendré la espalda bien cuidada.
El orco mostró sus dientes en lo que se podría suponer una sonrisa.
Sí. Un orkho que te proteja las espaldas como en los viejos tiem-pos. —Duneyrr se llevó la gran manaza a la empuñadura de El Padre de las Espadas—. Un buen acero para pro-tejer.
Vaya, así que trabajaremos en buena compañía. —La mujer con la que había estado el orco antes de entrar, se acercó sonriente al brujo.
Hola, Hemmi. —El brujo parecía no muy contento de verla.
Pensé que no volverías a prestar ayuda a alguien luego de lo que sucedió en la isla.

La mujer tenía olor a magia y jabón. Era una maga por lo que al orco respectaba, podía sentirlo en su negen.
Tomen asiento. —La voz del humano en el estrado le sonaba parecida a la de un instructor de batalla, era el tipo de voz que usaban los grandes para infligir miedo en los pequeños. Una voz cobarde y taimada que pretendía imponerse por sobre el resto a costa del poder que ejercía.

Lo que no sabía aquel humano de cabellos brillante y blaquecino, era que el poder no es algo que se posee, y en aquel momento, dentro de ese frío y solitario cuadrado de madera, el Yarl era quien menos poder podía ejercer en ese momento.
Luego de que se pusiera cómodo, el orco escuchó lo que su contratista tenía que decir.
Les seré lo más honesto y claro posible: Como podrán notar, la nieve cae incesante sobre la cordillera. Un fenómeno que no responde a algún cambio climático inusual en esta parte del año. Sino que a las maquinaciones de una bruja que ha decidido atacar esta aldea cuando se encuentra débil.

Claro, era verano. Se supone que la cosa blanca que caía sobre la aldea no debería llegar hasta con los helados tiempos de invierno. El orco se pasó la mano por la barbilla, tratando de pensar. No es que fuera corto de luces, pero a veces las ideas se le resistían.
Concluyó que lo interesante de esa frase, no era el hecho de que una bruja estuviera atacando una aldea venida a menos, sino que la aldea se encontraba débil. Eso significaba que en algún momento no lo fue.
… ¿Capturar? No. Su misión es darle muerte…

Y ahí estaba de nuevo. Matar. La vida sería más llevadera si nadie tuviera que matar a nadie, pero no. El mundo es como es, se dijo el orco, y si en este mundo la solución a todos los problemas es matar, en tal caso él sería el mejor asesino.
Al menos eso era un consuelo.

Cuervo acicaló sus alas mientras el Yarl terminaba de hablar. Duneyrr se acercó al fuego al igual que los demás y bebió la pinta de vino caliente que le ofrecieron. Apenas fue un sabor insipiente en su lengua. Con eso el trato quedó cerrado.
El orco salió al frío de la mañana, el comedor estaba caliente y el cambio de temperatura fue un tanto agradable. Cuervo aleteó en su hombro.
Calor. Calor. Calor.
Luego pa-jarraco. Ahora debemos realizar una misión.
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Re: La Esfinge de los Hielos

Mensaje por Hemmi Chinaski el Miér Feb 15, 2017 9:16 pm

Las palabras del Yarl estaban cargadas de intriga. Al parecer no éramos los primeros en ser requeridos para aquella misión. Si hace días había enviado gente sin esperar a que regresaran, ¿por qué nos había de enviar a nosotros sin saber aún si el primer grupo cumplió o no su cometido? ¿Qué clase de idiota era ese?

Estaba claro, un idiota que esperaba lo peor.

Pero, entonces, ¿por qué seguía intentando conseguir algo que ya no había dado resultado? ¿No hubieras sido mejor que nos hubiera mandado a todos juntos de una vez? Había demasiadas preguntas por realizar.

Aun así bebí el vino caliente.

Salí del comedor de la tribu norteña con una sensación de desazón en el pecho. Me llevé las manos frías a la boca, solté un poco de vaho en ellas y las froté pensando en lo que nos depararía la subida hasta la cima. Solo tener que pensar que estaría doscientos metros más arriba desde donde ya estaba me revolvía el estómago.
¿Por qué había aceptado aquella tarea? Los volcanes que reinan en Prado de Fuego me parecían bastante parecidos a las Montañas de Daulin, quitando claro el hecho de sus temperaturas tan diferentes, pero una vez arriba, metida en estas chozas junto a esta tribu, noté lo diferente que eran.

Aquel sitio no era más que un ingrato desierto de hielo y roca, sin otro valor que el que aquellos vikhar le otorgaban.
Ya mandaron a un grupo hace días, y ayer a otro. ¿Se supone que esta bruja no podrá con nosotros? —le pregunté al grupo.
Nos encontrábamos los tres solos, esperando fuera del comedor a que el viejo guía se preparara.
El orco se rascó la barbilla y el brujo miró hacia todos lados antes de contestar.
Me parece que, estamos frente a algo peligroso, mucho muy peligroso. No por nada pidieron ayuda a personas como nosotros. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Si algo resulta mal, la bajada será más rápida que la subida.
¿Piensas desertar, cobarde? —escupí. Mis palabras salieron más fuertes de lo que hubiera querido, pero la sola idea de huir me resultaba repugnante.
Mira, por lo que sé, esa bruja es capaz de poner blanca toda la montaña. ¿Qué te hace creer que podremos con ella?
Maldito cobarde. Aún ni salimos de la choza en la cual hicimos el trato y ya estás desertando. Es una pena que tú no tengas código, pero si yo acepto una tarea, la cumplo.
Yo iré hasta el final.

Miré al orco sin saber si hablaba en serio o no, con Strindgaard estaba bastante camelado cuando se saludaron ahí dentro.
Luego pensé en el poco seso que tienen los orcos. Supongo que le costará mentir.
Gracias grandote, al menos se puede contar con alguien por aquí.

Miré inquisitiva al brujo, a ese cabrón de mierda. Me abracé el cuerpo y traté de no pensar en el frío.
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Hemmi Chinaski

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Re: La Esfinge de los Hielos

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