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El amor... ¿perdido? ¿O reencontrado? [Isla de Sade] (priv. Atlas y Axis)

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Re: El amor... ¿perdido? ¿O reencontrado? [Isla de Sade] (priv. Atlas y Axis)

Mensaje por Celeste Shaw el Lun Mayo 07, 2018 10:24 pm

Era difícil, bastante difícil, matar al escorpión. Lilith revoloteaba a su alrededor, y lo hacía cansarse, aunque ella también se estaba fatigando, así que estaban más o menos igualados. Se posó en el suelo, con la respiración agitada, y miró de reojo a Zelycan, que en ese momento estaba en el suelo. La muerte del cánido la había enfurecido, y concentró esa rabia en el escorpión volador, en el bicho que había matado a su amor de adolescencia, y al que quizá habría sido el amor de su vida si no fuera porque lo habían hecho prisionero. Y con amor de su vida no se refería solamente a si misma, sino también a Celeste, que había sido la primera en confiar en él y en enamorarse de ese hombre, entonces muchacho, que con una sonrisa en el rostro les había tendido la mano sin saber nada de ellas y sin saber de qué eran capaces, sin pedir nada a cambio, nada más que la misma confianza que él daba, algo que obtuvo desde el primer momento por parte de Celeste, y al cabo de un tiempo por parte de la misma Lilith.

—Lilith… ¿me oyes? —aquello la sorprendió mucho. Celeste no solía hablar cuando no tenía el control del cuerpo.

—Sí, niña, te oigo. ¿Qué quieres?

—El vientre. Atácalo al vientre. Es su parte blanda.


Lilith asintió con la cabeza, haciendo caso por una vez a la otra persona que habitaba aquel cuerpo, y empezó a volar otra vez. Voló hacia arriba, asegurándose de que el animal volaba tras ella, y se paró en el aire. Lo esquivó cuando quiso darle un aguijonazo, y con un picado se puso debajo de él. Le atravesó el vientre con la espada y voló para rajarlo totalmente, de un lado al otro. Se apartó para que no le cayera encima, y después de eso aterrizó, bajando la cabeza y mirando a Zelycan. Estaba muerto. Y no se podía hacer nada ya.

—Zelycan… al menos hemos matado al bicho que te ha hecho esto —susurró antes de ceder de nuevo el control del cuerpo. Celeste merecía darle un último adiós como ella había hecho.
[***]

Celeste recuperó el control de su cuerpo justo cuando el cuerno de guerra sonaba. Suspiró, y vio al escorpión muerto. Entonces sonrió suavemente, porque al fin el asesino (al menos el causante directo de la muerte) de su antiguo amor estaba muerto. Sin embargo, aquello no era todo. Con matar al escorpión no era, ni mucho menos, suficiente. Para nada. Tragó saliva, y se agachó justo al lado del cuerpo de Zelycan. Le acarició suavemente el rostro, y le dio un último beso, aunque ya estuviera muerto. Aún así… le pareció sentir cómo los labios del cánido se movían y exhalaban un último aliento, y aquello la hizo sonreír con felicidad por haber podido besarlo por última vez.

Después de eso miró hacia las gradas, y vio claramente al dueño de ese coliseo. Al dueño de los gladiadores. Al artífice de la muerte de su amor de juventud. Cerró los puños y se levantó, y se decidió a no dejarse vencer por aquello. No, él no merecía que Celeste se derrumbara: todo lo contrario. Merecía que ella se rehiciera y luchara por vengar su muerte, por matar al que la había provocado. O quizá no matarlo, pero sí asegurarse de que no volviera a hacer nada similar a lo que había estado haciendo durante años.

—Eh, ve para dentro, anda.

—Voy, Lilith… voy
—que Celeste no cuestionara sus órdenes era raro. Estaba más afectada de lo que quería dejar ver.

—Niña, sé que te ha dolido, pero arriba, ¿vale? No te dejes hundir, que tú eres más fuerte que esto. ¿Hace falta que te recuerde todas las crisis que has superado? Vamos… Mata a ese hombre y hazlo sufrir.

—Claro que lo haré, Lilith. Claro que lo haré.


Se levantó y se dirigió hacia el interior del coliseo. Bajó la cabeza y suspiró. La muerte de Zelycan la había afectado mucho, pero por una vez se secó las lágrimas y se dijo que no iba a llorar. Que no iba a dejarse llevar por la rabia y la tristeza, y que iba a echar mano de toda su entereza para salir de esa situación. Y que, sobre todo, mataría a ese hombre, al dueño del coliseo. O, al menos, impediría que siguiera destrozando familias y personas de ese modo.
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