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No tan pequeños problemas (solitaria)

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No tan pequeños problemas (solitaria)

Mensaje por Celeste Shaw el Lun Jun 19, 2017 12:10 pm

Las ventanas nunca eran un problema para Celeste, por altas que estuvieran. Con un aleteo se elevaba hasta ellas y entraba. Del mismo modo lo hizo esa vez. Voló hasta que pudo entrar por la ventana de esa habitación, y se posó en el suelo de madera con toda la suavidad que pudo, que no fue la suficiente, ya que sonó un ligero, pero perceptible, crujido provinente de la madera bajo sus pies. Eso bastó para despertar al ocupante de la habitación, que se incorporó y vio las cuchillas relucientes a causa de la suave luz de la luna blanca, y quiso soltar un chillido, pero la asesina fue más rápida y le tapó la boca. Luego, con un movimiento veloz, cogió su daga y le cortó el cuello. Esa persona que ahí dormía no emitió ningún ruido, ni volvería a emitirlo, más que el suave goteo de la sangre hacia el suelo, escurriéndose de las blancas sábanas de algodón cada vez más amaradas del preciado líquido.

Abrió la puerta, que soltó un suave chirrido, y el sonido la puso alerta. Estuvo unos minutos quieta, tensa, esperando que se oyeran pasos y la descubrieran, pero no fue así. Todo parecía estar en orden, en silencio, una casa ajena al peligro que ya alojaba en sus entrañas y del que todavía no era consciente. La divium caminaba con sigilo, inspeccionando los pasillos, sin llegar a ver nada fuera de lo normal en una vivienda dormida, con las respiraciones pausadas de sus habitantes y algún crujido ocasional causado por las ratas como únicos sonidos presentes en ese ambiente calmo.

Se asomó a una de las habitaciones que tenían la puerta abierta, y allí estaba su objetivo. Un hombre que se llamaba a si mismo hombre de negocios, o bien hombre mundano, pero que moviendo hilos había causado muchas muertes y mucho sufrimiento. Celeste sabía que no había entrado en la ventana correcta y, cuando lo matara, iría a ver quién era esa persona que casi la descubría. Entró sin causar ningún sonido más que el suave crujido del suelo bajo sus botas resistentes, y se situó al lado de la cama. El hombre dormía solo, ya que desde la muerte de su mujer no había nadie más en la misma cama que él. Ni un solo día. Se preguntó como una persona que causaba tanto mal podía amar de ese modo, ser totalmente fiel y estar toda la vida sintiendo amor por un mismo individuo, y un escalofrío la sobrevino. ¿No soy yo así?, se preguntó. ¿No mato y hago daño, y sin embargo amo a mi hijo por encima de mi vida? ¿No he cometido muchas malas acciones y sigo queriendo a Zelycan como el primer día? ¿Qué nos diferencia a ese hombre y a mí?

Sacó la espada y se dispuso a hendirla de una vez por todas en el corazón de ese hombre, cuando una fina voz sonó en la puerta. Era una voz infantil, de niña según podía percibir.

—¿Q-quién eres? —preguntó la niña, asustada—. ¿Qué haces aquí?

Celeste reaccionó enseguida y le atravesó el pecho a la niña, buscando que se callara justo después de pronunciar el primer sonido, una tenue consonante que él no habría oído, pero su respuesta fue demasiado tardía. Ella había dicho ya las dos preguntas y, si eso no había bastado para despertarlo, el borboteo de la sangre saliendo del pecho de su hija, de ella ahogándose con el líquido vital y el golpe sordo de un cuerpo muerto contra el suelo sí fueron suficientes para hacerlo. Un charco que, debido a la luz que había, se veía negruzco, se extendía inexorable por el suelo.

—¡No! —gritó el hombre— ¡Mi hija! —a la vez que hablaba, sacó una daga de debajo de su almohada y la empuñó, apuntando a Celeste. Se levantó casi al instante y encaró a la pelirroja, a la que sacaba al menos treinta centímetros y se vio obligada a dar un paso atrás y subir la cabeza para poder mirarlo al rostro con sus fríos ojos—. ¿Por qué lo has hecho? ¿Qué te hizo una pobre niña?

—Lo mismo que a ti el pobre hijo inválido de un leñador —respondió con frialdad. Sabía algunas de las fechorías más escabrosas de ese hombre, y no dudaría en mencionar todas y cada una de ellas si hacía falta para desarmarlo y derribar toda su entereza antes de matarlo—. Es decir… estar en el lugar inadecuado en el momento más inoportuno.

Él la encaró y alzó la daga, a lo que Celeste se limitó a soltar una risotada escalofriante, casi demoníaca, y lo atacó con la espada. Al contrario de lo que se pudiera pensar por su fornida constitución, el hombre evadió ese ataque con elegancia y buscó el costado de ella con su arma, mas no contaba con que ella llevara algún tipo de coraza. Ésta sonrió y lo agarró por un brazo, precisamente el de la daga, se impulsó con él para saltar y girar, y las cuchillas en sus alas le desgarraron irremediablemente la tráquea. Se lo oyó soltar ruidos ahogados en sus últimos momentos de vida, y cayó inerte y pesado al suelo. Una vez hubo terminado, la chica se dirigió a la habitación por la que había entrado y vio al niño que se había despertado con el crujido del suelo. Era un niño muy pálido, casi albino, que había caído de la cama y había quedado en una posición grotesca, con los brazos doblados en ángulos extraños. Pero lo que más la impactó fue que al niño le faltaban las piernas, no sabía por qué, ni tenía intención de investigarlo. Se quedó mirándolo unos minutos y, al rato, emprendió el vuelo y regresó.

Se lavó y se metió en la cama, y se durmió.

Celeste estaba en una silla, con los brazos atados tras el respaldo y las piernas a las patas. Una figura alta y encapuchada paseaba, y sus pasos lentos, pausados, cada uno con un fuerte golpe sobre un suelo de madera, daba un toque ominoso a la escena. La divium no podía hacer más que mirar hacia delante, ya que el respaldo subía hasta más arriba de su cabeza y una tira de cuero le ceñía la frente. Esa figura se paró frente a una cama más pequeña que la de ella, donde estaba un niño pelirrojo al que conocía muy bien, y lo tomó en brazos. Ella no podía hacer más que gritar e intentar forcejear, pero hiriéndose muñecas y tobillos a cada movimiento.

El dolor que le causaban sus ataduras no era nada comparado con el emocional. Las lágrimas se desprendían de sus ojos y su garganta profería un aullido agudo, desesperado. La rabia, la impotencia y la culpa se mezclaban en una amalgama que oprimía su garganta, haciéndola incapaz de emitir más que ese grito, y nublaba su mente, provocando que sólo buscara liberarse mediante la fuerza bruta. Sin embargo, todo fue inútil. La figura sacó una reluciente daga y la miró con una sonrisa despiadada a la vez que atravesaba el corazón del niño con ella. Celeste gritó, impotente, rabiosa y arrepentida, sabiendo que había estado en su mano evitar eso y, sin embargo, había dejado que ocurriera. Y, cuando ese sonido inundaba la mazmorra, abrió los ojos, sudorosa. La respiración pausada del niño sonaba a su lado, en una cama junto a la de ella. El corazón le latía desesperadamente y podía sentirlo en las sienes, la sangre recorriendo cada vena y arteria de su cuerpo y el aire entrando y saliendo rápidamente. Las lágrimas empañaban sus ojos y la felicidad de que aquella escena hubiera sido una pesadilla atenazaba su garganta y no dejaba que las palabras salieran de ella.

—Adrien… te quiero —murmuró, sabiendo que, dormido, él difícilmente la oiría. Volvió a tumbarse y a cerrar los ojos, y no tardó en volver a caer en un sueño profundo, poblado de los sentimientos que su corazón escondía.

—Ya… seguro —antes de que se durmiera, sonó una voz en su cabeza a la que no prestó atención.
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Re: No tan pequeños problemas (solitaria)

Mensaje por Celeste Shaw el Lun Jun 19, 2017 12:16 pm

Se levantó sudorosa y temblorosa, con la mente aún sobrecogida por las brutales escenas que había visto en sus sueños. Todavía tenía muy presente el niño sin piernas, ese al que había matado en el último encargo, y a la niña baja y pálida, también hija de ese hombre que era su objetivo y que había hecho mucho daño a familias enteras. Y se preguntó por qué los había matado, si en realidad no había tenido necesidad de ello. Había acabado con los restos de la que en tiempos pasados fue una familia feliz, con un hombre, una mujer y sus hijos, y lo había hecho sin que le temblara la mano. De nuevo, una duda afloraba a su mente: ¿era ella distinta de ese hombre? ¿No había arrancado niños de los brazos de sus madres? ¿No había matado a hombres y mujeres sin distinción? ¿Qué la diferenciaba de él?

Resolvió que él había hecho ese daño porque le iba bien, porque era beneficioso para sus intereses, y que ella, en cambio, lo había hecho atendiendo a intereses ajenos. Pero se dio cuenta, más tarde, de que bajo actuar atendiendo a intereses ajenos, estaba el suyo propio: conseguir dinero para mantenerse bien y poder dormir en lugares no muy malos, y poder comer comida buena. Suspiró y se vistió, y bajó al comedor a tomar su desayuno. Se la notaba pensativa, con la mirada perdida y un aire más abatido que de costumbre. Aún así, no se le acercaban. Cuando estaba de ese modo era mejor dejarla a su aire, porque solía responder mal a cualquiera que le preguntara qué ocurría.

Terminó de comer y salió. Se perdió en los montes y allí entrenó durante horas, buscando cansarse y que ese cansancio físico borrara todos los pensamientos de su mente, pero eso no ocurrió, o no del todo al menos. A pesar de que ya no pasaban ideas concretas por su mente, seguía sintiéndose mal y, después de lavarse un poco con el agua de un riachuelo, volvió a la posada. Subió directamente a su habitación, donde estaba Adrien esperándola, y se abrazaron.

—Mamá… ¿ocurre algo?

—No, Adrien. No es nada, tranquilo —él la había notado intranquila. Con solamente siete años se daba cuenta de cuando su madre no estaba bien, ya fuera porque lo abrazara más fuerte de lo normal o porque estuviera más tiempo que de costumbre—. Tú no te preocupes, ¿vale? Estoy bien.

—No lo estás —dijo una voz femenina grave, que Celeste no sabía de donde provenía—. Estás rota y lo sabes, y terminarás rompiendo a tu hijo si sigues así.

No dijo nada sobre esa voz que oía, porque entonces sí que su hijo se habría preocupado más. Solamente se levantó y sonrió, y le guiñó un ojo al niño. Lo cogió en brazos, aunque ya pesaba un poco para ella, y salieron fuera, al bosque, para dar un paseo. No le gustaba que Adrien estuviera demasiado tiempo seguido dentro, por lo que prácticamente cada día lo instaba a ir a jugar con otros niños del pueblo o bien iba con él a dar una vuelta, casi siempre llevando un balón.

—No creas que por salir de la habitación vas a huir de mí, Celeste. No puedes escapar, estaré siempre a tu lado. Recordándote que, por tu culpa, este niño está condenado.

Celeste simplemente sonrió y palmeó a Adrien en el hombro, diciéndole que fuera a jugar, sin alejarse mucho. Ella se sentó en el suelo y se apoyó en el tronco de un árbol. Respiró hondo. No sabía qué hacer para deshacerse de esa voz que oía en su mente, ni qué pretendía. Se preguntó por qué la oía, por qué aparecía justo en ese momento, y se dio cuenta de que había dejado de ver a esas chicas que veía durante el embarazo. ¿Sería un sustituto? Pero uno mucho más cruel.

—No puedes ignorarme… y lo sabes, niña. Voy a estar aquí, soy el que causa tus pesadillas.

—¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto a mí?

—Soy tú. Llámame como quieras, pero no dejaré que te olvides de todas las malas acciones que has cometido. De ese niño sin piernas, de la niña bajita y pálida que había en esa casa. La que te recordará que no eres distinta al hombre que mataste.

—Cállate. ¡Hazlo! No hables más.

—¿Me amenazas, niñata? ¿Me das órdenes? Eres tú la que debería obedecerme… más que nada, porque puedo hacer de tu vida un infierno. Así que ahora vas a estar calladita, ¿entendido? ¿O quieres que vuelvan a apuñalar a Adrien? —dijo, con sorna, esa voz.

En ese momento, Celeste se levantó y llamó a Adrien. Su voz sonó algo quebrada por lo mal que se sentía, sobre todo mientras oía esa voz en su mente. Entró a la posada cogiendo la mano a Adrien, pero con expresión ausente, casi reflexiva. Se sentaron en una de las mesas más apartadas y cenaron. Ella no comió demasiado, no solía hacerlo, y se quedó abajo por la noche mientras el niño dormía plácidamente en la habitación. No quiso subir, en lugar de eso, se sentó en un extremo de la barra, con la cabeza gacha y el pelo tapándole el rostro, bebiendo un vaso de alcohol tras otro. Cuando iba por su cuarto vaso de whisky, una risotada, más fuerte que todas las veces que había oído esa voz, la estremeció.

—¿Crees que el alcohol me acallará? Oh, no, estás muy equivocada. Al contrario, aún me hará más fuerte.

—¿A qué te refieres?

—Oh, ya lo verás, ya lo verás —sonó otra risa en su cabeza, y lo último que Celeste recordó de aquella noche fue eso.

[***]

Cuando al final pudo tomar el control, Lilith soltó una carcajada. Se sentía despejada, podía percibirlo todo con absoluta claridad, al contrario de lo que haría Celeste, dada su borrachera. Se levantó y lanzó una moneda tras la barra para pagar el vodka, y salió de la taberna. Miró a un lado y a otro, algo desorientada. No sabía dónde estaba, qué hacían allí. Por mucho que quisiera reconocer el sitio, era consciente de que, en la cabeza de Celeste, no veía ni escuchaba más que la voz de ella, que se le hacía irritante, aguda y chillona.

Curvó los labios en una sonrisa pérfida, truculenta, y empezó a caminar, esperando encontrar a alguien, no sabía a quién. Sólo quería desahogarse, salir de una vez, ya que aún no había visto nada con sus propios ojos, ni hecho acciones con sus manos. Buscaba libertad, y la tenía. No oía la incordiosa voz de su host, lo que la alegraba mucho.

Al encontrar a un niño, que se había perdido, apretó los puños y cogió la daga. Él aún no la había visto, no había reparado en ella, que simplemente le atravesó el torso con el arma. Rió de forma desquiciada al sentir la sangre en sus manos.


[***]

Celeste se vio frente al cuerpo de un niño pequeño, con una daga ensangrentada en las manos y el preciado líquido cubriéndolas. Desorientada, miró a su alrededor. No sabía qué había pasado, por qué estaba de esa manera. Miró al niño muerto a sus pies y de nuevo el arma en sus manos, y salió corriendo. Se fue al riachuelo y empezó a lavarse, buscando borrar todo rastro de sangre, y se sentó en una roca cercana a la orilla. Hundió el rostro en sus manos y se echó a llorar. No entendía cómo había pasado aquello, por qué lo había matado. Y lo que la tenía más desconcertada era que no recordaba haber causado esa muerte.
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Re: No tan pequeños problemas (solitaria)

Mensaje por Celeste Shaw el Lun Jun 19, 2017 1:45 pm

No sabía cuánto tiempo estuvo allí, simplemente llorando. Pero cuando se levantó ya no tenía más lágrimas y los sollozos no surgían de su pecho, por lo que, con las mejillas húmedas y los ojos enrojecidos, se fue hasta la taberna otra vez. Entró y vio que ya no quedaba nadie, excepto dos hombres tirados por el suelo, uno sobre un charco de vómito provocado por el exceso de alcohol. Apenas los miró y subió rápidamente.

Adrien despertó cuando Celeste entró, aunque lo hizo con el máximo de silencio posible. La miró y se levantó de la cama, y le dio un abrazo. Entonces notó el olor levemente agrio y metálico de la ropa de Celeste, y se dio cuenta de que era el mismo que cuando volvía de un encargo, aunque mezclado con otro que todavía no sabía identificar. Sin embargo, ella se lavaba rápido en esas ocasiones, y entonces no parecía haberlo hecho.

—Mamá… hueles raro. Igual que cuando vuelves de trabajar. ¿Has ido sin decirme nada? —preguntó el niño, entre triste y enfadado.

—N-no… no fui a trabajar —recordó la visión de ese niño, y se preguntó qué había pasado.

—Vamos, sigue manteniéndole en su nube, así lo haces genial —dijo burlonamente Lilith.

—Cállate. No hablaba contigo.

—Ya... Qué tierna, una asesina criando a un niño.

—Entonces, ¿adónde fuiste, mamá? —la miró con los ojos muy abiertos, preocupado— ¿Dónde estuviste toda la noche?

—Yo… —no lo recordaba, ¿qué podía decirle a Adrien?—. Tuve que ir a separar a dos que se estaban peleando.

—¿Te han hecho daño? —la abrazó fuerte.

—No. Y ahora a dormir, ¿sí?

Adrien asintió y se metió de nuevo en su cama. Celeste, tras quitarse la ropa, también se metió bajo las sábanas y se durmió enseguida. Volvió a ser una noche plagada de pesadillas y malos sueños, y en apenas cuatro horas de oscuridad que quedaban despertó tres veces. A él lo dejó dormir, pero en cuanto empezaba a clarear se levantó y fue abajo a tomar un pequeño desayuno. Lucía pálida y ojerosa, y comió abundantemente. Le dolía la cabeza, tras lo ocurrido la noche anterior, más que nada por la resaca, pero aún estaba confundida por el vacío que había en su memoria.

Después de desayunar y dar un paseo, durante el que sumergió la cabeza en el riachuelo helado, buscando despejarse de ese modo, volvió a subir a la habitación, donde Adrien todavía dormía plácidamente. Se sentó en la cama de él y lo miró, sonriente. Le acarició con suavidad una pierna y suspiró. Eso fue suficiente para despertarlo.

—Mmmh… dormir…

—Adrien, es tarde ya. Hoy te he dejado dormir más. Levanta, anda.

Bostezó y se giró de espaldas a ella, con la intención de seguir durmiendo, pero un ataque de cosquillas no dejó que lo hiciera. Se rió a carcajadas y le agarró las muñecas a su madre, que se apartó, con las cejas alzadas, mirándolo inquisitivamente. Entonces Adrien se levantó y vistió, y desayunó mientras ella comía algo para aguantar el resto de la mañana. No hablaron.

—Sí, ahora juega a la madre perfecta. Estás rota, niña, y tu hijo lo estará también.

Celeste no respondió, se limitó a mirar a Adrien y acariciarle el pelo rizado. Cuando él terminó, fueron de nuevo al bosque. Ese día hacía calor, por lo que jugaron en el riachuelo. En cierto momento, ella se quedó sentada en una roca, la misma en la que había llorado la noche anterior, y él había encontrado algo que le hizo fruncir el ceño y dirigirse hacia su madre, inquieto.

—Mamá… hay gotas de sangre aquí… ¿Qué es?

—Será de algún animal al que hayan cazado —respondió con toda la naturalidad que pudo. La imagen de si misma con las manos y la daga ensangrentadas y el cuerpo de ese niño a sus pies volvió a cruzar su mente, y un escalofrío la sacudió—. No te preocupes por ello, ¿vale?

—Vale.

—Un animal… ya.

[***]

Adrien sabía demasiado. Había visto la sangre, ¿qué aseguraba que no seguiría las gotas hasta dar con el cuerpo del niño? Lilith lo veía una amenaza, por lo que debía eliminarlo antes de que fuera demasiado tarde. Se fue volando a la taberna, que no quedaba lejos, y se puso la capa y la capucha. Volvió. Adrien no se había dado cuenta de que se había ido a poner la capa y seguía agachado en la orilla del río, intentando cazar pececillos y renacuajos con las manos.

Se acercó con sigilo y lo empujó para sumergirle la cabeza en el agua. Su rostro se vio alterado por una mueca feroz, triunfal, cuando no encontró ninguna resistencia al principio. Y luego, cuando intentó patalear, era demasiado tarde.

Sin embargo, tras cerca de un minuto de ese modo, algo la golpeó en la cabeza. Era una piedra de tamaño considerable, lanzada con una fuerza que hizo que el impacto la dejara inconsciente. Se quedó tendida boca abajo, mientras alguien se llevaba a Adrien y lo ponía a buen recaudo.


[***]

Cuando despertó, sintió el cabello pegajoso. No sabía por qué estaba tendida en el bosque ni qué hacía con la capa, que se quitó, puesta en una época de calor. Miró a su alrededor y abrió los ojos, asustada, al no encontrar a su hijo en el lugar.

—¡Adrien! —lo llamó, angustiada—. ¡Vuelve! ¡Si me estás haciendo una broma, no tiene gracia!

Pero el niño no apareció hasta un buen rato después, cuando ella ya estaba absolutamente desesperada y regueros de lágrimas caían por sus mejillas. Lo acompañaba un joven de unos quince años, alto y desgarbado, con la franqueza pintada en la mirada y en las pecas que salpicaban su rostro.

—¿Te lo has llevado tú? —le preguntó.

—Sí. ¿Eres su hermana? —respondió él, calculando mal la edad de Celeste.

—No. Soy su madre. ¿Se puede venir ya conmigo o qué? —replicó, cortante e impaciente.

—¿Dónde estabas? Había alguien ahogándolo, ¿por qué no hiciste nada?

—¿A-ahogándolo? Yo… —se quedó callada. ¿Dónde demonios había estado? ¿Qué hacía, por qué no había salvado a su hijo?— no lo sé.

Le cogió la mano y se lo llevó a la taberna enseguida, dejando a ese chico con la palabra en la boca, sorprendido por lo súbito de su marcha, y subieron a la habitación. Celeste se sentó en la cama y lo abrazó con fuerza, y empezó a sollozar. No sabía por qué había episodios que no recordaba, espacios de tiempo en los que su memoria parecía estar en blanco. Lloró, y esa vez fue Adrien quién le acariciaba el pelo a ella para consolarla, como su madre siempre hacía cuando él tenía una pesadilla y despertaba llorando.
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Re: No tan pequeños problemas (solitaria)

Mensaje por Celeste Shaw Hoy a las 8:28 am

Celeste no entendía absolutamente nada. No sabía qué ocurría con esa voz en su mente, ni por qué tenía lagunas en la memoria. Esas eran frecuentes, había al menos un par de horas diarias de las que no se acordaba en absoluto, como si ella misma no hubiera sido dueña de su cuerpo. Se sentía mal, muy mal, pero a la vez las lagunas eran espacios en los que esa angustia se iba.

Había dejado a Adrien en la plaza principal de la ciudad, jugando con algunos otros niños, y ella se había ido al claro por el que pasaba un riachuelo. Ese en el que Lilith había intentado matar al niño. Suspiró y bajó la cabeza, y entonces cerró los ojos, recordando los momentos felices que había tenido.

—Oh, vamos, deja de hacer esa puta cursilada. Sabes que los recuerdos no te sirven para nada. Sólo para acordarte de los cabrones que te han hecho daño —la interrumpió Lilith, y ella suspiró, fastidiada.

—¿No vas a dejarme en paz? Estoy harta de ti. ¡Molesta a otro! O esfúmate, haz lo que quieras.

—Como si me pudieras echar…


Suspiró y recorrió el lugar con la mirada. Era un claro bonito. El arroyo pasaba por un lado, y las rocas estaban esparcidas. Las hojas de los árboles teñían la luz solar de color verde, y el lugar tenía un aura relajante que hacía que las emociones dentro de Celeste se calmaran, y que hasta la voz de Lilith sonara más tenue, como si por el hecho de que la pelirroja estuviera en ese sitio no tuviera tanto poder sobre su mente.

Unos pasos y una voz cerca de ella la sobresaltaron. Era el chico del día anterior. Lo miró de hito en hito, inspeccionándolo con la mirada. Una sonrisa franca adornaba el rostro de él, y las pecas estaban distribuidas graciosamente sobre su nariz y sus mejillas, salpicándolas. Ella se hizo a un lado y le indicó que, si quería, se sentara.

—Ehm… no sé si me reconoces, soy el chico de ayer… ya sabes, el que vio cómo…

—Sí, ya lo sé —lo interrumpió bruscamente ella—. ¿Qué quieres? —preguntó, suavizando el tono.

—Bueno… ayer te fuiste muy rápido, no me dio tiempo a saber nada. Y… no sé, es raro que alguien se vaya de ese modo. ¿Por qué no pudiste hacer nada mientras lo ahogaban?

—Mira, no quiero hablar de eso, ¿vale? —lo miró amenazadoramente—. O cambiamos de tema… o te vas. ¿Queda claro?

—Vale, está bien. ¿Cómo te llamas? ¿Llevas mucho por aquí? Yo soy Isaac, vivo en una granja cercana a la ciudad.

—Celeste. Llevo más o menos seis años en la ciudad, en la taberna de Jhon, aunque a veces he estado tiempo fuera.

Isaac y Celeste se mantuvieron hablando durante un par de horas. En ese tiempo se contaron muchas y muy distintas cosas, a pesar de la desconfianza inicial de la mercenaria, y quedaron con volver a encontrarse al día siguiente. A ella le había aparecido en el rostro una sonrisa como hacía tiempo que no tenía, pero conforme regresaba a la taberna ésta se borraba de sus labios.

—¿Pensabas que hablando con alguien podrías acallarme? Ilusa.

Simplemente la ignoró, y pasó por la plaza para recoger a Adrien, que estaba cansado ya de jugar y se encontraba sentado en uno de los bancos. Se levantó y corrió hacia su madre, y se abrazaron estrechamente.

—¡Has estado mucho rato fuera, mamá! ¿Adónde has ido?

—A dar una vuelta por la montaña que hay aquí cerca. Creo que se me ha ido el tiempo, ¿no?

—Un poquito… los niños ya casi se iban, se han quedado para no dejarme allí solo —bajó la cabeza y suspiró—. Dicen que la noche es peligrosa y que mataron a uno de sus amigos.

Ante esa afirmación, Celeste se quedó en blanco, sin poder decir nada. Recordaba que se había encontrado con las manos llenas de sangre, su daga completamente roja y el cuerpo del niño a sus pies. ¿Qué había pasado? ¿Había sido ella? ¿Lo había matado? Sintió que temblaba un poco, y empalideció.

—Mamá, ¿qué pasa? —le preguntó él, preocupado.

—Nada, déjalo. Tú tranquilo, ¿sí?

—Tranquilo… como si no fuera a acabar descubriéndolo. Eres estúpida creyendo que le podrás esconder algo así, niñata.

—Vale, mamá. Tengo hambre.

—Ahora cenamos, ¿vale?

Adrien asintió con la cabeza. Cenaron los dos, y ella seguía absorta en sus pensamientos, preguntándose por qué le ocurría eso, por qué no podía ser una persona como cualquier otra. Suspiró y, cuando se terminaron la comida, subieron a la habitación. Ambos se durmieron enseguida al tocar el colchón.

Celeste se veía a través de sus propios ojos, pero sabía que no era ella la que controlaba su cuerpo. Adrien seguía en su cama, dormido, y se vio a si misma coger una daga ceremonial. Luego, con un brazo lo sostuvo. Las emociones de la mujer estaban confusas con las del ente que controlaba su cuerpo, y ya no sabía qué sentía ella y qué pertenecía a la presencia que la dominaba.

El arma se elevó y el sonido de la carne rasgada inundó el lugar. Y, al oír el golpe sordo del cuerpo contra el suelo, Celeste despertó con un grito contenido en la garganta y lágrimas en los ojos. No entendía qué pasaba, por qué soñaba esas cosas y su mente estaba llena de lagunas. No le había pasado nunca, y estaba asustada.

Eh, ¿qué pasa? ¿No puedes soportar ver a tu hijo muerto? Eres débil, y lo sabes. Siempre has sucumbido ante los sentimientos y yo te he sacado las castañas del fuego. Y ahora no va a ser distinto. Vas a terminar haciendo lo que yo te diga.

—No. No te voy a obedecer ni voy a matar a Adrien. Ni a nadie importante para mí. Eres… cruel. Demasiado.

—Habla la que mató a dos niños… sólo por verte en esa casa. Sabes que puedes hacer lo mismo que yo, ser igual de fuerte.

—P-pero no quiero hacerles daño. Ya basta.


En ese punto, Celeste volvió a dormirse, y tuvo otra pesadilla. En todas terminaba pasando lo mismo, aunque por distintas razones, y la mujer no se veía capaz de estar soportándolo mucho tiempo más. Cada día sabía menos sobre lo que le pasaba, pero tenía más miedo de hacer algo a Adrien o a Isaac y no acordarse de ello luego.

Cuando el niño despertó, fueron a desayunar. Celeste no había dormido muy bien, pero ya se resignaba a ello. En cambio, Adrien era la primera vez que se desvelaba varias veces por la noche, y estaba cayéndose de sueño. Ella notó eso, y le preguntó si queria dormir más, pero él negó con la cabeza y tomó su desayuno, aunque con los grandes ojos azules cerrándosele.

Fueron de nuevo al claro del arroyo, que esa vez no estaba vacío. Ya estaba allí Isaac, sentado en la roca, que los saludó agitando la mano y les hizo sitio en la roca. Ella tomó asiento, y el niño se tumbó con la cabeza sobre el regazo de su madre, que le acariciaba distraídamente el pelo. No tardó en dormirse, e Isaac lo vio.

—Vaya, qué monada de niño. ¿Cómo se llamaba?

—Adrien.

—¡Os parecéis mucho!

—Me alegra que lo pienses. ¿Tú tienes hermanos?

—No, no tengo hermanos —su sonrisa franca se ensanchó—. Pero sí que tengo muchos primos que viven en la granja conmigo, seguro que te caen bien si vienes algún día.

—Ehm… No suele gustarme conocer a mucha gente de golpe. No te molestes, pero creo que, por ahora, será mejor que quedemos solos.

—Oh, está bien, tranquila. No lo decía para que vinieras ya mismo.

Sonrieron y se quedaron en silencio, sin saber bien qué decir. Celeste desvió la mirada hacia Adrien y le acarició suavemente el cabello. Ella suspiró. Sabía que, por bien que le cayera el chico, no podía confiarse. No sabía nada de él y, además, no podía confiar en no llegar a hacerle daño, como varias veces le había pasado: terminaba dañando a sus seres queridos.

—No me digas que ahora harás amigos… Cuando no los has hecho en toda tu solitaria vida.

—Basta. Hago lo que me parece, ¿vale? No tienes por qué meterte con cada cosa que hago, ya bastante tengo con mis problemas.

—Me temo que no has entendido quién manda aquí, niña.


[***]

Un cambio empezaba a notarse en ella. Su mirada se volvió fría como el hielo, su rostro se contrajo en una mueca seria y sus ojos se clavaron como puñales en los de Isaac, que retrocedió poco a poco. Se levantó sin pensar en el niño que dormía con la cabeza apoyada en su regazo, y él por poco no cayó. Despertó y logró apoyar las manos para no golpearse. Al verlo, Lilith solamente rió. Sin embargo, no era una risa franca. Era una risotada seca, una carcajada espeluznante que puso la piel de gallina a Adrien y a Isaac. Ambos se miraron y se alejaron del lugar, y el chiquillo se puso a llorar. No entendía qué pasaba.

Esbozó una sonrisa de satisfacción y se fue en dirección contraria. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y ella sabía muy bien qué significaba eso: necesitaba matar a alguien, a quién fuera. Tenía sed de sangre, y en la ciudad podría hacer de las suyas. No había demasiado control, demasiados soldados, por lo que seguramente podría estar a sus anchas. Y eso le gustaba, le encantaba. El poder moverse haciendo lo que le viniera en gana sin miedo de ser descubierta cometiendo un delito. Caminó hasta encontrar a la que iba a ser su víctima.

Era una chica de unos dieciséis años, alta y desgarbada, con el cabello muy moreno. Según sus particulares orejas, era una horigue, un lince por lo que Lilith podía ver. Esbozó una sonrisa pérfida y, rápidamente, la arrastró a un callejón. La muchacha intentó resistirse, pero no pudo, ya que la Divium tenía bastante más fuerza que ella, a pesar de que su osamenta fuera más débil y el físico no fuera su fuerte precisamente. La tiró al suelo y, cuando intentó gritar, le tapó la boca con una mano. La miró fijamente a los ojos marrones, inundados de miedo, con los suyos, azules, dos pedazos de hielo por iris. Esa mirada bastó para terminar de aterrorizarla, y empezó a soltar pequeños gañidos causados por el temor.

Lilith sonrió, mas no era una sonrisa cálida, sino una terrorífica. Sacó la daga y le hizo varios cortes a la horigue, aún tapándole la boca. No dijo absolutamente nada. Solamente, después de rasgarle la ropa y deslizar la daga por todo su cuerpo, dejando líneas sangrantes por él, se levantó y la soltó. La muchacha la miró, queriendo gritar, pero temiendo hacerlo, y con los ojos azuels clavados en los suyos murió.

Justo en ese momento fue cuando se retiró, devolviéndole el control a Celeste y riendo suavemente.


[***]

No recordaba qué había hecho. Solamente se veía frente al cadáver de una chica, con la daga en las manos y el cuerpo manchado de sangre. Negó con la cabeza. ¿Lo había hecho ella? ¿Por qué? Respiró hondo y se secó el sudor de la frente. Salió corriendo, buscando alejarse, y voló hasta su habitación. Cruzó los dedos de las manos y bajó la cabeza, aún manchada. Cuando llamaron a la puerta, se sobresaltó y fingió que no estaba.

Se lavó a conciencia, borrando las manchas de su piel y su arma, y se deshizo de la ropa. Una lágrima, otra y otra más, un reguero de ellas, se deslizaron por sus mejillas, raudas y veloces. Las secó, pero era inútil: no paraban de salir. Sin embargo, decidió que ya era suficiente. Que no podía seguir de ese modo, llorando por todo y escondiéndose. Que intentaría luchar contra esas lagunas y adivinar por qué se producían. Así que, por última vez, se secó los ojos, y se levantó.

Cerró los puños con fuerza, clavándose las uñas en las palmas de las manos, y por poco no sangró. Y salió de la habitación, rápidamente, para ir a buscar a Adrien e Isaac.
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Celeste Shaw

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Re: No tan pequeños problemas (solitaria)

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