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Ensoñaciones del paseante sociable

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Ensoñaciones del paseante sociable

Mensaje por Gavryel el Lun Feb 20, 2017 12:49 am

Primer paseo


Heme aquí, pues, al consciente de mi existencia con los demás en las tierras de Noreth, con el profundo saber de que mi ser ha sido condicionado -y en parte determinado- por la existencia de los otros, que, antagónicos o amistosos a mí, han dado la posibilidad de que haya un yo, de que haya un Gavryel.  Ningún tipo de revés al cuerpo podrá atenuar esta armadura, ningún tipo de revés al alma podrá adolecer esta batalla de ideas. Busquen o no, en su error o acierto, motivos para alejarme de lo que yo creo que es una de las luchas más nobles para con las razas gentiles de este mundo, esto es, la insurgencia y su consiguiente país de llamas.

Lo cierto es que no podrán sacarme del sendero que yo mismo estoy trazando; empecé esto por móviles extraños al análisis que hoy me concierne de las leyes naturales y sociales de Noreth, pero se han perfilado y sometido a mi razón, y hoy por hoy están bajo mis órdenes para que no intercedan cuando no se les llama... en definitiva: para que el sentimiento no sea un obstáculo en la transformación de la realidad que propongo, y, en general, proponemos los que siguen la doctrina que estoy creando.
He comenzado hace unos días una tímida caminata por el Bosque de Silvide, sin saber en qué momento pararía. Mi caballo y yo no podemos morir por causas internas, por autodinamismo, de hecho nuestro motor interno es practicamente ad infinitum, las oscuras y profanas magias que en nuestro ser trabajan lo hacen de tal manera que se regeneran extrayendo un flujo de poder de incognoscible origen; es esta una cuestión que deberé abordar en algún momento y que no olvido nunca, el porqué de mi inmortalidad. Pero aún ignorando esto, lo que sí sé es que al cuarto día de mi voluntariosa peregrinación a quién sabe dónde, he abierto mi cuaderno de notas personales, lo que en algunas partes del mundo llaman "diario", y he comenzado a apuntar estos paseos que pienso ir relatando a modo ornamental pero sin engañaros de la intimidad y privacidad que se esconden en tantos colores, sonidos, y texturas con los que puedo servirme para comunicarme.
Debe de haber una necesidad más compleja para explicar el porqué de un ser vivo escribiendo retazos de su vida, una explicación menos llana que la del puro placer. No somos artilugios. Al menos sospecho que no, muchos pensadores a día de hoy manifiestan que somos como aquellos muñecos con una serie de mecanismos internos que emulan el hablar o el hacer de un ser viviente y racional, yo aún pienso que somos algo más que un conglomerado espontáneo de particulas engranadas; es verdad que fundamentalmente lo intuyo, pero también constato con las distintas ciencias de las que hoy disponemos que sea lo que sea este sustrato último de existencia... ¿materia?, ésta está en relación con todo y en un cambio constante. Se ve en el fuego, en el agua, en las transformaciones de lo más básico como el agua hasta en lo más complejo como la política, en los países, en El Imperio, en los miles de guerreros en los que se producen sentimientos de deserción o lealtad. Cuánta lucha es el mundo, y cuán poco reposo es también.
Por mi parte me vale, ahora mismo, saber que escribo para que se me lea. Será la justicia del lector quien dictamine si esto es válido de ser hojeado o, por otro lado, echado a las raíces más profundas de los árboles enormes de Efrinder, tierra en que la insurgencia es inevitable.
La parte del bosque en que me encuentro ahora mismo es especialmente abierta, sin esos imponentes árboles que impiden la llegada de las luces de los astros, y está caracterizada sobretodo por la presencia de pequeños animalejos peluditos. No logro distinguir bien si son conejos o qué, pero están casi todos en una elevación y no parecen ser todos de la misma especie. La distopía que puedo estar siendo yo en estos instantes para esos animalitos pasa inadvertida a estos mismos, y me pregunto si realmente alguien además de mí mismo podría aseverar algo así. Pero es una verdad tan grande como mi antigua y expirada vida humana. El asunto es que sí represento una amenaza casi novelesca para esos pequeños vivientes, pero no lo saben; su futuro, su presente, puede depender de mí en cuestión de sencillas decisiones, de si quisiera alimentarme porque sí, puesto que no tengo hambre, o de si quisiera usarlos para practicar mi puntería, etcétera. Qué frágil la vida de los espontáneos. Que trágica y maravillosa la vida de los conscientes.
La noche se acerca lentamente y habré de preparar algo de fuego para espantar a un posible enemigo nocturno, no quiero morir por torpeza. En realidad no quiero morir, por eso mantengo todo factor externo bajo mi vigilancia. Sólo el otro puede matarme, sólo el otro puede llegar a detener este reloj con todos los números posibles. Y mientras mi deseo, mi voluntad, sea la de seguir levantando mi alabarda y mi alma sobre estas tierras de Noreth, será difícil encontrar alguien que me mate. Si esto ocurriera se debería totalmente a una torpeza personal de gran tamaño, en ese caso comprended que hice todo lo posible por tener pericia en esto de vivir, pero que ni aún teniendo más tiempo que los Orcos o los Humanos, no me fue suficiente para adquirirla. De todas maneras no creo que eso pase, mi soberbia se iguala casi siempre a mi auténtico conocimiento de las cosas, y por tal razón puedo mantenerlas a las dos en una sana competencia. ¡Ay del día en que mi moral sea la del esclavo o el siervo que aman besar la mano del amo!, si llegase ese día... constato que todo mi proceso vital no me conduce a tal consideración del mundo, a tal pobreza espiritual; constato que quiero alzar a la fratria de los pobres hasta la categoria de País de las LLamas.


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Re: Ensoñaciones del paseante sociable

Mensaje por Gavryel el Dom Mar 05, 2017 6:40 pm

Segundo paseo


En trayectos vitales tan largos y difusos como estos, en los que no distingo la vigilia del sueño, se me presentan las cosas tan reales como tan falsas y sólo la intuición me sirve como escudo ante lo que desconozco por no ser yo mismo; asumiento de manera dogmática que yo mismo me sé. Ardua tarea.
Recuerdo hace poco estar sintiendo la noche acercarse a mi vera, qué sensación tan maravillosa encontrar la parte de reposo que, de manera inherente, hay en la existencia. Si no estuviera seguro que después de la calma viene la tormenta sí me pondría nervioso. Pero esa noche que me envuelve dócilmente es tan sólo la antesala de otro mundo de reflexiones, de cambios, de fuego.
Sin el permiso adecuado  se me presentaba el todo de manera distorsionada y, no puedo hacer otra cosa que intuir, me vi obligado a seguirle la corriente a todo lo externo; de este modo me garantizaba el no paralizarme. ¿De dónde salís, vosotros, alimañas de tierra que ahora voláis? No logro recordar si en el mundo verdadero tenéis cabida o me hallo ahora mismo en una ensoñación, de todas formas es irrelevante al caso, habré de actuar. ¡Decidme qué queréis!... Les exijo y me observan, los miro, hay una extraña complicidad entre ellos y yo. Los árboles a mi alrededor parecen más lúgubres y apagados que de costumbre; probablemente esto tiene que ser parte del mundo verdadero.
Decido caminar entre este hermoso paisaje. A mi entorno los desdichados robles que pierden sus hojas y encima mío un cielo que permuta del azul desesperante a un rojo que quiere ser perenne. Quieto, Rojo, quieto porque no quieras ser más que uno que garantiza tu existencia, ¿Acaso quieres ser otra cosa? pues bien, pero deberás saber que Azul también ha de cambiar, o deberéis negaros los dos, o deberéis fundiros en algo nuevo los dos... ¿estás dispuesto a dejar de ser, junto a Azul, para ser algo más?; así hablaba el joven alabardero al cielo, a su contradicción interna. Mas seguían luchando los dos tonos y se perdía la pista de su combate pues de vez en cuando parecían amarse. Tal vez estaban haciendo ambas cosas a la vez.
No conozco nada de lo que se me aparece ahora pero tengo la certeza de poder con todo. Esto me indica que no es el mundo real, el mundo verdaderoa, mas...¿dónde el entero tembleque que  me acompaña en ocasiones cuando descubro lo que no concibo? Mi alabarda está en mi espalda, noto mi armadura, noto, percibo, mis recuerdos humanos, también el comienzo de mi escrito. Esto es, sin duda alguna, una especie de sueño. No os torzáis pesadilla, no  aún, dejadme disfrutar de esta inocencia del devenir, ficticia en parte pero auténticamente sentida.
Caminaba por un sendero que se creaba a cada paso. Las arboledas le acompañaban, detrás de él iban animalillos pequeños, algunos violentos, otros tímidos pero convenidos de pisar tras sus huellas. Gavryel lo sabía y los sonreía de vez en cuando, bajo la fría armadura. Sonreía bajo la fría armadura. Los ojos espectantes a un eje cartesiano que nunca aparecía, a un delante que se le descubría de manera espontánea. Entendió que no entendía y llegando a una pequeña elevación se giró para dirigirse a sus pequeños acólitos:
Hacéis bien en acompañarme, porque en estas tierras incógnitas es bastante imprudente caminar solo. Ahora decidme, Hijos del Cambio, si me ayudaréis a crear hoy un Culto al Devenir. - Los sintientes gritaban cosas inteligibles. - Que si me ayudaréis a hacer lo que las tierras y los cielos gritan para con todo lo caduco, esto es, si me ayudaréis a romper las cadenas que los ídolos de madera y barro esclavizan a los vivos y los muertos en nuestro mundo. - Más alaridos y progresivamente más toscos. - Vosotros que cuando me seguíais eráis pequeñas sabandijas sin más ni más. Vosotros que ahora vais entendiendo que el sentido se crea y se transforma por siempre. Decidme si me ayudaréis a encender y mantener una llama tal que honre al único Dios entre Dioses, al Devenir. - Las fieras, que ahora medían más de 2 metros, vociferaban con lanzas, hachas, arcos, y todo tipo de armas en las manos. - El mundo será sometido a nuestra Razón, nosotros, los sapientes, doblegaremos hasta donde podamos al propio fuego. Nosotros seremos la inmensa fratria que soñó otrora vez uno de los creadores de  Noreth. Aplastaremos divinidades e instauraremos lo profano en los suelos que jamás soñaron tener bestias libres; explicaremos por la razón o por la fuerza que la mayoría decide sobre la minoría, y que nosotros, nosotros somos los Más. - Los robledales encendían ahora un extraño fuego que decoraba de manera portentosa las hojas grises, que ahora tomaban un aspecto elegante, vigoroso. El cielo se abatía consigo mismo y se quería desaforadamente como nunca. Los sapientes que levantaban el estandarte del Culto desgañitaban exhortando al no-muerto a dar la señal de acción para con el enemigo; un oponente que, allí a lo lejos, se le veía convencido de su antiquísima potestad tanto civil como divina. - Adelante, hermanos y hermanas, marchad sobre icor y sangre, marchad e imponed el orden de los gentiles. - Las piedras sonaban al paso de la masa, desde la elevación de tierra enardecía el joven muerto-viviente a los que ya nada tenían que perder salvo unas putrefactas cadenas que trababan sus almas a las manos de unos pocos.
En la distancia, delante de la disciplinada y conciente turba, se encontraban los vetustos, los más antiguos que de los sintientes. Ellos aún mantenían que su justicia era divina y en algunos casos, si esto fallaba, era natural. Ellos gritaban con látigos o parlamentos, y decían al desgraciado sintecho que no se quejara, que la suerte podría cambiarle, pero que no se quejara o tendría que vérselas con la auténtica y unívoca justicia. Pero ellos no estaban con la guardia baja, en absoluto, además del Estado, tenían murallas de palabras que podían con cualquier tipo de conjura hasta el momento. Pero el sortilegio que Gavryel y otros habían descubierto era muy superior a cualquier defensa de los caducos; se trataba de la unión conciente, se trataba de una libertad y razón colectiva, que actuaba como un solo sujeto. Y ahora ya era tarde para los vetustos, sus templos seculares y/o religiosos iban a sucumbir ante el hambre y la sed de los miles, de los que portaban, sabiéndolo, el fuego renacedor de toda vida.
El no-muerto cabalgaba ahora junto la horda de gentiles, señalando la ciudad de Vetusta. Las emociones y sentimientos que aflorían estaban subordinados totalmente a su saber y por eso mismo lo reforzaban, su papel era esencial en un momento de extásis como este. El choque era inminente. Las fuerzas de Vetusta preparaban por entero todo artilugio armamentístico para hacer frente al Gentío. Pero esto se desvaneció de manera extraña cuando el no-muerto despertó de su somnolencia. Se encontraba de nuevo en el Bosque de Sílvide. Despertaba con el enigma en el corazón.


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Re: Ensoñaciones del paseante sociable

Mensaje por Gavryel el Lun Jun 12, 2017 1:45 am

El albor actuaba sobre su frío cuerpo. Lo que quiera que sea que haya estado en su mente hasta hace poco, gritos y armas, se estaba difuminando de manera progresiva en sus recuerdos. Qué vívidos pueden ser los sueños y qué facilidad tienen para ser enterrados en el fondo del alma sintiente que, sin piedad alguna, roba al individuo las mejores partes de un mundo onírico que ha sido creado por los resortes más extraños del cuerpo.
Mientras me levantaba, di cuenta de aquellos grandes filósofos de nuestra era que aducían con gran vehemencia que esta sustancia que nos evoca las más grandes ideas, y, a veces, los más viles pensamientos; esta sustancia que podemos denominar alma, psique, espíritu, es, en definitiva, una parte más del cuerpo. Y no sólo eso, sino que al reposar el cuerpo también reposa ésta pero despierta en sí, como cuando uno tiene tics nerviosos, un lado autónomo que es infatigablemente creador, que no se detiene en su rara producción -¿ficticia?- vital.
Se podrá replicar a esto que no es sino la misma alma que, desdoblada, comunica con el mundo ulterior. Pero a esto, igual que los mejores pensadores que evoco, me pregunto yo: ¿No es cierto que, estando el cuerpo enfermo, también enferma el alma? Y ¿no es más verdad que, estando esta última doliente, sin duda también afecta al cuerpo? Será difícil, pues, para los vendedores de humo de Noreth, dictaminar que alma y cuerpo son dos cosas distintas o que alma y cuerpo comparten propiedades de distinta naturaleza, puesto que lo que realmente podemos ver aquí es la relación causal entre una cosa y otra, que denota claramente la vinculación física de las dos.
Y que se me grite a mí en la cara que no tengo potestad para hablar sobre estos temas, siendo yo un error de lo natural, que intenta interceder en nombre de la Razón estando en realidad en un puente entre lo orgánico y lo inerte; les invito a reprenderme por esto, porque les dejaré constancia de que puedo ser igual o más racional que ellos, que puedo hacer cuantas pruebas numéricas me exijan y que puedo blandir mi arma como su mejor soldado de piel rosa. Y dada mi indudable insólita constitución material será mi discurso más valioso, porque no pudiendo ellos explicar las miles de contradicciones religiosas para con la naturaleza, puede, sin embargo, un ser como yo dar respuestas inteligentes a una serie de cuestiones que sólo el esfuerzo de las Ciencias pueden demoler.
Me maravillo de mi alrededor. Pero lo que me sorprende y desconozco no lo pongo en un altar y lo elevo a la categoría de divinidad. Más aun, intento dominarlo con la fuerza del pensamiento, y una vez que sepa qué es y cómo se llama, tenerlo en mi poder para el beneficio de mi causa, y por ende, para el mío. Por medio de estos árboles sabe uno lo misterioso que es la existencia misma, del uno mismo y del todo mismo; pero el estupor que esto pueda ocasionar no debe paralizarlos, el que caiga en exánime congelamiento ha perdido ya, como todos esos espiritistas Orcos o esos sacerdotes Humanos.
La causa que perseguimos los gentiles es la mejor, la más noble y la más justa porque, precisamente, apela a la naturaleza, no a caprichosas divinidades de dudosa potencialidad. El único Dios que reconozco es el del tiempo, el del cambio, aquél que deviene incesantemente proporcionando las herramientas de lo nuevo para destruir lo viejo.
Me he acercado a un riachuelo, aquí en medio de la marisma arboleada. Voy a seguir el recorrido de dicho arroyo sin más, trazándome ese objetivo como método de conducción, siendo mis pies ahora juego del azar, ese modo en que se manifiestan las miles de concatenaciones causales que se mezclan y chocan, dejándonos sin saber dónde se sitúan causa y efecto. El Bosque de Sílvide me está invadiendo, cada vez más, y siento como la soledad golpea a mi puerta, ¿qué quieres? Tú, que quitas la lógica de las cosas, que relegas al mejor de todos a ser el más patán de todos. Tú, que despersonalizas todo cuanto queda atrapado en tus brazos. ¿Vienes acaso a recordarme lo que ya sé? No hace falta entonces, porque lo tengo bien asimilado: Como el agua cristalina, señor. Más claro que el azul radiante de una mañana de verano. Ahora empieza la mejor parte de este conjunto de paseos, es la parte en que el solitario caos intenta vencer al multilateral cosmos. He estado esperando este momento con muchas ansias, pues sabía, bajo previsión científica, que este enemigo asexual aparece nada más y nada menos cuando el ser social se aleja de su entorno social, cuando dejo de ser el individuo de la masa para pasar a ser simplemente el individuo, que a nadie puede enseñar y que, difícilmente, poco puede aprender allí donde nadie hay, salvo ruido; sin música ni pautas deliberadamente puestas. El caótico orden del bosque confirma esto a cada segundo que el andante no-muerto pestañea. Aquí no está en el Bastión de la Planificación, aunque éste sea en su tierra propiedad de unos pocos. Desde aquella fortaleza de ideas se tiene el poder de la presciencia, un aura que en estos momentos el joven alabardero posee en reducido tamaño, y que se amplía solamente cuando trae a su presente los conocimientos adecuados de las distintas partes de lo real que ahora le acaecen en aquél bosque.


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Re: Ensoñaciones del paseante sociable

Mensaje por Gavryel el Lun Jun 26, 2017 6:35 pm

Mas cuántos instantes en lo infinito podrá aguantar el joven no-muerto, sólo el Logos lo sabrá. Orden entre el desorden, color entre la transparencia, armonía entre la algarabía. Pero el Bosque no es sino un sitio de aparente matema, donde la regularidad se difumina al prestar atención.
-Disculpadme, vos, lugareño. – Se dirigía a un árbol. El muchacho tenía semblante cansado e indiferente. - ¿Sabrías decirme por qué crecéis? Quiero decir, comprendo muy bien vuestro desarrollo, entiendo aquello de transformar la tierra en alimento mediante la luz, lo que quiero saber es, ¿por qué? ¿qué necesidad tenéis de existir y dilatar vuestro ser? – Gavryel se rio un instante y movió la cabeza como recordando algo. Siguió mirando al árbol un rato y dijo cortésmente: -Es verdad, la misma inquietud la puedo dirigir a mi propia persona, pero creí que lanzándola a un segundo podría ponerme menos nervioso al formularla. No ha funcionado, y me encuentro asustado. Buenos días.
Caminaba por el arroyo que había elegido seguir. El incesante correr de las aguas le tranquilizaba, corroboraba la dinámica vital que impregnaba el todo, lo que le mantenía aún en la cordura. Aún.
Ya hacía rato había dejado de fechar las páginas de su diario. Era auténtico el hecho de que no recordaba cuánto tiempo llevaba en el bosque, en algún momento durmió más o menos, o dejó de prestarle atención a los astros lunares, al astro sol de Noreth… sea como fuere, escribía sin dejar claro cuándo era antes y cuándo después. Sólo la intuición inmediata del ahora le hacía acordarse del día o la noche, situación que le provocó no poco placer; guiarse de manera consciente entre la inconsciencia.
Se detuvo en una explanada junto al agua, la cual se tranquilizaba en aquel punto. Dejó sus pertenencias en la sombra de un gran árbol de cedro, se desnudó y lanzó al agua de cabeza. Si tan sólo alguna parte de la impía magia que recorría su cuerpo no cumplía una determinada función, el joven debería estar buscando desesperadamente algo que llevarse a la boca. Pero esto no sólo no pasaba, sino que para más inri tenía quesos y cueros secos en el bolso, prácticamente sin tocar desde hacía a saber cuándo.
Translúcida como para contemplar su fondo, el agua de aquel arroyo desvelaba todo cuanto pasase en su interior. Pequeños pececillos, algas, piedras y un engendro de la naturaleza, todos en una ficticia consonancia existencial. Un insano remordiendo azotó a Gavryel: cuán reprochable sería para un Dios o Diosa del bosque dicho paisaje, donde la presencia de tal aberración entorpece hasta el final el dulce colorido de una estampa natural y divina como aquella.
¡Pero no es mi culpa!, oídme que no es mi culpa y que es mentira, que no estoy arruinando nada, que sólo quiero fundirme en la dicha como todos, entended que quiero estar al otro lado también, donde están todos. No me deis la espalda, animalitos, no me clavéis ningún puñal porque no puedo morir, mas sí sufrir, y cuantitativamente es peor. Por favor. – El agua lo acariciaba, pero este consuelo era vano. – Dejad, por favor, que more con vosotros quien en apariencia y esencia no es de vuestro hogar, pero puede adaptarse, torpemente, lo reconozco, pero puede intentarlo. A duras penas lo conseguiré, ¿de acuerdo?, pero no cerréis esas puertas, dejad que fluya como estas aguas, no me encerréis como aquel artista que quería, vilmente, hermetizar los mares en puertos y presas.
Cabría preguntarse en estos momentos dónde comienza el agua del arroyo y dónde acaban las lágrimas del desdichado. Ambas se difuminan en un torrente pacífico, al son del movimiento de las hojas.
Ahora mira el cielo nublado, deseando que la respuesta caiga voluptuosa y lo calme, tal vez no para siempre, pero al menos lo suficiente para no ceder a la demencia. Pobre lúgubre muchacho. Continuaba su secular plegaria.
A vos, Devenir, os pido que me deis el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar, la serenidad para aceptar las que no puedo cambiar y la sabiduría para distinguir entre las dos. Aquí uno de tus hijos más renegados entre la multitud, aquí un hijo tuyo que aborrece lo Uno, que aborrece la quietud, que se considera un ferviente enemigo de la soledad, pero que es empujado a ésta por aquellos.
Empezó a diluviar de manera casi imperceptible.
Que sabéis que mi esfuerzo y mis intenciones son naturales, ambas, juntas, tienden a un telos noble, loable por su amor a la vida. Que sabéis que aun siendo un hijo de Kiara, no hay cosa que más anhele que la eternidad de lo vario, aquella extensión que nunca empezó y nunca acabará. Que si mi madre es la Muerte yo soy su más fiel vástago, pero por nada del mundo enemigo del mundo. Decidme, Cambio Divino, ¿qué debo hacer para no caer en lo impersonal? Estoy intentando darlo todo, para no ser escupido por mis iguales, o por quien yo considero mis iguales. Os extiendo la mano en gesto de auxilio, sólo vos tendréis la última palabra.
La llovizna aumentaba ligeramente, marcando con pequeñas martilladas el agua de aquella parte del arroyo.


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Re: Ensoñaciones del paseante sociable

Mensaje por Gavryel el Miér Jun 28, 2017 11:37 am

Y como los saltos cualitativos que sufren determinadas sustancias al pasar por condicionantes externos, de esa misma manera se daban las relaciones fenoménicas adecuadas para que el joven muerto viviente entrase en estado de narcosis, y así fue.
Desde arriba se podía apreciar una tierra azulona, rocosa casi por completo, con extraños tubérculos enormes en su superficie, desperdigados de manera azarosa. El viento conducía aún más raras hojas cilíndricas de color negro brillante que olían de una manera agradable sin precedentes experienciales. Una de esas “hojas” tocaba el desnudo cuello del joven, el cual reaccionaba como si recordase que estaba allí parado hacía rato.
Comenzó a andar por ese peculiar paisaje nunca antes visto, intentando discernir su alrededor, pero, por más que lo intentase, todo aquello le resultaba en absoluto familiar. Iba desnudo, sentía una temperatura muy adecuada, ligeramente baja, pero grata aún.
Ella lo observaba desde los ojos de sus chivatos y desde las fuerzas extensibles de su ser, no por nada ese era su orbe y no Noreth. Desde su Bastión de la Muerte la Señora esperaba impaciente la llegada de su nuevo vástago, futuro sometido al deceso divino que con ojos de cuervo enamorado lo acechaba. – Mi pequeño, mi dulce y ensangrentado pequeño, caminad a la única y auténtica Necrópolis del universo, a la ciudad donde ricos y pobres laboran por igual sin saber quién fue esto o lo otro. Venid a mí, que tengo empresas para vos, mi desconcertado muchacho. – Desde donde quiera que fuera que estaba, la Señora hizo un gesto con ambas manos y las dejó caer sobre un papel que tenía delante, un papel en el que se hallaba el nombre del necrótico joven.
Aún caminando a la deriva, Gavryel sintió frías punzadas en todo el cuerpo acompañadas inmediatamente de una sensación de placer inigualables hasta ahora. Gozó arrodillándose y la sensación fue tan efímera que el chico no pudo evitar gritar: ¿qué cojones hacéis? – La respuesta no tardó en aparecer: A lo lejos, como brotada de la nada, se observaban murallas, torreones, puertas y demás misceláneas arquitectónicas propias de una ciudad fortificada, casi de una capital de reino. El muchacho emprendió carrera frenética, como si supiese que ha recibido el llamado de una autoridad a la que debe, de una forma u otra, una obediencia sepulcral.
A las excéntricas hojas cilíndricas se le añadían ahora unas curiosas polillas de gran tamaño que seguían a los costados al corredor. De manera amigable lo alentaban con sus alas, que al recibir autónoma fricción generaban una estridulación hermosa, imposible de superar en el mundo de Noreth. El muchacho no cuestionaba nada, su temple le hacía correr sin vacilaciones, sin tener que parar en cada detalle de un todo real que apenas podía asimilar para desenvolverse. Las puertas estaban próximas. El cielo anaranjado indicaba algún tipo de horario, pero, ¿cuál?
Allí la enorme puerta estaba custodiada por altos heraldos que tenían pinta de haber sido en otra época algo así como altos elfos, convertidos ahora en guardias de la fúnebre ciudadela. Le dejaron entrar sin rechistar, uno de ellos musitó una sonrisa al verlo desnudo.
Dentro en la ciudad algunas personas se escandalizaban, otras, muchas más que las anteriores, simplemente resoplaban o ignoraban al mancebo. Un guardia con un extraño emblema en el pecho le señaló una dirección, y, sin detenerse, Gavryel prosiguió. No pudo evitar observar de la ciudad aquello que le saltaba a la vista de manera llamativa. Por allí una casa con niños haciendo labores de adultos, por allí un jinete o gendarme con insólitas armas, por otra parte, un hermoso edificio celeste con ornamentaciones jamás antes vistas por él. Y al cabo de un rato, delante suyo, una escalera de mármol con decorados de plata que llevaban a una gran puerta de madera que regía la entrada de un enorme edificio azul hielo. Alguien o algo le indicó que entrase. Entró.
Sus pesados párpados se cerraron nada más entrar, presionados por el cansancio espiritual y físico que venía azotando al muchacho. Se abrieron y estaba de pie en una sala gris azulada mal alumbrada por unas pocas velas o lampones, con una música simétrica y regulada de fondo. Pudo mirar rápidamente que se trataban de unos músicos en un rincón de la habitación, no se les veía bien ni a ellos ni sus instrumentos, pero la música era exageradamente ordenada, hermosa.
-Dichosa noche. – Era la voz de una mujer, ésta se encontraba también de pie, pero el joven no lograba vislumbrarla aún, no había suficiente luz en donde ella se encontraba. –No tengáis timidez ni miedo para dirigiros a mí, mi enamorado hijo. - ¿qué sois?, ¿dónde estoy? -  Las palabras del alabardero sonaban suplicantes. – Soy vuestra nueva madre. Soy vuestra nueva progenitora desde que tengo noticias vuestras, de vuestra existencia. Tengo conocimiento de que fuisteis arrebatado de mis brazos y entregado una vez más al mundo de Noreth mediante magia “no legal”, por así decirlo. – Un silencio medió un rato entre ambos, a la par que ella salía de las sombras y el muchacho concentraba toda su atención en mimetizarla en sus ideas. De piel pálida, la mujer tenía una cruz en la mejilla, una boca y una nariz perfiladas y unos incognoscibles ojos tapados por una cinta negra que enganchaba con sus dos hermosas y prolongadas coletas rubias. Un modesto, oscuro, y vaticinador traje negro la envolvía.
- Soy Kiara, Diosa de la Muerte. No tengo nada que ver con usted, esto es un malsueño, devolvedme a la vigilia. – La Señora rio. – No tenéis idea de lo que está por empezar en vuestra vida, en vuestra no-vida. ¿Vino queréis, o mosto? – El joven tenía mortífera sed, pero negó con la cabeza. – Qué extraño orgullo de no-muerto te has creado. Como sea. Sé bien de tu buena gesta, aquella de la insurrección y el fuego en Noreth, sé de tu devoción por el Devenir y el Logos que todo lo regula, mas déjame decirte que no es suficiente y tú bien lo sabes, tú bien lo has constatado a lo largo del tiempo. Escúchame, Gavryel, acepta ser mi hijo, acepta mis maternales encargos, y te otorgaré toda la ayuda que pueda brindarte para encender los corazones de aquellos que más estimas, los que llamas gentiles. Te ayudaré a vencer a tus enemigos e instaurar tu orden, el orden del Logos, allí donde plazcas. Y me ayudarás a reclamar las almas que, por derecho, son mías. Me ayudarás a repeler las pretensiosas manos de los Dioses y Señores del Caos que quieran de vuelta a sus héroes, pues no les pertenecen, porque… Gavryel…- Una lujuriosa sonrisa se esbozó en su rostro, acompañada de un cúmulo de sangre en las zonas inferiores del desnudo cuerpo del joven no-muerto. – Yo soy Kiara, la Diosa de la Muerte. - La música incrementaba el éxtasis discursivo de aquel encuentro.
Un conmovido Gavryel asentía fervoroso a su nueva señora y realizaba un gesto que, más que de reverencia, denotaba el afecto de la prole a su madre. Un extraño afecto en el que los sentimientos incestuosos no estaban fuera del deseo anímico de ambos.
Con un beso en la mejilla la Señora despidió a su hijo.
Hundido en la parte más inferior del arroyo, el joven muchacho salió a la superficie a toda velocidad, pegó un pequeño respiro y salió a la orilla. Era de noche. Se acercó a sus pertenencias, se sentó y miró al cielo. Inmediatamente miró al agua. Comprobó la rigidez de su miembro y sonrió. Aseveraba con la cabeza a la par que intentaba asimilar lo sucedido.


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Re: Ensoñaciones del paseante sociable

Mensaje por Gavryel el Mar Jul 11, 2017 3:33 am

Paseo de número indefinido

 
La experiencia que acababa - ¿Hace cuánto? - de tener el joven alzado había creado un camino doloroso y conflictivo ante sus pies. Esa mezcla de vivencia onírica y descenso a la misma capital de la profanidad terminaba de tejer un télos que preconizaba de manera excelente con las gentiles y subversivas ideas del joven. El asunto ahora era comenzar. El juego entre lo necesario y lo contingente empezaba. Él bien sabía de la existencia de las regularidades, como de la probabilidad, como de los forzosamente necesario. Él bien sabía que el bache insondeable entre superstición y ciencia era el conocimiento de las cosas, de los fenómenos, de las leyes objetivas que regían el mundo de Noreth; que providencia no es sino cosa de la ignorancia, que la predicción puede ejercerse y viene de la mano del estudio profundo tanto de la esencia como de la apariencia, ambas en su unidad dinámica.
Caminaba, ya armado y revestido, por la orilla del mismo arrollo. – El mismo. -, sonrió mientras pensaba en ese breve enunciado.
Se entusiasmaba al pensar que contaba con el apoyo de un Dios activo, de un Dios consciente que podía dirigirse a él y orientarle en esa tan ardua pero justa gesta que era la de la venida del fuego popular en las tierras de Noreth. Su moral acababa de subir como la espuma de los mares ardiendo, su legítima vanidad no se disiparía en mucho tiempo…si es que lo hacía alguna vez. Era la hora de arañar los cielos que se esconden tras los opulentos suelos pavimentados de palacios y castillos. La misma Diosa de la Muerte tendería su mano con la condición de llevarle lo que, por derecho, le pertenece. ¿Qué mejor manera de honrar a su nueva madre cumpliendo como un buen hijo? Es decir, cumpliendo con la responsabilidad que se le ha otorgado y que él mismo ha aceptado comprometerse.
El no-muerto había erigido los deseos de una Diosa a la categoría de designio personal. La voluntad matrilineal se transformaba en una tal que era propia del joven no-muerto.
Caminaba despacio. Estaba apuntando cosas en su diario de paseante, a la luz de la luna y acompañado por las endechas de la parte más oscura del día, la noche. Al paso impoluto que su acero estimaba en aquellos bosques le vino una trágica idea que al poco fue solventada: ¿cómo me comunicaré con mi dama madre? ¿cuándo? Es imposible que me deje sin sus cantos que guíen mis manos y conceptos, la necesito para saber, al menos, lo más inmediato. ¡Gavryel, tranquilo!, no te puede dejar abandonado cuando ya has sido involucrado de lleno en su cártel. Inmediatamente recordó que su encuentro había sido a través de una especie de sueño. Era muy probable que el siguiente sea de la misma manera, así que el pánico del desapego se diluyó en una confortable tranquilidad.
Sus paseos le habían conducido a la misma muerte, aquella de la que huyó sin quererlo, aquella de la que fue arrebatado mediante magias oscuras y oscuros deseos. Lo que sea que lo movió a abandonar la civilización lo llevó ante la presencia de Kiara. Y era ella, ahora, quien lo empujaba a volver a lo social, a esa parte de la realidad que concierne a los que deliberan, a los que beben y fuman, a los que matan por imponer intereses privativos, a los que enamoran de las formas porque, inconscientemente, la confunden y mezclan con el contenido aún sin dar tiempo a establecer un conocimiento profundo sobre el objeto amado. Allí debía volver el no-muerto, e imponer las Nuevas, de su necrótica madre y de su incendiario pensamiento.
Que estas gotas de tinta negra que caen armoniosamente sobre el papel no valgan ligereza. Porque yo he estudiado los bosques de Sílvide. Porque yo he visto a la cara a Sílvide, su dulce ingenuidad, su tierna mirada, su majestuosa forma de hacer el sendero. Yo la he visto y la he entendido, y he entendido su rechazo hacia mí. Porque la he estudiado y, extrañamente, me estoy estudiando, y por todo esto puedo dejar constancia que Sílvide ama a sus semejantes y yo no soy de aquí. Ya pedí ser de aquí, ya intenté ser como las hojas y el agua que se esfuerza vanamente en ahogarme, pedí todo eso y no pudo darse; porque así lo quieren las leyes divinas y naturales (valga la redundancia).
Pero jamás me extirparéis del corazón lo que he visto. Verla entablar conversación conmigo, verla graciosa delante de mi delirio, es un cuadro irrepetible y que jamás habrá de repetirse.
Déjame, a ti también, pedirte disculpas por tener que usarte para saber que he de volver a lo social. Te imploro perdón porque he ido manchando tu piel a cada mirada que te he echado. Pero no puedo evitarlo porque busco una restauración. Una vuelta a algo que no sé si fue ni creo que pueda darse.
Puedes marchar. Ve lejos y disfruta como Niña.
No dudes en atarte a algo explosivo como yo: corre Bosque de Sílvide, porque la plata puede partirse con el acero. Pero mientras te vayas, tú, mientras te vayas recuerda que aquel momento nuestro estará almacenado en mí por los tiempos y los tiempos, porque, sin saberlo, me sacaste del camino al inmovilismo. La reminiscencia que me provocaste mermará los demonios que me rodean, hambrientos de mi voluntad. No triunfarán, y tú, Sílvide, has colaborado en ello. Te lo agradezco, aristocrática estudiante.

El tranquilo arrollo se había convertido en una masa informe de líquido que se vertía violentamente contra otra más grande, casi infinita. El mar.
Y desde un montículo de tierra rodeado de apagadas flores que apenas se percibían con la luz lunar miraba Gavryel hacia el ancho piélago. Señaló la lejanía sonriendo y bajando el brazo murmuraba. No se entendía muy bien pero era algo sobre el paradójico cambio de las cosas, sobre las extravagantes transformaciones del polvo estelar.
A su derecha se veía, no muy lejos, un pueblo. Las luces de antorchas y lámparas hogareñas depositaron en él un pequeño ahogo suplantado rápidamente por todos los minutos vividos hasta hace nada. Guardó su diario y, con las manos vacías, emprendió caminata hacia el lugar de las gentes. Sus paseos estaban mutando de color y sonido, se superponían los contrarios, y ahora eran otros.


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Re: Ensoñaciones del paseante sociable

Mensaje por Gavryel el Miér Ago 30, 2017 2:18 am

Una aparentemente triste señora sacaba un pozal de su choza y lo dejaba fuera para recoger el agua de la llovizna que de un momento a otro había comenzado a desdibujar la región. Unos pasos metálicos se oyeron de repente cerca de la mujer.
-Dígame, mi señora, ¿habéis reparado bien en el hogar donde pernoctáis? – El joven muerto viviente señaló bruscamente con un brazo la choza de delante suya. Los ojos apagados de la dona fueron a parar directamente al brazo y luego al rostro pálido del muchacho. - ¿Quién sois? ¿Qué queréis?Por favor, responded, ¿Os habéis fijado bien? - Sin mirar, ella asintió y resopló como si esa funesta situación fuese habitual, como si lo que siguiese a aquello fuera un acto mortal al cual la resignación diaria había acomodado el alma.
El joven no-muerto contuvo una lágrima. La llovizna disimularía esto de todas maneras. Probablemente no la logró mantener a raya, sea como fuere, su voz sonó impetuosa: Y seguramente habéis reparado en lo que hay allí detrás del murete de rocas, me refiero a los templos, palacios y jardines. Por supuesto que lo habéis visto, es imposible no saber de dónde vienen vuestros… en fin. Dejadme preguntaros una última cosa, mi señora. – La mujer hacía ademán de querer entrar a la choza y desentenderse por completo del inquisidor, pero había algo, tal vez el conjunto de la extraña circunstancia, que la retenía, que le impedía irse, algo, ligeramente similar a la sensación de esperanza, que exigía a su cuerpo seguir atendiendo. – Adelante, preguntad. – La falsa indiferencia recubría sus palabras. El joven alabardero irguió su espalda haciendo sonar algunos huesos y al cabo de un instante, prosiguió: ¿Qué mal habéis hecho para merecer esta vida? – La mujer cambió el rostro, auténtico odio la envolvía: Nacer abajo, sin títulos, sin la bendición de los Dioses, bien lo sabréis vos caballero, que os mofáis. – El joven negó con la cabeza. – No veis ningún blasón, ningún estandarte. – La mujer asintió extrañada. – El Dios, alguno de ellos, probablemente el Más entre los más, el mejor de ellos, dotó a algunas criaturas de nuestra tierra del más bello y poderoso obsequio, el alma. Con la que pensamos, sentimos, y muchas cosas más. Y todos lo hacemos de la misma manera desde que nacemos. El Dios, los Dioses, a nadie con alma hizo esclavo o amo, esa relación la engendraron unos pocos para con los muchos. Ni la Divinidad ni la naturaleza han hecho prisioneros a ser con alma alguno. Os están engañando y vosotros mismos os liberaréis de las tinieblas. – El joven de ultratumba se llevó las manos a la cara y continuó: marchaos a casa, mi señora. – La mujer se acercó a él, lo asió del brazo izquierdo y le metió en la choza; fuera la lluvia se intensificaba.
El hogar de la harapienta no tenía habitaciones ni baño ni nada por el estilo, era un solo espacio en el que había a modo de separadores algunos muebles cochambrosos y trastos para cocina, tejer, etc. Había algo parecido a una cama grande donde dormitaba alguien, a primera vista de pequeño tamaño. El no-muerto se sentó junto a una mesa y masajeándose la cabeza y la sien comentó por bajo: Os lo agradezco. – La mujer no dijo nada y lo observó apenada, a continuación, lo examinó para casi concluir: ¿No sois humano? Lo fui, soy algo más allá de eso, mi alma también es distinta, pero no juzguéis por la apariencia, os adelanto que os puede enturbiar más que aclarar. – El silencio se hizo, acompañado a veces por diminutos ruidos de la mujer que, con sueño y pesar en los ojos, preparaba una infusión al muchacho que se desarmaba entero. Una vez más, el examen y la contemplación física ocupaban la mente de la dona. – Soy Gala del Pantano, pero me llaman Ga. – Se presentaba para no dar pie a posibles sugerencias sobre los prejuicios. – Mi nombre es Gavryel, no tengo apellidos o si los tuve no los recuerdo, mi señora. No tengo ni quiero tener un señor. Sólo me debo a la Divinidad, y entre ésta, a mi madre, la Diosa del Óbito; y a través de ella, a todas las almas pobres y afligidas, como la vuestra. – La mujer abrió los ojos y se estremeció intentando disimularlo, señalando a la cama prosiguió: Es mi hija, Bauda, su padre murió luchando por los señores del reino. Estamos solas. De vez en cuando mi hermano viene a vernos y brindarnos lo poco que tiene. – El no-muerto tuvo un escalofrío y se llevó de nuevo las manos a la cara, se la tapó, murmuró cosas y descubrió un rostro sereno y agradable. - Vuestra hija comerá y dormirá como lo merece, y como lo merecéis: bien. No sois mago para saberlo.Soy algo mejor que eso, todos nosotros lo somos. Sencillamente somos. Ellos creen ser. – Gala comenzó a notar que el muchacho desvariaba o así lo parecía. Le indicó una colcha de lana que había cerca de una ventana y allí se tumbó el joven, envuelto en una simple tela de lino blanco. Los ojos femeninos de la sierva se tornaron maternales por un momento, al observar el desamparo hecho carne, aun siendo ésta una profana y nefasta carne. Algo que sonaba a esperanza seguía en algún remoto lugar del alma de aquella vasalla, algo que la hizo sollozar al mezclarse con el calor del sueño de su estimada hija.


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Re: Ensoñaciones del paseante sociable

Mensaje por Gavryel el Jue Sep 07, 2017 2:51 am

Cómo pasa el tiempo entre los gentiles. Cuán grato es, qué hermoso, se vive el contenido pero no la forma, ésta última hemos de conseguirla con sangre vertida o seguiremos manteniendo esa esencia a través de inanición, de guerras imperialistas, de servidumbre, de esclavitud colorida. La capa externa de nuestro mundo no existe apenas, es tan endeble cómo una joya de cristal fino, y constantemente está entrando el humo, toda la porquería de afuera, de ese vomitivo mundo de grilletes y oro, de trigo pasado y carne de jabalí cocinada con aceite de oliva. No puede durar mucho más, a cierta temperatura, bajo determinada presión atmosférica y otros condicionantes… el agua hierve, y el cambio cualitativo se produce necesariamente.
Gala y su pequeña se habían acostumbrado con tremenda dicha a la presencia –a la participación- de Gavryel en sus vidas. Y al otro extremo igual, el joven no-muerto padecía un extraño y nuevo gozo nunca antes percibido. El mismo arrabal que yacía alrededor de los señoríos sabían de la existencia del caballero de la muerte, del Hijo de Kiara, de aquél que juraba no necesitar señor, que propagaba la idea de la igualdad a través de la violencia y, sobre todas las cosas, de la legitimidad divina para emplearla por una causa Justa.
Rodeado de gente harapienta, de niños en famélico aspecto, etcétera… se hallaba el alabardero, vestido con ropa de noble en mal estado y el rostro pálido al descubierto:  Mi madre me mandó un mensaje, y así lo entendí y así os lo digo mis hermanos y hermanas. El cielo y el infierno no son ajenos a lo que pasa aquí y a la vez son indiferentes al padecimiento gratuito, entendedme, no por padecer de manera injusta se gozará una dicha eterna, ni siquiera tenemos constancia de eso último, sólo del padecimiento o la dicha que podamos tener aquí. Mis hermanos y hermanas, os están robando, os están usando para luchar en sus guerras. Mis hermanos y hermanas, ¿cuánto tiempo más? Príncipes y reinas, sacerdotes y regias funcionarias de la corona… os chupan hasta el último tramo de sangre nefasta que podéis dar. ¡Basta ya!, recuperad la dignidad que os quitaron al nacer, criaturas inocentes, recobrad la vida que os expropiaron por nada, y devolvedles la miseria a la que os condenaron, ¿cómo? ¿preguntáis algunos? ¡Con la espada! Levantad todos la espada contra las murallas y los amurallados, contra los palaciegos.
Cuán hermoso podía ser la aglomeración insaciable que está a punto de mutar esa blanca espontaneidad en una madura consciencia colectiva. Era un auténtico espectáculo orgánico que, a ojos divinos, podía ser el mejor lienzo pintado y en movimiento que jamás Divinidad alguna hubiera podido contemplar gozando.
En diversos sueños consecutivos, Kiara la Diosa de la Muerte, comunicaba a aquél de sus hijos qué hacer, qué decir, y cómo. Aconsejaba a su vástago lo mejor que podía, lo besaba y abrazaba en sueños. Unas palmas a gran velocidad se oían en derredor (¿O fuera?) de la somnolencia, las palabras divinas se imponían a los pasivos oídos de Gavryel: Más de un Dios, o pretendido Dios, intentará “equilibrar” la balanza, o “recuperar” lo que es suyo, supuestamente. Vos, mi hijo, haréis caso omiso a esas imposturas, a esas falacias repulsivas. Vos, mi hijo, impondréis nuestros designios a aquellos que, en Noreth, pretendan mantener lo vetusto ante lo nuevo. Quiero deciros, mi bebé, que lucharéis encarnizadamente contra los que quieran conservar el antiguo régimen, sea mortal o divino. Es tamaña empresa, mi muchacho, pero ya lo sabíais. Todo mi corazón, mi poder y mi maternal atención son vuestros para llevar a cabo justa gesta.
Los ojos del muchacho se clavaban por instantes en los de la gente de su entorno, en cada afligida retina aguardaba Gavryel unos instantes para tragar todo el dolor posible y devolverlo en confianza. El último rostro en observar era el de la hija de Gala. – Ah pequeña. No sabéis lo que nos espera a todos. La guerra es el padre de todas las cosas, y nosotros ayudamos a dar a luz al nuevo mundo. Seguidme, gentiles, el cambio es inminente, es absoluto, el descanso es relativo. Venid. – La marabunta se puso en marcha. Las rocas y las plantas empobrecidas saludaban con lágrimas -lluvia- en el rostro el paso de aquella iracunda endecha que buscaba el fin a una aparente infinitud de tormentas sociales que parecía inmutable hasta el día de hoy, hasta el día en que la mano árida del campesino supo cómo coger la azada para abrir otra cosa que no sea el campo. Sería el día en que lo que en apariencia era inalcanzable, siempre estuvo tan cerca como el hambre y el robo que hastiaba al ignorante.


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Re: Ensoñaciones del paseante sociable

Mensaje por Gavryel el Miér Feb 21, 2018 12:51 am

Un ruido, muy pero que muy heterogéneo, de herramientas y materiales en acción, inundaba la nueva tierra. Extraños estandartes vestían la ciudad. Sus habitantes eran los de antes y, a la vez, diferentes. Cualquiera que contemplase los sendos relojes de la urbe daríase cuenta del común estado de éstos: detenidos en su totalidad; el tiempo se había parado hace un par de semanas.  Hace un par de semanas que el fuego de los muertos había dado vida a una nueva forma de existir.
En algunas plazas se podían ver colgados una serie de sujetos, casi siempre humanos, aunque también elfos o enanos, vestidos con opulencia y bañados de sangre. Tenían, dependiendo del ajusticiado, un cartel u otro: funcionario de la banca, dignatario, diplomático, capitán real, etcétera. En medio de la Plaza Mayor se encontraba una guillotina, y clavado en una pica alta, un cuerpo con cadenas de oro aunque desnudo por lo demás... escrito en un gran cartel clavado en el pecho se leía: El Señor. El cuerpo carecía de cabeza.
En las calles corrían niños y caminaban, medianamente uniformados, hombres que ayer eran campesinos tributarios o peones de construcción de famélicas proporciones... un distintivo en el brazo indicaba que eran milicias del nuevo orden, se trataba de una llama en fondo negro. La misma simbología impreganaba los emblemas en el lugar. Era la combustión que el vulgo ponía en marcha.
Y entre toda esta marisma subversiva, dentro de lo que anteriormente era un Templo de la Luz Verdadera, una gran cola de gente esperaba para recibir -carta de racionamiento en mano- un par de zafas de alimentos y productos de higiene. Colaborando junto a la distribución de bienes, una niña y su madre con gran vigor y entusiasmo, repartiendo al populacho lo que anteriormente se les sangraba por gracia divina y frialdad mortal. Estas eran Gala y su hija. La pequeña, que sólo había visto raíces y suciedad, vestía un dulce lino azul y asía con amor los productos que introducía en cajones y bolsas, para su posterior reparto. No lograba comprender qué estaba pasando pero sí sabía que el ahora era muchísimo mejor que el ayer, y que el derramamiento de ícor era la condición necesaria para esa mejor estancia de sus congéneros.
Las tablas eran clavadas allí donde el molesto viento podía perturbar a una familía, las barricadas apartadas de la calle que ahora era para todos, las piedras vueltas a cocer y colocar en las murallas que protegerían, esta vez, la voluntad del pueblo. Las reconstrucción de la ciudad con vistas a los pobres. La conciliación era suplantada por el dictado intransigente de los oprimidos, no había lugar a segundas opiniones, no había lugar a una tercera vía, el absoluto popular imponía su voz. Era la dictadura de la mayoría sobre la minoría, y a este reino de los pobres le llamaron la Comunidad de los Gentiles, la Comunidad, donde el gentío producía y distribuía. Donde las armas no eran monopolio de una minoría. Esta era la razón por la cual su ejército, el Ejército de los Pobres, no podía prácticamente distinguirse del propio pueblo; era una fuerza armada sí, pero con mismos intereses e integrantes que la urbe.
Reunidos en lo que antes era el cuartel real, disputaban unos hombres y mujeres, entre ellos estaba el joven no-muerto. Una señora, especie de cambia formas, gritaba exacerbada: - Se está replegando, lo sabemos todos, y hay que aniquilarlos antes de que sea tarde, nuestro orden pende de un hilo si no hacemos nada, o ellos o nosotros. Tenemos constancia de que en la rivera sur, cerca de los Atañejos, los últimos nobles de la región solicitan auxilio y apoyo militar a reinos extranjeros. Si bien la respuesta de los reinos solicitados es pausada y vacilante, no podemos ser ingénuos, tarde o temprano vendrán por nosotros, somos el modelo antagónico al suyo, somos el paradigma para que otros pueblos se erijan de igual manera; señores y señoras de la Asamblea de Armas, quedarnos a fortificar la ciudad es sensato, como se ha dicho, no lo niego, mas las condiciones exigen acabar por completo con, al menos, lo peligroso para nuestro orden en esta región. Una vez acabado el peligro antipatria, podemos, y debemos, fortificar nuestro orden, asentarlo de tal manera que podamos expulsar la reacción externa, que, por cierto, vendrá, y tanto que vendrá.- Muchos asentían y otros negaban con la cabeza y gestos particulares. La mujer tomaba asiento. El joven Gavryel se levantó, tenía la palabra. - ¿Qué ha dicho esta hermana? - Algunos murmuraron y miraron extrañado al joven alabardero. - Ha dicho que aquellos a los que hemos arrebatado coronas y abundancia están juntando fuerzas para volver a restaurar su jerarquía y manera de organizar la crueldad. ¿Son estas verdaderas palabras?, pensad, que el ánimo que nuestro pueblo ofrece a otros pueda devenir en una chispa que encienda la misma llamarada que nos libera, ¿no temerían esto mismo los Señores de esos otros pueblos? ¿no sería lógico para ellos prestar ayuda a los nobles de nuestra tierra para aplastar nuestra justa injerencia? Hermanos, pues, limpiemos el último reducto de esa escoria que quiere vernos comer tierra. - Afirmaciones flagrantes y unánimes se oían en la sala, a lo que Gavryel interrumpió: - Y esto, mis queridos compañeros, ¿no podíais habérselo concedido a la hermana cuyo discurso me precedió?- Un vergonzante silencio en la sala corroboraba que el antiguo pensamiento de la inferioridad sexual aún seguía vigente en las almas de muchos gentiles. - Es un árduo trabajo el de enderezar el espíritu a los nuevos tiempos, lo sé, pero es una necesidad imperiosa, debéis tenerlo siempre presente. Dirijamos la espada hacia los enemigos de los gentiles. - Y con estas palabras, los presentes salieron del belicoso espacio para llevar la guerra a los límites de la región.


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