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Conversaciones con la luna

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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Sáb Jun 10, 2017 6:06 pm

XXI. Helbert sin pata

La enfermería era la sumatoria de dos tiendas, casi contiguas y una especie de toldo que protegía las provisiones de la dueña del lugar. Alsacia Pietrom era la guardiana de aquel lugar. De 75 años, piel tostada, pies grandes, manos macizas, acuerpada, alta, con esos músculos formados por el trabajo duro bajo el calor del verano en tierras distantes, la mujer era la líder del único lugar dedicado a la salud de las alas negras. El primer día que nos viéramos, recién acomodamos a Helbert en una de las poltronas, me torció la boca. Y desde entonces se había quedado así, hasta que veía a Lucio y esbozaba una sonrisa que la hacía ver más mal de lo que antes estuviera.

La vieja era aún más aterradora que la dama de hierro, pero era la autoridad médica del lugar. En mi caso, no había mentido a Nadine cuando dijera que no me consideraba un médico, apenas si tenía las bases para poder lograr curar el resfriado, o una enfermedad prosaica como la sarna marina. Otro asunto eran los procedimientos contundentes: amputar, infusiones, cercenar, ese era el campo de la vieja Alsacia.

Sin embargo, contrario a lo que pude imaginar antes de entrar a la improvisada carpa, al correr la cortina, la vieja Alsacia se encontraba apretando al impetuoso Helbert, bañado en sudor, con espuelas supurantes una vez más y el rostro totalmente amarillo.

-Esto no está bien- le dije a Lucio, poniendo la mano en su pecho para que se abstuviera de entrar. -Si llega la niña, que se quede afuera.

Asintió y yo ingresé. La tarea no fue fácil, primero porque la mujer médica poco gustaba del trabajo en equipo, y segundo, porque Helbert hacía todo más difícil.

-¿No la ve, vieja Alsacia?- decía delirante, tratando una y otra vez de levantarse: -Esas mujeres quieren conmigo. Mírelas, mujer. No soy de piedra que ya estoy listo para la noble tarea… deje no más. Deme unos minutos y ya.

-¡Ni mierda!- gritaba la vieja, sosteniendo al joven de las manos y poniendo su cuerpo tozudo sobre él a manera de obstáculo: -Te quedas acá, Romeo.

-Tenemos que dormirlo- advertí al entrar, y con esa mirada asesina, tan oscura como la noche, la vieja me estudió antes de hablar:

-¿Sabes cómo preparar Ajonío? Es una sustancia hipnótica que podría darnos un tiempo para definir qué hacer con este perdedor.

-¿Ajonio?

-No sabes nada, mocosa- espetó la vieja, apretando de nuevo fuerte al enfermo que volvía a levantarse, esta vez aludiendo que tenía hormigas en la cama. -Busca el frasco de Lemonita, y luego las hojas de trepula, mezclalo con las anódalas.

De pronto lo recordé. El bebedizo que utilizaba Madame Celestina para que los niños pudieran dormir mientras ella les hacía las curaciones sin problemas.

-Ya… Ya vuelvo.

-Más te vale volver que este loco ya me tiene harta.

Salí y allí estaban, sentados frente a un árbol, la niña y Lucio. Sus alas blancas desplegadas, al ponerse en pie, quedaron despeinadas. En sus manos traía un pedazo de tarta, mientras en las manos del expescador resplandecían las migajas de otro pedazo.

-Has cumplido. Espera ahora aquí, que adentro hay un enfermo grave.

La niña asintió con los ojos completamente abiertos, y volvió a sentarse al lado de Lucio, con la tarta en las manos y en la espalda, apenas avistado, el arco y el carcaj.

El toldo donde Alsacia tenía los medicamentos era una especie de botica con diferentes elementos, algunos conocidos otros, sospechosamente familiares. Tomé uno de los morteros y empecé por las hojas de Lemonita. Con la misma pericia, encendí el fuego y las llamas se alzaron abrazando la hornilla que la vieja tenía. Sin embargo, el caldero estaba vacío de agua. Con el mortero listo, las hojas maceradas, y los ingredientes en su punto, busqué por ella. Pero no había nada. Ni un cántaro o un balde. Nada. Al asomar la cabeza tras la cortinilla del toldo, vi lo cercano que estaba el afluente y entendí: la vieja la tomaba directamente de la fuente.

-¿Ya lo tienes, mocosa?- acosó en un grito la vieja.

-Lucio, venid. Tomad la cortinilla y por ningún motivo la dejéis caer. La necesito abierta tanto como podáis.

Dejé los ingredientes en el mesón y de par zancadas alcancé el afluente.

-¡MUCHACHO DEL DEMONIO, QUEDATE QUIETO DE UNA BUENA VEZ QUE ASÍ SANGRARÁS MÁS!

No había tiempo. Sabía que dentro de la tienda el joven deliraba y si la fiebre seguía ascendiendo o si lograba ponerse en pie, haría que todo lo ganado se fuera en un suspiro. Su vida, su cordura y la salud de sus músculos dependían de encontrarle una cura y mantenerlo en reposo.

Nadine, a mis espaldas, sin que pudiera darme cuenta de lo que hacía, dejó la tarta a un lado y también corrió a ayudar a Lucio, sosteniendo con sus manos las cortinas, aunque sin entender, como el pescador, para qué se requerían así.

El agua, un elemento de fluidez y condensación. Contrario a otras ramas elementales, esta se decantaba por la armonía de los movimientos y el control de la mente para dejarla fluir y guiarla de la manera que se precisara.  Levanté los dedos y el agua reaccionó de inmediato: un hilo fino, similar a la filigrana de plata, se dirigió hacia mí y antes de llegar a mi cara, la rodeo siguiendo el camino que mis ojos demarcaban.

-Decidme cuando el caldero esté a la mitad…- susurré, mientras me concentraba en aquel hilo.

-YA ESTÁ- gritó Nadine apenas observara. Entonces, tan veloz como sabía que era, con la presión de los gritos de Helbert, me volteé y de un giro circular en las manos toda el agua devolvió su camino de vuelta al afluente. La niña me seguía anonadada.

El agua empezó a hervir y con ello los ingredientes cayeron en el líquido. Pronto comenzó a bullir y la sustancia tomó el color anaranjado característico. Con un cucharón profundo tomé un tanto, y lo llevé así al toldo contiguo donde la vieja sudaba aun reteniendo al enfermo.

-No me matarán. No a mí. No me importa si tienen un oso o un orco. ¡Yo venceré!- continuaba delirando.

-¿No podías traerlo en uno de los embaces?-inquirió la médica rodeando los ojos al verme con el cucharon.

-Organizad vuestro desorden y ahí me peleáis por la manera como logro las cosas- bufé ácida sin poca paciencia, mientras ponía el cucharon cerca. -Sostenedle la cara. Eso. Así. Tomadlo… Tomadlo…

Chorreó la mitad, pero la otra entró, y con ello nos conformamos. Cucharón al lado, también yo me aposté al lado de él, en sus piernas, mientras le hablaba para tranquilizarle.

-Dejad de pelear, guerrero. Nada pasa. No dejaremos que nada os pase. Nada pasará. Nada os pasará…

-Pero mi pata… mi pata…

-No os preocupéis, nada pasara. Vuestros pies estarán bien. Dadles tiempo a que sanen. Ya pasará.

-NO, NO, SE ME LLEVA MI PATA… MI PATA… MI DULCINEA. LA PATA DE MI MADRE… QUIERO A MI DULCINEA DE VUELTA- clamó, llamando como un niño a alguna memoria del pasado.  
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Sáb Jun 10, 2017 7:46 pm

XXII. De arcos, flechas y ojos

Esa noche comimos de nuevo el potaje. Algunos hombres salieron del campamento comandados por la misma Mary Ann, lo que dejaba todo el sitio a mando del… cocinero. Se trataba de un hombre encurtido, macizo, pero más diestro en sus menesteres culinarios que en el arte de la guerra. Atrás quedaron los hombres de Samovar, como también otros más que no conociera. El lugar era grande, y antes de ser una pequeña organización, las alas negras eran una fuerza combativa de consideración.

Sin embargo, sin la mujer que todos temían o adoraban, el caos caía como mortaja: de vez en cuando se oían los enfrentamientos entre unos y otros, las discusiones a gritos, los insultos. Aunque había comida para todos y las comodidades necesarias para acampar en un lugar como aquel bosque, la tensión de la vida comunal pareció brotar de un momento a otro con la ausencia de Mary Ann.

-Hay inquietud entre todos- explicó Samovar mientras dos mujeres se agarraban de los cabellos por un centauro que, al parecer, no había tenido reparos en estar con una y con la otra en clandestinidad: -Los hombres colgados a nuestra llegada eran soldados de las Nalini que estuvieron a punto de encontrar nuestra locación. ¡Malditos todos que parecen crecer en número como la plaga! Hemos prohibido que la gente se bañe en el río, pues sospechamos que han estado encontrando las botellas o algunos rezagos de ropa de los nuestros más debajo de la ladera; incluso Mary Ann ha tomado la medida de que no se tome directamente el agua del afluente, sino solo bajo revisión controlada cada dos días. Ya no se lavan las ropas, y olemos a puercos.

Así como la niña había cumplido su palabra de traernos un pedazo de tarta, así lo había hecho Lucio consiguiéndome un par de pantalones y una camisa. La pequeña no se despegaba de mi compañía, siempre cargando en su espalda el arco y el carcaj, quizás esperando el momento en que yo cumpliera mi parte del trueque.

-Pero hay comida, y donde dormir. Con eso es suficiente- expliqué: -Para el problema del agua se me ocurren ideas, pero más importante es que alguien tome el papel de separar a esas dos, o terminará alguna malherida. Y a este punto, yo no quiero más trabajo.

Tanto Lucio, como Nadine y yo miramos al pelirrojo. Este suspiró pesado y con la lentitud de un buey viejo se puso en pie, sacudiéndose las manos contra el pantalón:

-Está bien. Yo iré. Aunque que quede constancia que me encanta como se ven así como están.

Ver aquello fue gracioso. Una le rasguñó la cara cual gato mientras la otra, con toda la intención de patear a su rival, terminó dándole en la entrepierna al guerrero. Lucio ahogó una risita que Nadine continuó, mientras yo me tapaba con una mano la sonrisa al ver cómo ninguno de los hombres de ese lugar podía controlar a las dos locas.

-Esto es mejor que un circo- hablaron a mis espaldas, reconociendo de inmediato al hombre de cabellos morados que también seguía aquella escena con deleite. -Soy Legato.

-Os recuerdo- contesté. Él me miró un tiempo y luego soltó una sonrisa porfiada que recordé de aquellos años cuando lo viera por primera vez en Naresh. -Y nos volvemos a encontrar.

-Ya lo creo- contestó petulante: -¡Tú eres la que ha traído los mapas!

Asentí: -Y espero que pronto os deis a la tarea de buscar a vuestro comandante. Falta parece ser que hace.

Nadine, que estaba allí se levantó de repente y con la mirada clavada en Legato parecía interesada en lo que este pudiera decir. Sin embargo, quizás obligado por la secrecía o por el recato que comandara Mary Ann sobre el tema, asintió también y dio media vuelta retirándose.

-No entiendo- dijo ella lastimera: -No entiendo por qué Vater siempre se va… siempre nos deja… siempre me deja.

Incapaz de sentirme con la autoridad o la cercanía para poder contestar aquello, solo la tomé del hombro y con un par de palmadas en la espalda la insté a ponerse en pie y alistarse a dormir.

Entonces, fuera porque los guerreros enloquecidos por la falta de control decidieran tomar de más, o porque la tensión de que los soldados ya rodeaban con mayor pericia el campamento, todos empezaron a mal entonarse, gritando, bailando, bufando, amenazándose entre ellos. Ahí tomé la decisión de acompañar a la niña hasta su tienda, en el centro de todo el lugar.

No hablamos mucho, atentas ambas a lo que pasaba con todos. Fue en medio de ello que vi como uno de los hombres, un hunta, se abalanzaba sobre Nadine. No lo pensé demasiado. La agarré de su gabardina, ya sucia de tanto arrastrar la prenda, y empujé a la divium fuera de la dirección en la que corría el hombre bestial.

-Mátalo- clamó la daga al olerse los problemas. Pero en vez de tomarla, descargué el arco. No lo pensé, ni siquiera me detuve a racionalizarlo, sólo saltó esa necesidad imperiosa de amedrentar al desgraciado que se había lanzado sobre la niña de Necross... De su espalda emplumada tomé tres flechas del carcaj y con ímpetu abrí las piernas, metí la bota en la tierra, una manía que tuviera desde que perdiera el control en los entrenamientos con Yusuf, y tensé el arco con una de las saetas listas, pero las otras dos colgando de mis dedos.

-HEY ¿QUÉ OS PASA, IDIOTA?- grité, fría. A mi favor estaba la serenidad de tener la mente despejada, al menos más que el alcoholizado que se había aventado encima. Del impulso, el hunta había estrellado contra un tronco y aunque aún medio trastornado, tenía esa mirada extraña, entre burlona y mal habida, que me hizo reaccionar.

Lancé la saeta y el arco cantó atrapándole la camisa; tres pasos hacia él y la segunda resonó como el viento antes de que se moviera, atrapándole por lo bajo el pantalón y enterrándose en el tronco. Finalmente bajé el arco y lo colgué a la espalda, al tiempo que con una mano le atrapaba una de las manos y con la otra sostenía la última flecha frente a su ojo derecho:

-Perra miserable, ya verás lo que es bue…
-Dejad de moverte imbécil. Un paso en falso y os dejo sin ojo. Nunca más, oídlo escoria, nunca más quiero vuestra cara cerca de la niña. Si os veo rodear uno solo de los pequeños o a ella, ni os daréis cuenta en qué momento os volvisteis tuerto.

El hombre de pronto se transformó, y lo que era la compunción por el alcohol ahora eran los nervios que se manifestaban.

-Andando Nadine- ordené mientras a brincos la pequeña se ponía en pie y mirando al hombre y luego a mí continuó a mi lado, a paso vivo.

-Enseñame a hacer eso…bitte… Enseñame…

Rodeé los ojos y sin más recordé que aún no cumplía mi palabra: -Mañana. Mañana será, pequeña.      
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Sáb Jun 17, 2017 8:34 pm

XXIII. La otra orilla

La mañana despuntó incluso antes de lo debido, y cuando abrí los ojos, allí estaba ella. Su mirada pícara, sus pómulos rosados, ese cabello desordenado, con restos de pajas, pero extremadamente liso, tanto que le escurría por la cara; y de fondo esas alas que desplegaba errática, sin que aún demostrara que le eran útiles en algo. Nadine.

-Buenos días- saludé, pasándome ambas manos por la cara.
-Gütën Mörgen- respondió con excitación autocontrolada.

Me puse en pie, estirando las piernas como los brazos, siempre, luego de despertar, sentía como las noches a la sombra de aquellas raíces fuertes se me enterraban en los músculos dejando algunas zonas sin sensibilidad durante horas. El roble era un buen refugio, pero sus raíces como cama una tortura. Al tomar las armas reparé en que nada había probado desde la noche anterior. De hecho, a parte de la torta que la pequeña me dejara, no había pasado bocado. Y no iba a negarlo, ¡la comida apestaba! Potaje de mercenario con la calidez de una guarnición, aquel alimento simulaba un concentrado para puercos.  

-Bien. ¿Tienes permitido ir hasta la orilla del río? No quiero problemas con nadie…
-Sí, sí, todos los permisos- contestó, saltando mientras avanzábamos aún más, internándonos en los dominios del bosque y dejando de lado la zona que habitaban los hombres de Samovar.

Debí dudar de esa manera tan eficiente en que respondió, pero en ese momento, atesoraba su compañía.

Las aves entonaban sus llamados matutinos, la hierba, algo seca por el ardor del sol, pero aún con la vida suficiente para olfatearse en las cercanías el correr del afluente, brillaba como un campo de oro. Nos internamos con prisa y astucia, pues bien sabía ella como yo que los bordes del campamento estaban no sólo vigilados por los propios mercenarios, sino también cubiertos por trampas de toda clase. Suerte para mí que ella llevaba más tiempo, y a pesar de su juventud y su ingenuidad propia de la inocencia infantil, conocía cada uno de los tipos de trampas que debíamos burlar.

-El señor Vince ayudó a pensar ésta. Recuerdo que Väter dijo que él no tenía mucho qué hacer, solo cocinar, porque el señor Vince es torpe con las armas, pero muy bueno con las ollas. Pero el señor Vince le lanzó un coco que Väter evitó, pero al estrellarse con el piso, derramó un líquido que quemó la piel de oso que tanto le gustaba a Väter. Y grito mucho, pateó los muebles ¡se pegó en el dedo pequeñito! Éste mira… este del pie- y alzó su diminuta pierna solo para mostrarme aquel dedo con el que toda criatura solía en las mañanas rastrear la cercanía de las cosas a golpes: -pero le dijo que era buena idea. Si nos caen esos cocos, nos derretiremos como el oso…

-¡Qué macabro!- pensé para mis adentros, pensando en que un Grosk podría verse fatalmente herido con una trampa de ese tipo.

Saltamos lianas, evitamos los claros que desataban lluvias de flechas, desviamos por un sendero lleno de espinos, una ruta más “limpia” y, luego de rodear varias zonas aparentemente despejadas, arribamos al río donde su melodiosa corriente arrullaba al recién despertado valle. Varios arbustos de bayas, y algunas dalias, nos dieron la enhorabuena a un sitio al parecer aún virgen y desconocido por todos los que había recorrido esos caminos.

-A Väter le gustaba este lugar… mirar el horizonte- explicó con congoja, una que podía adivinar que venía de la ausencia. Sin embargo, yo no era buena para lidiar con la pena de otros, así que sin mayores contratiempos, me agarré los cabellos y fui directo al lugar de las bayas, arrancándolas con la ayuda de un saco, envolviendo mi mano en la tela y luego recolectando.

-No había pensado en esa manera de tomarlas- susurró curiosa. -Me raspé varias veces las manos, tratando de tomar las más rojas que están en el fondo.
-Naturalmente-espeté. -¿Ya comiste algo?
-No. Pensé que comeríamos con todos.
-Pensasteis mal. Ahora, comenzaremos- dije, poniéndome en pie con un buen número de bayas, llevándome la primera a la boca: -comerás si hacéis las cosas bien, o os desvaneceréis si no sois capaz de conseguir el coraje para hacerlo bien. En este momento yo seré vuestra maestra y vos mi aprendiz. ¿Entendido?
-Sí- contestó recia, tomando con fuerza su arco.

Sonreí y me encaminé al afluente.

-¿Veis el abeto al otro lado del agua?-. Se trataba de un ejemplar ancestral, por las vetas profundas y las raíces que corrían aún a la vista de nosotras más allá de lo que nacía. Era un árbol majestuoso, pero a unos 20 pasos medios del agua, una distancia que bien podría cubrirse con la plenitud de su arco de medio tamaño, pero desplegado a su máxima potencia. En sí, un disparate para una primera clase. -Bien, mostradme que tan bien veis…

-¡Es imposible!-gritó aguda la niña.
-Entonces no tenéis potencial para esto.
-Pero…-dudó.
-¡Hazlo de una buena vez!-reté.

Ella dudó, asentó la primera flecha y vi como su agarre indeciso la dejó bastante fuera del foco propicio para poder apuntar. Observó el árbol, aunque también por el rabillo me seguía en los movimientos. Abiertamente mastiqué con fuerza el dátil, y ella pasó saliva. El tiempo corrió lento, casi sintiendo cómo devoraba su indecisión apenas los segundos trascurrían. Entonces bajó el arco:

-Es que está prohibido hacer algo que caiga al río, si cae mi padre nos retará… y pondrá en peligro a todos… no, no puedo- explicó en un hilo de voz sin atreverse a mirarme.
-Hazlo Nadine… es la última vez que lo digo y esto se acaba.

Se mordió su labio y casi asomando una lágrima en sus ojos diferentes, volvió a tensar el arco. Soltó la saeta y esta cantó hasta perderse en el agua. Entonces, lloró.

-Eso fue mediocre- le regañé sin miramiento. -¿En qué estabais pensando? ¿En que caería al agua? Pues felicitaciones, divium torpe: allí la habéis dejado. Vamos, de nuevo.

Se apretó de nuevo los labios, evitando llorar de nuevo, sorbiendo los mocos de vez en cuando y volvió lanzar. El chapuseo de la flecha estrellando con el agua marcó su fallo.

-¡De nuevo!- le grité: -y si esta vez falláis, vas nadando a recoger las flechas.
-Pero …. Pero yo no puedo nadar ¡Me moriré! ¡No puedo!
-¡Pues debiste pensarte dos veces el querer aprender a pelear si lo primero que ibas a hacer era abandonarlo al primer problema!
-Yo… yo… no puedo nadar- sollozó.
-Entonces, apunta bien.
-¡No quiero, entonces!- dijo, soltando el arco y las flechas: -No quiero ser arquera si tengo que morir.

Hija de su padre, luz de los ojos de un hombre que todo lo había aprendido, en sí la niña solo demostraba lo muy consciente que era de que el mundo giraba a su alrededor. Los hombres que la cuidaban, las criaturas que cedían ante su ternura pura, todos daban su brazo a torcer. Saber que así funcionaba su psiquis elevaba mi indignación.

-¿Y qué crees que le pasa al otro al que insertas con esto, mocosa?  ¿Qué crees que es esto? Una flecha es mucho más que un juguete con el que pretendes ser fuerte. En medio de un combate, sino tienes claro que te juegas la supervivencia, fallarás y morirás. Así que renuncia si no tienes la fuerza, pero luego no vuelvas de nuevo. Un cobarde no merece segundas oportunidades.

Aquello dolió. Lo vi en sus ojos, en el arco de su frente, en la profundidad de sus rasgos, tan parecidos a los míos. Sin embargo, algo en lo que había dicho desató una reacción que no pude medir: enojo, una necesidad imperiosa de quererse demostrar lo contrario. Escupiendo al suelo, como hacían los guerreros -algo que de seguro había aprendido de su padre-, se agachó y tomó de nuevo las armas.

Tensó el arco y respiró, hondo, tanto que el arco le tembló. Su mirada expelía fuego, la furia de un orgullo herido y con ganas de ser reivindicado. Yo conocía esos ojos, uno rezago de los de Necross tozudos y amables, y uno mío… tan mío como el frío que podía sentir correr por mis venas. Y, por primera vez, no le vi el temor a nadar, a morir, sino la necesidad apremiante a demostrar su valor, su poder, su lugar y su derecho para demostrar quién era y quién quería ser.

Entonces supe que era ese el momento para enseñarle.

-Respira hondo y que la presión se cargue aquí- apunté con una palmada a su diafragma: -como si el arco fuera todo tu cuerpo, guiando la saeta. No pienses en que son dos partes separadas, sino el todo que impulsa y que guía. Y mira el horizonte, el punto de impacto… no te enfoques en el río, no existe el pasto, no hay más árboles… Eres tú y el abeto, Nadine. Solo tú y el abeto.  

Lanzó en un suspiro y por tercera vez erró. Pero contrario a las otras, la saeta se incrustó en la otra orilla. Por fin, había cruzado el afluente.


Última edición por Amethist el Sáb Jun 17, 2017 8:57 pm, editado 1 vez
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Re: Conversaciones con la luna

Mensaje por Amethist el Sáb Jun 17, 2017 8:44 pm

XXIV. De mediocridad y locura

“La mediocridad para algunos es normal, la locura es ver más allá”
(Tuerto y los ciegos, Sui generis)

-¡Lo logré!- cantó y gritó orgullosa la pequeña divium, moviendo sus alas con orgullo y alzando el arco hacia los cielos.

-Estuvo lejos de lograrse, pero al menos no terminó en el agua- aclaré, con la cabeza apoyada en una de las manos, mientras la otra estaba cruzada, mirando todo de soslayo. Había una sonrisa cínica en mi rostro que no podía evitar, pues ya tenía claro lo que seguía. -Ahora vamos por las otras flechas fallidas.

-¿QUÉEEE…?-

No alcanzó a terminar su grito o queja incipiente, cuando yo de la espalda ya le había agarrado por los amarres de su vestido y la empujaba con fuerza hacia el agua, cayendo en plano sobre el afluente, apenas asomando su rostro con horror.

Entonces, el agua la rodeó más no la tocó. Al comienzo una burbuja que la dejaba a ella en el centro, se hizo más grande cuando yo me ubiqué dentro. Su cara de espanto y dicha no tenía palabras. Muda, quizás por primera vez desde que la conociera, la pequeña se agarró de mi pierna, caminando por el fondo de la tierra, de textura fría, arenosa, mientras las criaturas marinas se hacían a un lado, dejándonos pasar, evitando el aire del encanto.

La profundidad de un río distaba mucho de aquella que conociera en Eblumia, abisal. Aquí había luz, sombras creadas por esos rayos solares que se reflectaban entre las aguas, creando un mundo mágico, imposible de explicar con palabras. Era el fluir del líquido vital, la esencia de un elemento que distaba mucho de sus hermanos. Un mundo nuevo diferente al que otros seguían en la superficie, el universo tras el espejo marino.

-Üngläublïch- murmuró asombrada hasta que encontramos la primera flecha.
-Nïmmt däs (recógela).

Obedeció sin soltar mi pierna. Y así seguimos, avanzando lento, en gran medida por los pequeños pasos que la niña daba, pero también porque en su rostro de maravilla quería que disfrutara de esa experiencia, del encuentro con ese mundo al que quizás solo yo tenía acceso. En el fondo, y aunque no lo admitiera, quería saber si ella compartía eso de mí… la magia, la fluidez del agua, la hidromancia.

Al llegar a la segunda flecha, nos dimos cuenta que esta estaba ensartada entre las rocas. Tan fuertemente anclada que sería difícil sacarla con solo las manos, resbalosas incluso por la presencia del líquido en la madera.

-¡No puedo sacarla!- dijo entre esfuerzos la pequeña.
-Dejadme a mí.

Nos alejamos unos pasos, dejando que el agua volviera a cubrir la saeta. Moví las manos en círculos descendentes, sintiendo la resistencia de las corrientes con el fondo, y aunque ya las energías se me iban en la burbuja, podía también controlar afuera, lo que sucedía más allá de nuestra protección de cristal. Las ondas marinas presionaron la saeta en la medida en que yo bajaba las manos. La madera se cuarteó y con una presión extra cedió ante la roca. Entonces fue el metal quién salió, mientras los pedazos de madera se desboronaron con la corriente.

-Tómala- advertí a Nadine, quién obedeció antes incluso de que le dijera, y con ello seguimos hasta la otra orilla, donde la pequeña tomó la otra flecha.

El agua nos cubría, pero de una manera leve, apenas cayendo el agua por nuestros cabellos y humedeciendo parte de la ropa. Saqué de los bolsillos de los pantalones unas cuantas bayas y las entregué al tiempo que el sol empezaba a calentar nuestros músculos.

-Vuestro problema, joven Nadine, es ser mediocre. Siempre habrá excusas para los mediocres: una prohibición, el temor que nace de un reto exigente, las ganas de no querer ensuciarse las manos, de claudicar, e incluso sobrevivir por la vía fácil; pero a veces, es en la locura, en la pasión que abraza el momento, en ese arrojo entre la estupidez, la locura y la valentía, que encontráis el horizonte a donde se debe apuntar. El arquero toma de allí su fuerza y su precisión: de la ecuanimidad de esperar, conectar y disparar. La mediocridad para algunos es normal, la locura es ver más allá.

Musica:


Me puse en pie, dejando la chaqueta como el carcaj y las armas. Miöneth brillaba con los rayos del sol, resplandeciendo con fuerza sus grabados de mithril, formas que narraban la historia de un pueblo al norte tan orgulloso como la pasión que brillara en aquella pequeña. El sudor corría por la frente, cansada por el doble desprendimiento de magia, pero satisfecha por la proeza. Entrenar físicamente era una cosa, pero la magia era otra.

-La sensatez dice que nada podrá golpear ese coco que se alza sobre aquel Olmo al otro lado de la orilla, ¿no crees?
-Apenas si lo logro ver… ¿ése? - indagó la alada, apuntando con su dedo.
-Sí… ése. Aproximadamente a unos 40 metros, café, al lado de la Acacia… ¿crees que se puede?
-¡No!- aseguró, riendo: -Está muy lejos. Yo tengo buenos ojos y apenas lo veo.
-Pues yo digo… veremos.

Apunté y la frente perlada me hizo bajar de nuevo el arco, limpiarme con las mangas y volver a apuntar. El viento viajaba en contra, lo que haría más difícil el cálculo. El afluente rugió como un dragón desatado, las aves repicaron sobre nosotras, discutiendo por la comida; las ardillas pisoteaban sus nueces, escogiendo las buenas de las malas, pero yo solo tenía en la mente el coco, el viento y la amplitud que necesitaba para alcanzar los 40 metros. Ya lo había hecho… pero… siempre exigía.

Tensé a Miöneth, tanto como me diera la fuerza para que la flecha siguiera firme a pesar de la tensión de la cuerda. El viento rugió, la alondra trinó y en ese momento el arco zumbó.

Lejos, a 40 metros, el coco cayó sobre una ardilla incauta que entre chillidos recriminadores, contra el mundo, contra Dios, se alejó. Y es que, contrario a lo que se pensara, el orbe de palma nunca se quebró, sino que cayó aligerado por el follaje fuerte del Olmo, dejando en sus marcas las flores blancas que ya empezaban a brotar entre sus ramas. La flecha, hundida entre sus vetas, nunca lo quebró, sino que creó un tapón natural con el que se mantuvo sellado hasta que lo abrazó la cabeza de la ardilla y el suelo.

Ante la proeza, Nadine se levantó con los brazos apuntando a los cielos, feliz, y río. Estruendosa, alegre, con esa felicidad infinita que podía tener un infante, ajena a la realidad, a la tristeza, a la amargura o a la crueldad que podía guardar la vida misma, solo festejó como si aquella flecha representara las proezas que algún día alcanzaría.

Y sí, si había heredado algo de la locura de Ondine, sí vencía esa parte mediocre que todo ser tiene, un obsequio macabro de los cielos, entonces sí, oh sí, sí que lo lograría.      
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Amethist

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El Sendero de un Guerrero

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Re: Conversaciones con la luna

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