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Novel o (El Preludio de un Cuento de Venganza).

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Novel o (El Preludio de un Cuento de Venganza).

Mensaje por El Cazador el Miér Feb 22, 2017 9:53 am

Mientras los vientos del otoño desnudan los árboles, La Ciudad de los Rencores se tuerce a su gusto bajo el sol perezoso de la tarde. Allí, entre avenidas y calles, justo en el centro y por detrás del alicaído edificio militar en desuso, surgió un barrio sórdido, sin apoyo de nadie. Sus calles se ven polvorientas en verano, cenagosas en invierno, cubierta de desperdicios de comida, de basura, carretas desvencijadas, caballos flacos y ratas podridas.

Mujeres de mala vida rondan las esquinas del Barrio cuando el sol cae. Temerosas de la luz, envueltas en sus velos y sus tules, esquivando a los guardias. Son las miserables busconas. Desgraciadas atraídas por el olor de los perdedores, sumisas por fuera, pero de almas profundas y guerreras. Bajo las narices de los guardias, y alrededor de ese edificio de piedra que en otrora albergó a un cantón militar, pero que ahora no es más que una robusta bodega se desarrolla aquella rumorosa barriada.

La Ciudad de los Rencores se fundó con cenizas de guerras pasadas, en tierra antigua y nueva a la vez. Sus barrios no fueron nunca equitativos, y ni siquiera el mar cercano pudo limpiar las heridas de las grescas que surgieron por las diferencias de clases.
El Barrio es en todas las estaciones del año un sitio hirviente, lleno del griterío de los pilluelos y de los vendedores ambulantes, desierto de represiones y autoridades. Triste de día, y peligroso por la noche. Sus paredes están marcadas con los signos de Dioses pequeños y grandes, también tallados en algunos árboles, en los sótanos hay pequeños dibujos rindiendo cultos a los Señores del Foso Negro, y estampadas en las aceras se yerguen las velas, marcando el sitio donde cayeron los últimos asesinados de la semana.

Los pitazos estridentes de los barcos que zarpan se escuchan a lo lejos, arrancando un eco a la serenidad de las mañanas, y por las noches, los innumerables postes de madera contrahecha y sucia, dispersos por las por todas partes sin simetría, encienden sus candelabros gracias a la ayuda de valientes faroleros que se adentran conscientes de que tendrán que salir corriendo de allí en algún momento.

El Barrio tiene ese poco tacto que ofrecen los sitios populares, se nota que el contacto con la parte verdadera de la capital es escaso. Está marcado ese arrabal por el roce incesante con los marineros que llevan al amanecer las mercancías al mercado local, que tratan su pesca matutina ahí mismo en la calle. Realizando trueques por carne de res, pimienta o sal. Los marineros, los piratas y los extranjeros se diferencian de inmediato de la gente del Barrio, los nacidos en ese rincón de La Ciudad de los Rencores tienen su sello propio. Su gente tiene en el rostro marcado por la fatiga de la vida rápida. Sus semblantes esconden bajo las sonrisas esgrimidas la tristeza de la pobreza.

Los niños que sortean las calles no son del todo huérfanos como uno se podría imaginar. Esa chiquillería de cara riente, cínicos y traviesos, van corriendo de un sitio a otro en el puerto, gritando obscenidades, rayando las paredes con carbón, vendiendo almejas o ayudando a cargar alguna goleta de baja estofa. Aporreando las cajas, sin sombrero ni zapatos, con pies endurecidos. El puerto los llama con fuerza vehemente, conocen los nombres de los galeones de la armada, saben sus horarios y disfrutan ver sobre los techos de teja rota y degradada el atardecer del día cuando los mástiles hunden sus velas y las luces de los fanales se reflejan en el agua.
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Re: Novel o (El Preludio de un Cuento de Venganza).

Mensaje por El Cazador el Miér Feb 22, 2017 9:55 am

Se hace tarde. En el portal de un escaparate, frente a la salida porteña de un barco de transporte, espera el niño del ala jaspeada la pronta llegada de algún pasajero. Al otro lado de la calle lo acompaña otro niño, y más allá un tercero. Los tres se encuentran casi desnudos, sin camisa que los vista, sin zapatos. Y ya empezaban a sentir la mordedura del frío de la tarde en su piel.

El mestizo tenía bien recogidas sus alas en su espalda, le decían Ala Moteada porque en una de sus alas negras tenía una gran mancha blanca. El otro niño era un cambiaformas, de mirada torva y casposo pelambre, débil y contrahecho. Chillón, le decían, porque solía gritar con nota fina cuando se enfrascaba en alguna pelea con otro mocoso. El tercero era un mahre de baja estatura para su edad, con costras en la cabeza y picado de viruela, era el mayor de los tres y su recio líder. La expresión de Febo estaba marcada por el vicio precoz.

Los tres parecían estar hechos literalmente de del material de un arroyo a medio secar, de agua estancada y barro. Los tres igualmente sucios, con las uñas negras y con pulseras de mugre alrededor del cuello y las piernas.
Se mantenían bien dispuestos el uno del otro, y se entendían por medio de signos y silbidos.

Un buen carro apareció de pronto bajando por la calle, era lo que esperaban. Los caballos no eran de lo mejor, pero la madera del que estaba hecho era roble bien pulido y duradero.
Cuando se detuvo, saltó el peón que acompañaba al carrero y abrió la puerta del carro para ayudar inmediatamente a bajar a una mujer gruesa de carne y de expresión seca. Bien vestida y de modales virtuosos.

El niño del ala jaspeada se tocó la nariz y abrió un poco las alas, era la señal.

De algún sitio apareció el Chillón, y corriendo como una rata chocó contra el peón y luego se aferró contra la dama para no caer.
¡Eh! —Gritó el peón al verse envuelto en polvo y tierra del suelo—. ¡Ten cuidado maldita sabandija!
El niño agachó la cabeza y miró el suelo, avergonzado, pidió escuetas disculpas a la mujer antes de recomenzar su arduo recorrido y se perdió entre el gentío.

Los tres niños desaparecieron en menos de un minuto. Y casi al instante después de bajar del carro, la mujer se dio cuenta de la ausencia de la bolsa de su dinero, se llevó las manos hasta donde la guardaba, y descubrió azorada el hábil corte con el que habían cortado la amarra de cuero.

El peón, sujetándose la cabeza mientras recibía los gritos tanto de la dama como la de su empleador, comenzó a correr por el mismo sitio que lo había hecho el Chillón, encontrándolo casi por casualidad más que por suerte, cruzando a toda velocidad la avenida.
¡Atajen a ese mocoso! —Ladró señalando al Chillón, y unos cuatro o cinco hombres que notaron lo que sucedía echaron a correr tras el chiquillo, quien ya desaparecía de vista al llegar a otro lado.
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Re: Novel o (El Preludio de un Cuento de Venganza).

Mensaje por El Cazador el Miér Feb 22, 2017 10:00 am


Cuando alguien grita, usualmente los marineros son quienes responden primero al llamado, cuando no están ocupados con sus asuntos, suelen creer que La Ciudad de los Rencores le recompensará de alguna manera si logran realizar alguna tarea que requiera a un héroe extranjero. Los demás espectadores, impasibles ante lo usual de la escena, cotillean sonriendo ante lo cómico del paisaje.

Ya no lo atrapa nadie. —Dijo riendo maliciosamente un avinagrado mendigo que por el tiempo que llevaba atrapado en la zona, sabía perfectamente quien era el Chillón y la prole que le acompañaba.
Y aunque lo atrapen —Respondió una vendedora de limones, que con cara de momia pregonaba la mercancía que obtenía de su árbol—… el que lleva el dinero no es ese. —Finalizó con voz recia y resquebrajada, y no volvió a pronunciar palabra.

Decía la verdad aquella vetusta señora. El que poseía la gorda bolsa de dinero no era el Chillón, sino Ala Moteada, que había emprendido el vuelo apenas consiguió el pequeño tesoro de cuero, hinchado de finas monedas. Era un mocoso flaco y nervudo, y a pesar de ser más alto que sus congéneres sephiri, el mestizo logró encumbrarse por sobre las casas y pasar con gracia por sobre el edificio cansino de la vieja guardia, sorteó un par de calles, ya lejos de la avenida principal del puerto y descendió frente al portal donde dos mujeres se mantenían sentadas en el quicio de la puerta del famoso prostíbulo llamado La Antorcha.
Ambas se levantaron rápidamente al notar lo que traía el niño del ala jaspeada entre manos, y le hicieron pasar.
Los otros dos llegaron al rato.

¡Si supiera doña Elena que estás metido en esos asuntos —barboteó una de las mujeres al pequeño ratero, era delgada y de dientes salidos—, te molería a palos!
Déjalo que aprenda. —Dijo la otra, con calma fría. Era una robusta moza que masticaba tabaco con la boca abierta—. Ya tiene edad.
La mujer tabaquera escupió la hoja en el suelo de la calle y cerró la puerta luego de decir aquello, no sin antes asomar la cabeza y observar con mirada turbia a ambos lados de la calle. Se llevó una nueva hoja de tabaco a la boca y le hizo una seña al medio divium avisando de que nadie le había seguido.

El pequeño ratero corrió hasta la habitación del tercero de los niños. Cuando llegaron sus otros dos compañeros, Ala Moteada ya había contado los kulls de bronce y plata con sus dedos rápidos, y claro, había ya escondido para sí la única y brillante moneda de oro.

La Antorcha, donde se habían colado los tres mocosos, tenía una casa colindante que pertenecía a la misma dueña, y que arrendaba para cualquier uso que se le quisiera dar, excepto para lupanar. Allí dentro se podía encontrar piezas donde vivían familias enteras, otras donde destilaban alcohol en grandes tinajas, almacenes con dudosas mercancías, y hasta una pequeña casa de empeños
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Re: Novel o (El Preludio de un Cuento de Venganza).

Mensaje por El Cazador el Miér Feb 22, 2017 10:02 am

En una de esas piezas vivía la madre del medio divium Ala Moteada. Su nombre era Elena, y era la pianista encargada de encender las noches de La Antorcha. Sus ojos eran melancólicos, y su habla calmada.

Su espíritu era impasible al dolor, y su fuerza de madre la había llevado a tocar el piano por tres monedas de plata mensuales en La Antorcha, además de comida y habitación gratis para ella y sus hijos. Además de tocar también remendaba y lavaba, cantaba y liaba cigarrillos. El trabajo no le venía mal, especialmente porque le permitían tener allí a los niños, Ala Moteada y su hermana menor.
Elena también tenía un esposo. Paris era su nombre, un divium sephiri que había perdido las alas tiempo atrás en un accidente.

Aquello había transformado la personalidad de su esposo, y quien antes se levantaba con el alba y los sustentaba, ahora pasaba constantemente en un paseo entre la casa, las cantinas y el patio de La Antorcha. Aquella situación la había llevado hasta ese sitio, y poco a poco Elena se tuvo que amoldar a lo que sucedía, y finalmente se relegó al hecho de que ella tendría que sacar adelante a su familia. Encontrando ese trabajo más por suerte que por constancia. En el prostíbulo pasaba más tiempo que en su pequeña habitación, donde no iba más que a dormir.

Era una mujer sana, una shike que había nacido en los caminos, y se había forjado en la troupe en la que vivió. Su cabello negro y alborotado, sumado a su cuello fino y bien torneado fue lo que había llamado la atención de Paris.
Era culta. Sabía leer, escribir, tenía cierta habilidad con las matemáticas y además de haber aprendido a tocar el piano, también podía sacar algunas canciones con otros instrumentos. Solía escribir cartas para las mujeres que allí trabajaban, así como leer las que recibían.

Al saber las otras mozas que Elena era shike, le preguntaron si sabía leer los sueños, cosa que tuvo que aprender rápida e improvisadamente para mantener entretenidas a las muchachas.
¡Edda soñó con un gato! —Decía con voz atragantada—. ¡Qué horror! ¡Traición!

Cada una de las videncias de Elena desataba a las mujeres de La Antorcha, quienes supersticiosas, se entretenían con cualquier nimiedad que las arrastrara fuera de la realidad. Les gustaba oír cuentos y fantasías, relatos que Elena se sabía de memoria, y que recitaba igual como lo hubiera hecho en sus tiempos en los caminos.

Las mujeres de La Antorcha soñaban con una vida como la de la shike, con verse barridas fuera del puerto y de la Ciudad, vivir las exquisitas historias de las princesas perdidas de Elena. Pero muchas de ellas ya habían vivido sus relatos propios, y el prostíbulo no era más que el fin del cuento de hadas.

Algunas ocultaban sus nombres verdaderos, otras venían de muy lejos, a veces del otro lado del mar. Eran hijas de la miseria, que caían de bruces a los catres sin inmutarse, fingiendo las emociones que hace mucho tiempo atrás habían muerto en esas cuatro paredes. En sus rostros llevaban impresa el fatalismo de una guerra que nunca había terminado para ellas.
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Re: Novel o (El Preludio de un Cuento de Venganza).

Mensaje por El Cazador el Miér Feb 22, 2017 10:03 am


Galia provenía de las tierras cercanas a la Ciudad Verde, era el prototipo de mujer refinada y pulcra, provenía de una familia aristócrata venida a menos, y se había marchado de su casa al saber que la iban a casar con un noble que le doblaba la edad solo para no ver hundido su apellido y familia.

Edda provenía de los campos, de los arados y las vacas. Nunca se había subido a un barco y siempre había soñado con vestir como las mujeres de la ciudad. Su rostro sencillo y piernas flacas eran compensados con su pasión y franqueza. Y siempre que se producía alguna pelea en el prostíbulo, sin mediar palabra ni averiguar intenciones, defendía hasta las bofetadas a sus compañeras.
Mime era una muchacha gruesa de caderas anchas, que siempre se ponía roja y sonreía ante el más mínimo piropo. Venía de más allá de los densos pantanos del norte, y había llegado como sirvienta, pero a punta de esfuerzo se había ganado un sitio entre las mujeres del lugar.

Hela era la más bonita del lupanar. Desde que comenzaban a atender era la primera en ser requerida, y no tenía descanso hasta el siguiente día.

Sól y Daga habían llegado juntas, y decían ser hermanas. Su piel tostada y cabellos en bucle negros como terrones de carbón, hacían recordar a las mujeres de la sabana en Milele. Ambas dormían en la misma pieza, y cuando no eran solicitadas por los parroquianos, solían dormir juntas, enredándose en una amistad extraña y violenta.

Las demás muchachas, Frida, Álfar y Buri, eran damas pendencieras y nebulosas, que entre las tres juntaban más tiempo en el antro que todas las demás. Buri era terca y ladrona, y siempre tenía una hoja de tabaco entre los dientes. Frida y ella siempre andaban juntas. Álfar solía pedir mucho alcohol antes de irse hasta la habitación, y la mayoría de las veces bebía también a escondidas.

Elena era entre ellas la única excepción. Cuando tocaba el piano tenía cierta vehemencia que lograba a todas las demás voces callar, y era agradable verla sentada en su silla mientras su vestido denotaba sus curvas. Su risa era contagiosa cuando  reía, pero fiera era su expresión cuando los hombres ansiosos la cortejaban y debía explicarles que no era parte de las muchachas.

Entre esas mujeres Ala Moteada dio sus primeros pasos. Hasta los dos años fue mimado por las muchachas, quienes reían de sus palabrotas y celebraban encantadas a ese cachorro que prometía ser todo un divium como los soldados que desfilaban por el aire los días que pasaban sus caravana, o recios, deambulaban con sus sonrisas por los muelles esperando a que zarparan sus barcos.

Vanir se llevó consigo gran parte de esos halagos y piropeos. Cuando nació fue como un regalo para las mujeres del lupanar, con su pequeña cara redonda y su cabello color arena que caía en bucles. Veían en ese pequeño retoño a la gran mujer que sería algún día. Depositaban en ella sus sueños que nunca se cumplirían, y deseaban que lograra llegar a ser más que ellas, que fuera toda una dama.
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Re: Novel o (El Preludio de un Cuento de Venganza).

Mensaje por El Cazador el Miér Feb 22, 2017 10:06 am

Cuando creció con sus pequeñas alas blancas como cisne, la disfrutaban solo de verla caminar por el patio, parloteando y apuntando con su pequeña mano las parras y las gallinas.

Su hermano mayor desde entonces pasó a segundo plano. Sus alas negras suscitaban habladurías y secretos entre las muchachas, ya que su padre y hermana habían tenido las alas albas y sin una pluma de otro color, ni siquiera gris. Decían que Elena había tenido un mal de ojo en su embarazo, o desde que había sufrido de alguna enfermedad, hasta que el padre era otro.

Ala Moteada creció aleteando y molestando, le costó aprender a leer y mucho más a escribir. Su madre a veces pensaba que el niño de verdad tenía algo malo en la cabeza. Pero se esmeró en que sujetara bien el carboncillo y se irguiera bien al caminar.
Fue más una suerte que lograse aprender algo, pues su hermana siempre iba por delante de él a pesar de ser más pequeña, y eso lo desalentaba tanto que prefería irse a pescar o pasar el día en el Barrio, jugando con otros niños a tener que vérselas con las obligaciones.

Finalmente aprendió algo, pero no fue por parte de su madre. La calle lo moldeó a su gusto y forma, su piel blanquecina pronto adoptó el tostado aceituna que daba el muelle.
Conoció a Chillón y a Febo, y se hizo pronto amigo de ellos. Era eso o inclinarse solo ante la plebe y hundirse en su barro.

A los diez años Ala Moteada reinaba en la calle.

Sus alas se habían vuelto gruesas y negras, eran como manchas demoniacas cuando sobrevolaba por las calles del Barrio. Merodeaba por todos los sitios, y caminaba a sus anchas por la avenida con pilluelos de su misma clase. En su mirada se podían adivinar sus instintos primitivos. No sabía respetar, cuidar, ni tampoco amar.

Si ante su vista se paseaba una persona de mejor situación, un comerciante bien vestido, un caballero de armadura lustrosa y caballo imponente, o un soldado de ropa impecable, su naturaleza de inadaptado se revelaba como flor de loto, abriéndose con dientes y puños ante la idea de una vida inaccesible y mejor, que se presentaba ante él y su barrio pestilente como queriendo recordarle lo que le habían privado. La gente no contestaba a sus verborreas, y muchas veces lo observaron con asombro y desazón. Él acostumbrado, emprendía el vuelo y aventaba piedras.

Ya se peleaba por esos tiempos, y le daba trabajo a su madre cuando regresaba tarde, con su ropa hecha jirones y cubierta de polvo. Casi siempre tenía menos heridas que el otro niño, y fatigado lo mandaban derecho a la tinaja a sacarse la costra de mugre que recolectaba a lo largo del día.

Era arisco y salvaje. Y a medida que su padre se fue distanciando de su madre, él fue volviéndose más callado y melancólico. Solía comer con la impaciencia de la bestia, y su mirada vaga le producía estupor a más de una de las muchachas.
Mientras tanto, Vanir crecía entre arrumacos y dulces, rondando de falda en falda, o subida en brazos de las muchachas, que entre besuqueos y mimos, le hacían repetir tonterías y las hacia transportar a un instante de alegría. A veces, antes de que el lupanar atendiera, la llevaban hasta el salón central para que corriera con sus pasos contrahechos por la alfombra, o permanecía escondida bajo el piano mientras su madre tocaba alguna nana. Tanto a ella como a su hermano le convidaban a veces vino de frutas porque era más fácil que obtener que el agua limpia.
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Re: Novel o (El Preludio de un Cuento de Venganza).

Mensaje por El Cazador el Miér Feb 22, 2017 10:06 am

Elena amaba a sus hijos, y nunca perdía de vista a Vanir, pero era una mujer que nunca había contado con enseñanza ni consejo para comprender que esa vida que llevaba era nefasta para ellos. Paris tenía cierta culpa en ello. Una vez sucedido su accidente, se había envuelto en la bebida para acallar sus demonios, y arrastró a una inevitable caída económica a su pareja. Con el tiempo se transformó en un pendenciero borracho, que era incapaz de llevar sustento para su mujer e hijo recién nacido. Pero Elena se dejó guiar por la extraña esperanza de que Paris cambiara, y aceptó ciegamente a su marido, aunque sin saberlo, lo que hacía no era más que mantenerse invariable ante una realidad que de a poco estaba consumiendo sus entrañas.

Sin darse cuenta se vio con un empleo en el Barrio, uno que al menos no necesitaba que entregase de su cuerpo más que sus manos. Creyó alguna vez que lograría juntar lo suficiente para poder tomar uno de aquellos barcos que zarpaban todos los días, y evadir por fin la Ciudad de los Rencores, pero Vanir fue el último clavo en el ataúd que la enterraría en el cenagal del Barrio, y aceptó silenciosamente su destino.

Paris correteaba las veces por La Antorcha con un amigo. Un cite que había llegado a comerciar al Barrio, su piel limpia y lozana le daban cierto tacto, y al hablar se le podía notar el aflorar de la cultura. Su nombre era Lok, y en términos prácticos, suscitaba siempre la atención de las muchachas del lupanar, pues su apariencia refinada y extranjera en las tierras del Barrio, le brindaban un aire oscuro que despertaba la desconfianza.

Lok solía mirar con mirada terca y decidida a Elena cuando Paris se emborrachaba, y aunque la mujer mostró su descontento ante su esposo, este nunca le vino a importar lo que su mujer pudiera opinar de su amigo. El cite solía llevarle regalos a la mujer, y ella lo despachaba con la misma mirada torva y despechada que le ofrecía a los demás hombres que la deseaban.
Entonces Paris y Lok comenzaron a perderse, adentrándose en otros antros diferentes a La Antorcha, y es que detrás del sórdido y viejo edificio militar, el Barrio esconde, casi invisibles, decenas de sucias madrigueras en las que se vende comida y bebida por igual. Cantinas que expulsan por improvisadas chimeneas el humo acre de lo que se cocina en la olla común. Dentro de sus cuatro paredes se orquesta un himno a la mugre, al desorden y la miseria, rematada bajo puertas desvencijadas y roídas. Es por esas cantinas porteñas con el sonido de la pianola como latido de corazón, por donde se pasean incesantes forasteros: marineros, estibadores, pesqueros, mercenarios, soldados y obreros quienes necesitan dar descanso a sus maltrechos músculos fustigados por el inclemente trabajo del puerto.

La llegada y la salida de los barcos piden alcohol, al igual que las bodas, los velorios y todo lo demás. Antes de pasar a la cubierta los viajeros visitan el mostrador de uno de estos recónditos bares. Vino, aguardiente, aguamiel, sidra, cerveza, vodka y el siempre bien ponderado ron, son la fantástica variedad de tragos que se sirve en la zona, y hasta quizá se pueda encontrar buen whisky, si uno busca por el suficiente rato y paga la cantidad suficiente de dinero
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Re: Novel o (El Preludio de un Cuento de Venganza).

Mensaje por El Cazador el Miér Feb 22, 2017 10:08 am

No era para nada difícil ver por ahí a Paris, pidiendo crédito para una copa más. Lok le ayudó prestándole dinero, y de pronto el octanaje alcohólico del divium se vio aumentado de manera estrepitosa. Aquello mantuvo a Paris fuera del lupanar semanas enteras en las que se enfiestaba, dando la oportunidad a su amigo para visitar a Elena por las noches en La Antorcha cuando tocaba. En una ocasión la arrinconó en la oscuridad de un pasillo, y ella lo rechazó con una bofetada, y esa noche la mujer no pudo dormir recordando los ojos de ese hombre.

Para Ala Moteada, su padre era una especie de tirano de alas cortadas. Una bestia deforme que era preciso silenciar con dinero, comidas y mentiras. La visión de su padre, más que ninguna otra cosa, fue lo que comenzó a disipar sus ilusiones infantiles. Cuando un niño comienza a pensar en su futuro, es cuando deja de ser niño.

En su vasto panorama de vivencias, no parecían existir más que tristezas. Su padre, eso que para otros niños es protección, amor y justicia. ¿Qué era para él? Nada más que una sombra temida y odiada por igual. La forma en que lo miraba Paris le daba miedo, y cada vez que estaba sobrio, las fatalidades estaban a la vuelta de la esquina. La sobriedad lo trastornada, parecía diluirse en los problemas que le aquejaban, la pobreza, el verse mutilado. Las escenas de violencia entre sus padres parecían ser la tónica periódica de su vida.

La vida al muchacho le parecía una ironía. Su inteligencia despierta percibía los matices con los que se tintaba el Barrio. Notaba clara la diferencia de clases entre la gente que se paseaba por el puerto y quienes trabajaban en él. A pesar de su naturaleza vigorosa, llegó a sentir una literal enfermedad hacia las desgracias que su cruel vida le entregaba.
El velo cayó de sus ojos, y a su joven edad percibió las realidades de la vida tal como eran, como si hubiera mordido un fruto venenoso. Podía percibir el miedo de su madre, el olor del odio agresivo de su padre.

Sus noches se volvieron pesadillas, interminables mientras se mantenía en vela, nervioso, mirando a su padre roncar, investigándolo. El horror llegaba por las mañanas, cuando era despertado de un sobresalto, con un golpe o un grito. La rabia se diluía frente a su padre, y se sentía indefenso cuando veía a su madre golpeada, indefensa, lamentándose.

Esa pesadilla constante le enfermó.

Luces infernales pasaban frente a sus ojos, sus oídos zumbaban y al anochecer se veía envuelto en sudor y susurros. Alucinaba horrores, y la fiebre le corrompía el cuerpo. En la Antorcha las malas lenguas decían que estaba poseído.
Pasó su enfermedad contraído y azorado en su cama, y descubrió que sus plumas se le habían caído. Al igual que los árboles que bailaban al son de la canción del otoño demudaron sus hojas preparados para el invierno, en la primavera el Ala Moteada se levantó de su cama de plumas negras, con sus alas renovadas, fuertes y brillantes. Lok le había dicho a su madre que al transcender en la adolescencia, los divium cambiaban las plumas.

Ahora eres un hombrecito. —Le había dicho el amigo de su padre.
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Re: Novel o (El Preludio de un Cuento de Venganza).

Mensaje por El Cazador el Miér Feb 22, 2017 10:11 am

El niño se miró en el espejo plomizo que ocupaba parte de la pared en el gran salón del lupanar, sus músculos se sentían más fuerte, su sangre se sentía más espesa, como con realce y cuerpo. Su ala izquierda seguía manteniendo aquella mancha de nacimiento. Pero cuando sus ojos melancólicos miraron la calle desolada del barrio, le pareció, con una claridad doliente, que ese sitio sería siempre igual de despiadado, que el mundo lo había arrojado allí y se reía de ello, pero ahora le había entregado las armas para que pudiera trabar batalla ante el crudo ajetreo de ese rincón de la Ciudad de los Rencores.

Era fuerte. La vida ya no le deparaba ningún misterio, él había visto a la cara el miedo, y ahora se sentía libre de enfrentarlo.
Los fines de semana es osado aventurarse por la zona. La remolienda que aparece en esos cortos días de descanso hace vibrar entero el Barrio bravío con toques de tambores, guitarras y violines mal afinados. No es raro al final de las juergas encontrar entre el barro y el estiércol, flotando en el puerto o escondidos bajo las tablas viejas de una cantina, los hundidos rostros de hombres destripados. Caídos ahí y allá como verduras podridas, sin capa, botas y mucho menos con dinero.

Fue a raíz de una extraña disputa de fin de semana, por la que Paris terminó encerrado en los calabozos de la sede central de la guardia. Allí, alojado entre otros presos, pasaba sus días sin saber qué sucedería con él. Lo habían aprendido por sospecha, pero al no poseer en ese momento el arma homicida, y al no haberla hallada en su domicilio, lo arrancaron de su habitación, del camastro mismo donde reposaba de la borrachera de la noche pasada, le pusieron los grilletes en medio del griterío de Vanir, el llanto de Elena, y lo llevaron a las celdas hasta que se esclareciera lo ocurrido.

Paris sabía que tarde o temprano encontrarían las pruebas, creadas o no por testigos falsos y pruebas de último momento, todo con tal de cerrar el caso lo antes posible.
Nadie es capaz de decir que la justicia no opera en el Barrio.
Elena solía visitarlo los lunes por la mañana, siempre iba sola. Pero llevaban más de un mes sus hijos sin ver a su padre, y se le ocurrió buena idea que la acompañaran un día de esos.

No seas tonta. —Le dijo la dueña del lupanar cuando en el patio, mencionó la idea de que llevaría a los niños a ver al padre—. No vale la pena que les des a tus hijos semejante imagen de tu esposo. Mejor sigue yendo sola, no los hagas ver eso. Kiara, y los dioses no lo quieran, no me gustaría que Vanir guardara como última imagen de su padre, a un Paris perdido dentro de las celdas de la guardia. Tú quizá Elenita no lo sepas, pero en esas celdas las almas se pierden para siempre
.
Elena asintió con estrepito y su rostro de mármol se vio desquebrajado. La noche del domingo les contó a ambos pequeños que la visita se había cancelado. Pero Ala Moteada no hizo caso a la mentira, el ya no tan pequeño niño del ala jaspeada, el hombrecillo vivaz, había notado las intenciones de su madre, y le dijo que iría de todas maneras, sin importarle en las condiciones que estuviera su padre, lo quería ver igual.

El pequeño Ala Moteada no podía ocultar sus ganas de ver a Paris. Dentro de él había crecido un extraño sentimiento hacia su padre. El mes en que no había estado había sido un tiempo tranquilo, de noches plateadas y vientos calmos. Aun así, el día en que encontró el cuchillo de su padre, con sangre seca y acartonada en la hoja, un frío hielo le bajó por la espalda al darse cuenta de los hechos.
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Re: Novel o (El Preludio de un Cuento de Venganza).

Mensaje por El Cazador el Miér Feb 22, 2017 10:13 am

Esos días pensó mucho en su padre, imaginando la escena de su ensañamiento contra otro ser vivo. Aquello pertenecía solo a los sitios sórdidos del Barrio, pero ahora había llegado hasta allá, más allá de la puerta de su casa, hasta su habitación. Su padre estaba condensado en ese cuchillo, la imagen de su rostro pronto se borró de su mente, y solo el recuerdo de sus manos, un día extraño y lejano de verano en que ambos armaban cañas de pescar era todo el recuerdo que quedaba de su cuerpo.

Decidió que ese sería el único recuerdo que guardaría de él. Miró el cuchillo, y pensó entonces en que le pertenecía a alguien más. A él, por ejemplo.

¡Arriba, hijo! —Lo había despertado su madre el día lunes—. Vamos a ir a ver a tu padre.
Ala Moteada se vistió con la tranquilidad de quien no espera nada de la vida. Se calzó un par de botines viejos, pantalones y la camisa remendada que su madre, al igual que a todas sus demás prendas superiores, le había adaptado para que le pasasen las alas. Desayunó pensando en el cuchillo.

Elena terminó de arreglarse, Vanir dormía profundamente, la mujer se echó un manto en la espalda y luego de arreglarse el pelo frente a un espejo de mano, le dijo al niño:
¡Vamos!

Salieron a la calle. Ya salir era una alegría. La mañana del comienzo de la semana se iba desperezando al igual que un borracho dormido a la sombra de la embriaguez de la noche anterior. Los mendigos comenzaban a tomar sus esquinas predilectas, uno que otro niño ayudaba a su padre a acarrear verduras al mercado, y los ojos melancólicos de Ala Moteada lo seguían hasta que se perdía su carro.

Pasaron cerca de unos cuantos estibadores que salían de un lupanar cercano a la avenida, y tanto la madre como el hijo miraron mudos el sitio donde unas velas recién encendidas adornaban la vereda de una calle donde las manchas frescas de la sangre de algún desgraciado las habían manchado.

Cuando llegaron al edificio de la guardia donde trabajaban las mazmorras tuvieron que esperar un rato de pie. Era día de visita. Solo con mirar la fila de mujeres doloridas por la pena y la consternación, el niño entendió que su caso no era algo aislado, sino la arista de un caso mucho más grande que el suyo. De alguna manera se sintió un poco más aliviado, a sabiendas de que no era el único niño que sufría de lo mismo.

Un guardia abrió las puertas, y todas pasaron de una en una, primero al registro, luego se iban derivando según donde les tocara, a los largos pasillos donde estaban las celdas.
Era en una de las más siniestras donde estaba encarcelado su padre.

Elena avanzó con una mano bien sujeta de su hijo y la otra abrazada a un paquete de ropa que había lavado y remendado, por el pasillo apenas iluminado por antorchas que colgaban de los aros de las paredes. Uno de los hombres que ocupaba una de las celdas apareció de pronto entre las sombras de su redil, su barba era entrecana y sus ojos eran de murciélago. Estiró la mano hacia la mujer y dijo un par de palabrotas obscenas. Elena no se detuvo a responder, pero su hijo notó de pronto que todas las celdas oscuras parecían tener la silueta de alguien escondido en su fondo. Y en efecto, todas estaban ocupadas.

Con ojos súbitamente envejecidos, el niño llegó hasta la celda en donde su padre estaba encerrado.
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