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El honor de ser tu Hermano.

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El honor de ser tu Hermano.

Mensaje por Gula el Mar Jun 06, 2017 8:53 pm



El constante tintineo de las gotas de agua cayendo sobre el metal, la visión monótona de los árboles y los cascos que sonaban al mismo trote, mientras se escuchaba un rezo a las diosas de la luna. 5 jinetes huían de lo que era un mar de tinieblas que destrozaba todo a su paso y los perseguía sin descanso, la oscuridad serpenteaba entre la madera o bien derribaba alguno que otro sauce. Por donde pasaba la hierba se marchitaba y toda vida era pisada, maltratada y sin esperanza de crecer nuevamente. La caballería iba en formación a la misma velocidad, nadie se adelantaba y tampoco retrocedía pues cargaban poderosas reliquias que no podían caer en manos de aquellos que acechan en la oscuridad, sería demasiado poder para las hordas de la maldad que alguno de ellos fuera corrompido por esta miasma de decadencia pues, serían usados junto con su tesoro para sembrar caos y destrucción donde alguna vez trataron de hacer el bien.

El paso acelerado comenzó a disminuir y el rezo también se detuvo, a no más de 20 metros terminaba el bosque y una abertura entre los troncos mostraba la llanura, las tinieblas sabían que ahí serían más vulnerables pues también corrían a la lejanía por los costados para emboscar en ambos flancos. Uno de los jinetes desenfundo su cimitarra, brillante y con luz blanca y propia semejante a la luna llena. Era mejor morir en sacrificio que ser atrapados… Al llegar al claro, el caballero blanco junto a su unicornio disminuyó el paso, no haría un gran movimiento, no daría el golpe final a su lucha de casi 15 años, no sería el héroe que todos desean, sino que salvaría a sus hermanos de armas pues al igual que ellos sabía que es mejor que uno muera por 4 que todos caigan en las garras de la oscuridad. Pronunció sus últimas palabras a su compañero de armadura naranja y al llegar a la llanura, 40 metros después de salir del bosque el caballero de toga blanca se detuvo y dio media vuelta para enfrentar la mórbida corrupción.


-MAAARIUUUUS! -Grito uno de sus hermanos con desesperación al notar como se alejaba lentamente y una ola de oscuridad se cernía sobre su compañero.

-!TENEBRI NUNQUAM DOMINAREM…-Conjuró el caballero blanco con una voz firme pero profunda.

-NOOOOOOOOO. -Exclamó con la misma intensidad de madre mientras le arrebatan a su hijo recién nacido de su pecho.

-...IL PODERIO DE LA LUUUUUZ!- Y una luz blanca disipó las nubes de lluvia y un pilar de blanco alcanzó el cielo durante unos segundo para luego liberarse en forma de barrera que las tinieblas no pudieron atravesar.

La luz acarició los yelmos suavemente e hizo brillar las lágrimas de sus hermanos como las estrellas en el firmamento. La lluvia había cesado y ellos seguían huyendo de las tinieblas pues, el muro de luz solo las contuvo unos pocos minutos ya que una mano negra llena de sombras y malícia la rasgó como el ataque de zarpa de un animal sobre la seda de una princesa.

La llanura lentamente se fue inclinando dando a paso pequeñas colinas llenas de rocas, vestigios de la lucha de gigantes de piedras, su paso era veloz pero sus persecutores impulsados y atraídos por el poder lo eran más. El caballero de armadura naranja se dirigió a su hermano más cercano.

-Alex, pase lo que pase, vive siendo un alma libre, hermano. -Dijo y una sonrisa se dibujaba debajo de su yelmo. Se detuvo mientras ondas de calor empezaron a emanar de las marcas de fuego talladas en su armadura, bajó de su caballo, lo acarició un momento y este desapareció volviéndose llamas que rodeaban el puño del caballero hasta mostrar una mandoble flamante, al rojo vivo como el magma mismo.


-¡Las llamas del Fénix arden en mi corazón y con ellas purificaré esta tierra de todo mal!

A la lejanía Alex notó como la tierra se abrío y una enorme explosión de fuego se elevó al cielo para luego convertirse en una ave que salió disparada cual cometa hacia el este.


Última edición por Gula el Miér Sep 27, 2017 6:06 pm, editado 1 vez


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Re: El honor de ser tu Hermano.

Mensaje por Eudes el Dom Jun 18, 2017 12:21 am

¿Cuantas veces había sentido eso?

El sol, padre sol, rasgando con sus puñales de luz las nubes mas oscuras, y rozando con etéreas columnas doradas la planicie humedecida por la tormenta. Frío y calor, juntos sin mezclarse, conviviendo en ese efímero mundo de sombras y luces que se formaba luego de que los últimos coletazos y ventarrones lluviosos habían amainado sus fuerzas. Desde siempre había disfrutado de este milagro, de este estado milagroso, y en los tiempos que corrían, con ese yugo de hierro plateado sobre su espalda, parecía que estos breves instantes eran lo único que le brindaba algún segundo de paz.

Paz...paz...Mil agujas clavadas en la carne que ascendían por su espalda, como un arácnido metálico y frenético descosiendo y volviendo a coser los jirones de carne que iba arrancando...

No...no...no debía pensar en eso. No era real al final y al cabo. Este instante, este segundo lo debía ser todo para ella. Desde aquellos mozos años, las cosas habían sido así...

El silencio y el viento reinaban entre las ruinas, como desde hacía varios años. Las piedras derruidas y marrones, apenas emitían sonido cuando alguna corriente errante las atravesaba, veloz y apresurada. Se reconocían, entre esta reliquia de tiempos mejores, la conformación de lo que alguna vez fue un castillo, una fortaleza, cuyo piso inferior, amplio y intrincado, todavía conservaba las bases de los pasillos y habitaciones, reconocibles (mas a duras penas) por las hileras de roca en el suelo. Lo que parecía ser un balcón o mirador amplio y semi-circular pendiendo del borde del abismo era, como cosa curiosa, la única parte de la estructura original que no parecía haber sido deformada hasta el borde de lo casi irreconocible. Paredes altas semiderruidas y apenas en pié todavía señalaban el vulgar y patético fantasma de pisos superiores.

...Algunas veces viajeros, mercaderes y peregrinos se habían topado con estas ruinas perdidas. Las habían llamado de muchos nombres, demasiados para ella como para recordarlos en ese instante, y habían otorgado toda suerte de orígenes a las rocas en destrucción. El consenso, por supuesto, parecía asentir unánime a una antigüedad casi legendaria y, juzgando por los restos e indicios, era fácil incluso datárle quizá de algunas centenas, siendo lo más lógico ante tal nivel de destrucción por una causa aún desconocida. Lamentablemente, como muchas mas cosas que Licia se había topado a lo largo de su todavía corta vida, el consenso general y el sentido común se encontraba lejos de la realidad.

La fortaleza en cuestión no llevaba mas de 6 años en dicho estado, y en llegar a esa condición, no más de unos meses le habían bastado. El evento en cuestión había sido devastador. Las perdidas...las perdidas...demasiado...

Silencio: El viento cayó sus susurros por un momento. Los ojos de la caballero recorrieron cada recoveco, cada rincón, cada ranura y cada fantasmal atisbo de gloria pasada que desparramada yacía sobre el risco de piedra. Las lineas en el suelo asemejaban al camino borroso e indefinible de la memoria, que le guiaba en un viaje hacía aquellos días de camaradería y adoración en que este lugar se alzaba como una corona de gloria sobre las estériles y malditas arenas y peñas de este lugar seco. Por supuesto, al final, cerca del borde, el recuerdo dulce se transtornaba en esa visión horrorosa en indefinible que todavía le azotaba en sus pesadillas, al menos en los tiempos cuando todavía estaba dispuesta a dejarse llevar en el sueño. Oscuridad...sombras...gritos...corrupción...su figura consumida.

Antes había llorado. Ahora solo contemplaba con un puñal en su alma, un dolor incapaz de descargarse a través de manifestaciones físicas o palabras. El peso sumado de "la otra espada", que en su burlona existencia gustaba de traer en los momentos de castigo las imágenes de la masacre, no hacía mas que añadir el toque de la desesperación a aquel dolor fantasma.

Padre sol, padre mío, ¿Por que me abandonas? ¿Por que nos abandonas? ¿Por que desde tu trono ahora pareces darnos la espalda, lanzarnos a este mundo perdido sin destino o cubierta, quemándonos con esos rayos tan hermosos que alguna vez nos dieron poder? ¿En que te he ofendido? ¿En que te he fallado? ¿Que hizo que tu, tu rey de la luz, ahora te vuelvas en contra mía, y me obligues a seguir en esta condena eterna, en esta espiral en donde tras cada nivel se oculta un demonio mas grande? ¿Es acaso justa tu indiferencia? ¿Es si quiera un poco justificable tu silencio? Mi espada se vuelve pesada, difícil de cargar entre estas manos escuálidas...

...

Miraba al sol, pero nadie respondió. Sentía la humedad, pero nada alivio su dolor. Estaba sola.

...

El viento sopló de nuevo.

...

¿O quizá no?

...

Aquella presencia conocida, arrastrola de entre el mar de los recuerdos hacia el frío y el calor, hacia estos instantes breves en los cuales posada sobre una roca derruida miraba al Padre Sol. Bajando la mirada a tierra, abiertos los ojos, como un espasmo viró hacia un lado la cabeza, su mandíbula titiritando, para buscar con la mirada aquello que sentía tan cercano. Mirando en toda dirección, se levantó de la piedra y agudizo los sentidos, direccionando hacia todas partes, buscando, intentando distinguir eso, intentando distinguirlo a él.

Si, si, estaba aquí, no podía engañarle, estaba aquí después de tanto tiempo. ¿Cuanto había sido? ¿Dos, tres, cuatro años? No importaba ya, ahora lo realmente determinante era encontrarle, era pedirle explicación, era poder hacer o decir algo para...

Apareció como una bruma blanca, ese espectro de caminos mil y ojos que habían visto los más profundos secretos del mundo. Materializándose...no, mas bien distinguiéndose, tomando brazos, y piernas, y ropas y apariencia de hombre en la alteración de su propio humo, que se revolvía y mutaba según la necesidad de la figura. Un capa larga y eterea, que se disolvía en la misma bruma que le había visto nacer se abría como un par de alas a sus espaldas, mientras camina erguido y firme, avanzando hacia la mujer. Ese yelmo inhumano, esos ojos como estrellas que brillaban a través de la indistiguible y ondulante visera, esa regia espada fantasma, mas sólida que el resto de su cuerpo, que se ceñía sobre sus lomos. Era el, después de tanto tiempo, y aunque muerto, era el.

Silenciosa, una lagrima corrió por su mejilla, y una sonrisa suave pero sincera se manifestó en su boca.

Estaba aquí, como aquella vez hacía tanto tiempo, aunque, entonces lucía un poco más...sólido. Pesadilla, pesadilla las imágenes que venían a su cabeza de el día trágico, como lo vio consumirse, cuando lo vio...cuando lo vio morir...

No importa, ya no importaba. Tal y como las profecías lo habían dicho, el mensajero que después de la muerte retorna para seguir con su misión. Eso significaba, eso significaba que...Si, sí, por los dioses, por el Padre Sol, sí...

Tenías ganas de correr, de abrazar a la bruma, de dejar correr las lágrimas mientras estaba junto al que alguna vez fue su hermano, su compañero de luchas, la mano en la que confiaba cuando la oscuridad intentaba con otra escaramuza. Pero...no. Algo frío, algo extraño, un miedo primigenio e instintivo que se retorcía como un gusano en el fondo de su alma se lo impedía, como el impulso natural de un animal asustado. Estaba allí, oculto tras aquella amalgama de alegría, nostalgia y simple tristeza, impidiéndole avanzar hacia el fantasma que a paso lento se le acercaba, cada vez mas reconocible, cada vez mas familia en cada uno de sus regios movimientos. Se quedo allí, entonces, mientras sus rodillas flaqueaban, y el hombre detenía su avance a dos metros de su posición.

Silencio por segundos, frío silencio, como si el sol hubiese dejado de brillar. Los ojos estelares posados sobre ella, escrutándola, examinando el fondo de su alma como dos faroles en medio de la mas recalcitrante sombra. Podía sentirlo, la recordaba aún en su espíritu, quizá como un eco lejano, quizá como algo que había pasado por su vida tan solo el día de ayer. Lucía regio, con la armadura completa formándose en la bruma y cubriendo un cuerpo fornido y alto, tal y como había sido en vida. Era impresionante lo poco que este aspecto tan inmaterial le cambiaba, como si lo único que observase fuese su reflejo a través de un espejo ligeramente opaco.

Alzó una mano, señaló hacia el horizonte, hacia mas allá del éste.

La mujer viró hacia aquella dirección, esforzándose con la vista en ver algo más que nubes, y las luces ligeramente mas brillantes del sol naciente que rompían la negrura.

No había nada.

- N-no entiendo...-Susurró, para si misma mientras alguna luces bañaban su faz bronceada.

El espirito permaneció inmóvil, sin decir palabra, quizá por no querer, quizá por no poder. Simplemente bajo su brazo, y posando nuevamente los ojos estrellados en la mujer, quedose inmovil mirándola.

¿En que pensaría? ¿Que quería decir aquel gesto? Preguntas que llegaban a su mente pero que su garganta se negaba a articular, enroscada como un nudo, incapaz ya de lidiar con el miedo primigenio que había superado a la dicha o a la desdicha. B-bueno, no importaba, su misión era clara, siempre lo había sido en vida, y ahora lo sería aún mas en su muerte. Los Solaris...el renacimiento, el fin de la tortura..si...era eso...no podía ser otra cosa.

Entonces el espíritu comenzó a disolverse, la bruma a difuminarse y absorber las humanas facciones y rasgos.

No...no tan rápido, no ta pronto, no todavía hermano, no por favor.

Sabía lo que iba a hacer, siempre lo había sabido, pero si tan solo aquello pudiese durar más tiempo, solo una vez, solo un momento.

Corrió hacia el, mientras poco a poco la luz del sol dominaba sobre las sombras y el frío iba reduciendo su dominio. Ya no importo el miedo, ya no importo el terror a lo desconocido. Solo quería tocarlo, así fuese imposible, solo una vez...Pero fue imposible. El espíritu se disolvió en el aire, y sus dedos solo alcanzaron a sentir el frío de la bruma que lentamente moría al calor del sol. Pronto, demasiado pronto, demasiado rápido, la visión se esfumo de sus ojos y todo lo que quedó a su alrededor fue el sol radiante que nacía y la inmensa soledad de las ruinas, ahora mas radiantes y brillantes, bendecidas por el Padre Sol.

Padre Sol...Padre Sol...

Resignada, retirose hacia el balcón, hacia aquella estructura pendiente que miraba hacia el lugar del nacimiento celeste. Las marcas de las espadas se hallaban repartidas en el suelo, formando un círculo perfecto de emblemas que fungían como una apropiada decoración para la antigua plataforma, una decoración que a pesar de los años seguía brillando como si el día anterior aquellas gemas moldeadas hubiesen sido puestas allí. Las bendiciones mágicas, tal parece, no solían fallar por gracias del desgaste o el correr del tiempo.

En el borde, de pié, mirando a su Padre surgir como un titan radiante cada vez mas alto en su reino, el cielo. Se quitó el yelmo, dejando que su cabeza de cabellos recortados se refrescara con las brisas de tormenta que todavía restaban.

- ¿Este es tu plan, Padre?- Susurro al astro, pensativa mientras su cabello corto se movía muy ligeramente- ¿Darnos una...nueva oportunidad?

El sol emergió radiante ese día, como pocos que había visto antes. Quizá porque, como decían las leyendas, padre brillaba más cuando traía una promesa consigo...
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Re: El honor de ser tu Hermano.

Mensaje por Gula el Dom Jul 09, 2017 12:42 am

II


Gruñidos, chillidos y aullidos cayeron a la gran grieta con estruendosos ecos, el gran manto negro fue iluminado levemente para mostrar las aberraciones que cazaban a los hijos del sol. Serpientes, trasgos, huargos, ogros, demonios, monstruosas criaturas caían al foso de flamas que luego elevó un nuevo muro de luz flameante llena de vida que consumía el aire, una luz que castigaba la oscuridad, una luz que cegaba a los infieles. Era la luz del fuego de la justicia, la luz que arrancaba la piel a las criaturas impuras creadas en la decadencia y la malicia.

-¡Es la luz del fuego del Sol que arde en mi interior, es la luz que me levanta cada mañana y me da calor, es la luz de un nuevo Sol! -Gritaba una voz de proveniente del muro de llamas. -¡Malditos seres impuros, malditos mil y un veces más descarados ustedes que niegan sus rayos, rayos de calor, rayos de amor, rayos de vida! ¡Vida de otros seres robada por ustedes! ¡Malvivientes alimañas! ¡ARDAN POR EL FUEGO DEL SOL!

El gran muro brillante era lo suficientemente grande como para consumir el manto de oscuridad que cubría y escondía a estas bestias, las cuales observaban con terrible pánico como las llamas se elevaban más altas que las copas de los árboles. Los del frente observaban como la gran grieta se abría y dejaba escapar aún más fuego y calor. Curioso, las alimañas no temen al látigo de su señor ni a la lanza del enemigo, pero si al fuego, la luz, el poder del sol y sus iluminados.

De un momento a otro, el gran alzamiento de las llamas cayó sobre las aberraciones y parte del bosque, el fuego purificó sus cuerpos hasta dejarlos negros y calcinados; sus almas fueron purgadas y ofrecidas a la diosa de la muerte. Lo caballeros cabalgaban sin parar, sin cesar. Alex, el neófito, trataba de ahogar su dolor y su pena: llegó a conocer lo suficiente su hermanos para saber que la pérdida del más mínimo de ello era una gran tristeza. Solo quedaban 3 jinetes que bajaban por la orilla de un río escondido entre montañas: Altas cordilleras que se cernían y protegía las manantiales agua que. El claro había sido dejado atrás hace rato ya. Alex, no podía dejar de percibir que aún no estaban a salvo.

-Pararemos aquí. -Dijo un jinete que rebajaba el paso. -Los caballos necesitan agua y descanso. -Los cascos de los equinos se detuvieron momentáneamente y pusieron su pies sobre la tierra, acercaron a los caballos a tomar agua y quitaron sus cascos para refrescarse con un poco del viento, secar su lágrimas y ofrecer una oración al astro padre. Alex, como siempre con su piel rosada como la carne del mejor salmón, el viento jugaba con los mechones de su cabello pelo color caoba, sus profundos ojos verde limón estaban llenos de angustia, cansancio, tristeza. Apretó su puño de impotencia y soltó un pequeño bramido.

A pesar de que no llevaba armadura pesada o alguna espada mágica, era una persona muy especial en la hermandad. Los hermanos le cuidaban desde que fue abandonado a su suerte frente a la que era la fortaleza, el hogar, el pequeño -e improvisado- templo al sol. Siempre fue una persona tímida -¿Y como no serlo?- pues todos las caballeros eran bulliciosos, algo característico de la hermandad era la algarabía que siempre había en su fortaleza; múltiples personalidades, carismas avasallantes, bebedores natos, esgrimistas por excelencia, bárbaros con las formalidades y devotos al gran padre, esos eran los Solaris. Ese grupo de raros, locos y extraños adoradores del dios Helios que se dedicaban a compartir cacería de reliquias con sus hermanos de secta, sus grandes proezas no quedaban enmarcadas en tabernas, estatuas o las bóvedas de algún monarca; su tesoros, su premios, sus emblemas de héroes o aventureros eran sus espadas. Especiales, mágicas, únicas y por sobretodo: las eternas compañeras de cada miembro.  

Alex a pesar de nunca haber sido un aventurero, era un fiel y devoto hermano. No tiene espada que buscar o reliquia por descubrir pero sí un pacto con el Astro mayor, pues su agradecimiento por ser salvado, cuidado, criado y hasta dice ser enviado por el dios, es ser el cuidador de esta sagrada familia, de esta sagrada organización, su deber es ser el eterno conformador de la misma, su deber es reunir siempre al familia, a los miembros de esta organización.






Del diario de Alexander. Página 25.






Por miles de años él ha estado aquí, en todas partes del mundo e incluso en la llamas del averno. Él es luz en la oscuridad que me ayuda cuando no puedo ver, cuando no sé a dónde ir.
Él me ayuda a levantar y defender los ideales de todos, pues su gran brillo y luz da calor incluso a los que niegan su existencia. Si, él es, nuestro padre, nuestra madre, nuestra vida y nuestra devoción.




Desde que tengo memoria los hermanos me han cuidado y críado -cada uno a su manera- por el camino del bien. Marius nuestro líder, Opherios el predicador, el silencioso Castus, Epherioo el ardiente y todos aquellos que nombran mis hermanos pero que por una y otra razón se encontraban en aventuras. La fortaleza me había visto crecer durante casi 19 años.


Mañana serían 20 y por fin Marius podrá decirme claramente cual es mi destino y qué misión debo afrontar en el mundo. Aunque la fortaleza sigue intacta mis hermanos han cambiado y todo se debe a Equira. Ella no es precisamente calidad o amable, ni siquiera tratable, simplemente no lucha por el bien ni por el mal pero al único que escucha es a Marius. No confió en ella pero se que en futuro formará parte de algo grande en la vida de todos y posiblemente nos ayudará a superar la mayor prueba de nuestras vidas.


La vela se consume y mientras que un frío helado entra por debajo de la puerta, Gloscow ladra fuertemente y los caballos relinchan. Sé que hay algo afuera que está haciendo temblar a la fortaleza y a todos de forma silenciosa. El miedo me empieza a consumir y siento que lo que escribo puede sonar estúpido, pues, al final de cuentas mis clases aún no culminan y me falta mucho por aprender.


Varias veces me he preguntado, ¿Cómo será mi espada? ¿Cuál será mi nombre de caballero?  Tengo muchas dudas, preguntas, inquietudes y ansiedades de cómo será mi futuro a partir de mañana, los libros antiguos hablan del tiempo y los días como si fuera nimiedades que solo los tontos le prestan atención, yo siento que cada detalle por más irrelevante que sea puede cambiar todo. A veces, incluso una pequeña bellota inmadura puede atascarse en la garganta de un monarca.


Muchas veces me siento el más pequeño de entre todos y lo soy. Pero esto nunca me ha dejado atrás y tampoco me acompleja. Me inspira, pues todos fuimos pequeños por un momento y logramos hacer grandes cosas. Cierta bruja que me leyó la palma en el mercado mencionaba algo con respecto a mi persona cuando me vió rodeado de enormes y pintorescos caballeros, entre balbuceos y quien sabe que otra cosa, dijo: “Si crees que eres pequeño para hacer algo grande, imagínate irte a dormir a un cuarto cerrado con un mosquito.” La vagabunda tenía razón, hasta el frasco más pequeño de veneno puede provocar una inmensa guerra.


El frío está aumentando, estoy empezando a cabecear de sueño y creo haber escuchado un chirrido lejano traído por el viento, Gloscow no para de ladrar y empieza a aullar de forma desesperante. En el pasillo oigo la voz de Marius y Epherioo discutiendo.






-Alexander, prepárate para marchar- Dijo con un tono grave y pesado el caballero de armadura color bronce con gemas y distintas piedras adheridas al metal, su espada era larga sin punta pues solo tenía una hoja poco filosa pero era notablemente pesada, se podía ver por cómo se arrastraba contra el suelo dejando su grosor marcado en la tierra. -Ya es hora. Opherios.-Asintió suavemente el yelmo con alas de águilas sobre un pelo amarillo que rozaba el blanco y no mostraba completamente los rasgos élficos del otro caballero.

El caballero de la armadura de marrón se quitó el yelmo con forma de cono y lo colocó bajo su brazo. La desnudez de su rostro mostró una tez morena con rasgo marcados de las personas del desierto y la sabana de Mashamba Milele. Sus ojos eran grises y su pelo corto y enrulado. En su mirada se veía claramente el dolor y una lágrima que contenía su grito potenciado bajo por su mejilla, este la limpio rápidamente y colocó su mano sobre el pequeño caballero.

-Ya es hora de que descubras tu camino, hermano. Sé que sientes un inmenso dolor por la pérdida de nuestros hermanos. Pero ellos murieron por ti, por mi, por Opherios, por el mundo… Por la hermandad. Así que no importa si miras atrás mientras te marchas, pero no nos recuerdes con lástima en tu corazón. Recuerdanos como tus hermanos, como tus guías, como lo hombres y mujeres que sembraron la esperanza de un mundo mejor. -El caballero hizo una pausa momentánea para ahogar su llanto. Su voz se entrecortaba mientras que el joven lo miraba fijamente con los ojos enrojecidos y con un enorme nudo en la garganta -Recuerdanos… Y tennos siempre presente… Ya sea en el día o en la noche, la luz del sol está y vive con y dentro de cada uno de nosotros… Cuídate y vive tu sueño, Alex.

Alexander rompió en llanto a abrazó a su hermano fuertemente, las palabras de despedida pudieron arrancar una lágrima del rostro de Opherios. La cabeza de Alex era bañada con las lágrimas de su hermano como si el agua bendita de una virgen santificara y bañara a su hijo.


Última edición por Gula el Miér Sep 27, 2017 6:07 pm, editado 1 vez


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Re: El honor de ser tu Hermano.

Mensaje por Eudes el Vie Ago 11, 2017 10:44 pm

-Como un sueño.



Kress Vachelor despertó. Los sueños en lo que se había encontrado atrapado se disolvieron como ecos en el aire, prontos a caer en el insondable abismo del olvido. No más que murmullos, vagas sensaciones, no más que imágenes azarosas e indistinguibles que pronto no pasaban el terreno de lo meramente familiar. Fugaces ilusiones al fin y al cabo, dispuestas a unirse a la nada apenas bien su atención se fijara en otra cosa.

Quizá precisamente por la naturaleza efímera de los sueños, por parecer y sentirse como los reflejos opacos de una realidad deforme e incompresible, es que al abrir sus pesados parpados, le pareció seguir dentro uno.

El velo de la oscuridad hacía confundir las características de la catedral como las facciones del rostro se difuminaban tras un velo. Las esquinas eran insondables posos de sombra opaca como abismos en miniatura y lo visible por la luz era una parodia, un chiste, una imitación extraña que intentaba con todas sus fuerzas ser semejante a su contraparte original, sin lograr encubrir la realidad indefinible y extraña que ocultaba tras la poco efectiva ilusión. Los altares se alzaban oscuros, demasiado, como si la piedra de la que estaban labrados hubiese teñido de negro su superficie, o se viese visto devorada por un intento de sombra salvaje y poco discreta. Las estatuas altas, otrora representante de divinidades y heraldos, parecían rogar con sus facciones movimiento o animación a los cielos, deformando sus expresiones alegres, valerosas o piadosas en muecas de manía sonriente, ira destructora y terror absoluto capaz de hacer erizar al más curtido de los inquisidores. Aquí y allá, las ventanas que otorgaban claridad disminuían su luz como si las estrellas del firmamento apagasen su refulgir, acentuando con esto a la oscuridad devoradora y disminuyendo la claridad a no más que una fluorescencia lejana, incapaz con su débil brillo de vencer la pugna con la tiniebla.

Levantose de la banca intrigado con el extraño juego de iluminación, para ser recibido por la onda chocante de un sentimiento demoledor, repentino, la sombra depredadora de la oscuridad que avanzaba por la nave principal del templo. Miedo, angustia, expectativa y un sentido de ser observado se mezclaron como un combinado letal para dar a luz algo solo definible como el terror primigenio, la aversión al desconocido horizonte, la certeza de que un predador cuya ira era poco más que su naturaleza instintiva lentamente se acercaba, cada segundo un poco, capaz de sentir la palpitación nerviosa y frágil de su carne alimento. El sentimiento, que oprimía el pecho como si quisiera quebrar sus costillas, no por ser repentino en su aparición había sido más sorprendente que atemorizante, siendo que la inminencia del encuentro que buscaba anunciar parecía haber estado allí desde el principio, como si su cuerpo estuviese completamente seguro de el terror que temía efectivamente se acercaba.

Kress no perdió el tiempo; no anhelaba, fuese el momento o no, dejar de pasar la oportunidad de una plegaria.

Puso las rodillas sobre la tierra, señal de sumisión, con la semilla de la duda y la sospecha fastidiando su alma. Cerrando los ojos delante del gran altar, espero a que tanto su mente como sus punsantes latidos se hubiesen relajado, para no permitir que los sentimientos pasajeros o la preocupación por la extraña naturaleza de lo que sucedía le impidiesen elevar su voz hasta la divina morada. No estaba de más una oración piadosa, sin duda, y más viendo como la atmósfera de terror antiguo lograba extender poco a poco sus sombríos tentáculos hacia el altar principal. En el fondo, el terror receloso de un inquisidor le mantenía renuente a la idea de simplemente ignorar que todo aquello estaba sucediendo.

Así pues, convencido de su acción, alzó la cabeza hacia las sombras del techo y murmuró palabras inteligibles nacidas de su sincero corazón, pidiendo con cierto nerviosismo en su voz anciana algún tipo de protección mientras en la sombra se sumía, rogando por ayuda si es que algo maligno pujaba por obtener el control de su santo lugar. Sin dejar de rezar completamente, su vista y sus ojos le llevaban a la visión del sueño opaco y su sombría predación, que habíase hecho cebo ya desde hace rato de cada una de las estatuas. Aquello ya había, puesto que había decidido rezar, empezó a preocuparle. Sabía que no era normal que la oscuridad jugara a ser salvaje y a deformar aquello que él y medio millar de personas consideraban sagrado.

Terminó su oración entonces. Nada fue contestado.

No solo fue la ausencia de respuestas, era más que eso, más profundo y difícil de definir. A simples palabras, parecía como si, en vez de simplemente callar y dejar todo a su misma voluntad, el dios Solar simplemente se encontrase ausente, sin vida, sin nada más allá del ídolo pétreo que engalanaba la cabeza del altar deforme, como si cada palabra que había pronunciado en su oración no hubiesen sido más que chispas de luz lanzadas al viento impetuoso. Esta ausencia de respuestas duró segundos que se convirtieron en minutos que se convirtieron en un largo silencio sepulcral, marcando así la negativa de que alguien hubiese escuchado su clamor, o héchole caso si quiera.

El dolor…El dolor y el miedo aumentaban a galope de semental. Como serpientes constrictoras que estrujaban a su presa, el terror le impedía respirar, le ahogaba la sensación de ser observado, de estar expectante mientras su asesino lentamente se abría paso entre la distancia que les separaba. Las sombras que antes había temido devoraran el local parecían haber terminado su alimento, cubriendo de la opacidad onírica y tenebrosa toda la nave y lo que esta contenía, deformando cada rincón en la bien ejecutada farsa de aquel sueño pesadillezco. Tras aquel velo de misterio, la frontera nebulosa daba lugar a una tierra espectral de cazadores, de bestias, de criaturas de la noche que se aglomeran tras sus bien llevados escondites para saltar a la realidad envueltos con vestidos de tinieblas. Miedo que le embargaba, terror que le acechaba por el rabillo del ojo, como una mueca burlona, o la retorcedura de aquellos que el mismo había considerado sagrados toda su vida. La criatura acechando, acercándose, constante, expidiendo el aliento de la muerte y cantando con los silbidos del viento el final trágico de su propia existencia.

No pudo más. El clérigo se levanto con intención absoluta de salir de entre la congregación de sombras.

Avanzó apresurado, con tanto temor a permanecer que el riesgo a ser atrapado de camino a la puerta no pareció la mayor de las preocupaciones. Tratando de no ver a su alrededor aquellos rostros deformados, de notar las horribles características que aquella extraña y singular tiniebla confería a las estatuas de los dioses, forjándolos a imagen y semejanza de demonios que anhelaban la forma divina, o parodias corruptas de sí mismos dignas de estar entre una congregación de impíos herejes. Solo le interesó salir de allí a paso de alma que arrastra el insondable foso, y dejar dentro del lugar sagrado el oscuro mundo de criaturas más y más cercano.

Fue entonces cuando algo singular sucedió. Un golpe, un impacto, el sonido de un metal que se partía y la sensación de volar por segundos escasos en el aire, careciendo de orientación acerca del piso o el alto techo. Vio una luz, como un relámpago, como si el sol mismo hubiese tomado forma un único instante tras los grandes portales de hierro, forzando con el poder puro que manaba de luz a las puertas, provocando que con violencia los seguros se quebraran y ambas piezas se dejarán empujar sin esfuerzo hacia adentro.

Golpeó el piso. Todo su cuerpo, anciano, gimió al unísono. Dolor y desorientación mezclados, la horrible sensación de que el mundo se había disuelto por escasos momentos, y ahora el que volviese a tomar forma era todo un esfuerzo inmenso para su vista y para su mente. Dureza bajo sus manos y sus piernas, bien, eh ahí un punto de comienzo, si conseguía ponerse de rodillas quizá…

-¡Clérigo!- Dijo una voz de mujer, firme como el acero y fuerte en gran manera- ¡Clérigo, ayuda!

Entornó su vista, esforzado, tratando de materializar el mundo frente a sí, entre las borrosas puertas de hierro que yacían abiertas de par en par. Allí, una luz más suave pero igualmente impresionante empezó a tomar forma con cada segundo, como si las facciones, el sentido, los brazos y las piernas, emergieran cada que una capa de opacidad o borrón iba siendo quitada de su vista. Poco a poco, formándose, volviéndose más clara, apareció la visión singular de dos personas embutidas en extrañas armaduras completas. La primera, una mujer, a juzgar por su contorno, firme y de pié, sosteniendo un singular acero en su mano derecha que expedía redes de relámpago azulado, como si aquella espada tuviese la virtud de generar una mismísima tormenta. La segunda, un hombre, herido, apoyado en el hombro izquierdo de la mujer, apenas en la capacidad de estar de pié, con una mano puesta sobre su costado, del cual, a través de los encajes de sus aceros, se distinguían constantes hilos de una sustancia oscura y rojiza: Sangre.

Curioso fue no solo la aparición de aquellos individuos. Sorpresa, sorpresa máxima, se llevo el clérigo al observar tras sus espaldas, y ver que jamás, nunca, había sido de noche. Allá, lejos, por los tejados, el sol era tragado por un eclipse oscuro como si Symias hubiese perdido la puja con un aterrador abismo

                                                                                         
-o-


Sus ojos no se despegaban del acero. Con las manos palpaba la superficie mellada de la otrora poderosa hoja.

Arrodillada en el centro del romántico mausoleo, murmuraba oraciones imperceptibles mientras velaba su arma sagrada. Era, a su juicio, lo primero que tenía que hacer, luego de haber recibido la contundente señal de padre, que marcaba el comienzo del ciclo de renacimiento. En el fondo, muy profundo, le costaba creer que hubiese vivido lo suficiente como para ver el glorioso día. Aún ahora, el aura onírica que había envuelto el ambiente durante la aparición de su hermano espectro parecía rodearla, transforma el mundo a su alrededor en la viva imagen de un sueño.

Alzó con reverencia la vista, posando sus ojos sobre el conjunto de lápidas que emergían de la tierra frente a sí. Congregadas en una zona sin losa alguna, tres piedras rústicas con nombres toscamente inscritos eran las lápidas y únicos honores de su orden fallecida. Reunidas allí, abrazadas por los tentáculos de varias enredaderas floreadas, yacían como recordatorio de, por una parte, las vidas de sus hermanos, y por otra, lo trágico de sus muertes, siendo que bajo sus pesos no había cuerpos algunos. Ninguno había podido ser recuperado.

El día aparecía en su memoria como el asalto de un animal salvaje: Gritos, oscuridad, dolor, pena en la forma de un dios cruel. El acero maldito parecía disfrutar el hurgar en su memoria en busca de ese recuerdo, no sabía ella si por curiosidad, o porque simplemente gustaba de verla reaccionar a las súbitas imágenes. No era para menos su terror, si aún sin comprender a cabalidad lo que sus ojos habían visto, conocía por instinto y sentimiento que era la cosa más horrible sobre la faz del mundo. Padre la castigara si eso no era verdad.

Aún a pesar de todo, sonrió.

Belleza, belleza desplegada en aquel mausoleo como la bendición final del Sol a aquellos que en vida sirvieron hasta dar su sangre. Cada rayo de luz, bendecido por un vitral colorido, descendía sobre las losas y daba vida a plantas y flores coloridas que se abrían paso entre la piedra. Bañados en gloria, las estatuas armadas y magnánimas de órdenes anteriores rodeaban toda la sala con sus miradas reverenciales, casi pareciendo honrar con honor militar a los caídos. Una única columna de luz, que atravesaba un boquete abierto por el tiempo en el techo, descendía sobre las rocas y les confería un brillo glorioso solo comparable con la divinidad. Sí, aquello era hermoso, como la promesa de un renacimiento ya demasiado pronto a suceder, a la vez que el alegre recuerdo de unos hombres que dieron todo hasta el último de sus alientos débiles.

Se levantó. La promesa que había recibido en el amanecer había dado sentido y belleza a todo esto, pero todavía había cosas por hacer. Tenía una sagrada misión.

Tomó el mango firme y extrajo del suelo la espada, que se hallaba erguida junto a las lápidas como un trágico pendón. Ceremoniosa y paciente, introdujo el otrora poderoso artefacto en la larga funda que colgaba sobre su lomo, sin dejar de murmurar un instante reverenciales oraciones al astro padre.

La llave de las espadas, el medallón de sol naciente, debía recuperarlo.

Años atrás ella misma lo había ocultado de la sombra, dándoselo a un viejo clérigo que lo guardaría con todo el fervor que ponía en su oficio, o al menos eso esperaba. Ahora debía ir y recuperarlo, usarlo para invocar el nombre de la sagradas hojas que esperaban a sus nuevos portadores sagrados. Esa sería su misión.

Firme y decidida, dio la espalda a las tumbas no sin antes elevar sus brazos en el aire, saludando a Padre y honrando con la reverencia a sus hermanos caidos. Avanzó a través del mausoleo, dejando atrás los nichos, las estatuas, las luces benditas y las vivas plantas floreadas que hallaban hogar en la necrópolis sagrada. Sonando con un tintineo metálico, ambas espadas- Una maldita y brillante, otra bendita y oscurecida- Posaban sobre su espalda, amenazantes, como representantes de los dos impulsos entre los cuales siempre se había debatido a lo largo de su vida. El murmullo de violencia de la hoja curva y bien pulida se contrarrestaba con la piedad justiciera que inspiraba el acero gastado. Lástima que ahora no fuese un asunto de decisión. Padre había hablado, y ella iba a hacer lo que tenía que hacer.

Quizá…Quizá con eso la deuda que cargaba sobre sus hombros, y las memorias de sus hermanos, al fin podría descansar en paz.
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Re: El honor de ser tu Hermano.

Mensaje por Gula el Miér Sep 27, 2017 6:04 pm

III




Esa noche las estrellas lloraban lágrimas brillantes que alcanzarían la tierra al amanecer en forma de rocío. El enorme plato lunar era el foco principal que iluminaba la despedidas de aquellos hermanos; la desolación estaba ganando la batalla en el corazón de Alexander cada segundo que miraba a sus dos únicos hermanos que quedaban. A lo lejos la marcha sombría se escuchaba, esta vez no eran gritos, rugidos y chillidos, eran tambores, tambores de guerra y marcha, tambores tan profundos y sonoros que harían entrar en pánico a una ciudad completa antes de que su ejército llegara.

Alexander los escuchaba y podía sentir como la tierra temblaba, sabía que una marcha oscura se aproximaba a ellos con un paso no muy apresurado pero si dispuesto a acabar con todo. El viento dejó de soplar y las hojas de los árboles solo se movían por la vibración que producía aquel horror palpitante que venía del bosque.

-¡Opherios vayanse! -Dijo el hombre de armadura de bronce mientras empujaba a Alex hacia el elfo con yelmo de águila. Opherios elevó su espada al aire durante unos segundo y el viento volvió a soplar, las ramas comenzaron a agitarse y en la profundidad del bosque las sombras mostraban destellos rojos en pares, hordas de no muertos marchantes con ojos rojos y armaduras negras con el símbolo de la serpiente dorada enrollando una daga que gotea. El corazón del más joven de los jinetes se llenó de temor y pánico, su piernas comenzaron a temblar, su boca se secó en un instante mientras que sus manos estaban casi tan frías como el corazón de la mujer que lideraba aquella marcha de tinieblas y horrores.

-Tranquilo Alex. -Dijo el hombre moreno mientras empuñaba su mandoble. -No corrimos y dimos tanto para morir aquí, tu tienes una misión especial todavía. No tengo idea cual es pero… De seguro será tan importante como la nuestra. -El caballero volteó a ver a elfo que sujetaba al muchacho mientras mantenía su espada en el aire. -Estoy orgulloso y feliz de morir por una causa tan pequeña… -Su voz se entrecortaba y sus ojos eran dos mares enrojecidos a punto de soltar su llanto. -Vive y sé feliz Alex… Te quiero hermano.

La marcha y los tambores se detuvieron por un instante llamando la atención de los caballeros. Súbitamente un zumbido frío que viajaba en el aire atravesó los troncos de los árboles hasta llegar al pecho del caballero de bronce y mandoble en mano en forma de una flecha gruesa. Un gemido ahogado de dolor salió de su boca, mientras que Alex gritaba tratando de acercarse a su hermano herido, pero Opherios tenía una misión y sentía el dolor de la flecha en su hermano como si él la hubiera recibido. El viento soplaba ahora con mayor fuerza, el caballero de bronce cayó con un puño y rodilla al suelo mientras la sangre bajaba en gotas lentamente por las plumas negras de la flecha.

-Jeje… No será tan fácil acabar conmigo… -Musitó el caballero herido. -Lárgate de aquí Opherios. -De pronto la tierra comenzó a temblar el caballero con el yelmo de águila tomó a su hermano y lo arrastró al medio del río. Castus el silencioso se irguió con orgullo apoyándose en su espada, la tierra comenzaba a temblar cada vez más fuerte y la marcha con tambores ya no se escuchaba, el caballero giró la cabeza hasta ponerla paralelamente con su hombro en dirección sus hermanos hasta que una gran muralla de roca surgió del suelo extendiéndose allá donde alcanzaba la vista y lo último que escucharon del caballero de bronce fue su grito de batalla, similar a una avalancha de rocas cayendo por los bordes de una montaña.

-El viento me ha traído aquí, así que le pido al viento me lleve de vuelta a mi hogar. -Rezaba el elfo con voz quebradiza mientras Alex se apegaba a una roca del rió, el agua acariciaba su rostro y lavaban sus lágrimas. El río poco a poco a fuer mermando y la corriente dejó de fluir, pasó a estar quieta y calmada. Ya no había ruido, ya el viento no soplaba, ya el llanto del joven no se oía, pronto todo terminará.

Castus había creado un anillo de roca sólida alrededor de una bastante grande, el río y los árboles habían sido cortados y los caballeros se encontraban en el medio de este. Águilas llegaron con un aleteo suave que apenas levantaba el agua del ahora riachuelo, gigantes y majestuosas aves de rapiña, de cabeza blanca como la montaña de Keyback, descendían como la nieve en la primavera nevada del año, acariciando el aire y besando el suelo con millones de copos de nieve. Alas gigantes y vientos ya cada vez más fuertes hicieron a Alex mirar el cielo maravillado por la presencia de algo tan raro, mágico y único, Opherios sonreía al ver la cara de su hermana pues se alegraba de que poco a poco el dolor y las tristeza se alejaban poco a poco de su fina piel.

El dolor de perder un hermano que no es de tu raza podría no ser comprensible para muchos de sus misma especie, pero dentro de él la llama de fraternidad que había sido encendida con los leños de cada uno de sus hermanos ahora mermaba pues sabía que al igual que ellos, su destino sería salvar a ese joven humano que apenas alcanzaría la mayoría de edad. Opherios siempre fue, como todo elfo, frío, desentendido de los menesteres “mortales”, pero al igual que los demás, el poder divino siempre trasciende las cuestiones y sentimientos mortales. Una vez que fue tocado por el cálido rayo del gran padre Helios no hubo en él más que amor, fraternidad, humildad, júbilo de estar con esos gritones, esa parvada loros con armaduras. Aunque su símbolo era el águila siempre fue una lechuza tranquila y observadora de los loros, ruiseñores y demás aves que eran los miembros de la hermandad.

Una mueca de nostalgia se dibujó en como una suave pincelada sobre el lienzo de su rostro, a él también le sorprendió y se preguntó cómo pudo haber sido engañado por Equira… Sus sentidos eran los mejores ¿Donde fallé?, se preguntaba constantemente, Marius lo sabía y aún así ¿No pudo notarlo de él?

El mal se oculta tras múltiples máscaras siempre queriendo atentar contra la cofradía de la divinidad y el altruismo, destruyendo toda existencia, toda mínima partícula de luz… Por eso Alex era el último de ellos, el que no tenía espada pero tenía la funda perfecta. Opherios había comprendido todo esto, en su corazón no había culpa pues sabía que solo sentiría pesar si hubiera podido descubrirlo antes y no haber advertido a sus hermanos. Pero el daño estaba ya hecho y la gloria con la que soñó algún día está en frente a sus ojos, acariciando un águila y llenándolo de orgullo.

-Sef’eremia, la reina de las águilas. -Dijo Opherios mientra veía al águila erguida y majestuosa. Se acercó e inclinó levemente, el gesto fue correspondido por el ave. -Sube Alex, es hora de que partas…

-¿Partir? ¿A dónde iremos? -Preguntaba Alex mientras que su hermano suspiraba, sabía que no iría con él todo el viaje.

-A donde el viento nos lleve Alex… Por ahora no podemos dejar que la oscuridad y las tinieblas lleguen a nosotros. -Inmediatamente otra águila de menor tamaño que la primera descendió. Las paredes de la muralla creada por Castus eran golpeadas con fuerza el polvo se desprendía con cada vibración. Tenían que partir.

-Es hora de partir Alex. -La águilas dieron unas grandes aleteadas y poco a poco se fueron elevando. Las fuerzas oscuras destruyeron la muralla y el sonido del derrumbamiento llamó la atención de los jinetes alados que observaban cómo el ejército había rodeado el anillo de roca y rodeado completamente. Suspiraron de alivio al salir de ese aprieto.

El frío y el viento tenían a Alex tiritando, la altura ofrecía una gran vista a costo de bajas temperaturas con vientos helados. Volaron durante 1 hora completa, ya el valle y el río habían quedado atrás al igual que grandes héroes que no serían conocidos en canciones o por estatuas alrededor del mundo, únicas acciones, vidas grandes y momentos breves fue lo que le dejó la hermandad a Alex, sabía muy bien que su misión debía ser importante pero ¿Era necesaria la muerte de ellos?

Como si Opherios hubiera respondido su pregunta. -No murieron por ti Alex, no te sientas culpable por ello. Ellos solo se sacrificaron para evitar darle mayor poder a ella.

-¿Ella? -Preguntó el joven desde la otra águila.

-Equira, el poder junto con la codicia la dominó, traicionó sus ideales y a todos nosotros… Solo espero que su tormento no sea tan grande. -Hizo una pausa y miró hacia el frente. -Hay cosas en este mundo Alex que son capaces de torturarte o seducirte con tal hagas lo que deseas. Ella luchó contra ello e incluso Marius la ayudó en su momento pero… Ella eligió el camino, ella decidió llevar esa pesada carga. Su propia tormenta la destruirá y cuando ya no quede nada de ella, nos recordará. Solo espero que en ese pequeño momento, el Padre Helios se apiade de su alma y no la envíe al foso.

-¿Pero qué le sucedió? -El muchacho no comprendía del todo las palabras del elfo. Opherios siempre hablaba como esos gallardos que dan muchas vueltas y al final dicen poco. No le gustaba entrar en detalles pero sabía que tenía que explicarle bien a Alex la historia.

-Bueno… ¿Recuerdas que cada uno de nosotros tenía una espada, una compañera fiel y protectora? -El joven asintió con la cabeza mientras el viento jugaba con su pelo. -Bueno… Equira también tenía una pero no era precisamente una protectora… Realmente era una… -La conversación fue interrumpida con estruendoso chillido que viajó por el viento como una flecha entre los árboles.

-¿Qué fue eso?

-Equira. Había tardado. -Montando un reptil enorme gris se veía una mujer cabello blanco con armadura brillante pero destilando un aura oscura. -Sef’eremia, llevalo lejos.

-¿Quien es? ¿Qué ocurre? Contéstame Opherios. -El muchacho reclamaba con insistencia pero su corazón sabía que lo pasaría a continuación. Las miradas se cruzaron y la de Alex fue más una súplica, no quería quedarse solo y ver como su hermano perdía su vida. Por él, por la hermandad, por el bien, por no alimentar, sea cual fuera la razón. ¡Él no quería perder a su hermano!

-Sef’eremia, llevalo al templo del sol. Vuélvete viento viaja hasta el fin del mundo si es necesario. -El águila, en respuesta hizo un agudo llamado que terminó en un eco. Opherios no respondió la súplica muda de su hermano que rompía en silencioso… Sus ojos estaban cansados de llorar y ver cómo su mundo se destruía poco a poco… Todo lo que le quedaba, era Opherios y este lo abandonaría también.

El elfo se permitió soltar una sola lágrima en respuesta a las de su hermano, lágrima cargada de los sentimientos del orgullo y honor, lágrima que le demostraba a su hermano que también lo apreciaba y le dolía dejarlo solo en este transcurso, en este largo viaje. Esto hizo que el corazón de Alex soltara un estruendoso aullido que subió por su garganta en forma de un grito.

-¡HERMANOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! -A la par, el águila giraba y se alejaba poco a poco. Opherios se puso de pie sobre el lomo de aquella ave y esta se elevó hasta perderse entre la nubes.

Equira cabalgaba la tormenta oscura que estaba llena de horrores alados, grandiélagos sedientos, reptiles hambrientos y aves carroñeras que lucharían por el jugoso botín de la reina de todas las aves. Alexander veía como se acerba el enemigo, la mujer que le arrebató todo, pero no le importaba el solo pensaba en sus hermanos y su nueva compañera: la soledad.

De súbito, como una lanza, un látigo de viento surcando el cielo bajaba en picada y algo parecido a estrellas fugaces bajaron en picada sobre las bestias. Lanzas divinas y amarillas descendieron en una lluvia derribando a decenas de los horrores que perseguían al joven. En eso, Alex pudo ver como poco a poco más águilas llegaban de todos los recodos y su hermano bajaba de las nubes montado en un grifo.

La mujer volteó a su reptil enorme y se encaminó a las nubes. El ejército de las aves subió antes y el de los horrores luego. El campo de batalla estaba decidido, los bandos también, el resultado… Superación numérica por parte de las tinieblas.

Sef’eremia volaba a gran velocidad y Alex no podía voltear, sentía que el viento lo tumbaría. Se aferró a las plumas abrazó al ave como pudo. Esta ofrecía un poco de calor.

Alex miraba el paisaje pasar mientras escuchaba la tormentosa batalla a la lejanía. Se alejaba llorando, cerró los ojos y decidió ignorar al mundo.


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Re: El honor de ser tu Hermano.

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