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El hombre roto

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El hombre roto

Mensaje por Necross Belmont el Miér Jun 07, 2017 11:24 pm

I-Sherckano

Nunca tuve padre, creciendo tenía solo a mis compañeros de hogar, los demás huérfanos que la señora Clementina cuidaba. El problema de crecer entre huérfanos, y en una ciudad tan grande como lo es Shading, es que solo tienes dos maneras de sobrevivir, o te entrenas para meterte en la milicia, o te dedicas a robar. Yo elegí aquella última opción cuando de adolecente se me abrieron aquellas opciones. No recuerdo muy bien cómo fue, pero en uno de los atracos me hice con una espada bastarda, era tan bonita que decidí quedármela y no venderla.

Y con aquella espada hice mucho daño, daño a gente inocente, que no lo merecía. Herí a algunos, maté a otros, todo por un par de monedas. Hasta aquel día, que me encomendaron matar a un anciano que parecía indefenso. Como era costumbre no hice preguntas, no las necesitaba, no cuando solo la avaricia motivaba mis pasos. Le invité una cerveza, pues pensaba ganarme su confianza, no quería levantar sospechas. Pero las historias del anciano, el carisma que tenía, terminé embobado por su palabrería, por primera vez dudé del trabajo, de la meta final, por primera vez mi táctica de ganarme al otro fallaba. De un momento a otro ya no quería matar al anciano, quería advertirle, quería ayudarlo a escapar y que viviera el resto de sus días en paz.

Aún recuerdo el rostro de Sherckano, sorprendido por mi verdad, por el contrato sobre su cabeza. No sé por qué, no sé qué lo motivo, pero el viejo Sherckano se ofreció a ser mi maestro, a darme un hogar, a escapar de la vida a la que ya estaba acostumbrado.

Y he cometido muchos errores en mi vida, pero gracias a los dioses ese no fue uno de ellos.

Fueron largos cuatro años los que me estuvo entrenando, y aunque de corazón el viejo Sherckano era un bonachón, cuando se trataba de enseñar podía ser muy desgraciado, un maestro estricto por las buenas razones. Ahora se reconocerlo, él quería verme hacer grandes cosas.  Pero no solo me enseñó cómo usar el mandoble y la bastarda, si no que a cuidar a alguien más. Aún recuerdo el día  que Sherckano llegó con Foxhound, la cría de lobo apenas si respiraba, y fue gracias a mí, gracias a los cuidados que tuve que hacer obligado, que el lobo se salvó.  

Sherckano se iría,  y yo debía cuidar al lobo y tenerlo en forma para cuando él regresara… Si tan solo me hubieses dejado ir contigo, si no hubieses sido un viejo de mierda tan terco, quizás el destino no te hubiese castigado tan cruelmente. Regresaste al tiempo después, herido, no tienes idea de las ganas que tenia de regañarte. ¿Por qué no me dejaste acompañarte? ¿Por qué no me dejaste protegerte, ayudarte? Habías hecho tanto por mí que era capaz de dar mi vida por ti. Pero no, no me dejaste acompañarte y cuando regresaste lo hiciste con una herida en el estómago. Junto a tus siete hijas pasamos la noche en vela, al lado de tu cama. Foxhound te lamia los dedos, jugabas con el como si estuvieras bien, pero tus hijas y yo sabíamos la verdad, tu fiebre, tus dolores y espasmos nos gritaban que la muerte pronto llegaría.

Y así fue, antes de darnos cuenta ya habías cerrado los ojos, sonriente porque estábamos todos contigo. Acostado en la cama te veías en paz, como pocas veces te vimos. Tus hijas lloraban, algunas se hacían sobre el lecho llorando en tu regazo, otras se consolaban entre sí, yo solo me dedique a mirar de lejos. Hasta ese momento sentí tu hogar como el mío, pero bien sabía que ahora no me quedaba nada, solo el lobo que me hiciste cuidar.  Siempre los vi desde lejos, pensando en que si me movía o tocaba su mundo podría romperlo en mil pedazos, te fuiste, y me di cuenta que hiciera lo que hiciera la buena vida se me acabaría.

Te dejamos solo, estábamos cansados y tristes, durmiendo se nos pasaría la pena. Pero la noche no quería terminar, y cuando escuchamos varios golpeteos en tu habitación lo primero que hice fue culpar a Foxhound, pero el cachorro estaba conmigo, y no había nadie en tu habitación. Cuando entramos en ella no estabas, por un momento nos alegramos, no estabas muerto, pero no sabíamos dónde estabas, solo que la ventana de tu habitación estaba rota y abierta.

Todo paso demasiado rápido, en un momento llorábamos tu muerte, al siguiente vi a la mayoría de tus hijas muertas. Algo las había matado, algo grande y peligroso. Cuando volvimos a la sala principal encontramos a cinco de ellas muertas, destrozadas, las dos últimas estaban conmigo, pero una de ellas huyo al ver la masacre. Pero corrió hacia la dirección equivocada, pues al perseguirla, y salir de la casa, vimos como un licántropo enorme de un solo zarpazo la había matado. Era inmenso, para aquel momento de mi vida había escuchado las historias, pero hasta ese momento nunca había visto uno.
Sentí miedo, mucho, pero ese mismo miedo me motivo a querer proteger a tu hija, la única que quedaba.

Con la misma bastarda de la cual estaba enamorado comencé a correr, puse en práctica todo lo que me enseñaste, y quizás hubiese funcionado contra un humano, contra alguien de mi tamaño, pero el licántropo era poderoso, logré evitar muchos de sus ataques, pero las energías pronto me traicionaron, la bestia me logro poner de rodillas, y con un zarpazo que logré evitar, aunque no a tiempo, me sacó el ojo derecho. No sentía dolor, no sentía nada más que un inmenso terror, pues de seguro iba a morir allí, sin lograr defender a quien quería proteger.

Antes de que la bestia diera el golpe final, por azar del destino, o por voluntad de los dioses, comenzó a perder su transformación. Esperaba aprovechar el momento, matarlo mientras fuera humano y cuando más vulnerable se encontraba. Pero eras tú… tú eras la criatura que mató a las mujeres, al engendro que debía asesinar. Pero no podía hacerlo, no podía matar a la única figura paterna que tenía, no podía matar a mi maestro. Recuerdo que el rostro de tu hija se rompió al igual que su alma cuando perdiste la transformación. Debía matarte, necesitaba hacerlo, pero no lograba encontrar la fuerza o voluntad para ello. Al dudar el lobo volvió a tomar control sobre tu mente, y cuando por fin iba a dar la última estocada, ya estabas transformado en animal.

Recuerdo volar hacia el interior de la casa, romper una de las murallas de madera con mi cuerpo. Como pasó con el ojo no sentía dolor, ahora solo había pena, tristeza, debía matarte pero… ¿pero cómo podría hacerlo? Perdí la espada cuando me mandaste a volar, lo único que tenía a mano era tu espadón, el que siempre colgaba de la chimenea como un recuerdo de días de antaño. Tomé el mandoble, y cuando te lanzaste sobre mi clave su punta en tu pecho, pude ver tu corazón del otro lado de la espada.  Mientras tu cuerpo se deslizaba por el oxidado filo del arma tus brazos se cerraron sobre mí, primero era el licántropo intentando llevarme con él, luego fuiste tú, en lo que parecía ser una abrazo paternal.

No te disculpaste, pero pude ver en tus ojos que bien sabias lo que habías hecho. Solo te fuiste incitándome a vivir, a ser libre, a que dejara de fumar…

Después de esa pelea tuve que aprender a vivir con un solo ojo, a vivir por las mías una vez más, pero nunca volvería a ser el de antes, eso sería desperdiciar todo lo que me enseñaste.

Tu hija me ayudó a recuperarme de las heridas causadas esa noche, antes de partir le pregunté si le parecía bien que me llevara tu espadón, ella respondió que no habría problemas. Me fui con el lobo, al cual bautice como Foxhound, y con tu espadón… el cual siempre llevo tu nombre, Sherckano. Creí que tu hija estaría bien, siempre fue la más fuerte de las siete, pero cuando regresé a esa casa perdida en el bosque me encontré con un cadáver seco colgando de una de las vigas del tejado, por lo que pude ver se colgó un par de días después de que me fui. Aunque la intenté convencer de que me acompañara mientras enterrábamos a las demás se negó, incluso cuando me ofrecí a quedarme para arreglar la casa, ahora sé que estaba convencida, y que nada ni nadie le quitarían la idea de la cabeza.

Si no te hubieses ido, si te hubieses quedado para  cuidar al lobo junto a mí las cosas serían muy diferentes ahora… Si no me hubieses obligado a matarte no estaría aquí. Es… es curioso, aquella ves solo perdí un ojo, ahora me falta el brazo izquierdo, pero nuevamente me encuentro como al comienzo…

Solo, completamente solo.



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Re: El hombre roto

Mensaje por Necross Belmont el Sáb Jun 17, 2017 9:39 am

II-La familia Belmont.

-¿Estás ahí?-
-Siempre. -
-¿Por qué no me dejas morir? ¿Por qué no nos dejas morir?-
-No puedo. -
-Si… si puedes. ¿O es que hay algo que debas hacer?-
-No lo sé… -

-//-

Cuando la conocí el mundo cambio completamente, por primera vez desde que era un niño fui feliz nuevamente. Daisy, mis compañeros versados en las letras me explicaron que su nombre era el mismo del de una flor, los años han pasado y no recuerdo realmente que flor era… Llegaste a mi cuando había sentado cabeza, cuando era parte de las filas de la milicia en Shading, cuando aún tenía problemas con la bebida. Me conociste ebrio, en el fondo del barril, pero nada te importó, aun así  tendiste una mano para ayudar a un ebrio militar deprimido.

Un año pasamos conociéndonos, aun lo recuerdo, como cada día me esperaba después de los entrenamientos, cuando mi rostro estaba lleno de moretones, y sentía el cuerpo molido, siempre me esperaba con una sonrisa en el rostro, y unos ungüentos para calmar los dolores. Aun cuando sus padres me creían un maleante desalmado no la regañaban cuando me llevaba a su casa, pues allí con el cuidado propio de quien ama al otro, con paciencia y ternura trataba todas mis heridas.  Al final sus viejos me tomaron cariño, a mí y a Foxhound. Las cosas para nosotros iban bien, nunca mejor. Siempre mantenía el recuerdo de Sherckano en mi cabeza, imaginando que desde donde estuviera me veía orgulloso.

Complejos tengo, bastantes, con el teniente del cuartel encontré una nueva figura paterna, y sin querer  anide bajo su ala, y gracias a Elthias que él tomo interés en mí y me impartió conocimientos. Girardot  cada vez que regresaba al cuartel me decía que no soltara a Daisy, que como nosotros no conocía a una mejor pareja. Y así lo hice, pues al segundo año me sorprendió con la noticia más grande de toda mi vida. Estaba embarazada, yo tendría un pequeño hijo a quien pasarle mis conocimientos, alguien que llevaría mi apellido. Mi semilla, sangre de mi sangre.

Al tercer año nos casamos, tuvimos una hija,  era tan preciosa como su madre gracias a dios, pues si tenía rasgos míos esa pequeña hubiese sido una niña muy fea. Su nombre fue Elizabeth, yo… nunca fui bueno con los niños, ni imaginativo, así que Daisy se encargó de darle nombre. Estaba nervioso durante el parto, las matronas me decían que no me preocupara, las parteras que la niña venía con bien. ¿Pero qué tal si había complicaciones que ellas no podían prever? ¿Cómo podría yo cuidar a otra criatura cuando apenas podía cuidarme a mí mismo? Todas las dudas que tuve, que pude tener, desaparecieron cuando después de horas de lucha, me entregaron a la pequeña Elizabeth Belmont, sus ojos grandes y vivos, iguales a los de su madre, despejaron de mi mente toda pregunta en cuanto a su protección. Yo era su guardián, y a esa niña la protegería con mi vida.

Aunque Elizabeth estaba pequeña, me la llevaba todos los días a las colinas fuera de Shading, mirábamos el atardecer junto a Foxhound. No había palabras, no había ninguna voz que nos interrumpiera, solo éramos nosotros y el mundo, viendo cada día como se apagaba la tarde y nacía la noche. Una de esas tantas tardes, cuando regresábamos a casa, un amigo del pasado tocó la puerta de nuestro hogar. Edgar Fígaro, el gran señor de una tierra perdida en Thonomer fue a visitarme con sus escoltas, una chica llamada Luna, y Mary Ann, compañera de trabajo. Aquella fue la primera vez que hable con la dama de hierro.

Después de aquella noche de bebidas, juegos, groserías y conversaciones variadas, las cosas fueron de mal en peor. Al día siguiente llamaron a todos los soldados activos de la noche a la mañana. Gracias a Girardot subí algunos escalones en la milicia y me convertí en capitán de un pequeño escuadrón, a mi cargo no tenía más de veinte personas, pero intenté de todas las maneras posibles darles un entrenamiento que les ayudara a sobrevivir batallas como las que se venían. Los informes decían que una horda de orcos y otras criaturas llegaría a la ciudad, sin ninguna intención benévola. No era Dalkia, no era Halteese, no eran las ciudades con las que siempre estábamos en guerra. La decisión fue tomada, y antes de que ellos llegaran y debilitaran la ciudad, la milicia de Shading se encontraría con ellos.

Nuestro primer encuentro con la horda fue una victoria aplastante, no nos estaban esperando, y al atacarlos por sorpresa logramos diezmarlos sin bajas considerables. Fue un respiro para nosotros, pues evitamos desastres en nuestras ciudades, salvamos a nuestras familias. Por mi parte, pude desarrollarme como capitán del escuadrón, sabía que Girardot me miraba con orgullo, y yo me sentía orgulloso de mi mismo. Nuestro segundo encuentro con los orcos fue más complicado, pero de nuevo teníamos la ventaja de un ataque sorpresa, y gracias a que Mary Ann organizo varias tácticas logramos aprovechar el terreno, la joven de cabellos rubios en aquel entonces también comenzaba a escalar peldaños en la milicia.

Edgar era un buen amigo, pero era un ebrio y bohemio sin remedio, después del segundo encuentro con los orcos me enteré por la misma Mary que el padre de su hijo era Edgar. Hasta el día de hoy creo mi amigo no sabe la verdad, y para ser exactos, jamás volví a verlo, seguramente este muerto.

Pero… pero en nuestro tercer encuentro con los orcos él fue nuestro salvador. El enemigo ya conociendo nuestra presencia nos emboscó, nos tomaron ellos por sorpresa. Murieron varios, incluso a mí me dejaron incapacitado, pero fue gracias a Edgar y sus tropas que logramos vencer aquel día. Los muy desgraciados nos estaban siguiendo los pasos, todo para ser los héroes cuando llegara el momento adecuado.  Y aunque estábamos salvados, las malas noticias no acababan, pues un soldado llegó desde la ciudad, un resto del ejercito enemigo había logrado llegar a las murallas, y aunque no eran tantos, Shading iba perdiendo.

El soldado también advirtió que el sector norte de la ciudad era el más afectado, el mismo sector donde estaba mi casa, donde mis dos amores vivían… Sin pensarlo, y desobedeciendo las órdenes directas de mis superiores, tomé un caballo y lo hice correr hasta que llegáramos a Shading. Incluso en mi afán por volver a la ciudad dejé a Foxhound atrás, nada me importaba más que asegurar que ellas estaban bien, que los orcos las habían obviado, que aun había esperanza…

Por lo que pude ver al cruzar las derruidas puertas fue que los orcos hace poco habían cruzado. Tarde varias horas en regresar a Shading, el caballo ya no daba más, pero aún estaba a tiempo, eso pensaba, tenía la idea de que encontraría a Daisy y Elizabeth y podría sacarlas de ese infierno. Las busqué en nuestro hogar, este ardía hasta los cimientos. Tonto yo, aún mantenía las esperanzas de encontrarlas. Para mi desgracia, y por el repudio de algún dios que le gusta verme sufrir, buscando entre las calles las encontré, a metros de distancia, pude ver como los orcos les apagaban la vida…

Vi como la pequeña Elizabeth era destrozada por una maza, y como una espada luego atravesaba el cuerpo de Daisy. A mi esposa la alcancé cuando agonizaba, lloré, rogué, le pedí a cualquiera que escuchara que me ayudara.  Pero nadie llegó, Daisy murió en mis brazos, sosteniendo los restos de la pequeña Elizabeth. Edgar que llegó poco después intento consolarme, pero en mi arrebato me lance sobre él y comencé a golpearlo, alguien debió noquearme al no querer soltarlo, pues no recuerdo nada más.

Desperté en una celda del cuartel, quizás me encerraron allí por mi propia seguridad. No tenía idea de cuantos días habían pasado, solo sé que me despertaron pues debía asistir a un funeral. Para ese momento no sabía ni quien era ni que debía hacer, mis piernas se movían solas, era un cascaron sin vida. Al llegar al cementerio me quede viendo las tumbas, los nombres grabados y fue allí  cuando recordé todo. No lloré, no hice nada, solo me mantuve mirando en silencio las inscripciones en la roca.

Todos se acercaron a darme las condolencias correspondientes, pero mi vista seguía fija en las tumbas, en como Foxhound lloraba con sentimiento, con una pena tan real que cada sollozo que hacia el animal me rompía el corazón. Cuando todos se fueron caí de rodillas, y abracé a Foxhound como creo nunca lo había hecho antes. Nuevamente éramos nosotros dos, solos, pero acompañados al mismo tiempo. Una vez más nos encontrábamos peleando contra la vida, perdimos todo de un momento a otro, ya todo parecía ser un cruel chiste…

Tiempo después no pude recuperarme, sin hogar, sin familia, sin algo que me motivara para vivir ahogue las penas en alcohol. No era tan valiente como para suicidarme, por ello prefería matarme lentamente a base de alcohol, con suerte –pensaba- alguno de esos días amanecería muerto. Duré seis meses así, pasando de taberna en taberna, peleando con cualquiera que se me cruzara, pidiendo en las calles algún kull para gastarlo en ron. Tiempo después Girardot me encontró en un callejón, y con un abrazo y las palabras de un padre estricto me sacó del agujero en el que me encontraba. Le pedí al tabernero de siempre algo más que cerveza, que me prestara su baño para asearme, primera vez en mucho tiempo que lo haría. Regrese al cuartel pues allí me estaba esperando el general Girardot, me dio un consejo y un regalo. Me dijo que me alejara, que me perdiera y olvidara todo, que ya no lamentara lo que no pudo ser evitado. Me regaló una gabardina roja, y aquella gabardina la use hasta… hasta que…

-Hasta que moriste. -



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