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Conversaciones con la luna

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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Vie Mayo 19, 2017 1:45 pm

XI. Viejos amigos

-¿Qué?- pregunté tratando de que quitar de mí la sensación de volver a dormir: -¿Qué demonios queréis acá?

Greñuda, quizás algo atontada por el sueño, pero con la mirada fiera al sentirme apresada, con ese sentimiento de corraleja, observé a la mole alta y musculosa que me observaba desde las sombras. La daga, siempre debajo de mi almohada, ya resplandecía rojiza frente a mi cara, formando un óvalo de defensa desde el cual pudiera maniobrar.

Era grande, sí, pero estaba lejos de intimidar. Quizás fuera esa sonrisa, o simplemente que su posición autosuficiente y des-complicada denotaba la poca disposición que tenía para pelear. La vida me había hecho dura de una manera difícil de explicar: fría, mimética, como si fuera más un mueble que un ser viviente, el miedo no anidaba en mí, como tampoco la angustia. Era paz, fría y controlada paz que elucubraba preguntas sobre aquel a quién me disponía a despellejar.

Pero el mastodonte alzó las manos. Barbudo, con los pelos rojizos brillantes a pesar de la oscuridad y esa sonrisa sínica que más aparentaba la de un gesto de oso que la de un humano coqueto, dio un paso hacia atrás y con burla espetó:

-So, so… tranquila yegüita, que nada te haré. Deja de sacar esos dientes como mula y déjame hacerte un par de preguntas, si bajas ese cuchillo de cocina.

-¿Cuchillo de cocina? Me ha llamad…¿a mí? ¡A MÍ! ¿Yo? Qué doblegado imperios y cercenado a la misma muerte… Mátalo, mortal inmundo… MÁTALO YAAAAAA    

La indignación de la maligna solía darme risa, incluso, en un día normal me alegra por un par de horas hacerle burlas, pero la fuerza visceral con la que mis sentimientos se movían, obligándome casi a mover los músculos sin que tuviera que pensarlo mucho me hizo ver el control tan poderoso que aun ejercía sobre mí. Ella era lo único que aún no cambiaba en mi vida de nómada andariega.

Cerré los ojos, muy fuerte, y le susurré como un lullaby:

-Cálmate… Calma… Déjalo pasar.

-Eso, yegüíta, déjame pasar- siguió el humano, quien haciendo tronar la madera bajo sus pies arrastró una silla y se acomodó al lado de la cama. -He sabido que tenías algunas cosas en tu posesión…- empezó. Giró su cabeza a un lado y a otro y, como si sólo hasta ese momento lo notara, reparó en la gabardina que colgaba atrás mío. -¿De dónde has sacado eso?

No contesté. ¿Y si se trataba de uno de los hombres de Waltz? Por más fiera que pudiera ser, no podría contra tantos soldados. Contrario a los días en la gitanería, ahora sentía la fuerza para doblegar lo que fuera ante mí. No había ser poderoso o pulga insulsa que desvirtuara en una pelea. Yusuf me había entrenado bien, pero tampoco podía hacer milagros.

-De lejos- respondí evasiva.

-No te hagas la graciosa conmigo, mocosa. Sólo contesta y me iré por donde vine. ¿De dónde has sacado la gabardina, el mandoble y las otras cosas?

Se cruzó de brazos e irguió su cuerpo ligeramente hacía mí. La mirada fija e inflexible me recordó a la de Necross, cuando varias veces en el camino hacia Valashia tuvimos que enfrentar la adversidad. Sí, aquel grandote estaba decidido a hacerme hablar como fuera… Pero todo eso era irrelevante, la fuerza de la daga sobre mi voluntad era difícil de detener y yo ya calculaba las posibilidades de lo que se desataría sino lograba pararla a tiempo.

- Eso no os importa… no te importa- bufé peligrosa: -Sólo largaos, esfumaos.

-Señor, lamento la interrupción, pero la tabernera está algo molesta, por no decir enloquecida, loca, frenética, y entenderá que este sitio está tirado de viejas mulas fáciles casquisueltas y embusteras, pero mañosas, señor, muy muy mañosas. Ya decía mi vieja: “cuídate de las fáciles porque el camino será el infierno”. Yo sugiero, si me lo permite, que tomemos lo que necesitamos y salgamos de este antro… Mala pata fue haber venido acá. Ya hasta Ifimus está que se encama con una de esas… Pero, ¿de qué hablaba yo? Ah sí, la loca vieja esa. No le ha gustado nada de nada la irrupción en su estableci… perdón señorita, pero, ¿nos conocemos? Su rostro me es… fami…

Desde que llegará aquel hombre bajo, medio calvo, entrado en años pero no tantos, me quedé pasmada. Podían haber pasado años, quizás 3, tal vez menos, pero el rostro del ex pescador no había cambiado nada. Quizás más flaco, con la quijada más pronunciada y los pómulos hinchados, no por la comida sino por los huesos que se le pronunciaban, y esa mirada saltona de sapo de charco, lo reconocí al minuto:

-¡Lucio! ¡Señor Lucio! Soy yo… yo… Amethist, ¿se acuerda? Yo viajé con usted y Necross en su bote...
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Miér Jun 07, 2017 7:45 pm

XII. El otro lado de la historia

Mientras observaba como el fuego se consumía, haciendo chispear la madera seca que nos calentaba en aquella noche estrellada, me dije a mí misma que nada en esta vida podía ser coincidencia. La historia se repetía una y otra vez, quizás no igual, pero sí con las mismas declinaciones hacia la fortuna o la desdicha, como si un dios invisible, algún hado escondido del destino, tejiera para cada uno una serie de hechos que llevaban a la perfección del ahora. La realidad, la consumación de la inmediatez, parecía preparada por algún escritor empedernido o un loco al que le dieron la pluma para atar los nudos que llevan al futuro para fortuna o desastre de todos.

-Que mal momento te has escogido para filosofar- espetó airosa la daga al son danzarín de las llamas.
-Calla de una buena vez, “cuchillo de cocina”.

Su silencio me hizo sonreír fugazmente mientras empujaba un sorbo más de ese potaje, a medio camino entre sopa y textura pantanosa, que Lucio tenía a bien llamar la cena. Y es que, fue solo mencionar el nombre del tuerto en aquella habitación de hostal, para que en ese segundo se decidieran mis pasos venideros. El ex pescador, ahora un maleante más de la zona, se acordó de mí y con una amplia sonrisa, alzando los brazos, trató de saludarme. Pero su acompañante, un hombre, alto, musculoso, mitad oso mitad salvaje, de cabellos rojos, barba prominente, mirada mezquina, sino brutal, maneras burdas y aliento alcoholizado, no necesito más que el nombre de Necross para decidirse. Me tomó por la cintura, y como muchas veces en el pasado, lamenté no tener más grasa ni más estatura para pesarle. ¡Me cargó al hombro, cual bulto de papas!, y ya fuera me acomodó en su equino y sin más salimos de aquel lugar.

Desde entonces, apenas si había probado bocado. Mis cosas, junto con las que ya ellos tenían en su haber, me fueron confiscadas. De todo lo que había tomado de Waltz sólo me quedaba la inseparable daga y los mapas que traía escondidos bajo los vestidos. Sin embargo, a pesar del trato burdo y violento, no presente demasiada resistencia. Mi esperanza, sin decirlo, la acuné en las palabras que espetó el líder de ellos al salir del hostal:

-Conoces al comandante, mocosa, y tienes sus cosas. No se diga más, debemos volver con Mary Ann… Esto… Esto supera lo que podamos hacer.

Hasta ese momento lo pateé, por supuesto, incluso le mordí el hombro, o lo que al menos pude descubrir que estaba descubierto. Pero fuera porque su piel era tan gruesa como la de un jabalí, o porque realmente ya no sentía dolor por, como decía, “tantas batallas que me han curtido”, pero lo cierto es que al final terminé sobre su caballo, apretándome fuerte para no caer, de nuevo siguiendo el rastro de unos vándalos desconocidos en medio de la noche.

Todo un día había pasado sin pausas, hasta que los bordes del Tarangini asomaron en el este. En el fondo, casi para darme ánimos o para olvidar el hambre, me repetía ese nombre que yo también había oído de labios del tuerto cuando los elfos nos rescataran de Dalkia.

Mary Ann… quizás, la mujer de él.

-¿No comerá más, joven Amethist?- preguntó el exmarino mientras arrastraba otro poco de potaje a su cacerola.

Negué, sin reconocer que sabía a diablos. Así como a mí, a él el tiempo lo había cambiado. ¿Qué tanto? Fue lo que narro mientras esa noche, al bailar de las llamas, decidió romper el hielo y narrar lo que pasó luego de decirnos adiós en Dalkia.

-El tiempo es extraño, señorita Amethist. Cuando usted y el comandante Necross llegaron a nuestra villa, fue el jefe Samovar quien los atacó con sus bellacos. En ese entonces era fácil ver la línea que dividía la criminalidad de la honradez… era más simple discriminar los buenos de los malos. Pero, entonces vinieron los soldados de la Orden, ahora aliados con la fuerza de las Nalini y saben los dioses que otros fanáticos como esos que se hacen llamar Minali. ¡Se llevaron a todos! ¡Todos!-sollozó el hombre, conteniendo las lágrimas: -Y no hablo solo de los hombres del pueblo, sino nuestras mujeres, mi vieja… los niños… todo.

El silencio se hizo alrededor de la fogata. Quizás aquellos hombres habían escuchado varias veces de labios de Lucio sus desgracias, pero para mí era como recrear una historia de la que solo portaba la mitad de los hechos. Mientras yo navegaba escondida en un baúl de alimentos, el capitán de aquella embarcación se despedía de lo más sagrado que tenía. Sí, era fácil entender por qué el dolor aún lo carcomía.

-Por eso me alié con el Señor Samovar. Como dijo Necross, en ese momento tuve que ver mi mundo arder, para vivir y luego pelear. No soy bueno combatiendo- advirtió dejándome ver sus manos: -Soy hombre de pescados, de mar. Mi arte es navegar. Pero por lo único que me queda en este mundo, aun cuando no sé si aún estará con vida, le daré mi vida a las alas negras para acabar con esos malnacidos que nos han quitado todo lo que tenemos.

-¿Alas negras?- inquirí, en medio de todos los hombres que vitoreaban alzando sus potajes.

-Ya para de hablar, Lucio. Me vas a quitar el sueño con tanto chisme de plaza de mercado- carraspeó osco el pelirrojo desde la otra esquina, mirando tras sus cejas espesas como se desarrollaban los hechos. Hasta ese momento había tratado de pasar por alto su incómoda presencia, que todo lo miraba, escudriñando desde las sombras. Pero entonces, levanté la mirada y nuestros ojos se encontraron. -De seguro la princesa necesita descansar, y como soy caballero, bien puede acomodar su ponderado culo en mi cama….

Apreté los dientes de la furia, aunque no me moví ni un ápice. Y para mi ventura, fue Lucio quién interpeló:

-Mi Señor Samovar, yo francamente no le veo a eso pies ni cabeza. Deje a la muchacha en paz, al menos hasta que la comandante diga qué puede disponer de ella- y bajando la voz, tapándose el rostro como para que solo el pelirrojo oyera, aunque todos de hecho lo hacíamos: -Además, ya le dije que el comandante quizás… ehhh… ya sabe…

Me puse en pie y me retiré a uno de los olmos cercanos.

-No huiré si eso teméis, Samovar, ¿así os llamáis?- comenté al ver que ya dos de los hombres se ponían en pie para cerrarme el paso: -pero bien me puedo apear de una buena noche bajo la sombra de este gran árbol. Contrario a vosotros vengo de tierras más frías y agrestes, por lo que el frío de esta noche veraniega poco me inquieta. Dormid bien, hombres de Necross, que por él os paso tanta estupidez. Pero os advierto, dejadme en paz que, aunque esté armada con un simple cuchillo de cocina, lamentaréis mucho si os metéis en lo que no os he permitido.

El silencio de nuevo envolvió a todos los hombres que allí se encontraban. La noche pasó de espesa a ausente. Pronto oí los primeros ronquidos, algunas conversaciones, la noche de adentro a todo y los sueños pronto llegaron para contarme historias de aquellos días en que el sol de aquella tierra me candilaba, hiendo de camino a un lugar mítico llamado Valashia.

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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Miér Jun 07, 2017 8:00 pm

XIII. Mucho en común

-Pero, ¿le has visto ese culo? Paradito, redondito…y la cintura…- comentó saboreándose los labios.

-Sí, muy bonito-advirtió seco Lucio: -Pero, puede que haya pasado algo entre Necross y ella. No se meta en problemas Samovar, que siempre que usted y él se enfrentan a usted le termina hiendo bien mal.

-Cállate, zángano-. Malhumorado, la observó irse hasta que su sombra se desvaneció con la noche.

-Es curioso como usted y él se parecen tanto a pesar que… no se llevan tan bien. Creo que si usted respetara un poco más la autoridad y él no lo viera como el pillo que siempre ha sido, serían hasta buenos amigos.

-Que buenos amigos ni que nada… La única manera en que sea amigo de Necross es si le saco el otro ojo. Pero tenemos un problema en común, y en tiempos tan apretados y acorralados hay que hacerse de aliados. No soy tan bestia como todos creen acá que soy, mozalbete. Aunque no parezca, también tengo mis intereses.

-Entonces no se los juegue con ella. Además…

-Necross ya tiene a su pelirroja, esa morena que irrita cuando habla. Y ni hablar de la chupasangre con la que apareció la última vez, o la gata del rubí… Creo que esta peliblanca está libre para mis “cosas”. Me la pido- sonrió, lujurioso.

-¿Y es que acaso usted no ve el parecido con… la pequeña?. He de confesar que hay ciertas- dudó: -¿similitudes?….

-Pues le falta par detalles para ser lo que quieres que sea-reprochó arisco Samovar: -Aunque sí hemos de confesar algo es que, quizás, puede ser, que algo si tenemos en común ese tuerto y yo después de todo: nos gustan las mujeres ricas, de mirada congelante y temperamento de mierda. ¿No vio como nos habló la mugrosa? Tiene menos de dos metros y nos fue amenazando con ese tono suficiente que… ya quisiera enseñarle…

El viejo marino sonrió porfiado, pues entendió el punto de su líder: de alguna manera la chiquilla descarriada de algunos años atrás ya no era la misma mujer que estaba con ellos. Su cuerpo era el mismo… pero hubo algo en esos ojos que tanto a Samovar como a él les hizo creer que ella hablaba muy en serio.

-Pero al menos podemos pasarle una de las pieles… ¿no?

-Ya “habéis oído” a la princesa: ella se apaña- y rompió en una carcajada seguida por todos los que escuchaban a ambos hombres.

--//--

Al día siguiente abrí los ojos apenas el alba se anunciaba. Los pájaros aún no despegaban, pero los polluelos ya trinaban de hambre, acosando a sus padres. Entonces me percaté que la tranquilidad de la mañana estaba cortada por un graznido estridente. Ladeé a ambos lados la cabeza, tratando de salir del mundo entrevela que cubre los linderos de Morfeo y volví a oírlo: claro y fuerte el estremecimiento de alguien en convulsiones.

Me restregué la cara con las manos para despabilarme y de un brinco estuve en pie. No muy lejos de la fogata, encorvado en cuclillas, uno de los hombres de Samovar, se contorsionaba entre vómitos siniestros. Al principio, al verlo de espaldas, me dije “un borracho más”; pero luego el olor nauseabundo y su tez amarilla alertaron mis sospechas. Con el humo disipándose en la hoguera y todos los cuerpos dormilones de los hombres de Samovar aun roncando a pierna suelta, lo tomé del hombro y en tono bajo pregunté:

-¿Estáis bien?
-Desde que salimos de Dalkia, y respiramos ese viento del desierto, siento que las tripas no han parado de revolverse.
-¿Viento del desierto?-inquirí. Una nueva ola de espasmo calló por un tiempo sobre desdichado hasta que de nuevo recuperó su aliento.
-Así llamaron los marinos a un aire cálido que nos golpeó desde el noroeste mientras cruzábamos el mar… lo siento… brrr…. No puedo contenerlo.

Lo tomé sorpresivamente por las axilas, levantándole los brazos. Al abrirlos, las marcas de un pequeño sarpullido rojizo resaltaron en su piel oscura, tanto en las muñecas como en su cuello. Era de suponer que estaba cundido de ello.

-Ehh loca, bájame, suéltame o te unto de lo mío…
-¡Retiraos la ropa!- ordené inflexible: -y si alguno de estos- espeté señalando a los demás mientras lo soltaba: -tiene ropa para vos, tomadla.
-¿Qué pasa señorita Amethist?- interrumpió desde atrás un Lucio aún somnoliento que no terminaba de salir de su mundo de ensueño.
-Vuestro amigo está enfermo… y si no se cuida lo que tiene, os lo prenderá a todos.
-¿Qué demonios dices mujer? Ahora de bonita y elegantemente malhablada, ¿bruja?- burló Samovar, también reaccionando ante el bullicio que sus hombres empezaban a formar. Su bostezo prominente de animal salvaje contrastó con los cabellos desordenados, en forma de cresta cual gallo de pelea. El aire de la mañana nos golpeó con su frescura, haciendo que el pobre secuaz volviera a rebujarse en sí mismo y vomitar. Lo miré de nuevo y supe que no había duda de lo que tenía: lo había visto en los niños de Eblumia e incluso en algunas de las nereidas de los fondos.
-Tiene sarna marina. La peste de las nereidas.
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Miér Jun 07, 2017 8:12 pm

XIV. Enseñanzas pasadas

Al oír la palabra “sarna” todos se retiraron del enfermo. Yo lo recibí al caer de rodillas, acomodándolo sobre uno de los árboles. Pesaba, pero no tanto como los demás enfermos de Melk. Lucio ofreció sus propios ropajes, mientras otros trataban, con cuidado de sacarle las ropas al enfermo, con el cuidado de una mujer enamorada. De alguna manera, aunque no todos eran marinos, podían entender la gravedad del problema: la piel del enfermo estaría resentida, sino carcomida por parte del virus, lo que hacía aún más delicada la tarea.

El enfermo comenzó a gritar. Las espuelas, algunas más gruesas que otras, comenzaron a supurar al contacto con el aire o al roce de los ropajes. El vómito parecía ceder mientras la piel desnuda se aireaba, pero entonces, al verse cundido de yagas, el enfermo comenzó a gritar.

-Atadlo- ordené a Lucio: -Necesita que le laven las heridas. Tú, trae agua, y tú, toma esto- y rasgando algunos flecos del vestido, ahora sombra lejana de lo hermoso que fuera en otros tiempos. Los arranqué, entregándoselos en las manos al hombre que más cerca tenía: -Pasadle esto por la frente y todos los lugares donde se vea sudor. El secreto es que su propia fiebre no aliente la expansión de la enfermedad. Yo… necesitaré ayuda.

-¿Qué hay que hacer?- inquirió el pelirrojo mientras se acomodaba el cinturón y luego, amarraba sus botas.
-Acompañadme, Samovar- le insté: -Necesitamos reunir tantas flores como podamos.

Todos voltearon a observarme con reproche y sorpresa, incluido el enfermo, cuyo semblante libido denotaba lo muy debilitado que ya estaba.

-¡Este no es un momento para flores, princesa!- exclamó el salvaje en jarras.  
-Entonces andando.

--//--

Las minepholosys eran una clase de anodalas, flores del campo de color amarillo sol, tan diminutas que a veces podían perderse entre los pastos. Aunque la geografía de Thargund era nueva, recordaba a los gitanos hacer sus saraos sobre campos plagados de flores, por lo que sabía de su existencia en aquella región. Al encontrar las primeras, le mostré a Samovar. Pronto él salió en busca de más, mientras yo tomaba varias de los campos cercanos. Cerca del Tarangini encontré un pequeño pozo de agua, de donde seguro los hombres de las alas negras habían tomado agua para cocinar, varias piedras perfiladas, aun con barro, se avistaban. Las tomé, tantas como cabían dentro del abrigo de Necross. Al volver, Samovar traía en su camisa una buena cantidad de minepholosys.

-Con eso bastará- advertí al ver la cantidad de plantas que el pelirrojo había cortado. Este sonrió como un niño a quien gustaba los halagos y, de pronto, me sentí de vuelta en los parajes de Eblumia, cerca del Gran Lago, donde los niños de un momento a otro saldrían corriendo de los árboles.

Al arribar, el enfermo continuaba quejándose de dolor. Las vendas, impregnadas de pus y sangre, parecían expandir más la supuración que contenerla.

-Necesito más tela. Cortad vuestro vestidos- aclaré mientras tomaba parte de las flores y arrancando rápidamente los pétalos, los vertía sobre la gran olla donde uno de ellos había traído el agua y la había puesto a hervir. Samovar tomó sus pantalones y con ayuda de su arma, los rasgó, sacando varias tiras.

Pronto el agua hirvió, en medio de los quejidos del enfermo. La mirada de todos se concentraba en lo que yo hacía: la manera de macerar las piedras, de verter de nuevo los pétalos, de continuar revolviendo la mezcolanza hasta que quedara una mascarilla. La mezcla estuvo lista cuando aquel mazacote empezó a burbujear, y descargándola de la hoguera la puse cerca del enfermo:

-¿Cómo te llamáis?- inquirí mientras el olor de las flores desbordaba los confines de todos, haciendo que voltearan la cara.

-Helbert Prieto Mardons.

-Bien, Helbert, esto dolerá… pero luego se acabará. Tendremos que hacerlo en todo tu cuerpo, por lo que deberás resistir… como un varón- expliqué con la cara seria y los ojos clavados en él: -Tienes que resistirlo hasta el final.

Los amigos le pasaron un trago sobre los labios y luego de varios sorbos, asintió. Estaba nervioso, claro, pero también atormentado por el ardor de sus espuelas.

-¿Está segura que puede curar la sarna marina con esas florecitas, señorita?-preguntó un Lucio escéptico pero muy concentrado en cada detalle del proceso.

-Tanto como lo estoy de que me llamo Amethist Wasser, mi amigo.  

Al primer paño, el enfermo gritó.

-¡Como varón, Prieto! ¡Apriete el culo y el mulo!- gritó Samovar, y todos los demás en coro empezaron a animarle.

--//--

La tarea fue lenta, ardua, pero al final fructífera. Luego de unas tres horas, cuando el sol elevó, el cuerpo del enfermo estaba cubierto por la sustancia de las flores. Las espuelas comenzaron a cerrar, y el sangrado estaba más controlado. El semblante, aunque libido, ya había perdido un poco de ese tono amarillo enfermizo, y los ojos del enfermo, ya se abrían con mayor jovialidad.

-No podemos quedarnos aquí un día más- advirtió entonces Samovar: -varios de los exploradores han vuelto y al pareces los soldados de Naresh y Narda están más activos que de costumbre.

-Me pregunto por qué- espetó la daga risueña. Sí, en el fondo sabía que era por mí y las muchas cosas que había sacado del domicilio de Lord Waltz.

-Tenéis razón- contesté al pelirrojo, mientras los demás nos observaban: -recomiendo recoger las cosas, ensillar los caballos y ayudar a vestir a este valiente. Estaréis mejor donde sea que vayamos que aquí, Helbert. Os lo garantizo. Lo peor ha quedado atrás.

-¡Que me lleven los tifones! Menos mal que esto fue lo peor: no aguantaría ver los huevos y salchichas de otro más de estos mugrosos. Ni tanto nos pagan- espetó Lucio, en broma, mientras lo demás se reían risueños, alzando el improvisado campamento.

Le di una palmada en la cabeza al enfermo y este, en un suspiro, agradeció apenas moviendo los labios.

Estaba exhausto. Era normal. El camino que faltaba le mermaría aún más, pero con ayuda de sus compañeros podría sobrevivir.

-¿Cuánto nos queda de más?
-Unos 10 a 12 días para llegar a Maletta, de ahí unos 4 más.

Miré al cielo y luego al enfermo. Había tantos chances de que lo lograra como de que no. Mi trabajo estaba hecho, ahora, restaba el de él.
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Miér Jun 07, 2017 11:32 pm

XV. Mercenarios

Los días que sucedieron fueron más tranquilos. La mejoría del joven Helbert levantó el espíritu de sus compañeros, así como el de su líder. De alguna manera, aquella ayuda, más producto del momento que del buen corazón, jugó a mi favor: no sólo tenía la confianza de aquellos hombres, también su respeto. Entonces, como la torna de un molino, el viaje se volvió ameno. Las lluvias mermaron lo suficiente como para poder estirar las piernas, y halando los caballos, caminar por zonas menos pantanosas, bosques idílicos, y algunas reservas de selva. ¡El norte de Ujesh Varsha era increíblemente rico en verde!, algo que de seguro se debía al correr vertiginoso del Tarangini. Avanzamos lento, pues el enfermo poco resistiría más, pero lo suficientemente exigidos como para avanzar a buen paso, eludiendo siempre los caminos principales, ahora más inseguros que nunca.

-La alianza entre las fuerzas de Samrat, las órdenes religiosas y los estados de las Nalini ha hecho que, con cierta, frecuencia los soldados patrullen los senderos que conducen a Valashia. Nadie lo dice a voz abierta, pero se cree que los altos señores de las ciudades, petulantes oligarcas, quieren apoderarse del norte con la ayuda que su religión alienta. Pero lo peor no es eso. Bien decían las brujas del pueblo, “no es culpa del abusivo sino también de quién se deja abusar”. Bueno, y para qué mentirnos, es que en Valashia nos gusta el caos…- bufó uno de los hombres, tapándose la boca con su pañolón para evitar el viento plagado de aromas marinos.

Arrebujé la gabardina, cerrando mejor su cuello entorno al mío, mientras otro de ellos tomaba la palabra:

-Por mí que se maten, con todo y tus brujas, Gran Dick. Lo que importa es que estemos del bando del mejor postor, y ojalá el ganador-contestó con sorna el enfermo, ya a todas luces con más alientos.

-¿A eso es a lo que se dedican?

-Sí, señorita. Somos mercenarios.

-Qué noble causa…- espeté entre dientes, torciendo los ojos.

-Aunque lo reproche: lo es, si me lo permite. Es cierto que peleamos para el que ponga mejor precio, pero la vida me ha enseñado que por más bueno que parezca el puerco, puerco es. No hay bando bueno, no hay opción mejor. ¡Todos son unos sucios…

-¡SHHH!- mandó callar Samovar, delante de todos, con el brazo en lo alto y los dedos rígidos. De inmediato todos sus hombres se llevaron la mano a las armas y luego de mirar a todos lados, olfatear el aire como un sabueso, susurró peligroso: -Nos vigilan.

De pronto, las ramas se movieron. La tensión en el ambiente creció. Los pelos de la nuca se erizaron mientras yo también me llevaba la mano al cinto. Sí, la maligna se alegró, oliéndose la posibilidad de probar sangre. Sin embargo, del otro lado surgieron tras los matorrales unas cuantas chicas, ligeras de ropas por el verano, cargando sobre sus cabezas canastos enormes llenos de ropas tan mojadas como ellas.

-Señoritas- sonrió Samovar, llevándose la mano al pecho con elegancia, que, en un hombre como él, más parecía un mono entrenado haciendo su gracia. -Dichosos los ojos que las ven.

Ellas rieron con tono pastoril y yo profundicé más las cejas de descontento. Odiaba ese tipo de mujeres; de la misma naturaleza de las que abundaban en la corte de Waltz: risa falsa, aguda, de patico indefenso, pavoneándose, buscando problemas. Y los tendrían; aquellos mercenarios tenían el calor del verano acumulado entre las piernas.

-¡No oséis meteros con las hijas de Bronx Carraspil, greñudos inmundos!- surgió una voz de entre las damas, tan rugosa y quebradiza como la mujer que las empuñara. Vieja, encorvada, con todos los años que pudiera tener el mundo a cuestas, se quedó amenazante, estirando su dedo en advertencia a Samovar y los demás: -Vergüenza debería daros de estar amenazando a las hijas de Lord Carraspil. ¡Vergüenza! Y vosotras, todas, andando, ya, pero ya, que vuestro padre os espera.

-No tan rápido señoritas- advirtió Helbert, quien de improviso pareció con mejor semblante: una mezcla peculiar entre el amarillo enfermizo de sus ojeras y los pómulos rozagantes: -¡Yo pensé que esto era una fiesta! Tenemos agua, comida, ropa limpia, buena compañía…

-Un enfermo y afán- cortó exasperado Lucio, dirigiéndose con paso lento pero altivo hacia Samovar  y hablándole con prudencia, acotó: -tenemos cosas que necesitan ser avisadas prontamente, mi señor. Si perdemos tiempo, quién sabe lo que eso luego le pueda costar con la comandante.

Días atrás me lo habían aclarado. Necross no estaba con las alas negras. Su paradero era incierto, como angustioso, pues las noticias habían volado por todos lados y del tuerto no había ni rastro. Las cosas que yo traía consigo, sus pertenencias, eran la primera prueba que en más de un año de búsqueda tenían sus hombres. Y no era para menos, con el arribo de cada vez más fuerzas en el sur y los caballeros religiosos enfermos por hacerse al control de la fe, infiltrarse en el territorio de las tres ciudades de las espadas se volvía cada vez más difícil. Eso había llevado a la organización de Necross a evolucionar de contrabandistas a mercenarios… eso y quizás mil cosas más.

-Tienes razón, burro- maldijo para sí Samovar al tiempo que daba una vuelta a su cabalgadura: -Lo siento, señoritas, no las desgraciaremos hoy, tenemos prisa… y bien que les hacía falta, empezando por usted madame abuela… parece rancia, pero ya sabe lo que dicen: “entre más pasa la fruta, más dulce”.

El malevo pelirrojo sonrió porfiado y tomando con fuerza las riendas, su caballo continuó la caminata, desfilando tras de él las caras tristes e inconformes de sus hombres. El silencio lleno de cascos y trote llenó el ambiente que cada vez crecía entre las chicas risueñas y los hombres de alas negras. Sólo la risa de la daga maldita se oía distante, una tan embriagada de amargura que difícilmente podría decirse que fuera feliz… aunque la desgracia ajena sin duda la divertía

- Y de qué manera… como no tienes idea- esbozó con petulancia.    
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Jue Jun 08, 2017 8:48 pm

XVI. Mary Ann

-Sabia la penca, tic, tic, tac; debajo del abello, toc, toc, tres pies; salta el múnculo, plis, tres, clás; vuelve a brincarlo, punc, tris, plac…

-No puedo creer que tengamos que pasar por esta estupidez cada vez que llegamos a casa.

Tenía razón. Cansados, con los ojos hundidos por las ojeras, los muslos entumecidos, los brazos caídos, todo el grupo de hombres torcía la mirada del desespero al ver como el viejo pescador parecía realizar un ritual mientras avanzaba lentamente en medio de un bosque tupido. Samovar, quien a todas luces era el más molesto, se llevaba cada nada la mano a la frente y volvía a refunfuñar:

-Me lleva el diablo con esto de las trampas. ¿Qué sentido tiene ponerlas si igual hasta nosotros caemos en ellas?

-Vuelta al olmo, tras, tres, pies; zancada a la izquierda, y giramos otra vez. Dos pasos al este, tres piso al ristre, siete mira al oeste, tras, tres, pies- dio por respuesta Lucio.

No era mucho lo que se pudiera hacer en esas circunstancias. Hasta yo miraba toda esa danza extraña con poca condescendencia. Sin embargo, en lo mucho que había hablado con esos hombres, tenía claro que la secrecía era su máximo aliado: si en algún momento se esparciera la noticia de su locación, tanto los enemigos de los bandos para los que pelearan en el pasado, como aquellos bribones que luego de los favores realizados no quisieran pagar, les caerían encima. Era un mundo gris, de traiciones y revanchas, por lo que el éxito de su cometido residía en el anonimato de su paradero. Las alas negras volaban gracias a que podían esfumarse como el viento.

Entonces, como si de alguna manera lo sospechara, calló sobre mí una manta oscura, de olor curioso, por no decir apestoso, una mezcla entre almizcle de cabra y tomates pichos. No opuse resistencia, aunque sentí nervios por caer de la cabalgadura. De pronto, todos los sentidos se agudizaron: podía oír el croar de las ranas, el movimiento serpentoso entre los pastos, el zumbido de las abejas, la respiración del caballo. Con delicadeza, alguien tomó las riendas de mis manos, mientras yo, insegura, me aferraba de la silla y lo poco que pudiera palpar de ella. No sabía bien porqué en sí temía a esos animales: movilizarme en algo que tenía mente propia me parecía lo menos confiable de la vida. Pero ahí estaba, tratando de sobrevivir a la experiencia, que no era nueva, pero siempre plagada de inseguridades.

-Esto es ridículamente lento- espetó peligroso Samovar luego de 4 horas de cantos. Sin embargo, Lucio era admirable. Haciendo oídos sordos a todo lo que blasfemaban sus compañeros, continuaba recitando las líneas de una canción incoherente, brincando de un lado a otro, traduciendo cada frase en un paso más dentro del sendero.

No supe cuánto tiempo estuvimos así. Blasfemando, insultando, con el tiempo perdido. Entre la oscuridad de la tela que tenía puesta llegaban los comentarios sarcásticos de los hombres, sumado a los pasos de los equinos. De pronto las sorpresas o burlas brotaban al ver el cuerpo de algún incauto, o saludando a alguien distante, camuflado quizás entre las hojas, pero no paramos. Siempre seguimos, y seguimos, hasta que el ruido de gentes y el olor a tocino rancio fue anunciando el arribo al campamento.

-Llegamos- sentenció Samovar retirando la capucha de mi cabeza. La luz de las lunas me encandiló lo suficiente como para no distinguir nada entre las sombras fluorescentes que aparecían. -Bienvenida al escondite de las alas negras, o el culo del mundo como le llamo. Nuestro humilde hogar.

Alrededor varias hogueras encendidas y las diferentes tiendas apostadas a lado y lado de lo que parecía ser un sendero trazado por los lugareños, me recordó los días con los gitanos. Voces recias, risas audaces, el humo del tabaco mezclado con el de la comida, todo ello tenía cierto toque familiar. Una de las carpas exhibía ruecas y piedras; el arte del yunque y el martillo no eran extraños a esos lugareños. Tampoco lo era la forja o los cultivos, algunos desperdigados a las afueras de las tiendas.

-No está mal, muchachos- advertí, mientras con la mirada ávida recorría cada detalle de aquel lugar. Introduje mis zapatos en el fango, reconociendo que el terreno era un bosque lluvioso, de árboles altos y naturaleza tupida. De alguna manera, al oír hablar a Necross de los suyos, lo imaginaba más como una familia de varios, unos doce, y no la cantidad de hombres y mujeres que lo formaban. Era un ejército incipiente, una fuerza capaz de hacer la diferencia en una guerra, si algún día se lo propusiera.

Entonces los ojos se toparon con las esmeraldas de ella. Alta, fornida, morena, una mujer fuerte y además dotada de una armadura que la hacía ver aún más salvaje, avanzó a zancadas desde la otra esquina de las carpas, en dirección hacia nosotros.

-Ay, nos vio. Ahí viene…- susurró Lucio, claramente incómodo en su silla. Una rápida pasada por el rostro de Samovar, y por su propia reacción, mirando la tierra o al cielo, supe que incluso él con su brutalidad trataba de evitar a la mujer.

-Y bien… ¿Qué trajiste?- le espetó la mujer. Por alguna razón, contrario a los demás yo la observé… y la recordé.

Mary Ann… la mítica Mary Ann… La misma que había estado con Solorio Pinto aquella noche en que los mercenarios y los gitanos danzaran para festejar por el botín y la humillación de…

De…

¡Gran imbécil había sido! ¡Los demonios me consuman de nuevo si no pudiera reconocer que mi memoria aún después de todo lo vivido seguía siendo poco fiable! Sólo necesité de ese segundo y como una ráfaga de agua fría sobre la espalda, vinieron las palabras duras y bruscas de un Necross, otrora armado, líder de los suyos, en medio de la contienda ganada, con una victoria aplastante pero aún enfurecido, lleno de orgullo, mandando a volar a los soldados recolectores de impuestos de las Nalini. Y en ese momento, cuando las espaldas de todos ellos corrían por su vida lejos de la trampa que le tendieran los gitanos y las alas negras, recordé el grito del tuerto en medio de esa noche:

-¡¡Díganle a Waltz que Lucard Wasser es quien se ha llevado su oro!! ¡Y que pronto iré por él!

Ahora, en mi mente, el rompecabezas se veía tan nítido como el verde de aquellos ojos de la pelirroja. Ella también calló un tiempo, quizás reconociéndome de aquella vez, o de otra vida, con esa altivez que parecía ocultar la propia ocultación que me hacía; y aunque las palabras se me atragantaban entre el corazón y el alma, solo pude reaccionar con la única prenda que tenía en ese momento como un tratado de Parley: Sherckano.

-Tú y yo…- espetó al ver la hoja brillar pálida y muerta: -tenemos que hablar. Llévala a mi tienda, Samovar, que tenemos intrusos en el borde oeste. Y tú… peliblanca… Tú tienes mucho que explicar.
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Vie Jun 09, 2017 12:48 am

XVII. Dama de hierro

Musica:


La mujer era dura, inflexible, no en vano el mote de “dama de hierro” le calaba a la perfección. Esbelta, altiva, con ese tono autoritario y estricto que la caracterizaba, cuestionó de manera sistemática a cada uno de los miembros del equipo de Samovar, y luego inspeccionó las “compras” que se le habían encargado. No se detuvo en Necross, sino en los pormenores del viaje, los detalles mínimos de la misión que el líder de aquel escuadrón tenía, y luego de sonsacar de cada uno de los hombres los pormenores de la expedición, los dejó salir de su tienda, a excepción de su salvaje y temperamental líder.

Al igual que en su momento lo había notado en Samovar, también ella estaba ansiosa por ahondar el tema relevante, la razón por la cual yo había presenciado todo ese teatro, el motivo que les hizo volver antes de tiempo de la otra orilla del Tarangini: las noticias llegadas del comandante de las alas negras.

Hablaron, discutieron, golpearon la mesa y volvieron al tono calmo pero frío de la plática. Y yo en el medio de todo, sin abrir la boca para nada, como un espectador más, sin derecho a voz o a voto, apenas parte del mobiliario escueto de la tienda, lo presencie con la ecuanimidad que me daba el crujir de las tripas y el cansancio.  Les vi la cara de emoción al revisar una y otra vez las armas, y luego la frustración. Lo que tenían eran cosas, una pista parcial de quién podía tener idea de la locación de Necross, pero nada más. A eso se sumaba las condiciones de seguridad que rodeaban al Conde Waltz, lo que hacía una misión de inteligencia, solo por la información, una tarea suicida para quién la realizara.  

Ahí vino mi turno y, como pude, tan clara como me fuera posible, sin titubear en ningún detalle ni comerme pormenor alguno, narré como conocí al conde Anthony Waltz, su acogida en la gran mansión, el encuentro con la Cardenal y por supuesto mi incursión final en su estudio, que diera como resultado al descubrimiento y a mi escape.

-¿Es todo?- inquirió la mujer enfática.

-No.

Samovar, que también había escuchado ya varias veces mi historia, de pronto volteó y con sus ojos suspicaces y fierros como el carbón hirviente me estudió sorprendido. Ciertamente, había ocultado parte de la información, pues sólo hasta ese momento sabía que todas sus palabras eran verdad. En el fondo, siempre había esperado alguna traición por parte de ellos, y aunque había curado parcialmente a uno de sus hombres, eso no hacía más difícil el apuñalarme por la espalda, si así lo hubiesen querido. Tristemente en un mundo de rufianes, la desconfianza era la mejor moneda con la que se podía pagar.

-A parte de las armas… la gabardina, el colgante, encontré una cosa más…- abrí la gabardina y estirando la parte del frente del vestido, descubriendo un tanto del escote, saqué los mapas que había tomado y que, hasta ese momento, me habían resguardado del frío. -Los encontré en la mesa. En los jardines lo oí hablar de un viaje importante a Valashia… sospecho que el punto que se muestra en esta zona, debe ser el lugar donde está su comandante.

Mary Ann me observó con detenimiento, emocionada, pero con desconfianza, como si con ello creyera que pudiera escrutarme el pensamiento. Pero yo ya no era la misma joven que viera con los gitanos. Ni siquiera pudiera decir que quedara en mí algo de aquella chica que reía y leía las cartas al son de los saraos. Le sostuve la mirada rígida, e incluso me erguí para estar aparentemente a la misma altura de ella. Una falacia, pero la sensación me daba el confort de sentirme en control. Ella estiró sobre la mesa los mapas y ahogó un suspiro.

-Llama a todos, Samovar. Esto no será fácil… pero al menos es una pista sólida- levantó la cabeza y luego ordenó: -Ya no nos sirves aquí, peliblanca. Por la información estamos en condiciones de proveerte de comida y algo más, pero por unos días, a menos que quieras hacer parte de nosotros y acatar el sistema que tenemos. No has contado porqué accediste a venir con Samovar, pero intuyo que si tomaste las cosas de Necross es por algo.

-Así es- espeté mientras el pelirrojo salía de la tienda. -Tengo asuntos que arreglar con él.

-Ya lo creo…- aseguró con la mano en la barbilla. -Y por eso te reitero, puedes quedarte con nosotros y hacer parte de esto, sé que así lo hubiese querido el comandante; pero mientras te decides estarás bajo estricta vigilancia. La información que nos has traído es muy valiosa, pero no por ello aflojaremos nuestra protección. Hay mucho en juego, además…

-No os preocupéis. No tengo problema en ajustarme a las condiciones que demandéis.

-Lucio te conoce, así que le encargaré esa tarea, y de paso también podrás ayudar al médico del campamento. Nuestros enfermos crecen a mayor rapidez de lo que se reponen para el siguiente trabajo.  

Asentí y con una venia me dispuse a retirarme.

-Peliblanca- llamó sorpresivamente: -¿Cómo te llamas?

-Amethist. Amethist Wasser.

-Sí, tal como lo pensaba- aseguró, enterrando de nuevo la cabeza en los mapas.
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Sáb Jun 10, 2017 12:16 am

XVIII. Una niña llamada Esperanza
   
-Sea- dije al retirarme de aquella reunión, no sin antes acercarme a una de las esquinas, donde aún yacía mi estoque, la tiara, y por supuesto, mis propias valijas. La tarea en sí estaba hecha: había devuelto las cosas de Necross a la gente que le estimaba. Sin embargo, el sinsabor de saber que estaba cautivo por Waltz me revolvía las entrañas. Solo hasta ese momento sentí el miedo que nace de los huesos y se expande a los músculos como una premonición. Anthony, un demonio y un ángel, aquel que con su cara de santo me dio la mano para enfrentar los peligros de una orden religiosa temible, pero el mismo que estaba matando de hambre con su yugo a los míos. ¡Y ahora tenía en su poder, quizás bajo tormento o peor al hombre que en otra vida más había amado!

Porque a ese punto, y luego de ver el rostro de la dama de hierro, esa manera queda, pero firme de decir “lo que pensaba”, no podía negar la razón por la cual había iniciado todo ese viaje. Había dejado las costas apacibles de Eblumia, los niños, Madame Celestina, las ondinas, los merrows y las nereidas; había cruzado el mar, peleado con piratas, me había aliado con ellos, y aparcado en las costas de Narda; había cruzado un mundo y vuelto a él sólo para ir tras la sombra de algo que había querido en el pasado con tanta fuerza y convicción como para recordarlo aún más allá de la muerte o la cordura. Algo cuyo sabor dulce y amargo parecía tener tallado en el alma, una marca indeleble entre el corazón y los huesos. A él lo había buscado en mil rostros, incluso en el de él mismo, y lo había encontrado, solo para perderlo de nuevo.

La vida parecía dejarme siempre ese amargor en la boca cada vez que me sentía cómoda en algún sitio que pudiera hacerme sentir en paz. Sin hogar, sin lugar, en un mundo que no me pertenecía y ni siquiera podía aspirar a comprenderlo plenamente. Una ilusión, una ficción.

Al respirar el aire fuera de aquella tienda, la brisa fresca despeinó mis cabellos, dándome la bienvenida a un ambiente totalmente nuevo. Allí no se sentía paz, a pesar de la camarería que acompañaba a cada uno de los hombres y mujeres que veía. Cada rostro reflejaba la decisión de una elección: hacer parte de un trabajo poco honorable, pero necesario para subsistir. Eran seres de pelea, guerreros liberados; algunos ladrones, otros esclavos, todos peleando por sobrevivir dentro de los bordes de una soñada libertad.

Par de pasos por aquel barrizal que fungía de calles y entendí que mi indumentaria era más que impropia. El frío arreció y de inmediato me llevé las manos a las solapas de la gabardina, en un impulso por cubrir el cuello. Un repaso de nuevo a todos lados, con la mente clara en Lucio.

Fue ahí, en medio de las sombras de los árboles y la noche, que dejé de pasar por alto sus ojos desiguales. No llamó mi atención desde antes, a pesar de su deferencia, siempre pendiente de todo lo que cruzaba mi camino, y de que no tuvieran las manos tan largas como para tomar las monedas que aún sobrevivían del cochero. Sin embargo, esa estatura diminuta, su capa oscura, su mirada mitad azul, mitad lila, me sorprendió en medio de la nada como si solo ese par de ojos y los míos existieran.    

Entonces, como si se empinara en sus puntas y luego en sus talones, una sombra indecisa abanicándose a la intemperie, dio par pasos hacia delante, sin que con ello pudiera determinar si se trataba de un niño o una niña. Retiró la capa de su cara y el pelo, tan blanco como el mío, sino más, salió descubierto, así como un par de plumas volaron desde su nuca. Entonces fue que reparé en lo que ocultaba tras aquella cobertura oscura: unas alas tan inmaculadas como sus cabellos.

-¿Es verdad?- susurró con timidez, apenas audible a la distancia que estábamos.

-¿Verdad?- inquirí levantando una ceja suspicaz: -¿De qué verdad habláis, infante?

-Qué sabes de mi padre… ¿Es cierto? ¿Tú sabes? ¿Sabes …

Arrugué el rostro, mientras una tenue lluvia comenzó a caer de los cielos refrescando la maleza. Así como el agua cayó a mis pies, así lo hizo el ánimo. De la misma manera que había hilvanado los recuerdos para encajarlos en el puzzle que era la realidad compleja en la que se movía ese lugar, así encajaba en la identidad de esa niña, pequeña, tierna, un remanente de Ondine… de mí.

-Sí- susurré, acortando la distancia entre las dos: -No sé dónde está, pequeña, pero confió en que sus amigos puedan encontrarle.

Frágil, inocente, con los dedos de sus manos entrecruzados y sin dejar de balancearse, puse una mano en su hombro y con una sonrisa, la mejor que podía poner en esos momentos, reconociendo que incluso a mí me faltaba el aire y las piernas me temblaban de solo suponer quién era aquel ángel que a su padre lloraba. Solo atiné a decir lo más sensato, más no prudente, que encontré en mi repertorio:

-Pero es seguro que donde sea que esté, te está extrañando tanto o más a como lo hacéis tú, pequeña. ¿Cómo es tu nombre?

Un movimiento a mis espaldas, hizo que volteara el rostro hacía Mary Ann, quien, habiendo abierto la cortina de la tienda principal, aún envuelta en su armadura, miraba con ojos encendidos, sino suspicaces, en dirección a nosotras. Estaba siendo vigilada y bien lo recalcaba con aquel gesto dominante.

-Nadine- contestó, secándose las gotas de agua que caían sobre su rostro.

-Nadine… Esperanza.

-¿Cómo lo sabes?- inquirió la divium con sus ojos abiertos como platos, atónita pero al mismo tiempo sonriente.

-Wëil ïch ëlfïsch äuch sprëchën känn…- contesté con media sonrisa. -Ahora, arriba el ánimo, pequeña, que es de cobardes decaer cuando las noticias son buenas.

La chiquilla sonrió, entre sorprendida y adulada, dejando ver un rostro de porcelana tan pálido que hasta las lunas tendrían vergüenza de su impureza. Rebujé sus cabellos y con una leve venía, a manera de las altas cortes, pretendí retirarme. Entonces, reparé en la gabardina.

-Hey… detente… ¡Espera!- quité la prenda con presteza y la puse sobre sus hombros, y aunque la arrastraba mucho más que yo, le cubría perfectamente: -No es mía… sino de tu padre. ¡Así lo sentirás más cerca! Ahora ve… vete.

La niña balbuceó varias cosas, pero como solía suceder con los niños de Madame Celestina, a esta tampoco le salieron las ideas muy coherentes. Par palmadas en la espalda abollonada, y me di media vuelta, resuelta a buscar entre la multitud a Lucio. Más no pude. Apenas volteé la primera tienda, abordé el primer rincón que me diera la intimidad para dejarme caer y pensar... en todo, en nada.

La noche se acercaba y aunque la oscuridad se tomara el bosque entero, ese día yo había devuelto la alegría a ese rostro infantil tallado en angustia por un padre perdido; así como una pequeña de alas, nombrada Esperanza, me devolvía sin saberlo la sonrisa que hacía tantos días me había hecho falta.

Nadine.    
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Sáb Jun 10, 2017 9:50 am

XIX. Aceptación

La noche, tranquila y silenciosa, apenas arrullada por el ulular de las aves en duermevela, invitaba a dejarse caer en su manto y descansar. Ya había comido (algo asqueroso, pero comida), incluso bebido. Me había pasado por la tienda donde el sarnoso Helbert aún contaba cómo su enfermedad había sido 10 veces más terrible y milagrosa. Luego, solo quedó ir al lugar donde dormiría, una de las tiendas exteriores, fuera del casco céntrico del campamento.

-Lamento las incomodidades de estas tiendas, joven Amethist. Nuestro grupo se hospeda en este lado. Punto positivo, si usted lo ve, es el agua que tenemos cerca. Estamos mejor conectados a uno de los afluentes del gran Tarangini, así que cocinar no se nos hará tan difícil. Claro, le recomendaría prudencia si decide bañarse en sus aguas, muchos van por ahí… ya sabe a qué- explicó el expescador, aunque en mi cabeza solo pensé en dos cosas: sexo y mear: -Pero en lo que cabe tenemos este sitio ameno. Solo el caballo del señor Samovar hace destrozos, o mejor, los deja desperdigados. Yo trato de mantenerlo todo limpio, pero ahora con la misión con usted…- incómodo por las últimas palabras volteó la mirada hacia lo lejos, hacia el afluente.

-No se preocupe viejo amigo-aclaré: -No tengo intenciones de bañarme aún, aunque no estaría mal. Supongo que siendo un lugar de guerreros no importa lo joven o lo vieja, lo cuerdo o lo loca, todos se bañan con todos, ¿no es así?

-Sí- alargó con incomodidad el pescador: -Yo lo odio, si me permite joven Amethist. Esos cuerpos desnudos, todos juntos, haciendo sus bromas, sin el pudor que uno tenía acostumbrado. Yo era un hombre que mis lunares solo los conocía la vieja mía, sólo ella. Ahora hasta Samovar sabe que tengo un lunar en la parte baja del cachete izquierdo. Uno se siente… violentado.

El pudor del viejo Lucio me hizo reír de buena gana. Lo que decía no era nuevo para mí, pero viniendo de dónde venía, de los lujos que tenía la residencia de Waltz, tenía que confesar que el cambio resultaba difícil de asimilar. Era más fácil ascender en la escala social que descenderla, eso era claro. Pero bañarse juntos, vivir a la intemperie, reír como bellacos, todo el paquete, era algo que ya había fungido en el pasado, con los gitanos. Una familia nómade que me había legado las mismas experiencias que Lucio describía. La libertad del aire libre, el correr a dónde se quisiera, como se quisiera, el trabajo en comunidad, el ser malignos para los demás a pesar que entre nosotros se tejía un ambiente familiar. Pero, las alas negras no eran la gitanería.

-¿Alguna recomendación que quieras hacerme?- pregunté, no entrando a la tienda, cuyo interior rápidamente mire. Sucia, vieja, con cierto olor a rancio sino a meados, supe que ahí dentro difícilmente podría descansar. Era un lugar de penitencia.

-Duerma mejor afuera. Apesta ahí dentro.

Puse los ojos en blanco cuando me entregó un pequeño envoltijo a manera de cigarro. Al verlo alejar, y más al entrar a su tienda, unas cuantas más a la derecha de donde se ubicaba la mía, supe que necesitaba fuego.

En la oscuridad era difícil distinguir las ramas secas de las húmedas. Pero lo que los ojos no alcanzan a recrear, las manos podían rastrear. “El mundo es un mapa que se lee de mil maneras diferentes”, repetía con regularidad Yusuf, y tenía razón. Con un bastón seco, tan alto como yo, arranqué a dar la vuelta a esa ala del campamento, con la información lógica básica como ayuda: entre más cerca caminara del afluente, más húmeda encontraría la madera.

Golpeé el suelo, y a cada bulto con el que me estrellaba, le hacía resonar: si era seco, hueco, acercaba la mano para tomar le fibra de madera que alimentaría un fuego incipiente.

Alrededor, los ojos me seguían: algunos con curiosidad, otros con intenciones que era imposible de leer en medio de la oscuridad. Quizás desconfianza, quizás odio. Y aunque sus acciones no impedían las mías, y sus pensamientos no inquietaban los míos, no podía obviar que quizás mucho de sus presupuestos se basaran en la naturaleza de mi atuendo. Otrora un vestido de gala, tan magnífico como aquellos propios de las cortes de las Nalini, ahora era solo girones, empedrados con pequeñas esquirlas brillantes, tan llenas de lodo que no había manera de vislumbrar la incandescencia de su arte. Pero un vestido era un vestido y medio de armaduras creaba suspicacia.

Reuní la madera sin tener que salir del perímetro asignado a los hombres de Samovar. Sin embargo, al llegar al ala donde el camino hacia las tiendas centrales nacía, quedé afincada en el barro cual estaca. Los cuerpos sin vida de 4 hombres, colgados, sin algunas de sus extremidades, se exhibían como trofeo en el centro del lugar. “¡Barbarie!”, pensé para sí, sin poder entender por qué aquel hallazgo me helaba la sangre.  Los observé con las manos llenas de madera, abrazando los troncos mientas las caras pálidas y contorsionadas de los sacrificados miraban a la nada. ¿Qué los había matado primero? ¿La horca o sus miembros cercenados?

Volver a mi tienda, aquella que sabía debió ser una combinación de baño y letrina hasta mi llegada, fue fácil. Sin embargo, no me quedé cerca de ella. Su uso habitual como recinto de descarga me hacía dudar de que alguno recordara que ahora estaba ocupada.

El resto fue fácil: al lado del agua, arrullada por un correr cristalino de duermevela, alejada de las luces del campamento, pero lo suficientemente cerca como verles a la distancia, me recosté contra uno de los robles y me quedé circunspecta observando el reflejo de las lunas en el agua. Cada tanto chupaba de aquella boquilla facilitada ilegalmente por Lucio, un premio a los infortunios pasados cuando nos conocimos, y su aliento quedo a vicio y gusto relajó la mente como los músculos. Pronto se fueron los rostros que colgaban cerca al camino principal, remplazados por solo uno, pequeño, parado en la lluvia, con una sonrisa enorme mientras tocaba como una reliquia la gabardina de su padre.

¿Por qué no decirme nada de la niña? Thorg Khan había soltado cada detalle ínfimo de Ondine, la guerrera que alguna vez fui, en otra vida, en un pasado distante. Aquella que era nieta de Eresser Wasser, el Arquitecto de Samrat; la guardiana de los bosques de Jyurman, adoptada por Ärgenaith, entrenada por Fïrinne d’Lathe; una divium desalmada, cruel, que contra todas las posibilidades se había enamorado de un humano, Necross. Esa Ondine… la mujer que en duermevela me persigue, que se manifiesta cuando la fuerza me flaquea, esa misma mujer… tiene una hija.  

-Tengo una hija.

-Tenemos- contestó la maldita, tan contrariada como yo.

Me llevé las manos a la frente, aun con el cigarro prendido. Era demasiada información para procesar, demasiada verdad toda junta para decidir, o pensar. De pronto me sentí culpable de una vida miserable, de lo que fui en esa otra vida que aún no recordaba, pero por cuentos conocía, y de lo que era en esta nueva, igual de rata e inservible. Todo contrastaba con su rostro impecable, un ser inmaculado y puro, ¿cómo podría yo cuidar esa dulzura sin que se tornara en ceniza? ¿cómo podía llevar una responsabilidad así si ni siquiera podía conmigo misma?

Quise llorar, pero las lágrimas no me venían tan fácil. En vez de alegría, tendía a la represión, al rechazo. ¿Cuántos años tendría? ¿Serían 4, serían 10? ¡Me había perdido del tiempo con ella! De sus primeros pasos, de su primer canto, de la caída nefasta y de aquellas que le siguieron para hacer de ella el ser que era. Había faltado como madre… incluso en aquel tiempo cuando, sabiendo que Necross tenía una hija, lo instaba a llevarme a ciegas por el mundo. ¡Se lo había arrebatado a ella! ¡Había fallado! Nada evitaría que volviera a fallar…

Me recosté débil contra el tronco. Las hojas mecidas por el viento, arreciaron con tranquilidad, igual que mis cabellos. Quizás fuera por estar al lado de aquel riachuelo, o porque en ese momento más que nunca necesitaba de una guía, las palabras amigas, recordé a Milk con su rostro simpático, entre loco y huraño:

“Déjalo pasar, como el agua que va hacia el mar; deja que la vida fluya y encuentre sus asentamientos, su cauce; que encuentre por sí misma su manera de volver al hogar”.
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Sáb Jun 10, 2017 4:34 pm

XX. Trueque

Si en la noche no pude pegar los ojos, en el día sentí el precio del insomnio. Los muslos dolían. No exactamente por la posición de dormir, o alguna otra excusa que pudiera darse en esos momentos de ensueño nocturno, era el remanente cansino de todo el trayecto, la fuerza para asirme a la montura, los días que habíamos cabalgado. Al final, como todos los esfuerzos, este cobraba su precio.

-Buenos días señorita, ¿qué tal la noche?

Rodeé la mirada con poca paciencia y me llevé las manos a la barriga. Las tripas crujían hambrientas.

-¡Oh sí, sí! Creo que hoy comeremos mejor que otros días. Las reservas que trajimos con el señor Samovar se harán ver en las manos expertas de Vince- aclaró, obviando mi malestar, frotándose las manos de contento.

Si el desayuno iba a ser igual que la cena, creo que vomitaría. No tenía idea quién era el cocinero, pero solo podía decir que ese potaje de la noche anterior no me había dejado descompuesta de milagro. Durante el camino no pude evitar sentir los pasos pequeños de alguien siguiéndonos a la distancia. Al arribar a una tienda lo suficientemente grande para albergar varios instrumentos de cocina, agarramos par cuentos de cocos ahuecados que fungían de platos y allí sirvieron el desayuno.

Otro potaje.

Asqueada lo probé. Si su contextura, tomado con las manos, era la más similar a agua de un pantano, fangoso con natas a las orillas, al probarlo se decantaba por tener un sabor muy similar. La punzada en el estómago me avisó que esa mezcolanza sería nociva.  

-No es muy rico. Pero mi Vater dice que hace crecer…

Su vocecita delicada me sorprendió a las espaldas. A Lucio de paso también, sobresaltándolo.

-Niña Nadine, ¡por los dioses!, sino fuera porque estoy entrenado a los sobresaltos me hubiese hecho derramar el plato. ¿Qué la trae por estos lados? La dama de hierro se pondrá como tatacoa si ve que ha dejado el ala céntrica del campamento.

-Vince dijo que había hecho una tarta especial… Siempre hace cosas especiales para Mary Ann, y yo recibo un poco, aunque puedo sacar más...- sonrió traviesa, sin quitarme los ojos de encima. Por alguna razón me costaba devolverle los gestos, entre culpable e ensimismada. Era tan hermosa… y para nada ingenua. Sabía que su curiosidad nacía de las similitudes, de su padre, de esa manera en que reunió todo su valor para hablarme el día anterior.

-¿Qué queréis niña? Aquí no tenemos ninguna tarta para ti.

-Te puedo conseguir un poco, si quieres- comentó cabizbaja al sentir la manera imperiosa como le hablara.  -También a usted, señor Lucio.

-No quiero problemas- corté, dejando a un lado el cuenco: -Lucio, como os toca ser mi sombra, vamos donde Helbert a ver cómo amanecen sus ampollas.

La niña también dejó las cosas que tenía y siguió nuestros pasos entre corriendo y andando.

-¿Eres médico? Mi Vater siempre dice que es algo que nos falta… alguien que sepa curar a los guerreros y poner curitas. La vieja de sanación sabe cosas, pero huele a viejito… no me gusta su olor.

-No lo soy- contesté seca, obviando la manera elegante como insultaba, ¿de quién había heredado eso? Quería que se alejara, por su bien, y por el mío. ¿Qué tenía yo para ofrecerle a una niña que, cuando se enterara de quién era yo, me mandaría al demonio? Además, no estaba Necross… ¡valiente gracia para desaparecer cuando más se le necesita!

-Yo quiero aprender algún día arquería. Mi Müttï era buena en ello y sé que yo también. Aunque me sale a veces, hay otras que no… - se recriminó.

Miré al cielo, entre exasperada y rendida, como si alguien allá arriba me fuera a dar permiso para lo que maquiné rápidamente en el segundo que mencionó su pasión. Bajé la mirada, me di media vuelta, tomándola suave por los hombros:

-Te propongo un trato, niña: déjame enseñarte que tan lejos pueden ir tus flechas y tú me traes un pedazo de esa deliciosa tarta y una muda decente de ropa. ¿Qué piensas?

-Yo le puedo ayudar con la ropa, señorita Amethist- aclaró Lucio: -Creo que algunos pantalones de Mary Ann hay con las lavanderas. Le quedarán un poco grandes, pero, bueno, todo se puede arremangar, ¿no?

Su mirada desigual reflejada en la mía revolcó mi estómago de la misma manera que el desayuno. Había inseguridad en ellos, como quizás también en los míos, pero también una alegría que se expresaba en su rostro, en las mejillas. Sonreí por inercia y la solté para seguir mi camino.

-Ve por es tarta, mocosa, que sin ella no hay trato.

La niña salió expelida como una bala, entre dando brincos y corriendo con todas sus fuerzas. La miré perderse de nuevo en la tienda de cocina, hasta que unos ojos esmeralda me devolvieron la mirada. Mary Ann. Asentí en un gesto tosco de saludo, y ella hizo los mismo, arrugando el ceño. De alguna manera, la mirada aguileña y omnipresente de la comandante hacía que el lugar se sintiera protegido, pero en mí también me empujaba a preguntarme hasta qué punto alentar a la niña iba con las reglas. Suspiré pesada y continuamos el camino donde la anciana sanadora y el joven Helbert, quién ya daba muestras claras de mejoría.

-¿Cree usted que nos toque de nuevo recolectar esas flores amarillas? La verdad hoy tengo un dolor de huesos que dudo mucho pueda agacharme…- se quejó Lucio recordando las muchas veces que tuvimos que preparar la medicina de Helbert.

-No os preocupéis, Lucio. Entre la niña y yo podremos lograrlo, así estaréis más adecuado para hacerle el masaje al enfermo.

-¡Santos tifones! ¡Ni loco le tocaré de nuevo las bolas a ese marrano viril! Prefiero mil veces arrancar todas las malditas flores de alrededor que ayudarla con esos masajes tan poco pudorosos…
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Amethist

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El Sendero de un Guerrero

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Re: Conversaciones con la luna

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