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Cuentos de Noreth
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5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]

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5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]

Mensaje por Señorita X el Sáb Abr 01, 2017 12:48 pm

OFF Este es el tema del grupo 1. Recordad que si teneis dudas, no dudeis en mandarme MP o postear en el OFF.


ON

El paso de montaña era un lugar muy atravesado por viajeros que marchaban desde las ciudades costeras de Keyback hacia Mirrizback y hacia el sur, pues era el único lugar sencillo por el que cruzar sin tener que sumirse en cuevas que descendieran hacia las minas o llevaran hacia extraños templos de sectas un tanto oscuras.

Por eso el paso de montaña era el lugar más seguro para atravesar las tierras de Keyback. Sin embargo, aquella tarde empezaba a ser una complicada, pues una tormenta de nieve arreciaba, dificultando la visibilidad y el camino, que cada vez era más lento de atravesar y peligroso.Las nieves se acumulaban en los cerros cercanos, y cuando se acumulaba suficiente, caía por las faldas de las montañas hacia el paso de montaña, haciéndolo cada vez más difícil identificar los caminos seguros, mientras que la nieve superaba la altura de las rodillas de los transeúntes.
El viento era un susurro que se convertía en vozarrón, azotando a los perdidos transeúntes que cruzaran el paso de montaña. La temperatura iba en descenso, y el mantenerse en el exterior poco a poco parecía poco más que un acto digno de los locos y los valientes que acaban en los cementerios.



Sin embargo, en medio de toda aquella locura de nieve y semipenumbra, se podía vislumbrar un pequeño destello en medio del manto blanco. Un brillo parecido al de unas llamas crepitando en la madera recién encendida. Conforme os acercárais a la tenue luz, se podía vislumbrar que se trataba de un enorme caserón sumido y oculto bajo la densa capa de nieve que se iba formando sobre los tejados.

La puerta de entrada estaba flanqueada por dos columnas que cubrían un pequeño porche en la entrada de la mansión, donde podría mantenerse guarecido de la densa nevada, pero no por mucho más tiempo antes de que ésta se hundiera en la nieve.

No hay muchas más opciones, pero la puerta de entrada parece poder abrirse.


EDIT: Información extra


Es una mansión de madera oscura, algo arañada y estropeada por el tiempo. Tiene dos ventanas a cada lado de los escalones que llevan al porche cubierto. El porche tiene espacio suficiente como para poderse poner una mesa o una mecedora, pero está claro que ahora no hay nada de eso. Se acumula mucha nieve en el tejado, que amenaza con caerse.

La puerta es una de doble hoja, como de 3 metros de alto, por 5 de ancho. Tiene un llamador de metal, pero la puerta se abre empujando con algo de fuerza.


Sobre el tejado asoma una chimenea de piedra cubierta de nieve, lo que puede ser útil.


Última edición por Señorita X el Miér Abr 05, 2017 10:04 am, editado 1 vez
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Señorita X

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El Viaje

Mensaje por Suwan Edhri el Mar Abr 04, 2017 2:14 pm


OFF: Perdón por la extensión, se me ha alargado igual demasiado.


ON:


El invierno estaba siendo especialmente crudo ese año. Las heladas matutinas y las largas noches en las que no se atisbaba ni el más mínimo destello de las lunas estaba haciendo cada vez más complicada la supervivencia en el pantano. Allí la humedad era el peor de todos los obstáculos de la temporada. Las articulaciones crujían, los animales huían y te adormecía el ingenio. Esto obligó a la drow, reticente y malhumorada, a trasladarse hasta que terminara la estación más cruda de la región.

Las presas escaseaban en la zona y los bandidos habían escapado de las inclemencias climáticas, dejándole sin sus recursos habituales. No podía permitirse un paso en falso en esas circunstancias, ya que su vida dependía de ello. Una noche, tras un arduo esfuerzo por encontrar leña enterrada bajo la nieve, trató de encender el hogar. Después de largos minutos y continuos intentos fallidos, desistió de su cometido. Fue hasta el rincón donde se encontraba el armario de los alimentos. Antes de abrirlo ya sabía lo que iba a encontrar, pues era quizás demasiado meticulosa en varios aspectos, y uno de ellos era la organización y el aprovisionamiento. Ante todo tenía que cerciorarse de que su estancia en cualquier sitio iba a ser más o menos cómoda, y una vez visto esto, debía buscar soluciones a sus problemas, todo de forma estructurada y encuadrada.
Apoyó la frente contra la gruesa madera de tejo, de la cual estaba fabricada la rudimentaria despensa. Sintió calidez en ella, eso era una mala señal, se estaba enfriando la cabaña. Resignándose, abrió la puerta de doble hoja de un tirón, como cuando extraes una astilla de un dedo, rápido, decidido y sin pensar. Al regresar de nuevo ante su realidad más directa, la elfa oscura apretó los labios en señal de disgusto. Apenas le quedaban provisiones para un día, y eso si escatimaba con las raciones. Un par de bolsas de fruta seca y carne desecada colgaban de los ganchos colocados en la trasera, justo en la balda más baja. Todas las provisiones de las que gozaba día a día se habían ido consumiendo prácticamente sin darse cuenta. Los días de caza estaban resultando improductivos, pues gastaba más energías y recursos de los que recuperaba al final de la jornada. Siguió sin beneficios durante las primeras semanas del invierno, pero ya era demasiado tarde, las arcas estaban en quiebra.
Dio un puñetazo seco en un lateral del mueble y, nerviosa, caminó en círculos por la casa. Su inquietud se contagiaba, tanto que escuchó los relinchos de su compañera en el exterior. Le había construido un pequeño refugio, lo justo para que se abrigara de los vendavales y que la helada no le afectara a las articulaciones.

Exasperada por la situación, se armó de valor y se arropó con todas las mantas que encontró en el catre. Bajó con más lentitud de la habitual, no quería resbalar, además, la mayor parte de las ramas comenzaban a debilitarse, apenas quedaban puntos de apoyo seguros, y generalmente, estos se encontraban cubiertos de escarcha peligrosa.

Sin previo aviso, el tocón en el que acababa de posar el pie crujió. El sonido sordo le auguró su inmediata caída, y a pesar de comprender el golpe al que se exponía, no quedó tiempo de reacción. Cayó desde dos metros de altura y el impacto contra el húmedo suelo se le antojó duro. Quedó tendida debajo de la entrada de su casa del árbol, y por un momento se arrepintió de haber construido el refugio en las alturas.

La fuerza del impacto le dejó sin respiración y sintió un fuerte pinchazo en las rodillas. Mentalmente repasó sus funciones vitales y se dio cuenta de que algo fallaba por debajo de la rodilla izquierda. Con esfuerzo podía moverla, pero el dolor le recorría desde el tobillo hasta la mitad de la espalda. La rabia le invadió por dentro y a raíz de ella se levantó sin problemas. Una vez en pie, sus andares se tornaron tambaleantes. Debía de haber tenido más cuidado en esas circunstancias. Si le hubiera ocurrido algo más grave, lo más probable es que no lo hubiera contado.

Se dirigió hacia Sardinilla, le calmó los nervios que le provocaban las tormentas y sopesó la situación. Apoyó su cuerpo, cansada y dolorida, en la loma del caballo. Sintió los músculos de la bestia temblar con espasmos repentinos y fijó la atención en las patas de su amiga. La inactividad frente al frío, al tratarse de una raza de sangre caliente, le empezaba a afectar de forma visible.  Debía sacarle de allí, y eso quería decir abandonar su santuario durante el resto del invierno.

En su balanza mental comenzó a sopesar los pros y los contras, tratando de auto convencerse de que era lo mejor para ambas. La comida escaseaba, los pastos no eran aptos para la yegua, no encontraba animales que cazar, debido al temporal todos habían migrado o se encontraban ocultos en madrigueras y refugios seguros. Exactamente lo que ella no tenía. Visualizó sus ventajas, pues no habría seres inteligentes por la zona que descubrieran su escondite y lo mancillaran, también le convenía dormir en una posada, algo más acogedor y caliente que en aquella casucha. La leña estaba húmeda y no tenía forma de encender un fuego que calentara, y la ropa empezaba a enmohecerse.

Al margen de sus ventajas, pensó en la salud de Sardinilla, las patas endurecidas y los cascos descuidados. La sangre le hervía al pensar que por su culpa podría perderla, y eso no era una desventaja, simplemente era algo que no estaba dispuesta a sacrificar.

Con todos los elementos en el pesaje, tomó una decisión que sin saberlo, le reportaría nuevas aventuras.
Un par de tiras de cuero presionaban el muslo de Suwan, sujetando la zona afectada mientras escalaba, ahora más ágil que en la bajada, hacia el interior de la casa. Entró y comenzó a empaquetar sus cosas. Abrió el alijo y dentro dejó el arco de caza, total, no le era necesario hasta la estación estival. Las mantas quedaron enrolladas y atadas por un par de hebillas, sujetadas entre ellas formando varios paquetes. Con una piel curtida, las cubrió para evitar que cogieran más humedad todavía. Se colocó debajo de la armadura ropa más gruesa, y a pesar de que le oprimía, el calor que le aportaría le vendría bien. Estuvo tentada de dejar las herramientas de peletería, pero no fue capaz, ya que podría necesitarlas en cualquier momento. Enganchando sus armas a la cintura y recogiendo la bolsa de kulls que había ahorrado (saqueando a los bandidos), sopesó sus posibilidades de éxito.

Soltó con cuidado el hilo que mantenía la bolsa cerrada y volcó su contenido sobre la pequeña mesa de la estancia. Contó cuidadosamente, tratando de calcular cuánto tiempo podría subsistir con esas monedas. Realmente tenía bastante dinero, contaba con más, es cierto, pues no recordaba la última vez en la que tuvo que ir a herrar a la yegua. Poco a poco iba haciendo montoncitos, pacientemente, para dividir y administrar correctamente el dinero. En la bolsa del alijo tenía 15 Kulls de plata y 120 Kulls de bronce. Esto era mucho más de lo que tenía la media, aunque dudaba de la variación de precios que podía llegar a encontrarse de una ciudad a otra.

Todos los paquetes preparados estaban colocados firmemente sujetos en la grupa del caballo y los cuartos traseros. Había contemplado la posibilidad de llevar las alforjas como siempre, pero de esta otra manera, podía resguardar a la criatura de la intemperie durante el arduo viaje que se les presentaba. Debajo de la capa, Suwan colocó un par de mantas gruesas que le protegieran del aire y el frío, y la capucha la llevaba echada. Se puso la máscara, y hacía tiempo que no agradecía tanto la protección física que le proporcionaba, imposibilitando que el gélido vendaval le agrietara la cara. Con  una clámide raída que encontró en el fondo del arcón, se improvisó una bufanda.

Todavía en el refugio de la montura decidió protegerla lo máximo posible. Sabía que no aguantaría mucho cabalgando en el estado de embotamiento en el que se encontraba. Iba a tirar un par de camisas viejas para no dejar rastro, pero en cambio les vio una extraña utilidad. Con paciencia y esmero, rasgó y vendó poco a poco las patas de la yegua, frotando a su vez para que entraran en calor. Los resoplidos que salían por los ollares del animal se condensaban en forma de volutas abstractas, llenando el espacio de vaho. Una vez terminadas las vendas, corrió a por un par de tupidas pieles sin pelar y las colocó colgantes para no oprimir las articulaciones. Después de un par de pasos inquietos, las telas comenzaron a hacer su función y esto se notó en el carácter del caballo.

Ahora que estaba lista, le embargaba la emoción de empezar una nueva aventura, y pensando esto, echó las redes de camuflaje sobre la entrada de la casucha. Esperaba que eso bastara para ocultarla de las miradas indiscretas y las visitas inesperadas.




Llevaban horas cabalgando en dirección sur, se dirigía directa a Valashia. Al salir de la protección que les otorgaba la depresión del pantano, la temperatura cayó a niveles bajo cero. La respiración se le entrecortaba y los pulmones aspiraban hielo mientras sentían la quemazón a cada bocanada que tomaba. Miró con preocupación a Sardinilla y se recostó sobre la crin. Este temporal le daba sueño, le sumía en una calma glaciar y tranquilizadora, sedante cuanto menos. Las orejas de la elfa comenzaron a palidecer, perdiendo su tono natural y tornándose pálidas y azuladas. No sentía la mayor parte de sus miembros, todos absolutamente entumecidos. Cuando cerraba los dedos alrededor de los estribos, tenía la sensación de que le clavaban agujas en las palmas, los dedos, todo su ser. Escondió las manos dentro de la capa y se arrebujó aún más. En estos momentos pensaba en la seguridad de las cuevas y la estabilidad climática que ofrecían. Era una ventaja respecto a la vida en el exterior, pues uno podía excavar una nueva cueva, pero no podía parar un ciclón, ni las olas, ni siquiera podía resguardarse enteramente del frío. La naturaleza, pensaba, era un ser caprichoso, voluble e impredecible a su parecer.
Mientras divagaba entre todos estos pensamientos, avanzaban con intención de llegar más al sur, donde el tiempo mejoraría notablemente. A punto de quedarse dormida, presa de la hipotermia y la falta de nutrientes de su organismo, la ventisca cedió. La calma llegó y Suwan consiguió levantar la cabeza. Emocionada, aunque todavía aletargada, acarició la nuca de la montura, felicitándola por la hazaña. Debían de estar cerca de alguna población, y ahora necesitaban descansar más que nunca. Ignorando todos los dolores y el cansancio corporal, espoleó a Sardinilla:

- Vamos Sardinilla, más rápido. – el animal parecía molesto con ella, pero no le importaba demasiado. Había que alcanzar un refugio antes de que empeorara de nuevo la tormenta.


Sólo a unos pocos kilómetros de camino, descubrieron un pequeño pueblo portuario, y el mar abriéndose ante ellas. A lo lejos, en el horizonte, se atisbaban unos pequeños picos, algo que le indicaba el lugar en el que se encontraban. La aldea estaba situada en la playa de un golfo a las costas de Valashia. Lo que veían a lo lejos era una pequeña península que pertenecía a Weostym Olum, situada en el mar que separaba los límites de Pantano Swash y el golfo de Erinimar. Debían de encontrarse cerca de la frontera con Weostym, aún sin haber salido de Thargund. Reconocía perfectamente la pertenencia a Valashia, por lo que creía que todavía debían descender aún más en el punto cardinal.

Destrozada por el día de viaje, entró a caballo en el poblado. Algunos pescadores observaban con atención la máscara, los niños señalaban y las madres cerraban los visillos de las ventanas con brusquedad. No les gustaban los forasteros, estaba claro, pero al menos no habían intentado matarla todavía. Sabía perfectamente que uno de los grandes motivos por los que le rechazaban era por la ocultación de su identidad, pero lo que ellos no sabían, era que si mostraba su rostro, todo se volvería en su contra. Era una drow, un elfo oscuro, un meehdre, simplemente un maldito. Rechazada por las otras razas, repudiada de su familia, debía mantenerse al margen de grandes gestas, hazañas, y sobre todo, poblaciones. Parecía una nimiedad ir a una posada y pedir una habitación, pero no era tan sencillo cuando no confiaban en ti. Te exigían mostrar la faz, mas al verla horrorizados trataban de ocultar lo descubierto. A su paso por el camino principal escuchó comentarios en los que le mencionaban como “La sombra”, lo que no sabía si le agradaba o era motivo de disgusto. Le habían comenzado a llamar así en varias ocasiones durante sus incursiones, sus visitas a la ciudad y algunos comerciantes mientras estaba en la zona del Pantanto Swash, lo que no imaginaba es que conocieran su nombre en una aldea relativamente aislada. Algunos hombres escupieron al suelo, otros tantos pidieron el favor de los dioses, pero unos pocos, solo unos pocos, le miraron con indiferencia. Prefería ese leve gesto de aceptación que el desprecio directo.

Sin previo aviso, un niño se cruzó ante Sardinilla corriendo, gritando y jugando, ajeno a cualquier Sombra o silencio. La yegua se puso nerviosa y se alzó a dos manos relinchando con fuerza. Resoplaba encabritada, siendo presa del pánico, mientras el niño caía al suelo ante la bestia. Sin dudarlo, Suwan bajó ágilmente del caballo y se situó entre el niño y los poderosos cascos, mientras coceaba y babeaba, y las gentes del pueblo gritaban.

El golpe de una de las patas traseras del caballo, quien daba vueltas sobre sí mismo, acabó acercándose demasiado a la cara de la oscura, pero la que atinó en el objetivo fue la contraria, que de refilón golpeó desde abajo hasta la mandíbula. La máscara crujió y ella trastabilló hacia atrás con cuidado de no pisar al aterrorizado niño. Dos hombres, que trataban de frenar a Sardinilla, le asieron por la crin y agarraron los estribos con fuerza. Mientras alejaban al asustado bayo del camino, un nutrido grupo se acercaba conmocionado hacia ellos.

Suwan notó un hilo de sangre correr desde el mentón y el leve crujido de la madera partida al desprenderse de su cara. Rápidamente asió la máscara y se agachó en el suelo, dando la espalda al lugareño más cercano, el chiquillo. Una madre asustada le llamaba con gritos estridentes, abriéndose paso a través de la muchedumbre. Un par de mozos se acercaron a ella, y le levantaron del suelo. Continuaba con su identidad oculta, pero temía que pronto se descubriera. Si no sujetaba con fuerza el antifaz, se caería hecho trizas por la coz. Pensó en lo poco que había faltado para que su compañera le matara en un ataque de pánico, y se sintió afortunada. La madre del mozalbete llegó hasta él y le abrazó con fuerza. Su hijo continuaba en el suelo, paralizado por el terror que le había provocado la situación.

Observando mejor a la ya más tranquila potranca, se percató del porqué el niño no podía dejar de mirar de hito en hito a la elfa y al alazán. Las vendas y pieles que Sardinilla llevaba en las patas le conferían un aspecto tétrico, y los métodos de encubrimiento que utilizaba ella le hacía parecer sombría y lúgubre. La capa negra y larga, con la capucha echada, no le inspiraba mucha confianza a la gente del lugar, pero a pesar de ello, le estaban dando las gracias por su actuación, saliendo en defensa del pequeño.  


- Denis, oh, denis, que susto me has dado.  – simultáneamente a sus palabras, inspeccionaba de una forma un tanto brusca a su hijo, buscando desperfectos en el niño, como quien revisa un sayo para comprobar que no esté raído.
– ¿Estás bien, hijo?

– Eh, tú.  – Un hombre robusto y curtido, con un delantal grueso y un hacha pequeña en la mano se acercó hacia ella. No lo tuvo complicado, la gente se apartaba de su camino, abriéndole paso. – No nos gustan los forasteros. – La hostilidad era palpable, tanto, que en medio del tumulto Suwan sintió la necesidad de acariciar el pomo de su cimitarra izquierda. Sólo tenía una mano libre, pero suponía que si le atacaban ya daría igual que se supiera su raza. – – Pero podremos hacer una excepción. Ayudaste al pequeño Denis.


– Brom, alguien debería de mirarle la cara, gotea sangre…


Ese fue su error, mirar hacia el suelo, donde había caído la sangre desde su barbilla. Al bajar la vista, la compresión del movimiento partió en dos la máscara sin poder sujetarla de nuevo. Se desprendió a cámara lenta y rebotó en la arena batida del camino central. Todo se quedó en silencio, escuchándose únicamente los resoplidos de Sardinilla, nerviosa por la tensión. Hasta que no levantara la vista, seguía oculta por la capa, pero no podía durar. Ya que estaban deseosos por ver al salvador del chiquillo, les daría lo que querían. Se preparó para la reacción y retiró en un único movimiento la capa.

Su pelo blanco, la tez purpurea, los ojos dispares y las orejas largas quedaron a la vista. Aguantando la compostura, miró a Brom a la cara. Parecía un herrero, y daba la impresión de que su sangre tenía algo de enano por la complexión física. Se miraron a los ojos y todo continuó en silencio.

- Drow – lo dijo con un leve tinte de desprecio contenido – No era de esperar.

- ¡Meehdre! – gritó una mujer mientras escondía a su hija tras las faldas.

- ¡Mujer, cállate! – Atónitos, los pescadores observaron al semi enano, buscando una orden o una indicación de actuar. Parecía ser el líder de aquella aldea.

- Hacia toda una vida que no veía a uno de los tuyos . – Cuando le incluyó en el círculo de su raza, la rabia le hizo mostrar los dientes. La amenaza era poco acertada, pero surtió el efecto deseado. – Perteneces a su raza, aunque… veo que no te gusta.¿Tan evidente era?Ven conmigo Sombra, hablemos en un lugar más… ¿acogedor?

Los susurros se generaban en torno a ella, y al menos se alegró de no escuchar malas opiniones en la mayor parte de la aldea. Se dirigieron a una de las casas más alejadas del núcleo, cerca del mar. Se situaba junto a un acantilado de no demasiada altura, apenas 6 metros. Al acercarse, Suwan reprimió una expresión de disgusto y arrugó la nariz. El hedor a pescado podrido era fortísimo, tanto como para impregnarse en la piel y la ropa y no irse en semanas si pasabas demasiado tiempo donde no debías. Para ella era asqueroso, pues era sensible a los olores. Desarrolló más el olfato al tener una menor visión natural disponible. Había suplido la falta parcial de un sentido con la evolución de otro que en ciertas situaciones le ocasionaba alguna que otra incomodidad. Recordó el dolor de la mandíbula y la herida que le había dejado el casco del caballo. Sería una marca más durante un tiempo.  Durante todo el trayecto, los habitantes de aquella aldea le seguían con la mirada, mientras que un mozo les acompañaba junto con su montura. Detrás de ellos caminaban dos hombres con cierta actitud desafiante.



Suwan observaba los trozos de la máscara sobre su regazo. Los volteó y acarició la pintura descascarillada y los bordes desportillados de los trozos que restaban. Maldijo el temperamento de su yegua y recordó con cariño el proceso de domesticación. No era más que una potrilla salvaje de apenas medio año y ya golpeaba con fuerza. Recibió muchos bandazos de su parte, y debía haberse dado cuenta que la situación no era favorable. Se asustaba ante otras personas y grandes muchedumbres, como cuando iba a la ciudad y debía dejarle a las afueras para evitar altercados. Si eran pequeñas poblaciones no importaba, pues el ruido era menor.

Alzando la vista, observó de nuevo la habitación en la que estaban. Era ciertamente pequeña, ubicada en el piso superior de la casa en la que entraron, que resultó ser la herrería, el hogar de Brom. El despacho era una habitación sobria, sin apenas decoración a excepción de cuernos de diversas criaturas y un tapiz rudimentario, tejido con lana dura de varios colores que representaba los astros alrededor del mapa de Noreth. Oía a alguien hablando tras la puerta y después, de nuevo el silencio. Le dejaron allí esperando durante unos minutos que se le hicieron eternos. Deambuló por la estancia, escuchando el crujir de las tablas al apoyar su peso sobre ellas. La construcción no parecía muy segura, pero quién era ella para opinar sobre seguridad si vivía en la copa de un árbol. Cansada de esperar de pie, pues aún le molestaba la pierna y la cadera por el golpe en el pantano, se sentó en la silla de madera que estaba delante del escritorio. Justo delante de ella quedaba una gran silla tapizada, e inmediatamente después, se abría un gran vano acristalado que permitía ver el mar. Casi había anochecido cuando los goznes de la puerta chirriaron al moverse. Bajo el dintel apareció Brom, más aseado, y pudo ver al mestizo en todo su esplendor. El hombre aparentaba unos cincuenta años humanos, cabeza rapada y una larga barba caoba, rizada y frondosa cubría su mandíbula inferior y su pecho. Ahora vestía ropas más propias de un mercader o un cortesano que de un herrero, campesino o pescador.

Cerró la puerta y con un andar extraño se dirigió al otro lado, enfrente de ella. Se tambaleaba a cada paso, realmente parecía que una de sus piernas tenía las articulaciones rígidas. Se sentó con un carraspeo y dirigió sus pequeños ojos negros de cerdo hacia Suwan.

- Bueno Sombra, hablemos. – Entrelazó los dedos y apoyó los codos sobre la mesa. En esa postura, le daba la sensación de ver a un hombre expectante, no a alguien que fuera a dictar su sentencia. – Ya has esperado suficiente.

- Y… Dime, esto… em… Brom, ¿Qué quieres saber? – Sorprendido por su respuesta, soltó una carcajada que resonó en la habitación.

– ¡Jaimie! – un joven muchacho pelirrojo entró por la puerta. Los ojos verdes destacaban en su pálida tez salpicada de pecas y vestía con un jubón blanco roto y unas calzas negras. – lo de siempre chico, ¡Y sin tirar nada! – Salió corriendo del cuarto tras una leve reverencia. Fue escaleras abajó y desapareció.- ¡Jaimie, la puerta!- Regresó rápidamente.

- Lo siento mucho, mi señor. – cerró y la estancia volvió a quedar en silencio.

- Bueno, ¿Por dónde íbamos? – Se relamió los labios y chasqueó la lengua.

- Pues íbamos por donde me explicas qué hace un herrero en el culo del mundo vestido con tanta pompa. – el pequeño Jaimie irrumpió con una bandeja de plata portando dos jarras de hidromiel. Suwan entrecerró los ojos y olisqueó la bebida disimuladamente.

- Resulta que mi afición a las armas me reporta beneficios. – Con la cabeza alta, la drow continuaba impasible. En un pueblecito tan pequeño, pesquero y cerca de la frontera, un herrero era apenas necesario para aparejos del barco y utensilios de pesca.

- Perdona que te diga, un herrero en estos lares no obtendría estos… digamos, beneficios. – comenzaba a olerle a chamusquina el asunto.

- Tienes razón, eres avispada… pero claro, un drow siempre lo es. – la expresión del varón se torció, siendo ahora queda y pensativa.

- Conoces a unos cuantos, al parecer. – le miró fijamente, evaluando al individuo, pero parecía impenetrable. Era un desconocido que creía saber sobre ella, y eso no le gustaba en absoluto.

- Conocía. Hace tiempo que no sé de ellos, mas sí sé una historia de hace casi un siglo. ¿Te la cuento? – Se le cayó el alma a los pies, era un hombre demasiado esquivo… y demasiado informado. – Tomaré tu silencio por un sí. – Con un leve movimiento, Suwan llevó la mano a la empuñadura de una daga. En un espacio pequeño era lo más óptimo para el combate. – Hace doscientos años nació un bebé en las cavernas ancestrales. En su familia, (eran drows, por supuesto), se interpretó como una maldición de Caos pues su piel era cenicienta, no ébano, era una hembra débil y de ojos dispares. No se adaptó y un día, cuando casi había alcanzado la mayoría de edad (a los 150 años, como bien sabrás), su maestro le traicionó, intentó matarle aliándose con una de sus hermanas y aquel frágil bebé, ya crecido, desató su rabia y ejecutó a sangre fría a los traidores. Le pillaron (si no lo hubieran hecho, darían igual las pruebas, se le alaba y se ensalza al asesino). Le encerraron (en una cueva con luz solar y lunar, ya sabes lo que les ocurre a los meehdre de las cavernas en el exterior). Un día, después de un año en casi aislamiento total, fueron a por ella, le sacaron de allí y en un momento de descuido escapó. Dicen que fue hasta el Pantano Swash y que allí vivía saqueando a bandidos y rehaciendo su vida. Dicen que usaba las sombras, que se hacía llamar como una: Sombra. También dicen que iba enmascarada, que su capa negra le convertía en un ser lóbrego y que con su caballo parecía un jinete que traía la muerte tras de sí. – la rabia de la drow era desbordante, pero la contuvo, no debía mostrarla, si veía debilidad sería su perdición.

- Eso no es del todo cierto… - Le dedicó una sonrisa ciertamente encantadora, y le miró sin mostrar más sentimiento que una terrible amabilidad. – te has olvidado de que comía niños. – Brom se atragantó bebiendo del hidromiel. Se derramó el líquido por el jubón y la barba, y comenzó a reír estrepitosamente.

- Me gustas chica – pudo decir una vez se tranquilizó. – te quiero en mi tripulación.

- ¿Disculpa? – Acababa de cambiar todo su concepto del hombre, era solo una prueba para medir su aguante ante las provocaciones.

- Que quiero contratarte. Dentro de cinco días, tú y tu caballo, en el puente de acceso Lea, al norte del puerto. - ¿Trabajo? Cinco días… Podría planteárselo.

- Me lo pensaré – Con una total resolución y confianza en sí misma, se levantó de su asiento. Metió los pedazos de la máscara en el macuto y le dio la espalda para salir.

- No hay nada que pensar, Sombra.- El tono de voz jovial había desaparecido. Ahora era dura y cortante, la propia de un hombre acostumbrado a dar órdenes y que estas se acataran en el mínimo tiempo posible.

- Sí que lo hay. No me das órdenes, nadie lo hace. – Un gruñido bajo surgió de su garganta. – No trabajo gratis y mucho menos sin conocer mi objetivo de antemano.

- Está bien. Siéntate. – Continuó dándole la espalda. Era orgullosa por naturaleza, y aún más cuando se le trataba como a un objeto exótico. – Por favor, siéntate y estaré encantado de explicarte nuestro acuerdo. – Se giró hacia él y pudo ver el gesto de molestia al tener que pedir y no exigir. – Cómo iba a decirte, te pagaré bien, muy bien. El pase del caballo lo pagarás tu si quieres que te acompañe, como sospecho que será, por lo demás tu sueldo irá en tres tiempos. Ahora… - Rebuscó en un cajón con doble fondo y lanzó con desgana una bolsita a la cara de la elfa. Sus reflejos eran agudos y no tuvo problema para atraparlo, aun con todo, le ofendió el gesto.- 5 kulls de plata. – no pudo evitar abrir los ojos de la sorpresa. – al atracar 3 más. Si cumples la misión principal se te entregarán por último 2. 1 kull de oro en total. – Eso era mucho dinero para un trabajo sin riesgo. – Sólo tienes que ir a una casucha en los Montes Keyback y entregar un paquete. Cuando lo hagas, él te dará el último pago. Mientras viajes en el barco deberás protegerlo de los piratas, últimamente pierdo mucha mercancía en sus asaltos… han estado matando a mis hombres indiscriminadamente y eso no me gusta.

- Proteger el barco, entregar paquete. ¿Por qué tanto dinero entonces? – El mestizo frunció los labios y se decidió a contestarle.

- El primer pago por la protección, no puedes contratar a alguien bueno en una misión simple con riesgo y pretender pagarle 1 kull de bronce… - gesticulaba con las manos, se le veía más relajado. – En segundo lugar… por las molestias que causen mis marineros, pues no a todo el mundo le gusta viajar con alguien… umpf… las cosas claras, como tú. Odiada. Y por último, la ventisca te dificultará la entrega, por lo que al menos cinco kulls de plata vale. ¿Te cuadran los cálculos?, debería contratarte como mi contable más bien… ha ha ha. – Cuando terminó la frase y comenzó la carcajada se agarró la tripa con opulencia. Le pareció un gesto asqueroso y a cambio, le contestó con una leve inclinación de cabeza.



Recogió la bolsa con dejadez y salió de la estancia. Se dio cuenta de que le seguían un par de hombres justo al abrir la puerta de la herrería y salir al exterior. El viento y el olor pútrido le golpearon en la cara, no como la piedra que esquivó por pocos centímetros. Varias personas del pueblo esperaban con antorchas fuera de la casa, bien armados, formando un semicírculo alrededor de la entrada. Expectante por ver cuál iba a ser el siguiente proyectil miró de uno en uno a los pescadores.


- ¡No! Jim, no le hagáis nada. -  una voz de mujer sonó con estridencia en la noche. – Salvó a Denis, no es mala persona.

- ¡Los meehdre son escoria! – Alguien gritó aprovechando el refugio que le ofrecía la conglomeración de cabezas.

- No es cierto – Una voz infantil surgió y apareció el pequeño que asustó a Sardinilla justo delante de ella. Se acercó y se colocó justo delante suyo, observándole con consideración. A pesar de que no era una elfa muy alta, tenía que bajar la vista y no le pareció correcto. Un niño que le trataba con deferencia merecía que se pusiera a su misma altura. Se agachó apoyando una rodilla en la tierra húmeda. El niño levantó la mano y acarició con la punta de un dedo la cicatriz de la mejilla.

- ¡Denis! – Una aterrada madre se abrió camino empujando a varios hombres. – No molestes a la meehdr... señora. – le miraba con  miedo, no con odio, suplicándole que no le hiciera daño a su hijo. Con la mirada le trató de tranquilizar, aunque eso parecía algo imposible hoy día.

- Tranquila mamá, es buena. – le sonrió inocentemente, sin comprender todavía bien la diferencia de razas. - ¿Cómo te lo hiciste? – Le preguntó. Pensó que se refería a la cicatriz.

- Tuve mala suerte en una pelea, no es tanto, sólo feo. – Un grito ahogado recorrió de forma intermitente el paraje.

- No es feo. – Era un chiquillo encantador – Tus ojos son bonitos. No había visto nunca a un elfo negro de ojos distintos. Uno es morado y el otro blanco… Eres rara ¿Verdad?

- Sí, soy muy muy rara. – Rio con el niño y el gentío se tranquilizó.

- Emm… señora… - Cayó en la cuenta de que no se había presentado. Cuándo hacerlo en esa situación…

- Suwan. – Decidió eliminar el nombre que se había auto impuesto, denominándose a sí misma como Sombra. Miró al hombre al que se dirigía, que a pesar de ser un tipo enjuto, cabizbajo y desnutrido, era más anciano que la media del lugar. Los pocos pelos que cubrían su cuero cabelludo arrugado y cubierto de manchas de la edad eran blancos y greñudos, y únicamente formaban una corona alrededor de su cabeza. Tenía los ojos hundidos en las cuencas y unas grandes bolsas hinchaban las ojeras y los parpados inferiores. Se notaba el sufrimiento en su cara, restos de una vida dura llena de hambre y sangre.

- Señora Suwan, Denis es mi nieto. A algunos de los nuestros no les gusta su presencia aquí, pero… Creo que es usted una buena persona… le ofrezco una habitación en mi posada. Nadie le molestará y no me deberá nada. – Nervioso, estrujaba una gorra ajada en las manos esperando una respuesta, tratando de no balbucear.





El trabajo terminó antes de lo esperado y se vio perdida en una tormenta de nieve. Una gran ventisca de nuevo zarandeaba su cuerpo sobre Sardinilla, quien sufría las inclemencias del invierno. La virulencia de la tormenta aumentaba, y el paso de montaña se veía vacío. Ni un alma caminaba por allí y no podía seguir ningún rastro. La nieve había tapado las huellas de los anteriores viandantes, dejando a su paso una capa blanca que impedimenta el avance y enfría las rodillas de su montura. Notó los músculos de la yegua temblar y su indecisión a cada movimiento. Iba cargada y se estaba haciendo duro el ascenso del desfiladero.
Poco a poco, con sus últimas fuerzas caminó al lado de su amiga, buscando el más mínimo indicio de un cobijo, de un lugar donde poder guarecerse del frío, la humedad y el viento. Las vendas de las patas del caballo se habían mojado, aunque parecían ayudarle. Se paró a pensar un segundo en la imagen que daba su montura de esa forma, con petachos de tela en los miembros, con su musculatura imponente y una sustancia espumosa en la comisura del hocico por el esfuerzo.


Anocheció pronto y la oscuridad se cernió sobre ellas. Los labios de la elfa se tornaron de un tono azulado, blanquecino inclusive, la hipotermia empezaba a afectarle físicamente. Los espasmos musculares eran incontrolables y le impedían andar más rápido, al margen de que sus botas estaban empapadas y peligraban sus dedos. Tropezó con una roca oculta y cayó, rodando por la nieve unos metros. Sardinilla trotó a duras penas hasta ella y le dio golpecitos con el morro en el hombro. Tenía tanto sueño… era irónico ciertamente, ya que se había inmiscuido en esa situación para esquivar una ventisca, y se había metido de lleno en una más grande. Se empezó a adormecer hasta que un golpe más grande le despejó lo suficiente como para levantarse y regresar al camino. La yegua le ofreció apoyo, y rodeando su amplio cuello continuaron la marcha.
Cuando todo parecía perdido, cuando todo lo daba por abandonado, esperaba encontrar un remanso de paz en medio de la nieve para morir congeladas. El dinero no había merecido la pena. Ahora no le calentaba ni le ofrecía comida, como tampoco seguridad. Miró de nuevo al frente, y pensó que comenzaba a alucinar. Una leve luz de vida resplandecía en medio de la nada. Parecía una casona grande, en la que había un fuego encendido. Apenas estaban a cien metros de ella, pero la ventisca había impedido hasta entonces que se ubicara. El tramo era corto, pero se les hizo eterno. Buscó unas caballerizas, seguramente las habría. Resultó tener razón,  un poco antes de llegar a la nave principal. Todavía se podía abrir el portón así que introdujo dentro a Sardinilla, se ocupó de que estuviera bien y se echó un poco con ella. Hacia demasiado frío y tenía que ver si había alguien más dentro de la casa. Al menos, aunque no había caballos en el recinto, si que había multitud de heno y paja para arroparlos. Uno de los cubículos más calientes estaba al fondo, y pensó que era el sitio adecuado. Cogió todas las provisiones que le quedaban los macutos más grandes por si los necesitaba y liberó a la yegua de las alforjas y la silla.

Entró un poco en calor y se arropó preparándose para salir al exterior. Una vez fuera, corrió hasta la puerta principal y aporreó la madera vieja con fuerza. El porche crujió y cayó un poco de nieve, como un aviso. Empujó la puerta y se abrió. Por fin un refugio donde esperar a que amainara la tormenta.



Última edición por Suwan Edhri el Miér Abr 05, 2017 10:44 pm, editado 1 vez




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Re: 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]

Mensaje por Kasumi el Miér Abr 05, 2017 1:40 pm

OFF Disculpad el tocho, me inspiré con el post anterior.

ON
La mujer hermafrodita era sólo el rescoldo de una trama mucho más oscura. Los demonios existen de verdad, y amenazan con traer la corrupción a este mundo en un delicado equilibrio. Aunque parece que algunos eran más inofensivos que otros. Aun así habría de tener cuidado.

Un grupo de seres adoradores de los seres del Foso, estaban reuniendo adeptos en una aldea costera de Jyurman, aunque no sabría bien el por qué hasta que llegara allí.

Así que era momento de preparar un “interrogatorio” adecuado. Pero las cosas no iban a ser sencillas. A no ser que pudiéramos volar, que no era el caso, el camino había de ser a pie, atravesando los montes Keyback, y hasta donde sabía, no era un lugar cálido.

Busqué en los armarios de la estancia donde me tocaba dormir tratando de ver si había indumentaria para frío extremo, pero lo único que encontré fue un sombrero cónico de paja, que estaba pensado para mantener el calor que se perdía por la cabeza.

Mejor que nada, supongo. Así que me lo colgué de la espalda.

Kiyoko esta vez ni siquiera preguntó si podría venir. En este caso, necesitaba de su colaboración. Tendría que ir al sitio donde comenzó todo con la hermafrodita, en Silvide, en busca de pistas del lugar donde se encontró con aquel extraño demonio. Le acompañaría un guardaespaldas con espada en cinto y arco en la espalda, preparado para cualquier eventualidad.

Mi ama había preparado las operaciones meticulosamente. Sabía que había algo cociéndose a fuego lento, y no se podían dejar cabos sueltos. Uno de sus más fieles vasallos haría de carnaza-espía, introduciéndose en la sociedad que se estaba formando en Jyurman, y yo sería su contacto para obtener información antes de ir en busca de algún cabecilla de la agrupación.


Pero todo era el advenimiento de algo mucho más grande, y que yo no podría ni esperar, ni siquiera con las crípticas palabras de la vidente de la aldea.

Cuando ya me hube preparado para marchar, vi moverse con celeridad unas orejas blancas felinas asomarse entre los arbustos que flanqueaban el camino de entrada hacia la pequeña villa.

Kiyoko se lanzó a mis brazos, acurrucándose bajo mi barbilla. Aún, a día de hoy, no me termino de esperar su efusividad, pero no me niego a sus gestos, por lo que acabé abrazándole yo también, pero de forma corta.Le observé a los ojos, y sin decir palabra, me separé de ella lentamente.

– Me voy, Kiyoko. Volveré. Tenlo por seguro - Kiyoko sin dejar que me alejara demasiado, me volvió a abrazar, besando mi mejilla, y se volvió a separar, dejando esta vez que me pudiera ir.

Me daba pena que personas como ella pudieran pasar por adversidades terribles, y a pesar de que no conocía su pasado, si estaba con Arahara no sería por cualquier cosa.
Cuando estaba yendo hacia el camino que daría hacia Physis, me interceptó en el camino la vidente, Megumi-san.

– Kasumi-chan. Ya veo que te marchas. Sin embargo, déjame decirte algo –

Suspiré. La vidente solía dar buenos consejos y previsiones, pero algunas veces se preocupaba en exceso, para mi gusto. Esto no pasaba inadvertido por la vidente, que sonreía para sí como exculpándose silenciosamente, y se acercó a mí, para posar sus manos sobre mis mejillas.

– Hmmm… Has de tener cuidado. Es posible que te encuentres cosas extrañas en un entorno nevado.

Ladeé la cabeza ante su ocurrencia. Yo sabía que iba a cruzar por un paso nevado, pero ¿por qué me adelantaría algo así? ¿Qué podría haber de extraño en la nieve?

Sea como fuere, asentí, y tras retirar ella sus manos de mis mejillas, asentí lentamente como despedida, marchando hacia el largo camino de al menos 2 días hacia el norte.

El camino era complicado para alguien que portaba katana, por muy escondida que ésta fuera. Además, mis ropajes orientales no eran muy aceptados por el mundo más occidental, y cuando menos levantaba las cejas hasta los más liberales. Sin embargo, no era sólo la ropa. Me daba la sensación de que veían algo extraño en mí y no lo sabía. ¿Sería los ojos?¿La piel?¿El pelo?

Para mí, todo mi cuerpo era algo “habitual”, por lo que no comprendía bien el por qué me observarían.

La primera noche la fui a pasar en una posada, en el primer pueblo que me encontré en el norte de Physis, colindando con la región de Phonterek. Como el resto de la gente, el tabernero me observaba con curiosidad. Aún con todo, me dio las llaves de un pequeño cuarto para uno.

Mis dudas del por qué me observaban se disiparon en cuanto me encontré que al entrar al cuarto, y verme ante el espejo, tenía el pelo violeta oscuro. Había olvidado teñírmelo, por completo. ¿Era esta una prueba puesta por mi ama? ¿O es que de verdad nadie me lo había advertido por tanto descuido como el mío? Me extraña, pero quizás se haya deshecho la tintura con algo de lo que no me di cuenta.

Sea como fuere, no iba a dejar que las observaciones me amedrentaran. Si empecé este camino con el pelo violeta, lo terminaría con el pelo violeta.

Al día siguiente, mi camino proseguía durante toda la mañana. Marché de aquella taberna, no sin dejar un rastro de miradas aún curiosas por el color de mi pelo.

A la salida de la aldea, encontré un carro de mercancías que estaba a punto de partir, y al pasar a su lado, la dueña del carromato me lanzó un grito

- ¿A dónde “vah” muchacha? Te veo “mu” solita -
Me volví hacia la muchacha del extraño acento, con una sonrisa porque ni siquiera había hecho miramientos por mi pelo.

– Voy hacia Mirrizbak para llegar hasta Jyurman

Repuse mirando con seriedad, procurando no reír. A la muchacha no le pasó inadvertido el intento, pero no por ello parecía molesta.

– Sé que mi acento no “é mu normá”. Pero es el que tengo, muchacha, aunque no me importa que te “ríah”. Anda, sube, yo voy allá también.

Al principio dudaba un poco de subir a dicho carromato, pero parecía inofensiva, sólo tenía un acento divertido. Así que no dudé más y subí al carromato, junto a su asiento, con el que fuimos avanzando por el camino a los cerros.

Por el camino empezó a desatarse una tormenta de nieve, al principio suave. Pero los burros empezaban a cansarse. La muchacha que me llevaba se detuvo en la próxima aldea, y me miró a la cara.

- Lo siento niiña. Pero “tenemoh” que “paráh”. Si no, mis burros van a ponerse “mu maloh”. Pero se ve que tienes prisa. ¿Verdad?

Asentí lentamente, descendiendo del carromato. Me volví hacia ella, haciendo un gesto de agradecimiento inclinando la cabeza.

– Gracias por acercarme hasta aquí. Y también gracias por no discriminarme por mi pelo


La muchacha sonreía para sí, negando con la cabeza
– Anda, anda. No es “ná”. Buena suerte, muchacha

Repuso mientras se alejaba en el carro, probablemente en busca de una posada.

Por mi parte, proseguí mi camino hacia el norte, atravesando un paso de montaña que había ascendiendo unos cuantos metros por el camino. Por el camino, me puse aquel sombrero de paja que llevaba en la espalda, cubriéndome de la ventisca que arreciaba. Esto me serviría mientras no se llenara el camino hasta la cintura. Pero todo estaba por ver

El paso, a medida que iba avanzando, se veía más cubierto de nieve, y la tormenta arreciaba, cayendo sobre mi sombrero, que me empezaba a resultar más pesado.

La tormenta era cada vez más densa, y empezaba a calarme los pantalones. La nieve me llegaba hasta las rodillas, y cada vez era más complicado avanzar. Tenía los músculos y articulaciones entumecidos.

Había sido una estupidez seguir en estas condiciones climatológicas. Pero ¿Qué debía hacer? Dar la vuelta ya no era una opción, pues tendría que desandar todo lo hecho, y volver a aquella aldea, a un par de kilómetros de aquí.

Pero seguir adelante no sabía a donde me llevaría tampoco. Maldita sea

La nieve empezó a llegarme hasta las caderas, y ya no notaba las piernas moverse, aunque sabía que lo hacían porque veía el surco de nieve que dejaba a mi espalda, que poco a poco se empezaba a llenar con más nieve.

Sin embargo, para mi dicha, entre las sombras de la tormenta y el tono gris de la nieve, vi un brillo cálido resaltar entre el manto blanco que me rodeaba. No estaba muy lejos, y algo así sólo significaba algo. Un sitio donde guarecerse donde había más gente.

Era la única opción plausible dado el caso, así que me volví hacia el brillo amarillento, andando con cada vez más dificultad, helada por la nieve.

Subí la escalera que llevaba a un porche techado, que crujía con el azote de la nieve. Frente a mí, había una puerta de doble hoja, así que me acerqué a ésta y la abrí lentamente.



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Re: 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]

Mensaje por Pereza el Vie Abr 07, 2017 7:50 pm

__Aquel caballo, antes marrón, y ahora blanco por la nieve que se pegó a su pelaje, llevaba avanzando horas entre la ventisca a pesar de haber perdido a su difunto y congelado jinete hacía unas millas atrás. Acabó tumbándose lentamente al escaso abrigo que la conjunción de los troncos de tres grandes pinos del bosque de montaña.
__Allí se quedó durante más de media hora, temblando y luchando por respirar hasta que finalmente estiró la pata, literalmente. Sus ojos se abrieron enormemente, y sus piernas se estiraron mientras daba su último aliento antes de que su cuerpo sin vida cayera sobre la fría nieve.
__No pasó mucho tiempo antes de que una neblina parduzca y clase comenzará a surgir de la silla del caballo y se condensace a su lado hasta adoptar la forma de un pequeño perezoso que se abrazaba a si mismo temblando de brió mientras contemplaba el cadaver del podenco reflexionaste. A esta extraña aparición se le unión otra que fue surgiendo de la nieve bajo el animal, esta aparición era del color negro más puro imaginable y adoptó al forma del caballo mismo, colocando justo detrás del folivoro.
__-Tenemos un buen problema, Mico. Eso no lo voy a negar: tenemos un buen problema.-se escuchó decir al perezoso con una voz tiritante, la aparición equina se le acercó y le acarició con el morro, a lo que el otro abrazando la cabeza-Pero no te preocupes pequeño, ya verás cómo el gran Ghadrakha proveerá, padre siempre provee.
__-¡¡A-ATCHU!!-un terrible estornudo retumbo por todo el bosque de coníferas, elevándose por encima del sonido de la tormenta.
__-Y lo hizo-exclamó sorprendido el perezoso-¡Rápido, prepárate!

__La ventisca arreciaba. Luchando por avanzar en la nieve, con casi medio cuerpo hundido en ésta y las alas al punto de congelación, un divium, oculto bajo unagran gabardina beige y un bufanda blanca, trataba de encontrar algún refugió en aquel níveo infierno en que se había transformado aquel bosque alpino.
__Tras encontrarse en pleno vuelo con la impresionantemente gigantesca columna de nubes que formaba la tormenta, se vio obligado a descender allí mismo, en plena montaña. Su poca experiencia como viajero, y aun menor como caminante, le habia llevado a pensar que sería fácil encontrar refugio por la zona. Ahora; con las alas lo más recogidas que podía, las manos ocultas en las mangas y pegadas al pecho, los hombros casi en las orejas, y recibiendo tanta nieve en la cara que caso no podía ni abrir los ojos; se daba cuenta de su error.
__El único movimiento que conseguía realizar (aparte de temblar) era levantar las piernas para hundirlas de nuevo en la nieve, solo que una vara más alante de su posición anterior. Con cada pasó sentía más y más frió. Con cada paso, parecía que se introducía cada vez más y más en el corazón de la ventisca. Con cada pasó perdía cada vez más la esperanza de conseguir salir de aquella montaña con vida.
__Cada vez pensaba menos en aquel paraíso floral que le esperaba al final de su viaje y le atraia más la idea de coger el odre de licor que llevaba en el bolsillo interior del abrigo para quedarse bebiendo de él bajo alguno de aquellos pinos hasta que Kiara viera para llevárselo.
__Cansado, con dolor en las extremidades y el resto del cuerpo entumedido acabó dejando ganar a la segunda. Con gran esfuerzo, separó sus brazos del cuerpo, abrió su gabardina dejando que el frío invadiera aún más su cuerpo,
y alargando su mano hacía el bolsillo interior <<¡¡A-ATCHU!!>>, estornudó.
__Consiguió alcanzar la bota y llevarse finalmente a la boca, y ya estaba sintiendo alegremente cómo la bebida bajaba por su garganta calentándole el interior cuando algo llamo su atención: entre el manto blanco, a la distancia, más allá de las desdibujadas figuras de los troncos de los pinos, se vislumbraba un pequeño destello amarillo bailoteando con el viento. No era más que un punto en el horizonte, puedo que imaginaciones del divium, pero de alguna forma logro traerle algo de esperanza. No mucha, pero la suficiente para guarda el licor y seguir caminando de nuevo.

__Tras alcanzar el linde del bosque de coníferas, descubrió que en la dirección del destello se encontraba una gran estructura, que desde su punto de vista solo se distinguía cómo una gran sombra negra en la ventisca. Además, ahora el destello era aún mas visible, Vassili estaba seguro de que era una llama, tenía que serlo, era su salvación.
__-¡Ahora Mico!
__La imagen de un caballo dando una coz se dibujo en la mente del jardinero y éste cayó a la nieve, cómo empujado por alguien pero sin sentir golpe alguno. Al levantarse y mirar a su espalda, no vio a nada ni a nadie, solo la sombra de los árboles. Siguió avanzando.
__Una vieja mansión de madera oscura, y dimensiones imponente, con la luz de un fuego encendido resplandeciendo por las ventanas. Estaba salvado. Encontró las fuerzas suficientes para llegar hasta el porche, pero no para subirlo y llegar hasta la puerta. Sus piernas le fallaron, dejó de sentir las rodillas y cayó sobre madera y nieve. ¿De verdad había llegado tan lejos para acabar a solo unos paso de la salvación?


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Re: 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]

Mensaje por Arete el Vie Abr 07, 2017 11:59 pm

Dicen que cada copo de nieve tiene una forma distinta, cada gota congelada es como una emprenta digital de una persona, tiene patrones únicos, dibujos inigualables. Se acumulan en el suelo, creando pequeños montículos aquí y allá. Son como las personas, creando sus ciudades, donde viven los hombres, todos juntos.

Ese día me dirigía hacia el mar, este me llamaba, necesitaba andar por sus playas, recostarme en la arena con los pies en el agua, notar el frescor del océano acariciando mi piel. Y para eso, necesitaba llegar a las ciudades costeras de Keyback. El plan no me gustaba, tenía que desplazarme andando, con las plantas de los pies descalzos, por caminos, prados y montañas. Pero tenía que hacerlo, lo necesitaba. Echaba de menos mi medio natural.

Caminé y caminé hasta que los pies me dolieron. De repente encontré mi salvación en la curva del camino. Allí, a unos poco metros del borde del camino, encontré un riachuelo. Lo primero que hice fue saltar con ambos pies dentro, y os juro que hacía tiempo que no sentía tanto placer junto. Volvía a tener todas mis fuerzas. Justo entonces, decidí seguir el curso del riachuelo, ya que no sabía hacia donde tenía que dirigirme. Con los pies aún en el agua, caminé a contra corriente para encontrar la montaña donde éste nacía.  Puede que, con un poco de suerte, fuera la montaña con el paso que tenía que atravesar para llegar al mar. Y así fue.

De repente, me encontraba delante de la montaña más alta que nunca había visto. Era cierto que en aquél momento yo aún era una novata viajera, pero el tamaño de esa montaña me impresionó. Se veía muy imponente, y lo que más me gustó, completamente cubierta de nieve. Unas nubes densas impedían ver la cima de la montaña, pero supuse que allí arriba estaba nevando.

Nunca antes en mi vida había visto la nieve, y mucho menos la había pisado. Empecé a subir por la ladera de la montaña y rápidamente todo lo que antes eran campos vastos y verdes, ahora se convertían en bosques frondosos. Los primeros metros que ascendí apenas se notó el cambio, pero a medida que iba ganando altura me di cuenta que la cantidad de nieve iba aumentando exponencialmente. Al principio, el camino estaba limpio y claro, pero a medida que ascendía, cada vez se acumulaba más la nieve en el suelo, en las ramas de los bosques y en las piedras.

Un momento que me paré a descansar observé todo el espectáculo blanco que se abría ante mí. Y fue en ese momento que me enamoré de la nieve.

La altura cada vez era mayor, y eso tenía sus cosas buenas y sus cosas malas. Las cosas buenas eran que cada vez había más nieve y que el paisaje era cada vez más bonito. Las cosas malas eran que cada vez era más difícil avanzar, con la tormenta de nieve la visibilidad era reducida, y, aún ser una ondina, empezaba a sentir frío. Es cierto que tengo una cierta resistencia al frío, pero seamos realistas, me encontraba en casi la cima de una montaña vestida únicamente con un vestido azul.

Estaba segura que esa era la montaña, y que un día normal y corriente, des de la posición donde me encontraba, se podría ver el mar. Pero la nieve era un problema. Entré en el paso montañoso. El viento soplaba enfurecido y yo empezaba a no sentir los pies. Eso no me gustaba. La nieve me llegaba por las rodillas y cada paso que daba, suponía un esfuerzo demasiado grande para mí. Quieras o no, estaba agotada.

En ese momento, empecé a cogerle manía a la nieve, a odiarla con todas mis fuerzas. No estaba bien que la propia agua congelada me alejase cada vez más de mi objetivo de llegar al mar.

Estaba cada vez más cansada, la visibilidad era casi nula, el frío era real. Casi no me podía mover. Necesitaba encontrar un refugio lo más rápido posible. Necesitaba un lugar donde esperar a que la tormenta amainase, dónde poder recomponer fuerzas y seguir mi camino más adelante, donde poder recuperar mi temperatura habitual e intentar no morir de hipotermia. Pero parecía que ese lugar no existía. Aun así, seguí andando con penas y trabajos hasta que un milagro se apareció ante mi.

A lo lejos, pude divisar una sombra. Algo enorme en medio de la tormenta de nieve. Fuese lo que fuese, me serviría de refugio durante un tiempo, por lo menos, para descansar. Esperaba encontrarme con una pared de rocas, con una pequeña entrada limpia de nieve para poder reposar ahí. Pero a medida que me acercaba, mi suerte iba en aumento. Pronto pude adivinar que lo que veía era una casa, una enorme casa de madera, en medio del paso montañoso. Era una maravilla mandada por los dioses. Se veía una luz tenue dentro, así que usando mis últimas fuerzas, llegué a las escaleras principales.

Las subí como pude, apoyándome en la barandilla para no caer ni resbalarme con las placas de hielo, y una vez ante la puerta, llamé. No podía entrar porque sí, de forma inesperada. Como nadie contestaba, volví a llamar, esta vez más fuerte. Pero al no obtener respuesta, decidí usar el paño. Si estaba abierta, pasaría, recuperaría calor y me iría. Solo necesitaba eso. Para mi sorpresa, a la mínima fuerza que le hice al pomo, la puerta se abrió, con un chirrido un tanto extraño.
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Re: 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]

Mensaje por Eudes el Lun Abr 10, 2017 8:14 am

Y la voz resonaba, rompiendo la cada vez menor calma del viento de montaña, y alertando a las pequeñas criaturas de la presencia de aquel obvio intruso.

-¡Señorita felina!- Gritaba a voz en cuello, mientras hundía sus pasos en la nieve joven-¡Señorita felina, por favor diga algo!

Acomodó un poco la mandoble posada sobre su hombro. Revisó la bolsa que colgaba sobre su pecho. Quitó los carámbanos pequeños carámbanos de hielo que, como pequeños cuernos, emergían de su yelmo.

Tres días desde que había perdido a la mujer gato en la cordillera. Tenía frío, no había comido nada desde hacía una eternidad y el pequeño gnomo unicornio en su hombro seguía insistiendo en hablar sobre las grandes implicaciones filosóficas y existenciales que tenía el hecho de que Kimu, antiguo dios simio de una tribu perdida en la jungla y representación viva del ideal místico de los 5 orbes rojos de Taln, se estuviese rascando el trasero con la mano izquierda y no con la derecha. Obviamente, la persistencia y ese algo desagradable que se forma en el estómago al dejar un asunto incompleto impulsaban a Eudes a seguir adelante y enfrentarse a cualquier ventisca, cualquier camino nevado y cualquier criatura molesta que le confundiese con una roca sobre la cual cascar nueces. El código también tenía mucho que ver, aunque hablando con franqueza, aquel asunto de casas en ruinas y problemas de comunicación estaba pasando poco a poco a un plano personal, casi ofensivo, aún a pesar del aparente disimulo que un hombre completamente incapaz de mostrar a otros sus rasgos faciales pueda llegar a tener. De no ser por su absoluta fe en los valerosos y supremos ideales, hubiese pensado que volver a poner los escombros de su casa sobre una persona que rechaza tu ayuda es algo impropio o inadecuado, aunque gracias a los dioses, eso ni si quiera se asomaba por su mente todavía.

Seguía avanzando, aunque poco a poco, aquellos gritos y vozarrones se hicieron cada vez mas suaves. No era que el hombre callaba, no, que va, a él todavía le quedaban fuerzas en los pulmones y nuevos llamados en esa cabeza, si no que aquellos ventarrones y nevados, aumentando la potencia de sus rugidos, terminaban por ahoga casi cualquier sonido originado bajo la potencia de sus corrientes. La nieve, arrastrada por el viento y siempre en lluvia constante, poco a poco se asentaba sobre el ya reducido paso, absorbiendo con rapidez y perseverancia cualquier atisbo de camino que alguien pudiese haber visto en aquellos ya de por sí helados días. Los deslizamientos de las faldas, cada vez mas constantes, lanzaba capaz blancas cada vez mas cercanas al camino, avisos del futuro e inevitable bloqueo que siempre acababa de llegar en estos climas sobre estos pasos tan elevados.

Eudes metió una mano temblorosa en su bolsa, para luego sacar de esta un pesado volumen encuadernado en cuero rojo. Lo abrió, buscó entre sus páginas rápidamente y pareció detenerse en una pequeña sección en específico.

-M-monter Keyback- Dijo, ya empezando a manifestar los efectos de la hipotermia- F-falta información, d-de temperatura y clima. Debo añadirlo, junto a los colibríes invisibles de los lagos, sirvientes de los trasgos marip-posa.

Seguido a este comentario, incapaz de registrar por la completa ausencia de pluma o tinta en su bolsa, guardó nuevamente el volumen en el saco e intentó seguir caminando. Impresionante fue ver como, en los pocos segundos de su necesaria distracción, el paso había desaparecido casi totalmente, quedando en su lugar una gruesa capa de nieve que amenazaba con absorber su pierna y borrar cualquier rastro o sentido de dirección que pudiese encontrarse en estos territorios. La capa de nieve, que era lo peor, parecía no tener intenciones de parar en su propio crecimiento, siendo que las ventiscas en la penumbra, ya aumentando a tormenta, lanzaban un mar de copos blancos lo suficientemente abundantes como para terminar de tragar toda la zona en cuestión de minutos.

Eudes suspiro, y miró su entorno nevado.

-¡Señorita!- Grito- ¡Diga algo si me escucha por favor!

Nada más que el rugido de la ventisca, la declaración del viento de su dominio absoluto.

Y entonces, ocurrió lo inevitable.

Primero confundido con el rugido del viento enojado, el crujido de la nieve que se deslizaba desde el terreno alto daba indicación del próximo mega deslizamiento que le seguiría, inevitable ya, por la fuerza de la tormenta y el enorme peso que la masa blanca ponía sobre la ladera. Rápidamente, sin parangon o moderamiento, una ola de nieve bajo desde la altura y se derramó como un mar denso sobre los pocos restos de camino que todavía podían diferenciarse o fungir de orientación para avanzar. El material hizo su trabajo con furia, precipitándose en estruendo atronador y extendiéndose rápidamente en todas direcciones, como buscando desesperadamente algo mas allá de la zona de impacto. Eudes, que ya se hallaba con un par de palmos de pierna hundidos en la nieve, pujó con fuerza y velocidad apenas el deslizamiento amenazó con absorverle, con llevarle, o al menos con tanta agilidad como el peso sobre sus hombros se lo permitía. Consiguió por milagro apartar su cuerpo de la pesada corriente, aunque no sin caer a tierra por el tremendo impacto que ciertos trozos de nieve endurecida y hielo le propinaron al salir disparados del grupo principal.

Miró a su alrededor, de rodillas en la nieve, con la mandoble caída a su lado. La nieve le cubría, como a todo, intentando atraparle bajo su velo y unirlo con el uniforme infinito blanco que rodeaba todo en la penumbra, imposibilitando si quiera divisar el mas vago rastro de cualquier cosa que no fuese tierra, cielo y tormenta. Se levantó, lento, pujando para hacer frente al viento, tomando la espada y usándola de apoyo para mantenerse en pié. Desorientado, el viento golpeaba en toda dirección, la nieve caía como una lluvia torrencial y la oscuridad avanzaba con velocidad, haciendo que el campo de visibilidad fuese cada ves mas inferior. En busca de una guía, de una indicación, el caballero alzó su voz en llamado a la mujer que perseguía.

-¡Señorita felina, si esta allí responda! ¡Señorita felina!.

Nada mas que rugidos y vendavales. Ni un mísero rastro de voz humana o llamado, ni si quiera el propio, que se vio ahogado por la potencia del fenómeno.

Entonces lo vio, allí, en lo más oscuro, en la tiniebla ventisca, en medio del sitio en donde el sol ya no daba ni un mísero rayo. Una luz ardiente, una antorcha, una llama, un lucero suave que aún así lograba atravesar con sus rayos el enorme peso oscuro, firme, presente, haciéndose mas intenso conforme la tiniebla empezaba a reinar soberana en el entorno. Eudes levantó la vista, viendo fijo a la luz.

-Ah, con que guías mi camino ¿No luz radiante?- Pronunció, mientras daba un paso hacia esta- ¿Hada o ninfa, o quizá dios de los destinos? ¿Quien te ha enviado? ¿O quizá seas el agente del tiempo futuro, que guía los hilos de mi camino mas allá de este tiempo? -Dio mas pasos, ahora avanzando de forma continua- ¿Me guías o luz a la aventura, a la seguridad, al destino encomendado a los caballeros? ¿Es que acaso mi imprudencia y limitada visión me impiden ver el paso necesario, y hace necesaria tu presencia?

Ahora avanzaba firme hacia la luz, haciendo frente a la tormenta y al viento, haciendo frente al frío, fija la vista en la luz, como la teofanía del dios de dioses que le llamaba al panteón de los héroes. No parecía sentir frío, aunque se helaba y poco a poco su fuerza se reducía bajo el peso de sus aceros. Ignoraba esto claro, concentrado en lo que el consideraba una señal divina.

-Pues aceptó vuestra indicación- Afirmó- Y sigue vuestro llamado, señal de dioses.

Siguió avanzando, fijo en la luz como quien sigue un camino marcado, sonriendo bajo la visera para sí, como si aquella aparición fuese algo común o conocido para sí, seguro de conocer su naturaleza. Pronto, la oscuridad se vio menguada, o quizá simplemente perturbada, por una aparición fantasmal mas extraña y eterea que el espectro que reza sus plegarias en el cementerio en donde reposan sus restos. Una casa, grande, una mansión mas bien, fue el lugar hacía el cual la luz que Eudes había interpretado como una señal divina le llevaba, una casa gigantesca, fina, de apariencia bien conservada, que emergía como gran y notable discordancia en el entorno tormentoso.  Eudes seguía firme avanzando, seguro del propósito de traerle aquí, como si esta extraña casa en medio de la nada absoluta fuese parte de algo más, o algo ya esperado. Pronto se vio lo suficientemente cerca como para distinguir un pórtico de grandes columnas, y a la gran puerta que se refugiaba de la nieve bajo este.

Se acercó mientras la tormenta seguía su monstruosa constante. Subió las escaleras con dificultad, temblando, mientras se acercaba a la puerta, listo para tocar. Fue entonces cuando lo sintió, algo que se puso delante de su pié, algo blando, que se encontraba sobre el suelo, justo frente al portal. Eudes bajo la cabeza: La imagen de un hombre aparentemente joven, divium, de rasgos poco distinguibles en ese momento se posó en su mirada. Este se hallaba tirado entre la nieve y la madera, entre la perdición y la salvación, echado a morir mientras el frío aumentaba. No parecía haber consciencia alguna en su cuerpo, aunque tampoco parecía estar muerto, próxima a estarlo quizá. Aquello provocó una rápida reacción del caballero, que apenas superó la extrañesa y sorpresa, tomó entre sus brazos al hombre e intentó hablarle.

-¡Oiga!- Gritó, levantandole e intentándole apoyar en su hombro- ¡Vamos, tiene que entrar!- No había respuesta alguna.

Eudes vio la puerta, delante, señal de esperanza.

-Tendremos que entrar, nuevo amigo.

Empujó, y sorprendentemente, esta cedió a la acción del caballero. Eudes, rápido, llevando consigo al joven, entró en la casa, a lo desconocido, confiado y seguro de que todo aquello formaba parte quizá de un destino superior.
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Re: 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]

Mensaje por Niris el Miér Abr 12, 2017 10:37 am

Mi viaje a Phusis había terminado por el momento, aunque nunca le había gustado a mamá la idea, siempre había querido volver para averiguar qué había pasado con mi primer maestro, incluso me había puesto ese brazalete que tanto le molestaba que usara donde como placa para perro se podía leer "Soy Niris y me he extraviado, favor de devolverme a mi propietario, el Dr. Emil, médico de Phusis". No me agradaba la idea de la esclavitud o ser una mascota sin voluntad de alguien más, pero aquel hombre había sido el primero que me había dado un trato amable y aun que en su tiempo no lo entendía del todo, aprendí muchas más cosas de él de lo que en un primer momento le había dado crédito. Una parte de mi tenía esperanzas de encontrarle y esperaba que aquel brazalete y el pequeño collar del cual casi solo quedaba una piedra con apenas brillo rojo, que pudiera apreciar lo que había crecido he incluso que después de todos estos años al fin me pudiera ver como una persona y no solo una mascota consentida, pero las cosas no siempre salían como se planean.

No quería pensar demasiado en lo que había pasado en aquel pueblo, pero mi mente estaba bastante intranquila desde entonces. ¿Realmente todo había terminado para mí en ese lugar? Me  molestaba la duda de si había algo de lo que no me hubiera enterado. Alguien del pueblo conocería algo, quizás un ex-cazador o incluso algún anciano del pueblo. Pero la actividad de cazadores y tratantes de höriges era fuerte e incluso normal. Sentía un gran miedo de perder mi libertad, sentía que gente empezaba a sospechar de mí y no quería arriesgarme y que averiguaran que yo era libre. Trataba de pensar en que aquello no me importaba, concentrarme solo en mis últimos años, pero simplemente no podía quitarme de la cabeza que había algo no estaba bien, ¿Seria la situación de otros como yo? ¿Esperaba encontrar algo de mis verdaderos padres? ¿Simplemente estaba sobre pensando las cosas para imaginarme que algo de eso había tenido sentido?

Creo que lo mejor era salir de aquel lugar, el conseguir provisiones no era difícil al ser un lugar de paso, incluso creo que podría aprovechar mis ahorros para comprarme una de aquellas famosas capas de lana por la cual eran famosos. Hable un poco con una pareja de edad avanzada que solía llevar mercancías preparadas por sus hijos desde Phusis hasta Mirrizback, parecían contentos con la idea de llevar a alguien con quien platicar durante el largo trayecto y unos cuantos cobres nunca sobraban. La verdad no me interesaba demasiado el destino, pero quería una manera relativamente segura y discreta de alejarme de aquel lugar, necesitaba tiempo para pensar e incluso no estaba durmiendo bien. Al menos clima era una buena excusa para destaparme, aunque la señora estaba curiosa por el siempre tener la capucha puesta, aunque cuando podía las sacaba y agitaba a escondidas porque me era incomodo siempre tenerlas ocultas.

Durante el trayecto en las tardes platicaron sobre anécdotas de su juventud, algunas cosas raras que les habían pasado llevando gente, como se habían conocido, problemas en que sus hijos les habían metido. No hablaba demasiado pero era grato escucharles y parecían estar contentos con ello, aunque cuando me preguntaron el motivo de ir hasta Mirrizback, solo se me ocurrió decir que estaba emocionada por ver aquel pueblo nevado en esta época del año. En las noches yo me ofrecía a cuidar mientras ellos dormían mientras que en la mañana yo descansaba entre las pieles, lana y madera que transportaban más por no quedarse sin hacer nada que por hacer dinero.

Estando ya a un par de días de nuestro destino una tormenta de nieve nos había alcanzado, los caballos por muy bien adaptados al frio que estuvieran no soportarían el viaje. La pareja parecía algo extrañada por el cambio ya que al parecer la rodilla del esposo suele doler cuando habrá tormentas, aun así insistían en que no me preocupara y que no era la primera vez que un imprevisto como ese les sucedía. Cambiaron el rombo hacia las montañas Keyback que estaban casi a nuestro lado para buscar alguna  estructura rocosa o caverna donde pudieran esperar que el clima se tranquilizara. Supongo que no habían llegado a su edad por mera suerte ya que sin muchos problemas encontraron una caverna para aguárdesenos. Había algo en la tormenta que me hacía sentir triste pero nostálgica, no podía dejar de ver la aullante ventisca cubrirlo todo. La pareja tomo algo de la madera que transportaban para encender un fuego y tomar algunas de las pieles que transportaban para cubrirnos del frio, me decían que por lo repentino sería difícil calcular cuánto duraría la tormenta, quizá unas horas, quizás un par de días, aun me quedaban provisiones para un par de días más y sin nada más que hacer dormimos en la caverna.

Abrí los ojos para encontrarme con un cielo gris obscuro, pero parecían ser nubes de tormenta y me animaba ver pradera llena de  una gruesa capa de nieve que cubría todo como una lisa manta sobre una cama. No pude resistirme y rodé en la nieve así como saltar en ella para sentir como me hundía en ella, la sensación era extraña. Me sentí observada y en la rama de un solitario árbol vi un cuervo de plumaje rojizo que me observaba fijamente. Entonces recordé que venía con alguien, mire a mi alrededor pero no había señales de nadie, debía de encontrarles ¿Por qué no me había preguntado el motivo por el cual estaba sola? Entonces el cuervo emprendió el vuelo y sin otra idea decidí seguirle.

Había pasado poco tiempo pero para mi sorpresa había un pequeño pueblo frente a mí, el cuervo se había posado en una casa cercana pero antes de decir algo abrió su pico, pero en lugar un graznido solo había una voz molesta -¡Recuerda!- Un suplo de viento helado me golpeo haciendo que cerrara los ojos y al abrirlos el cuervo ya no estaba. Empecé a sentir mucho frió y entre a una de las casas que tenía la puerta abierta esperando obtener refugio, cada vez estaba más segura de que algo malo estaba sucediendo, el techo del lugar estaba lleno de agujeros mientras que el techo estaba lleno de vidrio, avance con precaución en la casa y pronto mi vista se encontró con lo que parecía una pareja llena de color rojo, atravesada por cristal.

Tenía que correr de aquella casa, salte y corrí lo más rápido que pude hasta llegar afuera, estaba por marcharme de aquella trampa de muerte cuando me pareció ver a la distancia a alguien caminando entre las casas. Sentí una necesidad de advertirle que el lugar era peligroso. Salte en su dirección pero entonces el cielo sobre nosotros se rompió con un gran estruendo, frente a mi callo un gran trozo de espejo y di un salto hacia atrás cuando vi que mi apariencia era la de un pequeño conejo blanco de ojos celestes... entonces el resto del cristal descendió atravesándome.


Abrí los ojos a mitad de mis gritos y chillidos para encontrarme a mitad de una tormenta. Mi cuerpo dolía como si colmillos hubieran atravesado y masticado con saña, pero casi con miedo observe mi cuerpo y parecía que todo estaba bien, mis manos casi indistinguibles de los de un humano estaban protegidas por guantes, aquel abrigo que tenía me protegía algo del frio, pero mis orejas eran violentamente movidas por el viento. Podía escuchar entre la nieve unos gritos de la pareja llamándome, normalmente no caminaba dormida pero parecía que había escogido un pésimo momento para hacerlo. Empecé a acercarme hacia ellos mientras me ponía la capucha de mi capa hasta que la voz de la señora dijo algo que me paralizara por un momento "¡Conejita, regresa!". Me lleno un sentimiento de enojo y miedo, aún estaba muy agitada por el raro sueño y sin pensarlo nada corrí hacia las montañas.

Aquel frio dolía en el cuerpo pero cada que cerraba los ojos tenia visiones de aquellos cristales atravesándome. No pare de correr hasta que me canse y mi respiración se encontraba agitada, me cubrí lo mejor que pude haciéndome bolita mientras trataba de recuperar el aliento y trataba de pensar en lo que sucedía. Volví a sentir culpa por abandonar a aquellas personas, no habían mostrado malas intenciones conmigo pero una parte de mi temían que quisieran entregarme, tal vez incluso que lo hubieran sabido desde el principio... no, esa era una idea tonta. Me levante ya un poco más "despierta", pero cuando observe a mi alrededor no podía ver ni si quiera mis propias pisadas en la rugiente nieve.

Por un momento se me ocurrió usar mis manos para cavar en la tierra pero probablemente mis manos se congelarían antes de poder hacer algo que me protegiera, solo me quedaba buscar algún otro refugio ya que no esperaba poder encontrar con este tiempo a aquella pareja. -Lo siento.- Entonces algo llamo mi atención, parecía un brillo, poco a poco me fui acercando con el cuerpo cada vez más entumido para terminar de ver una enorme cabaña que parecía estar siendo devorada por la nieve y cuya puerta se encontraba entre abierta, me acomode mi capucha para que no pasara otro accidente, procediendo a entrar y cerrar la puerta tras de sí con algo de dificultad. Al girarme vi que otras cinco personas, una de las cuales parecía herida, que parecían haber estado en la tormenta, en silencio les observen mientras esperaba que el dueño se presentara esperando que no me echara, o peor, que intentara retenerme contra mi voluntad.
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Re: 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]

Mensaje por Señorita X el Vie Abr 14, 2017 9:48 pm

OFF De momento, no voy a exigir que sigáis los turnos tal cual, así que podréis postear en cuanto gustéis o podáis, sin esperar al que se suponga que toque. Pero sí se respetará que el usuario que haya escrito antes, ha tenido los sucesos antes.

ON

A la entrada de Suwan, encuentra frente a sí una sala hecha en madera, tanto en techo, como en paredes y suelo, espaciosa con varias puertas. Al fondo a cada lado de una puerta grande de doble hoja hay un cuadro en la pared de un caballo cabalgando sobre un charco, salpicándole el agua en la cara, y otro de un zorro echado sobre la hierba. En el lado derecho hay 2 puertas, Esta estancia, aparte de los cuadros, solo está llena por una alfombra verde oscura gastada. Y un fuerte olor a humedad llena la estancia.

Hay un suave olor a leña que proviene de la puerta grande del fondo.

Una vez que Su entra en la sala, la puerta se vuelve imposible de abrir por su parte, por lo que no puede retroceder.

Y lo mismo sucede cada vez que entra cualquier otro, aunque no sean conscientes de ello.


Para el siguiente post os haré un pequeño diagrama con las estancias de la casa una vez las descubráis todas.

Evidentemente, no os gustará un pelo encontrar que no podeis escapar de la casa así a priori,  lo que os obligará a buscar medidas alternativas para salir de allí.


EDIT:

En la habitación de enfrente, la de las 2 puertas, se puede encontrar al fondo  el salón de la casa. Al frente hay una pared con una cabeza de ciervo colgada como trofeo, sobre unas estanterias con libros a lo largo de esa pared. Hacia la izquierda la habitación tuerce hacia atrás, y si avanzas para verlo, verás que está la chimenea encendida, frente a la cual hay dos sillones de aspecto cómodo, bordados con terciopelo.

Hay también un cuadro sobre la chimenea, así como una mesita de café entre los sillones, con una taza que en su momento tuvo café, y ahora sólo tiene un fondo un poco pegajoso.

OFF

En este post es importante preguntarme acerca de a dónde os queréis dirigir y qué quereis ver.



Última edición por Señorita X el Dom Abr 30, 2017 1:31 pm, editado 1 vez
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Re: 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]

Mensaje por Niris el Dom Abr 23, 2017 4:44 am

Se produjo un silencio incomodo en cuanto cerré la puerta y veía a ese grupo de extraños, casi pego un salto cuando los veo y nadie decía nada por lo que me imagine que ninguno de ellos era el dueño de la casa. Tenía que pensar algo rápido antes de terminar de meterme en un problema peor del que acababa de salir, el lugar se veía algo polvoriento y el ambiente despedía un notable olor a humedad, había una persona cubierta por una gruesa capa, una mujer con un traje y sombrero de un estilo muy extraño mientras otra parecía vestida para el verano ¿El tipo tirado en el suelo tenia alas de paloma en la espalda? Me daban ganas de ayudarle pero aquel sujeto con armadura simplemente significaban problemas, después de todo nadie va con un arma y armadura como esas si no espera pelear. Entonces se me ocurrió una idea para evitarlos, al menos por el momento.

Me temblaba el cuerpo de frió, mi expresión sin duda reflejaba miedo y una parte de mí solo quería estar sola y llorar por la forma tan tonta como me había revelado a los ancianos, no era algo que deseaba repetir. Respire profundo antes de que alguien más hablara y arruinara mi idea. -¡¿Que hacen en ustedes en casa de mi tío?! ¡Si los ve se molestara mucho! Sera mejor que se marchen.- Mi voz sonaba asustada, no podía evitarlo, pero como debía reaccionar alguien ante un montón de extraños que se meten a "tu casa" ¿no? Trate de abrir la puerta para indicarles que se fueran... pero la puerta no habría, la jale y le moví medio desesperada pero la cosa no cedía, eso solo me ponia más nerviosa. -¡Esta cosa se atoro!... otra vez.- Parecía que alguien estaba por hablar así que rápidamente atravesé de la sala tratando de evitar la mirada de los demás. -Su...Supongo que es mejor que se queden por la tormenta... si..., atiendan a su amigo y yo buscare a mi tío, ¡Solo no nos molesten!- Abrí las puertas para cerrarlas fuertemente detrás de mí, exhalar de alivio por un momento y apoyarme contra las puertas deslizándome lentamente hasta llegar al suelo.

Intentaba calmarme, mi corazón dolía de lo rápido que latía, casi como si quisiera salir de mi pecho y esconderse para jamás ser encontrado. Me era difícil asimilar como había terminado de una cueva a este lugar, aun que tenía que admitirlo, de varias casas a las que me he metido sin permiso, esta sin duda era la más grande, lástima que no estaba vacía. Gire la vista a mí alrededor mientras me levantaba del suelo y veía lo que parecía ser un amplio salón, aunque no me gustaba del todo la decoración con animales cercenados. Supongo que era hora de buscar un escondite.

Me quite la capucha que cubría mis orejas, estas estaban heladas aunque la capa había les había protegido un poco. Las moví un poco mientras trataba de escuchar a mí alrededor y un sonido más allá del viento aullante llamo mi atención, era un sonido de crepitar que provenía de un pasillo a la izquierda del salón. Eso significaba que había más personas adentro... pero también me estaba congelando, de todas formas no sabía si moviéndome en la casa encontraría al dueño, pero la promesa de fuego era muy tentadora. Volví a ocultar mis orejas en la capa para luego dirigirme lentamente hasta el origen de ese crepitar.

El pasillo daba vuelta hacia la derecha y encontré una chimenea encendida donde veía dos sillones que parecían bastante mullidos. -¿Hola?- Me acerque por en medio de los sillones esperando ver a alguien frente al fuego, pero al estar frente a una mesita y vi que los sillones estaban vacíos. Aquello era sin duda sospechoso, pero me preocupaba mas que me estaba muriendo de frió, me quite mi morral lanzandolo al suelo junto con mis zapatillas para luego acercar los pies al fuego. Una vez que entre un poco en calor me dirigí a uno de esos mullidos muebles para sentarme y poner mis pies encima, me cubrí con mi capa y abrace mis piernas olvidándome por un momento de todo lo que había sucedido. No pude evitar bostezar un poco y empezar a sentir mucho sueño.
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Re: 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]

Mensaje por Arete el Dom Abr 23, 2017 8:36 pm

Cuando entré en la casa, había un grupo de personas ya dentro, me encontré que me miraban, supongo con curiosidad. Había un hombre con alas en el suelo, un caballero con unas armas de apariencia peligrosa, había un sujeto de apariencia desconocida totalmente cubierto por una capa, y una mujer vestida con un sombrero y con traje. En ese momento me pareció elegante. Pero el hombre con alas era mi mayor preocupación. Aunque estaba tumbado en el suelo, si tenía alas de pájaro significaba que volaba, y eso no me gustaba ni un pelo.

Así que sin decir una palabra, me acerqué a ellos, pero con mucho cuidado, sin movimientos bruscos. El ambiente olía a humedad y a tensión. En algún lugar de la casa debía haber moho, ya que en el aire se notaba un ligero toque agrio.

De repente, la puerta se abrió de golpe, y entró una mujer, con la cabeza cubierta por una capucha de la que caía una capa. Nos dijo que esa era la casa de su tío y nos pidió que nos fuéramos. Su voz sonaba asustada, pero a la vez era dulce. La verdad es que no quería quedarme mucho tiempo allí, solo quería volver a notar los pies para seguir mi camino. La nieve realmente no me preocupaba pero el descenso demasiado pronunciado de la temperatura sí que era un riesgo que prefería no correr. ¡Aún quería todos los dedos de mis pies! La muchacha intentó abrir la puerta para que nos fuéramos, pero se encontró que no se podía abrir. En ese momento me quedé paralizada, porque tenía miedo de tener que quedarme mucho tiempo para ver como el hombre con alas volaba libremente por la casa. La chica nos pidió que nos quedáramos allí mientras ella buscaba a su tío, y que sobretodo no los molestáramos.

Atravesó la sala y salió por las puertas del final, abriéndolas y cerrándolas muy rápido. Con los presentes nos miramos. Seguidamente me dirigí a la puerta de entrada. Quedarme encerrada allí no me hacía ninguna gracia. Intenté abrirla con todas mis fuerzas, que no eran muchas, pero nada sucedió. Descansé un momento para volver a intentarlo. Noté la frustración correr por mis venas, danzando juntamente con un miedo irracional. Di un tirón demasiado fuerte lo que hizo que perdiera el equilibrio y me cayera de espaldas. Lancé una maldición al aire, solo esperando que los allí presentes no se preocuparan por mi. Des del suelo, y con un hilo de voz, les dije a los de la sala: -No tengo mucha fuerza, pero yo no puedo abrirla. Lamenté haber entrado en esa casa, aunque solo fuera por supervivencia.

Por cosas obvias, me vieron. Me puse absolutamente roja de la vergüenza y decidí levantarme. Me dolía todo. Un pinzazo de dolor recorrió toda mi espinada. Hice una mueca, puede que demasiado expresiva, y me apoyé en la puerta. Gracias a Dios, nadie podía verme la cara.

Decidí sentarme en suelo, al lado de la puerta, recogí mis piernas en mi pecho, me abracé las rodillas y con las manos, me cogí los pies. De esa forma intenté recuperar el calor corporal y la temperatura necesaria para seguir pensado en como salir de allí. Apoyé mi cabeza hacia atrás, pero unas ganas irrefrenables de llorar me alcanzaron. Pensé en mi madre, en mi pequeño estanque, en mi vida allí, calmada, tranquila. ¿Qué era lo que me había hecho irme? En ese momento no quería acordarme, así que bajé la cabeza hacia mis rodillas y dejé ir unas lágrimas saladas a través de mi rostro.

Quería ver toda la casa, en algún lugar olía a leña, pero no tenía fuerzas suficientes para moverme. Así que me quedé allí, con la cabeza agachada, al lado de la puerta que durante un momento supuso mi salvación.
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Re: 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]

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