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Sudor y Veneno

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Sudor y Veneno

Mensaje por Skurk Äsping el Mar Mayo 02, 2017 8:51 pm

El sol salía, y transcurridas dos horas de haber pegado los ojos, escuché una voz retumbante afuera de la celda, acompañada por un campaneo que aturdía mi alma.
 
Todos vosotros, lastres viejos, salid. Hoy os toca excavar.
 
¿Alguna vez excavaron en arenas? No es divertido. Abrí los ojos con pesar, y nada más levantarme, sentí la resequedad en mi boca. Mis labios estaban cuarteados y no tenía ni siquiera saliva para reponerlos. Fue Salir de la celda y ser amarrado en grilletes y cadenas, todos separados a tres metros el uno del otro, ni más ni menos. Nos equiparon con una pala, y eso fue todo. Utilizaron un cuenco para salpicar algo de agua en nuestras bocas y reponernos lo suficiente para salir a trabajar, y estuvimos horas excavando bajo el sol. La temperatura hacía arder nuestro cuerpo como si tuviéramos fiebre, y no paramos hasta que nuestras manos estuviesen ensangrentadas. Los días de trabajo de campo eran especialmente particulares; los guardias parecían no satisfacerse hasta que hubiese, cuando menos, dos bajas y una pérdida de consciencia. Sucedió como a mitad de tarde. Uno, luego otro, luego dos más. Cayeron así sin más a la arena, dentro de sus propias cuencas. Estaban probablemente muertos, y no recibieron más atención que una patada para comprobar que no se movieran. Los demás estábamos cerca de terminar como aquellos. Para nuestra suerte, volvieron a pasar con un cuenco a hidratarnos un poco, y la jornada terminó. Nunca entendí el punto de las excavaciones en el desierto ni quién las dirigía, pero debíamos obedecer. Entre gritos, nos condujeron nuevamente a nuestras celdas, donde nos encerraron y pasaron algún potaje que olía (y sabía) a desperdicios de camello. Fuese lo que fuese, era comida, y nos mantenía con vida de alguna manera.
 
Para nuestra suerte o desgracia, nos dejaron descansar un par de horas más, y eso pintaba muy mal. Se nos dejaba descansar por pocas razones; O porque algún burgués necesitaba esclavos, o porque estábamos de turno para la arena. Aquella tarde, fue lo segundo. Me desperté, nuevamente, con un ensordecedor sonido. Ésta vez fue un hombre alto y fornido con una armadura de cuero.
 
Eh, tú, flacucho. —Se acercó un poco más— ¡Negro, despierta!
 
Al momento de incorporarme, me jaló del brazo y me arrastró fuera de la celda hasta la sala de armas. Había un par de soldados más, y algunos esclavos vistiéndose.
 
Tú eras el de las dagas, ¿No? —dijo con su voz ronca y gruesa mientras se acercaba al pedestal de las armas cortas. Me arrojó un par de cuchillas, las cuales atajé en el aire. Me mantuve callado mientras las blandía a cada lado, balanceándola—. Prepárate para morir hoy, vas contra una bestia. Ponte tu armadura.
 
De todos, aquél era soldado que mejor me caía. Era menos brusco que los demás, y sin lugar a dudas, menos gritón. Me señaló el lugar de las armaduras como si no hubiese ido ya un centenar de veces, y se paró junto a la entrada, con brazos cruzados y mirada expectante, apurándome con los ojos. Titubeé al caminar, si era tan seguro que terminaría muerto, no habría motivo para armarme bien. Como fuere, tomé una cota, canilleras y un casco de cuero. No brindarían demasiada protección, pero era lo que mejor me quedaba. Enfundé las dagas en un cinto y me lo coloqué. Di una mirada larga al soldado.
 
Vamos, muere con dignidad —Me miró de arriba abajo—. Es lo único que te queda.
 
Suspiré profundo y me acerqué al soldado, quien me condujo ahora hasta las celdas de la arena, donde los combatientes esperaban su turno de pelear. Allí había visto a un par de humanos más, un elfo y dos diviums. Uno de ellos tenía las alas cercenadas, y había una enorme cicatriz donde debían estar. Sentí lástima por él.
 
Tu turno —Me gritó una voz en el oído, y esta vez no era aquél soldado. Era un hombre gordo de voz chillona que me tomó de los hombros y me empujó hasta la arena, donde la luna y las antorchas iluminaban la plaza.
 
Al otro lado, salía una bestia convulsionando desde la puerta. Era un animal de más de tres metros de altura, y mi esperanza se derrumbó cuando terminó de salir, pues era una serpiente cuya longitud no podía definir. Tenía poderosos brazos escamados y ojos amarillos llenos de ira. Su cuello era adornado por una capucha, y mostraba los colmillos, amenazante. Poseía zarpas en vez de manos, por algún motivo. Terminó de adentrarse a la arena arrastrándose, clavando sus garras en el suelo e impulsándose con ellas, echando pestes en algún idioma extraño. Era demasiado grande, pero era torpe. Di un par de pasos adelante, y aquella cosa aceleró.
Se alzó por completo, y calculé unos cinco metros, y solo era un tercio de su cuerpo. Aproveché su posición alargada para correr, sabía que no haría mucho mientras no estuviese tocando tierra. La ilusión no duró mucho, dejó caer su vientre con toda la fuerza, levantando una gran cantidad de polvo, y quedó a menos de tres metros de mí. Se arrastró una vez más y saltó para agarrarme, pero no tuvo éxito, di un salto y rodé en la tierra. Desenfundé una de las dagas. Corrí un poco más y pude hacer un corte pequeño en su cola, la cual me asestó un latigazo que me mandó un par de metros atrás. Él se enroscó, y supe que venía lo difícil. La arena no era precisamente amplia aquí, y por como estaba, casi podría llegar a cualquier punto de ella. Atacó una vez con sus colmillos, pero calculó mal la distancia y se estampó contra el suelo. Di un golpe en su cabeza con el mango de mi daga mientras se recuperaba. Atacó una vez más, esta vez con sus manos, logró agarrarme y me atrajo hacia él. Se enroscó a mi alrededor, dejando solo mi pecho y brazo izquierdo disponibles. Atacó directamente con su boca, puesto que sus manos estaban ocupadas agarrando mi estómago. Atravesé mi mano en el trayecto, colocándola entre los dos colmillos y agradeciendo a la vida que haya quedado ahí. Bajé el brazo flexionado con fuerza, y di un codazo en sus fauces inferiores, provocando que se descuadraran. La distracción hizo que sus brazos soltaran mi torso para tomarse la boca, pero aún atrapaba mis piernas y cintura.  Abrió su boca luego de encajar la mandíbula y fue directo a utilizarme de merienda. Era impresionante cómo cabía en su boca por completo. Al entrar en ella, sentí un puñal en la espalda y alcé la mano con la daga, atravesando lo que probablemente era su paladar y, con él, su cráneo. Sentí el peso muerto de la criatura y el dolor punzante en la espalda baja. Todo estaba oscuro, viscoso y con olor a rata muerta. Comencé a sudar y perdí toda la fuerza, me vi incapaz de mover la cabeza de la criatura. Pocos segundos después, convulsiones violentas siguieron al sudor, y caí inconsciente.
 
Alguien había removido a la criatura y se había encargado de tirarme en alguna parte, porque desperté con un sol abrasador, pero solo veía un hoyo a metros de distancia. No había nadie, no había por dónde escalar. No había salientes y las paredes estaban húmedas y resbaladizas. Escuché una voz familiar venir desde la superficie.
 
Eh, flaco, de la que te has salvado —rió. ¿Por qué demonios está riendo aquél bastardo? Lanzó una soga que me cayó en la cara, haciendo que terminara de incorporarme. Me agarré con fuerza a ella y trepé hasta alcanzar al soldado. Era aquél que me había advertido de mi muerte. Curioso. No sabíamos si te transformarías, así que te dejamos aquí por si acaso.
 
¿T-transformarme? —tartamudeé.
 
Sí, fuiste mordido por aquella cosa, y la maldición es contagiosa.
 

Sentí un mareo extraño y pensé que me desmayaría nuevamente. El soldado me sujetó por el hombro y me dio algo de agua. Más de lo usual, y eso me extrañaba, pero no me quejaría. No estaba seguro de qué esperar ahora. Me dio una palmada en el hombro, que sentí que me desencajaba de mi cuerpo, y me dio permiso de irme a mi celda. Me sentía raro, como si la sangre me corriera más espesa. Al entrar, el resto de los esclavos me veía raro, como si hubiesen obviado mi muerte. Lo cierto era, que una muerte al menos aliviaría mi vida.


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Re: Sudor y Veneno

Mensaje por Skurk Äsping el Jue Mayo 04, 2017 7:24 am

Por algún extraño motivo, asumí que si la maldición no me atacó aquella noche, ya no lo haría. Los guardas asumieron lo mismo, y de no ser por mi repentina disminución en la vista y que mis pupilas se hicieron verticales, hubiese pasado liso. Al día siguiente, al despertar, se dieron cuenta del cambio.  

Así que sí te contagió —Era aquél guardia otra vez, y me pregunté cuál era su problema conmigo—. Sufrirás —dijo con malicia, y se encogió de hombros.

Detrás de él, entraron dos guardias más. Me levantaron a la fuerza y me arrastraron a la sala de entrenamiento.  

Vamos, cambia.

¿Eh?

Sentí una patada en la costilla, seguida de otro grito.

¡Cambia!

¡No sé de qué me hablan!

No gastes nuestro tiempo, basura, ¡Cambia!

Y un golpe en la cara. Intenté arremeter contra ellos, pero era inútil, me superaban con creces en tamaño y fuerza. Me cargaron en el hombro y me lanzaron nuevamente al suelo. Me hicieron seña con las manos para que lo intentara, pero aún no entendía de qué iba el asunto. Intenté huir una vez más, pero recibí otro golpe en el estómago que me tiró al piso, y una patada en la costilla. Un par de patadas más, parecían estarse turnando mientras yo rodaba en el suelo y sentía el regusto a sangre en la boca. Sentía que estaba a pocos golpes de quedar inconsciente, pero los escuché murmurando.

Sabes que no funcionará, Joe.

No perdemos nada con intentar.

Una última patada en la cara me apagó las luces. Abrí los ojos, cegados por el sol y con menos visión que antes, como si hubiera una película blanquecina detrás de ellos que me impidiera ver. No podía moverme, no porque el cuerpo no me respondiera, es que estaba encadenado hasta el cuello. Sentí un escozor en el brazo y humedad corriendo por mis manos. Bajé la mirada, y lo único que realmente podía distinguir era mi brazo con numerosos cortes y la sangre escurriendo. Hice fuerza para moverme, pero era inútil. Sentía el dolor en los brazos y el escozor del sol en la cabeza. Comencé a gritar a todo pulmón. Mientras lo hacía, vertieron un líquido amarillento en mi boca, el cual sabía a sal, a piedra y a quién sabe qué cosa extraña más. Sentía que quemaba mi lengua, pero antes de poder escupirlo, cerraron mi boca y me levantaron la barbilla, obligándolo a escurrirse por mi garganta. Quemaba, ardía y lo sentía corroer mi aparato digestivo.

Juraría que me iba a matar, pero algo sucedió; mi cuerpo comenzó a convulsionar con fuerza suficiente para mover las cadenas. Se agitaba, y sentía ahora que todo escocía, desde mis piernas hasta mi espalda, la cabeza, los pulmones, todo. Mis huesos crujieron y se comenzaron a mover de sus lugares, sentía cómo se descuadraban bajo mi piel y se hacían más flexibles. Sentí mi piel cambiar de textura y tono, escamas salían por todas partes, mis piernas desaparecieron para verse convertidas en una cola larga. Sentí que mi cara se quemaba mientras era reemplazada por una de reptil, y mi cuello se convertía en una capucha de cobra. Las cadenas terminaron por ceder, y caí al suelo con una forma completamente nueva, de la cual lo único que reconocía eran mis brazos, que aunque eran un poco más fornidos, seguían cortados por todas partes y sangrantes. En mi libertad, arremetí contra lo primero que se me atravesó; un guardia que se reía mientras me veía retorcer en el suelo. Enrollé, de alguna instintiva manera, mi cola a su cuerpo y clavé mis nuevos colmillos a su garganta, pero no era suficiente. Quería que sufriera. Sentía ira, mucha ira. Retiré los colmillos y volví a atacar, una y otra vez, clavándolos lo más profundo que podía, desgarrando su piel. Escuchaba sus gritos ahogados por la sangre mientras deformaba su rostro. Luego de que solo se veía sangre bañando al soldado, sentí un pinchazo en la espalda, todo se nubló y caí inconsciente. Mi cuerpo se redujo, convulsionó y pasó a ser el mismo cuerpo pequeño y magullado de un adolescente, pero la transformación no se llevó a cabo por completo. Al despertar, ahora en mi celda, mientras me veían de manera más curiosa que antes, mis brazos se habían vuelto escamosos hasta la espalda, tenía el mismo regusto del veneno que antes habían introducido por mi garganta, y no se iba por mucho que escupiera. Hiperventilé por un momento, mi sangre había cambiado, lo sentía. Uno de mis ojos se tornó amarillo, una observación que hizo un compañero de celda. Y la lengua.

Creo que pude haber pasado por alto el resto de los cambios y viviría plenamente mi miserable vida, pero esto era algo de lo más curioso; mi lengua humana y común había sido reemplazada por una lengua bífida y negruzca de un tamaño asquerosamente inusual, y no sabía cómo cabía en mi boca. Era lisa y viscosa, y casi podía causarme arcadas, de no ser porque, al fin y al cabo, era parte de mi cuerpo. Había perdido por completo el sentido del olfato, o eso creí. Saqué la lengua, la cual parecía agitarse sola. Casi di un respingo hacia atrás al verla, puesto que, si ignoramos la textura y el color, estaba a más de un par de centímetros de mi cara. Al entrar la lengua, mi alrededor se hizo mucho más claro; podía sentir, de alguna manera, al resto de los esclavos, al suelo, los barrotes de la celda y a un soldado que estaba a un par de metros más allá. Era increíble. Asqueroso, pero increíble. Intenté hablar, pero solo pude balbucear un par de palabras y me mordí la lengua en el proceso. Al pronunciar, la lengua se escurría entre los dientes (que parecieron no haber cambiado) y me hacía tropezar las palabras. Pude, luego de un par de intentos fallidos, sincronizar el movimiento de mi mandíbula con el de mi extraña lengua.

¿Qué es esto? —logré articular, y sonaba mucho más suave y melódico, como si estuviera susurrando una canción.

Todo se me hacía muy confuso, e incluso el moverme era raro. Mis huesos ya no estaban fuera de lugar y caminaba como una persona normal, pero me sentía más ligero. Sentía que era capaz de doblarme por completo sin dañarme, pero no lo intentaría. Pasé mis ásperas manos por la piel de mis brazos, la cual eran escamas negras sin más, pero de todo, era lo que menos me desagradaba. Eran lisas y agradables al tacto, y aunque se sentían suaves, estaba seguro de que protegían más que mi piel humana. Pasé un par de veces la manos por las escamas, pues se me hacía muy curioso que tal perfección de la naturaleza fuera parte de mi cuerpo, y estaba seguro de que no me acostumbraría a ello en la vida. Escupí una vez más con la esperanza de que el regusto salado y alcalino en mi boca, pero no sucedió. Me tendría que acostumbrar a aquello. Me tendría que acostumbrar a tantas cosas. Comencé a sacar la lengua periódicamente, a ver si se hacía un hábito, pero no sería tan fácil, lo sabía. Cada vez que la veía, daba un paso hacia atrás instintivamente. Era raro, era muy raro y aún se me hacía muy asqueroso.

Luego de que caí en cuenta en lo que me había convertido, comenzaron otra vez los dolores. Los guardias no se habían tomado la molestia de vendarme aún. Tenía cortadas peligrosamente grandes en ambos antebrazos, aunque bajo las escamas, parecían grietas rojas. Eran ríos de lava en los suelos del abismo, y escocían terriblemente. Un dolor punzante en la espalda baja hizo que me estremeciera y diera un paso adelante. Por si fuera poco, tenía una herida en la espalda, donde me había mordido aquella cosa. Me dolía la cabeza, y tenía la nariz llena de sangre seca, pero no me había dado cuenta de ello hasta que la toqué, puesto que no sabía de dónde provenía exactamente el olor. Ignoré casi por completo la hinchazón del ojo izquierdo, ya pasaría, a eso sí estaba acostumbrado.

Te queda. —Me dijo el divium de las alas arrancadas, que me alegré de ver con vida y me extrañó que ahora estuviese en mi celda. Miré alrededor, y yo era el que estaba mal puesto. Me habían cambiado de celda, y no me explicaba muy bien el motivo. Debí poner cara de confusión, porque de inmediato recibí una respuesta a mi pregunta no aun formulada— Venciste a un Naga, niño. Por milagro o no, eso se reconoce. Toma tu cambio de celda como un ascenso.

Ladeé la cabeza e intenté hablar.

¿Qué significa eso? —pregunté, alargando en demasía las “s”, más o menos el tiempo que me tomaba retraer la lengua del paladar (casi un segundo a este paso).

Que te harán sufrir más. —Sonrió mientras imitaba mi nuevo acento, pero iba en serio, y me di cuenta al mirar alrededor. Había soldados fornidos, antropomorfos de aspecto intimidante, personas con cicatrices en el rostro, orejas cortadas, nada bonito. Tenía miedo, por primera vez en mucho tiempo, realmente tenía miedo.— Tranquilo, te mantendrán vivo un par de semanas, al menos hasta que aprendas a controlar la transformación. Luego de eso, te tirarán nuevamente a la arena. Quizá tengas que matar a alguno de tus compañeros de la celda anterior.

Mi rostro se volvió un verdadero poema. Una mezcla entre tristeza, terror y confusión se dibujó en mi ahora completamente expresiva mirada. Di un par de pasos hacia atrás, el divium me sonrió con lástima, como si de alguna manera no le gustaría que me tocara vivir eso. Tropecé al caminar de espaldas y caí sentado. Me arrastré un poco hasta pegar de la pared, recogí mis piernas y abracé mis rodillas. Muchos voltearon y rieron al verme. El divium les detuvo con una mirada asesina.


—Déjenlo. —ordenó, a lo que ellos callaron. Se acercó a mí y se puso en cuclillas.— Y bien, ¿Sabes para qué sirve tu veneno?

Negué con la cabeza, renuente a hablar. Quería llorar. Sentía que las emociones esta vez estaban todas a flor de piel, y así como quería llorar, en cualquier momento saltaría sobre alguien y le arrancaría la garganta de un mordisco. Resultaba todo tan extraño.


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Re: Sudor y Veneno

Mensaje por Skurk Äsping el Mar Mayo 09, 2017 4:26 am

El caballero divium me presentó la mano para ayudarme a levantar. Suspiré profundo y le correspondí la ayuda, levantándome en un salto, el cual fue mucho más rápido que de costumbre. No había terminado de comprender por qué era amable conmigo, pero tampoco me iba a quejar.


He visto que manejas las dagas. —observó, pero dudé. Ahora no veía casi nada y dudaba poder asestar una puñalada limpia.


Yo, ehm… Sí, supongo, aunque…


Tu vista —asumió antes de que terminara de hablar.


Eso.


¿Qué tipo de veneno tienes?


¿Disculpa?


Veneno, veneno —Abrió la boca y se señaló los colmillos mientras hacía una extraña parodia gutural de lo que era una serpiente, aunque los de él no eran más que simples dientes humanos.


Imité un poco su acción, pero aunque mis colmillos no eran ofidios, sabía a qué se refería. Así que ese era el sabor incesante de mi boca.


N-no sé


Vamos, llegaste acá manchado de sangre, ¿me dirás que no lo probaste en nadie?


Negué con la cabeza. Él gruñó.


Pues, la próxima vez que te lleven a entrenamiento —Se acercó a mí para susurrarme—, los muerdes directo en el cuello. —Asentí con nerviosismo, me dio una palmada en el brazo que sentí que me retumbó en todo el cuerpo.— Ahora, debes vendarte los brazos antes de que mueras desangrado.


Asentí una vez más, me di la vuelta y me presioné contra los barrotes de la celda, mostrando los brazos cortados. Le silbé a uno de los guardias, el cual volteó los ojos con desdén, descolgó un manojo de llaves de su cinturón y se aproximó a la prisión.


Debería dejarte morir.


Siseé en un tono amenazante. No sabía cómo ni de dónde había salido aquello, pero el humano se limitó a fruncir el ceño y abrir la celda, y no me dejó poner un pie fuera sin antes esposarme las manos. Me arrastró con cadenas hacia otra sala, la cual parecía más una habitación de torturas que una enfermería, y me lanzó sobre un banco.


Así que te han puesto a jugar con los niños grandes. —dijo una dama humana mientras se acercaba a mí con una bandeja llena de vendas, un cuenco con agua, una vela, una aguja e hilos. No pintaba bien.


Eh, supongo.


Se sentó a mi lado y dejó la bandeja sobre una mesa. Tomó una de las vendas y la empapó en agua. Limpió el brazo mientras continuaba hablando.


Han sido ellos, ¿Cierto?


Asentí sin muchos ánimos de explicar nada, por no mencionar que el brazo ardía como el infierno cada vez que pasaba el bendito trapo. Cuando el brazo estuvo libre de sangre, tomó la aguja. ¿Cómo se suponía que iba a coser la piel escamada? Pasó la aguja por el fuego de la vela y la acercó a mi piel.


Dolerá un poco, la piel no ayuda. —Pues, sí podía, y lo hizo. Atravesó la aguja entre las escamas e hizo la primera sutura.


Auch.


Puedes morder un trozo de tela, si quieres. —negué con la cabeza y le indiqué que prosiguiera. Suturó por completo la herida más grave.— Las demás sanarán solas. Déjame ver el otro brazo. —Lo extendí hasta ella. Tomó otra venda, la empapó en agua e hizo lo mismo que con el primero; la pasó varias veces con parsimonia, llevándose toda la sangre seca y la que estaba brotando también. Arrugué la cara.— Tranquilo, falta poco. —Dejó la otra venda en la bandeja y tomó unas limpias. Esta vez, las utilizó para rodearme los brazos, con cuidado de no apretar demasiado.— Bien, las deberás conservar por un par de días.


Tomó otra vez la venda ensangrentada y comenzó a dar golpecitos suaves en la ceja, labios y nariz, donde también brotaba la sangre. Cuando terminó de limpiarla, sonrió.


Tuviste suerte. El chico que mataste, el otro hijo de la luna blanca —parecía que todo mundo se había enterado—, lo torturaron por tres días, y su transformación no apareció hasta la noche de Kring.


Me estremecí. Quedaba bastante claro que era mejor cooperar. Sonreí de regreso para agradecer al mismo tiempo que el guardia agitaba las cadenas para apurarme. Pasamos por delante de la celda, seguimos de largo y me llevó hasta la cámara de entrenamientos. ¿Otra vez? Me empujó contra un objetivo de paja y soltó las cadenas.


No te moverás de aquí hasta que tus puños sangren.


¿Eh?


Comienza —ordenó, y de alguna parte, una fusta golpeó mi espalda. Ardía. Me incorporé un par de pasos atrás y comencé a golpear al objetivo una y otra vez, aunque no había demasiada fuerza en los golpes. Lo hacía casi sistemáticamente; izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha. Pero aquello no era suficiente.


Cambia —gritó uno detrás de mí.


No sé hacerlo —dije, y recibí otro fustazo en la espalda, un poco más arriba que el anterior, por fortuna—. No sé hacerlo —gruñí una vez más, esta vez con dolor en mi voz. En algún momento, habían reemplazado la fusta por un látigo, y sentía cómo este laceraba la piel de la espalda y brazos con su sonido irritante. Aquél golpe me había mandado directo contra el objetivo, del cual me sostuve para no caer.


Cambia —repitió. ¿Qué se supone que haga? ¿Conectarme con mi “bestia interior”?o utilizaremos el otro látigo.


Me estremecí. Resultaba, de experiencias anteriores, que el “otro látigo” era un azote de múltiples puntas, y en cada una de ellas, había algún tipo de huesecillo afilado. Aquello lo utilizaban más como tortura que como control, o cuando un esclavo ya no servía, lo flagelaban hasta arrancarle la piel y que muriera desangrado. O de dolor, lo que pasase luego. Sentí el corte del instrumento nuevamente, y, quizá por fortuna, hubo una oleada de ira que subió hasta mi cabeza. No estaba consciente de que en la ira también había dolor hasta ese momento, porque durante el proceso de transformación, sentía el movimiento de cada hueso de mi cuerpo, el escozor interno producido por el cambio hacía que los latigazos parecieran caricias. Sentía el cerebro caliente y a punto de explotar cuando produje un gruñido medio gutural, medio siseante, en amenaza al que portaba el látigo. Instintivamente, fui a atacarle, pero fue inútil. Antes de poner mis manos sobre su frágil cuello humano, una barrera de quién-sabe-qué brujería extraña bloqueó mi paso. Eran contados los magos en la arena, y no estaba esperando que uno de ellos fuese un guardia, con lo tontos que son. La barrera se convirtió en una cúpula que comenzó a achicarse hasta dejarme con apenas espacio para respirar. La ira amainó, pero el cambio no desapareció. Les estaba dando lo que querían.


Al objetivo.


Volví a gruñir mientras la cúpula se ensanchaba y dejaba el espacio justo para atacar. Lo golpeé nuevamente, esta vez con mucha más fuerza. Golpe tras golpe, me iba acostumbrando a la nueva forma. Desaparecieron la cúpula, me planté frente a uno de ellos, y apenas había reparado en mi nuevo tamaño; era casi del mismo tamaño del guardia, cuando antes le daba a menos del pecho. Podría acostumbrarme a esto.


Morirás si sales a la arena… Quizá podamos tirarte en el campo un rato.



“El campo”, aquello sonaba más interesante. No difería demasiado de la arena, puesto que era igual un círculo lleno de gravilla en el que te lanzaban a luchar por tu vida. Pero el campo carecía de gradas, nadie podía ver tu dolor, y lo más importante; no batallabas contra alguien. Por lo general eran animales del desierto, criaturas que si bien eran agresivas, no darían demasiada lucha. El campo era para los pequeños que no sabían luchar, o para, una vez más, aquellos demasiado moribundos para seguir. En ese caso, servían de comida a los monstruos. Me apuntaron con alabardas y me guiaron hacia aquél lugar como si no lo conociera de antemano. Aún me acostumbraba a aquella extraña manera de moverme, sentía que todo el cuerpo andaba al ritmo de la tierra, y casi me producía grima el cómo la piel se deslizaba por la tierra como si hubiese una capa de aire de por medio. Tan pronto abrieron la puerta, frente a mí se paraba mi contrincante; un jabalí salvaje que sería casi de mi estatura humana, cuyos colmillos sobresalían de su boca y estaban tan afilados que podrían empalar a alguien sin mucho forcejeo. Por algún motivo, sentí hambre, la boca me salivaba, y tenía ganas de matar.


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Re: Sudor y Veneno

Mensaje por Skurk Äsping el Dom Jun 18, 2017 6:21 am

Provecho —me dijo alguien a mis espaldas justo antes de cerrar la puerta. El solo pensar lo que quería decir, me producía arcadas. O al menos lo hacía con mi parte humana. Había algo en mí que me estaba impulsando a andar adelante.

Avanzaba con tanta facilidad que pareciera que estuviera levitando justo al margen del suelo. Mi piel serpenteaba sobre la gravilla y apenas sentía las pequeñas piedras rozar las escamas. El cerdo estaba frenado frente a mí, con la mirada perdida en mis ojos. Aquello era extraño. No se movía, pese a su posición amenazante, allí estaba, paralizado. Así quedó hasta que abrí mis fauces y mostré los colmillos afilados y peligrosos. Emitió un chillido y corrió ciegamente a embestir, pero su fuerza no le permitiría voltear, así que me resumí a hacerme a un lado. Siguió de largo, y para cuando se volteaba, yo ya estaba frente a él, amarrándolo con mi cuerpo como si fuera una soga hecha de músculo. Chilló. No estaba consciente de mis actos. Mi cuerpo se estaba moviendo solo. No como si estuviese poseído, sino como si fuera una respuesta mecánica. Como respirar o estornudar. Así de sencillo había respondido mi nueva forma ante una presa fresca, y no supe exactamente qué pasó hasta el momento en que mis colmillos estaban enterrados en el animal. Volvió a chillar con fuerza, con desesperación, y se fue apagando. Poco a poco, el chillido se volvió mudo. Tenía aún el hocico y los ojos abiertos, y sus músculos estaban tensos. No estaba muerto.

Recordé lo que dijo el divium; Veneno. Así que eso era. El Jabalí no estaba muerto, pero no se movía… estaba… ¿Paralizado? Aquello sí que era curioso, y no me molestaba probarlo en otras criaturas.

Lo que sí había comenzado a molestarme era el hecho de que la mordida pasó a más. Mi mandíbula estaba desencajada, sabía lo que venía y no me podía controlar. Tenía una mezcla de asco y hambre. Pasó excesivamente rápido. El jabalí escurrió por mi garganta con una facilidad espeluznante, y luego comenzó a pasar por mi tracto digestivo. Me sentía pesado, muy pesado, y caí. Temí por un momento haberme envenenado a  mí mismo, pero no. Aquello era algo que nunca había experimentado; estaba saciado. Por primera vez en mi corta vida, sabía lo que era un estómago realmente lleno. No me importaba si entraría alguien al campo a sacarme arrastrado, yo ya estaba feliz.

¿Feliz? Acababa de engullir a un jabalí vivo entero.

¿Cómo demonios estaba feliz?

¿Qué diantres hizo esa cosa conmigo?


Última edición por Skurk Äsping el Sáb Ago 05, 2017 10:06 am, editado 1 vez


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Re: Sudor y Veneno

Mensaje por Skurk Äsping el Mar Jun 20, 2017 7:34 am

Vaya luctuosa oscuridad que me aqueja. Qué patético es el ser, y aún más, el no ser.
No hay identidad que me defina, pues nunca he sido nadie.
No hay un rostro al cual reconocerme, pues está tergiversado.
No hay un alma que robar, porque estoy maldito.
No hay más que el existir en esta tierra,
Y ni de eso me puedo apropiar,
Porque todo lo que soy se resume a esta oscuridad,
A este insulso ser
Que nunca fue

En algún momento debí caer inconsciente, porque cuando la luz entró por mis ojos, estaba en la celda. Aquél divium de ojos azules me miraba expectante, como si esperaba que estuviera vivo. Aquello jamás me había sucedido. Parpadeé un par de veces y me intenté levantar. Me dolía el cuerpo como si me hubiesen dado una paliza. Me sentía pesado. Terriblemente pesado. ¿Y cómo no iba a sentirme así? ¡Aquél festín era digno de reyes!

¿Festín?


Era una criatura viva y entera.


Pero vaya que me ha saciado el hambre.


Sigo sin comprender qué me sucede.

El regusto sanguinolento seguía en mi paladar, que mezclado con el sabor a veneno era incluso más nauseabundo. Tambaleé un poco, pero logré sentarme contra la pared. Estaba mareado. ¿Qué había sucedido en ese momento? ¿Acaso sería así siempre?

Vaya, estás vivo. —Dijo casi con desdén.

Te sorprende tanto como a mí.

No es como si estuvieras en peligro.

Lo miré con una ceja arqueada. Luego sonreí.

Aún no me has dicho tu nombre.

Me dicen Jazael.

¿Y así te llamas?

Se encogió de hombros y se irguió. Miró para otro lado. Entonces, no era el único que no tenía un nombre al cuál responder.

Jazael.

Por primera vez, incluso con el dolor de mi cuerpo y la horrible sensación nauseabunda, estaba en calma. Podía ver alrededor con tranquilidad. Había cuatro personas en la celda. cuatro guerreros, que de alguna u otra manera, eran lo suficientemente fuertes como para mantenerse aquí. Estaba el divium —Jazael—, cuyas cicatrices en la espalda causaban grima, y contaban que no había perdido sus alas de una manera limpia.

Había un caballero cuya estatura era, cuando menos, dos veces la de Jazael. Su rostro lo cubrían tantas cicatrices que apenas era reconocible, pero casi podía distinguir que era alguna especie de cánido. Estaba cubierto de pelo por completo, y solo se veía la piel en las cicatrices, que no eran pocas. Estaba el humano, que ya lo había visto antes degollar personas con una velocidad increíble, y un elfo que tan pronto tomaba el arco, su enemigo podría darse por muerto.

Y allí estaba yo, en el medio. No era un audaz guerrero, ni un ágil asesino. No era un arquero de puntería impecable, o una bestia de matar. Era un niño. Un joven humano con una maldición que no había escogido, pero que de todas maneras, tampoco era tan "maldición". 

Tampoco me has dicho tu nombre.

No respondí. Nunca tuve un nombre. No era difícil identificarme, era pequeño y escuálido, adjetivos que solían ser suficientes para nombrarme. 

Entiendo. No eres el único.

Se acercó el elfo, imponente, alto, perfilado, orgulloso. Si bien en ese momento no lo sabía, luego lo aprendí; era un ejemplar excelente de su raza. 

Skurk.

Squé?

Skurk. Eres una serpiente, ¿No?

Skurk. —Repetí, asintiendo. Vaya nombre raro.

Era extraño poder apropiarse de un nombre. De un nombre que significara algo. Por primera vez en la vida, tenía algo mío, algo propio que nadie me podía arrebatar. Tenía una identidad, y eso moriría conmigo.


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Re: Sudor y Veneno

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