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Noreth: Total War [Campaña]

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Noreth: Total War [Campaña]

Mensaje por Vanidad el Miér Jun 14, 2017 11:46 pm

I

Noreth vivía tiempos de paz. Obviamente, había conflictos aquí y allá, incluso había zonas sumidas en alguna guerra civil, pero eran conflictos locales, aislados, nada comparado con lo que podía avecinarse. Hacia siglos que los demonios habían llegado, desde que habían sido contenidos en el foso, y a excepción de alguna partida de guerra que conseguía escabullirse de vez en cuando, no eran un problema, era solo una fábula que se les contaba a los niños para que se portaran bien, una fábula bien real, pero solo sufrida por aquellos en la zona cero. Eran tiempos estables, años en los que la cultura, población y economía florecían, una época dorada, que tocaba su final.

Ya fuese una pura casualidad, un conjunto de hechos aislados, un hilo en el tapiz del destino elegido de pura casualidad, una intervención de algún poderoso ser que quería conquistar ese plano o puro aburrimiento de los dioses que lo gobernaban y decidieron avivar un poco su patio de juegos, ocho almas habían aparecido. Ocho almas que, si bien no nacieron el mismo día, año, ni siquiera siglo en algunos casos, estaban destinadas a la grandeza, todas al mismo tiempo, lo que obviamente creaba un pequeño problema. No todos lo conseguirían, sus destinos entrarían en conflicto, y ese plano pagaría el precio de las batallas que allí se desarrollarían. Pero esos seres empezaron por algún lado, algunos con un origen humilde, otros no tanto, pero como llegaron a estar destinados a la grandeza es tan importante como la historia de cómo la consiguieron.

______________________________________________________

Luzbel estaba recostada en un sillón, ojeando tranquilamente un libro preciosamente ilustrado, una enciclopedia animal que su hermano le había traído de sus viajes al exterior, en medio de un precioso bosque de flores de cerezo, junto a un arroyo. Solo paró su lectura cuando un viento helado le recorrió el cuello. De inmediato unas manos la envolvieron, apretándola contra la figura desconocida. -¿Madre?- una pequeña risita divertida fue toda la respuesta que necesitó, pero una dulce y cantarina voz confirmó sus sospechas.

-Dime princesa, ¿qué has aprendido hoy?-

-El capítulo de hoy hablaba sobre felinos, sobre tigres.-

-¿Y que es un tigre?-

-Es un gato enorme cub…- el dedo de su madre se posó sobre sus labios.

-Muéstramelo…- Luzbel resopló, pero obedeció, no era la primera vez, llevaban años jugando a ese juego, y ya era lo suficientemente mayor como para darse cuenta de que también servía para pulir sus habilidades. Su madre le quitó el libro de las manos, para que no hiciera trampa, y ella agitó su mano ante ella, haciendo que todo el paisaje se disolviera, dejando lugar a una monótona y triste piedra negra. Hizo un gesto seco adicional y una figura empezó a formarse, un gato enorme, de metro y medio de alto y casi tres de longitud, completamente blanco y naranja salvo por unas líneas negras que lo recorrían entero. Su madre salió de detrás suyo y se acercó a su creación, acariciándola, comprobando su tacto. Hoy había elegido la forma de una bonita pelirroja, una mujer con la que había luchado hacia unos cuantos siglos según le había contado un día. Debió ser un combate impresionante, puesto que su madre adoptó su aspecto como uno de sus conjuros favoritos, después de matarla de alguna manera horrible, seguro. –El pelaje de los animales mortales no está apelmazado, cada pelo es divisible del resto, y mucho más suave, mira- la señaló con el dedo y un conejito apareció en su regazo.

-Pero… conjurar todos y cada uno de los pelos supone un esfuerzo enorme…- dijo Luzbel mientras acariciaba el conejo, maravillándose de la suavidad y el realismo de la ilusión de su madre, acariciando el bicho con mucho cuidado de no destrozarlo con sus garras sin querer.

-Cierto, pero a veces es necesario crear ilusiones con extremo detalle, pelo a pelo, si quieres convencer al resto de lo que ven es real.- Agitó la mano y de repente se encontraban en el pico de una montaña, un ejército se encontraba debajo, como si la estuviera asediando. Su madre agitó un poco los dedos y la vista fue acercándose, progresivamente, hacia los soldados, hasta que quedo claro que eran figuras sin definición, no tenían cara, ni siquiera brazos, solo eran ligeras protuberancias, decoradas con metal, que de lejos lucían exactamente como soldados, porque eso era lo que creías ver. –lo más importante es la apariencia, si parece lo suficientemente verdadero, la gente no se molestara en comprobarlo a fondo… Tu hermano debe estar esperándote, ve con el…-

La ilusión se desvaneció y Luzbel se desperezó en su sillón, alzándose luego para ir a buscar a su hermano.

-Llegas tarde.- dijo secamente su hermano, lanzándole un palo nada más verla. Luzbel lo cogió al aire y lo hizo bailar por sus dedos, girando el bastón por cada uno de sus dedos. -¿Te entretuviste otra vez con Madre?- ella asintió. –Sabes que a Padre no le hace mucha gracia que te dediques a aprender esos trucos baratos.-

-¡Son muy útiles!- protestó ella.

-Lo único que le interesa a Padre es que aprendas a luchar como se espera de nosotros, a usar magia de sangre, puede que a lanzar fuego o rayos, no esas bobadas con las que crear pajaritos.-

-Soy mejor que tú con la magia de sangre.- Luzbel atacó con su palo, en un golpe lateral que fue bloqueado por su hermano sin demasiadas dificultades, luego siguió con una serie de estocadas con creciente velocidad.

-Es posible, has salido a Madre, pero eso no relajará el entrenamiento de Padre, tiene planes para ti.- dejó que una de sus últimas estocadas se deslizara pasando por su lado, para luego girar como una peonza y lanzar un golpe horizontal, pero la diablesa ya había rodado por el suelo para evitar uno de los golpes favoritos de su hermano. –Luego de esto, iremos a dar un paseo, sé que estas harta de estar encerrada, y también lo están tus escoltas.- Siguieron intercambiando golpes, a Luzbel no se le daba tan bien como a su hermano, pero se defendía por puro entrenamiento, con la técnica que se desarrollaba después de siglos de entrenamiento, giraban, hacían fintas, quiebros, todo en una serie de movimientos a velocidad ascendente a medida que sus músculos iban calentando. Ambos acabaron con moratones, ella más que él, pero su hermano, el gran Sanguine, mano derecha de su padre y, seguramente, el más poderoso después de Padre en su ejército, se había llevado igualmente su ración de sopapos. –Vamos a comer algo…- Su hermano volvió a su habitación, regresando a los pocos minutos con una bolsa que dejó en sus manos. -¿Pensabas que no te había triado nada esta vez? Sabe mucho mejor que cualquier cosa que encuentres por aquí… bueno, puede que si convences a tu amiga, algún súcubo sepa cocinar algo decente…- abrió la bolsa, llena a rebosar de galletas con pepitas de chocolate y almendra. –Demos un paseo…-

-Sé que te mueres de ganas de ir con nosotros Bel…- empezó su hermano, cuando ya llevaban un buen tiempo andando, mezclándose con los otros demonios. Ella no era nadie, y su hermano, aunque importante dentro de la jerarquía de su padre, tampoco lo era para el conjunto del foso, pero todos los demonios reconocían lo que representaban, los súbditos de Phobos, los heraldos del Terror, y una vez reconocían eso, uno podía ver la similitud con el más conocido, podían ver el parecido de ese par de figuras aladas con Diablo, aunque ciertamente, que Luzbel estuviera mordisqueando galletas bajaba un poco la impresión que causaban entre el resto de demonios menores. Pero siempre había una excepción, por supuesto, un pequeño hilo en el tapiz deshilachado, que sobresalía por donde los otros formaban la tela.

-Belyyyy- una mujer alada se abalanzó sobre ella, casi derribándola. Solo cuando sacó la cara de sus pechos y la miró, pudo reconocerla. –Lilith- le revolvió el pelo, acariciando los mechones rojizos con los dedos, antes de separarse de ella. -¿Cómo vas pequeña?- le ofreció una única galleta a la súcubo y siguió andando, con la nueva incorporación al grupo junto a ella, mordisqueando alegremente la galleta, ese raro regalo, porque Luzbel casi nunca hacia regalos, y menos si eso suponía tener menos galletas para comer.

El paseo transcurrió tranquilamente, sin incidentes, al menos al principio, hasta que alguien chocó con Lilith, haciendo que la pequeña y frágil súcubo cayese al suelo de culo, tirando su galleta, que se hizo añicos contra el sucio suelo del foso.

-Hey, discúlpate.- prácticamente chilló Bel, a la figura femenina, en apariencia también una súcubo, pero mucho más grande. Cuando se giró, vio perfectamente el pelo negro como la noche, las espadas duales, la armadura que parecía estar más enfocada a resaltar sus atributos que a ofrecer protección real.

-¿Sabes siquiera quien soy cachorrillo?- esa mirada, esa sonrisa mordaz, el absoluto desprecio con el que miraba al único demonio de todo el foso que había considerado digno de su tiempo… iba a borrarle esa estúpida sonrisa.

-No.- su hermano la agarró por el hombro, firmemente. -¿Sabes quién es ella? Es Vanidad, y no obtuvo ese título por nada, no puedes ganarla. Ese título se gana en la arena, tiene mucha más experiencia que tu.-

-No paras de decir que aún no estoy preparada. Ahora veras…-

-Ni siquiera llegas a la centuria, no hay manera de que p…- pero Luzbel ya estaba cargando contra ella.

-No te preocupes Sanguine, no la matare, solo le enseñaré su lugar.- la súcubo desenfundó las espadas, justo a tiempo de apartarse de la trayectoria de Luzbel y estamparle la rodilla en el esternón. –Venga ya, ni siquiera vas armada…- pero en vez de salir volando, Luzbel abrazó la pierna que la había golpeado, quedando pegada a ella.

-¿Necesito?- se apartó para evitar el corte de una de las espadas, y sonrió ante la cara de su rival. Sabía que notaba ese ligero temblor en su pierna, justo donde un pequeño arañazo había aparecido. Luego, levantó la palma de su propia mano y dejó ver un corte.  Luego el combate se volvió frenético. Una amalgama de cortes, tajos y estocadas, primero coordinados en un claro patrón, entrenado, pero que poco a poco se fue degradando a medida que la desesperación recorría el cuerpo de su rival. El hormigueo iba subiendo, lo sabía, su sangre iba avanzando por su cuerpo, extendiéndose. Si la mataba, pararía, cancelando el conjuro, pero no podía. Cada golpe era un poquito demasiado corto, ligeramente más lento de lo que debería.

–Bueno, ya nos hemos entretenido lo suficiente ¿no?- se había reunido una considerable multitud a su alrededor, y algunos ya empezaban a notar el truco ilusorio, la ligera alteración de los sentidos de su rival, así que decidió aumentar un poco la fuerza. Vanidad dio un paso, e inmediatamente cayó al suelo, con su equilibrio seriamente perturbado. Perlas de sudor empezaban a formarse en el cuerpo de Luzbel, pero las ocultaba, no permitiría que nadie notara lo mucho que se estaba esforzando.

Las voces a su alrededor se estaban volviendo más fuertes a medida que el combate se iba decantando.

-¿Cómo lo está haciendo? No debería poder afectar a un demonio tan poderoso con ilusiones, no tan profundamente al menos.-
dijo uno.

-Las ilusiones son una herramienta, dependen del poder de su usuario, si este es mucho más fuerte, también lo son las ilusiones…  la pregunta es como ella tiene tanto poder- intervino otra.

-Es la hija de Vaermina.- añadió un tercero, cuya cara le sonaba, acallando el resto de voces, que la miraron con renovado interés.

-Discúlpate.- empezó Luzbel.

-Que te jod…AHHH- la pierna de Vanidad estalló cuando fue atravesada por multitud de estacas de cristal, dejándola completamente inútil. Luego chasqueó los dedos y lo mismo le ocurrió a un brazo, luego otra pierna, finalmente fue el turno del último brazo que quedaba. Para cuando acabó, su rival chapoteaba en un charco de sangre liquida y carmesí, la mayoría de demonios ya habían apartado la mirada, bien asqueados, bien atemorizados. Entonces el corazón paró, simple y llanamente, provocando que la antigua portadora del título de Vanidad cayera, inmóvil.

-Vámonos…- su hermano lucia furioso mientras prácticamente la arrastraba cogida por el brazo.

-¿Cuál es el problema? ¡He ganado!-


-El problema es COMO lo has hecho. Padre quería que fueras su estrella, su versión en miniatura, una guerrera imparable.-

-¡Y lo he hecho!- su frase se cortaba a cada palabra, fruto de su agotamiento mágico, pero apenas era un susurro, así que los demonios de su alrededor no se percataron.

-No, has usado ilusiones y magia de sangre, has usado únicamente lo que te ha enseñado Madre, considerará que lo has avergonzado…- no podía ser tan grave ¿cierto? Su padre no era tan rencoroso. –Al menos puedo sacarte de aquí, si nadie se da cuenta de lo mucho que te cuesta mantenerte de pie, el miedo que has infundido al menos lo aplacará un poco…-
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Re: Noreth: Total War [Campaña]

Mensaje por Lia Redbart el Dom Jun 25, 2017 2:09 pm

I

Cuando era pequeña, Lia no recordaba otra cosa que no fuera el vaivén de un barco, el agua bajo sus pies. Una plataforma de madera que se movía, que ondeaba con el mar. Era lo natural para ella, un barco que se moviera constantemente de aquí para allá, que se balanceara un poco (o mucho). Y ese ondeo hacía que se calmara y se durmiera cuando era bebé, y cuando era un poco mayor la hacía sentirse acunada por alguien, por unos brazos invisibles e intangibles.

Había crecido en un barco pirata, junto con su padre, que era uno de los más conocidos bucaneros de Noreth. Él le había enseñado a leer y escribir, también a navegar incluso por las aguas más difíciles. Gracias a su padre, Graham, Lia había adquirido muchos de sus conocimientos actuales. También, a su lado, se había vuelto astuta y taimada, casi traicionera. Había aprendido el poder de las palabras, que a otros podían parecer vanas e inútiles pero que, sin embargo, eran una de las mejores armas de Lia. Había aprendido no solamente a argumentar, sino también a menospreciar y adular, dependiendo de la situación. Sabía cómo manejarse para no dejarse intimidar e incluso causar ella cierto respeto en los demás. En definitiva, tenía los conocimientos necesarios para moverse entre la gente y que no la aplastaran ni la manipularan.

Tenía doce años cuando luchó por primera vez en un abordaje. Había estado aprendiendo a usar espadas y dagas desde que supo andar, pero esa era su primera experiencia real. No era como ella había imaginado: los hombres no luchaban por pares hasta que uno caía, sino que iban a por quién podían, a veces ensañándose con el que parecía más débil o cansado. Evidentemente, ella era sólo una niña, por lo que fueron a por ella, pero plantó cara y no se dejó vencer con facilidad. Hasta le salvó la vida a Graham, aunque ello le valió un corte en un hombro. Pero, a pesar de ello, estaba contenta del resultado. Se habían defendido y habían echado a los piratas enemigos. Era más: habían podido saquear el barco contrario.

Sonrió, dolorida y cansada, y respiró hondo. Se dejó curar la herida a la vez que volvía la cabeza hacia su padre y éste le sonreía. Cuando la herida hubo cicatrizado, unas semanas después, retiraron el vendaje y pudo volver a hacer las tareas que siempre hacía: encargarse de las velas y los cabos, de modo que no quedaran sueltos por el barco. Esa había sido su primera experiencia en una batalla, y realmente le gustaba estar ahí combatiendo. Pero pronto hubo algo a lo que encontraba todavía más placer: planear estrategias de ataque o defensa. En definitiva, más que atacar o combatir por ella misma, dirigir a quién lo hiciera. Y ahí, con sus doce años, siendo poco más que una niña, nació su ambición de controlar los mares de Noreth. Aún no pensaba en la tierra ni sabía lo beneficioso que podría llegar a ser para ella tener dominio también sobre la tierra, o al menos un pedazo, para sus planes.

Pero había algo que la intrigaba mucho. Su padre no la dejaba entrar en su camarote, y se preguntaba qué guardaba ahí para que nadie excepto él pudiera entrar. Así que esperó la oportunidad para hacerlo y, en cuanto pudo, entró en ese lugar hasta entonces prohibido. Allí no vio nada fuera de lo normal: una cama, un pequeño escritorio y unos cuantos libros esparcidos por la cama, el escritorio, la silla y el suelo. Le llamó la atención uno pequeño, que estaba justo a sus pies, como si se hubiera puesto allí para ella. La portada era sencilla: negra con un círculo y una estrella de cinco puntas dentro de él, en blanco. Se agachó para cogerlo, cuando la voz de su padre sonó a su espalda.

—¿Qué haces aquí? ¿No te prohibí expresamente entrar en este camarote?

—S-sí. Yo… la curiosidad me pudo, capitán —dijo ella con el ceño fruncido, aún sin girarse. Sabía que, cuando estaba enfadado, lo mejor era tratarlo con respeto, como si fuera solamente el capitán, y nada más.

—Bien. Vuelve a tu camarote, hoy no volverás a salir —respondió él con dureza—. Y si vuelves a entrar aquí habrá consecuencias.

Lia asintió con la cabeza y, manteniéndola gacha, se fue a su camarote, con el libro escondido bajo su camisa. Por aquel entonces llevaba ropas holgadas: un pantalón que debía atarse con una cuerda y una camisa que, si no la hubiera cortado, le llegaría por debajo de las rodillas. Su cabello era rubio, sus ojos verdes y su piel muy blanca, y ya por debajo de esa ropa masculina se podían adivinar las curvas suaves que tenía la entonces adolescente. Sin embargo, a pesar de su actitud prácticamente sumisa, por dentro se sentía rebosante de orgullo: había conseguido uno de los libros del camarote de su padre y podría ver qué oscuros secretos que no podían ser revelados contenía éste.

Se abstrajo de tal modo en la lectura que no se dio cuenta de la falta de luz hasta que los ojos empezaron a picarle y escocerle. Se los frotó y le puso un marcapáginas al libro, y entonces se fue a dormir, pero su cabeza bullía con lo que había leído. Si se podía hacer tratos con demonios, ¿qué hacía que no estuvieran todo el rato en Noreth, fuera de su plano? ¿De verdad podía hacer tratos con los señores del caos? ¿Qué obtenía y qué debía dar a cambio de lo que obtuviera? Esas y muchas otras preguntas la acompañaron en sus sueños, y cuando despertó estaba más agitada que cuando se durmió. Siguió leyendo hasta que oyó la puerta del camarote, y entonces intentó esconder el libro. Pero no fue lo bastante rápida y su padre lo vio. Frunció el ceño.

—¿Qué tienes bajo las sábanas? —preguntó, receloso.

—Nada, padre.

—¿Nada? Vi un librito negro… ¿puede ser eso? —sin esperar a su respuesta, Graham se acercó y metió la mano bajo las sábanas. Dio enseguida con el libro y, al ver cuál era, empalideció y la miró—. ¿Qué haces tú con eso? ¿Lo estabas leyendo, Lia? —su tono era calmado, pero ella podía notar las venas de su cuello y sus sienes palpitar, y sus manos temblar ligeramente. Retrocedió y se acurrucó.

—S-sí, padre. Lo estaba leyendo. Me pudo la curiosidad, lo siento mucho. L-lo vi a mis pies… y lo cogí.

—¿Sabes qué es? ¿Acaso sabes las consecuencias que puede traer hacer uno de los rituales?

—No, padre… ¡no iba a hacerlos! —mintió. Pero las mentiras se le notaban, todavía. O, mejor dicho, su padre las notaba.

—No me mientas, Lia. Ibas a intentarlo —le agarró el mentón y la hizo mirarlo a los ojos—. No hagas nunca nada de lo que dice el libro. Ni este, ni ninguno de los otros. ¿Me lo juras, Lia?

Ella asintió, asustada. No había visto a su padre hablar con una calma tan peligrosa, y cuando él salió del camarote cerró el libro y lo escondió. Se tendió en su catre y suspiró, y cerró los ojos. No despertó hasta el día siguiente, cuando decidió retomar su lectura, aunque solamente como lectura, sin la idea de intentar alguno de los rituales. Sin embargo, le llamaba la atención el poder que pudiera conseguir con alguno de esos pactos. Pero le había jurado a su padre que no lo haría, por lo que no iba a hacerlo. Se quitó enseguida la idea de la cabeza, no podía traicionar su confianza de ese modo.

Pero le era fácil retener esos conocimientos, y pronto supo cosas sobre cada uno de los señores del caos y cómo honrarlos. Sin embargo, su padre nunca volvió a tocar el tema, y ella no lo sacó porque no quería verlo enfurecido de nuevo. Poco a poco, una vez había leído lo que decía ese libro, se fue olvidando del tema.

Suspiró, se daba cuenta de que ya no era una niña y de que debía pensar más en sus actos. No podía actuar simplemente por caprichos, se dijo, debía sopesar las consecuencias de lo que hacía, y se daba cuenta de que hacer tratos con demonios, o traerlos al plano en el que ella habitaba, podía ser extremadamente peligroso si no se hacía con mucho cuidado. Sin embargo, en unos días ocurrió algo que hizo trastabillar su vida y le dio totalmente la vuelta.

—¡Fuego! ¡El barco se está incendiando! —se oía por la cubierta y la bodega—. ¡Rápido! ¡Subid cubos de agua! —ordenaba Graham—. ¡Se extiende! ¡No podemos hacer nada! ¡A los botes! —decían—. ¡Se queman también, no hay ninguno! —les respondían.

Lia tomó una decisión. Después de coger ese librito del que se había acordado justo entonces y ponerlo en un cofre, cogió ese mismo cofre y se lanzó al agua, saltando lejos del barco. No tardaron en imitarla, sin embargo, no todos tuvieron suerte. Había intentado ayudar a su padre y convencerlo para saltar y salvarse, pero él le ordenó que se fuera y se encerró en su camarote. No hubo modo de convencerlo y Lia quedó absolutamente destrozada, pero se aguantó las lágrimas y se salvó, siguiendo las órdenes que había recibido.

Se agarró al cofre y pataleó, dirigiéndose a la playa más cercana, que estaba a la vista. Llegó exhausta y se tendió en la arena, jadeando, hasta que dos voces conocidas la sobresaltaron e hicieron que se levantara de golpe. Eran dos de los piratas, uno de ellos el más reciente y el otro, uno de los veteranos, de los que habían estado en el Harmony desde que Graham lo había adquirido. Se miraron los tres y se preguntaron qué podían hacer, pensando cada uno por su cuenta.

—¿Tenemos oro? —preguntó Lia.

—Sí, ¿por qué? ¿Para qué lo quieres, jovencita? —el único que le seguía hablando así era Parches, el más veterano de la tripulación. Se había ganado el apodo porque cada día llevaba un parche de un color distinto para cubrir la cuenca del ojo izquierdo, que nadie sabía cómo había perdido.

—Podríamos conseguir un navío… y volver a las andadas.

—¿Tú sabes cuánto cuesta uno? Mejor robarlo.

—Podemos hacernos con uno pequeño.

—O robar uno y usar el oro para pagar a la tripulación.

Lia asintió y les hizo un gesto, diciendo que se pusieran en marcha. Respiró hondo y se dirigieron hacia el puerto, cargando el cofre, y en poco estuvieron en el puerto y hubieron robado uno de los barcos pequeños pero veloces que había. No les había costado demasiado. Después de que Lia alejara y matara al que vigilaba, pillar desprevenidos a los demás no había sido complicado. Lo que llevó algo más de tiempo fue conseguir una tripulación, puesto que no demasiada gente estaba dispuesta a dejarse capitanear por una mujer o, mejor dicho, una adolescente. Aún así, encontraron a algunos bucaneros que estaban bien dispuestos, principalmente por el apellido de Lia, ya que habían oído hablar de Graham y sabían quién era él, por lo que creían que su hija no lo haría nada mal.

A la vez que navegaban e iban saqueando barcos, Lia leía los libros que su padre había escondido en un cofre. Muchos de ellos trataban sobre demonología, como el primero, pero ampliaban más en uno de los demonios, o en todos ellos, o bien daban datos que no se podían encontrar fácilmente.

Sin embargo, no todo podía ser perfecto, y pronto llegaron los problemas. Los dos antiguos miembros de la tripulación de Graham estaban conformes con la capitanía de Lia, pero no los demás, que creían que una mujer a bordo daba mala suerte. Habían pasado apenas tres meses en el mar y, pese a que sabían que lo estaba haciendo bien, sus supersticiones eran más fuertes que su razón.

Y, además, esos hombres hacía tiempo que no estaban con una mujer, por lo que sus ganas pensaron por ellos. Mientras estaba desprevenida, la agarraron por los brazos y la llevaron a uno de los botes que había y, mientras uno de los dos que la había asaltado se colocaba sobre sus brazos para que no se moviera, el otro la despojó de su ropa y empezó a penetrarla con brusquedad. Intentó resistirse, pero fue inútil y sólo consiguió que la amenazaran y le pusieran su propia cimitarra en el cuello. Cuando ambos terminaron, volvieron a subir al barco y siguieron su camino, satisfechos, dejándola a la deriva.

No sabía qué hacer. Estaba absolutamente perdida, con sólo dieciséis años y unos cuantos libros a cuestas. Sabía que ese era saber prohibido, por lo que no podía venderlos, pero necesitaba hacerse con algo de oro o, al menos, comida. Además de que estaba lo que había pasado en el bote, antes de que la dejaran a la deriva. No sabía si se quedaría embarazada o no, pero deseaba de todo corazón que no fuera así. No se le ocurría lo que podía hacer para salir de esa situación, y una posibilidad le vino a la mente. Dudó mucho, estuvo un día más preguntándose si sería buena idea hacerlo. Pensó en el juramento a su padre y, luego, en sus circunstancias. Se convenció de que, si quería sobrevivir, debía ponerse en contacto con el demonio, a pesar de lo que había jurado un par de años atrás. Se dijo que haría lo que fuera por sobrevivir, y que su padre no podía verla, así que se armó de valor para hacerlo y traicionar lo único en lo que todavía creía: la lealtad. A su padre, a su tripulación… Se dijo que no servía de nada ser leal si luego iban a traicionarla a ella, por lo que ya no volvería a mantener la palabra a alguien si no tenía garantías de que iban a hacer lo mismo y de que eso la beneficiaba a ella.

Respiró hondo y abrió el libro pequeño, el primero que había leído sobre el tema y el que contenía las instrucciones para contactar con los demonios principales. Cerró los ojos y empezó, y pronto una nube tenebrosa empezó a hacerse en el lugar. No exactamente una nube, sino una especie de ondulación que cada vez se iba repitiendo y haciendo más frecuente, y terminó por oscurecer el lugar. Una figura misteriosa apareció, y mantuvo un diálogo con Lia que no se pudo escuchar, ni siquiera por este narrador, así que quedó en secreto. Lo que sí se sabe es que ella selló un pacto con Rhaggorath y, desde entonces, se convirtió en una pirata sanguinaria sin ningún tipo de clemencia con sus víctimas.

Navegaba con un barco infestado de demonios que el señor de la guerra había enviado para ella, y en unos meses se hubo hecho un nombre. Había suspirado de alivio al ver que no había habido consecuencias del abuso que había sufrido antes de ser dejada a la deriva, pero había seguido con lo que hacía, sin volver a pensar en ello, aunque el recuerdo le dolía. Pero cada vez menos. Poco más tarde, una leyenda negra estaba alrededor del Graham, uno de los pocos barcos que no tenía nombre de mujer. Los demás solían intentar evitarlo, pero era implacable y, una vez había acabado con todos los tripulantes de un barco, excepto con el capitán, ataba éste al mástil e incendiaba el barco. Era su forma de vengar la muerte de su padre y el incendio del Harmony, que ella estaba convencida de que había sido provocado por alguien, por uno de sus enemigos quizá.
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Re: Noreth: Total War [Campaña]

Mensaje por Vanidad el Miér Jul 19, 2017 9:45 pm

II



Y no lo era, su padre era una persona racional, practica, no le guardaría rencor por ello. Pero si aquella que estaba destinada a ser su viva imagen era además mucho más poderosa en términos arcanos, ya no era una mano derecha a la que entrenar, sin miedo a que superara sus milenios de experiencia, sino una potencial rival. Así que Luzbel no volvió a salir al exterior. Jamás, aun podía ver a Lilith de vez en cuando, y nadie en su sano juicio impedía a Madre verla, pero no podía salir de su torre, enterrada en una gigantesca biblioteca de libros, todos seleccionados cuidadosamente, no fuese a ser que la pequeña princesa prisionera aprendiera aún más magia de la que ya sabía. Era difícil contar el tiempo allí encerrada, pero el tiempo fue pasando. Primero se dedicó a leer todos los libros de la biblioteca, de puro aburrimiento, devorando con avidez los pocos que su hermano le traía en sus viajes con Padre, pero para cuando los hubo leído todos unas dos o tres veces, se le hizo difícil estimar el tiempo. Nada cambio en su vida durante años, siglos… hasta cierto día.

-Buenos días Bel…- su hermano entró por la puerta, acompañado de otro Terribilis. –Saluda a tu nuevo guardia, Abraxas.-

-Ya lo conozco, es un general de Padre ¿Qué le ha pasado al anterior? ¿Y porque Padre envía a un archidemonio tan respetable a hacerme de niñera?-

-Fue necesario después de que encantaras al anterior para intentar salir… buen intento por cierto. Padre ha escogido a alguien lo suficientemente poderoso como para que no puedas engatusarlo como a un pardillo.-

-Eso ya lo veremos…- Luzbel soltó un bufido, divertida. Abraxas salió, seguramente a hacer guardia fuera, dejando un poco de intimidad a los dos hermanos.

-Feliz cumpleaños Bel.-

-¿Qué es un cumpleaños?-

-Los mortales celebran cada año el día en el que nacieron, y le dan regalos a la persona que cumple años.-

-…¿Porque?-

-No viven demasiado, así que cada año cuenta para ellos….creo, sus costumbres son raras.-

-Así que… ¿me has traído un regalo?- su hermano sonrió ante el renovado entusiasmo que mostraba.

-Más o menos… deberías notarlo cualquier día a partir de ahora, fui muy claro al respecto, no podían usarlo antes de esta hora.-

-No entiendo…-
entonces empezó a notarlo, un hormigueo en su cuerpo, que iba tirando poco a poco de ella. Su hermano sonrió.

-Pásatelo bien hermanita…- y entonces desapareció, todo a su alrededor era oscuridad. Estaba confusa, pero ya empezaba a entenderlo, estaba siendo invocada, su hermano había puesto su nombre en algún grimorio demoniaco. Era la primera vez, pero sabía qué hacer. Una vez la realidad volvió a formarse a su alrededor, musitó las palabras que le habían enseñado.

-¿Qué es lo que deseas, mortal?- se encontraba en un bosque, iluminada únicamente por unas velas, por lo que debía ser de noche. Ante ella había un hombre vestido con una túnica azul marino, mirándola con incredulidad, como si no pudiera creerse que hubiera funcionado, aunque rápidamente se recompuso.

-Quiero poder, ¡un enorme poder! El poder para gobernarlos a todos.- Algo… algo estaba mal, Luzbel examino cuidadosamente el círculo de invocación en el que estaba, iba a repasar cada trazo, cada línea, aunque no tardo demasiado en darse cuenta de lo que pasaba. –Eh, ¿me escuchas? Dame poder.-

–Deseo concedido.- y simplemente dio un paso adelante, saliendo del círculo, con una sonrisa siniestra. Ese inútil no lo había trazado correctamente, estaba abierto, sin ofrecer absolutamente ninguna protección, ninguna barrera entre el invocador y el horror que trajera. El brujo abrió los ojos como platos, luego le dio la espalda para echar a correr… y murió cuando una saeta de cristal rojizo se estrelló en su espalda, seccionándole la columna. Luzbel corrió rápidamente hacia el grimorio, abandonado por el hechicero a un lado en su huida y lo arrojo al círculo, haciendo que chisporreara con llamas violáceas hasta volverse ceniza. Con su invocador muerto y el grimorio destruido, ya no corría el riesgo de volver por donde había venido, ahora que tenía la oportunidad de explorar ese mundo… no sabía por dónde empezar, así que se lo tomo con calma, aspirando el aire fresco, dejar que sus pies descalzos recorrieran la hierba a medida que la pisaba. Podía ver claramente la hierba aplastada por el mago al llegar hasta el círculo, así que debía haber llegado de algún lugar, empezaría por allí, pero antes… devoraría su alma.

La diablesa llego a una pequeña cabaña, levemente iluminada, aun con el sabor del corazón de ese idiota en la boca. Allí había más gente, oía una voz hablar, salvo que esa mujer hablase sola, había al menos otra persona. Así que abrió la puerta, sin más, revelando un hombre y una mujer con las mismas capas azuladas, que la miraron atónitos. -Yo…eh… tú no eres Jack…- empezó el hombre.

-No creo que tengáis que preocuparos más por Jack…- Plegó las alas para entrar sin demasiados miramientos, agitando la cola como un perro con un nuevo juguete.

-Antigua, no tenemos comida, ni bebida, y desde luego esta simple cabaña no es adecuada para alguien de su calibre, así que si no le importa marcharse…- la mujer era mucho más prudente, midiendo cuidadosamente sus palabras para no ofenderla ni revelar nada que no debiera.

-¿No deseáis nada?-

-Des… ¿eres una cumpledeseos? ¿ESE IDIOTA INVOCÓ A UNA DJINN? SABIA QUE NO DEBÍA TRAEROS, NO SOIS MAS QUE UNOS INÚTILES, SOLO DAIS PROBLEMAS.- Y entonces empezó a pegar al hombre, que se encogió ante los golpes. Eso iba a ser interesante, si solo tuviera unos aperitivos…

-Cállate, estoy harto de que te creas mejor que los demás, que nos trates como esclavos, solo porque eres un poco más buena con la magia, ojala ardas en el infierno.-

-Deseo concedido.- ambos mortales callaron, quedando paralizados en el acto, abrieron los ojos como platos al darse cuenta de lo que acababa de pasar. La miraron, brevemente, antes de que dos estacas de sangre los atravesaran. Dos almas más para su colección. Se acercó al hombre, tranquilamente, a medida que el suelo se llenaba de su sangre. –Puedo salvarte… “sabía que no debía traeros”, ¿de dónde venís? ¿Hay más de vosotros? –

El hombre dudaba, por supuesto, acababa de matarlo, casi, pero había esperanza en sus ojos, los mortales parecían aferrarse a su vida desesperadamente, a cualquier coste, y ella aprovecharía eso -Si te lo digo… ¿me salvaras?-

-Es un trato, sin heridas, con tu alma, solo desaparece y no vuelvas a cruzarte en mi camino.-

-Un pequeño castillo al norte, a casi un día a pie siguiendo el camino, no tiene perdida…ahora… por favor…- la diablesa poso su mano sobre el hombre y extendió la otra hacia la mujer, transmitiendo la energía vital de uno al otro. La herida empezó a cerrarse y el charco de sangre que había empezado a formarse volvió al cuerpo, junto a la sangre cristalizada que lo había provocado. –Desaparece…- el hombre se palpo la ropa empapada de sangre, incrédulo de su milagrosa recuperación y salió despedido por la puerta, sin mirar atrás. Seguramente correría durante kilómetros antes de siquiera volverse a mirar. Mientras tanto, ella dormiría allí, y mañana iría a ese castillo con dos almas más en su posesión. Ni se molestó en esconder u ocultar el cadáver de la mujer, que se quedó allí tal cual lo había dejado, sin una brizna de energía vital.

Si algo había aprendido de sus horas en ese plano, era que su cama en el foso era muy, muy cómoda, pero había tenido que aguantarse, y después de unas horas de vuelo, que acelero muchísimo el supuesto día de caminata, llego a ese castillo, aterrizando ante la puerta principal alrededor del mediodía. Estaba abierta, con unos hombres con capas azules hablando alegremente, hasta que la miraron horrorizados y la cerraron tras ellos. Idiotas.

Luzbel bufó, aleteó otra vez y supero la muralla, aterrizando en el patio que había detrás. –Eso ha sido de muy mala educación, fingiré no haberlo visto… si me contestáis una pregunta.- les dio su mejor sonrisa, que en retrospectiva, no debió calmarlos demasiado al estar llena de afilados dientes, pero asintieron, temerosos. -¿Dónde tenéis la biblioteca?-

Se trataba de un bonito castillo, pero que claramente había visto tiempos mejores. La muralla estaba bastante intacta, con solo unos pocos cachos faltantes que no perjudicaban su defensa, solo hacían caminar por ella algo más peligroso de lo habitual. Y el interior tenía un estado similar, estaba desgastado, con manchas de moho aquí y allá, con muebles viejos, y goteras, había goteras.
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Re: Noreth: Total War [Campaña]

Mensaje por Eudes el Vie Ago 04, 2017 12:38 am

-Oscuro milagro parte 1.

Crack.

La puerta crujió al son del ariete.

Crack

La madera cedía ante los golpes del grueso tronco.

Crack

Las voces de oficiales temerosos se hacían oír fuertes del otro lado.

Por los dioses del cielo, la arena y las aguas de cristal, estaba aquí, estaba realmente aquí. Shaer de Gath estaba incrédulo.

Una lluvia de flechas salió disparada desde lo alto de la muralla. Gritos de dolor anunciaron la baja de al menos tres cuartas partes de los hombres de las escaleras, que cayeron a tierra produciendo ruidos sordos y apilándose en pequeños montones de cadáveres sanguinolentos. Protegido por su escudo, consiguió salvarse a si mismo y al hombre del ariete a sus espaldas de tres flechas solitarias que atravesaron el aire en silencio letal. Sus silbidos mortales no era perceptibles entre los gritos y los aullidos que resonaban en el campo.

Tan cerca, tan cerca de la ciudad sagrada, de sus pavimentadas cayes que alguna vez fueron pisadas por los pies de los patriarcas. ¿Dónde estaban los refuerzos prometidos? ¿Dónde estaba aquella milagrosa compañía que llegaría para poner punto final a la puja por las puertas?

El mal nacido asedio había durado lo que una centuria, y ahora que al fin lanzaban toda aquella bestial ofensiva sobre Loc-Lac, el enemigo les negaba el paso con una fuerza que hasta entonces no habían considerado existente. ¿Tantos hombres de donde? ¿Mercenarios, aquí, en el desierto?

Una segunda llovizna mortal se precipitó. Protegió a su hombre del ariete sin recibir herida, pero algunos de sus compañeros no tuvieron tanta suerte. Cayeron a tierra víctimas de las flechas, dejando al que cargaba sin cobertura alguna. Rápidamente, casi sin miramiento, algún otro participante del asedio o candidato a escalador tomaba el gran escudo del guardián y robaba su puesto, sustituyéndole en la tarea casi como si lo otro no hubiese tenido importancia alguna.

<<Quizá-Pensó- saben que el asunto de las escaleras no va a funcionar>>


El aceite hirviendo había hecho bien su trabajo. Para cuando el asedio empezó, en la mañana, una buena fuerza de hombres había conseguido posicionarse y comenzar el ascenso por las frágiles estructuras, pero rápidamente la defensa había respondido dejando caer el letal líquido sobre los escasamente protegidos asaltantes, abatiéndolos rápidamente si no fuera por la caída, las horribles y dolorosas quemaduras. Era el precio de tener un ejército numeroso: Equiparlos a todos es casi imposible.

Escuchaba al hombre a sus espaldas gemir y resoplar. Cada golpe de ariete era un esfuerzo inmenso, aún entre varios. Más temprano, probablemente hubiese habido más hombres, quizá unos 10 añadidos, pero con el avanzar del día habían empezado a caer y por alguna razón nadie más estaba dispuesto a soltar sus armas y cargar el pesado tronco. Al final, ¿Qué eran? No más que soldados reclutas pobremente entrenados que jamás estarían dispuestos a soltar las únicas cosas que les daban un mínimo de seguridad en este caos de gritos y sangre. Poco dispuesto estaban a entregar su seguridad a otro que era prácticamente un desconocido, muy probablemente tan inexperto como ellos.

Escuchó el quejido de un hombre y sintió un movimiento a su espalda. Con el gran escudo ovalado todavía mirando el cielo, giró la vista hacia atrás para notar como tanto un guardián como su cargador habían caído víctimas de dos saetas silenciosas. ¿Cuándo habían caído? No había visto otra ola de lluvia mortal descender. Maldijo al pensar que ahora lo hacían de forma más localizada, apuntando a hombres en específico en la zona del ariete antes que dejar caer los filos a la ventura.

-¡Maldición, no bajen guardia!- Grito, mirando nuevamente al cielo. No estaba seguro que sus compañeros hubiesen podido escucharle, pero algo tenía que hacer o decir igualmente.

Tan cerca, la puerta ya se astillaba forzada a permitir su paso. No era cuestión si podrían hacerlo, era cuestión si sobrevivirían el tiempo suficiente como para conseguirlo. Si el ejercito defensor en tierra hubiese sido aniquilado más temprano, con toda seguridad ya estarían en el interior, limpiando la sagrada ciudad de la escoria blasfémica que tanto tiempo la había pisoteado. Ahora, en este momento, veía con rabia e ironía como el simple hecho de retrasar más el combate únicamente por una preferencia relacionada a la posición del sol cobraba un precio demasiado alto a la santa misión. Si esos dragones de lenguas venenosas que pululan entre los ancianos hubiesen sido menos supersticiosos, nada, nada de esto hubiese pasado. Que nos lleve el foso.

Las flechas omnipresentes ahora gustaban de hacer de cazadoras, seleccionando a sus presas y acabando con la vida de hombres en específico, al menos en la zona que le circundaba. Mientras tanto, las escaleras terminaban de fracasar al son de más gritos horrorosos, con toda seguridad quemaduras, marcando el final de las vidas de los pocos hombres que todavía habían persistido para alcanzar al menos tres cuartas partes del muro. Detrás de todo, la infantería espectante y los arqueros aliados trataban cási en vano de corresponder a las lluvias férreas venidas de Loc-lac, mas sin embargo, aquellos esfuerzos era simplemente infructuosos. Por cada arquero caido, otro tomaba su lugar el combate, como si la madre del demonio los pariera ahí mismo solo para disparar.

El ideal de la ciudad sagrada había amanecido cási seguro, pero ahora alcanzaba la cota de lo imposible.

Un quejido, un lamento, un chasquido justo tras su nuca. Shaer temió lo peor, porque sabía que era verdad.

Al medio voltear, la fría mirada de su compañero muerto le devolvió un gesto de terror frío. Atravesado su pecho, probablemente un arquero había aprovechado el segundo en que medio bajo el escudo presa de cavilaciones para asestar un golpe letal al hombre que debía proteger. Un error así costaba, y en esta circunstancia, directamente podía condenar el rumbo y las pocas esperanzas de victoria que quedaban. Maldijo a sus adentros, maldíjose a sí mismo.

Llamó, llamó en alta voz, podía sentirlo, aunque el fervor de la lucha habíale tapado los oídos al punto de casi no poder escuchar su propia voz. Nadie vino, nadie tomó el lugar del hombre muerto, y en aquella circunstancia, parecía que la probabilidad misma era ridícula. El ariete perdía fuerza, cansados los cargadores, esfumando lentamente las últimas luces de esperanza en la sagrada misión.

Shaer tomo aire. Sabía lo que debía hacer, aunque también sabía que quizá no iba a funcionar.
Como fuera, igual, morir de esta forma honraría a los dioses, según le habían dicho.

El moreno deseh soltó su escudo y su espada. Desprotegido, rápidamente puso el hombro bajo el tronco de madera y elevo la voz hacia sus compañeros.

-¡Vamos!- Gritó- Una vez más!

Entonces cargaron con toda su fuerza.



Lorcak Espada Plateada miraba a la congregación de víctimas metros bajo sus pies. Tan reducidos, pequeños y frágiles, cada lluvia de flechas que había enviado sobre sus cabezas les había reducido al número de lo ridículo, y ahora que la compañía de arcos azules se encargaba de los hombres del ariete, casi era capaz de dar la batalla por ganada y el precio de sus servicios pronto a determinarse. Ah, en el nombre de la reina, había sido una mañana tan, pero tan cargada luego de aquellas primeras horas de total inferioridad tanto numérica como estratégica, mas sin embargo, el mal nacido de Klain había demostrado ser un maldito útil otra vez, consiguiendo aquella compañía extra luego de que la infantería roja diese su último suspiro. Todo al final había salido tan bien…

Levanto su brazo. La señal fue clara y precisa. Una nueva fila de arqueros desplego otra ventisca de saetas sobre la arquería enemiga, y los azules continuaron disminuyendo uno a uno de forma precisa y controlada a los hombres del ariete. Parecía que se quedaban sin guardianes, provocando que las espaldas de esos miserables que cargaban quedaran casi que como dianas de tiro. Que terriblemente imprudentes. Casi hubiese podido culparles de no usar torres de asalto, pero vamos, eran no más que unos sectarios venidos de las dunas apenas capaces de sostener una espada entre sus manos. No más que unos salvajes en pieles de hombres.

Un fornido enano se le acercó por un costado. Subiendo a un pequeño banco posicionado para él en el borde de la muralla, asomo las manos y la cabeza por el borde como bien pudo, y observó curioso el espectáculo de matanza que ocurría a sus pies. Ni si quiera las filas de pacientes infantes arqueros habían conseguido permanecer en orden ya. Muchos soldados simplemente soltaban sus equipos y se daban a la carrera en dirección contraria a las puertas, perdiéndose como presas en pánico en la lejanía del desierto.

El hijo de la piedra bufó. Haciendo una mueca de puro desdén, devolvió su cabeza a la zona seguro y le miró con expresión descontenta.

-Agh, Trezem, hijo de Sephiri, bien que me debe plata ese pedazo de mierda boreal. Me prometió una buena riña, de las viejas, y mira que tenemos aquí, los cabritos monteses ya se devuelven a sus podridas madrigueras como espantados por lobos- Reafirmó su carácter gruñón con un pequeño gruñido descontento.

-Eso no decías esta mañana Golkric- Respondió tranquilo, mirando solemne la visión de su victoria- Cuando les abrieron el cuello a los rojos, MIS soldados por cierto.

-B-bueno, bien que también estaba emocionado, vamos, nada como la buena tensión para poner sazón en la guerra, anda, no estaba tan mal- Su expresión de bravuconería remitió un poco. Lorcak sonrió para sí complacido.

-Pero lamentablemente la tensión ya pareció liberarse mi buen comandante. Limítese ahora a disfrutar el espectáculo y no olvide en empezar a calcular el precio de nuestro servicio por favor.

-Claro…-Dijo, aparentemente desconfiado, ¿O quizá solo molesto? Con Golkric siempre era difícil decirlo- Ya me encargaré señor, aunque no podré hacerlo bien hasta el censo del final del combate.

-Oh por supuesto, sin problemas- Llevo una mano a su cinto, sintiéndose complacido con toda aquella situación, apretando con fuerza el pomo de su espada enfundada- No se preocupe, todo ha salido bien ya en todo caso, seguro las bajas no serán tan amplias como pensamos.

-Por supuesto señor- Dijo, aún en tono desconfiado, antes de retirarse- A ver si nos dan más reconocimiento esta vez.

El enano se fue, pero esa última fue como un disparador en la mente del espadón.

¿Cuánto tiempo hacía desde su destitución del ejército de la sagrada Dalkia? ¿Cuánto tiempo vagando, cuánto tiempo caminando entre mercenarios con sus nobles hombres también deshonrados de sus estatus, buscando mediante la espada recuperar aquello que les habían injustamente quitado? Poco a poco avanzando entre los miserables grupos de campesinos y bandidos medio entrenados apenas capaces de sostener un trinquete, haciéndose nombre y aprovechando la caída de otros grupos ya conocidos y bien asentados. ¿Qué habría sucedido con las Alas Negras? Nadie sabía, pero bien que habían sabido aprovechar su ausencia y consolidarse como el grupo con más poder militar en Valashia, justo en el rostro de aquellos que le habían echado hace tanto tiempo. Ya no le interesaba reconocimiento o disculpas de su parte. En contraría un mejor titulo, un mejor hogar, una nobleza mas grande de lo que cualquiera de ellos hubiese llegado a aspirar. Solo era cuestión de tiempo.

Decidió terminar finalmente aquello. Levantó su mano nuevamente, ahora más alto. La señal fue rápidamente advertida por el ejército de arqueros que recorría la longitud alta de la muralla.

-¡Descarguen todo!- Afirmó firme y regio, antes de bajar su mano.

No vería aquello, ya todo había terminado. Poniendo las manos tras su espalda, derecho y autocomplacido, caminó de vuelta hacia las escaleras que conducían a las puertas interiores, en donde con toda seguridad le esperaría una multitud de defensores que al final no serían ni apenas necesarios.

<<Vaya- Pensó, mirando atrás por un momento- Tanta fe no será recompensada con un milagro>>

Bajo los escalones que daban al interior del muro, dejando al ejercito de arqueros matando a cada soldado restante.



El mundo de Shaer se desplomaba a su alrededor, se desplomaba con cada hombre que caía víctima de las flechas. Malditos sean los trozos de metal con puntas, malditos y dos veces malditos por el resto de los siglos que vengan a partir de este día.

¿Por qué seguían cargando? La ansiosa infantería que se suponía iba a entrar a limpiar la ciudad sagrada ahora estaba siendo brutalmente dispersada. Lo veía en los ojos de los hombres que corrían: El miedo, el instinto de un animal salvaje por preservar su vida y hacer lo que sea para conseguir ese objetivo, el más básico terror en pro a la supervivencia. Él y los que seguían cargando no parecían tenerlo ya; quizá porque se aferraban todavía a esa esperanza, a ese milagro soñado que tanto les habían susurrado. No la llegada de los refuerzos, de esas misteriosas fuerzas escondidas en las dunas que saldrían para ayudarles cuando el mensajero del concilio le diera el mensaje, no, esa esperanza y fe total en que la voluntad de los dioses del desierto les sería favorable, y, no sabían, quizá un prodigio, una chispa de fuerza, más hombres, más manos, algo que les renovara y rescatara de aquella situación, que les permitiese entrar finalmente en el objeto del deseo de las divinidades: La gran ciudad sagrada.

Lamentablemente, esperanza era lo que cada hombre se llevaba consigo al reino de Kiara. La fe ya no parecía ser suficiente.

Les diría que dejaran de cargar, no tenía sentido. Era mejor correr, esconderse, rendirse ya. A su alrededor, cualquier resto del ejercito era un cadáver que miraba suplicante al cielo, un infante temeroso que anhelaba en calor de su hogar, o un veterano que entrado en pánico descubría que al final sí temía a la muerte, mucho más de lo que el mismo luego de tantas batallas habría creído. La misión había fracasado, y como iban las cosas, la ciudad santa permanecería hollada por gentiles más tiempo, mucho más tiempo. Quizá, quizá los tiempos de los dioses simplemente no se habían cumplido. Quizá, aún no había sido el momento correcto.

-¡Alto, paren!- Gritó, el tronco sobre su hombro derecho. Le sorprendía todavía no haber recibido un flechazo.

Sus compañeros no parecieron escuchar. Seguían cargando, un golpe débil tras otro, un grito exasperado de fanatismo y decepción que se perdía en el aire contaminado por cuervos y olor a sangre. Maldición, maldición, paren ya, ¿No ven que no tiene sentido? ¿Por qué seguirse arriesgando de esta forma? ¿No se daban cuenta que al final los dioses habían sido artífices de esta derrota? ¿En serio no entendían?

-¡Paren!- Grito con toda su fuerza- ¡Corran, nos matarán!

Nadie advirtió su grito, otra vez.

Claro, en ese momento, algo más si que les alertó mucho mejor acerca del peligro al que se enfrentaban.

Primero el hombre delante de Shaer. Luego el que se encontraba al otro lado del ariete. Luego un tercero a su espaldas.

La parte trasera del tronco cayó pesadamente a tierra. Con la muerte de cada vez más hombres, poco a poco, el masivo instrumento se hacía más y más pesado. Gritos de dolor se precedían al ruido seco de un hombre cayendo, si no es que un gemido continuo marcaba el hecho de que se estaba desangrando en el suelo, no muerto todavía pero pronto a hacerlo en pura agonía. Uno a uno, todos los hombres del ariete eran masacrados por una lluvia de flechas continua y eterna, ya sin más quienes les sustituyesen en su puesto, completamente a merced de los arqueros sedientos de sangre. Dioses, todo terminaba ahí, en donde todo había empezado. Los últimos valientes retazos del ejército caían rápidamente, apenas susurros secos al extender sus cuerpos inertes en la tierra. Todo lentamente se convertía en campo de puro muerto, una llanura desértica de sangre, y Shaer se las veía con un ariete más pesado.

Miró al último que quedaba, apenas capaz de sostenerse en pié, ayudando del otro lado de la madera. Vio sus ojos, vio su temor, vio la completa expectación de lo que vendría. Esa vidriosa mirada lo decía todo: No era cuestión de si alguno de los dos viviría, si no de cual los dos moriría primero. Por un segundo, por una razón, quizá para tener un final que todos considerasen digno, Shaer deseó con todas sus fuerzas que el objeto de la suerte fuese finalmente él.

La suerte no le sonrió, ni un poco. Él último de sus compañeros cayó con una saeta que le atravesaba de lado a lado el cráneo.

No sostuvo más con el tronco. Como pudo, lo apartó de su hombro dejándolo caer pesadamente sobre la tierra, a centímetros de la puerta. Cansado, cada fibra de su cuerpo liberó todo el dolor que había reprimido durante la carga, todo el horrible cansancio. Un calo lo invadió mientras sus destrozados músculos le obligaban arrodillarse en tierra, y finalmente a desplomarse completamente, el rostro sobre la arena. Su hombre le ardía. ¿Algunas cicatrices quedarían? Muy probablemente, pero eso ya no importaba realmente. Con toda probabilidad le matarían en ese lugar, moriría de la forma en la que había querido, pero sin garantizar en lo más mínimo la victoria de su pueblo, como había soñado tantas veces.

Intentó levantarse. Tanto su ánimo como sus músculos se lo impidieron. Cada fibra de su carne gritaba de cansancio, y en su cabeza, la nublada visión de Kiara parecía tomar forma de entre el ocaso que empezaba a reinar, y los miles de cadáveres que empezaban a fundirse en la sombra. Quizá la vería allí, apareciendo de la sombra, formada por mil rostros podridos, envuelta en la noche como su capa eterna y estrellada, lista para arrastrarle junto a sus compañeros y darle un merecido final a su historia sobre la faz del mundo. Eso sería bueno…Un final…Sí, sería bueno. Ya solo tenía que aceptar lo inevitable, dejarse llevar por las fuerzas que le arrastraban hacia la inconsciencia en aquel instante. Con toda seguridad le matarían al descubrir que respiraba, o las últimas flechas finalmente le pondrían un parado a su corazón. Solo era cuestión de dejarse llevar por los sonidos del ambiente, por su pulso lento, por los graznidos de los cuervos, por las últimas flechas silbantes y los constantes golpes del…Del…Del ariete.

El ruido de la máquina bélica nuevamente en marcha le devolvió al mundo real, y junto con su mente, trajo un poco de fuerza a su cuerpo. Como pudo, volteó hacia la derecha, hacia la puerta, para ver el origen del sorprendente hecho, de aquel sonido familiar e imposible que ahora retumbaba con la fuerza de mil tambores. Lo que vio simplemente le dejó en blanco.

Eran sus compañeros. Aquellos que desde la mañana habían cargado el ariete, todos y cada uno de pié, con el tronco sobre sus hombros, golpeando con más fuerza que nunca la puerta hasta forzarla o a abrirse o a quebrase finalmente. Flechas, horribles, atravesaban cada parte de sus cuerpos, rompían los músculos y sobresalían de sus vísceras. Los ojos en blanco en sus rostros marcaban la característica más notable de entre las facciones simplemente congeladas, permanentes en la expresión con la que habían sido muertas la primera vez. Cada trozo de carne estaba hinchado y sanguinolento, pálido o grisáceo, enfermo hasta el punto de lo asqueroso. Las visiones horribles se movían mecánicas pero firmes, golpeando con una fuerza que él mismo no habría esperado de parte de seres tan heridos y lastimados. Era increíble, surreal, y un milagro, pero, no del que él mismo había estado pidiendo.

Entonces lo vio, lo vio tras aquellas criaturas, inclinado sobre un cadáver que posaba, espada y escudo en mano, cerca de una elevación del terreno. Negro, los aceros que le cubrían tapaban cualquier facción posible, cualquier rasgo, cualquier indicio de humanidad en su figura, más allá de la mera antropoformia. ¿Qué era aquello? Esa imponencia aterradora, tan horrible, como el presagio de algo malo a acontecer. Miraba firme al cadáver, le examinaba, curioso, mientras algo en su mano, algo parecía encenderse, y brillar en una luz azulada.

Repentinamente la luz pasó al cadáver. El hombre antes muerto se movió en un espasmo descontrolado, antes de simplemente recuperar el control y levantarse.

Shaer no estaba seguro que aquello fuese de dios un milagro.
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Re: Noreth: Total War [Campaña]

Mensaje por Gerarld Amattore el Miér Ago 09, 2017 12:01 pm

Augusto Salazar

Hijo de Robert Salazar y Janabell Winetcourt. Su familia fue fruto del amor, el amor que sobrepasa todas las fronteras, un amor de cuentos de hadas. Un amor que no tenía precio. Él era un orgulloso guerrero, un caballero. Nombrado duque por sus hazañas en la guerra de su reino. Un pequeño reino que se situaba en algún punto entre Erenmios y Malik Talish.
Robert se enamoró de Janabell, la princesa heredera del reino, hija mayor de Henry Winetcourt.

El reino era pequeño, siempre a la sombra de las grandes ciudades que los rodeaban, pero podían mantenerse a flote. Robert era descendiente de nobles de mucho más al Sur. Lejos de esa zona, y como extranjero duque era lo más alto que podía aspirar. Un matrimonio con la familia real estaba fuera de todo planteamiento y mucho menos con la heredera.

Pero el destino tenía planes para ellos. Janabell también acabó enamorándose de su pretendiente, y juntos huyeron a Phonterek.
Sin dinero, sin lujos de las cortes reales y sin fiestas por todo lo alto ni sirvientes que les ayudaran vivieron felices. Como era lógico, consumaron su amor, tuvieron un hijo, Augusto.
Al nacer Augusto, Henry, el rey y abuelo, por fin perdonó a su hija que se había marchado. Y les dijo que podían volver, pero la familia no quería volver, estaban bien con lo que tenían. O eso pensaban.

Augusto creció bajo la tutela de su padre, un experto guerrero, versado en armas de filo, espadas y escudos. Además de técnicas de estrategia. Creció bajo la tutela de su madre, una mujer con mucha sabiduría y que le enseño sobre muchas cosas, entre ellas nociones de magia, un poco que había aprendido. No era demasiado, pero suficiente para despertar la curiosidad de Augusto.
Desde pequeño se demostró que Augusto era un niño prodigio. Entendía con extrema facilidad las cosas que le enseñaran, y ya con 6 años dominaba la poca magia que le enseño su madre.

Janabell fue varias veces a visitar su ciudad natal con su hijo. Ahí conoció a su abuelo, Henry, quien paso a ser su mayor influencia. Henry se comportaba como orgulloso abuelo, y enseñaba el reino a su nieto, también le enseño sobre su historia, la historia del reino, y sobre política.

A Janabell no le gustaba del todo, después de todo ella había dejado esa vida, pero Henry la convenció para que no alejara su nieto de él, que dejara al niño escoger que quisiera hacer, así como ella escogió.
Lo que ninguno pensó es que Augusto en esta temprana edad empezó a forjar su personalidad, y ya desde pequeño supo... que no quería ser como su abuelo. Quería superarlo.

A los 10 años, ya paseaba por las calles de Phonterek por sí solo, aprendiendo sobre la vida de la calle, Phonterek es una ciudad increíble donde puedes tener contacto con mil culturas diferentes. El pequeño no dejaba de aprender, era un genio aprendiendo, pronto consiguió tutor para que le enseñara bien la magia de sombras. Además de la teoría sobre otras magias, como por ejemplo rituales de teletransporte.

El pequeño prodigio, en casa estudiaba por su cuenta, y descubrió que tenía capacidades telepáticas, que al principio solo usaba con su familia. Así, paso el tiempo, absorbiendo montón de información y habilidades que sentarían las bases del hombre en el que se convirtió.

A sus 15 años, ocurrió lo que nadie se esperaba. El reino del que procedían, desapareció. En un fuego cruzado entre Malik y Erenmios. Al estar en medio de ambos y ser un punto estratégico. Fue invadido por unos y luego “liberado” por otros. Y acabaron siendo anexados a la fuerza.

La gente que conocía o bien murió o bien se mezcló con la gente de Erenmios. Y en esa guerra absurda, perdió a su padre y a su madre. Pues algún malnacido informo al tirano de Malik de que la heredera del reino estaba en Phonterek.
Augusto había sobrevivido pues estaba en las calles, como siempre. Y ahora estaba solo. Solo, pero con una herencia enorme. Henry había escondido sus riquezas, y Augusto sabía dónde estaban, pues por suerte su relación con su abuelo siempre fue buena.
Ese año, fue muy movido para Augusto, de noche lloraba en soledad hasta que lograba dormirse, y en el día se movía activamente por su nuevo propósito. Conquistar Malik Erenmios y Phontorek. Superaría a su abuelo al tiempo que vengaba a su familia.

El joven crio, era carismático… muy carismático y siempre acababa consiguiendo lo que quería, aun tenia familiares lejanos en Erenmios, y cultivo esas relaciones para poder entrar y salir de la ciudad sin problemas. Los contactos en esta ciudad eran buenos, aunque no demasiados, tenía primos a los que les caía bien, sobre todo por su forma de combatir, algo que en Erenmios se aprecia bastante. Y antiguos nobles que fueron rescatados del tirano y ahora eran ciudadanos de Erenmios. Finalmente conociendo más gente, consiguió algún que otro contacto menor dentro del castillo del Rey. Gente sin importancia como algún que otro guardia y alguna doncella. Pero ya tenía ojos y oídos dentro, y eso era lo importante.

Mientras hacía vida en Phontorek hablaba mucho con mercaderes de otras zonas, y así aprendía de las otras regiones, conocía sobre las heladas tierras del norte después del mar, conocía sobre las maravillas de Nos, pero sobretodo trababa amistad con mucha gente del gremio de los guardias. Como tenía mucha habilidad de combate tenía afinidad con ellos.
También se movía muchos en los bajos fondos, conoció a John. John era un joven problemático, algo mayor que Augusto… no lo sabía muy bien pero estimaba que unos 19 años, tal vez 18. Conocía a John desde los 14, pero no fue hasta ese año en el que entablo una cierta amistad. John, era frio y calculador, algo apático, y además era imprevisible, un día te venía con un trozo de pan para compartir y el otro te tiraba cuchillos a ver si los esquivabas y si no los hacías no merecías su amistad.
John acabo siendo mercenario cuando, tenía un grupito de amigos y hacia trabajos para Phonterek, y su habilidad le acabó proporcionando muchos trabajos. Pero lo mejor de John es que era un compañero de entrenamiento. Augusto y John entrenaban mucho juntos, al principio John le enseño un par de trucos a Augusto, pero al final era al revés, el maestro era el menor de los dos, pues era el más hábil con la daga y la espada.

Finalmente decidió que necesitaba viajar. El chico era inteligente, sabía que con quedarse ahí sin más no conseguiría nada, es más los nueve gobernantes empezaban a notar su influencia, y sabía que no le dejarían tener más. La diferencia de influencia entre ellos era abismal, así que debía alejarse, mantener el perfil bajo por un tiempo y la mejor opción para ello era irse de la ciudad. Si bien mantendría el contacto con sus conocidos. Augusto le cogió el punto a cartearse con gente, así siempre se acordaban de él y no descuidaba los contactos. Pues para conquistar su objetivo, debía de tener muchos contactos. Era lo principal.

Su viaje inicio en Phonterek, paso por los bosques de physis, deteniéndose a investigar la zona, tenía especial interés por todo, y muchas cosas no se conseguían en las bibliotecas, debías de buscarlas. Casualidad que aquí había cierto hechicero retirado, que en la comodidad de su choza accedió a dar cobijo por un par de noches al chico. En dos noches entablo amistad con el viejo, no era difícil, Augusto entablaba amistad fácilmente con cualquiera, era un don que tenía. Y el sabio hechicero le enseño a controlar mejor su magia, y le enseño lo básico de teletransporte, magia que hasta ahora solo sabia en teoría.

Pero el joven quería seguir con su viaje, Physis era solo un lugar de paso, asi que con la promesa de volver para terminar de aprender bien la magia de teletransporte, marcho y siguió su camino.

Avanzó hasta los minas de Noz, en los montes Keyback. Era un lugar que quería ver desde hacía mucho tiempo, un sitio mágico del que nunca paraba de escuchar rumores, y que los libros siempre idealizaban. Estuvo un mes o dos, consiguió hacer migas con la tabernera y con algún que otro minero enano autóctono de toda la vida de esa región… y con toda la vida hablamos de cientos de años. Augusto se sentía un enclenque renacuajo cuando comparaban edades, pero le daba igual.

Finalmente llego a la ciudad de Mirrizbak a los 17 años. Compro una pequeña casita a las afueras, y se acomodó en la ciudad. Y aquí se abriría su nuevo capítulo en la vida del joven Augusto.
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Re: Noreth: Total War [Campaña]

Mensaje por Gerarld Amattore el Miér Ago 09, 2017 1:32 pm

Capitulo dos: Nuevo capítulo en la vida del Joven.

Augusto Salazar se veía a si mismo haciendo grandes cosas, se veía reinando sobre todo lo que veía, y soñaba con como actuaría en cada situación que estuviera en cada poblado que visitará, pero eran sueños. El joven tenía un sueño, una meta, pero también tenía los pies en la tierra, y sabía que si fuera a ser posible, era importante preparar el terreno, prepararse, ningún incauto fue nunca monarca y aguanto lo suficiente como para disfrutarlo.

Él, era un pobre muchacho de 17 años… con linaje Real en las sangres o sin él, no tenía reino… y era aún un niño, pero el conocimiento de este defecto era importante, sabía que necesitaba experiencia, conocimientos, poder, e influencias… y aprovechar el tiempo era imperativo.
Por su breve paso por Nos, y su toma de contacto con varios mineros, había entablado amistad con uno de los mineros en especial, era un enano, extremadamente barbudo, serio y muy profesional… Por las noches se relajaba después de un par de cervezas, pero por el día era hasta antipático, pues solo buscaba ocuparse de su deber, era un minero importante de la zona, tenía su propio negocio, respondía al nombre de Bernhof.

Pero lo dicho, de noche cambiaba… le encantaba contar historias… era un hombrecito muy tozudo que había encontrado mil y una maravillas dentro de las minas, y había oído mil y una más de otros enanos… Fue él, quien despertó la curiosidad de Augusto sobre las maravillas de esas minas… y también el causante de sus primeras mayores borracheras … con solo 17 años el joven inexperto en la bebida estuvo los primeros días vomitando hasta el alma, y la resaca dolía tanto que podría hasta escucharse gritar el cerebro dentro del joven.

Por suerte… dos meses después el hígado de Augusto se endureció un poco… era imposible beber al ritmo de Bernhof, pero al menos podía tomarse un par de ellas mientras escuchaba los relatos y ya sabía parar a tiempo.
Bernhof no solo era un buen aporte de información, si no que era autóctono de toda la vida de la zona, y eso eran como 300 años. Y su memoria era prodigiosa, era como si tuvieras un libro de historia que se leyera solo. Y como autóctono, por supuesto tenía familia.

El joven Salazar llego a Mirrizbak directamente a la casa de un enano más joven. Tendría 100 años, pero era más joven que su primo el minero. Se encontraba a las afueras de la ciudad, por fuera de la muralla, a un lado, y tenía muchísimo terreno. El enano se dedicaba por lo visto a la ganadería, y tenía cabras, cabras por doquier, una cantidad de borregos de muy buena raza a juzgar por la fortaleza y el brillo que tenían.

Kernhoff, primo pequeño de Bernhof, era un famoso quesero. El mejor queso de cabra de la ciudad, era suyo. Y si lo comparamos con su primo… eran dos mundos distintos. Este enano salio risueño, alegre, y tranquilo… Trabajaba con amor y tranquilidad en el campo, adoraba a sus animales, y era amable… cosa extraña para Augusto que pensaba que los enanos no podían ser amables.
Aun que una cosa si compartían los primos, por la noche bebían y se soltaban… y este se soltaba aún más, Kernhoff, fue una coincidencia muy buena para Augusto, pues gracias a su hospitalidad y simpatía Augusto entro a la ciudad con buen pie, ya al principio muchos lo conocían, y no era tratado como extranjero, si no como amigo de Kernhoff.
La cantidad de tiempo que se ahorró el joven en conseguir un mínimo de contactos solo por conocer a un quesero… Pero así era el mundo, si a la gente le gusta algo, y tú les provees de ese algo, quieren ser amigos tuyos… aunque se trate de queso. Claro que la personalidad del enano ganadero ayudaba bastante.

Al mes, Salazar se instauró en su propia casa, y consiguió trabajo como soldado, pero no le interesaba ese puesto. Al principio su objetivo era reconocer el terreno, se había recorrido toda la ciudad, ya sabía que había, tabernas, herrerías, academias militares y mercados, para su pesar era una ciudad poco dado a la magia, así que todos los saberes mágicos se concentraban en una biblioteca relativamente grande, que también hacia de librería, en el centro. Y después de pasearse por dicha librería un par de veces, pidió poder trabajar aunque sea un poco ahí.
La magia no era popular, pero tampoco mal vista. Salazar quería entrar en el cerrado círculo de eruditos de la zona, que a veces se reunían ahí, pero no era tan fácil así que se ofreció como guardia de la biblioteca a cambio de poder escuchar las reuniones. Claro está que con su elocuencia y unas demostraciones no le negaron tal derecho, después de todo son gente que, por lo menos, se sienten importantes y una ayuda de seguridad es bienvenida.

Y ya estaba más o menos montado su plan inicial, era un joven de 17 años pluriempleado, que por un lado hacia guardias de soldado, mientras pulía contactos en el ámbito militar, y por otro hacía de guardia de biblioteca donde a veces escuchaba reuniones de eruditos y otras veces se ponía a leer libros. Y en el tiempo libre, se la pasaba en reuniones sociales con Kernhoff

No fue hasta después de los 18, que la cosa cambio, su popularidad fue subiendo cada vez más, y al año ya no era visto como un extraño, Augusto se involucraba de verdad con la gente de la ciudad, preguntaba por todos, y ayudaba a quien podía, se ganaba la simpatía general, si bien tuvo algún que otro problema en la academia militar, nada que no se resolviera con un puñetazo a un egocéntrico envidioso.
Después de todo, Salazar era muy buen combatiente, demasiado bueno, su maestría con las armas era tan buena, que dejo las guardias y comenzó a entrenar a los primerizos. No lo ascendían de rango por que llevaba poco tiempo en el “sistema jerárquico militar” de la zona, pero se le trataba como un maestro, pues enseñaba a los nuevos y gozaba de cierta influencia entre soldados de rango bajo, y también el favor de algún que otro rango alto.

En cuanto a la biblioteca, siguió con la seguridad, pero ahora había contratado a un subalterno que le ayudaba, y asi podía dedicarse a prestar más atención y a veces incluso participaba, era difícil negársele nada a Augusto, pues si sabía algo del tema que hablaban, y entraba con grandilocuencia, frases con gancho y dejaba un deje de curiosidad sobre lo que contaba para que tuvieran que preguntarle… acababa integrado en la conversación. Y ya venía siendo hora, pues mucho paso y Salazar se impacientaba. Por fín tuvo su acercamiento valido y eficaz con esa cúpula una noche en la que se hablaba sobre las minas de Nos, y ahí, la sabiduría del minero ayudo mucho.

Lobert, era un hombre, de entrada edad, aparentaba 70, pero él decía que tenía 50 y que había envejecido mal, la cuestión era, que Lobert era que realmente se ocupaba de los asuntos importantes de la biblioteca, y no el encargado que le dio el trabajo a Augusto. Lobert al ver las capacidades intelectuales del joven, le permitió acceso a todas las zonas de la biblioteca, pues había un par de ellas que no tenía acceso. Una de ellas eran registros históricos de la zona de la época del emperador y otra eran escritos mágicos no populares… y por no populares se referían a cosas que en esa ciudad no estaban demasiado bien vistas… Magia de muertos, de demonios, de otros planos, e incluso invocaciones de bestias amorfas, eran cosas que por lo visto no gustaban a si que las escondían de la vista para que no se juzgara mal a la biblioteca.

Pero había una sección que llamaba la atención era una sección que decía Libros de Nos. Y era un registro de varios pasajes de la cueva de nos, asi como relatos documentados de expediciones, cosas que se podrían encontrar, leyendas y mitos en profundidad, y diferentes cosas. Un libro en especial llamo la atención del joven y es que era un libro de cubierta de cuero, con una escritura quemada sobre dicho cuero, adornos rojos en las puntas y cuyo título directamente no pudo leer, no estaba en un idioma comprensible. Pero al abrirlo, las hojas tenían varias zonas con textos traducidos, alguien en el pasado se había tomado la molestia de intentar traducirlo y lo logro en parte, aunque no del todo.

El libro resulto ser un libro de índole demoniaca, hechizos de culto, o sectarios, o bien de invocación, era difícil estar seguro. Pero lo extraño era, por que se encontraba en ese apartado y no en el otro. La respuesta la vio cuando del libro cayó una hoja escrita con idioma normal que decía “Hago donativo de e este libro a la Biblioteca de Mirrizbak. Me lo encontré en Nos explorando lo que eran indicios de un templo al que no me atreví buscar, no sé si vale algo, pero desde que lo encontré me persigue en sueños y ya no aguanto más!”
A juzgar por la falta de notas en el libro del traductor… no era algo recurrente, así que igual eran locuras del hombre aquel o los motivos eran otros.

El tiempo pasó y Augusto cumplió 19 años, y claramente estaba más interesado en la biblioteca que en su carrera militar, asi que pidió la baja del servicio a cambio seguir ofreciendo sus servicios como maestro de armas. Monto una especie de dojo, en el que se especializaba el combate de espada y escudo. Era lo más práctico para enseñar a los militares, y su academia semiprivada (pues en realidad ni el sitio era suyo ni le pagaban demasiado, era un convenio con los militares) se ocupaba a enseñar a soldados prometedores, o hijos de personas influyentes que quisieran ingresar en el ejército y no querían pasar por los escalones bajos.

Esta escuela seguiría activa en los próximos 20 años, bajo la tutela de sus aprendices, aun que el propio Augusto solo enseñaría en ella durante 4. Era astuto, y fue creando y creando… Aprovecho su posición en la biblioteca y en el dojo, y paso a controlar una pequeña policía privada para eventos de pequeño alcance y propiedades privadas. Nada de lo que deba ocuparse el gobierno, ni el ejército, simples guardias entrenados por el propio Salazar. Este negocio al principio necesitaba de un buen empuje asi que Salazar contrató a varios mercenarios, a los cuales después de darles el aprobado, metió en la organización, y luego con aprendices del dojo, la organización se mantendría siempre renovando personal y expandiéndose para poder abarcar más trabajos, La organización fue nombrada como unidad de seguridad personal de Mirrizbak. También conocidos como la USP.

Cabe destacar, que en todo este tiempo, el joven nunca desatendía lo que él llamaba sus “responsabilidades sociales”, a partir del segundo año en la ciudad, se había convertido en un foco de atención den las reuniones, siempre sonriente, encantador, y con una capacidad de charla impresionante, tenía un pico de oro, y ningún evento social sin su presencia, era digno de considerarse “evento”.

Durante el día se rodeaba de la flor y nata de la ciudad en los teatros. Y en la noche se emborrachaba en las tabernas con los granjeros. Para ese entonces, lo único que no había hecho era participar en un evento real, pues se suponía que el joven era un plebeyo sin sangre real… y así debía seguir en el pensamiento de todos.

Tampoco le hizo falta, conocía al rey de vista, de algún que otro acontecimiento real en el que se mostraba, y sabia quienes lo rodeaban, así que trabo en principio una amistad con uno de sus consejeros, y luego hizo poco a poco que el consejero necesitara de sus servicios. El consejero era sabio, en sus materias, su punto fuerte era el pueblo, la sociedad, la cultura… pero el consejero tenía la necesidad de ser aún más importante para su rey, y muchas veces tiraba de consejos de Augusto en el ámbito militar y mágico. Después de todo, son temas que dominaba perfectamente el joven.

Cuando cumplió 22 años, el joven ya había absorbido todo lo que podía de ese sitio, conocía la cultura divium, y junto a varios para entrenarlos y hacer un grupo de guardias voladores. Entre los enanos era como uno más, y Augusto admiraba mucho a esta gente, su fortaleza, su capacidad de lucha, lo único que eran difíciles de manejar, demasiado testarudos, pero si ganabas su confianza eso se suplía. Su magia había aumentado también, en la biblioteca pudo aprender de forma autodidacta magia de las sombras y algo de demonología, aunque no era nada especial, notaba potencial en esas ramas mágicas y se notaba potencial a si mismo… buscaría fomentar dichas magias en el futuro. También había aprendido un montón de la ciudad, delos alrededores, el lago y las minas, de política, de realeza, había desarrollado un estilo único de pelea de espada y escudo basado en el que había aprendido de su familia, pero supliendo un par de carencias que consideraba que tenían. Había generado dos negocios y pensaba levantar el tercero antes de marcharse… era necesario seguir su camino. Pero antes tenía algo que hacer.

Durante su último año en la ciudad, estuvo muy poco en la ciudad, abandono casi al completo la biblioteca, y solo venía a la ciudad a entrenar y enseñar en el dojo, y los findes de semana los eventos sociales importantes. Del resto, exploraba, exploraba y seguía explorando, recorrió tantas veces las minas de Nos. Si veía algo interesante se lo llevaba de vuelta a casa y lo vendía, o lo guardaba si lo consideraba importante, y luego volvía a la mina. También fue un par de veces al Lago de Tospot, comprobó efectivamente que el lago permitía respirar, y conoció a los Merrow del fondo del lago. Se enteró de detalles que en los libros no la ciudad de Mirrizbak no decían, como de que las ruinas del lago son tan antiguas como las minas de Nos, y alguna que otra trivialidad, y convenció a los merrow de que si ellos decidían trabajar como mercenarios marinos ganarían bastante dinero, y que si quisieran hacerlo, le llamaran.

A los 6 meses de búsqueda, fue su primer gran hallazgo, era un amplio túnel algo lúgubre que tenía unas casas hechas en arcilla a lo largo del mismo, por lo visto años que no se usaba, pero claramente no eran tan antiguas. Lo importante de esta zona es que se parecía a lo que describían algunos escritos sobre un pequeño poblado que le predicaba a una supuesta diosa, aunque otros escritos la describían como un demonio que los sometía, fuera como fuere. Era todo parte de un puzzle enorme escritos contradictorios, pero en ese sitio fue de donde salió el libro de cuero demoniaco. Libro, que por cierto Augusto compró y llevaba encima, lo había estudiado, y sabia incluso algún que otro hechizo de invocación menor gracias a él, pero sobretodo, conocía los rituales de esa pequeña población.

Siguió avanzando cada vez más seguro de que iba en la dirección correcta hasta que lo vio, al final había un pequeño templo, de todos oscuros y rojos. Pero todo estaba muy en silencio, el joven se dio cuenta que había varios cadáveres alrededor, llevaban años muertos, y parecían desnutridos.
Lejos de detenerse, entro con determinación al templo, por dentro era completamente diferente que por fuera, por fuera era lúgubre y oscuro y mayormente negro con algún que otro toque rojo de adorno. Pero por dentro, era vivo, tenía más rojo que negro, y estaba repleto de salas grandes y decoradas, habían cómodos asientos en la entrada y más adelante había un salón enorme con multitud de sillones, cojines y algunas mesas repartidas con platos vacíos dentro. Con muchos símbolos que antes le hubieran parecido extraños pero ahora le resultaban familiares. Y de fondo, detrás del altar, una especie de ventana, o más bien un espejo de cristal negro, opaco que no reflejaba nada.

-Sigues viva!- grito el joven al aire, una vez llego al altar. No hubo respuesta, el joven saco cuatro velas gruesas negras y las puso en cada esquina del altar, las encendió. A pesar de estar en una cueva, ahí había una luz sobrenatural, tenue lo suficiente para permitir ver con claridad todo, en especial dentro de esa sala, habían ventanas falsas que en realidad daban a la pared solida de la cueva, pero tenían un brillo mágico. Y estas al encenderse las velas negras, bajaron su intensidad, dando apariencia de que estaba anocheciendo.

-Jad har, gaz ni bickardal luzlith-

-Jad har, gaz ni bickardal luzlith-
Pronuncio unas palabras en un idioma que no entendía del todo con entonaciones ligeramente distintas por si no lo decía bien, no pasó nada. Casi nada, las luces de las velas negras aumentaron de intensidad, pero poco más.

Entonces el joven pensó que nada de eso valió la pena, que si algo hubo ahí hace tiempo que no está. Recorrió la estancia, no quería darse por vencido, alrededor del altar no había ventanas falsas, solo adornos en la pared, y justo había un recuadro enorme del tamaño de una persona, un decorado que resultó ser una puerta, abrió y al otro lado había una pequeña habitación, cómoda, con una cama de matrimonio tamaño medio en la cama había una joven y bella mujer, pálida, muy pálida, tan pálida que paso por muerta, si no fuera porque al entrar el joven esta se giró suavemente hacia la puerta y lo miró con unos ojos casi vacíos.

Augusto se acercó a ella, se puso a un lado y la examinó estaba sin color alguno, con ojeras, y una mirada cansada, y a pesar de su presencia en el cuarto, ella apenas y pudo girarse a verle. Sus labios temblaron y se abrieron con un suave –Por qué me llamas? –

Y el joven comprendió. Ató cabos y dedujo lo que pasaba abrazó a la mujer en la cama, y la beso. Un beso profundo, largo y no fue apasionado por que una de las partes a penas se movía, pero al tiempo ella levanto los brazos, y también lo abrazó a él.

Al dia siguiente Augusto falto al trabajo, ni siquiera había salido de la cueva, estaba en aquella habitación, en la cama, o en un costado, o sobre el altar, o en la entrada, o en un baño lujoso que había al otro lado del templo. La ronda de sexo desenfrenado solo paraba para hacer pequeñas pausas y volver a empezar al rato. Augusto le pidió, que usara su magia con él, que no se contuviera, pues sabía que aquella era una súcubo, una muy fuerte, y que tenia la capacidad de provocar que los hombres pudieran estar horas y horas teniendo sexo sin concentrarse en nada mas, y que eso les provocaba finalmente la muerte. Pero Augusto sabia que aguantaría lo suficiente como para que ella se repusiera. Estuvieron dos días fornicando sin parar, ella sabía que el lo hacía para salvarla, así que le daba los descansos, pero él había accedido a ser víctima de ese encantamiento, así que con una especie de equilibrio mortal, se jugaba la vida en esas 48 horas desenfrenadas.

Acabaron finalmente, ella ya no estaba pálida, ya no tenía ojeras, y estaba mucho más bella que antes, tenía los labios carnosos, una mirada viva y seductora.
Los dos estaban exhaustos, y sobretodo el humano de los dos… fue un movimiento arriesgado, pero el joven humano demostró tener una energía interna abrumadora. Y la súcubo se presentó con su nombre real, algo que no podía si no significar agradecimiento y confianza.

-Soy Luzvelith, y tú, humano, me has salvado la vida, estoy en deuda contigo-

Aun jadeante Augusto sonrió, -Soy Augusto…. Augusto Sala…zar-jadeo otra vez buscando todo el aire posible –y joder, este ha sido el mejor polvo de mi vida –
La súcubo sorprendida por la reacción, no pudo si no soltar una risita y sonreír… -asi que ya sabias a que venias ¿no? A por un buen polvo-

-y a por una aliada, quiero saber más sobre ti, sobre esto, sobre tu especie y tu mundo… pero no me importaría esperar a mañana, que tal si vamos a mi casa, y me dejas comer algo- La mujer sonrió y accedió, en realidad tenia órdenes de no salir de ahí, pero la daban por muerta, asi que por un dia no pasa nada.

Durante el próximo mes, el joven la proveía de la energía vital que los súcubos necesitaban, para que estuviera en óptima forma, y ella le contaba lo que sabía de todo lo que preguntará. Resultó ser que aquel sitio era un portal al otro lado llegaba a un poblado cerca del foso, dominado por los seguidores de Llugua, un duque en especial, y que habían instaurado ahí un puesto avanzado para atraer adeptos, pero cada vez fue teniendo menos gente, por alguna razón ya no llegaban humanos de fuera, y la súcubo acabo consumiendo por completo a los que quedaban para sobrevivir en reposo hasta próximo aviso.

También le dijo que si hacían un ritual lo suficientemente grande, podría reactivarse el portal y pasar al otro lado, donde podrían encontrarse con su antiguo señor. Al principio a ella no le gusto que el humano considerará eso buenas noticias, pero accedió a que si iban, ella ayudaría a que no lo mataran en el acto. Después de todo algo en aquel humano era diferente, algo en aquel hombre que la salvó era diferente, su sonrisa, su energía, su fuego en la cama y su simpatía, Luzvelith decidió quedarse a su lado para siempre.

Los siguientes 2 meses, de expedición fueron sin mayor noticia, en la ciudad, había abierto un nuevo negocio, esta vez era una oficina de encargos para mercenarios, no estaba directamente relacionados con la USP (Unidad de seguridad personal), pero si eran mercenarios encargados de cumplir misiones en zonas cercanas, eran dos grupos, el grupo Alpha de tierra y choque, formado por humanos y enanos, y el grupo Delta, de aire y reconocimiento, que eran diviums. Pero aun así su mayor preocupación era las excavaciones, había una leyenda, un mito, o un hecho histórico real que se repetían en los escritos, un objeto muy interesante. Y estaba en algún lugar de esas cuevas.
Pero ese objeto tenía que esperar, porque su siguiente aventura, eran problemas… Esta vez se trataba de un pequeñajo problemático enclenque y loco goblín, estaba haciendo unas pruebas con un mineral especial de la cueva y no dejaba pasar al explorador siguiendo su última pista.

El goblín estaba loco, totalmente loco, era divertido, pero estaba loco… Y era un problema porque cada vez que se acercaba al túnel le lanzaba bombas a los pies, pero cuando se alejaba del túnel le hablaba de forma amigable y divertida y le contaba mil inventos imaginarios que, según el pequeño goblin, sabía hacer… hubo un par de peleas, en las que por supuesto el goblin salía perdiendo con el ojo morado…. Pero no podía avanzar, porque había colocado una bomba en el camino preparada para estallar si se acercaba cualquiera que no supiera como desactivar el mecanismo.

Al final, se llevaron bien, sobre todo porque Luzith (nombre dado por Augusto) usó sus encantos para engatusar al goblin y dejarles pasar. El túnel tenía un brillo especial, la roca estaba impregnada de unos minerales fluorescentes… minerales que el goblin extraía… pero al final del túnel había una gran bóveda, un cúpula enorme que brillaba con luz propia pues el techo había una gran gema que hacía de foco artificial, y por las paredes estaba repleto de estos minerales. Era grande, precioso, y adornaba la cueva con colores bellos, magníficos y del todo fantasioso, prácticamente eran auroras boreales reflejadas en las paredes de las cuevas. Pero no encontraron nada… Augusto se sentó en medio de aquella zona, mitad admirando el paisaje y mitad frustrado… pues no había indicios de nada tampoco…

Volvieron con el goblin, que se quejaba de que dieran tantos problemas para nada, y hablaron con el pequeño renacuajo verde durante horas… resultó ser que el pequeño diablillo estaba menos loco de lo que pensaban, solo que era… diferente, pero diferente en muchos sentidos… los conocimientos del goblin eran asombrosos en temas que la gente no suele controlar…de entrada el goblin tenía conocimientos exquisitos de herrería, pues al principio y a petición de Augusto, que quería una buena relación con el sujeto que no les dejaba pasar, le había encargado una espada… y esta era de calidad asombrosa, equilibrada, de peso personalizado para la altura y constitución del joven. Aunque el goblin no quiso dejarle pasar aun después de ser contratado.

El goblin respondía a nombre de Gaz, era inteligente en cuanto a dispositivos, y resulto ser que se estaba quedando sin dinero para su expedición en la cueva… Augusto le ofreció subvencionar su expedición, a cambio de sus servicios en el futuro… Y le dijo que sobre todo estaba interesado en que el goblin desarrollara mejor sus aptitudes con unos polvos explosivos que tenía, pues las bombas que tenía eran interesantes, y podrían ser una buena arma.

Al día siguiente, volvieron al sitio, había algo que le incomodaba algo que intuía, pero esta vez Gaz fue con ellos. Y fue un acierto, pues el pequeño ingeniero se dio cuenta de que una de las paredes de la cueva era significativamente más endeble que el resto… Que detrás de esa pared seguro continuaba el túnel.

EL joven guerrero sonriente le agradeció y le dio un pago en adelanto de una gema que si bien era relativamente valiosa, el goblín la apreciaría más pues era una gema que servía muy bien para generar chispas, mejor que una yesca y un pedernal. Y podría crear fuego rápidamente. Gaz lo agradeció, no refunfuñaba tanto después de ese regalo que tuvo, y con un par de paquetes de pólvora libero el camino para que continuaran por la cueva.-Gracias Gaz, por tu ayuda-

-Calla humano, los de tu especie no me gustan… pero admito que después de tantos días soportándote, podría llegar a respetarte-

-Más te vale granujilla, o no pienso pagarte en el futuro- Sonrió el joven mientras le daba la espalda riendo despreocupadamente.

Gaz volvió a refunfuñar, y se fue por su camino, no se volverían a ver hasta años después, pero el joven Salazar le mandaría varias cartas con dinero en el futuro, pues como prometió le subvencionaría la expedición.

El túnel era largo, el guerrero y la súcubo caminaron durante por lo menos 40 minutos… momento en el que la súcubo no aguantaba más el aburrimiento y se lanzó a por los pantalones del joven. Qué bonito es la juventud, cuando pasas de temas importantes y preocupantes al sexo descontrolado y lujurioso, los sonidos hacían eco en el túnel y perdieron tiempo valioso, pero tampoco es que importara tardar el doble en llegar ¿no?.

Cuando finalmente llegaron al final, él exhausto, y ella sonriente relamiéndose aun los labios. Había un pequeño altar tallado en la roca misma de la cueva, encima del cual una sábana blanca y mohosa guardaba un objeto y en el tejado estaba inscrito:

“Aquí yace el ultimo legado de Sir Johanin Cridlemore”

-Qué es? - Preguntó finalmente su fiel seguidora, que hasta ahora no le había preguntado que buscaba.

-En mis años de búsqueda de información aprendí muchas cosas y me documenté sobre muchas historias, una de las cuales era el culto a una Santa Pecadora en las cuevas que traía felicidad y pecado a los que la seguían… una historia que me llevo a ti por supuesto- dijo acariciándole la cara.

-Otra de las historias era de un famoso general militar que lucho hace muchas generaciones contra innumerables enemigos, se decía que ese hombre había conseguido en una expedición a las nevadas del norte un ente que le protegía de todo mal, una representación divina de protección…. Nuevamente eran exageraciones o variaciones de la realidad como pude comprobar con otros escritos… lo que si supe es que tenía algo que le protegió de un Liche al que a duras penas derrotó…- Acabando la frase, quito la sabana llena de polvo y tierra tosiendo y tapando los ojos con su antebrazo, cuando se disipó un poco el polvo lo vio, era una preciosa pieza de arte, un peto de placas, hecha con alguna técnica antigua y del todo desconocida, tenía un pequeño aura un pequeño brillo, como reflejos azules en la chapa, adornos con suaves relieves en los hombros y los pectorales, y un color entre el plateado y el azul claro.

Por dentro tenía varias inscripciones no sabía si era rúnico, élfico antiguo o siquiera una lengua muerta cuyo nombre ni imaginaba. Lo levantó, se lo colocó y noto el fluir de la energía a través de él.

-Intenta controla mi mente Luzith- La mujer lo miro desconcertada –Vamos Luzvelith, confía en mi.-

La mujer demonio accedió, y mirándole a los ojos le obligo a que fuera y lo besará… pero nada ocurrió. Y le miro extrañada, pero sonriente… se le acercó y le dio el beso que quería.

-Entonces esto…? – Empezó la frase y el humano la acabo –Te protege de la magia, busquemos una salida, creo que es hora de seguir nuestro camino-.
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Re: Noreth: Total War [Campaña]

Mensaje por Casandra Von Schuyler el Jue Ago 10, 2017 8:34 pm

Prólogo.
Ese día aun me atormenta, incluso aunque hayan pasado años de aquellos días. La oscuridad que desperté ese día sigue esperando. Solemne. Tranquila. Al acecho. No puedo dormir, no puedo comer, no puedo respirar sin notarla, como hormigas deslizándose en mi piel, obligándome a golpearla hasta que solo quedan pequeñas manchas del color de la mora en su superficie. Algunos días, la dejo de notar y solo me invade el silencio y el vacío, inertes en mi pecho, pero siempre regresa. La escucho susurrar, pronunciando mis pecados y faltas y como se vengará de mi, hasta que los golpes de mi frente contra la fría piedra y mis propios gritos los silencian.

Estoy cansada. Demasiado.

Pero no importa lo agotada que me siento, siempre regreso a esos días. A esos días en los que temía el sonido del inicio del dia. Esos días en los que las voces de mis padres, mi hermano y profesores recorrían la mansión. Esos días en los que el dolor, la desesperación y el terror se agolpaban en mi vientre, como si estuviera preñada de una abominación horrenda, que me devorase por dentro.

Esos días en los que lo decidí…

Decidi matarlos a todos.


Decidí salvarlos a todos.

Decidi olvidarlos a todos.
No tuve otra opción.


Ellos se lo merecían.

Era demasiado para mi.

Me rompían.


Me guardaban.


Me torturaban.
Los dioses saben que lo disfrute.

Los dioses saben que no paraba de llorar.

Los dioses saben que estaba vacía.

Y saben que iré a por ellos.

Buscando protección de nuevo.


Deseando no estar vacía.

Capítulo 1: La familia Hemingway.


Cada mañana me despertaba con la misma sensación, un escalofrío premonitorio, que me recorría desde los dedos hasta la nuca, como si un demonio acariciase mi piel con sus uñas, rasgándola y restregando sus uñas entre el exterior y el interior de mi piel. A esa sensación se le sumaba pronto las naúseas, en las que mi estómago hervía, sintiéndose lleno de bilis y escoria, hasta que me tenía que arrastrar de la cama, buscando en desesperación el urinal de debajo de la cama, con un traqueteo estridente. Me ponía sobre él y esperaba, boqueando y respirando en disgusto el aroma de mis residuos nocturnos, hasta que una oleada de saliva cayese en la taza o me recompusiese lo suficiente.

Tras eso solo me esperaba la rutina que me suponía el nombre y la identidad de Ophelia Hemingway. Me levantaría, llamaría al servicio y estos entrarían con calma, abriendo las cortinas, cegándome momentáneamente, y llevándome a la antesala de mi dormitorio. Allí cuidarían mi piel, tocándola suavemente hasta que la tensión y el dolor subsidiesen, y la cubrían con mi atuendo. Nunca me dejaban vestirme sola, incluso llegando al punto de que no existían espejos o nada parecido para reflejarme.  Algunas veces eran vestidos de fiesta, otras meramente uniformes mal elaborados o simples atuendos para pasar mis clases…Así habían sido mis mañanas desde que recuerdo. Sin embargo, recuerdo que, en esos días en los que empezó todo, siempre había algo de rosa en su superficie, como si quisieran dar color a mi paliducha y enfermiza piel con lazos y peines.

La mayoría de las veces desayunaba sola, ajena por el despertar familiar varias horas después, pero había días en los que desayunaba acompañada por mi familia. Algunas veces debido a que mi madre iba temprano a la capital a comprar atuendos y similares para la familia o que mi padre tuviese asuntos que tratar con los mozos de cuadra o del servicio. En esos días, la conversación variaba. Si mi madre estaba presente, elogiaba mi vestido, mis modales y apuntaba que debía de sonreír más, si era mi padre, entonces, me sumía en un respetuoso silencio, mientras él comía, escuchando como el mayordomo leía las cartas que habían llegado o sus actividades para el día.  Nunca desayune con mi hermano.

Cuando terminaba esa actividad, pasaba directamente a la siguiente. Las clases. Yo no iba a la escuela, como mi hermano, sin embargo, tenía clases con tutores privados, que mis padres traían de la capital y que se hospedaban durante meses en la mansión, hasta que se marchaban en plena noche. Los hombres empezaban de manera educada, aunque algo amistosa, pero iban evolucionando hasta volverse estrictos, perdiendo sus pensamientos cada cierto minuto, hasta que simplemente abandonaban las clases y luego la mansión. Las mujeres siempre habían durado más. De nuevo, empezaban cariñosas, para después ir endureciéndose, hasta que las clases se volvían un constante tormento.

En esos días, las clases me la impartía Lady Gürtween. Era una institutriz de la escuela de la Ciudad Esmeralda, ancha y siempre vestida en negro. Dura, Recia y que no había disimulado su disgusto hacia mi desde el inicio, mirándome con sus pequeños ojos, como dos brasas negras, como si quisiera hacerme desaparecer de la faz de la tierra. Me consideraba débil y una desgracia a la sangre nobiliaria que corría por mis venas. Nunca supe si realmente lo pensaba o simplemente era una fachada, en pos de que me esforzará en demostrar lo contrario.

Su clase era una habitación extremadamente espaciosa, sin decoraciones o mobiliario, más allá de una mesa y una silla, en la que ella se sentaba, mientras impartía. Cada vez que entraba me hacía la misma pregunta.

-¿Has practicado algo o sigue siendo igual de inútil que la última vez? -preguntaba, sentada en su silla, mientras me juzgaba fijamente, escribiendo, sin mirar, en su folio.

A partir de ese momento, tenía que demostrar que si, que había practicado.

Primero debía de contar la historia de mi familia, lentamente y sin ningún error. Alzada en medio de la habitación , colocaba mis pies en una perfecta V y posaba mis manos sobre mi falda, para empezar a citar de memoria.

-“La familia Hemingway proviene de una noble estirpe de luchadores, quienes, en tiempo de necesidad de la Ciudad Esmeralda, se alzaron para luchar contra los salvajes enemigos que amenazaban nuestras fronteras. Lucharon con valentía y expulsaron a los salvajes, por lo que se les otorgó el derecho de expandirse en los bosques, llanuras y montañas de las fronteras, convirtiéndose en sus territorios. Sus deberes de proteger a sus habitantes y a los señores de la Ciudad Divina eran muchos más que los derechos otorgados, pero aun así se mantuvieron firme y defendieron la ciudad en muchas ocasiones más…

El primer gran héroe de nuestra dinastía, Valerio El Fiero fue…”

A partir de ahí, debía de nombrar a cada gran miembro de mi familia, a los cuales se podía incluir toda la estirpe, y sus logros, a pesar del escozor de mis labios y piel al pronunciarlo. Mis ojos no se apartaban del suelo, esperando que no se notase la ansiedad y el miedo, el cual mostraba en mi mirada, ante la imposibilidad de hacerlo notar en mi voz, pues si lo hacía solamente me esperaba un castigo. Si se me notaba tartamudear, vacilar o incluso temblar levemente, Lady Gürtween tenía mano libre para corregirme de la manera más adecuada. Y su método era mediante el uso de un único hechizo, simple, pero tremendamente retorcido. Un conjuro de debilitamiento, el cual hacia que la piel se volviera más sensible y el cuerpo perdiese varias facultades. Cuando me afectaba, Lady Gürtween se levantaba y, con una regla de madera, acariciaba mi espalda, brazos y cuello, que en conjunto al hechizo hacía que mi cuerpo notase ese roce como un corte constante, que abria mi carne y lo exponía al frío de la habitación. Algunas veces resistía, otras meramente me perdía el conocimiento…y en las peores de la situaciones mi esfínter no resistía y descargaba orina y excrementos contra el suelo.

Cuando terminaba de narrar la historia de mi familia, me tocaba contar la historia de otras familias, a la elección de la profesora. Tras eso, empezaba la lección de magia, en la cual tenía una cierta seguridad.

Solamente tenía permitido practicarla en la clase y dentro de mi cuarto, pero era de los únicos entretenimientos, junto con la lectura, que me apasionaba. En mis manos podía notar, con cada hechizo la esencia de los elementos y la quintaesencia de la propia magia crepitar entre mis dedos, calmándome, hasta que estallaba, en una vorágine de susurros y luces, tomando su forma. Llamas, relámpagos o corrientes de aire recorrían la habitación con facilidad, moviéndose sobre el mármol y mi propio cuerpo.

-Ciertamente, eres una inútil, excepto en esto…y aun así eres meramente mediocre…-replicaba mi profesora, ante lo cual meramente me desdeñaba con un gesto. A partir de ahí, empezaba la clase.

Las asignaturas variaban desde lenguajes de otras tierras hasta matemáticas. Sin embargo, yo no tomaba notas. Simplemente me quedaba quieta, de pie, asimilando y contestando las preguntas de la profesora. Las horas se acumulaban en mis piernas, haciéndolas temblar y volviéndolas cada vez más insensibles, hasta que notaba como las venas de mis muslos y de mis tobillos se hinchaban y endurecían. Finalmente, con un gesto de descontento por no poder haber usado su método, me despedía   en esos días en los que lo hacía todo bien.

Con el sol ya en lo alto del cielo, era libre. Sin embargo, mis pasos siempre me llevaban directa a mi cuarto. No soportaba estar en las zonas comunes ni en los salones, pues los amigos de mi hermano o de mis padres, o incluso los sirvientes, podían verme. No me acordaba de dónde venía ese terror de ser vista, pero siempre me seguía, volcando mi cuerpo en tensión cada vez que caminaba por los pasillos de la mansión de los Hemingway, seguida también por un ronroneo metálico. Lo único que me calmaba era saber que la propia mansión estaba a millas de cualquier otro edificio, por lo que las ventanas y puertas siempre daban al bosque, en el que solo los animales y el ocasional monstruo habitaban.

Mi cuarto era una estancia extremadamente grande, con muebles diseñados para gente el doble de la estatura de una niña y tan barrocos que parecían pertenecer a una iglesia, aunque yo no tenía posibilidad de saberlo. A un lado de la sobrecogedora habitación había una estantería de madera blanca, malgastada con el tiempo, la cual era mi única fuente de disfrute. Su tamaño era extremadamente monstruoso, con volúmenes olvidados en sus estanterías, como mera decoración. Sin embargo, yo sabía cómo moverla. Si cogías el volumen de “¡Dragon! Una épica narrativa de las investigaciones del doctor Poopinski” a la vez que “La noche de los mil y cuentos para niños traviesos” un mecanismo se activaba. De esta manera, se abría un pequeño pasaje que me permitía entrar y salir de la biblioteca de la familia.

La biblioteca llevaba cerrada al menos cinco años, con varias cadenas, por orden de mi madre. Al parecer no era muy afín a las bibliotecas y afirmaba que “una joven y delicada señorita no se podía permitir tener la cabeza en los libros, que debía de estar ocupada aprendiendo cómo comportarse y mejorando sus perspectivas de futuro...” En otras palabras, me pedía que me centrase en modales, postura y mejorar mi aspecto físico…no importaba el cómo. Pero a mí me llamaban las letras…el conocimiento que contenían, el cual susurraba contra mi oído, como si fuese un amigo haciendo confidencias…y quizás lo fueran, mis únicos amigos en este mundo tan pequeño.

Pasaba las horas recorriendo el pequeño pasadizo, entrando y saliendo, cargando y descargando libros, los cuales leía en mi cuarto, estudiándolos. Hechizos, objetos mágicos, épicas aventuras, romances que acababan mal…Cualquier contenido era una excusa perfecta para dejar mi mente deambular, notando como mis sienes se llenaban de la deliciosa y algodona sensación de la fantasía y ver, como quien mira a través de la niebla, como las letras cobraban vida. Las tardes se deslizaban de esta manera, con delicia y placer hasta que alguien me interrumpía…

-Permiso…-gruño una mujer, atropellando la puerta, obligándola a que se abriese a su paso, de manera grosera y repentina. Era Gladys, mi asistenta personal. Era la encargada de dirigir al pequeño grupo de sirvientes, el más pequeño de la familia, que me asistía. Nunca salía de la mansión, como el resto de sirvientes que me cuidaban.

En su carrito había una serie de comidas y bebidas, preparados para satisfacer ligeramente el hambre que se despertaba en media mañana. Gladys colocaba todo encima de la mesa, sin molestarse a servir, con una extraña prisa, para después encaminarse en dirección a la puerta. Recuerdo que, cuando llegaba a la salida, siempre se giraba y me miraba. Nunca entendía el sentimiento que transmitía con sus ojos…¿Orgullo?¿Desgrado?¿Odio? Era más cálido que esos sentimientos, acompañados por un ceño desaprobador, pero que no sentía que fuese dirigido hacia mi. Finalmente, me abandonaba hasta que volvía para recoger los restos y la vajilla. De nuevo, me sumía en la lectura…hasta que empezaba a caer la noche.

Era el momento más solitario. Los sirvientes estaban haciendo la cena, mi madre estaría en su cuarto, mi padre en su despacho y mi hermano en su dormitorio, si no estaba con sus amigos en el jardín.  Sabía que nadie me podría interrumpir. Coloque los libros en un lugar seguro, para después mover los muebles, hasta que tenía un hueco amplio donde practicar. Entonces elevaba las manos y me dejaba llevar…Hechizos recién leídos en los libros eran convocados entre mis dedos y liberados al aire, para ser pronto cazados por sus contrarios, disipándolos. El aire se llenaba con el olor quemado a magia y el de sus diferentes elementos. El viento movía las telas y mis ropajes cuando lo convocaba, un recuerdo de un contacto humano que no tenía, y el fuego volaba a mi alrededor, en un abrazo desesperadamente deseado. Mientras tanto, los truenos iluminaban el cuarto y las maravillosas formas que convocaba con el agua… Era el mejor momento del día…

Cuando acababa, la noche ya había ganado el terreno al día y mi cuarto, antes iluminado por pura magia, era inundado por sus sombras. En silencio y en ese tenebroso ambiente, colocaba los muebles en su sitio y esperaba. Nada más terminar ese ejercicio autoimpuesto, el sonido de una campana me alertaba de una nueva compañía. Lentamente, la puerta se abría, revelando a Gladys, con una pequeña campaña en su mano.

-Es hora de cenar, su señoría…-replicaba, meramente, abriendo la puerta, dejando la luz entrar, esperando a que saliese.

El camino no era demasiado largo, pero durante nuestras marchas al comedor siempre notaba el silencio en extremis. El sonido de los zapatos al golpear el mármol, el roce de la tela de nuestros vestidos en movimiento, la mirada que la sirvienta dedicaba a mis espaldas y el suave crepitar de las llamas volvían duramente el silencio en algo material. Sin embargo, todo pasaba cuando llegábamos al comedor.

La cena era el único momento del día en el que me encontraba con mi familia. Todos ellos se sentaban en la mesa, conversando y discutiendo temas que les había pasado hoy, aunque se tendían a silenciar en cuanto me sentaba en la mesa.

Mi padre, Ernest Hemingway, era siempre el más solemne. Era un hombre de más de cuarenta años, acercándose peligrosamente a los cincuenta, que era la imagen de la solemnidad nobiliaria. Siempre vestía trajes negros o marrones oscuros, que aumentaban el color de sus blancos cabellos, tanto en los que recorrían su cabeza como los de su frondosa barba. Sus charlas eran calmadas y siempre por asuntos de trabajo. No por nada pasaría a la cronología de la familia como Ernest El Sabio, pues, durante su liderazgo, la familia había conseguido salir de un periodo decadente, causados por la desatención de mi abuelo, Louis El Terrible, dedicado más a sus luchas de poder internas y a mover el ejercito de un pueblo a otro en busca de traidores.

Ernest:

Mi hermano, Casius, era un misterio para mi. Había sido un niño delicado, pero se había ido transformando lentamente en un adolescente con fuerza e intelecto. El típico heredero de una familia noble, esperando su puesto entre los caballeros y luego generales de padre. Cuando éramos más jóvenes había sido mi única compañía en la mansión, mi único compañero de juegos. Sin embargo, eso cambio cuando marcho al colegio de la capital, dejándome en las sombras. Ya no hablaba conmigo, ni siquiera me miraba, prefiriendo estar con sus amigos o fuera de la mansión antes que pasar tiempo en mi mera presencia.

Casius:

Finalmente, mi madre, Rosaria Hemingway. Era la única que había nacido fuera de la familia, parte de una de las familias nobles que habitaban únicamente de la capital y, como tal, su corazón seguía en la ciudad esmeralda. Sus vestidos siempre vibraban según las últimas modas y siempre estaba de viaje de ida y vuelta de la capital. Sabía que odiaba vivir en la mansión, ajena al circuito de fiestas del resto de la nobleza, pero al menos era amable y cariñosa conmigo, la contraposición al resto de mi familia.

Rosaria:

Los tres estaban sentados, comiendo lentamente, mientras hablaban en tono cortés, con mi hermano en el centro de atención de su padre, quien le preguntaba por sus estudios. Nada más sentarme, mi susodicho hermano aparto la mirada y continuó la conversación, ejerciendo claro esfuerzo en no mirarme siquiera.

-¿Cómo han sido las clases hoy, querida? -pregunto, al fin, mi madre, mientras me observaba con una sonrisa de oreja a oreja, con pura satisfacción. Sus ojos brillaban con puro amor y cariño, casi en exceso, más allá de lo que una mirada maternal albergaba. Había algo oscuro en esa mirada, ahora que soy mayor lo puedo reconocer, una sombra extraña que plagaba sus interacciones conmigo y que, ni siquiera el día de hoy, puedo identificar.

-Han sido magnifica…-digo, aguantando el sucio sabor de esa mentira- Lady Gürtween siempre da grandes clases…-susurraba, resistiendo las ganas de soltarlo todo. Tenia experiencia. Si me quejaba, mi madre me regañaría con que no fuese una niña caprichosa y aguantase el tipo como debía, mientras que al día siguiente me esperaría la profesora con regla en mano por las críticas recibidas.

-Me alegro, querida, es lo mínimo que se puede esperar de una institutriz de la Ciudad Esmeralda…-dice, soltando una leve risa, mientras se lleva un pequeño trozo de comida a la boca. Mientras mi hermano y mi padre comían en grandes cantidades, mi madre dejaba más de la mitad de la comida en el plato, simplemente comiendo pequeñas cantidades para mantener el tipo. En su presencia, si yo comía con la misma cantidad que mi contraparte varón recibía una gran regañina, afirmando que mi modo de actuar era vulgar e innecesario en una noble.

Tras eso, mi madre abrió los ojos en un gesto de sorpresa- ¡Oh, querida, se me olvidaba! -decía, dando varios saltos en su propio asiento, en una extraña e infantil forma de éxtasis religioso.- ¡Pierre acabo tus vestidos! -susurró, mientras se llevaba las manos a las mejillas, en un gesto de frenesí, casi lamiéndose los labios- Son magníficos…esas telas, claramente esta al tanto de la última moda en la capital…con lo que le pagamos…-dijo, haciendo pequeña charla, probablemente a lo que estaba acostumbrada en la capital.

Yo, implemente, le sonreía y dejaba pasar su excitación, comiendo lo que podía mientras mi madre no miraba. Suspiraba con cada mordisco, fingiendo que estaba llena, pues no importaba como de metida estuviese mi madre en sus desilusiones, siempre vigilaba que mi comportamiento fuese digno.

-¡Así que después de comer pásate por mi cuarto para probártelos! -replico, con un movimiento de manos en el que las alijas de sus dedos brillaban con vanidad. De nuevo, solamente asentía, preparándome para volverme una muñeca en manos de mi madre.

De este modo, la cena pasó sin mayor contratiempo. Al parecer iba a ser uno de los días buenos, en los que nada pasaba. Lo único que quedaba para poder descansar era ese pase de modelos. Siendo la última en levantarme de la mesa, me dirigí directamente al cuarto de mi madre. Mi padre y ella llevaban años sin dormir en el mismo cuarto, por una discusión extremadamente gorda que tuvieron hace años, cuando yo aún era un infante. No me acuerdo demasiado bien, pero si recuerdo que, tras eso, no paraba de llorar.

Con tres toques educados, llamé a la puerta, recibiendo el “adelante” lejano de mi madre. Supuse que se estaría duchando o preparando en su antecámara, por lo que entré sin mediar más palabras. Fruncí la expresión, retirando mi sentido del olfato, nada más entrar. El aroma a perfume, velas olorosas y productos cosméticos era potente y te golpeaba en la cara como una doncella escandalizada. Sin embargo, mi cuerpo se veía a atraído por lo que había en el cuarto.

Telas, maquillajes, productos, joyas…incluso los muebles eran una profunda novedad, completamente diferentes al resto del mobiliario del lugar, probablemente traídos de la antigua residencia de mi madre. Sin embargo…lo que más me llamo la atención y lo que cambiaría mi vida para siempre fue el objeto más cotidiano.

Sin varitas mágicas.

Sin libros prohibidos.

Sin espadas divinas ni maldiciones de otros mundos.

Fue un simple espejo.

Llevaba años sin ver ninguno, siempre vestida y arreglada por otros, y su superficie me llamaba. Y, cuando me coloque delante de él, lo entendí.

Entendí a Ophelia Hemingway.

Entendí todo lo relacionado con ella.

Y fue el momento en el que empecé a ser yo.

El reflejo que me daba el espejo no podía ser más que el producto de una pesadilla. Pues, quizás por la practica o por mera actuación de un terror básico, me había estado mintiendo e ignorando la verdad…

Una joven, demasiado pálida y delgada, me devolvía la mirada, con desesperación en unos ojos huecos. Su cuerpo mostraba una clara gesta de abusos y debilidad, pero la monstruosidad era…la jaula. Como un adorno más, el metal la abrazaba. Dos enormes cabestrillos cubrían mis brazos, como el sueño húmedo de un sádico marionetista, impidiendo moverme más allá de unos meros gestos, dejándome libre solamente las manos. Pero, lo peor era cuando se alzaba por los hombros, como una moldura sobre estos, alzándose por mi cuello hasta llegar a mi cara, formando un casco. Pequeños trozos de metal retorcido conformaban una cúpula en la parte de atrás de mi cabeza, para después, como dedos finos, acercarse a mi rostro, terminando en pequeños agarres puntiagudos, que frenaban la circulación de la sangre, conformando un vitrolo de venas negras que descendía, como lágrimas, por mis mejillas. Estos se hundían en mi, tirando de mi carne en un rictu de alegría, una permanente sonrisa con pequeños hoyuelos.

La expresión de una autentica noble.

Fue entonces cuando la voz de mi madre, desde su dormitorio, partió mis reflexiones. Ya no tenía el tono cariñoso con el que inundaba antes mi mente. Era enfermizo, repulsivo y cruel. Era el tono dulce de una niña…que, sin preocuparse por el mundo, jugaba con su muñeca.

“Cariño, vamos a probarte un nuevo vestido…”
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Casandra Von Schuyler

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Re: Noreth: Total War [Campaña]

Mensaje por Lia Redbart el Lun Ago 14, 2017 2:38 pm

Después de un año navegando, simplemente matando y disfrutando con ello, Lia desembarcó, ya aburrida de eso. Decidió adentrarse en tierra, algo que nunca había hecho, y tenía ganas de descubrir qué era estar un buen tiempo en tierra firme. Viajó por Noreth, vio desde los glaciares hasta la Tierra Muerta, pasando por todos los bosques, todas las ciudades. Y pensó que, si en el mar la gente era ruin, en tierra las personas eran viles y taimadas. No conoció a nadie que ayudara simplemente por hacerlo, pero ella no era así. No iba a dar refugio a cualquiera que pasara, ni a darle su comida ni su dinero. De alguna forma, debían merecerlo. Y esa forma era ayudarla a ella en algo, aunque muy a menudo eran cosas excesivamente rebuscadas o complicadas.

Aunque no todo podía irle bien, y pronto corrió la voz de quién era ella y qué hacía con la gente, por lo que intentaron asesinarla. Se encontraba en una posada que había adquirido en los archipiélagos cuando ocho hombres bien armados irrumpieron en ella. Perezosa, se levantó al oír el ruido y los miró frente a frente. Sonrió.

—¿Ahora me envían asesinos? Como si no pudiera haceros frente…

Rió y unos cuantos demonios, unos diez, aparecieron a su lado. Lia sacó su cimitarra y una de las pistolas, y apuntó con el arma de fuego al líder de los asesinos. A la vez, otro de los demonios bloqueaba la puerta, impidiendo así que huyeran. No se oía nada, sólo las respiraciones agitadas de la gente. El miedo hacía que respiraran rápido, los niños (había pocos, pero había) se escondían bajo las mesas, entre las piernas de sus padres y madres. Los asesinos bajaron las armas, viéndose en inferioridad, pero uno de ellos aún quiso intentarlo e hizo un conjuro de fuego, que fue contrarestado por uno de los demonios. Lia lo apuntó directamente con la pistola, frunciendo el ceño.

—Dime una sola razón para que no te mate, y quizá te deje con vida —dijo fríamente. No le gustaba que hubieran ido ocho a por ella, aunque entendía que debían asegurarse—. Quizá podáis trabajar para mí… ¿verdad?

—No traicionamos a nuestros clientes —replicó el que parecía ser el líder. Lia hizo un sonido de decepción con la boca y los miró, encogiéndose de hombros y fingiendo tristeza.

—Vaya… pues entonces tendré que mataros —concluyó, con el tono apenado de una niña que debe deshacerse de un juguete viejo—. Si no trabajáis para mí entendéis que es un peligro teneros vivos, ¿verdad? —se movió a su alrededor y puso la punta de la cimitarra en la garganta del líder—. Y sería un desperdicio… con lo bien que trabajáis. Si habéis logrado llegar aquí sin que mis demonios os interceptaran… tenéis que ser buenos. ¿De verdad no queréis uniros a mí?

—Supongo que no tenemos más remedio —dijeron. Temían morir, y estaban dispuestos a lo que fuera para seguir vivos—. En este caso, sí.

—Vaya, al fin entendisteis —rió—. No os voy a pedir que matéis a vuestro cliente. Sólo… que le digáis una mentirijilla, que crea que habéis acabado conmigo —les guiñó el ojo—. Así podremos trabajar más tranquilos. Oh, cierto… —sacó una bolsa de monedas de oro y la mostró—. Cuando volváis tendréis esto. ¿Estamos de acuerdo?

Asintieron y salieron de la taberna. Regresaron en un rato, y le dijeron que ya le habían dicho esa mentira a su cliente. Para demostrarlo, regresaron con una bolsa llena de monedas de plata, y Lia les dio lo que había prometido. Les dijo que, si se quedaban a su lado, obtendrían recompensas altas por cada trabajo, lo que terminó de convencerlos. En pocos días, la pirata volvía a partir, esta vez acompañada por ocho asesinos profesionales que todavía garantizaban más la seguridad de la chica, por si los demonios eran vencidos de algún modo. Además, eliminaban con eficacia a posibles rivales, lo que le brindaba una confianza que no había tenido anteriormente.

No tenían muchos problemas a la hora de viajar, pocos osaban interceptarlos y, los pocos que lo hacían, acababan muertos, la mayoría a manos de los demonios que la acompañaban. Sin embargo, no estaban preparados para enfrentar a oponentes que usaran magia poderosa, y un buen día, por la mañana, se encontró con que habían sido paralizados. No muertos, no encerrados, simplemente paralizados. Los demonios y los asesinos, todos ellos. Tragó saliva y sacó tanto la cimitarra como una de las pistolas, y las enarboló, totalmente tensa, sin saber qué le venía encima. No había visto nunca eso, y se asustó por lo que podía pasarle frente a ese poder. Algo la rodeó, una especie de sombra que luego se materializó en un hombre.

Ese hombre era relativamente joven, o al menos lo parecía. Aunque luego se fijó en las grandes alas que ostentaba, y ya no supo a ciencia cierta qué edad tenía. Aparentaba alrededor de treinta, pero era consciente de que los diviums eran bastante más longevos que los humanos, por lo que podía ser bastante mayor que ella. Aún así, la sorprendía que se le hubiera acercado. Aún más, que no la hubiera paralizado también a ella, ni la hubiera matado. Frunció el ceño y apuntó con la pistola al hombre, que simplemente sonrió con suficiencia.

—Vaya, parece que no te gusta mi presencia, joven —dijo, burlón.

—Has paralizado a todos mis acompañantes, y no sé cómo has podido hacerlo. Parecen ilesos, sólo incapaces de moverse. ¿Acaso es magia?

—Entendiste rápido —el divium sonrió pérfidamente y señaló la tienda de Lia—. ¿Qué te parece si entramos?

Ella lo miró con desconfianza. No sabía qué hacer, ni si dejarlo entrar o no. Lo miró inquisitivamente, pero él seguía con su sonrisa truculenta, que no auguraba nada bueno, y decidió que si se negaba podía ser una amenaza mayor que si lo dejaba pasar. Pensó que podría intentar conseguir alguna información de él, pero antes debía saber qué quería. Entraron en la tienda de campaña y se sentaron en el suelo, y ella lo miró, esperando que tomara la iniciativa y hablara.

—Así que tú eres la sanguinaria Lia Redbart —dijo en un tono adulador—. Me pregunto por qué tanta masacre —la miró a los ojos. Él los tenía de un inquietante y poco común dorado, y Lia no le aguantó la mirada por mucho tiempo.

—¿Por qué? ¿Qué te importa a ti eso? Dime, ¿qué quieres de mí, divium? —no lo había dicho con un tono despectivo, sino como una forma de referirse a él. Sin embargo, el hechicero no lo tomó de ese modo y la miró con cara de pocos amigos.

—No vuelvas a llamarme de ese modo, jovencita —dijo en un susurro peligroso, a la vez que la agarraba por la ropa y una llama aparecía en su mano— si no quieres morir. ¿De acuerdo? —la soltó y la llama desapareció.

—Entonces —le dijo con dureza— dime una forma en la que pueda llamarte sin ofenderte. ¿Llamarte hechicero sería ofensivo para ti?

—Puedes llamarme Shuröen —respondió con suficiencia—. Shuröen el Grande.

El divium era un hombre influyente en Mirrizback, la ciudad principal de los montes Keyback, y la prosperidad de ese lugar había sido, en parte, obra suya, aunque sus métodos no eran siempre los más rectos, o incluso ni siquiera legales. Lia aún no lo sabía, pero si lo hubiera sabido entonces habría empezado pronto a maquinar la forma de que se le uniera o bien que alguno de sus subordinados lo hiciera y ocupara su cargo. Aún así, la intrigaba el apodo que había usado.

—¿El Grande? ¿Qué hiciste para obtener ese apodo? —preguntó inquisitivamente.

—Llevar una ciudad a su época más próspera.

—¿Ah, sí? —dijo con interés, y una sonrisa apareció en sus labios—. ¿Cómo?

—¿A qué viene tanto interés, joven?

—Me gustaría aprender de un gran hechicero como vos —dijo, figiendo admiración, buscando que bajara la guardia.

—¿De verdad lo dices, chica? Soy un maestro extremadamente exigente. Nadie ha aguantado mucho conmigo.

—Soy capaz de tener disciplina, si quiero. Eso no es un problema para mí… maestro.

El divium sonrió y se levantó, saliendo de la tienda. Lia también lo hizo, y vio que tanto los asesinos como algunos demonios que la acompañaban podían moverse de nuevo y estaban haciendo sus actividades usuales, como si nada hubiera pasado. Lo miró, disimulando asombro, para luego desviar los ojos y mirar al grupo que estaba trabajando en el campamento y en armas para si mismos.

—¡Nos vamos! Cambio de planes, iremos a Mirrizback. Intentad no llamar mucho la atención, no queremos problemas, ¿entendido?

Un asentimiento general recorrió el lugar y enseguida se pusieron a recoger las tiendas. Lia recogió la suya y se cargó el fardo a la espalda, y se dirigió hacia Mirrizback. Durante el viaje no tuvo demasiados problemas, excepto un par de escaramuzas rápidamente solucionadas con bandidos y, aunque fue un viaje más o menos largo, llegaron al lugar. Allí se hicieron también con un edificio grande donde podían residir sin ser molestados. Lia diariamente tomaba clases con el hechicero, que le exigía mucho y, sin embargo, no llegaba a tener demasiadas quejas sobre el ritmo de aprendizaje que mantenía la pirata.

Pasó cierto tiempo aprendiendo del hechicero y, a la vez, ganándose su confianza. Él ya le contaba pequeñas cosas que ocurrían en la ciudad, y Lia escuchaba atentamente. Cada noche estudiaba sobre cría de monstruos, y durante el día practicaba conjuros. Pronto pudo mantener a un pequeño monstruo, no demasiado poderoso, en vida.

Había pasado bastante tiempo. Lia ya podía criar monstruos y abrir portales, aunque estos últimos no duraban demasiado todavía. Suponía que era porque no llevaba mucho tiempo haciendo eso, y porque sus poderes eran más débiles que los de otras razas, pero ya años atrás había aprendido cómo compensar eso con ingenio. Sabía que físicamente era más débil que otras personas, y también mágicamente, pero su padre le había enseñado a convertir esas desventajas (como su pequeño tamaño) en ventajas de cara al combate (era muy escurridiza). Además, su nombre estaba asociado a adjetivos similares a “sangrienta” o “despiadada”. Eso la ayudaba a intimidar, la ayudaba mucho. También solía leer todo lo que caía en sus manos, su mente estaba ávida de conocimientos. Acumulaba tomos sobre muchas disciplinas distintas, como geografía, historia, botánica o magia profana, pero los leía tan rápido que pronto necesitaba más.

Llegó un día en el que, sonriente, se presentó en la casa del divium. Entró como si fuera su propia casa, ya que él le dejaba paso libre, a esas alturas, y lo buscó hasta que dio con él en su habitación. Al parecer terminaba de darse un baño, puesto que solamente se había puesto el pantalón. Se levantó y la miró con unos ojos tan serios como normalmente. Ella no se amilanó y le sostuvo la mirada, igual de seria. Entonces fue Shuröen quién se relajó y esbozó una pequeña sonrisa. Aunque no le dejó ver nada de eso, Lia lo interpretó como un pequeño triunfo sobre el divium.

—Bien, ¿qué quieres, Lia?

—Venía a por algunos tomos más.

—¿Ya? Lees muy rápido, ¿seguro que se te queda todo?

—Sí. Y recuerda que los humanos no somos tan longevos como los diviums. Debemos aprovechar mejor el tiempo.

—Es verdad, es verdad. ¿Y cómo quieres aprovechar el tiempo cuando termines de estudiar?

—Oh, no lo sé aún… ya veremos —ya se relajó y esbozó una pequeña sonrisa.

En ese momento llegó un mensajero con una carta para Shuröen, que la leyó enseguida, a toda prisa. Se fijó en el papel grueso, caro, con el que estaba escrita, y en el sello lacrado. Era de alguien importante, no cabía duda. O, al menos, de alguien con suficiente dinero para poder permitirse sellos de cera y papel bueno. Le dirigió una mirada inquisitiva, como si preguntara qué ponía en la carta, pero no dijo nada. Esperó a que terminara de leerla para hacerle un gesto interrogativo.

—Un amigo que tengo en Nanda… Nada de lo que deba ocuparme inmediatamente, tranquila. Bien, ¿cómo va tu aprendizaje? —se le acercó mucho, demasiado, y la miró directamente a los ojos—. ¿Qué sabes hacer ya?

—Va bien… Mis monstruos ya se mantienen vivos bastante tiempo, y puedo mantener un portal de horrores antiguos por unos pocos segundos. No sé si por el momento podré conseguir mantenerlo más tiempo.

—Así está bien, por ahora. ¿Has empezado con la necromancia?

—No todavía.

—Bueno, avanzas rápido… ¿Y por qué estudias todo esto? —entornó los ojos, y su voz se convirtió en un susurro.

—¿Por qué no debería? —respondió con el mismo tono de voz. Le sostuvo la mirada, seria, sin esbozar una simple sonrisa.

—¿Sabes que en teoría es saber prohibido? —se acercó aún más, y apoyó una mano en la pared.

—Sí —siguió sosteniéndole la mirada, desafiante—. ¿Crees que a estas alturas no lo habría descubierto yo solita?

Shuröen no hizo más que esbozar una media sonrisa y acercarse más, quedando los rostros de ambos a apenas unos centímetros. Ella apenas se inmutó, ya que eso, desde que tomaron un poco de confianza, era normal en el Divium. Solamente siguió mirándolo con esa expresión seria e incluso desafiante.

—Eres más lista que muchos humanos a los que he conocido. Supongo que sí, que lo hubieras descubierto. Pero… nunca se sabe, ¿verdad? —entonces terminó de acortar la distancia e hizo rozar los labios con los de ella. Enseguida dio un paso atrás, y Lia se quedó con las cejas alzadas.

—¿Algún día dejarás de jugar de ese modo? —preguntó ella, aunque no estaba molesta. Las primeras veces sí que la molestó que él hiciera eso, pero pronto se acostumbró.

—Ah, no lo sé, no lo sé. ¿Tú quieres que deje de jugar?

—Pues… la verdad es que sí —le guiñó el ojo y empezó ella a acercarse, haciendo que el hombre se viera con la espalda contra la pared—, porque ahora quiero jugar yo, ¿sabes?

—Oh, ¿de verdad? Vamos a ver cómo juegas…

Se acercó mucho, pegando su cuerpo al de él, sonriendo con picardía. Sus labios empezaron a rozarle el cuello, hasta su oído.

—Pero sería una pena que te dejara a medias, ¿verdad? —le susurró, poniendo una mano en su rostro.

Se apartó bruscamente, con una sonrisa en los labios. Shuröen alzó las cejas, sin embargo, Lia se limitó a sentarse en una silla que había en la habitación. Él pronto se movió, hacia la espalda de la pirata, y una mano le rodeó, posándose con suavidad, la garganta. La delicadeza del movimiento no hacía la situación menos peligrosa, por lo que ella se quedó totalmente inmóvil, tensa, esperando algún movimiento suyo.

—Pensaría que quieres matarme si no supiera que me necesitas.

—¿Que yo te necesito? —dijo, molesto, y sus dedos hicieron un poco de presión, sin cortarle el aire. Sin embargo, se notaba que ese comentario le había sentado mal—. Será más bien que me necesitas, ¿verdad? Porque sin mí... no habrías hecho nada como hechicera.

—Eso también —admitió Lia—. Pero dime quién te ha protegido en más de una ocasión. Sabes que necesitas que colabore, para estar a salvo de los mercenarios que a menudo te envían.

—Tienes razón —masculló, y retiró la mano. La miró de frente, rodeando su silla para situarse delante de ella.

—En ese caso —se levantó y lo miró con dureza— vas a hacer lo que yo te diga cuando te diga. Sé que no sabes pelear con armas, que físicamente eres débil. Si haces lo que te digo vas a tener protección. Si no, te dejaré a tu suerte —sonrió y enseguida cambió el tono a uno más amigable—. Por cierto, deberíamos hacerle una visita a tu amigo de Nanda, ¿verdad?

Shuröen la miró con cara de pocos amigos, pero se limitó a asentir. Cogió una bolsa y puso varias túnicas en ella, mientras Lia lo miraba distraída, con una sonrisa. Sabía que ese no era el método más sutil para lograr que alguien hiciera lo que ella quisiera, pero sí que era efectivo. Si no tenía a algunos demonios pululando por el lugar donde vivía el divium, con toda seguridad lo matarían una noche, mientras dormía.

—Nos marchamos hoy mismo. Coge algo si tienes que cogerlo y reúnete aquí conmigo. En media hora estaremos fuera, ¿entendido?

Ella simplemente asintió, pero le dirigió una mirada de advertencia. No le gustaba que le dieran órdenes, lo odiaba, aunque más de una vez se mordiera la lengua y se contuviera para no meterse en peleas que sabía que perdería. Y, aunque Shuröen tuviera un físico débil, era consciente de que su magia era poderosa, más que la de Lia, así que se limitó a hacer lo que él decía.

Una vez ella estuvo preparada, se pusieron en camino. Los asesinos solían acompañarla para garantizar su seguridad. No era por miedo a perder una pelea, cosa que sabía casi seguro que no pasaría, sino porque directamente no quería pelear, y un grupo de diez personas siempre intimidaba más que uno de dos.

Caminaron hasta el puerto más cercano, y allí cogieron un barco. Había oro de sobras para comprar uno, y fue uno pequeño, ya que en ese caso no querían llamar la atención. Se opuso totalmente a alquilar una tripulación, debido a la mala experiencia que había tenido, por lo que era Lia quién se encargaba de la mayor parte de tareas más bien técnicas que había en un barco.

Llegaron sin demasiado problema a Nanda, aunque el viaje fue tenso, y allí Shuroen se reunió con su amigo, que era consejero real. Lia tomó nota de ello, sabía que un hombre como él podría serle útil en algún momento si se ganaba su favor y lo hacía bien. Debía hacer una muy buena actuación, si podía ser sin recurrir a amenazas como la que hizo a Shuröen. Eso, si bien era efectivo, era un método muy burdo que prefería no usar, solamente en casos especiales, o si no había otra forma para lograr su objetivo.

Llegaron pronto al palacio real, y Lia se quedó en sus aposentos mientras ellos dos se reunían. Le había dejado claro al Divium que debía hablar bien de ella, para que el hombre estuviera dispuesto a colaborar, y así lo había hecho él. Demasiado bien, incluso, porque el consejero la saludó con el mismo respeto que a alguien del círculo íntimo del rey, así que Lia se limitó a sonreír e inclinarse. Ya casi lo tenía ganado, le faltaba la guinda, pero eso lo haría por la noche. Quería que él se sintiera en deuda con ella, así que se reitró para empezar a preparar su montaje, y se reunió con los asesinos. No sería esa noche, sino la siguiente, cuando lo haría.
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Lia Redbart

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