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Mensaje por Eudes el Sáb Mayo 06, 2017 9:35 pm

-Expectativa.

Esa mañana el sol salió casi únicamente para rasgar como un puñal luminoso los trozos de tormenta que la noche había dejado atrás. Algunas aves cantaron sus trinos al astro borroso e indefinido, oculto como por un velo desgarrado que era en realidad los restos de numerosas nubes de lluvia, ya débiles al haber pasado la cumbre del terrible viento. En Penrir, como cada mañana, los respectivos jornaleros salieron a trabajar, las amas de casa a encargarse de las labores mas domésticas y los niños, si no a ayudar a sus padres en el campo, a jugar de ser caballeros y liderar una escaramuza contra alguna fortaleza remota e imaginaria. Los galopes de los caballos y los perezosos bostezos de las vacas eran el acompañante eterno y asonante del trabajo diario, vuelto ya rutina inquebrantable, y manteniéndose firme en su puesto desde hacía más de 100 años.

Obviamente, para el señor alcalde, esta paz y tranquilidad se hallaba retorcida en un horrible gesto universal de parodia burlona. Era difícil compartirla aquella calma si desde el rayar del alba tenía una preocupación tan letal dándole vueltas y maromas dentro del cráneo.  Tener que salir, lejos de tranquilizarse, parecía ponerlo todavía más nervioso. Dudaba en poder usar los dedos de las manos sin sentir dolor luego de habérselos retorcido hasta el cansancio a modo de sucedáneo a una solución para sus problemas.

Bueno, mirándolo de forma fría y racional, no quedaba otra solución.

Salió de su mansión a paso apresurado. Ordenó a un sirviente buscar a los Espadones, que ya deberían estar listos desde temprano, más un caballo para su propia merced. Si tan malo era, mejor sin duda era terminar con el problema de una buena vez.

5 jinetes embutidos dentro de armaduras llegaron en cuestión de unos 15 minutos. El tiempo, a juicio del alcalde, era inaceptable en todo sentido, pero por ahora y única vez parecía estar dispuesto a dejar pasar semejante crimen contra toda norma de cortesía que se respetara a si misma. Por supuesto, tenía asuntos más importantes, increíblemente.

-Llega mi caballo y partimos. Cerca de la laguna cruzamos a la derecha, al camino viejo- Dijo directa y toscamente, todavía afectado por la falta de sueño- Y rápido, que el tiempo apremia a trabajar.


Coordinados como un reloj mágico, los 5 hombres tomaron de entre fundas que colgaban en uno de los costados de sus corceles largas espadas plateadas, quizá algo macizas, y rápidamente la introdujeron en otra funda que colgaba a sus espaldas, sujeta a los lomos cubiertos. Uno de ellos, luego de realizar este paso de apariencia ritual con sus hermanos, se adelantó un poco haciendo dar a su negro corcel algunos pocos pasos en dirección al todavía a pié alcalde. Era un hombre rojibarbudo, de armadura naranja y mirada fría, que, si bien no miraba con desdén a su superior, tampoco parecía verse reflejada en su mirada alguna pizca de deber o lealtad mas allá de un compromiso cívico.

-¿Que vamos a buscar?- Pregunto secamente al regordete bigotudo.

La voz de el hombre, gruesa y algo rasposa, fue suficiente cosa para atravesar como una flecha la burbuja de abstracción casi absoluta congregada al rededor del funcionario. Este, levantando la mirada, se dio encuentro con la indiferencia de su propio protector, aparentemente inmutable ante la exigencia, pero ocupado en el destino, sin reparar demasiado en la persona de la que manaban las órdenes.

-Vamos a buscar algo- Señaló, ya un poco mas amable, quizá intimidado por el porte de Espadón- Pero quiero seguridad, no estoy confiado. Anden listos para blandir- Ordenó serio, pendiente ya del mozo que emergía del establo y traía un gran y blanco caballo consigo.

El caballero líder asintió de forma mecánica. Al momento, bajó su visera y tomó con una mano las riendas de su caballo. Sus otro 4 compañeros le imitaron.

El alcalde, poco habilidoso, tomaba la similitud de un niño al anhelar subir sobre la silla de su cabalgadura. Esforzado, cansado e innecesarios fueron muchos de los intentos que hizo por sortear la altura y al fin encaramarse, pero, al final, por suerte, el rostro del mozo de cuadra bajo el peso de su bota había bastado para darle el impulso mínimo requerido. Al estar arriba y acomodarse, intentó sujetar las riendas de la bestia en regia imitación de su guardia, pero, traicionado por su propia complexión y ridículamente baja estatura, tan solo había conseguido parecer una caricatura cruel de si mismo y de los caballeros. Por suerte, al no notar nunca ese detalle, su vergüenza fue menor.

-¡Ya, al bosque!- Dijo, agitando las riendas y poniendo en marcha al caballo nieve.

Silenciosos, letales, los Espadones de Penrir se limitaron a imitar el gesto, haciendo avanzar en un trote constante a sus corceles, y posicionándose de forma que el funcionario quedara justo en el centro de la formación. El líder, de armadura como fuego,  iba adelante.

Pasaron por las calles principales, por los negocios y las plazas, viendo como las humildes casas de tejas rojas y los pisos empedrados empezaban a dar lugar a chozas y cabañas conforme más se acercaban al extremo del poblado. Con suerte aquello terminaría pronto, esperaba. No gustaba de que semejantes situaciones se saliesen de su control.

Por los dioses...Las cosas que habrían de verse...Un asesinato en su propio pueblo, bajo las narices de la propia guardia. Si hubiese sido un oso, unos lobos e incluso un ciervo rabioso su nerviosismo hubiese sido menos...Pero por los dioses, cortes de espada...

El señor alcalde Rethis sacudió la cabeza y aceleró el paso de su nívea cabalgadura. Con suerte, esto pasaría desapercibido ante los ojos de Ilius y sus partidarios...Como estaban las cosas, que un asesinato tan terrible ocurriera bajo sus narices era lo que menos necesitaba.

-0-

La fogata estaba apagada ya. Con la luz del sol atravesando los ya casi inexistentes trozos de nube negra en el cielo, el bosque matutino se había teñido des dorados y rojos encendidos que le hacía permanecer en una especie de vivo y exuberante otoño adelantado. De entre las ramas, la luz, como pequeñas gotas de lluvia, caía a tierra y hacia un sucedáneo de estrellas en el suelo; puntos brillantes y pequeños que bañaban a flores y alfombras de puro verdor.

Eudes ya no dormía, no, el rezaba, rezaba por protección antes de re-emprender la marcha, como cualquier caballero que se respete hubiese hecho. Agh...si tan solo su gnomo cerrase la boca.

Las flores se agitaban por la brisa, que, milagrosamente, lograba abrirse paso entre cedros milenarios incapaces ya de ser cortados por cualquier hombre. Todo el bosque cantaba una suave serenata a los oídos del caballero, que, dejándose llevar por el encantamiento, se mecía de un lado a otro mientras se ponía a preparar con su cuchillo un trozo de carne.

<<Ah, pronto comeré>> Dijo para sí, mientras veía lo que quedaba de la carne de conejo entre sus manos.

¿Habría allí, en esa región perdida, algún lugar en donde le necesitasen? Los dioses sabrían, aunque terrible golpe para sí hubiese sido si no. Al final, como caballero, ¿Que era si no eso?, alguien que acude cuando se lo busca, en nombre de la justicia, de la verdad, de la paz y la esperanza. El destino, quizá, ya había preparado algo para sí, y, con suerte, solo tendría que caminar un poco o esperar...y esperar...y esperar...

Algún grito, quizá, le alertaría de alguien en peligro. Con suerte, tendría trabajo aquel día, y definitivamente así lo deseaba....
Eudes
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