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La primera caída de Valenthia

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La primera caída de Valenthia

Mensaje por Ramm el Mar Mayo 16, 2017 5:35 pm

Hace mucho tiempo, en los albores del tiempo, cuando los hombres aún no eran más que bestias, carentes de razón y sentido, y solo luchaban para sobrevivir, en el norte reinaba la escarcha y el fuego. Los glaciares se extendían infinitos hacia el horizonte, y seguían más allá del límite del mundo, y eran dominados por bestias imposibles de creer para el hombre de hoy. Gigantes de escarcha y roca, altos como montañas, que se desvanecían en la más fina capa de hielo. O enormes masas de viento con voz y conciencia, que lanzaban rayos y relámpagos a todo lo que viesen. Eran muchos en número y dispares en apariencia, pero algo todos tenían en común, todos ellos con enorme poder, anterior a los dioses y a los demonios, estas bestias elementales dominaban cada elemento de la naturaleza y la doblegaban a su antojo. Podían levantar montañas kilómetros por sobre las nubes, más alto de lo que cualquier ser vivo pudiesen alcanzar, más allá de donde llega la luz, o hundirlas en lo profundo, hasta el centro mismo del mundo. Creaban grietas en la tierra, enormes como océanos, que podrían tragarse al imperio más grande en segundos. O tornados apocalípticos que erradicaban cualquier cosa que se encontrara en su paso. Su poder no tenía igual. Pudieron haber reinado para siempre, pero la envidia los dominaba. Todos querían el poder.

Sus grescas eran cataclismos que remecían los mismos pilares de la creación, moldeando al mundo con constantes cambios, que apenas permitían la vida sobre él. El árbol del pecado, aquel que los había creado mucho antes, cuando el tiempo aun no era tiempo y solo corría infinito, sin principio ni final, no lo permitió más. Con sus ramas, frutos y hojas, se unió a la guerra elemental, y con la misma facilidad con la que los había creado, los extermino. Una a una, las bestias fueron desapareciendo. Los vientos menguaron y las montañas se acentuaron, los terremotos cesaron y los mares se calmaron, hasta que la tierra estuvo en paz. Entonces, el gran árbol, dio nuevas semillas a sus frutos, y los hombres comieron de ellas. Las semillas le dieron inteligencia y razón, cubrieron su mente con ideas y sentido. El gran árbol les había regalado el mundo para que lo poblasen, y ellos lo hicieron. Los primeros hombres se esparcieron por el mundo, en canoas, barcos e incursiones, llegaron hasta los lugares más recónditos del mundo, y allí crearon reinos e imperios. El árbol, creyendo que esta vez lo había hecho bien, volvió a descansar.

Pero en el norte, en los profundo de los glaciares, la guerra aun no terminaba. Una bestia se resistía a morir, y, herida y desprovista del poder que una vez tuvo, se escondió debajo de las montañas, en el corazón mismo del glaciar, y allí, llena de miedo, hizo lo que ninguna otra bestia pudo. Con sus últimas fuerzas, engendro a un hijo. Un pequeño renacuajo, no más grande que una rata, salió de su vientre. La gran bestia murió allí, pero su esencia y poder, no. El hijo de la noche había nacido.

Pasaron los años y los siglos, y los hombres ya cubrían al mundo. Incluso en el norte, en los infinitos paramos blancos, los primeros hombres habían crecido y conformado comunidades. Los hombres del norte, o primeros hombres, como se llamaban a sí mismos, eran un pueblo orgulloso. Con espíritu férreo y honor incuestionable, preferían morir antes que rendirse, y ese espíritu los llevó a dominar su entorno, a cada bestia y a cada planta del norte. Pero todo cambiaria cuando la noche llegase.

En las entrañas de la tierra, lejos de cualquiera, el engendro de la noche había crecido. Se había alimentado del cuerpo sin vida de su madre y absorbido su poder y memorias. Recordaba como en algún momento, su raza había dominado al mundo, y él iba a recuperarlo. Una nueva bestia elemental había resurgido. Sus manos, largas como ríos y oscuras como el abismo, se extendían por los túneles que recorrían toda la zona de los glaciares, corrompiendo los manantiales con su esencia corrupta. Su plaga se extendería como el viento. Pronto las bestias subterráneas comenzaron a cambiar, sus cuerpos se deformaron y sus hocicos se llenaron de colmillos como espadas. Su piel se secó y se pegó a sus huesos. Sus ojos se volvieron negros como la noche sin luna. Todos perdieron sus mentes y se dejaron absorber por la consciencia de la noche. No tardaron en alcanzar la superficie. La noche lo cubrió todo.

Estas bestias deformes azolaron los glaciares, devorando bestias y hombres con su hambre voraz. Destruyendo aldeas con sus cuerpos duros como rocas. Corrompiendo todo con su pútrido aliento. Los orgullosos hombres del norte no tardaron en refugiarse en agujeros bajo la tierra. Su espíritu se había quebrado, y ahora estaba lleno de miedo. La humanidad se había condenado.

La mitad murió el primer año. Las cuevas, heladas y desprovistas de alimento, no eran un lugar apto para la vida. Los niños y ancianos murieron primero. Al principio quemaban los cuerpos, pero pronto los recursos como la grasa y las vendas escasearon. Los cuerpos putrefactos se agolpaban en cualquier lugar donde cupiesen. Las enfermedades devoraron a aquellos que no murieron por el hambre. Para el segundo año, los cuerpos comenzaron a ser devorados. Las madres se quitaban la vida luego de haber tenido que comerse a su recién nacido. Para el quinto año, la humanidad se había desvanecido, y aquello que quedo en las heladas cuevas, eran poco más que cascarones llenos de miedo. Una sombra de lo que habían sido no mucho tiempo atrás.

Las décadas pasaron, y esas cosas, que ahora más que nunca no eran nada parecidos a un hombre, sino más bien a gusanos informes que reptaban entre sollozos por las cuevas buscando alimento. Pero un día, un niño nació. Era fuerte y hermoso, su cuerpo era grande y sus ojos desbordaban vida. Tenía el espíritu de los hombres del norte, aquel que se había perdido entre el miedo y la desesperación, un vago recuerdo que atormentaba a los gusanos que lo veían, un pequeño resplandor que cegaba a aquellos que ya no veían. Trataron de matarlo, pero no lo lograron. Mataron a su madre para que no lo alimentase, pero otra tomo su lugar. Lo alimentaron con carne de los niños que morían, no le importo. Creció sin ver la luz del día, y se acostumbró a la noche. Se hizo un hombre abandonando a aquellos que lo habían amado, y gracias a eso llenó las almas de los hombres con el antiguo orgullo de sus ancestros. Guio a la humanidad hacia una nueva era.

Yagorjakaff era su nombre, el hijo de los hombres. Recorrió los túneles sin miedo, de frente a la oscuridad y sin ninguna luz que lo ayudase. Tardó años, pero los recorrió todos y cada uno de ellos. Los hombres que se encontraba lo seguían allá donde fuese. 10000 hombres y mujeres se adentraron hasta el corazón mismo de los glaciares, allá donde la bestia habitaba. Solo 2000 llegaron.

Allí, donde la noche había muerto y vuelto a nacer, en el corazón negro de la bestia, las bestias pululaban como moscas en la mierda. La lucha fue cruel y dispareja, los hombres eran menos y más débiles, apenas preparados para marchar, esa batalla era una muerte segura. Pero no les importo, no les importo ser desmembrados y destripados. Perdieron los ojos, los brazos y las piernas. La lengua, la tráquea, las orejas y el corazón. Pero su espíritu jamás se perdió. Lucharon hasta que su cuerpo estuviese hecho pedazos, y aun ahí siguieron luchando. Ningún hombre murió ese día, no hasta que Yagorjakaff atravesase el corazón de la bestia elemental con su lanza. Ninguno pare de moverse y gritar hasta que le bestia dio su último grito. 500 hombres salieron de esa cueva ese día, pero los 2000 nombres serían escuchados y recordados por aquellos que liberaron.

Los hombres que sobrevivieron a la época más oscura de la humanidad, retomaron la superficie para ellos. Allí, donde el hijo de los hombres había nacido, se fundó Valenthia. A orillas del mar de los escalofríos, al oeste del pico de la eterna noche, se erigió el enorme monumento a la proeza de aquellos que lucharon contra aquello que no podían vencer, y que aun así lo hicieron. Yagorjakaff se convirtió en la primera hoja de la mañana y reinó sobre los hombres hasta el día de su muerte.
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Re: La primera caída de Valenthia

Mensaje por Ramm el Miér Mayo 17, 2017 7:23 pm

- El hijo de los hombres, la luz del alba, la hoja de la mañana… El gran rey de Valenthia, el poderoso Flloren, sangre de Yagorjakaff y asesino de bestias… - Una fuerte risa acompaño a tal reverencia.

Aquel hombre era Tion Webcaster, uno de los miembros del consejo real, señor de una de las casas importantes en el reino. Era un anciano de casi 60 años, muy mal cuidados. Tenía una enorme barriga y sus ropajes siempre tenían manchas de vino. Sus ojos verdes como esmeralda se perdían detrás de las enormes bolsas en sus parpados. Su cabellera alguna vez fue su mejor rasgo, cabello largo y ondulado, de color oro brillante, pero ahora solo tiene una reluciente calva con enormes patillas doradas a los costados de su rostro. Era un hombre vil y siempre hablaba con un tono burlesco. Los demás sabios del consejo no eran mejor.

A la cabecera de la mesa, estaba Flloren, padre de Ramm y señor de Valenthia. Era un hombre alto y atlético, de rasgos definidos y masculinos. Tenía fuertes ojos dorados, rebosantes de vida, y una enorme sonrisa siempre adornándole el rostro.

- No olvides guardián de los glaciares y escudo de la escarcha, Tion.- Rio con más fuerza el rey, respondiendo a su vasallo.

Los demás miembros del consejo solo rieron.

- Deberíamos hablar sobre los gastos del festival… Creo que los gastos que sugieren son elevados, incluso para la ocasión.- Continuo Flloren.

- Pero mi señor.- Respondió con una muesca sonriente Tion. – Recuerde que es el festival de la caída de la noche. Celebramos como los antiguos héroes nos liberaron de tamaño mal. No sugiere que ahorremos en una situación así, ¿o sí? Le estaría restando importancia.-

- O por dios, no. ¡Jamás le restaría importancia a ello! Tú lo sabes bien, Tion.- Respondió con voz nerviosa Flloren

- Por supuesto, mi señor. Yo lo sé bien. Pero el pueblo podría dudar de sus intenciones. Podrían verlo como un gesto de repudio por las antiguas tradiciones.-

- ¿En verdad lo crees así, Tion?.-

- Claro que sí. Usted sabe cómo es el pueblo, voluble, inestable. No quiero ni imaginar lo que pensarían de usted si decide reducir el presupuesto de algo así de importante.

- No quiero eso… Está bien, continuemos con el presupuesto sugerido.-

- Terminados con eso. Deberíamos hablar sobre el alza de los impuestos.- Esta vez era Walderan Dolby el que hablaba. Señor de una casa relativamente nueva y pequeña. No desciende de uno de los antiguos héroes de la leyenda, si no que se ganó su título salvándole la vida un antiguo monarca. En recompensa se le dieron tierras y títulos nobiliarios. Era un hombre extraño, de mediana estatura y tés morena. Sus ojos eran negros y pequeños, como olivos. Su nariz rechoncha y achatada recordaba el aspecto de los cerdos. Sus finos trajes mostraban una enorme fortuna, cosa alejada de la realidad, pues las deudas que mantenía con la casa Alembic eran bien conocidas.

- ¿Un alza de los impuestos? ¿Y porque haríamos eso, lord Dolby?.- Hablo con rapidez otro miembro del consejo. Lord Godfrey Webber era un hombre distinguido, de cabello corto y canoso. De contextura bastante fuerte y sólida. Su rostro estaba adornado con una elegante barba que mesclaba los pocos cabellos negros que aún conservaba con un mar de canas. – Hasta donde yo sé, la corona mantiene una firme posición financiera. ¿Por qué aumentaríamos los impuestos?.-

- Mi señor, Webber.- Respondió con suma seriedad, lord Walderan. – ¿Debo recordarle el tema que hablamos hace 2 minutos? Este festival está pensando para ser un monumento a los antiguos héroes que nos permitieron llegar a lo que somos hoy. Le debemos todo. ¿O acaso no lo piensa así?-

- Cuida tus palabras, Walderan. Mis ancestros lucharon y murieron por el reino, incluso antes de que la noche resurgiera, no como tú, que solo usurpaste tu puesto con suerte y artimañas.-

- Tú cuida tus palabras, Godfrey.- Respondió con fuerza, Flloren. – Estas levantando fuertes acusaciones  contra un miembro del consejo. La familia Dolby se ganó su puesto, y si el padre de mi abuelo lo considero digno, yo también.-

- Perdone, mi señor.- Respondió decepcionado, lord Webber. – Con su permiso, me retiro.-

- No te pongas así, Godfrey. Aquí somos todos amigos, ¿no es así?.-

Todos asintieron con una sonrisa chueca en su boca.

- ¿Lo ves, Gofrey?.-

- Claro, perdone mi señor. Si no tenemos nada más que discutir, debo encargarme de un asunto en los muelles.-

- Claro, ve. Todos pueden irse, nos vemos pronto.- Dijo sonriendo Flloren.

El pequeño Ramm estaba sentado al lado de su padre. No dijo nada ese día, pero lo recuerda a la perfección. Recuerda cada rostro, palabra y mueca de ese día, y aún hoy, 17 años después, se pregunta porque su padre no lo vio. Quizás solo prefirió no verlo, quizás no pudo verlo.

Flloren se levantó de su silla y tomo a Ramm de la mano. Ambos se alejaron por la gran puerta de madera, las miradas inquisitivas los siguieron hasta que desaparecieron por el pasillo. El gélido viento recorría suavemente las rocas ancestrales del castillo. El sol estaba alto en el cielo, pero se escondía tímido tras las gigantescas nubes blancas. Caminaron hasta la sala del trono sin mediar una palabra, luego Flloren tomo al pequeño entre sus brazos y lo levanto por sobre sus hombros. Lo guio a través de la sala y le mostro la ciudad que se abría bajo sus pies, metros más debajo de su balcón.

- Un monarca se debe a su pueblo, hijo. Recuerda eso.-

- Si, papá.-

- Y un rey no puede gobernar solo. Nadie puede sobrevivir solo. Eso es lo que la gente no aprende de las antiguas leyendas. Yagorjakaff no hubiese vivido una semana si alguien no lo hubiese alimentado. Ni hubiese llegado a la adultez sin que alguien le hubiese enseñado. No hubiese reunido a los primeros hombres si nadie le hubiese dado la oportunidad. Ni hubiese vencido al hijo de la noche si nadie lo hubiese seguido.- Un largo suspiro siguió a esa frase. - ¿Entiendes, Ramm?-

- Si.-

- Bien… Porque nadie más parece entenderlo.-

Ambos quedaron largo rato mirando por el balcón en silencio. El viento siguió soplando y sol continuó escondido, pero algo había cambiado, aunque Ramm no supe que hasta muchos años después.
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