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Conversaciones con la luna

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Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Jue Mayo 11, 2017 9:02 pm

I. Espejismos

Música:


Se podría decir que el atardecer del mundo comenzaba. Aunque no pudiera recordar los colores de un amanecer o un anochecer en las épocas de niñez, sí podía decir que aquellas tonalidades decaídas, viajeras entre el tímido rosa al carmesí del sol, perdiéndose en ese mar azulado que es la bóveda celeste, me resultaba fascinante. La calma, como la opulencia, se respiraban en aquel habitáculo virreinal, muy a la usanza de reyes o reinas de antaño, cuentos de hadas lejanos que nunca había tenido la posibilidad de oír. “Algún día”, me dije, sabiendo que más que conocerlos, simplemente los quería recordar.

Pero aquel día me resultaba encantador ver, asida al barandal dorado de aquella terraza en rococó, como el astro sol se ocultaba tras el mar. La riqueza de Naresh, con sus calles adoquinas, sus casas con balcones, adornados con flores y aromas frutales, de mujeres exóticamente ataviadas y caballeros impolutos, no lograba competir contra la hermosura secreta, casi virginal e inocente, de la naturaleza. Un respiró y exhalación. Eso duró aquella puesta del sol.

-Querida- susurraron a mi espalda. Una voz férrea, aunque con cierta frialdad propia de su buena cuna, me sorprendió mientras una cálida manta cubría mis hombros: -Se hace tarde, ¿qué hacéis a estas horas aguantando el gélido viendo de los manglares? Vamos… entremos.

Y a paso elegante, con la finura de un cuadro barroco, a penas seguidos por la brisa de la tarde, ingresamos a la enorme habitación de luces fugaces, música, danza y derroche.

Ya iba a cumplir la semana de estar allí, y aún no me acostumbraba al cambio. La abundancia de una mesa llena, el vals al son de una orquesta, el vino de reserva, el ambiente de alegría y fiesta. Dentro de aquellas paredes resultaba imposible imaginar un mundo desolado: la vida era para disfrutarse, cercarla con el puño y apretarla para nunca fuera a escapar. Aquellos días de caminatas, de ir sin rumbo por un mundo salvaje, quedaban atrás. Allí, en medio de aquella gente desconocida pero afable, sentía que la vida se mostraba en su mejor cara.

Jamás me había sentido así: especial. Con sirvientes alrededor pendientes de mis movimientos o mi más mínimo deseo. Era solo pensar algún antojo, por insulso que fuera, y se hacía realidad. Sus vidas, aunque felices y prósperas, me pertenecían y la sensación de poder embriagaba los sentidos. Sin embargo, a pesar de la apatía, la vida social se me daba bien: hablar no era problema, nunca lo fue. Me reconocía callada, sí, pero astuta en la plática; bailando me iba medianamente bien: moverse era como entrenar, pero de manera más delicada y armoniosa. Al comienzo no pasé la prueba, pero Él sabía cómo guiarme hacia el éxito. Profesor generoso como paciente, con la sonrisa de aliento a cada fallo, nunca imaginé estar agradecida por aquel encuentro que cambiaba de nuevo el rumbo de mi vida.

Le debía tanto. La danza de salón, con manjares exquisitos y flores aromáticas, distaban mucho de las vacas, el estiércol y los guisantes de Madame Celestina. Ahora, casi como una señora de las Altas Casas de las Nalini, no bajaba de estar ataviada con galas vaporosas, sedas traídas de lejanas tierras, regalos extravagantes de amigos que apenas si recordaba de la noche anterior, y una rutina que variaba conforme el día despertaba. El tiempo de violencia y maltrato quedaba atrás, así como la tristeza o el desespero por sentirme perdida en un mundo demasiado ajeno para entenderlo.

Sin embargo, era en esos cortos segundos en el balcón que lograba salir de aquel sueño de verano y recordaba mi origen y propósito. Y antes de que pudiera razonar, Él volvía a mí, y como un encantador de sueños, un duende o un Grosk, me devolvía al idílico lugar que había construido para mí. Allí, yo estaba incompleta, sí, pero feliz.
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Jue Mayo 11, 2017 9:06 pm

II. Sonrisa afable

-Mañana es un día especial- comentó con aire suficiente y la elegancia innata al tomar uno de los cubiertos de la mesa. Un gran pato horneado se avistaba en el centro, decorado por diversos colores de frutas y verduras que complementaban la cena exquisita: -Llegan los emisarios del sur, con la nueva reglamentación e incluso la Cardenal nos acompañará. Habéis hecho bien al salvar a esos hombres, mi doncella, pues con ello finalmente habéis ganado no sólo el caso sino también el indulto para quedaros, hacer una vida en esta tierra y disfrutar de ella como liberta.

Asentí, mientras uno de los sirvientes acercaba el plato con un pernil; su olor embriaga los sentidos y de inmediato se me abrió el apetito.

-Aún me parece increíble que esos marines os confundieran con pirata. El testimonio de los oficiales de la flota de Narda, e incluso el del mismo Arawn, les ha hundido no sólo en su incompetencia para atrapar a ese Alócer, un piratilla venido a menos, sino por haber ultrajado a una dama, a vos, que luego, demostrando su honra y valía, les ha salvado la vida y traído de vuelta a casa. Esos hombres os deben mucho más que sus pellejos, Amethist, lo que muestra el valor de vuestra alma como ciudadana y como mujer.

Ese era Anthony Waltz. Aunque su nombre casi nunca era pronunciado dentro de las paredes del habitáculo de cristal, yo ya llevaba un tiempo acostumbrada a ese empalago tan propio de su lengua instruida. Hombre inteligente, poderoso, amado por quienes lo conocían y temido por aquellos que sabían cuánto ambicionaba tener más de lo que ya ostentaba. Un hombre de corte, refinado, altivo, con los cabellos dorados cuando lo viera por primera vez en el puerto y luego, por alguna razón, teñidos de oscuro aquellos últimos días de verano.

Siempre había blandido conmigo la misma arma: una sonrisa. Aunque recitara poemas o embelesara a su público con aquella prosa sofisticada, conmigo solo había necesitado sonreír y, por alguna razón, era lo más genuino que en él encontrara. Su carta de presentación. Su sello más fino.

Desde nuestro primer encuentro, recién llegada por la fuerza del agua a las costas de Nanda, con el frío calado en los huesos y la espalda atizada, aún maltrecha, me acogió con esperanza, una que le salía de la nada. Alrededor del escudo de agua venían flotando las vidas de los pocos sobrevivientes del acorazado a cargo del airoso capitán Arawn. La fuga de Alócer era un hecho, y con ella la del demonio que lo acompañaba. Pero aquellos soldados marines de la ciudad portuaria, entrando en sí gracias a la ayuda de los pescadores y curiosos, me rodearon, prestos a poner los grilletes y ajusticiarme a mí, en nombre del ilustre pirata, por los cargos más infames.

Entonces de la nada apareció él y su sonrisa. Quitándose su propia chaqueta me envolvió en la prenda ante la mirada iracunda del líder de los marinos.

-Lord Waltz, pero, ¿qué hace?

-¿A caso ahora un simple capitán tiene el poder de cuestionar a un noble? No os equivoquéis capitán, que acá soy yo quién da las órdenes y si os digo que gracias a esta dama habéis logrado cruzar los mares para arribar a vuestra tierra, es así como ha pasado y pasará.

El capitán de inmediato, con cara sorprendida pero el rostro endurecido, bajó los puños y en saludo marcial asintió vencido.

-Agradeced a esta ciudadana que no presentará cargo contra todos vosotros, hombres de la Armada Real. Hoy es un día oscuro para nuestras fuerzas de defensa, pero uno luminoso para quienes la reciben, milady.

Aunque no lo recuerde bien y aún no sepa como realmente fue todo, pues el cansancio propio de la travesía me venció apenas me sentía a salvo y al siguiente minuto ya era parte del mobiliario del lugar, supe de inmediato que había entrado como invitada a la residencia del noble que ahora cenaba conmigo al otro lado del gran mesón. Quise preguntar más de una noche la razón de aquella afable acogida, sin embargo, la razón me gritaba a pulso no indagar sobre lo que ahora parecía ser el momento más tranquilo desde que partiera de Eblumia.

Las heridas en la espalda sanaron, marcas dejadas por los fierros atizados de la Armada cuando capturaran a los piratas, aunque, como era de esperarse, me delataban como una paría para la sociedad de las Nalini. Fue por orden de Waltz, y bajo su mirada, que fui conducida a una sala “de embellecimiento”, donde con tinturas y agujas tallaron en mi espalda unas alas.

-Es la única forma de cubrir las dos marcas, querida Amethist. De lo contrario habremos hecho nada. Unas alas de libertad, que os den la bienvenida a esta nueva vida; una muy buena excusa para tapar aquellos rastros infames que dejara un nefasto malentendido de las intenciones. Ven, hermoso ángel, dolerá, sí, pero luego serán una contigo…

Y dolió, pero no tanto como la infamia de toda la desventura que me hacía aterrizar en aquella urbe lejana. Sin embargo, mientras pruebo el vino de la cena, sé que las palabras del noble caballero eran verdad: ya para este momento aquellas alas eran uno conmigo.
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Jue Mayo 11, 2017 9:11 pm

III. Verdades entre jardines

La ciudad era un hervidero. Aunque la observaba desde el balcón, se sentía el aire festivo y ceremonial -a mitades iguales- que inundaba la metrópoli. Las mujeres salían con sus mejores galas y lo caballeros no se bajaban de sus armaduras decorativas, brillantes y aceitadas, acompañadas de largas capas de colores vistosos. Desde días atrás yo también ya tenía mis galas: un vestido color hueso, tan vaporoso como los trajes de las diosas de antaño, y una tiara de nardos blancos, casi como una virgen en pleno matrimonio.

Sin embargo, ese día vestí lo de siempre, y sin salir de la residencia, viendo como los sirvientes iban y venían cumpliendo las órdenes impartidas, me aventuré por los jardines. El aire fresco aligeraba el peso de las noches en vela, y el trinar de las aves dejaban una estela de alegría que llenaba el alma de paz. Entonces, voces lejanas llegaron, como venidas del más allá, apenas susurros distantes, fríos pero suspicaces, de quién entre los árboles buscaba la privacidad que la residencia no ofrecía.

-Sois demasiado crédulo, joven Waltz, pero por vuestros servicios con la Orden estaremos dispuestos a concederos ese indulto.

-Os agradezco, milady Mara. Nunca me he sentido más bendecido. Ya la conoceréis: honesta, modesta, humilde y servil, no puedo escoger una mejor esposa entre todas las doncellas que pueblan el sur.

-Si, sí, sí, mi querido Lord, sin embargo, están los rumores de que es hechicera…- interpeló aquella voz con una finura tan gélida que su tono agudo me recordó los tormentos de Samrat.

-Puras habladurías de gentes envidiosas, su Excelencia. Es una joven de buenas costumbres, humana y sobre todo ajena a los caminos de las artes profanas.

Entonces sus sombras me alcanzaron. Presta, con la suavidad que me daba aquellas botas maltrechas, me deslicé sobre la hierba fresca y en cuclillas, me guarecí tras un arbusto entre dos árboles frondosos. El mediodía despuntaba fuerte, radiante, con un calor a prueba de todo.

-También os quería hablar del otro problema-. Aclaró el noble la garganta y continuó: -Quiero viajar a Valashia para atender algunos asuntos, pero antes quería saber si seguiremos con la medida de hambruna en las prisiones de los gitanos. De seguir así, acabaremos sin mano de obra.

El corazón pareció salírseme en aquel momento. ¿Cómo era posible? ¿Cómo no había sido más aguda? Aquel noble del sur, un señor entre altos señores, ¡por supuesto que debía saber el paradero de mis hermanos! El rostro de la Trianera o incluso de Aramea y sus hijos, vino fugaz con un desgarro en el corazón. ¿Dónde estaban?

-Oh- soltó la mujer con fina tesitura: -No, no, no, no, no podéis parar la medida. El mundo debe ser purificado de tanta corrupción y nuestro primer asalto está contra esos mugrosos que nunca debieron nacer para profanar la obra del creador. Tendrá que ser así, Lord Waltz.

Las voces se fueron perdiendo, pero yo había oído suficiente. Con la palma fuertemente asida a la boca para no ser escuchada, pero las lágrimas corriéndome por el rostro, me sentí impotente para seguirles. Las piernas, temblando como hojas, se negaron a responder por un tiempo, rondándome la culpa como la impaciencia. Tenía que ayudarlos. Debía salvarlos. Pero en ese momento me faltaban las fuerzas y la astucia para encontrar una solución… Y sólo tenía una: lograr las respuestas a través del hombre de la sonrisa afable.  
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Vie Mayo 12, 2017 12:28 am

IV. Noche de fiesta

Retiré la camisa con inercia, mientras unas manos extrañas alcanzaban el vestido. Levanté los brazos y la seda bajó por sí misma, delicada como una caricia de brisa. La mujer que me ayudaba, ya una matrona de más de 80 cuando menos, sonrió al verme en el reflejo del espejo. Solté los cabellos y la claridad de la imagen me impresionó: parecía un fantasma, una aparición.

-Necesitará algo de color, madame Amethist- habló la empleada, servil y dispuesta, mientras traía de uno de los armarios una caja. -Las damas esta noche estarán hermosas, y el amo Waltz ha mandado traer este juego de…

Sus palabras me resultaron ausentes. Con los ojos perdidos en las pupilas grisáceas que reflejaba el espejo, solo tenía oídos para repasar una y otra vez la revelación en los jardines. La expresión vacía, casi inanimada y esa languidez con la que hasta los brazos se dejaban caer, reflejaba esa incapacidad para decidir qué hacer. Sólo quedaba la fiesta, el baile, uno más y luego… ¿luego qué?

-Estáis radiante.

Al voltearme allí estaba él: traje impecable, con cuello de volantes, un bastón que coronaba en una figura extraña de color plateado y unos zapatos que salían perfectamente con mi vestido. Traía en su mano una rosa, que dispuso entre mis cabellos, besando con elegancia una de mis manos como saludo.

-Lord Waltz- murmuré, con cierto fastidio que no pude disimular. -Muchas gracias por todo lo que habéis hecho por mí.

El hombre se sorprendió con mi rostro, no tuve duda de ello, pero luego su sonrisa se ensanchó al punto de corresponder con un ligero movimiento de cabeza que dejaba en claro ese mudo “no hay de qué” y, extendiendo su brazo para que yo me enganchara a él, me observó de pies a cabeza sin quitarme la mirada.

Le gustaba. No necesitaba ya dilatar la verdad. Pero en aquellos ojos de águila astuta había mucho más que unas ansias de pasar una noche de sexo o un rato de necesidad al lado de una mujer. Yo conocía esos orbes de iris ávidos y curiosos, casi infantiles, pero al mismo tiempo ardientes. El cuerpo me tembló sin más al saber de dónde sentía el poder de aquel sentimiento… los besos que le diera a Necross, cuando entrenando, el calor y la cercanía nos había jugado una mala pasada.

Suspiré pesada. No era el momento de pensar en ello.  

Música:


Cerré el gancho entorno a su brazo y, tomando una punta del vestido, descendimos al gran salón donde ya los asistentes bailaban y desfilaban en sus galas más exuberantes. La música cadente de vals de medianoche en cuerdas trémulas acompañaba una coreografía dulce, apenas sutil para controlar los vestidos que llevaban los Altos Nobles. Cabelleras rubias, rosa, pelirrojas, negras, seguidas de rostros maquillados, embellecidos, con aires de grandeza seguido de vestidos exóticos como de aromas varios. Quise vomitar al sentir aquel vapor a flores mezcladas, pero la cordura me retuvo. Contrario a otras veladas, aquella era opulenta como ninguna, y acompañaban con su vigía guardias apostados a cada uno de los grandes ventanales, quienes con ojos inquisitoriales lo seguían todo de cerca. A mi lado, Anthony Waltz sonreía como ninguno y con un ligero empujón, apenas para guiarme hacia donde él iba, nos fuimos dirigiendo hacia la cabecera del lugar, donde una gran silla descansaba. Los nervios me fueron atrapando como ganzúas.

Y sentada en ella, como una reina de viejas épocas, una mujer, de cabellos cubiertos por un velo blanco, toda pálida y de vestidos impolutos, con sus ojos azulados, traspasó los míos y los recuerdos vinieron a mí. La Cardenal de Samrat.

-Oh Lord Waltz… veladas hermosas y esta. Sí sí sí sí que maravillosa noche para gloria de los cielos y del Dios de todos. El mundo celebra la caída del mal en los bosques de las Nalini y nosotros personalmente, el fin de una era… pronto hemos de tomar medidas para Valashia. Pero esto es una fiesta… una hermosa fiesta.

Aunque reía mostrando diversión, aquel rostro parecía incapaz de lograr la sinceridad de una sonrisa. A nuestro lado el cerco de soldados se cerró y mis piernas tambalearon temiendo que me reconocerían de un momento a otro. ¡Estaba perdida!

-Su Excelencia, he de presentarle a la doncella de la que tanto he hablado. Amethist von Waltz

Abrí los ojos y lo miré… ¿von qué?

La mujer extendió sus manos fuera de aquella gran sábana que la cubría, mientras Waltz con una inclinación de su cabeza me instaba a que besara aquella mano tan pálida como las lunas.

Cerré los ojos y con una inclinación reverencial besé la mano de la religiosa. Ella pareció darle poca importancia, mientras con su otra mano se tocaba el mentón.

-Creo que os conozco doncella… pero me sería difícil asegurarlo.

¡Estaba condenada! ¡No faltaba mucho! En medio de aquella guarida de lobos, con soldados apostados en cada rincón, no tenía escapatoria. Hasta acá llegaba la tranquilidad de la que tanto me había ufanado… y esa desgraciada, aquella víbora disfrazada de pura, ¡era la bruja que estaba matando de hambre a mi pueblo!
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Vie Mayo 12, 2017 6:29 pm

V. Requisas
 
Lord Waltz, maestro de la palabra, obvió el comentario de la religiosa y arremetió a interpelar con otro tema. Alabó los alcances de la Orden y enarboló los esfuerzos que se habían hecho para conseguir la paz que ahora se respiraba. Para él, la seguridad se podía palpar en las calles con la desaparición de los infames ladrones, a quienes fácilmente interpreté como los gitanos. La Cardenal también dio alarde de alegría, y con el beneplácito de su risa, la fiesta y la música siguieron su camino. La gente bailaba, hablaba, reía y volvía a comer, siempre medida, equilibrada, con esa sonrisa postiza que se auto obligaba a mostrar por temor a parecer fuera de lugar. El miedo, así como la ostentación, estaba tallado en el semblante de la mayoría, todos humanos, no mayores de 60 años, fuertes y en condiciones de pelear si se les presentara la oportunidad.

-Lo siento- susurré hacía él, mientras hablaba de las finanzas en el camino hacia la Ciudad Esmeralda y cómo los mercaderes se quejaban de los impuestos a la Fe. -Habéis de excusarme, pero no me siento bien.

La irrupción poco o nada le agradó, pero al oírme tan lánguida abrió sus ojos de cielo y me tomó del rostro.

-Estáis fría…

Por supuesto que lo estaba, los nervios de estar allí, tentando el destino, me tenían al vilo del pánico. ¿Cómo no estarlo?

-Id y descansad, mi dama. Yo debo atender a mis invitados, pero para ello soy suficiente- sonrió: -Descansad que mañana será un nuevo día.

Me era imposible dirigir si quiera una mirada hacia el caballero, inspeccionando con los ojos atentos a todos los lados, observando de soslayo las reacciones de los guardias. No podía quedarme un día más en aquel lugar, ni siquiera en la ciudad. El recuerdo de la oscuridad de Samrat venía a mi mente junto con el grito desgarrador de la negra siendo torturada en la “rueca”. No, allí no volvería.

Desde el primer momento que pisara la residencia supe que de allí debía salir pronto. Me hice la promesa de no desvelar mis intenciones, lo que me impulsaba a nuevamente estar pisando el territorio de las Nalini, incluso de esconder en lo profundo cualquier asomo de magia o conexión con Thong Khan. Sabía que estaba en una jaula, una muy hermosa, pero al mismo tiempo odiosa. Y a eso se sumaban las intenciones del dueño: hombre frío, racional, entregado a sus ambiciones y conocedor de tantos saberes que hacía de él un noble culto pero peligroso; en últimas, era un juego delicado. Pero, las razones no me habían faltado para seguir… hasta ese momento. Aquel segundo en el que besé la mano de la Cardenal y supe que más pronto que tarde la trampa se cerraría dejándome dentro.

Respiré hondo e hice una reverencia, tomando una punta del vestido y saliendo pronta de la gran sala de gala. Debía encontrar la manera de labrar una fuga, sin que eso alertara muy prontamente a la guardia de la que disponía Lord Waltz. Caso contrario a los caminos que siempre seguía, incursioné por las habitaciones del ala contraria. Cada una más curiosa que la anterior, algunas atiborradas de estanterías con libros, armas y otro panel de sólo objetos sin sentido, reparé de pronto en una puerta enorme y dorada tras la que chirriaron sus engranajes luego de ser abierta. Me costó trabajo, al ser tan pesada como nunca había visto una. Y al otro lado, a la cabecera de una chimenea una espada gigantesca…

-Yo la conozco- murmuré, acercándome más: -Es… es…

-La espada del tuerto-contestó la maligna, quién también debía estar cerca.
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Vie Mayo 12, 2017 11:26 pm

VI. El botín

Revolqué el lugar de pies a cabeza. Abrí los cajones, saqué las cajas, moví los muebles, removí las cortinas -uno nunca sabe lo que pudiera estar bajo la capa de la magia y la ilusión-, tiré uno a uno los libros de la biblioteca, y de pronto, bajo el tapete central, luego de correr aquel escritorio de madera virgen, usando todas las fuerzas que pudiera y rompiendo con ello parte del vestido… encontré una escotilla.

La abrí, sospechando que dentro encontraría alguna respuesta de porqué aquella arma se encontraba ahí, en ese recinto, en manos de Waltz. Chirrió como si en días no hubiese sido usada. Con gran esfuerzo, la retuve hasta que, por el peso, se dejó caer estruendosamente al suelo de mármol grisáceo. Eso no lo pasarían por alto los guardias. Removí dentro y las arañas inquietas salieron del lugar en estampida. Al final, rozando con los dedos, logré atrapar una tela que al sacarla, envolvía diferentes objetos.

Uno a uno, con cierta alegría pero también angustia, fui sacando el carcaj con mis flechas, aun dispuestas en la forma con la que estuvieran cuando arribara a la costa, la maldita brilló con ese halo carmesí que le era tan característico y, al roce de mis dedos, las marcas diabólicas con mi nombre resplandecieron fugaces. También salió mi estoque, aquel que me diera Thorg Khan luego de nuestro encuentro en Eblumia, la tiara coronada por esa piedra azulada que tanto me encantaba admirar, y por supuesto… mi arco. La luna hizo que sus incrustaciones brillaran de manera intensa, haciéndome caer en cuenta que aún no había removido los cuadros.

Tomé una de las sillas y, disponiéndola frente a cada uno de los cuadros, los fui removiendo uno a uno, dejándolos caer al suelo. Las paredes lisas y pulidas me desconcertaban. ¿Qué esperaba encontrar? Al bajar acaricié la hoja del mandoble y recordé el nombre con el que él lo llamaba…

-Sherckano.

Entonces, pisadas fuera de aquella puerta dorada llamaron mi atención. Parecían lejanas pero cada vez se acercaban con más estruendo. Suspiré. No había tiempo para reacomodar o saldar el desastre.

-Tengo hambre- cantó la daga, debilitada.

-Y yo- silbé, tomándome el tiempo de dejar la bolsa de tela con mis cosas a un lado, excepto la maldita. Sólo requería de ella.

Fue rápido, casi sin dolor. El primero que atravesó la puerta, alcanzó a avanzar unos cuantos pasos, apenas para que el segundo también se aventurara. Con la pierna un tanto más delante de él, le rocé, y al bajar su mirada, le acaricié el cuello con la daga. Su sangre fortaleció mi espíritu que de inmediato quiso más. Al voltearse el primero y mirar como el cuerpo del segundo caía al suelo, entre la sorpresa de ver a su compañero y mi cara como la ajusticiadora, la señora que su amo quería y protegía, dudó. Y en ese momento repetí lo que hacía años había hecho al violador de los gitanos, me lancé sin misericordia hacia su corazón y de un tajó lo cercené, luego la daga probó sus tripas hasta que todas bañaron el mármol.

-Lo siento- suspiré pesada, con los ojos cerrados, compungida, mientras me limpiaba la cara.

-Yo no- espetó en mi mente la maldita, saciada.

-No puedo quedarme acá… Hay que salir.

Sí, no podía, pero, por otro lado, ver el mandoble de Necross me hacía no desistir de la tarea. Continué con los cuadros, hasta que tras uno encontré una segunda puertilla. Dentro, en un baúl que podía retraerse con un mecanismo lleno de polvo, sino hollín, traído de alguna mina o bajo tierra, lo saqué, dejando que cayera con su peso de nuevo en el mármol.

Y al abrirlo encontré lo que sospechaba: una espada bastarda, un brazalete, un disco, colgante propio de los animales de StorGronne y una gabardina que recordaba a la perfección. La tomé entre mis manos y sin saber muy bien porqué lo hacía, la olí… su aroma estaba allí.

-Sí… apesta a mugroso tuerto.
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Sáb Mayo 13, 2017 12:22 am

VII. La huida

¿Qué hacía todo esto en manos de Waltz? ¿Quién era el señor de Naresh? ¿Un abusador, un corrupto o un tirano? Y, ¿dónde estaba Necross? ¿Qué había pasado con él? ¿Estaría muriendo de hambre como los gitanos o por el contrario lo tendrían en otro lado? Me llevé la mano a la cara, como si no me creyera todo lo que tenía entre manos: la prueba de que Necross estaba más cerca de lo previsto, pero con la certeza de que no lo encontraría en los bosques donde nos separamos. Y yo lo buscaba a él… todo, el mar, Eblumia, el Gran Khan, todo era para llegar a él y poder decirle cuánto lo sentía… ¿Dónde estaba?

Al menos ahora podía plantearme las preguntas correctas y procesar todo con la mente despierta. Los días en que la daga había estado alejada de mí habían sido debilitadores, como si hubiesen pasado por una neblina que se hubiese llevado toda capacidad de razonar, pensar o sentir. Ahora, con ella en la mano, goteando aún sangre, mi mente elucubraba ágil y temerosa.

“No puedo anularme con esto, ni tampoco lo puedo dejar acá. Ya es un hecho que Waltz sabrá sobre este caos, y sé también que, aunque tenga un interés en mí, no dejará impune la afrenta. Ahora es hora de huir de aquí”

-Así se habla.

Abrí uno de los grandes ventanales y el viento arreció desarreglando mis cabellos, mandando lejos la tiara de nardos que llevara en la gala. Observé a ambos lados el panorama que se presentaba y calculé la mejor opción para salir. Entonces, como iluminado por halo divino, observé una a una las carretas en las que los nobles habían llegado a la recepción. Por supuesto, había hombres de la guardia protegiendo los bienes de los altos señores, pero burlar aquella vigilancia distraída con los ruidos del baile podía ser una tarea más simple de lo que pareciera.

Una a una dejé caer las armas sobre los arbustos bajo el ventanal. Al poco tiempo de dejar que el viento entrara, el frío penetró el vestido llegando a las piernas. Temblé y supe que así no podría irme de allí. Tomé la gabardina y la vestí, cargué el mandoble y con toda la fuerza que pudiera tener la lancé fuera. Aquella arma hizo un escándalo grandioso mientras besaba el suelo. Temí por un segundo que alguno de los guardias llegara, pero no. Suspiré aliviada y continué con la tarea hasta que todo estuvo fuera. Quiso la suerte que en ese momento me detuviera a mirar alrededor y notar que había requisado todo, excepto lo que había sobre la mesa.

Los ojos se posaron inmediato sobre varios documentos de autorización, otros de tasas portuarias y un cumulo de papeles que estaban dispuestos para ser firmados: sentencias de muerte. Sin embargo, reparé especialmente en varios mapas ligeramente extendidos sobre el lugar de trabajo, con marcas. Algunos eran de Thargund, otros de Noreth completo. No lo pensé demasiado y los tomé, todos, doblándolos tan pequeño como se dejaran y guardándolos dentro de la gabardina… aunque otros también terminaron entre mis pechos -hacía frío y ese era un buen método para conservar el calor.

Luego, como la sombra que era, me deslicé por el ventanal y, recordando los días en Uzuri, la selva y las escaladas tratando de cazar pájaros, me deslicé por entre las ventanas, buscando lugares para poner seguro mis piernas y descender por aquella pared. Respiré aliviada al tocar el suelo. Ahora quedaba la otra parte: hacerse a un carro.

Tomé la tiara y toqué ligeramente la piedra azulada. Una lluvia suave pero constante empezó a tomar forma fuera de la residencia, obligando a todos los pajes resguardarse. Me quité la gabardina y la dispuse con todas las cosas, envolviéndolas entre la bolsa y la gabardina, como un gran paquete de viaje acumulado tras los arbustos. Luego, acomodando mis pechos para que se vieran el doble de lo que eran, y tratando de que mis pelos no se vieran tan greñudos como de seguro estaban, llamé al primer incauto que pronto apareció a guarecerse del agua.

-¿Pasa algo, madame?

-He perdido una de mis joyas, joven lacayo. Por favor, ayudadme- susurré cerca de él mientras asomaban las primeras gotas de lluvia que corrían por mi cara como si fueran lágrimas.

El sirviente, diligente y laborioso, con los ojos saltones apenas me le acercara un tanto más de lo debido, se agachó para buscar la joya objeto de mi aflicción.  En ese momento, observé que su escudo de armas correspondía a una familia de la que Waltz varias veces había hablado: los Carraslte.

-Creo que la he encontrado- advertí al sacar de atrás la tiara: -Habéis sido igual muy amable. Ahora tengo un problema que resolver... necesito encontrar al paje de Lord Wotan Carrastle pues me ha pedido que vaya calentándole el lecho mientras termina la noche.

Sí. Había oído muy bien: el viejo magnate era un ambicioso y ávaro pero su talón de Aquiles era su necesidad de fornicar cada que pudiera, con niñas o viejas, pero saciar su propio apetito de macho necesitado.

-Oh, señorita Adaris, ¿es usted verdad?

-Sí. ¿Sois vos el paje encargado?

-Así es milady. Lamento no haberme dado cuenta antes. Sois más bellas que las otras... Perdón milady, ya estoy con el coche esperando por usted.

-Sois muy amable, joven apuesto- le dije ladina, acariciando aquel rostro arrugado pero recio por el trabajo servil: -aunque tengo algunas cosas que he de movilizar a la mansión Carrastle. Supongo os habrán informado.

-La verdad no…pero ordene no más ama Adaris, que estoy para servirla.

-¡Tan bello! Son estas cosas…No son muchas, pero… son juguetitos que el Lord aprecia bastante- . Como odiaba hacerme la coqueta, pero sonreí afable y mandé al demonio el orgullo.

El hombre presto se puso a la tarea y en menos de lo que pensara cruzaba las rejas y la guardia de Waltz, llevada como una reina en la carroza de uno de sus nobles más cercanos, siguiendo el sendero que alguna vez tomara para salir hacia los bosques de los gitanos…
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Sáb Mayo 13, 2017 11:56 pm

VIII. Recuerdos

Música:


Me encontraba fascinada. Aunque la noche apenas despuntaba sus primeras estrellas, las calles de adoquín, el sonido de los cascos, los olores de las casas, las miradas diáfanas, todo en ese lugar tenía un sabor peculiar conocido: a mis primeros días en Naresh. En ese entonces era la confusión lo que dominaba mis sentidos, pero ahora era otro el motor de mis alientos. Ahora sabía hablar, leer y escribir, podía defenderme y entender los poderes extraños con los que desperté fortuitamente en Samrat, conocía ahora de dónde venía y, sobre todo, el destino que tarde o temprano debía abrazar.

El viento entraba por el ventanal de madera y, aunque la cortinilla estaba desplegada, para que fueran menos los rostros que me reconocieran, era difícil que contuviera el aire con el que mi rostro era azotado. Brisa de calma en noche de tormenta; una fuga perfecta.

-Me temo que el camino está largo, mi señora- gritó el cochero para que sus palabras traspasaran el sonido de la urbe durmiente, los pasos de los equinos correr y la madera del carro. -Y los mugrosos de la ciudad han hecho de las suyas porque han puesto en el camino más piedras… lamento la incomodidad.

Con los ojos en blanco me alegré de que el incauto no podía verme. Saqué del empaque la gabardina y la vestí, respirando el aroma indeleble de mil recuerdos fugaces: entrenar, hablar, los días viajando, su mirada la primera vez que lo vi en una taberna… Tanta agua había corrido por mi vida que era difícil negar el hecho irrefutable de que ya no era la misma. Y eso, aunque ya lo sabía, caía de nuevo sobre mis hombros como una verdad que no quería aceptar.

Entonces supe que ya, cruzando los límites de la ciudad, cobijada por el sello familiar de un miembro de la alta sociedad, debía empezar a racionalizar lo que seguiría. Ir al destino que seguía no hacia parte del plan y para ello… solo quedaba una cosa por hacer.

-Mátalo.

-Ya has comido…- aclaré a la maldita en ese diálogo interior que siempre sostenía conmigo, y alzando la voz, casi gritando, exploté: -Parad joven…Parad…

El carro se detuvo en un claro en medio del bosque. Los árboles tupidos, con ese verde oscuro que caracteriza al sol del verano, estaban llenos de flores. Zumbaban, a pesar de la noche, y algunos ojos se alzaban sobre las ramas, pájaros de ensueño, buscando su mejor posición para encontrarse con Morfeo.

-¿Pasa algo madame? ¿Está todo bien?- inquirió el joven con cierta angustia tatuada en el rostro.

-Ay, he de atender las necesidades que manda el Señor- aclaré, llevándome la mano al rostro como lo hicieran la mayoría de chicas con las que Waltz solía cruzarse. En el fondo, irónicamente, me resultaba gracioso el darme cuenta lo mucho que había aprendido bajo la tutela del noble.

El hombre sonrió y, asintiendo, me ayudó a bajar. Con una ceja levantada pareció notar la gabardina, pero nada dijo: la discreción era una de las bondades aprendidas por aquel cochero en sus años de servicio. Me interné en la arbolada, moviendo las caderas al saber que era eso lo que miraba… y luego, rodeando sigilosa la maleza, tomé un trono. Lo observé, como el gato al ratón, y en el momento que dio la espalda, me abalancé sobre él. Cayó al suelo irremediablemente, tras el golpe en la cabeza que le dejara.

-Lo siento- susurré al escrutarle los bolsillos, y mientras me montaba al coche y tomaba el puesto de él: -Hasta acá llegaron vuestros servicios. ¡Arré!
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Dom Mayo 14, 2017 12:05 am

IX. Un descanso

Fuera ironía o simple mofa del destino, efectivamente después de unos cuantos kilómetros, tocó ir a mear. El vestido era incómodo para aquellos menesteres, más aún a campo abierto, a los ojos de los búhos, quienes no paraban de ulular. Fue agacharse para que tronara la tela al ceder terreno por la presión y, por supuesto, maldije, aunque la sensación de alivio acompañó el hecho de haber estropeado el traje. Luego subí y, recordando una vieja tonada de marinos, continué el trayecto silbando.

Pronto llegué a la intersección donde, tiempo atrás, estuvieran apostadas las carrozas de los gitanos. En mi memoria, los humos de sus saraos, las guitaras y las tonadas, la mágica carroza de la Trianera y los colores de sus vestidos, aparecían vivos como si aún estuvieran allí. Pero el silencio lo imbuía todo. Nada quedaba que pudiera atestiguar su existencia.

-Andando- espeté en un chasquido a los caballos, ya cansados, y estos reiniciaron de nuevo el camino. Ellos, como yo, también estaban con el cansancio calado en los huesos y las tripas rugiendo de hambre.

Suerte para todos que aún recordaba los atajos tomados con Necross. Nunca me había reconocido de mente despierta, pero la memoria no me fallaba para ciertas cosas… y una de ellas era recordar los caminos. Una luz a lo lejos alumbró el sendero y la esperanza creció en nuestros corazones: yo casi podía saborear la comida del lugar y los caballos sospecharon las pajas sobre las que dormirían hasta la mañana.

“De seguro ahora se debe estar dando cuenta de todo el revuelo que le dejé”, me dije, evocando al noble de Naresh. En el fondo, sospechando lo peor para Necross, sabía que aquel hombre había sido cruel y despiadado, pero con todo lo que había hecho por mí no podía evitar sentirme desagradecida. Anthony Waltz me había salvado de un destino fatal.

Al llegar, solté los caballos y los dejé en el establo, amarrándolos firmemente; luego dejé la carroza sellada, con las puertas aseguradas. No podía arriesgarme a entrar con las cosas de Necross dentro de un lugar que bien podría ser un nido de ratas, por lo que la mejor carta para jugarme era ignorar el valor de lo que poseía y entrar como si nada tuviera que perder. “Los ladrones huelen la presa que quieren robar igual que los animales la comida”, pensé, antes de abrir las puertas y encontrarme dentro de un hostal.

La humarada de cigarro me dio un golpe de bienvenida. En contraposición al frío y la brisa de la noche, el calor del recinto me pareció sofocante y la gente de mala calaña, algo esperado. Por dos segundos pensé en quitarme la gabardina, pero luego vino a mí el recuerdo del espejo: el vestido color hueso que portaba era más que ostentoso, era hermoso… y deseché la idea. ¡Demasiado llamativo! Respiré hondo y me autoimpuso la regla de aguantar el humo como el hedor a sudor.

-Un ron- pedí en la barra al sentarme.
-¿Vaso?-inquirió desde el otro lado una mujer corpulenta y generosa de carnes.
-No, la botella.
-Jamás hubiese pensado que una niña bebiera de esa manera…
-Hay muchas cosas que es mejor no pensar.
-Cierto mozuela. Estos son tiempos para no pensar- respondió la chica con una amplia sonrisa, aunque la tristeza tallada en la mriada. Retiró sus cabellos negros de la tez oscura y, observándome, concluyó: -¿vienes a trabajar?

¿Trabajar? ¿Es acaso eso una pregunta capciosa? La duda me corroyó y ante una situación de inseguridad hice lo de siempre, ignorar.

-No tienes de qué avergonzarte- aclaró como si interpretara mi silencio de manera afirmativa: -Acá todas estamos en lo mismo, y nos protegemos.

No tenía idea de qué hablaba. Decidí hacer lo obvio: mirar alrededor. Las mujeres, aunque escasas, andaban en muy poca ropa. En cambio, los hombres, muchos malolientes, borrachos o incluso con marcas de peleas frescas, tocaban acá y allá a las mujeres al pasar. Suspiré pesada y con la cabeza negué.

-Ah. ¿Entonces a qué has venido? - preguntó con fastidio. -¿Buscas hospedaje?
-¿Qué más?- respondí con brusquedad: -Necesito comer y dormir.

La mujer asintió y en menos de unos minutos ya tenía un pedazo de pan y queso en el plato y más ron al alcance de un sorbo. De vez en cuando, observaba a las demás mesas. Un instinto natural ante una situación donde yo era la curiosidad central, la novedad. Y me sentía observada. De mil maneras… muchas desagradables.

-Listo linda- aclaró la chica al ver que terminaba. -Tu habitación. Son 12 kulls y espero que tengas con que pagar.
-Por supuesto- arrastré la bolsa del cochero y de allí saqué 20: -quédate con el cambio.

Subí al segundo piso y los sonidos del coito inundaron el corredor. Pronto llegué al número de mi habitación y, al abrir, me sorprendí de lo sobrio: una cama única con unas sábanas mugrientas, una mesa compañera con una vela y un tapete con manchas… manchas que más me valía no preguntarme por su procedencia. Por el ventanal, bastante estrecho, llegaban algunos destellos de la luna, como un canto nostálgico de algo perdido para siempre. Cerré tras de sí de un sopetón la puerta y me lancé sobre la cama exhausta.

Dormí… Dormí como nunca. No supe si mucho o poco, pero al despertar ya no quedaban dejos de gemidos o peticiones, de suspiros ahogados o gritos de éxtasis, sólo un hombre gigante, pelirrojo, con aire de salvaje y sonrisa porfiada, que en un además con las cejas parecía darme los buenos días, sin decidirse cómo abordarme.  
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Dom Mayo 14, 2017 1:04 am

X. Alas negras

[De los hechos acaecidos fuera del hostal “La mala pata”, mientras la botella de ron se agotaba poco a poco pero irreversiblemente]

Loathak era un hombre inescrupuloso. Su pandilla era conocida como “los amigos de lo ajeno”, una banda dedicada a olerse los cargamentos más cuantiosos, robarlos y contrabandear en el bajo mundo. Tenían buenos ingresos, pero el éxito del negocio yacía en mantenerse al tanto de nuevos trabajos. Y esa era la función de Loathak: tener los ojos bien abiertos.

En cuanto vio a aquella chica, bajita, menuda, de curvas cuantiosas pero mirada gélida, le causó curiosidad no tanto su porte, sino la finura de sus rasgos. “Hija de elfos”, se aventuró a pensar mientras la seguía desde la esquina contraria a la barra. Nunca se sabía las desgracias que podían acaecer en la intemperie, quizás había sido abandonada, quizás ya estuviera mancillada y con la panza llena de huesos… quizás fuera una nueva adquisición del establecimiento.

Al verla sentarse, entonces, abrió los ojos de par en par: altiva, como una lanza a punto de atacar, la joven retiró de un movimiento sus cabellos blanquecinos, develando una petulancia que le resultaba innata, atractiva como retadora, y cruzó una de las piernas, abriéndose ligeramente aquel abrigo que la cubría. Si bien, en un principio, Loathak había reparado en la gabardina, pues, aunque mugrienta, parecía de un material curioso, quizás costoso; no fue eso lo que lo había dejado atónito. Tampoco fueron los muslos nutridos de la joven, fuertes y de caderas anchas, a pesar de esa cintura cerrada, que casi invitaban a ser tocados. No, no había sido nada de eso. Fue el vestido que se desveló por un segundo, de una seda que bien podría vestir a una reina.  

Con una seña advirtió a su pandilla que salieran, mientras él continuaba con su trabajo. No era el líder, le faltaba canas y sangre fría para eso, pero su trabajo consistía en desencadenar el de otros. Rápidos “los amigos de lo ajeno” se internaron en el establo y tomaron los caballos, miraron también dentro de la carroza y encontraron su contenido. Felices silbaron desde fuera. Loathak los oyó y, aunque quería seguir mirando a aquella joven desconocida, una belleza como pocas conocía pues intimidaba y seducía a partes iguales, el deber lo llamaba con más fuerza.

La dejó en la barra, aun dialogando con la tabernera, y se marchó a paso raudo, junto a sus amigos, esperando poder sacar provecho de todas las cosas que tenía en su haber.  


--//--


Cuando las lunas estuvieron en su punto más alto, la cabaña del viejo Lucio, un ex pescador conocido de la región a quién el gobierno de Naresh le había quitado todos sus seres queridos, se iluminó. Había corrido el rumor entre los ladrones del sector y aquellos mercaderes de lo ajeno, que el viejo Samovar, pillo y fugitivo de los territorios del sur, andaba con un nuevo grupo. Nadie sabía qué hacían realmente, o qué negocios turbios envolvían ahora al forajido de cabellos encendidos, pero algo era claro: estaba buscando mercancía, armas y otros artículos a buen precio. No importaba de dónde provenían; de hecho, pagaban bien por objetos que hubiesen sido tomados de la Armada o de las Fuerzas de Seguridad de las Nalini, pero viniera de donde viniera, todo era bienvenido en aquella subasta del bajo mundo.

Al entrar la pandilla, se sintieron intimidados. ¡No era un grupo de pillos lo que había dentro, sino una guerrilla armada hasta los dientes! A la cabeza del lugar, un hombre grandote, intimidador, con aires de salvaje y los pelos rojos, los recibió con un bufido de oso. El jefe de la banda desenfundó su mejor prenda: el mandoble, pero nada lo preparó para lo que sucedió después.

-¡APRÉSENLOS!- gritó el ex pescador, reconocible pues era el único que se había presentado a la entrada de la cabaña.
-¿Qué? Pero ¿Por qué? No, no, esto es un mal entendido… No.

Los hombres del salvaje se lanzaron sobre los “5 amigos de lo ajeno” y sometiéndolos al piso, Lucio tomó la espada y la llevó ante su líder.

-¿No la reconoce?
-¿Debería?
-Claro, Samovar…. ¡Esta espada le dio más de un problema en el pasado!

El pelirrojo se puso en pie y en par zancadas tomó de la camisa al jefe de la pandilla y lo alzó como si tan solo fuera un costal de papas. Sus pies apenas si rozaban el suelo.

-¿De dónde robaste esta espada, granuja? Dinos quién fue el malnacido que la tenía en su posesión. ¡Habla ya! Escupe…

El jefe se contuvo, nervioso por la agresión de aquel hombre enorme y luego temeroso por el destino de toda su cuadrilla.

-¡UNA CHICA!- gritó Loathak desde el suelo: -Esta en la “Mala Pata” a una hora de acá. No nos mate… no… NO NOS MATE.

Samovar tiró unas monedas al joven soplón y otras tantas entregó, ya con recelo, al jefe de la pandilla por todo lo que tuviera. Brazalete, colgante, mandoble, todo, se lo quedó. Y sin más acabó la reunión clandestina, cerró la compraventa, las luces de la cabaña se apagaron, y los caballos rechinaron como el viento hacía el sur. Ahora buscaban a una mocosa de no más de metro y medio pero que debía tener la pista que durante meses los había eludido. ¡Por fin el comandante de las alas negras daba señales de vida!

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