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La cierva blanca

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La cierva blanca

Mensaje por Suwan Edhri el Miér Mar 29, 2017 10:53 pm

La humedad cala en los huesos, enfría el alma y entumece el corazón. Los pantanos son lugares peligrosos para aquellos que no los conocen, y también para aquellos que viven en ellos. El día, después de una noche lluviosa, llegó con unas finas hebras de luz. Suwan saludó al sol con su habitual escozor, pero esto no duró mucho tiempo. Las nubes lloraban, ocultaban la calidez del astro y encapotaban el ánimo del bosque.

Como de costumbre, se acercó al armario de provisiones y lo revisó. Un suspiro de pesadez delató sus pocas ganas de salir del refugio, pero tendría que hacerlo. Mirando de nuevo a través de las frondosas copas de los árboles se resignó y preparó la bolsa de caza. Un sentimiento de intranquilidad florecía poco a poco en su estómago. Después de asegurar el macuto y colocarse la armadura en su lugar observó la máscara, que reposaba en un rincón. Un pinchazo de dolor recorrió su espalda, a modo de escalofrío. Seguramente sería el tiempo que le hacía estar más susceptible de lo normal. Al salir al pequeño porche de su cabaña del árbol, esperó unos segundos para recrearse con el olor del petricor. Aún años después, ese aroma seguía despertando en ella una sensación de novedad, de vida, haciéndole sentir libre.

El cosquilleo que sentía en la boca del estómago subió hasta el gaznate. Recapituló y deliberó sobre ello, serían los nervios otra vez. Un par de incursiones de los habitantes del pantano en su refugio le habían dejado intranquila y le molestaba tener que abandonar el lugar, aunque fuera por unas horas. La comida era necesaria, por lo que debía hacerlo. Bajó hasta el suelo fangoso con naturalidad, dando un par de saltos ágiles sobre un par de ramas. Para ella era sencillo, la prueba y el error le habían llevado a descubrir cuáles eran las ramas seguras, evitando así todas las caídas que había sufrido por no distinguir las podridas de las sanas. Sin mucha más dilación, se dirigió con paso firme hasta Sardinilla. La llovizna comenzaba a calar la capa de lino, y resoplando ajustó el petate a la silla. Dudó por un segundo, pero al final regresó escalando en un par de saltos bien medidos hasta la entrada oculta. Era el lugar perfecto para ella, un lugar donde hasta los mejores cazadores perderían sus huellas, donde los depredadores no podían alcanzarla, y sobre todo, donde podía ocultar su vivienda en las alturas hasta a los ojos más avispados.

Otra vez en el cálido y seco interior arrojó sin muchos miramientos el sayo junto al hogar apagado. Junto a la puerta recogió su capa larga de cuero, más impermeable que la que usaba para cazar, pero más pesada también. Entorpecería sus movimientos, tendría que tener cuidado. Antes de salir pensó en el calzado, pero no podía arriesgarse a llevar unas botas más pesadas. Si tenía algún desafortunado encuentro tendría que darse prisa, y el cuero blando era perfecto para caminar entre los manglares del pantano.

Bajo el dintel de la puerta, volvió la vista atrás y cogió la máscara. Colocándosela, saltó hasta el suelo rememorando con angustia las noches en vela que pasó en aquel húmedo calabozo. Sacudió la cabeza, no tenía por qué pensar más en ello.
De nuevo junto a la yegua, ya mojada y algo mosqueada, Suwan se calzó los guantes y montó en el inquieto animal. La lluvia parecía incomodarle, algo extraño en su compañera.


- Vamos Sardinilla… Sólo es un poco de agua – Esta resopló ante las palabras de su dueña. Con unas palmaditas de impaciencia, instó a la bestia a caminar por el sendero.
Después de una hora cabalgando se sentía entumecida. No había visto ni sentido indicios de ningún animal. Bajó de la montura con más cuidado del habitual. Estaba en terreno de externos, no quería llamar la atención de nadie. A pesar de estar bien entrada la mañana, la luz natural no penetraba entre las nubes con mucha fuerza, y la foresta la diluía aún más. Cansada, caminó durante unos minutos. Suavemente posaba un pie en el forraje más blando y con el otro esquivaba las ramas secas. Ante todo primaba el sigilo y la discreción. Unos brotes roídos le indicaron que iba por buen camino y continuó la senda. Parecían huellas de herbívoros, más difíciles de alcanzar por su instinto que otros, por lo que examinó las huellas. En un par de charcos encontró un rastro obvio y lo observó con atención. Era una huella de dos pezuñas, afiladas en las puntas y del tamaño de su palma, unos 5 cm. Se hundía en la tierra húmeda un dedo de grosor y todo el rastro estaba conformado por trazas idénticas.

- Sardinilla… creo que tenemos un bonito ejemplar cerca… - El animal, a unos metros detrás suyo, resopló ante la noticia. Tenía un carácter muy marcado, lo que provocó una mueca en la comisura de los labios de la elfa. Le había hecho gracia, sabía que su compañera se había molestado con ella. En otras ocasiones le había hecho dar vueltas por el pantano tras una pista, para regresar después de días, con un par de liebres gigantes y el ánimo caído.-  Es un rumiante, un ciervo diría… - mirando mejor las huellas rectificó. –- Oh… vaya… una cierva…  - agachada siguió las huellas unos pasos más. Cogió unos pelos, casi indetectables de un arbusto y se los enseñó con regodeo al caballo. –-  Una cierva blanca Sardinilla.

Con la emoción que le infundía encontrar una presa factible, cogió el arco de caza de las alforjas. Era un arco largo, de una sola pieza, tallado en tejo, con el tensor fabricado con pelos de la crin de su querida sardinilla. Cogió una flecha, escogió una de punta pesada de cabeza biselada, con pluma larga y el gallo compensado. Le había costado tiempo hacerlas, pero eran sus mejores flechas. La puntería no era su fuerte, por lo que necesitaba un material que le ayudara.


Sigilosamente avanzó entre los gruesos troncos de árbol. El bosque del pantano swash era denso, y lo que no cubría la floresta, traicionero. Sin apenas respirar continuó buscando muestras del animal, y por fin lo encontró. Era un ejemplar precioso, pensaba mientras tensaba la flecha. Con el cuerpo encogido, el arco largo era difícil de manejar, por lo que calculó el disparo óptimo. Tenía que erguirse para atinar al objetivo de forma certera. No quería herir al animal y condenarle a sufrir durante días. Antes de soltar la flecha para darle muerte, se fijó en el animal y le hizo sentir. Sintió pena por su prematura muerte, sintió su vida presta para proveerle de alimento, sintió la vibración de su energía interna y la sangre corriendo por sus venas. Reparó en el fulgor intrínseco del pelaje argénteo de la cierva, su luz propia. El pequeño claro en el que se encontraba el animal daba la impresión de ser un lugar oscuro, casi de noche, a pesar de ser mediodía. La propia viveza de la criatura inundaba el lugar. Con una sacudida de cabeza, Suwan adoptó la posición requerida, aún con dudas. No entendía cómo un simple herbívoro podía brillar de esa manera. Al mirarlo otra vez, todo el halo de misterio que le rodeaba había desaparecido. El cérvido alzó la cabeza y rotó las orejas. La hembra comenzaba a ponerse nerviosa, meneaba el hocico y resoplaba. La brisa comenzó a soplar hacia el claro, llevando su olor hasta el venado. Era el momento.

El silbido de la flecha fue lo único que se escuchó en los alrededores del ralo, el tiempo se detuvo y las pulsaciones se dilataron. El hormigueo que sentía desde la mañana se intensificó, y por un momento sintió que la cacería era un error. Quiso parar la flecha, quiso retroceder, dar marcha atrás y regresar a su catre. Quiso no haber encontrado el rastro y no haber atacado. La criatura no debía morir.

Con un golpe seco, la rudimentaria flecha penetró en la carne. El fluido carmesí se vertió sobre el albo pellejo, y la cierva bramó. Fue un sonido lastimero, una exhalación, su estertor de muerte. No ocurrió nada y por unos segundos se sintió estúpida. Simplemente era un ciervo.

Salió de entre la maleza y se dirigió a paso ligero hasta el cuerpo agonizante. Observó el pecho del animal, ascendiendo y descendiendo rápidamente. Del hocico brotaba una espuma blanca, augurando su final y denotando el sufrimiento que le provocaba la herida. Decidida a terminar la labor y ahorrarle el lento padecimiento, sacó el cuchillo de caza. Con precaución se acercó a la bestia moribunda y se arrodilló. Colocó la testa en sus rodillas y giró ligeramente el cuello de la cierva. De este modo despejaba el acceso a la yugular. Acercó el filo al lugar indicado, marcado por un pálpito inconstante y entonces le tembló el pulso.

Su instinto de supervivencia le levantó del suelo. Inconscientemente se alejó y adoptó una postura de guardia. La máscara le asfixiaba, pero la recolocó y echó la capucha negra sobre el pelo blanco y sus ojos desiguales. Con un último bramido, el cérvido alzó el cuello y llamó a la luna blanca, o eso parecía hacer. Su cuerpo refulgía níveo, deprendiendo luz de plata. A su alrededor se formó un aura liviana y translucida, rodeando el cuerpo y derramándose en torno a él. Entre el destello de la nebulosa, una forma surgió.

Tenía que huir, correr hasta el caballo. Había que dejar atrás a la cierva blanca y guarecerse de nuevo. No entendía que ocurría, sólo sabía que no podía moverse del sitio. Poco a poco las volutas se aunaron, conformando un cuerpo etéreo sobre el cadáver. Una hembra, idéntica a la que acababa de matar, pero de luz, correteó en círculos concéntricos a Suwan. Quedó quieta cara a cara y trotó hasta situarse a un metro escaso de ella. La testuz alborea le miraba de frente y la calma llegó a su interior. Tan pronto como le inundó la paz, se esfumó. Sin previo aviso, el espectro le atravesó y sintió como si una flecha atravesara su costado. Un grito desgarrador rebotó en su cabeza, provocándole una fuerte migraña. Cayó de rodillas ante el cuerpo aún caliente de su víctima y miró sorprendida a una nueva aparición.

Levitando a unos palmos del suelo, una mujer incorpórea, con la piel albugínea, de cabellos canos y ojos azúcar cande. La dama blanca extendió una mano translúcida hacia ella, y la drow, reticente, trató de alejarse mas no podía. La calidez de su tacto era sorprendente, y sintió su caricia a través del guante, algo extraño. Irguiéndose, quedaron la una frente a la otra, como un espejo de opuestos. Anonadada, escudriñó el rostro del fantasma, pues era su propia imagen… en negativo.
- He muerto – Dijo el espectro. – Tú me has matado – un escalofrío recorrió la espalda de la pícara, quien tensó sus músculos y comenzó a cavilar un plan para salir con vida de allí.
-  Necesitaba alimento – La voz era firme, tanto como la verdad que expresaba.
- Yo también lo necesitaba – La voz se tornó oscura.- ¿Quien eres, cazadora?
- Soy Sombra – Una sonora carcajada le sorprendió.
- Y yo luz – Ligeros espasmos comenzaron a hacerle temblar las piernas. – No sabes quién eres, ni quién soy yo.
- Sé quién soy – La conmoción iba a delatarle. Un guerrero no debía sentir miedo ante el enemigo… aunque no llegaba a comprender del todo porqué el ente había tomado su forma.
- No Do’Aria – Contuvo la respiración sin darse cuenta hasta que sus pulmones le gritaron. – Eres una Edhri, Suwan Do’Aria, La Sombra, Suwan Edhri, Hija de Lloth Do’Aria, repudiada por tu familia, por tu raza y el resto del mundo. Dime Do’Aria, ¿Qué puedes hacer por mí?
- ¿Po… Por ti? – La situación era cada vez más tensa y no encontraba una solución. Un vendaval arremolinó la capa y la arrancó de su cuerpo, junto a la máscara. Dejó al descubierto sus facciones de drow, haciendo que quedara a la vista su naturaleza. Furiosa e iracunda, le dirigió una mala mirada, aunque no se movió apenas, no contraatacó. Estaría perdida de hacerlo.
-  Sí. – Un silencio incómodo se impuso en el claro. Los pájaros callaron, las alimañas habían desaparecido y hasta el último insecto se apartó de las dos figuras enfrentadas. – Soy un espíritu del bosque. El espíritu de la cierva blanca, soy Mielikki entre unos o Luz entre los otros. Soy un mito olvidado, un fantasma del pasado.
- No… lo sabía. No quise hacerte daño, sólo trataba de procurarme alimento. La caza es mi medio de supervivencia.
- Eres consciente, por tanto, que cada vida debe de ser reparada. La vida y la muerte, el ciclo vital de todo. Un comienzo y un final le espera a cualquier ser de este mundo y de cualquiera. – Ante esto, Suwan se percató de que su costado estaba peor que antes. Levantando levemente el cuero pudo ver un gran moretón que se extendía con rapidez.
- ¿Qué debo hacer por ti? – La resignación era la única salida, llevaba más tiempo del que hubiera querido fuera del refugio. Debía hacer lo que le pidiera.
- Mi muda se ha adelantado. La hembra que ves, blanca y pura, debía parir. – abriendo mucho los ojos, la drow fijó la vista en la cierva muerta, ya fría. Comenzaba a brotar de nuevo cierto tono de calidez en la zona del vientre. Con un grito ahogado, se dirigió hacia el cuerpo, no sin dejar de mirar a su siniestra aparición. Con un breve movimiento de manos, la imagen flotante cambió, se arremolinó en sí misma y se reafirmó en una pequeña sílfide blanca, etérea de nuevo. – Enmienda tu error elfa oscura. Al menos esto lo harás, sino por mí, por ti.  
- Preferiría hacerlo sólo por ti, sin que mi vida dependiera… ugh… de ello – Sus costillas crujieron al hablar. No le había gustado mi comentario al parecer.
Sin más comentarios, comenzó con la tarea. Tenía que recordar todo aquello que había oído hacía años sobre estos seres. Sabía perfectamente que un espíritu del bosque era un ser protector, territorial y a su vez, pacífico. Se volvían agresivos cuando se sentían agredidos, aun mostrándose amables, por respeto a su naturaleza. La vida del cervatillo se iría disipando poco a poco si ella no hacía nada por él, lo que ocurría es que no sabía exactamente el procedimiento. Decidió improvisar con lo que iba recopilando de la memoria.
Arrodillada frente al vientre, ahora grueso, del animal, recuperó el cuchillo de caza que había dejado caer cerca de la cabeza. Mientras murmuraba unas oraciones improvisadas de honra al espíritu de la cierva blanca, cortó la carne de forma transversal, tal y como haría para vaciar las tripas. La piel se separó, dejando a la vista músculo y grasa. Al penetrar el acero, sintió el corte en ella misma. Estuvo tentada de parar, huir y dejarlo allí, aun a sabiendas de que esa decisión no llegaría a su fin. Pensando en cómo extraer a la criatura viva y seguir ella con los intestinos en su sitio, se dio cuenta de que había cesado la oración y comenzó de nuevo.


-  Gracias por tu cuerpo, madre, por la vida que nos das, por todo aquello que provees y por tu bendición de fertilidad, gracias por el alimento que me proporcionas. Por ello te pido perdón por la vida arrebatada, y te procuro estas ofrendas para honrarte. – Dejó el cuchillo en su regazo y hurgó en el interior del cadáver. Cuando encontró la bolsa, cogió de nuevo la herramienta y la rasgó superficialmente. Al hacer esto, líquido abundante, de un tono blanquecino se desparramó sobre sus manos, brazos y rodillas. Rápidamente tanteó el interior y encontró dos pezuñas que juntas le cabían en la mano. Sin muchos miramientos, sacó a la cría de su madre fallecida y la colocó sobre sí. No respiraba, no le latía el corazón. Miró con pavor al espíritu de la cierva, manteniendo la calma como bien sabía hacer ella. Era más intenso el respeto que le profesaba que el miedo que le infundía.
- Dame tu sangre, Do’Aria.
Atónita, miraba de hito en hito a sus manos, con el pequeño cuerpo en brazos y a la materialización. No se lo pensó más, con el cuchillo hizo dos cortes profundos, uno en cada antebrazo y tensó los músculos. El dolor no era un gran problema para ella, pero temía desangrarse. Eran cortes un poco más profundos de los que ella sabía reparar. El plasma fluyó, vertiéndose encima del nonato y, al menos eso parecía, insuflándole vida. El pequeño ser baló y se irguió, caminó hacia el espectro y cuando llegó a él se dejó caer, acurrucándose en un montículo de maleza.
Mientras, Suwan se agarraba los brazos y evitaba mirar a su víctima. Esperaba que le dejara marchar, aunque no lo tenía del todo claro. Una brisa suave le rozó la punta de la oreja, y una cálida cabecita cubierta de pelo blanco apareció en su campo de visión, ahora borrosa. Buscó a la dama blanca, pero no la vio en derredor. Aliviada porque hubiera funcionado la muda prematura, se dispuso a marchar, pero se le nubló la mente y estuvo a punto de caer desmayada. La criaturilla lamió sus dedos sangrientos y con el hocico los apartó de las heridas. Un solo toque de su morro en las heridas produjo un efecto mágico, curándole, sanando sus brazos y su torso.


- Suwan Do’Aria, no puedo curar tu corazón, ni tu alma. El daño es más profundo del que puedo reparar. Sólo puedo darte un ligero alivio, que ayudará a cicatrizar. – La voz de Mielikki estaba dentro de su mente, reverberando por todos los rincones de su conciencia. En su larga vida había visto muchas criaturas, pero nunca una como esta, vengativa y a su vez compasiva. – No, Do’Aria, este no es el alivio al que me refiero. – Miró a sus brazos, en la tez purpúrea no quedaba rastro de la donación de sangre que le había hecho, y no entendió que más consuelo podría otorgarle. Observó atentamente la testuz de Luz, pues un pequeño punto negro había aparecido en la punta de las dos orejas. Escuchando sus pensamientos, respondió antes de formular la pregunta siquiera en su mente. – Es tu sangre, eres capaz de sentir compasión por criaturas más débiles que tú, algo extraño en tu raza. Mi obsequio será este Suwan. – el protector del bosque, como un cervatillo ahora, lamió el centro de la frente de la elfa. En otra situación, lo hubiera considerado un comportamiento extraño, e incluso ofensivo, pero no estaba en posición de protestar. Al levantar de nuevo la vista algo extraño ocurrió.
Todos los sentimientos de humillación, frustración, soledad, discriminación… surgieron desde lo más hondo de su ser. El pecho le iba a estallar y sentía que todo lo que había estado reprimiendo se acumulaba. Nunca había sabido como sobrellevarlo, no entendía el regalo que le había hecho el cervatillo blanco… quería que se volviera loca, le estaba castigando haciéndole sentir todo lo que quería eliminar.
Al alzar la vista de nuevo, un líquido se derramó desde sus ojos, rodaron por las mejillas y se precipitaron al vacío, para al fin estrellarse en la hojarasca. Se llevó rápidamente las manos a los ojos, palpando, tratando de encontrar el origen del fluido, las heridas o lo que fuera que le hiciera aquello.
- Son tus lágrimas. Tu raza no te enseñó a llorar. No lo habías visto, ni lo habrías sabido interpretar. Todo el dolor que sientes en tu interior no se puede disipar, pero si podemos expresarlo para nosotros mismos. El llanto es un bálsamo que te dará paz. Suéltate, descansa, guarda mi carne y aliméntate de ella. Hónrame con ello, y antes de irte, entiérrame. No es probable que volvamos a vernos, cazadora, pero el destino es el que habla en todo momento.


Cuando descubrió como soltarse, cómo llorar, pensó que Mielikki tenía mucha razón. Era un alivió poder expulsar de alguna manera todo lo oscuro que poseía. También juró no hacerlo delante de nadie, le pareció una muestra de debilidad, pero no una reacción insana para ella. Se desfogó, jadeó y gimió de dolor. Se agarró el pecho y se acurrucó junto al cadáver frío y destripado de la hembra blanca. Sintió el nudo de la garganta como una tenaza que amenazaba con ahogarle, con privarle de oxigeno y así de vida. Culpó a otros y a sí misma y el peso de un yunque cayó sobre su existencia en forma de soledad y miedo. Miedo por seguir sola, por morir sola, por seguir siendo una renegada y una incomprendida. La desesperación se apoderó de su alma y durante horas no fue nadie. Únicamente era una sombra en el bosque, tendida en posición fetal junto a un ciervo muerto, totalmente opuesto a ella. La sombra, la oscuridad, se impuso sobre la luz, haciéndose de noche. Sin pensarlo demasiado, sin preocuparse por el lugar, decidió dormir allí mismo, con los ojos hinchados y su máscara y su capa alejadas en el claro. Simplemente no le apetecía levantarse, quería seguir allí hasta la mañana, para hacer al pie de la letra lo que le pidió el espíritu de la cierva.




"Es mejor cortar la flor de loto, que pillarse con la puerta el escroto.- Sabiduría popular china"
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Suwan Edhri

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Re: La cierva blanca

Mensaje por Señorita X el Miér Mar 29, 2017 11:59 pm

Es una historia conmovedora y muy bien explayada y desarrollada a partir de la situación dada. Me alegra ver cómo de una idea ha sabido sacar una historia tan rica de contenido y de sentimiento. Le felicito por su hijra. Un saludo
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Señorita X

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