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Sobre un camino distante.

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Sobre un camino distante.

Mensaje por Aran Vändraren el Miér Mayo 10, 2017 9:44 pm

La oscuridad lo tragó, y de pronto ya no hubo cielo, camino ni bosque. Se deslizaba.
El terreno en declive lo hizo rodar hacia lo profundo del Storgronne mientras farfullaba, gritaba y blasfemaba a los dioses.

El viaje terminó igual de rápido como comenzó. Sus ojos se acomodaron a la penumbra de la habitación de piedra, su cuerpo magullado reclamó en una docena de sitios; sus brazos, piernas y espalda eran un mapa de raspones y cardenales por igual. Se levantó dolorido y pesaroso, mirando con los ojos entrecerrados hacia la trampa por donde había caído. Arriba un débil punto blanco era la entrada, demasiado lejos, abajo, la luz de un azul sucio iluminaba débilmente a una figura sobre lo que parecía ser un escritorio. No estaba solo.

Oyó el gélido quejido del otro lado de la habitación y se acercó hacia lo que parecía ser una sombra personificada. Las orejas lo acusaban como elfo, las arrugas, el cabello gris y la curvatura de su espalda le imprimían tantos años como el mismo bosque sobre ellos. Era un anciano.

El albino se quedó pasmado por unos segundos al acusar aquella figura. De su mente habían surgido viejos recuerdos… Vio un rey alto, de cabellera plateada y ojos cansinos. Se vio a sí mismo, vestido como príncipe, y entendió que el rey era su padre. Con los ojos desmesurados miró toda su corte, todos parecían tener la misma edad. Todos estaban a punto de morir. Todos estaban viejos.

Me alegra volver a verte. –La voz del anciano al otro lado del escritorio lo devolvió al mundo real como si de un puñetazo se tratara. El albino parpadeó, de pronto el brillante recuerdo se esfumó para dejarlo de nuevo en aquel hoyo bajo la tierra.
¿De qué se trata esto? –Respondió éste con voz severa.
Creí que te habías ido para siempre. –El anciano sonreía mientras hablaba al otro lado del escritorio–. Haces mucho ruido ¿sabes? Mucho, mucho ruido. No querrás despertarlo, ¿verdad?
Aran avanzó impetuoso, tragándose todo el dolor que le producían los hematomas al caminar. El anciano pareció achicarse en su silla de madera a medida que se acercaba.
¿Por qué dices que te alegra verme? –Preguntó azorado por los recuerdos–. ¿Acaso nos conocemos?

El anciano había levantado sus débiles manos en señal de defensa al ver acercarse tan rápido al albino. Su rostro fatigado parecía tratar de explicarse, pero en vez de eso una pequeña sonrisa comenzó aflorar de ellos.
¿Se puede saber dónde has pasado la noche? –le preguntó entonces con aire amable–. ¿En el Foso?
El albino lo miró totalmente extrañado.
¿Cuál foso?
¿No te han hecho daño? –Preguntó impregnando preocupación en su voz.
Me confundes, anciano. –Respondió molesto el albino. Colocó una mano sobre el escritorio, llamado por la madera. Y al tocarla el viejo lanzó un chillido.
¡NOOOO! ¡No la TOQUES!

El albino se alejó un paso más preocupado que asustado. El anciano se había alzado sobre su silla, pero tan rápida como surgió la furia, se dispersó, dejando cansado y lánguido al elfo.
El albino pudo notar que los ropajes que traía el anciano estaban viejos y gastados, al igual que todo en la habitación. Todo estaba deteriorado, exceptuando claro, el escritorio y la gran silla. Se fijó también que la madera de que estaban hechas ambas piezas estaba tan brillante y pulcra comparada con el polvo, la tierra de alrededor, que parecían sacadas de contexto.

¿Qué podemos hacer para celebrar este encuentro? –Le preguntó con aire alegórico el anciano entonces–. Ven, ven. Acércate –dijo levantando las manos hacia él–. Deja que te abrace.
El cambio de humor pilló desprevenido al albino, quien dio otro paso atrás, instintivamente. El anciano borró su sonrisa el suficiente tiempo para tornar su rostro ofendido.
¿Se puede ser dónde ha pasado la noche el señor? –Volvió a preguntar con frialdad.
El albino se quedó en silencio, mirando estupefacto al anciano. ¿Acaso lo conocía de verdad? ¿Era alguien de su corte? Eso era imposible. Improbable.

Entonces, el viejo se puso de pie y se acercó a él con pasitos cortos y renqueantes. Cuando dejó atrás el escritorio, el albino pudo notar que solo llevaba puesta una bota. El anciano parecía fatigado cuando dejó atrás su silla. Se detuvo a descansar, pensó por un momento apoyarse en el escritorio, pero alejó la mano en último momento. Jadeó y miró al albino.

Vaya ahí estás otra vez. –Dijo con voz alegre y esa sonrisa que le había ofrecido hace un momento atrás. Puso una mano a modo de pantalla delante de sus ojos, y miró a todos lados–. Te he estado esperando. Metes mucho ruido. ¿Sabías?

El albino se llevó la mano a la daga.
¡¿De qué acero está hecha?! –Rugió el anciano. La interrogante detuvo la marcha de la mano–. ¿De qué acero está hecha? –Inquirió nuevamente, esta vez con más énfasis. Renqueó lentamente hacia el albino. Este se alejó, ya con algo de miedo.
¿Te conozco? ¿Te debería conocer de algún lado? ¡¿Quién eres?!
¡No grites! ¡¿Acaso lo quieres DESPERTAR?! –El gesto de furia del anciano desapareció para dejar su rostro fatigado–. Te he estado esperando hace mucho –estiró la mano hacia él–. La trampa era la única manera de traerte aquí.
¿Te debería recordar? –El albino ya no sabía qué pensar.
Los demonios somos todos hermanos. Todos rezamos al mismo Señor. –El anciano se golpeó con el índice la sien–. ¿Törsgir nunca te habló de mí? Me dijo que su portador al fín traería paz a nuestra sed.

El albino se quedó impresionado por la información. Cuando recobró el habla, gruñó:
Maldita espada. ¿Qué tienes que ver con esto?
Será mejor que lo mates, Portador. No pierdas el tiempo.
La daga salió al fin de su funda. El albino se valió de ella para mantener alejado al anciano, éste miró primero al acero, y luego su rostro.
Acero normal. –Dijo con una amplia sonrisa.
¿Quién eres? –El albino se comenzó a asustar. Mantuvo su daga alzada.
Empiezo a creerlo –el anciano estaba inmóvil frente a él, en medio de la habitación–. Durante mucho tiempo me he resistido a pensarlo, diciéndome: Fer’arlgond, sé razonable, aún no lo has intentado todo. Y volvía a la lucha. –El anciano se quedó en silencio, parecía concentrado, pensando en algo. Volteó su cabeza hacia la derecha, al escritorio–. Creo que se ha despertado –Se volteó al albino y se impresionó al verlo ahí de pie–. Vaya, ahí estás otra vez.


Rey Vagabundo.

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Aran Vändraren

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