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Las antiguas costumbres nunca se olvidan [Privado]

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Las antiguas costumbres nunca se olvidan [Privado]

Mensaje por Turion el Miér Jun 07, 2017 1:01 pm

Los aniversarios siempre han sido, en la tradición de los Tyrandor, algo bueno, casi celestial, pues implicaban que la constancia y el esfuerzo habían dado su fruto, que algo había avanzado lo suficiente en el tiempo como para seguir siendo recordado... Y eso era motivo de dicha, puesto que el recuerdo era uno de los máximos exponentes de la grandeza para ellos. ¿Qué menos se merecían estas ocasiones que una buena celebración? Pero no una de las celebraciones típicamente humanas, en las que corrían ríos de alcohol y se hacían banquetes hasta que las reservas se agotaran, o los comensales se hartaran, dependiendo de cual llegara antes.... No. Una celebración Tyrandor principalmente consistía en algunos rituales, para dar fuerza a quien cumplía el aniversario para seguir un año más. Por supuesto, era un motivo de alegría, y el pueblo se reunía igualmente, pero a fin de cuentas, el resto era distinto.

Turion recordaba varios de estos aniversarios en su vida, como podían ser el Kroma Thar, o el Arka Rak... ¿Cómo? ¿Que no sabéis lo que son? Supongo que es lógico que, fuera de los Tyrandor no se sepan estas cosas... En resumidas cuentas, el Kroma Thar representaba el tiempo que hacía que una persona se había iniciado en el ejercito. No es una de las tradiciones más antiguas, ya que realmente surgió cuando el clan tuvo que militarizarse... Aunque tal vez por eso mismo sea de las más respetadas. A fin de cuentas, cumplir con una tradición de aniversario que llevaba generaciones en tu cultura era algo sencillo, ¿no?
Por otro lado, el Arka Rak era el tiempo que cada uno de los Tyrandor llevaba siendo cabeza de familia, y tenía dos partes. Primero contaba con Arka, que simbolizaba los aniversarios que habían pasado desde que dos centauros hubieran elegido formar familia, y hubieran hecho los ritos pertinentes. Cuando esta pareja tenía a su primer potrillo, pasaba a considerarse Arka Rak, que simbolizaban los aniversarios de "familia completa".

Pero ahora el centauro no recordaba aquellos aniversarios... Si bien en la tradición de su familia todos los aniversarios eran buenos, hacía unos años que él mismo tuvo que inaugurar una nueva tradición... el Dorga Krul. En el idioma de los Tyrandor, esas palabras significaban "Oscura Muerte", por lo que creo que no es necesario explicar más sobre el tema. Y es que hacía ya más de diez años desde que todo aquello ocurrió y, por primera vez en todo ese tiempo, Turion había decidido volver a casa.
Para bien o para mal, él ahora era el cabeza de familia, el lider de los Tyrandor, aunque no quedara ninguno salvo él. Y como tal, era su deber hacer los rituales pertinentes para que el honor de todos ellos siguiera como debía. Ellos habían muerto por su culpa, por no haber podido defenderlos... Ahora tendría que conseguir que sus almas descansaran en paz.


Esos eran los pensamientos que el centauro tenía en la cabeza mientras recorría el interior de StorGronne, más concretamente por la zona que los humanos con los que se había cruzado conocían como En'Ost. Un lugar que parecía haberse librado de la corrupción que atenaza al resto del bosque y en el que crecían, entre otras cosas, varias de las plantas y hierbas que Turion necesitaba tanto para sus rituales, como para sus pociones. Si bien era cierto que ambas cosas podía encontrarlas en casi cualquier bosque del mundo, le parecía una falta de respeto no usar los materiales de aquel lugar para rendir tributo a los suyos... Y es que para todo aquello, los Tyrandor eran muy peculiares.

La suave brisa que corría, y la sombra que proyectaban los árboles en aquel cálido día, hacían que el centauro se sintiera a gusto y contento de haber podido pasar por allí. Habían sido días de viaje desde la localización donde se encontraba, días en los que a penas si descansaba unas horas para que sus patas le permitieran seguir adelante, puesto que no debía llegar tarde. Pero toda aquella prisa había conseguido precisamente lo contrario, y ahora Turion estaba en aquel lugar días antes de lo necesario. Tal vez sea por eso que disfrutaría de algo de descanso, y sin duda alguna, recogería hierbas en abundancia para no tener que volver en mucho tiempo.

-Desde que me fui de estas tierras, poco parece haber cambiado... Salvo la abundancia de nuestros materiales.-  Dijo él agachandose para recoger un pequeño ramo de flores blancas, con motas de color azulado. -Antes habría sido complicado encontrar tantas flores de Ahar en un mismo punto... ¿Así es como el bosque recuerda a los míos? ¿Esta es su manera de honrarnos?- Para ellos, el bosque siempre había sido su hogar, y lo honraban como tal, casi como si de un dios se tratase. Lo cuidaban con respeto, pues era de él de quien sacaban todo cuanto necesitaban. Pero ahora que miraba, es como si nada hubiera pasado, puesto que las plantas seguían creciendo, y parecía mantenerse el equilibrio.
-Dime, ¿permitirás que recorra tus campos una vez más?-

Mientras decía eso Turion se irguió guardando las plantas que había recogido en una pequeña bolsa destinada a ello, que portaba en aquella suerte de cinturón que rodeaba la unión entre su parte humana y su parte equina. No esperaba respuesta del bosque, ya que a fin de cuentas nunca eran respondidas, pero era costumbre suya el hacerlo. Debía mantenerse el respeto en todo momento, pues no debía olvidar que aquel había sido su hogar, que le había dado sustento, y que había pasado grandes años de su vida allí.

El centauro comprobó el resto de cosas que llevaba encima: su hacha colgada en la espalda, su yelmo y sus guanteletes, y dos alforjas colgadas en su lomo en las que guardaba algo de comida, así como el exceso de materiales que llevara. Nunca estaba mal llevar provisiones, ya que cualquier cosa podría pasar en aquellos bosques. En su "cinturón", además de las bolsitas para guardar hierbas, llevaba colgados cuatro viales. Dos de ellos tenían un color bastante claro... parecían ser de agua, aunque ligeramente turbia. Los otros dos, eran de un color más oscuro, similar al de un agua de lodazal.
Con todo esto en orden, Turion continuó su camino por el bosque, andando con calma. A fin de cuentas, no tenía nada que temer, pues no había detectado rastros de ningún peligro cerca... No había pisadas, ni ramas rotas, ni nada fuera de lugar, como si la vida que allí hubiera fuera simplemente los animales.
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Re: Las antiguas costumbres nunca se olvidan [Privado]

Mensaje por Eudes el Mar Jun 20, 2017 11:53 pm

Algo se revolvía entre los hierbajos, los troncos y las ramas ese día vulgar-ya-no-tan-vulgar, algo que, en su involuntaria falta de respeto hacia toda la sacralidad que por su propia naturaleza los bosques, sean como sean, suelen emanar, develaba el alma inocente, optimista y asquerosamente idealista de un hombre joven. Este hombre joven- que veía su peso y su ruido aumentado por los aceros ridículamente pesados que portaba- de la misma en la que había conducido su vida, dando tumbos de acá para allá siguiendo un ideal definido sin un camino concreto, ahora caminaba perdido en la profundidad del bosque, tambaleándose por las irregularidades en el suelo de tierra y maleza enfocado en la definida pero por ahora perdida idea de la ubicación de una nueva misión.

¿Que sería lo siguiente? La última vez...Mmm...La última vez había sido difícil, puesto aquel hombre, claramente engañado, se negaba a aceptar que aquel engendro de largas piernas como de harpía, manos como agujas de bruja tejedora, cabeza enrevesada como la anciana de un clan de horribles medusas y rostro plegado como la espalda de un troll, que se cebaba de su alacena, era un monstruo. Él, en su inocencia claramente, había preferido llamarlo "esposa". Pobre, pobre inocente hombre...

Fuera como fuera, los vientos bien lo habían guiado a este lugar, a este bosque tan cercano a las montañas que amaba, y estando aquí, seguro que el destino y los dioses habían predispuesto alguna misión o hazaña en la que debería batirse. Siempre era así, o al menos la mayor parte del tiempo. A veces el destino gustaba de desafiarle, de ocultar las pruebas que tenía para sí, quizá debajo de las piedras, quizá entre los matorrales, quizá en la alacena de una anciana gritona que se preguntaba porque un hombre metálico se había metido en su casa y ahora viraba y tiraba hacia todas direcciones sus muebles. Pero como siempre, si instinto había demostrado tener razón, por gracia del cielo, encontrado, efectivamente, que en aquel lugar se le necesitaba. ¿Quien iba a pensar la tremenda tiranía en la que vivirían las pobres hormigas tras la cama de esa matrona cerca de las montañas? Ay, miserable e injusta mantis, que te cebas de inocentes fieles a su reina.

Bajando por desniveles, y tratando de no enredarse entre las gruesas raíces de arboles milenarios sobresalientes del suelo, poco a poco descendía Eudes hacía el río de escandaloso caudal, arrastrando involuntariamente con sus pies ramas y hojas muertas que el barro había atrapado cerca de la orilla. Parándose frente a las aguas, y entretenido con la fuerza de su corriente cristalina, sentóse el caballero sobre la tierra, dejando la pesada espada que portaba, junto al petate que siempre lleva en cima, aún lado de su cuerpo.

Hambre...sí, hambre.

Como caballero, pacto había dicho de que los metales que le cubrían solo le abandonaran en caso de necesidad. Al juicio de su cabeza, a toda hora necesitaba estar preparado para cuando el destino o la justicia le llamara, y vergonzoso sin duda hubiese sido verse en ropa interior o sin protección cuando alguna damisela amarrada a una roca pidiese a gritos auxilio. Ante esto, poco o nunca abandonaba el metal su cuerpo y, sin duda, se podían contar con los dedos de la mano la cantidad de personas que habían visto su rostro. No, jamás se quitaría el yelmo o subiría su visera sin que la situación apremiase. Deshonroso e imprudente hubiese sido, sin duda, siendo la cantidad de caballero que habían muerto porque una flecha perdida les había atravesado la cara.

Comer no era, por supuesto y ya explicado su criterio, una situación demasiado apremiante.

Sacando de su bolsa pan y de su cintura la cantimplora, tomó migajas Eudes y mezclolas sentado con el agua. Creando con esto un amasige extraño y apenas reconocible, sacó una cuchara también del petate, una larga y fina, y, tomando con esta el pan mojado, lo pasó a traves de la angosta visera, bajándolo como bien podía en el interior y alcanzando la pieza con los labios. Mediante este proceso comía siempre el caballero, mojando cualquier comisa que se le ofreciese, y pasándola a través de la visera según sus habilidades con la pequeña y larga cuchara le permitía. Antes estos largos, y quizá innecesarios momentos de precisión quirúrgica, entregábase él a la contemplación y la meditación, dejándose llevar por la voces cantarinas de las flores que le rodeaban y el redoblar constante del tambor de alguna aldea de gnomos que descansase bajo sus pies.

Es curioso, por cierto, lo poco que la gente notaba a los gnomos, siendo que siempre estaban allí, rodeandoles, subiendo por su rostro y bailando en su hombro...que cosa mas curiosa.

Fuera como fuera, quedose el hombre allí, reponiendo fuerza mientras comía y admiraba las aguas, pensando en que le tendrían preparado los dioses en aquel misterioso bosque perdido.
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Eudes

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